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UNA REALIZACIÓN SUBVERSIVA

Los discípulos

UNA REALIZACIÓN SUBVERSIVA

D e b e m o s distinguir dos fases sucesivas: la que conduce, en la p r o p i a lógica del modelo, al reconocimiento del tiempo abierto por Jesús c o m o el tiempo de la homilía, y la que consiste, u n a vez que ese reconocimiento se ha efectuado, en volver sobre el m o d e l o para reconstruirlo c o m o forma de d i c h o reconocimiento.

Del médium de reconocimiento...

Jesús, cuando vivía, sin duda vio venir hacia él a personas de lo más diverso, desde los más escépticos hasta los partidarios más ardientes de un c o m p r o m i s o político-militar inmediato, pasando por simples curiosos y a todos los «sedientos de justicia» colec- tiva y personal. M u c h o s no hicieron más que pasar, al no en- contrarse a gusto ante su actitud y sus palabras. En particular, de- bieron liberarse rápidamente de él todos los que planteaban la V i s i t a de D i o s (la parusía) y su R e i n o de forma radical y extrema; los que querían terminar c o n el d o m i n a d o r romano; al igual que

los que, en el interior de las propias instituciones judías, ponían en entredicho la Ley, en tanto que expresión de dominación re- ligiosa, política, social u otra. L o s que permanecieron y le s i - guieron debían compartir necesariamente con él ciertas aspira- ciones.

De todas formas, esto no suponía obligatoriamente por su parte que le reconociesen inicialmente c o m o Mesías. Probable- mente, cada cual debía tener una perspectiva diferente de lo que se abría ante él. Seguramente, n i n g u n o preveía —salvo en forma de temor— que terminaría su existencia en una cruz. Por ello, su muerte operó ciertamente una selección aún m u c h o más severa entre los que habían puesto su esperanza en él. Incluso ese hecho era de tal naturaleza que podía poner término definitivo y c o m - pleto al m o v i m i e n t o que quería iniciar. No obstante, algunos no vieron en ello el fin de su esperanza. Podemos incluso suponer que fue para ellos el acontecimiento decisivo en el reconoci- miento del R e i n o de D i o s y del papel específico mantenido p o r Jesús, la prueba última que i l u m i n a b a y autentificaba la andadura

anterior.

C a m i n a r al lado de Jesús durante su actividad, aunque ésta haya sido relativamente breve (entre dieciocho meses y tres años según las fuentes), fue evidentemente determinante en su prepa- ración para semejante iluminación. Pero, ¿cómo habrían p o d i d o inscribirse en ese caminar, «comprenderlo» en esa perspectiva que era la suya, «ver» en su muerte en la cruz la prueba suprema de la verdad de su mensaje, si no habían sido culturalmente prepa- rados, si eso no había correspondido en ellos a una estructura- ción profunda? ¿Cómo habrían p o d i d o «reconocerlo» en la figura del Mesías, si era otro el Mesías que esperaban, otra manifesta- ción de la V i s i t a de D i o s la que esperaban? ¿Cómo habrían p o - d i d o reconocer en el hombre Jesús muerto en una cruz la llegada del R e i n o de D i o s , si esa forma histórica, por inesperada y des- concertante que fuera, no había sido aprehendida en los esque- mas de pensamiento del que parecía ser aún más el c u m p l i m i e n t o y la realización? La respuesta a este interrogante debe buscarse, según nuestro parecer, en el m i s m o espacio estructutante que fue el de Jesús, o sea, la proclamación sinagogal. E l l a es la que les per- mitió «comprender» a Jesús. Fue ella la que permitió, aunque

fuese más tarde, «ver» en su vida y su muerte, a la vez un término y un punto de partida. En la refracción de la luz profética, la v i d a y la muerte de Jesús se hacía luminosa, y hacía aún más l u m i n o s a ia luz profética. En la figura profética del Siervo del Señor (cfr. Is 42,1-4; 52,13-53 y F l p 2,5-11), el mensaje, la v i d a y la muerte de Jesús tomaban un significado pleno. Para ellos, abrían realmente el tiempo de la homilía, el tiempo de la realización de la Promesa1.

... a su vuelco

En el modelo sinagogal — e l que permite a los discípulos re- conocer con Jesús la apertura del tiempo de la realización—, el texto básico, leído en primer lugar, es el de la Tora. L o s Profetas, leídos en segundo lugar, abren la Tora a una escucha para el pre- sente y el porvenir que, justamente, constituye el discurso de la homilía. El presente es, claro está, la preocupación de la asam- blea. Esta no se reúne para un curso de historia o una lección de exégesis. Pero el presente no es el punto de partida de la toma de la palabra ni tiene un discurso directo. Sólo se proclama a la luz de la Tora y a través del filtro de los Profetas. La sustitución ho- milética se hace a m o d o de repetición. Pero, a partir del m o - mento en que la homilía ya no se considera del orden de la pa- labra únicamente, sino del orden de los hechos y de la realidad histórica —porque se realiza en Jesús— el modelo proclamatorio que conduce a ese reconocimiento se encuentra, de vuelta, m o - dificado. La estructura sigue siendo la m i s m a y los elementos si- guen siendo igualmente idénticos. Pero la composición de c o n - junto y su significado sufren un profundo cambio. El modelo que

1 El término neotestamentario epeggelia («promesa») es de la misma fami-

lia que euaggelion («evangelio»). El tema es otra forma del discurso de la histo- ria de la salvación: el cumplimiento de las Escrituras, que los discípulos consi- deran realizado en la propia persona de Jesús, realiza las promesas hechas por Dios a Israel: un nuevo pueblo, una nueva tierra, un nuevo reino, una nueva Ley, una nueva Alianza...

fundamenta la proclamación de los discípulos de Jesús ya no es el m i s m o que el que fundamentó el reconocimiento de Jesús en la figura de la homilía.

En primer lugar, la persona de Jesús y su obra constituyen la nueva T o r a —aún no escrita, pero sellada en los hechos— que se trata de proclamar. El discurso de los discípulos de Jesús no se realiza c o m o una simple transmisión de la «doctrina» de su maes- tro, doctrina cuyos distintos coméntanos defenderían la exacta interpretación o desplegarían las potencialidades. Se trata de la escucha de la Palabra de D i o s . No obstante, ésta ya no se hace a partir del pasado de Israel, sino a partir de la experiencia histó- rica de Jesús. Al igual que, en la proclamación sinagogal pales- tina la homilía no es inicialmente un comentario de la Tora, sino que participa de su proclamación, de igual forma la homilía de los discípulos no tiene c o m o función hablar de Jesús o sobre Je- sús, sino de proclamarlo c o m o que inaugura el tiempo de la rea- lización. Lo que se proclama no es pues inicialmente una «doc- trina», sino una persona que interviene en el corazón de la historia. El enunciante del mensaje (Jesús) constituye incluso el enunciado principal de su mensaje. Jesús no es sólo el h o m i l e t a del R e i n o de D i o s : él es la homilía del R e i n o de D i o s . Ese es el profundo significado que conviene ver en la proclamación i n a u - gural que Jesús hace en Nazaret y del que ya hicimos el relato al comienzo del capítulo anterior. Al mostrar a Jesús en el papel del homileta y al hacerle declarar que él es el C r i s t o , el «Ungido» de D i o s , san Lucas indica claramente que, en el sistema proclama- torio de los discípulos, la persona de Jesús es lo que ante todo se ha proclamado.

Es eso igualmente lo que significa la proclamación de la re- surrección de Jesús. Proclamarlo resucitado por D i o s es afirmar que es realmente la Palabra viva de D i o s , la Palabra que sella la Promesa y abre el tiempo del j u i c i o2. Es afirmar que no se refiere

2 El juicio es el acto último por el que Dios declara los que se salvan y los

que no. En la construcción teológica neotescamentaria, Jesucristo, al realizar la visita de Dios (parusía) se convierte por ese hecho en ejecutor del juicio que conlleva: los que le siguen se salvan y acceden a las promesas del nuevo Reino; los demás se excluyen,