La relación amor-odio entre Derechos Humanos y Globalización: seis proposiciones sobre la necesidad de recuperar los derechos humanos como concepto crítico en el contexto de la actual globalización

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Título del Trabajo:

LA RELACI ÓN DE AMOR- ODI O ENTRE DERECHOS HUMANOS Y

GLOBALI ZACI ÓN. SEI S PROPOSI CI ONES SOBRE LA NECESI DAD

DE RECUPERAR LOS DERECHOS HUMANOS COMO CONCEPTO

CRÍ TI CO EN EL CONTEXTO DE LA ACTUAL GLOBALI ZACI ÓN

Autor:

Alejandro Medici

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Ponencia presentada en el

I I Congreso en Relaciones I nternacionales del I RI

La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina

11 y 12 de noviem bre de 2004

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I n t r odu cción .

En el presente trabaj o pretendo plantear algunos interrogantes para la discusión sobre los derechos hum anos en el contexto de la actual globalización neoliberal. Con ese fin intento presentar en form a de proposiciones teóricas y m etodológicas m uchas de las ideas que hem os venido discutiendo en los últim os cuatro años con los profesores, colegas y com pañeros del Doctorado en Derechos Hum anos y Desarrollo de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla y tam bién intento com enzar a desarrollar algunas de las intuiciones teóricas que surgen de m i trabaj o de tesis doctoral.

Por eso, lo he form ulado en form a de proposiciones para la discusión que no pretenden ser conclusiones definitivas, sino una contribución a la continuidad de una reflexión colectiva de la cual son deudoras y que viene expresándose en una renovación crítica de la teoría de los derechos hum anos que ya tiene un vasto caudal bibliográfico2.

En lo que hace a la fundam entación teórica, parto entonces de la ya célebre com prensión de los derechos hum anos com o im puros y contextuales a tram as de relaciones sociohistóricas: e l con j u n t o de pr oce sos ( n or m a t ivos, in st it u cion a le s y socia le s) qu e a br e n y con solida n e spa cios de lu ch a por la pa r t icu la r con ce pción de la dign ida d h u m a n a .

En lo que tiene que ver con el contexto de este trabaj o ( texto en relación a su contexto) , el m ism o está, ( y esto se notará por algunos ej em plos y notas) , influido por m i regreso a la Argentina, y podría decirse, que son, en general, ej em plos y situaciones com partidos en Latinoam érica.

A continuación, entonces, enuncio las siguientes proposiciones com o provocaciones a la discusión:

1 . La globa liz a ción e n t a n t o qu e con t e x t o de r e fle x ión sobr e los de r e ch os h u m a n os, de be se r e n t e n dida cr ít ica m e n t e : le j os de se r u n pr oce so obj e t ivo y sin su j e t os, e lla r e fle j a u n a t r a m a j e r á r qu ica y h e ge m ón ica , qu e a t r a ve sa da por pr ofu n da s de sigu a lda de s, e s pa r cia l y e n ú lt im a in st a n cia con t r a dict or ia con la u n ive r sa lida d, in divisibilida d e in t e r de pe n de n cia de los de r e ch os h u m a n os.

En los últim os años se va abriendo cam ino una visión crítica de la globalización, que sin negar las bases obj etivas de la m ism a en el desarrollo

2 Ver entre otras publicaciones Herrera Flores, Joaquín (Ed.) El vuelo de Anteo. Derechos humanos y

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de las “ nuevas tecnologías de la inform ación” y los desarrollos de las fuerzas productivas, com ienza a analizar críticam ente las relaciones sociales en sentido am plio ( económ icas, políticas, culturales) que enm arcan y dan form ato a esos desarrollos, com o el aspecto m ás artificial, construido, de la globalización. En ese sentido, la entienden tam bién com o posibilidad de pensar distintas form as de las relaciones sociales, com o producto de decisiones y no decisiones en el contexto de constelaciones y relaciones de fuerzas.

De la gobernancia sin gobierno y la interdependencia, se pasa a visualizar crecientem ente una tram a j erárquica de la globalización y sus consecuentes desigualdades sociales. De la presentación retórica de la novedad absoluta basada en un optim ism o tecnocrático ( por ej em plo, la sociedad postcapitalista de Peter Drucker, o la sociedad tecnotrónica de Brzezinski) , se pasa a reconocer la radicalización de las lógicas de acum ulación de capital propias del m odo de producción capitalista, y la ruptura solam ente en la continuidad del desarrollo de las fuerzas productivas com o característica inherente del m ism o.

De la exaltación de la naturalidad del nuevo m arco de relaciones sociales com o desregulación, flexibilización y dem ás im perativos en aras de la com petitividad de la nueva econom ía en el contexto del régim en de acum ulación postfordista, se pasa a identificar crecientem ente una nueva fase de relanzam iento de la acum ulación de capital que ya no adm ite alguna form a de com prom iso social entre el capital y el trabaj o, sino que provoca y profundiza procesos de exclusión y explotación, relanzando continuam ente la acum ulación prim itiva de capital. Proceso cuya lógica inherente necesita com odificar extensiva e intensivam ente m ás espacios de vida, agudizando las luchas y las resistencias sociales en el centro y en la periferia.

Por consiguiente, de una com prensión de los procesos de la globalización, que fue desarrollando aspectos parciales de la m ism a desde disciplinas diferentes com o los estudios de com unicación, econom ía, gestión y adm inistración de em presas, teoría de la cultura y relaciones internacionales, hem os pasado en los últim os años a una com prensión inter, e incluso transdisciplinaria de la m ism a, que busca entender su m odo de a r t icu la ción .

Por tal, debem os entender la relación entre procesos que aparecen com o separados y de diversa naturaleza y que sin em bargo, presentan, baj o una m irada atenta, ciertas com plem entariedades funcionales, ciertas form as de conexión o solapam ientos no evidentes en principio. Es así que en el caso de lo que com únm ente se llam a globalización, ella supone una conexión, interrelación, solapam iento de espacios sociales económ icos, políticos, culturales form ando de esta m anera una cierta tram a.

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instancias o disciplinas, sino de su totalidad no evidente que debe ser redescubierta. En ese sentido, la com prensión de las articulaciones “ es global” , aunque no sea evidente en prim era instancia.

Los estudios especializados desde diversos aspectos de las ciencias sociales sobre la/ s globalización/ es, en la m edida que fueron avanzando, se encontraron asom ándose siem pre fuera de los um brales oficialm ente aceptados de sus disciplinas. Los ecologistas tuvieron que trascender el estudio de ecosistem as aislados, desarrollando un pensam iento relacional y com plej o hasta hacerse cargo y enfrentar las consecuencias de la acum ulación, el gigantism o y el productivism o, aproxim ándose a la econom ía, la cultura y la política. Los econom istas, al m enos los que tuvieron y tienen un m ínim o de sentido crítico, tuvieron que hacerse cargo de que no podían tom ar a las consecuencias sociales y ecológicas de la producción com o m eras externalidades, sin m ás. Los estudiosos de las relaciones internacionales tuvieron que hacerse cargo de las relaciones socio-económ icas que abarcaban crecientem ente, adem ás de los estados, a nuevos actores com o las corporaciones transnacionales, las ONG y los m ovim ientos sociales que trascienden las fronteras. Los j uristas, com o verem os, se enfrentaron ante un contexto de creciente com plej idad que les obligaba a replantear sus paradigm as pensados desde un m arco de congruencia entre estado nacional soberano y ordenam iento j urídico, y así podríam os seguir inventariando los cam bios de percepción y las confluencias que el nuevo contexto provoca, obligando a pensar globalm ente.

La com plej idad y sus m etáforas com enzaron entonces a enseñorearse de los diferentes cam pos de las ciencias sociales, cada vez m ás solapados. A m edida que las diversas disciplinas se van descentrando de sus m atrices teóricas, encontrándose en una t er r a incógnit a en que se ven forzadas a

considerar m arcos conceptuales de otras disciplinas e incluso nuevos, resulta que la com prensión de las articulaciones de procesos en principio diferentes pero relacionados, asociados todos ellos a la globalización, es m ás fácil de enunciar que de desarrollar com o conocim iento crítico. Ello porque choca con la segm entación y especialización propias del discurso científico “ com petente” en el cual hem os sido form ados3.

Por el lado de lo fáctico, rastrear las pistas de la articulación global supone intentar descubrir los hilos que vinculan a los m uertos en el estrecho de Gibraltar y la frontera de México y los Estados Unidos, a los niños m uertos por desnutrición por ej em plo, en África subsahariana y Argentina, las crisis financieras “ contagiosas” y aun a las catástrofes ecológicas y a las “ guerras

3 Como explica Alejandro Dabat, la dificultad de comprensión de la globalización está anclada en las

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preventivas” del siglo XXI , con la opulencia de una ínfim a m inoría de la hum anidad.

Evidentem ente, existe una relación entre teoría social y procesos sociales, no unívoca, ni determ inada. La teoría social en sentido am plio, es una de las m anifestaciones de la realidad social, a la que pretende explicar y tom ar com o referente de form a, a veces, dem asiado pretenciosa. Lo real es siem pre un exceso respecto a la teoría.

Por lo tanto, estas convergencias y com plej idades de la teoría social actual están queriendo tom ar com o referente las transform aciones que van haciendo evidente las articulaciones sociales que se denom inan com o globalización.

Cuando m e refiero a la globalización com o articulación no se trata de un lugar físico de gobierno m undial, sino de com plem entariedades relativam ente funcionales, afinidades electivas, com o enlace entre procesos de diversa naturaleza , de una estructura de distribución de capacidades y por lo tanto de decisiones y no decisiones que sustentan ese lazo, de un ensam blaj e de conciencia relativa sobre intereses genéricam ente com partidos de los grupos sociales que se benefician del esquem a, y de una com binación de consenso y coacción para sustentarlo. Todo ello adem ás, com o sedim entación histórica, provisional y no perm anente.

Es decir, se trata de un espacio de tensión entre las tendencias de largo plazo, anónim as y obj etivas de un sistem a m undial y la acción estructurada-estructurante de los actores relevantes. Ni conspiración m undial de los dueños del m undo, ni procesos sin suj etos.

Finalm ente, son cada vez m ás las plurales voces y perspectivas que señalan que esa articulación de los procesos de la globalización, revela una tram a j erárquica, una constelación de fuerzas por las que los costos y riesgos sociales y am bientales socializados generosam ente, redundan en beneficios y privilegios privatizados m inoritariam ente. Un paso m ás dado en los últim os años: el de com prender la articulación com o una relación social. Susceptible entonces, en tanto que relación social, de una m irada que explique sus desigualdades, asim etrías, su tram a j erárquica, las fuerzas sociales actuantes, en definitiva, su politicidad.

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debate al que m e he referido en otra parte4, prefiero, en aras de la econom ía de extensión en este trabaj o, partir de un concepto básico de la globalización que señale cóm o la m ism a afecta a los derechos hum anos.

Sintéticam ente, la globa liz a ción pu e de e n t e n de r se com o u n pr oce so h e ge m ón ico y se le ct ivo de libe r a liz a cion e s y globa liz a cion e s, su st e n t a do sobr e u n m a r co j u r ídico- polít ico oligá r qu ico, qu e t r a scie n de los e st a dos, y e n don de la libe r t a d m á x im a la ost e n t a e l ca pit a l, m ie n t r a s qu e la polít ica de m ocr á t ica y los de r e ch os h u m a n os son los m e n os globa liz a dos, sa lvo con fin e s de le git im a ción ide ológica .

2 - La globa liz a ción pr odu ce dive r sa s for m a s de viole n cia socia l. Esa s for m a s de viole n cia socia l se e n t r e la z a n ( de lo m ola r a lo m ole cu la r , de lo m a cr o a lo m icr o, de la viole n cia e st r u ct u r a l a la pe r son a l) , de for m a con cr e t a e h ist ór ica e n la s sit u a cion e s, a t r a vé s de m ú lt iple s disposit ivos de pode r .

¿Qué entendem os por violencia social? La violencia, siguiendo a Johan Galtung5, existe en las relaciones sociales cuando los seres hum anos se ven influidos de tal m anera que sus realizaciones efectivas, som áticas y m entales, están por debaj o de sus realizaciones potenciales. Cuando se aum enta o no se reduce la distancia entre lo potencial y lo efectivo.

El nivel potencial de realización es aquello que es posible con un nivel dado de recursos y conocim ientos. Si el conocim iento o los recursos son m onopolizados por un grupo o clase, o si se utilizan para otros propósitos, entonces el nivel efectivo cae por debaj o del nivel potencial y existe violencia en el sistem a. Me parece evidente que no se trata sólo del conocim iento y los recursos en abstracto, sino de cóm o se articulan en el fluj o social de la actividad hum ana. Cóm o se producen y acum ulan las capacidades y m edios de actuar. Cóm o se definen, j erarquizan e im putan las necesidades y sus satisfactores.

De esta form a, la violencia surge donde las personas en vez de com poner una relación que potencie m utuam ente sus realizaciones som áticas y m entales en todos los órdenes de la vida, se vinculan por form as de dom inación, ( lo que Galtung llam a influencia de un suj eto sobre otro) . Me parece que existe una sim ilitud entre la explicación relacional y com plej a de la violencia de Galtung, y la teoría de las afecciones de Spinoza.

En la interpretación que hace Deleuze6 de la ética spinoziana, esta funciona

de form a relacional, construyendo relaciones que, o bien com ponen la

4 Medici, Alejandro. La otra globalización: movimientos, redes sociales y cultura de los derechos. De la resistencia a las alternativas. UPO. Sevilla. 2002. Tesis doctoral.

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potencia de los cuerpos con los otros cuerpos y los obj etos, por lo que la relación será buena, o bien funciona descom poniendo la potencia, reduciendo la realización de la potencialidad de una de las partes, para la que, por lo tanto, la relación será m ala. Si bien es riesgoso com parar y vincular conceptos sociológicos con conceptos filosóficos, creo que en general y por ende tam bién en este caso el ej ercicio es pertinente, toda vez que aquellos conceptos de la sociología no pueden desprenderse de ciertos supuestos básicos subyacentes de índole filosófica acerca de la vida, las personas y sus relaciones.

Por otra parte, es necesario enfatizar que la conm ensurabilidad no se da entre potencialidad y potencia, sino entre ésta últim a y la realización. En efecto, m ientras que la potencialidad se predica del género hum ano en su actual estado de recursos y conocim ientos, la potencia sólo se predica de la singularidad en situación. Por lo tanto, la pregunta es: en tal o cual situación, ¿las relaciones sociales favorecen la realización som ática o m ental potencial?, lo que equivale a preguntar si en esa situación se com pone o se descom pone la potencia.

La violencia es un vínculo, una form a de relación social por la cual uno de los térm inos realiza su poder acum ulado im pidiendo o recortando al m ism o tiem po la realización de la potencialidad som ática o m ental de la otra parte.

Luego, la violencia com o observable depende siem pre de un contexto de relaciones sociales que hace m ás visibles unas form as que otras. Siem pre existen form as de violencia reales no visibles7.

La clasificación de la violencia social de Galtung da cuenta de una com prensión que se hace cargo de la com plej idad y m ultiplicidad de form as en que ésta puede aparecer. Por otra parte, generalm ente se trata de m ultiviolencias, en el sentido de que se pueden separar sus form as solam ente en térm inos analíticos, pero su análisis en las situaciones concretas m uestra com o estas m anifestaciones aparecen siem pre entrelazadas. Las form as de violencia social, para el sociólogo noruego, son las siguientes:

- Deliberada o no deliberada. Esta distinción está dirigida a determ inar la culpa/ intención en la producción de la violencia social. Es la tradición de los sistem as éticos occidentales j udeocristianos que constituyen éticas dirigidas contra la violencia deliberada. Son m uy perm eables a invisibilizar la violencia estructural y han tenido, com o verem os, una gran influencia cultural en el paradigm a occidental de los derechos hum anos.

Aquí aparece otro aspecto de conm ensurabilidad entre la concepción galtuniana de la violencia y la teoría de las afecciones spinoziana interpretada por Deleuze. En efecto, para éste, en Spinoza no existe el Bien o el Mal, los suj etos no actúan com o encarnaciones de esos entes absolutos.

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Los suj etos com ponen su potencia o no, en cuyo caso sus relaciones son buenas o son m alas8 de form a inm anente a esas m ism as tram as sociales.

Esto m arca una discontinuidad im portante con la tradición cultural j udeo-cristiana que identifica actos intencionales de los suj etos que m anifiestan el Bien o el Mal en relación con una esfera trascendente, y que, com o ha puesto de relieve Galtung en su análisis de la cosm ovisión de Occidente, están en la base de la form a de percepción predom inante de la violencia social, com o generalm ente observable, intencional y personal, que ha influido decisivam ente en el paradigm a de los derechos hum anos, en tanto que producto cultural occidental.

- Manifiesta o latente. Según sea m ás o m enos fácilm ente observable. Pero adem ás, la violencia latente se define por su tendencia a m anifestarse en cualquier m om ento en una situación inestable por cam bio de la relación potencialidad/ efectividad. El nivel de realización efectiva no está suficientem ente protegido contra los factores de deterioro que la am enazan.

- Personal o estructural. Según exista un actor claram ente identificable o no. En el segundo caso la violencia está edificada dentro de la estructura y se m anifiesta com o un poder desigual, com o oportunidades distintas. Los m edios y las capacidades para la actividad social están desigualm ente distribuidos, pero sobre todo e st á de sigu a lm e n t e dist r ibu ido e l pode r de de cisión sobre esos m edios y recursos. Se produce en tram as de relaciones

sociales que provocan y reproducen explotación, heteronom ía, exclusión, fragm entación y m arginalización de individuos y grupos sociales. Según sea el criterio de análisis, los contextos de relaciones analizados desde esta perspectiva pueden ser locales, nacionales o globales, pudiendo hablarse, en este últim o caso, según Galtung, de im perialism o.

- Física o psicológica. Según se afecte la realización som ática por debaj o de su potencial, ej . restringiendo el m ovim iento ( encerram iento, suj eción) , infligiendo daños y sufrim ientos corporales, etc. o dism inuyendo las potencialidades m entales ( adoctrinam iento, m entira sistem ática, am enazas, lavado de cerebro) .

8 “Lo bueno tiene lugar cuando un cuerpo compone directamente su relación con la nuestra y aumenta

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- Con obj etos o sin obj etos.

Cabe tener en cuenta que e x ist e u n a r e la ción e st r e ch a e n t r e la s for m a s de e x t e r n a lida de s n e ga t iva s de la e con om ía y la s de la viole n cia e st r u ct u r a l. Los estudios del PNUD, y otras agencias

internacionales en la esfera de las Naciones Unidas, vienen m ostrando reiteradam ente que dado el nivel actual de recursos y conocim ientos, la realización som ática y m ental de dos terceras partes de la hum anidad están por debaj o de su realización potencial, y que esta situación ha tendido a agravarse con el despliegue de la lógica de la globalización.

Si tom am os com o ej em plo el caso de la salud en tanto que bien público, podem os ver cuales son las consecuencias de una m ercantilización de la producción y distribución de m edicam entos por las grandes m ultinacionales farm acéuticas y de la tendencia a la privatización de los servicios públicos de salud. La definición de Galtung, com o dij im os, sostiene que la violencia social se produce en la brecha entre la potencialidad de la realización som ática y m ental y su realización efectiva. Y que dicha potencialidad es función de los recursos y de los conocim ientos. Y principalm ente de la estructura de decisiones y no decisiones sobre los m ism os.

En la actualidad la ciencia ha llegado a un alto grado de conocim iento de la m ateria viva. La m edicina develó los m ecanism os de casi todas las patologías, al tiem po que se desarrolló una farm acopea m uy avanzada, sustentada tanto en los descubrim ientos de investigadores de todo el m undo, com o tam bién en la biodiversidad y el conocim iento local de las com unidades tradicionales en su interacción con la naturaleza.

Sin em bargo, la pobreza y la organización sanitaria m undial im piden la realización de ese potencial sanitario acum ulado: según las estadísticas de la OMS, la posibilidad de que un niño m uera antes de cinco años es de cinco por m il en Francia o en Cuba, pero supera los 200 por m il en países com o Zam bia, Níger o Malí.

Mientras que el prom edio de vida de los países industrializados es de 78 años, la esperanza de vida en el África subsahariana entre 1970 y 1998 sólo pasó de 44 a 48 años. Y si se dej a sin tratam iento a las personas afectadas por el virus del SI DA, la brecha seguirá aum entando drásticam ente9.

La falta de m edios de los sistem as públicos en los países m ás necesitados, la presión que suponen instituciones com o la OMC con su definición expandida de libre com ercio, que alcanza a servicios públicos esenciales com o el sanitario, su defensa de los derechos de propiedad intelectual de las m ultinacionales farm acéuticas que obstaculiza la fabricación de genéricos a baj o precio y el FMI con la im posición de aj ustes estructurales que recortan

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las presupuestos públicos de salud, son datos de la violencia social que acom pañan el despliegue de un m ercado m undial de la salud10.

Los diez m ayores laboratorios farm acéuticos transnacionales se enriquecen m ás rápidam ente que otros sectores industriales, pero sólo una pequeña parte de sus enorm es ingresos se invierten en la investigación. En general, la form ación de profesionales en el área de la salud proviene de instituciones públicas, los m edicam entos no vienen sólo de la industria quím ica, sino tam bién de la biodiversidad del planeta, cuyas características han sido descubiertas y desarrolladas por el conocim iento local de las com unidades tradicionales a lo largo de generaciones11.

De esta form a, que podría extenderse a ej em plos que tienen que ver con el m edio am biente, la diversidad cultural y biológica, la pobreza, las condiciones de trabaj o, la capacidad de producción de alim entos, la energía, la utilización del conocim iento científico para el desarrollo de arm am entos, y una larga lista de etcéteras, la econom ía de las externalidades de la globalización y la lógica de fractura del hacer social producen una profunda violencia social en todos los cam pos de la actividad hum ana. La lógica intrínseca de la globalización agrava la brecha entre potencialidad y realización efectiva, para decirlo en térm inos de Galtung, o descom pone la potencia de las relaciones para decirlo en los térm inos de Deleuze.

La intensidad de la lógica de la globalización, que en su versión discursiva acrítica es conceptualizada com o “ interdependencia” , y “ glocalización” , es com prensible com o articulación de dispositivos de clasificación, de control, de vigilancia, de disciplina, entrelazando las distintas form as de violencia que están en la base de las violaciones de derechos hum anos, en las situaciones concretas.

Los dispositivos son conj untos heterogéneos, que com prenden saberes, espacios físicos ( de habitación, encierro, terapéuticos, educativos, trabaj o, consum o, ocio, etc.) , discursos legitim adores y j ustificadores, instituciones, decisiones reglam entarias, leyes, m edidas adm inistrativas, enunciados científicos, posiciones filosóficas, fluj os de ( des) inform ación, com plicidades conscientes o inconscientes, etc. Entre estos elem entos existe un j uego, cam bio de posición, m odificaciones de funciones, que varían según la coyuntura histórica y las situaciones.

El dispositivo es una form ación que, en un m om ento histórico dado, tiene com o función m ayor responder a una urgencia. Es m enos y m ás que una ideología, en tanto opera en una retícula de saberes, técnicas, retazos ideológicos. Al m ism o tiem po, el dispositivo articula todos sus variados

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elem entos en función de una posición estratégica dom inante12, de lo m acro a lo m icrosocial, de lo m olar a lo m olecular.

Es por y a través de los dispositivos com o se controla, organiza y clasifica en segm entos el fluj o social del hacer y com o se separa a los productos ( económ icos, sim bólicos, m orales, j urídicos) de la actividad que los originó, en ese sentido, los dispositivos son a pa r a t os de ca pt u r a . Para cada cuerpo

hum ano, la trayectoria vital- activa entre los extrem os de la natividad y la m ortalidad no es aleatoria, sino que está condicionada socialm ente ( o biopolíticam ente) . Cada cuerpo hum ano está su j e t o a una red de relaciones

sociales, y hay puntos de espacio- tiem po que nunca atravesará, en la m edida en que está im plicado en relaciones de exclusión, y en todo caso la probabilidad de atravesar uno u otro punto queda afectada por las relaciones que le clasifican13. De esta form a la potencia, el poder- hacer de cada cuerpo hum ano es incierta ( nunca se sabe lo que un cuerpo puede) , se pliega o despliega en función de las afecciones que experim enta.

Si retom am os el ej em plo que veníam os desarrollando acerca de la salud, vem os com o en su resignificación de “ bien público” , a “ m ercado global de la salud” , operan unos dispositivos de poder: en la form a de instituciones ( la OMC ) , organizaciones com plej as ( m ultinacionales farm acéuticas) , norm as ( los tratados internacionales de protección de los derechos de propiedad intelectual de las com pañías farm acéuticas m ultinacionales , com o el TRI PS) , políticas sanitarias, discursos y saberes, ( científicos, terapéuticos, adm inistrativos, de gestión em presarial, de las com unidades tradicionales acerca de las propiedades sanitarias de la biodiversidad, etc.) . Estos dispositivos inciden en la reproducción vital: al transform ar la salud de bien público satisfactor de las necesidades de supervivencia, vida saludable y reproducción en m ercancía, en realidad opera un régim en de adm inistración de la vida y de la m uerte, articula la violencia estructural y la personal com o aum ento de la m orbilidad evitable que im pide la realización som ática posible de m illares de personas.

Dos puntualizaciones m ás: Los discursos, saberes y regím enes de enunciación del dispositivo de poder en torno a la globalización del m ercado sanitario, inciden tam bién en la construcción de las form as de violencia social derivada com o observable, es decir, en su grado de visibilidad/ invisibilidad. De esta form a, a las clases de violencia que Galtung m enciona, se podría agregar en térm inos de Pierre Bourdieu14 la violencia sim bólica, que pasa

j ustam ente por la acum ulación desigual de capital sim bólico que instituye un

12 En ese sentido, siguiendo a Foucault, un dispositivo articula “mecanismos de poder infinitesimales”, que tienen “su historia, su trayecto, su táctica” y que “han sido investidos, colonizados, utilizados, doblegados, extendidos por mecanismos cada vez más generales y formas de dominación global”. Foucault, Michel. “Genealogía del racismo”. Altamira Nordan-Comunidad. Montevideo. 1992. pg. 29.

13 I báñez, Jesús. Del algoritmo al sujeto. Perspectivas de la investigación social. SigloXXI . Madrid. 1985.pg.206.

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régim en escópico, de ( re) ( des) conocim iento de la salud com o bien público y com o derecho.

Por otra parte, el dispositivo no es algo externo, que desde afuera regula, clasifica, controla, disciplina, sino que, en tanto aparato de captura tiene en lo clasificado, regulado, controlado, disciplinado su “ m otor inm anente” o fuente de acum ulación. En el ej em plo que venim os desarrollando, se trata del conj unto de la actividad social que gira en torno a la salud, el estado del conocim iento científico y de los recursos socialm ente generados, lo que es apropiado ( y que nos sirve com o indicador de la violencia en tanto diferencia entre potencialidad y realización) .

Los dispositivos de poder son un referente fundam ental para com prender las coordenadas concretas, la retícula de relaciones en la que se produce la violencia social y por lo tanto, las violaciones de derechos hum anos en situación. Tam bién son un criterio fundam ental para m edir la potencia crítica de los paradigm as teorico- prácticos de derechos hum anos, ya que al m overse en un conj unto de saberes y prácticas, contrastan con la reducción de aquellos a los productos, saberes y prácticas j urídicos.

En efecto, com o intentaré explicar m ás adelante, recuperar una praxis potente de los derechos hum anos en el actual contexto, requiere construirlos com o contra- dispositivos de poder desde las situaciones, allí donde la fractura del hacer social, la clasificación, el control y la disciplina son resistidos y desbordados y el derecho es transform ado en espacio de lucha por la dignidad, por la expresión de la diversidad de la vida activa.

3 - El pa r a digm a occide n t a l – n or m a t ivo de los de r e ch os h u m a n os, h ist ór ica m e n t e h e ge m ón ico, pr e se n t a lím it e s in t e r n os qu e fa vor e ce n la in visibiliz a ción de la viole n cia e st r u ct u r a l de la globa liz a ción . D e be se r com ple m e n t a do con la con side r a ción de la s n e ce sida de s, los pr oce sos socia le s y la s e st r u ct u r a s e n e l a ct u a l con t e x t o.

Existen una serie de lím ites históricos intrínsecos al paradigm a occidental de los derechos hum anos en lo que hace a su protección, prom oción y tam bién a la doctrina, ya que en todos estos aspectos es m ucho m ás apto para ilum inar y com batir los aspectos personales de la violencia social que los estructurales.

Debem os rem itirnos entonces al contexto cultural que em papa el paradigm a dom inante de los derechos hum anos, para intentar sacar de la penum bra sus características estructurales, a lo largo de algunas dim ensiones culturales básicas, que se reúnen en lo que Galtung llam a una cosm ovisión: espacio, tiem po, saber, naturaleza, sociedad, trascendencia15.

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a) La im agen de la organización espacial del m undo que se tiene desde Occidente es autocentrada, con los centros sucesivos del capitalism o y la m odernización com o difusores de la civilización, y unas regiones periféricas a veces dóciles, pero frecuentem ente reacias a adoptar “ las luces” y reluctantes a ser incorporadas com o un “ occidente de segunda clase” . En esta im agen de la organización espacial del m undo existen tres supuestos básicos subyacentes activos: centralism o, con occidente com o centro causal del m undo, universalism o “ a priori” , con la idea de que lo que es bueno para occidente es bueno para el resto del m undo, y una dicotom ía bien/ m al, que m argina lo diferente, lo otro cultural, prom oviendo cruzadas en su contra.

Algo de esto sucedió históricam ente con los derechos hum anos, significante inventado y difundido desde Occidente, que generalm ente se consideran universales en el paradigm a dom inante en la m edida que sean form ateados en la versión occidental restringida de la dignidad hum ana y resultan ciegos a otras necesidades y prácticas de dignidad. Com o una profecía autocum plida, los resultados de la acum ulación de capital en escala m undial y los procesos geopolíticos perm iten a los países del centro m ostrar estándares m ás altos de eficacia de los derechos hum anos, y tornarse j ueces de su cum plim iento en el resto del m undo, transform ando algunos derechos, especialm ente los llam ados de “ prim era generación” en elem ento integrante de las “ nuevas condicionalidades” que acom pañan el despliegue de las asim etrías de la globalización.

b) La perspectiva del tiem po occidental com bina el progreso con una convergencia asintótica en un estadio final de la historia. Los derechos hum anos y la idea de desarrollo occidental cum plen esa idea, con un progreso en el cual Occidente está siem pre m ás adelantado y m arcando el m odelo al que el resto debe intentar acercarse. La asim etría en la capacidad de definir derechos y expandir conj untos de norm as, siem pre refuerza la posición vanguardista de Occidente y “ retrasada” del resto, así com o los contenidos del estadio m ás avanzado o m odélico, es decir, qué se puede esperar en térm inos de “ progreso” de los derechos hum anos. Sea en una versión lineal del desarrollo de los derechos, sea en una versión dialéctica, com o la que propone Norberto Bobbio en “ El Tiem po de los Derechos”16, éstos, son considerados im plícitam ente com o un proceso increscendo centrado y difundido siem pre desde Occidente.

Sin em bargo, la certidum bre de una progresión sin lím ites hacia la consecución de un t elos que se expresaba com o un program a de interés

genérico y universal, hoy ya no puede sustentarse ante todas las evidencias de una realidad adversa a la eficacia de cadenas norm ativas com pletas de derechos hum anos que no se corresponden con las relaciones sociales establecidas al com pás de la dinám ica de acum ulación de capital a escala m undial. “ Hoy nos invade y nos const it uye una sensación de pér dida de segur idad ont ológica a la vez que de innovación y cier t a consist encia de la

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fr agilidad que afect a indudablem ent e a la fundam ent ación ( t eór ica) y a la polít ica ( pr áct ica) de los der echos hum anos”17

Por lo tanto, esta perspectiva dom inante tiene dos consecuencias: Prim ero: considerar el producto norm ativo institucional y su funcionam iento, com o vim os, en form a casuística y selectiva y olvidar los procesos sociales sobre los que su funcionam iento se sustenta. De esta form a, la fij eza de las norm as j urídicas y de los procedim ientos puede quedar ciega frente a la historicidad de m arcos de relaciones sociales que aportan, m ás que al “ progreso” de los derechos, a su retroceso obj etivo, com o es el caso de las tendencias económ icas de la acum ulación de capital en la fase actual de globalización y los derechos económ icos, sociales, culturales y am bientales. Segundo: no considerar com o parte integrante de la tradición de los derechos hum anos a ideas y prácticas de dignidad hum ana aj enas al ám bito cultural occidental que es el centro de irradiación de los m ism os.

En realidad, los derechos hum anos se afirm an en los procesos sociales que hacen posible la apertura y consolidación institucional y norm ativa de espacios de lucha por la dignidad hum ana. Las instituciones y norm as deben entonces ser confrontadas en cuanto a su eficacia con los procesos sociales e históricos que les dan sustento, y de los cuales son el producto.

c) En cuanto al conocim iento occidental, su estructura es atom ística y deductiva por oposición al carácter m ás holístico y relacional de otros espacios culturales. De esta form a, la consideración de la eficacia de los derechos hum anos se realiza baj o un parám etro atom ista, derechos hum anos para n individuos, reconocidos en m norm as, perdiendo de vista los

contextos relacionales que sustentan la eficacia o la violación de los m ism os. Esto se reflej a en el individuo com o suj eto privilegiado de protección de las norm as de derechos hum anos, en detrim ento de los grupos sociales. Mientras tanto, en el plano internacional los suj etos privilegiados son los estados, quienes deben velar y responsabilizarse por los derechos.

Todavía el paradigm a dom inante pese a todas las evidencias de su insuficiencia, tiene grandes dificultades para proteger y prom over con eficacia que vaya m ás allá de lo m eram ente declarativo, derechos de grupos sociales, y de la propia naturaleza o desarrollar form as de responsabilidad por las violaciones de derechos que alcance tam bién a agentes sociales poderosos com o las corporaciones transnacionales industriales y financieras.

d) La relación con la naturaleza ha sido construida com o apropiación y dom inación usufructuada por los individuos. Quiere decir que la naturaleza, en relación de exterioridad e instrum entalidad a los seres hum anos, puede ser m anipulada a voluntad com o “ propiedad privada” . Esta relación que pone a la persona por encim a y apartada de la naturaleza se reflej a en los derechos hum anos y en la dificultad para considerar desde su paradigm a

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dom inante las relaciones sociales en el contexto m ás holístico de las interacciones con la naturaleza y sus consecuencias.

Todo esto se expresa en la grave insuficiencia de las soluciones típicas de un esquem a j urídico retributivo a través de sanciones, com o el principio de derecho am biental “ el que contam ina paga” , y la facilidad con que las prioridades productivistas de la industria en función de la acum ulación de capital, burlan los obj etivos de reducción de la contam inación y las em isiones que la causan ( típicam ente la dificultad para el cum plim iento del protocolo de Kyoto y otros instrum entos de derecho internacional am biental) , así com o la facilidad con que en el contexto de la econom ía capitalista globalizada, las corporaciones transnacionales diseñan su ingeniería j urídico- financiera con el fin de externalizar los costos am bientales y sociales.

Casos resonantes que reflej an contextos estructurales de violación de los derechos am bientales, económ icos, sociales y culturales de com unidades enteras, han sido conocidos no a partir de esos patrones de relaciones sociales, sino solam ente a causa de la represión de esas m ism as com unidades víctim as, y del asesinato de sus líderes, com o sucedió con los Ogoni en Nigeria, con Ken Saro Wiwa y con los caucheros en Acre, Brasil, cuando fue asesinado Chico Mendes. ¿Cuántas situaciones sim ilares en el m undo escapan a nuestra m irada acostum brada a la m iopía de la casuística de los hechos graves que revisten un “ caso” j urídico y m ediático?

e) La visión de la sociedad propia de Occidente enfatiza un esquem a vertical y fuertem ente com petitivo e individualista que j erarquiza la prim acía de los planos internacional y estatal.

La referencia a esferas trascendentes, tiene en la cultura occidental su origen en la teología j udeo- cristiana. Los derechos y los deberes se rem iten en últim a instancia a un Dios trascendental que está en el cielo del cual em anan, com o m andam ientos, que los j uzga, y por supuesto, tam bién se rem iten subsidiariam ente a la j erarquía de sus representantes en la tierra. Esta ética vertical trascendente occidental es m uy distinta a la ética horizontal –inm anente de reciprocidad de derechos y deberes de m uchas culturas extra occidentales, y se ha transm itido a lo largo de la historia a las instituciones nacionales e internacionales secularizadas, típicam ente el estado y las organizaciones interestatales.

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De esta form a, m ás allá de los m om entos de fundación, de institución, de ej ercicio del poder constituyente que genera, com o producto de los procesos históricos de lucha por la dignidad hum ana y del ej ercicio de la autonom ía, las nuevas legitim idades, la inercia de lo instituido consolida una estructura profundam ente vertical que discurre en la producción norm ativa desde arriba hacia abaj o, excesivam ente m ediada y heterónom a, y que disloca la titularidad sim bólica de los derechos y el ej ercicio efectivo de los m ism os.

En la óptica de Galtung entonces, la form a de operar en el contexto m undial de los derechos puede entenderse a través de una estructura descendente en cuyo tope están las organizaciones internacionales ( típicam ente el sistem a universal de protección de los derechos hum anos a través de las agencias de la ONU) , com o em isores de norm as ( la carta internacional de derechos hum anos: la Declaración Universal, los Pactos I nternacionales de Derechos Civiles y Políticos y de Derechos Económ icos, Sociales y Culturales, y luego los dem ás tratados e instrum entos internacionales) , los estados aparecen com o receptores de esas norm as y responsables últim os de su cum plim iento por acción y por om isión, por debaj o, los individuos, titulares sim bólicos de los derechos hum anos, son en la práctica los obj etos de protección de las norm as.

Me parece que otra im plicación im portante de este esquem a de Galtung, es que no existen norm as que consagren solam ente derechos, sino que im plícita o explícitam ente existe un esquem a de derechos y obligaciones, que se revela com o estructura social de los derechos hum anos si m iram os un poco m ás allá de la estructura norm ativa. Así, el estado destinatario de las norm as de la “ com unidad internacional” que cum ple con su responsabilidad, recibe a cam bio legitim idad en el sistem a m undial, m ientras que los individuos a los que se im putan la titularidad de derechos por el estado y las instituciones internacionales tienen frente al estado, en contrapartida, una serie de obligaciones o deberes: producir, tradicionalm ente im putado a los hom bres, de reproducir, tradicionalm ente im putado a las m uj eres18, es decir el deber de enriquecer el estado en térm inos de recursos m ateriales y hum anos, pagar im puestos, obedecer la ley, e incluso el deber m ilitar que puede im plicar, in ext r em is, el sacrificio de la propia vida en función de obj etivos

definidos por el propio estado.

Estos deberes son bastante pesados en algunos casos y reflej an una estructura paradój ica, cuando m ás derechos reconoce el estado proporcionalm ente crecen los deberes de los individuos, com o dice Galtung

“ El Est ado da, el Est ado saca, loado sea el nom br e del Est ado, por que es aquí que la sust ancia sem ej ant e a Dios fue t ransferida. Pregunt a básica:

¿Est o es un buen negocio?” .19

18 Nótese que la estructura de estas relaciones de producción y de reproducción, sustentan desigualdades de clases sociales y de géneros por las que capitalismo y patriarcalismo aparecen profundamente entrelazados material y simbólicamente.

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Las declaraciones de derechos sientan num erosas norm as acerca de la igualdad. Se refieren a lo que los individuos pueden hacer o tener; se refieren a la distribución de los recursos, no al poder sobre la distribución de recursos. En otras palabras: los derechos hum anos, tal com o se conciben usualm ente, son perfectam ente com patibles con el paternalism o con que los detentadores de poder lo distribuyen todo salvo el poder últim o sobre las distribuciones, de m anera que se obtiene una igualación ( form al) sin ningún cam bio en la estructura de poder. Lo fundam ental es la form a en que se llega a las decisiones acerca de la distribución y cóm o se ponen en m archa20.

Esta paradoj a de la ciudadanía com o “ centro de im putación” de derechos y deberes frente al estado, y la am bigüedad resultante de éste, que es al m ism o tiem po garante y responsable últim o por acción y om isión de los derechos ha sido apuntada tam bién por Juan Ram ón Capella en su ensayo sobre “ Los ciudadanos- siervos” . Pese a la retórica de la dem ocracia representativa y la ciudadanía, el proceso histórico tiene resultados diferentes: “ Hizo al est ado m ás fuer t e que ant es, con poder es de int er vención am pliados; t am bién for t aleció al poder ej ecut ivo del Est ado - el encar gado de la int er vención- , r espect o de la inst ancia r epr esent at iva...Y sobr e t odo, el pr oceso facilit ó la am pliación inaudit a del poder polít ico pr ivado que sur ge espont áneam ent e en el sist em a: el poder polít ico pr ivado del capit al, que cr ece, en la cor r elación de fuer zas, fr ent e al poder polít ico

público im poniendo su lex m er cat or ia” .21

Sin em bargo, esta perspectiva, pese a la pertinencia de la crítica a la verticalidad y heteronom ía de la relación de ciudadanía frente al estado, es todavía m uy tributaria de estados que retienen capacidad de regulación, que cubren con un recurso a lo público sus decisiones y que aspiran a m árgenes de representatividad todavía relativam ente im portantes. Es decir, a estados ubicados en los centros dinám icos de la acum ulación m undial de capital o “ centrales” . En los estados periféricos, donde han existido caricaturas populistas y clientelistas del estado de bienestar, o donde directam ente ese “ com prom iso social” que le daba sustento no ha existido, un desequilibrio entre el carácter obligante y los derechos im putados siem pre fue m ucho m ás visible, reflej ando la pervivencia de una com binación de form as de autoridad verticales asentadas en la tradición, el pasado colonial, y la desigualdad social m ucho m ás difíciles de j ustificar baj o la ideología de la representación dem ocrática. La verticalidad del estado, su carácter obligante y represivo siem pre han sido m ucho m ás claros, y por lo tanto, m ucho m ás patente tam bién su carácter am biguo, que hace por dem ás problem ático considerarlo garante sin m ás del cum plim iento de las norm as nacionales e internacionales de derechos.

La paradoj a de los procesos de dem ocratización que abarcaron vastas regiones del m undo, conocidos com o “ Tercera Ola” , consiste en la novedad

20 Galtung, Johan. Sobre la paz. Op.cit. pgs. 39/ 40.

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histórica de instalar regím enes políticos que se quieren dem ocráticos, al m ism o tiem po que en los contextos económ icos y sociales condicionantes producidos por la llam ada globalización, renuncian a posibilidades sustanciales de avanzar en la igualdad social y por lo tanto de trascender el plano declarativo y m eram ente sim bólico en lo que hace a la eficacia de los derechos que van m ás allá de los de la llam ada “ prim era generación” . De esta form a, las dem ocracias y las ciudadanías, que han rem itido siem pre a una reflexión teórica acerca de contextos históricos de avance de la igualdad y la autonom ía de los grupos sociales, han tenido que ser adj etivadas para dar cuenta de sus peculiaridades, principalm ente de su “ baj a intensidad” o carácter m eram ente form al. De la posibilidad históricam ente confirm ada, en definitiva, de coexistencia de regím enes políticos pretendidam ente dem ocráticos, “ de derecho” , con contextos de profundo agravam iento de la desigualdad social y la heteronom ía com o el que caracteriza a Am érica Latina en la actualidad.

Por lo tanto, el paradigm a dom inante en lo que hace a la protección, prom oción y tam bién a la doctrina de los derechos hum anos, es fuertem ente tributario de estas notas com unes de la cultura j urídica occidental.

Las características de esta cultura del derecho, hacen que: tom e com o unidad básica de análisis a los actores de form a individual ( individuos, estados, sea com o violadores o víctim as de las violaciones de derechos hum anos) y olvide las relaciones y posiciones entre ellos, es decir, lo que usualm ente se llam an estructuras que producen form as difusas y generalizadas de violación de los derechos22.

En ese sentido, la dim ensión básica es la intencionalidad de los actores en la violación de los derechos hum anos. De esta form a, se pone la tensión entre derechos y violaciones en el ej e contradictorio bien/ m al, siem pre im putable a los actores. Así, quedan al m argen contradicciones que hacen al contexto relacional y que son asum idas com o “ dados” m ás allá de la intencionalidad de los suj etos, tales com o las que se dan entre: explotación/ igualdad, colonización/ autonom ía, segm entación/ integración, fragm entación/ solidaridad, m arginalización/ participación23.

De ahí que en esta perspectiva, las causas de las violaciones de derechos hum anos tienden a quedar confinadas a un problem a delictivo, de suj etos que actúan com o “ encarnaciones del m al” , infligiendo daños a la vida, integridad personal y libertades de las víctim as, olvidando que m uchas veces es el propio contexto estructural el que produce las violaciones a partir de ser represivo, explotador, colonizador, segm entario, fragm entario, m arginador.

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La estrategia para enfrentar las violaciones consiste en buscar la responsabilidad estatal o personal del violador de los derechos, y restaurar, aunque sea sim bólicam ente, la situación de norm alidad anterior a la m ism a. Sin em bargo, de esta form a, quedan en penum bras los factores estructurales que coadyuvan a la violación. Generalm ente, el caso j urídico de violación es la punta de un iceberg y reflej a una práctica que sólo ocasionalm ente queda baj o las luces de los foros j udiciales. Es una form a de enfrentar típicam ente “ ex post” que actúa cuando el daño fue producido, cuando los bienes y necesidades tutelados por las norm as de derechos se han ausentado, aunque puede producir m ej ores condiciones para su eficacia en el futuro. De todas form as, su carácter casuístico es com patible con el m antenim iento de estructuras opresivas, en tanto el procedim iento y ritualización j urisdiccional actúan selectivam ente frente al conflicto social latente detrás de los “ eventos” aislados de violación de derechos hum anos.

El problem a es que m uchas violaciones de los derechos hum anos difusas, vinculadas a las características estructurales, com o por ej em plo, las que se desprenden de un contexto de producción de desigualdad económ ica o de form as de econom ía no sustentables, que degradan de form a continua y creciente el m edio am biente, no pueden ser eficazm ente com batidas si las estructuras no son “ llevadas a j uicio” por m edio de políticas y sobre todo de prácticas de producción/ reproducción sociales y am bientales que transform en esas relaciones en m ás j ustas y ecológicas.

Para esa estrategia predom inante orientada a los actores, los instrum entos por excelencia para responsabilizar / punir a los suj etos estatales y personales que violan derechos, consisten en desarrollar instituciones y norm as de garantía. Lo cual constituye un frente de lucha m uy im portante y necesario, al m ism o tiem po que insuficiente. Hacer descansar todo el peso de la protección, y la concepción teórico- práctica m ism a de los derechos en esos instrum entos, dej a en penum bras la tarea, ( inherentem ente política) , de transform ación de los contextos de relaciones que generan las violaciones, lo que es lo m ism o que decir que olvidan la dim ensión política y cultural de los derechos hum anos.

El “ tem po” de este paradigm a es el del acontecim iento de violación de los derechos en la form a de “ casos” individualm ente tom ados y que son “ ilum inados” en la publicidad del foro. Sin em bargo, esta visión tiene dificultades para registrar el carácter m ás o m enos continuo de las violaciones de derechos hum anos generados por determ inados contextos estructurales que quedan en una vasta zona de penum bra que la m irada “ j udicializante” no llega a penetrar.

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tratam iento periodístico del ham bre en la Argentina, en noviem bre de 2002, cuando las consecuencias de la grave crisis social que venía sufriendo m i país alcanzaban el status de “ noticia” ( en realidad, el hecho no constituía tanta novedad pero el increm ento de los índices de pobreza y de desnutrición infantil, hicieron que una violencia estructural presente desde m ucho antes de la crisis, se construyera com o “ observable” , desde los m edios de com unicación m asivos) .

“ El ham bre vuelve a atacar en Tucum án” , dispara el periodista desde el telediario del m ediodía. “ Muere otro niño de desnutrición en Misiones” titula el periódico vespertino acom pañando el encabezado con una fotografía de un niño con evidentes signos de desnutrición aguda, los oj os grandes y los huesos evidentes. El ham bre vuelve a atacar com o si fuera un agente antropom órfico, genio m aligno que asesina víctim as selectivam ente y que aparece solam ente en el contexto de “ la crisis” por la que atraviesa Argentina.

En esa operación de presentación casuística, algo por dem ás evidente y de larga data: la existencia de una estructura de relaciones sociales inj usta, se pierde, queda en la zona de penum bra. La elevación de los índices de m ortalidad infantil es apenas la consecuencia de ese contexto relacional por el cual un país que produce y exporta alim entos com o para sustentar la vida de 300 m illones de personas, t iene 18 m illones de habit ant es ( sobre 36 m illones) , por debaj o de la línea de pobreza24.

En síntesis, podem os apuntar las siguientes consecuencias del paradigm a dom inante en derechos hum anos: Prim ero, considerar el producto norm ativo institucional y su funcionam iento, com o vim os, en form a casuística y selectiva, olvidando los procesos sociales sobre los que su funcionam iento se sustenta. De esta form a, la fij eza de las norm as j urídicas y de los procedim ientos puede quedar ciega frente a la historicidad de los m arcos de relaciones sociales que aportan, m ás que al “ progreso” de los derechos, a su retroceso obj etivo, com o es el caso de los derechos económ icos, sociales, culturales y am bientales en el m arco de la lógica económ ica de la globalización capitalista neoliberal. Segundo, no considerar com o parte integrante de la tradición de los derechos hum anos a ideas y prácticas aj enas

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al ám bito cultural occidental. Tercero, reforzar las dim ensiones individualistas y estatalistas verticales. Cuarto, disociar la titularidad del ej ercicio de los derechos.

No se trata, después de pasar revista al paradigm a dom inante que hem os llam ado “ occidental –norm ativo” , de negar todo valor a los innegables avances que después de la segunda guerra m undial se han hecho en la prom oción y protección de los derechos hum anos por m edio del derecho internacional, sino de superar cierta incom unicación e invisibilización del contexto de violencia estructural propio de la globalización ( lo cual es paradój ico, ya que si algo tiene de característico, para bien o para m al este contexto, es la creciente visibilidad m ediática de todos y de todo, que no garantiza por sí m ism a “ audiencias críticas” , m ientras que el derecho, aparece com o un ám bito crecientem ente opaco aunque se presum e a sí m ism o público y conocido) .

Pero volviendo al hilo central de nuestra argum entación, se trata m ás que de negar la im portancia de los procedim ientos y norm as de derecho, lo cual sería necio, de com unicar, relacionar los m ism os con los procesos de lucha por la dignidad hum ana que expresan necesidades irrealizables de no m ediar m odificaciones de contextos de violencia estructural. Se trata de ir m ás allá de la punta del iceberg y de enj uiciar las relaciones sociales inj ustas. Se trata de com unicar e interpretar los procesos norm ativos de los derechos hum anos, con y desde los procesos sociales, las necesidades y las estructuras. Esta tarea se hace m ás urgente que nunca en el contexto de la globalización y sus consecuencias en m ateria de derechos hum anos. Finalm ente, presentam os un cuadro donde se m uestran las dim ensiones básicas de la perspectiva orientada el actor y la orientada a las estructuras, que deberían com plem entarse m utuam ente en los procesos sociales de construcción de derechos25:

Dimensión Perspectiva orientada al actor Perspectiva orientada a la estructura

Unidad básica. Actores (individuos, estados, etc.) Estructuras (posiciones y relaciones entre los actores)

Dimensiones básicas.

I ntención (Bien vs. Mal). Capacidad (Fuerte vs. Débil) Presencia (Pasiva vs. Activa)

Represión vs. Libertad. Explotación vs. Igualdad. Penetración vs. Autonomía. Segmentación vs. Integración. Fragmentación vs. Solidaridad. Marginación vs. Participación.

El problema del mal.

Actores que son malos, fuertes, activos.

Estructuras que son represivas, Explotadoras,

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Penetradoras, Segmentadotas, Fragmentadotas, Marginadoras. Cómo

enfrentarlo

Tornar los actores buenos, débiles o pasivos

Tornar las estructuras libres y justas, autónomas, integradas, solidarias y participativas.

Abordaje básico Énfasis en los actores malos;

Construir instituciones para contener a los actores.

Énfasis en las estructuras injustas; Transformar las estructuras.

Cosm ología tem poral.

Énfasis en actos y acontecim ientos.

Énfasis en las estructuras, o sea, en la duración.

Factor olvidado.

Ceguera sobre la estructura,

Aspectos invariables de los actores.

Ceguera sobre los act ores.

4 . Los lím it e s e x t e r n os a la pr oye cción globa l de l pa r a digm a dom in a n t e de los de r e ch os h u m a n os: En e l n u e vo con t e x t o, la for m a liz a ción t e ór ica de l pa r a digm a dom in a n t e com o dogm á t ica j u r ídica , y su pr oye cción a l con t e x t o globa l, e s, a de m á s, in a de cu a da , ya qu e e l de r e ch o in t e r n a cion a l de los de r e ch os h u m a n os, e s u n a de la s j u r idicida de s, qu e con dist in t a s for m a s, r a cion a lida de s, r it m os, obj e t ivos, y n ive le s de e fica cia , ca r a ct e r iz a n e l n u e vo con t e x t o.

Este paradigm a hegem ónico en la com prensión de los derechos hum anos que analizam os en la proposición anterior, en realidad, es una de las form as j urídicas que acom paña el despliegue de la globalización. Por eso, sus lím ites no derivan solam ente de sus características intrínsecas y de la cosm ovisión cultural occidental que reflej a, sino tam bién de su coexistencia e interacción con otras j uridicidades incoherentes e incluso contradictorias con sus obj etivos, form as y racionalidad en el contexto global.

Adem ás del derecho internacional de los derechos hum anos, tengo en cuenta otras dos form as de j uridicidad que surgen en el contexto de la globalización: la lex m ercatoria y el “ nuevo constitucionalism o” .

La prim era tiene que ver con las prácticas de las corporaciones transnacionales, que establecen un derecho inform al, consuetudinario a la vez que flexible para regir las relaciones con sus subcontratistas, con otras em presas transnacionales, e incluso entre sectores de su propio m ercado intraem presario.

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com erciales de los m ercaderes que trascendían la unidad económ ica de los feudos. La actual lex m ercatoria, resulta funcional a los nuevos m odelos de gestión y producción económ ica segm entados transnacionalm ente y articulados en una red que van m ás allá de las j urisdicciones estatales.

Su obj etivo es posibilitar una ingeniería j urídica financiera que m axim ice las ganancias y reduzca los costos transaccionales, sociales, am bientales y fiscales de la producción. De esta form a, la producción segm entaria se organiza teniendo en cuenta los costos de cada actividad, la posibilidad de externalización de los m ism os, desplazando las actividades de acuerdo a esta lógica, y la necesidad de flexibilidad e inform alidad para las transacciones y eventuales litigios evitando el lento y oneroso ritualism o de las instancias j urisdiccionales de los estados nacionales.

Más allá de las prácticas de las corporaciones transnacionales que pueden subsum irse baj o el rótulo de la lex m er cat or ia26, surge adem ás la pretensión

de un “ nuevo constitucionalism o”27, que brinde estabilidad y seguridad a la m ovilidad del capital, a través de instituciones y form as j urídicas ( tratados internacionales m ultilaterales) , que obliguen a los estados. Es decir, un nuevo constitucionalism o que utiliza la form a j urídica y su capacidad de constreñir, para asegurar, consolidar y estabilizar la lógica de la globalización neoliberal.

Este térm ino, ha sido acuñado para identificar “ la doct r ina y el conj unt o de fuer zas sociales que buscan est ablecer r est r icciones sobr e el cont r ol dem ocr át ico de las or ganizaciones e inst it uciones económ icas públicas y

privadas”28, y abarca en un sentido am plio, tanto la actual configuración

institucional de la Organización Mundial del Com ercio ( OMC) , com o el fracasado intento del Acuerdo Multilateral de I nversiones ( AMI ) , y el proceso de construcción del Acuerdo de Libre Com ercio de las Am éricas ( ALCA) . I ncluso, puede decirse que atañe a los aspectos m enos dem ocráticos de la UE en lo que hace a la falta de control ciudadano sobre el contenido de las decisiones que tom an sus agencias ej ecutivas.

El nuevo constitucionalism o es “ garantista” : trata de garantizar la libertad de entrada y salida del capital internacional m óvil en relación a diferentes espacios socio- económ icos.29 Las lim itaciones de política que esto supone en

26 Respecto a los antecedentes, características y vinculación de la lex mercatoria con el sistema mundial ver Faría, José Eduardo. El derecho en la economía globalizada. Trotta. Madrid. 2001. pgs. 134/ 137. De Sousa Santos, Boaventura. La globalización del derecho. Los nuevos caminos de la regulación y la emancipación. ILSA. Bogotá. 1998.pg.104/ 115. También Capella, Juan Ramón. Fruta prohibida. Trotta. Madrid. pgs.272/ 278.

27 El término corresponde a la corriente crítica neogramsciana de las relaciones internacionales y fue utilizado por primera vez por Stephen Gill. Ver Gill, Stephen. The emerging world order and european change. En: Miliband, Ralph and Panitch, Leo.(eds.) The new world order. Socialist Register 1992. Merlin Press. London.1992.

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una era de sustancial m ovilidad del capital, significan que los líderes políticos serán tan responsables ante los m ercados internacionales, com o lo son ante los electorados. Es decir, deberán aprobar un doble test, ante dos principios de legitim ación crecientem ente contradictorios, lo que explica la erosión de la representatividad política y el corrim iento hacia el costado represivo, en el continuo consenso/ coerción en el que se enm arcan los m ecanism os de dom inación, especialm ente en los estados periféricos, hasta hace poco llam ados “ m ercados em ergentes” de Asia, Am érica Latina, etc.

Reflexionando sobre el proceso de construcción de la UE, en sus aspectos m enos dem ocráticos, relacionados con las agencias ej ecutivas de carácter económ ico y político carentes de controles y lej anas de la ciudadanía, cuyas decisiones prevalecen sobre las leyes y a veces sobre las constituciones, Luigi Ferraj oli se ocupa del “ nuevo constitucionalism o” . Ferraj oli verifica una crisis del constitucionalism o “ subsiguient e a la alt eración del sist em a de fuent es pr oducida por el ingr eso de fuent es de car áct er int er nacional en

nuest r o or denam ient o” , situación que “lleva consigo el r iesgo de defor m ar la

est r uct ur a const it ucional de nuest r as dem ocr acias...que, est á en la base de

la función m ism a del derecho com o sist em a de garant ías”30

Por otra parte, la coexistencia de legitim aciones diversas, aquella basada en la dem ocracia y los derechos y la que sustenta ideológicam ente la globalización neoliberal, y su traducción en el plano institucional y j urídico de la em ergencia del “ nuevo constitucionalism o” , hace difícil establecer claram ente la j erarquía de las fuentes norm ativas y alej a radicalm ente cualquier tendencia ( siem pre irrealizada) , hacia la unidad, coherencia y com pletitud del derecho internacional.

El “ nuevo constitucionalism o” plantea entonces, un paradigm a j urídico31 opuesto al del constitucionalism o global o la globalización del estado de derecho y que pugna por hacerse hegem ónico, com o ya lo son los intereses económ icos y financieros y la ideología neoliberal que lo sustentan.

En la teoría del derecho, el paradigm a que en la tesis anterior denom inam os com o “ norm ativo occidental” ha sido alim entado por las form as de entender el fenóm eno j urídico construidas desde la dogm ática j urídica. Ellas suponen la ubicación del orden j urídico en un locus

privilegiado, el estado nacional soberano. De esta form a, la dogm ática j urídica construye esa im agen piram idal del derecho en la cual hem os sido form ados los operadores j urídicos en general. Con una constitución, unas norm as generales- abstractas y unas norm as particulares que las aplican a los

30 Ferrajoli, Luigi. Derechos y garantías. La ley del más débil. Trotta. Madrid. Pg.30.

31 Por paradigma jurídico venimos entendiendo, siguiendo a Jürgen Habermas, “Los nexos de sentido que permanecen latentes para los implicados mismos y que objetivamente establecen una conexión entre el sistema jurídico y su entorno social, y también subjetivamente, a través de la imagen que los juristas se hacen de sus contextos sociales.”

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casos concretos, cayendo en cascada desde el vértice a partir de las ideas de sistem aticidad, unidad o m onism o del derecho que nace del m onopolio estatal de la producción j urídica, j erarquía de fuentes, derivación lógico norm ativa, etc.

Estas características tienen que ver tam bién con el lado form al del estado de derecho: la seguridad j urídica que se alcanza al regular norm ativam ente patrones de relaciones sociales relativam ente estables o previsibles que aseguran una esfera de producción y reproducción económ ica, y por lo tanto, de acum ulación de capital que generalm ente se traduce en las im ágenes y m etáforas de los m ercados y de los contratos en la época del estado liberal, y de los acuerdos neocorporativos o pactos sociales en la época de los estados de com prom iso, sea en sus versiones centrales o periféricas.

Sin em bargo, com o lo ha explicado de diferentes form as la extensa literatura que analiza el im pacto de los procesos de globalización sobre el estado, la soberanía está siendo afectada, cuando no seriam ente m ellada y las funciones estatales m odificadas por el nuevo contexto.

Aquí vale hacer la aclaración de que no com parto ciertas visiones globalistas que sustentan la lisa y llana desaparición del estado soberano com o actor relevante. Estas posiciones reflej an un reduccionism o y un sim plism o en el nuevo contexto, sim ilar a las versiones reduccionistas de las épocas de apogeo del estado nacional en la llam ada teoría general del estado, que se reflej aban en una visión m etafísica de la soberanía32. Pero una vez hecha esta necesaria aclaración es necesario advertir que en tanto la relación social que se expresa en la form a estado se m odifica con los procesos de la globalización, se está m odificando tam bién al m ism o tiem po el supuesto básico subyacente de la teoría dogm ática del derecho que em papa el paradigm a norm ativista –occidental de los derechos hum anos.

32 El estado era considerado como un macro sujeto con personalidad jurídica, con características

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En efecto, el estado capitalista de la época de la globalización neoliberal y el predom inio de la fracción financiera es, tanto en el centro com o en la periferia, m uy diferente del estado liberal y del estado de com prom iso social. Se caracteriza por ser balizado y lim itado en su elenco de políticas económ icas: a) Por una fuerte heteroreferencia hacia la centralidad del m ercado com o espacio social privilegiado, b) por su tendencia a intentar m ediar entre sistem as norm ativos funcionalm ente diferenciados y relativam ente autónom os que afectan la pretensión de estructuración j erárquica, basada en norm as abstractas y generales. Finalm ente, c) por su creciente dificultad para lograr un com prom iso entre su carácter capitalista y por lo tanto, garante de la acum ulación de capital para sus agentes económ icos y de representante de una legitim idad dem ocrática ante sus ciudadanos titulares de derechos. Esta tensión entre legitim ación y acum ulación se hace m ás patente cuando el estado m enos participa de los centros y procesos m ás dinám icos de la econom ía- m undo capitalista.

Com o explica José Eduardo Faría33, la reflexión sobre estos cam bios en las form as de j uridicidad que acom pañan el despliegue de los procesos de globalización, ha sido abordada principalm ente desde dos enfoques: el derecho internacional público y el pluralism o j urídico.

El prim ero parece adaptarse m ej or al nuevo contexto que la im agen dogm ática del derecho, dadas sus características: un baj o grado de coercibilidad, una indiferenciación j erárquica de sus norm as que surge del principio ( form al) de la igualdad soberana de los estados com o actores del derecho internacional, lo que está en el origen de su evolución hacia técnicas de com posición de intereses, garantías de coexistencia y cooperación que m origeraron históricam ente el siem pre posible recurso a la fuerza com o solución de los conflictos en las relaciones internacionales.

Al ser el derecho internacional entonces, un derecho construido preponderantem ente com o convenciones entre suj etos soberanos, la distinción propia de los órdenes j urídicos nacionales j erárquicos entre ley y contrato se difum ina en el contexto internacional, y la cohesión j urídica no puede estar asegurada siguiendo una lógica vertical sino una transversal y horizontal.

Si una de las im ágenes y obj etivos de las tendencias neoidealistas y cosm opolitas de las relaciones internacionales que se tuvo siem pre presente desde el fin de la segunda guerra m undial y la creación del sistem a ONU ha sido el de un derecho internacional que tendía a parecerse m ás a los ordenam ientos j urídicos nacionales teniendo en su vértice una j erarquía de norm as que aseguraban la proscripción del uso de la fuerza en las relaciones internacionales, la cooperación y la paz internacionales, y los derechos hum anos, la realidad de las form as de j uridicidad que acom pañan el despliegue de la globalización realm ente existente, parece ser el de la

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