1 Tucídides: la Oraci ón Fún ebre d e Pericles

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Sel ección de textos. Democracia

Todos los t extos est án tom ados de del Águila, Vall es pín y otros: La Dem ocracia en s us t extos . M adrid, Al ia nza edit ori al , 1998.

1 Tucídides: la Oraci ón Fún ebre d e Pericles*

* Historia de la Guerra del Peloponeso, © Alianza Editorial, Madrid, 1989.

Libro II

35. «La mayoría de los que aquí han hablado anteriormente, elogian al que añadió a la costumbre el que se pronunciara públicamente este discurso, como algo hermoso en honor de los enterrados a consecuencia de las guerras. Aun que lo que a mí me parecería suficiente es que, ya que llegaron a ser de hecho hombres valientes, también de hecho se patentizara su fama como ahora mis mo veis en torno a este túmulo que públicamente se les ha preparado; y no que las virtudes de muchos corran el peligro de ser creídas según que un solo hom bre hable bien o menos bien. Pues es difícil hablar con exactitud en momentos en los que difícilmente está segura incluso la apreciación de la v erdad.

Pues el oyente que ha conocido los hechos y es benévolo, pensará quizá que la exposición se queda corta respecto a lo que él quiere y sabe; en cambio quien no los conoce pensará, por envidia, que se está exagerando, si oye algo que está por encima de su propia naturaleza. Pues los elogios pronunciados sobre los demás se toleran sólo hasta el punto en que cada cual también cree ser capaz de realizar algo de las cosas que oyó; y a lo que por encima de ellos sobrepasa, sintiendo ya envidia, no le dan crédito. Mas, puesto que a los antiguos les pareció que ello estaba bien, es preciso que también yo, siguien do la ley, intente satisfacer lo más posible el deseo y la expectación de cada uno de vosotros.

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aquéllos, y mucho más lo son nuestros propios padres, pues ad quiriendo no sin esfuerzo, además de lo que recibieron, cuanto imperio tene mos, nos lo dejaron a nosotros, los de hoy en día. Y nosotros, los mismos que aún vivimos y estamos en plena edad madura, en su mayor parte lo hemos engrandecido, y hemos convertido nuestra ciudad en la más autárquica, tanto en lo referente a la guerra como a la paz.

De esas cosas pasaré por alto los hechos de la guerra con los que se ad quirió cada cosa, o si nosotros mismos o nuestros padres rechazamos al ene -migo, bárbaro o griego, que valerosamente atacaba, por no querer extender me ante quienes ya lo conocen. En cambio, tras haber expuesto primero desde qué modo de ser llegamos a ello, y con qué régimen político y a partir de qué caracteres personales se hizo grande, pasaré también luego al elogio de los muertos, considerando que en el momento presente no sería inoportuno que [33] esto se dijera, y es conveniente que lo oiga toda esta asamblea de ciudadanos y extranjeros.

37. Pues tenemos una Constitución que no envidia las leyes de los vecinos, sino que más bien es ella modelo para algunas ciudades que imitadora de los otros. Y su nombre, por atribuirse no a unos pocos, sino a los más, es Democracia. A todo el mundo asiste, de acuerdo con nuestras leyes, la igualdad de derechos en las disensiones particulares, mientras que según la reputación que cada cual tiene en algo, no es estimado para las cosas en común más por turno que por su valía, ni a su vez tampoco a cau sa de su pobreza, al menos si tiene algo bueno que hacer en beneficio de la ciudad, se ve impedido por la oscuridad de su reputación. Gobernamos liberalmente lo relativo a la comunidad y respecto a la suspicacia recíproca referente a las cuestiones de cada día, ni sentimos envidia del vecino si hace algo por placer, ni añadimos nuevas molestias, que aun no siendo penosas son lamentables de ver. Y al tra tar los asuntos privados sin molestarnos, tampoco transgredimos los asuntos públicos, más que nada por miedo, y por obediencia a los que en cada ocasión desempeñan cargos públicos y a las leyes, y de entre ellas sobre todo a las que están dadas en pro de los injustamente tratados, y a cuantas por ser leyes no escritas comportan una vergüenza reconocida.

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espíritu, sirviéndonos de certámenes y sacrificios celebrados a lo largo del año, y de decorosas casas particulares cuyo disfrute diario aleja las penas. Y a causa de su grandeza entran en nuestra ciudad toda clase de productos desde toda la tierra, y nos acontece que disfrutamos los bienes que aquí se produ cen para deleite propio, no menos que los bienes de los demás hombres.

39. Y también sobresalimos en los preparativos de las cosas de la guerra por lo siguiente: mantenemos nuestra ciudad abierta y nunca se da el que im -pidamos a nadie (expulsando a los extranjeros) que pregunte o contemple algo —al menos que se trate de algo que de no estar oculto pudiera un enemi go sacar provecho al verlo—, porque confiamos no más en los preparativos y

estratagemas que en nuestro propio buen ánimo a la hora de actuar. Y respec to a la educación éstos, cuando todavía son niños, practican con un esforzado

entrenamiento el valor propio de adultos, mientras que nosotro s vivimos plá-cidamente y no por ello nos enfrentamos menos a parejos peligros. Aquí está la prueba: los lacedemonios nunca vienen a nuestro territorio por sí solos, sino en compañía de todos sus aliados; en cambio nosotros, cuando atacamos el

territorio de los vecinos, vencemos con facilidad en tierra extranjera la mayoría de las veces, y eso que son gentes que se defienden por sus propieda des. Y contra todas nuestras fuerzas reunidas ningún enemigo se enfrentó to davía, a causa tanto de la preparación de nuestra flota como de que enviamos a algunos de nosotros mismos a puntos diversos por tierra. Y si ellos se en frentan en algún sitio con una parte de los nuestros, si vencen se jactan de haber rechazado unos pocos a todos los nuestros, y si son vencido s, haberlo sido por la totalidad. Así pues, si con una cierta indolencia más que con el [34] conti nuo entrenarse en penalidades, y no con leyes más que con costumbres de valor queremos correr los riesgos, ocurre que no sufrimos de antemano con los dolore s venideros, y aparecemos llegando a lo mismo y con no menos arrojo que quienes siempre están ejercitándose. Por todo ello la ciudad es digna de admiración y aun por otros motivos.

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preocupación de los asuntos privados y también de los públicos; y estas gentes, dedicadas a otras actividades, entienden no menos de los asuntos públicos. Somos los únicos, en efecto, que consideramos al que no participa de estas cosas, no ya un tranquilo, sino un inútil, y nosotros m ismos, o bien emitimos nuestro propio juicio, o bien deliberamos rectamente sobre los asuntos públicos, sin considerar las palabras un perjuicio para la acción, sino el no aprender de antemano mediante la palabra antes de pasar de hecho a ejecutar lo que e s preciso.

Pues también poseemos ventajosamente esto: el ser atrevidos y deliberar especialmente sobre lo que vamos a emprender; en cambio en los otros la ignorancia les da temeridad y la reflexión les implica demora. Podrían ser considerados justamente los de mejor ánimo aquéllos que conocen exacta mente lo agradable y lo terrible y no por ello se apartan de los peligros. Y en lo que concierne a la virtud nos distinguimos de la mayoría; pues nos procuramos a los amigos, no recibiendo favores sino haciéndolos. Y es que el que otorga el favor es un amigo más seguro para mantener la amistad que le debe aquel a quien se lo hizo, pues el que lo debe es en cambio más débil, ya que sabe que devolverá el favor no gratuitamente sino como si fuera una deuda. Y somos los únicos que sin angustiarnos procuramos a alguien beneficios no tanto por el cálculo del momento oportuno como por la confianza en nuestra libertad.

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hechos; sino que tras haber obligado a todas las tierras y mares a [35] ser accesibles a nuestro arrojo, por todas partes hemos contribuido a fundar recuerdos imperecederos para bien o para mal.

Así pues, éstos, considerando justo no ser privados de una tal ciudad, lucharon y murieron noblemente, y es natural que cualquiera de los supervi -vientes quiera esforzarse en su defensa.

42. Ésta es la razón por la que me he extendido en lo referente a la ciudad, enseñándoos que no disputamos por lo mismo nosotros y quienes no poseen nada de todo esto, y dejando en claro al mismo tiempo con pruebas ejemplares el público elogio sobre quienes ahora hablo. Y de él ya está dicha la parte más importante. Pues las virtudes que en la ciudad he elogiado no son otras que aquellas con que las han adornado estos hombres y otros semejantes, y no son muchos los griegos cuya fama, como la de éstos, sea pareja a lo que hicieron. Y me parece que pone de manifiesto la valía de un hombre, el desenlace que éstos ahora han tenido, al principio sólo mediante indicios, pero luego confirmándola al final. Pues es justo que a quienes son inferiores en otros aspectos se les valore en primer lugar su valentía en defensa de la patria, ya que borrando con lo bueno lo malo reportaron mayor beneficio a la comunidad que lo que la perjudicaron como simples particulares. Y de ellos ninguno flojeó por anteponer el disfrute continuado de la riqueza, ni demoró el peligro por la esperanza de que escapando algún día de su pobreza podría enriquecerse. Por el contrario, consideraron más deseable que todo esto el castigo de los enemigos, y estimando además que éste era el más bello de los riesgos decidieron con él vengar a los enemigos, optando por los peligros, confiando a la esperanza lo incierto de su éxito, estimando digno tener confianza en sí mismos de hecho ante lo que ya tenían ante su vista.

Y en ese momento consideraron en más el defenderse y sufrir, que ceder y salvarse; evitaron una fama vergonzosa, y aguantaron el peligro de la acción al precio de sus vidas, y en breve instante de su Fortuna, en el esplendor mis mo de su fama más que de su miedo, fenecieron.

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de palabra, cosa que cualquiera podría tratar in extenso ante vosotros, que la conocéis igual de bien, mencionando cuántos beneficios hay en ven garse de los enemigos; antes por el contrario, contemplando de hecho cada día el poderío de la ciudad y enamorándoos de él, y cuando os parezca que es i nmenso, pensad que todo ello lo adquirieron unos hombres osados y que co nocían su deber, y que actuaron con pundonor en el momento de la acción; y que si fracasaban al intentar algo no se creían con derecho a privar a la ciudad de su innata audacia, por lo que le brindaron su más bello tributo: dieron, en efecto, su vida por la comunidad cosechando en particular una alabanza im perecedera y la más célebre tumba: no sólo el lugar en que yacen, sino aquella otra en la que por siempre les sobrevive su gloria en cualquier ocasión que se [36] presente, de dicho o de hecho. Porque de los hombres ilustres tumba es la tierra toda, y no sólo la señala una inscripción sepulcral en su ciudad, sino que incluso en los países extraños pervive el recuerdo que, aun no escrito, está grabado en el alma de cada uno más que en algo material. Imitadlos ahora a ellos, y considerando que su libertad es su felicidad y su valor su libertad, no os angustiéis en exceso sobre los peligros de la guerra.

Pues no sería justo que escatimaran menos sus vidas los desafortunados (ya que no tienen esperanzas de ventura), sino aquellos otros para quienes hay el peligro de sufrir en su vida un cambio a peor, en cuyo caso sobre todo se rían mayores las diferencias si en algo fracasaran. P ues, al menos para un hombre que tenga dignidad, es más doloroso sufrir un daño por propia cobar día que, estando en pleno vigor y lleno de esperanza común, la muerte que llega sin sentirse.

44. Por esto precisamente, no os compadezco a vosotros, los padre s de estos de ahora que aquí estáis presentes, sino que más bien voy a consolaros. Pues ellos saben que han sido educados en las más diversas experiencias. Y la felicidad es haber alcanzado, como éstos, la muerte más honrosa, o el más honroso dolor como vosotros y como aquellos a quienes la vida les calculó por igual el ser feliz y el morir.

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de aquellas cosas buenas que uno no ha probado, sino cuando se ve des pojado de algo a lo que estaba acostumbrado.

Preciso es tener confianza en la esperanza de nuevos hijos, los que aún es táis en edad, pues los nuevos que nazcan ayudarán en el plano familiar a acor -darse menos de los que ya no viven, y será útil para la ciudad por dos moti vos: por no quedar despoblada y por una cuestión de seguridad. Pues no es posible que tomen decisiones equitativas y justas quienes no exponen a sus hijos a que corran peligro como los demás.

Y a su vez, cuantos habéis pasado ya la madurez, considerad vuestra ma-yor ganancia la época de vuestra vida en que fuisteis felices, y que esta presente será breve, y aliviaos con la gloria de ellos. Porque las ansias de honores es lo único que no envejece, y en la etapa de la vida menos útil no es el acumular riquezas, como dicen algunos, lo que más agrada, sino el recibir honores.

45. Por otra parte, para los hijos o hermanos de estos que aquí están presentes veo una dura prueba (pues a quien ha muerto todo el mundo suele elogiar) y a duras penas podríais ser considerados, en un exceso de virtud por vuestra parte, no digo iguales sino ligeramente inferiores. Pues para lo s vivos queda la envidia ante sus adversarios, en cambio lo que no está ante nosotros es honrado con una benevolencia que no tiene rivalidad. Y si debo tener un recuerdo de la virtud de las mujeres que ahora quedarán viudas, lo expresaré todo con una breve indicación. Para vosotras será una gran fama el no ser [37] inferiores a vuestra natural condición, y que entre los hombres se hable lo me -nos posible de vosotras, sea en tono de elogio o de crítica.

46. He pronunciado también yo este discurso, según la c ostumbre, cuanto era conveniente, y los ahora enterrados han recibido ya de hecho en parte sus honras; a su vez la ciudad va a criar a expensas públicas a sus hijos hasta la juventud, ofreciendo una útil corona a éstos y a los supervivientes de estos combates. Pues es entre quienes disponen de premios mayores a la vir tud donde se dan ciudadanos más nobles.

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2 Platón : Ciudadanos polí ti camente competentes* * Protágoras, ©Alianza Editorial, Madrid, 1998, 319a-325c.

«Mi enseñanza es la prudencia sobre los asuntos familiares: cómo podría administrar su propia casa de manera ejemplar, y sobre los asuntos políticos: cómo podría ser el más influyente de la ciudad tanto en palabra como en obra.»

—A ver—dije yo—, si sigo tu discurso, me parece que estás hablando del arte político y prometes hacer buenos ciudadanos de los hombres.

—Sócrates, ésa misma es, en efecto, la oferta que estoy realizando.

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ha dirigido adecuadamente en lo concerniente a los maestros y los ha educado bien, pero en lo que él mismo es sabio, ni él mismo se lo enseña ni confía en otro, sino que estos mismos van por ahí paciendo sin ataduras, por si acaso se topan por sí mismos con la virtud. Y si quieres mira a Clinias, el hermano menor de este Alcibíades de aquí, del que es tutor el mismo Pericles. Éste, por miedo a que Albicíades lo echase a perder, lo separó de él y lo hizo educar encomendándoselo a Arifrón. Y antes de que hubiesen pasado seis meses éste se lo devolvió a Pericles no sabiendo qué hacer de él. Podría contarte de otros muchos que, siendo ellos mismos buenos, jamás pudieron hacer mejor a nadie, ni propio ni extraño. Por tanto, [39] Protágoras, considerando todo esto, yo no creo que la virtud sea enseñable, pero al oírte afirmar esto, me doblego y creo que tú dices eso por considerar que te has hecho un experto en muchas materias que has ido aprendiendo o has descubierto por ti mismo. Conque, si puedes demostrarnos más claramente que la virtud es enseñable, no te hagas de rogar y demuéstralo.

—Claro que me haré de rogar, Sócrates —respondió—. Pero, ¿preferís que os lo demuestre contando una historia, como un viejo a los más jóvenes, o mediante un razonamiento paso a paso?

Entonces, muchos de los que estaban sentados le respondieron que inicia ra la exposición de la manera que quisiera. «En tal caso me parece —dijo— que será más agradable contaros una historia.»

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Después, rápidamente pudo articular con arte sonidos y nombres, y se procuró vivienda, vestido, calzado, abrigo, así como alimen tos de la tierra. Provistos de tal manera, los hombres vivían al principio dispersos, pues no había ciuda des. Por esta razón se veían diezmados por las fieras debido a que eran, en cualquier situación, más débiles que éstas, y su arte técnico era socorro suficiente para alimentarse, pero insuficiente para luchar contra las fieras, ya que aún no poseían el arte político, en el que está integrado el bélico. Al construir ciudades buscaban agruparse y ponerse a salvo, aunque cuando estaban reunidos se agraviaban los unos a los otros, dado que no poseían el arte político, de modo que se volvían a dispersar y perecían. Portanto, Zeus, que se temió que nuestro género se extinguiese por completo, mandó a Hermes que llevara hasta los hombres la honestidad y la justicia, para que sirvieran de ordenadoras de las ciudades y también de vínculos agrupadores de amistad. Por tanto, Hermes le pregunta a Zeus de qué manera habría de entregar la justicia y la honestidad a los hombres: «¿Las distribuyo tal y como fueron distribuidas las artes? (que se distribuyeron de tal modo que con poseer uno la medicina basta para muchas personas, y lo mismo con los demás expertos). ¿He de poner también la justicia y la honestidad de esa misma manera en los hombres o las distribuyo entre todos?» «Entre todos —dijo y que todos tengan parte, pues no habría ciudades si unos pocos participan de éstas, como sucede con las otras artes. También establecerás por mi cuenta una ley: matar como un mal de la ciudad al que no sea capaz de participar de la honestidad y de la justicia.» Por tanto, Sócrates, de ahí que los atenienses y los demás, cuando se trata de la virtud artesanal o de cualquier otra cuestión práctica, piensan que sólo unos pocos tienen derecho de consejo, y si algún otro ajeno se pone a dar consejos no lo toleran, como tú dices, y con razón, digo yo. Pero cuando van a buscar consejo s obre una virtud política, que debe abordarse por entero con justicia y sensatez, lo toleran, con razón, de cualquier hombre, en la idea de que a todo hombre le corresponde tomar parte de esa virtud, o no habría ciudades. Esa es, Sócrates, la causa en cuestión.

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afirma que es un buen flautista, o es bueno en cualquier otra arte, y no lo es, o se ríen o se lo toman a mal, y los familiares se van a él y le hacen reproches como si estuviera loco. Pero en lo que respecta a la justicia y a la restante vir -tud política, si saben de alguien que es incluso injusto, y si éste tal afirma por sí mismo este extremo frente a los demás, lo que entonces consideraban sen satez, decir la verdad, ahora es locura, y afirman que todos deben decir que son justos, lo sean o no, y que ha de estar loco aquel que no finge justicia, en la idea de que es necesario que cualquier persona de alguna manera tenga par - c ten en ésta o no esté entre los hombres.

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futuro, para que no vuelva a cometer injusticia ni este mis mo ni otro que vea al castigado. Y al tener esta intención también piensa que la virtud es enseñable, dado que castiga en prevención. Y de este parecer son todos cuantos se vengan tanto de manera privada como pública. Los hombres, c y en no menor medida los atenienses, tus conciudadanos, se vengan y casti gan a aquellos a los que consideran injustos. De modo que según este razona miento, también los atenienses son de los que consideran que la virtud puede proveerse y enseñarse. Por tanto, me parece, Sócrates, que ha quedado suficientemente demostrado que tus conciudadanos aceptan con razón que un he rrero o un zapatero les dé consejos sobre cuestiones políticas, y por qué con sideran que la virtud puede enseñarse y proveerse.

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3. Aristóteles

Libro primero Capítulo I

... cualquier ciudad es una cierta comunidad, también que toda comunidad está constituida con miras a algún bien (por algo, pues, que les parece bueno obran todos en todos los actos) es evidente. [...]

Capítulo II

La ciudad es la comunidad procedente de varias aldeas, perfecta, ya que posee, para decirlo de una vez, la conclusión de la autosuficiencia total, y que tiene su origen en la urgencia del vivir, pero subsiste para el vivir bien. Así que toda ciudad existe por naturaleza, del mismo modo que las comuni dades originarias. Ella es la finalidad de aquéllas...

[...]

... la ciudad es una de las cosas naturales y el ho mbre es, por naturaleza, un animal cívico. Y el enemigo de la sociedad ciudadana es, por naturaleza, y no por casualidad, o bien un ser inferior o más que un hombre. [...]

La razón de que el hombre sea un ser social, más que cualquier abejay que cualquier otro animal gregario, es clara. La naturaleza, pues, como decimos, no hace nada en vano. Sólo el hombre, entre los animales, posee la palabra. La voz es una indicación del dolor y del placer... la palabra existe para manifestar lo conveniente y lo dañino, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio de los humanos frente a los demás animales: poseer, de modo exclusivo, el sentido de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, y las demás apreciaciones. La participación comunitaria en éstas funda la ca sa familiar y la ciudad.

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Libro tercero Capítulo I

... la ciudad es un conjunto de ciudadanos. [...]

No reconocen todos que una misma persona sea ciudadano. Así que uno que es ciudadano en una democracia, no lo es muchas veces en una oligar quía. [...]

El ciudadano sin más por ningún otro rasgo se define mejor que por su participación en la justicia y en el gobierno.

Así que quién es el ciudadano, de lo anterior resulta claro: aquel a quien le está permitido compartir el poder deliberativo y judicial, éste decimos que es ciudadano de esa ciudad, y ciudad, en una palabra, el conjunto de tales perso nas capacitado para una vida autosuficiente.

Capítulo IV

... en el caso de los ciudadanos, aunque sean desiguales, es su tarea la seguridad de la comunidad, y comunidad es el régimen político. Por ello la virtud del ciudadano está necesariamente referida al régimen político. Ahora bien, si es que hay varias clases de regímenes políticos, es evidente que no puede ser una sola la virtud del buen ciudadano, la perfecta; sino que el hombre de bien decimos que lo es de acuerdo con una sola virtud, la perfecta. [...]

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Hay, por otro lado, una forma de mando según la cual se manda a los de la misma clase y a los libres. Ése decimos que es el mando político que el que manda debe aprender dejándose mandar; como, por ejemplo, se aprende a ser hiparco estando a las órdenes de un hiparco, a ser general a las órdenes de un general y siendo jefe de regimiento y de pelotón.

Por eso se dice, y esto con razón, que no se puede mandar bien sin haber sido mandado. La virtud de éstos es distinta, pero el buen ciudadano debe saber y estar en condiciones de dejarse mandar y de mandar. Ésa es precisamente la virtud del ciudadano: conocer el mando de los hombres libres en uno y otro sentido.

Capítulo VII

De los gobiernos unipersonales solemos llamar monarquía al que vela por el bien común; al gobierno de pocos, pero de más de uno, aristocracia (bien porque gobiernan los mejores [aristoi] o bien porque lo hacen atendiendo a lo mejor [ariston] parala ciudad y para los que forman su comunidad); y cuan do la mayoría gobierna mirando por el bien común, recibe el nombre común a todos los regímenes políticos: república (politeia)...

Desviaciones de los citados son: la tiranía, de la monarquía, la oligarquía, de la aristocracia y la democracia, de la república. La tiranía, en efecto, es una monarquía orientada al interés del monarca, la oligarquía, al de los ricos y la democracia, al interés de los pobres. Pero ninguna de ellas presta atención a lo que conviene a la comunidad.

Libro cuarto Capítulo IV

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más los pobres que los ricos, ni tener la autoridad unos u otros, sino ser iguales ambos. Pues si la libertad se encuentra principalmente en la democra cia como piensan algunos y también la igualdad esto se puede lograr en especial, si en especial todos participan por igual en el gobierno. Y puesto que el pueblo es mayoría, y prevalece la opinión de la mayoría, necesariamente ésta es una democracia.

[...]

Otra forma de democracia consiste en que participan todos los ciudada nos que no tienen que dar cuentas, pero gobierna la ley. Otra forma de demo cracia consiste en dar acceso a las magistraturas a todo el mundo con la única condición de ser ciudadano, pero que gobierne la ley; y otra forma de demo -cracia es en lo demás idéntica, pero ejerce la autoridad la masa y no la ley. Ésta ocurre cuando lo que prevalece son los decretos y no la ley; y se da esa situación por culpa de los demagogos.

En efecto, en las ciudades que se gobiernan democráticamente, según la ley, no tiene lugar el demagogo, sino que los mejores ciudadanos ocupan la presidencia; pero donde las leyes no son soberanas, allí aparecen los demago-gos, pues el pueblo se erige en dirigente único, uno solo formado de muchos, ya que muchos ejercen el poder, no individualmente, sino colectivamente. [...]

Capítulo XI

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La respuesta a todas estas cuestiones se basa en los mismos principios. Si en la Etica se ha explicado satisfactoriamente que la vida feliz es la que de acuerdo con la virtud ofrece menos impedimentos, y el término medio es la virtud la intermedia será necesariamente la vida mejor, por estar al alcance de cada cual el término medio; y estos mismos criterios tienen que aplicarse también a la virtud y maldad de la ciudad y del régimen político, ya que el ré -gimen es en cierto modo la vida de la ciudad.

En todas las ciudades hay tres elementos propios de la ciudad: los muy ri -cos, los muy pobres, y tercero, los intermedios entre éstos. Sin embargo, puesto que se reconoce que lo moderado es lo mejor y lo intermedio, obvia mente, también en el caso de los bienes de fortuna, la propiedad intermedia es la mejor de todas, ya que es la más fácil de someterse a la razón...

Asimismo, la clase media es la que menos rehuye los cargos y la que me-nos los ambiciona, actitudes ambas fatales para las ciudades. [...]

La ciudad pretende estar integrada por personas lo más iguales y seme -jantes posible, y esta situación se da, sobre todo, en la clase media; por tanto, esta ciudad será necesariamente la mejor gobernada, [la que] consta de aquellos elementos de los que decimos que por naturaleza depende la composición de la ciudad; y sobreviven en las ciudades, sobre todo, estos ciudadanos; pues ni ambicionan lo ajeno, como los pobres, ni otros ambicio nan su situación, como los pobres la de los ricos; y al no ser objeto de conspi raciones ni conspirar ellos, viven libres de peligro. [...]

Es evidente entonces que la comunidad política mejor es la de la cla se media, y que pueden tener un buen gobierno aquellas ciudades donde la clase media sea numerosa y muy superior a ambos partidos...

[...]

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Libro quinto Capítulo IX

De qué forma nace junto a la democracia y la oligarquía la llamada república y cómo debe constituirse ésta digámoslo a continuación... [...]

... la clave de que están bien mezcladas democracia y oligarquía la tene -mos cuando se puede calificar al mismo sistema de democracia y oligarquía; lógicamente, a los que así hacen les ocurre esto porque están bien mezcladas, y esto le sucede también al término medio, ya que en él afloran ambos extremos.[...]

Libro sexto Capítulo II

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Siendo ésos los supuestos y tal el origen de la democracia, he aquí las me didas democráticas: que se elijan todos los cargos entre todos; que todos man -den sobre cada uno y cada uno alternativamente sobre todos; que se sorteen los cargos, todos o los que no requieran experiencia y técnica; que las magis -traturas no dependan en absoluto de la renta o de una renta mínima; que el mismo no desempeñe dos veces ninguna magistratura o en raras ocasiones, o unas pocas con excepción de las de la guerra; que sean de poca duración los cargos, todos o los que sea posible; que administren justicia todos los elegi dos de entre todos y sobre todo tipo de cuestiones o sobre la mayoría, y sobre las más importantes y decisivas, como por ejemplo sobre las rendici ones de cuentas, la Constitución y los contratos privados; que la Asamblea tenga au -toridad sobre todos los asuntos o sobre los de mayor importancia y que ningu na magistratura tenga autoridad sobre nada o sobre cuestiones mínimas (y entre las magistraturas la más democrática es la Boulé, cuando no hay bastantes recursos para pagar a todos, ya que entonces quitan a esta magistratura su po der; en efecto, en sí mismo hace recaer todas las decisiones el pueblo cuando hay bastantes recursos para pagar, como se ha dicho antes, en la investigación precedente); además, que reciban un sueldo a ser posible todos, la Asamblea, los tribunales y los magistrados, y si no, los magistrados y los tribunales, [la Boulé] y las Asambleas principales, o, entre las demás insti tuciones, aquellas que necesiten celebrar banquetes comunitarios entre ellas. Y puesto que una oligarquía se define por el rango, la riqueza y la educación, lo específico de la democracia parece que es lo contrario de esto: la falta de abolengo, la pobreza y la rusticidad. Además, de los cargos, que ninguno sea vitalicio, y si alguno quedó de un cambio antiguo, que se le quite su poder y que se ejerzan por sorteo en vez de por elección.

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Libro séptimo Capítulo IX

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4. Madison, Hamilton y Jay: «De la utilidad de la unión como salvaguarda frente a las facciones e insurrecciones internas»*

* El Federalista núm X Continuación del mismo tema Traducción de Ángel Rivero

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Éstos han de ser efectos, mayormente, si no totalmente, de un espíritu faccioso que ha teñido nuestra administración pública.

Por facción entiendo un cierto número de ciudadanos, tanto si suman una mayoría como una minoría del total, que están unidos y actúan mediante un impulso o pasión común, o por un interés contrario a los derechos de otros ciudadanos o a los intereses permanentes y agregados de la comunidad.

Hay dos métodos para curar los daños de la facción: el primero, eliminar sus causas. El otro, controlar sus efectos.

[109] Hay de nuevo dos métodos para eliminar las causas de la facción. El primero es destruir la libertad que es esencial para su existencia. El otro, dar a cada ciudadano las mismas opiniones, las mismas pasiones y los mismos intereses.

Respecto al primer remedio, en verdad nunca estuvo mejor dicho que el remedio es peor que la enfermedad. La libertad es a la facción lo que el aire al fuego, un alimento sin el cual expira al instante. Pero sería tan estúpido abolir la libertad, que es esencial para la vida política, porque alimenta a la facción, como desear aniquilar el aire, que es esencial para la vida animal, porque comunica al fuego su capacidad destructiva.

El segundo recurso es tan impracticable como poco sabio el primero. Mientras la razón del hombre continúe siendo falible, y éste tenga libertad para ejercitarla, se formarán opiniones distintas. Mientras subsista la conexión entre su razón y su amor propio, sus opiniones y sus pasiones tendrán entre sí influencia recíproca. Y las primeras serán objetos a los que se aferrarán las últimas. La diversidad de facultades del hombre, en la que tienen su origen los derechos de propiedad, no es un obstáculo menos insuperable a la uniformidad de los intereses. La protección de estas facultades es el primer objeto del gobierno. De la protección de facultades diferentes y desiguales de adquirir propiedades resulta inmediatamente la posesión en distintos grados y tipos de propiedad. Y de la influencia de éstas sobre los sentimientos y puntos de vista de los respectivos propietarios se sigue una división de la sociedad en diferentes intereses y partidos.

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diferentes en lo referente a la religión, en lo referente al gobierno y respecto a muchas otras cosas, tanto en la especulación como en la práctica; la identificación con líderes que compiten con ambición por la preeminencia y el poder, o con personas de otra descripción cuyas fortunas sean de interés para la pasión humana, han dividido a su vez a la humanidad en partidos, los ha inflamado de animosidad mutua y los ha dejado más dispuestos al fastidio y a la opresión del prójimo que a la cooperación por el bien común. Tan fuerte es esta propensión de la humanidad a caer en las animosidades mutuas que, a falta de motivo de mayor sustancia, las distinciones más frívolas y fantaslosas han sido suficientes para encender sus pasiones poco amistosas y para excitar sus más violentos conflictos. Pero el origen más común y permanente de las facciones han sido las distintas formas de distribución desigual de la propiedad. Aquellos que poseen y aquellos que carecen de propiedad han formado desde siempre intereses distintos en la sociedad. Prestamistas y deudores caen bajo parecida oposición. En las naciones civilizadas surgen necesariamente un interés terrateniente, un interés manufacturero, un interés mercantil y un interés monetario, junto a otros intereses menores, y dividen éstas en clases distintas, que actúan por distintos sentimientos y [110] puntos de vista. La regulación de estos intereses diversos y enfrentados constituye la principal tarea de la moderna legislación y busca incardinar el espiritu de partido y de facción en el funcionamiento necesario y ordinario del gobierno.

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forma distinta por la clase terrateniente o la manufacturera, y probablemente por ninguna en consideración a la justicia o al bien común. La distribución de los impuestos sobre los distintos conceptos de la propiedad es un acto que parece exigir la más exacta imparcialidad. Sin embargo no hay, quizá, acto legislativo que implique y proporcione mayor oportunidad y tentación de pisotear las reglas de la justicia. Cada chelín con que sobrecargan a los de número inferior es un chelín ahorrado de sus bolsillos.

Es cosa completamente vana decir que el estadista ilustrado será capaz de ajustar estos intereses enfrentados y reducirlos y subordinarlos al bien común. El estadista ilustrado no siempre estará al timón. Ni se podrá hacer tal ajuste, en muchos casos, sin tomar en cuenta consideraciones indirectas y remotas, que raramente prevalecerán sobre el interés inmediato que un partido pudiera encontrar en ignorar los derechos de otro o el bien de todos.

La inferencia a la que nos vemos empujados es que las causas de la facción no pueden eliminarse y que el remedio sólo ha de encontrarse en los medios para controlar sus efectos.

Si una facción es menos que una mayoría, el remedio lo proporciona el principio republicano, que permite a la mayoría derrotar sus opiniones siniestras mediante el voto regular. Puede obstruir la administración, puede convulsionar la sociedad, pero será incapaz de ejecutar y enmascarar su violencia bajo las formas de la constitución. Por el contrario, cuando una mayoría forma parte de una facción, la forma de gobierno popular le permite sacrificar a su pasión o interés rector tanto el bien público como los derechos de otros ciudadanos. Proteger el bien público y los derechos privados frente al peligro [111] de tal facción y preservar al mismo tiempo el espíritu y la forma del gobierno popular son los dos grandes objetivos a los que dirigimos nuestra investigación. Permítanme añadir que es este gran desiderátum lo único que permitirá rescatar esta forma de gobierno del oprobio bajo el que ha estado durante tanto tiempo y que pueda recomendarse a la estima y adopción de la humanidad.

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adecuados de control. No se halla que sean tales frente a la injusticia y violencia de los individuos, y pierden su eficacia en proporción al número de los que se combinan juntos, esto es, en proporción al crecimiento de la necesidad de su eficacia.

Desde esta percepción de la materia hay que concluir que la democracia pura, por la que entiendo una sociedad que consta de un pequeño número de ciudadanos que se constituyen en asamblea y administran el gobierno en persona, no es susceptible de cura respecto de los males de la facción. Casi en cada situación será sentida por una mayoría de la totalidad una pasión o interés común. La comunicación y el concierto resultarán de la forma misma de gobierno. Y nada habrá entonces que se contraponga al aliciente de sacrificar a la parte más débil o a un individuo al que se detesta. Por tanto, es el caso que tales democracias han sido siempre espectáculos de turbulencia y conflicto, han sido siempre incompatibles con la seguridad personal o con los derechos de propiedad y han sido en general tan breves en su existencia como violentas en su muerte. Los políticos teóricos que han patrocinado esta especie de gobierno han supuesto erróneamente que reduciendo a la humanidad a una perfecta igualdad en sus derechos políticos estaría también perfectamente igualada y asimilada en sus posesiones, en sus opiniones y en sus pasiones.

La república, por la que entiendo un gobierno en el que haya algún mecanismo de representación, abre una perspectiva diferente y promete la cura para lo que estamos viendo. Examinemos los puntos en los que ésta varía respecto a la democracia pura y comprenderemos tanto la naturaleza de la cura como la eficacia que ha de derivarse de la Unión.

Los dos grandes puntos de diferencia entre una democracia y una república son: primero, la delegación del poder, en la última, en un pequeño número de ciudadanos elegidos por el resto. En segundo lugar, el mayor número de ciudadanos y la mayor dimensión del país sobre los cuales y sobre la cual puede extenderse la república.

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propósito. Pero el efecto también puede ser el inverso. Hombres de temperamento faccioso, con prejuicios locales y designios siniestros, pueden, por la intriga, por la corrupción o por otros medios, obtener primero los sufragios y traicionar después los intereses del pueblo. La cuestión resultante es si las repúblicas pequeñas o las extensas son más favorecedoras de la elección de guardianes adecuados del bien común. Y claramente se decide en favor de la última por dos consideraciones obvias.

En primer lugar ha de señalarse que al margen de lo pequeña que sea una república tiene que elegirse un número suficiente de representantes como protección frente a las cábalas de unos pocos. Y que al margen de lo grande que sea la república, los representantes deberán estar sujetos a un límite en su número para evitar la confusión de una multitud. Por tanto, si el número de representantes no está en ninguno de los casos proporcionado al número de electores, es proporcionalmente mayor en la república pequeña, y si se concede que la proporción de caracteres adecuados no es menor en la república grande que en la pequeña, entonces esta primera [la república grande] presenta más opciones, y en consecuencia una mayor probabilidad de hacer una elección adecuada.

En segundo lugar, como en la república grande cada representante será elegido por un número mayor de ciudadanos que en la república pequeña, será más difícil que los candidatos que no lo merecen practiquen con éxito las artes viciosas por las que se manejan demasiado a menudo las elecciones. Y al ser más libres los sufragios de la gente, con mayor probabilidad se centrarán en los hombres que posean el mérito más atractivo y los caracteres más amplios y asentados.

He de confesar que en éste, como en muchos otros casos, hay un término medio a cuyos dos lados encuentro inconvenientes. Al ampliar demasiado el número de electores, los representantes estarán poco familiarizados con los intereses locales o menores. Y reduciéndolo mucho, quedan excesivamente ligados a éstos, y poco preparados para comprender y perseguir objetivos grandes y nacionales. La constitución federal forma una combinación afortunada a este respecto. Los intereses grandes y agregados quedan referidos a la legislatura nacional, y los locales y particulares a las de los estados.

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combinaciones facciosas en el primero que en el segundo. Cuanto más pequeña es la sociedad, menos probabilidades hay de que esté compuesta de partidos e intereses distintos. Cuantos menos partidos e intereses distintos haya, con mayor frecuencia se encontrará a una mayoría en el [113] mismo partido. Y cuanto menor sea el espacio dentro del que estén situados, más fácilmente se concertarán para ejecutar sus planes de opresión. Extiéndase la esfera de actuación y nos encontraremos con mayor variedad de partidos e intereses. Será menos probable que una mayoría del total tenga un motivo común para invadir los derechos de otros ciudadanos. 0 si tal motivo existe, será más difícil para todos aquellos que lo sienten el descubrir su propia fuerza y el actuar al unísono unos con otros. Al margen de otros impedimentos, ha de notarse que cuando hay conciencia de propósitos injustos o deshonrosos, la comunicación siempre está limitada por una desconfianza proporcional al número de aquellos cuya concurrencia es necesaria.

Por tanto, aparece con claridad que la misma ventaja que tiene una república sobre una democracia al controlar los efectos de la facción es disfrutada por una república grande sobre una pequeña -es disfrutada por la Unión sobre los estados que la componen. ¿Consiste esta ventaja en la sustitución de los prejuicios locales y los mecanismos de injusticia por representantes cuyas ideas ilustradas y sentimientos virtuosos les hacen superiores? No se negará que la representación de la Unión poseerá con mayor probabilidad tales requeridos talentos. ¿Consiste ésta en la mayor seguridad proporcionada por una mayor variedad de partidos, frente a la circunstancia de que un único partido sea capaz de superar en número y oprimir al resto? ¿Y el incremento de la variedad de partidos comprendidos dentro de la Unión incrementa esta seguridad en el mismo grado? ¿Y bien, consiste ésta en los obstáculos mayores que opone al concierto y logro de los deseos secretos de una mayoría injusta e interesada? Aquí de nuevo el tamaño de la Unión le otorga la más palpable ventaja.

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menos capaz de dominar el entero cuerpo de la Unión que el de un miembro particular de la misma, en la misma proporción que tal malestar es más probable que tiña un condado particular o un distrito que la totalidad de un Estado.

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5. Jean-Paul Marat: selección de textos (Textos escogidos, Labor, Barcelona, 1973)

En un gobierno bien constituido, el pueblo en pleno es el verdadero soberano, dueño absoluto del poder; sólo a él pertenece, esencialmente, la autoridad suprema y sólo de él emanan todos los poderes, todos los privilegios, todas las prerrogativas.

En un Estado que se haya extendido mucho, la participación de todos en todas las cosas es imposible, es preciso pues que el pueblo actúe por representantes y que regule, por medio de sus jefes, sus ministros, sus oficiales, los asuntos que no puede regular por sí mismo. De esta manera, el derecho de los ciudadanos a reunirse siempre para ocuparse de sus intereses, reglamentar la cosa pública, escoger a sus mandatarios, debe ser la primera ley fundamental del Estado.

Si el pueblo en pleno es el verdadero soberano, todo debe estar subordinado a él: cuando no puede ejercer por sí mismo el poder soberano, lo ejerce por sus representantes.

El poder soberano consiste en dos cosas distintas pero inseparables: hacer las leyes y mantenerlas; es preciso, pues, que exista en el Estado un Senado nacional, depositario del poder legislativo, centro de autoridad de donde todo deriva y a donde todo desemboca.

El poder soberano absoluto e ¡limitado no puede residir jamás sino en el pueblo en pleno, porque es el resultado de la voluntad general, y el pueblo, colectivamente, no puede jamás desear su mal, venderse o traicionarse. En cuanto a sus representantes, su autoridad debe estar siempre limitada; de lo contrario, dueños absolutos del imperio, podrían, a voluntad, arrebatar los derechos a los ciudadanos, atacar las leyes fundamentales del Estado, derribar la Constitución y reducir el pueblo a la esclavitud.

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atentados; es por ello por lo que no los otorga más que sobre los puntos esenciales para la felicidad pública. Sobre el resto, debe confiar en la sabiduría de sus diputados; con mucha mayor razón no debe encadenarles en cuanto a la forma de hacer el bien. De ahí se desprende que, una vez terminada la constitución, los decretos generales emanados del senado nacional deben tener, por algún tiempo, fuerza de ley y no convertirse en verdaderas leyes sino tras haber recibido la sanción del pueblo. Por lo tanto, el tiempo durante las que serán obligatorias antes de haberlo recibido y la forma como les será otorgado debe ser una ley fundamental del Estado.

[184] La autoridad de los representantes del pueblo aunque bien circunscrita, no debe perjudicar su actividad: así, la política de su cuerpo debe depender absolutamente de ellos, del mismo modo que la forma de proponer, hacer y promulgar las leyes.

Es importante que el pueblo pueda confiar en la lealtad de sus representantes: es preciso pues que sienta la necesidad de asegurarse de su virtud. Para conseguirlo, el secreto está en cerrar su corazón al deseo de oro, de cargos, de dignidades, y abrírselo al amor a la gloria. Que todo ciudadano que tenga el honor de sentarse en la Asamblea nacional sea, pues, declarado inhábil para ostentar cargo alguno dependiente del príncipe, para recibir distinción alguna de la corte y, sobre todo, para entrar en un ministerio hasta transcurridos diez años de finalizada su misión de diputado.

Para detener los secretos caminos de ¡a corrupción, es preciso que los re-presentantes hagan uso del derecho que tienen a revocar los poderes de un diputado que abandone continuamente los intereses de la patria y de castigar a un diputado que haya traicionado su confianza.

Concluyamos que en todos los puntos que hacen referencia a las leyes fundamentales del Estado, a los derechos de la nación, los diputados no son sino los órganos de sus electores, cuyos deseos deben seguir. A falta de órdenes positivas, esos deseos no pueden concretarse más que por la opinión pública; es necesario por lo tanto, dar libre curso a las discusiones.

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pequeña parte del pueblo no deben influenciar las deliberaciones del legislador, son siempre dignas de su atención y despertar las del pueblo.

Lo decimos a propósito de la deliberación de Rennes.

En una monarquía libre, la sanción real no puede ser más que un acto de sumisión por el que el príncipe se compromete a respetar la ley. Es superfluo, por lo tanto, que sancione cada ley en particular, puesto que ha jurado respetarlas todas. Pero conceder a la corona un veto suspensivo con el pretexto de levantar una barrera contra las precipitaciones del legislador, es poner al príncipe por encima del representante de la nación, es convertirle en árbitro de las leyes.

Ese defecto monstruoso de la constitución tiene terribles inconvenientes. En política, la obra maestra de la sabiduría consiste en separar tan bien los distintos poderes que cada ciudadano vea perfectamente, a la primera ojeada, dónde sus depositarios abandonan el deber para violar las leyes. El veto suspensivo concedido a la corona, confundiendo el poder ejecutivo con el legislativo, priva al pueblo de la preciosa ventaja de detener al príncipe desde el primer paso que dé contra la libertad pública.

[185] Por otra parte, concediendo al príncipe el poder de suspender el efecto de una ley urgente y capital, le provee de los medios necesarios para oponerse al perfeccionamiento de la constitución y a la salvación del Estado en un momento de crisis; le proporciona un pretexto eterno para fomentar dísensiones, provocar disturbios y encender guerras civiles.

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6. Karl Marx: La guerra civil en Francia (Ricardo Aguilera, Madrid, 1976)

La antítesis directa del Imperio era la Comuna. El grito de «¡República social! » con que la revolución de febrero fue anunciada por el proletariado de París no expresaba más que el vago anhelo de una república que no acabase sólo con la forma monárquica de la dominación de clase, sino con la propia dominación de clase. La Comuna era la forma positiva de esta república.

París, sede central del viejo Poder gubernamental y al mismo tiempo baluarte social de la clase obrera de Francia, se había levantado en armas contra el intento de Thiers y los «rurales» de restaurar y perpetuar aquel viejo Poder que les había sido legado por el Imperio. Y si París pudo resistir fue únicamente porque, a consecuencia del asedio, se había deshecho del ejército, sustituyéndolo por una Guardia Nacional, cuyo principal contingente lo formaban los obreros. Ahora se trata de convertir este hecho en una institución duradera. Por eso el primer decreto de la Comuna fue para suprimir el ejército permanente y sustituirlo por el pueblo armado.

La Comuna estaba formada por los consejeros municipales elegidos por sufragio universal en los diversos distritos de la ciudad. Eran responsables y revocables en todo momento. La mayoría de sus miembros eran, naturalmente, obreros o representantes reconocidos de la clase obrera. La Comuna no había de ser un organismo parlamentario, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo. En vez de continuar siendo un instrumento del gobierno central, la policía fue despojada inmediatamente de sus atributos políticos y convertida en instrumento de la Comuna, responsable ante ella y revocable en todo momento. Lo mismo se hizo con los funciona-rios de las demás ramas de la administración. Desde los miembros de la Comuna para abajo, todos los que desempeñaban cargos públicos debían desempeñarlos con salarios de obreros. Los intereses creados y los gastos de representación de los altos dignatarios del Estado desaparecieron con los altos dignatarios mismos. Los cargos públicos dejaron de ser propiedad privada de los testaferros del gobierno central. En manos de la Comuna se pusieron no solamente la administración municipal, sino toda la iniciativa llevada hasta entonces por el Estado.

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espiritual de represión, el «poder de los curas», decretando la separación de la Iglesia del Estado y la expropiación de todas las iglesias como corporaciones poseedoras. Los curas fueron devueltos al retiro de la vida privada, a vivir de las limosnas de los fieles, como sus antecesores, los apóstoles. Todas las instituciones de enseñanza fueron abiertas gratuitamente al pueblo y, al mismo tiempo, emancipadas de toda intromisión de la Iglesia y del Estado. Así, no sólo se ponía la enseñanza al alcance de todos, [193] sino que la propia ciencia se redimía de las trabas a que la tenían sujeta los prejuicios de clase y el Poder del gobierno.

Los funcionarios judiciales debían perder aquella fingida independencia que sólo había servido para disfrazar su abyecta sumisión a los sucesivos gobiernos, ante los cuales iban prestando sucesivamente, y violentando, también sucesivamente, el juramento de fidelidad. Igual que los demás funcionarios públicos, los magistrados y los jueces habían de ser funcionarios electivos, responsables y revocables.

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los órganos puramente represivos del viejo Poder estatal habían de ser amputados, sus funciones legítimas habían de ser arrancadas a una autoridad que usurpaba una posición preeminente sobre la sociedad misma, para restituirla a los servidores responsables de esta sociedad. En vez de decidir una vez cada tres o seis años qué miembros de la clase dominante han de representar y aplastar al pueblo en el parlamento, el sufragio universal habría de servir al pueblo organizado en comunas, como el sufragio universal sirve a los patronos que buscan obreros y administradores para sus negocios. Y es bien sabido que lo mismo las compañías que los particulares, cuando se trata de negocios, saben generalmente colocar a cada hombre en el puesto que le corresponde, y, si alguna vez se equivocan, reparan su error con presteza. Por otra parte, nada podía ser más ajeno al espíritu de la Comuna que sustituir el sufragio universal por una investidura jerárquica.

[ ... ] [194]

El régimen comunal habría devuelto al organismo social todas las fuerzas que hasta entonces venía absorbiendo el Estado parásito, que se nutre a expensas de la sociedad y entorpece su libre movimiento. Con este solo hecho habría iniciado la regeneración de Francia.

[ ... ]

En realidad, el régimen comunal colocaba a los productores del campo bajo la dirección ideológica de las capitales de sus distritos, ofreciéndoles aquí, en los obreros de la ciudad, los representantes naturales de sus intereses. La sola existencia de la Comuna implicaba como algo evidente un régimen de autonomía local, pero ya no como contrapeso a un Poder estatal que ahora es superfluo. [ ... ] La Comuna convirtió en una realidad ese tópico de todas las revoluciones burguesas que es «un gobierno barato», al destruir las dos grandes fuentes de gastos: el ejército permanente y la burocracia del Estado. Su sola existencia presuponía la no existencia de la monarquía que, en Europa al menos, es lastre normal y el disfraz indispensable de la dominación de clase. La Comuna dotó a la república de una base de instituciones realmente democráticas. Pero, ni el gobierno barato, ni la «verdadera» república «constituían» su meta final: no eran más que fenómenos concomitantes.

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sido todas fundamentalmente represivas. He aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo, dentro de ella, la emancipación económica del trabajo.

Sin esta última condición, el régimen comunal habría sido una imposibilidad y una impostura. La dominación política de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social. Por tanto, la Comuna había de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase. Emancipado el trabajo, todo hombre se convierte en trabajador, y el trabajo productivo deja de ser un atributo de clase.

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periódicas, consecuencias inevitables de la producción capitalista, ¿qué será eso entonces, caballeros, más que comunismo, comunismo «realizable»?

La clase obrera no esperaba de la Comuna ningún milagro. Los obreros no tienen ninguna utopía lista para implantarla «par décret du peuple». Saben que para conseguir su propia emancipación, y con ella esa forma superior de vida hacia la que tiende irresistiblemente la sociedad actual por su propio desarrollo económico, tendrán que pasar por largas luchas, por toda una serie de procesos históricos. Ellos no tienen que realizar ningunos ideales, sino simplemente dar suelta a los elementos de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa agonizante lleva en su seno. Plenamente consciente de su misión histórica y heroicamente resuelta a obrar con arreglo a ella, la clase obrera puede mofarse de las burdas invectivas de los lacayos de la pluma y de la protección pedantesca de los doctrinarios burgueses bien intencionados, que vierten sus ignorantes vulgaridades y sus fantasías sectarias con un tono sibilino de infalibilidad científica.

Cuando la Comuna de París tomó en sus propias manos la dirección de la revolución; cuando, por primera vez en la historia, los simples obreros se atrevieron a violar el privilegio de gobierno de sus «superiores naturales» y, en circunstancias de una dificultad sin precedente, realizaron su labor de un modo modesto, concienzudo y eficaz, con sueldos el más alto de los cuales apenas representaba una quinta parte de la suma que según una alta autoridad científica es el sueldo mínimo del secretario de un consejo escolar de Londres, el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia ante el espectáculo de la Bandera Roja, símbolo de la República del Trabajo, ondeando sobre el Hótel de Ville.

[ ... ]

La Comuna era, pues, la verdadera representación de todos los elementos sanos de la sociedad francesa, y, por consiguiente, el auténtico gobierno nacional. Pero, al mismo tiempo, como gobierno obrero y como campeón intrépido de la emancipación del trabajo, era un gobierno internacional en el pleno [196] sentido de la palabra. Ante los ojos del ejército prusiano, que había anexionado a Alemania dos provincias francesas, la Comuna anexionó a Francia los obreros del mundo entero.

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pueblo por el pueblo. Entre ellas se cuentan la abolición del trabajo nocturno para los obreros panaderos, y la prohibición, bajo penas, de la práctica corriente entre los patronos de mermar los salarios imponiendo a sus obreros multas bajo los más diversos pretextos, proceso este en el que el patrono se adjudicaba las funciones de legislador, juez y agente ejecutivo, y además, se embolsa el dinero. Otra medida de este género fue la entrega a las asociaciones obreras, a reserva de indemnización, de todos los talleres y fábricas cerrados, lo mismo si sus respectivos patronos habían huido que si habían optado por parar el trabajo.

Así era. La civilización y la justicia del orden burgués aparecen en todo su siniestro esplendor dondequiera que los esclavos y los parias de este orden osan rebelarse contra sus señores. En tales momentos, esa civilización y esa justicia se muestran como lo que son: salvajismo descarado y venganza sin ley. Cada nueva crisis que se produce en la lucha de clases entre los productores y los apropiadores hace resaltar este hecho con mayor claridad. Hasta las atrocidades cometidas por la burguesía en junio de 1848 palidecen ante la infamia indescriptible de 187 1. El heroísmo abnegado con que la población de París (hombres, mujeres y niños) luchó por espacio de ocho días después de la entrada de los versalleses en la ciudad, refleja la grandeza de su causa, como las hazañas infernales de la soldadesca reflejan el espíritu innato de esa civilización de la que es el brazo vengador y mercenario. ¡Gloriosa civilización esta, cuyo gran problema estriba en saber cómo desprenderse de los montones de cadáveres hechos por ella después de haber cesado la batalla!

[ ... ]

El París de los obreros, con su Comuna, será eternamente ensalzado como heraldo glorioso de una nueva sociedad. Sus mártires tienen un santuario en el gran corazón de la clase obrera. Y a sus exterminadores la historia los ha clavado ya en una picota eterna, de la que no lograrán redimirlos todas las preces de su clerigalla.

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7. Joseph A. Schumpeter:

Capitalismo, socialismo y democracia (Aguilar, Madrid, 1968)

Capítulo 21

1. El bien común y la voluntad del pueblo

La filosofía de la democracia del siglo xviii puede ser compendiada en la siguiente definición: el método democrático es aquel sistema institucional de gestación de las decisiones políticas que realiza el bien común, dejando al pueblo decidir por sí mismo las cuestiones en litigio mediante la elección de los individuos que han de congregarse para llevar a cabo su voluntad. Vamos a desarrollar lo que esto implica.

Se sostiene, pues, que existe un bien común, faro orientador de la política, que siempre es fácil de definir y que puede hacerse percibir a toda persona normal por medio de la argumentación racional. No hay, por tanto, excusa para no verlo ni hay, en realidad, ninguna explicación para la existencia de gente que no lo vea, a no ser por ignorancia -que puede ser eliminada-, estupidez o interés antisocial. Además, este bien común implica respuestas definidas a todas las cuestiones, de forma que todo hecho social y toda medida adoptada o por adoptar puede clasificarse inequívocamente como «bueno» (o «buena») o «malo» (o «mala»). Como todo el mundo tiene, por tanto, que estar de acuerdo, al menos en principio, hay también una voluntad común del pueblo (voluntad de todos los individuos con uso de razón) que se corresponde exactamente con el bien común o el interés común o el bienestar común. Lo único que puede ocasionar un desacuerdo, aparte de la estupidez y de los intereses siniestros, y explicar la existencia de una oposición es una diferencia de opinión en cuanto a la rapidez con que hay que llegar a la meta, la cual es común a casi todos. Así, cada miembro de la comunidad, consciente de esa meta, sabiendo lo que quiere y discerniendo lo que es bueno y lo que es malo, toma parte, activa y responsablemente, en el fomento del bien y en la lucha contra el mal, y todos los miembros juntos fiscalizan los negocios públicos.

[ ... ]

(41)

puedan querer cosas distintas del bien común, sino al hecho mucho más fundamental de que, para los distintos individuos y grupos, el bien común ha de significar necesariamente cosas diferentes. Este hecho, oculto a los utilitaristas, a causa de la estrechez de su visión del mundo de las valoraciones humanas, introducirá hendiduras en cuestiones de principio que no podrán reconciliarse mediante una argumentación racional, [219] porque los valores últimos -nuestras concepciones de lo que deben ser la vida y la sociedad- están más allá de la categoría de la mera lógica. En algunos casos puede tenderse un puente sobre ellos, pero en otros casos no. Los americanos que dicen «queremos que nuestro país se arme hasta los dientes para luchar en todo el globo por lo que consideramos justo» y los americanos que dicen «queremos que nuestro país resuelva sus propios problemas, que es la única manera como puede servir a la Humanidad», están enfrentados por diferencias irreductibles de valores últimos que un compromiso sólo podría mutilar y degradar.

En segundo lugar, aun cuando resultase aceptable para todos un bien común suficientemente definido -como, por ejemplo, el máximo de satisfacción económica de los utilitaristas-, esto no implicaría respuestas igualmente definidas para los problemas singulares. Las opiniones acerca de estos problemas podrían diferir hasta una extensión de importancia suficiente para producir la mayoría de los efectos de una discrepancia 4undamental» acerca de los mismos fines.

[…]

(42)

credo no consiste simplemente en un culto a la voluntad del pueblo como tal, sino que descansa sobre ciertos supuestos acerca del objetivo «natural» de esta voluntad, objeto que es sancionado por la razón utilitaria. Tanto la existencia como la dignidad de esta especie de volonté générale desaparecen tan pronto como nos falta la idea del bien común. Y ambos pilares de la teoría clásica se desmoronan en polvo inevitablemente.

[ ... ]

En particular, subsiste todavía la necesidad práctica de atribuir a la voluntad del individuo una independencia y calidad racional que son completamente irreales. Si pretendemos sostener que la voluntad de los ciudadanos constituye per se un factor político que estamos obligados a respetar, primero es preciso que exista esta voluntad. Es decir, tiene que ser algo más que un haz indeterminado de vagos impulsos que se muevan en torno a tópicos [220] dados y a impresiones. Todo el mundo tendría que saber de un modo preciso lo que quiere defender. Esta precisión de las voliciones tendría que estar fundada en la capacidad para observar e interpretar correctamente los hechos que son directamente accesibles a cada uno para pasar por el tamiz de la crítica la información sobre los hechos que no lo son. Finalmente, de estas voliciones definidas y de estos hechos indagados tendría que derivarse una conclusión clara y rápida respecto a los problemas especiales, conforme a las reglas de la deducción lógica, y esto con un grado tan alto de eficiencia general que pudiera sostenerse sin notorio absurdo que la opinión de un ciudadano se -ría aproximadamente tan buena como la de cualquier otro. Y todo esto tendría que realizarlo el ciudadano medio por sí mismo e independientemente de la presión de los grupos y de la propaganda, pues las voliciones y las conclusiones que se imponen al electorado no pueden tenerse como datos últimos del proceso democrático. La cuestión de si estas condiciones se cumplen o no en la medida necesaria para hacer funcionar a la democracia no debe ser contestada por una afirmación precipitada ni por una negativa igualmente precipitada. Solamente puede ser contestada mediante una apreciación laboriosa de todo un laberinto de pruebas contradictorias.

[…]

(43)

privilegiados disponen de una información abundante y fácilmente accesible. Pero esta ventaja no parece servirles de nada y tampoco debemos maravillamos por ello. Sólo necesitamos comparar la actitud de un abogado en su informe y la actitud del mismo abogado frente a las exposiciones de la situación política que presenta su periódico para ver cómo se desenvuelve. En el primer caso, el abogado está capacitado para apreciar la relevancia jurídica de los hechos por los años de trabajo consciente de su finalidad que ha realizado bajo el estímulo definido del interés por su competencia profesional; bajo un estímulo no menos poderoso concentra sus conocimientos, su intelecto y su voluntad en el contenido del informe. En el segundo caso, no se ha tomado la molestia de capacitarse; no se preocupa de digerir la información ni de aplicarle los cánones de la crítica que tan bien sabe manejar, y se impacienta ante una argumentación larga o complicada. Todo esto viene a poner de manifiesto que, sin la iniciativa que desarrolla la responsabilidad directa, persistirá la ignorancia política, aun cuando el público disponga de la información más abundante y completa. Persiste, a pesar de los meritorios esfuerzos que se hacen para ir más allá de la presentación de conferencias, clases y grupos de discusión. Los resultados no son nulos, pero son escasos. No puede hacerse remontar la escala al público.

Así, pues, el ciudadano normal desciende a un nivel inferior de prestación mental tan pronto como penetra en el campo de la política. Argumenta y [221] analiza de una manera que él mismo calificaría de infantil si estuviese dentro de la esfera de sus intereses efectivos. Se hace de nuevo primitivo. Su pensamiento se hace asociativo y efectivo. Y esto lleva consigo dos consecuencias ulteriores deplorables.

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