LA IMPORTANCIA DE LA COMUNICACIÓN
U
n hombre intentaba hacer pasar una máquina de lavar ropa por la puerta de su casa. En ese momento su vecino pasó por allí, y como era buen vecino se detuvo y se ofreció a ayudarle. El hombre suspiró ali- viado y dijo: «Sería excelente. Yo iré del lado de adentro y tú podrás ayu- darme desde afuera. Así podremos resolver esto de forma rápida».Pero después de intentarlo durante cinco minutos, ambos quedaron exhaustos. Secándose el sudor de la frente el vecino dijo:
—Esta cosa es más grande de lo que parece. No sé si lograremos entrarla en tu casa.
—¿Entrarla? ¡Estoy tratando de sacarla!
Pocas cosas son tan vitales como la comunicación clara, en especial para los líderes. El gran director de orquesta Arturo Toscanini era un ita- liano conocido porque no sabía comunicar a sus músicos lo que busca- ba. Su ira ante la frustración de no saber transmitir directivas era famosa. Luego de intentar varias veces indicarle a un trompetista cómo quería que sonara el instrumento sin lograrlo, levantó las manos y gritó: «Dios me dice cómo tendría que sonar la música, ¡pero ustedes se interponen en el camino!».
En otra ocasión, durante un ensayo de La Mer de Debussy, volvió a sentir perplejidad porque no encontraba las palabras adecuadas para des- cribir el efecto que deseaba en un pasaje en particular. Pensó durante un momento, y luego tomó un pañuelo de seda que llevaba en el bolsillo.
Lo tiró hacia arriba y mientras los músicos veían c o m o caía, lentamente
y con toda gracia, el director dijo: «Eso es. Así quiero que lo toquen».1
U n a cosa es tener visión, pero si no hay comunicación clara la visión jamás podrá hacerse realidad. Sí los demás entienden la visión lo sufi- ciente c o m o para articularla, solo entonces podemos esperar que la persi- gan con pasión. Leonard Sweet da un sabio consejo: «No son las personas que tienen razón quienes cambian el m u n d o . Son las personas que pue-
den comunicar su definición sobre lo que está bien quienes lo logran».2
ASEGURÉMONOS DE QUE LOS DEMÁS ENTIENDAN NUESTRA VISIÓN
E
s obvio que c u a n d o no se logra la comunicación surgen los pro-blemas. El problema puede estar en la transmisión. C o m o vimos recién, si intentamos comunicar algo antes de que verdaderamente lo e n t e n d a m o s , habrá u n a interferencia en la comunicación. Sin embar- go, a veces el problema está en la recepción. Por ejemplo, Dios tenía una gran visión y quería que Moisés la «entendiera». Pero encontró resisten- cia c u a n d o le c o m u n i c ó a su reticente siervo cuál era esta visión. A lo lar- go de esta historia aprendemos m u c h o sobre c ó m o ayudar a quienes no logran «captar» la visión en el primer intento. A u n q u e Moisés al princi- pio se resistió m u c h o , Dios finalmente logró «venderle» su visión.
T o d o líder encuentra, en ocasiones, desafíos que parecen imposi- bles. La oposición puede parecer e n o r m e , tozuda y demasiado bien orga- nizada. Los recursos del líder p u e d e n parecer menores en comparación. Así debe haberse sentido Moisés c u a n d o Dios se le apareció en la zarza ardiente:
Pero el SEÑOR siguió diciendo: «Ciertamente he visto la opre- sión que sufre mi pueblo en Egipto. Los he escuchado quejarse de sus capataces, y conozco bien sus penurias. Así que he des- cendido para librarlos del poder de los egipcios y sacarlos de ese país, para llevarlos a una tierra buena y espaciosa, tierra donde abundan la leche y la miel. Me refiero al país de los cananeos, hititas, amorreos, ferezeos, heveos y jebuseos.Han llegado a mis
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oídos los gritos desesperados de los israelitas, y he visto también cómo los oprimen los egipcios. Así que disponte a partir. Voy a enviarte al faraón para que saques de Egipto a los israelitas, que son mi pueblo.» (Éxodo 3:7-10)
Moisés respondió al llamado de Dios con tres preguntas y dos obje- ciones que expresaban falta de credulidad y confianza.
Ante todo, preguntó: «¿Quién soy yo?» (Éxodo 3:11). Esa pregunta revelaba un cambio radical en Moisés. Porque cuarenta años antes había decidido reivindicar a un compatriota hebreo que había sido azotado por un egipcio (Éxodo 2:11-12). Y ahora sentía que no era digno de la tarea que Dios mismo le encomendaba. La respuesta de Dios fue justamen- te la que Moisés necesitaba: «Yo estaré contigo -le respondió Dios—. Y te voy a dar una señal de que soy yo quien te envía: Cuando hayas saca- do de Egipto a mi pueblo, todos ustedes me rendirán culto en esta mon- taña» (3:12). Moisés pronto descubriría que uno más Dios es igual a la mayoría.
La segunda pregunta de Moisés hacía referencia a la identidad de aquel que le enviaba a hacerse cargo de esta tarea tan difícil: «¿Qué les respondo si me preguntan: "¿Y cómo se llama?"» (v. 13). Convencer a más de dos millones de esclavos de que había sido enviado para sacarlos de la esclavitud era algo difícil. Moisés tendría que demostrar que una autoridad superior le había encomendado esta tarea. Así podría conven- cerlos. Dios volvió a darle la respuesta indicada, la justa y necesaria: «Yo soy el que soy -respondió Dios a Moisés-. Y esto es lo que tienes que decirles a los israelitas: "Yo soy me ha enviado a ustedes"» (v. 14). Al lla- marse a sí mismo «Yo soy», Dios revelaba su identidad como el Dios eter- no que siempre está allí para su pueblo. Le dijo a Moisés que les dijera a los israelitas que él era el Dios de Abraham y el Dios de Isaac (v. 15), una descripción que para los esclavos hebreos de Egipto significaría mucho.
Moisés todavía no se convencía y preguntó algo más: «¿Y qué hago si no me creen ni me hacen caso?» (4:1). Sin duda, recordaba lo sucedi- do cuarenta años antes. Mientras intentaba moderar una disputa surgi- da entre dos hebreos, uno de ellos había preguntado con desprecio: «¿Y quién te nombró a ti gobernante y juez sobre nosotros?» (2:14). Estas palabras todavía resonaban en su mente, por lo cual Moisés le temía al
rechazo. Pero Dios le dijo que validaría su liderazgo a través de una serie de milagros que convencería aun al más escéptico habitante de Egipto. Mientras Moisés se mantuviera al lado de Dios, no tendría por qué preo- cuparse.
Con sus dos primeras objeciones Moisés estaba mostrando que no se sentía calificado para liderar al pueblo hacia la libertad porque no habla- ba con elocuencia (4:10) y que por eso Dios debía elegir a alguien más (4:13). En ese momento, su miedo al fracaso era más potente que su memoria. Habían pasado tantos años desde que utilizara alguna de las capacidades de liderazgo que ya no creía tenerlas. Una vez más Dios res- pondió con compasión. Prometió darle las palabras que debería pronun- ciar y luego le asignó a Aarón como ayudante:
«¿Y quién le puso la boca al hombre?», le respondió el Señor. ¿Acaso no soy yo, el SEÑOR, quien lo hace sordo o mudo, quien le da la vista o se la quita?Anda, ponte en marcha, que yo te ayudaré a hablar y te diré lo que debas decir ...» Entonces el SEÑOR ardió en ira contra Moisés y le dijo: «¿Y qué hay de tu hermano Aarón, el levita? Yo sé que él es muy elocuente. Además, ya ha salido a tu encuentro, y cuando te vea se le ale- grará el corazón. Tú hablarás con él y le pondrás las palabras en la boca; yo los ayudaré a hablar, a ti y a él, y les enseñaré lo que tienen que hacer. Él hablará por ti al pueblo, como si tú mismo le hablaras, y tú le hablarás a él por mí, como si le hablara yo mismo.» (Éxodo 4:11-12, 14-16)
Moisés estaba a punto de convertirse en uno de los líderes más gran- des de la historia mundial. Cuando Dios le indicó que liderara en una situación difícil, Moisés dudó antes de obedecer... pero obedeció. Dios mostró que comprendía los miedos y temores de Moisés acerca de lo que quería que hiciese como contribución a esta visión tan abrumado- ra. Dios respondió a cada una de las preguntas y dudas de Moisés y ase- guró que le daría fuerzas y la victoria. A medida que la preocupación de Moisés cedía, también se esfumaba su resistencia a la visión. Como Moisés, incluso los mejores entre quienes han de liderar dudarán cuando
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enfrenten situaciones que parezcan imposibles. En esos momentos nece- sitan saber que su líder comprende sus miedos y que aun así cree que lograrán el éxito en la tarea que se les presenta.
¿Exactamente cómo guió Dios a Moisés desde la resistencia a la con- secución de la visión? Veamos los cinco puntos de resistencia a la visión y la respuesta de Dios a cada uno de ellos.
«¿Quién soy yo?» (3:11). Esta sensación de sentirse abrumado acom- pañará a cualquier declaración de visión debidamente formada. Porque si la declaración no presenta el sentido del ridículo y si quienes la oyen no sienten al menos al principio que les sobrepasa la visión, no habrá desafío, no habrá chispa que los convoque a la acción. Sin embargo, la fuerza de la declaración de visión estimulará y podrá vencer la resisten- cia. Cuando Moisés preguntó: «¿Quién soy yo?», Dios dijo en efecto: «Tú eres la persona que elegí para cumplir esta misión. Pero lo importan- te no es quién eres tú, sino quién soy Yo, y qué es lo que Yo quiero que hagas» (3:1-12).
«¿Qué les respondo...?» (3:13). Esta pregunta refleja preocupación por el costo y el valor. Moisés estaba preguntándole a Dios: «¿Quién está detrás de todo esto? ¿Quién aceptará la responsabilidad final por una visión tan abrumadora y enorme?» Moisés buscaba el respaldo de la autoridad. Lo mismo buscarán las personas a quienes somos llamados a liderar. Cuando Moisés preguntó quién sería el máximo responsable, Dios respondió: «Diles que Yo estoy contigo en esto porque estás cum- pliendo con lo que Yo quiero que hagas» (3:14-22).
«¿Y qué hago si no me creen ni me hacen caso?» (4:1). La mayoría de las reacciones de las personas ante la declaración de visión van des- de sentirse abrumadas (punto 1) al escepticismo legítimo (punto 2), has- ta llegar a la investigación seria de la legitimidad. Si la visión se formula adecuadamente, la gente exigirá evidencia: «¿Qué hago si no me creen?», preguntó Moisés. Dios respondió: «Es esperable que haya dudas cuando se presenta una gran visión. Dales suficiente lógica y evidencia para que puedan resolver sus dudas» (4:2-9).
«SEÑOR, yo nunca me he distinguido por mi facilidad de palabra»
(4:10). Esto que dice Moisés refleja el doloroso hecho de que se han intentado gloriosos y grandes proyectos en el pasado pero terminaron en la desilusión o la vergüenza. Sin embargo, la gente querrá invertir de su
tiempo y esfuerzo en emprendimientos exitosos, y se verán motivados a dar lo mejor de sí si se les ofrece apoyo consistente. «SEÑOR, yo nunca me he distinguido por mi facilidad de palabra», objetó Moisés, a lo que Dios respondió: «Confía en mí y deja que te muestre lo que puedo hacer a través de ti» (4:11).
«Te ruego que envíes a alguna otra persona» (4:13). La resisten- cia final de Moisés fue: «Por favor, Señor, no a mí. Me siento abruma- do. Es más fácil quedarme donde estoy». El líder que con efectividad logra resolver esta situación y entusiasma a las personas con la perspecti- va de nuevas posibilidades hará mucho para formar un equipo efectivo. «Por favor, envía a otra persona», dijo Moisés. Pero Dios lo convenció urgiendo a este reticente mensajero a proseguir con la misión y confiar en su fidelidad. Hay un momento para persuadir y vender la visión y un momento para dar el empujón de modo que pueda concretarse.
HECHOS 29
E
l líder más influyente que haya conocido el mundo, Jesús de Naza- ret, presenta un modelo de cómo transmitir la visión. De hecho, podría decirse que la Biblia entera transmite una visión, invitándonos no solo a esperar las promesas de Dios para el futuro sino también a partici- par en su cumplimiento. Dios nos ha otorgado el inconmensurable pri- vilegio de participar en su obra, y nos ofrece una «tajada de la acción» que tendrá consecuencias perdurables. James Emery White lo explica diciendo:Se nos dio la vida porque Dios nos soñó. A cada uno, indivi- dual y específicamente por nombre. No eres un accidente. Dios quiso que existieras y no solo te dio la vida sino que también te invistió con promesas y potencial. Dentro de ti está la oportu- nidad de unirte a Dios en el cumplimiento de la gran aventura concebida en su mente para ti desde la eternidad.3
El libro de los Hechos es la gloriosa historia del cumplimiento de la visión de Cristo, pero si intentamos abrir nuestra Biblia en Hechos 29
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encontraremos que no existe. La razón por la que no existe Hechos 29 en la Biblia es porque cada uno de nosotros estamos escribiendo este capí- tulo justamente ahora, a medida que las buenas nuevas de Jesucristo se proclaman y se viven en todo el mundo. En Hechos 1:8, Lucas (autor del libro de los Hechos) nos da un vistazo de este volumen a través de algo que Jesús les dijo a sus seguidores justo antes de su ascensión: «Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra». Somos partícipes activos de esta última frase. Somos testigos encargados de llevar la vida de Cristo «hasta los confines de la tierra».
Al final del libro de los Hechos, Pablo estaba en arresto domiciliario. Había llegado a Roma, centro de la cultura y la civilización en el siglo uno. Por lo tanto Pablo sabía que si el evangelio lograba echar raíces en Roma se esparciría al resto del mundo conocido. Lucas entonces escri- be: «Durante dos años completos permaneció Pablo en la casa que tenía alquilada, y recibía a todos los que iban a verlo. Y predicaba el reino de Dios y enseñaba acerca del Señor Jesucristo sin impedimento y sin temor alguno» (Hechos 28:30-31). Así termina la narración.
Hoy, como lectores actuales del libro de los Hechos, cuando llega- mos a esta declaración nos preguntamos qué pasó después. ¿Logró Pablo llegar al César con su mensaje? ¿Vivió o fue ejecutado? Lucas, sin embar- go, nunca contó el resto de la historia... Lo que importa es que Pablo invirtió toda su vida en ayudar a que la gloriosa visión de Dios se hiciera realidad. Y pasó la batuta a hombres como Timoteo y Tito, quienes a su vez la pasaron a hombres y mujeres fieles que también en su momento la entregaron a otros. A lo largo de los siglos la batuta fue pasándose de generación en generación, hasta que alguien la puso en nuestras manos y dijo: «Ve, sé testigo de Cristo hasta los confines de la tierra».
En el cuarto capítulo de su evangelio el apóstol Juan registra un momento en el que Jesús impartía su visión a sus discípulos. Cuando regresaron de comprar comida Jesús los sorprendió diciéndoles: «Yo tengo un alimento que ustedes no conocen» (Juan 4:32). Al principio pensaron que hablaba de comida física, pero él se refería a otro tipo de nutrición, la de participar en la voluntad de Dios: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra ... ¿No dicen ustedes:
"Todavía faltan cuatro meses para la cosecha"? Yo les digo: ¡Abran los ojos y miren los campos sembrados! Ya la cosecha está madura» (v. 34- 35).
Antes de que llegaran a escena los discípulos, la mujer samarita- na con quien Jesús había estado hablando fue a contarles a los de su aldea que este hombre sabía todo lo que ella había hecho en su vida. Cuando Jesús les dijo a sus discípulos que miraran los campos que esta- ban listos para la cosecha, es posible que se refiriera a los samaritanos que estaban en camino para hablar con él. Este pasaje ilustra cómo Jesús bus- caba siempre comunicar a sus seguidores la visión más amplia, la de la voluntad del Padre. El Dr. Hans Finzel, director ejecutivo de una gran organización que establece iglesias, escribe:
Aunque gran parte de mi trabajo como director consiste en comunicar nuestra visión y vender nuestro sueño a la gente en general, quienes están dentro necesitan oír tanto o más de lo que tengo para decir. De hecho, dedico la misma cantidad de energía a la comunicación interna, que a la externa. Jamás supongo que alguien, ni siquiera mis colaboradores más cerca- nos, saben leerme la mente. Es que aprendí mucho a partir de ver cómo se difunde la información falsa.4
Una vez comunicada la visión, quizá haya que volver a comunicarla varias veces. Como la visión de Dios siempre sobrepasa la comprensión humana, requiere persistencia de parte de los líderes, que ha de asegurar- se de que todos la entiendan y recuerden.
En última instancia la visión de Dios ha de transmitirse por medio del Espíritu de Dios. Este principio fue demostrado en el Antiguo Testamento. Cuando los arameos intentaron capturar al profeta Eliseo, su sirviente se desesperó diciendo: «¡Ay, mi señor! ¿Qué vamos a hacer?» (2 Reyes 6:15). La respuesta de Eliseo comunicó la visión de que Dios tenía control de la situación:
—No tengas miedo —respondió Eliseo—. Los que están con nosotros son más que ellos.
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Entonces Elíseo oró: «SEÑOR, ábrele a Guiezi los ojos para que vea». El SEÑOR así lo hizo, y el criado vio que la colina estaba llena de caballos y de carros de fuego alrededor de Elíseo. (2 Reyes 6:16-17)
Pablo se explayó en torno a este principio en sus escritos a la igle- sia de Corinto: «El que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, por- que hay que discernirlo espiritualmente» (1 Corintios 2:14). «El dios de este mundo ha cegado la mente de estos incrédulos, para que no vean la luz del glorioso evangelio de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Corintios 4:4). Las implicancias de la vida de Cristo no son evidentes para los no creyentes, apartados de la obra de convicción del Espíritu Santo.
Pero quienes tenemos al Espíritu Santo habitando en nosotros, somos llamados a ser constructores del reino, los cuales juegan un rol activo en la realización de la visión de Dios. A través de las relaciones de consejería y guía, enlistamos a otros en este gran plan de redención de Dios, cuyo designio es anterior aun a los cimientos del mundo en el que fuimos puestos. Reclutamos a hombres y mujeres para que participen de una visión que tendrá ramificaciones eternas, consecuencias eternas. Es el anhelo de todo corazón humano participar de algo que perdurará en el tiempo, aun después de que ya no estemos.