Las vacas deberían parir primero, al menos una vez, antes de dar leche. Para sacarles un «buen rendimiento» son inseminadas artificialmente todos los años y ordeñadas hasta algunas semanas antes de parir.
Las vacas se convierten en amas de cría constantes, con lo que se las priva del ritmo de sus derechos vitales naturales. Si la vida es ritmo, tal y como afirma Rudolf Steiner, el fundador de la antroposofía, también se les quita ritmo y mucha vida a las vacas cuando son obligadas a ser simplemente animales productores de leche.
VACAS DE ALTO RENDIMIENTO CON UBRES ENORMES
Nada más nacer, los terneros son separados de sus madres, lo que hace que ellas se muestren inquietas durante días o incluso semanas, y llamen con mugidos desesperados a sus crías, hasta que abandonan la búsqueda. El nexo de unión madre- hijo está muy implantado en las vacas.
Es fácil imaginar lo que puede suponer esta separación prematura. Las vacas la sufren una vez al año y está claro que las hormonas correspondientes y los neurotransmisores de la desesperación se traspasan a la leche y a la carne. ¿Realmente quiere usted beber esa leche o preparar un postre con ella? La leche que consumimos actualmente, elaborada a partir de mezclas de grandes cantidades de tipos diferentes procedentes de numerosos animales, perjudica nuestra salud por contener tales componentes (véase página 45).
En la industria lechera moderna hemos ampliado notablemente esta mala práctica, pues se han incorporado unos cuantos factores que la empeoran. Bastaría con que imagináramos que esas enormes ubres de las vacas de alto rendimiento fueran traspasadas a seres humanos para que pudiéramos sentir el horror. Las vacas actuales han sido modificadas genéticamente para conseguir un crecimiento extremo de sus ubres y con ellas de sus glándulas mamarias (el cáncer de mama alcanza también un crecimiento desmesurado en tales glándulas). A eso se añade, de acuerdo con lo que yo sé, la ingesta de una enorme cantidad de hormonas insuficientemente investigadas, puesto que las vacas lecheras son ejemplares que durante toda su vida han sido forzadas a mantener una fase de lactancia artificial que les provoca una situación hormonal aberrante. Cuando esas vacas quedan preñadas, en su sangre se produce una mezcla poco natural formada por las hormonas de la lactancia y las del embarazo: seguro que ese proceso también queda reflejado en la leche. El cáncer de mama, o cualquier otra forma de esta enfermedad, ha sufrido un enorme incremento, como demuestran las actuales investigaciones de la medicina convencional, y se sabe que el aumento de casos está muy relacionado con las hormonas. Basta con observar los hechos mencionados más arriba para que de inmediato surja una inevitable sospecha.
Llegados a este punto, muchos se formularán la siguiente pregunta: ¿les va mucho mejor a las vacas de las ganaderías biológicas? Los análisis han dado como resultado que aproximadamente un 35 % de estos animales padecen inflamaciones de las ubres (mastitis); además, claro, su leche también sufre los inconvenientes bioquímicos que ya han sido mencionados en este libro. Es posible que las vacas vivan bajo unas condiciones menos atroces y que la leche producida sea mejor, pero esos procesos antinaturales tam-poco llevan a nada bueno.
UNA VIDA CORTA Y LA MAYOR CANTIDAD DE LECHE POSIBLE
El «rendimiento lácteo» de las vacas actuales ha aumentado mucho durante las últimas décadas. De los 4.180 kilos en 1981 a los 5.250 en 1998, y ese incremento continúa sin detenerse. Por eso las vacas enferman más, sus partos son laboriosos y cada vez es más frecuente la necesidad de tratarlas con antibióticos para remediar la mastitis: está claro que los medicamentos utilizados siguen el proceso de eliminación biológico y, naturalmente, se depositan en la leche. Estas desventuradas criaturas, denominadas «máquinas lecheras de alto rendimiento», dejan de ser rentables al cabo de unos años y los animales «deben» ser sacrificados para aprovechar su carne.86
¿DE DÓNDE VIENE LA TIERNA CARNE DE TERNERA?
Los terneros pueden producir una carne muy blanca si se mantienen durante algunos meses con una dieta escasa, de forma que también tengan poca sangre y la carne sea siempre rosada o blanquecina. La mayoría de los terneros, incluso los de las granjas biológicas, son separados de sus madres en sus primeras horas de vida y vendidos a empresas de engorde donde, para maximizar los beneficios, reciben un tipo de alimentación poco natural o son objeto de cebado. El forraje escaso en hierro se ocupa de que la carne se mantenga pálida, tal y como espera el consumidor, y eso les produce unas graves anemias. La necesidad de hierro que experimentan es tan grande que, a veces, intentan beberse su propia orina, pero unos cuchitriles extremadamente estrechos impiden que se den la vuelta. Ni siquiera pueden lamer los barrotes que les encierran porque están recubiertos de plástico.
En países pequeños, como Austria o Suiza, son más de 300.000 los terneros torturados con estos métodos para luego sacrificarlos al cumplir los cuatro meses. Por lo tanto, los degustadores de car-ne de ternera son dignos de nuestra compasión, pues con esa comida ingieren una mezcla de hormonas plenas de sufrimiento y, sobre todo, un karma desfavorable en cada bocado. Aun cuando en el mundo desarrollado las personas prestan poca atención a estas circunstancias, mis treinta años practicando la terapia de reencarnación me han enseñado a tomarlas muy en serio. En el lecho de muerte mucha gente se da cuenta de esto, y entonces ya es demasiado tarde. Las ideas imperantes en Oriente, según las cuales todos los seres que han sufrido por nuestra culpa nos esperarán al otro lado junto a aquellos a los que hemos ayudado y favorecido, nos angustian y consuelan a la vez. Trataremos después esta cuestión, que nos hará conscientes de la importancia que tie-ne todo lo que metemos en la cesta de la compra.
GRANDES MATADEROS Y GRANDES ORGANIZACIONES POLÍTICAS
Todos los estudios que han tratado este tema corroboran que el consumo de carne reduce nuestra vida considerablemente desde un punto de vista cuantitativo y la vuelve muy deprimente en lo cualitativo. Aunque no siempre coinciden en sus conclusiones, lo cierto es que no hay ninguno que se desvíe y afirme que el consumo de proteína animal alarga la vida o que sea más saludable que la alimentación vegetariana. En un caso extremo, una alimentación exclusivamente carnívora sería incompatible con la vida, mientras que la práctica estrictamente vegetariana nos aportaría una vida más larga y mejor. Los inuit de Groenlandia, a menudo utilizados como ejemplo por los carnívoros más fanáticos, consumen mucha carne, sí, pero también el contenido del estómago de sus presas, en el que quedan restos vegetales. Por otro lado, los inuit nunca alcanzan edades muy avanzadas y, hoy en día y con gran diferencia, sufren uno de los mayores índices de depresiones del mundo.
¿Cuáles pueden ser los motivos por los que los bromatólogos han apostado por la carne durante los últimos decenios? Siempre se ha dicho que la proteína animal nos aporta fuerza y contribuye a la estructuración muscular y a que nuestra vida sea buena, larga y saludable, justo todo lo contrario de lo que ocurre en la realidad.
Es muy fácil entenderlo: no obedecen más que a intereses económicos. Las grandes potencias políticas, como Estados Unidos y la Unión Europea, buscan favorecer a las grandes compañías y corporaciones, auténticos grupos de presión que conviene tener contentos. Las empresas de tamaño medio o pequeño, tal y como se puede observar por todas partes, tienden a desaparecer.
Los argumentos que se utilizan para adoptar medidas a favor de los grandes permanecen, hasta ahora, totalmente ocultos. Por ejemplo, la Unión Europea prohíbe, al parecer por motivos de higiene, que los ganaderos independientes sacrifiquen su propio ganado. Las exigencias de higiene son tan extremadas que hasta las pequeñas carnicerías han tenido que renunciar al sacrificio en las granjas, pues eso les exigiría disponer de un laboratorio propio. El resultado es conciso y sencillo: las grandes cantidades de carne que se consumen proceden en más de un 98 % de la cría intensiva, donde los animales son sacrificados en mataderos que, como se va a mostrar, utilizan métodos especialmente crueles. Tanto la Unión Europea como Estados Unidos apoyan esta tendencia.
LA SIMILITUD DE LOS ATAQUES DE PÁNICO ENTRE LOS SERES HUMANOS Y LOS ANIMALES CUANDO VAN A SER SACRIFICADOS
En los grandes mataderos, una vaca o un ternero, un cerdo o una oveja tienen que soportar que ante ellos se sacrifique a docenas de sus congéneres. Es fácil imaginar cómo se sienten frente a semejante espectáculo, solo tenemos que ponemos en su misma situación: sentiríamos lo mismo que ellos. Un delincuente a la espera de su ejecución que tuviera que soportar el ajusticiamiento, antes que el suyo, de docenas de personas en la silla eléctrica o en la horca, llegaría al final en un deplorable estado físico y mental. Este miedo a la muerte se expresa con los latidos frenéticos del corazón, un bombeo exagerado de sangre por los pulmones, intensa sudoración y, sobre todo, una enorme alteración química de la sangre causada por un máximo nivel de estrés: las hormonas del miedo y la ansiedad existentes en el organismo pasan directamente a la sangre.
Pero esas ejecuciones masivas no se suelen producir entre los seres humanos, por lo general se hacen de forma aislada. En cambio, es habitual que los animales sean sacrificados en estas terribles circunstancias, lo que moviliza, como hemos dicho, sus hormonas del miedo y el estrés, las cuales se depositan directamente en su carne y su sangre. Puesto que nosotros nos encontramos evolutivamente cercanos a los animales que sacrificamos (de hecho desde el punto de vista biológico todos somos mamíferos) también tenemos esas hormonas y neurotransmisores, como puede ser la adrenalina. Eso significa que sus hormonas del miedo pueden actuar sobre nosotros después de consumirlas. Con su carne ingerimos la angustia y el pánico que los animales han experimentado en los instantes previos a su ejecución: eso es algo que debe resultar evidente para cualquiera.
Hace ya más de treinta años, en la época en la que realizaba mis exámenes de medicina, apenas conocíamos esos ataques de pánico que sufrían los animales, pero actualmente no nos libramos de ellos. En aquel entonces todo estaba más descentralizado y era quizá algo menos terrible; al menos, los sacrificios eran más aislados y el consumo de carne bastante menor que el actual, por lo que la cría intensiva todavía no había alcanzado su cenit.
Naturalmente, existen otros motivos sociales y psíquicos que son responsables de que nuestro miedo vaya en aumento. Por ejemplo, a causa de la vida en las grandes ciudades, en las que se va incrementando progresivamente el número de personas y, poco a poco, cada vez queda menos sitio para cada uno. Pero uno de los factores que contribuye de forma muy considerable a incrementar ese miedo es el que se incorpora a nuestro organismo cuando ingerimos carne impregnada del terror procedente de la tortura y el martirio de los animales que sacrificamos. No solo nos comemos nuestro propio miedo, sino también el sufrimiento y el pánico a la muerte que soportan esos animales.
Las personas sensibles intuyen sin duda que no puede ser saludable comer la carne de unos animales que han sido sacrificados justo después de sufrir un prolongado estadio de pánico ante la muerte. Quizá por este motivo, la carne que consumían nuestros ancestros fuera mejor. Cuando cazaban, la muerte de su presa era
rápida y tenía lugar en el entorno habitual del animal, que siempre disponía de la posibilidad de entablar una lucha limpia para sobrevivir. Esos animales nunca llevaban una vida cruel en un criadero masificado, no eran transportados ni se les encerraba durante largo tiempo a la espera del sacrificio. Aun cuando la pieza salvaje fuera acosada, el instinto de la huida facilitaba la eliminación de las hormonas del miedo y el estrés. Los animales del matadero deben esperar, con aparente sosiego externo y terrible intranquilidad y pánico interiores, la hora de su muerte. Sin hacerlo a propósito, a la larga estropean nuestros asados y eso, literalmente, es algo que ya podíamos olernos.
Durante mi estancia en Namibia, conocí a un alemán coleccionista de trofeos que había herido a un kudu; el antílope huyó hasta que los auxiliares del cazador lo localizaron, muerto, una hora después. Pero allí lo dejaron, en el lugar en el que había caído. Ante mis preguntas de sorpresa, respondieron que el espíritu del kudu estaba irritado y había envenenado toda la carne, por lo que ya carecía de valor y era peligrosamente tóxica. Ese veneno que evitaban aquellos cazadores africanos lo pueden ver sin ninguna dificultad nuestros científicos en cualquier mezcla de hormonas y neurotransmisores; está provocado por el pánico y el estrés, y se acumula en la carne de los animales abatidos a balazos mientras huyen.
EL SEXTO SENTIDO DE LOS ANIMALES
Por desgracia, la sensibilidad de muchos seres humanos es tan escasa que no captan (y por tanto no le dan importancia) todo lo que este libro quisiera cambiar. En cierto modo, son muchos los partidarios del filósofo René Descartes que transfieren sus propias carencias a la idea de que los animales no tienen sentimientos y, consecuentemente, no son capaces de darse cuenta del horror que se está perpetrando. La realidad dice todo lo contrario. En Estados Unidos, existen los perros de epilépticos, capaces de percibir los ataques de epilepsia de sus amos antes de que ellos mismos los sufran, y eso les permite avisarles. La vieja máxima marinera «cuando un barco se hunde, las primeras en huir son las ratas» reconoce el sexto sentido de los animales. Los seres humanos, menos sensibles, se percatan de la proximidad de alguna catástrofe natural cuando observan que los animales huyen del lugar, como ocurrió con el terrorífico tsunami de 2004. Los perros guía para ciegos y los animales de compañía para minusválidos muestran a todas horas el gran desarrollo de su sensibilidad.
De ahí la deducción siguiente, para terminar: los animales destinados al sacrificio ya sospechan que algo les amenaza cuando se inician las operaciones de embarque y transporte. Está claro que al llegar al matadero perciben algo, como lo notaría cualquier persona sensible. Como es lógico, se oponen a que los maten y por ello «deben» ser tranquilizados a base de violencia y electroshocks.
LA CONCIENCIA DE LAS CÉLULAS
Los nuevos conocimientos acerca de la conciencia de las células, que nos ha transmitido el biólogo Bruce Lipton, nos hacen comprender algo que puede ayudarnos. Sus investigaciones han probado que hasta ahora hemos dado preferencia a la genética e infravalorado notablemente la conciencia de las células. Cada célula tiene su propio tipo de conciencia y en ella se introduce el sufrimiento de los animales ante su cría masificada y posterior sacrificio. Si nos alimentamos de esas «células atormentadas», que es lo que hacemos al consumir la carne de los animales, está claro que eso no puede ser nada bueno para nuestra salud.
En la epigenética moderna se habla de los peligros que nos amenazan si nos incorporamos el sufrimiento a nivel celular. Como ya se ha mencionado anteriormente, de esa forma también podemos decidir sobre los programas genéticos.
Resumen:
El acto de beber leche y tomar productos lácteos parece inofensivo a simple vista, pero lo cierto es que hay que prevenir sus efectos sobre la salud: las vacas han sido degradadas para optimizar su rendimiento y servir tan solo como mecanismos productores de leche; se les ha anulado la posibilidad de llevar una vida normal. Los sibaritas que tanto valoran la suave carne de ternera deben saber que implica un alto precio: se trata de una vida muy corta y rodeada de torturas para los animales. Puede que muchos no tengan claro que al consumir esa carne están atentando contra su propia psique. El miedo y el martirio de los animales se reflejan en los crecientes ataques de pánico de los seres humanos.