Dependencia a sustancias en perspectiva de la psicología clínica sistémica y clínica comportamental

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Dependencia a Consumo de Sustancias Psicoactivas. Una mirada comparativa desde la Psicología Clínica Sistémica y Clínica Comportamental.

Germán D. Sicard Arenas, Gloria S. Rubiano Ordoñez & Jorge A. Avellaneda Rincón Alicia del Socorro Durán Echeverri*

Trabajo de Grado

PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA Facultad de Psicología

Bogotá D.C, Noviembre de 2015

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Dependencia a Consumo de Sustancias Psicoactivas. Una mirada comparativa desde la Psicología Clínica Sistémica y Clínica Comportamental.

Germán D. Sicard Arenas, Gloria S. Rubiano Ordoñez & Jorge A. Avellaneda Rincón

Resumen

La dependencia al consumo de sustancias psicoactivas es uno de los problemas de salud pública más importantes en la actualidad, por lo que para su abordaje se requiere contar con herramientas y propuestas de intervención que permitan generar cambios significativos en la conducta de los individuos dependientes. En el presente trabajo se ofrece una revisión sistemática y rigurosa de algunas investigaciones realizadas durante los últimos años, que dan cuenta de las tendencias en materia de comprensión y tratamiento psicoterapéutico para la adicción a múltiples sustancias desde dos enfoques de la Psicología Clínica, la sistémica y la comportamental.

Palabras clave: Dependencia, sustancias psicoactivas, Psicología Clínica, Psicología Clínica Sistémica, Psicología Clínica Comportamental.

Abstract

Nowadays, psychoactive substances dependence is one of the most relevant problems in public health. So its approach is required to have tools and intervention proposals that would generate significant changes in the behavior of dependent individuals. This paper offers a systematic and rigorous review of some research done in recent years , accounting for trends in understanding and psychotherapeutic treatment for addiction to multiple substances from two approaches of Clinical Psychology, such as sistemic and behaviorism.

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Tabla de Contenido

0. INTRODUCCIÓN………...………Pág. 4

0.1. Justificación y Planteamiento del problema…………..………Pág. 6 0.2. Fundamentación Bibliográfica………..…...Pág. 9

0.3 Objetivos……….……..Pág. 56

0.3.1 Objetivo General 0.3.2 Objetivos Específicos

1. MÉTODO……….…….Pág. 57

1.1 Enfoque y Método de Investigación

2. RESULTADOS……….Pág. 58

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0. INTRODUCCIÓN

Pese a que en la contemporaneidad se tenga conciencia pública e individual en torno a diferentes fenómenos de carácter sociológico, económico, político, cultural, médico y

psicológico, no significa que éstos sean gestados, exclusivamente, en el seno de la época. La mayoría de ellos trascienden en la historia y su complejidad aguarda por ser develada. Tal es el caso de la dependencia a sustancias psicoactivas, siendo la ciencia aún joven en su estudio, pues ha logrado configurarse y posicionarse como uno de los fenómenos que más retos y preguntas plantea para la academia y los contextos cotidianos. Su génesis, su tratamiento, su comprensión y abordaje clínico ha sido una preocupación para la investigación científica en los últimos años. Con frecuencia se han visibilizado algunos de los rostros del fenómeno sobre el cual se hace mención, los horizontes humanos que más llega a flagelar y las diferentes instancias en las que logra inmiscuirse.

La Psicología, en un trabajo multi, inter y transdisciplinar, ha construido perspectivas diversas y heterogéneas en relación con la forma en la que se comprende la adicción a sustancias psicotrópicas, pero con mayor ahínco ha sido pionera en la expedición de metodologías alternas y efectivas en su tratamiento clínico y terapéutico. Empero, la

definición de lo que es una adicción ha sugerido debates epistémicos directos y, a la vez, no tan directos, aunque permitiendo sostener puntos de encuentro y diálogo. Tanto para la OMS (Organización Mundial de la Salud), como para la ley colombiana, la adicción es catalogada como una enfermedad progresiva, fatal y potencialmente mortal, que merece, como cualquier otra expresión clara de la condición humana, atención y una constante conectividad de redes que respondan fielmente a las necesidades que demanda la población vulnerada.

Desde la primera mitad del siglo XX se han venido estructurando los intentos por reconocer los impactos, tanto grupales como individuales, que la dependencia a múltiples sustancias ha tenido sobre el sujeto.

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primordial del documento se centrará en la identificación de las tendencias

clínico-terapéuticas con las que se ha abordado la enfermedad de la Adicción en los últimos cinco años, comparativamente, desde los paradigmas de intervención psicológica sistémica y comportamental.

Por medio de una selección intencionada se dará lugar al análisis y ejercicio

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0.1 Justificación y Planteamiento del problema

La presente investigación, la cual tiene por objeto identificar las tendencias en cuanto a comprensión e intervención de la adicción a sustancias psicoactivas desde dos perspectivas clínicas, pretende además aportar al conocimiento propio de la disciplina psicológica,

pudiendo ser de uso también para profesionales de otras áreas que busquen construir una visión general y contemporánea acerca de las posturas teóricas y de intervención frente al abuso de sustancias. El presente estado del arte busca entonces establecer un panorama frente a las investigaciones y estudios específicos producidos durante los últimos 5 años, y si bien se retoman conceptos anteriores la mirada crítica se centró en el periodo ya mencionado, dicha producción además se delimitó a dos enfoques clínicos que desde hace varias décadas y aún en la actualidad son utilizados para el tratamiento de la drogadicción. Lo anterior resulta un aspecto novedoso en las investigaciones realizadas en torno al abuso de sustancias y pretende ser benéfico y útil al ofrecer una mirada comparativa frente a redundancias, tendencias y vacíos de cada perspectiva de intervención.

Al día de hoy se ha podido identificar que son varios los factores que confluyen en el desarrollo y el mantenimiento de las adicciones, se sabe que factores genéticos, contextuales, psicosociales, biológicos y relacionales pueden influir en las conductas adictivas, es

conveniente entonces desde la disciplina psicológica abordar el tema de las adicciones con el fin de identificar el alcance y la eficacia de las intervenciones clínicas y su interrelación con los factores previamente mencionados. Además, es conveniente sistematizar la investigación en dicho campo porque es a través de este ejercicio que se pueden diseñar mapas y rutas para la construcción y reconstrucción de nuevas comprensiones y nuevas intervenciones.

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ONUDD (2004) resalta el hecho de que las sustancias que muestran una mayor correlación con la morbilidad son las legales, tales como el alcohol y el tabaco.

La información referente a Colombia presenta cifras preocupantes, como por ejemplo, las que proporciona el Ministerio de Educación Nacional (2006) las cuales indican que el 80% de los estudiantes en el país consumen alcohol y cerca del 46% consume tabaco (Ministerio de Educación Nacional, 2006). Respecto a las drogas ilegales el estudio indica que la de mayor consumo para esta población es la marihuana y después del cannabis la cocaína es la segunda sustancia ilegal más consumida por los estudiantes en el país.

Cifras más recientes (2014) consignadas en el Estudio Nacional de Sustancias Psicoactivas en Colombia evidencian que el porcentaje de consumo de alcohol en el país es alto, el 87% de la muestra reconoció haber consumido alcohol almeno una vez en la vida, por otra parte se encontró que el grupo etario que posee índices más altos de consumo (49.2%) se encuentra entre los 18 y los 24 años, en el mismo sentido se observó una tendencia particular que indica que el consumo de esta sustancia aumenta de manera proporcional al estrato social pasando del 32.3% en el estrato 1 al 42.1% en los estratos 4, 5 y 6. También se encontró que la edad promedio de inicio de consumo se encuentra entre los 16 y los 18 años. Frente al indicador de dependencia las cifras evidencian que el 1.19% de las personas encuestadas presentaba situación de dependencia lo que equivalía a 276.397 personas con edades de entre los 12 y los 65 años, pero con prevalencia de los hombres entre los 18 y los 24 años.

Ahora bien, frente al consumo de sustancias psicoactivas ilegales de nuevo se

encontró que el mayor consumo de las mismas durante el año anterior al estudio, se dió en el grupo etario de los 18 a los 24 años con un tasa del 8.7%, seguido por los adolescentes de 12 a 17 años con una tasa del 4.8%. Así mismo se encontró que en general los grandes centros urbanos presentan tasas mayores de consumo, superando el millón de sujetos consumidores, y se evidenció que en promedio la edad de inicio de consumo en hombres y mujeres es 18 años. Todo el contexto anterior permite justificar la relevancia y la pertinencia de abordar

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mayor de niños, jóvenes y adultos, comprometiendo en gran medida su futuro (Albarracín, D. G.E. et al. 2009).

De la misma forma, es preocupante el número de individuos que desarrollan estándares de consumo y de dependencia a las sustancias psicoactivas, lo que causa un aumento en la demanda de servicios de tratamiento. Esta problemática ha llevado a

reflexionar sobre el papel y el lugar de las familias, los colegios, las empresas, el gobierno y la sociedad para reducir los riesgos del abuso de las drogas (Albarracín, D. G.E. et al. 2009).

Acerca del tratamiento de la adicción a sustancias psicoactivas, se requiere una serie de diferenciaciones en cuanto a lo que proponen los distintos modelos que se encargan del diagnóstico y tratamiento. Lo que realmente interesa del tratamiento, es que, además de detener el uso de drogas, la persona consumidora vuelva a funcionar productivamente dentro de la familia, del trabajo y la comunidad (Albarracín, D. G.E. et al. 2009).

Teniendo delimitado el contexto de la drogadicción, para el desarrollo de esta tesis, se han consultado un total de 30 artículos científicos, en los cuales se ha abordado la

problemática de la drogadicción desde dos enfoques clínicos de la psicología, tales como el comportamental y el sistémico. Estos escritos abordan la problemática de la drogadicción usando conceptos, metodología e intervenciones propios de cada enfoque teórico. Debido a la relevancia social e impacto en cifras y teniendo en cuenta la pertinencia y la importancia del abordaje del fenómeno de la adicción, se plantea como pregunta problema, ¿Cuáles son las tendencias actuales en la comprensión y el tratamiento de la adicción a sustancias

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0.2 Fundamentación Bibliográfica

Antes de introducir los aspectos conceptuales más relevantes de los enfoques clínicos de la psicología, es necesario definir algunos conceptos generales importantes para abordar el fenómeno de la adicción a las sustancias psicoactivas. En primer lugar se aborda la noción de adicción, teniendo como base los aportes de la Organización Mundial de la Salud (OMS, 1994), la cual la define como una “enfermedad física y psicoemocional que crea una dependencia hacia una sustancia, actividad o relación”. Esta se caracteriza por un conjunto de síntomas, en los que se involucran factores biológicos, genéticos, psicológicos y sociales. En pocas palabras, es una enfermedad progresiva y de grandes consecuencias, caracterizada por episodios continuos de descontrol, distorsiones del pensamiento y negación ante la propia enfermedad.

Con base en lo anterior, para identificar o diagnosticar la dependencia física y psicológica de una persona, se deben cumplir tres o más de los siguientes criterios en un período de 12 meses según la OMS (1994): (a) Fuerte deseo o necesidad de consumir la sustancia (adicción), (b) Dificultades para controlar dicho consumo, (c) Síndrome de abstinencia al interrumpir o reducir el consumo, (d) Tolerancia hacia la sustancia, (e) Abandono progresivo de intereses ajenos al consumo de la sustancia, (f) Persistencia en el uso de la sustancia a pesar de percibir de forma clara sus efectos perjudiciales.

De la misma forma, desde la mirada del DSM-IV-TR (2003), acerca del fenómeno de la drogadicción, se exponen unos criterios diagnósticos para la dependencia de sustancias. Estos parten de un patrón desadaptativo de consumo de la sustancia que conlleva un deterioro o malestar clínicamente significativos, expresado por tres (o más) de los ítems siguientes en algún momento de un período continuado de 12 meses:

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2. Abstinencia, que involucra el síndrome de abstinencia característico de cada sustancia, como también el consumo de la misma o una sustancia parecida para aliviar o evitar los síntomas que se puedan presentar.

3. La sustancia se consume en cantidades y frecuencias cada vez más altas, o durante un período más largo de lo que inicialmente se pretendía.

4. Existe la presencia de un deseo persistente o esfuerzos infructuosos de controlar o detener el consumo de la sustancia.

5. Se destina gran parte del tiempo en actividades cuya finalidad desemboca en la obtención, consumo y recuperación de los efectos de la sustancia.

6. Las actividades sociales, laborales o recreativas se ven reducidas de manera significativa, como consecuencia al consumo de la sustancia.

7. Se mantiene consumiendo la sustancia a pesar de tener conciencia de las consecuencias psicológicas y físicas que aparecen como resultado del consumo de la misma.

Desde una mirada más actual, el DSM-V (2013), se retoman los criterios

anteriormente descritos y se introducen cuatro nuevos, que hacen mención a un fuerte deseo, ansiedad o urgencia de consumir la sustancia; al deficiente desempeño en responsabilidades u obligaciones propios del área laboral, escolar o familiar, como resultado del consumo

recurrente de la sustancia. También se encuentran consecuencias negativas en la esfera social e interpersonal, debido a la exacerbación de los efectos del psicoactivo por el continuo uso del mismo; de la misma forma el consumo recurrente de la sustancia en situaciones

físicamente peligrosas.

Por su parte el CIE-10 (2004) propone sus propios criterios sobre la dependencia a sustancias (F1x.2 Síndrome de dependencia [Criterios DSM IV]), los cuales hacen referencia a un:

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tabaco. La recaída en el consumo de una sustancia después de un período de abstinencia lleva a la instauración más rápida del resto de las características del síndrome de lo que sucede en individuos no dependientes. ( p.60)

Dentro de las pautas de diagnóstico, el CIE-10 (2004) menciona que el diagnóstico de dependencia sólo debe hacerse si durante en algún momento en los doce meses previos o de un modo continuo han estado presentes tres o más de los siguientes rasgos:

1. Deseo intenso o compulsión a consumir una sustancia.

2. Capacidad disminuida para controlar el inicio, la cantidad y la interrupción del consumo de una sustancia o alcohol.

3. Aparición de síntomas somáticos de un síndrome de abstinencia, que puede ser

característico de la sustancia consumida, o el consumo de la misma sustancia con la intención de aliviar o evitar los síntomas de abstinencia.

4. Tolerancia, relacionado con el requerimiento progresivo del aumento de la dosis de la sustancia para conseguir los mismos efectos que inicialmente producían dosis más bajas.

5. Abandono progresivo de fuentes de placer o diversiones alternas, causadas por el consumo de la sustancia, como también el aumento del tiempo necesario para obtener, ingerir y

recuperarse de los efectos de la sustancia consumida.

6. Persistencia en el consumo de la sustancia a pesar de conocer las secuelas psicológicas o físicas que conlleva el consumo de la sustancia, como por ejemplo, daños hepáticos por consumo excesivo de alcohol, estados de ánimo depresivos o deterioro cognitivo secundario al consumo de la sustancia.

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Teniendo en cuenta las apuestas de conceptualización en torno a la adicción, desde la OMS (1994) se identifican cuatro niveles de experiencia y encuentro del sujeto con el psicoactivo, siendo éstos, la experimentación, el uso, el abuso y la adicción.

1. Experimentación: es el caso donde la persona, guiada por la curiosidad, se anima a probar una droga, pudiendo posteriormente continuar el consumo o interrumpirlo

2. Uso: el compromiso con la droga es bajo. Se consume los fines de semana y en

oportunidades casuales. No existe deterioro laboral, social o familiar. No presenta episodios de intoxicación. El consumidor sólo busca un cambio de sensaciones. Sin embargo toda droga genera dependencia física o psíquica progresivamente y es fácil caer en el abuso.

3. Abuso: el uso se hace regular durante casi todas las semanas y hay episodios de intoxicación. Ejemplo: en alcohol una intoxicación es cuando ya se presenta una resaca, lagunas mentales. La droga va dirigiendo progresivamente la vida, se presenta deterioro académico, laboral, social y familiar. El estado de ánimo es cambiante (una vida normal y una vida adictiva y desconocida la mayor parte de veces por la familia).

4. Adicción: relación de amigos y familiar se rompe, dificultades académicas y laborales. La búsqueda de la droga se realiza de forma compulsiva. Es difícil la abstinencia. Hay

compromiso orgánico. Hay conductas de riesgo como: promiscuidad sexual, uso de drogas intravenosas o combinación de varias drogas, el estado de ánimo depende de la etapa consumidor/abstinencia, accidentes automovilístico.

En segundo lugar, y con ocasión de perfilar la semántica y semiología de las adicciones, es relevante aproximarse a la comprensión y/o constructo sobre las sustancias psicoactivas partiendo de los aportes dados por la OMS (2004) citado por Green Facts.

(2012), según la cual la sustancia psicoactiva es “toda sustancia que introducida en el

organismo vivo puede modificar una o varias de sus funciones alterando los pensamientos, emociones, percepciones y conductas en una dirección que pueda hacer deseable repetir la

experiencia, pudiendo provocar mecanismos de tolerancia y dependencia” (p. 2)

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consumo promedio de cigarrillos es especialmente elevado en Asia y el Extremo Oriente, aunque américa y Europa del Este le sigue muy de cerca (OMS, 2004 citada en Green Facts, 2012).

Por otro lado, según el informe anteriormente citado, el consumo de alcohol está disminuyendo en los países desarrollados mientras que se encuentra en aumento en los países de la antigua Unión Soviética y en los países en desarrollo, en particular en la región del Pacífico Occidental (OMS, 2004 citada en Green Facts, 2012). Por último, el mismo informe destaca que en todo el mundo, cerca de 200 millones de personas consumen algún tipo de droga ilegal, por lo general cannabis, pero también anfetaminas, opiáceos y cocaína.

Especialmente el consumo de drogas ilegales es más habitual entre los varones y los jóvenes (OMS, 2004 citada en Green Facts, 2012).

En el contexto Colombiano, se han realizado estudios acerca del consumo de sustancias psicoactivas, como el que realizó el Gobierno Nacional de la República de Colombia, a través del Ministerio de Justicia y del Derecho, el Observatorio de Drogas de Colombia y el Ministerio de Salud y Protección Social; con el apoyo de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas (CICAD) de la Organización de los Estados Americanos (OEA), y la Embajada de los Estados Unidos en Colombia en el 2013, cuyo propósito fue actualizar el conocimiento sobre la magnitud del consumo y abuso de sustancias psicoactivas en el país, el patrón de uso en relación al sexo, edad, nivel socioeconómico, nivel de

urbanización y las variaciones por departamentos.

Los resultados de este estudio muestran que el 42.1% de las personas encuestadas declara haber fumado tabaco/cigarrillo alguna vez en la vida (53.6% de los hombres y 31.2% de las mujeres). En cuanto al consumo de bebidas alcohólicas, 87% de los encuestados declara haber consumido alguna vez en la vida, y 35.8% manifiesta haber consumido en los últimos 30 días (lo que equivale a 8,3 millones de personas). También se observan claras diferencias por sexo: mientras el 46.2% de los hombres manifiestan haber consumido alcohol en el último mes, entre las mujeres la cifra es del 25.9% (República de Colombia, 2013).

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último año de alguna droga ilícita fue reportado por el 3.6% de los encuestados, lo que equivale a unas 839 mil personas. El consumo reciente es muy superior entre los hombres (5.9%) que entre las mujeres (1.4%). El mayor consumo de sustancias ilícitas en el último año se presenta en el grupo de 18 a 24 años, con una tasa del 8.7%, seguido por los

adolescentes con una tasa del 4.8% y las personas de 25 a 34 años, con una prevalencia del 4.3% para dicho periodo (República de Colombia, 2013).

En cuanto al uso abusivo y los indicadores de uso dependiente se encontraron en unas 484 mil personas, que estarían en condiciones de requerir algún tipo de asistencia para disminuir o dejar el consumo de drogas. De cinco personas que cumplen criterios de abuso o dependencia, cuatro son varones y una es mujer. En relación con el grupo de consumidores del último año, el 57.7% de ellos presenta patrones de uso perjudicial, ya sea dependiente o abusador. Lo cual quiere decir que en términos generales, de dos consumidores de drogas, uno tiene algún problema con el consumo, ya sea físico, psíquico, familiar o social. Esta relación es de mayor gravedad en los hombres (República de Colombia, 2013).

Hablando de la marihuana, al igual que en la gran mayoría de países del mundo, esta es la sustancia ilícita de mayor consumo en Colombia. El 11.5% de las personas encuestadas dice haber consumido esta sustancia al menos una vez en la vida, con un 17.6% entre los hombres y 5.6% entre las mujeres. La cocaína ocupa el segundo lugar entre las sustancias ilícitas de mayor consumo en Colombia. El 3.2% de los encuestados manifiesta haber consumido cocaína alguna vez en la vida, siendo muy superior el consumo en los hombres que en las mujeres, 5.5% versus 1.1%. Respecto al consumo reciente de esta sustancia, el 0.7% declara haber usado cocaína al menos una vez en el último año: 1.2% de los hombres y 0,2% de las mujeres. En otras palabras, cerca de 162 mil personas reconocen haber

consumido cocaína al menos una vez durante los últimos 12 meses (República de Colombia, 2013).

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alguna vez en la vida, lo que equivale a 31.852 personas en el país; 0.03% de las personas de la muestra reportaron consumo de heroína en el último año y un porcentaje similar lo hicieron en el último mes. Las estimaciones indican que en el país hay un poco más de 7.000

consumidores de heroína en el último año, de los cuales la gran mayoría son hombres (República de Colombia, 2013).

Las estadísticas anteriormente mencionadas, dan cuenta de un aumento progresivo de personas dependientes y consumidoras de sustancias psicoactivas, que oscilan en edades entre los 24 y 34 años de edad, aunque existe la tendencia a que cada vez el acceso y consumo de psicoactivos se presentan en edades cada vez más tempranas, afectando de forma

significativa la calidad de vida de estos consumidores, convirtiéndose, de esta manera, en una problemática de salud pública. Para finalizar cabe comentar que la mirada general que ofrecen las estadísticas es que el fenómeno de la adicción ha venido creciendo

exponencialmente a lo largo de las últimas décadas y que viene afectando a diferentes poblaciones en diversos continentes, de allí la importancia de abordar un fenómeno que ha venido convirtiéndose en un problema social y de salud pública de gran magnitud

Ya en el ámbito clínico y todo el ejercicio científico de diferentes disciplinas que de allí se deriva, son también las ramas del poder público en Colombia las que se han

pronunciado sobre el manejo de la adicción a múltiples sustancias. De acuerdo con la Ley 1566 de 2012, el Congreso de Colombia (2012) decreta que tanto el abuso, como el consumo crónico y la adicción a cualquier tipo de sustancias psicoactivas, bien sean legales o ilegales, son un problema de salud pública y que, por tanto, afecta el bienestar de las principales esferas en las que el ciudadano se construye y se desenvuelve; vale aclarar que no solamente la Ley reza una comprensión sobre la dependencia a sustancias, sino que también legisla sobre las formas en las que debe garantizarse la atención ante su aparición y permanencia en el tiempo.

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las normatividades vigentes que son acogidas por el Ministerio de Salud y Protección Social, tal es el ejemplo de las Políticas Públicas Nacionales en Salud Mental y algunas otras

orientadas a la reducción y prevención del consumo de sustancias psicotrópicas (Congreso de Colombia, 2012).

La conformación de un Estado de Derecho, entonces, exhorta al cumplimiento de cada uno de los derechos del ciudadano de manera secuencial, es decir, uno es garante del otro y para que la satisfacción y el bienestar del sujeto se mantengan en el tiempo es necesario que exista, en cadena, la exigibilidad de cada uno de ellos. Así, en el marco general del derecho a la atención y reconocimiento de la adicción a sustancias psicoactivas, se pone de manifiesto que la enfermedad, al ser también un problema de salud pública, afecta el bienestar de la familia, altera los funcionamientos psíquicos, emocionales, cognitivos y volitivos de cada uno de los integrantes, pues son, en últimas, el sistema que recibe los efectos del consumo

desbordante. Por ello, una revisión internacional permita ampliar el marco de compresión en torno a la adicción a múltiples sustancias.

El Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad (2010) citado por Morell-Gomis et al. (2011), reconoció que en España la población por rangos etarios entre los 15 y 64 años de edad ingieren sustancias psicoactivas de la siguiente manera, el 84.4% de los hombres consumen alcohol y el 72.7% de las mujeres también lo hacen. En cuanto a las drogas ilícitas, consumidas en menor medida y siendo el cannabis la que ocupa el primer lugar, es el 14.8% y 6.2% de hombres y mujeres, respectivamente, los que las utilizan; la cocaína es consumida por el 5.2% de la población general y las diferentes tipologías de hipnosedantes son

empleadas principalmente por la población femenina con el 9.3%, a diferencia de los hombres de los cuales el 4.6% los consumen con frecuencia.

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Como bien puede interpretarse, son múltiples los efectos que conlleva el consumo de alcohol, tanto para el individuo como para quienes lo rodean.

En el dominio de lo psicológico se incluyen las sensaciones de amenaza, encuentros confrontadores sin que haya necesariamente expresiones de daños físicos y labilidad

emocional; ya en el dominio de las afecciones directas se encuentran los daños a la corporalidad y presiones-obligaciones relacionadas con actos sexuales. En cuanto a la dimensión social, se incluyen las percepciones subjetivas de rechazo interpersonal en situaciones de conocimiento popular y los puntos en los que el familiar siente que no puede volver a compartir con su ser querido (Berends, Ferris & Laslett, 2014). Para cuestiones prácticas del documento, debe aclararse que describir algunas de las consecuencias de la aparición de la adicción a múltiples sustancias, así como estadísticas que permiten

dimensionar parte de la globalidad de los síntomas de la drogodependencia, permiten ampliar el marco de comprensión del objeto de estudio.

Entonces, el trabajo de entender los consumos dependientes de sustancias implican, a la vez, traspasar las barreras de una pregunta somera como ¿Qué son o qué es?, debe

acercarse a las consecuencias que dichas pautas de comportamiento generan en el sujeto y en quienes lo rodean, aludiendo a preguntas como ¿Hasta, por qué, en qué medida?. Dos

estudios realizados en el Reino Unido, cada uno con muestras poblacionales de 50 y 110 miembros de un sistema familiar en donde se identificaba un integrante adicto o abusador de sustancias, pretendieron identificar las consecuencias que, en diferentes niveles, impactaban las vidas de los receptores principales y más cercanos del síntoma del consumo drogo-dependiente. Según Orford et al. (2002) y Benishek et al. (2011), citados por Berends, Ferris & Laslett (2014), se encontró que los miembros de la familia adictiva encuentran rangos de afectación en términos de preocupaciones por la salud, problemas sociales y dificultades financieras o en los negocios y sostenimiento económico de la unidad familiar.

Igualmente, Benishek et al. (2011) citados por Berends, Ferris & Laslett (2014), encontraron que también los impactos más resaltados por los familiares de un alcohólico o consumidor compulsivo de cualquier otra sustancia, radican en las áreas emocional, de

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obligados y la energía diaria gastada con el objetivo de que el familiar no consuma o reincida, en cualquier momento, en la ingesta de la sustancias. A la postre, los daños en la salud mental y física, de familiares o personas que rodean al alcohólico, fueron reportados más por mujeres que por hombres y se encontró que los gradientes y presencia constante de las dificultades eran mayores cuando el familiar vivía en el mismo hogar que el integrante adicto.

Empero, y antes de continuar con la descripción y argumentación de los objetivos que persigue la presente investigación, es relevante entender que la escuela de pensamiento sistémico lleva sus aportes, en materia académica y de intervención, más allá de lo que le compete a la familia, o al núcleo primario en el que el sujeto se desenvuelve y desarrolla. Entender la perspectiva sistémica, tal y como Garciandía (2005) lo sostiene, implica asumir la confluencia de varios cimientos que la sostienen; esto, a su vez, permitirá acoplar la idea de que en lo que respecta al consumo de sustancias psicoactivas, y demás síntomas, hay varios puntos de análisis e interpretación. Para Von Foster (s.f.) citado por Garciandía (2005), coexisten 3 factores fundantes en el entramado sistémico, siendo estos la cibernética, el constructivismo y la hermenéutica, aludiendo a la forma en la que se entiende la causalidad en el paradigma sistémico, los focos a partir de los cuales la realidad es entendida y, además, la relevancia que encarna el arte de interpretación del lenguaje y el discurso; a lo que

Garciandía (2005) suma un factor para completar un tetraphylum de 4 columnas, el pensamiento complejo.

Esto significa que, aunque se hace cierto énfasis en las comprensiones, incidencias, intervenciones y apuntes en torno a la familia del sujeto entrampado en ciclos adictivos, se reconoce desde ya que son diferentes sistemas, en diversos niveles micro, exo y macro, los que aportan a la construcción de los síntomas adictivos, desde la familia hasta la misma cultura circundante. Por ende, la adicción a múltiples sustancias se asumirá en términos de circularidad lógica en la que el efecto puede ser al mismo tiempo causa, en términos de complejidad y asumiendo la necesidad de entender las formas discursivas en las que las personas construyen sus problemas, los mantienen y reafirman dominantemente las dificultades, tanto al interior de la familia como en el terreno de sistemas más amplios.

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varios integrantes del sistema, pues desde la escuela de pensamiento sistémica esto es de vital importancia. Una investigación adelantada por Ramírez, Naal, Salinas & Pérez (2014), apuntó a reconocer las experiencias de difícil manejo por las cuales los hijos de los sujetos alcohólicos atraviesan, cuáles son los giros en sus perspectivas y roles al interior de la estructura familiar, así como también las formas de participación en el entramado relacional del sistema. Según señala el grupo de autores, las investigaciones han demostrado que son los hijos los que, generalmente, resultan más afectados como consecuencia del tránsito por los ciclos alcohólicos y/o adictivos de alguno de sus familiares, particularmente del padre. El estudio es de corte cualitativo, ya que se argumenta que es desde éste enfoque investigativo que se puede llegar a comprender la complejidad de las vivencias y las construcciones discursivas que de allí se desprenden.

La investigación tuvo por objeto el análisis de los relatos autobiográficos de 4

estudiantes universitarios, hijos de padres alcohólicos. Allí se encontró que el sufrimiento de la familia y el sufrimiento del sujeto adicto son, de cierta manera, diferentes aunque

inseparablemente relacionados. De acuerdo con Ramírez, Naal, Salinas & Pérez (2014), las afectaciones del consumo compulsivo de alcohol se ven acrecentados en los cuerpos y mentes de los integrantes de la familia, principalmente de los hijos, pues el ambiente o clima que es propiciado por los circuitos adictivos es percibido como hostil y como aquel que dificulta la vida en relación.

En medio de las dificultades que se gestan al interior de las experiencias adictivas, se acota también uno de los factores predisponentes para el consumo compulsivo de alcohol es que éste se significa como un factor de integración social. De acuerdo con la OMS (2011) citada por Ramírez, Naal, Salinas & Pérez (2014), en México el alcohol ha generado serias dificultades en la configuración y construcción del individuo y de la familia, de hecho, según un estudio realizado por Plos Medicine (2008) el país ocupa el tercer puesto en el ranquin de consumo de alcohol en el continente americano. (Ramírez, Naal, Salinas & Pérez, 2014). Aún más, se encuentra que un factor que permite que los patrones desadaptativos del consumo de alcohol se prolonguen y sean cada vez más visibles es que la sustancia es asequible y se encuentra en cualquier lugar, llegando a ser la droga estándar o que no puede faltar en la construcción de vinculaciones sociales.

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compone y se minimizan los efectos producidos en aquellos que acompañan al sujeto adicto, sus principales y más cercanas redes de apoyo, que generalmente están conformadas por la familia. Por ello es importante atender al fenómeno a través de una visión sistémica, compleja y envolvente como producto de la convergencia de las voces de los integrantes de la familia que de algún modo empiezan a ser parte de lo que Post & Robinson (1998) citados por Ramírez, Naal, Salinas & Pérez (2014), denominaron como familias alcohólicas faltas de cohesión y caracterizadas por una desorganización constante.

Al realizar una caracterización de algunos tipos de relación familiar, se quiere, de igual modo, ir perfilando los contrastes que desde una de las dos escuelas de pensamiento seleccionadas, en éste caso la Psicología Clínica Sistémica, se tienen en torno a la

problemática que es objeto de ésta investigación. Así pues, dichos estilos de relación también han aumentado las probabilidades de interacciones violentas al interior de la familia. Para Cruz, Cadalso y Fernández (2002) citados por Ramírez et al. (2014), el alcoholismo de los padres representa un factor predisponente para la aparición y mantenimiento de conductas agresivas en los niños, llegando a demostrarse que los hijos empiezan a percibirse como objetos expulsados del sistema familiar, rechazados por las situaciones dolorosas en el tránsito de una familia que se ha visto recluida al funcionamiento de la alcohol-dependencia. Es como si las expresiones identitarias estuviesen ancladas, principalmente, al problema adictivo y a los ciclos que la mantienen.

“Cuando aparece el alcoholismo, una de las decisiones que la familia debe tomar es la de enfrentarse a ese desafío o vivir con él.” (Madrid, 2011 citado por Ramírez et al., 2014).

Sin lugar a dudas, es el reto al que el sistema familiar y cada uno de sus integrantes deben asimilar, transitando de la desesperación a la esperanza y teniendo en consideración que las transiciones son significadas de maneras diversas de acuerdo a las formas en las que se puntúa la comunicación, es decir, dependiendo del miembro de la familia en el cual se piense. He aquí otro punto de aporte en la comprensión de las adicciones, puesto que la definición de lo que éstas sean se asume, en parte, como un/nos síntoma/s que aparecen como significados construidos en el lenguaje, en la comunicación y, como se describía anteriormente, en las maneras posibles en las que cada integrante significa el problema.

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alcohólico y/o adicto, con el ambiente hostil y mandatorio que se genera allí. De acuerdo con Minuchin & Fishman (2004) la familia es entendida como un sistema que entraña unas serie de jerarquías, fronteras, roles, relaciones con tiempos e intensidades y, también, subsistemas que componen el entramado relacional del sistema más amplio, éstos son los holones. Particularmente, los roles en las familias con uno o más miembros alcohólicos tienden a variar sus dinámicas y a complicar la vida en relación, esto en medio de las dificultades de construir un sistema familiar, idealmente, abierto y flexible, es decir, adaptativo ante los nuevos contextos de los ciclos de la familia.

En este sentido, las expresiones de lo patológico están dadas cuando al cambiar las condiciones y experiencias familiares, las pautas del sistema no se transforman a la par, es decir, las capacidades de adaptabilidad y moldeamiento en las relaciones tienden a

dificultarse entre los integrantes (Minuchin & Fishman, 2004). Así pues, pueden generarse hipótesis sobre las causas del consumo desmesurado y compulsivo del miembro alcohólico, entendiendo que cuando hay transformaciones en los momentos vitales y constitutivos de la familia, las pautas que se mantienen son las de la ingesta de alcohol y, con ello, el

atascamiento de los integrantes o red de apoyo del bebedor en los mismos patrones y tendencias con las que previamente se expresaban y asumían las dificultades diarias.

En consonancia con esto, las adicciones son entendidas como un síntoma, o conjunto de síntomas, que al interior de la familia intentan manifestar algo. A partir de la construcción del pensamiento sistémico, y de acuerdo con lo que se ha señalado con anterioridad, la adicción a sustancias psicoactivas se asume en tanto la expresión de ciertas pautas de interacción que se dan en medio de diferentes sistemas de relación del sujeto, no

exclusivamente el familiar, sino también otros en un nivel más amplio o generalizado. Esto, por supuesto, sin negar el componente fisiológico que pudiese acompañar la aparición y mantenimiento de la drogodependencia.

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malestar generalizado que se sostiene y se permea constantemente en la cultura. En medio de esto, los sistemas familiares se ven flagelados y alterados en su composición, particularmente en las funciones simbólicas que se supone deben acompañar al sujeto desde la infancia hasta el logro de su autonomía (Yaría, 2008).

Empero, aquel malestar en la cultura y en la sociedad posmoderna, es representado por el sujeto adicto como un contexto insatisfactorio y en ocasiones incomprensible. En el interjuego sujeto-contexto, cuando el sistema de relaciones ha representado más frustración que satisfacción o vivencias percibidas como positivas a lo largo del desarrollo vital del individuo, la dosis pareciera resolverlo todo, “La complejidad queda liquidada por la simplificación que propone la sustancia. Lo abierto queda subsumido en el sometimiento a culturas cerradas y con códigos y lenguajes simples. La incertidumbre no existe; lo único cierto es conseguir el próximo pote alucinatorio.” (Yaría, 2008, p. 19). Es decir, el conjunto de síntomas de la adicción a sustancias psicoactivas representan, en gran medida, una posible insatisfacción del mundo relacional, expresando aquello que está mal al interior de los diferentes sistemas en los que el sujeto se mueve.

Así pues, se enfatiza en la comprensión de que el mundo relacional y la ecología de los contextos incide, circularmente, con el mundo experiencial y vivencial del sujeto y viceversa. Siendo así, el consumo de sustancias psicoactivas empieza a verse sustentado en tanto experiencia de carácter colectivo y social, fundamentalmente en los primeros momentos de la ingesta, aunque con particular acento empieza a entenderse para el sujeto como parte de

una “(…) búsqueda de respuestas a necesidades propias de la edad que no son contenidas en el mundo de sus relaciones afectivas familiares, y/o como parte de soluciones compensatorias

a frustraciones o carencias que aparecen en su historia personal y relacional.” (Nicholls-Vera, 2008, p. 64).

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asociadas se mantienen a través de la comunicación y el lenguaje, tanto así, que el sujeto adicto puede subsumirse a narrativas en las que se legitima que en su sistema familiar no hay un soporte adecuado de sus necesidades y/o deseos y que, por tanto, probablemente en ningún otro ambiente encuentre eso que busca, llevándolo a arraigar aún más la vía del consumo en la que dicha insatisfacción mengua.

En consecuencia, tanto los patrones de comportamiento del sujeto adicto como los que se han insertado en el sistema familiar y en otros sistemas, se asume que podrían buscar el cambio. De acuerdo con Taitelbaum (2014) la aparición de éste tipo de síntomas debe entenderse también como el surgimiento de demandas de cambio en la organización familiar y necesidades múltiples que de allí derivan, es decir, el carácter que encarnan las relaciones interpersonales en los porqués, cómos, para que de las adicciones etc., es protagónico. Dentro de las nuevas necesidades y demandas en las estructuras del mundo interaccional del sujeto, las adicciones representan, entonces, reacciones desadaptativas a los cambios evolutivos y cíclicos, o bien resistencias al cambio tanto por parte del sujeto como por parte de sus sistemas circundantes (Taitelbaum, 2014).

Concomitante a ello, en medio del constante tránsito que el sujeto adicto efectúa, entre la vida en relación y la vida individual y/o social pero en consumo activo, se generan

transformaciones en la ecología de los escenarios que observan dichos tránsitos, es decir, no se expresan únicamente las incidencias que las alteraciones en los sistemas familiares y otros más amplios generan en el sujeto, sino también se manifiestan las consecuencias que se materializan en los contextos susodichos como producto del consumo compulsivo de sustancias psicoactivas por parte del sujeto (Nicholls-Vera, 2008). Esto es casi como una constante realimentación y retroalimentación que se sucede en el terreno sujeto-contexto, contexto-sujeto, ambiente e individuo cumplen con lógicas multidireccionales, circulares y por tanto no causalistas. Pues, el mundo experiencial puede cambiar, tanto subjetiva como interpersonalmente, cuando los ambientes se transforman.

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padre no alcohólico, suplir las falencias en la comunicación y estilos de interacción filiales, cuya causa radica en el síntoma más expreso consumado en el momento en el que se da la ingesta de la sustancia; aunque el fenómeno llevará a los hijos a imaginar su hogar propio exento de los sedimentos de la dependencia a cualquier tipo de psicoactivo, es decir, la percepción de lo que el sujeto quiere que sea su familia, se opone a la observada; familia en la que ha intentado encajar.

Usualmente, en el terreno de la práctica clínica, la recepción y atención de los casos que con antelación se relacionan, están guiados por la máxima de que la recuperación es un viaje ausente de un fin lo suficientemente explícito (Roberts, 2010 citado por Fisher & Davis, 2012). Más aún entendiendo que el mismo sistema familiar es capaz de alterar los contextos adversos y si se recuerda, también, la constante retroalimentación que hay entre el ambiente y el individuo. Como ya se explicó, en medio de los circuitos alcohólicos en los que la familia se mueve, los roles y jerarquías inician un proceso de transformación y de relativización compuesta por mensajes contradictorios y tormentosos para los integrantes no alcohólicos o no adictos.

Paulatinamente, entender la adicción a sustancias supone conectar las consecuencias que ésta genera, bien a nivel intersubjetivo o bien a nivel intrasubjetivo, dado que se

aumentan las posibilidades de acercarse cada vez más al sentido semántico y al trasfondo que encarnan las adicciones. Y, ¿Por qué mencionar la configuración familiar? Pues aunque allí se expresan los primeros daños una vez la sintomatología se ha desarrollado, también es el escenario de relaciones en donde se puede gestar la genealogía de la adicción. Un estudio realizado por Morell-Gomis, García del Castillo, Gázquez-Pertusa & García del Castillo-López (2011) en la ciudad de Alicante, España, pretendió construir un instrumento para medir categorías psicológicas precipitantes para la ingesta compulsiva de psicoactivos. Las variables trabajadas fueron la comunicación familiar, el apoyo social, las normas de

convivencia y los conflictos dados al interior de la estructura del sistema familiar, incluyendo subsistemas u holones.

La ingesta de psicoactivos puede tener múltiples orígenes pero, al mismo tiempo, también múltiples funciones, que para el caso de la escuela Sistémica son de vital

importancia. La percepción subjetiva de intereses incompatibles entre las partes que

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el estrés familiar, pueden mantener y originar los síntomas adictivos, de hecho se ha llegado a aseveraciones empíricas que indican que vivir en hogares conflictivos, poco adaptativos y desorganizados en sus comunicaciones, potencian significativamente el consumo de drogas (Morell-Gomis et al., 2011). Las negociaciones interpersonales y la construcción de identidad son fundamentales en el mantenimiento de relaciones óptimas para el desarrollo. En el

horizonte de la comunicación, hay herramientas positivas que incluyen empatía, escucha activa y reflexión mutua, así como también hay instauraciones negativas en la comunicación tales como mensajes contradictorios o doblevinculares que pueden promover la aparición de síntomas patológicos.

Los estilos de educación parental se ha encontrado que también influyen, en tanto factor precipitante, para el consumo de drogas adictivas; dichas interacciones compuestas y guiadas por las experiencias propias de los padres y transmitidas hacia los hijos, pueden dinamizar positiva o negativamente las probabilidades de que aparezca, o no, un síntoma a

futuro. “Entre los efectos más destacables, se pueden mencionar las consecuencias en el

autocontrol, autoestima, responsabilidad, agresividad e impulsividad. Se ha indicado que los patrones educativos de los consumidores adolescentes se caracterizan por reglas flexibles,

poco definidas y con escasas consecuencias si no se cumplen” (García & Segura, 2005

citados por Morell-Gomis, 2011, p. 147).

Claro está que las tradiciones en la terapéutica para las adicciones y, en lo usual, para cualquier tipo de síntoma o alteración psicológica y de las relaciones, centraban el problema en el individuo, personificaban la dificultad y la representaban, o bien de manera innatista o bien enjaulada por la subjetividad del cliente, es decir, las comprensiones y

explicaciones que se le otorgaban a las adicciones también se supeditaban a dicha orientación (Fisher & Davis, 2012). Aún así, varios esfuerzos confluyeron en dar un giro a los

paradigmas que regían los tipos de tratamiento, para lo cual es importante resaltar que la escuela de pensamiento de la Psicología Sistémica ha sido una de las que más pautas de transformación ha incluido en la construcción epistemológica de la Psicología, para arribar en la perspectiva de la familia y otros sistemas, en llegar a la dificultad a través de la

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Por ejemplo, Jensen (2013) expone, en una revisión rigurosa y cualificada hacia la interpretación de la historia de la terapéutica familiar, incluyendo técnicas y comprensiones epistemológicas, en Noruega, estableciendo un paralelo entre el pasado y la

contemporaneidad que acompaña a los procesos, que en el país nórdico también se solía centrar la dificultad sintomática en el sujeto, relegando usualmente los productos de la

interacción social y vincular con el mundo exterior. Las influencias fueron transformándose a partir de la segunda mitad del siglo XX, incorporándose nuevos elementos que la academia estaba construyendo o repensando.

Parte de las transformaciones mencionadas y la incorporación de apuestas teóricas más envolventes que desde la Clínica Sistémica se han propuesto, se encuentran guiadas por las comprensiones en el trabajo con adicciones que se resumen en una constante vinculación y engranaje entre el mundo subjetivo, el self, compuesto por las dimensiones biológica, emocional, cognitiva, en segundo lugar, el mundo del sistema familiar y todas las personas o redes de apoyo significativas para el sujeto consumidor de la sustancia y, por último, se encuentra la articulación con el mundo institucional que oferta servicios y algún tipo de tratamiento a las personas en las que se expresa la problemática. Además, y queriendo ser explícitos, se recalca que desde la Psicología Clínica Sistémica se moviliza el síntoma y se le otorga, no exclusivamente al individuo, sino a todos los integrantes que componen sus sistemas. No hay, entonces, tal individualización del problema (Flores-Albán, 2010).

Como el síntoma se encuentra repartido en las relaciones, aunque aparentemente sea en el sujeto adicto más clara su materialización, y en consonancia con la indudable

retroalimentación que se gesta entre ambiente e individuo, para Berstain (2008) citado por Flores-Albán (2010), las adicciones se entienden como el producto de convergencias y diferentes transformaciones en las pautas de interacción, simbolización y comunicación; siendo estas las coaliciones intergeneracionales, los problemas conyugales, la presencia de un progenitor sobre-vinculado, la incongruencia en el establecimiento de las jerarquías de la familia, fronteras y límites borrosos o no claramente establecidos y los mensajes doble vinculares, entre otros. También, como en otras expresiones sintomáticas, desde la escuela sistémica se entiende que la conceptualización en adicciones guarda relación con la

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guardan coherencia al interior de la familia y que son dirigidos al sujeto en el que el síntoma se expresa.

Si se observa detenidamente, desde lo sistémico el trabajo estructural con los sistemas del sujeto, uno de ellos la familia, es importante para la praxis clínica con dicha problemática. Aún así, habiendo definido el qué y el por qué de las adicciones desde algunas posturas sistémicas e intentos de conceptualización, es necesario comprender las pautas que influyen en que la decisión de cambio, tanto para la familia como para el sujeto, se vea alterada y haya de nuevo un consumo activo de la sustancia; pues estos son los sedimentos y miedos que también quedan insertos en la comunicación y vida de los acompañantes del sujeto adicto y de él mismo, es decir, que los síntomas llegasen de nuevo a una reproducción continua y prolongada en el tiempo.

Al proceso sobre el que se hace mención se le suele llamar recaída, o bien la situación en la que el momento del cambio se ve truncado y recluido a la reproducción de lógicas sintomáticas que ya empezaban a transformarse o a tomar un curso distinto al del sufrimiento. Acá, la escuela sistémica aporta en términos de entender la recaída como la representación de una de las partes de los ciclos adictivos, ciclos en los que “(…) hay una dinámica establecida

por el individuo, que incluye el consumo, los períodos de abstinencia y las emociones en éste

período generado y por último la recaída que vuelve a dar inicio a la dinámica.” (Flores -Albán, 2010, p. 61). Esto es, sin embargo, no solamente producto del sujeto adicto sino también de la inclusión de las incidencias de la red de apoyo significativa para éste.

En medio de los ciclos adictivos, la recaída en su relación con el proceso de cambio es para Shiffman (1989) citado por Flores Albán (2010), la obstaculización y fin del esfuerzo realizado para el cambio que se orienta hacia la abstinencia, acotando que hay otro proceso, la caída. Esta última se entiende como un consumo puntual en el que no se supone un total estancamiento al comportamiento de consumo que prevalecía antes de que la

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momento de retroceso, no de recaída total o de ruptura total del proceso de cambio iniciado (Marlatt & Gordon, 1985, 1986 citados por Flores-Albán, 2010, p. 56).

De hecho, pensar en los factores que permiten el cambio y su mantenimiento en el tiempo, es una acción que se encuentra íntimamente ligada con aquellos factores que dificultarían dicho proceso de cambio. A parte de la recaída o de la caída, para Sánchez (2004) citado por Flores-Albán (2010), otros factores que aportan a que el proceso se vea entrampado en los ciclos adictivos son, la presencia de cuadros sintomáticos a parte de la adicción y síntomas que sobrepasen y coexistan en el abuso y/o dependencia hacia la

sustancia, en segundo lugar se encuentra la adhesión o adherencia al tratamiento, de otro lado las respuestas asociadas a la relación terapeuta-consultante, dado que los individuos se puede sentir mas cómodos o hallar respuestas más efectivas frente a diferentes terapeutas y/o tratamientos; también, y como aspecto positivo encaminado hacia el cambio, se encuentra la duración de los tratamientos y la utilidad de las asistencias pos-tratamiento que resultan efectivas para mantener la abstinencia.

En cuanto a éste último factor, es pertinente indicar la expresión de las asistencias pos-tratamiento en términos del concepto de red social y su relación con la adicción a múltiples sustancias, aspecto que para el trabajo y comprensiones sistémicas es de vital importancia. El concepto de red es trabajado por Sluzki (1998) citado por Flores-Alban (2010) en tanto que “(…) describe la red social personal como un conjunto de seres con

quienes se interactúa de manera regular, se conversa, se intercambian señales que corporizan

y hacen a los seres humanos reales.” (p. 72). Así, la construcción de una red social se fundamenta como una experiencia coherente para el sujeto, en la que converge también la posibilidad de expresar y fortalecer su identidad, construida y reconstruida constantemente a lo largo del ciclo vital (Flores-Alban, 2010).

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que también son significativas y significadas desde diversas posturas y que además aportan al cambio.

Por ende, al incluir, tal y como ya se había mencionado anteriormente, la relación del sujeto con los diferentes sistemas en los que se mueve permite ampliar la descriptiva y observancia de procesos que antes no podrían ser reconocidos o siquiera tomados en cuenta. Por todo lo anterior, y enfatizando en el concepto de red social conceptualizado por Sluzki (1989) citado por Flores-Albán (2010), a continuación se relacionan claros ejemplos de lo que significa la construcción de redes significativas en el terreno de las adicciones, también con miras a ampliar el marco de comprensión de las mismas.

En Noruega se impulsaron los grupos de reflexión como metodología novedosa en la práctica clínica, trabajados por Andersen & Caillé (s.f.) citados por Jensen (2013). El deseo por la eliminación de las comprensiones causalistas y subjetivistas provenía de una serie de insumos que resonaron en las mentes de muchos terapeutas, desde la terapia estratégica, las perspectivas de las escuelas de Palo Alto y Milán, hasta el corpus teórico de la terapia narrativa y del discurso. Todo esto para comentar que en el Rogaland A-senter, ubicado en Stavanger, costa oeste de Noruega, se ha promovido e instaurado un modelo terapéutico de trabajo para las adicciones a través de la perspectiva de las familias. El trabajo lo compone, en gran medida, la terapia familiar e individual, usualmente centrada en los niños si los hay al interior del sistema. Aunado a ello, se ha creado una línea de intervención para clientes ambulatorios en cuyo seno familiar hay problemas de abuso de sustancias. Entonces, el trabajo en relación, incluyendo interdisciplinariedad, se ha convertido en pionero para el abordaje de las adicciones a sustancias.

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No obstante, y pensando en los objetivos que guían la presente investigación, es importante aclarar que aunque las experiencias e historias de recuperación producto del trabajo con los grupos de autoayuda en el contexto particular de las adicciones, no se ubiquen con claridad en una tradición gestada en la academia, y con ello en alguna escuela de

pensamiento en la disciplina psicológica, son importantes de ser mencionados. Así, una aproximación a las explicaciones sobre su conformación y consecuencias positivas en el tratamiento de las poliadicciones resulta pertinente y de gran relevancia en la configuración de un estado del arte que pretende analizar comprensiones y técnicas de intervención para la problemática ya mencionada, es decir, se otorga contexto y se amplia el marco de referencia desde el cual la Psicología, y muchas otras disciplinas científicas, han intentado aunar esfuerzos para hacer frente a la complejidad humana y clínica que allí converge.

En una investigación desarrollada para demostrar la efectividad de los MHGs, que desde hace 78 años han salvado millones de vidas en los Estados Unidos, previamente encadenadas por los cuadros clínicos de la adicción y sus derivados, se tuvo por objeto el análisis de los procesos de prolongación de la abstinencia del consumo de sustancias con una población de 3.018 hombres que hacían parte de 15 departamentos diferentes de programas de intervención para su problemática. Se encontró y se validó que los consultantes que asistieron a grupos de autoayuda de los 12 pasos de A.A., por el término de un año, tuvieron más posibilidades de extender sus procesos de recuperación y de mantenerse sobrios, a diferencia de los pacientes que recibían únicamente tratamiento ambulatorio (Kelly & Yeterian, 2011).

Un seguimiento de dos años más a 2.319 hombres de la misma muestra mencionada con anterioridad, y a través de la utilización de ecuaciones estructurales, pretendió examinar los vínculos existentes y causales entre los estilos de participación y desenvolvimiento de los miembros en los MHGs de A.A. y el uso de la sustancia de predilección (Mckellar et al. 2003 citados por Kelly & Yeterian, 2011). Acá, los resultados demostraron que el

desenvolvimiento y participación activa en los grupos de A.A. disminuía las tendencias de reincidencia al consumo de alcohol, así como los problemas psicopatológicos relacionados con la sustancia, después de tener en cuenta el control de la comorbilidad de alteraciones (Kelly & Yeterian, 2011).

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El involucramiento en los grupos de autoayuda no solamente permite extender los tiempos en los que los asistentes alcohólicos y farmacodependientes se abstienen de consumir su sustancia de predilección, de hecho permiten generar procesos de resignificación de la propia experiencia a través del relato de otros, por medio de la generación de un compromiso psicológico, en tiempo y espacio, con una confraternidad de sujetos unidos por una misma causa, la recuperación del alcohol y las drogas; bien sea porque sus motivaciones están ancladas al sufrimiento experimentado y observado tanto en sus familias como en sí mismos, o bien para marcar la pauta definitiva que evitará que los síntomas se mantengan en el

tiempo, en las relaciones y en las formas de comunicación que articulan la subjetividad con el simbolismo de las transacciones hecha con el mundo exterior.

En medio de dichos compromisos psicológicos, en medio del constante deseo por mantener viva la decisión de cambio y los esfuerzos que se suman para no caer de nuevo en los ciclos adictivos, es importante comprender, concomitante a ello, que reflexionar y conceptualizar en torno al consumo de sustancias debe también invitar a visualizar el panorama del surgimiento de las adicciones y el proceso de cambio como una constante modificación de la subjetividad del individuo. Subjetividad entendida, desde algunas

corrientes de al escuela sistémica de Psicología, como una construcción narrativa y puntuada en el lenguaje a lo largo del ciclo vital y en el terreno del entramado relacional que acompaña al sujeto, pues los debates semánticos, imaginarios y creencias a partir de los cuales el sujeto con consumo problemático de sustancias entiende la problemática, será directamente la forma en la que los problemas o síntomas se mantengan en el tiempo (Grippaldi, 2015).

No obstante, en medio de los compromisos que se mencionan y en medio de la

consolidación de unas redes sociales cada vez más sólidas para el sujeto entrampado en ciclos adictivos, el lenguaje cumple una función medular. Para Garciandía (2005) el lenguaje

permite organizar la experiencia, se erige como el engranaje primordial para que el sujeto se vincule con la sociedad y viceversa. El lenguaje provee al sujeto, a las relaciones y al

encuentro con el otro un aparato simbólico complejo y compuesto por conocimientos, previos y renovados de manera transformadora en el presente. De hecho, la hermenéutica, entendida como el arte de la interpretación, es uno de los pilares fundamentales que sostienen el corpus teórico y epistémico de la escuela de pensamiento sistémico y, como bien lo expone

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El lenguaje permite el camino hacia una construcción social de lo humano, le permite al individuo y a su mundo circundante gestar una dimensión intersubjetiva (Garciandía, 2005). Por esto, en el tipo de prácticas comunitarias y de fortalecimiento de las redes sociales a través de los Grupos de Autoayuda, en el caso de las adicciones a múltiples sustancias, se podría aportar la edificación de lenguajes de cambio y discursos que empiezan a tener fuertes incidencias sobre las identidades y creencias de los asistentes o miembros de las

confraternidades, en términos de arraigar la decisión de cambio de quienes han asumido el reto y, por supuesto, se tendrían consecuencias positivas en tanto que los problemas se piensen y se nombren de maneras alternas a las dominantes.

Ahora bien, con relación al abordaje del fenómeno de la drogadicción, en el marco de lo sistémico, existen diferentes modelos de intervención cuyo énfasis está, en el trabajo y tratamiento de la familia del drogodependiente, afectando los ciclos relacionales que

mantienen o refuerzan la conducta altera del paciente. El principio básico de estos modelos, consiste en asumir que el abuso de drogas termina convirtiéndose en el eje central, del cual se organiza la vida de las familias; es por esto que, cualquier solución a largo plazo, requiere de la colaboración e implicación de la familia en el tratamiento (Marcos-Sierra y Garrido-Fernández, 2009).

Como se menciona anteriormente, dentro del enfoque sistémico existen diferentes modelos de intervención orientados a la familia. El primero de ellos es el modelo estructural, el cual parte de los planteamientos de Minuchin (1974) acerca de la importancia de la organización familiar para su adecuado funcionamiento y bienestar de sus integrantes. Desde esta perspectiva, los síntomas en el marco de las adicciones, se caracterizan por ser

reacciones desadaptativas a los cambios ambientales o transiciones entre los ciclos vitales; de la misma manera centra su atención en el análisis de las dificultades de la jerarquía familiar y los problemas de fronteras que puedan existir entre los subsistemas de padres e hijos (Marcos-Sierra y Garrido-Fernández, 2009). La base de la intervención terapéutica estructural, radica en la reparación o modificación de los patrones organizativos

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El segundo de los modelos de intervención es el estratégico, este tipo de modelo centra su mirada en la situación social inmediata del paciente, teniendo presente que los síntomas son una respuesta a una situación familiar disfuncional al igual que el modelo estructural. Este modelo plantea que las familias actúan de la forma en la que lo hacen, bien sea porque consideran que es la más adecuada o porque desconocen otras alternativas

(Marcos-Sierra y Garrido-Fernández, 2009). De esta manera la intervención debe dirigirse a interrumpir las soluciones ineficaces que se están usando y proponer otras que faciliten el correcto funcionamiento; teniendo presente la necesidad de conocer las creencias, el lenguaje, las ideas de cada familia. En el marco de este modelo estratégico, se tiene en cuenta que el modelo de familia ideal o normales, son definidas como familias flexibles, con un amplio repertorio de conductas para manejar los inconvenientes (Marcos-Sierra y

Garrido-Fernández, 2009).

Dentro del modelo estratégico, la terapia que se usa con mayor frecuencia, es la Terapia Familiar Breve Estratégica. Esta terapia es una intervención breve, que con mayor frecuencia es utilizada en adolescentes que consumen drogas, y consiste en una terapia sistémica breve y estratégica, cuya duración está entre 8 y 24 sesiones. De este modo el uso de drogas se concibe como una señal de malestar del funcionamiento familiar, por lo que la intervención se centra en la función que cumple este síntoma en el sistema familiar. Según Szapocznik, Hervis y Schwartz (2003); Szapocznik y Williams (2000) citado por Marcos-Sierra y Garrido-Fernández (2009), este tipo de terapia breve se basa en dos principios generales: el primero hace referencia a que la familia es un sistema y, por lo tanto, lo que afecta a un miembro de la familia, afecta a todos los miembros del sistema, de esta manera el abuso de sustancias es una señal que muestra un funcionamiento inadecuado entre los

integrantes; el segundo menciona que los patrones de interacción familiar, influyen en el comportamiento de cada miembro de la familia.

Otro tipo de terapia utilizado dentro del modelo estratégico, es la terapia centrada en soluciones, caracterizada por desviar la atención de los patrones problemáticos, a las

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los recursos necesarios para cambiar, (d) los problemas son intentos fallidos de resolver los conflictos, (e) no es necesario saber mucho sobre el problema para resolverlo, (f)existen muchas maneras de enfocar una situación, ninguna es más correcta que la otra, (g) centrarse en lo que es posible y puede cambiarse y no en lo que puede ser imposible e intratable.

El tercer modelo de intervención familiar es el estructural estratégico, el cual fue definido de esta manera por Stanton y Todd en 1982, debido a que parten de los principios básicos de estos dos modelos de terapia familiar, al mismo tiempo que introducen aspectos característicos propios. Este tipo de intervención consiste en aplicar la teoría estructural como paradigma orientador, mediante la utilización de sus técnicas y al mismo tiempo se aplica el modelo estratégico en cuanto que se enfatiza en un plan específico (Marcos-Sierra y Garrido-Fernández, 2009).

Teniendo en cuenta lo anteriormente dicho, con relación a la adicción, lo que primero se debe hacer es encargarse de la triada compuesta por el adicto y los progenitores, con la finalidad de trabajar la individuación del drogodependiente. Adicionalmente Stanton y Todd (1982) citado por Marcos Sierra, J., Garrido Fernández, M. (2009), destacan los importantes aportes a la intervención, por parte de la participación de otros sistemas implicados como amigos, parientes o personas cercanas del ámbito laboral, escolar o legal. En este tipo de intervención se establecen tres metas como: (a) el abandono del abuso de las drogas, (b) uso productivo del tiempo y (c) que el adicto consiga una situación estable y autónoma.

Como cuarto modelo de intervención familiar, son los modelos

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menos énfasis sobre aspectos del poder y del control y (g) tendencia a inhibir la intencionalidad.

En el marco de este modelo sistémico-constructivista, se deriva el equipo reflexivo como una propuesta de intervención aportada por Tom Andersen (1991); la cual parte de una posición sistémica clásica, de entender los procesos de interacción de los sistemas humanos como circulares y sometidos a las leyes de la cibernética; pero con la técnica constructivista. La intervención desde esta perspectiva, consiste en un sistema de entrevista en el que un grupo de terapeutas observa la sesión de otro u otros terapeutas mantienen con el o los pacientes en otra sala; en un momento el equipo que observa pasa a dialogar ante los pacientes acerca de lo acontecido durante la sesión (Marcos-Sierra y Garrido-Fernández, 2009).

Luego de abordar algunos de los modelos de intervención de enfoque sistémico, dirigidos hacia el tratamiento de las adicciones por medio de las terapias familiares, es momento de abordar el tema de la eficacia de estos en el abordaje de la drogadicción. Tomando como referente a Marcos-Sierra y Garrido-Fernández (2009), se han encontrado dificultades para evaluar objetivamente la eficacia de los diferentes modelos de terapia familiar, resaltando particularmente las limitaciones a nivel metodológico que poseen los estudios que se han realizado sobre este tema. Sin embargo, los trabajos que se han desarrollado han demostrado que incluir a la familia, como componente importante en el tratamiento de las adicciones, consiguen aumentar el compromiso y adherencias de los pacientes y sus familias con los programas de tratamiento; como también se ha logrado disminuir el uso de sustancias postratamiento y mejorar el funcionamiento familiar y la normalización de los pacientes, en cuanto a su incorporación social, como lo pueden mostrar las investigaciones y estudios realizados por Girón y Cols (2002), Marcos-Sierra y Garrido-Fernández (2009), Garrido Garrido-Fernández, Torrado Val y Marcos Sierra (2010), Becoña, Martínez, Calafat, Montse, Duch y Fernández (2012), Rubio, Martínez, Ponce, Quinto, Jurado y Jiménez (2012).

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estándar. En segundo lugar, las intervenciones desde la perspectiva familiar, logra mayor adherencia y permanencia al tratamiento (Marcos-Sierra y Garrido-Fernández, 2009).

En tercer lugar, las terapias de perspectiva familiar, consiguen reducir el nivel de consumo de drogas después del tratamiento, arrojando mejores resultados, en cuanto a eficacia, que la terapia individual, la terapia de grupo y la psico-educación familiar. Por último, las intervenciones familiares realizadas con adolescentes drogodependientes,

alcanzaron un mejor rendimiento escolar, con respecto a aquellos que realizaron tratamientos alternativos (Marcos-Sierra y Garrido-Fernández, 2009).

Partiendo de la revisión realizada por Becoña y Cortés (2008) citado por Marcos-Sierra y Garrido-Fernández (2009), con relación a la eficacia de algunas de las terapias de orientación familiar, enmarcadas en el enfoque sistémico, se ha encontrado que la Terapia Familiar Breve Estratégica, favorece el compromiso de las familias en el tratamiento y mejora del funcionamiento familiar. Por otro lado, la Terapia Familiar Multidimensional y la Terapia Familiar Multisistémica mejoran la retención de los pacientes, reducen el consumo de drogas y conductas problema, mejoran la dinámica familiar y la disminución de riesgos.

Como complemento, y con ocasión de ampliar la perspectiva de la terapia familiar, se abordan otros modelos de intervención que parten de modelos conceptuales diferentes como el conductual, los cuales comparten dos principios fundamentales: (a) hacen especial énfasis en la importancia de las normas familiares y de los procesos de comunicación en la familia y (b) se considera a la familia como contexto de aprendizaje. En pocas palabras se puede decir que este tipo de modelo, se centra en las condiciones bajo las cuales se aprende, se influencia y se cambia la conducta. Desde este enfoque la intervención terapéutica, se basa en el

aprendizaje de conductas, en direccionar a los miembros de la familia hacia el aprendizaje de modos más efectivos de relacionarse, por medio del cambio de las consecuencias de la conducta interpersonal o las contingencias del reforzamiento (Marcos-Sierra y Garrido-Fernández, 2009).

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