La dictadura de O'Higgins

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(1)LA DICTADLJRFI DE. O’H1 G G I NS PO R. Miguel Luis Amunhtegui I N D I V I D U O CORRESPONDIENTE D E L A REAL ACADEMIA ESPAROLA I D E LA REAL ACADEMIA D E L A HISTORIA. Memoria presentada a la Universidad de Ohile en la sesibn eolemne oelebrada el 11 de Dioiembre de 1863. SANTIAGO BE CHILE. I mprenta, Litografla i Encuadernacidn Barcelona.

(2) ADVERTrENCIA. El argument0 principal de este libro es la historia de las tentativas que hizo sin fruto el capitiin jeneral don Bernardo O’Higgins I3ara establecer en Chile la dictadura. La conclusi6n q ue se deduce de 10s hechos referidos en esta obra es 1a imposibilidad de plantar en Amkrica de un modo durable esa forma de gobierno. Para que mi n a r r a c i h sf?a Clara, he principiado por dar a conocer 10s antecedtmtes de 10s partidos i personajes politicos que figur-an en el period0 hist6rico comprendido entre el 12 dr5 febrero de 1817 i el 28 de enero de 1823. El resto de este trabajo contiene dos categorias de sucesos que, aunque mezcl.ados entre si, son diferenI.

(3) 6. \. LA DICTADURA DE O’IIIGGINS. --. ^ I. tes i aGn opuestos. La una abraza las hazafias, 10s eminentes servicios de don Bernard0 O’IIiggins, 10s mkritos que le valieron su gran prestijio sobre 10s contemporAneos, i que le han hecho acreedor a la gratitud de la posteridad; la otra; las faltas que le hizo cometer su desmedida ambici6n de mando, las conspiraciones a las cuales di6 orijen su falsa politica, las venganzas que ensangrentaron su gobierno, 10s grandes abusos que justificaron su caida. He contado con mas detenci6n 10s sucesos politicos, que,los sucesos militares; porque asi conviene a1 objeto de mi trabajo, i porque 10s segundos han sido perfectamente narrados por don Salvador Sanfuentes en una memoria que lleva por titulo Chile desde la batalla de Chacabuco kasta la de Maipo; por don Antonio Garcia Reyes en otra que se denomina La Primera Escuadva Nacional; i por don Diego Barros Arana en una tercera que tiene por nombre ViceNte Benavides i las Campaiias del Sur. Para la redacci6n del mio, me he aprovechado de los interesantes datos contenidos en esos tres escritos. He consultado ademas para la composici6n de este libro todos 10s impresos de que he tenido noticia, todos 10s documentos depositados en 10s archivos pGblicos o conservados por las familias de 10s interesados, i el testimonio de varios contemporkneos que intervinieron en aquellos acontecimientos. He tomado de esas fuentes Io que me ha parecido verdadero, i lo he escrito sin odio i s i n temov. Antes de concluir, tengo una deuda de gratitud que satisfacer. Para la redacci6n de este libro, he recibido Gtiles consejos de mi ilustrado colega don Francisco Vargas Fontecilla, i es para mi una satisfacci6n ma-.

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(5) p e las monarquias se establezcan de un modo durable 3tados que se constituyan.-Causa que impidi6 en Am& m de monarquias hereditarias o co1ectivas.-Sistema moido por San Martin.-Presidencias vitalicias imajinadas legativa de Washington para ser proclamado rei constitutos efectos de 10s gobiernos de larga duraci6n para AmC1 presente 1ibro.-Esfuerzos impotentes de O’Higgins Chile la dictadura.. ca es el gobierno que mejor corresponde 1 siglo XIX. De ahi resulta que es el mas is razonable, el mas duradero, el finico s nuevas naciones que se constituyan. o estadc que aparezca, todo pueblo que ha de ser necesariamente republicano. irquias, se les ha pasado su tiempo. de gobierno est&basada sobre un absurp a a la r a z h , que degrada a la dignidad.

(6) 10. \. LA DICTADURA DE O'HIGGINS. humana. Su principio de existencia es un error conocido, una preocupaci6n insostenible. Desde que no se admite el derecho divino de 10s reyes, las monarquias est5n minadas en sus cimientos. Para ser acatados como antes, necesitarian 10s monarcas que tambikn como'antes el aceite sagrado se derramase sobre sus cabezas. En el dia, la igualdad de 10s hombres es un dogma igualmente respetado. Son pocos, mui pocos, 10s que creen a6n que Dios ha dotado a ciertas familias con el privilejio de rejir a las naciones. Ese error garrafal constituia todos 10s titulos de 10s reyes a las soberanias de 10s pueblos; era ese el diploma ap6crifo con que justificaban su dominaci6n. La falsedad de semejantes despachos est5 demostrada; es evidente. iQu6 fundamentos podr5n en adelante alegar para sostener sus pretensiones? 2 Por qui: motivo 10s demAs hombres, sus iguales en todo, en naturaleza i en derechos, habrin de acatar su poder, habrAn de conformarse con ser sus stibditos? Solo la creencia en el derecho divino convierte el trono en el pedestal de un idolo; sin eso, no es mas que un armaz6n de cuatro tablas cubiertas de terciopel0 color pGrpura, donde se sienta un hombre. En 10s pueblos que no miran ya a sus reyes corn0 a 10s unjidos del Sefior, la monarquia puede subsistir durante algunos aiios apoyada por el imperio del hhbito i el egoism0 de 10s intereses existentes, haciendo concesiones, adoptando ciertas formas e instituciones republicanas; per0 no conservar5 sino una sombra de su antigua autoridad, i su existencia no ser5 larga. A la creencia en la supremacia de ciertas razas, de ciertas familias, de ciertos individuos, ha sucedido la ~.

(7) --. -. INTRODUCCI~N. 11 -. creencia en la igualdad de todas las razas, de todas las familias, de todos 10s individuos. Las ideas son las que determinan 10s hechos. Es indispensable, pues, que a 10s gobiernos fundados en el privilejio, que correspondian a la primera de esas creencias, se sustituyan 10s gobiernos fundados en la igualdad de derechos quc corresponde a la segunda; es inevitablemente precis0 que a las monarquias hereditarias o presidencias vitalicias, sucedan las reptiblicas basadas en la soberania popular, i en las cuales 10s cargos pbblicos son electivos i alternativos. Todos 10s esfuerzos que se hagan para impedir ese resultado, seriin impotentes; todos ellos serviriin solo para derramar sangre, para producir trastornos, para causar la desgracia momenthea de las naciones. No hai hombre bastante sabio, no hai pueblo bastante poderoso para contener el torrente de las ideas de una 6poca. La revoluci6n de la independencia americana es . una prueba irreiutable de mis asertos. Si en el siglo XIX las monarquias hereditarias o electivas hubieran sido posibles, esa revolucibn ]as habria enjendrado. No habia paises peor preparados para la rephblica, que las colonias espafiolas. Por las venas de sus moradores, corria la sangre del pueblo mas moniirquico de Europa, de un pueblo que profesaba idolatria a sus reyes, de un pueblo que tal vez ha hecho mas sacrificios para defender el absolutismo de sus soberanos, que otros para conquistar la libertad. La educaci6n del coloniaje habia robustecido, en lugar de combatirlas, esas tendencias de raza. El gobierno mas desp6tico i arbitrario habia creado en el nuevo mundo costumbres e ideas favorables a la forma m o n h -. ..

(8) .. 12. LA DICTbDUR.4 DE O’HIGGINS. quica. Asi, 10s americanos por su orijen, por el atraso de su civilizacih, por sus hkbitos, parecian predestinados a darse un nuevo amo en el momento de renegar de Espafia como de dura i desapiadada madrastra. Sin embargo, la revoluci6n de 1810,en vez de dos o tres monarquias, como algunos lo aguardaban, crea en Amkrica diez u once rep~blicas. -, 2Por quk? Durante aquella 6poca memorable, no faltan 10s amigos de esa forma de gobierno. Ese sistema cuenta con hombres de ciencia i con hombres de espada, con hombres que ponen a su servicio todo el prestijio del saber, todas las intrigas de la diplomacia, con hombres que poseen la fuerza, que mandan ejkrcitos. La mayoria de 10s criollos est5 educada para la . tirania, est& habituada a1 servilismo. iCQmo entonces no triunfa ese sistema? La raz6n es mui sencilla. Pues, por mas que 10s buscan, no encuentran eu ninguna parte ni monarca que sentar sobre el trono, ni nobles que compongan su corte. Todos 10s americanos se consideran iguales entre si, se consideran iguales a 10s europeos, iguales a todos 10s hombres. Nadie Cree en las castas; nadie admite la predestinaci6n de ciertas familias i de ciertos individuos para el mando. Cuando en una sociedad hai tales convicciones, no puede colocarse a una sola persona en el solio; es precis0 que todos 10s ciudadanos se cobijen a su sombra. El pueblo es el iinico soberano posible. H6 ahi el motivo que impidi6, que impedirk siem-. pre en Ambrica, el establecimiento de monarquias o de instituciones que se le parezcan..

(9) INTRODUCCI~N. 1. 13. Estimhdose todos iguales, hai muchos qixe se creen con el derecho de aspirar a1 honor de rejir su naci6n. Con semejante convencimiento, la reyecia i cualquiera otro gobierno vitalicio son una quimera, un ab' surdo. Para que no quedara la menor duda sobre esta verdad, quiso Dios que, desde el principio de nuestra revoluci6n, se intentara sin fruto i sin consecuencias laudables el ensayo de las dos combinaciones conocidas de esa forma de gobierno, i que tuvieran por padrinos a 10s dos hombres mas grandes de la indepen-. dencia, a 10s dos h6roes mas ilustres de la Am6rica rnoderna. Bolivar i San Martin no eran republicanos. El primer0 trabaj6 por constituir en las colonias emancipadas presidencias vitalicias, creadas en favor de 10s jefes militares que mas habian sobresalido en la guerra contra la metr6poli, es decir, en provecho suyo. El segundo dese6 fundar monarquias constitucionales con principes traidos de las dinastias europeas. E1 uno se lisonje6 de improvisar reires por la gracia de la victoria, i busc6 sus titulos en 10s grandes servicios prestados a la patria, el otro procur6 continuar en el nuevo mundo i en el siglo XIX 10s reyes por la gracia de Dios, i busc6 un apoyo a sus tronos en el principio gastado de la Zejitimidad. Los dos quedaron burlados en sus planes, i 10s dos llevaron a la turnba, como justo castigo de su error, el pesar de un triste desengafio. El sistema de San Martin, menos ambicioso, per0 mas quimerico que el de su hmulo, no fu6 sin0 el pensamiento, el suefio de ciertos politicos, que, como sucede a veces, por ser demasiado previsores, demasia-. I.

(10) 14. LA DICTADURA DE O'HIGGINS i -. -. do sabios, no supieron apreciar convenientemente la marcha de la revoluci6n i el estado de las ideas. Notaron las dificultades que se ofrecian para que Ami.rica fuera republicana, i no vieron que las habia mayores para que f uese monhrquica. Ese falso juicio 10s precipit6 en una crasa equivocacibn. La esperiencia no tardb en dar a sus ilusiones un completo desmentido. Asi que la historia de esos provectos monhrquicos est& reducida a unas cuantas negociaciones est& riles. Todo el poder de 10s soberanos europeos que 10s fomentaban, todo el jenio de Chateaubriand que 10s patrocinaba, no alcanzaron a hacerlos triunfar. El gobierno de Buenos Aires ofrecib la corona primer0 a1 infante don Francisco de Paula, hijo de Carlos IV, i en seguida a un principe de Luca. Despuks de varias notas cambiadas i de algunas estipulaciones, uno i otro rehusaron el regalo. Entre tantos vhtagos de sangre real sin patrimonio, no se present6 uno solo que quisiera admitir el obsequio de un reino! Es que la donaci6n no era gratuita; es que tenian que conquistar ese reino a la cabeza de un ejkrcito; es que para empuiiar el cetro que se les prometia, necesitaban sostener una guerra larga, sangrienta, de resultados mas que dudosos para el principe aventurero que lo pretendiese. <De d6nde sacaba ese ejkrcito? <de d6nde desenterraba 10s millones que habia menester para la empresa? 2 d6nde encontraba 10s hombres que habian de formar su cortejo? Ese monarca que, a despecho de las cosas, se trataba de improvisar, o era un Borbbn, o se escojia entre las familias reales del viejo mundo. En el primer caso,.

(11) ~NTRODWCCI~N. -. 15. 2c6mo habian jainAs 10s criollos de doblar la rodilla ante uno de 10s rniembros de esa dinastia que detestaban contra la cual habian combatido a costa de tantos sacrificio:5, que habian vencido en 10s campos de batalla? En el segundo caso, dc6mo habian de obedecer a un preincipe estranj ero, cuyo idioma no entenderian, que profesaria tal Vez una reliji6n distinta, que no tenIdria con ellos ninguna de las relacio- a I.os hombres? nes que ligan Se atribuye a Bolivar una frase espiritual que envuelve la critica mas cornpleta de semejante sistema. 4Un rei europeo en Amkrica, decia el fundador de Colombia, serA el rei de las ranas)). Efectivamente, un ,.--,.. I1U, w ----1, mOIiaIca cuiiic~ i i w u iia San Martin, no habria POdido gobernar, porque Iio habria hallado sfibditos que le respetasen. La dlIraci6n de su reinado se habria contado por meses, j. no por aiios. Per0 si este plan era irrealizable, el de Bolivar lo era poco menos. iQui6n seria el presidente vit entre tantos jefes de un m6rito poco mas o r igual, ambiciosos, anima dos de un noble orgull sus servicios, que no estaban dispuestos ni por g a reconocer superiores? Si alguien lo hubiera ITierecido, habria sido Bo el primer guerrero amer icano, el libertador de rep-itblicas. Bolivar lo int;ent6; per0 su pronta caida suministr6 una idea irreccusable de la vanidad de sus proyectos. Ese grande h ombre, cuyas sienes rodeaba una tan brillante aureol a de gloria, fu6 a morir oscura i miserablemente en Lin destierro, olvidado de sus antiguos compaiieros de armas, maldecido quiz& por 10s pueblos mismos que habia emancipado: i61 que habia sofiado para si la dominaci6n de toda la Am& I. h.

(12) 16. LA DICTADURA DE O’HIGGINS. rica del Sur! I todavia en sus Gltimos momentos, pudo mui bien dar gracias a1 cielo de que no se hubiera cambiado en un cadalso el trono que habia ambicionado . 2 Qui6n conseguirii lo que Bolivar no consiguib? Frescos estiin 10s ejemplos de las espantosas caidas que han dado cuantos despu6s han tenido la pretensi6n de imitarle. La triste suerte que han corrido todos esos ambiciosos imprevisores i visionarios, debe ser un escarmiento para 10s que participen de sus ideas. La desgracia que 10s ha seguido en sus empresas como el remordimiento a1 culpable, debe infundirles el convencimierito de que en Am6rica las dictaduras, las presidencias yitalicias son imposibles. Los semidioses no son de este tiempo. Desde que el m6rito personal, i no la casualidad del nacimiento, es el Gnico titulo lejitimo para obtener 10s honores i las dignidades, hai muchos que se creen con derecho de alcanzarlos, i esos no t o l e r a r h nunca que otro, quienquiera que sea, se 10s arrebate para siempre. En esta kpoca, el monopolio del poder no puede ser duradero. La creencia en-la igualdad de todos 10s hombres trae consigo la participaci6n de todos, segbn sus capacidades i virtudes, en el gobierno de las sociedades. Ni la monarquia hereditaria, ni la monarquia electiva o presidencia vitalicia, cumplen esa condicih. Esas dos formas de gobierno tienen por base el privilejio, la esclusibn. Eso es lo que las condena, lo que hace de ellas un anacronismo en el siglo XIX, lo que las convierte, para Amkrica sobre todo, en algo impracticable. He dicho mas arriba que Bolivar habia resumido.

(13) INTRODUC: C I ~ N. 17. cn una corta frase la criticat del sistema propuesto por San Martin. Este GltimcI le pag6 la deuda, i le censur6 el suyo en otra frase mas pintoresca, i no menos profunda. <(Nopodreino s nunca, decia San Martin hablando de las clictaduras sofiadas por Bolivar, obedecer como soberano a un individuo con quien habeinos fumado nuestro cig;arro en el campamentop. Estc pensamiento, trivialen 5ju espresih, comprensivo en su significado, envizelve 11ma verdad incontestable. I d a esperiencia ha probado c(m hechos toda la exactitud i todo el alcance de esa sagaz observaci6n. Bolivar i San Martin, el uno con su proyecto de presidencias vjtalicias, el otr-o con su plan de monarquias exbticas, se equivocak)an grandemente. AmBrica no podia, no puede ser sino republicana. El gran Washington, ma.s Mbil, mas moral que San Martin i Bolivar, lo coinprendi6 as!, iluminado por s u admirable buen senti do, i guiado por la austeridad de su conciencia. Si a1lguien en un pueblo moderno hubiera contaclo con probabilidades de ser rei, Iiahria sido ese santo de la democracia, ese guerrern csforzado, ese var6n respet: ible que habia conducido s u s compatriotas a la gloria i a la libertad. Si alguien huliiera podido alegar titulos para mandar perpetuainciite, habria sido por ciert.n ese hombre sobre cuya tumba se pronunciaron con10 oraci6n fiinebre estas palabras, que seguramente rnerecia: @Hasido el prinicro en la guerra, el primero en la paz, el primer0 c n c.1 amor de sus conciudad anos)).Sin embargo, \Vasliington, que disponia de talntos recursos para sostcn c r v , recibici con horror, i (desech6 con indignaci6n I n propuesta que le hizo su ejkrcito de proclamarle rci. Habria mirado la rtdmisicin de ella, no solo como \ \ I T Y ~TECCI.-VOL.. XIV.--P.

(14) 18. LA DICTADUKA DE O’HIGGINS. un crimkn de lesa-patria, sino tambi6n como una torpeza politica. La verdad es que Washington mismo no se habria sostenido sobre un trono. Para que se perciba en toda su grandeza el contraste que forma la conducta del hitroe del norte con la que han observado sobre el mismo particular algunos jefes militares del sur, conviene i ~ c o r d a rlas circunstancias favorables para su ambici6n en que aquitl se encontraba, i las nobles palabras con las cuales rechaz6 como un grave insult0 el ofrecimiento de una corona. Corria el afio de 1782. Washington se hallaba en el apojeo de su poder i de su popularidad. Estaba a1 frente de un ejercito que le amaba con entusiasmo. Todos, sin escepcibn, reconocian la magnitud de sus servicios i de sus talentos; nadie se atrevia a poner en duda que era el hombre necesario de la revoluci6n. Una porci6n considerable del pueblo se hallaba disgustada con el congreso i la forma republicana, B la cual atribuia las lentitudes i embarazos de la guerra. Las tropas estaban mal pagadas, i murmuraban. Est0 fu6 causa de que comenzara a cundir entre 10s oficiales i soldados una opini6n moniirquica mui marcada. Muchos de 10s primeros se reunieron en concilijbulos; i despubs de haber creido descubrir en la organizaci6n del estado el orijen de todos 10s males, convinieron en proponer a Washington que se dejara coronar. Uno de 10s coroneles mas respetables por su edad i su cariicter, fu6 designado para comunicar a1 jeneral en jefe, 10s sentimientos del ej6rcito. Como la severidad de aquel ilustre republican0 era conocida, el comisionado no tuvo osadia suficiente.

(15) INTRODUCCI~N. 19. para manifestarle el pensamiento en toda su desnudez, i se vali6 de rodeos i circunloquios a fin de espresarle 10s deseos de sus compafieros de armas. Principi6 por hacer un resumen de todos 10s males i dificultades que habia orijinado la forma de gobierno adoptada, i concluy6 ofreci6ndole el titulo de rei constitucional, como el remedio que sacaria a1 pais de su critica situaci6n. Si Washington hubiera sido un ambicioso vulgar, si el cielo no le hubiera dotado de un talento tan perspicaz a la par que positivo, habria caido en la tentacibn, i habria sido monarca, . . . .se entiende por unos cuantos afios. Per0 era el primer0 en saber que su coronacih seria, no solo un abuso de confianza, sino tambikn una usurpacih efimera i temporal. La voz de su conciencia estaba de acuerdo con la de su raz6n. Conocia mas que nadie que Amitrica por sus circunstancias habria de ser necesariamente republicans. La vanidad del engrandecimiento personal no le impidi6 ver claro en la situaci6n. Con un coraz6n desinteresado i un juicio certero, consider6 preferible la gratitud de sus conciudadanos a una dominacicin transitoria, que tarde o temprano habia de envolver a su patria en trastornos i disensiones civiles. La respuesta severa que di6 a una invitacih que tanto habria lisonjeado a otros caudillos menos integros que 61, le honra mas que sus triunfos, i es uno de sus titulos a la admiraci6n de la posteridad. Hela aqui: qSefior: He leido atentamente, con una mezcla de estrema sorpresa i de doloroso asoinbro, 10s pensamientos que me hab6is dirijido. Estad cierto, sefior, de que en todo el curso de la guerra, ningixn siicesu.

(16) 20 -. LA DICTADURA DE O’HIGGINS. me ha causado sensaciones tan penosas, como la noticia que me comunicAis de que existen en el ejercito las ideas que me decis, i que yo debo mirar con horror i condenar con severidad. Por ahora, esa cornunicaci6n quedar5 depositada en mi seno, a menos que, viendo ajitarse de nuevo semejante materia, encuentre necesario publicar lo que vos me habkis escrito. ~ B u s c ovanamente en mi conducta lo que ha podido alentar una proposici6n que me parece contener las mayores desgracias que puedan caer sobre mi pais. Si no me engafio en el conocimiento que tengo de mi mismo, no habriais podido encontrar ningcn otro a quien vuestros proyectos fuesen mas desagradables, que a mi. Debo agregar a1 mismo tiempo, para ser justo con mis propios senlimientos, que naclie desea mas sinceramente que yo, hacer a1 ejitrcito una amplia justicia; i si fuere preciso, emplear6 con el mayor celo cuanto poder e influencia tenga, conformhdome a la constituci6n, para alcanzar ese obj eto. Permitidme, pues, conjuraros, si teneis algGn amor a vuestro pais, alguna consideracih a vos mismo o a la posteridad, o algGn respeto a mi, que desechkis de vuestro espiritu esos pensamientos, i que no comuniqukis nunca como nacidos de vos o de alguna otra persona, sentimientos de tal natura1eza.-Soi, sefior, etc.-Firmado,-Jorje Washington.)) Esta carta tan sencilla, i tan llena de nobles ideas, revela a1 hombre honrado, i descubre la sinceridad del individuo, que no pretende tomar una apostura para la historia, sino que habla con su conciencia. Pero ese documento tan sin pretensiones, de estilo tan modesto, consigna la grande idea que ha proporcionado a Estados IJnidos una prosperidad fabulosa, proclama.

(17) I N T R C~ D U C C I ~ N --. 21. las ventajas de la organi;aaci6n democrAtica sobre todas las otras, i espresa el temor de 1as gra.tzdes desgyacins que se contienen f:n una constituci6n monkrquica. Esas palabras escritas f:n ocasi6n tan solemne, i con una persuasi6n tan relijic)sa, por el fundador de la reptiblica mAs grande de 10s tiempos modernos, de la repfiblica que trata de Ilotencia a potencia con 10s irnperios del viejo mundo merecen ser meditadas mui maduramente. Con ella:;, Washington ha dado a 10s que pueden encontrarse E:n su caso, un ejemplo de moralidad i una lecci6n de :sabia politica. En efecto, 10s que han promovido el establecimiento en Amkrica de la monarquia hereditaria o electiva, no han obrado Gnica mente por motivos egoistas. Me complazco en hacf :r esa justicia a 10s que la merezcan; qui ero suponc'r un estimulo jeneroso aun a 10s que no lo han teniclo. Los individuos a que me refiero han querido alcanzar con su sistema UIi a de las condiciones indispensables de todo estadc3 bien organizado, la consolidaci6n del ovden. Juzg aban las colonias espafiolas demasiado atrasadas i CT*eian que en ellas la repfiblica seria solo una anarquia. Poco conocido el fin q ue se proponian, falta saber si eran conducentes 10s nnedios que habian imajinado para obtenerlo. Esta es la cuestibn, pues el ovden lo quieren todos 10s hombre s honrados, cualesquiera que Sean sus convicciones PO liticas. A mi juicio, la forma rrionhquica en Amkrica, lejos de afianzar la tranquilid;ad, trae consigo el desorden mas cmpleto, la anarqu ia mas espantosa. Lo que avanzo no es una paradoja, es un hecho. 1,.

(18) 22. LA CICTADURA DE O’HIGGINS. Donde quiera que se ha ensayado una de esas presidencias vitalicias o una de esas dictaduras de larga duracihn, se ha ido a parar a una revoluci6n sangrienta i desastrosa, que ha enjendrado una serie casi interminable de calamidades ptiblicas i privadas. Eso no puede ser de otro modo. No hai ningGn individuo entre nosotros, por grande que le supongamos, que no tenga sus 6mulos en mi.rito i en servicios. dC6mo puede entonces esperarse que i.stos se conformen nunca con ser cuancio mas 10s opacos sat6lites de uno de sus pares? Eso seria desconocer absolutamente el coraz6n humano. dPor quit motivo respetarian por toda la duraci6n de una vida, o por un periodo mui largo, la dominaci6n de uno de sus semejantes? No diviso ciertamente qui. podria contenerlos. No veo c6mo muchos de ellos, sintiitndose con capacidad para gobernar, sufririan pacientes su eterna subordinaci6n i aGn su completa segregaci6n de 10s negocios. Establecido el gobierno de la manera que censuro, todo el que cayera en desgracia del jefe supremo, quedaria a un lado para siempre, no levantaria nunca la cabeza, por grandes que fueran sus talentos, por esclarecidas que fueran sus virtudes. 2Puede creerse que habriamuchos que se resignasen a ser ilotas politicos en su patria? Sobre el horizonte de 10s gobiernos de esa especie. se divisan siempre nubes borrascosas, i esas nubes son de p6lvora. Con esas organizaciones, el trastorno, la guerra civil, pueden aplazarse mas o menos, pero indefectiblemente vienen tarde o temprano. Las dictaduras no son -el afianzamiento de la tranquilidad, de la paz, del orden: son la constituci6n del complot, del motin, de la conspiraci6n. Cuando se cierran las.

(19) INTRODUCCI6N. 23. vias lej itimas a las aspiraciones humanas, es indudable q ue hstas recurrirh a las, maquinaciones subterriine;as. Las Ciisensiones intestinas que producen esas presidencias con pretensiones de vitalicias, son mas terribles que las que nacen bajo 10s gobiernos democrAticos. En aquhllas, la lucha es sobre personas; en estos es sobrf:ideas. Poderxos reprobar las convicciones diferentec; de las nuestras, i respetar a 10s individuos que las profesan; per0 cuando la cuesti6n se hace persona 1, 10s odios son a muerte; entonces se persigue a1 amigo i a1 pariente del contrario, sin otra raz6n que el ser su amigo i su pariente; entonces no se perdona ni a las mujeres ni a 10s niiios. La m onarquia i la dictadura han sido, i s e r h siempre en Amhrica, la conjuracib, la persecuci6n implacable, 1;a insurreccih, la proscripci6n, la guerra civil, la guerr-a sin cuartel. Siempre, en lugar de consolidar el order:1, lo alteran: en vez de traer la paz, producir&n la anarquia. No sc)n ellas el antidoto contra 10s trastornos. Para evitar Is1s revoluciones, es preciso hacerlas imposibles, i para 1iacerlas imposibles, es preciso hacer que no aprovechen3a ninguna persona honrada. No cf mkis la puerta a ninguna aspiraci6n lejitima; dejad e$speditas las vias de alcanzar el poder a todo el que h aya obtenido la confianza del mayor niimero; haced p or este medio innecesarias las revueltas, i las revuelt iis no v e n d r h La re:pGblica es la Cnica forma de gobierno que puede 1lenar esas condiciones; es la tinica que no sumerje eln la desesperaci6n a 10s vencidos en las luchas politics:5. Siendo 10s gobernantes alternativos i peri6-. ..

(20) 24. LA DICTADURA DE O'HIGGINS. dicos, todos 10s ciudadanos, afin 10s que han sufrido una repulsa, pueden abrigar una espectativa fundada de triunfar en otra ocasi6n; solo nccesitan para eso una constituci6n que asegure las garantias i 10s derechos de todos. Hi: ahi por qui! la repiiblica bien organizada es cl orden, es la paz, es el lClnico gobierno que corresponde perfectamente a ese sentimiento de igualdad que se ha desarrollado en 10s pueblos modernos. No puede decirse otro tanto ni de la monarquia, ni de la dictadura, las cuales entregan el mando a un circulo detern,inado de individuos, i condenan a todos 10s d e m k a la nulidad. Defect0 org,inico es el jermen de ruina que llevan en si mismas tales formas de gobierno. Para subsistir sin contradiccih i sin derramamiento de sangre, necesitan por guardianes una preocupaci6n relijiosa i una ignorancia supina. En 10s paises como Rusia i Paraguai, es donde florecen con todo su esplendor. En las naciones adelantadas, donde la fuerza de ciertos interese's existentes i con rakes profundas en una sociedad vieja, ha hecho Onecesaria su conservacibn, se han visto, sin embargo, obligadas, para no caer, a adoptar ciertas instituciones republicanas que modifican notablemente su principio constitutivo. En 10s pueblos modernos, en 10s pueblos sin pasado, en 10s pueblos americanos, en una palabra, ni aun con esas concesiones, serian posibles las monarquias. Su establecimiento seria efimero, i ocasionaria desastres sin cuento. Fuera de la reptiblica, n o hai salvacih para Am& rica. No se objeten contra este aserto las convulsiones que. '.

(21) IN T R O D U C C I ~ N. 25. desde su emancipaci6n han ajitado a las antiguas colonias espafiolas, i que han traido nuestro descrkdito a 10s ojos del mundo. Esas convulsiones no provienen del sistema democrAtico, sino que a! contrario se han orijinado de esa funesta pretensi6n de fundar dictaduras, por fas o por nefas. Lejos de ser una acusaci6n contra la repiiblica, son un argument0 poderoso contra esas presidencias indefinidas, creadas por la gracia del sable. Recorred nuestra historia contempor&nea, i verkis que casi todos esos des6rdenes han sido orijinados por la ambici6n de 10s caudillos, por sus rivalidades entre si, por el empefio de 10s unos en conservar el poder como si fuera su patrimonio, por la impaciencia de 10s otros por atraparlo, como si fuera una propiedad que se les hubiera arrebatado. Ha habido anarquia, porque hemos tenido miedo a las instituciones republicanas, i las hemos establecido a medias. Hai hombres de bien que, para consolidar el orden, esa condicih de toda sociabilidad, han querido 10s gobiernos de larga duracihn, sin reparar que precisamente eso era el desorden, porque no dejaban a 10s pretendientes desairados o derribados otra esperanza de medrar que la conspirac%n, i porque ninguno de 10s favorecidos podia teher titulos suficientes i aceptados por la gran mayoria para distinci6n tan exorbitante. Los gobiernos no pueden tener otro fundamento d i d o que las creencias de cada 6poca. Es precis0 organizarlos en conformidad con ellas. Cuando se creia en la Zejitiwzidad, en razas privilejiadas, la monarquia era admisible; per0 en 10s tiempos i paises donde ese rancio principio ha sido reemplazado por el dogma de la igualdad de todos 10s miembros del j h e -.

(22) 26. LA DICTADURA DE O’HIGGINS. ro humano, no hai otro gobierno estable, no hai otro gobierno posible, que la repfiblica cuyos majistrados son electivos j alternativos. Deseoso de corroborar con la esperiencia de nuestra propia naci6n lo que acabo de decir, he escojido para tema de este libro la historia de la Gnica 6poca en la cual se ha intentado entre nosotros la fundaci6n de una dictadura. Espero que si hai quien tenga la paciencia de leer este trabajo, la simple narraci6n de 10s hechos le harg palpables la imposibilidad de que la dictadura se establezca jam&, i la multitud de males que arrastra consigo el mer0 conato de esa quimera. Ese period0 comprende desde la batalla de Chacabuco (12 de febrero de 1817) hasta la caida del capitgn jeneral don Bernard0 O’Higgins (28 de enero de 1823). Si hubiera habido un hombre capaz de plantear la dictadura de un modo algo duradero, ese hombre habria sido seguramente O’Higgins. Era la primera reputaci6n militar de su tiempo: su valor era proverbial; sus hazaiias formaban la conversaci6n del soldado en 10s cuarteles; su arrojo habia asustado en mas de una ocasi6n a1 mismo San Martin, que continuamente se veia forzado a calmar la impetuosidad de su amigo en la pelea. Los militares le admiraban, porque nunca se habia contentado con ordenar una carga, sin0 que siempre habia dado el ejemplo marchando a la cabeza. Habia combatido en cinco campaiias por la libertad de la patria, i habia tenido la gloria de firmar la proclamaci6n de la independencia. Con un erario exhausto, habia levantado ejbrcitos, i creado una marina. Bajo su gobierno, la bandera de.

(23) INTRODUCCI~N. 27. la revoluci6n habia dominado sobre tierra i sobre mar; la guerra se habia convertido de defensiva en ofensiva; el Perti habia sido invadido, i 10s chilenos habian cesado de contemplar el hum0 del campamento enemigo. El prestijio de la gloria se unia para engrandecerle a 10s ojos de sus ciudadanos con el afecto de la gratitud inspirada por sus servicios. Contaba adem;is con un ejbrcito que habia formado; todos sus oficiales, desde el primero hasta el Gltimo, tenian sus despachos firmados por su mano. Pues bien, O’Higgins di6 indicios, solamente indicios, de aspisx a la dictadura, i esperiment6 la caida mas ierablc de que haya ejemplo en nuestra historia. El norte i el sur de-la rephblica, la capital i las provincias, el pueblo i el ejbrcito, se sublevaron contra 61; ni siquiera su escolta le permaneci6 fie1 en su desgracia. A pesar de su fama, a pesar de sus incontestables mkritos, tuvo que espiar su falta muriendo en el destierro, sin haber tenido el consuelo de admirar en siis Gltimos dias el cielo azul de su querido Chile. Ese escarmiento memorable, no lo dudo, serA una lecci6n bastante elocuente para contener a cuantos intenten renovar semejantes pretensiones. Mas confio que en el porvenir no habrA, como no lo ha habido en el pasado, ningGn ambicioso tan insensato, que se atreva a repetir el ensayo. Hai una cosa que honra a 10s chilenos, i que con orgullo importa recordar. Jamiis en Chile ningGn partido ha inscrito en sus banderas la palabra monnrquia; nunca ningGn escritor, ningGn publicista, ningGn orador se ha proclamado el campe6n de esa afieja i absurda idea. La dictadura misma, nadie ha osado sos-. .. I ~. .c.

(24) 28. DICTADURA DE O’HIGGINS. tenerla en alta voz. Ha habido conatos, pensamiento secret0 de llevarla a1 cabo; per0 se ha tenido pudor, o miedo de revelar el proyecto con franqueza i sin disfraz. Si eso ha sucedido en las 6pocas anteriores, con mayor raz6n sucede en la presente. Estamos divididos sobre la organizacih que conviene dar a la repiiblica, per0 todos somos republicanos. Esta falta de preocupaciones politicas es un bien inmenso, cuyos saludables efectos esperimentaremos alguna vez. Europa nos aventaja incompa cia, en industria, en riqueza, per( la superaros con usura en el re( dos de una gran verdad que ell; pagar entre sus hijos tant,o cornc cia en la igualdad de todos 10s hop Debemos gracias a Dios, de qt halle libre de esas supersticione!: est6 tan virjen como el suelo fera Santiago, diciembre. 11 de. 185:.

(25) CAP~TULOPRIMERO B(lrnportancia hist6rica de don Bernardo 0’Higgins.-Su padre el marqubs de Val1enar.-Nacimiento i educaci6n de don Bernardo 0’Higgins.-Su y j h e r o de vida antes de la revoluci6n.-Su carkcter.. ’. F. I El period0 hist6rico cuya narraci6n voi a emprender, tiene un protagonista que lo domina todo entero con sus hechos desde el principio hasta el fin. Hai tin honibre que llena toda esa 6poca con sus proezas, con sus faltas, con sus odios, con sus afecciones, con su politica, con sus triunfos, con sus reveses. Todos 10s sucesos que entonces se verifican en Chile, tienen relaci6n con ese hombre. Nada sucede ni de bueno ni de malo en la vida pfiblica, donde deje de hacerse sentir su presencia. Todo lo que se emprende o maquina es en su provecho o en su contra. Es el centro de todos 10s acontecimientos, el objeto de las.

(26) [IGGINS. simpatias de una mitad de sus conciudadanos, el blanco de 10s resentimientos de la otra mitad. Heroe para 10s unos, tirano para 10s otros, las miradas de todo un pueblo estgn fijas sobre su persona. Estos le ensalzan, aquellos le denigran; per0 su nombre tiene el raro privilejio de que todos lo pronuncien, 10s grandes i 10s pequefios, 10s magnates de la alta aristocracia i 10s individuos de la humilde plebe. Es la esperanza para un gran nGmero de personas, la desgracia para otro no menor. Durante seis aiios, ocupa la cima del poder, i proporciona con sus actos materia par2 I n s rlehatw d~ toda una nacibn. America obserb inter&; Europa misma presta a : alguna atenci6n.. Ese personaje se llama don Bel Su nombre se encuentra en todo sos de la revolucih chilena. Est6 tas del primer congreso, en las p' primeros gobernantes, en 10s bole1 tos de la independencia. Ese jefe tra las tropas de Pareja, despuks ( za, en seguida contra las de Ossori tra las de Marcb, posteriormente d6iiez i de Ossorio. H a creado una marina para destr en el mar, como 10s habia derrotac contribuido de todas suertes a qu nizase la espedici6n que condujo e.

(27) CAPfTULO I. 31. triotas peru'anos. La declaraci6n de la independencia de Chile est&autorizada con su firma, i ha sido promulgada por su orden. Con estos titulos, hai de sobra para comprender su fama i su influencia. Despubs de leer semejante hoja de servicios, se concibe c6mo a 10s trece afios de ostracismo, i cuando centenares de leguas le separaban de su patria, el nombre de ese jeneral servia todavia en.1830 de pend6n a 10s partidos.. 9. I11. ~. Un personaje como ese merece ser estudiado detenidamente. No todo el que quiere remueve tantas pasiones como O'Higgins. Los hombres vulgares no consiguen hacerse amar con fanatismo, ni aborrecer a muerte. Los que eso logran deben estar dotados de grandes cualidades para el bien o para el mal. La apreciaci6n del comportamiento pfiblico del je- . neral O'Higgins ha dividido las opiniones, no solo de sus c:ontemporaneos, sin0 tambi6n de la posteridad mi5;ma. Los individuos de las jeneraciones que sucediei-on a su 6poca, aquellos que han comenzado a pensa.r cuando hacia largo tiempo que estaba asilado en 1In pais estranjero, i confinado en su hogar dom6sti co, est&n tan discordes en 10s juicios sobre sus acciones, como 10s que IC ausiliaron o resistieron en esas luchas, viejas ya para nosotros, i que no tienen nin guna conexi6n con las diverjencias del presente. Los problemas de su vida despiertan casi tanta exaltacii6n en 10s hombres de ahora que no le han.

(28) 32. LA DICTADURA DE O’HIGGINS. -. conocido, como despertaban en aquellos a quienes habia favorecido o agraviado personalmente. Para comprender a fondo un personaje hist6rico de esa altura, que ha removido tan encontrados afectos en el coraz6n de sus contemporAneos, i que ajita de una manera tan apasionada a 10s que no saberi sus hechos sin0 por tradicibn, es precis0 enterarse con paciencia de todos 10s pormenores de su cxistencia, examinar su educacicin, estudiar su carActer, i descubrir, si es posible, el secret0 de su alma. De otra manera nos esponemos a no darnos una cuenta mui exacta de su personalidad, i a equivocarnossobre 10s verdaderos rnotivos de su elevacih, de su prestijio i de su caida. Esta consideracibn me obliga a relatar 10s antecedentes de don Rernardo O’Higgins, antes dc ponerme a referir 10s sucesos que forman el terna de este libro. La historia de la 6poca no quedar8 Clara, si no se principia por trazar la biografia del protagonista.. Don Bernard0 O’Higgins no fu@uno de esos favoritos de la fortuna quc sc elevan de la nada, i que lo deben todo a sus acciones. A1 cntrar en la vida, se encontr6 con una posici6n formada. Habria merecido serios reproches, si no hubiera sabido aprovecharla. Estaba llamado por la sola casualidad de su nacimiento a ocupar un alto puesto en su pais, cualesquiera que hubieran siclo 10s sucesos. Con la revolucibn o sin ella, O’Higgins habria representado un papel en Chile, Unicamente, si no hu-.

(29) CAP~TULOI. -. -. 33. biera e:;tallado la insurreccih de la independencia, ese pap el habria sido mas modesto; en vez de adquirir una reputaci6n americana, no habria conseguido mas que una fama casera. Per0 habria sido necesario suponer cualidades mui menguadas en el individuo que hu'biera quedado nulo i desairado con 10s medios de engrandecimiento que 61 tenia. O'Higgins debi6 mucho a su propio mitrito; per0 tambiitn debi6 mucho a1 prestijio que habia dejado su padre. Fu6 este uno de 10s presidentes mas distinguidos que go1bernaron este reino, i uno de 10s hombres mas estraor dinarios que aparecieron en 10s Gltimos tiempos de la d ominaci6n espaiiola. Se llamaba don Ambrosio O'Higg ins, i era natural de Irlanda. En 1767, arrib6 a Chile pobre i sin protectores. Habia pasado de Espafia a Lima, habilitado por algurios comerciantes de CAdiz jpara establecer una h n j a en aquella ciudad. Per0 l a1 suerte no le fuit propicia, sus cAlculos resultaron err ados, su negociaci6n frustrada. Habia quebrado en I;ma gruesa cantidad; i para huir de sus molestos acrceedores, se vi6 obligado a pedir un asilo a este suelo h ospitalario. Treirita i tres afios mas tarde, todo habia cambiado en 1a condicih de ese hombre. En I'796, ese deudor fallido llegaba a ser tenientejeneral de 10s reales ejkrcitos, bar& de Vallenar, marqu6s dt3 Osorno, presidente de Chile, virrei del P e r k Pudc3 trepar a esa altura grada por grada, i a despecho de obstAculos de toda especie. Habia principiado I)or ser sobrestante en la obra de las casuchas que GIxi11 i Gonzaga hizo construir en la cordillera para a1xigo de 10s correos, i habia terminado por ser la segunda persona del monarca en Amk-ica. AMUNi~TEGUI.-VOL.. x1v.-3.

(30) 34. LA DICTADUKA DE O’HIGGINS. Para alcanzar ese elevado puesto, se vi6 forzado a superar toda clase de dificultades. Siendo estranjero, habia tenido que hacerlo olvidar en una tierra donde la calidad de tal era un signo de reprobaci6n, un motivo de desconfianza. Siendo pobre, habia tenido que proporcionarse dinero para ganarse 10s favores de una corte venal. No llevando un nombre ilustre, habia impuesto a las familias aristocrAticas cuya escrupulosidad en punto a nobleza ya se sabe cuan exajerada era. Ese hombre de fortuna venci6 todos 10s estorbos, todo lo consigui6, i se conquist6 una supremacia que muchos titulados de Castilla podian envidiarle. Con hechos, demostr6 que era digno de 10s empleos que sucesivamente fut: obteniendo. En ellos, despleg6 la actividad i 10s talentos de un grande administrador. Durante su gobierno, ejecut6 obras que conservar6n por largos afios su recuerdo entre nosotros. Visit6 el pais de una estremidad hasta la otra; repar6 las fortificaciones de las plazas de guerra; mejor6 el camino que atraviesa las cordilleras para dar pasaje a las comarcas trasandinas, i abri6 otro hasta el puerto de Valparaiso por entre cerros i desfiladeros a despecho de la naturaleza; pacific6 la siempre ind6mita Araucania; fund6 cinco ciudades, i entre ellasla de Osorno, que habia sido arruinada por 10s indios. Per0 si don Ambrosio O’Higgins hubiera contado solo con su merit0 personal, con sus disposiciones para el mando, se habria quedado de sobrestante toda la vida. Necesitgbanse en aquellos tiempos otros apoyos para medrar. O’Higgins, que conocia la 6poca i la tierra, no lo ignoraba, i por eso se encumbr6 con tanta rapidez..

(31) CAPfTULO I. 36. Ese irlandits sabia como maestro la ciencia del cortesano; parecia que hubiera nacido de algGn palaciego i que se hubiera educado en las anteciimaras. A fuerza de insinuaciones i de obsequios, se proporcion6 padrinos en Chile i en Madrid; i empujado por ellos, subi6 hasta donde quiso. Ese fu6 el secret0 de su elevaci6n. Ese fu6 el talismiin que le dib la presidencia de Chile, el virreinato del Perfi. El oro i la intriga del aspirante abrieron de par en par a su presencia las puertas del poder i de 10s honores. Los manejos encubiertos, mas que sus servicios, mas que sus brillantes cualidades, le valieron el grado de jeneral, el titulo de bar6n, el titulo de marquits. O'Higgins exijia de sus inferiores la misma deferencia que 61 tributaba a sus superiores. Queria que se le entregasen en cuerpo i alma, i que le perteneciesen sin restricciones. A 10s que eso hacian, 10s apoyaba sin rebozo i 10s sostenia con todos sus recursos; a 10s que le resistian, 10s combatia implacablemente i sin cuartel. Era amigo'decidido de sus amigos, i enemigo terrible para 10s que no lo eran. Sus criaturas podian esperarlo todo. Del mayordomo de su hacienda, hizo todo un brigadier de 10s ejitrcitos del rei. Un gobernante con tal cargcter i con tal sistema debia adquirir un prestijio i una influencia incalculables entre 10s apocados colonos. Las maneras imperiosas de don Ambrosio le suscitaron muchos resentimientos; per0 fueron todavia mas numerosas las afecciones sumisas que se granje6. Su habilidad para la politica, su enerjia, su orgullo, sus relaciones con la corte, el incienso de las hechuras que habia colocad0 en todos 10s puestos, altos i bajos, del ejitrcito i d e la administracibn, rodearon de una gran conside-.

(32) 36. LA DICTADURA DE O’HIGGINS. raci6n su persona, su nombre, i cuanto le pertenecia. Esa idolatria se aument6 con el tiempo i la distancia. Los que le habian acatado de presidente de Chile, le acataron mas todavia a lo iejos de virrei del P e r k Don Bernard0 debia recojer un dia como herencia ese respeto ligado a1 recuerdo de su padre, esa veneraci6n que muchos de sus compatriotas profesaban a1 apellido de su familia. El reconocimiento de aquellos a quienes el marquhs habia dado una posicibn, la adhesi6n que siempre se concede a1 gobernante que sabe serlo, debian allanar a1 hijo el mayor niimero de las dificultades que se atfaviesan en el camino de la vida. El legado forzoso de esa clientela importaba a1 joven mas que un cuantioso caudal para satisfacer las aspiraciones de la ambici6n. A estas ventajas, consecuencia de la situaci6n que habia ocupado su projenitor, se agregaban todavia - otras. Para darlas a conocer, voi a hablar del orijen del joven O’Higgins, i de la conducta que con 61 observ6 el virrei.. V Don Ambrosio era en ese entonces solo intendente de Concepci6n. Aunque llenasen casi toda su existencia 10s cuidados de su empleo, 10s cAlculos del cortesano, las zozobras de la intriga, 10s deseos de mando i de distinciones, sin embargo, le quedaban tiempo i lugar para sentimientos mas tiernos, para ocupaciones mas dulces. Vivia a la saz6n en aquella provincia una nifia llamada dofia Isabel Riquelme, cuya belleza era sobre-.

(33) CAP~TULOI. 37. saliente en esas comarcas del sur, que la hermosura de sus mujeres ha hecho famosas. El adusto i grave intendente conoci6 a esa nifia, la am6, i se hizo amar de ella. Don Bernard0 fu6 el fruto de esa uni6n clandestina. Una preocupaci6n injusta i bgrbara castiga en 10s hijos de esos enlaces ilejitimos la culpa de 10s padres. Mas en las ideas aristocrfiticas de la epoca, 10s bastardos de 10s grandes no eran 10s bastardos de la jente vulgar. Lo que para 10s segundos era una mancha, era un lustre para 10s primeros. Ser bastardo de un virrei equivalia a una ejecutoria en debida forma. Asi, la debilidad de su madre no iba a ser para el nifio O’Higgins un estorbo en su carrera. Por su parte, don Ambrosio se port6 con 61 como hombre honrado, i como padre solicito. Provey6 con largueza a sus necesidades, le hizo criar con cuidado; i cuando tuvo la edad correspondiente, le envi6 a educarse en Inglaterra. No volvi6 de all5 hasta la muerte de su padre, que acab6 sus dias de virrei en el per^. Crey6 6ste hacer lo suficiente por el hijo de su antigua querida con asegurarle el porvenir, i pens6 que d i ese modo cancelaba todas sus cuentas con el joven. Le habia costeado una educaci6n europea. Para completar su obra, le leg6 en su testamento la valiosa hacienda de las Canteras, situada en el sur de Chile, i 10s numerosos ganados que la poblaban. Con esto, su conciencia qued6 tranquila. 2 Qu6 mas podia darle? Le habia hecho rico e instruido. Le dejaba caudal, i 10s medios de adquirir consideracibn. Le daba cuanto era necesario para que se hiciese feliz. No le encontraba derecho para exijir nada mas..

(34) 38. LA DICTADUKA D E O’HIGGINS. Es cierto, don Ambrosio daba a su hijo ciencia i bienes; per0 quedaba todavia una cosa que le rehusaba con orgullo, i que el joven podia reclamar con justicia. Era ese noble apellido de O’Higgins, que el ilustre marquks negaba tenazmente a1 hijo dc su amor. En la misma cl&usula del testamento en que le legaba una hacienda, le significaba con toda claridad que le prohibia llevar ese apellido, IlarnAndole Bevnavdo Riquelme. Sin duda el mercachifle ennoblecido, el bar6n de fresca data, el titulado de Castilla por el or0 i por la intriga, no creia a su bastardo digno de heredar un nombre tan decorado como el suyo; i en eso por cierto se equivocaba grandemente el virrei, que echando en olvido la humildad de sus principios, tomaba infulas de rancio arist6crata. Ese joven iba a hacer por la ilustracibn de su apellido mucho mas que lo que habia hecho su altanero padre. Es mas glorioso combatir contra 10s opresores de la patria, que contra 10s b6rbaros de la Araucania, i es mas dificil vencer un ejitrcito disciplinado, que una horda de salvajes. Vale mas atravesar 10s Andes para traer la libertad i la independencia a un pueblo, que abrir un camino en beneficio del comercio por entre sus rocas i sus nieves. Es mayor empresa improvisar una escuadra i ensefiorearse del Pacifico, que defender sus costas contra miserables piratas. Importa mas fundar la reptiblica de Chile, que fundar la ciudad de Osorno. Don Bernard0 no se conform6 con el agravio que el virrei le inferia en su testamento. Estaba precisamente en Espafia, de vuelta ya de Inglaterra para su patria, cuando sup0 la muerte del ilustre i altivo marquks, i sin tardanza entab16 reclamaci6n ante la.

(35) CAPfTULO I. 39. - -corte por el apellido i 10s titulos de su padre. Se le concedi6 que se llamara O’Higgins i no Ripelme, per0 no se le permiti6 que fuera b a r b ni marqubs. Sin desariimarse por una primera negativa, don Bernardo persist% en su pretensi6n. Estaba porfiando en el empeiio, cuando un ataque de fiebre amarilla le pus0 a la muerte. Se salv6 casi milagrosamente, per0 qued6 mui quebrantado. La debilidad de su salud i la disminuci6n de sus recursos pecuniarios le obligaron a desistir de sus reclamaciones, i le hicieron regresar a Chile en el aiio de 1802.. VI. c. De vuelta a su patria, se esta bleci6 en la hacienda de las Canteras, i se dedicb a I(3s trabajos agricolas. Vivi6 alli con su madre i con su s hermanos; se port6 con su familia como un hijo amiante i respetuoso. Trabd, desde luego relaciones con 10s oficiales que guarnecian la frontera, muchos de ellos compaiieros de armas de don Ambrosio, que pagaron en afecto a1 joven lo que debian a1 padre, i con 10s cuales se entretenia en conversar acerca de 1,as incidencias de sus campaiias en la Araucania. Esaz; discusiones familiares fueron la escuela en que api-end% 10s rudimentos de la guerra el futuro jeneral cle 10s independientes. Por influjo de esos veteranos, fu 6 nombrado teniente coronel de las milicias de la Laj a. De cuando en cuando, hacia TJiajes a la ciudad de ChillAn, o a la ciudad de Concepci6n, donde permanecia largas temporadas. En una i otra, era perfectamente recibido. Su caudal, su e:ducaci6n europea, su.

(36) 40. LA DICTADURA DE O’HIGGINS. -__. ilustre apellido, fijaban sobre su persona las miradas de la jente visible. Su comportamiento confirmaba la buena opini6n- que le granjeaban esas circunstancias accidentales. Era modesto, franco, desinteresado, amigo de servir. Manifestaba amor a su patria, i un grande entu-. siasmo por su prosperidad. En el sen0 de la confianza, i con la mayor reserva, hablaba de ciertas ideas de independencia para A m 6 rica que circulaban en Europa, i de ciertas conferencias sobre el particular que habia tenido con el jeneral Francisco Miranda, que era uno de 10s que meditaban esos proyectos. Todo esto le hacia popular en las poblaciones australes del pais. Se respetaba en 61 a1 rico propietario que disponia de un gran nGmero de inquilinos o vasallos, i se apreciaba a1 hombre bien educado, descendiente de un virrei, que no contrariaba 10s intereses de nadie. Entre 10s protectores que por estos motivos se adquiri6, habia sobre todo uno que le sirvi6 mucho para afianzar su cr6dito. Era el doctor don Juan Martinez de Rozas, abogado habil i de conocimientos mui adelantados para su 6poca, que por sus riquezas, su ciencia i sus relaciones de familia, dominaba en la provincia‘de Concepci6n. Este tom6 cariiio a don Bernardo, i le proteji6 con su influencia. Cuando O’Higgins iba a la ciudad de Concepci6n, concurria todas las noches a su tertulia, i escuchaba silencioso i con devocih las palabras del maestro, como llamaban a Rozas sus parciales. Distinguido por el duefio de la casa, 10s demas asistentes, que eran las primeras notabilidades de la pro-.

(37) C A P ~ T U L OI. 41. vincia, le trataban con afecto, i se acostumbraban a estimarle. Pocos habri an sospechado, sin embargo, entonces que ese joven retirado i taciturn0 seria uno de 10s pr6ceres de la repixblica, i el caudillo de un numeroso bando. Con todo, en esas reuniones, fu6 donde principi6 a relacionarse con muchos de 10s individuos que debian mas tarde ayudarle a apoyar la revolucidn, i a escalar el poder.. VI1 Su eduicaci6n de nifio i el jitnero de vida que adopt6 en su juivrentud robustecieron el car5cter que 10s instintos nizturales habian dado a don Bernardo, i det erminar'on su personalidad. Su m;msi6n en Inglaterra le amold6 a muchas de las costuimbres de ese pueblo, tan orijinal en su jenio i en sus maneras. Tom6 a 10s ingleses su gravedad, su espiri tu aristocrktico, su puritanism0 aparente de costumbres, su sometimiento a las exijencias sociales, su mora lidad dentro del hogar domkstico, su seriedad en e11modo de pensar; per0 no les imit6 en su respet0 a 121 lei, su amor a las garantias del ciudadano, su vener acion a todas las fdrmulas protectoras de la libert ad i segur idad de 10s individuos. s u co ndici6n de rico propietario habitante de la front era , considerado por sus superiores, reverenciadopor sus subalternos, le infundid desde temprano tendenci as desphticas, el h5bito de ser obedecido sin rkplica i tardanza, inclinaciones imperiosas. Estas propension€:s debian cobrar todavia mayor fuerza en 10s camparrientos, donde cada jesto del jefe es unalei que.

(38) 42. LA DICTADURA DE O’HIGGINS. -. todos se apresuran a cumplir. Habia tela en este v5stago de un virrei, para ser un dictador. Ese joven circunspecto, bravo, amante de s u suelo natal, lleno de modestia i de entusiasmo, tenia muchas cualidades para granjearse las simpatias de un pueblo como el chileno, i llegar a ser uno de sus h& roes. Su indole era mui propia para hacerse popular en su n a c h , por poco que trabajara en ello. Resumia en si un gran nGmero de las dotes que caracterizan a 10s pobladores de esta tierra. El chileno es austero de costumbres; exije que se guarden cuando menos las apariencias, i que se resPete siempre el decoro, no perdona nunca el descaro o el cinismo ni en las opiniones ni en 10s actos. Conserva su compostura en todas las circunstancias de la vida. Jam& es bulliciosa la espresi6n de su alegria o de su dolor. Tiene el pudor de sus sentimientos. Es raro que pierda en alguna ocasi6n su gravedad impasible. Su esterior es frio; i aunque capaz de entusiasmos ardientes, pocas veces 10s manifiesta por movimientos vivos o gritos descompasados. Se asemeja a esas montaiias que, en nuestro horizonte, se levantan hasta el cielo, donde la nieve cuhre el fuego de 10s volcanes Ensalza a 10s individuos que considera dignos, i rinde parias a1 talent0 i a1 valor; per0 no tolera que Sean 10s interesados mismos 10s que impudentemente soliciten el aura popular. No gusta nunca de darse en espectgculo, ni tampoco de que 10s d e m k se pongan en escena. Toda ostentaci6n le es antipAtica; toda pretensih de vanagloria le incomoda. Concede con largueza sus favores a quienes 10s merecen, pero le repugna que se 10s-pidan con vanidad.. ..

(39) CAPfTULO I. 43. Prkctico i positivo, desprecia el ruido i el humo, i prefiere 10s hechos a las palabras. No escoje con apresuramiento las ideas cuya realizaci6n ve remota, ni se coloca en torno de 10s que las proclaman. Es poco utopista, i no se apasiona por las concepciones po6ticas de la fantasia. En O’Higgins, habia, como digo, muchas de esas cualidades; i bajo ese aspecto, puede decirse que era mui chileno. Nada de estrafio tiene entonces que le estuviera reservado un puesto brillante en el gobierno de su patria. Su car%cter debia necesariamente conquistarle el afecto de un gran ntimero de sus compatriotas, i poner en sus manos la suerte de Chile.. VI11. -. Ahora, para esplicar su comportamiento en la revoluci6n i la actitud que tom6 mas tarde, me es indispensable, bosquejar a la lijera la situaci6n politica del pais desde ese famoso afio de 1810, que cambi6 la condici6n de Amhrica. Sin esos antecedentes, no se comprenderia la direcci6n que di6 a 10s negocios ptiblicos, i se nos escaparia la verdadera significacih de muchos de sus actos. Nos es indispensable, por otra parte, para poder juzgarle como corresponde, conocer a 10s rivales contra quienes combati6, i a 10s amigos que le sostuvieron..

(40) I. I I I. I. CAP~TULOSEGUNDO Orijen aristocratic0 de la revolucib chilena.-Organizacih e influencia de las grandes familias del reino.-Establecimientos de la primera junta gubernativa el 18 de setiembre de 1810.-Marcha moderada i legal que adopta la revolucidn en su principio.-Divisih de 10s revolucionarios en dos bandos, 10s moderados i 10s exaltado%-Don Jose Miguel Infante.Don Juan Martinez de Rozas.-Rivalidades de las grandes fami1ias.Motin de Figueroa el 1.0 de abril de 18 I I.-C ongreso de 18 I 1.-Triunfos de 10s exaltados i politica enerjica adoptada por ellos.. I La revoluci6n de Chile fu6 a1 principio la obra de iinos cuantos ciudadanos, i tuvo en su orijen una tendencia puramente aristocrAtica. Sus promotores, sus principales caudillos, fueron 10s cabezas de las grandes familias del pais, 10s Larraines, 10s Err6zuriz, 10s Eizaguirres. Por ellos, comenz6 la ajitacih; i de ellos descendi6 a la mayoria de la poblacibn, que les estaba ligada por 10s vinculos de la sangre o del interits..

(41) 46. LA DICTADURA DE O'HIGGINS .. Es 6ste un fendmeno curioso, que debe examinarse con alguna detenc 10s que hacen las revoluciones. Las ideas nuevas solo se convierten en hechos cuando est6n admitidas por una porci6n considerable de hombres. Antes de ese momento, se van propagando lenta i gradualmente por todas las clases sociales, i no producen ningGn resultado importante hasta que se han enseiioreado de un gran nGmero de intelijencias. Solo entonces aparecen 10s que han de realizarlas, i esos son, no 10s iniciadores de sus compatriotas, sino sus personeros, 10s 6rganos de una opini6n esparcida, la espresi6n de un pensaniiento, que est6 en el alma de muchos. En Chile, sucedi6 enteramente lo contrario. Ei movimiento principi6 en un centenar de persona:;, mientras que 10s dern6.s habitantes estaban t r anquilos, indolentes i mui ajenos de tales novedades'. Uno5 cuantos arist6cratas dieron la sefial de la insur reccibn, cuando la idea de semejante empresa no SIe habia ocurrido a1 pueblo, ni siquiera como una ilusil6n de13 fantasia. A pesar de eso arrastraron consigo a la jente acaudalada, a 10s comerciantes de las ciudades, a 105 labradores de 10s campos, a casi todos 10s pobladores de este suelo. Su grito de guerra no qued6 sin eco, i su llamamiento a las armas fu6 obedecido. Quien haya considerado la sociabilidad chilena en 1810, se esplicarii sin mucho trabajo esta marcha dr: la revoluci6n. Dominaban en el reino un cierto nGmero de familias, respetadas por el recuerdo de sus antepasado-;.

(42) CAPfTULO I1. 47. poderosas por sus riquezas, por sus relaciones, por la multitud de sus dependientes, estrecharnente ligadas entre si, i con una organizaci6n patriarcal. Unica poseedora de la tierra, del capital i de todos 10s instrumentos de la industria, esta nobleza indijena disponia del pais. Los vecinos de las ciudades le estaban sometidos por raz6n de la proteccih que les dispensaba, i sin la cual no podian subsistir. Ella era la que 10s habilitaba, i la que les consumia suspoductos. El inter& le aseguraba con lazos dificiles de romper la fidelidad de esos subordinados por la fuerza de su posici6n. El enojo de algunos de esos magnates importaba para 10s comerciantes, para los artesanos, un atraso considerable en su caudal, tal vez una causa de ruina. Los industriales no tenian, como ahora, 10s mil recursos que les proporcionan la actividad del comcrcio, la multiplicidad de 10s capitales, 10s progresos de la POblacicin i del bienestar, que traen consigo el aumento del consumo i la facilidad de las transacciones. Ese circulo reducido de familias pudientes era su mayor sostkn, su principal esperanza. Se concibe, pues, que por lo comGn no tuvieran otra opini6n ni otra voluntad, que la de esos patronos, de 10s cuales aguardaban el mejoramiento de su suerte, i la subsistencia de sus hij os. La dependencia de 10s campesinos era todavia mas estrecha. No les estaban solamcnte subordinados, sino que eran sus siervos. Descendientes. de los indios, duefios primitivos de estas comarcas, habinn heredado la triste condici6n que la conquista impuso a sus padres. Tributaban a 10s propietarios, que 10s poseian. \.

(43) 48. LA DICTADURA DE O'HIGGINS. juntamente con sus fundos, una obediencia pasha, casi el respeto del esclavo a su amo. Los hacendados, por su parte, 10s trataban como sus mayores habian tratado a 10s indios de las encomiendas. No dirk que ejercian sobre ellos derec'ho dt: vida i de muerte, porque eso seria exajerado; pero con esa escepci6q todo lo d e m k se lo creian permitido contra 10s infelices inquiliaos. Est0 se practicaba sin violencia, sin escandalo, sin resistencia. Los pacientes no murmuraban; 10s spresores, caballeros quiz&bondadosos i de alma compasiva, no esperimentaban repugnancia ni remordimiento a1 dar un trato como aqu6l a semejantes suyos. Esa degradaci6n de seres humanos parecia cosa natural. La costumbre la habia sancionado, la habia despojado de su horror. Los hacendados chilenos eran una especie de sei30res feudales, menos el espiritu marcial i 10s habit os guerreros. En sus tierras, su capricho era la lei, i .no se respetaban otras brdenes, que las suyas. Casi p~tenr de decirse que la autoridad del presidente gobernad_no pasaba la raya de sus yropiedades. En ellas, hacian justicia a sus iaqztilinos i les exijian servicios corporales como verdaderos soberanos. Dentro de sus haciendas, eran amos en tcIda la estensi6n de la palabra. Cada uno de ellos ha13ria podido hacer levantarse a su voz un escuadr6n de leales servidores, que habria ido sin preguntar Iel motivo adonde su sefior se lo hubiera mandado, i h;tbria acometido del propio modo a quien 61 mismo le nutxera indicado. Basta lo espuesto para concebir cual era, a1 comenzar el siglo, el poder de las grandes familias del reino. 1. 1 ..

(44) CAPf TULO JI. 49. I1 Skpase ahora que esa inmensa influencia no estaba repartida entre varios individuos, sin0 concentrada en unos pocos, i se comprenderA la anomalia en la marcha de la revoluci6n chilena que mas arriba he seiialad 0. Las familias de que hablo eran mui numerosas; hubo una entre ellas, la de 10s Larraines, que contaba mas de quinientos miembros; per0 iodas tenian una organizaci6n patriarcal, i reconocian un jefe, un padre comGn que las gobernaba, i sin cuya anuencia nada se emprendia. La persona a quien la respetabilidad de sus afios, la riqueza o una prudencia consumada habian granjeado ese acatamiento de sus parientes, disponia de fuerzas incalculables, i valia por muchos hombres. Podia obrar a su antojo con el caudal, con la clientela, con la consideracih, con el prestijio de toda la familia. Suponed que una docena de esos altos potentados acojiese una idea cualquiera, la de la independencia, por ejemplo, i determinase realizarla. Est6 claro que en su posici6n no necesitaban preparar la opinibn, ni detenerse en esas pequeiias escaramuzas que 10sinnovadores ejecutan antes de las grandes revoluciones para tantear sus recursos. La mayoria de la naci6n eran aquellos pocos magnates. Con que ellos se resolviesen, estaba hecho casi todo, sus parientes, sus habilit ados, sus siervos o vasallos habian necesariamente de apoyarlos. Pero lo que salvaba a Espafia de este riesgo inminente, era que ellos mismos no se tenian formada una AMUNATEGUI.. -VOL.. x1v.-4.

(45) 50. LA DICTADURA DE O’HIGGINS. nocidn bikn Clara de su poder i mucho menos de sus derechos. Ignoraban que su voz podia conmover a aquel pueblo aletargado, i el mayor nfimero no concebia siquiera las injusticias i sinrazones de la metrdpoli a su respecto. Una intelijencia sin cultivo que admitia como puntos de fe 10s errores mas crasos, una educacidn mal dirijida que 10s habia imbuido de preocupaciones groseras, habian apocado su Qnimo, i embrutecido su alma. Asi fui: que muchos de ellos no abrazaron nunca la causa de la independencia i sostuvieron con su bolsillo, i aun con su persona, la dominaci6n de 10s espaiioles. Sin embargo, no todos eran de esa casta. Habia algunos mas intelij entes, mas animosos, mas capaces de ambicidn, mas enterados de 10s adelantamientos que las ciencias politicas habian hecho en el viejo mundo. Estos, por sus viajes a Europa, por sus lecturas o sus conversaciones, habian adquirido algunos conocimientos. E1 contajio bienhechor del siglo XVIII habia penetrado en sus espiritus. Como era natural, esos no podian conformarse con la nulidad a que en su propia patria 10s tenia condenados la suspicacia recelosa de la corte de Madrid. Por lo mismo que su bienestar material estaba asegurado, por lo mismo que gozaban de caudal, por lo mismo que se veian rodeados de consideraciones, deseaban con ansia lanzarse a la vida pGblica, i satisfacer esa necesidad de lucha i movimiento que todo hombre esperimenta. Esa segregaci6n absoluta del gobierno en que se pretendia mantenerlos, les era intolerable. Esa limitaci6n a 10s asuntos domksticos que se les imponia, era una cosa que heria su amor propio. Soportaban.

(46) C A P ~ T U L OII. 51. su vergonzosa condici6n con una impaciencia secreta, i ocultaban en el fondo de su coraz6n una profunda antipatia contra el gobierno espaiiol i sus ajentes.. 111. l. Tal era la disposici6n desus Animos cuando la usurpaci6n de Josh Bonaparte i la invasi6n de la Peninsula por 10s franceses vinieron a ofrecerles una covuntura favorable para obligar a 10s espafioles europeos a que les guardasen mas respeto, i a que atendiesen sus justas reclamaciones. So pretest0 de defender el reino contra las tentativas del emperador Napole6n i de si1 hermano el rei intruso, se apoderaron de la administracibn de la colonia, i sustituyeron al antiguo presidente una junta compuesta de siete individuos. Adoptaron esta forma de gobierno, tanto por imitaci6n de lo que habian hecho las provincias de Espafia, sublevadas contra la dominaci6n francesa, i las dem%ssecciones insurreccionadas de America, como porque daba cabida en la direcci6n de 10s negocios a muchas de las familias que dominaban en la comarca. La elevaci6n de una sola persona habria infundido celos a aquellos arist6cratas, que se consideraban todos iguales, i entre quienes reinaba la mavor emulaci6n. Esta rivalidad de las grandes familias, tan propia de esa organizaci6n medio patriarcal, medio- feudal que he procurado describir, es un hecho que debe tenerse mui presente, porque contribuy6 en gran manera a1 nacimiento de las facciones que se disputaron.

(47) 52. LA DICTADURA. DE O'HTGGINS. el mando en la primera &oca de la revolucih. Estas competencias de lo que, a falta de otro nombre mejor, llamari: nuestra nobleza, esplican muchas de las evoluciones politicas de aquel periodo. ,. IV Pero sea de est0 lo que se quiera, el cambio radical operado en la constituci6n de la colonia el 18 de setiembre de 1810, se ejecut6 moderada i pacificamente. No hub0 ni derramamiento de sangre, ni destierros, ni prisiones. Algunas carreras de caballo, la guarnici6n sobre las armas, patrullas que recorrian las calks, la ajitaci6n consiguiente del vecindario, per0 sin actitud hostil ni amenazante; i eso' i nada mas fui: todo el trastorno que ocasion6 un acontecimiento que iba a ser el principio de tantas mudanzas, de tantas peripecias, de tantas cathtrofes. Esta ausencia absoluta de violencias caracteriza a 10s pr6ceres que dirijieron el movimiento, i manifiesta cuAl era su naturaleza i sus tendencias. La sociedad chilena estaba sometida entonces a una especie de rdjimen dorri6stico. Los majistrados de la colonia no empleaban casi nunca rigor o medios estremos, porque no tenian necesidad de hacerlo. Sus silbditos recibian con respeto las leyes del monarca, i era mui raro que murmurasen en voz alta. Las medidas severas eran cosa inusitada en la tierra, i por consiguiente repugnaban a la jeneralidad, Todos 10s individuos de la clase acomodada tenian relaciones de parentesco, o eranamigos, o tal vez compafieros de negocios, que se trataban con franquezai.

(48) C A P ~ T U L O 11. '. 53. cordialidad. Los temas mismos de sus conversaciones habituales versaban sobre asuntos caseros. El ruido de las luchas i contiendas de la vieja i alborotada Europa.venian a turbarlos mui de tarde en tarde, i 10s colonos recibian la noticia de esos sucesos con toda indiferencia, como si no les atafiesen o importasen. Los acontecimientos del aiio diez alteraron esta tranquilidad monhtica, e introdujeron la desuni6n entre 10s ciudadanos; per0 estas diverjencias no nndian desde luego i repentinamente cortar todas la! laciones i encarnizar odios que apenas comenzal: Hub0 opiniones encontradas, bandos opuestos i principios de enemistades que algGn dia debian ser a muerte; mas no hub0 ni sangre, ni persecuciones, ni escesos de ningGn jitnero. Discuti6se la cuesti6n con grande acaloramiento, si se quiere, per0 con todas esas consideraciones que se guardan en sus disputas 10s miembros de una misma familia. Fu6 aquello un litijio, mas bien que una insurrecci6n; una discusi6n de lejistas, mas bien que una asonada de tribunos. Los grandes propietarios que sostenian la mudanza se habian asociado, para llevar a1 cab0 su proyecto, con 10s abogados mas sobresalientes del reino, que represeihtaban toda la ciencia del pais, reducida entonces 2tl derecho civil i a1 derecho can6nico. Los primeros E:ran la fuerza, el poder de la revoluci6n; 10s segundcIS su pensamiento, su palabra. Esos letrados, Marin, Infante, Argomedo, Pbrez, f ormulztban las pretensiones de 10s nobles colonos i ]as apo:yaban con raciocinios basados en el c6digo. T n s defensores del antiguo r&jimen, 10s oidores de ' la audiencia i sus secuaces, que eran t a m b i h aboga-. ..

(49) 54. LA DICTADURA DE O’HIGGINS. dos, trataban el asunto como tales, replicando a 10s contrarios con citas de leyes i reales ckdulas. Este mktodo para dilucidar la contienda era posible entre ellos, porque estaban acordes en un principi0 que les servia de punto de partida. Unos i otros reconocian la soberania de Fernando VII; unos i otros daban por motivo de su conducta el amor a1 rei, i el deseo de conservarle estos dominios. Para evitar equivocaciones, debo advertir que esta ostentaci6n de fidelidad era sincera en la mayoria de 10s innovadores o juntistas, como se les llamaba. Combatian por el establecimiento de un gobierno nacional; per0 habrian retrocedido espantados si se les hubiera propuesto separarse de la metr6poli. Basta estudiar superficialmente 10s hechos de esa kpoca para percibir cuAnta raz6n tengo a1 asentar que la cuesti6n ventilada en 1810 no fu6 mas que un pleito entre Espaiia i una de sus colonias, en el cual patrocinaba a la primera la real audiencia, Argos vijilante de 10s intereses coloniales, i a la segunda el cabildo de Santiago, 6rgano de las nuevas ideas. Fu6 aqukl un gran proceso que despert6 mas pasiones, i meti6 mas bulla que 10s procesos comunes que se resolvian diariamente en 10s tribunales, porque 10s litigantes eran dos pueblos, i no dos individuos; per0 que, salvo la magnitud de la disputa, se les asemejaba en todo lo demAs, habi6hdose tramitado i decidido poco mas o menos como ellos. La lei i la fuerza estaban de parte de 10s patriotas, i asi, como era de esperarse, ganaron su causa, logrando que una junta reemplazase en el gobierno a1 presidente gobernador. Esta es la primera faz de la revolucih chilena,.

(50) CAPfTULO I1. 55. Una cierta porci6n de 10s grandles propietarios es la que promueve el cambio i la quc:opera. La turba, la rnultitud no interviene en 61 piara nada, i no lo comprende todavia. Los abogados dirijen el movimj!ento; i habituados a 10s procedimientos del foro, trat:in una cuesti6n de alta politica, como si fueraun plei to sobre intereses privados. La conducta de 10s jnnovadores es moderada, timida, conciliadora hasta cierto punt 0, respetuosa para la metr6poli. Todo lo que hacen e:jt5 autorizado por 6rdenes terminantes de 10s gobelmantes espafioles, que efectivamente mas tarde apru eban su comportamient 0 . Si la audiencia se opone a la ejc:cuci6n de esas 6rdenes, es porque, palpando las c:osas de cerca i temiendo por el yorvenir, calcula, en su prudencia, que la mas lijera alteracih en el sisitema colonial va a producir un serie de variaciones mas radicales, i a enjendrar, por Cltimo resultado, la completa ruina de la dominaci6n espafiola en Am6rica1.. V Los hechos no tardaron en realizar el presentimiento de 10s oidores. La pendiente de las revolucion .es es resbaladiza. Cuando 10s pueblos se han comprolmetido una vez en ella, es dificil que se detengan. Apenas 10s patriotas han conse,guido la organizaci6n de una junta, cuando algunc3s de ellos quieren que se vaya mas lejos todavia, i c;e empeiian en que. ..

(51) 56. -. LA DICTADURA DE O’HIGGINS. se despliegue mayor enerjia en contra de 10s amigos i sostenedores de la metr6poli. Antes, todas sus aspiraciones se reducian a colocar el gobierno en manos de 10s naturales del pais; per0 ya eso les parece poca cosa, i no les basta. Entonces 10s revolucionarios se dividen en dos. grandes fracciones. La una, mas moderada, mas prudente, se csfuerza porque c o n t i n ~ eese sistema solapado de transaccih , que no se decide claramente, ni corta del todo con el pasado. La otra, mas impaciente, mas atrevida, clama por resoluciones vigorosas i por una reforma pronta de 10s abusos. Esos dos bandos enemigos tenian por centro las dos principales ciudades del reino, por sostenes las dos corporaciones mas influyentes, i por caudillos a 10s dos hombres mas notables de la kpoca. Los moderados, 10snombrari: asi, aunque en ese tiempo ni ellos ni sus adversarios tenian una denominaci6n especial, prevalecian en Santiago; 10s exaltados, en Concepcih. Los primeros contaban con la inmensa mayoria de la poblaci6n; per0 10s segundos tenian en su favor el arrojo i el ardor de 10s partidos reformistas. El cabildo de la capital, donde imperaba don Jose Miguel Infante, presidia a 10s moderados; i la junta gubernativa, cuya alma era don Juan Martinez de Rozas, capitaneab a a 10s exaltados. VI Los caracteres de esos dlos jefes ofrecian ciertos puntos de semejanza, per0 10s motivos que dirijian su conducta eran sumamentle diferentes..

(52) CAPfTULO I1. '. 57. Infante era una alma varonil, re cta i llena de entereza, cuya intelijencia estaba dota da de .fuerza, per0 no de flexibilidad. Cuando concebj[a una idea, era diflcil que la abandonase. Cuando adlmitia un principio, deducia de 61 con todo rigor sus c(msecuencias. Era incontrastable como un axioma, i tenaz como un dialectico. No renegaba nunc;3 i yor nada de lo que estimaba la verdad. Hablab a como pensaba, i obraba como hablaba. Le faltaban esa perspicacia i es;3 facultad de larga vista que constituyen el mkrito d e algunos hombres de estado. Le adornaban la recti1:ud i la moralidad politicas, que tanto realzan a 10s ciudadanos de las repitblicas antiguas. Podia equivcxarse; per0 no era capaz de desoir la voz de su conc:iencia, ni de guardar silencio por motivos egoistas. En esta kpoca, Infante no era rii fervoroso federalista, ni discipulo de la Encicloped?ia, como posteriormente se mostr6. Era un revoluc ionario que queria marchar con toda prudencia, que participaba tal vez de muchas de las preocupaciones iridijenas, i que icosa estrafia! sostenia la preponderanci a de la capital sobre las provincias. Don Juan Martinez de Rozas desplegaba en su conducta tanta enerjia i tanta per:;istencia, como su rival; per0 su tenacidad le venia d e la pasibn, i no de la cabeza, como a1 otro. Era de la casta de esos individuos fogosos e impresionables q ue corren riesgo de ser dbspotas a1 servicio de 10s gobi ernos, i demagogos cuando se colocan a1 lado del pue:blo. De raz6n despejada, de juicio f i r*me,de conocimientos variados i modernos, de m u dla lectura, aventajaba inmensamente a sus conteml)orineos en el saber. ..

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