• No se han encontrado resultados

La Virgen

In document CRISTO VIVO (página 77-87)

I. «El Verbo era Dios» (Jn 1,1)

2. La Virgen

«He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo» (Is 7,14).

¿Está bien traducida así la frase de Isaías? ¿Es correcto sustituir el

almah hebreo por virgen? Es correcto por lo menos en la misma medida en

que sería acertado decir «Hijo de Dios» allí donde el texto original dijese «Jesús de Nazaret». Pero lo que es suplantación legítima en el orden de la realidad, quizá no lo sea tanto en la simple línea del idioma. Parece ser, a juicio de algunos, que almah significa nada más «muchacha», sin ulterior calificación. Ahora bien, puesto que esa muchacha a la que Isaías alude concibió sin mengua de su entereza, suelen las traducciones usar la voz «virgen», sin que por ello sufra lo más mínimo la verdad de lo que allí se cuenta. Es, pues, una versión a posteriori, y sería absurdo pensar que la afirmación cristiana de una madre virgen se apoya en la profecía de Isaías; muy por el contrario, el sentido de la profecía ha venido a esclarecerse después con el testimonio de los hechos.

No obstante, aunque el simple vocablo almah no anticipase ninguna idea de virginidad, todo cuanto rodea a esta frase permite pensar que ahí se habla de una virgen. Lo que no expresa el texto, el contexto lo sugiere.

Isaías relata en ese capítulo los apuros de Ajaz, rey de Judá, asediado por las huestes de Siria y Efraím. Le promete Yahvé eficaz ayuda, pero tiene buen cuidado en advertirle que será esta ayuda lo que salve al pueblo, y no las fuerzas humanas con que Ajaz pueda colaborar. Que no atribuya, pues, luego a su propio brazo la victoria, ya que ésta se deberá exclusivamente al socorro del cielo: vendrán las moscas de Egipto y las abejas de Asiria, convocadas por el silbo de Yahvé, y exterminarán a los enemigos. Aquí precisamente, en esta promesa de asistencia divina, es donde se inserta el vaticinio de la singular concepción. Se trata, por tanto, de afirmar y subrayar que todas las grandes obras tienen a Dios por autor,

el cual «eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes, y lo que no tiene nombre, lo que el mundo desprecia, lo que es nada, lo eligió para destruir lo que es, a fin de que nadie pueda gloriarse delante de Dios» (I Cor 1,27-29).

Este es, a nuestro entender, el sentido principal de la virginidad de María: el que la define en su esencia íntima de «pobre de Yahvé».

La esterilidad viene a ser una de las notas descollantes de esa situación característica, menospreciada por el mundo y con más ganas amada por Dios, que las Escrituras suelen llamar «pobreza». Es vida de opresión; por consiguiente, vida de esperanza en lo alto; de ahí que sea una vida de entrega y disponibilidad. El Señor se ha servido siempre, para sus mayores intervenciones, de estas oscuras existencias abandonadas a El. Desde la estéril Sara, madre de Isaac—pasando por la estéril Ana, madre de Samuel, y la estéril Isabel, madre de Juan Bautista—, hasta la estéril María, madre de Jesús, es la historia de Israel la historia de las acciones misteriosas de Dios, cumplidas con los medios humanamente más inadecuados.

Pero apresurémonos a anotar una diferencia de gran tomo: aquello que en las otras mujeres era involuntario y como impuesto, en María constituyó una libre ofrenda, una voluntaria dedicación: el voto de virginidad. Su floración perfecta, incluso antes de fructificar, suponía ya una gracia cristiana. Por eso afirma San Agustín que «la dignidad virginal comenzó con la madre de Dios» 40.

Y comenzó precisamente porque ella fue la madre de Dios. Lejos de significar dos cosas incompatibles, virginidad y maternidad se implican y se dan abrazo estrechísimo. Veámoslo.

Estrictamente, según su significación más excelsa, la virginidad no fue inaugurada por María. «La primera virgen es la santa Trinidad» 41.Dios

es Padre que no necesitó de cooperación ninguna para engendrar, como tampoco hubo menester de materia previa para crear; y la generación del Hijo no supuso menoscabo alguno para su ser. Por eso Cristo es hijo de una doble virginidad: «Dios sin madre, hombre sin padre» 42. Mejor que

decir que Cristo procede de la virginidad de María, habría que decir que la virginidad de María procede de Cristo. «¿Quién negará que este género de

40 Serm. 51,16: ML 38,348.

41 SAN GREGORIO NACIANCENO, Carm. in laud. virg. 1,20: MG 37,523.

42 S

vida ha bajado de los cielos y que en la tierra sólo lo hallamos fácilmente después que Dios tuvo a bien encarnarse»43. La virginidad de la tierra es

una réplica o copia de aquella que tiene arriba su mansión y primer esplendor; representa más bien una disposición a la virginidad, que se transforma en virginidad efectiva y verdadera cuando el Señor la consagra con su visita.

Porque la virginidad es cosa muy distinta de la esterilidad. Esta, concepto meramente negativo, significa tan sólo ausencia de hijos carnales, mientras aquélla, junto con la renuncia a estos hijos, supone ya un estado de elevación sobre la tierra, justamente un estado nupcial y maternal adscrito a la gloria. Nupcial, porque el alma celebra con Dios desposorios; maternal, porque concibe y alumbra a Jesucristo.

El Padre es Dios por excelencia, sin principio. María es la criatura por excelencia, voluntariamente vaciada de sus fuerzas personales, en total sujeción respecto del Creador. Ahora bien, esta su condición virginal le permite llegar a ser madre con una plenitud que ninguna madre del mundo ha conocido nunca: Jesús es humanamente hijo de ella y de nadie más. Criatura por completo abierta y disponible para Dios, María es visitada por éste y regalada con el máximo don. Toda madre lo es por comunicación del padre, porque acoge el don del padre. Toda maternidad, según esto, supone una dependencia, bien sea del varón, bien sea de Dios. Por eso la Virgen, criatura dependiente por antonomasia, llega a ser la madre por excelencia. Si la paternidad o iniciativa fecundante es lo peculiar de Dios, la maternidad es lo propio de la criatura (mejor dicho, la «maternalidad», la capacidad de ser fecundados).

Esta maternalidad denuncia la esencia de la virginidad como apertura, como oblación. Por eso, cuando María llegó a ser madre, no dejó de ser virgen: porque su renunciamiento no había estado inspirado en el deseo egoísta de permanecer libre de esa alienación en que consiste el hecho de ser esposa y madre. Lejos de ello, su actitud fue de pura entrega, de pasividad expectante, de limpia e intensa fe.

Virginidad y maternidad son compatibles, desde el punto de vista de Dios, merced a la infinita potencia de éste—la virtud divina no está constreñida a un efecto ni a una manera de producirlo—. Desde el punto de vista de la criatura, logran una y otra concertarse en el seno de la fe: aquella tan recia confianza en Dios, implícita en el voto de virginidad que María había formulado, hizo que desapareciera por completo el

43 S

impedimento que para una presunta maternidad suponía dicho voto. María creyó que todo era posible para el Altísimo. Su fe actuó como capacidad, esa específica capacidad de la criatura. Y ya el Señor no esperó más para hacer brotar su germen en aquellas entrañas tan libres, tan francamente abiertas.

Dios pide de sus criaturas, sobre todo, fe. Abraham tuvo un hijo cuando creyó de veras en la palabra de Dios, a pesar de su ancianidad; y alcanzó la máxima bendición cuando, por orden de Dios, se dispuso a sacrificarlo, es decir, cuando su fe se demostró adulta, victoriosa de todas las apariencias.

«Abrase la tierra y produzca al Salvador». Bastará que la tierra se abra por sí sola, no habrá necesidad de azada ni agricultura.

El paralelismo entre Isaías (45,8) y Lucas (1,35) es notable: «Enviad, cielos, desde arriba, el rocío.—El Espíritu Santo vendrá sobre ti». «Que se extiendan las nubes.—La virtud de lo ato te hará sombra». «Abrase la tierra y produzca al Salvador. —Lo que nacerá de ti será santo y será llamado Hijo de Dios».

Cabe ahora preguntarse por qué eligió Dios este modo de nacer, por qué quiso nacer de una madre virgen. Desde luego, podía muy bien haber nacido, si ésa era su voluntad, del enlace común de una mujer y un hombre.

Creo que conviene, lo primero de todo, rechazar aquellas pretendidas explicaciones que suponen alguna desestima de la sexualidad. Resultan improcedentes, indebidamente fundadas. Responden a una época en que todo lo concerniente al sexo era más o menos reputado inmundo, cuando casi el único bien que al matrimonio se reconocía era el de poder engendrar vírgenes. No es ésta una recta apreciación de las realidades carnales ni tampoco el mejor camino para exaltar el estado de virginidad. El Hijo de Dios podía haber sido concebido de mañera ordinaria sin que en sus orígenes hubiera por eso nada indigno o vergonzoso. Suponer lo contrario equivaldría a pronunciar un juicio de condenación sobre algo que ha sido elevado a categoría sacramental. El matrimonio santifica el estado de los esposos y, en primer lugar, sus más específicas realizaciones. El uso de la carne puede estar ungido de gracia; querer discriminar en él un margen natural y otro sobrenatural sería ofensivo al poder de impregnación que la gracia posee. La consigna de Jesús: «El hombre no separe lo que Dios ha unido» (Mt 19,6), sigue siendo válida en ese profundo nivel.

Tampoco puede hallarse verdadera dificultad, como Santo Tomás pretende 44, en que un hombre compartiese con Dios el título de padre

sobre el mismo hijo. ¿No comparte el Hijo su filiación? ¿Por qué no había de compartir el Padre su paternidad? De hecho no la compartiría: se trata de dos órdenes esencialmente diversos.

¿Por qué, sin embargo, a pesar de no hallarse desdoro ninguno en todo esto, prefirió Jesús nacer de una doncella?

¿No habrá pretendido quizá con ello subrayar la absoluta gratuidad de la encarnación? Ninguna iniciativa incumbe aquí al hombre; éste únicamente puede ofrecer su docilidad, sus brazos abiertos, sus manos vacías en actitud de ser colmadas desde lo alto.

Asimismo es posible observar, en la concepción del Primogénito, el modelo de esa gestación virginal que diariamente lleva a cabo la Iglesia. Esta es virgen por su fe 45, y justamente por esa integridad de su fe se

mantiene como fiel esposa, ilimitadamente fecunda.

La razón última por la que el Hijo de Dios quiso nacer de madre virgen no debe de andar desconectada de las razones que presiden el nacimiento de los cristianos. La modalidad de la encarnación tiene que guardar, a nuestro entender, relación muy estrecha con los fines de la encarnación. Ahora bien, ésta se efectuó para que en Cristo quedase recapitulada la humanidad entera. Cristo no es el segundo Adán en el sentido de un nuevo principio capaz de multiplicarse indefinidamente como el primero. Más bien habría que llamarlo el último Adán, en cuanto que en El vienen a congregarse, como en un solo hombre perfecto (Ef 4,13), todos los humanos. El sentido de la generación carnal es la multiplicación numérica. Esta dispersión inevitable, que, a la vez que propaga la vida, es un símbolo de su parcelamiento, indigencia y extinción, queda súbitamente corregida cuando en el seno de la humanidad se introduce aquel soberano principio de cohesión que es el Único, el Cristo virginal nacido de una virgen. En lugar de multiplicar—por tanto, de dividir—, Cristo reúne, convoca, recapitula. Así lo entendió ya San Agustín: «Lo que María mereció según la carne, posee la Iglesia según el espíritu: María engendró al Único; la Iglesia engendra a muchos, que por el Único se hacen uno» 46.

44 Suma Teol. 3,28,1.

45 SAN AGUSTÍN, Enarr. in Ps. 147,I0: ML 37,1920.

46 S

Pero la virgen de Isaías no sólo concebirá, sino que también «parirá un hijo».

Si no hubo detrimento de su doncellez en la concepción, tampoco lo habrá en el parto.

¿Se corrompe acaso nuestra mente cuando el pensamiento es proferido en palabras? ¿Mancha el sol el cristal que atraviesa? Lo mismo que salió del sepulcro sin abrir la piedra, lo mismo que entró en el cenáculo después de resucitar, sin agujerear las paredes, así nació Jesús del vientre de su madre, sin lastimarlo. Así echa de sí la flor su perfume, sin perder el candor.

Virgen antes del parto, en el parto y después del parto. «Dijo Yahvé: Esta puerta quedará cerrada, no se abrirá ya ni entrará por ella hombre alguno, pues ha entrado por ella Yahvé, Dios de Israel; por tanto, ha de quedar cerrada» (Ez 44,2).

Todo aquello que en los evangelios pueda leerse como refutación de esta perseverante virginidad debe ser entendido en su recta acepción hebraica. El «hijo primogénito» (Lc 2,7) no implica que luego nacieran otros. Si José no cohabitó con María «hasta que ésta dio a luz a su hijo» (Mt 1,25), tampoco se sigue que después lo hiciera. Por lo que respecta a los «hermanos» de Jesús (Mt 13,54-56; Act 1,14), ya se sabe que esta

denominación tiene en hebreo un ámbito mucho más amplio, que abarca a todos los primos. Los más recientes estudios sobre el idioma vienen a corroborar esta interpretación tradicional.

Incidentalmente hemos dado por supuesto que María había hecho propósito de virginidad. Suposición impugnable para algunos, pero aceptada por la mayoría de los exegetas.

Negar que la Virgen tuviese, antes de la anunciación, una decidida voluntad de permanecer en dicho estado, no va contra ningún dogma, pero sí contra el más directo significado de las palabras que cruzó con el ángel. Efectivamente, no tendría sentido su pregunta: «¿Cómo sucederá esto, pues no conozco varón?» Su asombro, su interrogación acerca de cómo podía llegar a ser madre nace de aquella resolución que había adoptado de ignorar por completo las relaciones maritales.

Dice, es verdad, «no conozco varón»; no dice «no conoceré». Sin embargo, a nadie se le oculta que es de uso cotidiano emplear el presente con sentido proyectado al futuro: «Yo no hago esto» manifiesta mi voluntad de no hacerlo nunca. Además, hablar en futuro hubiera sido en aquel momento una expresión demasiado enérgica. ¿No se le pedía, sobre

todo, docilidad? Pues más vale abandonarse a los designios del Señor. Ciertamente, su contestación no es: «Pues Dios quiere que sea madre, conoceré varón». Ello supondría dar a las palabras del ángel un sentido que éste no había querido imponer; ¿y no sería también contradecir, más que su voluntad personal de seguir virgen, aquella antigua intuición, concedida por Dios, de que jamás había de dejar de serlo? No obstante, tampoco dice lo contrario. Usa de una fórmula que hoy nos parece la única posible por estar ya muy habituados a su lectura, pero que, bien mirada, entraña un raro equilibrio, un prodigio de bien hablar.

Nada arguye, por otra parte, contra este voto su matrimonio con José. Aunque últimamente, sobre todo a raíz de los descubrimientos de Qumran, se ha averiguado que la virginidad tenía en Palestina una existencia más o menos sancionada, no hay duda que la solución ideal para que María pudiese entonces defender su tesoro era unirse a un hombre animado de idénticos propósitos. Tal matrimonio nos resulta, ciertamente, demasiado singular y peregrino. Pero ¿acaso lo era menos el mismo voto de castidad? Y, sobre todo, ¿acaso lo era menos el alma, rigurosamente única, de la Inmaculada?

«Tres cosas me parecen asombrosas, y una cuarta no llego a entender: el rastro del águila en el aire, el rastro de la culebra sobre la roca, el rastro de la nave en medio de la mar, el rastro del varón en una virgen» (Prov 3o,18-19).

3. «José, el esposo de María» (Mt 1,16)

Hemos dicho que el matrimonio con José no entorpecía —antes al contrario, lo hacía más fácil y seguro—el mantenimiento de aquel voto de virginidad que María había formulado. Réstanos decir ahora que tampoco este voto debilitaba lo más mínimo el vínculo matrimonial.

Exteriormente, el enlace era válido, y su fruto, reconocido como legítimo. Durante el proceso de su pasión fue Jesús citado ante el sanedrín: esto constituía un derecho exclusivo de aquellos judíos sobre cuyos orígenes no existía sospecha alguna (Dt 23,2).

Ningún reparo de orden jurídico puede oponerse a semejante matrimonio. El objeto del contrato matrimonial son los derechos que recíprocamente los esposos se otorgan sobre sus cuerpos en orden a la generación. Estos derechos existían en la unión de María y José, por más que ellos, de mutuo acuerdo, hubiesen renunciado a su ejercicio.

Ciertamente, la exclusión de los derechos habría anulado el matrimonio, mas no el propósito de no usar de tales derechos.

Y si legalmente era posible compaginar matrimonio verdadero con virginidad estricta, no lo era menos desde un punto de vista psicológico. En sus corazones existió amor, y se guardaron mutua fidelidad exquisita. Es para nosotros difícil de concebir entre marido y mujer una afición que jamás proceda de la carne ni en ella repercuta. Sin embargo, lo que naturalmente resulta improbable hácese realidad cuando Dios lo quiere. Y no debemos en modo alguno despojar de su matiz específicamente conyugal al afecto que medió entre ambos. La costumbre de pintar un San José casi anciano podrá ser altamente catequística para demostrar que no experimentó ninguna turbia emoción en presencia de su esposa, pero revela su falta de ulterior pedagogía cuando queremos— porque así lo debemos hacer—explicar el limpio ardor de su corazón y la respuesta adecuada con que el corazón de la Virgen tuvo forzosamente que retribuirle. José no fue un mero protector de María, sino su esposo. Lo sencillo, lo no rebuscado, es pensar, con arreglo a las costumbres de su raza, que tuviera de dieciocho a veintidós años cuando se casó.

Se suelen a veces citar los grandes devotos de Nuestra Señora: San Bernardo, San Germán, San Luis María Grignion de Montfort, San Alfonso María de Ligorio... Personalmente creo que no ha habido nadie en el mundo que amase con mayor fervor a la Virgen que su propio marido. Esto, por supuesto, no se puede probar; pero lo lógico es que antes, en buena ley, habría que demostrar lo contrario.

Cualquier otro santo posee su individualidad propia en función de alguna cualidad personal, o de alguna especial dedicación apostólica, o del cultivo particular de cierta virtud sobresaliente. San Juan de la Cruz era un excelso temperamento místico, San Francisco Javier descuella por sus asombrosas acciones misioneras, San Vicente de Paúl se especializó en la caridad hacia los menesterosos. ¿Cuál fue la nota distintiva del santo José? Mateo nos la revela: «José, el esposo de María» (1, 16). Esto no significa sólo un dato para definirlo históricamente: es, sobre todo, una razón eximia de santidad. Si en el resto de los bienaventurados su devoción a la Virgen puede compararse, más o menos, con esa valiosa añadidura que para cualquier cuadro supone un buen marco, para José, en cambio, viene

In document CRISTO VIVO (página 77-87)