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Los Filosofos Medievales – Tomo I

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(1)

C lem en te F ern án d ez S . I.

Los filósofos m edievales

S e le c c i ó n de t e x t o s

i

(2)

El pan de nuestra cultura cristiana

VOLUMENES DE PROXIMA APARICION

BAC Maior

HISTORIA DE LA IGLESIA EN ESPAÑA

(5vols.). Bajo la dirección de R.

García

Villoslada.

Vol. IV: La Iglesia en la España de los si­

glos XVII y XVIII.

BAC Normal

DIOS Y EL HOMBRE. La creación («His­

toria Salutis»), por S. Vergés.

M AESTRO BRUNO, PADRE DE M O N ­

JES, por un Cartujo.

BAC Minor

LOS DOGM AS DE LA IGLESIA, por

L. Scheffczyk.

BAC Popular

EL PADRE M AESTRO IGN ACIO, por

C. de Dalmases.

Este volumen de la BAC está editado por LA EDITORIAL CATOLICA, S. A.

(3)

La BAC

í A Ü'blioteca ce A u'ores Cristianos reúne

orgánica-'

m ente, en las diversas s e a ones que la integran, el

principal acervo de la safc;du ia cristiana perenne y selec­

cionados estuc'os de la invt, igtición moderna. Al lado de

las fuentes trau. 'ionales del ensam iento cristiano ha ido

incorporando obre' fund.'m niales de teólogos y pensa­

dores de nuestra ép> ca

La BA C no es de escuela, de institución determinada

ni de un grupo particular. Es Je todos y para todos y,

atenta a los signos de la époc i, quiere servir de instru­

m ento para canalizar la respuesta del pensam iento cris­

tiano a los problem as de hoy.

N uestra obra no es oficial ni de m ecenazgo; descansa

únicam ente en la confianza, estím ulo y apoyo de sus

lectores. Es una com unidad moral de autores, editores y

lectores. Antepone al provecho propio el servicio general.

Por eso procura conjugar el criterio de mayor perfección

con la m áxim a baratura. En esta línea de superación, la

BAC ha ido mejorando sensiblem ente tanto la calidad

interna de sus textos com o el cuidado tipográfico de sus

ediciones.

La BAC está patrocinada por la Pontificia Universi­

dad de Salam anca, que ayuda y asesora eficazm ente a

los editores. Se ve respaldada por centenares de juicios

elogiosos en revistas científicas nacionales y extranjeras,

y en repetidas ocasiones ha recibido de la Santa Sede

palabras de bendición y aliento, que constituyen nuevo

m otivo para continuar la obra com enzada hace ya cuatro

decenios.

(4)

L O S FILOSOFOS M EDIEVALES

E

N esta nueva publicación de la BAC, dividida „n dos

volúmenes, prosigue su autor — el P Clemente rernán-

dez, profesor de Filosoña en la Universidad Pont'Ccia Comi­

llas, de Madrid— la tarea iniciada ya en ? ¿s dos obras

anteriores:

Los filósofos modernos Seler ¡ón de textos

(BAC, 3.‘ ed., 1976),

Los filósofos antip .os. Selección de

textos

(BAC, 1974).

Bajo el título

Los filósofos med evales

se comprende,

siguiendo el criterio prácticament • unánime de los historia­

dores de la filosofía, no ya tan solo a los pensadores cuya

vida se desarrolló dentro del ámbito temporal que común­

mente se designa en la historia universal con el nombre de

Edad Media,

sino también a aquellos escritores a los que se

suele considerar como representantes de la llamada «filosofía

patrística» (s. 11-VIII). Van, pues, incluidos en la presente

Selección no sólo los filósofos que en una estricta considera­

ción cronológica son medievales (s. V al XV) (filósofos

escolásticos, árabes y judíos, y otros independientes), sino

también, como precursores y aun verdaderos iniciadores de

una de las tendencias — la principal, la filosofía escolásti­

ca— , aquellos pensadores que después de la aparición del

cristianismo dieron una inflexión a la reflexión filosófica en

la temática y en la solución de los problemas, que los hace

estar más emparentados con la filosofía escolástica que con

la filosofía antigua que inmediatamente los precede.

Ofrece, pues, la presente Selección un arco temporal muy

amplio, que va desde San Justino (s. II) hasta Nicolás de

Cusa (t 1464), considerado unánimemente como el anillo de

unión entre la filosoña medieval y la moderna: un período,

como se ve, en algunos aspectos el más esplendoroso en la

historia del pensamiento humano, por el alto valor de su

especulación filosófica en lo que concierne al planteamiento

y solución de los problemas fundamentales del mundo y del

hombre.

El riguroso criterio de selección que ha habido que seguir,

dado lo dilatado del campo de observación, no ha impedido

que, al menos por lo que atañe a las grandes figuras, se haya

dado una visión, si no completa — empresa a todas luces

imposible en tai género de obtas— , lo más fundada posible

de su pensamiento. Esto vale sobre todo para los casos de

San Agustín y de Santo Tomás

de

Aquino, de los que se

aducen textos con una mayor abundancia: ambos, por diver­

sos títulos, ocupan un puesto privilegiado en la historia del

pensamiento humano y brindan todavía hoy a la reflexión

ñlosófica elementos de gran valor para el planteamiento y

solución de los grandes problemas metafisicos y éticos que se

presentan al hombre actual.

(5)
(6)

BIBLIOTECA

DE

AUTORES C R IST IA N O S

D e c l a r a d a d e i n t e r é s n a c i o n a l

4 0 9

---ESTA COLECCIÓN SE PUBLICA BAJO LOS AUSPICIOS Y ALTA DIRECCIÓN DE LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA DE SALAMANCA

LA CO M ISIÓ N DE DICHA PO N TIFICIA UNIVER­ SIDAD ENCARGADA DE LA INMEDIATA RELA­ CIÓN CON LA BAC E S T Á INTEGRADA EN EL AÑO 1979 POR LOS SEÑORES SIG U IE N TES:

Pr e s i d e n t e:

E m m o . y Rvdmo. Sr. Dr. V i c e n t e E n r i q u e y T a r a n c ó n ,

Cardenal Arzobispo de Madrid-Alcalá y Gran Canciller de la Universidad Pontificia

V i c e p r e s i d e n t e ' l i m o . Sr. Dr. J u a n L u i s A c e b a l

L u j á n , Rector Magnífico.

V o c a l e s : Dr. A l f o n s o O r t e g a C a r m o n a , Vicerrector Académico; Dr. R i c a r d o B l á z q u e z , Decano de la Fa­ cultad de Teología; Dr. J u a n S á n c h e z y S á n c h e z , D e­ cano de la Facultad de Derecho Canónico; Dr. M a n u e l

C a p e l o M a r t í n e z , Decano de la Facultad de Ciencias Po­

líticas y Sociología; Dr. S a t u r n i n o A l v a r e z T u r i e n z o ,

Decano de la Facultad de Filosofía; Dr. J o s é O r o z R e t a ,

Decano de la Facultad de Filología Bíblica Trilingüe;

Dr. J u a n A n t o n i o C a b e z a s S a n d o v a l , Decano de la Fa­ cultad de Ciencias de la Educación; Dr. G e r a r d o P a s t o r

R a m o s , Decano de la Facultad de Psicología; Dr. R o m á n

S á n c h e z C h a m o s o , Secretario General de la Universidad

Pontificia.

S e c r e t a r i o : Director del Departamento de Publica

dones.

L A E D IT O R IA L C A T O L IC A , S. A . — A p a r t a d o 466

MADRID . MCMLXXIX

L O S FILÓSOFOS MEDIEVALES

SELECCION DE TEXTOS

POR

C L E M E N T E F E R N A N D E Z , S. I.

PROFESOR DE FILOSOFÍA EN LA UNIVERSIDAD COMILLAS

I

FILO SO FIA PATRISTICA

FILO S O FIA ARABE Y JUDIA

(7)

© Biblioteca de Autores Cristianos, de La Editorial Católica, S. A. Madrid 1979 Mateo Inurria, 15. Madrid

Depósito legal: M. 39140-1979

ISBN 84-220-0929-3. Obra completa ISBN 84-220-0930-7. Tom o I

Impreso en España. Printed in Spain

I N D I C E G E N E R A L

l’ágs.

I ' O M O I

Pr ó l o g o ... x i

San Justino

Diálogo con el judío T rifó n ...

4

Atenágoras

Sobre la resurrección de los muertos ...

15

Teófilo Antioqueno

Los tres libros a Autólico ...

26

San Ireneo

Contra las herejías ...

31

Tertuliano

Apologeticum ...

39

De testimonio animae ...

40

Adversus Martionem ...

41

Adversus Praxean ...

47

Adversus Hermogenem ...

48

De resurrectione carnis ...

51

De an im a...

52

Clemente de Alejandría

El P edagogo...

57

Los tapices ...

59

Orígenes

Sobre los principios ...

71

Contra C e lso ...

82

San Basilio

Contra Eunomio ...

98

Carta 8 ...

103

Carta 210 ... 104

Carta 214 ... 105

San Gregorio Nacianceno

Segundo discurso teológico ... :... 106

(8)

V III Indice general

Págs.

San G regorio Niseno

De la creación del hombre ... 116

Contra Eunom io ... 121

Sobre el alma y la resurrección, o «M acrina» ... 122

Sobre las nociones comunes ... 128

A A dlabio, que no hay tres dioses ... 131

San Agustín Contra académicos ... 137

D e beata vita ... 157

D e ordine ... 167

S o lilo q u ia ... 184

D e moribus Ecclesiae et Manichaeorum ... 192

D e libero arbitrio ... 199

D e m a g is tr o ... 269

De vera religione ... 295

De utilitate credendi ... 306

Confessiones ... 308

D e fide rerum quae non videntur ... ... 372

D e natura boni contra Manichaeos ... 375

D e doctrina christiana ... 385

D e Genesi ad litteram... 390

D e T r in it a te ... 399

E n c h ir id io n ... 445

De Civitate D ei ... 452

Cartas ...

491-Pseudo-Dionisio Areopagita D e divinis nominibus ... 496

D e mystica theologia ... 520

D e Hierarchia caelesti ... 524

E p is t o la e ... 526

Boecio C onsolado P h ilo s o p h ia e ... 528

D e hebdomadibus ... 547

D e Sancta T r in it a t e ... 552

De duabus naturis in Christo ... 554

FILOSOFIA ARABE Y JUDIA Al-Kindi Sobre el entendimiento ... 562

Sobre las cinco esencias ... 564

Al-Farabi Catálogo de las ciencias ... 569

Concordia entre el divino Platón y Aristóteles ... 574

D e los significados de «in telecto» ... ... 586

Indice general IX Págs.

Avicena

La salvación...

595

Libro de los teoremas y avisos ... 618

Sobre el alma ... 632

Avicebrón

La fuente de la v id a ... 638

Algacel

El justo medio en la creencia ... 662

La destrucción de los filósofos ... 676

Averroes

Comentario menor de la

Metafísica

de Aristóteles ... 689

Doctrina decisiva ... 706

Libro de la exposición de los caminos que conducen a la

demostración de los artículos de la f e ... 709

Comentario mayor a los libros

De anima

... 711

Maimónides

Guía de descarriados ... 727

(9)

P R O L O G O

T A presente obra se propone servir a los mismos fines que

las dos publicadas ya anteriormente.1: Los filósofos mo­

dernos. Selección de textos; Los filósofos antiguos. Selección de textos: ofrecer, sobre todo a los que se dan al estudio de

la filosofía, los textos fundamentales de los principales filóso­ fos medievales que ilustran los grandes temas doctrinales, y, al propio tiempo, en la medida en que ello va incluido, dar a co­ nocer el ideario de dichos pensadores. Razones ajenas al carác­ ter de la obra han determinado que en su preparación y publi­ cación se invierta el orden cronológico natural respecto de la de selección de los filósofos modernos, publicada antes.

Bajo el título Los filósofos medievales hemos comprendido un período de tiempo muy amplio y un número copioso de pensadores, que rebasan con mucho el ámbito que podría su­ gerir el apelativo -«medieval», considerado tan sólo en sus con­ notaciones puramente cronológicas, pero que es usual incluirlos en el estudio de la filosofía medieval: la presente selección abar­ ca desde la llamada «Filosofía patrística» hasta el que es uná­ nimemente considerado com o el último representante de la filosofía medieval y anillo de unión entre ésta y la filosofía moderna, N i c o l á s d e C u s a ( t 1464). Van, pues, incluidos no sólo los filósofos que en una consideración estricta cro­ nológica son medievales (s. v al x v ) (filósofos escolásticos, árabes y judíos y otros independientes), sino también, com o precursores y aun verdaderos iniciadores de una de las ten­ dencias— la principal, la filosofía escolástica— , aquellos escri­ tores eclesiásticos cuya producción literaria suele designarse con el título de «Filosofía patrística» (s. ii-v m ). La especu­ lación filosófica de dichos autores, aunque no entre riguro­ samente com o medieval en los cuadros de la historiología, al menos por lo que hace a los de los primeros siglos, sin embargo, por su temática y su concepción del mundo y del

(10)

X II Prólogo

hombre, es, com o hemos dicho, un verdadero preludio y aun iniciación de la especulación escolástica: ese carácter se ma­ nifiesta con toda fuerza y esplendor en la figura máxima de ese período, San Agustín. Con la aparición del cristianismo la reflexión racional, ejercida ya de antiguo por la filosofía griega, sobre los grandes problemas, recibe una nueva direc­ ción, que toma cuerpo en una problemática y en unas solu­ ciones que llegan a su plena formulación en el período de madurez de la filosofía escolástica. Si bien cronológicamente emparentada con los demás fenómenos de la historia anti­ gua, doctrinalmente la filosofía patrística tiene mucha más afinidad con la que se desarrolla en el Medioevo que con su coetánea la filosofía griega postaristotélica.

Ya se comprende que, dada la amplitud del período his­ tórico abarcado, se impone, si en alguna, en la presente, el mantener el carácter de «selección». Sería empresa vana el tratar de reproducir textos de todos o de la mayoría de los pensadores «medievales» en el sentido explicado: aquí, más que en ningún otro caso, la abundancia dañaría a la calidad. Aun concediendo a la obra dos volúmenes, ha habido que usar un riguroso criterio de selección: se ha atendido, ante todo, a las máximas figuras, reconocidas universalmente com o tales por la calidad de su doctrina y por su influencia en la posteridad. Aun en éstas, ha habido que limitarse a reprodu­ cir tan sólo los textos más representativos, renunciando a otros muchos, de alto valor, sin duda, para el estudio m ono­ gráfico de puntos particulares, aunque procurando, eso sí, conforme a la finalidad de la obra, que no quedase tema im­ portante doctrinal sin sus correspondientes textos ilustrati­ vos en los diversos autores. Una selección no es una enciclo­ pedia, ni pretende suplantar la lectura directa íntegra de la obra: responde a la necesidad imperiosa de atender a las li­ mitaciones obvias de tiempo y espacio; pero, salvado eso, es más bien una invitación a acudir a la lectura íntegra del ori­ ginal.

En atención a lo ingente de su producción filosófica y su alto valor doctrinal, se ha concedido una extensión notable, dentro siempre de lo que consiente el carácter de selección,

Prólogo X III

a San Agustín y a Santo Tomás: ambos ocupan un puesto privilegiado en la historia del pensamiento humano. De he­ cho, San Agustín es fuente perenne de inspiración para la Escolástica, en la cual aparecen sus obras citadas constante­ mente, y aun en la filosofía moderna deja sentir su influjo com o el pensador más genuina y profundamente humano de todos los tiempos. Santo Tomás, por su parte, ejerce un ma­ gisterio perenne en la Iglesia, y ofrece al pensamiento mo­ derno elementos de gran valor para el planteamiento y solu­ ción de los grandes problemas metafísicos y éticos que se presentan al hombre actual.

El carácter, muy peculiar, de la reflexión filosófica de la mayoría de los pensadores cristianos aducidos, que la desarro­ llaron, en la mayor parte de sus obras, en el contexto de su reflexión teológica, como obedeciendo al lema «intellige ut credas» (aun conservando su mutua independencia), hace di­ fícil el presentar un texto de puro y exclusivo carácter filo­ sófico, sin las adherencias de elementos teológicos que con frecuencia los acompañan o les dan origen. El lector sabrá distinguir ambos aspectos y apreciar las posibles interferen­ cias entre los dos tipos de saber. Por lo mismo, es ocioso ad­ vertir que la existencia del contenido filosófico de un texto aducido no hay que juzgarla por el título, posiblemente teo­ lógico, de la obra o de la sección que lo encabeza: de hecho, una buena parte de las teorías filosóficas de San Agustín, por ejem plo, y de Santo Tomás se hallan en obras teológicas y en contexto estrictamente teológico.

Los textos se presentan en traducción castellana, o hecha directamente, o la realizada, y de valor reconocido, por otros. Sólo la escasez de espacio disponible ha hecho renunciar al

id e a l, en estos tipos de selección de textos, de reproducir,

(11)

XIV Prólogo

contacto personal con el escritor. Somos conscientes de ello, pero hemos preferido correr (y aun incurrir) el riesgo a de­ jar de intentar el prestar este servicio de poner a disposición del que se preocupa por la filosofía los textos más ricos de los grandes pensadores.

A esta dificultad, común a todas las obras de versión, se añade otra en el caso presente, notoria también y experimen­ tada por los que emprenden esta clase de trabajos: sabido es que el lenguaje filosófico medieval (sobre todo el escolás­ tico) abunda en términos y fórmulas difícilmente traducibles en las lenguas modernas. A veces un término o una expre­ sión medieval tiene unos sentidos y resonancias de que ca­ rece su correspondiente exacto en la lengua moderna; otras, un mismo término es susceptible de tantos matices, por la di­ versidad de estructuras de la realidad y del pensamiento que recubre, que es imposible traducirlo siempre en equivalencia rigurosa por un solo término también en la lengua de la ver­ sión (piénsese, por ejemplo, en los varios y diversos sentidos del término «esse» en Santo Tomás).

Una buena parte de los traductores resuelven estas difi­ cultades reproduciendo, sin más, el termino latino, sin susti­ tuirlo o doblarlo con su correspondiente en la lengua moder­ na. Hemos preferido secundar el esfuerzo de otros por apu­ rar las posibilidades de una versión de todos los términos y fórmulas, poniendo, con contadas excepciones, el término castellano que nos ha parecido expresar más fielmente el pen­ samiento del autor; aun entonces, com o la elección de un tér­ mino en vez de otro puede dar al pensamiento una inflexión ajena y aun a veces contraria a la mente del autor, hemos puesto a continuación entre paréntesis el término original, para que el lector pueda, si el caso lo permite, transferirse inme­ diatamente a la mente del escritor y acogerse a otra interpre­ tación que dé con el matiz originario, no felizmente expresa­ do tal vez en la traducción.

Hemos seguido el orden rigurosamente cronológico tanto de los autores aducidos como de los textos reproducidos de un mismo autor, con la sola excepción de los filósofos arabes y judíos, por estimar que forman éstos entre sí un bloque

Prólogo x v

muy definido y compacto, netamente diferenciado de los de­ más, y aconsejarlo así conveniencias de distribución del es­ pacio disponible.

En la bibliografía hemos seguido la misma norma que en las citadas obras anteriores: damos, primero, a la cabeza de la selección de los textos de cada autor una b i b l i o g r a f í a

g e n e r a l sobre su persona y enseñanza filosófica, y en espe­

cial sobre las obras cuyos textos se reproducen, y otra, ya es­ pecializada, a pie de página, sobre cada texto en particular: se pone sin ninguna llamada especial en el cuerpo de la pá­ gina, con sólo reproducir al pie el número correspondiente del párrafo. Se hace lo más escuetamente posible; sólo se dan todos los datos de la obra citada cuando se trata de títulos que no aparecen en la b i b l i o g r a f í a g e n e r a l ; en el caso con­ trario, que es el más frecuente, la referencia completa se halla en aquélla.

También en la bibliografía, que, com o es patente a quien está familiarizado con el tema, es sencillamente inmensa, ha habido que emplear un criterio de rigurosa selección, limitán­ dose forzosamente a la enumeración de las fuentes bibliográ­ ficas, como son las bibliografías generales, boletines biblio­ gráficos, monografías fundamentales, actas de Congresos, co­ lecciones especializadas y, en general, remitiendo al lector a los que, a su vez, le suministrarán una buena información bi­ bliográfica.

Se ha atendido a actualizar dicha información lo más po­ sible, recogiendo los títulos aparecidos recientemente en estos días inmediatos a la publicación de la obra, sin descuidar los estudios anteriores, que, por ser fundamentales y de valor uni­ versalmente reconocido, no han envejecido con el paso de los años y siguen siendo instrumento de trabajo imprescindible para el estudio de un autor.

(12)

X V I Prólogo

y matiza, com o en los demás autores, con las notas a pie de página.

El Indice de materias, pieza esencial, en nuestro propósito, de esta obra, por posibilitar y facilitar el manejo del copioso material doctrinal en ella recogido, debería ser, atendido ese fin, muy extenso, mucho más que en las otras dos obras an­ teriores sobre los Filósofos antiguos y los Filósofos moder­

nos; si no lo es, se debe únicamente a las limitaciones de es­

pacio disponible.

Las notas, cuando son del propio filósofo cuyo texto se reproduce, van sin ninguna indicación ulterior; las del tra­ ductor van acompañadas de la abreviatura (N. del T .) , y las nuestras propias van precedidas de (*).

Madrid, septiembre de 1979.

L O S F I L O S O F O S M E D I E V A L E S

S E L E C C I O N D E T E X T O S

(13)

S A N J U S T I N O

(t 160-165)

Ob r a s p r i n c i p a l e s: ’ AnoXopa úxsp '¿ptaxiav&v xpàç ’ Avxovfvov xôv euaeßr

(A pología en favor de los cristianos a A nton ino P ío ) [ A pología I ]

(1 3 8 /1 3 9 ); ’ AxoÁo-j-ta úxép xP taltav“ v KP°S x*¡v 'Pa)]iatmv SújxÁrjxov

(A pología en favor de los cristianos al Senado Rom ano) [A p ología I I ]

(1 3 8 /1 3 9 ); IIpo; xóv Tpú^iuva ’ IouSaïov dcaXofoi; (D iálogo con el judío

T rifón ) (1 5 5 /1 6 0 ?).

E d i c i ó n c i t a d a : D . R u i z B u e n o , Padres apologetas griegas (s.i i) . Introducciones, texto griego, versión española y notas: San Justino:

Diálogo con Trifón (B A C 21979).

Bi b l i o g r a f í a g e n e r a l: D . Ru i z Bu e n o, o.c. Introducción al Diálogo

con Trifón p.281-299; G . Ar c h a m b a u l t, Justin: Dialogue avec Triphon.

Texte avec traduction française, introduction, notes et index (Textes et Documents, V I I I , 11), 2 vols. (Paris 1909); P. Ke s e l i n g, Justins «D ia­ log gegen Tripho» c.1-10, und Platons « Protagoras» : Rhein. Mus. 75

(1926) 223-229; J. C. M . v a n Win d e n, A n early Christian philosopher. Justin Martyr’s dialogue with Tripho. Introd., text and commentary

(Leiden 1971); Justini philosophi et martyris opera quae feruntur omnia, edidit I. C. Th. Ot t o, tomi I pars 2.“, opera Justini indubitata, ed. 3 * (Jenae 1877), Corpus Apologetarum christianorum saec. II, p .X V I I -X I X .

Ë . Pr e u s c h e n, D ie Einheit von Justins Dialog gegen Tripho. Zeitschr.

für neutest. Wissenschaft und die Kunde der älteren Kirche (Giessen 1900ss.); G . Ba r d y, art. Justin, en Dict. Théol. Cath. V I I I , col.2228-2277 (Bibi, p.2275-2277); Id., « Philosophie» et «T h éologie» dans le vocabu­

laire chrétien des premières siècles: Rev. d ’Asc. et Myst. 25 (1949)

97-108; Üb e r w e g- Ge y e r, Grundriss der G eschichte der Philosophie.

Zw eit. Teil, D ie patristische und Scholastische Philosophie, elfte neu- bearb. Auflage (Berlin 1928) p .15-20 (Bibliogr., p.649-650); J. Qu a s t e n,

Patrología (trad. esp. por I. Oñ a t i b i a), I (M adrid 1961) p .190-211;

H . A . Wo l f s o n, The Philosophy of the Church Eathers, vol.I, Faith,

Trinity, Incarnation, 3.a ed. (Cambridge, Mass., 1970); Id., Studies in the H istory of Philosophy and Religion, I (ed. by I. Tw e r s k y and G . H . Wi l l i a m s) (Cambridge, Mass., 1973); L. W . Ba r n a r d, Justin Martyr. H is Life and Thought (Cambridge 1967) (Bibliogr., p .180-183);

R. Jo l y, Christianisme et philosophie. Études sur saint Justin et les

Apologistes du deux, siècle (Bruxelles 1973); J. C. M . v a n Wi n d e n,

Le christianisme et la philosophie. L e com m encem ent du dialogue entre la foi et la raison: Kyriacon I p.205-213 (Münster 1970) (Festsch.

Io. Qu a s t e n); A. Wa r k o t s c h, A ntike Philosophie im Urteil der Kir­ chenväter (München 1973); L. An t i p a s, L ’idée de liberté chez Saint Justin: Cah. Phil. Théol. 4 (1965-1966) 25-32; L. He n a o Za p a t a, San Justino y las anteriores dialécticas platónicas. I I I . San Justino, Influjos dialécticos: Franciscanum 13 (1971) 189-224; J. Co m a n, Éléments d’an­ thropologie dans les oeuvres de sain Justin martyr et philosophe: Con­

(14)

4 San Justino

DIALOGO CON TRIFON

1 1. Paseábame yo por la mañana bajo los porches del gimnasio, cuando cruzándose conmigo cierto sujeto con algunos otros:

— Salud, filósofo— me dijo.

Y a par que así me saludaba, dio la vuelta y se puso a pasear a mi lado, y con el se volvieron también sus amigos. Y o, a mi vez, devolviéndole el saludo:

— ¿Qué ocurre?— le dije.

Y él: .

Me enseñó en Argos— contestóme— Corinto el socráti­ co que no hay que despreciar ni descuidar a los que visten hábito com o el tuyo, sino mostrarles por todos modos esti­ ma y buscar su conversación, con el fin de sacar algún pro­ vecho o para él o para mí. Pues aun en el caso de aprove­ charse uno solo de los dos, ya es un bien para entrambos. Por eso, siempre que veo a alguien que lleva ese hábito me acerco a él con gusto, y ésa es la causa por que ahora te he saludado también a ti de buena gana. Estos me vienen acom­ pañando y también ellos esperan oír de ti algo de provecho...

— Y ¿quién eres tú, oh el mejor de los mortales?— le repliqué yo, bromeando un poco.

Y él me indicó, sencillamente, su nombre y su raza: — Y o me llamo Trifón— me dijo— , y soy hebreo de la circuncisión, que, huyendo de la guerra recientemente acaba­ da, vivo en Grecia, la mayor parte del tiempo en Corinto.

¿Y cómo— le dije yo— pudieras tú sacar tanto prove­ cho de la filosofía, cuanto de tu propio legislador y de los profetas?

— ¿Pues qué?— me replicó— ; ¿no tratan de Dios los fi­ lósofos en todos sus discursos y no versan sus disputas siem­ pre sobre su unicidad y providencia? ¿O no es objeto de la filosofía el investigar acerca de Dios?

2 — Ciertamente— le dije— , y ésa es también mi opi­ nión; pero la mayoría de los filósofos ni se plantean

siquie-1-18 Ruiz B u e n o , Introducción, o.e., p.281-299; P e p in , La P h ilosoph ie patris-

tiau e, en H istoire de la Philosoph ie, s o n s 1a d i r e c t io n d e F. C h a t e l e t , I (P a ris 1972) p.62; Q u a s t e n , o.e., I p,195b-196; B a r n a r d , o.e., p.40.

1 Ot t o, o.e., p.2 nt.3; p.3 nt.4.5.6.

2 Van Win d e n, Le christianisme et la Philosophie...'. Kyriacon I p . 205-2'3;

Com an Elements d’anthropologie dans les oeuvres de Saint Justin...: Rev.

fran?. de 1’orthod. 5 (1973 ) 84 p.317-337; Wa r k o t s c h, Antike Philosophie im Urteil der Kirchenväter (München 1973); Ot t o, o.e., p.4 nt.10; p .6 nt.17.

Diálogo con Trifón 5

ra el problema de si hay un solo Dios o hay muchos, ni si tienen o no providencia de cada uno de nosotros, pues opi­ nan que semejante conocimiento no contribuye para nada a nuestra felicidad. Es más, intentan persuadirnos que del uni­ verso en general y hasta de los géneros y especies se cuida Dios, pero ya no ni de mí ni de ti ni de las cosas particula­ res; pues de cuidarse, no le estaríamos suplicando día y no­ che. Ahora, no es difícil comprender el blanco a que tiran esas teorías. Los que así opinan, aspiran a la inmunidad, a la libertad de palabra y de obra, a hacer y decir lo que les dé la gana, sin temer castigo ni esperar premio alguno de parte de Dios. ¿Cóm o, en efecto, lo esperan quienes afirman que yo y tú hemos de volver a vivir vida igual a la presente, sin que nos hayamos hecho ni mejores ni peores? Otros, dando por supuesto que el alma es inmortal e incorpórea, opinan que ni aun obrando el mal han de sufrir castigo alguno, com o quiera que lo incorpóreo es impasible, y que, pues el alma es inmortal, no necesitan ya para nada de Dios.

Entonces él, sonriendo, cortésmente:

— Y tú— me dijo— , ¿qué opinas sobre esto, que idea tie­ nes de Dios y cuál es tu filosofía? Dínoslo.

3 2. — Sí— respondí— , yo te voy a decir lo que a mí pa­ rece claro. La filosofía, efectivamente, es en realidad el ma­ yor de los bienes, y el más precioso ante Dios, al cual ella es la sola que nos conduce y recomienda. Y santos, a la ver­ dad, son aquellos que a la filosofía consagran su inteligencia. Ahora, qué sea en definitiva la filosofía y por qué les fue enviada a los hombres, cosa es que se le escapa al vulgo de las gentes; pues en otro caso, siendo com o es ella ciencia una, no habría platónicos, ni estoicos, ni peripatéticos, ni teó­ ricos, ni pitagóricos. Quiero explicaros por qué ha venido a te­ ner muchas cabezas. El caso fue que a los primeros que a ella se dedicaron y que en su profesión se hicieron famosos, les siguieron otros que ya no hicieron investigación alguna sobre la verdad, sino que, llevados de la admiración de la constancia, del dominio de sí y de la rareza de las doctrinas de sus maestros, sólo tuvieron por verdad lo que cada uno había aprendido de aquéllos; luego, transmitiendo a sus

su-3 -9 Hy l d a h l, Philosophie und Christentum. Eine Interpretation der Einlei-

P 174 175* DÍ“^0g l ustins: ^cta 'heologica Danica, IX (Kopenhaguen 1966)

(15)

6 San Justino

cesores doctrinas semejantes a las primitivas, cada escuela tom ó el nombre del que fue padre de su doctrina.

4 Y o mismo, en mis comienzos, deseando también tra­ tar con alguno de éstos, me puse en manos de un estoico. Pasé con él bastante tiempo; pero dándome cuenta que nada adelantaba en el conocimiento de Dios, sobre el que tam­ poco él sabía palabra ni decía ser necesario tal conocimiento, me separé de él y me fui a otro, un peripatético, hombre agu­ do, según él creía. Este me soportó bien los primeros días; pero pronto me indicó que habíamos de señalar honorarios, a fin de que nuestro trato no resultara sin provecho. Y o le abandoné por esta causa, pues ni filósofo me parecía en abso­ luto.

5 Pero mi alma me seguía bullendo por oír lo que es peculiar y más excelente en la filosofía; por esto me dirigí a un pitagórico, reputado en extremo, hombre que tenía muy altos pensamientos sobre su propia sabiduría. Apenas me puse al habla con él, con intención de hacerme oyente y discípulo suyo:

— ¡Muy b ien !— me dijo— ; ¿ya has cursado música, as­ tronomía y geometría? ¿O es que te imaginas vas a contem­ plar alguna de aquellas realidades que contribuyen a la feli­ cidad, sin aprender primero esas ciencias que han de despren­ der al alma de lo sensible y prepararla para lo inteligible, de modo que pueda ver lo bello en sí y lo que es en sí bueno?

Hízome un largo panegírico de aquellas ciencias, me las presentó com o necesarias, y, confesándole yo que las ignora­ ba, me despidió. Com o es natural, me molestó haber fraca­ sado en mi esperanza, más que más que yo creía que aquel hombre sabía algo. Por otra parte, considerando el tiempo que tendría que gastar en aquellas disciplinas, no pude su­ frir diferirlo para tan largo plazo.

6 Estando así perplejo, me decidí, por fin, a tratar también con los platónicos, pues gozaban también de mucha fama. Justamente, por aquellos días había llegado a nuestra ciudad un hombre inteligente, una eminencia entre los plató­ nicos, y con éste tenía yo largas conversaciones y adelanta­ ba y cada día hacía progresos notables. La consideración de lo incorpóreo me exaltaba sobremanera; la contemplación de las ideas daba alas a mi inteligencia; me imaginaba

haber-4 Ot t o, o . c . , p .8 n t.8 .

6 Ot t o, o.c., p .9 n t .1 0 y 1 1 ; p .1 0 n t.1 3 y 14.

Diálogo con Trifón 7

me hecho sabio en un santiamén, y mi necedad me hacía es­ perar que de un momento a otro iba yo a contemplar al mis­ mo Dios. Porque tal es el blanco de la filosofía de Platón.

7 3. Con esta disposición de ánimo, determiné un día henchirme de abundante soledad y evitar toda huella de hom­ bres, por lo que marché a cierto paraje no lejano del mar. Cerca ya de aquel sitio, en que había yo de encontrarme a mis solas, me iba siguiendo, a poca distancia, un anciano, de as­ pecto no despreciable, que daba señas de poseer blando y ve­ nerable carácter. Volvíme yo, me paré, y clavé fijamente en él mis miradas. Y él entonces:

— ¿Es que me conoces?— me dijo. Contestóle que no.

— ¿Por qué, pues— me dijo— , me miras de esa manera? — Estoy maravillado— contestóle— de que hayas venido a parar a donde yo, cuando no esperaba hallar aquí a hombre viviente.

— Ando preocupado— me repuso él— por unos familiares míos que están de viaje. Vengo, pues, yo mismo a mirar si aparecen por alguna parte. Y a ti— concluyó— ¿qué te trae por acá?

— Me gusta— le dije— pasar así el rato, pues puedo sin estorbo conversar conmigo mismo. Y es así que, para quien ama la meditación, no hay parajes tan propios como éstos.

8 - —¿Luego tú eres— me dijo— un amigo de la idea y no de la acción y de la verdad? ¿Cóm o no tratas de ser más bien hombre práctico que no sofista?

— ¿Y qué obra— le repliqué— mayor cabe realizar que la de mostrar cóm o la idea lo dirige todo, y, concebida en nos­ otros y dejándonos por ella conducir, contemplar el extravío de los otros y que nada en sus ocupaciones hay sano ni grato a Dios? Porque sin la filosofía y la recta razón no es posi­ ble que haya prudencia. De ahí que sea preciso que todos los hombres se den a la filosofía y ésta tengan por la más grande y más honrosa obra, dejando todo lo demás en segun­ do y tercer lugar; que si ello va unido a la filosofía, aún podrán pasar por cosas de moderado valor y dignas de acep­ tarse; mas si de ella se separan y no la acompañan, son pe­ sadas y viles para quienes las llevan entre manos.

7 -9 Hyd a h l, o.c., p .1 8 1 .

7 Ot t o, o.c., p .ío n t . l ; p . l l n t.2 y 3 .

(16)

San Justino

— ¿La filosofía, pues— me replicó— produce felicidad? — En absoluto— contestóle— y sola ella.

— Pues dime— prosiguió— , si no tienes inconveniente, qué es la filosofía y cuál es la felicidad que ella produce.

— La filosofía— le respondí— es la ciencia del ser y el co­ nocimiento de la verdad, y la felicidad es la recompensa de esta ciencia y de este conocimiento.

9 — Y Dios, ¿a qué llamas tú D ios?— me dijo.

— Lo que siempre se ha del mismo modo e invariablemen­ te y es causa del ser de todo lo demás, eso es propiamente Dios.

Tal fue mi respuesta, y com o mostraba gusto en escuchar­ me, prosiguió preguntándome:

— Ese nombre de ciencia, ¿no es común a diferentes co­ sas? Porque en todas las artes, el que las sabe se llama sa­ bio en ellas, por ejemplo, la estrategia, la náutica, la medi­ cina. En lo referente a Dios y al hombre no pasa lo mismo. ¿Hay alguna ciencia que nos procure conocimiento de las cosas mismas divinas y humanas e inmediatamente nos haga ver lo que en ellas hay de divinidad y de justicia?

— Claro que sí— le respondí.

-—Entonces, ¿es lo mismo saber del hombre o de Dios que saber de música, aritmética, astronomía u otra materia semejante?

-—De ninguna manera— contesté.

— Luego no me respondiste bien antes— me dijo él— . Porque hay conocimientos que nos vienen del aprendizaje o de cierto ejercicio; otros, por la visión directa. Por ejem­ plo, si alguien te dijera que hay allá en la India un animal de naturaleza distinta a todos los otros, sino que es así o asá, múltiple de forma y de color vario, no sabrías lo que es antes de verlo, y de no haberlo oído a quien lo vio, no po­ drías decir de él ni una palabra.

— Cierto que no— le contesté.

— ¿Cóm o, pues— me replicó— , pueden los filósofos sen­ tir rectamente de Dios o hablar de él con verdad, si no tie­ nen ciencia de El, com o quiera que ni le han visto ni le han oído jamás?

-— Mas la divinidad— le repliqué— , padre, no es visible a sus ojos, como los otros vivientes, sino sólo comprensible

?. su inteligencia, com o dice Platón y yo lo creo.

9 Qt t o, o . c . , p .1 4 n t .1 3 ; p .1 6 n t .1 9 y 2 0 ; Ba r n a r d, o.c., p .3 6 -3 7 .

Diálogo con Trifón 9

10 4. — ¿Luego— me dijo— es que tiene nuestra inteli­ gencia una fuerza tal y tan grande, o comprende más bien por medio de la sensación? ¿O es que la inteligencia huma­ na será jamás capaz de ver a Dios, sin estar adornada del Espíritu Santo?

— Platón, en efecto— contesté yo— , afirma que tal es el ojo de la inteligencia y que justamente nos ha sido dada para contemplar con él, por ser ojo puro y sencillo, aquello mis­ mo que es, y que es causa de todo lo inteligible, sin color, sin figura, sin tamaño, sin nada de cuanto ni ojo ve, sino que es el ser mismo, más allá de toda esencia, ni decible ni ex­ plicable; lo solo bello y bueno, que de pronto aparece en las almas de excelente naturaleza, por lo que con El tienen de parentesco y por su deseo de contemplarlo.

11 — ¿Cuál es, pues— me dijo— , nuestro parentesco con D ios? ¿Es que el alma es también divina e inmortal y una partícula de aquella soberana inteligencia, y com o aquélla ve a Dios, también ha de serle hacedero a la nuestra compren­ der la divinidad y gozar la felicidad que de ahí se deriva?

— Absolutamente— le dije.

— ¿ Y todas las almas— preguntó— de los vivientes tienen la misma capacidad o es diferente el alma de los hombres del alma de un caballo o de un asno?

— N o hay diferencia alguna— respondí— , sino que son en todos las mismas.

— Luego también— concluyó— verán a Dios los caballos y los asnos, o le habrán ya visto alguna vez.

— N o— le dije— , pues ni siquiera le ve el vulgo de los hombres, a no ser que se viva con rectitud, después de ha­ berse purificado con la justicia y todas las demás virtudes. — Luego— me dijo— no ve el hombre a Dios por su pa­ rentesco con El, ni porque tiene inteligencia, sino porque es templado y justo.

— Así es— le contesté— , y porque tiene la potencia con que entender a Dios.

— ¡Muy bien! ¿Es que las cabras y las ovejas cometen injusticia contra alguien?

— Contra nadie en absoluto— contestóle.

— Entonces— replicó— , según tu razonamiento, también estos animales verán a Dios.

10 Plat ó n, Fedón 65e-66a; Otto, o.c., p.17 nt.l; Barnard, o.c., p.36-37. 11-15 Co m an, o.c., p.317-337.

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10 San ] ustino

— N o, porque su cuerpo, dada su naturaleza, les es impe­ dimento.

— Si estos animales— me interrumpió— tomaran voz, sá­ bete que tal vez con más razón se desatarían en injurias con­ tra nuestro cuerpo. Mas, en fin, dejemos ahora esto, y con­ cedido como tú dices. Dime sólo una cosa: ¿V e el alma a Dios mientras está en el cuerpo, o separada de él?

12 — Como posible— respondí— , aun estando el alma en la forma de hombre, le es posible llegar ahí por medio de la inteligencia; sin embargo, desatada del cuerpo y venida a ser ella misma por sí misma, entonces es cuando sobre todo al­ canza aquello que amó todo el tiempo de su vida.

— ¿Y se acuerda de ello cuando vuelve otra vez al hom­ bre?

— N o me parece— respondí.

— Entonces— repuso él— , ¿qué provecho han sacado de verlo, o qué ventaja tiene el que vio sobre el que no vio, cuan­ do de ello no queda ni recuerdo?

— N o sé qué responderte— le dije.

-— Y ¿qué pena sufren— me dijo— las que son juzgadas in­ dignas de esta vista?

13 — Viven encarceladas en cuerpos de bestias, y esto constituye su castigo.

— Ahora bien— me replicó— , ¿saben ellas que por esta causa viven en tales cuerpos, en castigo de algún pecado?

— N o lo creo.

— Luego, según parece, tampoco éstas— concluyó— sacan provecho alguno de su castigo, y aun diría yo que ni castigo sufren, desde el momento que no tienen conciencia de ser castigadas.

— Así es, en efecto.

-— En conclusión— me dijo— , ni las almas ven a Dios, ni transmigran a otros cuerpos; pues sabrían que es ése su castigo y temerían en lo sucesivo cometer el más ligero pe­ cado. Ahora, que sean capaces de entender que existe Dios y que la justicia y la piedad son un bien, también yo te lo con­ cedo.

— Tienes razón— le contesté.

12 Pl a t ó n, Fedóti 66b-e; Fedro 429b.

13 P l a t ó n , F ed ón 81; T im eo 42c; O t t o , o . c . , p.22 n t.1 5 y 1 6 ; B a r n a r d , o.c., p.34.

Diálogo con Trifón 11

14 5. — Así, pues, nada saben aquellos filósofos sobre estas cuestiones, pues no son capaces de decir ni qué cosa sea el alma.

— No parece que lo sepan.

— Tampoco, por cierto, hay que decir que sea inmortal, pues si es inmortal, claro es que tiene que ser increada.

— Sin embargo— le dije yo— , por increada e inmortal la tienen algunos, los llamados platónicos.

— ¿Y tú también— me dijo él— tienes el mundo por in­ creado?

— Hay quienes lo dicen, pero no soy de su opinión. — Y haces bien. Pues ¿por qué motivo un cuerpo tan só­ lido y que ofrece tanta resistencia, compuesto y variable y que cada día perece y nace, ha de pensarse no procede de algún principio? Ahora bien, si el mundo es creado, forzoso es que también lo sean las almas y que haya un momento que no existan. Porque, efectivamente, fueron hechas por causa de los hombres y de los otros vivientes, aun en el supuesto de que tú digas que fueran creadas absolutamente separadas y no jun­ tamente con sus propios cuerpos.

— Así parece ser exactamente. — N o son, pues, inmortales.

— N o, puesto caso que el mundo nos pareció ser creado.

15 — Sin embargo, yo no afirmo que todas las almas mueran— lo que sería una verdadera suerte para los malva­ dos— . ¿Qué digo, pues? Que las de los piadosos permanecen en un lugar mejor, y las injustas y malas, en otro peor, espe­ rando el tiempo del juicio. Así, unas que han aparecido dignas de Dios, ya no mueren; otras son castigadas mientras Dios quiera que existan y sean castigadas.

— ¿Acaso vienes tú a decir lo mismo que deja entender Platón en el Timeo sobre el mundo, es decir, que en sí mismo, en cuanto fue creado, es también corruptible, pero que no se disolverá ni tendrá parte en la muerte por designio de Dios? ¿Así te parece a ti también acerca del alma y, en general, acer­ ca de todo lo demás?

-— En efecto, cuanto después de Dios es o ha de ser jamás,

14 P l a t ó n , Tim., 28b; W o l f s o n , o . c . , p.183; O t t o , o . c . , p.23 nt.4; B a r-

n a r d, o . c . , p.34.

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1 2 San Justino

todo tiene naturaleza corruptible y capaz de desaparecer y de­ jar de existir. Sólo Dios es increado e incorruptible, y por eso es Dios; pero todo lo demás fuera de Dios es creado y corrup­ tible. Por esta causa mueren y son castigadas las almas. Por­ que si fueran increadas, ni pecarían ni estarían llenas de in­ sensatez, ni serían ora cobardes, ora temerarias, ni pasarían voluntariamente a los cuerpos de cerdos, serpientes o perros, ni fuera tampoco lícito, de ser increadas, obligarlas a ello. Lo increado, en efecto, es semejante a lo increado, y no sólo se­ mejante, sino igual e idéntico, sin que sea posible que uno sobrepase a otro en poder ni en honor. De donde precisamen­ te se sigue que no puede haber dos seres increados. Porque si en ellos hubiera alguna diferencia, jamás pudiéramos dar con la causa de ella por más que la buscáramos, sino que, re­ montándonos con el pensamiento hasta lo infinito, tendríamos que parar, rendidos, en un solo increado, y decir que él es la causa de todo lo demás.

— ¿Acaso— pregunté yo— todo eso se les pasó por alto a Platón y Pitágoras, hombres sabios, que han venido a ser para nosotros com o la muralla y fortaleza de la filosofía?

16 6 . — Nada se me importa— contestóme— de Platón ni

de Pitágoras, ni en absoluto de nadie que tales opiniones haya tenido. Porque la verdad es ésta, y tú puedes comprenderla por el siguiente razonamiento. El alma, o es vida o tiene vida. Ahora bien, si es vida, tendrá que hacer vivir a otra cosa, no a sí misma, al m odo que el movimiento mueve a otra cosa, más bien que a sí mismo. Mas que el alma viva, nadie habrá que lo contradiga. Luego si vive, no vive por ser vida, sino porque participa de la vida. Ahora bien, una cosa es lo que participa y otra aquello de que participa; y si el alma participa de la vida, es porque Dios quiere que viva. Luego de la mis­ ma manera dejará de participar un día, cuando Dios quiera que no viva. Porque no es el vivir propio de ella com o lo es de Dios; com o el hombre no subsiste siempre, ni está siempre el alma unida con el cuerpo, sino que, como venido el mo­ mento de deshacerse esta armonía, el alma abandona al cuerpo, y deja el hombre de existir; de modo semejante, venido el momento de que el alma tenga que dejar de existir, se aparta de ella el espíritu vivificante, y el alma ya no existe, sino que va nuevamente allí de donde fue tomada.

16 R r n z B u e n o , o.c., p .3 1 3 n t .1 0 ; B a r n a r d , o.c., p .3 4 .

Diálogo con Trifón 13

IT 7. — Entonces—-le dije— , ¿a quién vamos a tomar por maestro o de dónde podemos sacar provecho, si ni en éstos — en Platón y Pitágoras— se halla la verdad?

—-Existieron hace mucho tiempo— me contestó el viejo— unos hombres más antiguos que todos estos tenidos por filó­ sofos, hombres bienaventurados, justos y amigos de Dios, los cuales hablaron inspirados del espíritu divino, y divinamente inspirados predijeron lo porvenir, aquello justamente que se está cumpliendo ahora; son los que se llaman profetas. Estos son los solos que vieron y anunciaron la verdad a los hombres, sin temer ni adular a nadie, sin dejarse vencer de la vanaglo­ ria, sino llenos del Espíritu Santo, sólo dijeron lo que vieron y oyeron. Sus escritos se conservan todavía y quien los lea y les preste fe, puede sacar el más grande provecho en las cuestio­ nes de los principios y fin de las cosas y, en general, sobre aquello que un filósofo debe saber. Porque no compusieron jamás sus discursos con demostración, com o quiera que ellos sean testigos fidedignos de la verdad por encima de toda de­ mostración; y por lo demás, los sucesos pasados y los actua­ les nos obligan a adherirnos a sus palabras. También por los milagros que hacían, es justo creerles, pues por ellos glorifi­ caban a Dios Hacedor y Padre del Universo, y anunciaban a Cristo, H ijo suyo, que de El procede. En cambio, los fal­ sos profetas, a quienes llena el espíritu embustero e impuro, no hicieron ni hacen eso, sino que se atreven a realizar cier­ tos prodigios para espantar a los hombres y glorificar a los espíritus del error y a los demonios. Por tu parte y antes que todo, ruega que se te abran las puertas de la luz, pues estas cosas no son fáciles de ver y comprender por todos, sino a quien Dios y su Cristo concede comprenderlas.

18 8 . Esto dicho y muchas otras cosas que no hay por qué referir ahora, marchóse el viejo, después de exhortarme a seguir sus consejos, y yo no le volví a ver más. Mas inme­ diatamente sentí que se encendía un fuego en mi alma y se apoderaba de mí el amor a los profetas y a aquellos hombres que son amigos de Cristo, y reflexionando conmigo mismo sobre los razonamientos del anciano, hallé que ésta sola es la filosofía segura y provechosa. De este modo, pues, y por estos motivos soy yo filósofo, y quisiera que todos los

hom-17 Ot t o, o.c., p.29 nt.2; p.30 nt.3 y 6 .

18 Ü bektc-eg-G eyer, Grundrisss der Gcschichtc der Philosophie, II, elfte

(19)

14 San Justino

bres, poniendo el mismo fervor que yo, siguieran las doctrinas del Salvador. Pues hay en ellas un no sé qué de temible y son capaces de conmover a los que se apartan del recto camino, a par que, para quienes las meditan, se convierten en dulcísimo descanso.

Ahora bien, si tú también te preocupas algo de ti mismo y aspiras a tu salvación y tienes confianza en Dios, como a hom­ bre que no es ajeno a estas cosas, posible te es alcanzar la fe­ licidad, reconociendo al Cristo de Dios e iniciándote en sus misterios.

A T E N A G O R A S

ObrVs: Ilpia^sía xepi -¡(pioTtavcúv (Súplica en favor de los cris­

tianos) \

177?

);

litpi

á va a ta a ea x; vexpíov ( Sobre la resurrección de los muertos)\

Ed i c i ó n c i t a d a: D . R u iz Bu e n o, Padres apologistas griegos (s.II).

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1972) p.3-16.

SOBRE LA RESURRECCION DE LOS MUERTOS

19 11. . . . Ahora, pues, si por los principios que son na­

turalmente primeros y por lo que a ellos se sigue, quedan de­ mostradas cada una de las cuestiones propuestas, es evidente que la resurrección de los cuerpos disueltos es obra posible, que­ rida y digna del Creador; pues por ahí también se ha demos­ trado la mentira que a esta verdad se opone y lo absurdo de la incredulidad de algunos. Pues, ¿qué necesidad hay de recal­ car la correspondencia de una cosa con otra y su mutua cone­ xión? Si es que debe hablarse de conexión, como si hubiera entre ellas diferencia alguna que las separara, y no fuera mejor decir que lo posible es también querido, y que lo que Dios quiere es absolutamente posible y conforme a la dignidad de quien lo quiere.

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16 Atenágoras

20 Ya anteriormente dijimos suficientemente que hay un razonamiento sobre la verdad y otro por la verdad y qup dife­ rencia va del uno al otro y cuándo y para quiénes son útiles. Pero quizá no haya inconveniente, atendida la común ptilidad y la conexión de lo dicho con lo que resta por decir, qúe nue­ vamente tomemos de ahí nuestro punto de partida. Ah^ra bien, a uno le conviene por naturaleza ser primero, al otro escoltar al primero y abrirle el camino y apartar cuanto se le opone y dificulta su marcha. Y es así que el razonamiento sobre la ver­ dad, necesario que es a todos los hombres para su¡ seguridad y salvación, tiene la primacía por su naturaleza, pof su orden y por su utilidad. Por su naturaleza, pues nos procura el co­ nocimiento de las cosas; por su orden, pues existe en aquello y a par de aquello de que es indicador; por su utilidad, en fin, pues es, para los que conocen, guía de su seguridad y de su salvación. El razonamiento por la verdad, en cambio, es infe­ rior, tanto por su naturaleza como por su virtud; porque me­ nos es refutar la mentira que afirmar la verdad. Secundario también por su orden, pues tiene fuerza sólo contra las falsas opiniones, y una falsa opinión nace de una sobresiembra y de corrupción. Mas, aun siendo esto así, se antepone algunas ve­ ces y resulta más útil, por ser él el que quita y de antemano limpia la incredulidad que a algunos aqueja y la duda o falsa opinión de los que por primera vez se acercan. Uno y otro tienden a un mismo fin, pues tanto el que refuta la mentira com o el que afirma la verdad se refieren a la piedad; mas no por eso y de una vez son una misma cosa, sino que el uno, com o dije, es necesario a todos los que creen y a cuantos se preocupan de la verdad y de la salvación; el otro, hay veces que para algunos resulta más útil.

21 15. Mas aun cuando la causa que vemos en la crea­ ción de los hombres basta por sí sola para demostrar que la re­ surrección ha de seguir por natural consecuencia a los cuerpos disueltos, justo es, sin embargo, no desdeñar ninguno de los argumentos anteriormente propuestos y, consecuentes con lo que hemos dicho, señalar, a los que no pueden verlo por sí mismos, qué consecuencias se siguen de cada uno; y, ante todo, la naturaleza de los hombres, que nos lleva a la misma conclu­ sión y tiene la misma fuerza para establecer la fe en la resu­ rrección. Ahora, pues, com o universalmente toda naturaleza humana consta de alma inmortal y de cuerpo que se le adaptó

2 0 O t t o , o . c . , p .2 2 8 n t .1 2 ; 2 2 9 n t.2 1 . 21 Ot t o, o.c., p .2 4 6 n t.2 y 5 .

Sobre la resurrección de los muertos 17

a esta alma en el momento de la creación; com o no fue al alma por sí sola, ni separadamente al cuerpo, a quienes destinó Dios tal creación y tal vida y toda la existencia entera, sino a los hombres, compuestos de alma y cuerpo, a fin de que por los n^ismos elementos de que se engendran y viven, lleguen, acabada su vida, a uno solo y común término; necesario es de todo pqnto que, pues de cuerpo y alma se forma un solo ani­ mal que padece cuanto alma y cuerpo padecen, y obra y acaba tanto ló referente a la vida sensible com o al juicio racional, todo este conjunto se refiera a un solo fin, y de este modo todo y por todo concurra a una sola armonía y a la misma unión de\sentimientos en el hombre: su nacimiento, su natu­ raleza, su misma vida, sus acciones, sus pasiones, su existencia y el término a su naturaleza conveniente.

22 Mas si ha de haber una sola armonía de todo el ani­ mal y una unión de sentimientos entre lo que procede del alma y lo que es acabado por el cuerpo, es preciso que haya tam­ bién un solo fin para todos estos elementos. Y habrá un solo fin si el animal, de cuyo fin se trata, es de verdad el mismo según su constitución; y será limpiamente el mismo si se dan los mismos elementos de que, como partes, se componía; y los elementos serán los mismos según su propia trabazón, si los que se disolvieron se unen nuevamente para la constitución del animal. Y la constitución de los mismos hombres demues­ tra que de necesidad ha de seguirse la resurrección de los cuer- por muertos y disueltos; pues de no darse ésta, ni fuera p o­ sible que las mismas partes se unieran naturalmente unas con otras, ni la naturaleza se compondría de los mismos hombres.

23 Además, si se ha dado a los hombres inteligencia y razón para discernimiento de lo inteligible, y no sólo de las sustancias, sino también de la bondad, sabiduría y justicia del Dador, necesariamente, permaneciendo aquello por que le fue dado el juicio racional, debe también permanecer el juicio que para discernimiento suyo fue dado; y éste no es posible per­ manezca si no permanece la naturaleza que lo recibe y en que él está. Ahora bien, quien recibe la inteligencia y la razón es el hombre, no el alma por sí sola. Luego el hombre, que consta de alma y cuerpo, tiene que permanecer para siempre. Mas es imposible que permanezca si no resucita; pues si no se da la resurrección, no puede permanecer la naturaleza de los hom­ bres com o hombres, y si la naturaleza de los hombres no per­

Referencias

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