Es notable que, desde antiguo, algunas ocupaciones han sido consideradas apropiadas para que las mujeres intercambien su tiempo de trabajo por un salario. Como prolongación de la crianza y el trabajo doméstico adjudicados al rol femenino, los trabajos de las mujeres han conservado algunos de los rasgos centrales de esas tareas. Por una parte, se trata de servicios personales. Implican el cuidado material y físico de las personas que, en general, no pueden valerse por sí mismas (niños/as, enfermos/as, ancianos/as, etc.) pero también el cuidado y la satisfacción de las necesidades corporales, materiales y sexuales de todos los hombres en general. Por otra parte, se trata de tareas efectuadas habitualmente en un espacio físico limitado, que suponen una relación íntima o muy estrecha con otros/as. Estamos
hablando secretarias, peluqueras, vendedoras, enfermeras, maestras, prostitutas, etc., etc. Esta concentración en algunas actividades ha sido denominada segmentación horizontal: entre todas las tareas sociales posibles en una imaginaria línea acostada —el horizonte de posibilidades—, sólo algunas, en una porción limitada, son las permitidas. Para decirlo en otras palabras: algunas tareas son consideradas “apropiadas” para las mujeres en función de su posición histórica en las relaciones de género, mientras que otras tareas no lo son porque, de una u otra manera, las apartarían de su rol principal. Algunas investigadoras, sin embargo, consideran que antes que una discriminación realizada desde el mercado laboral, se trata de una estrategia que las mujeres y los varones fueron armando para acercarse al mercado laboral (Sautu, 1991; Wainermann y Giusti, 1994; Marshall y Orlansky, 1995). Probablemente, sin colocar las razones en uno u otro polo, se trata de una relación de “ida y vuelta” entre las mujeres y el mercado.
Otro rasgo que ha caracterizado —y aún caracteriza— al trabajo femenino en el mercado es su concentración en los estratos más bajos del campo laboral; en cuanto a su remuneración (porque se supone que dependen económicamente de un proveedor varón) y en cuanto a poder formal (porque se supone que no saben o no quieren ejercer el liderazgo, o que son emotivas y les falta objetividad para conducir). En la medicina, fueron enfermeras mucho antes que médicas, y médicas de sala mucho antes que directoras de hospital; en las escuelas, maestras de grado antes que supervisoras de distrito; en las empresas, secretarias antes que ejecutivas... Esta forma de concentración ha sido denominada segmentación vertical: de todas las tareas posibles dentro de un campo, ordenadas de arriba hacia abajo en una línea, sólo las de abajo son las apropiadas para las mujeres. En otras palabras: las mujeres deben ocupar (y ocupan) cargos de subordinación frente a otros a quienes se considera más capacitados para mandar. La limitación al acceso a los cargos superiores de conducción ha recibido el sugerente nombre de techo de cristal: no existen barreras formales, pero cuando se pretende llegar a esos lugares, aparecen restricciones implícitas o explícitas que excluyen a las mujeres como grupo.
Esta división social del trabajo que estamos caracterizando no solo significa para las mujeres una limitación en las oportunidades de construir y ejercer poder (que sólo es legitimo —hasta cierto punto como veremos en el próximo capítulo— en el ámbito doméstico), de ganar y manejar dinero o de ser visibles (existir) en el mundo público. También implica una forma particular de relación con el conocimiento, ya que pareciera que los saberes específicos para la realización de esas tareas tienen un significativo componente de intuición, de capacidad o de dotes pretendidamente naturales. Así como se supone que existe un instinto materno, como su prolongación se piensa que las mujeres, por naturaleza, también saben complacer y agradar. Lo cual implica también, como contracara, que aquellos saberes producidos mediante la investigación metódica de las realidades físicas, o la reflexión filosófica metafísica, no corresponden tan naturalmente a lo femenino... Revisando nuestra lista de trabajos femeninos comprobamos que se caracterizan por un alto contenido emocional frente a una baja incidencia de saberes específicos adquiribles sistemáticamente mediante la educación. De hecho, ya hemos visto que todas las mujeres estuvieron excluidas de las universidades durante nueve siglos.
Un trabajo femenino por excelencia, que es casi una bisagra entre el mundo público y privado, es la limpieza de los hogares que realizan las empleadas domésticas y el cuidado de niños en las casas de familia.
el público se tejen en la vida de una mujer y de cuán “naturales” pueden devenir la segmentación vertical, la horizontal y la exclusión en términos de conocimiento académico (Morgade, 1992, 1997). A fines del siglo pasado las mujeres fueron convocadas a las Escuelas Normales para colaborar en la construcción de la Nación Argentina, “civilizando a las masas ignorantes”. Muchas “señoritas” estuvieron desde entonces, y por casi un siglo, afirmando que trabajaban “por amor a la infancia” y “por vocación” antes que por recompensas salariales y que “una maestra no hace paros”, desconfiando de la política y los reclamos sindicales, en la base del sistema pero nunca conduciendo ni escribiendo libros de pedagogía, en una función antes socializadora y formativa que de creación de conocimientos... Si bien las mujeres maestras se las arreglaron de alguna manera para resistir, recién desde la década del setenta de nuestro siglo, fueron construyendo otra imagen de su tarea, convencidas de ser “trabajadoras de la educación” antes que “segundas mamás” y de que la educación de la infancia requiere profesionales capacitadas y ciudadanas plenas (Birgin, 1998). Transcurrió un siglo entre la creación de la primera Escuela Normal y la discusión del papel de “madre educadora” reservado para las mujeres maestras. La protesta organizada de la docencia argentina, plasmada en la Carpa de la Dignidad instalada 1003 días frente al Congreso de la Nación es una muestra de que se ha transformado —para bien— aquel viejo mandato de que “se gana poco porque es una vocación”.