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Tiempo de paz

In document Todo Tiene Su Tiempo - Joan Chittister (página 96-102)

Nikos Kazantzakis escribió: «Nada temo. Nada espero. Soy libre». Tal vez sea esto algo que todos podríamos desear fervientemente, pero no es así como nos han enseñado a pensar. Hemos aprendido a temerlo todo. Nos educan para que lo esperemos todo. Somos demasiado esclavos de nosotros mismos como para estar en paz.

Hace poco, oí hablar a dos niños y, con dolorosa claridad, empecé a entender lo que implica nuestro deseo de «un reino de paz». Gracias a su discurso, tan sencillo, me di cuenta de que no podremos vivir en paz mientras cada uno de nosotros no cultive en su interior a un niño con los brazos abiertos. No podremos tener paz hasta mientras no nos sentemos todos a la mesa de la vida dispuestos a alimentarnos unos a otros. Los comentarios de los niños me hicieron ver también que, de hecho, estamos haciendo precisamente todo lo contrario.

En una conversación infantil sobre nacionalidades y sentimientos históricos, oí un modelo en miniatura de mi mundo. En consecuencia, empecé a ver claramente que, aunque mañana desactivásemos todas las máquinas de guerra del mundo, ello no garantizaría que fuéramos a vivir en paz. Caí en la cuenta de que los ejércitos del mundo simplemente demuestran la guerra que se libra en nuestras almas, la inquietud del enemigo que llevamos dentro, la agitación de la condición humana echada a perder. Estaba hablando con los niños, con los inocentes, y ellos no eran ajenos a las guerras que nos arrasan por dentro. De hecho, eran una especie de test de Rorschach de la sociedad que respiran. Sabían exactamente a quién odiar, y lo sabían sin atisbo alguno de duda. Eran niños irlandeses, y estaban resentidos con los norteamericanos por su dinero y odiaban a los ingleses por su historia. «Los odio», decía un niño sencillamente. «Y yo», coincidía el otro. Así de claro y sin complicaciones. No había manera de sacarlos de ahí. Educados en los hechos, eran impermeables a la poesía del espíritu. Lo que era, era.

En sus rostros vi a todos los niños del mundo. A los niños hutu, a los niños serbios y a los niños palestinos –niños que aprendían a odiar a los niños tutsi, a los niños bosnios y a los niños judíos–. Todos habían nacido en un mundo de adultos enemigos, heredado por ellos al igual que la tierra que pisaban. A decir verdad, sin embargo, lo que heredan no son nuestras guerras, sino nuestra creación de enemigos; no heredan nuestros ejércitos, sino nuestra falta de honestidad; no heredan nuestros problemas, sino nuestra falta de humanidad. Habían heredado los pecados de sus antepasados, que reposan como bombas de relojería sobre sus corazones, pudriendo desde dentro el espíritu del mundo.

«Ahora las personas oprimen a las personas», nos enseña un proverbio chino, «pero, después de la revolución, ocurrirá justamente lo contrario». Es evidente que otras personas antes que nosotros han conocido la verdad de la paz. Lo que conduce al conflicto no es necesariamente una falta de recursos superada gracias a las maquinaciones de la lucha global. No, lo que conduce al conflicto es la falta de paz en

nuestro interior. Para los inquietos, los vacíos, los provincianos, los patriarcales, las pequeñas guerras hacen las delicias de sus almas en conflicto; y si no las heredan, se las inventarán, aunque no sea más que para satisfacer su necesidad de estar seguros de sí mismos.

Lo que nos agita es aquello de lo que carecemos. Siempre buscaremos en cualquier lugar lo que no tengamos en el corazón. Siempre exigiremos a los demás lo que no cultivemos dentro de nosotros mismos. Si no hemos aprendido a vivir una vida interior rica, desearemos la brillantina y el oropel del mundo que nos rodea y el dinero de otro para conseguirlo. Si no hemos emprendido la misión del desarrollo personal, desearemos de continuo las habilidades de otro, sus dones, sus ventajas. Si somos inseguros, pediremos que otros nos controlen. Si no hemos logrado estar en paz con nuestra propia vida, combatiremos con quienes nos rodean. Si no hemos aprendido a escuchar nuestras propias dificultades, jamás tendremos compasión por las dificultades de los demás.

La paz llega cuando sabemos que el Espíritu tiene algo que enseñarnos en cada cosa que hacemos, en todo cuanto experimentamos. Cuando se nos rechaza, aprendemos que hay un amor mayor que todos los amores de la vida. Cuando tenemos miedo, tomamos conciencia de que hay quienes velarán por nosotros a cualquier precio. Cuando nos sentimos solos, nos damos cuenta de que hay un mundo rico y vibrante en nuestro interior que espera ser explorado: tan solo tenemos que hacer el esfuerzo. Cuando nos vemos amenazados por las diferencias, nos percatamos de que el don del otro es una gracia de incógnito cuyo fin es expandir la estrechez que constriñe nuestras almas. Entonces llega la paz y reina la calma; entonces no hay nada que nadie pueda hacer para destruir o alterar nuestro equilibrio interior. Lo que es, es, ciertamente. Pero nos damos cuenta de que «lo que es» es que el mundo de Dios es bueno en todas sus dimensiones. Cuando, por fin, estudio a fondo mis profundidades, me mido a mí mismo; cuando encuentro el mundo que hay en mí, que es espíritu, luz y verdad, lo que haya fuera de mí no puede nunca destruir mi yo centrado.

El deseo de conquista llega cuando pensamos que ya sabemos todo cuanto se puede saber del mundo que nos rodea y nos disponemos a moldearlo de acuerdo con esas limitadas evaluaciones. Entonces es mi voluntad contra el mundo. Mis ansias se llevan por delante las necesidades del universo. Llegados a ese punto, las diferencias que observo en los demás empiezan a ser una amenaza para mi propio bienestar, en lugar de una promesa de nuevas e inspiradoras posibilidades y estimulantes experiencias por descubrir en la vida. Para obligarnos a sentir una seguridad que no tenemos, nos proponemos moldear el mundo a nuestra insignificante medida.

Abusamos del planeta, hacemos la guerra a los pueblos y construimos muros privados cada vez más altos. Nos enfurruñamos, pataleamos y huimos acobardados precisamente por las cosas que nos arrancan de nosotros mismos y nos acercan a Dios. Entonces empezamos a traficar con la violencia, en lugar de hacerlo con la fortaleza. Desprovistos de un núcleo al que responder, empezamos a dar vueltas a lo loco en el

viento, agitados, distraídos, desconcertados. Nos convertimos en generadores de guerras en nuestros reducidos mundos privados. Para satisfacer la necesidad de sentirnos bien con nosotros mismos, clasificamos a las personas en castas, y a las naciones en categorías, enfrentando razas y sexos, religiones y culturas, para nuestros propios fines. Nos sepultamos a nosotros mismos. Los serbios siguen siendo el enemigo; los judíos no dejan de ser un misterio para nosotros; las mujeres fuertes estorban nuestra percepción del mundo; los niños de esta generación se convierten en los enemigos de la siguiente. Hacemos la guerra en todas partes, tanto dentro como fuera de nosotros. La pregunta, entonces, es: ¿cuál es el camino hacia el comienzo de la paz?

El filósofo Blaise Pascal escribió: «La infelicidad de una persona reside en una cosa: su incapacidad de permanecer tranquila en una habitación». El silencio y la soledad nos ponen cara a cara con nosotros mismos y con las batallas interiores que debemos vencer si queremos sentirnos llenos de verdad, en paz de verdad. El silencio nos brinda la oportunidad que necesitamos para elevar nuestros corazones y mentes a algo que se halla por encima de nosotros, para ser conscientes de una vida espiritual interior que hambrea dentro de nosotros, acuciada por la contaminación acústica, para calmar la intensidad de nuestros deseos ilimitados. Es una llamada a la Caverna del Corazón, donde la visión es clara y el corazón se centra en algo merecedor de este.

Hay algunas cosas en la vida que vale la pena alimentar de por sí. Una es el arte; otra es la música; las buenas lecturas son la tercera. Pero el poder de la visión contemplativa es la mayor de todas. Solo quienes llegan a ver el mundo como Dios lo ve, solo quienes ven a través de los ojos de Dios, ven de verdad en algún momento la gloria del mundo, se acercan de verdad al reino de paz, hallan la paz dentro de sí mismos.

El silencio es el comienzo de la paz. Es en el silencio donde aprendemos que la vida son más cosas de las que la vida parece ofrecernos a simple vista. Existen una belleza, una verdad y una visión más amplias que el presente y más profundas que el pasado y que solo el silencio es capaz de revelar. Penetrando en nosotros mismos, vemos el mundo entero en guerra en nuestro interior y empezamos a poner fin al conflicto. Así pues, entendernos a nosotros mismos es entender también a todas las demás personas.

Con todo, hay dos obstáculos principales al desarrollo de una espiritualidad de la paz. Los miedos al silencio y a la soledad se ciernen como acantilados sobre la psique humana. El ruido nos protege de la confrontación con nosotros mismos, pero el silencio habla el lenguaje del corazón. El silencio y la soledad son lo que realmente nos pone en contacto tanto con nosotros mismos como con el prójimo. En lo más profundo de nuestro ser residen, en un microcosmos, todas las esperanzas y los temores humanos, los esfuerzos por dominarlos, el deseo de liberarlos, la paz que llega cuando hemos confrontado lo mejor y lo peor de nosotros y el equilibrio nos ha parecido aceptable.

No obstante, el silencio requiere un respeto por la soledad, y la soledad asusta aún más que la calma. Una de las grandes lecciones vitales es que la soledad y el sentimiento de soledad no son lo mismo. El segundo es síntoma de que algo nos falta. El propósito de

la soledad, en cambio, es llevarnos a casa, al centro de nosotros mismos, con tal serenidad que podríamos perderlo todo y, sin embargo, no perder ni un ápice de la plenitud de la vida.

La quietud se ha convertido en un recuerdo fantasmagórico en esta cultura. Las generaciones jóvenes en nuestra sociedad no la han experimentado en absoluto. La contaminación acústica, endémica, invasiva, clamorosa, la ha echado a patadas. En todas partes. En todos los lugares. No solo en Nueva York. En la ciudad más pequeña se vive en medio de un insoportable estruendo a todas horas. Hay hilo musical en los ascensores, sistemas de avisos públicos en las salas de espera, personas que hablan por teléfono a grito pelado a tu lado mientras compras en la ferretería; y en todas partes, en todas –en despachos, restaurantes, cocinas y dormitorios–, está la ubicua televisión vomitando palabrería falta de ideas, mientras la gente no le presta atención y grita más fuerte que ella para hablar de otros temas. Ahora hay altavoces en los barcos, de modo que el lago ya no es seguro. Ahora hay conciertos de rock en el campo, de modo que las montañas ya no son seguras. Hay teléfonos en los lavabos, de modo que la ducha ya no es segura. En las empresas, las mesas están dispuestas como colmenas de cubículos, una junto a otra. Ya no pensamos; solo escuchamos. El problema es que nos vemos tan inundados por el sonido que estamos acostumbrados a escuchar únicamente cosas exteriores a nosotros, por muy vacuo que sea el mensaje, por muy poco sentido que tenga el discurso.

El silencio es el arte perdido de esta sociedad. El clamor y la lucha lo han reemplazado. El silencio, por supuesto, fue una vez algo con lo que la condición humana tenía que lidiar. El silencio venía dado. Los hombres se pasaban semanas en una montaña solitaria con su rebaño y tenían que aprender a estar en paz consigo mismos. Las mujeres trabajaban en las cocinas del mundo moliendo maíz y despellejando pollos, pensando en profundidad, en armonía con las cosas que las rodeaban. Los niños trabajaban en el campo en hileras largas y separadas, aprendiendo desde jóvenes a oír a los pájaros, el viento y el agua, desarrollando la imaginación a partir de los materiales de la tierra. El silencio era una parte agradable de la vida, no una carencia, no un lugar indeseable al que llegar. La gente sabía que el silencio en el que vivían habitualmente era todo, menos vacío. Al contrario. Estaba lleno del yo y de todo su clamor. El silencio tenía cosas que enseñar. El silencio era un supervisor severo, lleno de ángeles con los que batallar y demonios que apaciguar.

El silencio era exigente y sombrío y reclamaba atención. Porque la sustancia del silencio es el alma que despierta, y eso, como saben todos los grandes escritores espirituales, es algo que los corazones superficiales evitan asiduamente. Una cosa es enfrentarse a los demonios exteriores a nosotros, y otra completamente distinta es desafiar a los adversarios del interior. Pero debemos atrevernos a ello, o moriremos solo medio acabados, solo parcialmente humanos, solo maduros en cierto sentido.

papel del silencio en el desarrollo de una espiritualidad madura.

–Maestro, dime solo una palabra –dijo el buscador ansioso de orientación. Y el santo dijo:

–Mi palabra para ti es la siguiente: ve a tu celda, y tu celda te lo enseñará todo. Es decir, que las respuestas están dentro de ti. Y también las preguntas. Tus preguntas. Las preguntas que solo tú puedes hacer. Todo lo demás en la vida espiritual es pura formulación, puro ejercicio. Al fin y al cabo, son las preguntas y las respuestas que vociferan en nuestro interior las que importan. Entonces llegamos a conocernos como nadie nos conoce. Entonces nos avergonzamos de lo que vemos. Y perdemos la rectitud. Y estamos en paz.

Para quienes evitan el silencio como una plaga, temerosos de su peso, cautelosos ante su frialdad, el impacto que suponen las revelaciones del silencio cala hondo. El peso y el vacío que sentíamos dejan paso enseguida a la agitación y a la tensión interior. El silencio nos permite oír la cacofonía que se da dentro de nosotros. Estar a solas con uno mismo es una presencia exigente. No tardamos en constatar que, o cambiamos, o nos derrumbaremos sin duda bajo el peso de la propia insatisfacción con nosotros mismos, bajo la revelación de lo que podríamos ser pero no somos, bajo el impulso de lo que queremos ser pero en lo que no hemos sabido convertirnos. Por debajo del estruendo se halla la materia prima del alma. Por debajo del estruendo se halla el autoconocimiento, la autoaceptación, la paz.

Sin embargo, el silencio hace más que confrontarnos con nosotros mismos. El silencio nos hace sabios. Enfrentados a nosotros mismos, si escuchamos las corrientes subterráneas de nuestro ser, aprendemos rápidamente a respetar las dificultades de los demás. El silencio nos enseña cuánto nos queda por aprender. O bien, a medida que nos hacemos mayores, el silencio tal vez nos recuerde también que hay cualidades que probablemente nunca afianzaremos y que lucharán por nuestra alma hasta el día en que muramos. Así, cara a cara con nuestras dificultades y nuestros fallos, no hay espacio en nosotros para juicios malignos ni evaluaciones simplistas de otras personas. De pronto, del silencio surge la honestidad que templa la arrogancia y nos hace amables.

Como nos conocemos mejor a nosotros mismos, solo podemos tratar a los demás con más gentileza. Conociendo nuestras dificultades, respetamos las suyas. Conociendo nuestros fracasos, nos impresionan sus éxitos, somos menos rápidos a la hora de condenar, probablemente alardeamos menos, tenemos menos intención de castigar, estamos menos seguros de nuestras certezas y menos comprometidos con nuestras convicciones tóxicas, inanes y no probadas. Entonces el silencio se convierte en una virtud social.

No lo dudes; la capacidad de escuchar a otro, de permanecer sentado en silencio en presencia de Dios, de prestar atención y de reflexionar es el núcleo de la espiritualidad de la paz. De hecho, seguramente sea esto de lo que más carecemos en un siglo saturado de

información, hastiado de ruido, agobiado de problemas, pero poco reflexivo. La Palabra que buscamos habla en nuestro silencio interior. Bloquearla con la interferencia del sinsentido, día sí, día también, renunciar al espíritu del silencio, lo único que consigue es anestesiar el corazón en un mundo paralizado por el ruido y destruir nuestra paz.

Un anciano monje escribió:

«El discípulo le preguntó al maestro:

–¿Cómo experimentaré mi unidad con la creación? Y el maestro respondió:

–Escuchando.

Ante lo cual, el discípulo insistió: –Pero ¿a quién tengo que escuchar? Y el maestro le explicó:

–Conviértete en un oído que preste atención a todas y cada una de las cosas que diga el universo. En el momento en que oigas algo que tú mismo dices, detente».

La paz llegará cuando expandamos nuestras mentes para escuchar nuestro ruido interior, que necesita calmarse, y la sabiduría externa a nosotros, que debe ser aprendida. Entonces tendremos algo de valor que dejar a nuestros hijos, además del odio, además de la guerra, además de la agitación. Entonces llegará la paz. Entonces podremos decir con Kazantzakis: «Nada temo. Nada espero. Soy libre».

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