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Traducido por Luzvamp Corregido por Lore

In document Grave Mercy – His fair Assassin 01 – RL (página 108-118)

Me despierto con los finos pelos de la nuca levantados en advertencia, cada músculo de mi cuerpo tenso con anticipación, a medida que mi mente hurga en el entorno que desconoce, mi mano se extiende por el estilete11 debajo de mi

almohada.

Una voz cargada de cansancio retumba en el silencio.

—Ya puede dejar esa linda estampadora de príncesa suya dónde está. —Duval, estoy metida en su casa en Guérande. Mi mano relaja su control sobre el mango. —No se estampa con ella —corrijo de forma automática, por mucho que la hermana Arnette lo intente—. Se la empuja y se la retuerce.

Una risa baja, caliente llena la cámara, y mi piel hormiguea ligeramente. Molesta, quiero frotar mi antebrazo para aliviar la sensación, pero no estoy dispuesta a dejar de lado el cuchillo todavía, Duval se sienta en una silla de espaldas a la solitaria ventana. ¿Ha venido a aprovecharse de mí? ¿Aquí, donde los únicos que van a escuchar mis protestas son los leales a él? Porque voy protestar, me aseguro a mí misma.

—Le dije que dejara su daga. —Esta vez hay una pista de acero en su voz en lugar de risa.

—Tiene que estar loco para pensar que voy a sentarme aquí en la oscuridad, indefensa…

—¿De qué, exactamente, siente que tiene que defenderse? Yo no he hecho ningún movimiento hacia usted. —Y él me tiene, porque yo no puedo decir por qué tengo que protegerme, sólo que me siento amenazada de alguna manera. —Tiene exactamente cinco segundos para dejar la daga antes de que la encuentre en su encantadora garganta. —Él cree que me puede intimidar a obedecerle, pero sus palabras tienen el efecto contrario, estoy llena de un deseo de probar mis habilidades contra él. Ambos hemos despachado a tres hombres hoy, ¿cómo nos iría el uno contra el otro? Este pensamiento tiene algo oscuro y despliega algo inquietante dentro de mí, meto mi estilete de nuevo bajo la

11 La palabra a traducir es Stilleto. La traducción literal es estilete pero también se le dice puñal o daga. Un estilete es un tipo de daga o cuchillo con una hoja muy larga y aguda de varios diseños, utilizada principalmente como arma punzante.

almohada, temo usarlo sin una causa. Acostada me encuentro muy vulnerable, por lo que me siento. Los anchos hombros de Duval se recortan por la tenue luz de la luna que entra por la ventana y quiero desesperadamente ver su cara para que poder discernir de qué se trata, pero se echa en la sombra. Además, ni siquiera me mira, su cabeza se inclina hacia atrás contra la silla, y la leve caída de sus hombros insinúan su fatiga.

—¿Por qué está aquí? —pregunto. Vuelve la mirada hacia mí, y aunque sus ojos siguen estando escondidos en las sombras, los siento tan segura como cualquier contacto. Mi piel hormiguea nuevamente, y esta vez si froto mis brazos.

—Me pregunto ¿a qué tanto miedo, mi justa asesina?

—Yo no tengo miedo —Duval inclina la cabeza hacia un lado—. ¿No? —Me estudia un largo momento, luego se levanta de su silla, aguanto la respiración cuando cruza hacia mi cama—. ¿Tiene miedo de que me acerque más, tal vez? —Su voz se hace más baja, poco más que un ronroneo. Mi respiración se atasca en mi garganta, atrapada por algo que me demoro en llamar miedo, pero que no se siente como miedo en absoluto. Cada centímetro de mi piel se estremece, dolorosamente consciente de las sábanas y colchas suaves entre nosotros, éstas son más gruesas que cualquier vestido que haya llevado nunca, y sin embargo me siento insoportablemente expuesta.

—Tal vez le preocupe que pueda tocarla —reflexiona. Veo, hipnotizada, como su mano se extiende hacia mí, y se cierne sobre los pies de la cama. Debajo de las sábanas, mi piel escuece con anticipación. Cuando su mano desciende y agarra mi tobillo, toma cada pedacito de la fuerza de voluntad que poseo para evitar sacudirlo lejos. Su agarre es firme, y es como si el calor de su mano quemara a través de todas las capas entre nosotros. Mi tobillo palpita, y la sensación se desliza por mi pierna y se extiende a lo largo de todo mi cuerpo, hasta que cada centímetro de mi piel está ardiendo con… ¿Qué? ¿Miedo? ¿Anticipación? Nos miramos el uno al otro, en el momento en el que lo estira hacia fuera, tragándose todos los momentos que le precedieron.

—¿Sin embargo va a jugar el juego de la seducción si se echas atrás así? —Su voz es suave terciopelo a lo largo de mi piel—. Va a estar muy presionada para obtener mis secretos si no puede soportar mi toque —entonces él jura y saca su mano de mí—. ¿Cuál es el pensamiento del convento, al hacer salir a una

inocente al mundo para jugar a la ramera?

Mi corazón golpea dolorosamente en mi pecho mientras Duval regresa a su silla, él lo sabe. Él sabe que la abadesa me ha enviado a espiarlo, probablemente lo ha sabido siempre. No fui la única que pensó que no estábamos engañando a nadie.

Duval se acomoda de nuevo y me estudia, como si yo fuera un complicado nudo

tiene que desenredar. Trato de no inquietarme.

—¿Entonces por qué está aquí? —Me aferro obstinadamente a esa pregunta. —Su abadesa está en lo correcto, no importa cómo la llamemos, la gente está sacando sus propias conclusiones. Cuando llegué a la corte esta tarde, dos nobles me felicitaron por mi nueva amante. Es estúpido luchar contra esto.

—Tal vez mi ingenio esté conducido por el sueño, pero yo todavía no entiendo por qué está aquí —Duval suspira.

―Así mis asistentes observaran que he visitado tu alcoba esta noche y en base a eso sacaran sus conclusiones.

—Sin duda, ¿no es necesario continuar con la farsa bajo tu propio techo? —Le digo, contenta de tener algo concreto sobre que discutir.

—¿Seguramente no estás dispuesta a arriesgar tu vida o el futuro de nuestra duquesa creyendo que todos en mi familia sean completamente leales? —No puedo creer que no confíe en su propia casa —le digo, pero es una mentira, no estoy sorprendida. Duval se inclina hacia adelante y coloca los codos en las rodillas.

—Los franceses han comprado un buen número de nobles bretones, Ismae. Es sólo una cuestión de quién y cuánto. Si yo fuera el jefe de los espías franceses, haría un esfuerzo para colocar un espía o dos en la casa de cada uno de los asesores de confianza de Anne.

—Entonces seguramente todos llevan las marcas de Mortain por su traición. —Y, sin embargo, no lo hacen. Como ya he dicho, sospecho que su santo es más complejo de lo que el convento nos hizo creer. —La ira, espinosa y de bienvenida, brota dentro de mí.

—¿Cómo sabe que no llevan las marcas? No son visibles para usted. —Él sonríe entonces, una sonrisa sincera.

—Por eso la estoy presentando en la corte mañana, resultará más divertido, estoy seguro. Sin embargo, le recomiendo que consulte con la duquesa antes de comenzar a asesinar a sus cortesanos con abandono. Ahora, vuelva a dormir — dice—. Me sentaré aquí por una hora, y luego volveré a mi propia habitación. Está claro que no se moverá hasta que esté bien y listo. Me acomodo debajo de las sábanas, demasiado consciente de su presencia, de la falta de espacio entre nosotros, de que sólo el fino lino de mi ropa de noche me cubre. Me aclaro la garganta:

—¿Ha aprendido algo de nuestros atacantes? —pregunto.

—Duerma ahora, Ismae. Hablaremos más por la mañana.

Su voz es baja, un leve rumor en el aire nocturno. Estoy segura de que nunca volveré a caer dormida, y aún así lo hago. Y cuando me despierto por la mañana, él se ha ido. Es como si no hubiera estado allí.

Cuando Louyse viene a ayudarme a vestirme, soy incapaz de mirarla a los ojos. ¿Sabe que Duval pasó una buena parte de la noche en mi habitación? Si es así, no da ninguna indicación. Ella es muy discreta o bien lo desconoce realmente.

Con un agradable «Buenos días, señorita», establece un jarro de agua sobre el soporte y pone una camisa fresca en mi cama. A medida que se mueve al guardarropa para recoger mi vestido, me deslizo rápidamente de la cama, dispuesta a entrar en mi camisa mientras ella no está mirando. Cuando regresa con mi vestido, parpadea en sorpresa, pero no dice nada; la mujer está bien entrenada. Entro en mi falda y se mueve detrás de mí para fijarla.

—El vizconde se encuentra en su estudio —dice ella, entrelazando hasta el fondo de mi vestido—. Le pide que se reúna con él cuando esté lista.

—Muy bien. —Espero que no escuchara la renuencia en mi voz. La puerta se abre de nuevo y me estremezco un poco con esta intrusión, pero solo es la camarera Agnez que trae una bandeja para que pueda romper mi ayuno.

Una vez que estoy completamente vestida y peinada, y después de asegurarles – dos veces– que puedo manejar mi desayuno sin vigilancia, finalmente se despiden. Cierro los ojos y me permito disfrutar de la soledad, aunque sólo sea por un momento. Pero el conocimiento de que Duval está a la espera, es lo que me roba la paz que puede traer. Rompo una esquina de la barra de pan en la bandeja del desayuno y pico en él, esperando calmar los nervios en mis turbulentas entrañas.

Sintiéndome inquieta y torpe, me paseo mientras pico algo, incapaz de estar quieta. Es como si en algún momento durante la noche que ya no cupiera en mi propia piel. La presencia de Duval todavía perdura, al igual que el más leve rastro de su perfume, y mi tobillo todavía tiene el recuerdo de ese contacto. Me encuentro a mí misma deseando tener un gran moretón palpitante en ese lugar, me gustaría saber mejor cómo hacerle frente a esto.

Agitada, me voy a la ventana y abro las persianas, dando la bienvenida a la mañana fría en la habitación. Cierro los ojos, respiro, llevando el aire frío y agudo profundamente a los pulmones. Quiero que se aclare mi ingenio dormido y estoy contenta cuando lo hace. Pero incluso con mi ingenio restaurado, no puedo

discernir la estrategia de Duval.

Él fácilmente podría haberme hecho su amante en verdad anoche, con el hechizo que echó sobre mí, ni siquiera estoy segura de que habría luchado muy duro. Y sin embargo, no lo hizo. ¿Es tan honorable? ¿O es sólo una manera más para mantenerme desequilibrada, para tenerme preguntándome cuál será su siguiente paso? Con una mueca de disgusto, lanzo el pan que queda fuera en el patio de abajo y atrás del marco. Es una estrategia, me digo, y una excelente. Pero no voy a dejarme llevar por una falsa sensación de armonía entre nosotros. Cruzo la habitación hasta la cama, y luego retiro mis hojas y vainas de donde los he escondido debajo del colchón. Sólo cuando las he atado firmemente en su lugar voy a encontrar a Duval.

Él está en su estudio detrás de un gran escritorio. Se ha ido el hombre ajetreado con el que cruce el país, en su lugar es un cortesano bien vestido con un jubón de color azul oscuro.

Se ha afeitado la barba bigotuda que presentaba un aire oscuro y peligroso en su rostro. Un bote de tinta y media docena de plumas están a su lado, pilas de pergamino en la otra, y sus dedos empuñan una pluma con trazos rápidos y audaces. Cuando mira hacia arriba, estoy muy molesta por ser atrapada mirándolo, así que paso dentro de la habitación, sosteniendo la cabeza en alto y la lucha contra la timidez arranca dentro mí.

—Buenos días —mi voz es fría y distante.

—Estaré con usted en un momento —dice, volviendo su atención a la carta delante de él. Dividida entre la molestia y alivio, me paseo a las dos mesas de caballete que se han armado para colocar la abundancia de papeles y mapas de su escritorio. Un mapa de Bretaña hacia fuera, y pequeñas piedras de colores se dispersan a través de ella. Al entrecerrar los ojos veo una forma y un patrón en los guijarros, los oscuros marcan las ciudades y pueblos que Francia tomó fácilmente durante la guerra Mad. ¿Está tratando de determinar dónde están los franceses que atacarán si no consiguen lo que quieren? Una sombra pasa por mi corazón, dulce Mortain, otra guerra no.

Duval termina su carta y la pone a un lado antes de mirar hacia mí.

—¿Cómo durmió anoche? —Hay un brillo de diversión en sus ojos –ojos que están muy cerca de reflejar el color azul de su jubón– que no me importa. —Pobremente, me temo, milord. Mi sueño fue bastante perturbado. —Siento mucho oír eso —dice, aunque sabe muy bien cuál es la causa. Antes de que pueda señalarlo a él, levanta la mano—. La paz —dice—. Tenemos mucho que discutir esta mañana antes de irme y muy poco tiempo. Me cuesta dejar que él tenga la última palabra, pero yo asiento con la cabeza, sin embargo.

Duval lanza su pluma sobre la mesa y se inclina hacia atrás en su silla.

—Estaba en lo correcto. Alguien ha llamado a una reunión de los Estados sin el conocimiento de la duquesa ni su consentimiento, y ella es la más perjudicada. Todos los barones del reino están aquí reunidos en Guérande como buitres ansiosos. Peor aún, el enviado francés, sin duda presenciara el espectáculo

completo e informará a la regente francesa.

—Tal vez éste lleva una marca —le digo con la esperanza—. Entonces puedo matarlo antes de que lleve cuentos de vuelta a los franceses. Duval hace muecas.

—Por supuesto, si ve una marca en el embajador francés, puede matarlo con mi bendición junto con la de Mortain. Sin embargo, si piensa que se detendrá la fuga de información de nuestra cancha a Francia, es más ingenua de lo que parece. Me erizo ante sus palabras, tengo ganas de argumentar que no soy ingenua, pero ha quedado claro que el convento lamentable falló en darme la preparación

adecuada para este trabajo. O tal vez sea el convento el que está sin la preparación adecuada. Es un pensamiento más inquietante, y me alejo.

—¿Aprendió algo más lejos de los salteadores12 que nos atacaron? Una mueca de vergüenza cruza su rostro.

—No. —Él se pone en pie y se acerca a la ventana—. Me temo que lo sacudí un

poco demasiado fuerte. Todavía tiene que despertar.

—¿Ha revisado a través de sus pertenencias? ¿No había nada que insinuara qué eran o por qué estaban allí?

—No, no tenían ninguna norma o instrucción firmada rellenando cuidadosamente sus bolsillos. —Su tono burlón aguijonea mis pies también.

—Por supuesto que no. Pero ¿si se les hubiera pagado? ¿Qué moneda llevaban? ¿Eran sus mantos de lana de Flandes, o sus botas de cuero italiano? Podemos

aprender mucho de estos detalles.

Las cejas Duval se levantaron en respetuosa sorpresa.

—Llevaban la moneda francesa, pero eso nos dice poco, puesto que la mitad de la moneda en el reino es la francesa. Sus túnicas eran de hacer barato, pero sus botas de piel de gran calidad, así que hicieron algún intento por ocultar sus orígenes.

Trato de no mirar con aire satisfecho, pero antes de que pueda disfrutar de mi pequeña victoria, cambia el tema.

—Tengo una serie de reuniones en la actualidad. Como puede imaginar, la duquesa tiene mucho que arreglar con estos nuevos desarrollos, y yo estaré allí para ofrecer mi ayuda.

—¿No van a cuestionar mi presencia, mi lord? Me mira con diversión.

—Sí lo harán, mademoiselle, por lo que no estará allí.

—Pero ¿qué voy a hacer? ¿Debo cuestionar al salteador cuando se despierte? ¿O tal vez debería tratar de averiguar quién era el que pedía la reunión de los Estados en la primera pla…?

Levanta la mano para detener mi flujo de palabras.

—Ninguno de esos. De hecho, también tendrá una reunión, o algo así. —No me gusta la sonrisa jugueteando en su boca—. Una costurera, una de las de la duquesa, estará aquí dentro de poco con un vestido a la moda para que use

esta noche cuando se presente en la corte.

12

—Ah… vestido —yo balbuceo. No puede estar hablando en serio, él no puede pensar que voy a sentarme y ser pinchada y cortada con alfileres y seda, mientras él está fuera atendiendo los asuntos de Estado—. Eso no está en nuestro acuerdo, mi lord.

—Un buen subterfugio requiere preparación y atención a los detalles. Sin duda, el convento ¿le enseñó eso? Si quiere aparecer esta noche como mi amante… —Pensé que se había pactado como prima —le digo secamente. Se apoya contra la pared cerca de la ventana y cruza los brazos sobre el pecho. —Debe darse cuenta de la inutilidad de eso ahora. Mis líneas de sangre de ambas partes son demasiado conocidas para que me tire a una prima de mi linaje como un truco de prestidigitador. —Mis mejillas llamean rojas ante este recuerdo de mi error anterior.

Frunce los labios y coloca su dedo en contra de ellos, él me estudia—. De hecho, esto es lo que puede hacer una vez que su vestido sea ajustado correctamente: puede estudiar a las familias nobles de Bretaña para que cuando se reúna con ellos cara a cara esta noche, no cometas errores similares. Levanto la barbilla.

—Ya las he estudiado, mi lord, pero a menos que incluyan sus escudos o colores o mostren sus escudos de armas, no tengo manera de reconocerlos. —Es verdad, pero que me perdonen si soy un poco receloso de lo que has aprendido en el convento. Me gustaría estar seguro de que posee los hechos básicos de la situación.

Una burbuja caliente de ira se levanta dentro de mí, pero me obligo a bajarla. Al principio, yo creo que es su arrogancia lo que me ha hecho enfadar, pero luego me doy cuenta de que estoy enojada porque él ha plantado diminutas y

malvadas semillas de duda dentro de mí.

Él pasa a un tablero de ajedrez junto a la ventana. Hay un juego en progreso, veo –pero no, hay demasiadas piezas para ello– hay, de hecho, dos veces tantas

piezas como en un juego regular.

—¿Juegas? —me pregunta.

—No. —Esto es una mentira, yo juego, pero no muy bien.

—Estoy sorprendido —dice—. Yo creía que el convento encuentra en el ajedrez una herramienta útil para los principiantes.

—Así es. —La honestidad me obliga a admitirlo—. Pero no es uno de mis puntos fuertes.

Una esquina de la boca de Duval se levanta en diversión. —Demasiado impaciente, ¿tal vez?

—Así me dijeron —murmuro.

Haciendo caso omiso de mi desconcierto, él se agacha y pone un dedo en la parte superior de la reina blanca. Está flanqueada por un pequeño grupo de

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