DE
VIDA
c.f
DE
_
DON ANDRÉS BELLO
POR
MIGUEL LUIS
AMUNÁTEGUI
G
©o>
SANTIAGO
DE CHILE
IMPRESO POR PEDRO G. RAMÍREZ
He
aceptado
el encargo
ele
componer
este
libro,
tanto
por
complacer
alos miembros del
consejo
de
instrucción
pública,
del
cual
tengo
el honor de
sersecretario,
comopor considerar que yo
mehallaba
enposesión
de
noticias
idocumentos que
otros
nopodrían
proporcionarse
conigual
facilidad.
Habiendo tenido la buena fortuna de
tratar
coninti
midad por
largo
tiempo
adon Andrés
Bello,
pude
reco-jer
gran número de datos
ciertos
einteresantes
sobre
suvida
i'escritos.
El afecto
conque
correspondí
a susbondades,
i
la
admiración que
suvasto i
variado saber
despertó
enmi
alma,
mehan llevado
aescudriñar
concuriosidad
cuanto
se
referia
a supersona
i
a susobras.
Estas
investigaciones
mepermitieron
hacer
diversas
publicaciones biográficas
ocríticas
tocantes
aél.
Sin
embargo,
enninguna
de
ellas,
tuve
oportunidad
de
consignar
noticias tan numerosas, tan
completas,
tan
exactas,
comolas que ahora
suministro.
VI ADVERTENCIA
también
mehe
aprovechado
de muchos
papeles
i
apuntes
inéditos.
De todos
modos,
el
presente
volumen
tiene
el mérito
indisputable
de dar
a conocervarias
piezas
enprosa
i
en versode
tan
egrejio
autor,
hasta ahora
ignoradas.
Me cabe la satisfacción de haber
puesto
todo
lo
que
ha estado de
mi
parte,
afin de que
este
homenaje
fuera
medianamente
digno
de la
memoria
de
aquel
aquien
unilustre miembro de la Real Academia
Española*
acaba
de
proclamar,
en unaocasión
solemne,
el
príncipe
de los
poetas
i escritores del Nuevo
Mundo,
i
de
quien
unin
signe
i
popular
vate**
ha
escrito
que
«i los ecos de su voz
vibrante,
Seincorpora
en la tumbaGarcilaso,
I lecontempla
con amor Cervantes.El
haber
fracasado
ental
propósito
no esculpa
de la
voluntad.
*
El señor don Manuel Cañete. **
DE
DON
ANDRÉS
BELLO
I
Lacasa en que nació don Andrés Bello.
Don
Andrés
Bello nació
enCaracas,
esapatria
ilustre de
tantos varonesinsignes
por el valor i por el
injenio.
Debia
tenerpor
paisano
aSimón
Bolívar,
mui
poco
masjo
venque él.
En
los
últimos años del
siglo
pasado,
i
enlos
primeros
del
actual,
selevantaba,
alas
inmediaciones de la
iglesia
de
las
Mercedes,
una casacuyo edificio
erabastante
modesto,
pero
que atraia la atención por
unhuerto de hermosos árboles.
Esa fué la
casadonde don Andrés Bello vino al
mundo.
El
espantoso
terremoto de
1812
arruinó,
tanto esacasa,
comola
iglesia
vecina.
Corriendo
el
tiempo,
fueron
reconstruidas
primero
la
casa,
i mucho
mastarde la
iglesia.
Cuando
Bello
supo
la
segunda
de
estasreparaciones,
escri
bió
a unapersona
de
sufamilia
estatierna
frase,
que habria
podido
servirle mui bien de
temapara
unaoda,
i que el ilus
trado
escritor
venezolano
don
Aristídes
Rojas,
justo
admirador
de
sucompatriota,
ha
salvado
oportunamente
del
olvido:
«¡Cuántos
preciosos
recuerdos
sujiere
esetemplo
i
sus cercanías,
teatro
de
mi
infancia,
de mis
primeros
estudios,
'
i VIDA
primeras
i
mas carasafecciones!
Allí la
casa onque nacimos
i
jugamos,
conpatio
i
corral,
con susgranados
i
naranjos.
I
ahora,
¿cpié
esde
todo
esto?»Fecha de sanacimiento.
Don
Andrés
Bello
medijo,
nouna, sino
repetidas
veces, que
habia nacido el
30
de noviembre de
1780.
Do
acuerdo
conla afirmación de
testigo
tanabonado,
lo
referí
así
enla
biografía
que
publiqué
el
añode 1854.
Muchos
otroslo
repitieron
de
palabra,
opor
escrito.Sin
embargo, Bello,
epue lo
oia,
olo
leia,
nuncalo
rectificó.
Tal aseveración
teniaademas
en suapoyo el celebrarse el
30 de noviembre la fiesta de
su santopatrono.
Mientras
tanto,
la
fe de bautismo
compulsada
por el
señordon
Aristides
Rojas
en-los archivos de la
parroquia
de Alta
Gracia,
ide la
universidad
de
Caracas,
manifiesta que don
Andrés
Bello
iLópez
nació el
29
de noviembre do 1781.
Nuestro
protagonista,
que
llegó
asaber
tantas i tanvariadas
cosas, ique las
supo
tanbien, ignoraba
la fecha
exactado
sunacimiento.
¿Cómo
habia incurrido
ensemejante equivocación?
Por mi
parte,
nopuedo esplicarlo.
Ello
esque Bello
pensaba
erradamente que contaba
unaño
masde los que tenia
enrealidad.
Su familia.
Los
projenitores
de
Bello
fueron
dos
vecinos
de
Caracas lla
mados don Bartolomé Bello
idoña Ana Antonia
López.
Don Bartolomé
era unabogado
distinguido,
que
sepropor
cionó
enel foro los
recursosnecesarios,
sino para atesorar
uncaudal,
alo menos para proveer
alas
necesidades
de
su naciente familia.
Según
el
señorRojas,
aun seejecuta
enVenezuela la de
unamisa que don Bartolomé elaboró.
Don
Andrés,
aunque
gustaba
mucho de
oír
tocar ocantar,
noheredó
esetalento de
supadre.
Doña
Ana Antonia
López
fué
unaexcelente
señora,
que le
gó
a suhijo
los frecuentes dolores de cabeza
ila
lonjevidad.
Don
Carlos
Bello,
nieto
de
ella,
hizo
unviaje
aVenezuela.
Léase
cómo refiere
aclon
Andrés,
en cartade
6 de
junio
de
1
846
jla
primera
entrevista
consuabuela,
la cual
entonces
aunvivia.
«Llegué
ala
Guaira;
i
alas dos
horas,
mepuse
encamino
conbuen
carruaje,
ipor la
carreteraabierta
el
añopasado.
Cortada
enel
faldeo de las
montañas,
parece
alo
lejos
unalista
amarilla,
trazada sohre la verde
grama;pero,
apenas
en tra unopor
ella,-
la lista
se tornacamino,
iárboles
crecidos,
que cubren
con eternasombra
suspropios
troncosfesoque
semejaba
mullida
grama.Desde las
alturas,
sedivisan hondos
valles,
todos
verdes,
todos
regados.
Peroquiero
olvidar
todo
estopara
llegar
de
una vez alo que
aUsted
interesa.«Llegué
aCaracas;
idespués
de
algunos trabajos,
acerté
conla
casade
miabuela.
Eracha
domingo;
ihabia
salido,
como tienede
costumbre,
a casade
mi tiaRosarito. Fui
abuscarla,
i
quiso
mi suerteque
la
encontrase enla calle.
Mela
dio
a co nocerla persona que
me serviade
guia.
Sin
decir
quién
erayo, la
conduje
conel talismán del nombre de Usted
(que
ella
soresistía)
a casade
Rodríguez.*
Allí
medi
a conocer.Ya
puede
figurarse
Usted cuántos abrazos
recibiría,
cuántas
preguntas
tu veque
contestar,
i
cuan
grande
fué la sorpresa i
placer,
sobre
todo de mi abuela. Lleva maravillosamente bien
susmuchos
años.Es
activa,
hacendosa,
i
hasta
masalegre
de lo que pu
diera
creerse.Los
retratosle han causado infinito
placer;
pero
le
cuestaconformarse
conla
idea
de
que
Usted
tenga
canas, i
que
le
falten clientes.»
Doña
Ana
profesó
siempre
adon
Andrés
i
alos
hijos
de
és
teel
masentrañable afecto.
*
k VIDA
A
principios
de
1825,
don Andrés
hizo
que
los
dos
hijos
que
ala
sazóntenia escribiesen desde
Londres
ala
señora.Aquella
cartafué
unverdadero acontecimiento
enel
hogar
de
Caracas.
«He
tenido
mucho
gusto
en verlas
cartasde
los
niños,
de
cia doña Ana
aclon
Andrés
confecha 15 de mayo de
aquel
año.Fué
tanjeneral
el
regocijo
entoda
la casa, que hasta la
cocinera vino
aoírlas leer.»
La
señora,
a causade
sus años ide
susocupaciones,
según
lo
declara,
envió
a susdos
nietos unasola contestación.
Después
de felicitarlos por la
aplicación
al estudio que ya
manifestaban,
ipor el
respeto
iobediencia que tenian
a supadre,
les
agregaba:
«Meredoblarías el
gusto,
mi
querido
Carlos,
si memandaras aunque fuese
unaflor
dibujada
de
tu mano; imi
querido
Francisco
medará el mismo
gusto,
cuando
sepa lo mismo.»
Don Andrés
Bello,
naturalmente
afectuoso,
apesar de
susapariencias
frias
ireservadas,
correspondía
al cariño
de
sumadre
con otroigual.
El
señordon Aristídes
Rojas
ha
tenido
la buena idea de dar
a conocerel
siguiente
párrafo
de
cartaescrita por don Andrés
en susúltimos
años.«Lee
estosrenglones
ami
adorada
madre,
que
sumemoria
no seaparta
jamas
de
mí,
que
nosoi capaz de
olvidarla,
ique
nohai
mañana,
ni
noche,
que
nola
recuerde;
que
sunombre
es unade las
primeras palabras
que
pronuncio
al
despertar,
i
unade las últimas que salón de
mislabios al
acostarme,
ben-diciéndola
tiernamente,
irogando
al cielo derrame sobi-e ella
los consuelos de que
tantonecesita.»
Don
Andrés, primojénito
de
sufamilia,
tuvo treshermanos:
don
Carlos,
clon Florencio
idon
Eusebio;
i cuatrohermanas:
doña María de los
Santos,
que, el 30 de
agosto
de
1820,
tomó
el
hábito de
monja
carmelita,
doña
Josefa,
cfoña
Dolores,
que
casó
condon
Miguel Rodríguez,
idoña
Rosario,
que también
fué casada.
Don
Carlos,
el
hijo
de
éste,
escribía
a supadre
confecha G
de
junio
de
1840,
en una cartaque
ya
he tenido ocasión
de
citar,
lo que
sigue:
«Al
dia
siguiente
de
millegada
aCaracas,
vinodel campo mi tio
Carlos,
del valle de
Abajo,
ados
leguas
de la
ciudad,
i
donde reside habitualmente. Está
masaqueja
do de la
edad,
que
Usted; misántropo,
i
nomui
liberal.»
Don
Andrés fué también mui
amantede
sushermanos,
los
que habian
esprimido
unmismo seno, los que, por
largo
tiempo,
sehabian
abrigado bajo
unmismo
techo,
los que habian
crecido
juntos,
participando
de
unasmismas
alegrías
i
de
unasmismas penas.
Me parece
oportuno
reproducir aquí,
encomprobación
del
precedente
aserto,
unpárrafo
de
unacartaescrita
en suvejez
por
Bello,
que el
señorRojas
ha
publicado.
«Díles
amishermanas que
me amensiempre;
que la
seguri
dad de que así lo hacen
es tannecesaria para
mí,
comoel aire
que
respiro.
Yo
metrasporto
conmi i
maj
¡nación
aCaracas,
oshablo,
osabrazo;
vuelvo
luego
enmí;
me encuentro a millares de
leguas
del
Catuche,
del Guaire
idel Anauco. Todas
estasimájenes
fantásticas
sedisipan,
comoel
humo;
i mis
ojos
sellenan
de
lágrimas.
¡Qué
triste
es estar tanlejos
de
tantosobjetos
queridos,
i
tenerque consolarse
conilusiones que du
ran uninstante,
i
dejan
clavada
unaespina
enel alma!»
Aparece
que
don
Andrés Bello
sehallaba
perfectamente
do
tado para
serel
poeta
de los afectos de familia.
Ese cariño sincero i ardoroso que
consagraba
a susdeudos
ausentes estaba distante de
sersolo
platónico.
A
pesar
de
sus escasasentradas,
procuró
enviarles
cuantosausilios le fué
posible.
Tengo
ala vista
unacarta que
unasobrina
suya
le
dirijió
desde Caracas el 4
de
marzode
1861,
i enla cual
selee
estafrase
significativa:
«Cuídese
mucho,
porque para
todos,
espreciosa
iquerida
suexistencia;
pero
para
algunos,
esademas
Usted
suprovidencia,
»II
Encanto que don Andrés
Bello,
aunniño,encuentra en lascomedias de Calderón de la Barca.Yo mismo he oído
adon
Andrés Bello
endistintas ocasio
neslo que
voi areferir.
Bello habia
cumplido
once años.Existia
entonces
enCaracas
unatienda,
donde
sevendían
comedias do don
Pedro Calderón
de
la Barca
a unreal cada
una.Habiéndolo descubierto el niño
Bello,
destinó
casitodo el
dinero
que le caia
enlas
manos acomprar comedias de Cal
derón.
Aquellos
versos, enlos
cuales brilla
unafantasía
tanrica,
le
encantaban,
aunque amenudo
nocomprendía
el sentido do
susconceptos.
No solo los leía
ilos
releía,
sino que los
aprendía
de
memoria,
ilos declamaba
a sumadre,
que
secomplacía
en escucharle.
Conservó
toda la vida
esaafición
apasionada
alos
dramas
de
Lope
de
Vega,
de Calderón
ide los
otros maestrospertene
cientesal
antiguo
teatroespañol,
los cuales
tornaba
arepasar
de
tiempo
entiempo
con undeleite
esquisito.
Era esta
unaele
susdistracciones
predilectas.
El mercenario frai Cristóbalde
Quesada, primer
maestro de Bello.vecino,
la conveniencia que habria
encultivar
con esmero unentendimiento
tanprivilegiado.
Habiéndolo
representado
así
aclon
Bartolomé,
éste,
como era¡natural,
accedió
ala indicación.
I
lo hizo
con tanta masfacilidad,
cuantoque frai
Ambrosio
proporcionaba
unprofesor
como sehabrían encontrado
enton cesmui pocos
iguales
entocia la estension de la América Es
pañola,
según el mismo don Andrés lo
advertía,
cuando
recordaba los hechos de
sujuventud.
Fué
aquella
unabuena
fortuna,
que
ejerció
indubitable
ibenéfica
influencia
enel
desenvolvimiento
intelectual de
nues troprotagonista.
Antes de
seguir
narrando la vida
del
discípulo, permítaseme
detenerme
un momentodolante del
maestro.Es
esteunhonor que,
a mijuicio,
merecedesde
que le cupo
unaparte
principal
enla
formación del literato
eximio,
aquien
debe ahora que
sunombre
seatraído
ala
memoria,
después
de
tantosaños,
i a tantadistancia de
supatria.
El
individuo aludido
era unfraile de la
Merced,
llamado frai
Cristóbal
de
Quesada,
que
gozaba
por entonces
enVenezuela
de
unagrande
ifundada
reputación
do saber.
En
unaedad
temprana,
bajo
el
imperio
de
unfervor
pasa
jero,
que habia tomado por vocación
sólida,
sehabia
ligado
para
siempre
con votosindisolubles
enla
orden
monástica ya
mencionada.
Con el
tiempo,
unarrepentimiento
tardío
había
reemplaza
do
aquel
arrebato
fugaz.
El
padre Quesada,
que
nohabia
nacido para
el
claustro,
sevio
conpesar
dentro de las
paredes
de
unconvento,
i
sintió el
pecho ajitado
por sentimientos tumultuosos que
no erando los
que conducen al
ascetismo,
ohacen perseverar
enél.
Semejante
situaciónle
llegó
a serinsoportable.
Para escapar
aella,
sefugó
del
convento,
colgando
los há
bitos,
icambiando
suverdadero nombre por el de clon Carlos
Sucre,
apellido
que
nousurpaba
completamente,
pues
perte
necía
ala familia del vencedor de
Ayacucho.
•á VIDA
La
capacidad
de frai
Cristóbal
de
Quesada,
o seade
don
Car
los
Sucre,
debia
seraventajada,
puesto
que,
enaquella
provin
ciadistante de
sutierra
natal,
sin
amigos
isin
protectores,
segranjeó
el
aprecio
ila
confianza del
virrei,
hasta el
punto
de
que éste le nombrara secretario
privado.
En Nueva
Granada,
acatado por
suvalimiento,
llevaba
unaexistencia
tranquila
i
satisfecha.
El temor de
serreconocido
noenturbiaba
siquiera
sufelici
dad,
pues
selisonjeaba
de haber tomado
cuantasprecauciones
erannecesarias para ocultar lo que habia
sido,
iademas
juz
gaba
que nadie
podia sospechar
unfraile
prófugo
enel minis
troíntimo de todo
unvirrei.
Desgraciadamente
para
él,
susprevisiones
salieron frustradas.
Cierto
dia,
uncaballero
pidió
al
pretendido
clon Carlos Su
cre unaconferencia,
que éste
no tuvoreparo
enconceder.
Apenas
estuvieron
solos,
el
solicitante,
a manerade
intro
ducción,
le
dijo
sincircunloquios,
ni
rodeos:
—
Usted es,
nodon Carlos
Sucre,
sino
frai
Cristóbal de
Que
sada.
La alteración
patente
que
esperimentaron
las
facciones
del
secretario fué
unaprueba
visible del
aserto,
la cual habria di
sipado
enel ánimo de
suinterlocutor hasta la
última
incerti
dumbre,
si
la hubiese
abrigado.
El caballero
agregó:
—Mi
proceder
ha sido
quizá
poco
delicado;
pero
notenga
Usted cuidado:
su secretoestá
garantido
por
mihonor. Lo que
meha
impulsado
adar
estepaso
hasido,
no unacuriosidad
indiscreta,
sinoel deseo de manifestar
aUsted que
suincógni
to no sehalla bien
guardado,
i que
Usted
podría
encontrarse
con otromenos
circunspecto
i
sijiloso,
que yo.
Quesada
nodespreció
el
consejo,
i
se tuvopor
advertido.
Sin
tardanza, compareció
ante el virrei para
hacerle
unafranca confesión de
sufalta,
demandándole
por
única
gracia
que viese
modo
de que
suvuelta
al
convento severificara
sin
estrépito,
ni
humillaciones.
Frai
Cristóbal,
aquien
no seimpuso
por
suapostasía
otrocastigo
cpie el
arrepentimiento,
vivió el
restode
susdias dedi
cado
a susdeberes
relijiosos,
i
buscando
enel estudio el
olvido
de los
placeres
mundanales que habia
abandonado
tancontra
suvoluntad.
Sus brillantes calidades hicieron que
suscompañeros
le
rodeasen
siempre
de
consideraciones,
i que
todos
le
prestasen,
ya
que
noel acatamiento que
sehabia rendido al
privado
de
unvirrei,
alo menos
esadeferencia
respetuosa
que
setributa
al mérito
indisputable.
El
padre
Quesada
sehabia
adquirido
la fama
de
ser unode
los
masconsumados latinos
eme seconocieran,
ide
seoruro,el
primero
que hubiera
ala fecha
enVenezuela.
Era,
no ungramático
adocenado de esos,
comohabia
muchos,
que sabian las
reglas
de
Nebrija,
i
traducían
chapuceramente
aCicerón
i aVirjilio,
sino
todo
unliterato de
gusto
cultivado
i
esquisito,
que
comprendía
las
bellezas
de los
clásicos,
i
las
saboreaba.
Grande
admirador
de
esos autoresselectos,
sedeleitaba
le
yéndolos,
iesperimentaba
unentusiasmo fervoroso por pro
ducciones de cuyos
primores
eraapreciador
mui
competente.
Aunque
frai
Cristóbal de
Quesada,
contales
requisitos,
ha
bria sido
unindividuo harto bien
preparado
para iniciar
a unjoven
enel
conocimiento,
tantode la
lengua,
comode la litera
turalatina,
nohacía,
sin
embargo, profesión
de
enseñar.Mas
frai Ambrosio
López,
íntimo
amigo
de
sudocto
corre-lijionario,
seempeñó
con sumaeficacia
para que frai Cristó
bal consintiera
endar lecciones
privadas
a susobrino,
el cual
apenas
salia
de la escuela.
Habiendo accedido
Quesada
ala
solicitud,
el niño Bello
prin
cipió
el
estudio de la latinidad
bajo
la
dirección
de
tanhábil
humanista.
10 VIDA
Método que el
padre Quesada
empleó
para enseñara,Bello.El
maestro iel
discípulo
seentendieron
alas mil maravillas.
Frai
Cristóbal notó
pronto
que
no .setomaba
untrabajo
vano.Su
alumno,
dotado
de
unaintelijencia
sobresaliente,
i
de
unaaplicación incansable,
escuchaba
suscsplicacioncs
conatención,
ilas
entendía
conrapidez.
La
enseñanzafué
muiatractiva,
cuando vino el
casode
traducir.
El
padre
Quesada
seiba
deteniendo
encada
pasaje
notable
para hacer que Bello
sefijase
enlas calidades del
estilo,
o enla naturaleza de los
pensamientos.
No limitándose
alas
simples reglas
de la
gramática,
le
enseñaba
prácticamente,
isobre el modelo
mismo, puede decirse,
las de la
composición,
los vicios
enque suelen incurrir los
escritores,
el modo
comolos han evitado los hombres de
talento.
No
descuidaba
nada,
ni
el
lenguaje,
que analizaba
confa
cilidad,
nilas
ideas,
que
juzgaba
condiscernimiento.
Hacía
suslecciones simultáneamente estensivas
ala
gramá
tica
i ala
literatura,
ala letra
ial
espíritu.
Semejante
método
teniala
ventaja
de
nofastidiar
nuncaal
alumno,
amenizando el
estudio,
ide
mantenersiempre despier
tala curiosidad de
éste,
tratando
sin cesarde
cosas nuevas.El
padre
Quesada
ejecutaba
todo
esto sinaparato,
en una conversaciónfamiliar,
pero
animada,
sin el
pedantismo,
i
el
estiramiento do
uncatedrático titulado.
Una educación de
estaespecie
sehallaba
perfectamente
calculada para
despertar
ifomentar
las dotes
intelectuales
do
unniño;
cultivaba
sujuicio,
masbien que
sumemoria.;
le
acostumbraba
apensar;
le;
obligaba
areflexionar,
en vezde ha
bituarle
a retenerlo que oia
sinentenderlo,
i arepetirlo
comopapagayo.
Me
parece que la
provechosa
influencia
de tal
¿Cómo
negar
que
esoestudio
concienzudo
de los
clásicos,
efectuado
tananticipadamente,
nohaya
contribuido sobre
ma nera aformar la severidad de
gusto
que manifestó
eseniño,
cuando
pasó
a ser unode los escritores
mascastizos i
sensa tosde la América
Española?
¿Cómo
negar que
esaenseñanzademostrada
conraciocinios
i
ejemplos,
enla cual
no sesuministraba al alumno
unasola
noción
sin
esplicar
sufundamento, haya
entrado por mucho
en
la
adquisición
del
criteriopoderoso
que salvó
aBello
mastarde de dar cabida
en sucabeza
aconocimientos mal
dijeridos,
a
ideas
paradojales,
aabsurdos cuyo único apoyo fuese la
rutina?A la
verdad,
síBello
nohubiese tenido la
intelijencia
conque
Dios le
dotó,
el
padre
Quesada
no sela habria
reemplazado.
Quod
naturanondat,
Salamanca
nonprestat,
decian los
escolásticos
españoles.
Pero lo que yo
sostengo
esque las lecciones del
padre
Que
sada
anticiparon
contoda
probabilidad
el
perfeccionamiento
de
las
potencias
intelectuales
de
Bello,
les dieron la dirección
conveniente,
i
fortalecieron
conla
educación la obra de la
naturaleza.
Admiración que causa a Bello la lectura del Don
Quijote.
Bello
aprendió
enel
conventode la
Merced,
enCaracas,
nosolo el
latin,
sino
también el castellano.
El
padre Quesada,
que
erael bibliotecario de la
comunidad,
imui
aficionado
ala
lectura,
todo
suconsuelo,
habia
procurado
enriquecer
la
biblioteca
con cuantoslibros había
podido
pro
porcionarse.
Por
jestiones
suyas,
sehabian
traído de
Europa
varias
obras,
que
vinieron entonces por
primera
vez aVenezuela.
Aprovechándose
de
estaoportunidad,
Bello estudiaba
mucho,
pero
leia
masaún.
12 VIDA
habia
enla
biblioteca,
sin
dejar
que durmieran
olvidados
enlos
estantes.En
esetiempo,
leyó
el Don
Quijote
de Cervantes.
El
encantoque
estalectura
produjo
en suespíritu
fué por
lo
menos
igual
al que le habia causado la de las
comedias
de
Calderón de la Barca.
Quizá
fué mayor.
Don Andrés
Bello,
enlos últimos
añosde
sularga
existencia,
cuando ya habia
cumplido
ochenta
i tantosaños,
referia
complacientemente
todas las circunstancias de
eseacontecimiento
de
su carreraliteraria,
como si sehubiera verificado solo dos
o tresclias antes.
El
presbítero
don José AntonioMontenegro, segundo
maestro de don Andrés Bello.Bello
seencontraba
confuerzas para estudiar la
filosofía
junto
conel latin.
En
consecuencia,
pretendió
incorporarse
enla
universidad
de Caracas para
seguir
el
cursodel
primero
de los
ramos mencionados;
pero el
padre Quesada,
cpie conocia la
importancia
de dar por cimiento
ala educación de
unjoven
unestudio cual
quiera,
hecho
condetención
iprofundidad,
seopuso
ala
impa
ciencia de
sualumno,
iexijió
que continuara dedicándose
es-clusivamente al latin
i a suslecturas por dieziocho
mesesmas,
esto es,hasta la
apertura
del
cursosiguiente
de filosofía.
A pesar de
susardientes deseos de
adelantar,
Bello
tuvoque
someterseala voluntad de
surespetado
maestro,
ique
ajustar
seal método
prescrito
por éste.
Sin
embargo,
aprincipios
de
1796,
ocurrió
unincidente des
graciado,
el
cual hizo hasta cierto
punto
inútil la sumisión de
don
Andrés.
Estaban
traduciendo
precisamente
el
quinto
libro de la Enei
da,
cuando asaltó
al docto fraile la
enfermedad
de
que
falleció.
Tal
infortunio
obligó
aBello
aentrar enel
colejio
o seminario de Santa Rosa.
Como
nohabia
rendido
las
pruebas
que
sehabian
menesterpara
acreditar
susuficiencia
enla
latinidad,
seagregó
encali
dad
de alumno
ala
cuartaclase de dicho
ramo.14 VIDA
Don
Rafael
María
Baralt,
enel Resumen
de laHistoria
An
tigua deVenezuela,
seespresa
comosigue
acercade
estepersonaje:
«El
bueno,
el
afectuoso,
el sabio doctor José Antonio Mon
tenegro,
vice-rector del
colejio
de Santa
Rosa,
fomentó las
reformas literarias
con suspropios trabajos;
alentó
ala
juventud
estudiosa
con suejemplo,
susconsejos
i sus escasosbienes do
fortuna,
teniendo la
gloria
ele
contar entre susalumnos
ifavo
recidos
alos hombres que hoi cha
sedistinguen
mas enVene
zuela por
suvirtud
ipor
su ciencia.»Según
lo que
don
Andrés
Bello
merefirió varias veces,
Montenegro
era unhombre de bastante
mérito,
que
componía
versos, nosolo
enla
lengua
de
Garcilaso,
sinotambién
enla
de
Virjilio,
que
tenianociones de literatura
francesa,
ique,
enlos
añosjuveniles,
habia
leído
hasta libros
prohibidos;
pero
que,
conla
edad,
habia vuelto
alas
añejas ideas,
de las cuales
era uno
de los
mas tercossostenedores.
A
fin de
completar
el
retratode
Montenegro
tal
comoBello
lo
trazaba,
voiaanticipar
unaanécdota que
elsegundo
contaba.
Entrelos
condiscípulos
conquienes
Bello trabó amistad
enel
colejio
de Santa
Rosa,
habia
unollamado José
Ignacio
Ustáriz,
que
pertenecía
a unade
lasfamilias de Caracas
masconspi
cuaspor
ellinaje
iel caudal.
Don Luis
idon Javier
Ustáriz,
hermanos mayores ele clon
José
Ignacio,
enespecial
el
primero,
tenian el
cetroliterario
del
país.
Ambos
eranpoetas,
grandes
favorecedores de
los
devotos
do
las
Musas,
oficiosos Aristarcos de los
injenios
noveles quo
empezaban
adespertarse.
La casa
de
estoscaballeros
sehabia convertido
en unaespe
cie
de
academia,
adonde concurrían
cuantos,
enla
capital
de
Venezuela, figuraban
por las
elotes
del
espíritu.
Don
José
Ignacio
Ustáriz puso
a sucamarada
enrelación
con sus
hermanos,
ele
quienes
fué
perfectamente
recibido.
DonLuis,
viendo
aBello
tandedicado
al
estudio,
i
tananheloso ele
instruirse,
le cobró
unparticular
afecto.
estimuló
aque
aprendiera
el
francés,
i
aque
sepusiera
enaptitud
de leer las obras
portentosas
entodo
jénero
que
seha
bian redactado
enesteidioma.
Con
esteobjeto,
le
regaló
unagramática
de
aquella lengua,
i
sele
ofreció para oírle traducir de
cuando
encuando,
afin de
correjirle
los defectos
enque incurriera.
Don
Andrés,
sin
pérdida
de
tiempo,
practicó
el
consejo
conel
tesónque
le caracterizaba.
Se
posesionó
por sí solo de las
reglas
de la
gramática;
consultó sobre la
pronunciación
a unfrancés residente
enCaracas;
i por lo que
respecta
ala
traducción,
seaprovechó
del ofreci
miento
de don Luis Ustáriz.
Gracias
alos arbitrios
indicados,
Bello
aprendió
unidioma
tan
indispensable,
pero que
no seenseñaba
enningún
estable
cimientopúblico,
icpie
ala fecha solo
erasabido por
unlimi
tado
número de
suscompatriotas.
Apena»
pudo
medio
entenderlo,
seentregó
ala lectura de los
libros franceses
con tantoentusiasmo,
como sehabia
dedicado
anteriormente
ala de los
clásicos latinos
iespañoles.
Empleaba
todos
sus ociosi
recreos enaquella ocupación
amena,que le descubría
acada paso
unmundo ele ideas
en teramente nuevopara él.
Cierto
cha,
el
presbítero
don José Antonio
Montenegro
le
sorprendió
paseándose
por
unode los corredores del
colejio,
i
embebido
enla lectura
de
unatrajedia
de Racine.
El grave
catedrático,
sintiendo
picada
sucuriosidad por la
contracción
conque
sualumno recorría las
pajinas
de
aquel
volumen,
le
preguntó
acercándose cuál
erael
título de la obra
que
tantoparecia
entretenerle.
Bello,
por
contestación,
le
entregó
el
libro
que llevaba
enla mano;
iMontenegro
pudo
leer el nombre de
Racine
escrito
sobre el lomo.
El
presbítero,
que, aunque
convertido
entonces
al sistema
rancio,
conocía por
esperiencia propia,
comolo he
dicho,
el
irresistible ascendiente de las ideas
francesas,
temía seriamen
1G VIDA
Estaba
sobre
todo
persuadido
de que,
enel misterio
da
las
bibliotecas,
las obras de los
enciclopedistas operaban,
entreciertos criollos de
la
primera clase,
unapropaganda
que
consideraba funesta para el
rójimen establecido,
por cuya
conservación hacía
votos.De
estaconvicción,
nacia que estimara
peligroso
el conoci
miento de la
lengua
que
habia
servido
de
órgano
aRousseau
i
aRaynal.
—
¡Es
mucha
lástima, amigo
mió,
que
Usted
haya
aprendi
do el francés!
dijo
aclon Andrés por única observación devol
viéndole
el volumen de Racine.
Probablemente,
el
catedrático
titulado de la
enseñanzacolo
nial
habria deseado que,
comoél,
suaventajado
discípulo
ejercitara
susfacultades solo
enla
composición
de
temasi
versoslatinos;
pero
Montenegro
nopercibia
que las
épocas
estaban mui
variadas,
i que la
escenadoméstica
bajo
los corredo
res
del
colejio
de Santa Rosa que acabo de referir simbolizaba
en sus actoreslo que habia sido
enAmérica la ciencia del pasa
do,
ilo que debia
serla del
porvenir.
El
profesor
de tendencias conservadoras
continuó,
pues,
sepultando
sualma
enestudios fútiles
ivanos, mientras el
joven
Bello
prosiguió
poniéndose
al
cabo,
comopocha,
de
los pro
gresos que habia alcanzado la
intelijencia
humana.
Triunfos escolares de don Andrés Bello.
El
discípulo
del
padre
Quesada
ocupó
de
una manerabri
llante
suasiento
enla clase de latin
rejentada
por el
doctor
Montenegro.
Bello venía
precedido
por la fama
de
ser unestudiante
enestremo
aventajado.
Sus
nuevoscompañeros,
conla curiosidad
propia
de los
Quesada,
opara
proclamar
suhabilidad,
si
conhechos
cerraba
ala envidia toda
puerta.
El
libro
que estaban
traduciendo
enla clase
eranlas Se
lectas DE AUTORES PROFANOS.
Los alumnos
consideraban
mui
trabajosa
la versión ele cier
topasaje
bastante
oscuro a causade
unaconstrucción
algo
complicada.
Así
erapunto
admitido
entreellos,
que solo
unsabio
podia
traducirlo.
El
primer
dia que Bello
asistió
ala
clase,
los muchachos
suplicaron
al
profesor
que el recien
llegado
ensayase poner
encastellano
aquellas
frases que habian sido para ellos
tanindes
cifrables,
como sifueran hebreas
osiriacas.
Mientras
Bello buscaba
enel libro
la
pajina fatal,
la
masmaliciosa
sonrisaanimaba las fisonomías ele los asistentes.
Todos ellos creían
en susadentros
serimposible
que
acertase con
el sentido.
¡A
ellos les habia costado
tanto;
i
todavía
nolo habian des
cubierto
por
sí
mismos,
i
el
profesor
habia tenido que
decír
selo!
Pero la
dulce
esperanza de
probar
al forastero de
reputación
cacareada,
que habia
cosasque él
ignoraba,
iellos
sabian,
sedisipó
tanluego
comoéste hubo hallado el
trozointraduci
bie,
pues,
sintitubear,
lo
tradujo
amedida que lo iba
leyendo.
El
despejo
i la
prontitud
conque Bello habia sabido dar
una
prueba
que habian
juzgado
imposible
de superar, consoli
daron la
opinión
de que
erael
digno
sucesordel erudito
Quesa
da,
i
de que nadie
podia
competir
conél
enconocimientos
latinos.
Al
desden,
sucedió
la
admiración;
i
a esaespecie
de
repulsión
natural
conque habian
acojido
a unoque traia la fama de
serles
superior,
el
afecto,
natural
también,
que
seconcede
aun
mérito
indisputable.
No trascurrió
mucho
tiempo
sin
que
suscondiscípulos
pre
gonaran
alos
cuatrovientos que
Bello
era maslatino,
que
el
mismo don José Antonio
Montenegro.
A fin
de
año,
recibió
unasanción
solemne
el
concepto
del
!S VÍDA
saber ele Bello
enlatinidad
que los alumnos habian
formado.
Los exámenes
se tomaron conaparato
enla
capilla
elel
establecimiento,
asistiendo los catedráticos del
colejio,
ivarios
doc
toresde la
universidad,
entrequienes
concurría
enaquella
ocasión
el
señorLindo,
anciano
respetable
por la edad i
por
la ciencia.
A
cada
examinando,
sele concedían
unos cuantosminutos
para que, antes de
responder,
meditase
el
trozoque le habia
tocado;
masBello,
conla
concienciade
sufuerza,
tradujo
inmediatamente,
i conla mayor
maestría,
el
autorque
sele
de
signó.
Entusiasmado el
doctor Lindo
conaquel injenio
tanprecoz,
quiso
hacer
unamanifestación
pública
de
sucomplacencia;
i
para
ello, escojió
con grancuidado,
ala
vistade los circuns
tantes,
unmedio real de
carita,
que
regaló
al
distinguido
estudiante
como muestrade la satisfacción que
suaprovecha
miento
le habia causado.
Aquel
que
después
mereció
tantoselojios
tributados
a sutalento
i a su cienciarecordaba
siempre
gustoso
ienternecido
la
espontánea
ipaternal
demostración
conque
aquel
anciano
le estimuló
enel comienzo de
su carrera.Según
el
señordon
Aristídes
Rojas,
Bello
obtuvo
aquel
año-otrosdos triunfos escolares.
Don Luis
López Méndez,
administrador
de las
rentasuni
versitarias,
habia instituido
dos
premios
para los alumnos que
escribiesen las
mejores
composiciones
oratoriassobre
un temadado.
Bello,
en concurrencia con otrode
suscompañeros,
alcanzó
el
primero
de
estospremios.
Habiendo el
rectorde la universidad
ofrecido
unpremio
ai
alumno que
tradujese
con maspropiedad
i
elegancia
un trozodel latín al
castellano,
i un trozodel castellano al
latin,
Bello
lo obtuvo
encompetencia
condoce
alumnos
que
selo
dispu
El
presbítero
don RafaelEscalona,
tercer maestro de Bello.El curioso
documento,
inédito hasta
ahora,
que paso
a copiar,
puede
hacer
presumir
cuál fué la fecha de la
incorpora
ción de don Andrés Bello
enla universidad real i
pontificia
de
Caracas.
«Nos,
el
doctor clon
Pedro
Martínez,
maestrescuela
dignidad
de la
santaiglesia catedral, cancelario, juez eclesiástico,
conservador
iejecutor
de las constituciones de
estareal i
pontifi
cia
universidad,
etc.«Por
cuanto,
por haber
don
Andrés
Bello,
natural de
estaciudad,
héchonos
constar conla
partida
de
subautismo
serhijo
de
padres
blancos
aefecto de
impetrar
licencia para vestir
hábitos talares de
estudiante,
hemos venido
enconcedérsela,
con
tal que
haya
de asistir
alos
estudios
conla modestia
iho
nestidad que le
tenemosencargada
observe
en sutraje,
iarreglo
de
costumbres,
enque
principalmente
deben
aventajarse
los
jóvenes
que
seaplican
al estudio
de las ciencias.
«Dada
enCaracas
a15 de setiembre de
1797.
Firmada de
nuestra mano.
Sellada i refrendada por el infrascrito
secretario.
—Doctor Pedro
Martínez,
Cancelario.
—Doctor
Agus
tín
Ama,
Secretario.»
La
oposición
del
padre
Quesada
aque Bello
seincorporase
en
la clase de filosofía cuando
quiso hacerlo,
sirvió
aéste,
por
unafeliz
casualidad,
ya que
nopara adelantar
en sucarrera,
siquiera
para
nodesperdiciar
sin
provecho
unaparte
de
esaedad
preciosa
que
sellama la
juventud.
La circunstancia referida
salvó
aBello
de
sercondenado
aestudiar la
jerigonza
bárbara
que
sadenominaba filosofía
enlas aulas
coloniales,
permitiéndole
seguir
un cursode
este ramo