LA CRISIS DEL ANTIGUO RÉGIMEN (1788-1814)
Y LA PUGNA ABSOLUTISMO-LIBERALISMO (1814-1833)
1. LOS INICIOS DE LA CRISIS: GUERRA Y REVOLUCIÓN (1808-1814)
1. A SITUACIÓN SOCIOECONÓMICA EN LOS AÑOS PREVIOS A LA INVASIÓN
El periodo 1790-1808 está recorrido por una grave crisis económica, social y política que amenaza con derribar el Antiguo Régimen. Las malas cosechas, los motines antinobiliarios, las críticas exacerbadas contra las amortizaciones y vinculaciones, las dificultades en la hacienda y los conflictos internacionales con Francia (1793-95) y Gran Bretaña (1796-1802 y 1804-1808), que inciden en la industria y el comercio, colocan al país en una situación muy grave. En resumen, se pusieron de manifiesto los límites de las reformas ilustradas.
La deuda pública (los vales reales) se multiplica: en 1807 el Estado ni siquiera es capaz de pagar los intereses y la deuda equivale a los ingresos de diez años. Esto empujó a Godoy a adoptar las primeras medidas desamortizadoras de los bienes eclesiásticos (instituciones de beneficencia y cofradías), que el papa Pío VII se ve obligado a aceptar dada la delicada situación internacional; se vendió la sexta parte de los bienes de la Iglesia.
1. B CRISIS DE LA MONARQUÍA: EL FINAL DEL REFORMISMO
El reinado de Carlos IV (1788-1808) coincide de lleno con los acontecimientos franceses, que condicionarán por completo la política interior y exterior españolas. Supuso el fin del reformismo, con la consiguiente frustración de los sectores que lo apoyaron. A ello se unen los vaivenes de la política de los ministros del rey: Floridablanca, Aranda y Godoy.
Floridablanca optó por un cordón sanitario y una campaña de represión contra cualquier influencia revolucionaria, llegando incluso a implicar a la Inquisición como instrumento de su control. Aranda, que le sucede, es más moderado y se muestra más neutral ante la Convención francesa; su caída es consecuencia de la presión de los sectores que exigen una política más firme, incluso intervencionista, para reponer en el trono a Luis XVI. Godoy se inclina por este camino y provoca la declaración de guerra de la Convenció a España en 1793.
La guerra es un fracaso en lo militar y lo económico. La Paz de Basilea (1795) reanuda la tradicional alianza con Francia y en 1796 se firma el Primer Tratado de San Ildefonso que ata a España a la política exterior de Francia, lo que supone la guerra con Gran Bretaña. El Segundo Tratado de San Ildefonso supone la declaración de guerra a Portugal (guerra de las naranjas, para completar el bloqueo continental) y la devolución de Luisiana a Francia. La paz de Amiens (1802) no es más que un paréntesis en la lucha contra los británicos, que se reanuda en 1804 para acabar con la ruina de la flota española en Trafalgar (1805).
La entrada de las tropas francesas, en función del Tratado de Fontainebleau de 1807 (en el que Godoy pudo recibir promesas personales), con el pretexto de ocupar Portugal provoca la alarma de Godoy, que intenta reaccionar para proteger a los reyes llevándolos a Andalucía (desde donde si hiciera falta, podrían embarcar a América). Detenidos en Aranjuez, en marzo de 1808, un motín dirigido por parte de la nobleza y el clero con el impulso de la camarilla del príncipe Fernando logra levantar al pueblo contra Godoy, siempre muy ligado a Carlos IV. El apoyo de los franceses al rey frente a Fernando evita la usurpación del trono pero les hace ganar la enemistad de los españoles que tenían a Godoy como el objetivo a derribar.
Napoleón forzó, en Bayona, las abdicaciones del rey y del príncipe, que le ceden los derechos al trono. Es el desprestigio definitivo de la corona, al que sigue el desconcierto institucional. El dos de mayo, ante la pasividad de las autoridades, el general Murat se autoproclama presidente de la Junta de Gobierno, depositaria de la soberanía. Ello supone la resistencia de buena parte del pueblo y un vacío de poder que es asumido por autoridades de rango inferior: juntas provinciales y locales y la Junta Suprema Central.
Napoleón convoca Cortes en Bayona: proclama rey a su hermano José y apadrina el Estatuto de Bayona de 1808: se trata de una carta otorgada, la primera norma “pseudo constitucional” escrita, relativamente abierta: disminución del poder estamental, cierto distanciamiento del Antiguo Régimen.
1. C ALZAMIENTO Y GUERRA
El origen de la invasión está en la necesidad del bloqueo continental para doblegar a Gran Bretaña. El contexto de las luchas contra la monarquía absoluta en Francia le hizo pensar a Napoleón que sería recibido como un libertador.
El levantamiento del 2 de mayo tuvo motivaciones diversas y contradictorias en medio de una anarquía generalizada. El nombre de Guerra de la Independencia es posterior a estos años: esta denominación trató de exaltar la identidad nacional en los años ’30 del siglo XIX, junto a hitos como Sagunto y Numancia, para construir el mito del pueblo en armas.
El alzamiento es, en general, contrarrevolucionario. Podemos decir que es: Nacional: de liberación (aunque los ejércitos son plurinacionales) Dinástico: opone Fernando a José
Reaccionario: las viejas instituciones frente a las nuevas
Fanático en lo religioso: el bajo clero fue un gran agitador y vivió la guerra como una cruzada contra la secularización
No es espontáneo: lo incitan de las fuerzas del Antiguo Régimen (hay una cierta coordinación en los motines), especialmente el clero, sobre todo el exclaustrado, aunque el alto clero está expectante al principio. Por otra parte, las autoridades tradicionales, junto a la nobleza, pierden contacto popular.
Hay una masa absolutista y una minoría que considera el levantamiento como una oportunidad de regeneración; en este sentido, podemos ver la guerra como un conflicto civil entre dos conceptos opuestos de comunidad política, entre privilegios y reformismo, entre cambio y tradición.
Las autoridades no fueron firmes ante el invasor. Fernando había dado instrucciones de que, mientras estuviera en Bayona, las instituciones debían cooperar con los franceses: acataron la orden pero perdieron el control de la situación entre los continuos levantamientos y la dureza de la represión francesa: se produce así un vacío de poder que trata de ser llenado por las juntas locales y provinciales y la Junta Central.
Las juntas locales estaban integradas por los notables de cada municipio (comerciantes, propietarios clérigos, nobles…), lógicamente de extracción social conservadora: asumieron el control de una revuelta, organizaron la resistencia y preservaron el orden público. Sin embargo, su mera existencia era revolucionaria porque, a diferencia de las instituciones del Antiguo Régimen, no era un poder designado por la Corona sino constituido desde abajo, y por eso establecieron un nuevo principio: el ejercicio de la soberanía de facto por instituciones cuya legitimidad no provenía de la Monarquía.
Las juntas de los pueblos y ciudades fueron coordinándose y agrupándose en juntas provinciales en la mitad sur de la Península, territorio controlado por los rebeldes. En Sevilla, la Junta local adopta el nombre de Junta Suprema de España e Indias, y hace una declaración de guerra formal. Las juntas provinciales se unieron en una Junta Suprema Central, presidida por el Conde de Floridablanca.
La Junta establece una alianza con Gran Bretaña, que será decisiva (hay que tener en cuenta que esta guerra se desarrolla en el contexto de las guerras napoleónicas, guerras entre potencias europeas, especialmente entre Francia y Gran Bretaña). La imposibilidad de los franceses de hacerse con el control en los primeros meses (derrotado en Bailén) obliga a Napoleón a recurrir a La Grande Armée, su ejército más preparado (250.000 soldados), que logra desarticular a los ejércitos españoles, mal organizados. Así, entre 1809 y 1812 hay una fase de predominio francés, que logra controlar la península. Es en estos años cuando se desarrolla la guerrilla rural, la “guerra de guerrillas” (una futura “academia del desorden”, en palabras de Galdós), que hizo que el dominio francés sólo fuera realmente efectivo en las ciudades. La última fase se desarrolla desde 1812, cuando el ejército anglo-español-portugués vence en Arapiles y luego en Vitoria y San Marcial (Napoleón ya había retirado al grueso de su ejército por el fiasco de su campaña rusa), obligando a los franceses a evacuar España a comienzos de 1814.
Napoleón, entonces, debe mirar por su frontera y negocia con Fernando para proteger su flanco sur: a cambio de su neutralidad, Fernando recupera la corona.
1. D EL GOBIERNO “INTRUSO” Y LOS AFRANCESADOS
alzamiento. Ambos poderes tratan de hacer reformas, más o menos limitadas por las circunstancias de la guerra.
El gobierno josefino trata de atraerse a los reformistas: el estatuto de Bayona es una Carta Otorgada (fue presentada por Napoleón a un reducido grupo de diputados convocados en Bayona) con un claro tinte tradicionalista:
el rey reúne los poderes ejecutivo y legislativo se reafirma la confesionalidad del Estado los órganos del Estado son estamentales. no se reconoce la soberanía nacional
reconocimiento de algunos derechos y libertades (habeas corpus, fin de la tortura, libertad de imprenta, inviolabilidad del domicilio…)
supresión de privilegios
libertad de comercio e industria
manifiesta la voluntad de establecer un único código de leyes bicameral, con un Senado de elección real
La reforma josefina se completó con la abolición de la Inquisición y la reducción del número de conventos. La situación y el férreo control militar hicieron imposible la aplicación de las reformas.
Aunque la mayoría rechazó al gobierno intruso, una minoría juró fidelidad a José: son los afrancesados: proceden del Despotismo Ilustrado, aceptan el cambio convencidos de que la resistencia es inútil y de que es posible una reforma sin revolución, fruto del orden y de la autoridad (espíritu reformista que los últimos borbones habrían traicionado). Los desórdenes populares y el miedo a los excesos revolucionarios les inclinaron aún más hacia Bonaparte. Hubo otro grupo, más amplio: los aprovechados o emboscados, funcionarios que se ven obligados a jurar la nueva dinastía para conservar sus empleos y otros que quieren sacar provecho de la situación. A todos ellos se les consideró traidores (12 mil familias de afrancesados se exilian en 1814). Entre los que rechazaron a la nueva dinastía estaban los “jovellanistas”, partidarios de reformas inspiradas en la tradición de las Cortes castellanas, y los liberales puros, que quieren soberanía nacional, sufragio, libertades y un gobierno que representa a la nación (su modelo es británico o la Francia de 1789-91). Y, por supuesto, los absolutistas.
1. E LAS CORTES DE CÁDIZ
Desde la creación de la Junta Central, en 1808, su labor se centró en la guerra, sin practicar ninguna reforma. Integrada por notables, se limitó a suspender la venta de bienes del clero y a permitir regresar a los jesuitas. En mayo de 1809 se inicia el proceso que llevará a convocar Cortes, dejando a éstas la tarea de transformar el Estado.
británica y la continuidad institucional española instituyendo dos cámaras, una de las cuales representaría a los estamentos privilegiados. Los liberales quieren una sola cámara que asuma la soberanía nacional y reforme el Estado mediante una constitución que recoja las novedades aportadas por la revolución francesa.
Las circunstancias de la guerra favorecieron a los liberales porque muchas provincias no pudieron enviar representantes. Había más diputados de las provincias periféricas, donde estaba la burguesía más abierta. En Cádiz había muchos liberales refugiados que sustituyeron a los de sus provincias que no acudieron. En conjunto, los liberales estaban “sobrerrepresentados”. Había muy pocos nobles y la mayoría era de clases medias (abogados, funcionarios, militares, catedráticos, comerciantes…) pero con una fuerte presencia de eclesiásticos (más bien liberales, en su mayoría). Hay que decir que el ambiente, en la ciudad de Cádiz, era claramente hostil a los absolutistas.
El primer decreto (y el primer escollo) fue la declaración de que en las Cortes residía la soberanía nacional: esta proclamación dividió a los diputados en absolutistas o serviles (para quienes la soberanía sólo podía residir en el rey) y en liberales (para los que la nación está por encima del soberano). El segundo punto de fricción era el número de cámaras, que se fijó en una sola.
El 19 de marzo de 1812 se promulga la constitución, cuyos principios básicos son:
Soberanía nacional
Derechos individuales: la libertad, la propiedad privada, la igualdad jurídica y fiscal, la inviolabilidad del domicilio, las garantías penales y la libertad de imprenta, enseñanza primaria pública y gratuita, entre otros.
Separación de poderes
Unicameralismo: las Cortes son preponderantes sobre otros poderes
Confesionalidad del Estado
posterior. Principio censitario de elegibilidad (para ser elegido se exige una renta anual procedente de bienes propios - lo que excluye a eclesiásticos - y la vecindad y residencia - excluye a aristócratas-). Este sistema asegura a la burguesía y profesionales liberales el control de las Cortes.
Ayuntamientos electivos
Fin de los privilegios fiscales: contribución única y progresiva Se prevé la creación de milicias nacionales para defensa interior
del régimen
Otras leyes de las Cortes que liquidan el Antiguo Régimen:
fin del Régimen señorial
incorporación a la nación de los señoríos jurisdiccionales abolición de gremios
libertad comercio, industria y arrendamiento y cercamiento de tierras expropiación de bienes de la órdenes suprimidas por José I
limitación de mayorazgos
venta de la mitad de los bienes de propios y realengos fin de la Inquisición, supresión de pruebas de nobleza fin del vasallaje
abolición de los fueros vascos y navarros
derogación de las normas sucesorias de la corona relativas a la mujer
Las reformas de Cádiz eran, en realidad, el divorcio entre la España real y la España oficial. El pueblo y el clero son, en su mayoría, ajenos a Cádiz, cuya iniciativa había correspondido a una minoría reformista con escasas conexiones con la mentalidad de la mayoría de la nación. Esto suponía una debilidad de las reformas en oposición a las fuerzas propias del Antiguo Régimen.
2. FERNANDO VII: ABSOLUTISMO Y LIBERALISMO (1814-1833)
2. A LA RESTAURACIÓN ABSOLUTISTA (1814-20)
Cuando las tropas de Wellington, en su ofensiva final, penetran en Francia, Napoleón (que apresura su marcha de España para hacer frente al avance de los aliados) se ve obligado a negociar con Fernando su vuelta al trono: por el Tratado de Valençay (diciembre de 1813) el español recupera sus derechos y es liberado en marzo de 1814.
La política de Fernando VII es una mezcla de oportunismo e indecisión: alentado por la vuelta de Luis XVIII a París pero inseguro sobre su fuerza para oponerse a los liberales, el paso decisivo lo dieron otros por él: es el Manifiesto de los Persas -un conjunto de 69 diputados de las Cortes- en el que se condena el régimen liberal y que le decide a firmar el decreto de Valencia (mayo de 1814) anulando la Constitución de Cádiz y sus decretos. Es significativa la indiferencia del país ante estos hechos.
El régimen se veía sustentado por las fuerzas tradicionales: nobleza, Iglesia y ejército.
La Iglesia recupera sus propiedades, se restaura la Inquisición y se restablece la Compañía de Jesús
La nobleza vio restaurados sus derechos territoriales, aunque no le devuelven los derechos jurisdiccionales; se le compensaron suprimiendo el plan gaditano de contribuciones públicas y reponiendo las pruebas de nobleza para acceder a los colegios militares.
La labor del gobierno estuvo condicionada por la grave situación económica y financiera y la pérdida de las colonias, que la agravaron aún más. Comerciantes, industriales y agricultores vieron cerrarse sus mercados americanos. La situación acentuó la inestabilidad de los gobiernos (un promedio de seis meses de permanencia por ministro).
La represión se cebó sobre afrancesados y liberales; los primeros fueron paulatinamente perdonados pero los segundos tuvieron que exiliarse o pasar a la clandestinidad. Los liberales aprendieron que, sin base social de apoyo, no tenían más salida que conectar (a través de logias masónicas) con la única fuerza organizada: los militares descontentos (la guerra elevó a algunos elementos liberales a posiciones de mando) y así se creó el mecanismo de cambio de régimen: el pronunciamiento. Se sucedieron varios, todos fracasados, hasta que le llega el turno al del coronel Riego (que formaba parte de un ejército reunido en Andalucía para embarcar a América para sofocar las insurrecciones): la aparición del fenómeno juntero en otras ciudades llevó a formar una Junta provisional. La situación obligó al rey a jurar la Constitución. Se inicia así el trienio liberal o constitucional (1820-23).
2. B EL TRIENIO LIBERAL (1820-23)
Temerosa de las insurrecciones populares, la burguesía se muestra ahora más moderada. Cuatro aspectos resaltan en esta etapa:
de la prensa liberal y delas Sociedades Patrióticas. Los liberales llamados exaltados, en cambio, exigen el cumplimiento estricto de la constitución de Cádiz y de sus decretos.
b) La obra reformista sigue las líneas establecidas en 1812: supresión de vinculaciones y mayorazgos, abolición del régimen señorial, reducción del diezmo a la mitad, desamortización de los bienes de las órdenes suprimidas, reforma de las órdenes regulares (supresión de los conventos con menos de 25 religiosos), supresión de la Inquisición y los jesuitas, ayuntamientos electivos: todas estas medidas son favorables a la burguesía. Se crea la Milicia Nacional, cuyo papel futuro será importante. El mayor fracaso fue el de la deuda. Los empréstitos extranjeros no pudieron realizarse y no pudo aplicarse una contribución directa; de nuevo se aplicó el gravamen sobre el consumo, justo cuando los precios agrarios bajaban. El campesinado identificó liberalismo con presión fiscal, lo que afectará a la consolidación del régimen.
c) Constantes fricciones entre las Cortes y el rey, que hace uso de su derecho de veto tratando de frenar las reformas. Esta actitud fortaleció a la contrarrevolución: las partidas realistas (apostólicos, una mezcla de curas exaltados y violencia popular) llegaron a controlar amplias zonas de Navarra y Cataluña, aunque fueron sofocadas por el ejército.
d) Como el éxito de 1820 sirvió de acicate a otros
movimientos (Portugal, Nápoles, Piamonte,
Alemania…influyendo también en la independencia griega) se puso en peligro el edificio de la Europa de la Restauración. La Santa Alianza envía un ejército en 1823, los Cien Mil Hijos de San Luis, que repone a Fernando VII en el trono absoluto. De nuevo se restaura el Antiguo Régimen y los liberales vuelven a la clandestinidad o al exilio.
2. C LA DÉCADA ABSOLUTISTA (LA DÉCADA OMINOSA) (1823-33)
extremistas alcanza su momento más grave en 1827: la rebelión de los agraviats o malcontents, cuyo centro está en Cataluña: exigen restaurar la Inquisición, la disolución del ejército (al que ven como liberal) y sus sustitución por voluntarios realistas y más mano dura con el liberalismo. Esta revuelta inclina al rey hacia los elementos más moderados.
Los años 1830-32 son claves. En 1830 se promulga la Pragmática Sanción que anula los principios sucesorios que decretó Felipe V. En octubre nace la infanta Isabel, que trunca la esperanza sucesoria de Carlos María Isidro, hermano del rey. Los apostólicos (realistas exaltados) se agrupan en torno a Carlos e intentan forzar a la reina María Cristina, aprovechando la enfermedad del rey, a derogar la Pragmática. El último año de reinado es decisivo para asegurar la sucesión de la infanta: Cea Bermúdez toma medidas aperturistas (reabre las universidades cerradas en 1830, depura el ejército de elementos favorables a Carlos, disuelve a los voluntarios realistas y amnistía a los liberales). Estas medidas, aunque insuficientes para los liberales, aseguran la fidelidad del ejército en un momento en que los carlistas alientan la guerra civil.
El problema sucesorio es tanto dinástico como político:
Dinástico: conflicto entre la ley sucesoria (1713) y su abolición, que da prioridad a las dos hijas del rey. Político: El apoyo de los realistas a Carlos obliga a la
regente a apoyarse en los liberales, que a su vez ven en Mª Cristina su mejor posibilidad: la amnistía para los liberales (1832, aprovechando la enfermedad del rey) le gana su apoyo y Cea Bermúdez les da entrada en los resortes del gobierno, en los que están cuando muere el rey, dejando a los realistas fuera de la ley.
3. LA EMANCIPACIÓN DE HISPANOAMÉRICA
3. A LOS ORÍGENES DE LA INDEPENDENCIA: EL DESARROLLO DE UN SENTIMIENTO NACIONAL
El reformismo borbónico del siglo XVIII provocó un control económico y administrativo más estricto que alteró los intereses de la burguesía criolla y le hizo perder la confianza en el gobierno. Su posición era amenazada por la política española y quizá también por el resentimiento de los indios y mestizos. Producida la gran crisis peninsular en 1808, los criollos ocuparon el vacío de poder antes de que se produjera una sublevación popular.
Pero la independencia de los Estados Unidos en 1776 impregnó el republicanismo y el federalismo hispanoamericanos. Otro factor fueron los jesuitas exiliados (doctrina del retorno al pueblo de la soberanía cuando el trono está vacío) y la Sociedades Económicas, que contribuyeron a una “conciencia cultural americana” fundada en su pasado histórico.
La fuerza motriz fue el criollismo, esa burguesía que aspiraba a controlar la administración y al desarrollo económico, lo que exigía enfrentarse a la mentalidad colonial española, presente tanto en absolutistas como en liberales.
3. B LAS ETAPAS DE LA EMANCIPACIÓN
Entre 1796 y 1808 las relaciones de España y América sufren los avatares de la política internacional: la alianza con Francia complica el comercio con América y las derrotas españolas ante los ingleses ponen fin al poderío naval español. Aunque los ingleses aprovechan más para intervenir, el colapso llega en 1808: primera guerra de emancipación (1808-1815). La crisis peninsular crea un vacío legal que es ocupado por los cabildos de las grandes ciudades, constituidos en Juntas leales a Fernando VII, pero en los que dominan los criollos. Con la caída de Andalucía en manos francesas y la disolución de la Junta Central (1809-10) el proceso culmina con las primeras declaraciones de independencia. Los focos principales son México, Caracas y Buenos Aires.
La restauración de Fernando VII supone el fin de esta fase (expediciones a Venezuela y actuación del virrey de Perú para poner orden) y la vuelta al control español, salvo en Río de la Plata. Por el contenido social de algunos levantamientos, son los propios criollos los que sofocan las revueltas mexicanas. La segunda etapa (1816-24) supone una lucha más organizada, con un plan militar dirigido por Simón Bolívar y San Martín. En la conferencia de Guayaquil (1822) los dos líderes llegan a un acuerdo sobre sus respectivas áreas de influencia. El levantamiento de Riego precipita la situación porque aborta el envío de tropas para sofocar las revueltas y se manifiesta el desacuerdo entre los liberales sobre la cuestión americana.
San Martín parte de su base en Buenos Aires y da la independencia a Chile y Perú. Bolívar parte de Venezuela y se abre paso hacia Perú (batalla de Ayacucho, 1824). En México, primero había tomado la iniciativa Morelos pero la metrópoli logró restablecer el orden. Luego retomaron la iniciativa los criollos, con Itúrbide al mando, que en 1821 logra la independencia e impone una dictadura militar.
Con excepción de Cuba y Puerto Rico, toda América se independiza.
3. C LAS REPÚBLICAS INDEPENDIENTES
Frente al proyecto de Bolívar de crear un sistema político consistente en una gran federación en torno a Colombia (una especie de modelo napoleónico), se impuso la fragmentación, de modo que las nuevas fronteras se adaptaron a los virreinatos y capitanías generales. El caudillismo militar, heredado de la guerra, y el poder de los caciques locales, grandes propietarios de haciendas, obstruyeron la construcción de estados fuertes y limitaron el liberalismo. Se impone el modelo de república federal (por influencia de Estados Unidos y como mejor forma de adaptarse a la multiplicidad de poderes locales).
La desaparición del sistema de castas creó una sociedad de clases que se acentuó con el predominio de los grandes terratenientes y comerciantes frente a una masa empobrecida. Liberales y conservadores diferían poco en sus programas. Los primeros eran más federalistas y los segundos más centralistas; pero ambos temían el radicalismo del pueblo y lo reprimían. A esto se unió el fin de las limitaciones legales que dificultaban el abuso de la burguesía criolla sobre los indios, cuya situación empeoró.