Dios verdadera felicidad del ser humano

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PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA DEL ECUADOR

FACULTAD ECLESIÁSTICA DE CIENCIAS

FILOSÓFICO TEOLÓGICAS

ESCUELA DE TEOLOGÍA

DISERTACIÓN PREVIA A LA OBTENCIÓN DEL TÍTULO DE

LICENCIADA EN TEOLOGÍA

DIOS VERDADERA FELICIDAD DEL SER HUMANO

Autora:

MAYLA ASUNCIÓN IBARRA PÉREZ

Director

: Mgt. JOSÉ GUERRA CARRASCO.

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DEDICATORIA

Este trabajo lo dedico a las y los jóvenes con quienes he compartido mi vida en distintos lugares del país, que con sus inquietudes despertaron en mí el deseo de realizar este estudio. A mis hermanas de comunidad, quienes trabajan en la misión con campesinos e indígenas. A las jóvenes voluntarias que comparten su vida en nuestras comunidades.

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AGRADECIMIENTO

Agradezco a Dios por el don de la inteligencia y la constancia, por darme la oportunidad de conocerle un poquito más a través del estudio de la teología. A mis padres por su apoyo incondicional, a mis hermanas y hermanos por su preocupación y ánimo constantes. A las Hermanas Dominicas de la Inmaculada Concepción, quienes me han motivado y apoyado en este camino de conocimiento de Dios. A las profesoras y profesores que han impartido sus conocimientos. A mis compañeras y compañeros, quienes me han ayudado a desarrollar la paciencia y la aceptación de quien piensa distinto. A David de la Torre y José Guerra, quienes han sabido orientar este trabajo con sabiduría y entrega.

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RESUMEN EJECUTIVO

La aspiración a la felicidad está inscrita en lo más profundo de la historia humana, tanto de la historia personal como de la comunitaria. El ser humano busca incesantemente, por distintos medios, ser feliz. Sin embargo, no ha logrado alcanzar su felicidad a plenitud. Por el contrario, se ha esclavizado en sus propios deseos, tratando de llenar su vida de aquello que cree encierra la felicidad: el poder, la fama, el placer y el dinero.

Pero, al poseer esos bienes, descubre que la felicidad es momentánea, que le deja un profundo vacío y una sensación de que quiere alcanzar “algo más”. Por eso, este trabajo trata de dar respuesta a esta honda pregunta. En una sociedad donde prevalece el tener, el

poder y el placer, ¿por qué el cristianismo debe seguir anunciando que el camino para

alcanzar la verdadera felicidad son las Bienaventuranzas?

Todos y todas deseamos ser felices, puesto que la felicidad es la tendencia más profunda del ser humano. Jesús nos muestra el camino efectivo para conquistar esa felicidad. Ese camino son las Bienaventuranzas, que no es otra cosa que la dicha del no tener, del no poder, de negarse a sí mismo, y de vivir intensamente el amor gratuito al prójimo. Esto es lo que lleva al ser humano a ser feliz, porque la verdadera felicidad la encontramos en Dios.

Jesús, con su estilo de vida, nos muestra el camino para alcanzar la verdadera felicidad, perfila el camino para sus discípulos y discípulas. Es decir, Él es el camino, porque las Bienaventuranzas son su autobiografía, donde muestra que es posible ser felicescon un estilo diferente al que el mundo ofrece. Los que sufren, los que lloran, los pobres, los perseguidos y los pacíficos, son los felices; ellos no viven una ilusión futura, porque su felicidad la empiezan a vivir aquí y ahora, es un anticipo de lo que será la felicidad eterna.

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ABSTRACT

The desire for happiness is inscribed in the depths of human history, both the personal history and the community history. Human beings constantly intend to be happy in different ways. However, they have failed to fully achieve happiness. On the contrary, they have become slaves of their own desires by trying to fill their lives with what they believe holds happiness: power, fame, pleasure and money.

However, when human beings own such property, they discover that their happiness is momentary, that it leaves a deep void and a feeling as if they wanted to achieve "something else". Therefore, this paper tries to answer this deep question. In a society where having possessions, power and pleasure prevails, why must Christianity continue to proclaim that the Beatitudes are the way to achieve true happiness?

Everyone wants to be happy because happiness is the most profound human tendency. Jesus shows us the effective way to conquer that happiness. That way is the Beatitudes, which is nothing but the joy of not having, of any power, of self-denial, and of intensely living free love for our neighbors. This is what leads human beings to be happy because true happiness is found in God.

With his lifestyle, Jesus shows the way to achieve true happiness and he shapes the way for his disciples. In other words, Jesus is the way, because the Beatitudes are his autobiography, which shows that it is possible to be happy with a different style from the one the world offers. Those who suffer the ones who mourn, the poor, the persecuted and the peaceful are the ones who are happy; they do not live a future hope because they begin to live their happiness here and now. It is a foretaste of what eternal happiness will be like.

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ÍNDICE

Dedicatoria………. i

Agradecimientos………... ii

Abstract……… iii

Índice………. v

Introducción………..………. 1

I. CAPÍTULO I: El ser humano en búsqueda de la felicidad 1.1El ser humano y la felicidad……… 6

1.2El aporte de la filosofía a la felicidad……… 11

1.3El ser humano y la trascendencia……….. 16

II. CAPÍTULO II: El ser humano creado por Dios, encuentra su felicidad en Él 2.1 Las Bienaventuranzas camino de felicidad………...………… 20

2.2 Reflexión teológica de las bienaventuranzas que nos enseñan a morir (hombre viejo) 2.2.1 Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos………..26

2.2.2 Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra……….……….. 29

2.2.3 Bienaventurados los afligidos, porque ellos serán consolados………... 31

2.3 Reflexión teológica de las Bienaventuranzas sobre el secreto de la vida 2.3.1 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados……… 33

2.3.2 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia……… 34

2.3.3 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios….…… 35

2.3.4 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios……….….. 36

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II. CAPÍTULO III: Las bienaventuranzas como anuncio de la felicidad.

3.1 El método de Revisión de vida……….. 42

3.1.1 En qué consiste la Revisión de vida……….….. 43

3.2 Los pobres, sujetos centrales de la vida cristiana (Ver)……….…..… 44

3.3 La opción de Jesús por los pobres (Juzgar)……… 51

3.4 Respondiendo a las necesidades del pobre (Actuar)………... 56

IV. CONCLUSIONES...……….………...………... 63

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INTRODUCCIÓN

La búsqueda de la felicidad emana de la esencia de nuestro ser. En nada coincidimos más los seres humanos que en querer ser felices; y en pocas cosas nos diversificamos más que en el cómo y en dónde encontrar esa felicidad. La felicidad es el deseo primario que todo ser humano quiere alcanzar y lucha para obtenerlo.Aristóteles

sostenía que: "la felicidad es como un bien supremo, es aquello que da sentido y finalidad

a todo otro fin querido por el hombre”1.

El ser humano cree alcanzar su felicidad cuando gana más dinero y más bienes obtiene; cuando se siente famoso, reconocido y querido por los demás; cuando satisface sus necesidades de alimento, vestido, entre otros bienes que aportan felicidad, sí, pero felicidad momentánea. El sexo es uno de los deseos que cobra mayor importancia en nuestra sociedad. Eso es una falsa felicidad.

Existen personas que han puesto sus esperanzas e ilusiones en satisfacer las necesidades propias de su mundo material. Este tipo de sociedad consumista invita constantemente a disfrutar de la vida, a satisfacer las necesidades y los deseos, a pasar bien un rato, a vivir el momento. Lo que importa es pasarla bien. Sin embargo, bajo el influjo de esta sociedad, el ser humano cada vez se siente más insatisfecho, no encuentra el camino viable para alcanzar la plena y verdadera felicidad. Es decir, la característica de esta sociedad es el predominio del ego en el ser humano. El ego obtiene la felicidad por medio de la satisfacción de intereses y deseos propios, pero eso conlleva una serie de aspectos negativos, como es la tendencia al inconformismo y la desconsideración con respecto a los demás.

El ser humano parece más preocupado por pasar lo mejor posible su vida, sin ser capaz de asumir compromisos, ni realizar grandes esfuerzos por lograr sus objetivos y sus sueños. Inserto en una sociedad donde no hay verdad ni mentira, y donde sólo vale ser feliz

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a corto plazo, a cualquier precio, el ser humano vive sin preocuparse si aquello afecta a la dignidad de los demás.

Estos son rasgos puestos de manifiesto en nuestra sociedad posmoderna, ya que condicionan las elecciones valorativas que hacen las personas e impregnan su modo de actuar. Vivimos en una cultura que privilegia los planteamientos científicos y da

preponderancia a lo racional, desde donde se piensa que la vida es “para gozarla‟, y buscan

ansiosamente todo tipo de diversiones y de placeres. La vida pasa rápido–dicen ellos– y

hay que gozarla mientras sea posible.

Se cree que, lo más importante en la vida es tener, es decir adquirir mucho dinero para comprar los bienes deseados: una buena casa, carros de lujo, ropas de marca. Otros, en cambio, sueñan con tener una buena posición económico-social. Al final, el único ideal que tienen en la vida es sentirse poderosos, reconocidos y satisfechos. Pero, alcanzar estos deseos individuales no deja de ser parte de una felicidad momentánea, descomprometida, ajena a la vida que deja un vacío en el corazón de la persona que intenta ser feliz por esos caminos.

Al final, la búsqueda de felicidad es una acción constante en la vida del ser humano, ya que una vez logradas las metas propuestas, surgen nuevos objetivos que orientan el camino para el logro de la felicidad. Por eso, podemos cuestionarnos que si la felicidad es un proceso dinámico, tenemos que repensar las razones y los medios para ser felices. ¿Dónde, entonces, debemos buscar la felicidad? ¿En acontecimientos externos y materiales o en nuestro interior?

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Es decir, estamos frente a una sociedad individualista y extremadamente competitiva, que no da importancia a lo que es la persona, sino a lo que tiene. Esto se agrava cuando constatamos que, muchas veces, aquello que pensábamos que nos iba a satisfacer plenamente, no nos alcanza a responder a las necesidades humanas más hondas, pues una vez que lo obtuvimos, nos dimos cuenta que no estábamos satisfechos como hubiésemos querido. Por ello, podemos ser enfáticos y sostener que hasta ahora, ninguno de esos medios ha sido un camino confiable para alcanzar la felicidad humana plena.

Lo que nos pone frente a un desafío: el ser humano tiene que seguir en constante búsqueda para alcanzarla plena felicidad. Y parece que sí hay caminos alternativos. Hay personas que han buscado la felicidad no fuera de ellas, sino desde dentro de sus corazones, desde la libertad, el amor, el servicio, el respeto y promoción de la dignidad humana. Son personas que no se han conformado con sólo tener bienes materiales y disfrutarlos, sino que buscaron alcanzar sus ideales más profundos, es decir alcanzar aquella felicidad que no se acaba.

Son personas que han buscado el camino de divinización y plenitud de la vida, porque entendieron que la esencia de una vida bien vivida es la felicidad. Dios nos quiere felices. Esto es capital para todos, pero de manera especial para los cristianos y cristianas, que estamos llamados no sólo a vivir la felicidad, sino a generarla para todo el mundo; una felicidad profunda, humana, personal y social, que afecte el presente y el futuro, es decir, felicidad que dé sentido a toda la existencia.

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Por eso, en una sociedad donde prevalece el tener, el poder y el placer, esta

disertación busca dar respuesta a la pregunta: ¿Por qué el cristianismo debe seguir

anunciando que el camino para alcanzar la verdadera felicidad son las Bienaventuranzas?

Lo que se desea demostrar con esta hipótesis es que todos y todas deseamos ser felices, ya que ser felices es la tendencia más profunda del ser humano, que busca constantemente su plena realización. Y, en ese sentido, Jesús nos muestra el camino efectivo para conquistar esa felicidad; ese camino son las Bienaventuranzas, que no es otra cosa que la propuesta de Jesús de vivir la dicha del no tener, del no poder, de negarse a sí mismo. Esto es lo que lleva a los seres humanos a ser felices. La verdadera felicidad la encontramos en Dios, en una confianza absoluta en Él.

Este trabajo se desarrolla en tres capítulos que abarcan tres perspectivas de análisis del tema: la visión antropológica, la visión bíblico-teológica y la visión pastoral. Así, desde diferentes perspectivas se buscará dar respuesta a la pregunta planteada.

En el primer capítulo se aborda el tema: “el ser humano en búsqueda de la

felicidad”. Allí se da una visión de la felicidad como motivación primaria de la persona humana. Desde el aporte de la filosofía, estudiaremos que la felicidad, según las reflexiones hechas por algunos filósofos, es el fin último de toda actividad humana. Esta felicidad, según esta visión, se alcanza mediante el ejercicio de las virtudes: y, el ser humano es capaz de alcanzar la transcendencia, pues es un ser que está llamado a trascender, a pesar de la finitud de su sistema. El ser humano siempre busca alcanzar algo más, es decir, desea ser feliz a plenitud.

En el segundo capítulo se aborda el tema: “El ser humano creado por Dios

encuentra su felicidad en Él”. Allí se desarrolla el análisis teológico de las bienaventuranzas. Se toma la versión del Evangelio de Mateo para trabajar el tema, pues allí Jesús presenta una especie de síntesis de toda su enseñanza, lo que hoy podemos

resumir con propiedad llamándole “la ética superior de los cristianos”. Las

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los seres humanos. Jesús, al proponer la felicidad desde una opción por la pobreza, limpieza y paz, lo que hace es promulgar todo un nuevo estilo de vida, de una lógica inexorable para un seguidor o seguidora de Jesús.

En el tercer capítulo que se titula: “Las Bienaventuranzas como anuncio de la

felicidad”, nos adentraremos a un Jesús que es la Bienaventuranza definitiva, pues es Él quien llevó un estilo de vida pobre y optó por los excluidos, por los últimos, por los pobres. Desde su coherencia de vida, Él nos invita a hacer este camino junto a Él. Este capítulo se

desarrolla con base al método llamado “Revisión de vida”.

Es decir queremos Ver la realidad del pobre que es el sujeto central de la vida

cristiana; queremos Juzgar, haciendo un recuento de la opción de Jesús por los pobres y,

finalmente, queremos Actuar como Iglesia, tratando de responder a las necesidades de los

pobres, en plena comunión con las directrices de la Doctrina Social de la Iglesia, de los documentos de la Iglesia de América Latina y el Caribe (documentos de Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida), que nos llaman a una pastoral, cualquiera esta sea, que se haga desde los pobres, con los pobres y para los pobres.

Finalmente, nos acompañará, como especie de eje transversal, de esta investigación, la convicción de que, desde los deseos y vicios humanos, nadie es capaz de llegar a ser verdaderamente feliz, mientras que con el ejercicio de las Bienaventuranzas sí podemos lograr dicha felicidad, y de paso podremos hacer felices a los demás.

Por lo tanto, sólo el que opta por vivir una vida pobre, es capaz de permitir que Dios reine en su vida. Eso le hace llevar una vida plena y feliz. En ese sentido, Jesús presenta un camino seguro para alcanzar la felicidad, que implica devolver la dignidad a los excluidos, a los abandonados, a los pobres. Será el ser humano quien, desde su plena

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CAPÍTULO I

EL SER HUMANO EN BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD.

1.1.El ser humano y la felicidad

El término “felicidad” es tan complejo que requiere varios términos para

designarlo: cumplimiento, vida buena, digna de vivirse, plena de significado, realización de uno mismo, perfección, integración, identidad; cualidad de la vida, bienestar de la persona2.

La felicidad es lo que todos necesariamente deseamos. Ella es la búsqueda constante del ser humano; ella está inscrita en lo más profundo de la historia humana. En último término, es el sentido de la propia existencia humana. De ahí que nace por reacción la necesidad urgente e indiscutible de encontrarle a la vida un significado último y

definitivo por el cual la vida merezca vivirse. Y esta es, sin duda, como dice Maslow, “la

motivación primaria del hombre”3. Porque, el hombre es el único ser que se pregunta por sí

mismo, por su naturaleza, por su destino, por el sentido de su vida. Es por eso que los seres humanos, a diferencia de los animales, buscan una libertad definitiva, un fundamento eterno para el amor, una razón válida para esperar, es decir, para hacer realidad el deseo de vivir siempre felices.

Unos piensan que la felicidad es un estado de satisfacción que se produce en la persona cuando cree haber alcanzado una meta deseada. Tal estado propiciaría paz interior y al mismo tiempo estimularía a conquistar nuevas metas. Se puede decir que es como una condición interna de satisfacción y de alegría.

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Según André Maurois, para ser feliz “hace falta un poco de cielo azul encima de nuestra cabeza, un vientecillo tibio, la paz del espíritu”4. Es posible aspirar a ser felices en

esta vida, como lo demuestra el hecho de que haya mucha gente que se confiesa como muy felices, lo que es algo que trasciende, que se nota. Pero, también la felicidad es algo que se puede aprender, puede escoger, se puede elegir. En una palabra, es algo que subyace al interior de toda persona humana.

Una persona feliz es la que se acepta como es, quiere ser lo que es y reconoce la vida que le ha tocado vivir. Se mueve en un terreno de la sencillez, de la naturalidad, de la espontaneidad y de la humildad. Sabe tejer el bello y policromado tapiz de la felicidad de su vida, con los múltiples y variados hilos de las pequeñas felicidades de cada día. Además, sabe que en el balance final solamente queda la felicidad que ha dado a los demás. Es por eso que jamás se afana o se inquieta por poseer mucho. Su secreto está en

disfrutar plenamente de lo que tiene5.

La felicidad en algunos pensadores:

 “La felicidad no es una posada en el camino, sino una forma de caminar por la vida” (Viktor Frankl)6.

 “La felicidad pertenece a los que se bastan a sí mismos, porque todas las fuentes externas de felicidad son, según su especie, inseguras, defectuosas, pasajeras y sometidas a la casualidad” (Schopenhauer)7.

“No hay más que un modo de ser felices, vivir para los demás” (L. Tolstoi)8

 “No hagáis depender vuestra felicidad de los demás” ( Mne. de Maintenon)9

El deseo de alcanzar la felicidad en un futuro consiste en ser feliz ahora mismo, en el presente de cada día. Es no dejarse atrapar por los sentimientos negativos del pasado, cuyos recuerdos malogran y perturban el presente. Es saber que lo realmente cuenta para ser felices y triunfar en la vida en cuanta tarea se proponga, es triunfar primero sobre sí

4 Tierno, Bernabé. Valores Humanos. Madrid: Taller de Editores S.A. 5ta. Edición, 1995, p. 193. 5 Cf. Ibídem., pp. 194-195.

6 Ídem.

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mismo, aceptándose y amándose como es, llegando a entusiasmarse con lo que tiene y de lo que vale.

Felicidad es aprender a vivir la vida con inmenso gozo; es descubrir que la esencia de la felicidad está en el gozo y en la gran satisfacción, plenitud y paz interior que proporciona el dar, la generosidad, la actitud de servicio, el vivir para hacer un poco más

felices a los demás. Por lo tanto, “la persona feliz lo es en cualquier lugar y circunstancia,

porque la felicidad nace en el interior, se forja en el interior y se disfruta en el corazón”10.

La persona feliz es inteligente, no cesa de sembrar en su mente ideas positivas reconfortantes y de esperanza, vive cada momento al máximo de sus posibilidades, y proyecta sobre los demás su propia felicidad.

En la búsqueda de la felicidad, “El ser humano es un eterno insatisfecho”11, que no

se conforma con lo que tiene ni con lo que es. Por eso, algunos creen que pueden encontrar la felicidad en otros lares, por ejemplo en la riqueza, en el placer, en el poder, entre otros subterfugios. Hablando de la riqueza, podemos decir que existen dos clases de riquezas, a saber:

Las naturales y las artificiales. Las naturales son las que sirven al hombre para satisfacer sus necesidades naturales como son el alimento, la bebida, el vestuario, los vehículos, la habitación y otras cosas semejantes. Las artificiales son aquellas con la que, de suyo, no se ayuda a la naturaleza, como es el dinero, pero que el arte humano inventó para facilitar los cambios, a fin de que sean una medida de las cosas banales del comercio12.

Es evidente que debemos reconocer que la felicidad no puede consistir sólo en las riquezas naturales, porque a éstas se las busca con otra finalidad que es ulterior, dígase para el sostenimiento de la naturaleza humana; por ello no puede ser fin último del hombre, sino que se ordena al ser humano como a un fin. De ahí que en el orden de la naturaleza, todas ellas están hechas por debajo del hombre, y hechas para servir al hombre. Las riquezas artificiales no se buscan, sino por las necesidades naturales, pues no se buscaría si

10 Ibídem. p. 197

11 Gastaldi, Ítalo, op. cit., p. 66.

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con ellas no se lograra comprar las cosas necesarias para el uso o ejercicio de la vida; luego, tienen mucho menos razón de fin último, eso es imposible. Por consiguiente, el fin

último de la persona no está en la riqueza13.

Respecto al placer, debemos decir que eso significa satisfacer los deseos, las necesidades, el disfrute de la vida en otras palabras, el placer es el medio para llenar las carencias humanas, y se cree que eso puede lograrse con mero esfuerzo humano y que es el mejor camino para ser inmensamente felices.

Pero no hay que confundir el placer que nos da el realizar ciertos actos que remueven las emociones y cuyos efectos se experimentan como efímeros, es decir, es una satisfacción nunca total, con la realización humana. La pasión del placer se supera y se eleva desde la donación. Si uno quiere vivir el placer de una vida sana, y la plenitud en el

placer, debe comenzar por dar, entregar y entregarse. “Hay más alegría en dar que en

recibir” (Hch 20,35b)14. Y si uno recibe es para dar más aún.

Para Aristóteles, la felicidad no consistía en los deleites corporales, ya que todo placer y gozo es de cierta forma, un accidente propio que se sigue de la felicidad, del bien

conveniente, si de verdad es perfecto es la felicidad misma del ser humano15.

Finalmente, hablando del poder, podemos decir que es el principio del proceso humano, cuyo fin último debe ser la felicidad. El poder sirve para el bien y para el mal, mientras que la felicidad es un bien propio y perfecto del ser humano. Se podría decir que un cierto modo de felicidad se lograría con el buen uso del poder, mediante la virtud más que con el mismo poder. Pero la felicidad no está en el poder, porque al ser la felicidad el bien perfecto, no puede provenir de ella ningún mal para nadie, lo cual no ocurre con los bienes citados, ya que el ser humano se ordena a la felicidad por principios interiores, debido a que la misma naturaleza está hecha para ello. Así lo afirma el libro V de la

Metafísica de Aristóteles16.

13 Cf.González, Luis. op. cit., p. 34.

14 Las cita bíblica son tomadas de la Biblia de Jerusalén, Bilbao: Ed. Desclée de Brouwer, 1999. 15 Citado por González, Luis, op. cit., p. 35.

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Y es así. El ser humanos se afana por adquirir poder en todas sus dimensiones. En la lucha entre clases sociales, en las familias, en los lugares de trabajo; todos quieren

creerse los más importantes porque son “los que mandan”. La ambición del poder se

puede superar desde el autodominio propio, que no es otra cosa que la virtud de poder

dominar y controlar el propio corazón y el propio cuerpo, dando a la capacidad del “poder”

su lugar apropiado y su medida en la vida. Es decir, el poder debe ser canalizado al Bien común.

Otros han buscado otros caminos para llegar a la felicidad. Muchos piensan

encontrar esa felicidad en el conocimiento, en la tecnología, en el éxito… y cuando han

alcanzado lo que deseaban, en su corazón sienten que algo sigue vacío.

Hay miles de razones externas que se argumentan para inducirnos a creer que la felicidad está escondida detrás de una relación social, de un trabajo diferente, de poseer determinados bienes. Pero no, la felicidad se escapa una y otra vez para todos los que la buscan fuera de ellos mismos.Es evidente que la felicidad depende, en parte, de las circunstancias, de la forma de ver la vida, de poseer ciertas cosas materiales. Pero todo ello resultan ser medios y no se puede transformar unos medios en fin último.

Algunos piensan que el mejor camino para que el ser humano alcance su felicidad es adhiriéndose a un credo religioso. Pero, entonces, se podría argumentar que el ser humano que se sienta infeliz lo es debido a que ha optado por un credo infeliz, mientras

que el ser humano feliz vive de un credo, indudablemente, feliz17.

Sin embargo, todos y cada uno de los seres humanos nos pasamos la vida buscando la felicidad eterna, el ser arcano que nos mantenga siempre felices. Se busca algo que nunca se acabe, una felicidad infinita, que sea capaz de llenar la vida en todos los momentos, con todas las personas y siempre. En el interior del hombre existe un afán de felicidad y de realización que es parte de su naturaleza humana. Esta felicidad tan ansiada, ese ideal de amor que no cesa, es muy difícil de encontrar, por no decir imposible. Muchos se han desviado en su búsqueda poniendo la felicidad en las cosas o en las personas, por lo que nunca van a dar con la satisfacción plena.

17 Para más datos sobre la infelicidad, Cf. Russell, Bertrand (1978), La conquista de la felicidad, Madrid:

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Aspirar a la felicidad es desear tener una vida fructífera y plena, tener, aquí y ahora una vida dichosa. Es vincular la felicidad a la perfección de la naturaleza humana,

perfección que en la moral cristiana se logra con la esforzada contemplación “beatífica”

de Dios, lo que va a suponer una felicidad que desborda lo histórico y que

roza en la auténtica desmesura que supone la eternidad18. Esto, lejos de ser una utopía

idílica, es una realidad de posible concreción, como lo veremos más adelante.

Cada día es una obra de arte, no existe poema más bello que vivir plenamente”19.

Incluso Nietzsche llegó a decir: “Quien tiene un porqué vivir, siempre encontrará un cómo”20. Los “porqué” tienen que ver con el significado de la vida, y este significado tiene

que ver con la felicidad. El problema está en que hemos puesto todo nuestro interés en los “cómo”, dejando de lado lo que es fundamental: el “porqué” queremos ser felices.

La felicidad verdadera es la felicidad ideal y perfecta, que se realiza en las siguientes condiciones: no es debida a la satisfacción de los malos deseos; no implica engaño ni ignorancia; es estable y no pasajera; implica que se aprecien las cosas más elevadas de la vida, es valorar a una persona, es juzgar si su estilo de vida es digno de imitación y de admiración. La felicidad es la que satisface las necesidades reales del ser humano, sus inclinaciones naturales. Es la que realiza el fin para el cual el hombre está

hecho, para el que ha sido creado, el fin asignado al ser humano por el creador21. Debido a

que el ser humano, mujer y varón, están orientados por su naturaleza hacia la felicidad, debemos reconocer que ese bien supremo y fin último del ser humano es Dios. Eso es indudable desde cualquier perspectiva antropológica

1.2. El aporte de la filosofía a la felicidad

La felicidad es el fin último de la actividad humana. Esta felicidad se alcanza mediante el ejercicio de las virtudes, que debe consistir en una cierta correspondencia

entre, por un lado, el sujeto: su conducta–vida moral– y sus experiencias y, por otro, el

18 Cf. Comte, André. La felicidad. Barcelona: Paidós, 2001, pp. 57-58. 19 Tierno, Bernabé, op. cit., p. 208.

20 Ibidem.

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mundo: sus bienes, el estado de sus cosas. Aristóteles sostiene que “el bien del hombre consiste en una actividad del alma, según la virtud y si las virtudes son más de una, según la mejor y la más perfecta”22; a continuación añade: “es evidente, sin embargo, que la

felicidad tiene necesidad, además de bienes exteriores”23. Esto significa que la felicidad no puede consistir sólo en una actividad del sujeto, sino que implica una relación entre el sujeto y su mundo. Esta presencia del mundo es también aludida en la definición kantiana,

que acentúa el aspecto subjetivo: “felicidad es la condición de un ser relacional en el

mundo, al que en toda su existencia, todo va de acuerdo a su deseo y querer”24.

Sin embargo, no cualquier relación entre el sujeto y el mundo constituye la felicidad, sino aquella que sea óptima, esto es, la más conveniente, tanto para el sujeto, como para el mundo. Se entiende por relación óptima aquella que es conocida y querida por el sujeto. La relación de conveniencia entre el sujeto y el mundo puede ser comprendida como felicidad sólo si las disponibilidades del mundo son capaces de realizar las potencialidades del sujeto. Ya que la felicidad no se realiza jamás de modo perfecto, sino que admite diversos modos de realización y diversidad de estabilidad es necesario, para que tal relación realice la felicidad, que el sujeto sea consciente, inteligente, capaz de relación25.

Si se tiene presente que entre las realidades de mundo con las que el sujeto entra en relación, el puesto principal lo ocupan las personas, entonces podemos decir que la felicidad tiene que ver con personas, y una en especial que es Dios, a quien entendemos como Persona, como principio trascendental de toda realidad. En ese mismo sentido,

Aristóteles sostenía: “Si, por consiguiente, hay alguna otra cosa que sea un don de los

dioses a los hombres, es razonable que también la felicidad sea un don divino, tanto más cuanto que ella es el mayor de los bienes humanos”26. De allí se colige que por ese

camino, la felicidad de la vida humana está estructuralmente abierta a una comunicación personal con Dios en forma de una revelación y de una gracia sobrenatural, como lo enseña el cristianismo. Por consiguiente, el ser humano es un buscador de la felicidad.

22 Ibidem, p. 44.

23 Ibidem 24 Ibidem

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Puesto que para Aristóteles la felicidad (o el placer) es aquello que acompaña a la realización del fin propio de cada ser vivo, la felicidad que le corresponde al hombre es la que le sobreviene cuando realiza toda actividad que le es la más propia, y cuando la realiza de un modo perfecto. Lo más propio del hombre es el alma, muchos más que el cuerpo, por lo que la felicidad humana tiene que ver más con la actividad espiritual que con la corporal. Y de las actividades del alma, las que más corresponden a la parte más típicamente humana, son la de orden intelectivo o racional.

En el alma intelectiva encontramos el entendimiento o intelecto y la voluntad de allí que llamamos virtud a la perfección de una disposición natural. En otras palabras, la felicidad más humana es la que corresponde a la vida teorética o del conocimiento; por ello, el hombre más feliz es el filósofo, y lo es en cuanto su razón se dirige al conocimiento de la realidad más perfecta: Dios y a la vida virtuosa.

Desde un punto de vista más realista, Aristóteles también aceptaba que para ser feliz era necesaria una cantidad moderada de bienes exteriores y afectos humanos. En resumen, Aristóteles hacía consistir la felicidad en la adquisición de la excelencia (virtud)

del carácter y de las facultades intelectivas27.

Para Platón, la felicidad sólo era posible en el mundo inteligible: “La felicidad, esa

sensación de plenitud, paz y serenidad que nos llena de alegría interior y nos permite disfrutar de la vida, parece ser una quimera inalcanzable para la mayoría de la gente”28.

Sin embargo, la felicidad era posible cuando el hombre podía contemplar las esencias de las cosas que, para este filósofo, eran las ideas de la divinidad. Platón reconocía que no se puede ser feliz sin ver la obra de Dios en el mundo, puesto que se manifiesta como modelo para la felicidad humana. Para que el hombre pueda alcanzar la felicidad era necesario que se identifique con la divinidad, practicando la virtud. La virtud es el conocimiento de lo que es realmente bueno para el hombre y la idea de lo que es bueno no es relativa, sino un

valor absoluto, porque si no fuera así no podría ser objeto de conocimiento29.

27 Cf. Vernealux, Roger. Textos de los grandes filósofos. Barcelona: Herder, 1988, pp. 84-86. 28 Ibídem. p. 47.

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Para Epicuro, “el placer es el principio y fin de la felicidad”30, lo que constituye

una verdadera ascética del placer o, mejor dicho, de un placer calculado que exige un gran control de sí mismo y una buena madurez intelectual. Para este filósofo es necesario saber seleccionar los placeres y saber calcular su medida, con el fin de eliminar lo más posible el sufrimiento. Sin embargo, ese placer constituye una aspiración generalizada entre los seres humanos de todos los tiempos.

Vivir rodeado de placeres y satisfacciones es el ideal que la sociedad de consumo difunde en la actualidad a través de los medios de comunicación. La teoría que desarrolla esta tendencia como criterio último de moralidad es el hedonismo.

Por su parte, para los estoicos31, “El ideal del hombre consiste en vivir conforme a

la naturaleza. De este modo se adapta al orden universal y consigue la felicidad”32. Por

eso, la dicha no consiste en el placer o en el interés individual, sino en la exigencia del bien, dictada por la razón que trasciende al individuo. El camino de la perfección reside en la apatheia, que es una actitud de indiferencia positiva frente a los acontecimientos; para alcanzarla, el ser humano debe cultivar la imperturbabilidad, para no dejarse desconcertar por nada que sea agradable o que sea desagradable, y así garantizar la tranquilidad de espíritu, en armonía total con la naturaleza. Todo lo que nos sucede - éxitos, alegrías, sufrimientos, muerte - es lo que nos conviene; aceptarlos, sin apego ni resistencia, es alcanzar la perfección, por lo tanto, la felicidad.

Para Emmanuel Kant, de ningún modo puede fundarse un pensamiento moral desde la felicidad, concepto ambiguo que no nos llevaría a una definición universal, ya que para

cada individuo, la felicidad se encuentra en cuestiones dispersas. Kant proponía “una ética

del deber”33, lo que significa que el valor moral sólo podía radicar en la voluntad del hombre, en “querer hacer el bien”, lo que era bueno en sí mismo. No puede el hombre actuar moralmente desde los sentimientos, ya que éstos son involuntarios. Para Kant, el

30 Navarro, J. y Calvo, T. Historia de la filosofía. Madrid: Anaya, 1990, p. 59.

31 Es una escuela filosófica del siglo IV a.C. sus principales representantes son Epicteto, Séneca y Marco

Aurelio.

(22)

deber se sostiene en la voluntad, que es un fin en sí mismo. No importa si el objeto de mi acción es en sí mismo bueno o malo, lo importante es la acción que me nueve a realizarlo.

Para Bentham34, la mayor felicidad, entendida como placer para el mayor número

de seres humanos, es su máxima de la acción moral. Esto, Bentham lo denominaba la

“maximización de la felicidad”. De ahí que el interés público esté siempre por encima del

interés particular, ya que la conducta debe regirse sólo por el interés, mientras que la virtud

sería el hábito de hacer bien las cuentas para lograr un más grande y mayor placer35.

Para Santo Tomás de Aquino, “la felicidad constituye el fin y el culmen de la

ética”36. Tanto la filosofía griega como la medieval interpretaban la vida humana de un modo teológico. El ser humano se encamina hacia un fin, y en el conocimiento y en la consecución de ese fin consisten, no sólo la sabiduría, sino también la felicidad. Tomás de Aquino empleaba la misma terminología aristotélica para la descripción de la felicidad en cuanto “contemplación de Dios”; en ese sentido, ponía la máxima felicidad del ser humano en la contemplación de la verdad, en el pensamiento del pensamiento, es decir en la contemplación intelectual de la verdad. Y es así como Santo Tomás ponía la felicidad en un más allá37.

Ser feliz, desde el pensamiento filosófico, ha sido siempre una cuestión vinculada al problema moral, como hemos expuesto anteriormente, porque está ligada a las costumbres, al hacer, al vivir con otros. El filósofo se debate entre una propuesta hedonista y otra de corte eudemonista, donde el hombre busca la felicidad en el placer o encuentra la felicidad en el ejercicio de la virtud. Sin embargo, no puede haber una vida feliz sin la prudencia, la bondad y la justicia, puesto que estas virtudes son connaturales a la vida feliz. Por lo tanto, el ser humano, llamado a ser feliz, podrá serlo desde la práctica de una virtud que le hace trascender y que lo pone en sintonía con el fin sublime de la vida, que en nuestro caso sería la contemplación plena de Dios.

34 Es el primer utilitarista con renombre universal. Del siglo XVIII, es un filántropo preocupado por la

felicidad de la humanidad, a cuyo servicio elabora la aritmética moral.

35 Cf.González, Luis. op. cit. p. 50.

(23)

1.3. El ser humano capaz de trascendencia

El ser humano es un ser dispuesto a la trascendencia, a pesar de la finitud de su sistema. Está siempre situado ante sí mismo como un todo; él puede cuestionarlo todo; puede, por lo menos, interrogar siempre todo aquello que puede enunciarse. En cuanto pone la posibilidad de un horizonte de preguntas meramente finito, esta posibilidad se muestra como el ser de un horizonte infinito. En cuanto experimenta radicalmente su finitud, va más allá de esa finitud y se experimenta como ser que trasciende.

El ser humano está siempre en camino, y cada respuesta vuelve a ser siempre el nacimiento de una nueva pregunta. El hombre se experimenta como una posibilidad infinita, pues vuelve a cuestionar siempre, desde la teoría y desde la praxis, cada resultado logrado; así, se desplaza siempre de nuevo a un horizonte más amplio, que se abre ante él

en un horizonte sin confines38.

La vida del ser humano está abierta y dirigida hacia realidades que lo trascienden.

El ser humano es finito, pero “el finito es un trascendental que puede ser objeto de una

consideración metafísica, sobre todo en su complementariedad con el infinito”39. El ser

humano va adquiriendo, año tras año, una identidad como persona, con todas las virtualidades propias del ser personal, en un movimiento de auto superación, orientado por la atracción de realidades que no forman parte de su ser actual.

Lo que permite al ser humano no estancarse en un determinado modo de vida, es su capacidad de descubrir realidades superiores, de alcanzar la felicidad a la que se siente atraído. Son estas realidades las que le proporcionan nuevos horizontes de vida y esto,

sobre todo, porque parte del principio de que “la trascendencia misma tiene una historia y

la historia es siempre el suceso de esta trascendencia”40.

El hombre es un ser que trasciende, en cuanto todo su conocimiento y su acción cognoscitiva están fundados en una anticipación del ser en general, en un saber no temático

38 Cf. Rahner, Karl. Curso fundamental sobre la fe. Barcelona: Ed. Herder, 1984, pp. 50-51. 39 Merino, José. op. cit., p. 272.

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pero ineludible acerca de la infinitud de la realidad. Por lo tanto, lo que soporta y abre la anticipación del ser humano a su amplitud absoluta de la trascendencia no puede ser la nada, el vacío completo, sino que es preciso entenderla como la presencia de aquello hacia lo que se encuentra abierto el hombre. Ahora bien, el movimiento de la trascendencia no es un poderoso construir del espacio infinito del sujeto, hecho desde el sujeto como poderío

absoluto del ser, sino la irradiación del horizonte infinito del ser41.

Dondequiera que el hombre se experimente a sí mismo en su trascendencia como el que pregunta, como el inquieto por esa irradiación del ser, como el expuesto a los inefables, no puede entenderse como sujeto en el sentido de sujeto absoluto, sino solamente en el sentido de receptor del ser, es decir de la Gracia. Por lo tanto, la trascendencia está en cierto modo detrás del ser humano, en el origen de su vida y de su conocer. Ya que el ser humano encuentra la verdadera felicidad solamente cuando trasciende su finitud, debemos concluir que ésta auténtica trascendencia nunca será alcanzada por la reflexión metafísica, sino por la experiencia de la mística. Esto pareciera ser algo indiscutible.

El movimiento de trascendencia en el hombre se revela desde su misma actividad productiva. La creatividad, la satisfacción, el perfeccionamiento, la admiración, la intencionalidad, la búsqueda de la felicidad son algunas de las manifestaciones de ese movimiento. La aspiración trascendente del ser humano constituye una negación de sí mismo como mundo cerrado y autosuficiente. En otras palabras, la persona humana no es un ser perfecto y acabado, sino un ser llamado, por su misma naturaleza, a buscar dicha perfección42.

Por lo tanto, el movimiento de trascendencia o de realidad trascendente para el ser humano constituye un tema de opción personal. Quienes pretenden negar su existencia, por no ser una realidad material objetiva, de fácil experiencia para todos, olvidan que, por definición, no puede ser algo material, ya que sería inferior al hombre en tanto cualidad del ser. Desde el momento en que supera esencialmente la cualidad más sublime del hombre, su subjetividad racional, el término de la trascendencia tiene que ser inmaterial y

41 Cf. Ibíd. p. 53.

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únicamente puede ser valorado con relación al grado de conciencia que cada sujeto posea de la plenitud de su vida personal, es decir, de su fin último para alcanzar la felicidad.

Para el cristiano, la divinidad constituye su máxima realidad trascendente. Ya que “la trascendencia por la auto-comunicación de Dios queda constituida en su concreción, significa tanto historia de la salvación como historia de la revelación”43. Hacia ella dirige su admiración y sus aspiraciones, en ella sitúa el conjunto de cualidades que constituyen la perfección del ser en cualquier orden: infinitud, eternidad, poder, bondad, sabiduría, libertad, felicidad, entre otras. Estas mismas cualidades del ser perfecto, u otras similares, son el ideal trascendente del hombre no religioso. Si prescindimos de la creencia en Dios, el común denominador, tanto para el creyente como para el no-creyente, reside en las manifestaciones de perfección del ser. Pero, el creyente vive su transcendencia con plenitud de sentido al saberse orientado hacia el mismo Dios, su creador, y animado con su misma vida divina.

Son estas manifestaciones de la perfección, sean en Dios o fuera de Él, las que, al ser apetecidas por el ser humano, se convierten para él en valores. El bienestar, la ciencia, la verdad, el amor, el arte, la comunidad, la vida sobrenatural, la libertad, la felicidad, etc., son valores trascendentes para el hombre, porque se le revelan como llamados que lo invitan a la plenitud del ser personal.

Podemos decir que el hombre no posee una existencia personal auténtica hasta el momento en que encarna en sí mismo un cuadro de valores o de consagraciones que le dan sentido a todos sus actos. Cada valor expresa una perfección determinada del ser. En este sentido, ello representa una perfección parcial. De ahí que la riqueza de una vida personal sea proporcional a la amplitud y a la intensidad de su cuadro de valores. González resume

muy bien este criterio cuando sostiene con mucha claridad que “el término de la

trascendencia será también más perfecto cuanto mayor sea su acumulación de valores”44.

43 Rahner, Karl, op. cit., p. 177.

44 González, Luis, op. cit., p. 96. Por eso, una religión como el cristianismo ofrece al hombre la promesa de la

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Lo mismo que le ocurre al ser humano individual, acontece también a la sociedad. La perfección de vida de un pueblo depende de la vivencia y de la trascendencia de sus valores. Las civilizaciones prosperan o decaen según mantengan o no vivos una serie de valores comunitarios que le inyectan vitalidad comunitaria. Si en nuestros pueblos, a pesar de su juventud, de sus riquezas y de sus ilusiones, aún existe una gran masa de individuos que arrastran una vida inhumana o, peor aún, despersonalizada, se debe, sin duda, a la pereza por afianzar en sus vidas aquellas estructura sociales permeadas de valores como la justicia, el amor, la libertad, la honestidad, la dignidad, que les proporcionaría mayor perfección humana y los encaminaría a una felicidad para todos y todas.

El ser humano es, y en él permanece el ser que le trasciende, es decir, Aquel Ente que se revela como misterio, como infinitud que abarca todas las realidades. Con ello, el

ser humano se convierte en la más grande y pura apertura para ese Misterio. “El hombre

puede ir más allá de lo concreto, de lo que está ubicado en el aquí y ahora”45. Sólo el ser

humano es capaz de experimentar la felicidad que indica plenitud, la misma que nos lleva, de algún modo, a transcender la finitud, para encontrarnos con la verdadera felicidad que es Dios, pues así llamamos, sin embargo, a ese Misterio, a Aquel Ente que es el punto de llegada a la plenificación del ser humano. A eso llamamos felicidad.

(27)

CAPÍTULO II

EL SER HUMANO CREADO POR DIOS, ENCUENTRA SU

FELICIDAD EN ÉL

La vocación del ser humano, desde el momento mismo de su creación, es alcanzar la felicidad; y esa felicidad la encuentra sólo en Dios, ya que, como hemos dicho antes, esto es algo que no puede ser atribuido a una mera conquista humana, sino que es un don de Dios, que se alcanza gracias a la participación peculiar de la divinidad.

La felicidad indica plenitud. ¿Cómo llegar a ella? Hemos visto que desde la filosofía se ensayan diversos caminos. En este segundo capítulo queremos centrarnos en la

propuesta de Jesús. Es el Maestro de Nazaret quien nos presenta una ruta –el camino de las

Bienaventuranzas– como medio eficaz para llegar al Padre y vivir la felicidad plena y

eterna, que consiste en ser felices sin afectar, ni abusar de los demás. Felicidad que, en último término, significa renunciar a uno mismo para así merecer esa felicidad.

2.1. Las Bienaventuranzas, camino de felicidad

Bienaventuranza o bienaventurado es un adjetivo que se asigna, originalmente, al estado feliz de alguien que está por encima de todo dolor o tensión terrenos. Es una alabanza admirativa que se convierte, luego, en un término técnico, en un género literario que en forma elevada y variada eleva a la persona a una felicidad que le cabe en suerte y le hace resaltar el motivo de esa suerte o felicidad. Este género era ya conocido en el Antiguo Testamento, donde aparecía, sobre todo, en los llamados libros sapienciales, donde se declara bienaventuradas a las personas.

En el Nuevo Testamento, la palabra “bienaventurado” tiene un sentido religioso. El

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cielos o, lo que es lo mismo, la participación de esa salvación. Por eso, las bienaventuranzas aparecen, sobre todo, durante la predicación escatológica del Reino de

Dios que hacen los Evangelios Sinópticos. La palabra “bienaventurado o feliz”, se

encuentra ochenta veces en el Antiguo Testamento y veintiocho veces en el Nuevo testamento.

De las diferentes alusiones a las bienaventuranzas en el Nuevo Testamento, son particularmente conocidas y estudiadas las 8 menciones que hace Mateo (5,3-12) y las 4 a

las que se refiere Lucas (6,20-33), las que vienen con cuatro “ayes” que son como tensión a

las bienaventuranzas (Cf. Lc 6,24-26)46. En esta disertación vamos a tomar las

bienaventuranzas de acuerdo a la versión del evangelio de Mateo, porque presenta de una forma más amplia su significado y alcances; además, porque las cuatro del evangelio de Lucas se encuentran contenidas dentro de la exposición de Mateo.

Cada cultura tiene su manera peculiar de expresar sus deseos o alabanzas. Los hebreos tienen su estilo de alabar a alguien o algo, mediante una bendición o una maldición. En ese sentido, la bendición sería la bienaventuranza o beatitud. La palabra „bienaventurado o feliz‟ se deriva del latínbeatus; éste a su vez es la traducción del griego macarios, que, por su parte traduce el término hebreo esré47.

La bienaventuranza, en sentido bíblico, consta de cuatro elementos:

1. Una palabra introductoria: feliz, dichoso…

2. Una persona: tú el que…

3. Una causa remota de esa felicidad: la virtud o acto que merece ese premio…

4. Una recompensa de esa buena acción: el cielo, la salud, la paz…

Las bienaventuranzas son una forma de felicitar a una persona porque ha logrado alcanzar algo que buscaba, o por asumir una determinada manera de ser que resulta admirable o deseable para quien por ello lo felicita. Por tanto, podemos decir que toda

46 Cf. Haag, H, Van Den Bon, A. y Ausejo, S. Diccionario de la Biblia. Barcelona: Herder, 10ma. Edición,

2000, p. 241.

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bienaventuranza tiene siempre un significado de alegría, de felicidad, de parabién y de felicitación, lo que nos permite sostener que toda bienaventuranza es como una moneda de dos caras: una más objetiva y otra más subjetiva. Quien posee la bienaventuranza disfruta de una suerte que le colma de satisfacción, y a quien ha alcanzado esa felicidad se le puede felicitar48.

Las bienaventuranzas son una serie de virtudes o actitudes fundamentales que acoge y vive una persona. Jesús nos presenta como una especie de síntesis de toda su enseñanza cuando proclama las bienaventuranzas. El Papa Benedicto XVI sostiene que es “como la antítesis neo testamentaria del Decálogo, como la ética superior de los cristianos”49.

En las bienaventuranzas se atribuyen la alegría y la felicidad a ciertas personas y ciertas actitudes, conectadas con frecuencia a una promesa de bendición futura. Tanto en Mateo como en Lucas, la primera bienaventuranza atañe a los pobres, mientras que la última se refiere a los perseguidos. A ellos, Jesús los declara propietarios del Reino de Dios, creando así una estrecha conexión entre el tema central de su anuncio y las actitudes

destacadas por Él50.

Para Santo Tomás, las bienaventuranzas, a las que dedicó la cuestión 69 de la I-II, no son hábitos, o sea disposiciones permanentes como las virtudes y los dones, sino que se

refiere a actos concretos, al hacer de cada momento. Si se llaman “bienaventuranzas” es

porque anuncian, bien por el mérito derivado de la acción buena, bien por un anuncio

incoativo, la bienaventuranza definitiva (Art.2)51.

Las bienaventuranzas no se tratan normalmente de un deseo, de una bendición cualquiera o de una promesa general. Quien pronuncia una bienaventuranza constata la existencia de una felicidad y la proclama. Los destinatarios son ya felices al momento que se los felicita; se trata de personas actualmente dichosas, aunque no tengan consciencia de su felicidad.

48 Cf. Flecha, José. Las Bienaventuranzas, caminos de felicidad. Madrid: BAC, 2011, p. 5. 49 Ratzinger, Joseph. Jesús de Nazaret. Bogotá: Ed. Planeta, 3ra. edición, 2007, p. 97. 50 Cf. Ibídem., p. 4.

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En el Antiguo Testamento, las bienaventuranzas proponen, por lo general, un valor admitido de antemano, que todos reconocen como tal, y que por ello mismo no necesita

justificación, como podemos ver en Eclo 26,1: “Dichoso el marido de una mujer buena…”.

Sin embargo, las bienaventuranzas de Jesús presentan unas características diferentes, van acompañadas de una explicación para que se entienda que a quienes se proclama felices

son personas a las que muchos consideran desdichadas: los pobres, los afligidos, los

perseguidos, etc. Es decir, Jesús propone valores que no son evidentes a primera vista, y

por ese motivo necesitan de una justificación: porque a ellos les pertenece el Reino de los

Cielos52.

Por lo tanto, la felicidad de la que hablan las bienaventuranzas no excluye la contrariedad y el sufrimiento; por el contrario, las personas son declaradas felices ahora, en virtud del porvenir que tienen por delante. Lo que el presente aún mantiene de penoso quedará eliminado por lo que vendrá después. La tensión entre la primera parte, que describe situaciones poco halagüeñas, y la segunda parte, que evoca un porvenir totalmente distinto, es una invitación a mantener viva la esperanza.

Este premio prometido en la primera y en la última bienaventuranza, según el

evangelio de Mateo, es el “Reino de los cielos”. En realidad, todas las otras

bienaventuranzas también se refieren a ese Reino de los cielos, pero se fijan sólo en determinados aspectos concretos. Este premio no puede ser interpretado sólo como algo que se concretiza en la otra vida, sino que ya comienza a realizarse en el presente de la vida actual. Es decir, todas las personas son dichosas porque pueden formar parte de la comunidad cristiana -Reino inicial de Dios- y, más tarde, serán parte del Reino definitivo de Dios53.

A diferencia de Lucas, el evangelio de Mateo pone en sus bienaventuranzas

determinadas “actitudes morales” que condicionan la promesa contenida en cada una de

52 Cf. Levoratti, Armando. “Evangelio Según San Mateo”. En Comentario Bíblico Latinoamericano San Jerónimo, Nuevo Testamento, Brown, R, Fitzmyer, J, Murphy, R (eds.), Navarra: Verbo Divino, 2003, p. 298.

53 Cf. Sicre, José. El cuadrante, Introducción a los Evangelios. Navarra: Verbo Divino, 9nª. edición, 2009, p.

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ellas. De este modo, al comienzo del sermón de la montaña se traza el cuadro de las virtudes cristianas que son, a su vez, las condiciones de admisión en el Reino de Dios. Esto nos recuerda a las liturgias de entrada que se rezaban durante el culto en el templo de

Jerusalén: ¿Quién subirá al monte de Yahvé?... el de manos limpias y puro corazón… (Sal

24,3-4), y nos lleva a un medio judeocristianismo que se ha formado en la tradición

anterior a Mateo, cuya presencia es claramente perceptible en todo su evangelio54.

La disposición de las bienaventuranzas trae a la memoria el paralelismo de la

poética hebrea55. En ese sentido, ser feliz, bíblicamente hablando, no tiene la connotación

que le da el lenguaje mundano: “estar feliz en la celebración del carnaval”, “gozar en las

playas”…, ni siquiera hace referencia a ser feliz en los goces sanos que ofrece la vida. Se trata de ser feliz con la felicidad que Dios ofrece en un contexto de salvación. Es ser consciente de la paz y del equilibrio interior, y ese equilibrio se consigue sólo con la ayuda de Dios.

Por eso sostenemos, una y otra vez, que toda felicidad viene de Dios. Él nos comunica su felicidad como consecuencia de su amor, un amor comunicativo que busca la

felicidad para todos. Dios es fuente de felicidad, así nos lo presenta su Palabra: Feliz la

nación cuyo Dios es Yahvé… (Sal 32, 12); Feliz quien confía en Dios… (Sal 34, 9); Feliz quien es perdonado… (Sal 32,1), etc.56. Éstas son beatificaciones que se cantan en los salmos para dejarnos claro que, al acercarnos al Señor, creemos en Él y podemos habitar en su casa, recibiendo su perdón. Eso es beber la felicidad en la fuente del Señor, fuente que nunca se agota.

A partir de Jesús, la felicidad estará vinculada al acontecimiento decisivo de su venida. Él es la encarnación máxima de las bienaventuranzas, ya que las vivió y las practicó en su propia vida. Las bienaventuranzas son la paradoja del Evangelio, son la

negación de la lógica humana ante la lógica evangélica: feliz el que llora, feliz el pobre,

54 Levoratti, Armando, op. cit., p. 298.

55 Es evidente que Mateo ha buscado cierta simetría en el ordenamiento del texto, que es uno de los pasajes

mejor estructurados de todo el Evangelio. Las ocho primeras están encuadradas entre los vv. 3 y 10b, que termina con la frase “porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Otro detalle que llama la atención es que, tanto la primera parte de la cuarta bienaventuranza, como la octava acaban con la palabra “justicia”.

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feliz el hambriento. No dice: feliz el rico, feliz el que ríe, feliz el que está repleto, porque la riqueza del hombre no consiste en “poseer cosas”, sino en poseer a Dios. Es allí donde el hombre no espera nada, es allí donde se revela Dios con toda su alegría. En el abismo de la pobreza de espíritu, de la limpieza de corazón, del llanto arrepentido, allí está la verdadera

felicidad. Como decía Karl Rahner: “Y esto hay que experimentarlo en la fe y sólo por la

imitación de Cristo”57.

Por otro lado, las bienaventuranzas establecen un orden nuevo, una escala nueva de

valores en la que, frente a los valores de la fe, se invierten los valores humanos. “las

bienaventuranzas son promesas en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús inaugura, en la que se invierten los valores”58. Se realizan todas las cosas ante lo único, absoluto y definitivo que es Jesús. Precisamente Jesús, al proponernos la felicidad de ser pobres, limpios y pacíficos, está programando un género de vida de una lógica inexorable para sus discípulos; dicho en otras palabras, Jesús expresa los rasgos del verdadero cristiano, diciendo que es quien acoge las condiciones del Reino que Él proclama en las bienaventuranzas. Por lo tanto, bienaventurado es quien vive como vivió Jesús. Y el Reino de los Cielos es un reino de felicidad producida por la imitación de Jesucristo.

Esta propuesta de Jesús es un contrapeso a las tentaciones humanas que ofrece el mundo. El ser humano, en este mundo, se mueve fundamentalmente por tres motivos: El afán de tener, el afán de poder y el afán de placer, y ahora Jesús, mensaje y mensajero, proclama un nuevo estilo de santidad; Él es el autor y el contenido de esas bienaventuranzas que nos propone un camino opuesto al del mundo. Frente a la fuerza del tesoro, del poder y del hedonismo, Jesús nos propone la riqueza de la pobreza, del desprendimiento y de la moderación.

Las bienaventuranzas son pautas para la vida, y realizarlas en la vida de cada discípulo es ser fiel al llamado recibido, es ser coherente con el discipulado al que nos llama Jesucristo. Ese es el camino indudable para alcanzar la felicidad.

57 Citado por Echeverri, Arturo, op. cit., p. 9.

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Luis Martínez59 presentaba las bienaventuranzas como escalones que conducían a la felicidad. Según él, las tres primeras bienaventuranzas nos enseñan cómo morir, pues nos

descubren el secreto de la muerte de aquello que las Escrituras llaman “el hombre viejo”,

enemigo formidable de la felicidad. Las cuatro últimas bienaventuranzas encierran el arcano de la vida, pues nos revelan cómo del sepulcro del hombre viejo resucita el hombre nuevo, creado según la voluntad de Dios, en justicia, santidad y verdad. La octava bienaventuranza es la bienaventuranza del dolor y del martirio, resumen y consumación de todas las anteriores.

El dolor es, en la tierra, la última palabra del amor, como la última en el cielo es el gozo. Es el dolor lo que se opone a la pobreza, lo exquisito de la dulzura, lo divino de las lágrimas, la majestad de la justicia, la unción de la misericordia, la pureza de la luz y la

saciedad del amor60

2.2 Reflexión teológica de las bienaventuranzas que nos enseñan a morir (al hombre viejo)

2.2.1 Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos

(Mt 5,3)

¿Quiénes son los pobres? El primer auditorio de Jesús era todo judío, y todos estaban muy empapados de la pobreza según la concepción dada en el Antiguo Testamento. Sin embargo, la afirmación que hace Jesús les tomó por sorpresa. Esta afirmación, en primera instancia, la van a entender en continuidad con las líneas del Antiguo Testamento. En otras palabras, creen que están en seguimiento de un Jesús que es un Mesías judío.

Esto se acentúa cuando el anuncio profético en el capítulo 61 de Isaías: “…Me ha

enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres…”, Jesús afirma, en la sinagoga de

59 Mons. Luis Martínez, teólogo y místico mexicano (1881-1956).Tras conocer a la venerable Concepción

Cabrera de Armida, se unió a la obra de la Cruz, haciendo votos privados como misionero del Espíritu Santo. Fue director espiritual de ella de 1925 a 1937.

(34)

Nazaret, que se está cumpliendo en Él (Cf. Lc 4,21). En el contexto del Segundo Isaías, los

pobres son “los cautivos”, “los corazones rotos”, “los abatidos”. Y ahora Jesús afirma que

en Él se cumplen estas profecías, pues asegura que él vino para predicar a los anawim61.

En la versión griega de los LXX, la palabra griega ptojós traduce las palabras

hebreas: aní que significa pobre, oprimido y encorvado; del que se traduce por pobre y

débil, y ebyón que significa indigente y menesteroso”62. Todos estos términos se refieren,

en primer lugar, a la pobreza en sentido económico, pero fueron adquiriendo paulatinamente una coloración moral y religiosa.

Este proceso de espiritualización está documentado en los Salmos. En el salmo 69

leemos: “los pobres y los oprimidos se identifican con los que buscan al Señor” (v. 33). El

salmista se considera uno de ellos: “soy un pobre desdichado” (v. 30), víctima de la

injusticia y de la crueldad de sus opresores. Como no tiene nada a qué apegarse en la tierra,

lo espera todo del Señor63.

En este proceso de espiritualización, ocupa un lugar destacado el profeta Sofonías, quien retoma el lenguaje de la pobreza y lo trasmuta, para invitar a los pobres del país a buscar la pobreza, es decir, a asumir ante Dios una actitud espiritual que radica esencialmente en la fe, con un matiz de abandono, de humildad y de absoluta confianza

(Cf. Sof 2,3; 3,12-13)64.

El sentido de la bienaventuranza se aclara, asimismo, a la luz de los documentos de Qumrán. Los miembros de esta comunidad eran extremadamente piadosos, pero de una

piedad legalista; se llamaban a sí mismos “los pobres”, y se consideraban elegidos por

Dios, porque cumplían sin fallos la Ley.

Sin embargo, el “pobre de espíritu” de Mt 5,3 no es el que cumple las leyes, sino

que son los humildes, los indigentes, los oprimidos y los desheredados de este mundo,

quienes, no teniendo nada, ponen toda su confianza en Dios. Es decir, son personas que

(35)

poseen actitudes espirituales hechas, a su vez, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. Son pobres, no sólo porque carecen de bienes materiales y de estatus social, sino

porque han tomado una decisión personal de serlo65. Hablar de pobreza no se trata sólo de

un discurso sobre las obras de misericordia que se practican, sino de testimoniar la opción por la pobreza como una forma de vida que se acepta con alegría y decisión.

Jesús ha venido a anunciar la Buena Noticia a este tipo de pobres (Cf. Mt 11,5). Por eso, a ellos los declara dichosos y les propone el Reino de los Cielos como herencia. A diferencia de Lucas, que se refiere a los pobres sin más (Cf. Lc 6,20), Mateo emplea la expresión “pobres en el espíritu”, es decir, la primera bienaventuranza se refiere a una pobreza que radica básicamente en el espíritu de cada persona, en su interior. No es una

pobreza puramente material, sino que incluye una cualidad ética y una actitud religiosa66

que indica que lo que cuenta es la actitud interna, la mentalidad, la disponibilidad profunda del ser humano para vivir la pobreza. Esta bienaventuranza es una invitación a imitar a Jesucristo, y para ello hay que optar por vivir la misma libertad que vivió Jesús.

El pobre de espíritu tiene que tener “alma de pobre”, no debe ser arrogante ni

pretender para sí mismo ningún mérito delante de Dios. “Jesús no proclama dichoso al

pobre sin más, sino al pobre que no quiere ser como los ricos”67; se trata de los pobres por

decisión propia, oponiéndose a los pobres que lo son por necesidad. Esa es la interpretación que Jesús mismo propone en Mt 6,24: la opción entre dos señores: o Dios o el dinero. Jesús proclama dichosas a las personas que se reconocen pobres delante de Dios. Lo típico del pobre es que sabe que no puede subsistir por sí mismo, que depende de la ayuda de los demás; del mismo modo, al reconocerse pobre ante Dios, sabe que no puede subsistir por sí mismo, que depende de la misericordia de Dios.

Por lo tanto, se trata de la pobreza como actitud espiritual de apertura a Dios. La pobreza material es un camino privilegiado para alcanzar la pobreza en el espíritu, pero de ningún modo es el único.

65 Cf. Ibidem

66 Cf. Ibidem, p. 298.

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