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3. HISTORIA PRIMORDIAL

3.3 Violencia y Estado moderno

El concepto de violencia se puede presentar como auto-evidente, sin embargo, esta tiene un carácter polisémico. Entre las posibles vías de definición de la violencia: como mal absoluto en si; como valor positivo con relación a los objetivos (justos e

43 injustos) que los actores defienden axiológicamente; como desviación o mecanismo homeostático; como generadora de identidad, o recurso de dominación, entre otras posibilidades de interpretación (Páez 1990; Cuesta y Trujillo 1999). En tal sentido, los procesos histórico-estructurales diseñan distintas respuestas sociales hacia la violencia y generadas desde la violencia. Respuestas que pueden ser represadas y/o representadas por los grupos de poder, existiendo una continuidad entre el conflicto y la máquina de control social, configurándose un espacio construido en términos de las presiones sociales hacia el Estado, y de las presiones de éste hacia los grupos insertos en él (Tilly 1978).

El conflicto puede plantear una multiplicidad de respuestas alternadas por uno u otro actor social y político. De esta manera, la violencia se presenta como un recurso instrumental, como una de las posibles formas de acción o recurso social (entre otros), en un repertorio de recursos posibles y disponibles con el objeto de producir resultados determinados (Tilly 1978).

Si se asume a la violencia como un recurso instrumental, que forma parte del repertorio social de los grupos humanos (sociedades, gremios, clases sociales, naciones, estados), esta es parte de las distintas formas de interacción posibles dentro de la competencia por recursos, sin embargo, esta adquiere un grado de complejidad moral cuando se introduce un criterio o criterios racionales que justifiquen la violencia dentro de un marco institucional reconocido dentro del sistema internacional, como la instancia jurídica política por excelencia.

Los valores axiológicos construyen una moral en torno a la relación legitimidad/ ilegitimidad de la violencia, que desde esta interpretación constituye la relación entre salvajismo y civilización (modernidad y pre-modernidad) e implica un salto cualitativo entre los dos estadios de organización. Max Weber interpreta la violencia desde la significación de la acción social y el sentido que los individuos dan a esta. Los mecanismos violentos representan una forma institucionalizada que apunta a mantener una estructura jerárquica y disciplinaria, a través de los medios específicos que le son

propios, esto es “el uso de la fuerza legítima” (Weber 1972: 98).

El monopolio del uso legítimo de la fuerza física dentro de un territorio específico se ajustaba al concepto de Estado (territorial, jerárquico). El derecho de emplear la fuerza adscribe a instituciones o individuos sólo en la medida que el Estado lo permitía, este era la única fuente de derecho para hacer uso legítimo de la fuerza (Weber 1972: 98). El Estado es una relación de hombres que dominan a otros por

44 relación de la violencia considerada como legítima. Donde los subordinados obedecen la autoridad, en base a mecanismos que la legitiman: a) tradición (autoridad del pasado eterno), b) autoridad del Don de Gracia (carisma), basada en el heroísmo, revelación u otras cualidades de predominio individual y c) la dominación en virtud de la legalidad basada en normas establecidas e instituidas (Weber 1972).

La guerra implica la utilización de la violencia, pero la utilización de la violencia no se convierte en guerra. La guerra es un concepto sancionado positivamente por el derecho internacional y refiere al conflicto armado entre dos Estados. La guerra desde la concepción moderna implicaba la existencia de Estados, de intereses de Estado y del cálculo racional de cómo alcanzar su consolidación, protección y preservación (Kaldor 1999).

El concepto de guerra como actividad de Estado no se estableció sino hasta finales del siglo XVIII. Si bien la guerra antecedía a la formación de los Estados (en su concepción moderna), la forma cómo esta se dio después de las guerras napoleónicas la convirtió en una actividad social, que apuntó a consolidar y preservar la soberanía de este ente institucional (Kaldor 1999, Keegan 1993, Sorel [1907] 1978).

La guerra es un punto de inflexión que racionaliza la violencia y la justifica en función de convenciones internacionales. En el Minimax Theorem, el cual se refiere a

la “teoría de los juegos”: las acciones de las personas, grupos, actores o agentes sociales son interdependientes y que cada jugador no se puede comportar como si las acciones de los otros estuvieran dadas. El objetivo del análisis de los juegos es que cada uno de los jugadores analice un tipo de comportamiento o seleccione un conjunto de jugadas que maximice sus ganancias y minimice sus pérdidas (Halmos 1991).

La teoría de juegos analiza las consecuencias de las distintas estrategias posibles,

la posibilidad de que varios “jugadores” se conviertan en aliados, la solidez de la alianza y la predictibilidad de escenarios, lo que da a los jugadores información sobre las distintas estrategias posibles. Siguiendo esta línea de razonamiento, la guerra implicaba cálculo racional sumado a una cobertura institucional–estatal, más las tradiciones sancionadas positivamente por la historia, más un sistema internacional que observa, legitima y eventualmente arbitra el conflicto en base a convenciones.

La violencia, en cambio, se expresaba como arbitraria, espontánea, carente de objetivos a largo plazo, pero sobre todo atacaba a los principios de orden soberano, es decir cuestionaba y/o desestabilizaba al Estado. En suma la guerra era legítima porque estaba ejercida dentro de un marco institucional y la violencia representaba una

45 reacción no racional hacia las formas de orden condensadas en la unidad Estado–nación (Cfr. Sorel [1907] 1978).

Una de las obras más difundidas dentro de las instituciones militares, que tenía carácter doctrinario se vinculaba al pensamiento estratégico de Clausewitz (1973). Su obra De la guerra presenta al poder armado como una herramienta de gobierno, es decir, un instrumento de la política. Herramienta que es capaz de movilizar y condensar formas identitarias en base a narraciones que legitiman y hacen eficiente la utilización de la violencia para hacer frente a los enemigos internos como a los externos. Keegan (1993: 3) refiere a la consideración de Aristóteles de que el hombre es un animal político. Clausewitz como un discípulo de Aristóteles va un poco más allá del filósofo,

al calificar al “animal político” como un “animal hacedor de guerra”.

Los militares defienden al Estado de eventuales agresiones y son capaces de movilizar a la población a través de mecanismos como el servicio militar obligatorio y los estados de excepción,11 es decir, estos se preparan para la guerra, la que está

relacionada con el afinamiento de la ‘maquinaria bélica’ durante los ‘tiempos de paz’,

que les permita hacer frente eficientemente a las agresiones del enemigo durante los momentos de emergencia. 12

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