La búsqueda de una terapia para frenar la violencia humana

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Miles de estudios realizados en las últimas décadas han desvelado algunas claves para entender la relación entre la biología y el comportamiento violento. Los científicos tratan de hallar un

tratamiento eficaz contra la agresión humana y afirman que puede prevenirse en muchos casos

La búsqueda de una terapia

para frenar la violencia humana

MYRIAM LOPEZ BLANCO El Mundo 21 de octubre 2000

Existe una versión en la naturaleza de El Caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Según R. Kotulak, autor de Inside the Brain, ilustra mejor la relación entre biología y violencia que todas las investigaciones realizadas hasta ahora en ese campo. Se trata de la salamandra tigre, un animal que habita en el Gran Cañón del Colorado (EEUU).

Es un animal gregario y muy tranquilo, «pero cuando el agua empieza a faltarle, el alimento escasea y las condiciones de vida se hacen difíciles de soportar, atraviesa una asombrosa transformación. Aumenta el tamaño de su cabeza y de su boca, y le sale una fila nueva de dientes, unas adaptaciones que le permiten atacar y comerse a otras salamandras. Cuando la población se reduce, encogen de nuevo el tamaño de la cabeza, sus dientes canívales desaparecen y siguen comiendo insectos pacíficamente.

Puede decirse que la violencia está justificada en este ejemplo por la supervivencia. En el caso del hombre, no siempre lo está.

El comportamiento agresivo, tanto en un caso como en otro, es un complejo proceso biológico que empieza y acaba en el cerebro, aunque hay una infinidad de estímulos que lo modulan. Un grupo de investigadores está buscando las raíces biológicas de por qué algunas personas hacen daño voluntariamente a otras, con la esperanza última de encontrar un tratamiento y una prevención eficaces. Algunos de ellos han explicado a SALUD los avances en este campo.

Primeras teorías

La búsqueda de una explicación a la violencia es tan antigua como el hombre, y las primeras teorías eran de lo más peculiar. Desde un principio, se sospechó del papel de la herencia. De padres criminales, salen hijos violentos, se pensaba. Platón, por ejemplo, propuso desterrar a las familias con miembros que hubiesen cometido algún delito durante tres generaciones sucesivas.

En el siglo pasado, Cesare Lombroso, un médico italiano, se mostró partidario de seleccionar a los niños de las familias con historial violento para que los maestros supieran a qué atenerse. Lombroso fue el creador de la antropología criminal y provocó con sus teorías uno de los debates científicos más acalorados del siglo XIX, según relata Stephen J. Gould en 'La falsa medida del hombre'.

Observando detenidamente los rasgos de los asesinos, trató en vano de hallar alguna pista infalible que los identificara, y se convenció de haber encontrado la respuesta. En 1897 escribía: «Los tatuajes, la antropometría, la fisonomía, las condiciones físicas y mentales, el alcance de la visión, los

datos de la estadística criminal… bastarán a menudo para brindar a los agentes de policía y a los jueces instructores una guía científica con que orientar sus pesquisas, basadas hasta ahora exclusivamente en su agudeza personal y en su propia sagacidad».

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acusado. En una ocasión se le pidió que decidiera cuál de dos hijastros había matado a una mujer. El médico italiano declaró que uno de ellos «era, de hecho, el tipo exacto del criminal nato: mandíbulas enormes, frente abultada, arco cigomático, labio superior fino, incisivos enormes, cabeza más grande de lo habitual, torpeza táctil y sensorial. Estaba condenado».

El reduccionismo de Lombroso siguió presente hasta bien entrado este siglo, con teorías demasiado simplistas como para sostenerse por sí solas durante mucho tiempo. En las últimas décadas, no obtante, los avances en las técnicas de imagen y en el estudio del cerebro han facilitado la labor y se han publicado miles de trabajos serios sobre cerebro y violencia humana en revistas de referencia.

A ellos se suma una serie de libros recientes, como 'Biology of Violence' ('Biología de la violencia'), 'A Mind to Crime' ('Una mente para el crimen') o 'Inside the Brain' ('Dentro del cerebro') que recopilan buena parte de esta valiosa información para el público general.

Biología de la violencia

Para escribir 'Biology of Violence', la neurocientífica Debra Niehoff revisó los estudios realizados en los últimos 20 años sobre cerebro y agresión. Según Niehoff, la lección más importante que se desprende de ellos es que la violencia, como todos los comportamientos complejos del ser humano, es un proceso biológico «que empieza y termina en el cerebro». Es el resultado de un proceso de desarrollo, de una interacción entre el cerebro y el ambiente, que dura toda la vida.

«La forma en la que el cerebro guarda la huella de nuestras experiencias es a través del lenguaje químico. Funciona como un historiador orgánico», dice la doctora Niehoff. Estas experiencias se registran en forma de cambios químicos y hormonales del sistema nervioso y, en particular, dice la autora, del circuito que controla la emoción y nuestra respuesta al estrés.

Se sabe que este circuito es el responsable del control de la agresión. Consta, por un lado, de la parte cerebral que nos hace ser racionales y capaces de pensar y, por otro, de la que controla las emociones más primitivas, el amor, el odio, el miedo, la agresividad. La primera es el córtex frontal, una de las zonas más desarrolladas del cerebro humano, que tarda unos 20 años en madurar del todo. La segunda es el sistema límbico, situado en una zona más profunda del cerebro.

AGRESIÓN

. En condiciones normales, todos necesitamos ser agresivos de vez en cuando: para

defendernos, para trabajar en un ambiente competitivo y hasta para correr los 100 metros lisos. El problema surge cuando la agresión se dirige hacia la persona equivocada, en el momento menos apropiado y con una intensidad desmesurada.

El córtex frontal juega un papel muy importante para evitar esta situación. «Proporciona una información adicional a nuestras reacciones emocionales y envía el mensaje: “Eh, espera un minuto, las cosas no son como tú crees. Tómate un minuto para pensarlo mejor”», explica Niehoff. Pero este mecanismo de seguridad no siempre funciona como debería y es entonces cuando se crea un individuo violento.

¿A qué se debe? Puede haber infinidad de causas. «Es difícil separar la influencia de los distintos factores, y la lista de ellos ¡es tan larga!», dijo a SALUD la doctora Louise Arseneault, del Instituto de Psiquiatría del King's College de Londres, Reino Unido.

«Incluyen factores como los genes, las complicaciones perinatales, las hormonas, los

neurotransmisores, el daño cerebral, la educación recibida de los padres, el background social, las dificultades para aprender, los problemas en el lenguaje, la influencia de los compañeros en el colegio … y, por supuesto, la enfermedad mental». Estos factores pueden estar relacionados o actuar juntos en el desarrollo de la violencia».

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«es como una mano de cartas. Si sólo te ha tocado una carta de “influencia del ambiente” o sólo una de “influencia biológica” no tendrás la escalera de color completa de la agresividad».

Son miles las influencias posibles. «Cuanto mayor sea la constelación de factores que

participen, tanto biológicos como culturales, más probabilidades hay para que se desarrolle un comportamiento violento», escribe Moir. «Si usted tiene niveles bajos de cierto neurotransmisor en su cerebro y un padre alcohólico, sus probabilidades de llevar una vida normal son menores que si sólo tiene un padre alcohólico o sólo un déficit químico».

El cerebro es una especie de masa gelatinosa, plástica y flexible. Está compuesto por billones de neuronas que lanzan mensajes entre sí y que se modulan constantemente de forma impredecible. A lo largo de la vida, vamos creando nuestro propio perfil neuroquímico y, cada vez que nos enfrentamos a una nueva situación, parte de nuestras reacciones dependen de ese perfil. Cada nueva experiencia cambia un poco nuestra química cerebral y así ocurre durante toda la vida.

Una enfermedad

<>Una enfermedad, por ejemplo, puede alterar la maquinaria y convertirnos en violentos y hasta en criminales. Anne Moir cita el caso de Charles Whitman, que asesinó a su mujer y a sus hijos y después mató a 10 personas desde lo alto de una torre, en Texas (EEUU), debido a las consecuencias de un tumor cerebral que alteró su mente.

Otro caso conocido —por ser el primero en el que se demostró la plasticidad del cerebro y su influencia en el comportamiento— es el de Phineas Gage, un hombre que vivió a mediados del siglo pasado. Gage era considerado una persona discreta y amable por sus compañeros de trabajo. Mientras extraía rocas con explosivos, una barra se incrustó en la parte frontal de su cerebro y, desde entonces, se convirtió en un individuo descarado y desinhibido.

FACTORES .

Hay grupos de científicos estudiando cada uno de los factores que intervienen en la violencia. Los hay dedicados en exclusiva a los neurotransmisores, las sustancias químicas que

transportan mensajes entre neuronas. La serotonina es, sin duda, la protagonista, convertida en un neurotransmisor clave en el control del comportamiento agresivo.

En todo tipo de animales, incluido el hombre, se ha comprobado que tener bajos niveles de esta sustancia está asociado a una mayor irritabilidad, hipersensibilidad a la provocación y agresividad. Esto se descubrió después de «administrar fármacos que bajan los niveles de serotonina, lo que a menudo se tradujo en un comportamiento violento; o subirlos, lo que produjo el efecto contrario», escribe Martin Enserink en un especial de 'Science' sobre la violencia que se publicó el pasado mes de julio.

Gracias al estudio de la serotonina se han logrado métodos rápidos y eficaces para controlar los ataques de violencia de un individuo en situaciones de crisis. El doctor Klaus Miczek, psicofarmacólogo de la Universidad de Tufts, en Boston (EEUU), nos explicó que en estos momentos, los hallazgos más asombrosos se basan en fármacos dirigidos contra los receptores de la serotonina. Uno de ellos es el 5-HT1A, pero se conocen por lo menos 14.

El equipo del doctor Miczek ha logrado reducir el comportamiento agresivo en animales de laboratorio manipulando este receptor. «Más esperanzador es todavía el hecho de que los agonistas de los receptores 5-HT1B y 5-HT1D parecen potentes y eficaces tratamientos contra niveles muy elevados de agresión», dice Miczek. La historia de la serotonina, no obstante, todavía no está nada clara, y tampoco se sabe cuántos neurotransmisores están implicados en el control de la violencia.

HORMONAS.

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la violencia es muy controvertida. Hace más de un siglo que se sospecha de esta relación, pero el papel de los andrógenos en humanos parece ser más complicado que en anfibios, reptiles, peces o invertebrados, animales que han servido como modelo para estas investigaciones.

El alcohol y el consumo de drogas son otro factor crucial. Cientos de estudios epidemiológicos y de estadísticas de las causas de accidentes y de criminalidad acusan al alcohol como

principal causante de la agresividad. «En estudios de etología realizados con ratas y monos, se ha visto que el alcohol desata la violencia y que interrumpe la comunicación entre el animal agresor y el oponente, que se defiende, se somete o se escapa», dice el doctor Miczek, autor de algunos de estos trabajos.

En humanos también se ha comprobado. Por ejemplo, se sabe que buena parte de los maridos que maltratan a sus mujeres lo hace bajo los efectos del alcohol.

GENES .

Otro área de investigación en este campo es territorio de los genetistas. No hay un gen de la violencia, «sino todo un abanico de influencias genéticas», escribe Anne Moir. «Parece que más bien hay genes que predisponen o no a cierto tipo de conducta agresiva».

En ratones, los científicos creen haber encontrado al menos 15 genes implicados de alguna forma en la conducta violenta. Y cada vez que se ha publicado uno de estos hallazgos en una revista de referencia, «los medios de comunicación lo traducían como los genes de la agresión, a pesar de que la mayoría de científicos advertía que no había que darles mucha importancia», escribe Enserink. La validez de esos hallazgos ha sido muy cuestionada con el paso del tiempo.

En 1995, investigadores de la Universidad Johns Hopkins (EEUU) publicaron en Nature que los ratones a los que les faltaba el gen para la enzima óxido nitroso sintasa —que produce el neurotransmisor gaseoso óxido nitroso— eran más agresivos que los normales y atacaban a sus compañeros de jaula por la espalda.

Algunos científicos se pusieron en contacto con los autores del estudio porque querían comprobar si ocurría lo mismo en los individuos violentos que conviven en las cárceles. Sin embargo, los autores del trabajo de Nature no estuvieron muy de acuerdo en hacer el

experimento. Temían que el comportamiento observado en los ratones no fuese más que una alteración de su instinto predador, y que no tuviese réplica en los seres humanos. Y, por otro lado, prefirieron tener más datos en la mano antes de repetir el estudio con personas.

Hay investigadores que piensan que no se puede estudiar la violencia humana en animales. Uno de ellos es el doctor Adrian Raine, de la Universidad de Carolina del Sur (EEUU). El motivo es simple: los animales no cometen crímenes, ni roban, ni violan, ni maltratan, como lo hacen algunos humanos.

El doctor Raine sólo estudia personas, que son, por otro lado, auténticos ejemplos de agresividad. Es toda una autoridad en retratar el cerebro de los violentos con las avanzadas técnicas de imagen, y está convencido de que la raíz de este mal está concentrada en el córtex prefrontal.

Raine —que ha asegurado en alguna ocasión que dejó Gran Bretaña no sólo por el buen clima de Carolina del Sur sino porque la ciudad estadounidense está llena de criminales— ha publicado multitud de estudios en los que ha hecho pasar por el PET (escáner de Tomografía por Emisión de Positrones) a asesinos convictos de todo tipo. Con esta técnica de imagen, que mide la actividad del cerebro, ha llegado a asombrosas conclusiones.

Hace tres años, publicó un trabajo en The Journal of Biological Psychiatry que revelaba que la comunicación entre los dos hemisferios cerebrales de 41 asesinos convictos era muy débil. Esto sugiere, según Raine, que los cerebros anormales pueden tener problemas para

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más actividad en regiones profundas del cerebro, que son las que generan las emociones, y menos en el córtex prefrontal, que es el que razona.

«Una persona normal que ha sufrido un accidente en el córtex prefrontal tiene un gran riesgo de convertirse en un criminal, un antisocial, un impulsivo o un violento», nos explica el doctor Raine. Se puede nacer con estas alteraciones, pero, según este especialista, también pueden ser provocadas en la infancia. La prevención es posible, sobre todo, en estos últimos casos.

PREVENCIÓN .

Según todos los investigadores consultados, la violencia puede prevenirse, y es una labor que empieza en la infancia. Para Debra Niehoff, los padres deben detectar las situaciones de riesgo. «Muchos problemas tienen sus raíces al principio de la vida y quedan anclados hasta la edad adulta», dice Niehoff.

Los niños pasan muchas horas en el colegio, muchas veces sometidos a situaciones muy destructivas de abuso y de burla por sus compañeros. Algunos estudios han sugerido que el 30% de los niños está envuelto en este tipo de situaciones, o como abusones o como víctimas.

En la enfermedad mental

«No hay ninguna anormalidad genética o enfermedad biológica o mental cuyo resultado sea exclusivamente la violencia», dice Julio Arboleda-Flórez, psiquiatra del Hospital General de la Universidad de Calgary, en Canadá. Sin embargo, un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Columbia, en EEUU, publicado hace un año en

The American Journal of Public Health , revelaba que buena parte de la población

piensa que todos los enfermos mentales son más violentos que el resto de la población.

Una de cada cinco personas sufre algún tipo de enfermedad mental, de manera que «¡cuáles no serían nuestros problemas sociales si la enfermedad mental estuviera directamente asociada a la violencia!», dice el doctor Arboleda. «Muchos criminales violentos tienen patología orgánica cerebral, pero no sabemos cuántos con la misma

patología no cometen crímenes violentos».

El último número de Archives of General Psychiatry publica un estudio que ha encontrado una relación entre la enfermedad mental y la violencia, pero sólo en individuos con dependencia del alcohol, de la marihuana, y en algunos esquizofrénicos.

«Estas personas eran sólo la quinta parte de la muestra, pero representaban la mitad de los actos violentos», dice la doctora Louise Arseneault, una de las autoras del trabajo, del Insituto de Psiquiatría del King’s College de Londres, Reino Unido.

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