Sociología del cuerpo
Gritos apagados y voces del mañana
Violencia, derechos humanos
S
OCIOLOGÍA
DEL
CUERPO
G
RITOS
APAGADOS
Y
VOCES
DEL
MAÑANA
V
IOLENCIA
,
DERECHOS
HUMANOS
Y
CERTIDUMBRE
Compiladores
S
ONIAW
INERL
UISE. O
CAMPOB
ANDAR
OBINSONS
ALAZARP
ÉREZUniversidad de Buenos Aires
Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires
Universidad de Occidente/México
UBA/UNICEN/UdeO
Colección
Insumisos Latinoamericanos
Sociología del cuerpo: gritos apagados y voces del mañana: violencia, derechos humanos y certi-dumbre / Robinson Salazar Pérez ... [et al.]; compilado por Sonia Winer; Luis Ernesto Ocampo Banda; Robinson Salazar Pérez. - 1a ed. - Buenos Aires: Elaleph.com, 2012.
334 p.; 21x15 cm. - (Insumisos latinoamericanos)
ISBN 978-987-1701-52-0
1. Sociología Política. I. Salazar Pérez, Robinson II. Winer, Sonia, comp. III. Ocampo Banda, Luis Ernesto, comp. IV. Salazar Pérez, Robinson, comp.
CDD 306.2
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la fotocopia y el tratamiento informático.
© 2012, los autores de los respectivos trabajos.
© 2012, Imagen de tapa: Gerardo Riente, título de la obra: “Miedos y certidumbre”, Olava-rría, 10 de agosto de 2012.
© 2012, Elaleph.com S.R.L.
[email protected] http://www.elaleph.com
Primera edición
Este libro ha sido editado en Argentina.
ISBN 978-987-1701-52-0
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en el mes de octubre de 2012 en Bibliográfi ka, Bucarelli 1160,
Insumisos Latinoamericanos
Cuerpo Académico Internacional e Interinstitucional
Director
Robinson Salazar Pérez
Cuerpo académico y Comité editorial
Pablo González Casanova, Jorge Alonso Sánchez, Jorge Beinstein, Fernando Mires, Manuel A. Garretón, Martín Shaw, Jorge Rojas Hernández, Gerónimo de Sierra,
Alberto Riella, Guido Galafassi, Atilio A. Boron, Roberto Follari, Ambrosio Velasco Gómez, Oscar Picardo Joao,
Carmen Beatriz Fernández, Edgardo Ovidio Garbulsky, Héctor Díaz-Polanco, Rosario Espinal, Sergio Salinas, Alfredo Falero, Álvaro Márquez Fernández, Ignacio Medina, Marco A. Gandásegui, Jorge Cadena Roa, Isidro H. Cisneros,
Efrén Barrera Restrepo, Jaime Preciado Coronado, Robinson Salazar Pérez, Ricardo Pérez Montfort, José Ramón Fabelo, María Pilar García, Ricardo Melgar Bao,
Norma Fuller, Flabián Nievas, John Saxe Fernández, Gian Carlo Delgado, Gerónimo de Sierra, Dídimo Castillo,
Yamandú Acosta, Julián Rebón, Adrian Scribano, John Saxe-Fernández, Carlos Fazio, Raúl Villamil y Lucio Oliver.
Comité de Redacción
Í
NDICE
Prólogo 13
Incertidumbre, la única certeza 14
Introducción 19
PARTE I
VIOLENCIA, TORTURA Y MIEDOS
Refl exión para el debate “El saber de la violencia
y la violencia del saber” 25 Denise Najmanovich
Sociología del cuerpo y objetivo de la violencia 35 Robinson Salazar
Introducción 35 De la violencia física a la violencia simbólica 36 Tortura 38 Acoso laboral y tortura psicológica 42 La tortura psicológica de los medios 43 La vida inconmensurable y la tortura de la muerte 47 Tortura: la guerra en tiempos de paz 51 Flabian Nievas
I. La relación de la tortura y la verdad 52 II. La tortura como excepcionalidad 54
III. La “anómala” persistencia 58
IV. La difusión de la tortura 62
V. La variación de la tortura (como práctica) 63 VI. La variación de la tortura (como indicación) 67
El Mozote: El holograma de la muerte. Memoria histórica
de El Salvador 71
Rudis Yilmar Flores Hernández
Introducción 71 Ascenso histórico del militarismo 72 El Mozote: Operación rescate, tierra arrasada 76
El Mozote nunca más 81
Miedos en el inconsciente colectivo de los sobrevivientes del Mozote 87 Los miedos del “desierto” en una “Pampa fl orida” 91 Pablo Ormazabal
Desierto o “Pampa fl orida” 91
Ley de tierra 92
Hacia una nueva Ruralidad 94
Los de veterinaria y el setentismo de La Plata 96 La tierra, antropologia y el setentismo en Olavarría 98 Voces locales, miedos y educación 101
Refl exiones fi nales 104
Gobernar con el miedo. La guerra contra el narco en México
(2006-2012) 107 Martín Gabriel Barrón Cruz
Presentación 107
Los orígenes 108
«Estrategia» vs el narco 113
Éxito de la lucha 114
El miedo 118
Conclusión 123 Sociedad fragmentada y miedos 127 Luis E. Ocampo Banda
Contexto de la fragmentación 127
Fragmentación comunitaria 129
Subjetividades y cuestionamiento al Estado 138
La criminalización del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) en Brasil. Un balance de la literatura a partir del caso Pocinhos en el estado de Paraíba 145 Gonzalo Adrián Rojas y Paula Oliveira Adissi
Introducción 145 I. El caso Pocinhos en Paraíba, Brasil 146 II. Un breve balance de la literatura sobre la criminalización del MST 149
Breves conclusiones fi nales 173
Bibliografía complementaria 175
PARTE II
DERECHOS HUMANOS ASIGNATURA PENDIENTE
Los derechos humanos en el pensamiento del Premio Nobel 1980, Adolfo Pérez Esquivel: Un pensamiento vivo 179 Sonia Winer
Discurso de Adolfo Pérez Esquivel al recibir el Premio Nobel
de la Paz 1980 187
Semiótica de la violencia e ideología de los Derechos Humanos 191 Álvaro B. Márquez-Fernández
El código de la violencia en los sistemas de represión social 191 La coacción política de la violencia pública 195 El derecho a la vida desde una política de Derechos Humanos 200 Los Derechos Sociales de los pueblos indígenas en tensión:
Las disputas por el territorio y los recursos naturales
de la Asamblea del Pueblo Guaraní de Tarija (Bolivia) 205 Juan Wahren
Introducción 205 Las disputas por el territorio y lo recursos naturales en el espacio
tradicional del Pueblo Guaraní 208
Conclusiones 223
Dilemas de los derechos económicos, sociales y culturales 227 Juan Carlos Wlasic
Introducción 227 Tres teorías de interpretación de la Constitución Nacional 228 Una aproximación epistemológica y metodológica crítica 232 Algunas consideraciones generales en torno de los DESC 235 Algunas consideraciones en torno al derecho de acceso a una
alimentación adecuada 236
El Derecho como discurso del poder y como construcción social 243
Bibliografía complementaria 246
Los derechos humanos en la justicia militar. Nueva arquitectura jurídica del sistema de justicia militar en Argentina 247 Ramiro Riera
Introducción 247 El concepto de ciudadano de uniforme 249 La arquitectura jurídica local e internacional en materia de derechos
humanos y justicia militar 251
El diseño del sistema de justicia militar de la Ley Nº 26.394 256 La implementación y el proceso de reglamentación 260 Conclusiones 261
PARTE III
CERTIDUMBRE DESDE ABAJO
Dilemas y conjeturas sobre la certidumbre 265 Flabián Nievas y Adrián Scribano
La presencia de lo arcaico 267
De los instrumentos como artefactos de certeza 269
Atrapando la Bestia 271
Usando la certeza o de la disminución de las impurezas 273
Redescubriendo la incertidumbre 274
La construcción social de sentido 276 La posibilidad de incidencia desde las ciencias sociales 277
Voces de la certidumbre en los pueblos de Olavarría, Argentina 281 Entrevista a Maribel García por Robinson Salazar Pérez
Maribel García, directora de la Red de Museos Municipales
de los Pueblos de Olavarría 281
Cincuenta que cuentan. Olavarría, 2 y 3 de abril 289
Mi viaje a Olavarría 290
Bibliografía complementaria 295
El deporte como estrategia de inclusión social y certidumbre
Derribando mitos hacia la utopía 297 Paula Negroni
Introducción 297 Educación Popular: la vigencia del legado de Paulo Freire 301 Un córner corto contra la exclusión 309 Para jugar al hockey hacen falta “Lobas” 313
Refl exiones fi nales 316
Bibliografía complementaria 320
Video-Capítulo: Miedos y construcción de certidumbre
en los pueblos de Olavarría 321 Marina Schucky
Contenido del video capítulo 321
Sinopsis 322 Bibliografía 325
P
RÓLOGO
El cuerpo es un ramillete de emociones, recibe golpes, censuras, torturas, hostigamiento, acoso, amenazas, angustias, temores, miedos y tormentosas mentiras que lo agobian y muchas veces lo dejan extenuado, casi siempre con pocas posibilidades de reaccionar ante el alud de coacciones que lo de-bilitan día a día, quedándole sólo el recurso de la toma de conciencia para reaccionar y anteponerse ante todas la intimidaciones que lo rodean.
En el Siglo XXI la plutocracia dominante, tuvo en sus inicios la pre-ocupación de construir un nuevo blanco de los ataques para controlar el mundo, donde el territorio no era la parte importante como predominó en la geopolítica, ahora fue el ser humano, la subjetividad del hombre, la mente de los individuos, la conciencia de los humanos, el cuerpo en su “complitud”, como sustancia única que tiene un destino, recibir violencia.
De esta manera se fueron creando diversas estrategias, herramientas y armas para lanzarlas contra la humanidad del hombre, desde mensajes subli-minales hasta amenazas burdas, todas ellas con el fi rme propósito de desac-tivar el arsenal de respuesta que una sociedad acosada pueda esgrimir.
Medios de comunicación fueron predispuestos como plataforma de lan-zamiento de mensajes que acorralaban a los luchadores sociales, con estig-matizaciones de terroristas, criminalizaciones de sus actos, recorte de liber-tades y derechos, disminución de espacios laborales, educativos y públicos, arrinconamiento para que no fuesen visibilizados y ante todo señalamientos inadmisibles que los fueron alojando a un rincón donde la condición de indefensión absoluta de sus derechos y necesidades fue de tal magnitud que lo arropó la impotencia.
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activistas, defensores de derechos humanos, comunidades campesinas que luchaban por defender la naturaleza y reproducción de los bosques, la sus-tentabilidad de la vida orgánica-política y mantener la lucha contra la depre-dación y despojo.
Los sistemas productivos se desestructuraron, a muchas comunidades le sustrajeron el mundo del trabajo, las dejaron sin posibilidad de reproducirse y el camino que le señalaron fue el de la segregación, migraciones y desem-pleo, le robaban la esperanza, la dignidad y desnudos, ante privatizaciones y desalojos, el cuerpo fue vaciándose de conciencia y quedaban despojos, retazos de humanidad sin futuro.
La violencia se enseñoreó, ocupó el sitió más emblemático en la mente, todos de manera cotidiana hacen referencia a ella, la simbolizan con muerte, asalto, robos, accidentes, peligros, temores, miedos, pérdida de trabajo, des-pojos, dolor, carencias, piratería, narcotráfi co, trata de blanca, migraciones, rapto, secuestro, tortura, defraudación, crisis, estafa, enfermedades emer-gentes, tragedias, amenazas naturales, terrorismo, sicariato, contaminación e intimidaciones, en fi n podemos afi rmar que entramos en el túnel de la incertidumbre como única certeza.
Incertidumbre, la única certeza
Atrapar las conciencias en la red de la incertidumbre fue el mayor pro-pósito de los “amos” de las riquezas, siempre tuvieron presente que la parte de mayor sensibilidad en el hombre es su mente; destruir las ideas, romper los vínculos relacionales, los lazos sociales, desestructurando la cadena de diálogos y fundiendo la confi anza, el tejido de reciprocidades tendrían rup-turas, las desconfi anzas afl orarían, los sujetos de-signifi carían al otro y lo construirían subjetivamente como potencial agresor.
Ahí estaba la clave del nuevo dominio, las estrategias vitales transitarían por el camino del miedo, afi rma Enrique Gil Calvo que son vehiculizados por el miedo percibido, donde invisibilizan la fuente de donde es formulado, es conspiratorio, manipulante, construyen terror y paraliza a quien lo recibe.
dolor y miedos, lo irían reduciendo a una escala ínfi ma de lo humano y más aun, lo confi narían al rincón de los invisibilizados.
Dominique Moïsi en su libro “La geopolítica de las emociones” nos alen-tó a proseguir la tarea asumida, él centra su análisis en 3 emociones primor-diales: el miedo, la esperanza y la humillación. Elige esas 3 emociones por-que están ligadas a la noción de “confi anza”, que es el factor determinante de la forma en que las naciones y los pueblos encaran los retos con que se topan y se relacionan entre sí... anota en su texto mencionado... el miedo es la ausencia de confi anza porque vives preocupado por el presente y el futuro se vuelve amenazante. La esperanza por el contrario, es una expresión de confi anza, está basada en la convicción de que el día de hoy es mejor que el de ayer y mañana será mejor que hoy.1
En México de 11 millones de jóvenes en edad para asistir a la univer-sidad, únicamente 2.4 millones tienen esa oportunidad. Pero 1.8 millones asiste a una universidad pública; el resto, 0.6 millones asiste a una universi-dad privada. En resumen hay 7 millones de jóvenes aproximadamente que el Instituto Mexicano de la Juventud estima que no trabajan, ni estudian y no han podido colocarse en el mercado laboral, es un contingente nada despreciable para el crimen organizado que les ofrece enganches, según en-trevista a agente ligado al negocio ilícito, en cargos de “tienderos” (vende-dores de droga), “halcones” (vigilantes) y “operativos”, que van armados y tienen funciones como cuidar a los distribuidores de mayoreo y “levantar” (secuestrar) rivales. Los “halcones” cobran 4 mil pesos quincenales (unos 300 dólares) y los “tienderos”, 3 mil pesos (230 dólares), “Vigías” que son adultos con negocios a la entrada de cada barrio, vendedores de drogas al menudeo, vigilantes de rutas, enganchadores en escuelas y universidades, redes de meseros y taxistas que perciben salarios que fl uctúan entre 5,000 mil a 10 mil pesos mensuales (de 400 a 800 dólares mensuales) pero ocultan decir el sueldo de los “operativos”, porque ellos juegan “en las ligas mayo-res”, con entrenamiento y equipos que sólo las fuerzas especiales de ciertos países pueden contar.2
1 Moïsi Dominique, 2009, La geopolítica de las emociones. Cómo las culturas del miedo, la
humi-llación y la esperanza están reconfi gurando el mundo. Edit. Grupo Norma, Colombia, p. 22.
2 Salazar, Robinson, 2011, base de dato de trabajo Pueblos del miedo, Mazatlán, Sinaloa, 2011,
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El cuadro de la marquesina remata con un dibujo dantesco en donde 5 millones de niños y niñas no gozan de ninguna garantía de seguridad ali-mentaria, educativa ni familiar, trabajan según el Módulo de Trabajo Infantil 2009 de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, en ese año había 28.9 millones de niños y niñas de 5 a 17 años de edad (26.2% de la población total del país), de los cuales 50.7% son niños y 49.3% son niñas.
De estos menores, 55.5% realiza quehaceres domésticos en el hogar y estudia, 28.5% sólo estudia y 4.7% combina el trabajo remunerado con los quehaceres domésticos y el estudio.
El informe señala que las áreas urbanas (localidades de 100,000 y más habitantes) concentran 29.7% del total de menores ocupados, y en contraste 70.3% radicaba en localidades con menos de 100,000 habitantes, tal parece que la modernización trae mayor esclavitud y elevada insensibilidad social.
La guerra trasminó la amplia capilaridad de la dermis social, no hay rin-cón ni intersticio donde el miedo, el temor, la incertidumbre y la angustia social, no transiten, con capa de muerte y rostro compungido toca las puer-tas de los hogares y rastrea la trayectoria de cada ser humano. El pánico está arrinconado porque el miedo paraliza, fragmenta e impide que el bucle de la reciprocidad extienda sus hilos; todos están fruncidos, celosos del otro, desconfi ando de la sombra y con el dispositivo activado de que en cualquier momento es una víctima de la guerra.
Las razones son sufi cientes para impulsar investigaciones que deriven en intervención profesional para detener en parte el deterioro de nuestra sociedad.
Insumisos Latinoamericanos, de nueva cuenta, convocó a una pléyade de pensadores de varios países de Nuestra América, como le denominó José Martí, y puso sobre la mesa la prioridad de vincular tres rubros que atormentan a las sociedades de nuestros pueblos: La violencia, los derechos Humanos y la Certidumbre, siendo la última la recuperación de la confi an-za, las estrategias hasta ahora probadas y los resultados obtenidos en casos específi cos en países que han decidido amarrar en la dársena la esperanza y el futuro, como lo hacen varios pueblos de Argentina.
político-social de alto riesgo, con vaciamiento del orden institucional y poca credibilidad de la política y sus gobernantes.
La confl ictividad de alta densidad copó la extensa capilaridad de la socie-dad, obstruyó los canales de diálogos, los espacios públicos reemplazaron la agenda pública y el gobierno, sin muchos recursos por la poca credibilidad, mantenía el orden acotado con medidas coactivas sin paliar la fuente gene-radora del malestar de inconformidad y desajuste societal.
Sin embargo, entre el 25 de mayo de 2003 y el 10 de diciembre de 2007, se tomaron medidas de carácter público de fomento para contener la ten-dencia de empobrecimiento que incorporaron a miles de familias a trabajo comunitario, cooperativo, de servicio social; mantuvo una escala móvil de salario en función de la infl ación, innovó una política educativa de becarios para doctorar con más de 50 mil nuevos jóvenes en un plazo de 6 años, apostó al fortalecimiento del mercado interno y dirigió las inversiones a ro-bustecer parte de la industrialización que habían detenido o desarmado en años anteriores.
Los factores reseñados van acompañados de una estrategia discursiva-comunicacional que lleva como objetivo enaltecer la dignidad del ciudada-no, incorporarlo a la política nacional, a sentirse parte del proyecto de la nación, defender sus instituciones y ciudadanizar gran parte de los asuntos públicos.
Hay limitaciones, distorsiones que levantan críticas y fallas estructurales, de ahí que no ensalzamos el modelo, pero si reconocemos que hay rincones, lugares y pueblos que han avanzado en la siembra de confi anza y esperanza, que existe política pública más efectiva que en otros países, los habitantes tienen mayores iniciativas y hacen historia y los logros son digno de recono-cerse y más aun si vienen desde abajo y con los de abajo.
El libro cuenta con ensayos de colegas argentinos, venezolanos, salvado-reños, brasileños, mexicanos y colombianos, dan cuenta de su realidad, elu-cubran con propiedad y abren a mesa de discusión sobre una temática que nos reta permanentemente a refl exionar, porque la esperanza y la confi anza están en el horizonte de todo ser humano.
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Grupo de Trabajo fundando el “GT26: Sociología de las Emociones y los Cuerpos”. (cuerposyemociones2009.blogspot.com.ar) para ir construyendo un espacio de institucionalización sobre una temática que no existía en la Sociología Latinoamericana.
Para los años 2009 y 2011, se redoblaron los esfuerzos y tanto en el XXVII y como en el XXVIII Congreso ALAS –de Buenos Aires y Recife respectivamente– se han sumado docentes y estudiantes cuyos intereses se tramaron alrededor de una propuesta amplia, pluralista y de un fuerte com-promiso con la temática que hoy nos ocupa, sin desatender las publicacio-nes, como RELACES dirigida por Adrián Scribano (www.relaces.com.ar ) que han fortalecido la Red Latinoamericana de Estudios Sociales sobre las Emociones y los Cuerpos.
Bienvenido el intercambio de ideas y argumentos y de nueva cuenta, en-horabuena la tarea de los Insumisos de América Latina.
I
NTRODUCCIÓN
Crisol de académicos e investigadores comprometidos con el estudio y transformación de la realidad en Latinoamérica es el acumulado que se aco-pia en la obra SOCIOLOGÍA DEL CUERPO: Gritos apagados y voces del mañana. Violencia, derechos humanos y certidumbre. Debate dies-tro que profundiza en escenarios cotidianos en donde la violencia, la tortura, las desapariciones de comunidades e individuos; el temor aposentado en los espacios públicos secuestra la posibilidad de atisbar horizontes ciertos a los cuales arribar en medio de ambientes hostiles diseñados para sembrar el miedo y el control social. La incesante violación de los derechos humanos por parte de cuerpos policiales y militares no ha logrado frenar la moviliza-ción y las prácticas solidarias que reclaman garantías y protecmoviliza-ción del Esta-do. La comunidad construye formas de expresión y resistencia que perfi lan la búsqueda por la cimentación de certidumbres en un mundo globalizado donde la constante es la individuación cual forma excelsa de vigilancia.
La obra se divide en tres apartados: Violencia, tortura y miedos. Dere-chos humanos:Asignatura pendiente. Cierra con el encabezado Certidum-bre desde abajo.
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de este fenómeno que a todas luces lo sentimos como aberrante?, es uno de los cuestionamientos que lanza el autor. La tortura como situación excepcio-nal orientada a preservar un bien superior, en donde el responsable último es el torturado por su negativa a colaborar. Doble victimización al individuo. Rudis Flores Hernández nos presenta, El Mozote: El holograma de la muer-te; en escenarios de guerra, de creciente militarismo en El Salvador al cierre del siglo XX se presentan masacres de la sociedad civil bajo el argumento de la lucha contrainsurgente auspiciada por Estados Unidos; huellas imborra-bles para los sobrevivientes de las comunidades arrasadas. Los miedos del “desierto” en una “pampa fl orida”, de Pablo Ormazábal, aborda la tensión cotidiana entre dos posturas; la eurocriolla de frontera del paisaje de pampa con despoblamiento de los pueblos originarios, y su contraparte, una elabo-ración imaginaria territorial como “pampa fl orida” saturada de producción simbólica agropecuaria. Martin Barrón aporta; Gobernar con el miedo; el go-bierno de Felipe Calderón ha hecho de la guerra contra el narcotráfi co su sustento. La lucha contra el crimen organizado ha facilitado a su sexenio la legitimidad no adquirida en las urnas. Se militariza la política y el país es ad-ministrado con medidas de excepción. Luis Ernesto Ocampo colabora con Sociedad fragmentada y miedos; colectivo abandonado, el mundo del tra-bajo desestructurado, la fragmentación social se incrementa, las identidades se desvanecen; desplazados, pobreza, polarización política aderezada con violencia Estatal, del crimen organizado y miedos en un modelo económico devastador. La Criminalización del Movimiento de los Trabajadores Rurales sin tierra (MST) en el Brasil; es la participación de Gonzalo Rojas y Paula Oliveira, donde se rescata el Caso Pocinhos, 2009, y se muestra, con base en la literatura existente la criminalización de los movimientos sociales, en particular del MST.
pueblos indígenas en tensión, de Juan Wahren quien encuentra resistencias y confl ictos comunitarios por ello, aborda el caso de la Asamblea del Pue-blo Guaraní de Tarija en el marco de sus luchas por reconocimiento a su identidad y cultura, por el derecho al uso y gestión de territorios ancestrales que aparecen como nodales en la construcción de sus derechos como pue-blo indígena. Juan Carlos Wlasic incursiona en los Dilemas de los derechos económicos, sociales y culturales, la búsqueda jurídica para enfrentar pro-blemas estructurales de los Estados y de la economía global en la vigencia de los derechos a la protección contra el hambre y desenmascarar prácticas de desigualdad y explotación. Los derechos humanos en la justicia militar, de Ramiro Riera presenta al “ciudadano de uniforme”, y la democratización de las fuerzas castrenses como expresión del fortalecimiento del Estado de derecho, y de la defensa de los derechos humanos en Argentina.
El último apartado, Certidumbre desde abajo, lo inician Flabián Nie-vas y Adrián Scribano, Dilemas y conjeturas sobre la certidumbre, titulan la aportación. En la base de construcción de certidumbre se despliega no un solo credo religioso privativo, ni una ciencia singular en la inacabada lucha por aminorar la angustia y restituir la certidumbre, hoy el concurso es amplio, y es prioritario dotar de certidumbre a los explotados. Voces de la certidumbre en los pueblos de Olavarría, Argentina; se titula la entrevista a Maribel García, quien lucha por la recuperación de la memoria mediante los museos. Así, se pugna por el rescate de la memoria histórica de la comunidad mediante fotografías, cuenta cuentos, películas, recetas de la abuela. Museos generadores de certidumbre, actividades en donde se involucra a infantes, jóvenes y adultos. Los museos populares como generadores de certidumbre en escenarios inciertos.
El deporte como estrategia de inclusión social y certidumbre, es la apor-tación de la Paula Negroni quien muestra la recuperación de certidumbre vía la participación comunitaria, la deconstrucción de mitos y prejuicios al promover un nosotros nuevo, donde fl orece una subjetividad deliberativa.
La obra cierra con un Video-capítulo titulado: Miedos y construcción de certidumbre en los pueblos de Olavarría, elaborado por Marina Schucky, en el cual se retoma el mundo del trabajo y su desestructuración, la cimentación de lazos comunitarios y la recuperación del espacio público.
– 22 –
derechos para sus cuerpos, sus comunidades y tradiciones, su hábitat, sus lecturas y formas de recuperación de la memoria histórica, constantemente asediada por poderes fácticos quienes buscan desmentalizar; imponer la in-dividuación como mecanismo de negar la historicidad y de aniquilamiento comunitario.
La certidumbre se puede construir desde abajo, la praxis, la intersubjeti-vidad dialogante lo han puesto de manifi esto.
PARTE I
R
EFLEXIÓN
PARA
EL
DEBATE
“E
L
SABER
DE
LA
VIOLENCIA
Y
LA
VIOLENCIA
DEL
SABER
”
Denise Najmanovich
En las jornadas y congresos profesionales suele hablarse de la violencia de los otros: de los hombres, de los estudiantes, de los adolescentes, nunca de nuestra violencia como profesionales, de la violencia que nosotros ejer-cemos. Considero que en la actualidad se hace imprescindible subsanar este “olvido”, inaugurar un ámbito de refl exión, de intercambio, y de producción de sentido en relación con la violencia del saber, los modos en que éste se efectúa y cómo prevenirnos de nosotros mismos. Para hacerlo voy a abordar sólo cuatro cuestiones que considero fundamentales:
1. La violencia del absoluto
– 26 – 2. La violencia de las generalizaciones
Esta es una violencia estructural de aquellos que ven el mundo a la luz de un solo marco teórico, ideológico o religioso, al que confunden con el mundo. Las generalizaciones como “los hombres siempre son más violentos que las mujeres”, “las personas de tal clase, grupo, raza son naturalmente violentas”, tan extendidas en muchos discursos nos presentan un mundo sin relieve, en blanco y negro. Este tipo de actitud generalizadora presenta aristas más peligrosas aún cuando concebimos categorías rígidas, absolu-tamente excluyentes, sin matices, sin estructura interna, sin diversidad. Es muy común, encontrar textos cuyo título informa que se tratará el tema de la “violencia doméstica” y ya en la segunda hoja, se han deslizado –para nunca más volver– de la temática inicial a la de la “violencia contra la mujer”, como si ésta fuera la única forma de violencia que se ejerce en los hogares.
3. La violencia del “a priori”
Esta es una de las formas más extendidas de la violencia de los profe-sionales que “combaten” la violencia. Es la que está implícita en cualquier sabelotodo que, amparado en una teoría, modelo, o dispositivo encuentra únicamente lo que ya previamente ha puesto como condición. Desde esta mirada sólo son visibles las entidades y procesos que la teoría ha descripto, sólo puede preguntarse aquello que está predefi nido en la grilla de interven-ción. Esta posición, o mejor aún, esta estética-ética relacional, es responsa-ble de la incapacidad de ligarse con la situación particular en la que se está trabajando y con la singularidad de cada contexto. Desde los “a-priori” (que no sólo signifi ca antes sino también independientemente de la experiencia) hacen que cada encuentro con el mundo sea un caso particular de lo que uno ya sabía, otro ejemplo de la teoría, y no una posibilidad nueva para pensar y construir sentido específi co que legitime una situación única.
La última, y no por eso menos importante:
4. La violencia dicotómica
es la dicotomía entre violencia física y violencia simbólica, y la otra es la polaridad infi erno-paraíso. Consideremos ahora la dicotomía entre la violen-cia física y la violenviolen-cia simbólica. Tal vez por “formación” profesional, no puedo dejar de pensar que lo que llamamos simbólico no es un conjunto de abstracciones que descienden mágicamente en nuestro cerebro. Los largos años que pasé en la facultad de bioquímica me enseñaron que el cuerpo no procesa “palabras” o “imágenes” sino intercambios de materia y energía. Las palabras que escuchamos son el resultado de un movimiento vibratorio que es transformado a impulso nervioso y que establece diferencias neuronales específi cas que son luego traducidas a palabras con sentido. Un bioquímico que no está metido dentro de un tubo de ensayo, sabe que todo lo que es simbólico va a entrar al cuerpo a través de procesos materiales y energéticos: va a producir el aumento de alguna hormona, una disminución de inmunog-lobulinas, un “disparo neuronal”, una contracción muscular. No hay ningún fenómeno simbólico que no tenga un correlato fi siológico.
Por otra parte, mi trabajo como epistemóloga y mi relación con la proble-mática de las redes sociales, ha permitido que me percatara que cuando se habla de la violencia física es importantísimo tener en cuenta que el daño producido no es directamente proporcional al impacto material o energético del golpe en sí. Es imprescindible tener en cuenta el “daño moral” que el golpe físico pro-duce, el efecto emocional, afectivo, simbólico de toda situación vivida. Si no hay humillación, iniquidad, ofensa, insulto o ultraje, no lo llamamos violencia.
Si somos capaces de ir más allá de las teorías, modos de pensamien-to y actitudes heredadas del dualismo moderno, si hacemos el esfuerzo de pensar de forma no dicotómica, nos damos cuenta que en toda y cualquier circunstancia estos dos modos de violencia –que no son opuestos, que están siempre correlacionados–, se dan conjuntamente. Es más, no resulta difícil encontrar que no siempre la violencia física es corporalmente más intensa que la violencia simbólica. A veces un insulto, un grito, una mirada desde-ñosa, un gesto deja una marca para toda la vida. Y no me refi ero sólo a una huella psicológica. Me refi ero a un rastro corporal: un infarto, un espasmo, un desequilibrio iónico, etc. El efecto físico de la violencia simbólica puede ser devastador, llegando hasta el extremo de matar.
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“físico” –o lo que nosotros solemos llamar contacto físico–. También entre nosotros ocurren cosas semejantes aunque de modos muy distintos y con diferentes efectos, no se trata de un ejemplo exótico. En nuestra cultura es algo comúnmente aceptado el hecho de que es posible llevar una persona al suicidio, o a la locura, o producirle un inmenso daño corporal presionándola con palabras, imágenes u otros medios simbólicos. La violencia simbólica tiene siempre un correlato físico, que no es lineal pero no por ello es menos efi caz o abstracta.
Lo oposición extremista entre una situación infernal y otra paradisíaca es peor aún, si cabe, que la anterior, impidiéndonos pensar los fenómenos de una manera multidimensional, en su sutileza y complejidad. Desde esta posi-ción se establece una emocionalidad y una práctica que inhibe todo trato con la diversidad de la vida y sobre todo con la problemática de la convivenciali-dad. Si salimos del estrecho marco de la problemática de la “prevención de la violencia” y ampliamos nuestra mirada, nuestra inteligencia y sensibilidad, podremos ver que lo que está en cuestión son “las formas de convivencia”, y no sólo entre humanos sino con la naturaleza a la que pertenecemos. Pre-tender que existe alguna clase de situación que es completamente y absolu-tamente no violenta, ni agresiva, ni tensa, en cualquier campo vital no sólo resulta ingenuo sino más bien absurdo. Estos ideales absolutos constituyen lo que he denominado “la trampa platónica”. En comparación con estos ar-quetipos perfectos todo es fallido, degradado, impuro, menoscabado. Cual-quier situación real de la vida, comparada con ese ideal, será un pequeño infi erno, porque ninguna podrá nunca aspirar a igualar el paraíso. Y, además, tenemos que estar contentos, porque tampoco se trata del verdadero infi er-no que estará siempre acechándoer-nos.
capaces de utilizarlos como instrumentos para confi gurar pensamiento en cada encuentro.
Quisiera advertir que no se trata de una cuestión de palabras, hay quienes usan “violencia” para dar a entender lo mismo que otros hacen con “agre-sión”, esto depende de cada corriente, cada autor e incluso cada traductor. Es preciso, tener en cuenta aquí también la violencia que ejercemos cuando exigimos que todos hablen (y piensen) como nosotros. Para entender qué se está diciendo en cada caso es preciso atender al contexto específi co en relación con la postura que se está pensando.
Los escenarios que yo quisiera compartir ahora con ustedes, son muy diferentes a las obras en “blanco y negro” que hemos comentado. Lo que hemos denominado como “el abordaje de la complejidad”, implica un modo diferente de pensar el conocimiento y las prácticas profesionales. Desde esta perspectiva, yo diría que la simplicidad es un modo de conocimiento cen-trado en lo ya sabido. Y que, desde lo ya sabido, obtura el pensar. Todo lo que ocurre tiene que ser mirado a través del fi ltro instituido previamente, sea lo que fuera. En los abordajes desde la complejidad, en cambio, el cono-cimiento o lo ya sabido es una condición para el pensar, pero no determina el producto del pensamiento. Es un punto de partida inevitable y valiosa, imprescindible para pensar pero no sufi ciente, ni privilegiado, puesto que “pensar es cambiar de ideas”.
En relación con el tema de la violencia hay un aspecto muy importante que quisiera destacar y es que en casi todos los modelos, programas, pro-yectos que tienen que ver con la “prevención de la violencia”, los profesio-nales suelen ubicarse como totalmente ajenos a las situaciones violentas. Se supone que el que está previniendo la violencia es alguna clase de sabio ecuánime (nuestra moderna versión del santo), que sabe perfectamente qué es la violencia –puesto que él se va a ocupar de prevenirla–, y que puede diagnosticarla, evitarla y/o curarla.
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del Buen Trato”. Nuestra actitud y modalidad de trabajo, así como el espíritu que compartimos con los participantes del encuentro estuvo sesgada por la idea de que cualquier intervención en relación con los problemas de vio-lencia puede ser abordada con más dignidad y efi cacia si los profesionales reconocen y aceptan su implicación y son capaces de abandonar las catego-rías dicotómicas que llevan a intervenciones basadas en la culpa y el castigo, para construir modos de abordaje basados en la responsabilidad común en la convivencia. Para ello hay que asumir que parte de la violencia institucio-nal que hoy vivimos incluye muchas veces la violencia de los “agentes de prevención”.
Llevar adelante una práctica implicada y responsable exige que seamos capaces de reconocer simultáneamente la paridad y la diversidad. Este es un gran desafío para todos los profesionales, especialmente los que tienen título universitario o que ejercen cargos directivos, pues están acostumbrados a “disfrutar” de una posición jerárquicamente superior. Esa asimetría, cuando se considera como un absoluto, es ya de por sí violencia estructural y, para colmo, invisibilizada. En toda institución piramidal la arquitectura –física y organizativa– resulta violenta. Hasta el lenguaje es violento en su gramática de exclusiones, algo que pasa desapercibido si sólo prestamos atención al tono o al carácter políticamente correcto del discurso.
mismo tiempo la asimetría y la paridad, pues partimos de un enfoque mul-tidimensional. De este modo evitamos caer en una concepción extremista que concibe a las personas como víctimas o victimarios absolutos. Nadie es esencialmente ni lo uno ni lo otro. Todos podemos ocupar en distintos momentos de nuestra vida una u otra posición en cada relación. No es nada extraño que un marido que acostumbra a ejercer violencia sobre su mujer y sus hijos resulte ser un subordinado sumiso, un amigo plácido y un hijo bondadoso. Más aún, en otros momentos puede también ser un marido apa-cible, un amigo furioso o un hijo brutal. Lo mismo, por supuesto, es válido para las mujeres. Esas descripciones terribles en las que las mujeres golpea-das o abusagolpea-das aparecen como “mosquitas muertas” pueden corresponder a algunas situaciones, incluso a muchas, pero esa “víctima total” es también una fi gura ideologizada, o teorizada, que muchas veces no corresponde en absoluto a la persona que está sufriendo la posición de víctima en una re-lación violenta. Por el contrario, muchas mujeres de las caratuladas como “fuertes” e incluso como “fálicas” han padecido maltratos. Estas generaliza-ciones además de ser otro modo de la violencia, tienden a poner a esa mujer todavía en un lugar peor del que está en la relación violenta, porque ponen la condición de víctima en su ser.
Si abandonamos los ideales de pureza absoluta, y con ellos las esperanzas vanas que éstos crean, así como los miedos que producen, podemos generar modos de convivencia responsable en los que podamos modular las ten-siones sin caer en las etiquetas, la patologización o la judicialización de las prácticas sociales.
Es necesario producir y cultivar una gramática que no esté centrada en el verbo “Ser” que convierte todo acto en un destino, y toda característica local en atributo total, de tal modo que un hombre ES un maltratador y una mujer ES una víctima. La forma del discurso de los abordajes de la complejidad, que no son mero formalismo, nos lleva a decir-sentir-pensar que en una relación en un momento dado alguien actúa como victimario y otro como víctima. Cada dominio de experiencia es a su vez múltiple, facetado. Es ne-cesario ver cada situación desde las distintas perspectivas y en el contexto específi co de la vida de los protagonistas.
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de excesivamente universalistas plateamos que algo es propio de “nuestra cultura”. Pero, ¿cuál es nuestra cultura?. Cuando hago esta pregunta, sue-len contestarme con una mueca condescendiente: “La cultura occidental”. Una respuesta que puede ser correcta en cierto sentido, pero su generalidad la hace completamente inadecuada para el que estamos considerando. En relación con lo que se considera o no, violento, suele ser muy diferente la apreciación de una familia de paraguayos que la de los argentinos o france-ses. Los porteños poco tienen en común con los mapuches, los jóvenes de la Villa 31 raramente comparten códigos y sensibilidades con los de La Hor-queta, y los miembros de la iglesia evangélica tienen una concepción y una vivencia muy diferente de la violencia de la que tienen los budistas.
En nuestra experiencia de trabajo de Fundared y el grupo chileno en-contramos que al cambiar el estilo de intervención y pasar de la “la pre-vención de la violencia” a “la promoción de la cultura del buen trato” no sólo se transformaban las prácticas, las actitudes y las percepciones de los participantes –tanto profesionales como “benefi ciarios” del proyecto– sino que aparecían otros actores que hasta ese momento estaban completamente invisibilizados: los no-docentes, los vecinos y otros miembros de la comuni-dad educativa y su contexto que no fi guran en los organigramas clásicos.
En los inicios de proyecto cuando se hablaba de la prevención de la vio-lencia escolar sobre todo se destacaba la que protagonizaban los alumnos (esta modo de concebir la cuestión es probablemente el más extendido). Al transformar el estilo de abordaje y pasar de la prevención de la violencia a la gestión de la convivencia es hizo evidente la necesidad de incluir a todos los actores sociales que participan de la comunidad educativa. Tampoco era posible decir a-priori qué era buen trato, sino que era algo que iba surgiendo en función de las interacciones locales, a veces sin poder ser explicitado pero claramente vivido y sentido por los participantes. Lo que es buen trato en Argentina puede ser un trato espantoso en Japón, o lo que se acepta entre adolescentes resulta chocante para los adultos. Lo que es buen trato dentro de un colectivo protestante puede ser mal trato en un colectivo judío. Es en cada situación que irá creándose y expandiéndose la posibilidad de gestar y sostener un espacio de convivencia estimulante, productivo, capaz de acep-tar la diversidad y navegar los confl ictos.
conocimien-to”. Es decir, codifi cándola, cuadriculándola según el marco teórico y las casillas del proyecto surgido de las usinas académicas o burocráticas (o mixtas).
S
OCIOLOGÍA
DEL
CUERPO
Y
OBJETIVO
DE
LA
VIOLENCIA
Robinson Salazar
Introducción
El cierre de ciclo del Siglo XX encapsuló la certidumbre, todos los esfuer-zos, avances científi cos, los logros de las luchas políticas y las instituciones que el Estado fue creando para ofrecer un ambiente de seguridad y bienestar en lo posible fue abortado con el advenimiento del Siglo XXI, cuyo binomio globalización de mercados y modelo neoliberal desarticuló todo el armazón que sostenía la certeza, sembró en la subjetividad colectiva la sensación de una levedad en grandes segmentos sociales, las acciones improntas despa-charon por la borda la construcción de sentido, los hechos signifi cativos de la vida que fueron elementos coadyuvantes para armar el entramado de la sociedad tales como la amistad, el amor, las solidaridades, el lazo social, la convivencia comunitaria, la familia, el cuadro axiológico en su conjunto, fue-ron desvaneciéndose ante la fuerza demoledora de la ideología del consumo, la individualidad, la competencia y la libertad basada en el dinero.
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Es un modelo de pensamiento que desecha, reemplaza, destruye y con-sume con voracidad lo nuevo, no le da importancia a lo sustituido, porque el pasado no tiene signifi cancia y el futuro es el presente prolongado de acuerdo con el horario que tenga internalizado el actor en su vida cotidiana, porque el largo plazo fue desconectado de su laboratorio de ideas y por vez primera los modelos adelantan el calendario y lo acomodan de tal forma que hacen pensar que puedes vivir el futuro antes de que llegue.
Torcieron la historia a su antojo, el tiempo perdió la batalla, todo es in-mediato y la búsqueda del éxito abrió la competencia de manera desordena-da, sin mediar preparación ni objetivos, lo importante es ganar dañando a todos y trascender sin conocer hasta donde.
El nuevo individuo con estas debilidades y sin soporte social, fue blanco de certeros mensajes mediáticos, vulnerable en su condición humana, punto de atracción para aplicar violencia física y simbólica y destino del miedo y terror.
Ahora bien, en una sociedad desvertebrada y quebrantada en sus hilos asociativos, el sujeto no suma, queda expuesto a los vendavales de los ene-migos y su única herramienta de lucha es su cuerpo, mediante el cual exhibe sus prendas de vestir, joyas, colores y bellezas que el mundo del consumo le brinda, pero a su vez es el muro de contención de golpes, violencia física y psicológica, destino de los mensajes del miedo y el terror, blanco de estrate-gias intimidatorias y núcleo receptor de todas las vejaciones que pretendan infringir sobre él. La individualidad deja en indefensión absoluta al hombre, lo aísla de todo soporte y los otros lo ven, al momento que es ultrajado, como un cuerpo que recibe castigo o merecedor de su situación infausta porque trasgredió alguna norma vigente del Estado o quebró la débil línea de la convivencia social.
Entonces vivir en el aislamiento nos deja en situación de riesgo perma-nente, eres vulnerable ante los represores pero tus congéneres dudan de tu reputación al momento que eres agredido, dado que el otro es ajeno o es visto como un potencial agresor o transgresor del orden.
De la violencia física a la violencia simbólica
La violencia física o simbólica a través de la historia siempre fue y sigue percibiéndose como un acto bochornoso, abominable y censurable desde toda perspectiva humana.
in-tencionalmente sobre el “otro” no tiene en cuenta la anuencia de la víctima, así que es un acto contra la voluntad del agredido.
Pero va más allá del acto de coerción, sino que tiene una fi nalidad, una meta que puede ser la venganza, el odio, el desprecio, la obtención de un benefi cio económico y político o la ostentación del poder.
Toda violencia busca debilitar, reducir y doblegar al otro hasta conseguir un propósito, ya sea moral, de honor o económico-político, pero el interés siempre está en la expectativa del acto violento.
Existe la violencia física que es observable empíricamente a través de los golpes, lesiones en el cuerpo, muerte propinada, tortura, secuestro, en-tre otras; también hay espacio para la violencia simbólica que pasa por los mecanismos de vigilancia y control como le denominada Foucault en su me-morable libro Vigilar y Castigar, donde el castigo y sadismo que administrado en el Siglo XVIII, fue reemplazado por el celo, la persecución, el miedo y el control del cuerpo, del individuo y abrió el sendero de glorifi car la violencia con ausencia de dolores visibles pero lesiones perdurables en el subcons-ciente de los hombres.
La violencia simbólica es más efectiva, aunque no es directa ni es detec-tada por registros de golpes o lesiones, pero con el tiempo asume el papel de violencia estructural porque poco a poco va fi ltrándose por la capilari-dad institucional, por los vasos comunicantes del Estado y trasciende por los ramales que entroncan con los distintos segmentos de la sociedad. Es tan efi caz que los individuos la asumen como algo natural, la legitiman con su aceptación, no la cuestionan y, aunque impide que desarrollemos todas nuestras habilidades y derechos humanos, es incuestionable por nuestras conciencias.
Hoy los dos tipos de violencias conviven, no se excluyen, antes por el contrario, son complementarias y ambas van dirigida al mismo objetivo. La violencia física está encargada de la agresión para provocar dolor y la violen-cia simbólica “desestructura la vertebración del pensamiento, construye es-cenarios de riesgos insertados en la subjetividad de los colectivos humanos. El objetivo es alterar los estados de ánimo en las personas que conduzcan a desordenarle las coordenadas que dan estabilidad a la vida cotidiana, puesto que la angustia, el temor y la sensación de estar en peligro los lleva a estados depresivos y de angustia colectiva”.1
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En el campo de la sociología del cuerpo los espacios de análisis han transi-tado por la actitud corporal, los ademanes, la vestimenta, actos comportamen-tales, expresiones del gesto, timbre de voz y otras esferas que son propias de los hombres que conforman los ámbitos socio genético y psicogenético. Sin embargo, los avances en la sociología incorporan otros terrenos que competen al lenguaje, el discurso hasta quedar estructurado el cuerpo como un territorio donde el dolor, la maldad, el odio, el malestar, la tensión, el signo y la política encuentra un espacio de expresión en quien lo habita y quien lo enajena.
Desde esa perspectiva, sería plausible observar en los cuerpos cómo se expresa el malestar social y la crisis de relaciones sociales, a partir de consi-derar que el problema de la expropiación del poder del cuerpo o del dominio del cuerpo, se produce porque históricamente se constituye un ámbito de relaciones sociales que visibiliza eso y otro ámbito de relaciones sociales que lo obstaculiza.2
El cuerpo contiene subjetividad, ideas, racionalidad, intencionalidad, sen-tido y pertenencia a un territorio, nombre, apellido, ideología y es un banco de conocimiento. Ese cuerpo al construir vínculos afectivos, identitarios o axiológicos crece, expande sus fronteras y es blanco de políticas públicas, de reconocimiento, simpatía, identidades colectivas hasta llegar a ser una tipo-logía de cuerpos acorde a las relaciones sociales prevalecientes que al crecer y consolidarse, dan base para una corporeidad culturalmente hegemónica.
Lo interesante en el cuerpo es el núcleo residente de emociones, sensacio-nes donde el pudor, la vergüenza, el dolor y alegrías que son construcciosensacio-nes sociales que derivan de procesos socio-económicos, políticos y mentales... de ahí que todo cuerpo ocupa un lugar-tiempo, moldeado por las relaciones sociales que lo disciplinan, lo agreden, ajustan, internalizan ideas, desarman y arman instintos, pasiones, valores que son inculcadas a través de pautas de comportamiento, cuadro axiológico y sentidos que aparecen como normales o sanciones pero socialmente aceptadas o compartidas.3
Tortura
Ahora bien, si concebimos la tortura como el aniquilamiento del sujeto por parte de fuerzas represivas u opositoras a través de golpes, instrumentos sofi sticados para producir dolor físico, vejación, destrucción anímica hasta
2 Marín, Juan Carlos; Forte, Gustavo; Pérez, Verónica; Antón, Gustavo y otros, 2010, El cuerpo territorio de poder, Ediciones P.i.c.a.s.o, Argentina.
llegar a punto de infl exión en la resistencia de la víctima, es el cuerpo y su contenido descrito el blanco de toda acción violenta.
Los ataques físicos tienden a producir vivencias de aniquilamiento y des-trucción del esquema corporal, lo que implica una pérdida de reconocimien-to de la identidad personal. El objetivo es que la persona agredida se sienta desindentifi cada consigo mismo, donde el vehículo que lo desconfi gura es el dolor y las consecuencias del mismo en el cuerpo de él y de otros tortura-dos, cuyo mensaje es: “así quedaras marcado por tu comportamiento” o “así quedarás si no haces lo que te pedimos”.
La parte medular de un ejercicio de tortura es la vejación, donde el primer paso es romper la vertebración valórica, esto es, desnudar a la victima para vulnerar la intimidad, sus secretos, espacio privado resguardado ante los ojos escrutadores del otro que al ser rasgado el velo queda expuesto al vacío, la incertidumbre y el pudor devaluado, aunado a todo esto está la deprivación sensorial y motriz que funge como maquina demoledora del esquema de resistencia porque limita a la victima a movilizarse o hacer sus necesidades básicas fi siológicas y lo peor, esta atenida a permisos del custodio y vigilancia de su desnudez.
Es una situación que tiene movimiento pendular entre la muerte y ma-ñana, no sabe si vivirá el día siguiente, aunque en su mente tenga borrado la temporalidad y espacialidad por el encierro, los golpes y pérdida del don de la ubicuidad.
Lo pendular es una ventana de soledad, aun si estás en un recinto acom-pañado, el desconocer al otro, la intencionalidad o situación de quien vive experiencia común, la confi anza está rota porque no te percibes como un colectivo o producto social, sino un individuo aislado, sin elementos de de-fensa y expuesto a la fuerza del secuestrador y los límites de tu resistencia.
Todo esto orilla a destruir también la autoestima del secuestrado a través de la humillación, vejación sexual, gritos, golpes, ofensas y culpabilidad que le inculcan cada vez que sufre un dolor o tortura. La autoestima es la idea de quién soy y mis valores que dan soporte a la idea de mi mismo. Es la valo-ración que un sujeto posee de sí, desde una perspectiva psicoanalítica es un producto de la relación entre el Yo y el ideal del Yo. Esto está conformado de acuerdo con determinados valores a los que aspira cumplir el sujeto.
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dado que no superan la experiencia registrada frente al horror infringido en su cuerpo, pudor deshilado, la rabia contenida y rumiada en su resistencia impotente, el desconcierto de tu pasado con el presente, el futuro como ser vejado y resentido socialmente y la imposibilidad de ordenar todas las viven-cias, cargas de sentido y compartirla con alguien que guardará el secreto o le ayude a dotarla de sentido. Es todo imposible por estar roto el lazo de con-fi anza, que es un mecanismo de reducción de la complejidad y de la incer-tidumbre en la medida que abre caminos de diálogos, acompañamientos y acciones conjuntas en el futuro. Es una apuesta hecha en el presente hacia el futuro y fundamentada en el pasado; debido a que el cúmulo de experiencias vividas y los benefi cios obtenidos en lo personal y en el ámbito colectivo, son tierra fértil para sostener la creencia de que confi ar en otra persona en el presente puede ser útil y básica para el futuro.
Indudablemente, la confi anza equivale a una suerte de cuenta corriente, de la cual es posible gastar hasta un cierto monto, pero es necesario deposi-tar para evideposi-tar caer en la falta de fondos. Existe, por consiguiente, un cierto umbral que, si es traspasado, conduce a la pérdida de confi anza.4 No toda
traición a la confi anza conlleva a la desunión, todo reside en la gravedad del incumplimiento y capacidad de resarcir el daño con acciones futuras de reconstrucción de confi anzas deterioradas o lastimadas.
El silencio esconde sufrimiento y dolor, oculta verdades y es una forta-leza intima en el torturado que blinda sin palabras y oculta en el pasado el rostro de la amargura.
Especialistas en el tema de la tortura han señalado 4 posibles mecanis-mos que dan cuenta del porqué del silencio:
1. En la tortura, por el intenso y prolongado dolor, se produce un shock neurogénico que conlleva a estados de inconsciencia en diver-sos grados, desde la obnubilación (enturbiamiento y estrechamiento de la conciencia) hasta el estupor (estado de inercia, vacío o sus-pensión de la actividad psíquica). Esta situación afecta la memoria de fi jación durante el episodio traumático y la memoria evocativa subsecuente.
Se produce así una amnesia lacunar, con vacío de la memoria que puede persistir largo tiempo, incluso de por vida. Posteriormente conlleva a situaciones esporádicas o continuas de angustia.
4 Rodríguez Mansilla, Darío, 1996, “Introducción a libro Confi anza”, de Luhmann Niklas,
2. El ataque al cuerpo (trauma corporal) afecta el núcleo básico de la identidad que es el Yo-Corporal. La persona se encuentra en un estado de indefensión extrema que remite a las experiencias cor-porales primitivas de desamparo y desnudez. Es una regresión con secuela de escotomas en el registro de lo vivido.
3. Produce una disociación esquizoide defensiva. La disociación es un mecanismo de defensa características de los niveles mentales más primitivos y son instrumentados frente a vivencias de aniquilación en actos de tortura. La representación del propio cuerpo es escindi-da y proyectaescindi-da al exterior, “el cuerpo no me pertenecía”, la persona no es la misma que era antes y no es siempre consciente de esta diferencia.
4. Los sentimientos de pudor, vergüenza, humillación, que difi cultan la comunicación de lo ocurrido durante la tortura, están vinculados a ciertas vivencias “intimas” en las que queda comprometida la rela-ción del Yo y el Ideal del Yo, produce una fi sura entre la imagen y la realidad de mi cuerpo y desata los bloqueos del silencio.5
Por lo anterior, el silencio es un vestido protector que aparece por la quebradura de la cofi a que cubría el pudor y la vergüenza y jurídicamente es difícil contabilizar el monto o dimensión del daño ocasionado al torturado porque muchos de los sufrimientos y lesiones son de carácter psíquicos y quedan refugiados en el rincón del silencio miedo o sepultado en la soledad del torturado.
En síntesis, la tortura, como actividad mafi osa, producto de la debilidad estatal si hablamos de secuestros, pero terror si la practica el Estado, busca lucrar, obtener información y silencio, doblega a las comunidades, es efi caz como estrategia de intimidación y asegura la viabilidad de un gran negocio (industria del secuestro) si está ligada a las trampas de la corrupción. De to-das maneras la tortura veja, lastima, destruye vectores de la vida y obnubila a la victima para llevar a cabo una convivencia sana, pulveriza su autoestima y deja como resultado un despojo humano sin horizonte en el futuro.
5 Kordon, Diana; Edelman, Lucila; Lagos, Darío y Kersner, Daniel, 2005, “La tortura, más
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Acoso laboral y tortura psicológica
La destrucción del Estado por parte de los grandes poderes que dan sopor-te al modelo neoliberal, no sólo presopor-tendía desregular las economías nacionales, sino que su ambición estaba por encima de lo meramente comercial, pretendía dominar el mundo saqueando las riquezas del ente político a fi n de evitar un proceso político reversible, esto es, si una fuerza política adversaria arribaba al poder, no contaba con los recursos para sobrevivir, porque el Estado no tenia activos públicos, tampoco sufi ciente dinero para dotar de certidumbre a la sociedad. Un Estado en bancarrota, supeditado a los organismos y fi nanzas internacionales no representaba ningún riesgo si lo gobernaba la izquierda, derecha o cualquier fórmula política, dado que el capital está fuera de las esfe-ras pública y cuenta con una constelación de organismos multinacionales que aíslan o boicotean todo intento emancipador desde el Estado.
La formula elaborada y puesta en práctica desnutrió al Estado para que no garantizara derechos, desciudadanizara a la población, borrara de su ima-ginario los referentes institucionales que avalaban los postulados de justicia necesarios para la convivencia social y el desarrollo humano. Arrojaba al individuo a una situación de inequidad, sin privilegios y expuesto a la insegu-ridad y abuso de la autoinsegu-ridad despótica.
Así fue asomándose el acoso laboral bajo la estrategia de la crisis económi-ca que sobresaltó los pronósticos por supuesta indisciplina fi scal, défi cit pre-supuestario excesivo, endeudamiento desproporcionado, insolvencia por falta de liquidez de los bancos o desequilibrio en la balanza de pago y el comercio, escenario caótico que conlleva a recortar derechos sociales, disminuir el sala-rio, desaparecer prestaciones sociales en aras de mantener la fuente laboral.
Es una estrategia que a corto plazo genera riquezas a los empleadores, pero a mediano plazo las políticas de austeridad no son efi caces, son económicamente inefi cientes. Permíteme explicarme. ¿Qué pasa con las políticas de ajuste, de austeridad? Se reducen los salarios, se disminuyen las pensiones, se destruyen los servicios públicos. Todo ello desemboca en una contracción de la economía. La gente consume menos porque tiene menos poder adquisitivo. Entonces las empresas reducen su producción porque baja la demanda. Si se reduce la pro-ducción despiden a empleados, lo que aumenta la tasa de desempleo. Por consi-guiente, el Estado tendrá que gastar más dinero en ayudas a los desocupados y tendrá menos ingresos puesto que los parados dejarán de pagar impuestos.6
6 Lamrani, Salim, 2012, “Las políticas de austeridad son económicamente inefi cientes”
http://www.kaosenlared.net/america-latina/item/17139-salim-Es ante todo, entonces, un modelo de represión que busca con el miedo hacer que la gente no proteste, no asita a las manifestaciones porque se va a encontrar con problemas, y crear miedo entre los propios activistas por-que se están jugando la piel porpor-que “vamos a ir a por vosotros”. Se intenta separar la opinión pública mayoritaria de los sectores más activistas, pero esto a veces les puede funcionar y otras veces no y puede tener un efecto inverso al deseado. Hasta ahora la represión ha sido tan desproporcionada que en algunos lugares ha detenido la indignación, en otros han fracasado en su intento.7
Es una comunicación hostil, coactiva, sin reserva ética orientada de ma-nera sistemática por jefes de área de recursos humanos y empresarios hacia el grupo o segmento de trabajadores, acosándolos psicológicamente hasta disminuirles su potencial deliberativo, arrinconan sus espacios de cavilación, fragmentar las ligas de diálogo, reventar las fi bras de resistencia colectiva y encerrarlo en un mutismo, donde intercambiar opiniones o argumentos con otro trabajador, lo coloca en la bandeja de la vulnerabilidad y el despido. Es un estado de indefensión absoluta, demoledor de entereza analítica bajo el paraguas del acoso que poco a poco mina la capacidad de respuesta pero ante todo un estado anímico y de salud.
Millones de trabajadores de diversos rincones del mundo están en si-tuación de riesgo de salud, producto de la estrategia del miedo, acoso y re-presión psicológica que responde a la coerción adocenada que impera en los centros de trabajo y sólo la han confrontado las movilizaciones, de otra manera, es la estrategia de persecución que desmonta derechos, aniquila los gremios sindicales, derrota la movilización política y encierra en la jaula del mutismo a los que aceptan la amenaza del desempleo.
La tortura psicológica de los medios
2001 fue el inicio del Siglo XXI y también la nueva era de los medios en el campo de la guerra y las disputas por mantener incólume el modelo neoli-beral, las incursiones que había logrado en el terreno cultural, en los años 80
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7 Antentas, J. M. y Vivas, E., 2012, “La crisis es un punto de infl exión, nunca se vuelve al antes
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del Siglo XX, fueron reforzadas a principio de la nueva centuria con el fi n de convertir a los medios de comunicación en la artillería de primera línea cuyo fi n es la de desarticular las memorias colectivas, quitar el freno a la ambición consumista, sembrar el escenario de mercancías descartable, liberar de toda atadura la “libertad del mercado” y ante todo, obnubilar las mentes de los po-bladores de las ciudades y comunidades donde los medios llegaran.
Algunos escritores le han denominado el Plan Cóndor mediático, dado que su incursión en la política fue y sigue apareciendo frontal, sin solapa-miento ni hipocresía, disfrazado con un vestido confeccionado con epide-mia lenguaraz de independencia, imparcialidad y supuesto apego a la demo-cracia. Es la era de la mentira y el ocultamiento de verdades que prevalecen en la realidad social.
Indudablemente, la asunción de los medios en la cadena de torturas fue posible porque los grandes centros de poder tomaron conciencia que el Esta-do como ente político y de cohesión social, entraba en una fase de implosión por la expansión del capitalismo en su fase denominada globalización, cuyas frontera porosas fueron desaforadas por diversos agentes entre ellos las em-presas multinacionales, crimen organizado, guerras y las transacciones comer-ciales que dejaron sin fuerza al Estado para vigilar su territorio; pero aún hay más, el avasallamiento de los contagios de la globalización, incontrolable por los mismos creadores, idearon la construcción ideológica-política de Seguri-dad Democrática, cuyo vector es situar la amenaza como cuña incómoda que desestabiliza el sistema emocional y de equilibrio en cualquier persona.
La amenaza es una representación, una señal o signo, disposición, gesto o manifestación que aparece en el subconsciente colectivo o individual, per-cibido como el anuncio de una situación de riesgo, malestar, inseguridad o deterioro no deseado y que vulnera, en quien lo percibe, la coraza de certeza y lo pone en peligro absoluto y cercano a la muerte.
Es una atmosfera de miedo perpetuo, movilidad recortada, ausencia de propiedad sobre el espacio, temeroso del tiempo, ciego ante las oportuni-dades e infl exible para articular posibilidades de escapatoria o nuevos esce-narios. Es una jaula de acero invisible que atrapa no sólo el cuerpo de las personas, sino el pensamiento y libertad de imaginar.
son sobredimensionadas o magnifi cadas por los medios para controlar esta-llidos sociales o reclamos ciudadanos.
El sistema emocional está secuestrado por la TV, periódicos, la Internet y la radio cuyos mensajeros actúan bajo la férula de los empresarios y mag-nates que controlan el mundo y les interesa gobernar y dirigir el universo de los negocios bajo e paraguas del caos. El caos es una forma de administrar la política de dominación en la medida que mantienes infl uencia en los factores vitales que mueven el mundo (economía, tecnología, armamento, recursos naturales estratégicos y medios de comunicación) y los hace invisible ante los enemigos, manipulando el comportamiento de cada uno de los elemen-tos mencionados y asignándole de manera irreal trayectorias erráticas que descontrolan la percepción de los adversarios y cargan de inseguridad al enemigo.
Entonces vivir en un universo inestable, errático, con trayectorias inve-rosímiles nos lleva a un estado de angustia, temor y tortura, toda vez que carecemos de la certeza necesaria para emprender una acción determinada. Sin la confi anza pertinente, el perceptor de señales e información no cuenta con la disposición y voluntad para interactuar, tampoco puede compartir u opinar sobre los temores introyectados en la subjetividad, revelando así un estado de bloqueo en sus facultades asociativas y de dialogo con otros.
En alguna de las veces, despersonaliza al afectado, la paranoia y esquizofre-nia son rasgos de su personalidad, los actos compulsivos son frecuentes y la dársena de la soledad le pide que ancle ahí los años de vida que le quedan.
Ahora bien los medios de manera permanente nos dejan caer una lluvia de amenazas, cuyo proceso de mentalización pasa por varias etapas. En la primera, se produce un derrumbe de la organización mental cercana al páni-co y terror. En la segunda, se busca dar un nombre o enpáni-contrar signos me-diante los cuales semantizar la manera es un intento de resolverla, evitarla, implementar sistemas defensivos, controlarla y anularla. Luego, en la etapa siguiente se produce una oscilación entre denegación y concientización, y en el mejor de los casos se restablece una organización vital cuyo eje ilusorio es impedir la efectivización de la amenaza. Los mecanismos de adaptación imponen la vida a cualquier precio. Es probable que éste sea el momento en el cual el agredido se entrega al agresor en un intento de salvar su vida. Es también el momento de la creación de baluartes o mitos que conllevan a la fatalidad.8
8 Puget, Janine, 2006, “La violencia social y psicoanálisis. De lo ajeno estructurante a lo ajeno
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Las amenazas suelen aparecer en coyunturas favorables para el gran capi-tal y casi siempre están cerca de procesos electorales riesgosos para los mer-cados, bajo el techo de asonadas de movimientos sociales, decisiones de go-biernos con perfi l popular, insolvencia fi nanciera de los bancos, instauración de una situación de guerra, interés por militarizar regiones y privatizar recur-sos públicos. Justo en erecur-sos contextos están las fuentes borboteantes de los miedos, temores y amenazadas que torturan las subjetividades colectivas.
El carácter coyuntural, la incertidumbre que predomina en lo que va del Siglo XXI, el agotamiento del modelo neoliberal y la política guerrerista que el coloso del norte instrumenta, son los factores que torturan, en la medida que agotan la capacidad de resistencia de la humanidad, no hay lugar seguro, las confrontaciones bélicas aumentan, los actos homicidas súbitos, la crisis fi nanciera que utilizan para desemplear y negar derechos, la tenden-cia incremental del crimen organizado, nos pone en una nube que puede desprenderse en una lluvia que ahogue las pocas esperanzas ancladas en las comunidades y colectivos humanos.
La certeza ausente y la confi anza deteriorada, nos deja sin una apuesta hecha en el presente para afi anzar el futuro, porque la ruptura del eje co-nectivo del tiempo nos desalojo el pasado de la memoria. No hay referentes seguros de las anteriores certezas que nos ayuden a otear la sociedad futura, tampoco un ideal para luchar, un horizonte político ni una ideología cimen-tada en hechos históricos. Hoy quedamos huérfanos y toca luchar en medio de la oquedad de la política, el vaciamiento de las instituciones y la debilidad del Estado. Justo ahí, el mercado y la constelación de consorte como son los banqueros, los medios de comunicación, partidos políticos, sistema judicial y organizaciones internacionales, se juntan en forma de guirnalda y encap-sulan las esperanzas y siembran la incertidumbre y el caos.