Reseña de una reseña
El imperio de la neomemoria Heriberto Yépez
Estimado Tomás Granados Salinas Director de Hoja por Hoja
En el no. 127 (diciembre de 2007) del suplemento que usted
dirige se encuentra la siguiente mini-reseña de mi modesto libro El imperio de la neomemoria (Almadía, Oaxaca, 2007), firmada por León Krauze: “El lector que espere transitar indemne por esta espesa e incomprensible disertación sobre la naturaleza de la
poesía beat, su relación con el metatexto y la revelación de una supuesta identidad norteamericana debe asegurarse de cumplir con
ciertos requisitos: tolerancia al exceso de guiones,
predilección por los imitadores de Derrida y la energía suficiente para leer occidente escrita con equis (porque,
aparentemente, eso es muy chic) sin agotarse ni desmoralizarse. Salvo la más pura y fría teoría literaria, no es fácil dilucidar
un enfoque desde el cual puedan asimilarse con provecho estas
páginas”.
En su brevísima reseña el comentarista comete errores garrafales
que sugieren que de plano no leyó el libro (y sólo buscaba causar micro-dolo) o, más grave aún, acepta reseñar libros que
no está calificado para sopesar.
Me da pena decir esto último pero me resulta inevitable tomando
en cuenta que:
1. El colaborador no parece conocer el uso correcto de la palabra “indemne”. A aquel lector que “espere transitar
indemne” le aconseja mejor no abrir mi libro, lo cual resulta, al menos, paradójico. Indemne, hasta donde yo sé,
significa “ileso”. De un libro el lector nunca debe salir
terminado de comprender esto. O quizá no piensa cuando
escribe. O no tenía un diccionario a la mano.
2. Unos pocos vocablos después califica a mi libro de
“incomprensible”. El reseñista debería ser más autocrítico y
aceptar que quien no lo comprende es él. No es un defecto de la teoría o la filosofía que alguien no las entienda sino un
defecto de esa persona. En Oaxaca, estudiantes de
preparatoria (en la Fundación Benito Juárez, digamos) a pesar de la dificultad de algunas partes del libro entendían que se
trataba de un análisis de la relación entre la obra de Charles Olson y el modo en que opera culturalmente Estados
Unidos. Me niego a creer que León Krauze no haya podido ni siquiera entender eso. Trataré de que la solapa de mi
siguiente libro sea más explícita para que su colaborador no
tenga que leer el libro entero para saber cuál es su temática.
3. Describe al libro como “una disertación... de la poesía beat y su relación con el metatexto”, lo cual es falso. ¡Olson no
es un poeta beat! Decir esa barbaridad sería equivalente a
aseverar que Xavier Villaurrutia era paceano o que Paz era un poeta de Letras Libres. Entiendo que el colaborador no
conozca poesía estadounidense y confunda periodos, grupos y autores, por ende, sería recomendable que no aceptara
comentar libros cuyo tema no domina. En lo que toca a lo que llama “metatexto”, comprendo que utilice la palabra en forma
de descrédito —está de moda en México descalificar lo
metadiscursivo o metatextual— pero lamento informarle que el metatexto no es una noción central en mi libro
(desgraciadamente). Los conceptos de los que el libro se ocupa son pantopía, neomemoria y cibermnémica, que le pasaron
de noche o que a falta de educación filosófica quizá pensó
4. Que el colaborador crea que el “exceso de guiones” sea causa
para evadir libros es de una penosa grieta de inteligencia,
porque con ese criterio ramplón no podríamos leer a Kozer o ciertos pasajes de Joyce.
5. Al llamarme indirectamente “seguidor de Derrida” el colaborador comete la burrada (disculpen la palabra) más
grave de todo su comentario. Este libro tiene el desperfecto
de ser hermenéutico (desde los primeros renglones lo
declara). Y la obra de Derrida se trata precisamente de una
crítica a la hermenéutica. Entiendo que si el colaborador no sabe lo suficiente de poesía estadounidense menos estará
informado de filosofía. Sería pedirle demasiado que comprenda por qué es vergonzoso que califique a un libro presuntamente
hermenéutico de ser derridiano.
6. Su burla de mi ortografía de “Oxidente” desconoce que autores como Gerardo Deniz (entre otros) ya la han utilizado. Esto
es: no se trata de nada “chic”, como el colaborador mini-ironiza. Es un uso ya común en nuestra literatura.
7. Cerrar su reseña declarando que mi libro no tiene utilidad
alguna me parece de una irresponsabilidad ética enorme tratándose de alguien que debería aceptar que no tiene el
conocimiento para juzgarlo, como es evidente en una reseña que a pesar de su pequeñez rompe el récord de decir tantas
tonterías en tan pocas líneas.
8. Sé que suplir carencias intelectuales con ironías
desinformativas y confundir el análisis literario con la
emisión de opiniones es costumbre de su colaborador, como puede verse en la reseña que ahí mismo dedica a Morris
Berman, de una vulgaridad impresionante en sus comentarios finales, pues si de Berman se afirma que “escribe y toma
clases de salsa” en Guanajuato, lo que se sugiere es que
que su colaborador —con una vileza de verdad lamentable—
ridiculiza como si Berman quisiese decir una zoncera. ¡Lo que
Berman quiso decir es que estima esta cultura! Doy este leve ejemplo de los desplantes de inmadurez de su colaborador
porque, ¿de esto se quiere tratar su publicación? Es decir, si su colaborador anota que estudió en Nueva York, bueno, el
desperdicio monetario de su padre o el desfalco provocado a
las arcas estadounidenses ya está hecho por este egresado, pero no hay por qué exhibirlo tan zafiamente en una
publicación mexicana con delirios internacionales.
Éste es el motivo ulterior de mi carta a usted. A sabiendas de
que somos personas interesadas en la seriedad e importancia de la crítica, ojalá les recuerde a sus colaboradores que asuman el
compromiso ético que implica la crítica. Lo cual significa que
al menos describamos adecuadamente el contenido de los libros que reseñamos. ¡Por lo menos eso! Y que no se comenten libros
que no se han leído o no se está calificado para juzgar y, en su lugar, se les describa con tantas imprecisiones intelectuales,
ejerciendo una vergonzosa voluntad de impunidad. Y, sobre todo,
que los libros que reseñemos no sean juzgados de acuerdo con nuestras antipatías, veneno o intereses de grupos literarios.
Le confieso que una parte escéptica de mí me sugiere no enviarle una carta como la presente. Esa parte escéptica me indica que no
tiene caso hacer estas observaciones, pues la irresponsabilidad ética de los pseudo-críticos continuará, como tantas otras
impunidades continúan diariamente en este país que hemos vuelto
tan corrupto y estúpido.
Usualmente no respondo a las reseñas injuriosas que se hacen de
mis libros. Imagine: tengo catorce libritos y toda suerte de detractores. Pero, a diferencia de páginas electrónicas hechas
por orgullosos ignorantes, pasquines resentidos o revistas
meta mantenerse como un medio serio y no un tiradero de heces, y
aunque la mofa ya está hecha —cantidades de lectores creerán,
por ejemplo, que mi libro aborda poesía beat (desgraciadamente no lo hace) y sin argumento serio leyeron que mi libro no sirve
para nada—, espero que este mail sirva para recordarnos que no se puede escribir reseña a lo pendenciero, como si de escupir
chicles se tratase.
Mi parte más utópica, en cambio, me dice que sí vale la pena dedicarle dos páginas a una de tantas mini-reseñas desaliñadas,
porque podría ayudar a que sea mas difícil que mañana el libro de algún otro escritor sea tratado con tanta grosería compacta y
patán ignorancia.
El crítico puede desaprobar un libro. Pero tiene que hacerlo
conforme argumentos. No según su capricho. O tomaduras de pelo
elaboradas de un plumazo.
Me tomo la libertad de adjuntar esta carta a algunos compañeros
editores y críticos, porque el problema actual de nuestra crítica se llama indolencia y varios de nosotros ya lo hemos
discutido. Se trata de un problema creciente impulsado por el
autoritarismo de críticos literarios precedentes y el triste legado que éstos dejaron en sus herederos: reseñistas que creen
que hacen crítica cuando, en realidad, hacen soberbia.
Esperando no haber robado más de un par de minutos de su tiempo,
le envío un saludo y le agradezco dirigir una publicación que más de una vez me ha guiado en el siempre laberíntico arte de
saber cuáles libros leer.