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2.2 Edades de la Cultura Occidental

2.2.3 La Tercera Edad

Una vez se representa esta victoria en tales hechos históricos para el Siglo XVIII, en el Siglo XIX surge la Tercera Edad, también mal llamada Edad contemporánea [Romero afirma que “… no hay manera de llamar ‘contemporánea’ a una época cualquiera de la historia sin dar a entender que se renuncia a descubrir la curva del progreso que contiene” (Romero, 1961, p.50)], la cual, se hace visible por la irrupción del movimiento romántico. Movimiento que surge como reacción al iluminismo y los supuestos radicales del Siglo XVIII y la Revolución Francesa. Dicha reacción es llamada por Romero como el “Tradicionalismo” y comprende el retorno al medievalismo, el cristianismo y el nacionalismo.

Este ciclo (el de la tercera Edad) está abierto y se está desarrollando, se generó a raíz de lo que implicó la Revolución Francesa y la Revolución Industrial en el último tercio del Siglo XVIII, es decir:

“[…] la Tercera Edad resulta de la transición que se opera en el área de la Cultura Occidental a partir del momento en el que confluyen en su seno las consecuencias de las dos revoluciones – la revolución política de la burguesía [Revolución Francesa] y la nueva revolución técnico-económica [Revolución Industrial] –, confluencia cuya primera manifestación visible es una renovación en la concepción de la vida, que,

paradójicamente, se manifiesta como típicamente tradicionalista” (Romero, 1961, p.51) Lo anterior, ya que para Romero, después de la caída del régimen napoleónico se presenció la desaparición de costumbres, opiniones, necesidades, convenciones y principios retornando al cristianismo, las tradiciones patrias y un espíritu marcadamente medieval (Romero, 1961), es decir, existe un nuevo enmascaramiento que en realidad constituye un nuevo equilibrio entre los elementos del complejo, esto es para Romero una metafísica adaptada a las

circunstancias y que se plasmó por medio del movimiento denominado Romanticismo a pesar de que “a veces se piensa en él como en una mera renovación estética; una rebelión contra el

formalismo clásico suscitada en nombre de la libertad y del sentimiento” (Romero, 1961, p. 53). En la intención de fundir lo inmediato con lo olvidado es que “la revolución romántica no desdeña el legado clasicista ni el legado revolucionario: aspira a abrazarlos todos y a fundirlos todos en una unidad” (Romero, 1961, p 53). Esta “revolución romántica” tendrá un segundo momento de carácter liberal, el cual recoge el legado de la revolución de 1789 y de ella se desprenderán los revolucionarios que se harán cargo de las ideas sociales en la crisis de la nueva realidad, dada por la Revolución Industrial. Sin embargo, ni el romanticismo ni quienes se desarrollan en ese momento expresan en ajuste de los elementos de la Cultura Occidental propios de la Tercera Edad, las posibilidades, para Romero son inmensas e imprevisibles y desde el Siglo XIX lo que se ha pretendido es “escoger entre esas posibilidades para ajustar los elementos

desencadenados a las nuevas formas de la realidad y, al mismo tiempo, a su propia vocación espiritual” (Romero, 1961, p. 55), dicho ajuste aún está en marcha.

Si hay una revolución, para Romero, que marque a la Tercera Edad es la

Revolución de las Cosas, pues para él la gran revolución de la Tercera Edad es la revolución de las cosas, a la que acompaña fielmente una tendencia revolucionaria en cuanto concierne a las relaciones entre las cosas y los hombres (Romero, 1961). Tal revolución es desencadenada por la Revolución Industrial y la transformación de los sistemas de producción de que ésta representó y se han venido desarrollando. Tal transformación es producto de las innovaciones técnicas, las cuales, permitieron, en un primer momento al Mundo Occidental apoderarse de innumerables fuentes de materias primas [Del resto del mundo hacia Europa] que eran necesarias debido a las nuevas necesidades en bastos grupos sociales, grupos sociales donde aumentó el nivel de vida y se posibilitó el surgimiento de un nuevo proletariado urbano que lucha por tales necesidades mediante la revolución o la idea de “justicia social”, lo cierto para Romero es que esto el

Capitalismo lo permite pues, no conspira contra sus intereses y el practicarlo aumenta el nivel de vida del proletario urbano y, por tanto, el crecimiento industrial.

Esta afirmación la sostiene en cuanto que el proletariado es un consumidor en gran escala y representa una concepción por antonomasia del nuevo hombre como innovación de la Tercera Edad, este nuevo hombre se desarrolla bajo principios de movilidad del individuo y consideraciones de igualdad y la posesión de derechos fundamentales, lo anterior, resulta en la radical inestabilidad en las situaciones de los individuos, es decir, “del hombre sin

determinaciones sociales, económicas o profesionales, del hombre en cuanto ser de conciencia que vive y reflexiona sobre su vida” (Romero, 1961, p. 56). Otras características importantes del acontecer de dicha Tercera Edad es que la “vocación técnica” ha superado a sus fuentes

primarias, es decir, los orígenes romano, hebreo-cristiano y germánico pero, a su vez, está marcado por un retorno a la metafísica, la línea tradicional en la que se funde el legado clásico y el cristiano y, por último, la idea de universalidad, la cual, es una idea cristiana y romana adaptada al “conocer la totalidad” en Occidente mediante lo elementos anteriores (la técnica como forma de aprehensión de la naturaleza).

Esta idea de la universalidad fue la que, en el Siglo XIX posibilitó la

“transculturalización” por medio de la catequesis religiosa, la explotación económica, el dominio político y la difusión de medios técnicos (la higiene, la medicina, la alfabetización de grandes masas y la tecnificación industrial) (Romero, 1961), lo anterior ya que:

“Ese nivel técnico comporta una nueva superioridad práctica, efectiva, anterior a toda discusión sobre los contenidos espirituales de otras regiones de tradición no occidental. Y tan grande como sea el orgullo de esas regiones y la estimación que tengan por su

patrimonio, lo cierto es que se ven obligados a alcanzar esta peculiar dimensión de la occidentalidad. Algunos pueblos lo han alcanzado ya o están en vías de alcanzarlo. Si lo logran, podrán sacudir el yugo que Occidente les ha impuesto por su superioridad técnica y acaso intentar el dominio de los países occidentales” (Romero, 1961, p. 58 – 59)

Así, para Romero la Tercera Edad constituye el forcejeo de los pueblos que la gestarán y la adoptarán, teniendo como base el carácter de tecnicidad, es decir, la adquisición y ejecución de medios técnicos y unos supuestos profundos yuxtapuestos a ellos que reajuste la Cultura Occidental en una ambivalencia de tradición y novedad de las culturas que intentan dominar (Romero, 1961). Así surge la dualidad y escisión Oriente-Occidente donde el Oriente ya es occidentalizado y “acaso sea esto el mejor título de gloria que pueda ostentar la Cultura

Cuando tal escisión sea resuelta como contradicción surgirá un nuevo reajuste dando fin a la Tercera Edad y abriendo paso a un nuevo momento, para Romero aquí se encuentra la relación del hombre occidental que ha empezado a pensar la decadencia de la Cultura Occidental pues:

“Ese pensamiento cobró desarrollo sobre todo a partir de la Primera Guerra Mundial, y revela la inquietud de quienes comprendieron que la discordia nacida entre los que retenían la hegemonía del mundo no podía sino comprometer su situación de

preponderancia. Poco se tardaría en descubrir que esa inquietud era fundada. Pero quienes lo enunciaron tenían además ante los ojos el espectáculo de cierta crisis interna, crisis social en su estrato más visible, pero que pareció más profunda a medida que se la analizó con más atención, pues se mostró inequívocamente como una crisis de los supuestos espirituales de la vida. Una rápida generalización hizo suponer que se trataba de una crisis de la Cultura Occidental; todo hace suponer hoy, sin embargo, que es sólo una crisis de la Cultura Occidental de la Tercera Edad” (Romero, 1961, p. 60)

Este último debate se presta para Romero ya que el destino de la Cultura Occidental es un objeto de reflexión contemporáneo y que se ha desarrollado desde distintos puntos de vista, previa a la Primera Guerra Mundial existía una idea de continuo e ilimitado progreso donde la “cultura” y la “civilización” eran solamente Europa, posteriormente, en la primera posguerra, se diferenciaría la “Cultura Occidental” o “Civilización Occidental” pero, bajo la idea de su decadencia o declinación (Desde Spengler y Valéry), después de la segunda posguerra (1945), la dualidad Mundo Occidental – Mundo Oriental persiste y se hace vigente. Para Romero esto se da ya que la Cultura Occidental es localizada y expansiva y juega bajo esa lógica dual, es decir, existe un principio de diferenciación basado en la

localización que, posteriormente, será, expansivo, lo anterior ya que, en un primer momento, tiene un origen localizado en un ámbito territorial y unos grupos sociales determinados y, posteriormente, se torna expansiva y “universal” pues, al ser por todos apropiada sus formas los europeos se consolidan como minoría y en condiciones iguales en la disputa por la supremacía planteando la posibilidad de la continuidad de la Cultura Occidental bajo formas expansivas de ésta lo cual, estará mediado por los Nuevos Sistemas de Relaciones.