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14 La Valeta y Túnez

In document Balsa Monse - Secretos De Tu Piel.pdf (página 30-38)

Q

ue una ciudad tan pequeña como La Valeta, o La Valletta, que no llega a los 6.400 habitantes, cuente con una especie de testamento religioso compuesto por más de 25 iglesias, quita un poco las ganas de visitar la ciudad a aquéllos que no estén interesados en la cultura arquitectónica. Sin embargo, la amplia gama de construcciones barrocas con elementos neoclásicos, renacentistas y también del modernismo, la han convertido en Patrimonio de la Humanidad. Aunque a Virginia, Marcos y Julia no les entusiasmaba ver tantos templos de culto religioso el día de año nuevo, con resaca y sueño acumulado, no podían volver a Madrid y decir que se habían quedado a bordo mientras más allá del puerto de Grand Harbour el resto

de pasajeros del Vulcano descubrían que en apenas 55 hectáreas pueden agruparse 320 monumentos. Los tres hicieron el esfuerzo de levantarse relativamente temprano, dado que se habían retirado de la fiesta de la noche anterior a las seis de la mañana, para disfrutar de la capital maltesa.

Virginia odiaba madrugar. Una de sus amigas tenía la graciosa teoría de que todos los nacidos en invierno eran dormilones y a ella esa teoría la definía. El sonido del despertador por las mañanas era la eterna pesadilla que rompía el placer de los sueños. Levantarse temprano estando de vacaciones se convertía por lo tanto en un castigo. Se despejó con una ducha rápida y fue ella la que acudió a buscar a sus amigos al camarote.

— ¿A quién se le ocurre la canallada de programar una visita la mañana del 1 de enero? Creo que deberíamos averiguarlo y darle un chapuzón en medio del mar, ¿no creéis? — dijo Virginia tras saludar con dos besos a Marcos y Julia, que rieron la gracia con caras de sueño y ojeras.

— Yo creo que lo hacen para que no demos la lata a la tripulación. Se libran de nosotros y descansan — respondió Julia.

— Pues me da que de mí se van a librar esta noche. Creo que en cuanto comamos voy a juntar la siesta con los sueños nocturnos. Mañana sí tengo ganas de visitar Túnez y quiero estar descansada. Hoy estoy más muerta que viva.

— Animo chicas que el fresquito y la humedad nos va a despejar más que el café. Y a lo tonto ya nos queda muy poco para volver a la rutina. Por cierto, huesitos, has prometido contamos algo de la misteriosa nota que te entregó el camarero de la discoteca antes de volver. Ya puedes empezar que no vas a escaquear el tema.

— Bueno, era una proposición no sé si decente o indecente, según como cada uno lo quiera ver.

— ¡Guau!, ¿y quién es el afortunado donjuán?

— La verdad es que la nota era de una chica. Me invitaba a pasar la noche con ella.

— Pero dinos quién, que ya nos estás intrigando demasiado. ¿Qué pasó? — preguntó ansiosa Julia.

— Era de Lola, la chica que esa noche cantaba en la discoteca. Y no, no pasó nada porque no fui a la cita. Fin del tema. Me he perdido mi noche loca en un crucero, así que prefiero no hablar más de ello.

Virginia mintió sobre el encuentro sexual con la cantante en el camarote 134. Le daba igual si para Lola no había sido tan especial, pero para ella sí y quería ese recuerdo sin que nadie lo cuestionase, sin preguntas que sin duda le sacarían los colores. Con sólo recordar cómo se agitaba su respiración intentando liberar sus manos de las manos que mansamente la sujetaban, se ruborizaba. Tenía que cambiar de tema y dejar los pensamientos eróticos para la soledad de su cama o para volver a darles vida en sueños.

En La Valeta visitaron, además de algunas iglesias, el Museo Nacional de Bellas Artes y el antiguo Palacio del Gran Maestro, donde actualmente está el Parlamento de Malta. Cansados y todavía somnolientos, volvieron al barco poco antes de la hora de comer. Por la tarde Virginia no salió de su camarote. No tardó en dormirse y, aunque a media tarde se levantó, permaneció sentada al lado del balcón, observando cómo se cruzaban con grandes cargueros y pequeños barcos de pesca, hasta que ya lejos del país isleño en el horizonte sólo se divisaba el mar. Ella no podría vivir navegando. Le gustaba más recorrer kilómetros de tierra, donde los paisajes ofrecen vistas distintas a cada momento, que moverse por el mar, donde las vistas llegan a aburrir como inertes cuadros colgados en una pared.

Aunque por su ubicación entre Argelia y Libia podríamos pensar lo contrario, Túnez es el país de los contrastes. Bastante liberal y con una amplia mezcla de culturas, siendo casi la mitad de su territorio parte del árido desierto del Sahara, la otra mitad es tierra fértil cultivable. En sus bosques y parques naturales habitan gran variedad de animales salvajes.

La artesanía tunecina es básicamente la alfarería y la fabricación de alfombras, la mayoría de estas destinadas a la exportación sobre todo a países europeos, sin embargo la pintura está tan presente en el país que se pueden contabilizar más de veinte galerías, de las cuales nueve están en la capital. Todo ello unido a la también variada arquitectura, invitan al forastero a disfrutar del país africano cuya costa dista de la isla italiana de Sicilia nada más que 130 kilómetros. Virginia había leído mucho sobre Túnez y, al igual que Marsella, sería algún día destino de sus vacaciones. Pensó en ello con los ojos cerrados, arropada por la oscuridad de la noche. Y por su mente, como escenas sueltas de una película, recordó sus buenos momentos con Rubén, su primera noche con otra mujer, Cecilia, a la que no había vuelto a ver, y el encuentro apasionado con Lola a bordo del crucero. Si Rubén la acompañara a Túnez seguramente le dedicaría más tiempo al desierto y a los bereberes que a ella. Quizás unas vacaciones allí fueran ideales para compartirlas con los amigos, y Marsella con sus románticas calas e islas para disfrutar del amor, o de la pasión. Lola sería muy buena compañía en la costa francesa, y por un instante se imaginó con ella, a solas en alguna de aquellas calas, disfrutando de la puesta de sol, escondiendo su pasión en la noche, entregándose a los deseos de dos cuerpos ansiosos sin prometerse amor eterno, sin complicarse atándose a una relación más allá del deseo carnal compartido. Deseó que Lola estuviera otra vez en el camarote 134 y volver a llamar a su puerta. Su piel conservaría durante mucho tiempo la sensación de ser acariciada por las suaves manos de la hermosa cantante. Pensando en ello se durmió, abrazada a la almohada, acurrucada entre recuerdos...

Túnez no defraudó a Virginia, sino que la hizo reafirmarse en su deseo de volver con el tiempo suficiente para visitar alguno de sus parques naturales, embelesarse con la variedad arquitectónica, acudir a alguno de sus muchos festivales de música y, como no podía ser de otra manera, perderse entre cuadros en sus galerías de pintura. La mañana se les hizo corta a ella y a Julia, mientras Marcos no mostraba mucho entusiasmo. Tomaron té en una tetería típica a dos calles del puerto antes de subirse por última vez en aquella travesía al Vulcano. Al día siguiente regresaban a España. Desembarcarían al mediodía en Barcelona y el crucero, junto con el mar Mediterráneo, pasarían a formar parte del pasado, un bonito recuerdo del pasado para Virginia, que no podría olvidar aquel viaje, ni podría olvidar a Lola y cómo ésta le había ayudado a descubrir y a dar rienda suelta a una pasión desbordada y desconocida que le abría las puertas para poder enamorarse de una mujer sin miedo. Si eso sucedía actuaría con naturalidad ante su familia y les haría entender que el amor, al igual que no entiende de razas o de edades, tampoco entiende de sexos.

15. Volver a empezar

E

l día 3 de enero, entre la niebla, el Vulcano atracaba en el puerto de Barcelona al mediodía. Al desembarcar Virginia se volvió hacia la enorme embarcación que durante una semana había sido su hogar y sonrió mientras su corazón emanaba un suspiro. Marcos la miró con ternura.

— ¿Qué te pasa huesitos? ¿Te has quedado con ganas de más?

— A lo bueno pronto se acostumbra uno. No es que me haya quedado con ganas de más, es que, para ser la primera vez que me subo a un crucero, ha sido un viaje más bonito y divertido de lo que me esperaba. Quería descansar y no he descansado mucho, pero sí he desconectado del mundo real, del día a día, del estrés del bufete, de la rutina.... Y ahora toca volver. Estoy deseando ver a mi familia y a mis amigos, pero me quedaría otra semana en medio del mar.

— Pues yo no. Me lo he pasado bien, pero donde esté la tierra que se quite el agua. Comieron los tres juntos en el aeropuerto, donde se despidieron prometiendo quedar más a menudo para cenar o salir a tomar una copa. Tenían diferentes vuelos, el primero era el de Virginia y a las cinco y media ya estaba sentada en el asiento asignado, en la ventanilla de la sexta fila del Airbus 340 de Air Europa. Poco después volaba rumbo a la realidad, en uno de esos pocos días en los que podía decir que había viajado por mar, por tierra y por aire, absorbiendo la energía de los tres elementos y haciendo crecer la suya, alimentando el cuarto elemento, el fuego, que se avivaba en su interior al pensar que Rubén era, por fin, un capítulo cerrado para siempre en su vida, sin nostalgias amargas, que ante ella había todo un mundo por descubrir. Desde el mismo momento en que aterrizase en Barajas, se preocuparía un poco menos por su trabajo y un poco más por ella misma, por caminar disfrutando de los buenos momentos que sin duda encontraría a su paso, por sonreírle a la vida sin reprocharle el tiempo perdido de su pasado.

Día tras día el complejo turístico de Monfero se fue quedando vacío. Se fueron Nacho y María, Bárbara y Sandra, otras personas con las que Silvia no había cruzado más que un saludo cortés y educado.

El viernes había más silencio del habitual cuando Silvia fue a buscar su última barra de pan. Carmen estaba sola en la tienda.

— Hola Carmen.

— Hola Silvia. Poco a poco os vais yendo todos. Este es mi pan de cada día. Conozco a gente que en pocos días desaparece para, posiblemente, no recordar ni mi nombre al poco tiempo.

— Yo no lo creo. Seguro que todo el mundo se acuerda de ti, porque eres un encanto. Y yo si te voy a recordar siempre Carmen — dijo Silvia cogiendo las manos de Carmen entre las suyas. Lina mirada triste se posó en la suya.

— ¿Te volveré a ver Silvia?

— No lo sé. No puedo decirte que sí o que no porque no lo sé, cielo. — ¿Por qué lo hiciste?

— ¿Qué? — se sorprendió Silvia, que deseó que el suelo se abriera ante sus pies. — Acostarte conmigo.

— Lo hicimos las dos, Carmen. El momento, la situación... no hay una explicación concreta. Me gustas. Me gusta tu aroma. Fue impulso y deseo. No quiero que pienses que me aproveché de ti. Fue un día inolvidable que guardaré siempre en mi recuerdo.

— No pienso que te aprovechaste de mí. Sólo quiero saber qué significó para ti. Yo tampoco lo olvidaré.

— Tampoco olvidaré nunca tu nombre ni tu olor. Nunca te olvidaré Carmen. —

Silvia se acercó más y besó a Carmen suavemente en la boca, que se quedó inmóvil, casi paralizada, hasta que ella desapareció por la puerta de la tienda.

Esa tarde Silvia dio su último paseo por el bosque y por la playa. Cerró los ojos para impregnarse de la esencia de aquel maravilloso lugar, del olor salado a mar, a tierra húmeda, para sentir el aire frío y puro que helaba con caricias su cara. Por una vez le gustaba el frío.

Sábado, 9 de enero, siete de la mañana. En ese momento Silvia subió al autobús, recostó la cabeza el cristal y se deleitó con el paisaje que iba quedando atrás, tal vez para siempre, y entendió aquellos versos de Rosalía de Castro que, traducidos al castellano, había leído en uno de los folletos publicitarios del camping:

Adiós ríos, adiós fuentes, adiós riachuelos pequeños, adiós vistas de mis ojos, no sé cuándo nos veremos.

Aunque detestaba el clima gallego, contradictoriamente éste era el causante del paisaje que la había enamorado.

Tres horas y media después salía del aeropuerto de Barajas. Volvía al mundo real. Llegó en taxi a su casa. Olía a carne guisada. Su madre le preguntó, más bien la interrogó, sobre las vacaciones, el lugar al que había ido, la gente a la que había conocido y también quiso saber qué había pasado con Carla para que, a última hora, el cambio de plan de irse al Caribe con ella fuera tan radical como para irse al frío de Galicia.

— ¿Lo habéis dejado Silvia?

— Sí mamá. Carla es muy niña y es lo mejor para las dos. — ¿Y tú como estás hija?

— Estoy muy bien mamá. Mucho mejor de lo que pensaba que estaría en tan poco tiempo.

Por la tarde Silvia decidió encender por fin el teléfono móvil. Como esperaba tenía demasiadas llamadas perdidas y mensajes. Primero escuchó los del buzón de voz y después leyó uno por uno los de texto, la mayoría de Carla. No contestó a ninguno y tampoco llamó a nadie. Prefería dedicar lo que quedaba de sábado y el domingo a estar en casa, leer su seguramente lleno correo electrónico y descansar. El lunes tendría que ponerse al corriente en el trabajo y quería estar al cien por cien. Se puso un pijama verde y prometió no quitárselo hasta el lunes.

El domingo por la tarde empezó a nevar en Madrid. Hacía mucho frío, un frío seco muy diferente al que había sentido en Galicia, donde la humedad se calaba hasta los huesos. Se quedó largo rato viendo nevar a través de la ventana del salón. Le gustaba la nieve y le

recordaba a cuando era niña y jugaba en ella. En ocasiones subía llorando a casa muerta de frío y con la ropa empapada tras jugar mil batallas de bolas de nieve, tras tirarse sobre ella, con los brazos abiertos para plasmar su silueta en el blanco suelo. Reía y disfrutaba de aquel manto blanco que dibujaba los parques.

El lunes caminar por las calles de la ciudad era una aventura arriesgada. La nieve se había convertido en hielo durante la noche. Las calles, como transparentes pistas de patinaje, convertían cada metro de acera en una peligrosa aventura por lo que Silvia decidió ir a la oficina en metro. En el andén de la línea 6, entre la multitud que al igual que ella huía de las heladas calles, se encontró a Vanessa, una amiga suya desde la niñez, con la que seguía manteniendo una buena amistad. No sólo era su amiga, también era su confidente, la tumba viva de sus secretos, de sus miedos, de sus sueños y realidades.

— Hola guapa. ¿No trabajas hoy?

— No. Hoy tengo un acto de conciliación con la empresa. No te lo vas a creer, pero me han despedido. No he firmado y he denunciado. Cómo se aprovechan los empresarios con esto de la crisis.

— Ya. Menos mal que a mí no me ves como empresaria.

— No creo que tú seas capaz de ser tan cabrona, además tienes un socio, no empleados. Mira, ahí llega mi abogada.

Silvia dirigió la mirada en la misma dirección que Vanessa y se quedó muda mientras la abogada se les acercaba. Virginia, la mujer delgada de pelo largo, oscuro y rizado, de ojos oscuros con mirada penetrante y aparentemente fría. Su rostro serio no invitaba a la cordialidad. Su cuerpo mostraba una contorneada silueta envuelta en unos vaqueros ajustados, botas altas, jersey de rayas azules, rojas y blancas, y abrigo negro. En la mano llevaba un maletín negro de piel. Sin mostrar ningún tipo de emoción saludó a Vanessa y miró a Silvia sólo por un instante quien, incapaz de sostenerle la mirada, se ruborizó presa de los nervios. Silvia sintió la mirada de Virginia en la suya y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. A ella, que tanto le gustaba mirar a los ojos, la dejaba helada una mirada impenetrable, seria y enigmática. Para salir de aquel apuro y huir de los nervios que le provocaba la mirada de Virginia, decidió poner fin a la conversación con su amiga.

— Bueno Vane, os dejo que tendréis prisa y yo tengo trabajo atrasado y no quiero llegar tarde el primer día después de las vacaciones. Te llamo el fin de semana y quedamos. He roto con Carla y tengo muchas ganas de salir de fiesta.

— ¿Ah sí? Joder, no lo sabía. Si tía llámame y quedamos.

Vanessa despidió a su amiga con dos besos mientras Virginia le dedicó un simple “hasta luego”, volviendo a coincidir con su mirada. Silvia sintió como si la mirada de aquella mujer penetrara en la suya desnudando sus pensamientos, así que la esquivó y al ver llegar el tren sintió alivio. Subió al vagón abarrotado y, como siempre hacía, observó a toda la gente que la rodeaba. El mal tiempo llenaba el metro y lo convertía en una agobiante lata de sardinas. A penas un par de paradas después, la mirada de Virginia volvió a su mente como si permaneciera clavada en la suya. “Joder, qué mujer. Casi ni me ha saludado. Y qué mirada tiene”.

A las nueve menos diez entró en la oficina, encendió los ordenadores y la calefacción y empezó a revisar los archivos de las dos últimas semanas. Como era previsible, David no había tenido demasiado trabajo en su ausencia. Ordenó el montón de papeles y facturas que

estaban en una de las bandejas de su mesa y todos los catálogos nuevos de hoteles y paquetes vacacionales. En ello estaba cuando llegó David.

— ¡Joder qué frío! Bienvenida Silvia. ¿Qué tal las vacaciones? Desde luego parecía que te habías esfumado de la faz de la tierra: móvil apagado, ni una llamada, ni una posta l...

— Necesitaba desconectar del mundo, pero me lo he pasado muy bien. Digamos que me perdí en un mundo ancestral, muy distinto a éste real de la ciudad, de las prisas y la rutina de cada día. ¿Qué tal tú?

— Como ves no tuve mucho trabajo, aunque el matrimonio que se quería ir a Egipto, después preferían Grecia y al final se han ido a Estados Unidos convencidos por el precio decadente del dólar y me han vuelto loco durante tres días.

— Ya. La verdad David, ya sé que el trabajo lo sacas adelante a la perfección. Pero a mí me interesa más saber qué tal tú con Carla. ¿Sigues con ella?

David palideció. Silvia lo pillaba por sorpresa y sin argumentos. Por su mente, como un flash, pasó la idea del porqué su socia había roto con Carla y desaparecido dos semanas en lo más profundo de la Galicia rural.

— Yo... Silvia, perdóname. Yo no quería... Soy un gilipollas.

— Vamos a ver David, que a mí ya me da igual. Ya me he cabreado. Ya lo he meditado. Y por suerte para ti, ya se me ha pasado el cabreo. Sólo quiero saber si sigues con ella.

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