CapítuloS Anatomía de la bestia: convertibilidad y hegemonía menemista

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Anatomía de la bestia:

convertibilidad y hegemonía menemista

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Capítulo 5. Anatomía de la bestia: convertibilidad y hegemonía menemista

segura. Estos escorzos animales y humanos que poseemos no alcanzan para conocer a nuestra bestia: necesitamos conocer su anatomía. No pue-de haber hegemonía política burguesa sin cuerpo en el Estado y la acu-mulación capitalistas. A la forma de Estado y a la estrategia de acumulación que corporizan a esa hegemonía menemista dedicaremos este capítulo.

5.1. Hegemonfa: forma de Estado

y

estrategia de

acumulación

Es necesario introducir en este apartado algunas precisiones 1nás acerca de nuestro empleo del concepto de hegemonía. Es sabido que, para Gra-rnsci y para muchos de sus seguidores, la constitución de una hegemonía política requiere la mediación del Estado. Este es un aspecto decisivo para entender la naturaleza de cualquier hegemonía política. Sin embar-go, esta relación entre hegemonía y Estado es sumamente compleja den-tro del pensamiento gramsciano, debido a la extensión que reviste el concepto de hegemonía en su seno. Esta complejidad deriva en su mayor parte, simplemente, de que Gramsci introdujo dícho concepto para li-diar con problemas de estrategia política revolucionaria antes que de dominación política burguesa.Vl En efecto, Gramsci introdujo el con-cepto de hegemonía, a mediados de la década de 1920, para referirse al papel del proletariado como la clase dirigente de una alianza revolucio-naria de clases.272 Escribía entonces que "los comunístas turineses se

plan-m Nos referimos, naturalmente, a los problemas de estrategia revolucionaria suscitados por 'la derrota del movimiento de consejos obreros dei none de Italia de 1919-20, del que participara activamente el propio Gramsci (véase Samucci 1998). Ya en los escritos correspondientes de LOrdine Nuovo aparecía claramente, aunque en ausencia de la noción

ele hegemonía, el papel de los consejos obreros, en su interacción con los sindicatos y el partido, como "modelo" o "cedula" de un futuro Estado obrero. "El Estado socialista-escribía Gramsci por entonces- existe ya potencialmente en las instituciones de la vida social característíca de la clase tmbajadora explotada. Unir entre sí estas instituciones, coordinarlas y subordinarlas en una jerarquía de competencias y poderes, centralizadas fuertemente, pero respetando las autonomíns necesarias y sus articulaciones, significa crear desde ahora una verdadera democracia obrera, en comraposición eficiente y a ni va con el Estado burgués, preparada ya desde ahora para sustituir al Estado burgues en todas sus funciones esenciales de gestión y de dominio del patrimonio nacional" ( 198 l , p.89·, véanse en conjunto los artículos de este Gramsci consejista reunidos en Gramsci 1973 y 1981). Esta misma problemática, aunque mucho más complejizada, será la abordada por Gramsci más tarde en términos de hegemonía.

272 Específicamente en

La situación italiana y las tareas del PCJ, un documento para la discusión del Ili Congreso del PCl realizado en Lyon en 1926, y en Algunos temas sobre la cuestión meridional, escrito también en 1926 (ambos incluidos en Gramsci 1981). Éste es, naturalmente, el punto enfatizado en las lecturas más leninistas de Gramsci (por ejemplo

Gruppi 1978).

La hegemonía menemista

tea ron concretamente la cuestión de la 'hegemonía del proletariado', o sea de la base social de la dictadura proletaria y del Estado obrero. El proletariado puede convertirse en ciase dirigente y dominante en .la rnedi·d·a en que consigue crear un sistema de alianzas de clase que le permua moVIh-zar contra el capitalismo y el Estado burgués a la mayoría de la población trabajadora ... " (1981, p. 307). Pero en escritos posteriores, Gramsci empleó la noción de hegemonia tanto para continuar reflexionando sobre pro-blemas de estrategia política revolucionaria, como para reflexionar acerca de las características de la dominación política burguesa. Este empleo ampho del concepto de hegemonía, empero, complejizó enormemente su relación con el Estado, en la m_edida en que tanto la política de las clases dominantes (que detentan efectivamente el poder de Estado) como la política de las clases dominadas (que no detentan dicho poder de Estado) son analizadas en términos de políticas hegemónicas. Gramsci parecía entonces vacilar entre una asociación estrecha entre hegemonía y poder de Estado, como cuando identificaba ''el momento en que un gru-po subalterno se torna realmente autónomo y hegemónico" con el mo-mento en que "crea un nuevo tipo de Estado" (1975-80 lll, p. 85), y una sucesión cronológica entre hegemonía y poder de Estado, como cuando afírmaba que "un grupo social puede e incluso debe ser dirigente ya antes de conquistar el poder gobernante (esta es una de las condiciones principales para la conquista misma del poder)" (1975-80 VI, p.99). La consideración del Estado, en los térrninos heredados de Hegel de un Estado am.pliado a instituciones de la sociedad civil, permitió a Gramsci introducir cierta nexibilidad entre estas dos opciones, en la medida en que los aparatos privados de hegemonía de la sociedad civil podían ser ámbitos de disputa hegemónica, pero no alcanza para precisar sin resto la relación entre hegemonía y Estado. Pensamos que, para precisar esa relación, conviene inclinarnos por la primera alternativa y asociar estre-chamente hegemonla y Estado, restringiendo por consiguiente el campo de aplicación de la noción de hegemonía a la dominación política bur-guesaY3 En este sentido, rescatamos a ,.P_oulantzas cuando precisa que el

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CapílUlo 5. Anatomía de la bestia: convertibilidad y hegemonía menernista

concepto de hegemonía "tiene por campo la lucha política de clases en una formación capitalista, y comprende, más particularmente, las prácti-cas polítiprácti-cas de las clases dominantes en esas formaciones" (!976, p.169).

Pero esta opción nuestra de asociar estrechamente hegemonía y Esta-do irnplica una segunda restricción en el uso del concepto de hegemo-nía, a saber, queda restringido a escala del Estado-nación. También en este sentido Gramsci solía emplear la noción de hegemonía de 1nanera más amplia. Afirmaba así que la hegemonía "se verifica, no sólo en el interior de una nación, sino en todo el campo internacional, entre com-plejos de civilizaciones nacionales y continentales" (1975-80 !1, p.34-5). La peculiar posición de la cultura italiana en el seno de la cultura euro-pea inspiraba este uso gramsciano del concepto de hegemonía a escala internacional. Por una parte, a raíz de la instauración de la sede papaL en la Roma del siglo XVI, el cosmopolitismo religioso de los intelectuales italianos revestía "un carácter estrictamente político, de hegemonía inter-nacional", cumplía una "función hegemónica mundial", se nutría de un "espíritu imperialista" (1975-80 VI, p.24). Por otra parte, corno contra-partida de ese cosmopolitismo, el atraso relativo en la construcción de una cultura burguesa nacional durante el siglo XlX conducía para Grmnsci a una hegemonía de la cultura francesa. "Todo pueblo tíene su literatura, más ésta puede venirle de otro pueblo, es decir, que el pueblo de referen-cia puede estar subordinado a la hegemonía intelectual y moral de otros pueblos. [ .. ] 1A qué se debe que el pueblo italiano lea con preferencia a los escritores extranjeros? Significa que

sufre

la hegemonía intelectual y moral de los intelectuales extranjeros, que se siente más ligado a los inte-lectuales extranjeros que a los 'paisanos', es decir, que no existe en el país un bloque nacional intelectual y moral, Jerarquizado y mucho menos igualitario" (1975-80 IV, p.103; 126). Estas afirmaciones parecen involu-crar de manera privilegiada la dimensión cultural, intelectual y moral, ideológica de la hegemonía en su extensión a una escala internacional -aunque la iniluencia del papado puede involucrar asimismo aspectos jurídico-políticos. El problema que plantean reside en la articulación entre este concepto de hegemonía ideológica -e incluso, en su caso, jurí-dico-política-, internacional y los Estados-nación que siguen operando como mediadores necesarios de la hegemonía a escala nacionaL Este es un problema importante -acaso más importante aún en el capitalismo

cieno, no se encuentra en Gramsci) para analizar la política revolucionaria, no resuelve de ninguna manera este problema en la medida en que la misma no sea definida como algo distinto de una mera contracar'a de la política dominante (véase, en este sentido, la discusión planteada por Hollowayen AAW 2002).

La hegemonía menemisla

contemporáneo- y que incumbe direclamente a nuestro análisis de la hegemonía menemista.

En efecto, resulta evidente que las hegemonías neoconservadoras a escala de los Estados-nación particulares no pueden analizarse prescin-diendo de la existencia de una suene de "hegemonía neoconservadora" vigente a escala internacional. Las relaciones sociales capitalistas y el

an-~gOr1lS'ffio que les es inherente son globales por definición y, además,

devienen cada vez más globales conforme se desarrolla históricamente el capitalismo. Las clases, la lucha de clases y las relaciones de fuerza entre las clases son, asimismo, globales por definición y devienen cada vez más globales con ese desarrollo histórico del capitalismo (véase Holloway 1995). Hasta aquí presentamos la hegemonía como un fenómeno político regis-trado a escala de los Estados-nación paniculares, pero la misma no pue-de sino remitirnos a esa lucha y a esas relaciones pue-de fuerza entre clases a escala internacional. La hegemonía a escala de los Estados-nación parti-culares debe entenderse entonces cmno la territorialización en términos políticos, en dichos Estados-nación, de una lucha y unas relaciones de fuerza entre clases vigentes a escala internacionalY~ La construcción de hegemonías neoconservadoras a escala de Estados-nación particul""res durante las décadas de 1980-90 remite así a un proceso global de recom-posición de la acumulación y la don1inación capitalistas, iniciado hacia fines de la década de 1970 y en respuesta a la crisis del capitalismo de posguerra, que reunió desde la reestructuración de los propios procesos de producción y acumulación a escala del mercado mundial hasta la mutación del sistema internacional de Estados derivada del derrumbe del bloque del este, pasando por la adopCión masiva de la doctrina neocon-servadora por parte de los cuadros intelectuales de la burguesía y un amplio espectro de procesos económicos, sociales, políticos e ideológicos relacionados. También en nuestro caso específico de la hegeinonía mene-mista, naturalmente, se conjugaron una serie de factores que remiten a ese proceso global de recomposición de la acumulación y la dominación capitalistas. La reestructuración del capital y la recomposición de las

da-lH Desde luego, esta terrirorialización supone una suene de "nacionalización" de esa

lucha y de esas relaciones de fuerza entre clases, según las particularidades de las forma-ciones económico-sociales encuadradas en dichos Estados-nación. En este sentido, pode-mos acordar con Gramsci cuando afirma que "el concepto de hegemonía es aquel donde se anudan las exigencias de carácter nacional [ ... } Una clase de carácter internacional, en la medida en que guía a capas sociales estrictamente nacionales (intelectuales) y con frecuencia más que Í1acionales, particularistas y municipalistas (los campesinos), debe en cierto sentido 'nacionalizarse"' (1975-80 1, p.148).

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Capitulo 5. Anatomia de la bestia: convenibilidad y hegemonía menemista"

ses y fracciones de clase sobre las que descansó la hegemonía menemista fue parte de aquella reestructuración de los procesos de producción y acumulación a escala del mercado mundial. La reforma del Estado y la reorientación de sus intervenciones, o sea la creación de una fonna de Estado adecuada a esa hegemonía menemista, se encuadró asimismo en un proceso mundial de reforma de los Estados capitalistas de posguerra. La ideología neoconservadora que acampanó a la hegemonía menemísta constituyó, finalmente, apenas una adaptación de doctrinas neoconser-vadoras forjadas en los thinh-tanhs globales.

Todos estos elementos, que podrían abonar un empleo a escala inter-nacional de la noción de hegemonía, son decisivos para entender las característícas de la hegemonía menemista. Sin embargo, nosotros segui-remos restringiendo el empleo del concepto de hegemonía a escala del Estado-nación y seguiremos refiriéndonos a la hegemonía menemista como un fenómeno que tuvo lugar en el terreno del Estado-nación argentino. Nuestra decisión deriva, en definitiva, de la citada asociación existente entre hegemonía y Estado. Pero justifiquemos esta decisión. Recordemos, antes que nada, que nosotros aplicamos la noción de hegemonía a las relaciones políticas entre clases y no así a las relaciones entre Estados. En este sentido, no podemos extender la noción de hegemonía, como suce-de en algunas concepciones, para referirnos a las dimensiones isuce-deológi- ideológi-cas de las relaciones internacionales entre Estados-nación políticamente inclependientes.275 La hegemonía, precisamente, territorializa a escala de

esos Estados-nación políticamente independientes una lucha y unas re-laciones de fuerza entre clases vigente a escala internacional. Reconoce-mos ciertamente que instituciones extranjeras o internacionales (organis-mos financieros como el FMI, organizaciones como la OMC, institucio-nes que integran aparatos de Estado extranjeros corno la USFR, institutos privados como el Cato Institute y un amplio etcétera) desempeflan autén-ticas funciones hegemónicas a escala internacional: generan y divulgan discursos legitimadores acerca de las virtudes de la econornía de libre mercado, elaboran proyectos de reforma del Estado, proveen cuadros intelectuales para desempeñarse como funcionarios, ele. Esto es decisivo para entender la naturaleza de las hegemonías neoconservadoras en ge-neral, así como la hegemonía menemlsta en particular. Sin embargo, en la medida en que los Estados-nación no fueron relevados de su función de territorialización de las relaciones sociales capitalistas por una

instan-m Nos referimos, por excelencia, al empleo del concepto de hegemonía dentro de la denominada Escuela de Binghamton encabezada por l. Wallerstein y G. Arrighi.

La hegemonía menemista

cia supranacional de soberanía, ~eguiremos restringiendo nuestro em-pleo de la noción de hegemonía a escala de esos Estac]_qs-nación. Las funciones hegemónicas desempeñadas por instituciones como aqudlas son complementarias respecto de las desempeñadas por los Estados-na-ción particulares pero, en la medida en que no existe ese Estado supra-nacional, no las reetnplazan.

Ahora bien, para profundizar en esta relación entre hegemonia y Es-tado conviene reparar en la doble dimensión que caracteriza al concepto de hegemonia. Ya rozarnos esta doble dimensión cuando rescatamos cier-tas afirmaciones gramscianas acerca de la integración de las viejas clases dominantes en los nacientes Estados burgueses alemán y británico o de las dificultades de la burguesía italiana para asumir su función dirigente respecto de los grupos sociales afines y aliados para la constitución de su propio Estado moderno (1975-80 V, p. 30 y ss.; VI, p.99 y ss). Pero esta doble dimensión reviste una mayor precisión dentro de la concepción específicamente poulantziana de la hegetnonía. Afirma Poulantzas en este sentido que "la clase hegemónica es la que concentra en sí, en el nivel político, la doble función de representar el interés general del pueblo-nación y de detentar un dominio especifico entre las clases y fracciones dominantes: y esto, en su relación particular con el Estado capitalista" (1976, p.175). Y, puesto que ambas funciones hegemónicas están media-das por el Estado capitalista, dicho Estado asumirá una doble función. "Respecto de las clases dominadas, la función del Estado capitalista es impedir su organización política, que superaría su aislamiento que es en parte su propio efecto [ ... ] Por el contrario, respecto de las clases domi-nantes, el Estado capitalista trabaja permanentemente en su organización en el nivel político, anulando su aislam.iento económico, que es, tan1bíén aquí, su propio efecto así como el de lo ideológico"' (1976, p.239).

Más adelante volveremos sobre esta doble dimensión de los conceptos de clase y Estado hegemónicos y de sus relaciones a propósito de la hege-monía menemista. Pero es decisivo advertir de antemano que nuestro empleo del concepto de hegemonía supone que el proceso de constitu-cíón de una nueva hegemonía, i.e., __ ~_l_

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en, rylidad un único proceso de desenvolvimiento de la lucha de clases .. Así como es importante entender que su contrapartida:~,..t;l,_p_r_Q_~S:-~9

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Capitulo 5. Anatomía de la bestia: convertibilidad y hegemonía m enemista._

,_mediación del Estado capitalista. Luego veremos que fue precisamente la mediación del Estado argentino, a través de sus políticas de reestructura-ción capitalista enmarcadas en la convertibilidad, la que permitió que esa gran burguesía, que ya se había consolidado económica y socialmente como clase dominante en los procesos hiperinflacionarios, deviniera po-líticamente dirigente mediante la constitución de la hegemonía mene-mista. Significa, en segundo Jugar, que el Estado capitalista se recompo-ne a su vez, en un doble sentido de transformarse y fortalecerse, en la medida en que desempeña esa función de mediador de la hegemonía. El Estado argentino, sumido en la impotencia durante

el

proceso hiperin-f1acionarío que clausura la administración alfonsinista, quebrado econó-micamente y vacante políticamente, se recompone así adoptando una nueva forma neoconservadora de_ Estado acorde con su función como ri1edi3.dor de la hegemonía menemjsta, durante la primera administra-ción menemista. Significa, en tercer lugar, que las clases o fracciones de clases económica y socialmente dominantes sólo pueden ser políticamente dirigentes, es decir hegemónicas, respecto de las clases y fracciones de clases subordinadas a través de la conformación de un bloque en elpo:. d~r encabezado por su fracción hegemónica. Va de suyo que, inmersas·

en

esa suene de guerra de todos contra todos que caracteriza a los estalli-dos híperinflacionarios, ninguna fracción de la gran burguesía estaba en condiciones de desempeñar función dirigente alguna respecto de los tra-bajadores. La constitución de un nuevo bloque en el poder, dirigido políticamente por aquellas fracciones que se habían impuesto económica y socialmente en dicha guerra de todos contra todos, sería una condición para que la gran burguesía en su conjunto desempeñara esa dirección de los trabajadOres. Significa, en.cuarto lugar, que a su vez las clases o frac-ciones de clases eConómica y socialmente dominantes sólo pueden con-formar un bloque en el poder en la medida en que desempeñ.en esa dirección respecto _de las clases y fracciones de clase subordinadas. El carácter relativamente monolítico· que' adquirió el bloque en el poder menemista tuvo como condición suya la relativa subordinación de los trabajadores a la dirección política de la gran burguesía. El proceso de constitución de una _nueva hegemonía es, precisamente, este proceso de mediaciones recíprocas y simultáneas: la burguesía se recompone como clase hegemónica a través del Estado capitalista y el Estado capitalista se recompone como instancia de dominación a través de la recomposición de la hurguesía como clase hegemónica; la burguesía dirige a los trabaja-dores a través de su unificación política en un bloque. en el poder y se unifica políticamente en un bloque en el poder a través de la dirección

La hegemonía menemista

de los trabajadores. Y son mediaciones recíprocas y simultáneas porque, 1 aunque podemos diferenciarlas analíticamente, históricamente son as-pectos de un único proceso de desenvolvimiento de la lucha de clases. Finalmente, para profundizar nlás aún esta relación entre hegemonía y Estado, es conveniente precisar la manera en que se corporiza esa me-diación del Estado. Aludimos antes a que, en nuestro caso, fue la media-ción del Estado a través de sus políticas de reestructuramedia-ción capitalista, enmarcadas en la convertibilidad, la que permitió que la gran burguesía conformara un nuevo bloque en el poder y deviniera hegemónica. La fórmula poulantziana para referirse a la función hegemónica del Estado, aquella de "desorganizar políticamente a las clases dominadas, organi-zando a la vez políticamente a las clases dominantes" (1976, p.239), es en este sentido demasiado estrechamente politicísta. La noción de

estra-tegi(l5 de acumulación -relacíonada a su vez con la noción de pr?yectos h~ge­

ITipnicos-

introducida por Jessop es un punto de partida rrlás-·adec:Úado p~;a precisar este punto. Dice Jessop: "Una 'estrategia de acumulación' define un 'modelo de crecimiento' económico específico completo con sus varias precondiciones extraeco·nómicas y esboza una estrategia gene-ral apropiada para su realización" (l990f, p.l98-9). Serían eJemplos de estrategias de acumulación desde la Grossraumwirtschaft fascista, pasando por el fordismo norteamericano y la economía social de mercado alema-na de la posguerra, hasta la sustitución de importaciones y la promoción de exponaciories latinoamericanas. Detrás de la dirección de una frac-ción hegemónica, una estrategia de acumulafrac-ción operaría como una suene de marco para una acumulación capitalista que íntegra al conjunto de las fracciones burguesas en pugna: "Un marco estable -en palabras de Je-ssop- en el cual la competencia y los intereses en conflicto pueden ser conducidos sin romper la unidad de conjunto del circuito del capital"

(id., p.l99). Estas estraxegias de. acumulación se articulan a su vez con proyectos hegemónicos que, ejercicio del poder de Estado mediante, apun-t'3~ a resolver esos conflictos de intereses económicos inmediatOs entre la fracción dirigente y las restantes fracciones de la burguesía -e incluso de las clases subordinadas.

Las políticas de reestructuración capitalista enmarcadas por la

con-~.r__tibilidad pueden entenderse com.o políticas que apuntaban a la con-soliCfadón de una determinada estrategia de acumulación, articulada a su vez con el proyecto hegen1ónico menemista, en un sentido semejante al planteado de Jessop. Dirigida por las fracciones de la gran burguesía más aperturistas, dícha estrategia de acumulación orientada hacia el mer-,_.,, .. __

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Capítulo 5. Anatomia de la bestia: convertibilidad y hegemonia menemista_

como un marco para la acumulación capitalista conjunta de las distintas fracciones de la burguesía -mientras que la deserción respecto de dicho marco implicaba la recaída en las pugnas abiertas entre esas distintas fracciones de la burguesía que habían caracterizado los procesos hiperin-f1acionarios de 1989-90. Y esa estrategia de acumulación se articuló, a su vez, con el proyecto hegemónico rnenemista en la medida en que susten-tó materialmente, a la vez, la cohesión del bloque burgués en el poder, que encabezó la hegemonía menemista y la subordinación de la clase trabajadora a dicha hegemonía menemista. 276 Pero debemos precisar esta

articulación entre estrategia de acumulación y proyecto hegem.ónico. En efecto, estrategias de acumulación que apuntan a una reoriema-ción de la acumulareoriema-ción capitalista hacia el mercado mundial se imple-mentaron simultánearnente, aunque con distintos niveles de profundi-dad y modaliprofundi-dades de desenvolvimiento, en otros países latinoamerlca-nos durante !as décadas de 1980-90. Asimismo, se encararon proyectos hegemónicos neoconservadores, aunque con diversa suene, en otros paí-ses latinoamericanos durante esas décadas. Estas constataciones sugieren la conclusión de que estaríamos ante una detenninada articulación entre cierta estrategia de acumulación y cierto proyecto hegemónico, que po-dría generalizarse y emplearse como una suerte de modelo para la inter-pretación de una variedad de casos. El modelo en cuestión podría con-frontarse a continuación con un modelo previo, que artícularía una es-trategia de acumulación orientada hacia el mercado interno y un proyec-to hegemónico populista. Tendríamos así, además, un criterio de perio-dización para la historia latinoamericana contemporánea y, eventualmente, un punto de partida para explicarla en términos de sucesivas transicio-nes entre dichos modelos. En este sentido, precisamente, suelen em-plearse las nociones de fordismo oindustrializaci()n sustitutiva de

importq-ciones

para interpretar~-et' capitalismo de posguerra en los países cen-trales y periféricos, y las de posfordismo o industrializaci()n orientada aJa

exporta~ión para interpretar el nuevo capitalismo, que resultaría a par-tir de un proceso de transición respecto de ese capitalismo de pos-guerra en dichos países.

276 En sentido estricto, Jessop distingue entre hegemonía y proyecto hegemónico. La

hegemonía, sostiene, reúne una selectividad esLructural o estratégica consistente en los privilegios gozados por ciertas fuerzas sociales en una determínada forma de Estado; un proyecto hegemónico propiamente dicho consiste en un programa nacional-popular que integra a las fuerzas subordinadas y una estrategia de acumulación apropiada (1990[,

p.205 y ss.). Aquí, sin embargo, sólo emplearemos las nociones de estrategia de acumu-lación y proyecto hegemónico.

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La hegemonía mene.mista

Pero estaríamos avanzando demasiado deprisa. Estaríamos explican-do la historia mediante el uso de unos modelos de articulación entre _q¡;:umulación y dominación capitalistas que no se diferenciaría de un uso

~"5tructurallsta -sea inspirado en el estructuralismo marxista o, peor aún, ~n el estructuralismo cepalino, siempre más a mano para explicar la his-toria latinoamericana. La debilidad de semejante explicación residiría, precisamente, en que reduciría láS crisis capitalistas a procesos. de transi-ción entre modelos determinados por la funcionalidad 1 disf!-Jncionali-dad registradas entre sus elementos, conduciéndonos así a conceder una

po~íción subordinada o incluso a no conceder posición alguna a la lucha

di

cl3.ses en dicha explicación. 277 La explicación en cuestión incurriría

así en una auténtica felichización de los modelos que emplea. Las críticas en este sentido de Holloway, Bonefeld y Clarke a las interpretacíones de jessop y Hirsch de la crisis del capitalismo de posguerra, en términos de transición del fordismo al posfordismo, son concluyentes en general así como relevantes para nuestro análisis en particu1ar (véase Holloway y Bonefeld 1994). Los intentos de jessop de evitar el sesgo determinista de su aparato conceptual -en particular, el de presentar las estrategias de acumulación en términos de "resultados contingentes de una dialéctica de estructuras y estrategias" (1990[, p.205) y la articulación entre estrate-gias de acumulación y proyectos hegemónicos como derivada de "prácti-cas articulatorias contingentes" (1990e, p.80)~ se revelan como infruc-tuosos dentro del marco estructuralist.a de referencia de dicho aparato conceptual. Más exactamente: dichos intentos conducen, una vez más, a ese desconocimiento de las relaciones sociales capitalistas y de los anta-gonismos que les son inherentes que antes encontramos en Poulantzas. Dentro del marco estructuralista de Jessop, el Estado y el capital como formas de Iris relaciones sociales ~value-form y state-form, en sus térmi-nos- operan como estructuras subyacentes completamente vacías que re-cién adquieren contenido cuando descendemos a los proyectos hegemó-nicos y las estrategias de acumulación particulares.

Pero el Estado y capital no son meras estructuras vacías. Son formas, es decir, mOdos de existencia diferenciados de unas mismas re13c{ones sociales antagónicas. El antagonismo entre capital y trabajo está inscripto de antemano en dichas formas, pues, con independencia de su

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Capítulo S. Anatomía de La bestia: convertibilidad y hegemonía menemista

ción contingente en una estrategia de acumulaci.ón y un proyecto hege-mónico particulares (véase jessop l990d y e). Vale recordar en este punto las conclusiones que Marx extrae de su análisis de la tendencia hacia la nivelación de las tasas de ganancia, es decir, del modo mismo de existen-cia del capital como relación soexisten-cial global: "Resulta que cada capitalista individual, así como el conjunto de todos los capitalistas de cada esfera de la producción en panicular, participan en la explotación de la clase obrera global por parte del capital global y en el grado de dicha explota-ción, no sólo por simpatía general de clase, sino en forma directamente económica, porque, suponiendo dadas todas las circunstancias restantes -entre ellas el valor del capital global constante adelantado-, la tasa me-dia de ganancia depende del grado de explotación del trabajo global por el capital global" (1990 lll, p.248). La tendencia a la constitución de una tasa n1edia de ganancia es, sin más, la tendencia a la constitución del capital como relación social global y, por supuesto, del antagonismo en-tre capital y trabajo inherente a dicha relación social como un antagonis-mo global. En ténnínos más sencillos: el proceso de constitución de una tasa media de ganancia opera como proceso de unificación de los intere-ses de las diversas fracciones del capital y de los diversos capitalistas individuales, en el interés común de un capital colectivo que explota a un trabajo igualmente colectivo. "Tenemos aquí, pues, la detnostradón mateinática exacta de por qué los capitalistas, por m_ucho que en su com-petencia 1nutua se revelen como falsos hermanos, constituyen no obStan-Le una verdadera cofradía francrnasónica frente a la totalidad de la clase obrera" (1990 Ill, p. 250).278 El interés capitahsta colectivo en la

explota-ción del trabajo colectivo es, entonces, una determinaexplota-ción más básica que la correspondiente a la medida en que los capitales individuales y las distintas fracciones del capital participan de esa explotación global, se-gún sus respectivas participaciones en la propiedad del capital global. Y la articulación de los intereses económicos inmediatos de las distintas fracciones de la burguesía y los distintos burgueses individuales en un interés económico (así como político) estratégico común, polarizada por la fracción hegemónica, descansa sobre ese interés capitalista colectivo en la explotación (y la dominación) de la clase trabajadora en su conjunto. Este interés capitalista colectivo subyace, en definitiva, a ese compromiso

m Y de aquí se deriva también, como señala Holloway, la unidad de intereses del trabajo global. "La unidad de la clase capitalista no está constituida por la simpatía general de clase sino por la unidad del proceso de explotación. La unidad de la clase trabajadora, lógicamente, está constitUida, no por la simpatía general (la solidaridad) sino por la misma unidad del proceso de explotación" (1992).

La hegemonia menemista

que asume la burguesía en su conjunto ante la tarea de disciplinar a los trabajadores, de recomponer la acumulación y la dominación capitalis-tas, en los procesos de constitución de una nueva hegemonía. Este argu-mento no conduce, ciertamente, a rechazar el empleo de conceptos pro-pios de menores niveles de abstracción (como los conceptos de estrategia de acumulación, proyecto hegemónico y otros que venirnos empleando), puesto que ese interés capitalista colectivo se expresa históricamen,te de diferentes maneras conforme el desarrollo de la lucha de clasesY9 Este

argumento impllca simplemente que no debemos fetichizar esos concep-tos propios de menores niveles de abstracción, es decir, olvidar que nom-bran modos de existencia de relaciones sociales antagónicas en sus ex-presiones históricas particulares.

Ahora bien, antes de cerrar este apartado, conviene explicitar dos implicancias de nuestra recuperación de estas nociones de estrategia de acumulación y de proyecto hegemónico. La primera radica en que, ex-tendiendo nuestras precisiones anteriores sobre el proceso de constitu-ción de una nueva hegemonía a esta dupla de nociones, la implementa-ción de una nueva estrategia de acumulaimplementa-ción y de un nuevo proyecto hegemónico son sendas dimensiones de un único proceso de desenvol-vimiento de la lucha de clases. La convertibilidad operará entonces, si-multáneamente, como marco de una recomposición de la acumulación y Ia dominación capitalistas. Y la dinámica de esta recomposición no res-ponderá a la funcionalidad o disfuncionalidad entre una y otra, sino a las correlaciones de fuerza entre clases. La segunda radica en que, a su vez, esta relación entre estrategia de acumulación y proyecto hegemóni-co_, Como 'd~s dimensiones de un único proceso de desenvolvimiento de

T~ lucha de clases, introduce una nueva restricción en nuestro effipleo

aet

concepto de hegemonía, ya no una restricción de tipo espacíal, a un Estado-nación particular, sí no una restricción temp()_ral, a_ .un pe-ríodo acotado en el desarrollo de esa ~currmlación capitalisp. La he-g;tnOnía no consiste pues en un consenso pasajero -como, por ejem-plo, el consenso alfonsinista que analizamos en el segundo capítulo-pero tampoco remite necesariainente a procesos de muy larga

dura-279 En este aspccw disentimos con Holloway y Bonefeld ( 1994) cuando, en la discusión

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Capitulo S. Anatomía de la bestia: convenibllidad y hegemonía menemista

cíón -como los conslderados por Gramsci a propósito de la constitu-ción del Estado-naconstitu-ción italiano.

5.2. Lucha de clases

y

conflictos interburgueses

Vayamos ahora al proceso histórico de constitución de la hegemonía menemista, cmnenzando por la integración de un nuevo bloque en el poder a partir de los conflictos interburgueses previos y la constitución de ese nuevo bloque, en dírigent.e de las clases subordinadas a partir de las luchas de clases previas. Poulantzas define

la

noción de bloque en el poder como la "unidad contradictoría particular de las clases o fraccio-nes de clase dominantes, en su relación con una forma particular del Estado capitalista" (1976, p. 303). El Estado medía la conformación de ese bloque en el poder porque permite alinear políticamente a las distin-tas clases o fracciones de clase económica y socialmente dominantes, pero en conf1icto, detrás de una clase o fracción dirigente: "La relación del Estado capitalista y de las clases o fracciones dominantes actúa en el sentido de su unidad política ba;o la égida de una clase o fracción hegemónica. La clase 0

fracción hegemónica polariza los intereses contradictorios específicos de

las diversas clases o fracciones del bloque en el poder, constituyendo sus intereses económicos en intereses políticos, que representan el interés común de las clases o fracciones del bloque en el poder: interés general

que consiste en la explotación económica y en el dominio político" (1976, p.309). Esta integración de esas distintas clases o fracciones de clase eco-nómica y socialmente dominantes en un nuevo bloque en el poder las redefine políticamente, pero a la vez redefine políticamente su relación con las clases y fracciones de clases subordinadas. Poulamzas escribe así que la lucha de clases "reviste, a nivel polílico de las relaciones de poder y por mediación de la institución objetiva del Estado, una forma relativamente simple

de relaciones entre dominantes y dominados, entre gobernantes y gober-nados [ ... ] Esta simplificación de las relaciones de clase a nivel del poder político no es una simple reproducción de la contradicción económica 'simple' capital 1 trabajo. En lo relativo a las clases o fracciones 'dominan-tes', esa simplificación consiste en realidad en su polarización a nivel politico debido a los intereses 'específicos' de la clase o fracción 'hegemó-nica'. En el seno del Estado consl.ste, en cambio, en un 'bloque en el poder'. Situado a nivel propiamente político, este bloque en el poder constituye una unidad contradictoria 'con dominante' de la clase o fracción hegemónica" (l985c,

p.68). La clave para entender el proceso de constitución de una nueva hegemonía radica, entonces, en entender este doble proceso de

polariza-282

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1

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1

La hegemonía menemista

ción política de los intereses de las distintas clases a fracciones de clase económica y socialmente dominantes por la clase o fracción dirigente en un bloque en el poder (primera dimensión de la hegemonía), y de sub-ordinacíón política de las clases o fracciones económica y socialmente dominadas a ese bloque en el poder (segunda dimensión de la hegemo-nía). La concepción pluralísta del conflicto social, que ya criticamos a propósito de Poulantzas, sin embargo, dificulta dlcho entendimiento.280

En efecto, dentro de este doble proceso, la lucha de clases aparece como un momento, el conflicto interburgués aparece como otro momento, y, ambos momentos, se median recíprocamente. Pero a la vez, el proceso ·en su conjunto, es un proceso de adopción de un modo de existencia espe-cífica~ente político-hegemónico por parte de la lucha de clases.281 La

lucha de clases es, simultáneamente, un momento en este doble proceso y el proceso en su conjunto.

/ La mediación del Estado neoconservador argentino en la constitución

del

bloque en el poder, que encabezó la hegemonía menetnista, decía-mos, descansó esencialmente en la implementación de las políticas de reestructuración capitalista enmarcadas por la .~?

__

nvertibi~idad. Sin em-bargo, estas políticas de reestructuración y el prOpio marcü'~de''la conver-tibilídad suponían costos muy importantes desde el punto de vista de los intereses económicos inmediatos de las fracciones de la burguesía menos capaces de insertarse competltivamente en el mercado mundial, cmno las fracciones de la pequefi.a y mediana burguesía industrial, agropecuaria y comercial, e incluso aquellas fracciones de la gran burguesía previamente vinculadas de manera privílegiada con el mercado interno y con el Esta-do. El hecho de que ci.ertos empresarios pertenecientes a estas fracciones lograran adaptarse exitosamente a este curso (partlcípando de las privati-zaciones, conviniéndose en subcontratistas, desplazándose desde la

pro-260 Agreguemos que la supremacía que el segundo Poulamzas concede a la lucha de clases no alcanza para resolver este problema, ni en su definición del Estado como condensación

matetial de las relacíones de fuerza entre clases y fracciones ni en su consideración de sus políticas como resultado de esas relaciones de fuerza. Escribe Poulamzas: "El Estado, capitnlista en este caso, no debe ser considerado como una entidad intrínseca, sino ~al

igual que sucede, por lo demás, con el 'capital'- como una relación, más exactamente como la condensación matericd de una relación de fuerzas entre clases y fracciones de clase, tal como se expresa, siempre de forma espcc({íca, en el seno del Estado \ ... ] E! estableci-miento de la política de Estado debe ser considerado como el resultado de las wntradiccwnes de clase inscriptas en la estructura misma del Estado" (1986, p.l54; 159).

(9)

(

Capitulo S. Anatomía de la bestia: convertibilidad y hegemonía menemísta

ducción hacia la importación o a través de otras estrategias semejantes) no desmiente esa afirmación. Más aún: esas políticas de reestructuración y ese marco de convertibilidad suponían incluso restricciones para ¡05 intereses económicos inmediatos de algunas fracciones de la gran bur-guesía, que eran efectivamente capaces de insertarse en el mercado mun-dial, como la fracción industrial exportadora de la gran burguesía, com-puesta por algunas grandes empresas locales y foráneas, o la gran burgue-sía agropecuaria en su conjunto, principalm.ente a causa de la pérdida de competitividad de sus exportaciones resultante de la revaluación del tipo de cambio. El hecho de que los empresarios pertenecientes a estas fracciones lograran ventajas a cambio (como la de importar medios de producción e insumas más baratos) tampoco desmiente esa afirmación. En verdad, analizadas desde la perspectiva estrecha de los intereses eco~ nómicos inmediatos y diferenciales de las distintas fracciones de la bur-guesía, las políticas de reestructuración capitalista enmarcadas por la convertibilidad parecían favorecer a poco más que a la fracción financie-ra de la gfinancie-ran burguesía. Acaso podría argüirse que, precisamente, esta ~r~cción financiera de la gran burguesía se convirtió en la fracción -~~-gt­ Inóníca dentro del bloque menemista en el poder. Pero ¿cómo se e~plica­ ría la capacidad subyacente de esa fracción financiera para polarizar po-líticamente a las restantes fracciones burguesas convirtiendo sus propios intereses económicos en interés común de la burguesía en su conjunto? La respuesta rachea simplemente en que, más allá de los intereses econó-micos inmediatos y diferenciales de las distintas fracciones de la burgue-sía, los intereses económicos y políticos inmediatos de las fracciones di-rigentes de la gran burguesía fueron asumidos como sus propios intere-ses estratégicos, en la lucha de claintere-ses, por la burguesía en su conjunto. Digamos, de un modo preliminar y esquemático, que el disciplinamien-to de la propit;l burguesía, a través de los mecanismos díscipliriáfíOS .. iílhe-rentes a la competencia en el mercado mundial, se impuso en los hechos como condición de posibilidad ineludible para el disciplinamJt:nto de los trabajadores. Y que, si bien su alineamiento tras la dirección de las fracciones dirigentes de la gran burguesía acarreaba costos de disciplina-miento para las restantes fracciones, esos costos aparecían como supera-dos con creces por los beneficios de ese disclplinamiento de los trabaja-dores. Ese disciplinamiento involucraba a la vez una recmnposición .de la explotación y de la dominación de los trabajadores, que resultaba es-tratégica para el conjunto de la burguesía. Ese disciplinamiento era la condición para que, de una vez, la lucha de clases en la Argenti.na se inscribiera en una estrategia de acumulación y un proyecto hegemónico.

284

La hegemonía menemista

En este último sentido, podemos decir que el proceso de constitución de la hegemonía menemista debe entenderse, en su conjunto, como el pro-ceso de adopción de un modo de existencia específicamente político-hegemónico por parte de la lucha de dases.

Pero vayamos a un análisis más detallado de ese proceso de constitu-,ción de la hegemonía menemista. Las distintas fracciones de la burguesía

alcanzarían, durante la vigencia de la convertibilidad, un grado de cohe_-sión política que contrastaría de manera rotunda con los conflictos que mantuvieron durante la crisis que condujo a los estallidos hiperinOacio-narios de 1989-90 y a la implementación de la convertibilidad, por una parte, y, por la otra, durante la crisis que condujo a la devaluación ele 2001 y a la caída de la convertibilidad."' Este fenómeno, que conceptua-lizamos como constitución de un bloque en el poder, está ampliamente constatado: alcanza, para advertirlo, con revisar las posiciones adoptadas por las organizaciones representativas de las distintas fracciones de la gran burguesía ante las distintas coyunturas económicas o políticas que parecían críticas para el mantenimiento de la convertibilidad. Recorde-mos apenas el caso más relevante: la posición adoptada por la gran bur-guesía en su conjunto ante el Pacto de Olivos. Tras una reunión con Alfonsín realizada en noviembre de 1993, el entonces titular de la CAC,

]. Di Fiori, declaraba: "Nos pareció razonable transmitirle al jefe de la

oposición lo mismo que le habíamos transmitido a Bauzá: la complacen-cia y el apoyo de los empresarios a la decisión política de buscar coinci-dencias en lo que hace a la vida institucional del país". A la reunión habían concurrido F Macri (grupo SOCMA), E. Fscasany (ABA),]. Blan-co ViUegas (UIA),]. Berardi (Bolsa de Comercio), M. Madcur (CC) y otros grandes empresarios (Página/12 19 y 20/11/93, Clarín 21/11193). La gran burguesía en pleno asumía así la continuidad de Menem, entonces considerada como inseparable de la continuidad de la convertibilidad y la reestructuración capitalista en curso, como asunto de Estado. Y am-plios sectores de la clase trabajadora se alinearon, durante la convertibi-lidad, detrás de la dirección política de ese bloque en el poder, en una medida que contrasta igualmente con la resistencia que desplegaron du-rante las crisis que condujeron a b implementación y la supresión de la

281 Decimos esto ciñiCndonos a nuestro periodo, pero es importante recordar quesem~-­

j;g¡te.grado de coh~sión acaso nunca se había registrado en la historia argentina desde la

(10)

Capítulo 5. Anatomía de la bestia: convertibilidad y hegemonía menemista

convertibilidad. También este fenómeno, que conceptualizamos como hegemonía de ese bloque en el poder, está ampliamente constatado. Para retomar nuestro anterior ejemplo, recorden1os que también amplios sec-tores de la clase trabajadora asumieron la continuidad de Menem como una suene de asunto propio. Una encuesta publicada días después de la firma del Pacto de Olivos informaba que el 72% de los entrevistados apoyaba el contubernio y el 67% apoyaba específicamente la cláusula que habilitaría la reelección de Menem (67%) (Página/12, 17/ll/93).

Pero señalamos que la constitución de esta hegemonía, en su doble dimensión, no puede considerarse como resultado inmediato del proce-so que condujo al estallido hiperinf1acionario y al derrumbe de la admi-nistración alfonsinista durante el primer semestre de 1989. La profunda modificación en las relaciones económicas y sociales de fuerza preexis-tentes mediante la violencía hiperinflacionaria operó ciertamente como una condición necesaria, pero no operó ni podía operar como condición suficiente, para la constitución de esta hegemonía menerrüsta. La violen-cia híperinflaciona,r_ia reforzó la pc:sición de la gran burguesía como clase económica y socialmente dominante respecto de la clase trabajadora, así como reforzó la posición de sus fracciones más vinculadas con el merca-do mundial como fraccipf1es econónüca y socialmente d~~inarifé:s 'den-tro de ,~sa gran burguesía. Pero esto no significa que la violé:ncia hiperin-flacionaria per se había convertido a esa gran burguesía en una clase polí-ticamente dirigente respecto de la clase trabajadora, ni que la había cohe-sionado en un bloque en el poder políticamente dirigido por sus fraccio-nes más aperturistas.2

H3 Esto carecería sin más de sentido porque tanto

analítlcamente, a la luz de la teoría de la hegemonía, cmno históricamen-te, a la luz de la experiencia de la hegemonía menemista, la constitución de una nueva hegemOnía es un proceso político que no se reduce ni puede reducirse a una rnodificación violenta en las relaciones económi-cas y sociales de fuerza. El período que se extiende entre la asunción de la administración menemista en julio de 1989 y la implementación de la convertibilidad en abril de 1991 sólo puede entenderse si tenemos en cuenta esta diferencia.

283 Salvando las diferencias que mantenemos con su interpretación, es correcta en este

sentido la siguiente afinnación de Palermo: "Ocurre que tras una hiperinflación el miedo a que ésta vuelva es real. Esto condiciona el comportamiento de todos, pero no resuelv~

sus problemJ.s de acción colectiva. [ ... ] La cooperación social a favor de las reformas, que ningún 'fondo de pozo' por sí mismo es capaz de producir, debe ser políticamente gene-rada. S1 la hiperinflación crea un sentido de urgencia, sólo la acción político-estatal puede organizar la fuga" (1999, p.203-4 ). A propósito de la comparación entre distintas salidas de procesos hiperinflacionarios en América Latina, véase asimismo Torre (1998).

La hegemonía menernista

Ya nos referimos a los conflictos interburgueses registrados durante el proceso que conduce al estallido hiperinflacionario de 1989, entre las fracciones más vinculadas con el mercado mundlal y alineadas con el viraje en la polltica económica impuesto por el Plan Primavera (los gran-des grupos económicos domésticos con más cápacidad de in~~rción en el mercado mundial, la mayoría de las transnacionales, igualmente capaces de inserlarse en el mercado mundial, los acreedores del Estado y otros inversores financieros y la banca extranjera) y las más vinculadas con el mercado interno y/o protegidas por subsidios, aranceles, cuotas de im-portación y compras del Estado (los grandes grupos económicos insertos en el mercado interno, algunas transnacionales y sectores de la banca local) que se les enfrentaron. Dijimos también que, durante la escalada hiperinflacionaria de febrero-junio de 1989, esos alineamientos se des-dibujaron y esos conflictos devinieron una suene de guerra de todos contra todos. Pero dichos alineamientos y con nietos retornaron a la esce-na tras la asunción de la administración menemista. El curso adoptado por la nueva administración implicó desde el comienzo una orientación hacia las fracctones de la gran burguesía más vinculadas con el mercado mundial. Las designaciones de Roig y Rapanelli a cargo del ministerio de Economía y de GC?nz~_le~ Fr~ga, a cargo del BCRA, significaron nombrar dos altos funcioñaflü"s.

de

Uno de los más grandes grupos exportadores y un asesor de los bancos extranjeros negociadores de la deuda externa en los puestos clave de política económica. Las primeras medidas económi-cas del nuevo equipo, eLPian.Bll de julio de 1989, consistieron en un severo shock antiinflacionario que contemplaba una enorme devalua-ción y fijadevalua-ción de un único tipo de cambio, un fuerte aumento de tarifas y de combust:ibles y un acuerdo de precios con grandes empresas. Este plan BB era un severo shock, ciertamente, aunque no se apartaba esen-cialmente de las medidas que se habían implementado bajo el plan pri-mavera y sus sucesivos reajustes. 28-t El nuevo equipo pondría en marcha

también, mediante las leyes de Reforma del Estado y Emergencia

Econó-.,~~ca y una batería de Ínedidas menores, la racionalización

(11)

í

(

(

Capítulo 5. Anatomía de la bestia: convertibilidad y hegemonía menem1sta

ción de empresas públicas, la supresión de subsidios y el incremento del_. grado de apertura externa. El nuevo equipo retomaríá,·-nnalm-ente, las negociaciones con los organismos financieros internacionales. El curso adoptado por la nueva administración, asimisn1o, apuntaba a descargar sobre el salario y el empleo de los trabapdores su shock antíinflacionario.

El resultado inmediato de este shock fue un retroceso de las tasas de inflación, respecto de su récord del 196,6% registrado en el pico hiper-inflacionario de julio, a un 37,9% en agosto y a un promedio del 7,2% entre septiembre y noviembre. Pero los conflictos distributivos retorna-rían. Luchas salariales en algunas ramas clave del sector privado (meta-lúrgicos, automotrices, petroquímicos) se combinaron con las luchas de los trabajadores del sector público (subterráneos y ferrocarriles, docen-tes, telefónicos) amenazados en sus salarios y empleos por la reforma del Estado. Los salarios reales se mantuvieron en agosto en sus deprimidos niveles de julio, aunque se recuperaron entre un 20 y un 40% entre septiembre y noviembre, es decir, por encima de las previsiones del go-bierno, mientras la recesión seguía aumentando el desempleo, que al-canzó hacia octubre un 7% contra un 5,7% de octubre de 1988. Las presiones de las fracciones más protegidas de la gran burguesía se hicie-ron presentes asimismo, desde el comienzo, para reducir la tasa de inte-rés, reimplementar la promoción industrial y auxíliar financieramente a las empresas. Pero las fracciones más aperturistas también presionaban para elevar un dólar que, neto de retenciones, consideraban muy bajo. Ya hacia octubre de 1989 estas múltiples presiones se hicieron sentir sobre los precios acordados, los salarios y ei tipo de cambio.( Pero sería nuevamente una corrida cambiaria la que acabaría con este 'plan BB y volverla a desencadenar el proceso hiperinf1acionario.-, La creación de un nuevo régimen de depósitos en dólares, las ventas de dólares del BCRA y la colocación de títulos dolarizados resultaron insufiCientes para detener el ascenso del tipo de cambio. La brecha entre el dólar oficial, congelado en 655 australes desde julio, y el dólar libre, ascendí.ó a un lO% en octubre. Las autoridades dejaron de vender dólares y, durante la segunda semana de noviembre, ya había alcanzado los 900 australes, cerrando el mes con una brecha del 54% y amenazando con superar holgadamente el 100% durante el mes siguiente. El equipo económico decidió así desdo-blar el tipo de cambio oficial en un tipo comercial, devaluado y fijo, y uno financiero en flotación sucia. Pero la escalada hiperinflacionaria ya se había iniciado, el dólar alcanzaría los 1500 australes en tres días y las tasas de inflación alcanzarían un 40% en diciembre de 1989 y un prome-dio del 78%, entre enero y marzo de 1990.

288

La hegemonía menemista

La previsión de esa inflación del 40% para c;!is;te.mhr~-' sin embargo, condujo a la caída del equipo económico encabezado por Rapanelli y a su reemplazo por un nuevo equipo encabezado por -~onzál~z a media-dos de dicho mes. La designación de González y el Ianzclrilit~rito de sus mucho más ortodoxas medidas antiinflacionarias (los llamados Planes Er-man) ratificaron con creces tanto aquella orientación en favor de

fraccio-~~S burguesas más vinculadas con el mercado mundial, como aquella decisión de descargar sobre el salario y el empleo de los trabajadores su shock antiinflacionario. En efecto, el nuevo ministro, a través de sucesi-vas medidas, liberó los controles del tipo de cambio y de los precios, canjeó compulsivamente los plazos fijos por bonex restringiendo así la cantidad de dinero, aumentó y generalizó los impuestos, recortó los sala-rios públicos y pasó a disponibilidad a empleados públicos próximos a jubilarse, redujo las compras del Estado y suspendió los pagos a sus contratistas, mantuvo suspendidos los subsidios a las exportaciones y a la industria e incrementó el grado de .a:¡:;!er_tura externa., Acaso. nllnca se había implementado una política de ajuste,'monetario y fiscal más severa.

PeiO,

después de una brusca desaCelerati'ón inicial, alcanzada gracias a

(12)

Capitulo 5. Anatomía de la bestia: convertibilidad y hegemonía menemista

gran burguesía se intensificaron asimismo porque, a las generadas por las radicales medidas de apertura externa y recorte del gasto público, se sumaron tas generadas por la licuación de pasivos públícos. La tremenda iliquidez resultante del llamado Plan Bonex condujo a los bancos a exigir la cancelación anticipada de sus crédítos en dólares, a las empresas a exigir que dicha cancelación se realízara en títulos y, por consiguiente, a las tasas de interés a montos siderales y a la supresión del crédüo. En este contexto, las tasas de inflación nunca llegarían a estabilizarse y, durante la segunda mitad del año, comenzó a generarse un nuevo retraso cambia-rio. Una nueva corricla cambiaría, a fines de enero y principios de febre-ro, redundaría en una tasa de inflación del 2 7% para febrero de

l.?2.Ly.

en la caída del ministro González. El lanzamiento dé! plan de converti-bilidad por el ministro que lo reemplazaría, D. Cavallo, detendría esta nueva escalada hiperinflacionaria.

Pero detengámonos en este punto. Este p::;Jí-Q .. clp_que se extiende entre la asunc~ón de la a_9.l!J-inistración menemistá e~).~\~9 de 1989. y el lanza.~­ miemo de la convertibilidad en abril de 1991 puede parecer, a primera vista, una mera prolongación de la crisis que signó los últimos dos años de la administración alfonsinista. Un caos. Un prolongado período de profunda crisis económica y social que desemboca en recurrentes estalli-dos hiperinflacionarios y que conduce a no menos profundas crisis polí-ticas. Esta impresión está plenamente justificada. lncluso puede especu-larse, contrafácticamente, que la suene de la nueva administración me-nemi.sta no hubiera sido muy diferente de la suerte de su predecesora alfonsinista si este período no hubiera sido cerrado mediante el lanza-nüento de la convertibilidad y la consolidación de una nueva hegemonía alrededor suyo. Pero es importante no perder de vista las mutaciones económicas, sociales y políticas que se estaban registrando en medio de ese caos hiperinflacionario y que sostendrán el orden posterior de la convertibilidad. Ya nos referimos antes al impacto que tuvo la violencia hiperinflacionaria, desatada en la primera mitad de 1989, sobre las rela-cíones económicas y sociales de fuerza entre las clases y entre las distintas fracciones de clase. La violencia hiperinflacionaria desatada entre fines de 1989 y comienzos de 1990, y la inestabilidad permanente que caracte-riza al período en su conjunto, no harían sipo consolidar ese impacto. Pero aquí queremos detenernos en :tr~~ n·:m;tét,ci?_nes\.~specíficas de este período. La primera es una serie de i~p·¿~ta-~·te~"·d~rro"tas sufridas __ porJo.s.~ trabajadores en su ·resistencia a la ofensiva genefálizada encarada por la '""administración menemista, y particularmente a sus privatizaciones. Va-rias grandes luchas de los trabajadores del sector público cóntia las

pri-La hegemonía Jnenemista

vatizaciones terminaron en derrotas ejemplares durante este período (las luchas de los telefónicos en 1989 y los estatales de conjunto en 1990) y comienzos del siguiente (la gran huelga ferroviaria de 1991). Estas gran-des luchas, y en particular la ferroviaria, constituyeron puntos de in-11exión en el desarrollo de la lucha de clases, tanto porque desafiaron aspectos clave de la reestructuración capitalista que la administración menemista había puesto en marcha (el "déficit diario de un millón de dólares" causado por los ferrocarriles era el tópico por excelencia que invocaban sus cuadros para justificar su política privatizadora en su con-junto), como porque eran luchas lihradas "a todo o nada" por la admi-nistración menemista ("ramal que para, ramal que cierra", desafiaba y cumplía Menem) y por los trabajadores (que perderían 80.000 puestos de trabajo a causa de la privatización ferroviaria).2

B5 Estas grandes luchas se emparentaban así con las libradas por los 1nineros británicos contra el cierre de minas y los despidos de Thatcher en 1984, o por los controla-dores aéreos contra la política de Reagan para el sector en 1981: derrotas sindicales ejemplares que constituyeron puntos de inflexión para la lu-cha de clases en su conjunto dentro de los procesos de ascenso de polí-ücas neoliberales.

La .~.~gl!.:t!:_9.~ mutación que queremos remarcar consiste en el i~P.?.r.­

t.~~~.SKr.acio de avance de la reestructuración capitalista emprendida por·

la adminis~ración mene mista durante este período. Este avance es lá Con-· tracara de aquella derrota de los trabajadores, desde luego, pero merece ser considerado por separado debido a sus consecuencias en las pujas entre las distintas fracciones de la burguesía. Recordemos que, ya duran-te 1990 y con Gonzalez en el Ministerio de Economía, se privatizaron teléfonos, aerolíneas y líneas marítimas, correos y telégrafos, carbón, gas, agua y electricidad, subterráneos y acero y se concedieron derechos de explotación de áreas petroleras. Los elevados niveles de rentabilidad al-canzados por las fracciones de la gran burguesía doméstica más afectadas por la reorientación hacia el mercado mundial en curso, gracias a su

Jw; La particular importancia del conflicto ferroviario de 1990-1992 ciertamente no se

(13)

Capítulo 5. Anatomía de la bestia: convertibilidad y hegernonia menemista

participación en estas privatizaciones, compensaron en muchos casos sus pérdidas de rentabilidad originadas en la supresión de subsidios, aranceles y cuotas a la importaclón y en la mengua de los contratos con el Estado derivados de las propias privatizaciones y otras medidas. Las pri: vatizaciones. operaron así, aunque no sin disputas de propiedad y reor-ganizado~es generalizadas de negocios mediante, como una prenda de unidad entre las distintas fracciones de la gran burguesía alrededor del proceso de reestructuración capitalísta encarado por la administración ___ _ rnenemista .. Ellas operaron, en síntesis, como cimiento ecor:t_9_mi_co del nuevo bloque menemista en el poder. 286

Arites de seguir avanzando, sin embargo, conviene volver sobre una cuestión que puede suscitar malentendidos. Afirmamos antes que ciertas perspectivas althusserianas y neogramscíanas conducen a menudo a una concepción meramente sociológica de las clases -y, agreguemos por ex-tensión, de las fracciones de clase. Los análisis inspirados en estas pers-pectivas suelen recaer, retomando los argumentos de Clarke, en una "teo-ría pluralista del conflicto socíal como un conflicto entre grupos de inte-rés definidos de manera distributiva y organizados en grupos de presión y partidos políticos que buscan alcanzar sus objetivos organizándose mediante el poder de Estado" (l995b, p.92). Estos análisis fraccionalistas conducen, en el mejor de los casos, a la pulverización de las relaciones sociales capitalistas y de los antagonismos que les son inherentes en una multiplicidad sociológica de fracciones de clase en conflicto. Pero pue-den conducir incluso, en el peor de los casos, a la sustitución de estas fracciones de clase en conflicto por actores individuales o grupales en-vueltos en pugnas conspirativas.287 Es importante entonces, para evitar

286

"Las privatizaciones de empresas estatales significaron 1a Lransferencia de la explota-ción o la propiedad de las empresas de servicios públicos a una alianza formada por la fracción más concentrada del capital local y el capital transnacional. Esta integración capitalista fue establecida, mediante una ley, como requisito por el Estado, de manera que todas las empresas privatizadas contaron con la siguiente conformación: una empre-sa local (proveedora del poder de lobby en el sistema político), un banco internaciom.l (proveedor financiero de la operación) y una empresa extranjera especializada en el servicio correspondiente (que aportaba el Jmow how del servicio). Esta política del go-bierno peronista creaba una identidad objetiva de intereses emre el capital concentrado local y los acreedores externos" (Salvia y Frydman 2004).

211;-Ya tuvimos ocasión de criticar este jraccionalismo a propósito del análisis de Basualdo

(2000a) del proceso hiperinflacionario de 1989. El propio Basualdo parece deslizarse incluso en esta última senda cuando emplea la expresión "comunidad de negocios" pam referírse a los sectores económicos dominantes en la década de los noventa (véase Basual-do 2003). Esws análisis quedan instalaBasual-dos, desde un punto de vista teórico, en la peor tradición empirista de la sociología económica -o en las superficialidades del periodismo

292

La hegemonía menemista

malentendidos, aclarar que nuestro propio análisis de los conflictos en-tre distintas fracciones de la gran burguesía y las consecuencias de las privatizaciones sobre dichos conflictos no se asienta sobre semejante frac-cionalísmo. La participación en las privatizaciones de las fracciones más protegidas de esa gran burguesía sustentó económicamente su integra-ción en un bloque en el poder dirigido por las fracciones más vinculadas con el mercado mundial. Pero, tanto el proceso de constitución de este nuevo bloque en el poder en su conjunto como el proceso de privatizaciones que cimentó su integración, no son sino resultados de la lucha de clases.

La.sercera muta~ión que merece ser destacada se registra en el Estado. Enseguida nos f€:-fE:~iremos a la metamorfosis que registraría la f¿rma cÍe· Estado con el proceso de constitución de la hegemonía menemista. Aun-que esta metamorfosis comenzó durante el período Aun-que nos incumbre, entre julio de 1989 y abril de 1991, vamos a limitarnos a señalar aquí un cambio puntual aunque importante para la posterior implementación de la convertibilidad. Nos referimos a una cierta recuperación presupuesta-ria del Estado. La contracción del gasto público condujo durante 1990, como ya seftalan1os, a un descenso del déficít no-financiero del gobierno central, que se reduciría en un 60% respecto del registrado en 1989. El Plan Bonex redujo por su parte el déficit cuasi~fiscal acumulado por el BCRA en un 90% y las compras de dólares incrementaron sus reservas en un 40%.28

tl Desde luego, esto no significaba que el Estado hubiera

recu-perado su plena salud financiera ni, por consiguiente, su capacidad de intervención. Significaba apenas que había quedado mejor posicionado para implen1entar una convertibilidad que requeriría, precisamente, una Significativa reducción del déficit fiscal y cuasi~fiscal y un aumento de las reservas para respaldar la base monetaria.

económico predominante en los medios de comunicación. Y, desde un punto de vista político, los análisis fracciona listas de las hegemonías neoconservadoras en particular -ya sea la thatcherista o la mene mista- remiten a orientaciones políticas populistas -ya sean nacidas en el laborismo británico o en el peronismo argentino (véase Clarke 1987).

~llH El llamado Plan Bonex constituyó un nuevo mecanismo de expropiación extraordina-ria: el Estado expropió los plazos fijos en dólares reemplazándolos por bonex 89 a lO anos, a valor nominal y a razón de 1830 australes por dólar -y estos bonex cotizaron en mercado a un 19% de su valor nominal inmediatamente después de la medida. El Plan Bonex evidenció la influencia de A. Alsogaray en el equipo económico en la medida en que reproducía su colocación compulsiva de bonos 9 de julio de 1960_ La base monetaria de abril de 1991 apenas sobrepasaba USD 5.100 millones al tipo de cambio vigente de 9.635 australes por dólar, de manera que las reservas acumuladas de USD 6.400 millones eran suficientes para respaldar la totalidad de esa base monetaria a la tasa de conversión de 10.000 australes por dólar contemplada en la convertibilidad.

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