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las cronicas de narnia el caballo y el muchacho pdf

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(1)

Clive S. Lewis

LAS CRONICAS DE NARNIA:

EL CABALLO Y SU NIÑO

(2)

Texto de dominio público.

Este texto digital es de DOMINIO PÚBLICO en Argentina por cumplirse más de 30 años de la muerte de su autor (Ley 11.723 de Propiedad Intelectual). Sin embargo, no todas las leyes de Propiedad Intelectual son iguales en los diferentes países del mundo.

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I COMO SHASTA PARTIO DE VIAJE ... 4

II UNA AVENTURA EN EL CAMINO... 10

III A LAS PUERTAS DE TASHBAAN ... 17

IV SHASTA SE ENCUENTRA CON LOS NARNIANOS ... 23

V EL PRINCIPE CORIN... 29

VI SHASTA EN MEDIO DE LAS TUMBAS ... 35

VII ARAVIS EN TASHBAAN... 40

VIII EN CASA DEL TISROC... 46

IX A TRAVÉS DEL DESIERTO ... 51

X EL ERMITAÑO DE LA FRONTERA SUR ... 56

XI EL IMPORTUNO COMPAÑERO DE VIAJE... 63

XII SHASTA EN NARNIA ... 69

XIII LA BATALLA DE ANVARD... 75

XIV COMO BRI LLEGO A SER UN CABALLO MAS JUICIOSO ... 81

XV RABADASH EL RIDICULO... 87

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I COMO SHASTA PARTIO DE VIAJE

STA es la historia de una aventura acaecida en Narnia y en Calormen y en las tierras que hay entre ambos países, durante la Epoca de Oro cuando Pedro era el gran Rey de Narnia y su hermano era Rey y sus dos hermanas Reinas bajo su mando.

En aquellos días, en una pequeña caleta al extremo sur de Calormen, vivía un pobre pescador de nombre Arshish y con él un niño que lo llamaba padre. El nombre del niño era Shasta. La mayoría de los días Arshish salía en su bote a pescar por la mañana, y por la tarde enganchaba su burro a un carro y lo cargaba con el pescado y se iba un kilómetro o más hacia el sur, hasta el pueblo, para venderlo. Si vendía bien, volvería a casa de un talante moderadamente bueno y no diría nada a Shasta; pero si vendía mal, le echaría la culpa a él y quizás le pegaría. Siempre había de qué echarle la culpa, pues Shasta tenía mucho trabajo que hacer: zurcir y lavar las redes, cocinar la cena y limpiar la cabaña en que vivían.

Shasta no sentía la menor curiosidad por cualquier cosa que estuviese al sur de su casa, porque una o dos veces había ido al pueblo con Arshish y sabía que no había nada muy interesante allí. En el pueblo sólo había conocido otros hombres iguales a su padre, hombres vestidos en largas y sucias túnicas, con zapatos de madera, con la punta del pie vuelta hacia arriba, y turbantes en sus cabezas, y barbas, y que hablaban entre ellos lentamente sobre cosas que parecían muy aburridas. Pero estaba muy interesado en todo lo que hubiera al norte, porque nadie había ido jamás hacia aquel lado y a él nunca le habían permitido hacerlo. Cuando se sentaba afuera zurciendo las redes, solo, a menudo miraba con ansias hacia el norte. No se veía nada más que una ladera cubierta de hierba que subía hasta una cumbre plana y más atrás un cielo donde tal vez volaban algunos pájaros.

A veces si Arshish estaba ahí, Shasta le decía: —Oh padre mío, ¿qué hay más allá de esa colina?

Y si el pescador estaba de malhumor le daría una cachetada a Shasta y le diría que se ocupara de su trabajo. O si estaba de humor apacible diría:

—Oh hijo mío, no dejes que tu mente se distraiga en preguntas inútiles. Pues uno de los poetas ha dicho: “La dedicación a los negocios es la raíz de la prosperidad, mas los que hacen preguntas que no les conciernen están conduciendo el barco de la locura hacia la roca de la indigencia”.

Shasta pensaba que más allá de la colina debía haber algún delicioso secreto que su padre quería esconderle. En realidad, sin embargo, el pescador hablaba así porque no sabía qué había al norte. Tampoco le importaba. Tenía una mentalidad muy práctica.

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arrodillándose delante de él hasta que su barba tocó la tierra e hizo señas a Shasta para que se arrodillase también.

El desconocido exigió hospitalidad por esa noche y el pescador, por supuesto, no osó negársela. Puso ante el Tarkaan todo lo mejor que tenían para que cenara (y a él no le gustó nada) y a Shasta, como siempre sucedía cuando el pescador tenía visitas, le dio un pedazo de pan y lo echó fuera de la cabaña. En tales ocasiones, por lo general, dormía con el burro en su pequeño establo de paja. Pero era demasiado temprano para irse a dormir, y Shasta, que nunca había aprendido que era malo escuchar detrás de la puerta, se sentó con el oído puesto en una rendija en la pared de madera de la cabaña para escuchar lo que los mayores estaban hablando. Y esto es lo que oyó:

—Y ahora, oh mi huésped —dijo el Tarkaan—, tengo ganas de comprar a ese niño tuyo.

—¡Oh mi señor! —repuso el pescador (y Shasta, por el tono mimoso, supo que una mirada de codicia brillaba en su cara al decir estas palabras)—, ¿qué precio podría inducir a tu sirviente, a pesar de su pobreza, a vender como esclavo a su único hijo, a su propia carne? ¿No ha dicho uno de los poetas: “La voz de la sangre es más fuerte que la sopa y los hijos más preciosos que los diamantes”?

—Así es —replicó el huésped secamente—. Pero otro poeta dijo además: “El que trata de engañar al prudente ya está desnudando su propia espalda para el azote”. No llenes tu anciana boca de falsedades. Es evidente que este niño no es tu hijo, pues tus mejillas son oscuras como las mías, mas el muchacho es bello y blanco como los malditos pero hermosos bárbaros que habitan el remoto norte.

—¡Qué bien dicho está —contestó el pescador—, que una espada puede ser esquivada con escudos, pero el ojo de la sabiduría penetra a través de toda defensa! Has de saber entonces, oh mi formidable huésped, que debido a mi extrema pobreza jamás me casé ni tuve hijos. Pero el mismo año en que el Tisroc (que viva para siempre) comenzó su augusto y benéfico reinado, una noche en que la luna estaba llena, los dioses tuvieron a bien privarme del sueño. Por tanto, me levanté de mi cama en este tugurio y me fui a la playa a refrescarme con la vista del agua y de la luna y a respirar el aire frío. Y de pronto oí un ruido como de remos que avanzaban hacia mí por el agua y luego, por decirlo así, un débil grito. Y poco después, la marea trajo a la playa un pequeño bote en el que no había más que un hombre enflaquecido por haber sufrido extremadamente de hambre y sed y que parecía haber muerto sólo unos momentos antes (pues todavía estaba tibio), y un odre vacío, y un niño que aún vivía. “Sin duda —pensé— estos infortunados escaparon del naufragio de un gran barco, pero por los admirables designios de los dioses el mayor ha pasado hambre para mantener vivo al niño, pereciendo al avistar tierra”. Así pues, recordando que los dioses jamás dejan de recompensar a quienes amparan a los huérfanos, y movido de compasión (porque tu siervo es un hombre de corazón tierno)...

—Prescinde de esas palabras ociosas de elogio a ti mismo —interrumpió el Tarkaan— . Basta con saber que te quedaste con el niño, y que has sacado diez veces el costo de su pan diario con su trabajo, como cualquiera puede ver. Y ahora dime de inmediato qué precio le pones, pues ya estoy cansado de tu locuacidad.

—Tú mismo has dicho sabiamente —respondió Arshish— que el trabajo del niño me ha sido de inestimable valor. Hay que tomarlo en cuenta al fijar el precio. Porque si vendo al niño, sin duda tendré que comprar o emplear otro para que haga sus labores.

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—¡Quince! —exclamó Arshish con una voz que era algo entre un gimoteo y un grito—. ¡Quince! ¡Por el apoyo de mi vejez y el encanto de mis ojos! No te burles de mi barba gris, aunque seas un Tarkaan. Mi precio es setenta.

A este punto Shasta se paró y se fue en puntillas. Había oído todo lo que deseaba, pues había escuchado muchas veces cuando los hombres regateaban en el pueblo y sabía cómo lo hacían. Estaba totalmente seguro de que al final Arshish lo vendería por una suma muy superior a quince crecientes y muy inferior a setenta, pero que él y el Tarkaan tardarían horas en llegar a un acuerdo.

No debes imaginarte que Shasta sintió lo que habríamos sentido tú y yo si hubiéramos oído por casualidad a nuestros padres hablando de vendernos como esclavos. Por una parte, su vida era ya muy poco mejor que la esclavitud; que él supiera, el señorial desconocido del imponente caballo podría ser más bondadoso con él que Arshish. Y por otra, la historia de su propio hallazgo en el bote lo había llenado de emoción y de un sentimiento de alivio. A menudo se había sentido incómodo porque, por más que tratara, nunca había sido capaz de querer al pescador, y sabía que un hijo debe amar a su padre. Y ahora, parecía que no tenía ninguna relación con Arshish. Esto le sacó un gran peso de encima.

“¡Vaya, podría ser cualquiera! —pensó—. ¡Podría ser el hijo de un Tarkaan, o el hijo del Tisroc (que viva para siempre), o de algún dios!”

Estaba parado afuera en un sitio lleno de hierba delante de la cabaña mientras pensaba todas esas cosas. El crepúsculo caía rápidamente y ya habían salido una o dos estrellas, mas aún podían verse al oeste vestigios de la puesta de sol. No muy lejos pastaba el caballo del desconocido, atado holgadamente a una argolla de fierro en la pared del establo del burro. Shasta se acercó a él y acarició su cuello. El siguió arrancando pasto y no le hizo caso.

Luego otro pensamiento vino a la mente de Shasta.

—Me pregunto qué laya de hombre será ese Tarkaan —dijo en voz alta—. Sería espléndido que fuera bueno. Algunos de los esclavos en la casa de un gran señor no tienen casi nada que hacer. Usan lindos trajes y comen carne todos los días. Quizás me llevaría a las guerras y yo le salvaría la vida en una batalla y entonces él me libertaría y me adoptaría como hijo y me daría un palacio y un carruaje y una armadura. Pero también podría ser un hombre horrible y cruel. Podría mandarme a trabajar a los campos, encadenado. Me gustaría saberlo, pero ¿cómo? Apuesto a que este caballo lo sabe, ojalá pudiera contarme.

El caballo había levantado la cabeza. Shasta acarició su nariz suave como la seda y dijo:

—Me gustaría tanto que pudieras hablar, amigo.

Y por un segundo creyó estar soñando, pues muy claramente, aunque en voz baja, el caballo dijo: “Pero sí puedo”.

Shasta miró fijamente sus grandes ojos y los suyos propios se abrieron casi tan grandes de asombro.

—¿Cómo diablos aprendiste a hablar ?—preguntó.

— ¡Silencio! No tan fuerte —respondió el caballo—. De donde yo vengo, casi todos los animales hablan.

—¿Y dónde diablos está eso?

(7)

martilleos de los enanos. ¡Oh, el dulce aire de Narnia! Una hora vivida ahí vale más que mil años en Calormen.

Terminó con un relincho que más parecía un suspiro. —¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Shasta.

—Secuestrado —dijo el caballo—. O robado, o capturado, como tú quieras llamarlo. Era sólo un potrillo en ese entonces. Mi madre me advirtió que no vagara por las laderas del sur, hacia Archenland y más allá, pero no le hice caso. Y por la Melena del León, he pagado cara mi locura. Todos estos años he sido un esclavo de los humanos, y he tenido que esconder mi verdadera naturaleza y fingir ser mudo y estúpido como sus caballos.

— ¿Por qué no les dijiste quién eras?

—Porque no soy tonto, por eso. Si alguna vez hubieran descubierto que podía hablar, habrían montado un espectáculo conmigo en las ferias y me habrían vigilado más cuidadosamente que antes. Mi última oportunidad de escapar se habría esfumado.

— ¿Y por qué? —comenzó Shasta, pero el caballo lo interrumpió.

—Mira —le dijo—, no podemos perder tiempo con preguntas tontas. Tú quieres saber acerca de mi amo el Tarkaan Anradin. Bueno, es malo. No tan malo conmigo, ya que un caballo de guerra es muy costoso como para tratarlo mal. Pero sería preferible que te cayeras muerto esta noche antes que ser un esclavo humano en esa casa mañana.

—Entonces es mejor que huya —dijo Shasta, palideciendo.

—Sí, es mejor —dijo el caballo—. Pero ¿por qué no escapar conmigo? —¿Tú también vas a escapar? —dijo Shasta.

—Claro, si tú vienes conmigo —contestó el caballo—. Es la oportunidad para los dos. Mira, si huyo solo, sin jinete, el que me vea dirá, “un caballo perdido”, y se pondrá a perseguirme lo más rápido que pueda. En cambio, con un jinete, tendré una posibilidad de pasar inadvertido. En eso me puedes ayudar. Por otra parte, tú no podrás ir muy lejos con esas dos tontas piernas tuyas (¡qué patas tan absurdas tienen los humanos!) sin que te agarren. Pero montándome a mí puedes dejar atrás a cualquier caballo en este país. En eso te puedo ayudar yo. A propósito, supongo que sabes montar, ¿no?

—Claro que sí —dijo Shasta—. Por lo menos, he montado el burro.

—¿Montado qué? —exclamó secamente el caballo, con enorme desprecio. (O al menos eso fue lo que él pretendió decir. En verdad lo que salió fue una suerte de relincho:

“Montado quhe-he-he”. Los caballos que hablan siempre toman un acento muy caballuno cuando están enojados.)

—En otras palabras —continuó—, no sabes montar. Es una desventaja. Tendré que enseñarte mientras cabalgamos. Si no sabes montar, ¿sabes caer?

—Supongo que cualquiera puede caerse —repuso Shasta.

—Quiero decir caer y levantarse otra vez sin llorar y montar de nuevo y caer otra vez y ni aun así tener miedo de caerse.

—Tra... trataré —dijo Shasta.

(8)

—Oye —le cortó la palabra Shasta, bastante escandalizado—, ¿no deberías añadir “que viva para siempre”?

—¿Por qué? —preguntó el caballo—. Yo soy un narniano libre. Y ¿por qué tendría que hablar como los esclavos o los tontos? No quiero que viva para siempre, y sé que no va a vivir para siempre, se lo desee yo o no. Y creo que tú también vienes del norte libre. ¡No usemos más esta jerga sureña entre tú y yo! Y ahora volvamos a nuestros proyectos. Como te decía, mi humano iba camino al norte, a Tashbaan.

—¿Eso quiere decir que es mejor que nosotros vayamos al sur?

—No lo creo —dijo el caballo—. Lo que pasa es que él me toma por un caballo mudo y estúpido como los demás que posee. Y si yo lo fuera, en cuanto me viera libre regresaría a casa, a mi establo y a mi corral; iría de vuelta a su palacio que está a dos días de viaje hacia el sur. Allí es donde él me buscaría. Jamás soñaría que me voy solo al norte. Y de todos modos, él pensará que alguien del último pueblo que cruzamos nos ha seguido hasta acá y me ha robado.

—¡Bravo! —dijo Shasta—. Entonces iremos al norte. He pasado toda mi vida ansiando ir al norte.

—Por supuesto que lo has ansiado —dijo el caballo—. Es por la sangre que corre por tus venas. Estoy seguro de que eres de verdadero linaje norteño. Pero no hablemos muy alto. Creo que ya deben estar dormidos.

—Mejor vuelvo sin hacer ruido a la casa para ver —sugirió Shasta.

—Buena idea —aprobó el caballo—. Pero ten cuidado de que no te atrapen.

Estaba mucho más oscuro ya, y había un gran silencio, aparte del sonido de las olas en la playa que Shasta apenas notaba, pues lo había oído día y noche desde que tenía memoria. Al acercarse a la cabaña vio que no había luz. Cuando estuvo al frente no oyó ningún ruido. Cuando se aproximó a la única ventana pudo escuchar, al cabo de un par de segundos, el sonido familiar del rechinante ronquido del viejo pescador. Era divertido pensar que, si todo andaba bien, no lo volvería a oír nunca más. Conteniendo el aliento y sintiendo algo de pesar, pero mucho menos pesar que alegría, Shasta se escurrió por el pasto hasta el establo del burro, buscó a tientas el lugar donde sabía se escondía la llave, abrió la puerta y encontró la montura y la brida del caballo, que habían sido guardadas allí por esa noche. Se inclinó y besó la nariz del burro. “Qué pena no poder llevarte a ti”, dijo.

—Por fin llegaste —le dijo el caballo cuando regresó—. Estaba empezando a preguntarme qué había sido de ti.

—Estaba sacando tus arreos del establo —replicó Shasta—. Y ahora, ¿puedes decirme cómo ponértelos?

Durante los siguientes minutos Shasta estuvo trabajando con extrema cautela para evitar los tintineos, en tanto que el caballo decía cosas como: “Pon esa cincha un poco más apretada”, o “Vas a encontrar una hebilla más abajo”, o “Tienes que acortar un poco esos estribos”. Cuando Shasta hubo terminado, dijo:

—Bien; ahora tendremos que poner riendas, por las apariencias, pero tú no las usarás. Amárralas al arzón delantero, bien flojo para que yo pueda mover la cabeza para donde quiera. Y recuerda: no debes tocarlas.

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—Generalmente son para dirigirme —repuso el caballo—. Pero como en este viaje yo pretendo dirigir siempre, por favor quédate con las manos quietas. Y otra cosa: no te permitiré que te cojas de mis crines.

—Pero es que —argumentó Shasta—, si no puedo agarrarme de las riendas ni de tus crines, ¿de dónde voy a agarrarme?

—Tienes que sujetarte con tus rodillas —respondió el caballo—. Ese es el secreto de un buen jinete. Aprieta todo lo que quieras mi cuerpo entre tus rodillas; siéntate muy derecho, derecho como una varilla; mantén los codos adentro. Y a propósito, ¿qué hiciste con las espuelas?

—Me las puse en los talones, por supuesto —contestó Shasta—. Eso sí que lo sé. —Entonces puedes quitártelas y guardarlas en la alforja. A lo mejor las podremos vender cuando lleguemos a Tashbaan. ¿Listo? Creo que ya te puedes subir.

—¡Oooh! Eres espantosamente alto —jadeó Shasta luego de su primero e infructuoso intento.

—Soy un caballo, eso es todo —fue la respuesta— ¡Cualquiera creería que soy un pajar por la manera en que tratas de treparme! Eso, así está mejor. Y ahora ponte derecho en la montura y acuérdate de lo que te dije de las rodillas. ¡Qué divertido que yo, que he dirigido cargas de caballería y ganado carreras, tenga un saco de papas como tú en la silla! Pero en fin, ahí vamos —rió entre dientes, sin crueldad.

Y ciertamente, el caballo inició el viaje nocturno con gran prudencia. Fue primero que nada directo al sur de la cabaña del pescador hasta un riachuelo que desembocaba allí al mar, cuidando de dejar en el barro muy claras las huellas de cascos yendo hacia el sur. Pero en cuanto estuvieron en medio del vado, volvió río arriba y se fueron vadeando hasta que se alejaron unos cien metros de la cabaña, hacia el interior. Después eligió la parte de la ribera más cubierta de cascajos donde no quedaran huellas y salieron por el lado norte. Luego, siempre al paso, fue hacia el norte hasta que la cabaña, el único árbol, el establo del burro, y la caleta... en realidad, todo lo que Shasta conocía, se perdió de vista en la gris oscuridad de la noche de verano. Habían cabalgado cuesta arriba y se encontraban ya en la cumbre, aquella cumbre que siempre fue el límite del mundo de Shasta. No podía ver qué había más adelante excepto que era un sitio abierto y cubierto de pasto. Parecía no tener fin; agreste y solitario y libre.

—¡Mira! —dijo el caballo—. Qué lugar para un galope ¿no?

—Oh, por favor no —dijo Shasta—. Todavía no. No sé cómo... por favor, caballo. No sé tu nombre.

—Brihy-hinny-brinny-huuhy-hah —contestó el caballo.

—Jamás seré capaz de decir todo eso —dijo Shasta—. ¿Puedo llamarte Bri?

—Bueno, si es lo mejor que logras decir, supongo que puedes llamarme así —dijo el caballo—. ¿Y cómo te llamaré yo a ti?

—Mi nombre es Shasta.

(10)

II UNA AVENTURA EN EL CAMINO

Era cerca del mediodía del día siguiente cuando a Shasta lo despertó algo tibio y suave que se movía encima de su cara. Abrió los ojos y se encontró frente a frente con la larga cara de un caballo; su nariz y sus labios casi tocaban los suyos. Recordó los emocionantes acontecimientos de la noche anterior y se sentó. Pero al hacerlo, empezó a quejarse.

—Ay, Bri —dijo con voz entrecortada—. Me duele. Me duele todo. Apenas me puedo mover.

—Buenos días, pequeño —dijo Bri—. Estaba temiendo que te dolieran un poco los músculos. No puede ser por las caídas; te caíste sólo unas doce veces, o algo así, y el pasto estaba tan exquisito, blando y mullido que debe haber sido más bien un placer caerse sobre él. Y el único lugar que hubiera podido ser peligroso, fue donde había esas matas de espino. No, es la cabalgata misma que al principio se hace dura. ¿Quieres desayuno? Yo ya me tomé el mío.

—No me molestes con el desayuno. No quiero nada —dijo Shasta—. Te digo que no puedo moverme.

Pero el caballo le dio un empujón con su hocico y lo pateó suavemente con su casco hasta que tuvo que levantarse. Shasta miró a su alrededor y pudo ver dónde se encontraban. Detrás de ellos había un bosquecillo. Adelante, el prado salpicado de flores blancas bajaba en declive hasta el borde de un acantilado. Mucho más abajo, tanto que el ruido de las olas al romper era casi imperceptible, estaba el mar. Jamás lo había visto Shasta desde tal altura, ni tampoco había visto nunca tamaña extensión, ni había soñado que tuviera tantos colores. A ambos lados la costa se alargaba, cabo tras cabo, y en las puntas podías ver la espuma blanca que subía por las rocas pero que no hacía ruido por lo lejos que estaba. Arriba revoloteaban las gaviotas y el calor temblaba sobre la tierra; era un día de sol abrasador. Pero más que nada Shasta observaba el aire. No podía descubrir qué era lo que faltaba, hasta que al fin se dio cuenta de que aquí no había olor a pescado. Pues, por supuesto, ni en la cabaña ni en medio de las redes había estado alejado de ese olor en su vida entera, y este aire nuevo era tan delicioso y su antigua vida parecía tan lejana, que olvidó por un momento todos sus machucones y el dolor de sus músculos, y dijo:

—Oye, Bri, ¿no dijiste algo sobre el desayuno?

—Sí, lo dije —contestó Bri—. Creo que encontrarás algo en las alforjas. Están allá en ese árbol donde las colgaste anoche, o más bien dicho esta mañana temprano.

Registraron las alforjas y el resultado fue alentador: un pastel de carne, apenas un poquito rancio; unos pocos higos secos y un trozo de queso fresco; un frasquito de vino, y algo de dinero; unos cuarenta crecientes en total, que era más de lo que Shasta había visto en toda su vida.

Mientras Shasta se sentaba, muy adolorido y con gran cuidado, con su espalda apoyada en un árbol y comenzaba a comerse el pastel, Bri tomó unos cuantos bocados más de hierba para acompañarlo.

—¿No será robo usar ese dinero?

(11)

botín, despojos. Además, ¿cómo vamos a conseguir comida para ti sin él? Supongo que, como todos los humanos, tú no comerás alimentos naturales como pasto y avena.

—No puedo.

— ¿Has probado alguna vez?

—Sí, pero no lo puedo tragar. Tú tampoco podrías si fueras yo. —Son criaturas tan raras, ustedes los humanos —comentó Bri.

Cuando Shasta terminó su desayuno (que era lejos el mejor que había probado jamás) Bri dijo:

—Creo que me daré un buen revolcón antes de ensillarme de nuevo —y así lo hizo—. Esto está bueno. Está muy bueno —agregó, restregando su lomo en el pasto, agitando sus cuatro patas al aire—. Deberías darte uno tú también, Shasta —dijo bufando—. Es lo más refrescante que hay.

Shasta soltó la carcajada, diciendo: —¡Qué divertido te ves patas arriba! —No me veo nada de divertido —dijo Bri.

Pero de repente se puso de costado, levantó la cabeza y miró fijamente a Shasta, resollando un poco.

—¿Es cierto que me veo divertido? —preguntó con voz ansiosa. —Sí, es cierto —respondió Shasta—. Pero ¿qué importa?

—¿No crees, no es cierto —dijo Bri—, que puede que sea algo que los caballos que hablan nunca hacen? ¿Un tonto truco de payaso que me enseñaron los caballos mudos? Sería atroz saber a mi regreso a Narnia que he aprendido un montón de vulgares malas costumbres. ¿Qué piensas, Shasta? Dímelo francamente, no me escondas tus sentimientos. ¿Tú crees que los verdaderos caballos libres, los que hablan, se revuelcan?

—¿Cómo podría saberlo yo? De todos modos, yo no me preocuparía de eso si fuera tú. Primero tenemos que llegar allá. ¿Sabes el camino?

—Conozco mi camino a Tashbaan. Después viene el desierto. Oh, nos arreglaremos en ese desierto de alguna manera, no tengas miedo. Y luego tendremos a la vista las montañas del norte. ¡Imagínate! ¡A Narnia y al Norte! Nada nos podrá detener. Pero me gustaría que ya hubiéramos dejado atrás Tashbaan. Ambos estaremos más seguros lejos de las ciudades.

—¿No podemos evitarlas?

—No sin alejarnos mucho hacia el interior, lo que nos llevaría por tierras de cultivo y caminos principales; y yo no conocería la ruta. No, sólo nos queda avanzar a paso de tortuga por la costa. Acá arriba en las colinas no encontraremos más que ovejas y conejos y gaviotas y algunos pastores. Y a propósito, ¿qué te parece que partamos?

A Shasta le dolieron terriblemente las piernas mientras ensillaba a Bri y se subía a la montura, pero el caballo fue bondadoso con él y anduvo a paso suave toda la tarde. Al llegar el crepúsculo bajaron por escarpadas sendas hasta un valle donde encontraron un pueblecito. Antes de entrar en él, Shasta desmontó y fue a pie a comprar pan y unas pocas cebollas y rábanos. El caballo trotó por los campos al anochecer y se reunió con Shasta al otro lado. Este fue desde entonces su plan habitual noche por medio.

(12)

—Y aun si ahí estuviéramos fuera de peligro, jovencito, me avergonzaría de que me vieran contigo en un camino principal.

Mas a pesar de sus rudas palabras, Bri era un profesor muy paciente. Nadie puede enseñar a montar tan bien como un caballo. Shasta aprendió a trotar, a ir a medio galope, a saltar, y a mantenerse en su silla aunque Bri se detuviera bruscamente en seco o hiciera un viraje inesperado a la izquierda o a la derecha, lo que, según le contó Bri, era algo que tenías que hacer a cada instante en una batalla. Y entonces, claro, Shasta le rogaba que le contara de batallas y guerras en que Bri había llevado al Tarkaan. Y Bri le contaba las marchas forzadas y los vadeos en los ríos rápidos, y las cargas y las fieras luchas entre las caballerías, en las que los caballos de guerra peleaban igual que los hombres, pues eran todos feroces potros entrenados para morder y dar coces y pararse en dos patas en el momento adecuado a fin de que el peso del caballo y el del jinete cayeran sobre la cimera de un enemigo al golpear con la espada o el hacha de combate. Pero Bri no quería hablar de guerras con la frecuencia que Shasta hubiese deseado.

—No hablemos de eso, jovencito —decía—. Sólo eran guerras del Tisroc y yo combatí en ellas como un animal esclavo y mudo. ¡Dame las guerras de Narnia, donde pelearé como un caballo libre en medio de mi propia gente! De esas guerras sí que valdrá la pena hablar. ¡Narnia y el Norte! ¡Brahaha! ¡Bruhú!

Muy pronto Shasta aprendió que cuando escuchaba a Bri hablar de esa manera debía prepararse para un galope.

Después de viajar por semanas y semanas, cruzando tantas bahías y cabos y ríos y aldeas que Shasta ya no podía recordar cuántos, hubo una noche de luna en que comenzaron a viajar por la tarde, luego de dormir durante el día. Dejaron atrás las lomas e iban atravesando una vasta llanura; había una selva a unos mil metros de distancia a su izquierda. El mar, oculto por bajas dunas, estaba casi a la misma distancia a su derecha. Habían avanzado despacio durante una hora más o menos, a veces trotando y a veces caminando, cuando Bri se detuvo repentinamente.

— ¿Qué pasa? —preguntó Shasta.

—Ssssh —dijo Bri, estirando el cuello y moviendo nerviosamente sus orejas— ¿Oíste algo? Escucha.

—Parece que va otro caballo, entre nosotros y el bosque —dijo Shasta luego de escuchar por un minuto.

Es otro caballo —dijo Bri—. Y eso es lo que no me gusta.

—¿No será probablemente sólo un campesino que vuelve a casa tarde? —sugirió Shasta bostezando.

—¡No me digas eso a mí! —exclamó Bri—. Ese no es un campesino a caballo. Tampoco es el caballo de un campesino. ¿No lo conoces por el sonido? Ese caballo tiene calidad. Y va montado por un verdadero equitador. Te diré lo que es, Shasta. Hay un Tarkaan a la orilla de aquel bosque. No va en su caballo de guerra, es demasiado liviano para serlo. En una yegua fina sangre, diría yo.

—Bueno, pero se ha detenido ahora, sea lo que sea —dijo Shasta.

—Tienes razón —dijo Bri—. ¿Y por qué tiene que parar justo cuando nosotros paramos? Shasta, hijo mío, estoy seguro de que alguien nos sigue paso a paso.

(13)

—No con esta luz mientras nos quedemos muy quietos —contestó Bri—. ¡Pero mira! Viene una nube. Voy a esperar hasta que tape la luna; luego bajaremos a la derecha lo más rápido que podamos, hasta la playa. Podremos escondernos entre las dunas si sucede lo peor.

Esperaron hasta que la nube cubrió la luna y entonces, primero al paso y después a un suave trote, se dirigieron a la playa.

La nube era más grande y espesa de lo que parecía al comienzo y pronto la noche se hizo más oscura. Justo cuando Shasta se decía: “Ya debemos haber llegado cerca de esas dunas”, su corazón dio un vuelco porque de repente, de esa oscuridad allá adelante, vino un ruido aterrador: un largo y gruñente rugido, melancólico y absolutamente salvaje. De inmediato Bri hizo un brusco viraje y principió a galopar hacia el interior otra vez a toda velocidad.

—¿Qué es eso? —jadeó Shasta.

—¡Leones! —repuso Bri, sin acortar el paso ni volver la cabeza.

Después, sólo hubo galope por un buen rato. Por fin cruzaron chapoteando un ancho y profundo río y Bri se detuvo al otro lado. Shasta se dio cuenta de que estaba temblando, sudado de arriba abajo.

—Puede ser que esa agua haya despistado a la bestia —jadeó Bri cuando logró recuperar algo de su aliento—. Podremos caminar un poco ahora.

Cuando iban al paso Bri dijo:

—Shasta, estoy avergonzado de mí mismo. Estoy tan asustado como cualquier mudo caballo calormene. Realmente lo estoy. No me siento en absoluto un caballo que habla. No me importan las lanzas, ni las espadas, ni los arcos, pero no puedo soportar... esas criaturas. Creo que voy a trotar un rato.

Cerca de un minuto más tarde, sin embargo, se puso a galopar otra vez, y no es de extrañarse. Pues el rugido recomenzó, esta vez a su izquierda proveniente del bosque.

—Son dos —gimió Bri.

Después de galopar durante varios minutos sin escuchar ningún otro rugido de los leones, Shasta dijo:

—¡Oye! El otro caballo viene galopando al lado de nosotros. Sólo a un tiro de piedra más allá.

—Tanto me-mejor —resolló Bri—. Montado por Tarkaan... tendrá una espada... protegernos.

—¡Pero, Bri! —exclamó Shasta—. Igual nos puede matar un león que ser capturados. O yo puedo ser capturado. Me colgarán por robar un caballo.

Sentía menos miedo a los leones que Bri porque jamás había visto uno; Bri sí.

(14)

cuello con cuello y rodilla con rodilla como si fuera una carrera. Claro que Bri dijo (después) que jamás se había visto en Calormen una carrera tan magnífica.

Shasta se dio por perdido y empezó a preguntarse si los leones te matarían rápido o si jugarían contigo como el gato juega con el ratón, y si dolería mucho. Al mismo tiempo (uno a veces hace esto en los momentos más pavorosos) se daba cuenta de todo. Vio que el otro jinete era una persona muy menuda y delgada, vestida con malla (la luna se reflejaba en la malla) y montaba estupendamente bien. No tenía barba.

Algo plano y reluciente se abrió ante ellos. Sin que Shasta tuviera tiempo de adivinar qué era, hubo una gran zambullida y sintió la boca casi llena de agua salada. La cosa reluciente resultó ser una larga ensenada.

Ambos caballos iban nadando y el agua le llegaba a Shasta hasta las rodillas. Hubo un furioso rugido tras ellos y al volverse a mirar, Shasta vio una enorme silueta peluda y terrible agazapada a la orilla del agua; pero una solamente. “Debemos habernos zafado del otro león”, pensó.

Al parecer el león no consideró que su presa mereciera una mojada; como sea, no hizo el menor intento de meterse al agua en su persecución. Los dos caballos, uno al lado del otro, estaban ya en medio de la cala y podían ver claramente la orilla de enfrente. El Tarkaan aún no decía una palabra. “Pero ya lo hará —pensaba Shasta—, en cuanto hayamos llegado a tierra. ¿Qué voy a decir? Tengo que empezar a inventar una historia.”

De pronto, repentinamente, dos voces hablaron a su lado. —Ay, estoy tan cansada —dijo una.

—Cállate, Juin, y no seas tonta —dijo la otra.

“Estoy soñando —pensó Shasta—. Hubiera jurado que ese otro caballo habló.”

Poco después los caballos ya no iban nadando sino caminando y muy pronto, con gran ruido de agua chorreando de sus flancos y colas y un fuerte crujido de guijarros bajo ocho cascos, salieron en la playa más apartada de la ensenada. El Tarkaan, para gran sorpresa de Shasta, no mostró ningún interés en hacer preguntas. Ni siquiera miró a Shasta y parecía ansioso por instar a su caballo para que siguiera de largo. Bri, sin embargo, se interpuso de inmediato en el camino del otro caballo.

—Bruhuhá —resopló—. ¡Quieta! Te escuché. No sacas nada con fingir, señora. Yo te escuché. Eres un caballo que habla, un caballo narniano igual que yo.

—¿Y qué tiene que ver contigo si ella lo es? —dijo el extraño jinete furioso, llevando la mano a la empuñadura de su espada. Pero la voz que pronunció esas palabras había dicho algo a Shasta.

—¡Pero si es sólo una niña! —exclamó.

—¿Y qué te importa a ti que yo sea sólo una niña? —dijo bruscamente la desconocida—. Tú eres sólo un niño: un niñito grosero y vulgar, un esclavo probablemente, que ha robado el caballo de su amo.

—Eso es lo que dices —dijo Shasta.

—El no es un ladrón, pequeña Tarkeena —dijo Bri—. Por último, si es que ha habido algún robo, puedes igualmente decir que yo lo robé a él. Y aunque no sea asunto mío, no puedes esperar a que me cruce con una dama de mi propia raza en este país extraño sin hablar con ella. Es muy natural que así lo haga.

(15)

—Quiero que te calles, Juin —ordenó la niña—. Mira el problema en que nos has metido.

—No veo cuál es el problema —dijo Shasta—. Pueden largarse cuando quieran. No las detendremos.

—No, no nos detendrán —dijo la niña.

—Qué criaturas tan peleadoras son estos humanos —dijo Bri a la yegua—. Son peores que las mulas. Tratemos de hablar razonablemente. Me imagino, señora, que tu historia es igual a la mía. ¿Capturada muy joven..., años de esclavitud entre los calormenes?

—Muy cierto, señor —repuso la yegua con un relincho melancólico. —¿Y ahora, quizás... has escapado?

—Dile que se meta en sus cosas, Juin —ordenó la niña.

—No, no lo haré, Aravis —contestó la yegua, echando atrás sus orejas—. Esta es mi fuga tanto como tuya. Y estoy segura de que un noble caballo de guerra como éste no nos va a traicionar. Estamos tratando de huir, de llegar a Narnia.

—Y, claro está, nosotros también —dijo Bri—. Por supuesto que ustedes lo adivinaron inmediatamente. Un chiquillo harapiento montando (o tratando de montar) un caballo de guerra a altas horas de la noche no puede significar otra cosa que algún tipo de fuga. Y, si me permites decirlo, una aristocrática Tarkeena cabalgando sola de noche, vestida con la armadura de su hermano, y muy ansiosa de que nadie se inmiscuya en sus asuntos y no le hagan preguntas, bueno, ¡si eso no huele raro, yo soy un jamelgo!

—Está bien entonces —dijo Aravis—. Lo han adivinado. Juin y yo nos hemos escapado. Estamos tratando de llegar a Narnia. ¿Y qué?

—Pues, en ese caso, ¿qué nos impide viajar juntos? —dijo Bri—. Confío, señora Juin, en que aceptarás toda la ayuda y protección que yo sea capaz de brindarte en el viaje.

—¿Por qué sigues hablándole a mi caballo en vez de a mí? —preguntó la niña.

—Discúlpame, Tarkeena —dijo Bri, inclinando muy levemente sus orejas hacia atrás, pero así hablan los calormenes. Nosotros somos narnianos libres, Juin y yo, y supongo que si estás huyendo a Narnia es porque tú quieres serlo también. En ese caso Juin ya no es más

tu caballo. Uno igualmente podría decir que tú eres su humana.

La niña abrió la boca para responder y luego se contuvo. Era evidente que hasta ahora no lo había considerado desde ese punto de vista.

—Sin embargo —dijo después de un momento de pausa—, no veo que valga la pena que vayamos juntos. ¿No será más fácil que se fijen en nosotros?

—Menos —opinó Bri; y la yegua agregó:

—Oh, por favor, vamos juntos. Me sentiría mucho más cómoda. Ni siquiera estamos seguras de conocer el camino. Estoy cierta de que un gran corcel como éste sabe mucho más que nosotras.

—Vámonos, Bri —intervino Shasta—, y dejémoslas seguir su camino. ¿No ves que no nos necesitan?

—Sí los necesitamos —dijo Juin.

—Mira —dijo la niña—. No me importa ir contigo, señor Caballo de Guerra, pero ¿y este niño? ¿Cómo sé yo que no es un espía?

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—Cálmate, Shasta —dijo Bri—. La pregunta de la Tarkeena es bastante razonable. Yo respondo por el niño, Tarkeena. Ha sido leal conmigo y un buen amigo. Y no hay duda de que es originario de Narnia o de Archenland.

—Está bien, entonces. Iremos juntos —pero no le dijo nada a Shasta y era obvio que apreciaba a Bri, pero no a él.

—¡Espléndido! —exclamó Bri—. Y ahora que hemos puesto el mar entre nosotros y aquellos terroríficos animales, ¿qué les parece si los dos humanos nos sacan las monturas y todos nos tomamos un descanso y escuchamos nuestras respectivas historias?

Los dos niños desensillaron sus caballos y los caballos comieron un poco de pasto y Aravis sacó de sus alforjas cosas exquisitas para comer. Pero Shasta estaba de mal humor y dijo “no, gracias” y que no tenía hambre. Y trató de adoptar lo que imaginaba que eran modales distinguidos y ceremoniosos, pero como la choza de un pescador no es, por lo general, el lugar más apropiado para aprender modales elegantes, el resultado fue atroz. Y él se dio cuenta a medias de que no tenía mucho éxito y se puso más malhumorado y torpe que nunca. Entretanto, los dos caballos se entendían espléndidamente. Recordaban los mismos lugares en Narnia, “las praderas allá en el Dique de los Castores”, y descubrieron que eran algo así como primos segundos de la misma familia. Esto hizo las cosas mucho más incómodas para los humanos hasta que al fin Bri dijo:

—Y ahora, Tarkeena, cuéntanos tu historia. Y no te apresures, me siento muy bien ahora.

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III A LAS PUERTAS DE TASHBAAN

—Mi nombre —dijo la niña en seguida— es Aravis Tarkeena y soy la única hija de Kidrash Tarkaan, hijo de Rishti Tarkaan, hijo de Kidrash Tarkaan, hijo de Ilsombreh Tisroc, hijo de Ardib Tisroc, quien desciende en línea recta del dios Tash. Mi padre es el señor de la provincia de Calavar y es uno de los que tienen derecho a permanecer de pie y con los zapatos puestos ante el propio Tisroc (que viva para siempre). Mi madre (que la paz de los dioses sea con ella) murió y mi padre se casó con otra esposa. Uno de mis hermanos cayó en la batalla contra los rebeldes en el lejano oeste y el otro es sólo un niño. Y ahora ha sucedido que la esposa de mi padre, mi madrastra, me odia y el sol se oscurece a sus ojos mientras yo viva en casa de mi padre. Y entonces, ha persuadido a mi padre a que me prometa en matrimonio a Ahoshta Tarkaan. Y bien, este Ahoshta es de origen bajo, a pesar de que en estos últimos años ha ganado el favor del Tisroc (que viva para siempre) por adulación y malos consejos, y lo han hecho Tarkaan y señor de muchas ciudades y es probable que lo elijan Gran Visir cuando el actual Gran Visir muera. Además, tiene por lo menos sesenta años y una joroba en la espalda y una cara parecida a la de un mono. No obstante mi padre, por el poder y riqueza de este Ahoshta y persuadido por su mujer, ha enviado mensajeros ofreciéndome en matrimonio, y la oferta ha sido favorablemente aceptada y Ahoshta mandó decir que se casará conmigo este año en la época de pleno verano.

“Cuando me trajeron estas noticias, el cielo se oscureció ante mis ojos y me eché en mi cama y lloré todo un día. Pero al segundo día me levanté y me lavé la cara e hice que ensillaran a mi yegua Juin y tomé un afilado puñal que mi hermano había llevado en las guerras de occidente y me fui a caballo sola. Y cuando la casa de mi padre desapareció de mi vista y hube llegado a un verde y abierto espacio en cierto bosque donde no hay viviendas de hombres, desmonté de mi yegua Juin y saqué el puñal. Luego abrí la ropa en el sitio donde pensé que estaba el camino más corto que lleva a mi corazón y recé a todos los dioses que en cuanto muriera pudiese encontrarme con mi hermano. Después de eso, cerré los ojos y apreté los dientes y me preparé para hundir el puñal en mi corazón, pero antes de que así hiciese, esta yegua me habló con la voz de las hijas de los hombres y me dijo: “Oh mi ama, por ningún motivo te destruyas a ti misma, pues si vives, es posible que tengas buena suerte, mas los muertos están todos igualmente muertos”.

—No lo dije ni la mitad de lo bien que lo dices tú —murmuró la yegua.

—Silencio, señora, silencio —dijo Bri, que disfrutaba la historia a más no poder—. Está contándolo a la manera grandiosa de Calormen y ningún narrador de historias de la corte del Tisroc podría hacerlo mejor. Te ruego que continúes, Tarkeena.

(18)

contó de los bosques y aguas de Narnia y los castillos y los grandes barcos, hasta que dije: “En el nombre de Tash y Azaroth y Zardeenah, Dama de la Noche, tengo un gran deseo de ir a ese país de Narnia”. “Oh mi ama, respondió la yegua, si estuvieras en Narnia serías feliz, pues en esa tierra las señoritas no son forzadas a casarse contra su voluntad”.

“Y luego de haber conversado largo rato, la esperanza volvió a mí y me alegré de no haberme suicidado. Por otra parte, habíamos convenido con Juin en que nos marcharíamos juntas sigilosamente y lo planeamos de esta manera. Regresamos a la mansión de mi padre y me vestí con mis ropajes más vistosos y canté y bailé ante mi padre y fingí estar encantada con el matrimonio que él había preparado para mí. Además, le dije: “Oh padre mío y oh la delicia de mis ojos, dame tu autorización y tu permiso para ir con sólo una de mis criadas por tres días al bosque para ofrecer los secretos sacrificios a Zardeenah, Dama de la Noche y de las Doncellas, como es lo correcto y acostumbrado que hagan las damiselas cuando deben despedirse del servicio de Zardeenah y prepararse para el matrimonio”. Y él respondió: “Oh hija mía y oh delicia de mis ojos, así será”.

“Pero cuando estuve fuera de la presencia de mi padre me fui de inmediato donde el más anciano de sus esclavos, su secretario, que me tuvo en sus rodillas cuando yo era pequeña y me amaba más que al aire y que a la luz. Y lo hice jurar que guardaría el secreto y le pedí que escribiera cierta carta para mí. Y él lloró y me imploró que cambiara mi resolución, pero al final dijo: “Escuchar es obedecer”, e hizo mi voluntad. Y yo sellé la carta y la escondí en mi pecho.

—Pero ¿que decía la carta? —preguntó Shasta.

—Silencio, jovencito —dijo Bri—. Estás echando a perder la historia. Ella nos hablará de la carta en el momento adecuado. Continúa, Tarkeena.

—Entonces llamé a la sirvienta que debía ir conmigo a los bosques a realizar los ritos de Zardeenah y le dije que me despertara muy temprano en la mañana. Y me reí mucho con ella y le di vino a beber; pero como yo había mezclado ciertas cosas en su copa, sabía que ella iba a dormir una noche y un día. En cuanto la familia de mi padre se entregó al sueño, yo me levanté y me puse una armadura de mi hermano que siempre guardo en mi aposento en recuerdo suyo. Puse en mi faja todo el dinero que tenía y mis joyas predilectas y me aprovisioné también de comida, y ensillé la yegua con mis propias manos y partí en la segunda vigilia de la noche. Encaminé mi rumbo no a los bosques, donde mi padre suponía que iría, sino al norte y al este, hacia Tashbaan.

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amor y me pareció que el sol se oscurecería para mí si no me casaba con ella en ese mismo instante. Así, pues, preparé los sacrificios necesarios y desposé a tu hija en el momento mismo en que la conocí y he retornado con ella a mi propia casa. Y ambos te rogamos y te exhortamos a que vengas acá con toda prontitud, a fin de que podamos deleitarnos con tu rostro y tus palabras; y puedes también traer la dote de mi esposa, la que, por causa de mis altas responsabilidades y gastos, requiero sin tardanza. Y porque vos y yo somos hermanos, estoy cierto de que no os encolerizaréis por la precipitación de este casamiento que ha sido enteramente ocasionada por el gran amor que siento por tu hija. Y a vos os confío al cuidado de todos los dioses”.

“Una vez hecho esto, me fui a toda prisa de Azim Balda, sin temer persecución y esperando que mi padre, después de recibir una carta así, enviaría un mensaje a Ahoshta o iría a verlo en persona, y que antes de que se descubriera el asunto yo estaría más allá de Tashbaan. Y esa es la esencia de mi historia hasta esta noche cuando fui perseguida por los leones y me encontré con ustedes nadando en el agua salada.

—¿Y qué le pasó a la niña..., a la que drogaste? —preguntó Shasta.

—No hay duda de que debe haber sido golpeada por quedarse dormida —dijo Aravis tranquilamente—. Pero era instrumento y espía de mi madrastra. Me alegro mucho de que le hayan pegado.

—Mira, eso no es nada de justo —dijo Shasta.

—No hice ninguna de estas cosas para complacerte a ti —replicó Aravis.

—Y hay otra cosa más que no entiendo en tu historia —prosiguió Shasta—. Tú no eres adulta; no creo que seas mayor que yo. No creo que ni siquiera tengas mi edad. ¿Cómo podrías casarte tan joven?

Aravis no dijo nada, pero Bri dijo de inmediato:

—Shasta, no luzcas tu ignorancia. Siempre se casan a esa edad en las grandes familias Tarkaan.

Shasta se puso colorado (aunque apenas había suficiente luz como para que los demás lo vieran) y se sintió ofendido. Aravis le pidió a Bri que contara su historia. Bri la contó, y Shasta pensó que había puesto mucho más énfasis que el necesario respecto a las caídas y lo mal que él montaba. Obviamente Bri creía que esto era muy cómico, pero Aravis no se rió. Una vez que Bri terminó, se fueron todos a dormir.

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La yegua Juin se sentía más bien tímida delante de un gran caballo de guerra como Bri y hablaba muy poco, Y Aravis nunca dirigía a Shasta ni una palabra si podía evitarlo.

Muy pronto, sin embargo, tuvieron cosas mucho más importantes en qué pensar. Se aproximaban a Tashbaan. Había más pueblos, cada vez más grandes, y más gente en los caminos. Ahora hacían casi todo el viaje de noche y se ocultaban lo mejor que podían durante el día. Y en cada paradilla discutían y discutían acerca de lo que harían cuando llegaran a Tashbaan. Todos habían estado soslayando esta dificultad, pero ahora no se podía ignorarla por más tiempo. Durante estas discusiones Aravis se puso un poco, un poquito, más amistosa con Shasta; uno, por lo general, se lleva mejor con la gente cuando se trata de hacer planes que cuando se conversa de nada en particular.

Bri dijo que lo primero que tenían que hacer era fijar un lugar donde se comprometieran a encontrarse a la salida de Tashbaan si, por alguna mala suerte, se separaran al cruzar la ciudad. Dijo que el mejor sitio eran las Tumbas de los Antiguos Reyes al borde mismo del desierto.

—Son unas cosas parecidas a enormes colmenas de piedra —dijo—, es imposible que no las vean. Y lo bueno es que ninguno de los habitantes de Calormen se le acerca porque ellos creen que en el lugar se aparecen demonios necrófagos (∗) y les tienen miedo.

Aravis preguntó si no se aparecían realmente demonios necrófagos. Pero Bri dijo que él era un caballo narniano libre y no creía en las patrañas que cuentan en Calormen. Y entonces Shasta dijo que él tampoco era un calormene y que le importaban un rábano esas viejas historias de demonios. Lo que no era demasiado cierto. Pero impresionó machísimo a Aravis (aunque en ese momento también la molestó) y, por supuesto, dijo que a ella no le importaba tampoco que hubiera cualquiera cantidad de demonios necrófagos. De modo que se acordó que las Tumbas serían su lugar de reunión al otro lado de Tashbaan, y todos pensaron que habían logrado un gran progreso hasta que Juin, humildemente, señaló que el problema verdadero no era dónde irían al salir de Tashbaan sino cómo conseguirían atravesarla.

—Eso lo arreglaremos mañana, señora —dijo Bri—. Es hora de echar un sueñecito. Pero no era nada fácil de arreglar. Lo primero que sugirió Aravis fue que deberían cruzar a nado el río por debajo de la ciudad durante la noche y sencillamente no entrar a Tashbaan. Pero Bri tenía dos argumentos en contra. Uno era que la desembocadura del río era muy ancha y que sería una travesía demasiado larga para Juin, sobre todo con un jinete en su lomo. (Pensó que también sería demasiado larga para él, pero esto casi no lo mencionó.) El otro argumento era que podía estar lleno de barcos y que, por supuesto, cualquiera en la cubierta de un buque que viera dos caballos pasar nadando sin duda sentiría una gran curiosidad.

Shasta opinaba que debían remontar el río más arriba de Tashbaan y cruzarlo en su parte más angosta. Pero Bri le explicó que allí había jardines y quintas de agrado en ambas riberas del río a lo largo de varios kilómetros, y que podrían estar habitadas por Tarkaanes y Tarkeenas que irían a cabalgar por los caminos o bien a organizar fiestas acuáticas en el río. Realmente era el lugar más apropiado del mundo para encontrarse con alguien que pudiera reconocer a Aravis o incluso a él.

—Podríamos disfrazarnos —dijo Shasta.

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Juin dijo que a ella le parecía que lo más seguro era atravesar la ciudad en línea recta de puerta a puerta, pues es menos probable llamar la atención en medio de la multitud. Pero también aprobó la idea de disfrazarse.

—Los dos humanos —dijo— deberán vestirse con harapos y fingir ser campesinos o esclavos. Haremos un bulto con la armadura de Aravis y las sillas y arreos, y lo colocaremos a nuestras grupas, y los niños pretenderán que nos conducen y la gente nos tomará por simples caballos de carga.

—¡Mi querida Juin! —exclamó Aravis, desdeñosamente—. ¡Cómo si alguien pudiese confundir a Bri con cualquiera otra cosa que no sea un caballo de guerra, por muy disfrazado que vaya!

—En realidad, creo que no es posible —dijo Bri con un bufido y echando sus orejas un poquito atrás.

—Ya sé que no es un plan muy bueno —dijo Juin— Pero pienso que es nuestra única oportunidad. Y hace siglos que no nos escobillan y no parecemos nosotros mismos (al menos yo, no). Estoy convencida de que si nos embarramos bien y caminamos con la cabeza gacha, con aspecto cansado y perezoso, y sin levantar siquiera los cascos, podríamos pasar inadvertidos. Y habría que cortar un poco nuestras colas; sin esmero, ya sabes, sino bien disparejo.

—Mi estimada señora —dijo Bri—. ¿Te has hecho una idea de lo desagradable que sería llegar a Narnia en esas condiciones?

—Bueno —dijo Juin humildemente (era una yegua muy sensible)—, lo principal es llegar a Narnia.

Aunque a nadie le gustaba mucho, al final tuvieron que adoptar el plan de Juin. Era un plan fastidioso e involucraba en cierta medida lo que Shasta llamaba robar y que Bri llamaba “hacer una incursión”. Una finca perdió unos pocos sacos esa tarde y otra un rollo de cuerdas a la tarde siguiente; pero el andrajoso vestido de niño que debía usar Aravis hubo que comprarlo honradamente y pagarlo en uno de los pueblos. Shasta volvió con ellos triunfalmente al caer la tarde. Los demás lo esperaban en medio de los árboles al pie de una cadena de boscosos cerros bajos que se erguía justo al otro lado del camino que seguían. Todos se sentían muy emocionados pues ésta era la última colina; cuando llegaran a la cumbre podrían ver Tashbaan abajo.

—Quisiera que ya la hubiésemos pasado sin problemas —murmuró Shasta a Juin. —Oh, yo también, yo también —exclamó Juin, fervorosamente.

Esa noche subieron zigzagueando a través de los bosques hasta la cima, siguiendo la senda de los leñadores y cuando salieron de los bosques en la cumbre, pudieron ver miles de luces en el valle a sus pies. Shasta, que no tenía la más mínima idea de cómo sería una gran ciudad, se asustó. Comieron su cena y los niños durmieron un poco. Pero los caballos los despertaron muy temprano en la mañana.

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deshacer uno de los paquetes para sacarla. Fue un trabajo bastante largo y casi hirieron a los caballos.

—¡Les juro —exclamó Bri— que si no fuera yo un caballo que habla, qué linda patada les habría dado en plena cara! Pensé que iban a cortarla, no a sacarla a tirones, que fue lo que yo sentí.

Pero a pesar de la semioscuridad y los dedos helados, finalmente todo se hizo: los enormes atados amarrados a los caballos, los cabestros de cuerda (que usaban ahora en lugar de bridas y riendas) en manos de los niños, y comenzó el viaje.

—Recuerden —dijo Bri—. Permanezcamos juntos mientras podamos. Si no, encontrémonos en las Tumbas de los Antiguos Reyes, y el que llegue primero debe esperar a los demás.

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IV SHASTA SE ENCUENTRA CON LOS NARNIANOS

Al principio lo único que podía ver Shasta abajo en el valle era un mar de bruma de donde surgían algunas cúpulas y torreones; pero a medida que aumentaba la claridad y se despejaba la niebla, pudo ir viendo más y más. El ancho río se dividía en dos corrientes y en la isla formada en medio de ellas se erguía la ciudad de Tashbaan, una de las maravillas del mundo. Alrededor del borde mismo de la isla, de manera que el agua lamía la piedra, se alzaban altas murallas reforzadas con tal cantidad de torres que pronto desistió de contarlas. Dentro de las murallas, la isla se levantaba como una colina y toda aquella colina, hasta el palacio del Tisroc y el inmenso templo de Tash en la cima, estaba completamente cubierta de edificios, terraza sobre terraza, calle sobre calle, y de zigzagueantes caminos o enormes tramos de escalera, rodeados de naranjos y limoneros, azoteas llenas de flores, balcones, anchos arcos, columnatas de pilares, capiteles, almenas, minaretes, torreones. Y cuando por fin el sol salió del mar y la gran cúpula plateada del templo reflejó su luz, quedó casi deslumbrado.

—Sigue, Shasta —decía continuamente Bri.

A cada lado del valle las orillas del río eran tal masa de jardines que al principio parecían verdaderas selvas, hasta que te acercabas más y veías los blancos muros de innumerables casas asomándose por debajo de los árboles. Poco después Shasta sintió un delicioso olor a flores y frutas. Unos quince minutos más tarde se encontraban en medio de ellas, caminando despacio por un camino liso con blancos muros a cada lado y árboles que se inclinaban por encima de las murallas.

—Caramba —dijo Shasta, en tono respetuoso—. ¡Este es un sitio maravilloso!

—Puede ser —dijo Bri—. Pero me gustaría que ya estuviésemos a salvo al otro lado. ¡Narnia y el Norte!

En ese momento comenzó a sentirse un ruido bajo y vibrante que se hacía gradualmente más y más fuerte hasta que pareció que todo el valle se estremecía. Era un sonido musical, pero tan intenso y solemne que llegaba a ser un poquito aterrador.

—Es el sonar de los cuernos anunciando que se abren las puertas de la ciudad —dijo Bri—. Estaremos ahí dentro de un minuto. Mira, Aravis, deja caer los hombros un poco, camina a paso más pesado y trata de no parecer princesa. Trata de imaginarte que te han pateado y abofeteado e insultado toda tu vida.

—Si se trata de eso —dijo Aravis—, ¿por qué no dejas caer un poco más tu cabeza y arqueas un poco menos tu cuello y tratas de no parecer tanto un caballo de guerra?

—Silencio —dijo Bri—. Ya estamos aquí.

Y allí estaban. Habían llegado al borde del río y el camino ante ellos se extendía a lo largo de un puente de múltiples arcos. El agua bailaba brillando al sol matinal; allá a su derecha cerca de la desembocadura del río alcanzaban a divisar mástiles de barcos. Muchos otros viajeros iban delante de ellos en el puente, la mayoría campesinos con sus burros y mulas cargados o llevando canastos sobre la cabeza. Los niños y los caballos se unieron a la muchedumbre.

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—Oh, todo va muy bien para ti —murmuró Aravis, con tono bastante violento—. ¿Qué te importa a ti Tashbaan? Pero yo debería ir en una litera con soldados delante de mí y esclavos a mis espaldas, y tal vez me dirigiría a un gran banquete en el palacio del Tisroc (que viva para siempre), en lugar de entrar así, furtivamente. Es muy distinto para ti.

Shasta pensó que todo eso era sumamente tonto.

Al otro extremo del puente las murallas de la ciudad se elevaban muy por encima de ellos y las puertas de bronce estaban abiertas en un pórtico que era realmente muy amplio pero que parecía estrecho por su gran altura. Media docena de soldados, apoyados en sus lanzas, permanecían de pie a cada lado. Aravis no podía dejar de pensar: “Todos se pondrían en posición firme y me saludarían si supieran de quién soy hija”. Pero los demás pensaban sólo en cómo irían a pasar las puertas, esperando que los soldados no les hicieran preguntas. Afortunadamente no se las hicieron. Pero uno de los soldados cogió una zanahoria del canasto de uno de los campesinos y se la tiró a Shasta con una grosera risotada, diciendo:

—¡Oye! ¡Niño palafrenero! Las vas a pagar si tu amo descubre que has usado su caballo de silla para trabajo de carga:

Esto lo asustó muchísimo ya que demostraba que, por supuesto, nadie que supiera algo de caballos tomaría a Bri por un animal de carga.

—Son las órdenes de mi amo, para que sepas —repuso Shasta.

Pero más hubiera valido que hubiese refrenado su lengua pues el soldado le dio una bofetada en la cara que casi lo derribó, diciéndole:

—Toma, porquería, para que aprendas a hablarle a un hombre libre.

Pero finalmente lograron entrar en la ciudad sin ser detenidos. Shasta lloró sólo un poquito; estaba acostumbrado a recibir golpes fuertes.

Dentro de las puertas, Tashbaan no les pareció en un comienzo tan espléndida como a la distancia. La primera calle era estrecha y las murallas a ambos lados apenas tenían una que otra ventana. Había un gentío mucho mayor de lo que Shasta esperaba: todo lleno, en parte de campesinos (camino al mercado) que habían entrado con ellos, pero también de vendedores de agua, vendedores de confites, porteros, soldados, mendigos, niños harapientos, gallinas, perros vagos, y esclavos descalzos. Lo que más hubieras notado, si hubieses estado allí, habrían sido los olores que emanaban de gente sucia, perros sucios, perfumes, ajo, cebollas, y los montones de basura desparramada por todos lados.

Shasta simulaba llevar las riendas, pero en realidad lo hacía Bri, que conocía el camino y que lo guiaba dándole empujoncitos con la nariz. Pronto doblaron a la izquierda y comenzaron a subir una empinada colina. Acá estaba mucho más fresco y agradable, porque el camino estaba rodeado de árboles y sólo al lado derecho había casas; por el otro lado podían ver los techos de las casas en la parte baja del pueblo y algo del río. Luego hicieron a su derecha una curva en forma de horquilla y continuaron subiendo. Fueron zigzagueando hasta el centro de Tashbaan. Pronto llegaron a calles más elegantes. Grandes estatuas de los dioses y héroes de Calormen, que son más bien impresionantes que agradables de ver, se alzaban sobre brillantes pedestales. Las palmeras y las arcadas de columnas arrojaban su sombra sobre el ardiente pavimento. Y a través de los pórticos abovedados de numerosos palacios, Shasta alcanzó a vislumbrar ramas verdes, frescas fuentes y terso césped. “Debe ser bonito ahí adentro”, pensó.

(25)

del todo, lo que se debía casi siempre a que una voz potente gritaba: “Abran paso, abran paso al Tarkaan” o “a la Tarkeena” o “al decimoquinto Visir” o “al Embajador” y todo el gentío se apretaba contra las murallas; y por encima de sus cabezas, Shasta veía a veces al gran señor o señora que ocasionaba tal conmoción, recostados en una litera que cuatro y hasta seis gigantescos esclavos llevaban sobre sus hombros desnudos. Porque en Tashbaan hay una sola regla de tránsito, la cual es: toda persona poco importante tiene que dar paso a cualquiera que sea más importante; a menos que quieras recibir un latigazo o una punzada de la punta de una lanza.

Fue en una calle sumamente lujosa, muy cerca de la parte más alta de la ciudad (sólo el palacio del Tisroc estaba más arriba) que ocurrió la más desastrosa de esas detenciones.

—¡Paso! ¡Paso! ¡Paso! —se escuchó la voz—. Paso para el blanco Rey bárbaro, el huésped del Tisroc (¡que viva para siempre!). Paso a los nobles de Narnia.

Shasta trató de apartarse del camino y de hacer retroceder a Bri. Pero ningún caballo, ni siquiera un caballo narniano que habla, retrocede con facilidad. Y una mujer que llevaba en sus manos un canasto de bordes muy afilados, y que estaba justo detrás de Shasta, apretó violentamente el canasto contra sus hombros, diciéndole: “¡Vamos a ver! ¡A quién estás empujando!”. Y entonces alguien más le dio un empellón y en la confusión soltó a Bri. Y toda esa muchedumbre detrás de él era tan compacta y tan estrechamente apretada que no se pudo mover. Por consiguiente se encontró, sin querer, en la primera fila y tuvo una magnífica vista del grupo que venía por la calle.

Era muy diferente de los otros grupos que había visto aquel día. El pregonero que iba adelante gritando: “¡Paso, paso!”, era el único calormene. Y no había ni una sola litera; todos iban a pie. Era una media docena de hombres y Shasta jamás había visto nadie como ellos. En primer lugar, todos tenían tez blanca como él, y la mayoría tenía el cabello claro. Y no vestían como los hombres de Calormen. Muchos tenían las piernas desnudas hasta la rodilla. Sus túnicas eran de colores elegantes, brillantes, fuertes: verde bosque, alegres amarillos, o fresco azul. En vez de turbantes usaban gorras de acero o de plata, algunas adornadas con joyas, y una con alitas a cada lado. Unos pocos iban con la cabeza descubierta. Sus espadas eran largas y rectas, no curvas como las cimitarras de los calormenes. Y en lugar de ser serios y misteriosos como la mayoría de los calormenes, caminaban con ritmo, con sus brazos y hombros sueltos, y charlaban y reían. Uno iba silbando. Te dabas cuenta de inmediato que estaban dispuestos a hacerse amigo de cualquiera que fuera amistoso y les importaba un rábano el que no lo fuera. Shasta pensó que nunca había visto algo tan encantador en toda su vida.

Mas no hubo tiempo para disfrutarlo, ya que de pronto sucedió la cosa más espantosa. El jefe de los hombres de pelo claro señaló a Shasta de súbito, gritando: “¡Ahí está! ¡Ahí está nuestro fugitivo!”, y lo tomó por el hombro. Al minuto siguiente le dio una palmada a Shasta —no una palmada cruel que te haga llorar sino una fuerte para que sepas que te van a castigar— y agregó, remeciéndolo:

—¡Qué vergüenza, señoría! ¡Pero qué vergüenza! Los ojos de la reina Susana están rojos de tanto llorar por ti. ¿Cómo es eso? ¡Desaparecido toda la noche! ¿Dónde has estado?

Shasta se habría lanzado debajo del cuerpo de Bri y habría tratado de esfumarse en la multitud si hubiera tenido la más mínima posibilidad; pero los hombres de pelo claro lo habían rodeado y lo sujetaban firmemente.

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que quería hacer en ese lugar lleno de gente era ponerse a explicar quién era. Si lo hacía, pronto le preguntarían de dónde había sacado su caballo, y quién era Aravis, y entonces, adiós a cualquiera posibilidad de salir de Tashbaan. El siguiente impulso que tuvo fue recurrir a Bri para pedirle ayuda. Pero Bri no tenía la menor intención de permitir que toda esa muchedumbre supiera que él podía hablar, y aparentó ser todo lo estúpido que un caballo puede ser. En cuanto a Aravis, Shasta no se atrevió siquiera a mirarla por miedo a llamar la atención sobre ella. Y no había tiempo para pensar, porque el jefe de los narnianos estaba diciendo:

—Toma una de las manos de su señoría, Peridan, por favor, y yo tomaré la otra. Y ahora, adelante. Nuestra real hermana se tranquilizará cuando vea a nuestra joven víctima propiciatoria a salvo en nuestras habitaciones.

Y de ese modo, antes de llegar a la mitad de camino para cruzar Tashbaan, todos sus planes se vieron arruinados, y sin siquiera tener la oportunidad de decir adiós a los demás, Shasta se encontró con que unos extranjeros se lo llevaban sin ninguna ceremonia y que era totalmente incapaz de adivinar qué sucedería más adelante. El Rey narniano —pues Shasta comprendió por la manera en que el resto le hablaba que él debía ser el Rey— siguió haciéndole preguntas: dónde había estado, cómo había salido, qué había hecho con sus vestimentas, y si no sabía que se había portado pésimamente. Sólo que el Rey decía pésimo en lugar de pésimamente.

Y Shasta no respondía, porque no podía pensar nada que decir que no fuera peligroso. —¡Qué es esto! ¿Estás mudo? —preguntó el Rey—. Tengo que decirte con toda franqueza, Príncipe, que este vergonzante silencio es menos digno de alguien de tu sangre que la propia escapada. Se puede perdonar la fuga como una travesura de un niño con algo de humor. Pero el hijo del rey de Archenland debe reconocer sus actos y no inclinar la cabeza como un esclavo calormene.

Esto fue muy desagradable, pues Shasta iba todo el tiempo pensando que ese joven Rey era la persona grande más encantadora que conocía y le habría gustado darle una buena impresión.

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—Oh Corin, Corin, ¿cómo has podido hacer esto? Tú y yo que somos tan amigos desde que murió tu madre. ¿Y qué le habría dicho yo a tu padre si vuelvo a casa sin ti? Habría sido casi motivo de guerra entre Archenland y Narnia, que son aliados desde tiempos inmemoriales. Estuvo mal, querido compañero de juegos, muy mal de tu parte tratarnos así.

“Aparentemente —se dijo Shasta— me confunden con un príncipe de Archenland, dondequiera que esté eso. Y éstos deben ser los narnianos. Me pregunto dónde estará el verdadero Corin.” Pero estos pensamientos no lo ayudaron a decir nada en voz alta.

—¿Dónde has estado, Corin? —preguntó la dama, con sus manos aún sobre los hombres de Shasta.

—N-n-no sé —tartamudeó Shasta.

—Ahí lo tienes, Susana —dijo el Rey—. No le he podido sacar palabra verdadera o falsa.

—¡Majestades! ¡Reina Susana! ¡Rey Edmundo! —dijo una voz.

Y cuando Shasta se volvió a mirar al que hablaba, la sorpresa que se llevó le dio el susto de su vida. Pues era una de esas curiosas criaturas que había divisado por el rabillo del ojo cuando recién entró en la habitación. Era más o menos del mismo porte de Shasta. De la cintura para arriba era como un hombre, pero sus piernas eran peludas como las de una cabra, y de la misma forma de las de una cabra y tenía cascos de cabra y una cola. Su piel era más bien roja y tenía el pelo crespo y una barba corta y en punta y dos pequeños cuernos. En realidad era un fauno, una criatura que Shasta no había visto jamás ni en dibujos y de la cual ni siquiera había oído hablar antes. Y si tú ya leíste el libro llamado El

León, la Bruja y el Ropero, te encantará saber que se trataba del mismo fauno, Tumnus era

su nombre, que habían conocido la Reina Susana y su hermana Lucía el primer día que descubrieron la manera de llegar a Narnia. Pero estaba muchísimo más viejo porque ahora Pedro y Susana y Edmundo y Lucía ya llevaban varios años como Reyes y Reinas de Narnia.

—Sus Majestades —decía—. La pequeña Alteza ha tenido una insolación. ¡Mírenlo! Está aturdido. No sabe dónde está.

Entonces, por supuesto, todos dejaron de reprender a Shasta y de hacerle preguntas y comenzaron a mimarlo y lo colocaron en un diván y le pusieron cojines bajo la cabeza y le dieron a beber sorbete helado en una copa de oro y le dijeron que se quedara tranquilo.

Nunca le había pasado algo así a Shasta en su vida. Jamás había imaginado siquiera que podría estar tendido en algo tan confortable como ese diván o beber algo tan delicioso como ese sorbete. Aún se preguntaba qué les habría ocurrido a los otros y cómo diablos iba a escapar para juntarse con ellos en las Tumbas, y qué iba a pasar cuando el verdadero Corin volviera. Pero ninguna de estas preocupaciones le parecía tan urgente ahora que estaba tan cómodo. ¡Y a lo mejor, más tarde, habría cosas exquisitas para comer!

Entretanto, era entretenido observar a la gente que se encontraba en esa sala fresca y ventilada. Aparte del fauno había dos enanos (una clase de criatura que no había visto antes) y un inmenso cuervo. El resto eran todos humanos; adultos, pero jóvenes, y todos, hombres y mujeres, tenían caras y voces más bellas que las de la mayoría de los calormenes. Y pronto Shasta principió a interesarse en la conversación.

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La dama movió negativamente la cabeza.

—No, hermano —dijo—, ni por todas las joyas de Tashbaan.

(“¡Hola! —pensó Shasta—. Aunque son rey y reina son hermano y hermana, no están casados”.)

—Verdaderamente, hermana —dijo el Rey—, te amaría mucho menos si lo hubieras aceptado. Y te diré que cuando fueron por primera vez los embajadores del Tisroc a Narnia a convenir este matrimonio, y después cuando el Príncipe fue nuestro huésped en Cair Paravel, me asombraba que pudieras estar dispuesta a demostrarle tanto favor.

—Esa fue una locura mía, Edmundo —respondió la reina Susana—, y te ruego que me perdones. Sin embargo, cuando estaba con nosotros en Narnia, en realidad este Príncipe se comportó de manera muy distinta a como lo hace ahora en Tashbaan. Pues todos ustedes son testigos de las maravillosas proezas que realizó en el gran torneo y en las justas que nuestro hermano el gran Rey organizó para él, y lo sumisa y cortésmente que fraternizó con nosotros por espacio de siete días. Pero aquí, en su propia ciudad, muestra otra cara.

—¡Ah! —graznó el cuervo—. Hay un viejo dicho: conoce al oso en su propia madriguera antes de juzgar sus condiciones.

—Eso es muy cierto, Sálopa —dijo uno de los enanos—. Y hay otro: ven a vivir conmigo y me conocerás.

—Sí —dijo el Rey—. Ahora lo hemos visto tal cual es: el tirano más orgulloso, sanguinario, ostentoso, cruel y ególatra.

—Entonces, en nombre de Aslan —dijo Susana—, vámonosde Tashbaan hoy mismo. — Ahí está el problema, hermana —replicó Edmundo—. Pues ahora te voy a revelar algo que me tiene extremadamente preocupado en estos últimos dos días o más. Peridan, ten la amabilidad de ir a la puerta y ver si no hay alguien espiando. ¿Todo bien? Me alegro. Pues es preciso ser muy discretos.

Todos tenían una expresión muy seria. La reina Susana dio un salto y corrió hacia su hermano.

Referencias

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