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El trabajo psiquíco en la adolescencia

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El trabajo psíquico en la adolescencia.

Avatares de su organización

Ps.

Liliana Palazzini1

“... Y ya sabéis lo que pasa, que el papel que uno asume acaba por convertirse en verdadero, la vida es una experta en esclerotizar las cosas y las actitudes se convierten en opciones”. Antonio Tabucchi. Pequeños equívocos sin importancia.

Consideraciones iniciales

En el fenómeno adolescente biología, cultura y psiquismo constituyen registros de definición inseparables en la medida que se hallan imbricados en su conformación. Históricamente la adolescencia se asienta en la transformación cultural surgida como expresión social luego de los cambios socio-económicos que introduce la revolución industrial. Esta evolución sella su abrochamiento con la inserción al mundo del trabajo. En las sociedades precapitalistas la adolescencia no existía, al menos como la conocemos hoy, el pasaje de la infancia a la adultez quedaba facilitado por rituales de iniciación. Así, en un abrir y cerrar de ojos y celebración de por medio, los niños se convertían en adultos. La vigencia de esta marca primaria de constitución indica a la adolescencia como superficie cultural en la que se estampa, como en un grabado, las condiciones sociales de una época.

Ubicada como lugar de tránsito entre infancia y adultez la adolescencia se apuntala en el emergente somático que indica la hora de un cambio: crecimiento del cuerpo, desarrollo de los caracteres sexuales secundarios, aparición de la capacidad reproductiva. El desarrollo biológico de la pubertad constituye un estado de perturbación que obliga al niño a re-situarse ya no siendo niño y sin tiempo suficiente para construir representaciones acordes. Exceso y vacío que reclaman una adecuación.

Las concepciones sobre adolescencia han oscilado entre el subrayado de angustias y duelos concomitantes y una acentuada idealización como tiempo pleno de vida, probable consecuencia de la confusión entre adolecer y adolescer. Pero crecer y padecer no son lo mismo, aunque el movimiento adolescente acarrea trastorno y angustia más lo ocasiona la ausencia de su despliegue. El sentido de potencialidad

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que aloja se enlaza a la tramitación psíquica activada con los cambios corporales pues, al mismo tiempo que hace recomposición de lo existente, instala funciones nuevas: crece la capacidad de pensar, se complejiza el universo emocional, el encuentro sexual es orientado por la genitalidad instalando nuevos sentidos y formas de vinculación; se potencia la creatividad junto a la apropiación simbólica de la capacidad re-productiva; se afirma la identidad sexual. De allí la consecuencia de trastorno o patología cuando este proceso no encuentra espacio y condiciones apropiadas para su instauración. Es decisivo haber podido ser adolescente, Françoise Dolto lo destaca en la expresión de segundo nacimiento en el que individuación y vulnerabilidad van de la mano.

La metamorfosis corporal inaugura un centrado genital del cuerpo erógeno, consecuencia del despliegue biológico en la organización libidinal constituida hasta entonces. Lo puberal indica un anclaje biológico pero a su vez crea el acontecimiento adolescente de estructuración y re-estructuración psíquica como trabajo elaborativo de este tiempo. Todo cambia, junto a la transformación del cuerpo también la del psiquismo. El psicoanálisis ha especificado estas transformaciones describiendo el movimiento de la libido hacia la primacía genital y el cambio en la elección de objeto exogámico, además de ofrecer un marco de comprensión profunda de la subjetividad adolescente y de la articulación entre psiquismo, cuerpo, pulsión y realidad. El adolescente se vale de instancias y operatorias ya habilitadas en la infancia, basadas en la identificación y el Ideal del Yo, no obstante su tramitación incluye modalidades nuevas. Su fin es una desexualización de las representaciones

incestuosas conducentes a la elección de objeto potencialmente adecuado (Philippe

Gutton, 1993). La llegada de la pubertad indica que la sexualidad no puede ser diferida lo cual re-instala la dependencia del objeto y el sentido de complementariedad de los sexos. La incompletud va dando lugar a la ilusión.

Recortada como especificidad del Psicoanálisis mucho después y con mayores dificultades que el Psicoanálisis de niños, la adolescencia es una constelación compleja de teorizar. El múltiple anudamiento que la constituye -cuerpo, cultura y psiquismo- se halla atravesado por el sentido de espera y preparación para el cambio. Recuerdo el concepto de Erickson de moratoria psico-social como espacio y tiempo de tránsito insumido en la organización de soportes asentados en el campo social. Este concepto ha perdido la placidez contenida en la idea de una espera descansada, lejos de ello, la adolescencia se basa en la conquista de una condición subjetiva estructurante no alcanzable si no es con trabajo. La noción de trabajo es medular en la teoría psicoanalítica, contiene la idea de movimiento pulsional, de construcción representacional, de dinámica en juego, de creación, de elaboración. Lleva implícita la noción de fuerzas en el interior del aparato que de ningún modo es virtual sino que se hace tangible en producción de pensamiento, acto y discurso capaz de investir un espacio diferente y una representación de sí diferente.

El crecimiento presupone nuevas necesidades e interpela la participación del individuo en su propia historia. Lo que has heredado de tus padres para poseerlo,

gánalo. Este punto lleva a considerar tanto el tema de la trasmisión y de la herencia

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exigencia de trabajo impuesta al psiquismo por el hecho de estar en juego la sujeción a las relaciones de generación como la necesaria individuación (H. Faimberg, 1993).

Como tiempo tramitación psíquica constitutiva la adolescencia promueve composiciones y re-composiciones libidinales, fantasmáticas, identificatorias, y vinculares. La movilidad de funcionamiento psíquico y sus derivados quedará en el centro de la observación clínica a fin de avizorar los puntos de obturación o anudamiento en la exigencia de procesamiento, observación necesaria a fin de abordar otro trabajo, el trabajo analítico.

La adolescencia se define por la movilidad de funcionamiento psíquico que conlleva -constituyendo una estructura psíquica abierta como dice Julia Kristeva- más que por una categoría de edad, tal ubicación se perfila lejos del sentido cronológico / evolutivo y se acerca al de tramitación constitutiva que puede advenir más allá de la edad de la persona. Esta consideración, que emerge con fuerza desde el campo clínico, lleva a interrogar el sentido de la intervención analítica a fin de abrir condiciones de cambio, recordando la idea de segunda oportunidad, antes de que lo cartilaginoso se vuelva óseo. Pero el tiempo real tiene importancia, no es lo mismo una tramitación adolescente acontecida en una franja evolutiva acorde, que una tramitación en un tiempo posterior, algo se perderá de ser vivido en acompasamiento con los cambios corporales, algo de la temporalidad quedará comprometido para asomarse, seguramente, entre los pliegues de futuros malestares.

Considero que para el analista, la labor de pensar la adolescencia compromete una sensible articulación entre la propia vivencia adolescente, la experiencia del propio análisis y aquella que proviene del ejercicio clínico. Este último interroga de modo singular una de las posiciones clásicas del psicoanálisis, la de re-significar lo existente. En la medida que está en juego la instalación del sujeto en posiciones inéditas una de las labores centrales del analista consistirá en ser testigo, y partícipe transferencial, de la creación de nuevas condiciones psíquicas, capaces de generar representaciones acordes.

Me interesa describir en este trabajo algunas de las tramitaciones involucradas en la transformación adolescente que posibilitan un despliegue en el campo de la salud y, por lo tanto, son verdaderas construcciones psíquicas que hacen posible la inscripción de la noción de cambio.

Trabajo de sustitución generacional

El movimiento de sustitución generacional es un tema complejo que moviliza toda la estructura vincular entre hijos y progenitores, tiene a la

confrontación como operación de impugnación y crítica de lo heredado y si bien no

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operaciones más necesarias, pero también más dolorosas del desarrollo. Es absolutamente necesario que se cumpla, y es lícito suponer que todo hombre devenido normal lo ha llevado a cabo en cierta medida. Más todavía: el progreso de la sociedad descansa, todo en él, en esa oposición entre ambas generaciones.

(Sigmund Freud, 1908 [1909]). Freud ubica el fracaso en esta tarea dentro de los límites de la neurosis.

Pero la confrontación no alude a una batalla aunque el odio esté en juego y no se trata de una guerra aunque las trincheras sean necesarias, es una operación resultante de un tipo de vínculo entre padres e hijos basado en el reconocimiento mutuo, en el que la autoridad de los padres ha sido un hecho como también lo ha sido la apuesta de capital libidinal sobre los hijos. La paradoja es que si todo ha ido bien se instalará un campo de malestar insoslayable ya que sus efectos benéficos no son visibles de manera directa ni inmediata.

Winnicott se ha referido ampliamente a sus connotaciones en la organización adolescente destacando en ella la presencia de componentes agresivos y de ternura. Parte de la idea de inmadurez adolescente como elemento esencial de la salud que no requiere otra cura que no sea el paso del tiempo, aunque resulte indispensable la función de sostén de la familia y la sociedad... Si existe aún una familia que puedan usar, los adolescentes la usarán intensamente, y si la familia no está allí para ser usada o dejada de lado (uso negativo), se les deberá proporcionar pequeñas

unidades sociales para contener el proceso de crecimiento adolescente (D.W.

Winnicott, 1968).

Crecer es un acto agresivo de posesión de un lugar ganado al otro, peleado al otro. Cuando el niño se transforma en adulto lo hace sobre el cadáver de un adulto.

La propuesta Winnicottiana de asesinato consolida un pasaje simbólico que promueve el encuentro con la propia potencialidad y con el sentimiento de vitalidad. Sin la desidealización de los padres no es posible acceder a la instalación de la brecha generacional y para ello es necesario el cuestionamiento de las certezas de los enunciados adultos. Con la condición de que los adultos no abdiquen, podemos considerar los esfuerzos de los adolescentes por encontrarse a sí mismos y determinar su destino como lo más estimulante que nos ofrece la vida...

(D.W.Winnicott, 1968). Importancia radical del otro en la constitución subjetiva, nada más ni nada menos que la presencia como precondición de la investidura de un tiempo futuro que pueda comenzar a imaginarse, a anhelarse, a construirse.

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En este contexto altamente libidinal la agresividad es inherente al proceso de estructuración subjetiva, en la medida que hay corte y separación el objeto se vuelve real y externo. La adolescencia re-actualiza la fluctuación entre unión y separación, pérdidas y adquisiciones y el encuentro con la exterioridad y la diferencia requiere del impulso agresivo, encuentros y desencuentros que irán dibujando el derrotero identificatorio. Para René Rousillon la paradoja de la destructividad sería a la vez originaria y terminal en la medida que inaugura el ingreso a la problemática edípica pero también marca su disolución. El padre muerto en la fantasía sobrevive en la función.

Tiempo tumultuoso, tanto para los hijos que crecen como para los padres en quienes se reactivan algunos puntos olvidados de su propio transcurrir adolescente. El proceso de uno cabalga sobre las huellas del otro. Según Filippe Gutton los padres deben afrontar el convertirse en objetos inadecuados, introduce así el concepto de

obsolescencia definiendo el proceso de desinvestidura parental en beneficio de la

búsqueda de nuevos objetos. Como la capacidad para estar solo, la obsolescencia es posible en interacción, es una defensa que permite la elaboración de conflictos frente a un objeto incestuoso -cuyo deseo es un obstáculo- y además se opone a lo residual adolescente de los propios padres. Implica superación y renuncia del deseo y del objeto incestuoso, provoca caducidad, establece la diferenciación entre el tiempo de la infancia que conduce a la represión del deseo y la madurez que conduce a su dominación, vía factible de conducción hacia el encuentro con un objeto potencialmente adecuado. Este devenir confronta a los progenitores con circunstancias difíciles de metabolizar: la genitalización del hijo, su desprendimiento y el propio envejecimiento. Es una verdadera puesta a prueba de la regulación narcisistica del conjunto, en la medida que el hijo pierde el sentido majestuoso de la infancia pero también hay una pérdida que opera en la fantasmática narcisística parental respecto del hijo como expectativa de continuidad indiferenciada o de oportunidad reparatoria.

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La confrontación suministra entonces un capital libidinal, además de aportar un sentido organizador del psiquismo, separa y a la vez conserva articulación de espacios, el adolescente que se diferencia no pierde el sentido de pertenencia ni el reconocimiento de los demás, de modo que su tránsito además de promover alteridad -trabajo que nunca se asegurará definitivamente- abona el terreno para la

remodelación identificatoria.

Reorganización identificatoria

La adolescencia constituye un lugar de interrogantes e incertidumbre respecto de la representación de sí mismo y de la relación con los demás. El pasaje por la duda es inevitable, especialmente en cuanto al valor y sentido de las referencias identificatorias. La necesidad de diferenciación conduce al abandono del objeto parental -como objeto y como modelo- estableciéndose la organización de una propia cosmovisión adolescente que reclamará nuevos identificantes y nuevas metas.

La identificación constituye un pívot central en la constitución del psiquismo como operatoria a partir de la cual se constituye y se transforma una persona, establece una articulación exterior-interior dando cuenta de la cualidad abierta del psiquismo y su posibilidad de reorganización continua (M. Vecslir, 2001). La adolescencia es un momento clave de reorganización identificatoria ya que las nuevas significaciones desencadenan movimientos en la trama identificatoria, movimientos que determinan cambios en la subjetividad siendo un trabajo que insume tiempo y requiere del vencimiento de las propias resistencias.

La remodelación identificatoria permite un progreso, desde la primacía del Yo Ideal del tiempo de la infancia a la construcción de ideales propios vinculados la categoría del Ideal del Yo, categoría que también deberá ser despejada de las condiciones infantiles de estructuración, tarea primordial para un nuevo diseño. La formación del Ideal del Yo tiene importancia teórica como así también visibilidad clínica en la medida que involucra las vicisitudes alrededor de la creación de apoyaturas transicionales que, separando al adolescente de la posición hijo, abren la dimensión de la posición paterna.

Inmerso el adolescente en la tarea de resignificación se abrirá un interjuego entre la dimensión narcisista y la dimensión relacional, el jugar a ser otro será con otros y estará movido por ideales, ilusiones y fantasías como propiedad de un Yo que empieza construir su propio proyecto identificatorio. Piera Aulagnier (1994) designa de este modo a... los enunciados sucesivos por los cuales el sujeto define (para él y para los otros) su anhelo identificatorio, es decir su ideal. El “proyecto” es lo que, en la escena de lo conciente, se manifiesta como efectos de mecanismos inconscientes propios de la identificación; representa, en cada etapa, el

compromiso “en acción”... Proyecto que quedará definido como la

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pueda proyectarse en un movimiento temporal, proyección de la que depende la propia existencia del Yo. Acceso a la temporalidad y acceso a la historización de lo experimentado van de la mano: la entrada en escena del Yo es, al mismo tiempo,

entrada en escena de un tiempo historizado. (Piera Aulagnier, 1975)

Queda planteada una reformulación de la historia a partir de la cual el adolescente puede desprenderse del niño que fue y del ideal infantil constituido en superposición de su deseo con el de sus padres. El proyecto identificatorio incluye la idea de un cambio y conlleva una distancia temporal en su alcance o consecución. Al incluir la brecha del tiempo favorece la resignificación de la temporalidad, se abre la dimensión de futuro -que ya no es “hoy” como en el tiempo de la infancia-. Además de contener una promesa de placer como condición necesaria para la remodelación del Yo, el proyecto identificatorio implica movilidad psíquica y acciones específicas. Por definición ofrecerá una salida y en su tránsito el campo social alcanzará otra significación: la de imprescindible. Para sostener un proyecto con el cual identificarse se necesita de la creación de soportes vinculares ya que ningún proyecto se realiza en aislamiento ni se desea en soledad.

Sabemos que las identificaciones son portadoras de una historia que no sólo se ciñe al entorno de advenimiento del sujeto sino que transmite la historia de las generaciones que le precedieron. Plantea en su seno la paradoja inevitable de constitución y alienación al mismo tiempo y es por este doble carácter que la

remodelación identificatoria estará atravesada necesariamente por el trabajo de

desidentificación, tarea que sólo es posible emprender dentro de un sostenido trabajo de historización del Yo. Desidentificarse tiene un registro de desgarro y encierra la amenaza de pérdida del amor y del reconocimiento en términos identitarios, pero su instrumentación deviene en oxigeno vital para el psiquismo. El complejo interjuego identificación-desidentificación tiene un papel preponderante en la tramitación adolescente aunque no es privativo de ella, una vez habilitado se convierte en posibilidad permanente del psiquismo que aporta complejización y produce rearticulación continua entre pasado, presente y futuro.

Haydeé Faimberg acuñó el término telescopage de las generaciones para describir la condensación identificatoria que produce alienación del Yo, describe la existencia de identificaciones condensadas e inconcientes por las que el sujeto se somete a la historia de otro. La identidad guarda un sentimiento de extrañeza y la diferencia generacional enlazada a la remodelación identificatoria muestra su ausencia en los signos de la psicosis. La historia que no pertenece al sujeto pero lo habita hasta la inundación configura un tiempo repetitivo circular, resultado de un proceso de intrusión que no dio lugar a ser. Este anudamiento identificatorio contiene un mudo secreto y constituye un vínculo entre generaciones incapaz de ser representado, el pasaje a su representación sólo será posible por un trabajo interpretativo que -habilitando la desidentificación- re-establezca la liberación del deseo y la constitución del futuro.

El trabajo de historización en la adolescencia permite la operación de

construcción del pasado, como fondo de memoria por el que será puesto al amparo

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Aulagnier, 1991). La posibilidad de investir el futuro queda en interdependencia de la investidura del pasado y la historia personal suficientemente retenida deviene garantía de la apuesta en el espacio relacional. No se define aquí a los contenidos representacionales pre-concientes ni a aquellos que están bajo el efecto de la represión sino que este fondo de memoria no llega a ser percibido -ni por el sujeto ni por los otros- como un elemento de su pasado, pero tampoco está separado del tiempo presente del cual forma parte (Luis Hornstein, 1993). Está en juego entonces la construcción de una memoria que res-guarda un capital, no solamente como continente de recuerdos, sino como verdadero organizador psíquico que facilita el sentido de integración y continuidad.

La historización en la adolescencia tiene una amplitud y un ritmo un tanto vertiginoso en la medida que, si todo ha ido bien, el adolescente tiene que efectuar un reprocesamiento de todas sus representaciones: su cuerpo cambia, sus referentes cambian, su relación con los otros se modifica, su relación con la sociedad también. La inclusión de las diferencias tiene un sentido organizador para el psiquismo y si no hubiera referencias identificatorias estables tendríamos como saldo un Yo severamente afectado, pero si nada cambia no habría adolescencia (Luis Hornstein, 1999).

Identidad y adolescencia guardan una vinculación de parentesco que se observa en la frecuencia con que se describe cierto desconcierto en respuesta a la pregunta central que la interroga: Quién soy yo?. Definir la identidad requiere de cierta traducción al lenguaje psicoanalítico ya que no pertenece a su bagaje teórico.

La identidad es imagen y sentimiento. Por un lado es una operación intelectual que describe existencia, pertenencia, actitud corporal; por otro, es un sentimiento, un estado del ser, una experiencia interior que corresponde a un reconocimiento de sí que se modifica con el devenir. (M.C. Rother de Hornstein, 2003) Sin duda la identidad es un concepto fuertemente enlazado al narcisismo y a las identificaciones, al propio cuerpo como cápsula que contiene el autoerotismo residual, y a todo aquello que la historia aportó al estado actual de una persona. Señala el investimiento positivo de la representación de sí al que se alude con el término de autoestima. Incluye la idea de continuidad temporal y por lo tanto requiere de ciertos anclajes inalienables que permitan el reconocimiento a través de los cambios, reconocimiento de sí mismo y de los demás.

El sentimiento de identidad manifiesta en superficie la conjugación identificatoria de profundidad, es la punta del iceberg -visible y conciente- y el desconcierto identitario a menudo señala el trabajo de reorganización de las identificaciones existentes antes de la pubertad. (Francois Ladame, 1999)

La relación entre identificaciones e identidad no es lineal. La construcción

de la identidad se apoya en las identificaciones pero al mismo tiempo se desprende de éstas. Condición de existencia y sostén de la continuidad del existir remite a la constitución no fallida de la identificación primaria. Ésta es para Freud previa a toda elección de objeto. Punto de anclaje identificatorio que inscribe al sujeto en la cadena generacional. Por medio de la identificación primaria se inscriben las

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Hornstein, 2003). Cabe subrayar entonces, que en la adolescencia quedarán puestos en exigencia los anudamientos identificatorios existentes, en caso de ser ellos una base endeble, el trabajo de historización se verá dificultado. Dicho de otro modo, la remodelación identificatoria exige cimientos de organización primaria y secundaria, de lo contrario no habrá un nuevo producido como acontecimiento adolescente sino re-producción como catástrofe. El cambio adolescente que compromete pensamiento, cuerpo y vínculos necesariamente se sustenta en la organización identificatoria pre-existente. La creación de una nueva realidad expresada en la irrupción de psicosis, frecuente en la adolescencia, denuncia la ausencia de este soporte, pero hay otra organización posible igualmente costosa para el psiquismo: el déficit identificatorio re-produce un nuevo vacío que toma la forma de disfunción intelectual, obturando el alcance de la cualidad simbolizante del pensar.

El armado identitario no puede soslayar la diferenciación de lo propio y de lo extraño, lo que implica el alcance de la discriminación pero también constituye una exigencia de funcionamiento en el campo social en la medida que nadie deviene personalizado si no es apuntalado en el campo social. La identidad requiere de cierta clausura que la constituya pero a su vez deberá conservar una apertura selectiva que garantice su permeabilidad. El estudio del apuntalamiento (...) permite apreciar en su cuantía el aporte de todos los objetos -sean autoeróticos o exteriores- a la construcción de un sujeto que oscilará siempre entre elecciones de objeto narcisistas (con el refuerzo de la clausura, entendida en el sentido de barrera), y elecciones de objeto por apuntalamiento, que promueven la creatividad y el encuentro con el prójimo (considerada la clausura como frontera que favorece los

intercambios. (Eugene Enriquez, 1991)

Hay una relación facilitada entre el concepto de transicionalidad y la adolescencia en tanto que ambos evocan movimiento y transformación, el concepto

de espacio transicional (D.W.Winnicott) subraya el lazo social en la constitución

subjetiva. Pero la adolescencia no es una apacible transición, desde lo intrasubjetivo se pone en jaque la organización narcisística obligando a un reacomodo en ésa dimensión, desde lo intersubjetivo el trabajo esencial es de re-conocimiento, aceptación y apuntalamiento en el territorio exogámico, el que se abre con todo su potencial exploratorio.

Construcción del afuera

El acceso adolescente a un lugar simbólico distinto se define por la construcción de un afuera como categoría que inscribe el crecimiento. Ello supone atravesar los límites del territorio endogámico a través de una salida capaz de habilitar el encuentro con lo nuevo y diferente. ... la clave del proceso adolescente reside en que lo extra-familiar devenga más importante que el campo familiar,

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supuesto que la búsqueda de nuevos objetos incluye la tramitación pulsional, pero lo que agrega sustancia psíquica es la posición de protagonismo que deberá asumir el adolescente en la consecución de la salida exogámica. También aquí se hace presente la desidentificación con los objetos de la cultura endogámica. Podemos pensar la inserción del adolescente en los grupos de pares como apoyaturas necesarias para la

remodelación identificatoria, el campo del grupo es un campo de concreción y

elaboración con otros. Sin la interferencia de los adultos el adolescente podrá crear, pensar, imaginar y jugar poniendo en evidencia la investidura de espacios y objetos en este nuevo ámbito, recorrido en el cual queda subrayado el valor de la amistad como entramado de sustento vincular. Además de ser un escenario privilegiado de circulación libidinal, la creación de lazos amistosos facilita la salida del ámbito familiar, soporte por excelencia en el tiempo de la infancia.

Piera Aulagnier introduce la noción de contrato narcisista para indicar que cada sujeto viene al mundo como portador de la misión de asegurar la continuidad generacional y así, la del conjunto social al que pertenece. Tiene un lugar en el grupo y a su vez éste lo inviste narcisisticamente. Esta voz comunitaria incluye ideales y valores, transmite la cultura y los enunciados que la identifican. Cada sujeto tomará eso para sí, de manera que se pone en evidencia la función identificante que el contrato tiene. Un primer contrato emerge de los vínculos primarios e inviste al sujeto antes de nacer pero hay otro contrato que se establece en los vínculos secundarios, sea en relaciones de continuidad, de complementariedad, de cooperación, de producción, de oposición, que siempre reactivará las condiciones en que fue instaurado el primero aunque constituyan verdaderas posibilidades de apertura en el encuentro con nuevos soportes identificatorios, situaciones eficaces para investir la grupalidad, el compromiso, el estudio y demás funciones valorizadas de lo social.

El trabajo psíquico en el espacio de la intersubjetividad es el de hacer vínculos. El vínculo impone un trabajo al psiquismo como lo es la creación de operaciones comunes, sean defensivas o de producción. Esto sólo es posible si se logra investir un Nosotros fuera de las gamias de pertenencia como dimensión en la que acción, pensamiento y erotismo encuentren destinatarios habilitados para el intercambio. Inclusión que comprometerá un cuerpo erotizado y erotizante capaz de involucrarse llegada la ocasión. Surgirán así nuevos consignatarios que garanticen a su vez el retorno de una cuota de placer como moneda circulante. Siempre y cuando estos anclajes referenciales mantengan este Nosotros investido, la noción de libertad podrá constituirse como motivación de sostén de estos espacios sociales, verdaderas plataformas para la acción con sentido, con afecto y con principios. Acción que se diferencia de la actuación.

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concebida desaloja la imaginación, despoja de la posibilidad de fantasear, desviste al pensamiento de la capacidad desiderativa que contiene. El movimiento sobreinvestido constituye una defensa contra sensaciones de inquietud o momentos de des-integración que amenazan la continuidad del ser y puede constituir la base de ciertos actos de fuga -actos bulímicos, adicciones severas, accidentes reiterados, etc.- ya sea con sentido de descarga o como medidas extremas de encuentro con un cuerpo al que no se siente propio. Errancias de acción que justamente señalan lo opuesto a la construcción del afuera como lugar emocional de existencia compartida.

Pero debemos señalar que el pasaje a la exogamia requiere condiciones para su instauración siendo una labor que lleva una extensión considerable en el tiempo, extensión hecha de ensayo y error y no siempre alcanzada. En la transición adolescente el medio tiene por función ofrecer oportunidades que transformen al espacio social en un campo de ensayo apto para la exploración, en una zona transicional definida esencialmente por la coexistencia de lo existente y lo aún no advenido. Recordemos que la adolescencia también representa un intervalo entre una pérdida segura y una incierta adquisición, un momento en que todavía no se han establecido lazos seguros y confiables que hagan posible la sustitución del ambiente endogámico, ningún espacio social articula tan rápido ni tan bien lo antiguo con lo nuevo produciendo a menudo la vivencia de un tiempo en cierto modo suspendido.

El espacio del afuera es proveedor continuo de matrices identificatorias, marcas de la cultura portadoras de ideales y valores instituidos en cada momento histórico, de modo tal que se establece un proceso identificatorio social. Pero la situación de crisis de las significaciones imaginarias sociales (C. Castoriadis, 1997) señala la dilución de los apuntalamientos y la peligrosidad de un vaciamiento de sentido bajo la primacía de la imagen, de la inmediatez y la banalidad. El trabajo analítico con adolescentes más que ninguno instala la vigencia del interrogante acerca de las condiciones bajo las cuales es posible investir el Futuro como categoría de apertura y continuidad y el Nosotros como modo de producción en la realidad compartida.

Algunas consideraciones finales

Los conceptos señalados han sido formulados separadamente sólo a los efectos de su descripción. Considero que permiten comprender algunos aspectos de la singularidad de un proceso complejo como así mismo observar el alcance que permite su desenvolvimiento y la importancia de los obstáculos que puedan suponer su fracaso.

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y modelo, esta interdicción produce la diferenciación de funciones y de instancias, es a través del Edipo que se instalará la proyección hacia el rol de futuro genitor (Luis Hornstein, 2000). Estos movimientos constitutivos del psiquismo son reafirmados en la adolescencia de modo que encuentran una nueva oportunidad de tramitación. De hecho la confrontación involucra aspectos de rivalidad edípica, la remodelación identificatoria y la constitución del afuera son también tributarias de su alcance. Podría decirse que el trabajo psíquico en la adolescencia opera como segundo tiempo en la organización del psiquismo, tiempo que promueve construcción subjetiva en el sentido de aquello que remite al atravesamiento histórico social y se abre al espacio exterior en donde se vuelcan los pensamientos y las producciones de un sujeto.

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Las últimas palabras de la cita se juntan con el epígrafe inicial, ambos advierten riesgos y destacan la importancia de reflexionar acerca de la organización identitaria en la adolescencia ya que, con su obturación, es capaz de fijar las modalidades personales en armados caracterológicos que tornan bastante improbable la realización del trabajo psíquico propio de este tiempo.

Si la operación de confrontación no se habilita el riesgo es que el adolescente en vez de adquirir una madurez que sienta real sostenga una vida adaptativa, pagando el costo de perder creatividad, si la agresión implícita no halla vías de tramitación, nos encontraremos con sujetos reactivos viviendo entre el sometimiento y el hostigamiento. Si la tramitación de un proyecto identificatorio no se alcanza el adolescente podrá quedarse en quietud, alimentando el vacío tal vez la depresión, o un “llenado” artificial, como lo son las adicciones o los embarazos prematuros. El futuro que no se inviste como un tiempo prometedor se vive como una promesa de vacío. Si la inclusión en la grupalidad no se logra la consecuencia es el encierro, la inhibición de la movilidad social y la sensación ligada es la de no ser joven o no estar provisto para el intercambio. Inhibidos, aislados, erráticos o errantes, a menudo los síntomas se anudan a la organización del intelecto (estancamientos educativos, desconcentración, parálisis vocacionales) o se enlazan al cuerpo propio (obesidad, bulimia/ anorexia) cuando no hay acceso al cuerpo social. El riesgo, en definitiva, es el de vivir en encierros o en errancias.

He querido destacar el trabajo psíquico comprometido en la búsqueda y la inclusión de lo nuevo -como marca inédita o transformación de lo existente- que ubica a la adolescencia en su carácter de tramitación psíquica, subrayando en la misma el sentido de re-significación y advenimiento necesarios para la instalación en un espacio-tiempo que permitan el placer que deviene del cuerpo en intercambio y del pensamiento cuando es propio. En tal sentido, la adolescencia lleva implícita la idea de permeabilidad y movimiento de modo que puede decirse que no es adolescente quien llega sino quien puede llegar a ser.

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Referencias

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