Leer el lugar la representación del río grande de la magdalena en y otras canoas bajan el río de Rafael Caneva Palomino

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LEER EL LUGAR: LA REPRESENTACIÓN DEL RÍO GRANDE DE LA MAGDALENA EN "Y OTRAS CANOAS BAJAN EL RÍO" DE RAFAEL CANEVA

PALOMINO.

JUANA CAMILA OLMOS GONZÁLEZ

TRABAJO DE GRADO

Presentado como requisito para optar por el Título de Profesional en Estudios Literarios

PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA Facultad de Ciencias Sociales

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5 PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA

FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES CARRERA DE ESTUDIOS LITERARIOS

RECTOR DE LA UNIVERSIDAD Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

DECANO ACADÉMICO Germán Rodrigo Mejía Pavony

DIRECTOR DEL DEPARTAMENTO DE LITERATURA Cristo Rafael Figueroa Sánchez

DIRECTORA DE LA CARRERA DE ESTUDIOS LITERARIOS Jaime Alejandro Rodríguez Ruíz

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Artículo 23 de la resolución No. 13 de julio de 1946:

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7 Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.

Isaías 66:2

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Contenido

INTRODUCCIÓN ... 9

Sobre la novela ... 14

Capítulo 1. ... 18

EL MAGDALENA: RUTA Y CEMENTERIO ... 18

El río Magdalena como ruta fundacional ... 19

El río Magdalena recorrido por los viajeros ... 23

La cultura anfibia descrita ... 30

Las familias a orillas del Magdalena (Gaspard Théodore Mollien) ... 33

Anilinas del Trópico ... 34

El río en la República y la navegación a vapor ... 39

El río en el siglo XX ... 42

La violencia y el río Magdalena ... 43

Capítulo 2. ... 48

REPRESENTAR EL RÍO MAGDALENA ... 48

Rafael Caneva y el realismo crítico ... 48

Rafael Caneva: hacia la denuncia activa ... 50

La realidad crítica en Y otras canoas bajan el río ... 54

Y otras canoas bajan el río: la memoria del agua ... 61

El río: espacio, destino, tiempo ... 68

Capítulo 3. ... 79

OTRAS CANOAS BAJAN EL RÍO: CONFLICTO ENTRE TRADICIÓN Y MODERNIDAD ... 79

CONCLUSIONES ... 96

ANEXOS... 99

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INTRODUCCIÓN

El río Magdalena a diferencia de lo que les ocurrió a muchos autores que últimamente he consultado, no fue mi panorama durante la niñez; hasta hace muy poco desconocía muchos términos alrededor de la pesca, e incluso la ubicación geográfica exacta del Magdalena medio, alto y bajo no estaba del todo clara. Mi iniciación (por así decirlo) en el río fue durante el segundo semestre del 2011, gracias a que hice parte de un proyecto cuyo objetivo era crear un diccionario de pesca que recopilara la cultura pesquera del Magdalena Medio. Fue en ese momento donde, sin necesidad de haber nacido a las orillas del río, pude darme cuenta del verdadero significado del Magdalena, no sólo como la principal arteria fluvial de Colombia, sino como el mismo corazón de quienes lo habitan. El río Grande visto por los ojos de aquellos pescadores que contaron sus historias, como un ser vivo, como un protagonista de sus vidas: ese es el objeto al que quiero referir mi trabajo de investigación.

La mayoría de estudios que tienen como tema central al río Magdalena son estudios enfocados más a su parte económica, basados en una inapropiada idea de progreso y desarrollo. Por mi parte, he decidido centrar mi trabajo en una novela que gira en torno a su grandeza: “Y otras Canoas bajan el río (1957) de Rafael Caneva Palomino (1914-1986). Novela que trata la historia de un grupo de pescadores del bajo Magdalena, manteniendo un corte de denuncia, donde se plasman las problemáticas sociales de los que habitan a orillas del río. Esta historia permite ver la memoria de una cultura que ha sido olvidada por quienes optan por adoptar una nueva forma de vida o aquellos cuyo interés no es la cultura de río.

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10 El tema principal de la investigación es la forma en que la obra representa el río. Cómo el Magdalena, sin necesidad de ser expresamente un personaje, y gracias a la enunciación del mismo por parte de la narración y de los personajes de la historia y a su trafagar por él, se convierte en el protagonista. La historia que presenta Y otras canoas… no podría ser si se desarrollara por fuera del Magdalena, éste es el eje central del texto. Lo anterior no dista de la realidad, puesto que el Río Grande es de forma literal la vida de quienes día a día habitan en su presencia.

Es importante aclarar que no existen muchas investigaciones o trabajos previos, donde se estudie la representación del Magdalena, y mucho menos sobre el autor y la novela escogida. En su mayoría, los estudios sobre la cultura pesquera y el río giran en torno a lo antropológico y lo sociológico; muy pocas veces se han hecho estudios literarios sobre la pesca y los habitantes que la practican, ni del río como eje de vida. En cambio, sí encontré un análisis detallado en torno al río como portador de violencia y muerte, estudio que realiza Augusto Escobar en su libro La novela de la violencia en Colombia (1980).

Si bien los estudios literarios sobre el río son muy pocos, el Magdalena dentro de la literatura corre con otra suerte: con Manuel María Madiedo (1815-1888) autor de quizás el primer poema al río llamado Al Magdalena del cual desconozco el año de publicación, y junto a su novela La Maldición (1859) “se inicia una tradición de autores que aportan una

visión autóctona del río” (Castillo, 52). Luego tenemos al poeta mompoxino Candelario Obeso (1849-1884) con su poemario Cantos populares de mi tierra (1877) en donde la presencia del negro y del zambo es determinante, presencia que adquiere importancia en el río desde 1600 (Ibid). A partir de estos dos autores las orillas del río Magdalena y el río mismo se vuelven un tema o un referente a tratar dentro de la literatura no sólo colombiana sino a nivel de Latinoamérica un ejemplo de ello es el cubano Nicolás Guillén (1902-1989) con su poema Una canción en el Magdalena entre muchos otros autores.

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11 porque en palabras de Ariel Castillo Mier fue con Caneva que el Magdalena dejó de ser un elemento incidental, el escenario de la trama o el telón de fondo para convertirse en el protagonista (54).

Rafael Caneva, dentro de la academia, por lo menos en la capital que es donde realizo mis estudios de pregrado, es casi del todo desconocido, los pocos ensayos y artículos que se han escrito sobre este autor pertenecen a profesores o académicos de la Costa Caribe Colombiana, más exactamente a la Universidad del Atlántico, de los que hablaré más adelante. Al hecho de que es tan reducido el número de personas que deciden estudiar al escritor magdalenense, hay que sumar que la obra de Caneva es bastante extensa, pues no

sólo fue prosista, también fue poeta, ensayista, periodista, entre otras…

No existen muchos estudios rigurosos de su novela “Y otras canoas bajan el río”, se encuentran algunos trabajos sobre el agua y el mar con relación al autor, pero, como ya es claro, mi investigación gira en torno a su novela, escrita aproximadamente en los años 1940 y cuyo centro es la cultura riberana magdalenense.

En cuanto a los estudios sociológicos, sobre la cultura del río, indispensable para pensar esta novela, debo decir que fueron de gran ayuda, especialmente el libro Historia doble de la Costa: Mompox y Loba (1979), el primero de los cuatro tomos de la historia del Caribe de Orlando Fals Borda. De donde tomo los término de cultura anfibia1y riberano para referirme e identificar a la población habitante de las orillas del río Magdalena. Del término riberano se desprenden sinónimos que también utilizo en el trabajo: riano, riaño y ribereño. De igual forma, el libro El hombre y su río (1995) del también sociólogo Edgar Rey

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Por cultura anfibia se entiende la población que “contiene elementos ideológicos y articula expresiones

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12 Sinning, aportó al estudio de la historia y la formación del riberano, su relación con el río y la importancia que tiene éste en sus dinámicas sociales.

Por otro lado los estudios de Eduardo Acevedo Latorre fueron indispensables para el desarrollo del primer capítulo, pues facilitó su acercamiento al río y permitió entender su importancia desde la perspectiva geográfica y económica, fundamental para pensar el río como ruta, herramienta de comunicación y esparcimiento de la colonia, modernidad, capitalismo y los diferentes ejércitos y milicias que navegaron y lo navegan hoy en día.

Las crónicas de los viajeros recopiladas por Anibal Noguera, son, junto con la novela de Caneva, la herramienta esencial que se utilizó en esta investigación para mirar el río desde la literatura. Su aporte a la investigación no sólo hizo parte del primer capítulo, sino que estuvo en constante diálogo entre los dos siguientes, permitiendo concluir aspectos sobre las formas como entendemos y miramos el río.

Por último quiero ubicar al lector sobre el recorrido de esta investigación: En el primer capítulo hago un acercamiento al Magdalena a nivel histórico y por medio de la mirada de los viajeros del siglo XIX con el fin de rastrear el río desde los diarios y las crónicas. En el recorrido histórico se ubica al río como ruta fundacional, luego pasamos al río en la República y termina con la navegación a vapor bien entrado el siglo XX. Los dos últimos apartes son netamente históricos, no existe un diálogo con la literatura como si ocurre en el apartado sobre el río en La Colonia. Lo anterior con el fin de no perder la línea histórica del río y ver sus repercusiones sociales. En cuanto al rastreo de las crónicas, se obtuvo una amplia descripción taxonómica de las orillas, su vegetación y fauna, pero el río y el hombre que lo habita muy pocas veces fue nombrado o descrito de forma minuciosa. Para lo anterior no sólo fueron utilizadas las crónicas de viajes, también se hizo un análisis rápido de las acuarelas de Edward Walhouse Mark que atravesó el río hacia 1843 aproximadamente, para llegar a Santafé de Bogotá, y que durante su viaje decidió plasmar

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13 Dejando a un lado el río en el siglo XIX, pasamos al río visto desde la literatura de la Violencia, donde la mirada cambia: ya no es un río que sirve de ruta, todo lo contrario, nos encontramos con un río estancado, un río de muertos. El río se convierte en “la fosa más grande de Colombia”, como dicen algunos. Aquí tomamos dos novelas y una exposición fotográfica para discutir muy puntualmente la figura del Magdalena vista desde la violencia, el conflicto y la guerra.

Esa mirada distante e indiferente del viajero junto con la mirada de desagrado y muerte que propicia la representación del río en la literatura de la Violencia van a ser un elemento importante a la hora de contrastar el río innombrado y el río muerto, con el río como recurso vital y el río protagonista que aparece en Y otras canoas bajan el río.

El segundo capítulo se centra en el análisis completo de la novela de Caneva. Primero, lo sitúo dentro del realismo crítico como género al que pertenece, posteriormente analizo la figura del río, su representación en la novela. En este punto postulo la representación a partir de tres elementos: el río como espacio-personaje, como espacio-destino y como espacio-tiempo. Lo anterior ligado al papel de la memoria, el recuerdo y la oralidad, puntos recurrentes en la obra y que marcan la pauta para asegurar que Y otras canoas… es una novela cíclica. En este capítulo se inicia un diálogo entre el río como ruta y cementerio del primer capítulo y el río como presencia vital del hombre de las riberas.

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14 Como vemos, el recorrido por el Magdalena abarca mitad del siglo XIX y gran parte del siglo XX. Mi intención siempre fue crear un diálogo entre la novela y las distintas miradas sobre el río. Diálogo de contrastes, entre el río-ruta, el río-cementerio y el río-vida. Con esto pretendo demostrar que no fue cuestión arbitraria recurrir a las crónicas o a la literatura de la Violencia para representar el río como vida. Era necesario ver las miradas previas para marcar rupturas entre unas y otras.

Quisiera aclarar que mi experiencia en el Magdalena medio fue de gran ayuda para comprender la relación del hombre con el río y que muchas de esas vivencias a orillas del Magdalena hacen parte del trabajo; tal vez no señaladas explícitamente como forma de argumentar alguna de las postura, pero sí con la seguridad de que aquello que afirmo, lo afirmo porque lo presencié. Así mismo cito a pescadores entrevistados durante el último semestre de 2011, quienes representan la realidad del río más cercana a mí. A estos personajes que mi recuerdo revivía en cada lectura de Y otras canoas bajan el río les agradezco por sus aportes, por su sensibilidad y por compartir de alguna forma el sentimiento inexplicable, el amor por el Magdalena que ellos manifiestan y el que se manifestó en mí a partir de aquellos días.

Sobre la novela

El propósito de esta investigación es el análisis de la novela de Rafael Caneva (El Banco, 1914- Ciénaga, 1986) Y otras canoas bajan el río…, publicada por primera vez en Santa Marta-1957 por la editorial Mediodía. En la búsqueda y rastreo de información sobre el autor y su obra, constate que es muy poco lo que se ha escrito y sólo existe un ensayo del profesor Guillermo Ortega de la Universidad del Atlántico, que aborda detalladamente la novela. El ensayoPremodernidad e incidencia capitalista en Y otras canoas bajan el río…,

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15 llegada del capitalismo al Magdalena; y el efecto que este tuvo en los habitantes de las riberas y por supuesto en el propio río, que es el eje central de la investigación.

De igual forma ese artículo me proporcionó cuestionamientos que al inicio no había establecido dentro del proyecto, como por ejemplo el realismo social en Rafael Caneva, aspecto en el que no profundiza el profesor de la Universidad del Atlántico, pero que a partir de su enunciado me permitió hacer un ejercicio paralelo de investigación sobre este género literario. A partir de este momento, el proyecto, aunque sin desligarse del punto principal que es el río Magdalena, se dirigió a realizar un análisis no sólo de la representación del río en la novela, sino de la postura social propia del realismo crítico. Así fue como el segundo capítulo, cuyo protagonista fue el Magdalena, permitió a su vez un diálogo con la poética (por así decirlo) del escritor, lo que llevó a tener un análisis más completo.

Guillermo Ortega se dedica a ver la incidencia (como lo dice el título de su ensayo), del capitalismo dentro de la novela. De forma muy lejana y un poco tajante toca el tema del realismo o del género al que pertenece la obra. De hecho, cuando menciona el uso de los modos de habla caribeña, elemento particular y del que se hizo un intento por explicar, asegura que más que ser una técnica narrativa que responde a la realidad, es una técnica que usa el autor para idealizar al pescador frente al hombre capitalista, al comerciante que viene a usurpar su tierra. Es un elemento de contraste entre lo bueno que representa la tradición y lo negativo del ser humano capitalista (307). Con lo anterior estoy completamente de acuerdo, aunque agrego que la función del habla riberana en los diálogos, no sólo sirve de contraste; permite también hacer de la historia una historia real, real dentro de lo ficcional.

Además de estos puntos extraigo del ensayo una frase que marca la línea de mi trabajo: “[la

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16 pues fueron los que alimentaron de gran manera el proceso, sin enumerar otros cuantos que he dejado reservados para próximas investigaciones.

Por otro lado, José Luis Garcés, en el libro sobre literatura en el Caribe: Literatura del Caribe colombiano señales de un proceso Tomo I, dedica un aparte a la novela de Caneva, aparte bastante importante al tratar el tema del río: el río como tiempo, un tiempo cíclico que va en consonancia con la práctica pesquera. Este breve análisis que hace Garcés fue el fundamento de la postura a la que logré llegar cuando hablé propiamente del río, es aquí donde decidí que hablar del río es hablar al mismo tiempo del pescador y viceversa, por eso las prácticas y las actividades de la pesca me permitieron entender el río como espacio, personaje, destino y tiempo.

La gran mayoría de su vida el maestro Rafael Caneva la pasó frente al Caribe, pero mi interés se dirige a su visión del río. El hombre y su río: Rafael Caneva Palomino ensayo de Edgar Rey Sinning, constató que el escritor fue siempre un riberano, que su mirada nunca estuvo ajena a las problemáticas sociales, y su escritura más que comprometida reflejaba la influencia innegable del río sobre sus escritos. En este ensayo se hace un análisis de tres de las obras del escritor, una de las cuales es Y otras canoas bajan el río…mostrando el poder que tiene la novela de retratar la vida riberana; también se mencionan las problemáticas sociales y el olvido al que es destinado el río.

Si bien existen otros ensayos sobre Rafael Caneva, la mayoría de ellos publicados en el número 44 de La casa de Asterión2: revista trimestral de estudios literarios programa de Humanidades y Lengua Castellana, los anteriores son los que tratan puntualmente la obra, por lo menos hasta la última publicación de la novela a cargo de la editorial Diente de León y su proyecto La biblioteca del río, donde se editan, publican y promueven las literaturas cuyo referente es el río y sus habitantes. Gracias a esta edición, pude constatar que lastimosamente al maestro Caneva no se le han dedicado muchas páginas, ya que los

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17 ensayos que hablan del autor son citados en la bibliografía y suman alrededor de veinte estudios, muchos de ellos epílogos o acercamientos.

El río siempre está presente en su obra, tanto así que lo utiliza (nuevamente) para darle título a una selección de poemas de su autoría: La canción del río (1981). Libro del que no se tienen mayores referentes, pues no existe un estudio riguroso del mismo, tan solo el epílogo al poemario por Manuel Amarís Villanueva; y que sería bastante interesante poderlo tratar junto con la novela, pero que en esta oportunidad dejaremos únicamente enunciado.

La relación con el agua siempre fue un motivo suyo para escribir, por eso algunos otros ensayos críticos consultados retoman el tema del mar en la obra del escritor magdalenense. Recordemos que la mayor parte de su vida la vivió en Ciénaga, teniendo un vínculo estrecho con el mar Caribe. Por eso no es de extrañar su libro La literatura y el mar (1986), que según Luis Eduardo Rendón Vásquez es una suerte de testamento que deja el autor, donde se hace un recorrido por diferentes mares del mundo y se evidencia ese vínculo irrefutable de la poesía y el agua. De la búsqueda del hombre por conquistar las aguas, manteniendo esa imagen que vemos en Y otras canoas…, como agua identitaria, agua de vida, fértil, agua de memoria.

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Capítulo 1.

EL MAGDALENA: RUTA Y CEMENTERIO

El 1 de abril de 1501, Rodrigo de Bastidas, junto con el marinero Juan de la Cosa, avista el río Grande de la Magdalena, nombre que le da puesto que su visión coincide con el día en el que la iglesia católica conmemora la conversión de María Magdalena. El encuentro, así como años anteriores lo había sido el presunto descubrimiento de América, fue un golpe de suerte para los navegantes, pues su interés estaba centrado en estudiar la costa Caribe con fines exploratorios y, en el fondo, económicos.

Al poco tiempo de iniciar su viaje, Bastidas y de la Cosa se percatan que por un trecho bastante largo, el mar se torna de color amarillento “hasta bien lejos del litoral y una fuerte

corriente dominaba el oleaje marino” (Acevedo Latorre, 17). Es así como sin ninguna duda

conocen que están en presencia de un río monumental, río que sólo treinta años después va a ser recorrido y reconocido por Jerónimo Melo, de origen portugués. Melo quiso (en contra de todo pronóstico) entrar por el gran río, que desde su hallazgo sólo había sido considerado como un punto de referencia para los navegantes; a nadie se le había ocurrido traspasar un poco más allá de su desembocadura, seguramente por el miedo al encuentro con las tribus que habitaban a sus orillas. Si bien habían existido expediciones anteriores, éstas siempre fracasaban. Fue sólo gracias a la expedición del portugués que se abrió el camino hacia el interior, hacia tierra firme. Es en este momento donde el río se convierte en la principal ruta de exploración en busca de recursos naturales que luego serían explotados. De igual forma contribuyó a la fundación de ciudades y en general fue una gran herramienta para el éxito que tuvo y aún mantiene el proyecto colonial.

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19 El río Magdalena como ruta fundacional

Luego de la apertura propiciada por Melo, el entonces gobernador de Santa Marta, el capitán García de Lerma, informó a la Corona sobre la importancia de hacer del río un sistema de transporte. La Corona encuentra la propuesta de Lerma conveniente para sus fines coloniales (comerciales y de asentamiento) y acepta preparar una expedición comandada por el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada. Esta expedición, como lo asegura Acevedo Latorre en su libro El río Grande de la Magdalena, no fue improvisada, se preparó por mucho tiempo, no sólo en cuanto a los recursos con los que se debía contar para tan grande empresa, sino también en lo relativo a la preparación de los hombres que conformarían las tropas expedicionarias (Acevedo Latorre, 20).

Cabe anotar un dato que resalta Acevedo, y es que mucho del personal que acepta ser parte de las tropas por el Magdalena fue convencido con la idea de que por tal río se llegaría al Perú, donde suponían existía una gran cantidad de riquezas. Con la idea de hacerse ricos, el día 6 de abril de 1536, Jiménez de Quesada salió de Santa Marta por tierra, con 600 hombres y 80 caballos; al mismo tiempo por el río penetraban 6 bergantines y aproximadamente 200 soldados y marinos.

La expedición resultó siendo infernal (desde los comentarios que hacen los cronistas) tanto para los que marchaban a caballo, como para los que iban paralelamente por río; muchos de ellos murieron ahogados, ya que dos de los barcos naufragaron, otros dos volvieron a Cartagena al ver el fracaso de los primeros y con miedo de que les ocurriera lo mismo. Una de las más importantes embarcaciones, que era la que llevaba las provisiones, también naufragó; sólo dos lograron vencer las adversidades y llegar hasta Malambo (Acevedo Latorre, 20). En cuanto a los que caminaban, fueron azotados no por las siete plagas de Egipto, pero si por cinco.

Latorre cita a Fray Alonso de Zamora en su “Historia de la provincia de San Antonio del

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20 Los que caminaban por tierra iban despedazados los cuerpos, y los vestidos

entre las espinas y ramazones, picados de los tábanos, seguidos de innumerables ejércitos de zancudos, jejenes y roedores […] para defenderse de las tempestades con sus hojas, comiendo de sus frutos y raíces silvestres de que enfermaron los más y murieron muchos comidos de tigres y picados de

culebras. […] a los que navegaban, atemorizados de feroces y carniceros

caimanes, seguían indios flecheros que por instante lo llenaban [al río] de gran

número de canoas […]. (Acevedo Latorre, 20)

Tras varios meses de haber dejado la costa de Santa Marta, los navegantes y los expedicionarios comandados por Jiménez de Quesada se encuentran y cada uno mitiga las necesidades del otro. Una vez se halla recuperada la tropa, continúan con la expedición por tierra y por mar, hasta llegar al sitio que llamaron La Tora (hoy Barrancabermeja), cerca al río Opo que hoy se conoce como Opón. Fue en este lugar donde el destino de la expedición cambió su rumbo, es decir, la expedición se detuvo en lugar de seguir, puesto que la tropa ya no estaba con la suficiente fuerza para continuar y mucho menos cuando en el lugar al que habían llegado se podía comercializar con los indígenas, quienes contaban con varios recursos, entre ellos el algodón. La expedición decidió terminar su viaje por el río, pero no desistió de aventurarse por tierra y el 28 de diciembre decidieron tomar el camino del altiplano, siguiendo los senderos ya construidos por los lugareños. Hasta este momento, el Magdalena quedó reconocido hasta la boca del Opón (Acevedo Latorre, 21). Luego de once meses de haber zarpado y sólo con 166 hombres de los 800, Gonzalo Jiménez de Quesada subyuga la nación Chibcha, de la que obtuvo gran número de riquezas.

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21 Al igual que Quesada, Belalcázar decide emprender su ruta por el río en busca de un tesoro

ubicado en lo que muchos llamaban “Cundirumarca que en lengua aimará significa país del cóndor donde se hallaba según noticias de los nativos el tan ambicionado tesoro de El

Dorado” (Acevedo Latorre, 22). En búsqueda del tesoro, el conquistador sale de Quito en el mes de diciembre de 1537 y recorre con sus hombres la cordillera al suroeste de Popayán; al final de ésta encuentran el nacimiento del Magdalena: habían llegado al Valle de Neiva (Acevedo Latorre, 22 citando a Juan Friede Invasión al país de los Chibchas), lo que más tarde llamaríamos Macizo Colombiano o Estrella Fluvial, de donde se desprenden nuestros grandes ríos (Magdalena, Cauca, Patía y Caquetá) cada uno con rumbo diferente. Una vez reconocido el río en su totalidad, éste se convirtió en el medio de transporte más importante en la comunicación entre la costa y las fundaciones del interior de la Colonia. Por él llegaron personajes importantes de la península ibérica, entre ellos virreyes, obispos, encomenderos, así como años después entrarían también los pensamientos e ideales emancipadores que traería consigo la Ilustración. El río Magdalena es, pues, un afluente no sólo comercial; por él han corrido y corren las ciencias, las letras, las artes y el deseo de investigación; por eso no es gratuito que grandes científicos europeos como Alexander Von Humboldt decidieran emprender su investigación a través de su navegación.

En la búsqueda por recorrer sus aguas se dieron cuenta de que los barcos utilizados para navegar por mar no eran los apropiados. Teniendo en cuenta esto decidieron utilizar los mismos métodos que los indígenas manejaban para recorrerlo. Al principio se usaron canoas manejadas con canalete, donde se restringía el número de viajeros ya que se debía mantener el peso equilibrado para que no hubiese una catástrofe. Siendo los viajeros personajes ilustres de diferentes partes del viejo continente y el recorrido por el Magdalena bastante tortuoso debido a las nubes de zancudos, el sol ardiente de mediodía y las constantes tormentas, fue necesario hacer de este viaje un recorrido menos incómodo: así nacieron los champanes o bongos. Estas nuevas embarcaciones, como lo explica Latorre:

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hojas […] Dentro colocábanse uno o dos cueros de res que servían de cama en

medio de la carga y a popa se improvisaba la cocina. (26)

Aunque ésta fue una gran solución para los primeros viajes, no estaba exenta de peligros: el verano tanto como el invierno fueron y han sido grandes enemigos de cualquier tipo de embarcación que decida atravesar el Magdalena, además que durante los siglos XVI y XVII muchos de los viajeros fueron emboscados por tribus indígenas que se resistían a ser dominadas por los castellanos. En un relato de Pero López, un viajero anónimo que escribe en tierras florentinas muchos años después de haber atravesado el Magdalena, se describe el poder de los aborígenes en su lucha por no dejarse vencer:

Y así esperaban al capitán y a los demás que con él íbamos los indios de la sierra de Bonda, y como hallaron el bergantín solo, contentáronse con aquella poca presa y llevaron viva a la mujer del capitán y a su madre y a una otra española que con ellas iba. Después en la conquista, yendo en su alcance por tomarles la presa, hallamos muerta a la madre. Otro día a las nueve horas, a la bajada de una sierra del monte, hallamos la otra colgada de los cabellos que habría, según ella dijo, dos horas o más que la habían puesto allí y nos dijo que por señas la habían dicho los indios que no los siguiésemos porque matarían a la mujer del capitán. (Noguera Mendoza, 52)

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23 Los viajes tenían una duración aproximada de dos meses, desde Cartagena hasta Honda; los que se dirigían a Santa Fe llegaban a caballo luego de arribar al puerto de Honda. Otro de los puertos fundamentales fue el de Santa Cruz de Mompóx, fundado en 1540 por el licenciado Juan de Santa Cruz, aunque éste no fue puerto reconocido por mucho tiempo. Debido a que el Magdalena era y es un río cuya vertiente no está definitivamente labrada, cada creciente toma un nuevo cauce y esto le ocurrió al puerto de Mompóx “[el río] orientó la mayor fuerza de sus aguas por el brazo contrario o de Loba, dejando a Mompóx sin navegación y dando vida a un caserío que existía en este brazo con el nombre de

Magangué” (Acevedo Latorre, 29).

Así transcurre la Colonia y sus viajes por el río, sin certeza de que el viaje emprendido en Cartagena fuese a llegar con éxito al puerto de Honda. Si bien ocurrieron múltiples desastres, también muchos de ellos llegaron con éxito a su destino (quizás el destino era el mismo Magdalena, su viaje, su travesía). Fue a partir del siglo XIX donde se empiezan a tener reportes, cartas y diarios de viajeros que durante sus semanas de navegación no pueden hacer otra cosa que escribir acerca de lo grandioso del río. Aquí están sus aportes.

El río Magdalena recorrido por los viajeros

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24 (Real Academia de la Lengua), no se describe con la precisión que cualquier lector de estas crónicas esperaría. El Magdalena, para quienes lo recorrieron durante los siglos XVIII y XIX es visto, es representado por así decirlo, a partir de lo que está a sus orillas, por la naturaleza agreste que lo rodea, por lo particular de su vegetación. En muy pocas ocasiones se encontrará una descripción que realmente permita imaginar aquellas aguas caudalosas, a diferencia de la atmósfera muy bien retratada por los autores de estos diarios y que permiten fácilmente crear un cuadro de las orillas del Magdalena durante la formación de la República.

Haciendo un recorrido por lo escrito en estas crónicas, es importante mencionar como dato común de todas ellas, sin importar si fueron escritas por médicos, botánicos, generales o embajadores, su tendencia a informar, a dar cuenta de lo que se estaba viendo y viviendo; cabe aclarar que muchos de estos escritos eran publicados en periódicos europeos para un público que seguramente nunca conocería el llamado “nuevo mundo”, por lo menos no en vivo y en directo. La literatura de viajes como fueron llamados estos diarios tenían como principal objetivo la exploración de la naturaleza para su posterior explotación. Por esto no es gratuito la descripción de frutas, animales y como ya se mencionaba, de la vegetación de forma minuciosa, cosa que no ocurre con los hombres y mujeres habitantes de esas orillas; quienes por supuesto son nombrados, enunciados, pero al igual que el río, no son centro de estudio, ni mucho menos protagonistas de los textos. Según M.L Pratt, el no

nombrar a los hombres de las riberas y en general a los nativos del “nuevo” continente tiene

una explicación desde el discurso europeo: [el hombre blanco] no los nombra y si lo hace, lo hace en el sentido en que estos le puedan servir y mostrar el lugar donde se pueden explotar recursos (Pratt, 234)

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25 importante para ellos es transformar la naturaleza virgen que ven en sus recorridos, desplazando al aborigen (Ibid, 237).

Volviendo a las crónicas, haré un recorrido por los escritos de José Celestino Mutis, Agustín Codazzi, Fray Luis de Santa Gertrudis y Alexander Von Humboldt, entre otros, en busca de la visión que ellos proporcionan del Magdalena, visión que, como comenté, se combina con la percepción más del paisaje que del propio río. Si bien el río hace parte del paisaje, es importante insistir en que los viajeros muy pocas veces describían sus aguas, el río como tal. Su figura, en sí misma, es el centro de mi investigación, figura que solo se logra encontrar a través de la descripción del paisaje que para una primera impresión era externo al río, luego se entiende que ese paisaje externo es a su vez interno, pues no sería el mismo si el caudal del Magdalena no lo recorriera. El río impone el paisaje a su alrededor. Para la mayoría de los viajeros, la impresión del río, a pesar de lo difícil que era emprender un viaje por él, era el descubrimiento de un paraíso, un lugar que daba mucho para escribir, tanto así que en varias ocasiones el papel con el que el aventurero emprendía el viaje quedaba corto para todo lo que podía y debía ser descrito. Este es el caso del fraile de Santa Gertrudis. Sus apuntes tienen tintes de exageración en cuanto a las medidas que le daba a todo tipo de cosas, como cuando menciona aquellos caracoles más grandes que el puño de un hombre y el cuello que sacaban del tamaño de una muñeca de grueso, y como el ruido que estos animales hacían en la hierba se escuchaba incluso si se estaba a 12 pasos retirado (Noguera, 103).

Dentro de las descripciones del sacerdote tenemos un pequeño pasaje en el que se refiere al Magdalena:

Este río de la Magdalena es un ameno paraíso que deleita a los que en él navegan todos los sentidos del cuerpo, y cuando a la vista ofrece tanta

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26 Esto es todo a lo que se refiere sobre el río, en adelante se encarga de hacer la descripción de ese monte ameno y frondoso al cual se alude en la cita anterior. Son curiosas las imágenes que el fraile presenta sobre el Magdalena: ameno paraíso, el río deleita todos los sentidos del cuerpo. Lo subrayo porque no para todos los viajeros el río representa las anteriores características, de hecho esta descripción refleja un río vivo, vital, representación que veremos en la novela de Rafael Caneva y en donde encontraremos imágenes muy semejantes a las descritas por Santa Gertrudis.

Como decía, no para todos los que navegaron el Río Grande la experiencia fue amena y paradisiaca. El caso del diplomático francés Gaspard Théodore Mollien (1796-1872) lo hace evidente desde las primeras líneas de sus notas.

Para ir a Bogotá hay que subir el río Magdalena; es una navegación muy penosa

y muy larga, pues dura un mes; sin embargo, se prefiere esta vía al camino por tierra. Antes de embarcarme pedí consejo a mi huésped. En pocas palabras me lo dijo, y me pintó con los colores más negros las penalidades que tendría que soportar (Noguera, 275, énfasis mío).

Gran contraste entre descripciones: navegación penosa y larga, frente al paraíso que describe el fraile. En estas dos citas vemos dos miradas del río que van a ser comentadas a lo largo del trabajo, la mirada del río como ser vital, y la del río como simple espacio/lugar. Las anotaciones que realiza José Celestino Mutis (1732-1808) en su viaje de Cartagena a Santa Fe, aunque son mucho más detalladas en cuanto a la observación de la vegetación, puesto que en el momento en que se escriben estas notas Mutis se desempeñaba como botánico, siendo médico del Virrey Pedro Messías de la Zerda, no difieren de las de Luis de Santa Gertrudis en cuanto a la descripción del río (que es mínima); sólo se obtiene un pasaje en el que describe un tramo del río llamado la angostura, bastante peligroso y donde el Magdalena se muestra agreste.

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faena para pasar las embarcaciones. […] Deseaba yo saber determinadamente la

anchura del río en este sitio, y no hallaba por entonces otro medio que el de una

bala disparada por un fusil. […] asegurándome los de aquel pasaje que una bala

alcanzaba el otro lado, bien que ya parecía ir bastantemente floja (Noguera, 123).

Otro de los aventureros, quien compara constantemente el viaje por el caudaloso río con su travesía por el Orinoco, incluso llegando a asegurar que éste era mucho más grandioso que el Magdalena y que hubiese preferido haberlo dejado de último, pues lo mejor debe ser reservado para el final: Alexander Von Humboldt, el naturalista alemán, al igual que los anteriores, no se detiene a examinar el río, sino que relata su viaje, y se queja de la mala conducta de los bogas y de su actitud “salvaje”. Estos son algunos de los pasajes donde se refiere al panorama del río:

El río tiene una corriente impetuosa, la mayoría de las veces similar o más fuerte que la de Casiquiare, no porque tenga más agua que el Orinoco, sino porque éste

se halla dividido por islas y por muchos brazos […] en cambio el río Magdalena

es un torrente, un raudal que ha labrado su lecho profundo en ángulo recto respecto a la cordillera. Tiene un lecho más estrecho y por lo tanto más rico en agua (Noguera, 147).

Las notas de Humboldt demuestran su gran conocimiento de las fuentes hídricas que atraviesan el país, sus anotaciones tienen los resultados de experimentos con caimanes, de oxígeno, de ácido carbónico y nitrógeno en el aire que estos animales respiran; con sus descripciones puede hacerse fácilmente un mapa mental del recorrido del río. Para el científico alemán el trayecto que hay de Barranca a Mompóx; es decir, del Medio Magdalena al Bajo es relativamente monótono, el lecho del río es cerrado, se está a solas con el río, no existe la posibilidad de gozar el panorama de la selva que sí ofrece el Orinoco. Y de aquellas soledades con el río no se obtiene ninguna otra descripción.

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28 El Magdalena tiene varias leguas de ancho, es muy profundo y tiene amenas

isletas bastante grandes en su lecho. […] las aguas del Magdalena están llenas de

caimanes, que salen a la playa como otros tantos troncos para gozar del sol y que con la boca abierta engullen los numerosos insectos que se asientan sobre su lengua y sobre sus fauces (Noguera, 222).

Esas amenas isletas a las cuales se refiere Codazzi, son en lenguaje popular riberano lo que se conoce como playones. En una de estas “islas” es donde se desarrolla la historia de

Y otras canoas bajan el río.

William Duane (1760-1835), periodista y dueño del periódico Aurora, hace referencia al río, de la misma forma que lo hace Codazzi, habla de la superficie llena de troncos, de su color y va a mencionar un dato importante del río, y es que debido a la corriente y a su paso por las diferentes geografías de cada uno de los lugares que recorre, el cauce del Magdalena es cambiante:

El Magdalena mostraba el tinte amarillento de las tierras que atravesara, y en su superficie se acumulaba una gran cantidad de troncos y ramas flotantes, que entrechocaban y se entrelazaban, impeliendo rocas y promontorios, y haciendo a veces cambiar la dirección de la corriente, debido a los estragos ocasionados a su paso (Noguera, 242).

Duane, de igual forma, nombra al río mar de azogue, lo califica así en el tramo bajo del Magdalena llegando al Banco, haciendo una amplia descripción de su rumbo que se encuentra no muy lejos de su desembocadura:

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29 Como se puede evidenciar en lo ya citado, el río no ocupa un lugar protagónico dentro de las narraciones de los extranjeros. Puede existir la posibilidad de que su descripción para la época no fuera necesaria; es decir, que los lectores de esas notas quisieran conocer la selva exuberante de la que todos hablaban, las distintísimas clases de vegetación que allí se encontraban, las frutas exóticas, el paisaje caótico del nuevo mundo. Describir el río era (es mi supuesto) una tarea obvia para los viajeros, el río en sí no representaba nada que ellos no hubiesen visto o por lo menos algo parecido, pues, por ejemplo Théodore Mollien lo asocia con el río Senegal ubicado en África occidental.

Navegamos por entre las orillas verdeantes de un río tan ancho como el Senegal, que ofrecía con éste muchos puntos de similitud: la falta de cultivos en sus márgenes, la soledad de las selvas que las cubren, el calor que hace y los negros

que se ven […] (Noguera, 275).

En cambio, la vegetación del trópico representa un aspecto en la vida y estudios de estos viajeros nunca antes visto.

En cuanto a lo escrito por José Celestino Mutis, el Magdalena es el mejor sitio para un botánico. A continuación cito un pasaje de su diario de viaje hacia la ciudad capital haciendo un recorrido por el río. Así como este pasaje existen muchos dentro de las anotaciones del científico, quien está deslumbrado por la variedad de especies vegetales que se encuentran en el trópico.

Ningún sitio tan ameno ni tan delicioso para un botánico europeo en iguales circunstancias a las que yo me hallaba; por el corto espacio de una playa me hallé con un crecido número de plantas no vistas por mí hasta entonces; unas por nuevas y otras por no observadas por mí, todas llamaron igualmente mi atención. De las que me pareció formé descripción, y, de todas hago aquí memoria del siguiente modo:

Turnera ulmifolia.

Pentandrio diginis, dus.

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30 Hedisarum biarticulatum.

Hedisarum heterocarpon.

Walthera indica (Noguera, 122).

Así como Mutis hizo una exhaustiva descripción de la vegetación del trópico, así mismo elaboró en 1761 el primer inventario de peces del Magdalena con algunas imprecisiones ya que para el momento todo lo que nadaba era considerado pez:

Guacarote, mancagua, betón, chai, manatí, vizcaynito, doncella, dorada, picuda, bagre pintado, pataló, corvinata, mojarra, sardina, pejesapo, sardina de cadenita, cutumbí, pataconcita –especie de sardina-, galápago, caimán, babilla […] (Museo Nacional de Colombia, 2010)

La cultura anfibia descrita

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31 En los primeros párrafos del diario de viaje de Fray Juan de Santa Gertrudis, el sacerdote llega con la tripulación y sus acompañantes a un pueblo llamado Mahates en el Bajo Magdalena. Aquí nos describe las diferentes mezclas poblacionales que se encontrarán a lo largo del río.

Antes de pasar adelante notó que el hijo de negra y blanco se llama mulato. El hijo de mulata y blanco se llama Zambo, y por mixtos y generaciones que pase, no sale nunca de la mancha. Mas la india con blanco, el hijo se llama mestizo. El hijo de mestiza con blanco se llama criollo. El hijo de criolla con blanco se llama cuarterón. El hijo de cuarterona con blanco ya sale a banco sin raza de indio. Pero el hijo de la cuarterona con criollo llaman saltatrás. El hijo de blanca con mestizo llaman tente en el aire. Allá en siendo chapetón, sea quien fuere, ya es reputado caballero (Noguera, 102).

Como lo mencionaba al inicio, el riberano tiene una gran habilidad con la pesca; esto lo afirma también Mutis dentro de su escrito. En esta cita, el botánico se refiere a la capacidad que tienen los bogas para tal actividad, además de la abundancia de pescado que existía para ese entonces. Cabe anotar que el inicio del pescador del Magdalena como lo conocemos hoy en día fue trabajando como boga dentro de los champanes que recorrían el río durante la Colonia y los primeros años de la República.

En este día vimos una particularidad bien notable, que prueba la mucha abundancia del pescado en este río. Los bogas de nuestra falúa tenían en nuestra popa una pequeña red sujeta á unos palos, en forma de cuchara. Para coger el pescado, no hacían más que introducirla en el río y sacarla al punto. Con esta acción sacaban el pescado chico en tanta abundancia que rara vez salía la red sin pescado (Noguera, 118).

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32 Allí encontré un Zambo de mulato, que me hizo una nota de todos los árboles que

él conocía por el río. Este es un asunto en que todos los naturales merecen superiores alabanzas a nuestros europeos. Yo tengo notado que cualquiera tiene una extensión prodigiosa en el conocimiento de las partes todas de la Historia Natural (Noguera, 125).

Humboldt también se refiere a la tripulación de su champán, aunque en muchas ocasiones se queja de lo “salvajes” que estos hombres pueden llegar a ser, sobre todo por los ruidos que hacen en el esfuerzo que se requiere al bogar. Sin embargo, resalta la forma rítmica en la que trabajan:

Mientras que una mitad (tres en la parte de abajo, por ejemplo) avanza hacia el toldo con la palanca apoyada contra el pecho, los otros tres caminan en dirección opuesta con los brazos levantados (sosteniendo la palanca horizontalmente por encima de la cabeza de los que trabajan), hacia el extremo del champán. Cuando una mitad alcanza este extremo, mientras la otra llega a otro, en este momento aquellos ponen la palanca en el agua en tanto que los del extremo, agitan la palanca en lo alto y el champán, en este eterno vaivén, nunca puede ganar tiempo para deslizarse corriente abajo. (Noguera, 147).

Así como Humboldt, otro viajero se queja de la conducta de los bogas, los cataloga como viciosos y de rango social bajo, este es el pasaje:

Estos bogas son de la más baja extracción social, una mezcla de individuos de todo color que lo único que han conservado son los vicios de sus respectivas castas y que, si están insatisfechos con su pasajero, lo abandonan en la playa, huyendo dentro del bosque. (Noguera, 401).

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33 dueños de los champanes. La boga acabó en gran parte con la población aborigen habitante del Magdalena y fue por esto que los españoles decidieron traer negros en su remplazo. Por otro lado, Francisco José de Caldas describe a los hombres que habitaban las orillas del río, como hombres que viven casi desnudos debido a las altas temperaturas del trópico, sus riquezas consisten en una hamaca, una red y algunas plataneras que no exigen cultivo. Sus delicias (como las llama el general) se resumen en reposo y sueño, su moral “bien se deja ver que no puede ser la más pura”. De las afirmaciones de Caldas, tomo aquellas que refieren a la vida sin vanidades del riberano, como veremos en el análisis de la novela el ideal de riqueza del pescador no se basa en el poder adquisitivo, sino en la libertad que se posea, por esto ser rico significa ser libre y la libertad la da el chinchorro propio.

Las familias a orillas del Magdalena (Gaspard Théodore Mollien)

Para terminar, dentro de las observaciones de Mollien quiero destacar tres pasajes, en los que a mi parecer se detalla con más claridad y donde se le dedica mucho más tiempo a la forma como se constituye la cultura anfibia. La última cita argumenta claramente la postura anfibia de estos hombres y mujeres, su capacidad para desenvolverse en múltiples trabajos en el río y fuera de él. El expedicionario, como se verá a continuación, es el único de los ya nombrados que más allá de la vegetación, se dedica a describir al habitante del río. Estas son sus precisiones:

Las familias aisladas que pueblan las orillas del Magdalena se componen por lo general del padre, de la madre y de tres hijos; ancianos hay muy pocos. No suelen vivir mucho con las enfermedades que padecen, que, por lo demás, son comunes

a todas las razas cruzadas de la zona tropical. […] Las casas en que habitan los

ribereños del Magdalena están hechas de juncos y de bambúes. Por lo general están enclavadas en medio de espesos bosques, donde el dueño se contenta con desbozar un espacio muy reducido para plantar bananos, caña de azúcar, cacaos,

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34 La vida que lleva el habitante de las orillas del Magdalena no es inactiva, ni

mucho menos. Sólo él es quien tiene que atender a todo; ha de ser, a la vez, arquitecto, cazador, pescador y obrero hábil; unas veces tendrá que ir al bosque en persecución del jaguar que le ha matado un perro, para él inestimable; otras irá al río para atravesar con sus dardos un bagre o para echar sus redes; nunca está ocioso (Noguera, 278).

Como vemos, Mollien los llama “habitantes de las orillas”, ya existe para este momento una diferenciación entre los que habitan los pueblos y los que habitan cercando el río. Describe su cultura como mucho tiempo después lo hará Fals Borda: “ha de ser, a la vez pescador, cultivador, cazador”etc…, un hombre anfibio como lo denomina Borda, como el caimán de tierra y agua.

Antes de continuar el recorrido del río hasta llegar al siglo XX donde se desarrolla la novela de Caneva, es oportuno ver una mirada del Magdalena y sus habitantes diferente a la proporcionada por la literatura de viajes. Mirada también de un viajero europeo, esta vez plasmada en acuarelas.

Anilinas del Trópico

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35 Humboldt, quienes representan la exuberancia de las selvas. Tampoco puede ser catalogado como costumbrista, pues no existe un afán de documentar escenarios etnográficos. Su objetivo según lo que se puede deducir de las acuarelas, era crear un tipo de fotografía del paisaje, sin mayores detalles, simplemente plasmar lo que estaba viendo.

Algunos de los críticos del dibujante afirman que fue uno de los primeros en retratar con mayor veracidad lo que en el momento se constituye como la Nueva Granada. Su técnica consistía en esbozar a lápiz las imágenes, y colorearlas enseguida con acuarela; de igual forma no utilizaba como fondo papel blanco, sino cartulina negra, haciendo que la intensidad del color disminuyera. Es curioso ver las anilinas de Mark y su forma de representar el Magdalena con sus orillas, pues a diferencia de otras pinturas y grabados sobre el mismo tema donde impera la exuberancia de colores, cada cuadro hace uso de colores sutiles casi llegando a los pasteles, al igual que la línea: ésta muchas veces se pierde y lo que era río se confunde con la cordillera y la cordillera con el cielo. Marta Traba citada por Deas resume con bastante precisión la obra de Mark, por lo menos aquella inspirada en

el Gran río: “Colombia se convierte en escenario apacible, extraño jardín poblado a trechos por hombrecillos silenciosos, que se desplazan en una naturaleza en perpetua siesta bajo el sol” (Deas, 15). Tal como lo describe Traba, así se percibe la naturaleza en las acuarelas, apacible, el Magdalena no es el mismo río caudaloso que describe Mutis, su cauce se encuentra apacentado.

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En Pueblo viejo, Ciénaga (1843) -acuarela sobre papel (17,7 X 25,4cm)

Esta primera acuarela representa la imagen de un día de rutina a las orillas del río. Dentro del recuadro principal se encuentra un hombre blanco puliendo lo que, al parecer, es un gran champán; a su alrededor los restos de cedro, con lo que comúnmente fabricaban los champanes y canoas (Acevedo Latorre). El gran protagonista es el champán, volteado de medio lado. No se ve su interior, ni aquel toldo que cubría a los viajeros de los trajines del viaje (aún no construido). El hombre blanco se encuentra de espaldas, parado en una viga construida con canecas y un palo grueso de madera, detrás de él y en el fondo se ven los figurines de otros hombres; todos están vestidos de la misma forma y por su vestidura se puede ver que también son blancos. El río no figura dentro de la acuarela como elemento importante: se puede deducir que la escena se da en las orillas puesto que se pueden ver al lado izquierdo del recuadro unas pinceladas azules.

Champanes (sin fecha)- acuarela sobre papel (17,0 X 24,3cm)

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El atracadero de Ambalema (1846) acuarela sobre papel (17,3 X 25,0 cm)

En esta pintura figura mucho más el río Magdalena, toma más de la mitad del cuadro en la parte inferior. Esta imagen muestra las pequeñas canoas y embarcaciones artesanales que muy posiblemente son propiedad de los habitantes de la ribera. Como elemento central, hacia la parte inferior derecha se encuentran dos riberanos de espaldas, sentados dentro de sus canoas, mirando hacia otras embarcaciones que no son propiamente canoas, sino una especie de planchones de madera bastante delgados. Al fondo, varios hombres y mujeres dibujados ligeramente (aunque se identifican por sus vestiduras) desembarcando productos traídos por estos planchones de madera. En otra parte de la acuarela están embarcando unas mujeres con faldas azules a estos planchones, aunque al juzgar por el dibujo de Mark no deben ser muy largos los recorridos en estas embarcaciones, pues no se ven muy seguras y estables.

Bongo del Magdalena (6 de mayo 1845) entre el cerro y Pedroza- acuarela sobre papel

En esta acuarela, más que el bongo, resalta la tripulación del mismo, los bogas desnudos, uno mirando hacia el Magdalena y lo único que trae consigo es un sombrero para cubrirse del sol. Los otros igualmente desnudos en lo que al parecer es la popa del bongo y están cocinando (por el humo que sale); sólo dos de ellos se están cubriendo con una cobija azul. El río figura al fondo de la acuarela, dando una perspectiva de inmensidad, aunque bastante quieto y apacible.

Pescadores del Magdalena (28 de mayo 1845-El Banco) acuarela sobre papel

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38 mucho más allá (casi invisible) los pescadores tirando su red. Las mujeres son pintadas de lado, no se puede ver ningún tipo de expresión.

Como ya se mencionaba, el río dentro de las acuarelas de Mark no figura como protagonista de sus cuadros, tampoco la vida de los pobladores de las riberas, aunque ésta se plasme allí en mucha más medida que el Magdalena. Lo importante al tratar estas pinturas es el protagonismo que cobran los medios de transporte que recorren el río: los champanes, los bongos y canoas. Aunque el río no está presente, me importa la forma como el dibujante registra su visión de otros elementos que lo involucran.

Es interesante analizar por qué en la mayoría de sus obras el acuarelista dibuja a los riberanos de espaldas o de medio lado; muy pocas veces (exceptuando los retratos) se ve a estas personas de frente. Lo anterior indica que para Walhouse lo importante era retratar la escena, dar una breve imagen sin mucho detalle de lo que acontecía durante su viaje; en mi opinión logra retratar muy bien, da una imagen clara de su viaje por el trópico. Lo que sí está claro es que el europeo, a diferencia de sus contemporáneos, supo retratar esa vida pasiva de la cultura anfibia, muchas veces condenada por los expedicionarios como ociosa y salvaje. Por mi parte, creo que sus acuarelas no juzgan la vida de la ribera; habría que estudiar los escritos (no tengo conocimiento de su existencia) sobre su viaje y sus apreciaciones sobre esta cultura.

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39 El río en la República y la navegación a vapor

Después del fusil y del cañón, fue sobre el lomo del río en donde el pueblo colombiano tuvo su permanente y transformador contacto con la máquina.

Rafael Gómez Picón

El río fue cobrando cada vez más protagonismo, no sólo fue una herramienta útil para la fundación de ciudades durante la Colonia, lo fue también en la consolidación de la República. Los estudios alrededor del afluente no se hicieron esperar, para nadie era un secreto que el caudal traería el progreso que la época colonial había retrasado. Sin embargo, las labores investigativas se vieron frustradas con la guerra emancipadora; aunque el río fue de gran ayuda para las tropas libertadoras, el proceso para mejorar la calidad y eficacia de la navegación se mantuvo estancado en la búsqueda por la libertad. Curiosamente, un ciudadano alemán nacido a orillas del Rin, y que se identificó rápidamente con la causa emancipadora, decidió embarcarse rumbo a América trayendo toda su fortuna con el propósito de contribuir al proyecto libertador. Juan Bernardo Elbers, nacido en Muehlheim, facilitó a los generales revolucionarios gran parte del armamento para la campaña de 1819. Este mismo hombre sería quien años después iniciaría la navegación a vapor por el Magdalena (Acevedo Latorre, 38).

Por los años de las independencias en América Latina, se adoptó en los Estados Unidos una nueva forma de navegar el Misisipi: los barcos a vapor eran el sistema más apropiado para dicho río y Elbers presintió que sería igual para la navegación por el Magdalena. En 1823 el ciudadano alemán presentó ante el Congreso “un proyecto para traer barcos y explotar esta

nueva forma de navegación” (Ibid, 38). El proyecto fue aceptado concediéndole por el

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buques de vapor” (Ibid, 38). La empresa inició en 1824 con el buque Fidelidad, sin obtener mucho éxito ya que el barco no pudo hacer su primer viaje y fue devuelto debido a que no cumplía con los requerimientos estudiados por Elbers. No obstante, el empresario decidió perseverar en su proyecto adquiriendo dos nuevos barcos con mayores capacidades para adentrar el tipo de aguas que constituyen el río. Estos barcos fueron bautizados con los nombres de Santander y el Gran Bolívar.

El vapor transita por el lomo del Magdalena a partir del 10 de noviembre de 1825, los buques cuyos nombres representaban la lucha progresista de unos cuantos años atrás dieron inicio (al igual que la independencia) a una nación, trayendo consigo una repercusión social, política y sobre todo económica para la nueva república. Es así como el río Magdalena se configuraba no sólo como ruta (como alguna vez lo fue en la colonia) sino también como el medio de construcción y búsqueda de una unidad nacional, que doscientos años después sigue siendo anhelada. Con el inicio de la navegación a vapor se establecen un astillero y un aserrío en Barranquilla de donde se abastecen los barcos que, cabe aclarar, tenían destinos diferentes dentro del mismo río: el Gran Bolívar se destina para la navegación entre Santa Marta y Cartagena, entrando por Bocas de Ceniza hasta Puerto Nacional, mientras que el General Santander iniciaba su trayecto desde Barrancabermeja cerca de Calamar o desde Mompox hasta el Peñón de Conejo, que quedaba entre La Dorada y Honda: una vez llegaban los pasajeros a Honda se hacía conexión con Guaduas por medio de un camino de 70km en donde los más beneficiados fueron los comerciantes, pues hubo la necesidad de construir un hotel y una bodega para la carga (Gómez Picón, 350).

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41 comerciantes cartageneros, samarios y bogotanos. Esta unión fracasa rotundamente, el

Gran Bolívar naufraga en Bocas de Ceniza y el General Santander se varaba sufriendo graves percances frente a Barranquilla, sin mencionar que El Libertador fue vendido por el capitán del mismo, aprovechando la mala situación (Gómez Picón, 353).

Muerto Bolívar, Elbers acude a la Alta Corte de Justicia para que se le devuelva el privilegio, lo consigue y en 1835 fue armado el vapor Bogotá, equipado con maquinaria importada de Estados Unidos, a su vez se va armando otro nuevo buque que lleva el nombre de Susana, pero nuevamente el Congreso en 1836 anula el privilegio. Así transcurrió el tiempo en donde la justicia devolvía el poder de la navegación a Elbers, pero otros creaban tropiezos para que los proyectos no fueran emprendidos. Finalmente, Elbers murió trabajando en una nueva empresa con dinero que el gobierno le dio en calidad de indemnización por lo ya mencionado, el 4 de agosto de 1853 en una plantación de tabaco (Acevedo Latorre, 38).

Antes de la muerte de Elbers, una empresa de Santa Marta trajo dos vapores: el Magdalena

y el Nueva Granada, al igual que otras compañías que “introdujeron barcos de diferentes tamaños y ya de una sola rueda en la popa y no de dos a los lados como se habían

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42 El río en el siglo XX

A principios del siglo XX la navegación por el río Magdalena se encontraba en su mejor momento, el tráfico a lo largo y ancho era bastante concurrido y el viaje por el gran río ya no sólo se realizaba de forma obligada para ingresar al interior del país, sino por placer. Durante esta época operaban los barcos de siete empresas y la leña que servía de combustible para las embarcaciones fue cambiada por petróleo que se obtenía en las grandes instalaciones de la Tropical Oil Company (TROCO) situadas en Barrancabermeja (Acevedo Latorre, 45). Para 1919 empieza a operar en el país SCADTA, la primera empresa particular de aviación que en sus comienzos tuvo una leve acogida, pero en el transcurso de los años los viajeros del río adquirieron mayor confianza en la compañía y pronto fueron cambiadas las aguas por el aeroplano. Si bien el transporte de pasajeros por el Magdalena disminuyó considerablemente a la llegada de la aviación a Colombia, y los grandes y lujosos buques salieron de sus aguas, el transporte de carga se siguió manteniendo hasta el presente.

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43 La violencia y el río Magdalena

En este punto, una cuestión me abruma: ¿no habrá sido la muerte el primer navegante?

Gastón Bachelard. El agua y los sueños

Cuando se habla de literatura de la violencia es posible preguntarse ¿cuál violencia? Cuál de las tantas de las que se puede hablar. La literatura de la Violencia con mayúscula se refiere a los textos que relatan esa parte de nuestra historia que inicia en los años treinta, empieza a darse a conocer alrededor de 1946 y se acentúa en 1948 con la muerte de Jorge Eliecer Gaitán, hasta los años sesenta. Luego de 1960 partimos a otra violencia, las pugnas bipartidistas se transforman y se involucran nuevos actores.

Existe una gran cantidad de publicaciones literarias alrededor del primer y segundo periodo de violencia, y aunque mi objetivo no es hacer un análisis exhaustivo de los mismos, quise hacer un recorrido por dos obras; una de ellas literaria y otra enmarcada entre las artes visuales: la fotografía. De esta manera rastrear la forma como se representa la violencia en las artes con respecto al río Magdalena y que nos pudiera dar una idea de cómo se ve el río a partir de estos dos momentos históricos. Lo anterior con el fin de dar un cierre a esta línea que hemos emprendido sobre el río desde la colonia y que marca y contrasta enormemente la mirada de un río innombrado (en el caso de los viajeros), un río de muertos (en el caso de la violencia) a un río vital en todas sus dimensiones que nos presenta la novela Y otras

canoas bajan el río…

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44 aunque no era un análisis del Magdalena sino de los ríos Bugalagrande y Cauca, permitió ver que el río dentro de la violencia, o por lo menos en la novela de Caicedo representa no sólo un elemento espacial o geográfico, también es una atmósfera significativa dentro del relato (Escobar, 84), lo mismo que ocurre en la novela de Caneva y que veremos en el siguiente capítulo.

Con la lectura de Escobar obtuve la referencia de un libro que por su título trataba el tema del río en la violencia: Río abajo de Rafael Vega Jácome. En realidad las referencias hacia el río en la novela de Jácome no son muchas y las que existen son repetitivas: el río como transportador de la peste, de las enfermedades:

Jorca no sólo curaba a la gente de sus males, sino que había arrebatado de las garras de la muerte a miles de personas condenadas a morir por la peste que había azotado a la nación como consecuencia de la contaminación de las aguas por los cadáveres en putrefacción (Vega, 43, énfasis mío)

El tema de la contaminación de las aguas, los malos olores que trae el río también está presente en la obra de Gabriel García Márquez El amor en los tiempos del cólera (1985), por ejemplo Ana María Mutis en su ensayo, plantea el recorrido del río a través de los ojos de uno de sus protagonistas Florentino Ariza, de una forma similar a como se ha hecho en esta investigación desde los viajeros hasta la violencia. El recuerdo del río con su variedad vegetal, sus animales, sus orillas, su aparente calma, y el cambio de esa mirada con la degradación del mismo no sólo por la sobreexplotación de recursos, también por los cuerpos insepultos:

El río Magdalena que Florentino Ariza conoció en su primer viaje era descrito como un lugar fabuloso, mítico, extravagante en la riqueza de sus animales y su

vegetación. […] En su segundo viaje, Florentino encuentra un río que ha sido

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45 los playones, sino la tufarada nauseabunda de los muertos que pasaban flotando

hacia el mar” (Mutis, 5)3

¿No habrá sido la muerte el primer navegante? Esta pregunta que se hace Gastón Bachelard en su ensayo El agua y los sueños, es un elemento recurrente en la literatura sobre este periodo de violencia. El cuerpo sin vida como el navegante del río que se enreda con la tarulla, que alguna vez es adoptado por los habitantes de las orillas como sucedió en Puerto Berrío, y que está plasmado en la obra Novenario del artista colombiano Juan Manuel Echavarría. Su obra refleja el ritual de esta población de Antioquia que decide bautizar los cadáveres NN que llegan por el río Magdalena al pueblo. Estos cadáveres que transitan el río son a su vez alimento para un tipo de peces que desde entonces quedan vedados y nadie los consume:

Lo que pasa es que el pescador es muy zafado de boca, muy grosero, somos vulgares, uno aquí dice en vez de cogí un comelón, dice cogí un ruñe copas, pero sabe por qué, porque dicen que comen muertos, eso es pura sicología que se le mete al pescador.4

En Río abajo no son peces o canoas los que bajan por el Magdalena, son cuerpos

mutilados, “decapitados que llegaban flotando sobre las aguas del Magdalena” (Vega, 137). El Magdalena como una metáfora de la destrucción y la desolación del periodo

donde se dice “inicia” la violencia, una muestra de la realidad de las guerras. Las guerras traen enfermedades, hambre, desempleo, pero sobre todo muerte, el río en la literatura de la Violencia (por lo menos como lo ejemplifica esta novela) se resume en cadáveres estancados, en aguas turbias y fétidas el Magdalena entonces representa lo que se vivía y vive en el país, sus aguas son el espejo de los efectos del conflicto armado.

3

The Magdalena River that Florentino Ariza came to know on his first voyage was described as a fabulous place, mythic in scale, extravagant in the richness of its animals and vegetation. […]On his second voyage, Florentino encounters a river that has been victimized by deforestation, the alligators and manatees wiped out, the chattering of parrots and monkeys silenced. Now he sees floating down the Magdalena not three corpses, but an uncountable number. At night, the passengers on the boat “no los despertaban los cantos de sirenas de los manatíes en los playones, sino la tufarada nauseabunda de los muertos que pasaban flotando

hacia el mar”

4

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