• No se han encontrado resultados

La versión franquista de la teoría de la conspiración

Escribir sobre la teoría de la conspiración en España nos obliga siempre a hacer referencia a las campañas de propaganda puestas en marcha por el tradicionalismo católico, la derecha radical, el fascismo, y por supuesto el régimen de Franco en su conjunto, en torno a una supuesta, e inexistente, alianza secreta de la masonería, el judaísmo y el comunismo para destruir España y lo que pudieran ser los valores

españoles.

En la actualidad contamos con una interesante bibliografía sobre los mitos conspirativos. Los estudios realizados nos muestran como a lo largo del siglo XIX los absolutistas españoles, siguiendo al pie de la letra las iniciativas del tradicionalismo católico francés, propagaron la idea de que las logias masónicas y el judaísmo, absolutamente irrelevantes en la España de entonces (inexistente en realidad el judaísmo), se encontraban detrás de toda transformación del orden social y económico. El fin perseguido no era otro que desprestigiar a los liberales, identificándoles con el mal absoluto, encarnado por la modernidad, y por derivación en la masonería y el judaísmo, de acuerdo con los parámetros de una iglesia católica que disfrutaba de una enorme influencia en España. Así, la versión española de la teoría de la conspiración tiene su origen en la teoría de las dos Españas elaborada por los ideólogos del tradicionalismo y según la cual el liberalismo representa al enemigo interior, manejado por fuerzas secretas e internacionales, y todas ellas en alianza encarnan la anti-España.

De esta forma todo acontecimiento adverso a los intereses políticos y económicos del tradicionalismo católico, o de la derecha radical que se conforma a comienzos del siglo XX, se presenta como resultado de una conspiración secreta y, en consecuencia, extremadamente difícil de explicar. Este discurso tiene la ventaja de que permite contar las mayores mentiras sin que sus propagadores se sientan obligados a presentar sus narraciones con cierta lógica. Cualquier manipulación de hechos históricos o falsificación de documentos, por inverosímil o absurda que parezca, adquiere por arte de magia categoría de hecho real, y se avisa al lector u oyente de que todo aquello que resulte imposible de verificar debe ser creído porque las fuerzas secretas son muy peligrosas e imprevisibles sus formas de actuación.

Estas ideas se mantuvieron vivas en las filas de la derecha radical hasta mucho tiempo después. De hecho va a ser en los años de la Segunda República, la guerra civil y el primer franquismo cuando desencadenan una mayor virulencia en el terreno de la propaganda.

A lo largo del período comprendido entre abril de 1931 y julio de 1936 los portavoces de la derecha antidemocrática repetirán una y otra vez que la proclamación de la República

Los campos de concentración durante la guerra civil y el franquismo

90 respondía a una conspiración dirigida desde el exterior. El fin perseguido no era otro que sembrar el miedo entre los grupos conservadores, deteriorar la imagen de la República entre las clases medias y el campesinado y ganar apoyos para un golpe de estado que pondría fin a la amenaza bolchevique. Ahora la conspiración no tenía dos componentes principales, sino tres: masonería, judaísmo y comunismo.

Lo cierto es que en el transcurso de los años inmediatamente anteriores a la proclamación de la República y durante el período republicano la masonería experimenta un notable desarrollo en España y, tal y como había sucedido en Francia e Italia, evoluciona hacia el compromiso político y un posicionamiento partidista, contrario a los intereses de la derecha católicaTPF

1

FPT. En cambio, el comunismo era muy débil en España y

el judaísmo algo inexistente. Pero pese a que el Partido Comunista de España (PCE) tenía una escasa implantación la derecha antirrepublicana prefería situar en la esfera de

la conspiración al comunismo, y normalmente eludía hablar del socialismo, creyendo que

su propaganda era así más eficaz, para establecer conexiones con la revolución soviética y las "órdenes venidas desde Moscú", o sencillamente metía a socialistas y comunistas en un mismo saco. Esto era lo de menos. Lo importante era convencer al mayor número posible de personas de que la legislación de ámbito político, económico y religioso del primer bienio republicano respondía a las órdenes del exterior. Y para que todo pareciera muy misterioso y, en consecuencia, más peligroso, se utiliza el discurso antisemita, el cual formaba parte del universo mental del tradicionalismo católico en su vertiente más reaccionaria: la conspiración estaría dirigida por "el gobierno secreto judío" o por la masonería bajo control judío. Pero dado que esta supuesta dirección del judaísmo resultaba muy poco creíble, incluso para los más entusiastas de este tipo de patrañas, dado que en España había un número bajísimo de judíos y no desempeñaban ninguna función de responsabilidad política, quienes propagaban estas ideas se veían obligados a recurrir a fórmulas muy enrevesadas. Se decía que los protagonistas visibles de la conspiración antiespañola eran socialistas y comunistas (cuyos dirigentes y militantes tenían una presencia real en la vida política), que la dirección parecía estar a cargo de la masonería (organización que había alcanzado un desarrollo notable en los últimos años, muy exagerado por la prensa de extrema derecha), y al mismo tiempo se ponía especial énfasis en apuntar que detrás de la masonería estaba la mano oscura del judaísmo.

Si durante la etapa republicana este discurso fue utilizado para ganar apoyos para un golpe de estado que liquidaría la experiencia republicana, a continuación, en el transcurso de la guerra civil, iba a ser empleado para legitimar la única conspiración que realmente había existido y, por supuesto, la sublevación militar de julio de 1936, dando a entender que a los verdaderos conspiradores no les correspondía ninguna responsabilidad en el inicio de la contienda civil. También habría de servir para justificar el violento conflicto vivido por los españoles (ningún sacrificio podía ser eludido a la hora

de purificar España) y la feroz represión desatada sobre los derrotados en la guerra. De

esta forma la derecha antidemocrática, que había estimulado y financiado el golpe de estado, reconstruía la historia a su conveniencia: lo que había sido un golpe de estado contra la legalidad republicana pasaba a ser un movimiento en respuesta a un proyecto insurreccional que estaba a punto de materializarse e inspirado y dirigido desde el exterior, por la antiEspaña. Es decir, la teoría de la conspiración se convierte en doctrina oficial para explicar los orígenes de la guerra civil, transformada en Cruzada, en guerra

religiosa, en guerra de liberación.

Nos encontramos ante una operación de propaganda de la que se iba a obtener un alto rendimiento. La explicación hay que buscarla en ese contexto especial que caracteriza a las guerras civiles, cuando se desatan las pasiones más irracionales, y en el hecho de que la campaña está elaborada con materiales capaces de atemorizar a la pequeña y mediana burguesía. Esta campaña va a permitir al bando sublevado ganar amplios apoyos entre las clases medias españolas y una parte importante de la opinión pública

TP

1

PT

Gómez Molleda, Mª D., La masonería en la crisis española del siglo XX, Madrid, Editorial Universitas, 1998, pp. 6 y 14.

Los campos de concentración durante la guerra civil y el franquismo

91 internacional y también garantizarse una postura benevolente por parte de Gran Bretaña y Estados Unidos, sobre todo a partir del momento en que la marcha de la guerra se inclina, más y más, del lado de Franco.

Además, una parte de los materiales utilizados con fines de propaganda, aunque distorsionados, tenía una base real. Nos referimos en concreto al fenómeno de revolución social que se da en parte de la España republicana auspiciado por los anarquistas, a las incautaciones y colectivizaciones de propiedades privadas a cargo del conjunto de las fuerzas de la izquierda obrera y el control sindical de empresas públicas, y a la aparición de poderes autónomos durante los primeros meses de guerra que actuaban como, o decían ser, abanderados de la revolución social, todo ello a modo de respuesta revolucionaria al fracasado golpe de estado, el cual debilita profundamente las instituciones republicanas. Pero nos referimos además a la influencia creciente del Partido Comunista sobre las decisiones de signo político y militar adoptadas en la zona republicana, la cual permitía sospechar que el PCE se había plegado a los intereses de la política exterior de Stalin. Y esta situación no dejó de ser hábilmente instrumentalizada por la propaganda franquista durante la guerra civil y los años siguientes.

En el transcurso de las primeras semanas de la guerra la prensa de la zona sublevada repitió machaconamente que desde Moscú se habían trazado las directrices de la revolución comunista que el Movimiento Nacional iba a liquidar. Aunque el complot comunista para la primavera de 1936 había sido inventado por los conspiradores monárquicos y de la derecha católica, buena parte de los civiles y militares que se sumaron a la sublevación estaban convencidos de la existencia de planes para una inminente revolución comunista y de que la anarquía y la revolución destruirían España siguiendo los planes trazados en las logias masónicas. Obviamente, el hecho de que en septiembre de 1936 los comunistas entraran en el gobierno de la República fue presentado en la España franquista como la confirmación de cuanto antecede. De igual forma, la entrada en combate de las Brigadas Internacionales, tras la convocatoria efectuada por la Komintern, y la captura de material de guerra soviético en los frentes de batalla permitió a las oficinas de propaganda franquistas un amplio despliegue fotográfico en la prensa periódica sobre los planes de invasión comunista. Naturalmente, el aparato de prensa y propaganda franquista silenciaba, bajo una férrea censura, la ayuda militar prestada por italianos y alemanes.

Nada tiene de extraño, por tanto, que los franquistas hicieran del comunismo una de las piezas clave de la conspiración antiespañola. En cambio, la presencia del judaísmo resulta más difícil de explicar; pero ya se ha dicho que no hay un espacio reservado para las explicaciones racionales en el montaje propagandístico que venimos describiendo. Ninguno de los militares implicados en el golpe de estado, con la excepción del general Emilio Mola, había dado muestras hasta entonces de creerse que el judaísmo formara parte de esa conspiración antiespañola, pero esta circunstancia había comenzado a cambiar por dos motivos principales. En primer lugar, la temprana constatación por los dos bandos enfrentados de que estaban ante una guerra de larga duración hacía de la propaganda una herramienta de especial importancia, y en la zona dominada por los sublevados, que ellos denominaban zona nacional, la teoría de la conspiración es el eje de todas las campañas de propaganda. Y si el antijudaísmo había estado presente en las campañas de la derecha católica en etapas de relativa estabilidad política, nada tiene de extraño que ese tipo de discurso se refuerce en un contexto tan agitado como el de la guerra civil. En segundo lugar, hay que hacer mención de la ayuda militar prestada por el Tercer Reich a los sublevados y al desarrollo paralelo de la propaganda nazi en el territorio por ellos controlado. Además, el aparato de propaganda nazi multiplica su influencia en España una vez que la guerra termina, en abril de 1939, con la victoria total de las fuerzas militares y políticas aglutinadas en torno a la jefatura de Franco. Y el antisemitismo era el referente principal del programa nazi y de las campañas de propaganda de la sección exterior del partido nazi; y España no iba a ser una excepción en este sentido.

Finalmente, en la posguerra, una vez alcanzada por los sublevados la victoria en el campo de batalla, y aún después, la teoría de la conspiración se convierte en doctrina

Los campos de concentración durante la guerra civil y el franquismo

92 oficial para explicar no sólo los orígenes de la guerra civil, sino también el conjunto de la historia española de los dos últimos siglos. Asimismo, este tipo de propaganda se iba a aplicar a una de las cuestiones que más interesó al dictador y a sus fieles: fomentar el consenso frente al enemigoexterior e interior. Se trataba de hacer ver a los españoles, por lo menos a quienes constituían la base social del régimen, que el enemigo, derrotado militarmente en la guerra de 1936-1939, seguía vivo, que era muy peligroso, incluso más que antes, y que para no ser sometidos por la antiEspaña había que cerrar filas en torno a Franco y actuar sin contemplaciones contra quienes se atrevían a insinuar la conveniencia de proceder a la apertura del sistema dictatorial. Una opinión en ese sentido, se decía, no podía tener otro origen que el cuartel general de la internacional comunista, un organismo dirigido en la sombra por el más peligroso poder internacional, la masonería o el judaísmo, que al decir de una parte de los ideólogos franquistas eran una misma cosa.