Aunque la situación de la plaza era desesperada, la del ejército expedicio- nario no lo fue menos. Las enfermedades estaban diezmando rigurosamente las tropas expedicionarias, no acostumbradas a los rigores del clima costeño en ple- na época de lluvias. Morillo se exasperaba con la resistencia obstinada de los habitantes de Cartagena y de vez en cuando ordenaba bombardear la plaza. En el momento en que la artillería realista comenzaba a disparar, la población ci- vil acudía a guarecerse a las bóvedas de Santa Catalina, de tal forma que los ha- bitantes se acostumbraron a mirar con desprecio cómo cruzaban las balas y ex- plotaban las bombas. En los días festivos, las iglesias se abrían a sus horas, los sacerdotes celebraban las prácticas ordinarias y las mujeres entraban y salían con la misma presencia de ánimo que el más aguerrido veterano. Se calculó que el ejército español perdió durante el bloqueo 3.125 hombres, de los cuales 1.825 fueron europeos y el resto soldados del país.42
A pesar de toda la miseria, Lino de Pombo afirmó en sus «Reminiscencias» que a nadie se escuchó hablar ni siquiera por desesperación de someterse a la antigua metrópoli: esto que hubiese podido ser considerado en principio co- mo patriotismo, acabó derivándose del menosprecio absoluto de la vida, por la costumbre que había adquirido la población a los peligros. Los comisionados del Gobierno de Cartagena Ignacio Cavero y Enrique Rodríguez embarcaron en un navío inglés rumbo a Jamaica para solicitar la protección de Inglaterra. Al ale- jarse el barco, se izó en las murallas la bandera inglesa para reafirmar la volun- tad del gobierno de solicitar dicha protección, pero la intención no fructificó.
Lino de Pombo cuantificaba en miles el número de muertos, los cuales ya no fue posible dar sepultura y se hallaban esparcidos en casas y calles.
42. Relación Anónima de la Caída de Cartagena. Colección de Documentos de O’Leary. Tomo XIV, página 342. En Campaña de Invasión del Teniente General don Pablo Morillo (1815-
El jefe militar, general Bermúdez, decretó entonces la evacuación aunque obtuvo la oposición del gobernador Juan de Dios Amador quien solicitó una demora de tres días más en que calculaba que llegarían nuevos socorros de víveres de los Estados Unidos y de las Antillas.
En las primeras horas de la noche del 5 de diciembre, y previa diligencia de clavar la artillería de las murallas, se procedió al embarque de la emigración por la playa de Bocagrande. Se contaba con trece o catorce buques la mayoría cor- sarios, todos con capitanes extranjeros expectantes por obtener un suculento beneficio por el traslado de los emigrantes. No había víveres a bordo y lo úni- co con lo que podía mantenerse cada cual fue con lo que se llevara consigo.
El día anterior al ultimátum, 5 de diciembre, Morillo junto a Enrile habían hecho un reconocimiento lo más cercano posible de la plaza y habían obser- vado que algunas familias embarcaban precipitadamente en el bergantín y las tres goletas que los patriotas tenían anclados bajo los muros de la ciudad. Se- gún el parte del virrey Montalvo, la plaza fue abandonada el día 5 a las 10:30 de la noche. A las 8 de la mañana del día 6 el oficial parlamentario que acu- día a la plaza a por la respuesta, percibió que fue abandonada, lo que avisó de inmediato a Morillo y éste dio órdenes inmediatas de aproximación acelerada a Enrile, Gabriel de Torres y Antonio Cano.43
Nada más entrar Morillo recibió informes que aseguraban que los insur- gentes trataban de volver a desembarcar con lo que dio orden de apoderarse inmediatamente de los baluartes de San Ignacio y Santo Domingo para prepa- rarse ante cualquier eventualidad.
Progresivamente fueron entrando los restantes cuerpos que habían interve- nido en el asedio.
El capitán Michael Scott, al servicio de las tropas realistas, relató lo horrible de la escena: entraron por la puerta de la Media Luna y describió cómo desfi- laron:
al través de lúgubres escombros; los acordes de las músicas marciales reso- naron entre aquellas ruinas con fúnebres ecos… Llegamos a la puerta prin- cipal (Boca del Puente del Reloj) que hallamos también abierta y con el puen-
43. Los hechos descritos por Morillo son narrados exactamente de igual forma por el vi- rrey Montalvo en su «Relación de Mando» con la única diferencia de que en ese documento es él quien da todas las órdenes para la ejecución de las operaciones: «hice venir a los bon- gos…; hice marchar a los cazadores a las órdenes del teniente coronel don Francisco Warle- ta […] mandé al brigadier coronel de León don Antonio Cano […] dispuse que el coronel de La Victoria…». En Francisco Montalvo, Los últimos Virreyes de Nueva Granada: Relación de
Mando del Virrey Don Francisco Montalvo y Noticias del Virrey Sámano sobre la pérdida del Reino (1803-1819), Editorial América, Madrid, 1916.
te levadizo tendido; bajo el arco abovedado vimos una mujer de aspecto, al parecer, distinguido, casi en los huesos y débil como una niña, recogiendo algunas piltrafas asquerosas cuya posesión le había querido disputar un ga- llinazo. Un poco más adelante, los cadáveres de un mísero viejo y de dos ni- ños, se descomponían bajo el sol, mientras que detrás de ellos, un desdichado negro ya agonizando, procuraba espantar con una hoja de palma una ban- dada de gallinazos…, pero en vano, porque ya los repugnantes pájaros ha- bían devorado hasta dejar en esqueleto, el cadáver de uno de los niños. An- tes de dos horas, el fiel esclavo y los cadáveres que piadosamente defendía, eran pasto de los asquerosos gallinazos. Cartagena vio perecer en 114 días 7.300 de sus hijos al rigor del hambre: 6.300 en el asedio y un millar que no pudieron después reaccionar a sus quebrantos.44
En el exterior de la plaza continuó imparable el avance de las tropas del rey y sucesivamente fueron cayendo Simití en manos de la columna volante del bri- gadier Porras y Zaragoza de la que se apoderó la segunda sección del alto Mag- dalena al mando del capitán Valentín Capmany. Mientras tanto, tras haberse apo- derado de Nechí, el capitán graduado Sánchez Lima ofreció las llaves de Antioquia. Desde Maracaibo, las tropas enviadas siguieron su marcha para reu- nirse a las de la quinta división que había ocupado Pamplona comandadas por el coronel Sebastián de la Calzada (recuperada nuevamente por el teniente coronel Carlos Tolrá después de su inmediata pérdida) y el teniente coronel Ju- lián Bayer, comandante de la columna del Atrato, informó de su alianza con los indios de la bahía de la Candelaria y posterior derrota del insurgente Miguel Ca- rabaño. Las ciudades de Girón y Bucaramanga también fueron tomadas por las tropas del rey y las alturas de Cachirí presenciaron el cruento combate en el que el ejército del coronel Sebastián de la Calzada derrotó a los 3.000 hombres del bando insurgente mandados por Custodio Rovira, Timoteo Ricaurte, Santander, Madrid y el zambo Arévalo.45
La gaceta extraordinaria de Madrid del domingo 17 de marzo de 1816 pro- clamó orgullosamente la noticia: el teniente coronel del regimiento de infante- ría de La Victoria, don Alfonso Sierra, que había llegado a Cádiz el 12 de mar- zo procedente de la plaza de Cartagena de Indias, había entregado al rey los pliegos relativos a que «la fuerte e importante plaza de Cartagena de Indias fue ocupada a discreción por las tropas de su majestad el 6 de diciembre sin la menor profusión de sangre después de un bloqueo de 104 días…». En un ofi-
44. Roberto Arrázola, Secretos de la Historia de Cartagena, Ediciones Hernández, Carta- gena de Indias, 1967, pp. 90.
cio aparte del virrey, publicado en la misma gaceta el día 28 de marzo se rei- teró la noticia explicando que el haber entrado en dicha plaza cinco buques con víveres había alargado el bloqueo unos cuantos días más de los previstos y Montalvo describía el horripilante estado de la plaza en unas frases que lite- ralmente dejaría luego copiadas en su relación de mando:
El aspecto horrible que presenta la ciudad a nuestros ojos no se puede des- cribir exactamente. Cadáveres por las calles y casas, unos de los que acaban de morir al rigor del hambre, y otros de los que habían expiado dos o tres días antes, y que por ser en número considerable, parece que no hubo tiem- po para sepultarlos; otras personas próximas a fallecer de necesidad; una atmósfera sumamente corrompida, que apenas permitía respirar; nada en fin, se dejaba notar en estos infelices habitantes sino llanto y desolación.
Montalvo achacó esta tragedia a «la frialdad de este pueblo indolente que se había dejado sujetar de una facción de extranjeros y caraqueños», por lo que decía que se apoderaban de él, alternativamente, sentimientos de compasión, desprecio e indignación: «un pueblo de más de 16.000 almas no tuvo valor para hacer desaparecer a 400 bandidos caraqueños, franceses, ingleses e ita- lianos que ocasionaron estos males».
De inmediato se dieron instrucciones para que se bajase a tierra una presa hecha por las fuerzas navales en la playa de Santo Domingo y se nombraron cuadrillas para enterrar a los muertos y limpiar las calles. Se organizó «una so- pa económica» y expidieron órdenes circulares para que viniesen víveres de to- das partes.
También el capitán Sevilla relató conmovedoramente la entrada de las tro- pas realistas en la plaza, pintando un indescriptible cuadro en que hombres y mujeres eran vivos retratos de la muerte y:
se agarraban a las paredes para andar sin caerse, tal fue el hambre horrible que habían sufrido…; mujeres que habían sido ricas y hermosas; hombres que pertenecían a lo más granado de aquel opulento centro mercantil de am- bos mundos: todos aquellos, sin distinción de sexos ni de clases, y que ape- nas podían moverse, se precipitaban, empujándose y atropellándose sobre nuestros soldados, no para combatirlos, sino para registrarles las mochilas en busca de un mendrugo de pan o algunas galletas.
Sevilla también describió el insoportable hedor que producían los numero- sos cadáveres en putrefacción y cómo una de las primeras medidas de Morillo consistió en abrir una gran zanja y enterrar los montones de cadáveres que fue- ron llenando en grandes cantidades de carretadas que se fueron sacando de las casas.
En parecidos términos relató Enrile al Ministro de Marina la entrada del ejér- cito expedicionario exponiéndole que no fue expresable el estado horroroso en que se había encontrado la ciudad y que «los malvados que mandaban, se conservaban los víveres; daban cuero cocido de ración al soldado y nada a los desgraciados habitantes. Han muerto de hambre como dos mil personas, y las calles estaban llenas de cadáveres, que arrojaban una fetidez insoportable». El historiador Larrazábal calculó en 6.000 las personas que perecieron en el asedio, y José Manuel Restrepo culpó a los jefes de la plaza de no haber hecho lo necesario para poner la plaza en posición de sostener un largo ase- dio: «acaso entonces la plaza se hubiese burlado de Morillo y de todo el po- der español».
Según la Gaceta de Madrid publicada el 2 de septiembre de 1816 fueron 6.613 las personas muertas de hambre durante el asedio de Cartagena.46
O’Leary narró en sus Memorias que hasta los soldados rasos compartieron sus raciones con «aquellos infelices y los consolaban en su desgracia» y desta- có las medidas «humanitarias» tomadas por Morillo para aliviar la suerte de la población hambrienta.
Juan García del Río en su Página de Oro de la Historia de Cartagena cal- culó más de 6.000 personas muertas, la tercera parte de la población de la ciudad, número que fue aumentando en días posteriores cuando se restableció la abundancia «por los excesos que se cometen en tales circunstancias y que no pueden resistir los cuerpos débiles».
Aunque seguramente a Morillo, más que cualquier otra cosa, le preocupó en ese momento que fuera aceptada su solicitud de reconocimiento meritorio de la acción llevada a cabo. Desde entonces, los miembros del expedicionario que habían participado en el asedio, pudieron ostentar el distintivo diseñado para conmemorar la importante victoria: un óvalo en el centro y en éste el bus- to del rey Fernando VII con la inscripción en el contorno «Constancia y Fideli- dad a su Rey, Fernando VII» y en el reverso «Vencedores de Cartagena de In- dias».
Desde entonces, Morillo, Enrile y Montalvo ya pudieron exhibir la gran cruz de la real orden americana de Isabel la Católica mientras que por las calles de Cartagena se podían escuchar coplillas de fácil rima como la escrita por un anó- nimo: «Nuestro general Morillo / a Cartagena rindió / pues a sus fuertes sitió / con las armas, el caudillo / que Fernando nos mandó. / ¡Viva Fernando! / ¡Vi- va Morillo!, / y tiemble el orbe / a este caudillo…»; o incluso himnos expresa- mente compuestos para la conmemoración de tan fausta ocasión:
Himno a la victoria de Cartagena
coro.
Celebremos con festivos cantos al indiano o valiente español, que ha sabido triunfar con prudencia del que ha sido vasallo traidor. 1ª
como el astro que alumbra los días, desterrando tinieblas y horror, con sus bravos campeones Morillo a la fiel santa Marta arribó: a Samaria do firme Montalvo como roca que el mar combatió, los peligros de muerte y miseria despreciaba con digno valor. Celebremos etc.
2ª
cual Esparta, Numancia y Sagunto, cuyos nombres el bronce guardó, santa Marta en la guerra, invencible defendió el estandarte español: santa Marta fue el trono, Fernando, donde siempre tu imagen vivió: santa Marta lanzó a Labatúd: santa Marta humilló a Chatillón. Celebremos etc.
3ª
sus guerreros sin más vestidura que la espada, el fusil y el cañón, más de un lustro las tribus contrarias resistieron con gloria y valor: yo los vi confundir sus falanges; más de un lustro los vi con tesón defender de su rey los derechos empapados en sangre y sudor. Celebremos etc.
4ª
todo también, Ruiz de porras, mereces que mis cantos no olviden tu honor, pues supiste guardar con firmeza en sus muros el real pabellón: ni tampoco te olviden mis labios, ¡oh la Ruz! Por el grande valor que opusiste asaltando las naves, más ligero que el rayo veloz. Celebremos etc.
5ª
tu igualmente eres digno, Capmany, por el bélico esfuerzo y vigor
qué has mostrado en los grandes peligros, qué te cante Virgilio Marrón:
bajó el plan del astuto Montalvo Barranquilla a tu vista tembló, humillando al rigor de tu espada su altivez y su antiguo rencor. Celebremos etc.
6ª
después que hospedó en sus hogares santa Marta al segundo Foción, al insigne invencible Morillo donde al noble Montalvo se unió; como ardientes centellas volaron de la infiel Cartagena al reedor, que orgullosa el asalto resiste y el estrago del hambre feroz. Celebremos etc.
7ª
mientras más resistencia más muerte vomitaba tronando el cañón, y Morillo, Montalvo y Enrique por do quier inspiraban terror: todo el aire en veneno se inunda, todo es muerte, miseria y dolor; Cartagena al peligro sucumbe, y afligida rindió el pabellón. Celebremos etc.
8ª
sobre el carro de Marte el caudillo, más clemente que cruel triunfador, de laureles las sienes ceñidas la infestada ciudad ocupó: «perdona, perdona al vencido, exclamaba, por que el vencedor
nunca, nunca es más grande que cuando al contrario en la lid perdonó».
Celebremos etc. 9ª
al pasar por las calles y plazas sólo encuentra esqueletos y horror, y el lugar del castigo que esperasen, mil consuelos les brinda su voz: de la tierra al hospicio traslada
los que al paso en su marcha encontró; redimiendo las víctimas tristes
que engañaba el congreso traidor. Celebremos etc.
10ª
pero expidieron por fin sus delitos, sus delitos horrendos!... más no, no nacieron mis ojos sensibles para ver tanta escena de horror... ocultemos con lúgubre manto los suplicios del crimen atroz... ¡que sus manes descansen! Y sirvan de escarmiento, de enmienda y terror. Celebremos etc.
11ª
otro cuadro en más grata pintura os presenta mi métrica voz, que es el Iris de paz en el reino y los campos cubiertos de flor: el sosiego en lugar de la guerra, en lugar de discordia la unión, la abundancia, el comercio y las artes son los frutos del conquistador.
Celebremos etc. M. de Zequeyra. *************************** con las licencias necesarias:
santa Marta de Indias, en la imprenta del colegio seminario. 1816.47
Los buques de los insurgentes dieron vela pasadas las dos de la tarde favo- recidos por la brisa fresca. Se dirigieron por el interior de la bahía hacia Boca- chica y fueron sufriendo a su paso «el horroroso fuego de nuestras baterías y de todas las fuerzas sutiles» que les ocasionaron considerables daños.
Al salir de la ciudad, Lino de Pombo se describió en el esqueleto, casi mo- ribundo por el efecto de la disentería y las fiebres, con las piernas hinchadas y pesadas de la rodilla al pie. Los medios disponibles por su condición aco- modada le hicieron disfrutar de un pequeño camarote en la goleta. Al cinto transportaba algunas onzas de oro y en un bolsillo «una libra de chocolate pa- ra roer de que me había provisto la muy venerable matrona Sra. María Ama- dor de Pombo» quien viajaba con su numerosa familia de seis hijos, una nue- ra, una hermana, un nieto y una nieta. Junto a ellos también embarcaron los señores García de Toledo, Ayos, Miguel y Domingo Granados, el coronel Sata y el capitán Gual.
La noche la pasaron al ancla y sin molestia por parte del enemigo en el se- no interior de la bahía. Al amanecer una goleta americana con provisiones salvó la línea marítima de bloqueo y se aproximó a la muralla de Santo Do- mingo, lo que provocó que volviera a tierra gente armada para recibirlo y reo- cupar la plaza, pero ya las puertas estaban cerradas y defendidas las murallas por los prisioneros españoles.
El día 6, a las tres de la tarde, todos los buques de la emigración aprove- charon un buen viento para forzar el Caño del Loro «bajo un fuego infernal a quemarropa de las baterías enemigas y lanchas» provocando alguna avería y pérdidas de unos pocos hombres. En su goleta, Pombo contó tres muertos.
En la tarde, se mantuvieron fondeados entre los castillos de Bocachica (que aún continuaban ocupados por los patriotas) y por la noche se hicieron al abri- go de la oscuridad y ayudados por vientos favorables. Los castillos fueron in- mediatamente después ocupados por las fuerzas de Morales quien publicó un bando ofreciendo seguridad y amnistía a todos los vecinos de Bocachica. To- dos los que se le fueron presentando: «hombres sexagenarios, mujeres y ni- ños, pescadores infelices que ninguna parte podían tener en las ocurrencias po-
líticas: a todos los mandó degollar en las orillas del mar hasta el número de 400 personas incluidos 4 oficiales patriotas que habían quedado ocultos entre ellos».48
En Bocachica después de recoger más pasajeros, salieron al mar durante la media noche y, aunque tuvieron que pasar a corta distancia de la fragata es- pañola de guerra Diana, de la corbeta Ifigenia y algún otro de los buques mayores de la escuadra, pasaron todos sin novedad «por negligencia o tole-