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La cordillera de los Andes como espacio de circulaciones y mestizajes: un expediente sobre Chile central y Cuyo a fines del siglo XVIII

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Nuevo Mundo Mundos

Nuevos

Debates, 2007

...

Jaime Valenzuela-Márquez

La cordillera de los Andes como

espacio de circulaciones y mestizajes:

un expediente sobre Chile central y

Cuyo a fines del siglo XVIII

...

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Jaime Valenzuela-Márquez, « La cordillera de los Andes como espacio de circulaciones y mestizajes: un expediente sobre Chile central y Cuyo a fines del siglo XVIII »,  Nuevo Mundo Mundos Nuevos [En línea], Debates, 2007, Puesto en línea el 10 juillet 2007. URL : http://nuevomundo.revues.org/index7102.html

DOI : en curso de atribución

Editor : EHESS

http://nuevomundo.revues.org http://www.revues.org

Documento accesible en línea desde la siguiente dirección : http://nuevomundo.revues.org/index7102.html Document generado automaticamente el 11 mars 2009.

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Jaime Valenzuela-Márquez

La cordillera de los Andes como espacio

de circulaciones y mestizajes: un

expediente sobre Chile central y Cuyo a

fines del siglo XVIII

Introducción: Una frontera andina y un documento

1 Tradicionalmente vista e imaginada como un murallón telúrico, que aísla y obstaculiza las

circulaciones humanas y los intercambios materiales entre Argentina y Chile, la cordillera de los Andes fue, por el contrario, durante la época colonial, un espacio permeable, transitado en forma regular y frecuente por personas diversas y con intenciones disímiles. Desde pehuenches hasta terratenientes, y desde el comercio hasta el pillaje, la circulación transcordillerana marcó latitudinalmente la historia social, económica y política de estas dos macrorregiones coloniales.

2 En efecto, la dinámica que vinculó a Chile central con Cuyo, a través de los numerosos pasos

que se abrían entre las montañas, nos permite romper el carácter aparentemente longitudinal de los procesos coloniales chilenos, integrándolos en un espacio continental que abarcaba hasta las pampas y Buenos Aires1. De esta forma, insertamos el eje trasandino en el contexto de una

frontera interoceánica, desde el Atlántico al Pacífico, donde también debemos incorporar el

limes del río Bío-Bío, generalmente estudiado en forma aislada y en función de los problemas propiamente “chilenos”2.

3 Además de esta aproximación transversal en el análisis del espacio, nuestro estudio incorpora

los conceptos y perspectivas desarrolladas por la llamada “historiografía fronteriza”. En este sentido, nos hacemos parte del énfasis que se ha puesto en la frontera hispano-araucana como un espacio de interrelaciones, privilegiando los contactos humanos por sobre los de ocupación de territorios3; una noción de frontera geográfica  -como la cordillera de los

Andes- entendida como un área de contactos y de convivencia entre personas de diferentes orígenes étnicos y sociales, donde se producen flujos materiales y humanos en ambas direcciones; un espacio de violencias y de alianzas, de controles armados y de límites tácitos, de autonomías consuetudinarias y anomias oficiales; un núcleo, en fín, generador de mestizajes y de nuevas formas culturales4.

4 Por su parte, los avances en los estudios etnohistóricos de la última década nos permiten

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cuya lógica conlleva la reinterpretación, apropiación, acomodación, asimilación o rechazo de los factores externos que permanentemente están interactuando. Es una propuesta que, como afirma Guillaume Boccara, restituye los regímenes de historicidad a estos procesos5.

5 Serían estos procesos de fusión, hibridación interétnica y etnogénesis los que habrían

sustentado la extensión de la territorialidad mapuche transcordillerana   -la llamada “araucanización de las pampas”-  insertándolo, así, en un proceso interoceánico; y, en sentido contrario, la circulación de productos y de personas provenientes del universo pehuenche y pampeano en la Araucanía y en el valle central chileno6.

6 Es en esta perspectiva, justamente, donde insertamos nuestro trabajo. Primeramente, éste

contempla un panorama de los contextos geográficos, económicos, étnicos y sociales que identificaron la realidad fronteriza específica que estudiamos. Luego, proponemos una lectura analítica e interpretativa de una serie de cartas, oficios y disposiciones que se encuentran reunidas en un expediente custodiado en el fondo Capitanía General del Archivo Nacional Histórico de Chile. Se trata de documentos reunidos para dar cuenta del paso de personas (“chilenos” e indios) y de productos   (vino, sal, brea,…) por la cordillera, entre 1786 y 1801. Al tratarse de documentación oficial  -orientada principalmente a prohibir la entrada de vino a las tolderías pehuenches-, no extraña que se enfaticen los problemas que dicha circulación traía aparejados para el orden colonial; pero, al mismo tiempo, la lectura de dichos textos permite aproximarnos a la riqueza de los contactos multiculturales e interétnicos y a los intereses económicos y estrategias políticas que estaban en juego en aquel vasto espacio chileno-rioplatense.

El escenario y sus dinámicas

7 No obstante lo anterior, es necesario establecer una diferencia sustancial en dicho espacio, que

tiene directa relación con el contexto en el cual desarrollaremos nuestro estudio. En efecto, los escenarios geográficos que se despliegan a ambos lados de la cordillera están marcados por sus diferencias en términos de la presencia del sistema colonial. Así, en la vertiente occidental se estaba ante un territorio más o menos controlado, explotado económicamente y, durante la segunda mitad del siglo, en un avanzado proceso de “colonización”, a partir del establecimiento de algunas urbanizaciones intermedias en el valle central de Chile7.

8 En la vertiente oriental, en cambio, la situación era muy distinta. Salvo la población asentada

en las estancias de los valles de Uco y Xaurúa, hacia el sur del río Tunuyán prácticamente no existía presencia hispanocriolla, imperando la autonomía indígena. Recién en 1771 se construyó el fortín de San Carlos, precisamente en Xaurúa, con el objetivo de dar seguridad a aquellas propiedades e intentar controlar el tráfico ilegal de ganado y caballares que se dirigía a Chile a través de los principales pasos de la zona (ver mapa adjunto)8.

9 Los portillos cordilleranos permitieron un tráfico material creciente e intenso, organizado casi

cronológicamente en función de los deshielos anuales. Tráfico que ayudó, por ejemplo, a masificar el uso de ponchos trasandinos en Chile y que popularizó el consumo de vino y de aguardiente entre los Pehuenches, mientras que, en las pampas, los textiles provenían casi en su totalidad del lado chileno y el trigo occidental comenzaba a ser una necesidad alimenticia para los otrora recolectores de pehuen9. Fue justamente esta dependencia económica y el interés por mantener el flujo de intercambios lo que llevó a una relativa calma en la zona controlada por los Pehuenches.

10 Otra faceta no menos importante y aún más frecuente de este tráfico la constituyeron las

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11 Por cierto, los Pehuenches también participaban activamente en este tráfico hacia el lado

chileno, sobre todo al tener bajo control las salinas de Llancanelo y los manantiales de brea que brotaban entre los numerosos volcanes cordilleranos11.

12 Ganado, ponchos, plumas, objetos de cuero, sal, alquitrán, yeso, vino, aguardiente, trigo,

armas y objetos de hierro, muestran no sólo un amplio repertorio de objetos diversos, sino que auguran un tráfico intenso y complejo, en términos geográficos y culturales. Son una muestra, también, de las dependencias simbólicas y materiales, así como de la flexibilidad económica y política con que se revistió el amplio escenario fronterizo que abarcaba las Pampas, los Andes y la Araucanía. Dependencia y plasticidad que había llegado a transformar los mecanismos internos de los grupos involucrados12.

13 En este mismo plano, destacamos la existencia de verdaderas ferias estacionales, donde los

pehuenches bajaban a intercambiar sus productos. En Colchagua y Maule fueron bastante comunes, gracias a la utilización de los pasos “Las Damas”, “Planchón” y “Pehuenche”, cercanos, accesibles y con abundantes pastos de altura para los animales.

14 Estas ferias, por cierto, se convirtieron en un factor importante para el auge económico de las

nuevas ciudades fundadas en la región durante el siglo XVIII13. A esto debemos agregar el

trajín frecuente de indígenas que traían sal y otros productos para venderlos a los estancieros chilenos y, en sentido inverso, los chilenos hispano-mestizo-criollos que cruzaban con sus “cargas” al otro lado de la cordillera; actores que circulaban entre ambos “mundos”, operando en los toldos pehuenches o en las estancias y haciendas rurales, trayendo y llevando artefactos, costumbres, lenguajes y representaciones.

Los pasos cordilleranos

15 El contexto geográfico donde se desarrolla esta circulación humana y material tiene como

base los más de cuarenta pasos  –boquetes, boquerones, portillos o portezuelos–  que se abrían entre las montañas de los Andes chileno-rioplatenses.

16 El paso del “Planchón” era el más utilizado, debido a su corta extensión, su menor altitud, la

presencia de potreros intracordilleranos, el ancho mismo del boquete y su cercanía con la sal, el alquitrán y el yeso. De ahí también las numerosas solicitudes de licencia que  -conforme a la legislación vigente-  elevan los vecinos de Colchagua y de Maule, para ir con sus recuas de mulas a las faldas orientales14.

17 No obstante, el mayor tráfico por este paso se debía también a necesidades e intereses del

mundo indígena. En efecto, en las nacientes del río Teno, a la altura de Curicó, vivía un grupo numeroso de Pehuenches y el boquete mismo estaba a cargo del capitán Nicolás Vergara, conocido por su connivencia comercial con los naturales15.

18 El “Boquerón del Atuel” o “Pehuenche” también se contaba entre los más transitados por

los indígenas, entre otras cosas, porque, al parecer, no juntaba nieve en el invierno y porque permitía acceder a la protegida zona de Isla de Maule y a las ricas estancias vecinas al río de este mismo nombre. Más al sur, el paso de “Achigüeno” posibilitaba el tráfico hacia y desde el mundo fronterizo vecino a la villa de Chillán, también muy fértil en producción agropecuaria.

19 Hacia el norte, destacaban los pasos “Portillo” (o “Tupungato”) y “Piuquenes”, que permitían

la interacción entre los productivos  -y, por mucho tiempo, desprotegidos-  valles de Uco y Xaurúa, y la región al sur de la capital chilena. Le seguía, finalmente, el paso de “Uspallata” (o “Las Cuevas”), en la antigua ruta del incario, convertido en la vía de comunicación tradicional entre Santiago y Mendoza. Por este boquete circulaban prácticamente todos los productos que llegaban a Chile desde el Río de la Plata  -a través de la ruta que pasaba por Río Cuarto y San Luis-  o los que, provenientes del Perú y Chile, pasaban hacia tierras transandinas.

La pluralidad de los actores

20 Los numerosos portillos y portezuelos que poblaban la cordillera a lo largo de Chile central

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que circulaban cómodos y con relativa libertad en ambas vertientes andinas. Numerosos testimonios muestran, así, la presencia habitual de indígenas transandinos en los pueblos y estancias rurales chilenas, o deambulando por las regiones del Valle Central cercanas al Planchón o a otros boquetes. Otros mencionan que era común, también, que a su venida fuesen agasajados por los terratenientes locales, en una clara muestra del interés que les portaba su circulación.

21 La cordillera, entonces, no sólo se había transformado en un espacio de circulación, sino

también de transculturación. Los indios que la frecuentaban estaban en contacto con mundos distintos, de los cuales dependían en muchos frentes de su cultura material y simbólica, mostrándose permeables a sus influencias y atentos a sus potencialidades miméticas, siguiendo aquella ruta de “etnogénesis activa” que ha definido Boccara16.

22 Capítulo aparte  -aunque complementario-  merecen los llamados “tenientes” y “capitanes de

amigos”. Verdaderos passeurs institucionales, estos hispanocriollos y mestizos, destinados a servir de intermediarios políticos y a vigilar el comportamiento de los grupos indígenas con los cuales estaban en contacto, surgieron en el siglo XVII para mantener una relación más directa y permanente con el Estado colonial; por ello, muchas veces residían en las mismas comunidades. Posiblemente, como apunta Villalobos, derivasen de los intérpretes, considerando cierta similitud en sus funciones. Lo cierto es que llegaron a constituirse en verdaderos jefes de las reducciones indígenas a su cargo y tuvieron un control real sobre los “indios amigos”, aquellos que colaboraban con los hispanos, como sucedía, en nuestro caso, con varias de las tribus pehuenches subandinas17.

23 Conviene destacar, entonces, en la línea analítica que estamos avanzando, que estos

mediadores jugaron un papel mucho más amplio que el que les estaba reservado oficialmente, llegando a ser imprescindibles para ambos mundos. Convivieron íntimamente con los indígenas, adoptaron algunas de sus costumbres, se mezclaron con sus mujeres, y fueron activos agentes del intercambio. Su ascendiente con los indios  -y con los hispanos-, en este sentido, no derivaba necesariamente de su cargo formal, sino de aquella convivencia en la vida cotidiana y de esta connivencia y mediación en los tráficos económicos, de los que, por supuesto, no estaba exento su provecho personal.

24 No obstante, los indios no fueron los únicos usuarios de aquellos pasos. Desde la contraparte

chilena, como hemos adelantado, el contingente humano que vemos circular por los boquetes, intercambiar productos y deambular por las cejas de montaña y llanuras de ambos lados de los Andes nos presenta un panorama social y cultural bastante más complejo y diversificado. Panorama que está asociado a la consolidación de una sociedad mestiza y a la predominancia de un estilo de vida errante y marginal en buena parte de los habitantes de las regiones chilenas involucradas en nuestro estudio18. Serán estos actores mestizos y vagabundos a

quienes veremos cruzando los boquetes en busca de sal, intercambiando productos en la pampa cuyana o invernando en los toldos de sus “amigos” pehuenches.

Casos y ejemplos de un expediente

25 Lo señalado hasta el momento permite acercarnos a un expediente que agrupa una serie de

informes, oficios y circulares que abarcan los últimos catorce años del siglo XVIII, bajo el título: “Sobre prohibir la entrada de españoles con venta de vinos, y de otros fines perniciosos, a las tolderías de pehuenches por los boquetes de la cordillera, con motivo de algunas quejas de las reducciones y del comandante de la frontera de Mendoza”19.

26 El expediente comienza con una carta enviada desde Mendoza en 1786, donde el comandante

Francisco de Amigorena informaba que había llegado a esa ciudad el cacique pehuenche Huenucal “a tratar de sus conchavos”, acompañado por dos chilenos originarios de San Fernando y otros tres peones sin identificar20. El grupo llevaba sal por el paso del Planchón

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solicitaban permiso para invernar en Mendoza. A juzgar por el tono del documento, se trataba de un grupo afianzado, que conocía el tráfico y que lo realizaba en forma regular. Lo interesante, en todo caso, es que no era comandado por el cacique mismo, sino por uno de aquellos chilenos, Josef González, que, además, era hijo de un “teniente de indios”.

27 El panorama se hace más interesante pocos días después, cuando llega al lugar otro cacique

pehuenche  -Lingay-  con el mismo problema y similares compañías. Su grupo, en efecto, comprendía a otros cuatro chilenos venidos, en este caso, del partido de Maule, uno de los cuales, llamado Guenchuala, es definido como “indio” y “lenguaraz”21. Este segundo grupo

no sólo conocía al de Huenucal, sino que incluso fue acogido en sus toldos.

28 Amigorena, por su parte, al saber que los maulinos de Lingay en realidad se hallaban hacía

meses en la zona, decidió encarcelarlos; pero estos aparentes vagabundos no estaban solos: de inmediato intercedió la protección de un “vecino” del Maule  -Josef Ulloa-, que otorgó la fianza y permitió que saliesen en libertad “hasta que se regresen a su vecindario”22. Este es un primer dato que nos confirma, por cierto, los intereses y las redes transversales que se tejían en el tráfico andino, tanto en términos geográficos como económicos y sociales.

29 Otro documento que debemos conectar con el anterior es el oficio que por esos mismos meses

escribía el gobernador de Chile al subdelegado de San Fernando, reclamándole por la falta de vigilancia en los boquetes de su jurisdicción, que se suponían resguardados por partidas de milicianos23. Ciertamente, como apunta Mario Góngora y como veremos en el caso específico

del ya mencionado capitán Nicolás Vergara, estos vigías, o pecaban de inoperancia y lenidad, o participaban en abierta corrupción de los beneficios de esta circulación24.

30 Al año siguiente, el problema se traslada un poco más al sur, con la denuncia de otros

chilenos que habían entrado desde Maule por “el río grande y campanario” -probablemente se refiera al río Colorado y al paso del Atuel, cerca del cual se encuentra el cerro Campanario-  con más de veinte cargas de vino, “a tratar ponchos” con los pehuenches del cacique Ancón. Nuevamente estamos frente a una tropa   -es decir, una caravana de carretas y/o mulas, y el personal a cargo-  que va y viene con comodidad, al margen de todo control estatal, que es recibida por indígenas pacíficos e interesados en el intercambio, y que vuelve a su región de origen, en este caso, con una suculenta carga de textiles. Además de las consecuencias transculturales que hemos indicado más arriba respecto a la difusión masiva de este producto entre la población rural chilena, interesa subrayar el hecho de que se trata de circuitos autónomos, donde la ausencia del control estatal funciona en forma paralela a la configuración de redes interétnicas e interculturales regionales; y, cuando se hace presente el sistema colonial, es a través de aquellos “capitanes de amigos” que, destinados a vigilar y a mediar, terminan formando parte de esos mismos circuitos.

31 Sin ir más lejos, y volviendo al último caso que estamos analizando, el cacique Ancón

esperaba ahora la inminente llegada a sus toldos  -seguramente por el Planchón o Las Damas- del mismísimo capitán de amigos de la villa de San Fernando, “don” Agustín Sepúlveda, que venía, junto a su teniente Mariano González, con otras sesenta cargas de vino. Este último, recordemos, era el padre de aquel Josef González que comandaba la tropa del cacique Huenucal, que hemos visto circulando con sal por el Planchón. A su regreso a Chile, por lo demás, Sepúlveda pensaba cruzar la cordillera acompañado por un grupo de “caciques y capitanejos” locales, entre los que se contaba, justamente, a dicho Huenucal25, nuevamente

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32 Siguiendo con los problemas de Amigorena frente a los incontrolados transhumantes que

circulan en su frontera andina, otro nombre comienza a aparecer entre las cartas y oficios. Se trata de “don” Nicolás Vergara, a quien ya hemos mencionado en relación con la alta frecuencia en el uso del Planchón. El propio gobernador Higgins lo menciona en 1791 como uno de los chilenos que eran bienvenidos en los toldos del cacique Ancón27; y en 1796 aparece

organizando una tropa que atravesó los Andes, con el fin de ir a sacar alquitrán a la zona de Malalhue, con cargas de “licores” para intercambiar caballos y mulas a los indios28.

33 Para las autoridades chilenas, el trato libre y autónomo de hispanocriollos con los indígenas

no sólo era dañino en términos económicos, al burlarse todo tipo de cobro tributario; por sobre todo, era un escenario peligroso en términos políticos, teniendo en cuenta la fragilidad del control social que imperaba en los amplios espacios rurales de la vertiente occidental y la inestable “alianza” o “amistad” que el Estado intentaba construir con el mundo pehuenche de la vertiente oriental, con el fin de configurar aliados necesarios en la débil frontera sur del impero, constantemente asediada por los asaltos maloqueros.

34 En efecto, la amenaza se vislumbraba en esta presencia recurrente de hispanocriollos, más o

memos mestizos, que muchas veces eran recibidas e incorporadas en la vida cotidiana y en el sistema de relaciones de las tribus. La actitud normal que aparece entre los pehuenches, al menos en la documentación revisada, es la de aceptación e, incluso, necesidad del contacto con los troperos y conchabadores. Los mismos indios que aparecían por los boquetes en el lado chileno se lo solicitaban a las autoridades locales, ante la prohibición de internarse en la cordillera sin autorización, so pena de confiscar todas las mercaderías y animales que se hallaren29. Algunos llegaban incluso a ofenderse cuando se intentaba aplicar con rigor esta

medida30.

35 De ahí que la preocupación del Estado no se orientara sólo al conchavo de vino y licores,

sino a la circulación de las personas y, con particular atención, a la cercanía y confianza que muchos de estos hispanocriollos habían tejido en el seno de las parcialidades, comerciando y conviviendo en sus toldos. Cercanía que, para la autoridad, tenía como consecuencia lógica la asesoría e influencia en las decisiones de los caciques, “siendo estas mezclas de gentes perjudiciales a esta frontera”31. Esta ingerencia, por cierto, era vista como “extorsiones a los

indios”, pues normalmente apuntaban al propio beneficio de los chilenos involucrados; pero, sin duda, éstos últimos podían llegar a constituir una amenaza si opinaban o se involucraban en las relaciones “diplomáticas”; sobre todo en un contexto donde este factor y lo comercial estaban tan confundidos.

36 Así, por ejemplo, desde Mendoza, el comandante Amigorena volvía a insistir en 1796 sobre

que en su jurisdicción se encontraban muchos individuos provenientes de Maule que migraban

“con el pretexto de estar cuidando en los potreros  de esa banda las haciendas de campo, alegando habérseles cerrado la cordillera y ser necesario invernar en las tolderías de estos pehuenches, abandonando la ley xptiana que profesan […]”. La experiencia confirmaba la falsedad de esas excusas, “y que acaso serán algunos malévolos, que por sus delitos profúgan de ese para este reino; y siendo esto un desorden consentido, y tal vez permitido por los comisarios de esas fronteras, se lo participo a VS. por lo perjudiciales que son semejantes comunicaciones, pues instruyen tales gentes a los indios de cuanto pasa en los pueblos, y les roban los caballos cuando no son sentidos, como me lo tienen representado los caciques”32.

37 Más explícito había sido un par de años antes el propio Higgins, cuando, junto con repetir una

vez más las prohibiciones que pesaban sobre los “españoles” para pasar a la otra banda de la cordillera “a morar ni conchavar con estos indios” sin autorización competente, oficiaba al subdelegado de Curicó respecto al paso del Planchón:

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indios, y les hacen otras mil iniquidades por que estos confirman su avercional nombre español. Esto es constante y su conocimiento es el fruto de 20 años de experiencia en el manejo de estos indios”33.

38 Lo cierto es que a comienzos de 1796 el comandante Amigorena celebraba un parlamento con

las parcialidades de su jurisdicción para elegir al nuevo “gobernador” pehuenche, que serviría como nexo con la autoridad hispana. Cual no sería su sorpresa al ver aparecer, “mezclados con varios caciques” que acudieron a la frontera mendocina, a tres “chilenos christianos”

que venían acompañando la delegación, y que andaban “con el pretexto de extraer brea”34. Amigorena los identifica como troperos del capitán… Nicolás Vergara: Nolasco González, que actuaba como capataz del grupo, Tadeo Herrera, como madrinero, y un tal Pacífico Mundaca, originario del partido de Talca, donde era peón de don Antonio Urzúa35. Hechas

las averiguaciones en Chile, se supo que el grupo había atravesado el Planchón llevando unas cargas de trigo que se le habían quedado en casa de Vergara… al cacique Antipán36.

39 Lo cierto es que, más allá de los motivos circunstanciales, existía una relación estrecha

y permanente entre jefes indígenas y “jefes” hispanocriollos como Vergara, lo que se manifestaba en la acogida y hospedaje brindados a uno y a otro lado de la cordillera. Sin ir más lejos, los propios troperos de Vergara eran albergados en ese marco de confianza mútua, a tal punto que el peón Mundaca tenía a uno de sus sobrinos viviendo en los toldos de un cacique llamado Huayquinao37.

40 Pero hay otro elemento que aparece en el caso anterior y que es necesario destacar: la aparición

de un estanciero maulino involucrado, si bien de manera indirecta, en estos episodios. En efecto, al igual que los maulinos de la tropa del cacique Lingay que hemos visto a punto de ser encarcelados una década antes por el mismo Amigorena, Pacífico Mundaca no era uno de aquellos vagabundos y desarraigados que circulaban masivamente por las llanuras y montañas. Este peón aparece trabajando en forma permanente para Antonio Urzúa e, incluso,”vive en su hacienda con mujer e hijos”38.

41 Los testimonios de los testigos difieren, como vemos, en las intenciones y compromisos del

viaje (para ir por brea, a dejar unos trigos o a intercambiar vino; como tropa de Vergara o por iniciativa individual). Lo cierto es que, independientemente de quien dice la verdad, nuestro recorrido por el expediente permite percibir una serie de contactos múltiples, a nivel étnico y social, que nos muestran la riqueza y complejidad de lo que sucedía en el escenario transcordillerano. También nos permite avanzar sospechas sobre el papel jugado por las élites rurales en un sistema de tráficos y relaciones que se perciben con bastante más regularidad e intensidad que lo que podría asociarse a un aparente vagabundaje libre y autónomo.

42 Sin ir más lejos, nuestras sospechas se acrecientan al leer el documento donde Martín Moyano,

capitán de amigos encargado de los pehuenches cercanos al paso de Atuel, denunciaba a los chilenos que habían pasado recientemente hacia la banda oriental, normalmente en busca de sal. Dentro de ellos destacaba  -no necesariamente integrando una misma tropa-, a Flor Reyes y a Leandro Agriasola, que vivían en la estancia de don Pascual Lamilla39.

43 Este asunto aparece con mayor claridad al analizar lo sucedido en el boquete de Achigüeno

durante el verano de 1794. El subdelegado de Cauquenes relataba cómo, estando en la Isla de Maule, se había presentado ante él un cacique pehuenche “de los que habitan a la parte del oriente de las cordilleras en las cabeceras del de Maule”, y que había pasado   -al menos por segundo año consecutivo-  con su carga de sal, ponchos y plumas. Este indio traía

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la cordillera. De hecho, ese mismo año Barros aparecía en la lista que hemos citado en el párrafo anterior, elaborada por el capitán de amigos del Atuel, para informar de los chilenos que, por segundo año consecutivo, habían cruzado con “perjudicial comercio” de vinos hacia los toldos pehuenches40.

44 Además de la “amistad”, esgrimida por el cacique ante el subdelegado de Cauquenes, Barros

representaba el referente de autoridad que un hacendado local y capitán de milicias como él debían imponer, y que podía transformarse en protección interesada a la hora de concretar estos flujos materiales interregionales. Así, la protección solicitada por el indígena apuntaría a que “le patrocinase, escoltase, y defendiese de los malos españoles, y acompañar en los caminos, como que es hombre de bien, y de respeto”41.

45 Tan habitual era este tráfico y tan lucrativa su importancia para los actores involucrados, que

el propio Barros se encargó de informar a la autoridad sobre sus características. Allí menciona que la que había cruzado por Achigüeno, en realidad, era una gran caravana, compuesta por más de trescientos indígenas. A su cabeza iban cuatro caciques, y su interés era intercambiar los productos que hemos mencionado por trigo; cereal que, sin duda, podían aportarles Barros y otros productores de la región. De hecho, el comunicado menciona que entre los chilenos que salieron a los faldeos cordilleranos para recibir a la comitiva pehuenche se encontraban, además de don José, varios de sus parientes: su hijo, Pedro José, un hermano, Manuel, y otro individuo llamado Bailón Barros. Lo acompañaban, además, los hacendados Agustín Elgueta y Agustín Pardo42.

46 Más aún, el hecho de haber aparecido, como hemos visto más arriba, entre los que realizaban

regularmente un tráfico ilegal de vino a través de los boquetes de la zona, no tuvo ninguna consecuencia para el desempeño de Barros, pese a que en el mismo documento donde aparecía involucrado se recordaban los castigos a los que se exponía, que podían llegar incluso a la pena capital43.

47 Lejos de esto, algunos años después vemos a Barros encabezando una de las expediciones

que, en 1803, el entonces gobernador Joaquín del Pino encargó a una comisión dirigida por el arquitecto Joaquín Toesca. Ésta tenía como fin el reconocimiento de la cordillera para buscar un nuevo boquete que permitiera agilizar los intercambios trasandinos44. Nuestro terrateniente,

en este caso, no sólo estaba haciendo gala de su poder local, de sus contactos políticos y de sus intereses económicos vinculados al proyecto gubernamental; también estaba usufructuando de su evidente conocimiento de la geografía local, fruto de aquella vasta experiencia “en terreno” como conchavador interétnico de alta envergadura. Conservando las distancias sociales y la diferencia de circunstancias, sin duda que podemos establecer numerosos puentes que permiten vincular las experiencias de los capitanes Nicolás Vergara y José Barros, y los de otros terratenientes mencionados, como Josef Ulloa, protector de la tropa del cacique Lingay, como ejes de un proceso transversal del cual aquí sólo hemos explorado sus aspectos más evidentes.

A modo de conclusión

48 El último caso estudiado en los párrafos anteriores permite un corolario a la compleja red

de relaciones, intereses e intercambios fronterizos que hemos analizado a partir del rico expediente propuesto para graficar el mundo fronterizo cordillerano de fines del siglo XVIII.

49 A lo largo del trabajo hemos visto que los troperos, que pueden ser incluidos dentro de la

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50 Pero también hemos visto que la circulación cordillerana se produce intensamente en el sentido

contrario. No sólo van los troperos mestizos e hispanocriollos hacia la banda pehuenche, sino que también podemos ver a estos indios penetrar por los boquetes, entrar en contacto y moverse con relativa comodidad y tolerancia en los llanos de Chile central, e, incluso, acceder a aquellas redes de protección interesada de los terratenientes.

51 En términos globales, por último, el estudio de estos casos nos lleva a pensar en la cordillera

como un limes político y geográfico permeable, un espacio de circulaciones, intercambios materiales, biológicos y culturales que alimenta desde las configuraciones políticas coloniales y las transacciones mercantiles, hasta los procesos de mestizajes y transculturaciones de las regiones ligadas a aquellas dinámicas surandinas.

Notas

1 Esta mirada Oeste-Este es concordante con la propia representación cartográfica que se tenía del espacio chileno, aún a mediados del siglo XIX: cf. Rafael Sagredo Baeza, “Cartografía y nación. El Atlas de Claudio Gay y la representación de Chile”, en María Teresa Calderón y Annick Lempériere (eds.), Estado, territorio, partidos. Estado-nación en las américas a lo largo del siglo XIX, Bogotá, Universidad Externado de Colombia / Taurus, 2007. El propio Ambrosio O’Higgins, en un informe elaborado en 1767, recomendaba “[…] que desde las 30 leguas al surhuest de Buenos Ayres se establezca la cabeza de una Linea Fronteriza tirada hasta las Cordilleras de Chile, construyendo por este cordon […], cinco o seis Fuertes […], procurando que la dicha Linea Fronteriza pase tirada de Est a Huest en el frente de los Indios Barbaros que viven esparcidos por los territorios hacia el Sur […]”: “Descripción del Reyno de Chile, sus productos, comercio y habitantes”, reproducida en Ricardo Donoso, El marqués de Osorno don Ambrosio Higgins, 1720-1801, Santiago, Universidad de Chile, 1941, p. 438. En relación al área estudiada, Margarita Gascón, también ha contribuido a reforzar la tesis de una frontera orientada en sentido W-E, del Pacífico al Atlántico, la que se habría consolidado hacia 1730, cuando Buenos Aires se articula definitivamente a las dinámicas de la “frontera sur”, a la que ya pertenecía Santiago y, luego Mendoza, desde el siglo anterior. Este proceso se concreta cuando la capital porteña desplaza su atención  -incluyendo la militar-  hacia las pampas del sur, en un contexto de agotamiento del ganado cimarrón existente en la Banda Oriental y de presencia, en su jurisdicción, de bandas aliadas de araucanos, pehuenches y puelches: “La articulación de Buenos Aires a la frontera sur del Imperio Español, 1640-1740”,

Anuario IEHS, Tandil, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, nº 13, 1998, p. 213.

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Lateinamerikas, Köln, Böhlau Verlag, 26, 1989. Del mismo Leonardo León, Los señores de la cordillera y las pampas: los pehuenches de Malalhue, 1770-1800, Santiago, DIBAM, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2005. Además, debemos incluir los trabajos de Jorge Pinto (“Integración y desintegración de un espacio fronterizo. La Araucanía y las Pampas, 1550-1900”) y de Holdenis Casanova (“La alianza hispano-pehuenche y sus repercusiones en el macroespacio fronterizo sur andino, 1750-1800)”, publicados en Jorge Pinto (ed.),

Araucanía y Pampas. Un mundo fronterizo en América del Sur, Temuco, Universidad de la Frontera, 1996; del mismo Jorge Pinto, “Araucanía y Pampas. Una economía fronteriza en el siglo XVIII”, Boletín de historia y geografía, Santiago, Universidad Católica Blas Cañas, nº 14, 1998. Para una revisión de la bibliografía producida en las últimas décadas sobre el área estudiada, véase la compilación de Guillaume Boccara, “Etudios etnohistoricos sobre Araucania, Pampa y Patagonia norte (1980-2000)”, Nuevo Mundo-Mundos Nuevos,

Paris, EHESS, CERMA, nº 1, 2001, mis en ligne le 9 février 2005, disponible sur :  http:// nuevomundo.revues.org/document558.html.

3 Preferencia que encontramos ya en el trabajo de Álvaro Jara, Guerra y sociedad en Chile, y otros temas afines, Santiago, Editorial Universitaria, 1984 (3ª ed). En forma más sistemática, el tema es trabajado en los textos clásicos y fundadores de Sergio Villalobos: Relaciones fronterizas en la Araucanía, Santiago, Ediciones Universidad Católica de Chile, 1982, Los pehuenches en la vida fronteriza, Santiago, Ediciones Universidad Católica de Chile, 1989, y

Vida fronteriza en la Araucanía. El mito de la guerra de Arauco, Santiago, Andrés Bello, 1996. Una visión alternativa a los planteamientos de Villalobos, en Rolf Foerster y Jorge Vergara, “¿Relaciones interétnicas o relaciones fronterizas?, Revista de historia indígena, Santiago, Universidad de Chile, nº 1, 1996. Balances renovados de la historiografía fronteriza, desde la perspectiva argentina, en Raúl Mandrini, “Frontera y relaciones fronterizas en la historiografía argentino-chilena” y Silvia Ratto, “El debate sobre la frontera a partir de Turner. La New Western History, los borderlands y el estudio de las fronteras en Latinoamérica”, ambos en

Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, 3ª serie, nº 3, 1991 y nº 24, 2001, respectivamente. De Raúl Mandrini, “Indios y fronteras en el área pampeana (siglos XVI-XIX): Balance y perspectivas” y “Las fronteras y la sociedad indígena en el ámbito pampeano”, ambos en Anuario IEHS, Tandil, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, nº 7, 1992 y nº 12, 1997, respectivamente; Raúl Mandrini y Carlos Paz (comps.), Las fronteras hispano-criollas del mundo indígena latinoamericano en los siglos XVIII-XIX. Un estudio comparativo, Tandil, UCCPBA / UNSUR / UNCOMAHUE, 2003; Susana Bandieri (coord.), Cruzando la Cordillera… La frontera argentino-chilena como espacio social, Neuquén, CEHIR/UN Comahue, 2001; y el más reciente trabajo editado por Raúl Mandrini, Vivir entre dos mundos. Conflicto y convivencia en las fronteras del sur de la Argentina. Siglos XVIII y XIX, Buenos Aires, Taurus, 2006. Para el ámbito mexicano,

Micheline Cariño (et al.), “Viejas y nuevas concepciones de la frontera: Aportes teóricos y reflexiones sobre la historia sudcaliforniana”, Estudios fronterizos, México, Universidad Autónoma de Baja California, vol. 1, nº 2, 2000 (disponible en: http://www.uabc.mx/iis/ref/ REFvol1num2/EFV1N2-6.PDF). Desde el otro lado del Atlántico, tenemos la compilación de Francisco de Solano y Salvador Bernabeau (eds.), Estudios (nuevos y viejos) sobre la frontera, Madrid, C.S.I.C., 1991, y el trabajo de  Carlos Lázaro, Las fronteras de América y los “Flandes Indianos”, Madrid, C.S.I.C., 1997.

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5 Guillaume Boccara, “Antropología diacrónica. Dinámicas culturales, procesos históricos y poder político”, en Guillaume Boccara y Silvia Galindo, Lógica mestiza en América, Temuco, Universidad de la Frontera, Instituto de Estudios Indígenas, 2000 (reeditada en Nuevo Mundo-Mundos Nuevos, Paris, EHESS, CERMA, mis en ligne le 14 février 2005, disponible sur : http://nuevomundo.revues.org/document589.html). En el mismo libro editado por Boccara y Galindo, véase el sugerente análisis conceptual que hace Carmen Bernand en “Los híbridos en Hispanoamérica. Un enfoque antropológico de un proceso histórico”. Boccara ha ampliado y actualizado la discusión en su artículo “Mundos nuevos en las fronteras del Nuevo Mundo”,

Nuevo Mundo-Mundos Nuevos, Paris, EHESS, CERMA, nº 1, 2001, mis en ligne le 8 février 2005, disponible sur: http://nuevomundo.revues.org/document426.html. Sobre etnogénesis específica del mundo mapuche en su relación con el “otro” hispanocriollo, este autor ha publicado   “Etnogénesis Mapuche: resistencia y reestructuración entre los indígenas del centro-sur de Chile (siglos XVI-XVIII), Hispanic American Historical Review, vol. 79, nº 3, Aug. 1999, y su libro Guerre et ethnogenèse mapuche dans le Chili colonial. L’invention du soi, Paris, L’Harmattan, 1998.

6 Boccara, “Antropología diacrónica…”, p. 29.

7 Véanse los trabajos de Pablo Lacoste, “El camino por el paso El Pehuenche (1658-1961): aporte para el estudio de la integración binacional”, y de Ana Teresa Fanchin y Luz María Méndez, “Demografía, comercio y tráfico entre Cuyo y Chile, 1778-1823”, en Revista de estudios trasandinos, Santiago, nº 1, 1997, pp. 118-119 y nº 3, 1998, p. 123, respectivamente. 8 Margarita Gascón, “Comerciantes y redes mercantiles del siglo XVII en la frontera sur del Virreinato del Perú”, Anuario de estudios americanos, Sevilla, LVII-2, julio-diciembre 2000; Leonardo León, Osvaldo Silva y Eduardo Téllez, “La guerra contra el malón en Chile, Cuyo y Buenos Aires, 1750-1800”, Cuadernos de historia, Santiago, nº 17, 1997.

9 Cf. Villalobos, Los pehuenches…, pp. 166-167.

10 Pablo Lacoste, “Instalaciones y equipamiento vitivinícola en el Reino de Chile. Vasijas, pipas, lagares (siglo XVIII)”, Revista de historia social y de las mentalidades, Santiago, año X, vol. 1, 2006, p. 96.

11  José Fernández Campino, Relación del Obispado de Santiago [ca. 1744], Santiago, Editorial Universitaria, 1981, pp. 38-39 y 88.

12 Cf. Pinto, “Araucanía y Pampas...”, op. cit.; José Bengoa, Historia del pueblo mapuche, Santiago, SUR, 1988; Leonardo León, “Mestizos e insubordinación social en la frontera mapuche de Chile, 1700-1726”, en Julio Retamal A. (ed.), Estudios coloniales II, Santiago, Universidad Andrés Bello, 2002. También, Raúl Mandrini y Sara Ortelli, “Las fronteras del sur”, en Mandrini (ed.), Vivir entre dos mundos…, p. 31; y, en un plano más general, Raúl Mandrini, “Procesos de especialización regional en la economía indígena pampeana (s. XVIII-XIX): el caso del suroeste bonaerense”, Boletín americanista, Barcelona, nº 41, 1991. Véase también la reciente tesis doctoral de Julio Esteban Vezub, “Valentín Saygüeque y la ‘Gobernación Indígena de las Manzanas’. Poder y etnicidad en la Patagonia noroccidental (1860-1881)”, Buenos Aires, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, 2005.

13 Pablo Lacoste, El sistema pehuenche. Frontera, sociedad y caminos en los Andes Centrales argentino-chilenos (1658-1997), Mendoza, Gobierno de Mendoza/Universidad Nacional de Cuyo, s/d, p. 51; Miguel Angel Palermo, “La compleja integración hispano-indígena del sur argentino y chileno durante el período colonial”, América indígena, México, vol. LI, nº 1, 1992.

14 José Vera Rodríguez, Sal y sociedad. Las salinas de Boyeruca, 1644-2001, tesis de Magister en Historia, Santiago, Universidad de Chile, 2003 (http://www.cybertesis.cl/tesis/uchile/2003/ vera_j/html/index-frames.html).

15  Sergio Sepúlveda, “Otro aspecto del tráfico colonial con la provincia de Cuyo”,

Informaciones geográficas, Santiago, año IX, 1961, p. 14. 16 Guillaume Boccara, “Antropologia diacrónica”, op. Cit.

17  Sergio Villalobos, “Tipos fronterizos en el ejército de Arauco”, en Villalobos (et al.),

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araucana, Santiago, DIBAM, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 1993. Cf. Daniel Villar y Juan Francisco Jiménez, “Indios amigos. El tránsito progresivo desde la autonomía a la dependencia étnica en un sistema de contactos múltiples. El caso de Venancio Coihuepan en sus momentos iniciales (1827, frontera Sur de Argentina)”, en Pinto (ed.), Araucanía y Pampas…, op. cit.

18 Góngora, “Vagabundaje…”, op. cit.

19 Archivo Nacional Histórico, fondo “Capitanía General” (en adelante, ANH.CG), vol. 507, pza. 10. A menos que se indique lo contrario, todos los documentos que se citan a continuación provienen de este mismo expediente.

20 Carta de 24 de junio de 1786, ANH.CG, vol. 507, pza. 10, fj. 72. 21 Ibidem.

22 Ibid., fj. 72v.

23 Santiago, 18 de agosto de 1786, fj. 75.

24 Góngora, “Vagabundaje…”, pp. 24 y 27. También, León, Los señores…, pp. 149 y ss. 25 Mendoza, 21 de enero de 1787, fjs. 76-76v.

26 Ibid., fj. 77v.

27 Oficio de 14 de marzo de 1791, fj. 79. 28 Mendoza, 29 de febrero de 1796, fj. 94v.

29 La petición indígena la recoge el subdelegado de Curicó, en 1796: fj. 100v. 30 Curicó, 6 de febrero de 1795, fjs. 91-91v.

31 Mendoza, 29 de febrero de 1796, loc. cit., fj. 94v.

32 Mendoza, 25 de enero de 1796, fjs. 92-92v [destacado nuestro]. 33 Santiago, 29 de enero de 1794, fj. 83 [destacado nuestro]. 34 Santiago, 7 de julio de 1796, fj. 97.

35 Mendoza, 28 de mayo de 1796, fj. 96. 36 Curicó, 19 de agosto de 1796, fj. 100. 37 Mendoza, 28 de mayo de 1796, fj. 96. 38 Talca, 16 de agosto de 1796, fj. 98v.

39 “Lista de los que han estado dentrando a la tierra”, enviada por Moyano al subdelegado de Talca, 11 de septiembre de 1794, fj. 89v.

40 Ibidem.; oficio fechado en Talca, 29 de septiembre de 1794, fjs. 88-89; oficio fechado en Concepción, 10 de noviembre de 1794, fj. 90.

41 Cauquenes, 7 de enero de 1794, fj. 85. 42 Llepu, 22 de marzo de 1794, fj. 86. 43 Talca, 29 de septiembre de 1794, fj. 88.

44  Humberto Lagiglia, “Relaciones prehistóricas e históricas intercordilleranas en el sur de Mendoza”, Revista de estudios trasandinos, Santiago, Asociación Chileno-Argentina de Estudios Históricos, nº 1, 1997, p. 51

45 Sobre estos problemas, me remito a la renovada compilación bibliográfica publicada por Capucine Boidin, Alejandro Gómez, Gilles Havard, Frédérique Langue, Monica Martinez y Mônica Raisa Schpun, “Métissages. Une bibliographie collective axée sur les Amériques”, Nuevo Mundo-Mundos Nuevos, nº 7, 2007, mis en ligne le 16 juin 2007, disponible sur : http://nuevomundo.revues.org/document6813.html.

Para citar este artículo

Referencia electrónica

Jaime Valenzuela-Márquez, « La cordillera de los Andes como espacio de circulaciones y mestizajes: un expediente sobre Chile central y Cuyo a fines del siglo XVIII »,  Nuevo Mundo Mundos Nuevos

[En línea], Debates, 2007, Puesto en línea el 10 juillet 2007. URL : http://nuevomundo.revues.org/ index7102.html

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Profesor del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Correo electrónico: [email protected]

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Résumé / Resumen

 

A partir d’un dossier administratif portant sur la circulation de produits et de personnes entre le Chili et le Río de la Plata, seront analysés les contacts inter-ethniques, les relations sociales, les intêrets matériels et les mécanismes politiques qui se sont developpés dans la région des cols permettant de traverser la cordillère des Andes.

Mots clés :  Chili, Rio de la Plata, Cordillére des Andes, circulations

 

A través de un expediente administrativo sobre la circulación de productos y de personas entre Chile y el Río de la Plata, se exploran los contactos interétnicos, las relaciones sociales, los intereses materiales y los mecanismos políticos que se desarrollaron a través de los numerosos pasos que atravezaban la cordillera.

Palabras claves :  Cordillera de los Andes, circulaciones, relaciones interétnicas.

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