• No se han encontrado resultados

TRES DIOSAS ANTE UNA MANZANA DE ORO

LA GUERRA DE TROYA

TRES DIOSAS ANTE UNA MANZANA DE ORO

Así concluye el primer acto de la tragedia que llevará a la guerra de Troya. ¿A quién corresponde, con la manzana, el premio de la belleza? Los dioses no pueden decidir. Si Zeus hiciera la elección, una diosa quedaría satisfecha, pero se ganaría la enemistad de las otras dos. En tanto que soberano imparcial, ya ha determinado los poderes, las posesiones y los privilegios que corresponden a cada una de las tres diosas. Si Zeus da la preferencia a Hera, se le reprochará su parcialidad en favor de su esposa; si elige a Atenea, se le echará en cara el amor paternal, y si se pronuncia por Afrodita, se entenderá que arde de deseo por ella. Nada en el orden de las precedencias divinas permite ensalzar a una de ellas en detrimento de las otras. A Zeus le resulta

57 imposible juzgar. Tiene que encargarse de ello, una vez más, un simple mortal. De nuevo los dioses traspasarán a los hombres la responsabilidad de la decisión que ellos se niegan a tomar, de la misma manera que les han reservado unas desdichas y unos destinos funestos que no quieren para sí.

Segundo acto. En la cima del monte Ida. Es allí, en Tróade, donde la juventud heroica se adiestra. Al igual que el Pelión, es un monte alto y yermo, y se halla muy lejos de las ciudades, los campos cultivados, los viñedos y los vergeles; es un lugar de vida dura y rústica, de soledad sin más compañía que los pastores y sus rebaños, de caza de los animales salvajes. Los jóvenes, todavía asilvestrados, tienen que realizar el aprendizaje de las virtudes del valor, la dureza y el dominio de sí mismo que caracterizan al héroe.

El personaje que ha sido elegido para juzgar cuál de las tres diosas merece la manzana se llama Paris. Tiene un segundo nombre, el de sus primeros años: Alejandro. Paris es el más joven de los hijos de Príamo, rey de Troya. Cuando Hermes, seguido por las tres diosas, baja a la cima del monte Ida para pedirle a Paris que haga de árbitro y diga cuál de ellas es a sus ojos la más hermosa, el elegido custodia los rebaños del rey, su padre. Así pues, es una especie de rey-pastor o de pastor real, jovencísimo, un koûros, todavía en la flor de la adolescencia. Ha tenido una infancia y una juventud extraordinarias, es el benjamín de Hécuba, esposa de Príamo, rey de Troya, la gran ciudad asiática en la costa de Anatolia, muy rica, muy hermosa y tremendamente poderosa.

Justo antes de dar a luz, Hécuba soñó que paría, en lugar de un ser humano, una antorcha que incendiaba la ciudad de Troya. Como es lógico, preguntó al adivino, o a unos parientes conocidos por su excelencia en la interpretación de los sueños, qué significaba. Se le dio el sentido, en cierto modo, evidente: ese niño será la muerte de Troya, traerá su destrucción a través del fuego y las llamas. ¿Qué hacer? Lo que hacían los antiguos en esos casos. Buscar la muerte del niño, pero sin matarlo físicamente: abandonarlo. Príamo confía el niño a un pastor para que lo abandone, sin alimentos, sin cuidados y sin defensas, en esos mismos lugares solitarios donde se ejercita la juventud heroica, no en la llanura cultivada y poblada, sino en la ladera de esa montaña alejada de los humanos y expuesta a las fieras salvajes. Abandonar a un niño es buscar su muerte sin mancharse las manos con su sangre, mandarlo al más allá, hacerlo desaparecer. Pero, a veces, el niño no muere. Cuando, por casualidad, reaparece, lo hace con unas cualidades que proceden precisamente de que, entregado a la muerte, ha superado esa prueba. El hecho de haber escapado victorioso de las garras de la muerte poco después de nacer confiere al super- viviente la aureola de un ser excepcional, de un elegido, ¿Qué ha ocurrido con Paris? Se cuenta que al principio una osa lo alimentó con su leche durante unos cuantos días. Por su manera de caminar y ocuparse de las crías, las osas han sido asimiladas a menudo a las madres humanas. Alimenta de modo provisional al recién nacido, y después unos pastores, los guardianes de los

58 rebaños del rey en el monte Ida, lo encuentran y lo recogen. Lo crían entre ellos sin saber, claro está, quién es. Lo llaman Alejandro en lugar de París, nombre que le habían dado en el momento de nacer sus padres.

Pasan los años. Un día, aparece un emisario de palacio para buscar el toro más hermoso del rebaño real, destinado a un sacrificio funerario que Príamo y Hécuba quieren realizar en sufragio del hijo que enviaron a la muerte, a fin de honrar a la criatura de la que tuvieron que separarse. Ese toro es el predilecto del joven Alejandro, que decide acompañarlo e intentar salvarlo. Como cada vez que hay ceremonias fúnebres en honor de un difunto, no sólo se celebran sacrificios, sino también juegos y competiciones fúnebres, carreras, pugilato, lucha, lanzamiento de jabalina. El joven Alejandro se inscribe para competir con los restantes hijos de Príamo contra la élite de la juventud troyana. Triunfa en todas las competiciones.

Todo el mundo queda boquiabierto y se pregunta quién es aquel joven pastor desconocido, tan hermoso, tan fuerte y tan diestro. Uno de los hijos de Príamo, Deífobo -que reaparecerá en el transcurso de esta historia-, se enfurece y decide matar al intruso que ha derrotado a todos. Persigue al joven Alejandro, que se refugia en el templo de Zeus, donde se encuentra también su hermana, Casandra, una joven muy hermosa de la que Apolo se enamoró, pero fue rechazado. Para vengarse, el dios le ha concedido el don de la adivinación, pero que no le sirve de nada. Por el contrario, ese don sólo conseguirá empeorar su desgracia, ya que, aunque sus predicciones son siempre ciertas, nadie las creerá nunca. Y entonces exclama: «¡Cuidado, este desconocido es nuestro pequeño Paris!» Y Paris-Alejandro muestra, en efecto, los pañales que llevaba cuando fue abandonado. Basta ese gesto para que sea reconocido. Su madre, Hécuba, está loca de alegría, y Príamo, que es un excelente y anciano rey, está encantado también de recuperar a su hijo. Ya tenemos, por tanto, a Paris reintegrado a la familia real.

En el momento en que las tres diosas conducidas por Hermes, a quien Zeus ha encargado resolver la cuestión en su nombre, acuden a visitarle, Paris ya ha recuperado su lugar en la corte, pero ha mantenido la costumbre, después de pasar toda su juventud como pastor, de ir a visitar a los rebaños. Es un hombre del monte Ida. Así pues, Paris ve llegar a Hermes con las tres diosas, y se siente algo sorprendido y preocupado. Preocupado porque, por lo general, cuando una diosa se muestra abiertamente a un humano en su desnudez, su autenticidad de inmortal, las cosas suelen acabar mal para los espectadores: nadie tiene derecho de ver a la divinidad. Es a la vez un privilegio extraordinario y un peligro del que no se sale ileso. Tiresias, por ejemplo, perdió la vista por haber visto casualmente desnuda a Atenea. En ese mismo monte Ida, Atenea, tras bajar del cielo, se había unido a Anquises, el padre del futuro Eneas. Después de dormir con ella, como si hubiera sido una simple mortal, por la mañana Anquises la vio en toda su belleza divina, e, invadido por

59 el terror, le dijo, implorante: «Sé que estoy perdido, jamás podré volver a tener trato carnal con una mujer. El que se ha unido con una diosa no volverá a encontrarse en los brazos de una simple mortal. Su vida, sus ojos y, sobre todo, su virilidad quedan aniquilados.»

Así pues, Paris se siente asustado desde un principio, Hermes lo tranquiliza. Le explica que le corresponde efectuar la elección y conceder el premio -los dioses lo han decidido así-, y juzgar cuál es a sus ojos la más hermosa. Paris se siente muy molesto. Las tres diosas, cuya belleza es, sin duda, equivalente, intentan seducirle con tentadoras promesas. Cada una de ellas ofrece, en caso de ser elegida, otorgarle un poder único y singular que sólo ella tiene el privilegio de conferir.

¿Qué puede ofrecerle Atenea? Le dice: «Si me eliges, alcanzarás la victoria en la guerra y una sabiduría que todo el mundo te envidiará.» Hera le hace esta oferta: «Si me eliges, conseguirás el reino y serás el soberano de toda Asia, ya que, en tanto que esposa de Zeus, en mi lecho se encuentra inscrita la soberanía.» Afrodita, por su parte, le ofrece: «Si me prefieres, serás el máximo seductor, conseguirás las mujeres más hermosas del mundo y, en especial, a la bella Helena, aquella cuya fama se ha expandido por doquier. Cuando Helena te vea, no se te resistirá. Serás el amante y el marido de la bella Helena.» Victoria guerrera, soberanía, la bella Helena, la belleza, el placer, la felicidad con una mujer... Paris eligió a Helena. Ya tenemos engranado de repente, con el trasfondo de las relaciones entre los dioses y los hombres, un mecanismo cuya puesta en marcha constituye el segundo acto de esta tragedia.