Martirios y Teoría feminista : malleus malleficarum, mass media, mujeres & otros bichos

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Martirios y feminización corporal: malleus malleficarum, mass media, mujeres & otros bichos

Requisito parcial para optar al título de

Maestría En Estudios Culturales

Facultad De Ciencias Sociales

Pontificia Universidad Javeriana

(2009)

Tania Lizarazo

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Yo, Tania Lizarazo, declaro que este trabajo de grado, elaborado como requisito parcial

para obtener el título de Maestría en Estudios Culturales en la Facultad de Ciencias Sociales

de la Universidad Javeriana es de mi entera autoría excepto en donde se indique lo

contrario. Este documento no ha sido sometido para su calificación en ninguna otra

institución académica.

Tania Lizarazo

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A cada persona que leyó o escuchó el martirio de mi propio cuerpo, y quiso saber más.

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Índice  

Introducción: ¿Cómo ser feminista y no avergonzarse? ... 4 

Primer acercamiento al feminismo ... 4 

¿Por qué estudios culturales? ... 6 

Apuesta reivindicatoria posfeminista ... 8 

1.  ¿Cuáles mujeres?: De si la creencia de que seres como las mujeres existen es parte tan esencial del socius, que mantener con obstinación la opinión contraria tiene un manifiesto sabor a herejía ... 15 

Cuerpos feminizados, no femeninos o de cómo el género se inscribe violentamente en los  cuerpos ... 16 

Confesiones & reflexiones: del tire‐afloje con el feminismo ... 18 

Entrelazando teoría y práctica: ¿los cuerpos femeninos reales son construcciones? ... 22 

¿Cómo hacerse un cuerpo femenino? ... 33 

Desestratificaciones corporales: trans‐formando el cuerpo ... 38 

2.  Cuerpos mártires: Del pecado que nació de la mujer, destruye el alma al despojarla de la gracia, y entrega el cuerpo al castigo por el pecado ... 45 

¿La misoginia fue importada de Europa?... 48 

¿“Nuevo Mundo”, misma misoginia? ... 53 

María Magdalena: Entre la Culpa y la Redención ... 57 

Entre la pasividad y la peligrosidad: el cuerpo femenino martirizado ... 60 

3.  ¿Víctimas o victimarias?: Si concuerda la afirmación de que para producir algún efecto de violencia la víctima tiene que colaborar íntimamente con el victimario, o si la una sin el otro, es decir, la víctima sin el victimario, o a la inversa, pueden producir ese efecto ... 66 

Incorporaciones: Acerca de mujeres que copulan con axiomas ... 66 

Gener(al)izando la violencia ... 71 

Violencias silenciadas: ¿para qué narrar la violencia? ... 79 

De la intrusión a la acción ... 85 

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Introducción: ¿Cómo ser feminista y no avergonzarse?

Mi persona está herida mi primera persona del singular

escribo como quien con un cuchillo alzado en la oscuridad

escribo como estoy diciendo la sinceridad absoluta continuaría siendo lo imposible ¡oh quédate un poco más entre nosotros!

-Alejandra Pizarnik

Creo en la asignación del rótulo mujer como una cicatriz: existe, a veces duele, se ve, pero no es más que el resultado de una marca traumática (en tanto herida que se inscribe en un cuerpo, primero contra su voluntad, y luego a través de rituales autoescogidos). Ser mujer no es una característica biológica, es una huella que se imprimió en mi piel y ha dejado una marca indeleble, pero no inevitable. Estas páginas son un recorrido autorreflexivo por la violencia y la resistencia que constituye mi cuerpo y que ha constituido a otras mujeres cuyos cuerpos han sido remarcados con prácticas violentas derivadas de esta primera inscripción: el ser mujer.

Primer acercamiento al feminismo

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Pero no se trata de luchar contra el dominio masculino, ni establecer los parámetros correctos de las representaciones o construcciones del ser mujer. La propuesta sería, siguiendo a Butler, combatir la idea de que ser mujer es un estado previo al lenguaje y reconocer que los actos de naturalización y performance permanentes como pertenecientes a esta categoría son tan violentos como los actos de violencia que se inscriben en la piel de los cuerpos femeninos, efectos de la jerarquización patriarcal. Visibilizar los modos de inscribir en los cuerpos su carácter femenino, a través de su control violento, podría ser el primer paso para crear líneas de fuga que permitan diversificar las categorías de mujer y cuerpo femenino y resignificar los cuerpos. Unos cuerpos que logren trascender los límites de la categoría en que fueron inscritos:

un[os] cuerpo[s] que demuestra[n] la posibilidad (literaria y políticamente fructífera) de acceder al poder de su propia representación al margen de los usos, los términos y los discursos establecidos; un[os] cuerpo[s] radicalmente no recuperable[s] por una economía política libidinal de orden falócrata, pero cómplice con cualquier resistencia frente a ese orden (Llamas, 1997, 112).

El propósito final es desmantelar el sistema, las máquinas, al estilo deleuzeguattariano: “en cierta manera, sería mejor que nada marchase, que nada funcionase. No haber nacido, salir de la rueda de los nacimientos; ni boca para mamar, ni ano para cagar. ¿Estarán las máquinas suficientemente estropeadas, sus piezas suficientemente sueltas como para entregarse y entregarnos a la nada?” (Deleuze y Guattari, 1985, p.117). Pero lo más posible es que la capacidad de recuperación de las máquinas impida su destrucción radical y deba optarse por una apuesta más sutil: identificar la arbitrariedad de los estratos, de las categorías y de las marcas primigenias de los cuerpos.

Entonces, mujer debe entenderse como una categoría que genera efectos de verdad al plantearse como división primigenia y biológica de los cuerpos. Pero ése es solo el punto de partida analítico, pues esta categoría tiene efectos “reales” sobre la vida de las mujeres y la resistencia que puede ejercerse hacia estas construcciones, sin desconocer los usos políticos de las reivindicaciones identitarias.1 Y así, hay que buscar líneas de fuga, resistencias que trasgredan la categoría y las nociones clásicas del feminismo. De ahí que

      

1 Las categorías, según Butler, son estratégicas: “the political task is not to refuse representational politics”

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estas páginas no sean solo la reflexión académica sobre las representaciones del ser mujer o lo femenino en el marco del conflicto armado. Mi propuesta esquizofrénica es una autorreflexión crítica en la que más que identificar o analizar mujeres víctimas del conflicto, releo y rechazo las marcas violentas que el ser mujer ha inscrito en mi propio cuerpo y mi confrontación con la diversidad de mujeres y experiencias del contexto de la violencia contemporánea.

En un país plagado por violencia e interpretaciones de ésta, en los medios y trabajos académicos, me ha cuestionado la falta de comunicación y casi intolerancia entre activistas y académicos. Se hacen reportes, informes, movilizaciones para denunciar la violencia, pero quienes no hacen parte de ninguno de estos grupos dogmáticos parecen no enterarse y no querer enterarse. Y los puntos medios son aún más satanizados que los radicales, en una sociedad intolerante y anestesiada. En este marco, las investigaciones sobre violencia parecen no cuestionar las narraciones de las víctimas, la forma en que sus testimonios son también huellas de la dominación. Por eso, mi escritura da cuenta del extrañamiento que me generó mi enfrentamiento a personas, textos e imágenes que narran esta violencia: testimonios de violencia, fuera de contexto, sin ninguna referencia temporal ni espacial, en la mayoría de los casos, plagan esta tesis. Y también imágenes que buscan romper las representaciones tradicionales de lo femenino y lo violento.

¿Por qué estudios culturales?

Do you, the observer, stay behind the lens of the camera, switch on the tape recorder, keep pen in hand?

-Ruth Behar

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citas. Las palabras que escribo son una autocrítica surgida a partir de la lectura del texto de Adrián y mis reflexiones derivadas de sus hallazgos y propuestas.

Ya en la segunda página, Adrián dice: “para que el lector pueda entender la propuesta, he decidido abandonar la enunciación en primera persona y construir un argumento académico al servicio de la emancipación colectiva latinoamericana” y yo que acabo de releer a Ruth y su propuesta vulnerable de conectarse con aquel que leerá el texto, me confundo. Seguro es mi paso por los estudios culturales, que me hicieron corto circuito en la cabeza (si es que de allí provienen mis ideas) y me convencieron de que otro mundo es posible después de Ranke y la objetividad.

Adrián critica la interpretación científica del mundo: “una acción que concede, presta y amplifica la voz de ese Otro a través de la doxa académica”, pero deshecha la posibilidad de comunicarse desde sí mismo con aquel(la) otrx que lo lee. Yo me pregunto, ¿es muy idealista querer atravesar el lenguaje científico y comunicarse más cotidianamente?, ¿qué efectos tendría? Porque Adrián habla de usar otros métodos, dispositivos, de remixear, de circular… ¿pero qué tan convencional sería un texto académico en lenguaje cotidiano y qué tan vulgar sería un texto en primera persona para la academia? Y ahora que lo pienso mejor, ¿no será esto que escribo uno de los productos monstruosos que Adrián rechaza?

“Si él, tú, nosotros y ellos participan en la elaboración y la interpretación, la ciencia social puede re-utilizar esos conjuntos de posibilidades subjetivas para explorar sus propias identidades fragmentarias y contingentes”, dice Adrián en su texto. ¿Podría darle este texto a un no científico y lo entendería?, ¿Qué tal si no fuera este, sino alguno de Deleuze? Apuesto que se requiere más que escribir en primera persona y untarse un poquito de tecnología o de prácticas menos academizadas como el performance, como escribió Adrián, para lograr un contacto más significativo. Pero, ¿cómo insertar las experiencias en los textos?, ¿cómo sacar de los textos las reflexiones?, ¿cómo untarlas de ‘mundo real’?

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en el siglo XX, lo popular empezó a estudiarse desde la academia, por qué no popularizar las Ciencias Sociales en el XXI. O algo así. Pero me consuela, aún más, Paula, y me recuerda por qué deserté de las ciencias sociales con mayúscula para irme a los estudios culturales con minúscula:

…in order to do justice to the lived realities […] one may need a collaborative or dialogical research strategy and a more poetic style of writing. The same way, a contextual analysis and realist writing may suit an investigation of colonialist cultural, political, and economic structures […] modes of reading and writing or inscribing reality are always political and that unless we do justice to their specificity we risk not being sensitive to all the social and subjugated views… (Saukko, 2003, p. 30).

No sé si lo logré. Escribo esto después de varias relecturas desconfiadas, y sobre todo, escépticas del resultado. “It is far from easy to think up interesting ways to locate oneself in one’s own text”, ya escribió Ruth (Behar, p. 13). Yo no puedo más que asentir. Mi corta experiencia trabajando con campesinxs e indígenas me ha demostrado que a veces la palabra hablada es más importante, pero cómo empezar a ser más que testigxs de lo que pasa, cómo involucrar a quien se estudia, cómo aterrizar el conocimiento para que más personas se interesen, alguna vez. Hacemos lo que estamos haciendo para pensar otras formas de hacerlo, creo yo. Y esta es mi apuesta culturalista a contrarreloj: hablar sobre el ser mujer, en Colombia, en el conflicto armado, desde mí, una aprendiz de estudios culturales.

Apuesta reivindicatoria posfeminista

“feminism, among young people in particular, is more than ever a bad word”

- Rosemary Hennessy

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prácticas corporales femeninas, remitirse al cuerpo es cuestionar la obligatoriedad de las prácticas femeninas y develar la manera en que son construidas sobre y para este cuerpo categorizado y normalizado. ¿Soy mujer si no soy mamá, si no menstrúo o dejo de usar ropa de la sección femenina?

No nací con un cuerpo femenino, mi cuerpo es producto de un proceso: la feminización corporal, un proceso no biológico que marca los estereotipos de lo femenino en mi piel. El ideal del cuerpo ciudadano moderno, por ejemplo, implicó necesariamente (y para su legitimación) la exclusión (y segregación) de los cuerpos no aptos: mujeres, sirvientes, locos, analfabetos, negros, herejes, esclavos, indios, homosexuales, entre otros. La construcción de estas categorías2 fue necesaria para la clasificación y asignación de roles, muchos de los cuales siguen vigentes. Las categorías de mujer y cuerpo femenino han estado tradicionalmente asociadas a inferioridad o incompletud, lo que ha permitido que el ejercicio de violencia se ejerza más fácilmente sobre los cuerpos marcados como mujeres o femeninos. ¿Cómo diferenciar las narraciones de martirios femeninos cargados de estigmas violentos, de las marcas del conflicto armado en los cuerpos?

En la mañana del 17 salimos a la vía y como a cuatro kilómetros la encontramos a ella. Estaba muerta, boca arriba, tenía un disparo en la cara. Todo el cuerpo lleno de moretones, los brazos, las piernas, la cara…¡todo! Quedó sin brasier y el panti a media canilla. Medicina Legal confirmó la violación (Mesa Mujer y Conflicto Armado, 2008, p. 69).

Es así como llegué a pensar que estas categorías pueden entrelazarse con el concepto de martirio, un acto violento que se ejerce y se inscribe en los cuerpos, a la manera que el martirio cristiano demarca y separa los cuerpos virtuosos, y se considera deseable. El martirio, como una buena muerte que todo buen cuerpo femenino, toda buena mujer debería desear, pero no solo hay cuerpos sumisos y obedientes, hay resistencias, trasgresiones. La violencia, como el martirio, posibilita la existencia de las diferencias y determina la existencia del género y, por tanto, la feminización de los cuerpos que termina interiorizándose, ¿o si no, por qué el temor generalizado de las mujeres a la violación o por qué la violencia doméstica que se dirige usualmente a estos cuerpos marcados como débiles?

      

2 Se utiliza la palabra categorías para dar cuenta de conceptos que sirven como herramientas sociales

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Mi “experimento” entonces parte de considerar que la construcción cultural de imaginarios en torno al cuerpo es un proceso de larga duración, fundamentado en los imaginarios y representaciones visuales de cuerpos femeninos. Así, es posible entender a Judith Butler y sus planteamientos sobre la construcción de estos cuerpos desde el discurso y la repetición (el performance) de gestos, comportamientos. En espacios cotidianos estas construcciones corporales son evidentes: mis uñas y ojos pintados, la pierna cruzada y los comportamientos que si se pusieran en un “cuerpo masculino” darían lugar a un extrañamiento, a un voltear y mirar mejor la anormalidad.

Repensar la noción de ‘cuerpo’ y cuestionar la dupla hombre-mujer permitiría además visibilizar y reconocer la re-presentación de otros cuerpos y otras sexualidades que no responden a las categorías de clasificación binarias: ¿Cómo las representaciones visuales o los imaginarios silencian o segregan estos “otros” cuerpos? ¿Puede atribuirse a los comportamientos o las imágenes un discurso visual que presenta modelos corporales adecuados para un momento y espacio específicos, que al filtrarse en la sociedad generan la constitución de roles de género? ¿Cómo saber qué es lo ideal y si las imágenes realmente lo representan o si es un espejismo fortalecido también por lecturas lineales e historicistas donde las relaciones causa-efecto son las únicas posibles?

Las inscripciones violentas sobre los cuerpos femeninos, en el marco del conflicto armado, no serían posibles sin las elaboraciones previas de lo que es ser mujer o tener un cuerpo femenino o feminizado. Entonces mi búsqueda de imágenes de cuerpos femeninos en el conflicto armado y mis conversaciones con víctimas, me hicieron repensar mi propósito inicial de mostrar las conexiones entre violencia y feminidad, de incluir imágenes y testimonios de mi “trabajo de campo”. Mi etnografía no es más que una reflexión sobre mi proceso de extrañamiento y reconfiguración de mi experiencia como mujer ajena a estas conexiones, que repiensa el ser mujer y lo estáticas que son o no estas conexiones.

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femenino como un proceso llevaría a partir de la feminización del cuerpo y no del cuerpo femenino como lugar definido y cerrado. En este sentido, no habría un cuerpo cerrado sino una permanente constitución de éste.3

En este sentido, la pregunta formulada sería: ¿Cómo las inscripciones violentas en los cuerpos, a manera de martirio, permiten simultáneamente su feminización y qué resistencias corporales se derivan de esta abstracción? Partir de aquí implica reconocer la historicidad de mi propio cuerpo para determinar la supervivencia de axiomas feminizantes y encontrar inscripciones corporales en la subjetividad para reconstruir una memoria histórica (del pasado y del presente) capaz de tomar distancia de las narraciones institucionales y las reivindicaciones identitarias homogeneizantes. Se trata, por lo tanto, de reconocer que los efectos que la violencia, y también las narraciones de estas violencias, tienen sobre la feminización el cuerpo de las víctimas, que son también marcas e inscripciones constitutivas del cuerpo social y de la continuidad e interiorización del proceso de victimización.

Los intentos de responder la pregunta están mediados por mi propia concepción y estrechamente amarrados a mis lecturas, a mis interpretaciones y malentendidos generados por mi formación y contexto, por mi exposición a la información. De allí la tensión y la apuesta por una escritura bipolar, por un intento de superación de las categorías y la apuesta por subvertir, además de describir. En un esfuerzo por seguir esta lógica, esta investigación parte de dos argumentos:

1. Ser mujer no es una condición anatómica. Los cuerpos femeninos son construcciones permanentes, una puesta en escena constante. En el momento en que un cuerpo se nombra/clasifica como femenino, se hace la primera inscripción (violenta) porque se carga de significados, roles y comportamientos adecuados, que las mujeres repiten y fomentan para construir los parámetros de feminidad (que son limitados y limitantes). Y aunque los hombres son también víctimas de inscripciones y a pesar de que en ciertos contextos, el género parezca un atributo accidental como el color de los ojos, en otros contextos implica una vulnerabilidad a

      

3 El poder y sus flujos, reterritorializan los cuerpos constantemente: “the body gains meaning within discourse

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nuevas inscripciones violentas (por ejemplo, estadísticamente las mujeres son más propensas a ser víctimas de violencia sexual, hecho más crítico en contextos de conflicto armado).

2. Si mujer es una categoría donde caben cuerpos, apariencias, comportamientos y gustos heterogéneos, debe haber también resistencias a esta clasificación. Existen múltiples maneras en que mujeres, incluso después de ser víctimas de violencia, deciden desvictimizarse y asumir roles no tradicionales o cuestionar los parámetros de clasificación de sus cuerpos (por ejemplo, mujeres que deben asumir roles tradicionalmente masculinos para reconstruir sus comunidades).

Pero tanto la pregunta como estos dos argumentos globales se han metamorfoseado y multiplicado. Y mi hipótesis no es una, son múltiples y contradictorias, lo que se ve en la organización de este texto desarmable, que da cuenta de su artificialidad, de ser construcción, de cuestionarse a sí mismo y de caer en anacronismos como la derivación de los títulos de los tres capítulos del malleus maleficarum, el texto de cabecera de la Inquisición. Mi texto incomoda, me supera, me enreda, me desplaza: me resistí a la cronología, pero esto no impidió la reflexión histórica; me resistí a las citas, pero Deleuze, Butler, Preciado y Nancy terminaron por decir lo que yo no pude. El orden no es cronológico, ni siquiera lógico, pues muestra la mutación de la pregunta de investigación, incluso la imposibilidad de desechar el discurso académico por completo. Y después de todo, este texto parece no ser tan propositivo como fue pensado.

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Mi apuesta es una problematización simultánea de categorías y metodologías que cuestiona la propia idea de hacer una investigación. Es, al mismo tiempo, el detonante de una mirada diferente frente a los efectos performativos de las representaciones y, por tanto, invita a una lectura no ingenua de los propósitos y las consecuencias de éstas. Así, este es un diálogo inacabado para el análisis del cuerpo femenino desde los estudios culturales, que exige una continuidad. No sé si quisiera que estas páginas fueran un ejercicio autoetnográfico más racional, en la manera en que Anderson lo propone, que tiene como resultado un autoconocimiento ligado a un contexto más amplio: “self-knowledge that comes from understanding our personal lives, identities, and feelings as deeply connected to and in large part constituted by—and in turn helping to constitute—the sociocultural contexts in which we live” (Anderson, 2006, p. 390). Lo que quería saber no lo pregunté abiertamente y hay muchos silencios imposibles de escribir.

Es por eso que reconozco los peligros de estas narrativas no convencionales, y me sigo preguntando: ¿realmente este breve ejercicio de escritura “autobiográfica” que hago ahora tiene utilidad?, ¿logra algún impacto en mí?, ¿en el lector? El peligro mayor es que la historia autobiográfica sea protagonista y evapore cualquier retazo de explicación teórica o que la tensión bipolar entre mis ganas de narrarme o de cuestionar otras narraciones se viera nublado por reflexiones teóricas. Por eso las imágenes, por eso y por la influencia de las reflexiones del grupo de estudios visuales donde la ética parece estar siempre en el centro de las reflexiones: ¿a quién le sirve?, ¿para qué se hace?, ¿cómo se muestra?

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académicas. Mi plan es descentrarme de este, ya bastante, ególatra ejercicio, y pasar de la academia a la acción (si es que eso es posible).

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1. ¿Cuáles mujeres?: De si la creencia de que seres como las mujeres existen es parte tan esencial del socius, que mantener con obstinación la opinión contraria tiene un manifiesto sabor a herejía

Loss, mourning, the longing for memory, the desire to enter the World around you and having no idea how to do it […] a sense of the utter uselessness of writing anything and yet the burning desire to write something…

Ruth Behar – The Vulnerable Observer

Buenos Aires, 2006

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Cuerpos feminizados, no femeninos o de cómo el género se inscribe violentamente en los cuerpos

Sí, mi cédula dice “SEXO F”. Y aunque pasé años pensando que eso no importaba, ahora pienso que sí. No porque crea que haya una identidad femenina que trascienda fronteras a lo “mujeres del mundo, uníos”, sino precisamente por lo contrario: no creo que clasificar un montón de cuerpos (y personalidades y vidas y comportamientos) en la categoría “mujer” sea realmente universal, sino excluyente. ¿Dónde ubicar a quienes con movimientos y accesorios más femeninos que los míos tienen derecho a un nombre de “mujer” en su cédula, pero no al “SEXO F” que yo sí? El lío es que esta marca resulta una identidad, como en el ejemplo de Teresa (a propósito de la interpelación de Althusser):

La mayoría de nosotras –las mujeres, esto no se aplica para los hombres- probablemente marcamos la casilla de la F en lugar de la M cuando llenamos un formulario. […] Ya que desde el primer momento en que

marcamos la casilla de la F en el formulario, hemos ingresado

oficialmente al sistema sexo/género, a las relaciones sociales de género, y hemos sido gener-adas como mujeres; es decir, no sólo los demás nos consideran del sexo femenino, sino que también nosotras, desde ese momento, nos hemos representado como mujeres (De Lauretis, 2004, p. 215).

Incluso, antes de marcar la casilla y mucho antes de la cédula, cada cuerpo ha sido marcado como f o m. Y a cada letra le corresponden unos símbolos específicos: rosado o azul, balón o muñeca, vestido o pantalón, que aunque cada vez menos estáticos, aún son formas efectivas de clasificación. El mundo parece estar dividido en hombres y mujeres, y solo más recientemente en hombres que quieren ser mujeres o mujeres que quieren ser hombres (estas últimas, poco visibles en el contexto LGBT local). Así, luego de la clasificación genital inicial que me marcó f (niña que inevitablemente se vuelve mujer) siguen una cadena infinita de dispositivos, tecnologías corporales que han marcado aún más este cuerpo que se cree biológicamente predispuesto: falda de colegio, pelo largo, accesorios, tampones, diarios, citologías, ¿reloj biológico?, ¿silicona?, ¿botox?…

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comportamientos considerados normales, adecuados, o sea: naturales (usar ropa de mujer, peinarse como mujer, etcétera). Pero luego, no, no hay tal división, es un espejismo que el género se deriva del sexo, así tan naturalmente. Porque el cuentico este de que se nace hombre o mujer, es eso: un mito. Sí, yo me fui enterando de a poco: primero por un libro sobre adolescentes trans (niños con identidad ambigua o femenina) y luego por páginas web de colectivos y lecturas de teoría queer. Y le pregunté a mi amiga médica ensiliconada sobre los bebés intersex y me confirmó, como dicen algunos textos científicos, que se considera una urgencia médica, aunque no sea una amenaza de muerte. Y 1% de los bebés que nacen son modificados para poder ser clasificados en f o m, a veces sin considerar si esa marca inicial arbitraria se transforme con la carga hormonal adolescente. Beatriz lo explica en sus declaraciones parafraseadas:

“la noción de ‘género’ no la inventaron las feministas, la inventaron en un laboratorio médico en 1947”. La filósofa aseguró que este término fue creado “para modificar y gestionar el cuerpo de los bebés intersexuales que la medicina no puede reconocer como únicamente masculinos y femeninos”. Señaló que el doctor John Money, al que atribuyó la invención de la noción de “género” (“gender”, en inglés), se dio cuenta de que no hay dos sexos, sino “una multiplicidad irreductible de cuerpos, y que si quería seguir tratando con esa ficción decimonónica tenía que llevar a cabo ciertas operaciones quirúrgicas y tratamientos hormonales para masculinizar o feminizar aquellos bebés que no se correspondían con los criterios de cuerpo masculino y cuerpo femenino” (“La noción de ‘género’ se la inventaron en un ‘laboratorio’, 2008).

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Bogotá, junio de 2009

“El sexo es generalmente asignado cuando se observa si el recién nacido tiene o no pene. Si lo tiene, es un niño, si no lo tiene es niña” (Hubbard, 2004, p. 54) ¿Qué pasaría si tomáramos cualquier otra característica física como prueba irrefutable de la pertenencia a un grupo?

Confesiones & reflexiones: del tire-afloje con el feminismo

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convicción profunda de la necesidad de cambiar las imágenes publicitarias de cuerpos femeninos lo que me llevó al feminismo. En una familia nuclear anticatólica e izquierdista en la que me regalaban constantemente libros como “Tania, la guerrillera inolvidable”, no habían comportamientos ni roles de género ideales evidentes para mí: podía ser lo que quisiera, niño o guerrillera. Y pude ser la que “quise”, sin ni siquiera pensar el género de lo que estaba siendo.

Maestro de la Santa Sangre, La Muerte de Lucrecia, 1513, Óleo sobre Lienzo, Szépmüvészeti Museum, Budapest.

Mi primer encuentro con Lucrecia fue en el 2004, durante un semestre de intercambio en la Universidad de Salamanca. Lucrecia es el nombre de mi primera gata y el símbolo de mi ruptura con la historia como disciplina. Lucrecia, un mito romano de la república se vuelve un sex symbol en el Renacimiento y me hizo preguntarme sobre desnudez, muerte, cuerpos femeninos e imágenes. ¿Por qué los cuerpos femeninos desnudos no nos sorprenden?, ¿Por qué los cuerpos femeninos heridos son eróticos?

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con la evidencia pictórica: avalanchas de pinturas renacentistas de cuerpos femeninos desnudos y heridos. Y luego, más pinturas (coloniales, locales) que me hicieron pensar en las conexiones interiorizadas entre cuerpos femeninos y violencia y desnudez (aún vigentes en las representaciones de cuerpos femeninos).

Así, a pesar de la interiorización y reproducción de las ideas liberales de igualdad, que me hacían pensar que al ser natural (y por tanto, accidental), el ser mujer no necesitaba reivindicaciones políticas después de la liberación sexual, la evidencia se imponía y el feminismo podía ser herramienta para su explicación. Lo que igual no me empujó al feminismo más que como aproximación “teórica” para leer imágenes. E incluso, limpiándome de la influencia liberal en la propia interpretación de las implicaciones del ser mujer, me resultaba difícil apropiarme de algunos discursos feministas fundacionales que de forma dictatorial lucharon por la regulación de las prácticas discriminativas, ejerciendo roles de censura sobre lo pornográfico (incluyendo arte y literatura) o partían del carácter irremediablemente sometido del ser mujer.

la cultura patriarcal se expresa en el cuerpo de las mujeres de múltiples formas: la violación, el feminicidio, el hostigamiento y el acoso sexual, la esclavitud sexual, la servidumbre doméstica, el control afectivo y económico, entre otras. El poder patriarcal se materializa también en la guerra, convirtiendo el cuerpo de las mujeres en territorio que se disputan los actores armados. En el campo de batalla, se viola, se humilla, se tortura y se maltrata a las mujeres para complacer sexualmente a los combatientes (Sánchez, 2008, p. 67).

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violencia. ¿Cómo narrar esta violencia transhistórica que hace que frases como “las torturas más comunes eran amarrar a las víctimas con los brazos por detrás y violar las mujeres de la casa delante de los hombres” (Uribe, 1990, p. 167) puedan aplicarse a muchos actos de violencia, durante más de medio siglo?

Quibdó, abril de 2009

¿Cómo separar los atributos asociados al ser mujer de los logros personales a pesar del ser mujer que se inscribe en nuestros cuerpos?, ¿Cómo apropiarme de mi historia familiar/personal silenciada y sacudirme los prejuicios también heredados?

Y saliendo también del contexto inmediato, donde la educación, el trabajo o las oportunidades parecen ya tener poco que ver con el género, debe reconocerse que “mujer” es una categoría no indisociable de la clase o de otros “atributos”. De ahí que podamos acomodarnos en nuestro status de mujer no pobre, o mujer no maltratada, ignorando que en otros contextos lo segundo parece irremediablemente derivarse de lo primero. Ser mujer no es entonces un estado, ser una cosa, es una construcción lingüística y cultural con efectos en los cuerpos y las prácticas. En palabras de Butler, “cuando nos referimos a la mujer, no sólo tenemos en cuenta una categoría social, también incluimos el sentido de conciencia del yo y la identidad, ya sea condicionada culturalmente o construida en forma subjetiva” (Butler, 2004, p. 265).

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permanentes como pertenecientes a esta categoría son tan violentos como los actos de violencia que se inscriben en la piel de los cuerpos femeninos, efectos de la jerarquización patriarcal. Visibilizar los modos de inscribir en los cuerpos su carácter femenino, a través de su control violento, podría ser el primer paso para crear líneas de fuga que permitan diversificar las categorías de mujer y cuerpo femenino y resignificar los cuerpos: unos cuerpos que logren trascender los límites de la categoría en que fueron inscritos.

Entonces, “mujer” debe entenderse como una categoría que genera efectos de verdad al plantearse como división primigenia y biológica de los cuerpos. Pero ése es solo el punto de partida analítico, pues esta categoría tiene efectos “reales” sobre la vida de las mujeres y la resistencia que puede ejercerse hacia estas construcciones, sin desconocer los usos políticos de las reivindicaciones identitarias. Habría que seguir a Butler para deconstruir el género y desnaturalizar las categorías de lo femenino y lo masculino: mujer no puede ser una categoría de representación, al no incluir sujetos ni cuerpos homogéneos. Y así, hay que buscar líneas de fuga, resistencias que trasgredan la categoría y las nociones clásicas del feminismo (en tanto reivindicación de las mujeres frente a los roles tradicionales): “¿es necesario que la teoría feminista se apoye en la noción de lo que es fundamental o característico de ser mujer?” (Butler, 2004, p. 265).

Entrelazando teoría y práctica: ¿los cuerpos femeninos reales son construcciones?

Según el informe de Población de Naciones Unidas (2008), “el 60% de los 1.000 millones de personas más pobres del mundo son mujeres y niñas. El 66% de los 990 millones de adultos que no saben leer son mujeres, y las niñas son el 70% de los 130 millones de niños que no van a la escuela”. Es ahí cuando el género parece central para explicar fenómenos como la feminización de la pobreza o del analfabetismo porque la inscripción inicial de marcar un cuerpo como femenino puede derivar situaciones de desigualdad y dominación. ¿No es en estos casos donde la apuesta política es no rechazar las luchas de identidad?

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Naciones Unidas sino mirando un poquito alrededor y dándose cuenta quiénes son las que suelen cargar con lxs niñxs, incluso cuando los maridos se van (porque aunque lo contrario también sucede, no es lo más usual) o quiénes no son consideradas dignas de educación en algunas comunidades. Pero el problema es cómo empieza esto de “nacer mujer” porque las mujeres no nacemos más pobres o con menos probabilidades de educarse, es el lugar en donde nacemos (el país, la familia, el estrato, la religión) lo que marca la diferencia. De ahí que “ser mujer” no sea algo que defina solamente los genitales de un bebé.

Cuando yo estaba en la escuela, mi tía no nos dejaba salir a la puerta: la mujer no tenía ese derecho, sino que tenía que estar en la cocina. Mi tía decía que una mujer en la puerta era cabeza de bagará [una variedad de loro que no aprende a hablar]. Eso significaba que nosotras no sabíamos expresarnos, que éramos brutas. Mi papá era muy aberrao y decía que hija mujer no estudiaba. Decía que en hija mujer no gastaba un peso porque si aprendía a escribir era para escribir a los maridos y no para servir a los padres. Mi papá me mandó a estudiar… pero a estudiar a sembrar arroz, plátano… a meterme a la agricultura. Yo me encontraba adolorida y fui a ver a una viejita curandera llamada Eleuteria Maturana. Le dije: ‘Mama Tella, hable con mi papá y dígale a ver si me deja estudiar los dos años que me faltan’. La viejita habló con mi papá y él le dijo: ‘Mire, mama Tella, mucho la quiero y la respeto, pero hija mujer no estudia, porque estudié una, se casó y todavía no sé con quién’ (citado por Gómez, 2002, p. 115).

Y guardando las proporciones, mi cuerpo marcado como femenino tuvo también efectos claros: mis juguetes de niña incluían dos licuadoras, una aspiradora, una cantidad infinita de ollas de todos los tamaños (que mi abuela llamaba chocoritos) y varios bebés con nombres. Mi amigo de la época, en cambio, tenía muchísimos carros y cuando tenía seis años su papá lo obligó a regalarme el único muñeco que tenía, “para que no se volviera marica”. Si esta diferenciación de juguetes, según género, que parece tan natural no existiera, ¿los comportamientos de hombres y mujeres serían en realidad diferentes? Y lo pienso yo, que no creo haber sido atraída hacia las licuadoras, las ollas, ni los bebés por los juguetes que tenía, pero que creo que si las diferencias entre géneros fueran naturales y tan marcadas (como se nos hace creer), no habría que esforzarse tanto en esta división del mundo en géneros.

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pasivas… El problema más evidente de las descripciones o representaciones de mujeres es la calificación de las imágenes como buenas o malas. Ya dije que para mí, por ejemplo, la maternidad no debería ser ejemplo del ser mujer, pero si soy tan radical como algunas feministas, terminaría desconociendo que las mamás o las amas de casas o las campesinas que son todo lo anterior (y otras cosas adicionales) son parte de este conjunto casi infinito del ser mujer. Esto implica también renunciar a promover imágenes correctas o más deseables como las de mujeres profesionales. La tensión y la multiplicidad de la categoría mujer implica que no estoy predestinada naturalmente a ser “algo” (femenina, cariñosa), sino que las posibilidades del ser mujer son incluso contradictorias entre sí.

Así, aunque resulta bastante tradicional pensar que las mujeres se comportan de cierta forma porque existe una carga simbólica que cae sobre ellas en el momento en que su cuerpo es marcado como femenino y que se refuerza constantemente con los discursos sobre lo que es femenino, es importante reconocer que lo femenino no es igual en todos los contextos y que además no es estático. Mi idea previa de hablar sobre mujeres víctimas del conflicto armado se diluyó al verme enfrentada a la multiplicidad de reacciones frente a la violencia y el ser mujer, que no cabían dentro de las interpretaciones que había leído o imaginado hacer. Y sobre todo, me surgieron muchas preguntas sobre mi rol como investigadora, ¿quería hacer preguntas específicas sobre violencia y lograr respuestas explícitas para exponer cual trofeo en mi tesis?, ¿me sentía en un status diferente o mejor para analizar las experiencias de estas mujeres y hablar por ellas? Pueden resultar preguntas radicales, pero mi apuesta fue alejarme de lo que se suponía que debería haber hecho: documentar, clasificar, interpretar. Me resistí a la división objetiva entre lo real y la fantasía, y a ubicarme como investigadora del lado de la verdad, de parte de lo real…

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elaboración de este trabajo. La idea de que mi voz sea visible, mostrar las costuras para poner en evidencia que tal como las ideas sobre género son construcciones, cada investigación es una construcción en sí misma.

Quibdó, abril de 2009

¿Cómo eliminar las conexiones “naturales” entre las imágenes, los modelos corporales y los cuerpos mismos, asociados a un género específico? ¿Cómo rehacer un cuerpo femenino más

incluyente o deshacerse de las marcas y construirse otras distintas?

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circunstancias específicas. Es, además, una crítica a las formas tradicionales de representar (visual y narrativamente la violencia).4

Pero identificar las redes, o los cuerpos, o las violencias no es un ejercicio que se haga desde afuera, desde arriba, como un narrador que todo lo sabe y todo lo ve. Mis garabatos legibles en estas páginas que hablan de los cuerpos, los produce, los marca, y sin ni siquiera acercarse a ellos: “el poder, lejos de estorbar al saber, lo produce. Si se ha podido constituir un saber sobre el cuerpo, es gracias al conjunto de una serie de disciplinas escolares y militares” (Foucault 1992, p. 107). Pensar que las páginas anteriores no podrían ni con muchas correcciones y descripciones corporales reflejar las experiencias que las mujeres campesinas han tenido, que yo he tenido con ellas, me hace pensar que aunque toda nuestra experiencia ocurre vía lenguaje, es necesario cuestionar la capacidad de éste de dar cuenta de nuestro cuerpo más allá que como un fantasma, una fantasía de la experiencia corporal en sí misma.

No puedo más que sospechar (como algunas ongs) del método y análisis tradicional de las ciencias humanas, que invita a la objetividad y el alejamiento del “objeto” de estudio. Arrogancia disfrazada de precaución que no solo pone una barrera entre quien escribe y quien es escrito, sino quien lee también. Y no es que la escritura necesariamente atraiga o no más lectores, sino que el discurso académico no solo evidencia la importancia de los cuerpos en las interacciones sociales, sino los límites impuestos desde la academia para pensar, describir y analizar los cuerpos y las categorías donde se insertan. Así, como dice Grosso, “estamos implicados en las relaciones inter-corporales desde el momento mismo que hacemos “ciencia” y que hemos incorporado un habitus científico en medio de esas relaciones” (Grosso, 2009, p.2). Y sí, hay maneras académicamente correctas de estudiar los cuerpos o de intentar describirlos, pero éstas dependen de las formas socialmente correctas en que se narran los cuerpos, a la manera de un uroborus, un bicho que se traga su propia cola.

Y si seguimos a Grosso también en la idea de que “los gestos con que habitamos esa práctica científica son el del distanciamiento, la elevación y el sepultamiento/acallamiento       

4 En este sentido, resulta muy útil el artículo de Marta Cabrera (2007), “Representing Violence in Colombia”

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de todo aquello que enturbie la visión e impida el lenguaje “claro y distinto”” (Grosso, p.2), no sobraría preguntarnos porque el lenguaje académico (y distante) ha sepultado la cotidianidad del lenguaje con la que describimos, nombramos o explicamos nuestros cuerpos. Pareciera que la academia hubiera sepultado su interés por explicar fenómenos corporales cotidianos, o por dar espacios para su expresión, con un lenguaje elaborado que no solo recuerda el significado de la raíz griega de teoría “ver como los dioses”, sino que hace evidente que esa teoría de los cuerpos es solo accesible para iniciados.

La ciencia es una lucha por adquirir reconocimiento y estatus, y en ella esta meta se alcanza mediante la transformación de hechos de la naturaleza y la publicación de estos trabajos en revistas indexadas que contribuyen a dar puntos y permanencia en el proceso de clasificación académica, lo que permite la pertenencia a asociaciones científicas y, hacen ganar premios nacionales e internacionales (Hubbard, 2004, p. 52).

O diplomas de posgrado en universidades nacionales e internacionales, lo que hace interpretar cualquier interés académico como producto de motivaciones individuales y, por tanto, egoístas. ¿O quién lee los artículos académicos o las tesis de maestría? Eso explica no solo porque muchas feministas de ongs no leen lo que se escribe sobre feminismo en las academias, sino también por qué las ongs no consideraron que mi trabajo de investigación estuviera relacionado directamente con el suyo: “Es importante que usted sepa que este es un espacio de articulación de organizaciones de mujeres, de derechos humanos, sociales e independientes [...] El trabajo que se realiza no es académico” (2009) me escribieron en nombre de una ong. Una aclaración que parece pensar lo académico como lo contrario al activismo o algo así, tal como yo aclaraba que no era feminista.

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de la academia critican la división binaria de los cuerpos y los deseos, y que citan a Foucault, a Deleuze…

Ya sé que el feminismo tradicional parte de considerar una identidad estática y ontológica: mujer, y que esta identidad no es lo suficientemente amplia. Entonces recurro a Deleuze & Guattari, que hablan sobre máquinas sociales que codifican y estratifican los cuerpos para hacerlos útiles en el sistema: “Serás organizado y organizarás o serás un depravado […] significarás y serás significado, o serás un peligroso desviado […] serás subjetivado, tu lugar será asignado, y solo te moverás si el punto de subjetivación te dice que te muevas, de lo contrario serás un peligroso nómada” (Deleuze y Guattari, 2000, p. 166). ¿Cómo interpretar entonces la imposibilidad de algo diferente a una F y a una M en la cédula? ¿No implica esta organización de los cuerpos además su posibilidad de existencia? ¿Qué soy si no soy identificable o clasificable por las personas que me rodean? ¿Qué soy yo si no soy una F o una M?

Mi identidad “femenina” tiene entonces una posición previamente jerarquizada en el sistema. Ser Mujer es entonces ser parte de una identidad molar asociada a una forma, unos órganos y unas funciones específicas: a un cuerpo femenino curvilíneo, a un útero y la posibilidad omnipresente de la maternidad. Y como identidad, está siempre definida en el sistema binario que privilegia unas categorías sobre otras, la estratificación de estas identidades asegura un lugar que deriva en desigualdad: soy mujer porque no soy hombre, soy distinta, estoy “hecha para otras cosas”. En términos de teoría feminista, esto significa que tendemos a no cuestionar la identidad femenina, aunque la categoría no incluya sujetos homogéneos e incluso pueda haber una jerarquización dentro de ésta, por otras categorías como raza y clase. ¿Es lo mismo ser una mujer negra o una mujer indígena en Colombia?, ¿Sería la misma si hubiera nacido en Ciudad Bolívar?

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axiomas. Y aunque partir de una identidad fluida no es una idea compatible con el feminismo tradicional y su objetivo de luchar contra la opresión patriarcal, que implica partir de una identidad estable femenina, debe reconocerse la molaridad de la identidad femenina. Esto implicaría una reconceptualización radical de lo femenino, que ya no podría ser una simple representación o una ideología.

Bogotá, junio de 2009

¿Cómo interpretar el uso de elementos femeninos, o incluso de insultos feminizados?, ¿Por qué lo femenino sigue siendo un cliché y asociándose a comportamientos negativos o indeseados?, ¿Qué

hay más allá de lo femenino y lo masculino?

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Ser mujer, entonces, como el deseo, es simultáneamente subordinación y singularización, al ser dual: estratificado, molar y hegemónico al reterritorializar y recodificar la vida determinar sus reglas; y desestratificante, molecular e intensivo porque produce nuevos signos y órganos. Esta identidad molar está en constante tensión al ser susceptible de trasgredir desde identidades múltiples o moleculares. No hay entonces una feminidad original, natural que deba rescatarse de la feminidad construida socialmente, sino una identificación femenina molecular que puede (y debe) ser trasgredida por ordenamientos moleculares, en una apuesta no planificada y casi autorreflexiva:

¿qué son para ti tus máquinas deseantes pulsionales? ¿qué funcionamiento, en qué síntesis entran, operan? ¿qué uso haces de ellas, en todas las transiciones que van de lo molecular a lo moral e inversamente, y que constituyen el ciclo donde el inconsciente, permaneciendo sujeto, se produce él mismo? (Deleuze y Guattari, 1985, p. 298).

El punto es reconocer la multiplicidad de los sexos (y los géneros) para superar la dualidad fundacional de esta división de los cuerpos: “no uno ni siquiera dos sexos, sino n… sexos” (Deleuze y Guattari, 1985, p. 305). Así, podría apostarse por una desterritorialización de la feminidad molar por medio de múltiples feminidades o, aún mejor, transexualidades: “una transexualidad microscópica, que hace que la mujer contenga tantos hombres como el hombre, y el hombre, mujeres, capaces de entrar unos en otros, unos con otros, en relaciones de producción de deseo que trastocan el orden estadístico de los sexos” (Deleuze y Guattari, 1985, p.117). No solo la feminidad se pondría en cuestión, sino las identidades estáticas y, en consecuencia, las clasificaciones corporales que se han naturalizado. La división del mundo y los roles y los cuerpos, en hombres y mujeres, debe cuestionarse, tal como lo plantea Beatriz:

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Esta explosión de fluidos, de cuerpos y categorías que incorpora en sí mismo, Beatriz, con su apuesta de aplicarse testosterona pero resistir en su intersexualidad, parece tener eco en algunas propuestas en este sentido como la página web española http://www.girlswholikeporno.com/, una iniciativa de dos girls que “creen en la teoría queer feminista post pornográfica como sus abuelas en el padre nuestro” (2009). El proyecto surgió en el 2002 en Barcelona para crear porno sin caer en los clichés rosa del porno para mujeres5 (historias románticas enmarcadas en prácticas sexuales normativas) y subvertir las identidades fijas como la feminidad. Y a propósito de las reivindicaciones feministas, dicen muy naturalmente y en primera persona, en su manifiesto:

[…] yo creo que no tiene sentido teorizar sobre si existen o no diferencias entre hombres y mujeres. Porque quizás sencillamente no existan hombres y mujeres. Y el concepto de género sea una construcción popular bien montada que tiende a desaparecer. Y de aquí a unos añitos no existan estos términos.

Como el concepto de raza. Quién piensa ya en negros, blancos, asiáticos…? Sí en personas con la piel o los ojos de distintos colores, como en personas con tetas, con pollas, con polla y tetas, con barba y coño, con coño y polla. Personas a las que les gusta follar con personas. Cuerpo contra cuerpo. Más allá del color del pelo, de las uñas, de la localización del vello, de las protuberancias corporales.

Y tal vez un día no tenga sentido decir girlswholikeporno. Porque tal vez ya no existan girls ni boys. Y el porno como manifestación del sexo sea tan diferente como somos las personas. Y girlswholikeporno sea un espacio donde reflejar nuestras construcciones en torno al sexo. Pero no para chicas o chicos sino para personas a las que les guste el sexo con personas. Personas con pelo en la cara, o en el pecho, con tetas más o menos grandes, con culos, con pollas, coños o lo que tú quieras.

Tal vez en un futuro los médicos dejen de operar el sexo de los bebes (sic) para que sean verdaderos hombres o verdaderas mujeres. Tal vez en un futuro las personas con coño y barba no se vean empujadas a afeitarse la barba para “ser” mujeres. Tal vez, tal vez, tal vez…

Tal vez en el futuro girlswholikeporno esté completamente pasada de moda (2009).

Y tal vez, en nuestro futuro local empecemos, al menos, a pensar que es posible trascender las categorías que hoy nos definen y nos someten a prácticas ritualizadas y naturalizadas. Tal vez, en el futuro decida hacer algo más que pensar o escribir sobre la posibilidad de ser algo distinto a mujer. Pero por ahora, mi intención es abandonar la escritura científica en la que fui adoctrinada para mostrar los hechos “tal como sucedieron”       

5 Algunas de las representantes más conocidas de este género son: Candida Royalle, Erika Lust y Verónica

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y problematizar mi propio ser mujer desde el reconocimiento de que no solo mi escritura es subjetiva, sino que mi propia subjetividad es un producto cultural. Así, mi reflexión es una escritura bipolar: yo mujer, yo investigadora, e incluso una división infinita de este yo. Solo así puedo trascender la lástima que se promueve para reivindicar las mujeres, las víctimas o las mujeres víctimas, como receptoras pasivas de fuerzas inevitables que se ejercen sobre ellas.

Quibdó, abril de 2009

¿Cómo mostrar las diferencias, narrar las similitudes, sin victimizar ni homogeneizar?

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azotea que le construyó su esposo para sembrar vegetales y hierbas. Y me di cuenta, que hay algo en los cuerpos que escapa a los análisis, a su clasificación y descripción dentro de un conjunto como el ser mujer, pero también a las propuestas de identidades fluidas, móviles, trans, post, tan lejanas de la vida rural. ¿Cómo ubicarme, ya no la historiadora desarraigada en busca de “objetos de estudio” para una tesis de estudios culturales, sino la mujer urbana con cero conocimientos sobre la hormiga arriera y la distancia por río entre La Peña y Quibdó?

Es cierto, ser mujer no es lo mismo en Bogotá que en La Peña, ¿pero en realidad Edelia y yo tenemos características compartidas que nos hacen agrupables dentro de la categoría mujer? ¿cómo crear nuevas categorías que den cuenta de percepciones corporales diferentes a la división del mundo en hombres y mujeres, aplicables a contextos tan diferentes? Resulta difícil no pensar en que si esta división es lo que se ha interiorizado, establecido como lo hegemónico, estos cuerpos vividos están ya sumergidos dentro de unas lógicas de lo que se considera “natural”, sino que esta normalidad que se impone no solo es la experiencia vivida susceptible de generalización y aplicación colectiva. ¿soy mujer entonces porque los demás me ven como mujer o lo que me hace mujer es que yo misma lo creo? Y si el cuerpo femenino es en realidad una construcción, ¿cómo construirse uno?

¿Cómo hacerse un cuerpo femenino?

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XVI.6 La publicidad, la televisión y el cine son susceptibles del mismo análisis, ¿qué representaciones del ser mujer nos muestran, venden, imponen?, ¿qué otros modelos se imponen por tradición y se esconden detrás de ideas sobre “lo natural” y “lo correcto”?

Annie Sprinkle, Anatomy of a 1980’s Pin Up, 1984-2006. http://anniesprinkle.org/html/art/anatomy-pinup.html

¿Cómo conciliar la imposición de roles y la decisión de asumirlos? Cuerpos femenizados, pero pensantes. Derecho a decidir si lo que quiero es un cuerpo femenino, a veces.

Pero aunque los discursos sobre ser mujer y tener un cuerpo femenino tienen efectos sobre las formas y prácticas que acompañan la experiencia de lo femenino (por los comportamientos considerados adecuados para esta categoría), no todo lo relacionado con el cuerpo es discursivo o simbólico: hay algo del cuerpo que escapa al lenguaje (Mann, 2006, p. 128). ¿Cómo escribir/describir las prácticas corporales que feminizan mi cuerpo?: usar tacones no es lo mismo que tener unos tacones en los pies, y tampoco puede unificarse

      

6 Ver: Tania Lizarazo. Lucrecia: discurso histórico en tres actos sobre el cuerpo femenino. Tesis de Historia,

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el significado de esta acción. No es una simple reproducción de un modelo normativo, ni en mi caso, ni en el de Annie Sprinkle (ver siguiente imagen) que hace una crítica de los accesorios feminizantes de una pin up sin victimizarse (escribe después de su descripción detallada de la artificialidad de la imagen, de su cuerpo: “in spite of it all, I’m sexually excited and feeling great!). Y tampoco es normativo en quien, marcado con un cuerpo masculino, decide usar tacones.

Mientras buscaba la imagen de la pin up de Annie y pensaba cómo las imágenes femeninas ideales suelen mostrar la modificación corporal como norma, sin que esto implique la absoluta y ciega obediencia de todos los cuerpos femeninos, aceptó mi “friend request” en Facebook. No tengo experiencia en contactar “celebridades” virtualmente, pero decidí escribirle un mensaje aprovechando la coincidencia (ver siguiente imagen).

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femeninos en la familia, en la sociedad? ¿Mi cuerpo, que puede ser leído como texto, tiene formas diferentes de manifestarse, de mostrarse? Mi cuerpo, inserto en el lenguaje, tiene la potencialidad de trascenderlo y establecer resistencias o líneas de fuga para renombrarse, reconfigurarse o simplemente desparramar su materialidad fuera de los límites construidos por la tradición y naturalización de las características asociadas a este cuerpo.

Bogotá, junio de 2009

¿Qué se necesita para destruir la naturalidad de la oposición hombre-mujer como base de la organización social? ¿Cómo descubrir los matices (incluso en nosotras mismas)?

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debería agregarse que genera clasificaciones y jerarquizaciones de cuerpos considerados normales o no.

El problema aquí es que Mauss deja filtrar en sus ejemplos esta división clasificatoria: “todo el mundo sabe que el lanzamiento de una mujer, pongamos de una piedra, no sólo es débil, sino también siempre diferente al de un hombre” (Mauss, 1996, p. 393). Para él y para otrxs, las diferencias biológicas predestinan y definen los cuerpos antes de que sean parte de una organización social, por lo que puede también evidenciarse la “acción impuesta desde afuera”, “el juego de actitudes permisibles o no” que moldea las ideas, los comportamientos y las acciones cotidianas.

El cuerpo entonces no es un simple conjunto de elementos naturales biológicos: células, órganos, piel, genitales… El cuerpo está hecho de rutinas aprendidas y comportamientos interiorizados que se inscriben en la piel, en los movimientos: “tecnologías” del género que son construidas a partir de accesorios y ademanes, que no solo requieren de imitación, aprendizaje y repetición, sino que en tanto artificios requieren una naturalización a través de la tradición: las niñas usan vestido, los niños no lloran, las mujeres son sentimentales, los hombres son fuertes. Aquí resulta interesante traer de vuelta a Mauss: “hay un gran número de prácticas que son técnicas del cuerpo y que también tienen profundos ecos y efectos biológicos” (Mauss, 1996, p. 398), ¿es el género una de estas prácticas? Para Beatriz Preciado, los cuerpos contemporáneos están marcados por estas prácticas, pero también por sustancias y prótesis:

La sociedad contemporánea está habitada por subjetividades toxicopornográficas: subjetividades que se definen por la sustancia (o sustancias) que domina sus metabolismos, por las prótesis cibernéticas a través de las que se vuelven agentes, por los tipos de deseos farmacopornográficos que orientan sus acciones. Así, hablaremos de sujetos Prozac, sujetos cannabis, sujetos cocaína, sujetos alcohol, sujetos ritalina, sujetos cortisona, sujetos silicona, sujetos heterovaginales, sujetos doblepenetración, sujetos Viagra, etcétera.

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escondido. La verdad del sexo no es desvelamiento, es sex design. (...) (Preciado, 2008, pp. 3-4)

Y solo reconociendo las categorías estáticas del ser mujer o de tener un cuerpo femenino como opciones transicionales o modificables, sería posible desnaturalizar las ideas estáticas asociadas a ellas. La pregunta que surge es: ¿cómo conectar estas ideas “novedosas” con contextos en los que no solo los roles, sino los cuerpos no son lugares de experimentación? Tal vez fue esta inquietud la que me empujó fuera de la recolección cuidadosa de relatos e imágenes de víctimas para usarlas como datos que comprobaban mi hipótesis de las conexiones naturalizadas entre mujeres y violencias. Mi contacto con mujeres en mi rol de recolectora de datos para un proceso de sistematización, incluyendo preguntas conductistas sobre género, reforzó mi idea de que es fácil encontrar lo que se busca: mujeres víctimas, hombres victimarios (u hombres que responden lo que es ahora considerado correcto y desactivan cualquier posible denuncia que implica hablar de ‘género’). Y no niego su existencia, hay evidencia suficiente para mostrar esto, ¿pero qué hay detrás?, ¿cómo funciona?, ¿cómo superarlo, trasgredirlo? “Ante la violencia, los órdenes físicos y los órdenes de significados se entremezclan; la lógica y la moral se dan la vuelta, adquiriendo una racionalidad propia que se quiere más allá del bien y del mal” (Rotker, 2001, p. 9). Y se justifica en lo “natural”.

Desestratificaciones corporales: trans-formando el cuerpo

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deshacerse un cuerpo femenino?

Bogotá, junio de 2009

¿Es realmente útil el uso de categorías universalizantes (o excluyentes) necesario para lograr reivindicaciones y derechos antes inexistentes?

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posibilidad de subvertir la diferenciación de los cuerpos y cuestionar las características sociales, políticas y representacionales del cuerpo femenino que permiten el proceso de feminización de los cuerpos.

Estas representaciones de oposición entre géneros (hombre-mujer) son explicadas todo el tiempo con frases que generalizan comportamientos e incluso los ritualizan: las mujeres se quejan más, los hombres se enamoran menos, los hombres son más fuertes, las mujeres deben pedir ayuda para abrir frascos, botellas... En una reunión con mis excolegas profesores, en la que estábamos hablando sobre el tema, yo abrí una cerveza twist off que un hombre no pudo abrir y su primera reacción ante mi ofrecimiento de abrírsela, fue negarse. Y el punto de esto no es hablar sobre la igualdad o superioridad de fuerzas, sino visibilizar la diversidad de comportamientos que surgen alrededor de esta relación activo-pasivo que legitima las diferencias corporales y de género. Y que deben ser demostradas en cada comportamiento cotidiano.

Pero así como los manuales de comportamiento para mujeres, tan populares hasta el siglo XIX, y las imágenes que aún abundan y ofrecen modelos ideales del ser mujer y los cuerpos femeninos, permiten ver los modos en los que hay tecnologías que moldean los cuerpos y las ideas que tenemos de ellos, no hay un único modo de apropiarlos. Hacerse un cuerpo femenino sería entonces tanto seguir todos o algunos de los elementos presentes en estas representaciones como resistirse a ellos y seguir otros modelos. De ahí que nos desconozcamos o desconozcamos a otras “mujeres” en estas imágenes visuales o narradas.

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Bogotá, junio de 2009

¿Quién decide cuál es el límite del cuerpo, de la experimentación, de la tolerancia?,

El CsO está formado por intensidades, por lo que se resiste a la jerarquización y la categorización, de ahí que sea central para la resistencia que parecería requerir la apuesta por desterritorializar los cuerpos feminizados. Para hacerse un CsO, según D&G, el cuerpo debe estar vacío de la influencia de los estratos y luego llenarse nuevamente, pero de intensidades. Este proceso puede ser riesgoso, en tanto el límite es difuso, por lo que el experimento podría resultar en un cuerpo vacío o un cuerpo susceptible a ser rápidamente reterritorializado por los estratos. Se requiere entonces dejar dosis mínimas de significación y subjetivación para responder a la realidad dominante, pues la desestratificación radical no tiene siempre como resultado un CsO.

Pienso en Sandy Stone, en una escena del documental Gendernauts7 en la que muestra cómo el género es un performance, una serie de señales que se envían en las interacciones sociales. Empieza entonces sentada y con una voz suave y pausada, que se

      

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acompaña con movimientos sutiles, explica cómo lo femenino está asociado a un tono de voz específico y a unos movimientos más cercanos al propio cuerpo. La transición sucede cuando empieza a levantarse de su silla y a ocupar el espacio a su alrededor, tal como había descrito lo característicamente asociado con lo masculino, e interpele a quien observa para decir que eso es lo que se debe aprender.

Es por eso que la experimentación es esencial, pero considerando que desestratificarse no es eliminar toda estratificación sino aumentar la potencia del propio cuerpo, ir al extremo, pero no sobrepasarlo, reconocer las fuerzas que componen el cuerpo, experimentarse por fuera del reconocimiento, deshacerse y rehacerse desde lógicas diferentes porque la máquina capitalista se alimenta de flujos descodificados y desterritorializados, así que la fluidez debe ser la norma para ir más rápido que el sistema. El proyecto “revolucionario” implicaría una renuncia a insertarse y sumergirse en la categoría mujer para desconocerse y ser desconocida como parte de la categoría. La apuesta es una revolución molecular que implica desterritorialización en tanto marginalidad y nomadismo.

la revolución molecular no sólo tiene que ver con las relaciones cotidianas entre hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales, niños, adultos, etc. Interviene también y ante todo en las mutaciones productivas en cuanto tales. La revolución molecular es portadora de coeficientes de libertad inasimilables e irrecuperables por el sistema dominante (Guattari, 2004, pp. 68-69).

Se desprende de aquí entonces no solo que el poder es múltiple y opera de múltiples formas, sino que consecuentemente se desliza a través de los cuerpos y construye saberes: no solo ser mujer o ser hombre, también ser heterosexual o ser homosexual porque cada inscripción se asocia a comportamientos e incluso espacios específicos. Así, no solo el poder es productivo (produce cuerpos, actos, ideas), al igual que el lenguaje, sino que construye espacios de control fuera de los lugares asociados tradicionalmente con él: “el poder no está localizado en el aparato de Estado” (Foucault 1992, p. 108). Por tanto, no solo el poder no es una fuerza externa a los cuerpos, sino que las formas de resistencia al poder no deben buscarse más allá de los cuerpos. Mi cuerpo es, simultáneamente un producto de las tensiones de poder (heterosexual, por ejemplo) y mis intentos por resistirme a él.

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materialidad del poder sobre los cuerpos de los individuos” (Foucault 1992, p. 104), es no solo posible incluir a los saberes como formas del poder, sino establecer los cuerpos como lugares ideales de inscripción y resistencia. De ahí que Foucault afirme que “nada cambiará en la sociedad si no se transforman los mecanismos de poder que funcionan fuera de los aparatos de Estado, por debajo de ellos, a su lado, de una manera mucho más minuciosa, cotidiana” (Foucault 1992, p. 108). Y es posible pensar en los cuerpos como omnipresentes en lo cotidiano, por lo que las maneras de modificarlos son infinitas, y su trans-formación puede tener resonancias mayores. Hacerse un cuerpo femenino debería implicar interiorizar y desechar a mi antojo, lo que me gusta o detesto de las imágenes de lo femenino y el ser mujer.

Bogotá, junio de 2009

“No es necesario que alguien articule una ley explícita que diga: “Moldearás las curvas de tu cuerpo a imagen de Cindy Crawford”. Toda mujer simplemente sabe lo que se espera de ella, o sea, ser hermosa” (Putnay, 2004, p. 71). Pero hay posibilidades de transformar esas expectativas y ampliar también lo que significa “ser hermosa”, o “ser mujer”.

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2. Cuerpos mártires: Del pecado que nació de la mujer, destruye el alma al despojarla de la gracia, y entrega el cuerpo al castigo por el pecado

We have used a lot of toxic ink and trees processed into paper decrying what they have meant and how it hurt us. -Donna Haraway, Situated

Knowledges

Alejandra Azcárate en SoHo, Ed. 64

http://www.soho.com.co/wf_InfoGaleriasMujeres.aspx?IdGal=365

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No es coincidencia que “martirio” sea un nombre femenino: dolor y feminidad parecen ir juntos. De ahí que muerte, sufrimiento, mujer y cuerpo femenino parezcan ser conceptos intercambiables, o al menos, relacionables. Y la ambigüedad de las representaciones e imaginarios sobre la muerte y la mujer puede ser el punto de partida del paralelismo: si la muerte puede interpretarse como extinción o liberación, la mujer y su cuerpo han sido asociados tanto a la producción de vida como al pecado, tanto a la fragilidad como a la peligrosidad. Mujer sinónimo de puta, de virgen, de bruja, de madre…

Y es aún más significativo cuando esta coincidencia entre cuerpo femenino y violencia se da en un entorno cercano. Un informe sobre violencia sexual y feminicidios en Colombia realizado en 2008 por las organizaciones colombianas Casa de la Mujer, Mujeres que crean, Ruta Pacífica y Vamos mujer, registra 183 hechos de violencia sexual en el contexto del conflicto. Estos hechos clasificados como violencia sexual: “el contínuum de las violencias contra las mujeres en todas las etapas de su ciclo vital” (Mesa Mujer y Conflicto Armado, 2008, p. 8) son además subclasificados: 107 casos de violación, 36 de tortura, 35 de secuestro, 35 de homicidio, 21 de abuso sexual, 21 de retención ilegal, 12 de esclavización, 11 de desplazamiento, 9 de mutilación, 7 de violencia sexual, 7 de acceso carnal violento y 7 de amenaza. El análisis y clasificación de las víctimas del conflicto armado parte de la idea de la feminización de la violencia y la interpretación sexual de los cuerpos femeninos. Y si, que lleva a un trato particular en el contexto de la guerra:

La pertenencia al sexo femenino se constituye en el factor de riesgo. Como lo muestran las estadísticas, la violencia está dirigida fundamentalmente a las mujeres y es infligida por los varones tanto en el ámbito privado como en el público. El contínuum de las violencias contra las mujeres y las niñas se ancla en relaciones de poder, subordinación y opresión, y en prácticas que las legitiman y naturalizan. Prácticas fundamentadas por el hecho de ser mujeres. La legitimidad procede de la conceptualización de las mujeres como inferiores y como propiedad de los varones, a los que deben respeto y obediencia. Una de las intenciones del ejercicio de la violencia es reforzar, reproducir y recrear la desigualdad sexual, la subordinación y la opresión; su amenaza real o simbólica doblega la voluntad de las mujeres e impide los deseos de autonomía de ellas (Mesa Mujer y Conflicto Armado, 2008, p. 17).

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