LA ALIANZA DE TRES OROS, Y OTROS CUENTOS

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CON RECONOCIMIENTO DE VALIDEZ OFICIAL DE ESTUDIOS DE LA SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA, SEGÚN ACUERDO

No. 20110634 DE FECHA 6 DE JULIO DE 2011

LA ALIANZA DE TRES OROS, Y OTROS CUENTOS

P R E S E N T A

QUE PARA OBTENER EL GRADO DE

MAESTRA EN LITERATURA Y CREACIÓN LITERARIA

CONSTANZA EUGENIA TRUJILLO AMAYA

MÉXICO, D.F. 2013

DIRECTOR:

DR. JUAN ANTONIO ROSADO ZACARÍAS

T E S I S

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TEMARIO

PRÓLOGO i

AGRADECIMIENTOS iv

1. LA ALIANZA DE TRES OROS 1

2. PATO A LA NARANJA 8

3. OÍDOS SORDOS 13

4. QUÉ MARAÑA 20

5. EL MOLAR DEL DINOSAURIO 23

6. HELADO DESPERTAR 26

7. SECRETO DE CONFESIÓN 30

8. ÓPERA DE LIBERTAD 41

9. COMETA DE ESTRELLAS 53

10.DETRÁS DE LA VIDA, UNA SEMILLA 62

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P R Ó L O G O

Esta ópera prima, un libro de diez cuentos, fruto de un trabajo creativo

personal que ha venido tomando forma durante el último lustro, comprende

textos de diversa índole. Los protagonistas de los primeros cuatro son mascotas y

giran en torno a anécdotas, no sin una gran dosis de creatividad. El primero entre

ellos, Alianza de tres oros, es contado por una voz femenina, un narrador testigo

que observa con asombro la irrupción de un ave rapaz en su universo familiar.

Con la llegada del papagayo, la narradora se percata del engaño en el cual ha

estado sumida durante años. Este cuento es, además, una parodia de El loro de

Flaubert de Julian Barnes. El segundo, Pato a la naranja, es narrado desde el

punto de vista de una joven que recuerda un trauma infantil. Ella relata el drama

que surge en el momento del sacrificio de un pato con el cual se había

encariñado, y se decepciona con la posterior actitud de su madre. En el tercero,

Oídos sordos, el narrador omnisciente conoce algunos detalles de la vida familiar

de uno de los personajes, un campesino. El diálogo de sordos entre los dos

protagonistas, a pesar de ser extenso, no permite entablar una verdadera

conversación, ni mucho menos algún tipo de entendimiento. Cada uno se

encuentra enfrascado en sus preocupaciones e ideas sin escuchar al otro. En el

cuarto, Qué maraña, el narrador omnisciente fija su mirada en lo que ocurre con

Valentino y una invitada mimosa. La anécdota se desarrolla en torno a una

noticia periodística, pero la verdadera historia es la secreta.

Dos cuentos, El molar del dinosaurio y Helado despertar, se desarrollan en

espacios como las cataratas Victoria y una estación de esquí en los Alpes

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya Prólogo

historia resulta ser un pretexto sicológico. El segundo gira en torno a una

anécdota real. La protagonista fallece tras una avalancha de hielo y nieve, bajo

los escombros de su casa, cerca de Innsbruck, en Austria. La primera parte de la

historia es un monólogo de sensaciones, a lo largo del cual el personaje principal

expresa, a pesar de su agonía, la destrucción que la rodea y habla del sufrimiento

corporal generado por las heridas. En medio del dolor y de la soledad, un

recuerdo la asalta. La imagen del día anterior junto a su pareja le permite

vislumbrar el engaño de su compañero, y entender su verdadera realidad: la

soledad.

Los tres cuentos siguientes son policiales, y se diferencian entre sí por la

historia, la trama, la estructura y la forma de la narración. El primero, Secreto de

confesión, es contado desde el punto de vista de una voz femenina. El narrador

testigo relata los acontecimientos vividos en un hogar de ancianos, después del

asesinato de la jefe de enfermeras, en una oficina que estaba cerrada con llave. A

lo largo de un relato teñido de ironía, se evocan las difíciles y complejas

relaciones que mantienen las religiosas con los huéspedes y la administración, y

la hipocresía social que representa este tipo de residencias. El segundo, Ópera de

libertad, es un cuento al estilo de los precursores del género, donde un detective

aficionado resuelve un caso de asesinato a través de pistas y apelando al

razonamiento deductivo. El narrador omnisciente relata la atmósfera que se vivía

a mediados del siglo XIX, cuando algunas de las monarquías europeas se

tambalearon debido a la rebelión de sus pueblos, que reclamaban más libertad e

igualdad. El tercero, Cometa de estrellas, es un relato que se mueve entre la

ciencia ficción, lo fantástico y lo policial. Se inicia con un monólogo del

protagonista, quien recuerda épocas pasadas, y de repente, en medio de la

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya Prólogo

tiempos atrás, invitándolo a un concierto, y la otra, de su jefe, anunciándole su

inminente llega a la galaxia Andrómeda. Entre las reminiscencias del

protagonista y el relato de un narrador omnisciente que contextualiza el

ambiente, surge un diálogo algo satírico entre personajes anacrónicos. El

concierto tan deseado se lleva a cabo a través de conductos insospechados de la

tecnología.

Por último, Detrás de la vida, una semilla, es una narración en primera

persona. La voz femenina cuenta la huida de Toledo al Nuevo Mundo, en épocas

de la Inquisición, como consecuencia de un Auto de fe. La persecución

inquisitorial la atrapa, sin embargo, en Veracruz. Un narrador omnisciente, en

tercera persona, refiere la fuga de Jacobo, el hijo, de los calabozos del puerto de

Veracruz, con el objetivo de vengar la muerte en la hoguera de su madre.

Mediante un entramado de historias y de anécdotas, las diferentes voces

narrativas desentierran unas veces: emociones escondidas, frustraciones, sueños

imposibles de realizar, engaños, otras aguzan la crítica mediante el recurso de

una sutil ironía. Todos los cuentos que contiene esta ópera prima se sustentan en

un bagaje personal de experiencias, de estudios, de viajes, de conocimientos

acumulados, que la vida me ha obsequiado en diferentes momentos y en diversos

lugares. La realización de este proyecto constituye un enorme regocijo, después

de años de una búsqueda espinosa, a través de los laberintos de la creación. Con

el gran respeto que prodigo a Borges, mi laberinto además de estar tapizado de

libros, es un campo sembrado de ideas.

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A G R A D E C I M I E N T O S

Quisiera agradecer a Casa Lamm por haberme brindado la oportunidad de

realizar un proyecto mil veces soñado y otras tantas acariciado. El logro de este

trabajo es también el fruto de las lecturas sugeridas, las enseñanzas impartidas

por maestros enamorados de su arte y de sus asignaturas. Junto a Rolando

Vilasuso aprendí el arte de la mirada a través de una cámara de cine, además de

disfrutar de las intríngulis del barroco latinoamericano, cargado de exuberancia,

irreverencia y fantasía. Juan Carlos Calvillo me contagió de su pasión por la

literatura anglosajona. Con él reviví la historia de los tablados londinenses del

siglo XVI. Patricia Camacho, a través de una voz firme pero sutil, despertó del

fondo de mi ser un arte insospechado. La fuerza y ensoñación de la palabra

cobraron vida en la escritura. Sentimientos reprimidos, ideas apagadas brotaron

gracias a un ferviente anhelo de creatividad. Christel Guczka me inició, paso por

paso, en la creación de un arte que me apasiona y fascina: la dramaturgia. De su

taller surgieron proyectos inverosímiles, palabras frenéticas, escenarios

improbables, sueños inalcanzables. El legado de Juan Antonio Rosado es ante

todo el de la precisión de la palabra, el del rigor del discurso; pero también, un

cofre de conocimientos donde rebuscar tesoros, algunas veces marginados, otras

muchas extraviados, pero todos reveladores de mundos subterráneos, de eternos

desafíos, de sentimientos encontrados, que no han dejado de atravesar la

infinitud del tiempo a la manera de Aura o de Los papeles de Aspern. A todos,

¡muchas gracias!

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LA ALIANZA DE TRES OROS

Una noche de luna llena, Lulú llegó a casa del brazo de José Celestino.

Feliz, se pavoneaba de un lado a otro, del salón a la cocina, de la cocina al

comedor, mientras enumeraba las cualidades de Lulú. Sin prestarnos la más

mínima atención ni a los niños ni a mí, impartía órdenes, relataba su hallazgo

(¿cómo podía ausentarse y regresar sin mirarnos?). Al igual que su padre, los

niños estaban deslumbrados con la nueva inquilina (mi asombro era tal que me

sorprendí boquiabierta).

Hacía tres semanas que no le veíamos. Se había internado en el corazón de la

jungla con su amigo Fontenegra. Desde que era joven, la selva lo atraía como un

imán. De joven, se aventuró por algún tiempo para sacar provecho de la bonanza

cauchera que sólo le dejó malos recuerdos. En una partida de cartas, perdió el

sudado dinero. Desde entonces, cualquier ocasión era propicia para escapar. Sus

ojos brillaban tanto como la luna que alumbraba el patio. Su piel cobriza, ahora

morena, atestiguaba de los días expuestos al sol tropical, en las tierras cálidas. En

minutos había dispuesto y ordenado sin preguntar a nadie su opinión (¿qué

mosquito le había picado esta vez a José Celestino? ¡Así era! Afable pero

orgulloso, comedido pero indiferente, romántico pero irrealista. No podía creer

cuando me dijo que era el regalo más hermoso que me había dado en toda su

vida).

Lulú parecía su señora. A mis curiosas preguntas sobre sus orígenes,

costumbres y, sobre todo, el lugar que ocuparía en la casa, José Celestino

insistía, en tono de adolescente, que no habría ningún problema, que Lulú estaba

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya La alianza de tres oros

espacios interiores, a falta de poder hacerlo al aire libre. Se deleitó en explicar

que la amputación de sus alas remeras no le permitía emprender largas travesías

por los cielos. Su plumaje rojo, amarillo, verde y azul se extendía, en franjas

cada vez más anchas, de la cabeza a la cola (¡me cautivó!). Sin embargo, su

mirada incisiva, ardiente y sagaz me atemorizó (¿qué íbamos a hacer con este

animal? Estaba atónita). Los niños querían tocarla, acariciarla, jugar con ella; le

repetían una y otra vez: «quiero cacao, quiero cacao». El ave, rapaz después de

todo, mostró sus primeros signos de vehemencia al responderles con picotazos.

Recordé, entonces, que Chucho se encontraba en proceso de recuperación en

el nido que los niños le habían construído con ramas y legumbres de la vieja

acacia que, alta, robusta y florecida, procuraba, al patio, sombra y un aroma

dulce. En su frondosa corona enramada, de hojas rasgadas verde olivo oscuro,

desde donde se descolgaban racimos de flores amarillas, José Celestino pretendía

instalar a Lulú. Le contamos del ingreso de Chucho por el resquicio de la puerta,

de su ala derecha cercenada quién sabe cómo (seguro con un cable de luz; o, en

medio de una sangrienta pelea con alguno de sus congéneres; o, como blanco de

dardos inconscientes lanzados por niños desalmados). Chucho se restablecía de

manera paulatina en ese nido de amor que le ofrecimos desde el día siguiente a la

partida de José Celestino. Era un pequeño copetón café, de pecho blanco y

bermejo, de no más de cuatro centímetros de alto. Chucho, Chuchito para mis

hijos, lucía un copete partido en tres, cuyas puntas se alzaban redondeadas en su

diminuta cabeza. Parecían pequeñas esferas ribeteadas de un ligero tinte azul

celeste, al igual que el borde de su ala izquierda, en buen estado. Me pareció tan

gracioso que terminé llamándole las Tres Gracias (quizás por aquello de las tres

diosas que representan, para algunos, belleza, creatividad, fecundidad, y para

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya La alianza de tres oros

respondió: «Ah, deben de ser las alas remeras. Pronto se recuperará y volará. Los

copetones son pájaros silvestres, les gusta la libertad» (entendí que había querido

decir: salvajes). Inquieta, le pregunté si se llevarían bien, pues, al fin de cuentas,

Lulú era una guacamaya de las selvas, mientras que Chucho era un copetón

citadino. Me respondió desdeñoso, aduciendo que la diversidad de la fauna en la

selva era extraordinaria. Allí, los animales convivían sin tanta confrontación

como los humanos.

Para mi asombro, Chucho y Lulú se respetaron el uno al otro; cada uno en su

espacio (pensé que había sido un milagro). El uno, en el nido de gajos entretejido

entre dos ramas de la acacia, y la otra, en la cúpula, cobijada por los cielos, más

cerca del sol que de la tierra. A mi insistente pregunta sobre el porqué del

nombre, José Celestino me respondió tajante: «de la misma manera que llaman

Chucho al copetón» (pero los niños le llamaron así porque Chucho era el

sobrenombre que le daban a los vagabundos, en las calles del barrio).

Al amanecer del día siguiente, los chillidos de Lulú nos despertaron (¡qué

sorpresa! Como no la había escuchado remilgar frente a las repetidas

invitaciones de los niños diciéndole: «quiero cacao», había pensado que se la

habían regalado por muda). José Celestino determinó que tenía hambre. Debía

servírsele, en un plato, granos de maíz y arroz, mientras se le compraba su

comida predilecta: semillas de girasol y nueces. Al terminar de comer, Lulú

agarró con su negra pata izquierda el plato de plástico blanco, con un Pato

Donald pintado, de uno de los niños; en un santiamén se lo puso en el pico,

blanco por arriba y negro por debajo, y lo lanzó con tanta fuerza contra el muro

de ladrillo rojo, que separa el patio de la casa vecina, que cayó hecho trizas. José

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya La alianza de tres oros

momento, recordó que debía de salir presuroso para su trabajo: después de tres

semanas de ausencia, le aguardaban montones de papeles arrumados sobre el

escritorio, en espera de un perspicaz análisis y de su expedita firma.

Quedamos tan amedrentados que cerramos con cerrojo la puerta del patio

durante todo el día. A eso de las cuatro de la tarde, Lulú, que para esas alturas se

había convertido en un espantoso pajarraco, nos sobresaltó con unos chillidos

agudos, tan intensos que alertaron al vecindario y quizás a todo el barrio (¿qué

hacer?). Llamé angustiada a José Celestino, quien respondió fastidiado, diciendo

que la dejáramos entrar en la casa.

El pajarraco ingresó airoso, con sus alas azules desplegadas de par en par (me

pregunté: qué sería lo que le habrían amputado y qué lugar ocuparíamos frente a

tal magnificencia). Prosiguió su camino, corredor adentro. En un abrir y cerrar de

ojos, se dispuso a subir las escaleras de granito, de cuyas alturas los niños

gustaban, a esas horas, deslizarse en petacas de ropa vacía y en colchonetas

enrolladas. Apenas alcancé a retirarlos. La pomposa y ágil caminata del ave

salvaje ocasionó un alboroto de gritos y sollozos. Despavoridos, encontramos

refugio en una habitación lateral del segundo piso. Mientras tanto, el animal

parecía expandir sus alas aún más (me parecieron infinitas, como el firmamento;

pensé que podrían cubrir el cielo de la ciudad y que, de pronto, éste le quedaría

pequeño; tal vez podrían sobrepasar la Amazonía entera, que cobijaba los límites

entre cinco países y aún más). El pajarraco se agazapó con sus dos patas oscuras

sobre la baranda de metal; de allí, comenzó a chillar: «quiero cacao», «quiero

cacao». En un abrir y cerrar de ojos, bajó la cabeza escarlata. Gracias a una

sorprendente astucia, enganchó con el pico, en forma de arpón, mi alianza de

bodas dorada, plata y sepia que había olvidado en un recipiente de cerámica,

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya La alianza de tres oros

perdonaría perder semejante obsequio, símbolo de amor y fidelidad eternos!). Mi

sortija relucía en la punta del pico. Le grité que la soltara. Su mirada, irritada y

amenazadora, me obligó a retirarme hacia atrás. Las enormes alas desplegadas,

al igual que la cola roja, verde y amarilla parecieron tornarse en un arco iris que

cubría el corredor. Avanzaba decidida, ahora muda, con mi argolla ensortijada en

su pico, hacia la habitación donde pretendía refugiarme con los niños, huyendo

de semejante alucinación. Un olor agrio, a tierra húmeda, invadió el ambiente.

Detenida la marcha, por el golpetazo de la puerta, el pajarraco pareció resignarse

al cabo de un tiempo; ya no lo escuché más. Al sentir su aleteo en el patio,

observamos desde la ventana cómo se deshizo de mi argolla. La lanzó desde la

cumbre de la acacia hacia el otro lado del muro, en un tiro largo y curvilíneo que

rasgó el cielo azul con un resplandor tricolor, y desapareció entre los matorrales

de la casa vecina.

José Celestino llegó con una lentitud exasperante a rescatarnos. Mis quejas

desesperadas dejaron de avivarse cuando me dijo, con una candidez

espeluznante, que Lulú estaba acostumbrada a comer en platos de cerámica; que

ésa era la causa de tanta excitación. Le imploré que se la llevara. José Celestino

se negó argumentando que, además de ser una buena compañía y distracción

para los niños, sería su fuente de inspiración (estaba tan exaltada que no atiné a

preguntarle: ¿cuál inspiración?).

Dándome la espalda, fue a buscarla a la acacia y regresó con Lulú sobre uno

de sus hombros. Se dirigió radiante hacia el estudio (asustada, los seguí con la

mirada). La dejó sobre el escritorio, y me dijo: «No hará ningún daño». Lulú, sin

embargo, alzó con su pata izquierda un pequeño libro encuadernado en cuero y

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya La alianza de tres oros

ni nadie pudiera detenerla. José Celestino saltó, manoteó, gritó, pero el pajarraco

se aferraba más al preciado objeto. Cuando por fin lo soltó, estaba hecho añicos.

Lulú exhibía una mirada de gozo que contrastaba con la ira y congoja de José

Celestino. Ese libro representaba, para él, mucho más valor que la biblioteca,

¡que todas las bibliotecas juntas! ¡Era una reliquia! Una edición de lujo de 1925,

ilustrada, numerada y agotada, repetía quejumbroso.

Ante tal embestida, José Celestino decidió deshacerse del animal, no sin antes

confesar lo que durante años había sido su más sagrado secreto. El valioso libro

se lo había regalado una joven francesa, Pauline, a quien había conocido durante

su viaje a París, poco tiempo después de nuestro matrimonio. Ese libro era no

sólo el recuerdo de su deliciosa figura y encantadora inteligencia, sino la fuente

de una creatividad truncada. Un coeur simple contenía la clave para la creación

literaria, a la cual siempre había aspirado, y que no había logrado alcanzar.

Pauline se lo había obsequiado en una de sus placenteras tertulias vespertinas,

durante los meses de otoño, en momentos en que buscaba afanoso una fuente de

inspiración. Entonces, le había jurado conservarlo para siempre, como símbolo

de una alianza eterna, en el imaginario literario: «¡Ese libro representaba todo!»

El café de Deux Magots, de la plaza Saint Germain, donde sostuvieron tarde tras

tarde apasionadas charlas en torno a célebres escritores y artistas, que en décadas

anteriores habían encontrado en ese mágico lugar la deliciosa musa: Gide,

Hemingway y Sartre; Picasso y Breton, por no citar sino algunos. José Celestino

se lamentaba, renegaba, lloraba... (yo, por supuesto, no podía entenderlo). El

cuento, además, según decía, trataba sobre un loro llamado en francés Loulou,

que se transforma, en la historia, en el Espíritu Santo, según la imaginación de

Felicité, una mujer de gran pureza y sencillez: «Por eso la he llamado Lulú»,

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya La alianza de tres oros

Una vez que su amigo Fontenegra se llevó el animalejo, me refugié en el

patio, a la sombra de la acacia, tratando de entender lo sucedido, cuando escuché

un canturreo. Era Chucho sobre la tapia de ladrillos. Lo miré, volteó su cabecita

y algo resplandeció en su copete. Me pareció vislumbrar mi argolla. En ese

instante, abrió sus alas, aleteó y emprendió vuelo hacia el horizonte.

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PATO A LA NARANJA

Todo era agitación en la cocina. Entre entusiasmada y nerviosa, mi madre no

paraba de repetir órdenes, verificar ingredientes, platos, cubiertos, copas,

manteles y flores. Era una mañana soleada de enero y un señor encorvado,

repleto de ramos, ingresó en la sala, que se engalanó poco a poco de dalias,

azucenas y gardenias. Un aroma de flores se expandió a su paso. Era un día de

fiesta. La niñera tenía instrucciones de no dejarme pasar a la cocina. Sin

embargo, las disímiles exigencias de mi madre la distrajeron. Tras las espaldas

de la cocinera, logré deslizarme justo después de un joven vestido de blanco,

quien pasó hacia el patio raudo y cabizbajo, con el brazo derecho doblado contra

el pecho, en el que sostenía, con evidente celo, un envoltorio largo y delgado.

Sin que nadie lo percibiera, tomé la primera fila. La luz se filtraba por entre

las ramas de la vieja acacia. Apenas mis ojos alcanzaban el vidrio inferior de la

puerta del patio trasero, pero eso me bastó para contemplar a Emilio. Blanco,

parecía brillar frente a los rayos de sol, que revertían sobre los costados del

platón de aluminio, donde chapuceaba incauto, derramando agua a su alrededor

al batear sus alas. Entonces noté en el bolsillo de mi delantal el patito de plástico

amarillo, con el cual le jugaba cada mañana desde hacía semanas. Al paso de una

nube, el sol se ensombreció. Emilio apareció de repente en las manos de ese

hombre que acababa de pasar, cuyo aspecto se tornó oscuro, violento, decidido.

Escuché el agudo grito de mi madre: «¡Llévense a la niña!».

De inmediato, sospeché que algo aciago se preparaba. La niñera no lograba

separarme de la puerta: tal era la fuerza con que me aferraba a la chapa cerrada

con llave. De esa manera, mi mirada fue testigo de tan cruento espectáculo. En

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya Pato a la naranja

que le habían arrebatado la vida, ante la algarabía de los presentes. Revoloteaba,

con sus alas ensangrentadas, huyendo sin cabeza del verdugo. Mi madre se

justificaba; repetía que: «había pedido a un sinnúmero de personas cualquier

cantidad de recomendaciones». Sin excepción, todos habían certificado las

«excelentes aptitudes» de ese carnicero. En medio de los gritos de mi madre, la

niñera logró, por fin, separarme de la puerta, entre sollozos y chillidos

desgarrados. Tras muchos mimos, arrullos, cantos y cuentos, consiguió meterme

en la bañera con mi patito de plástico amarillo.

Mi madre había pasado los últimos meses concentrada en sus clases de cocina,

a instancias de mi padre y de su hermana, mi tía Susana, cuya reputación de

cocinera era insuperable. Según decían los más conocedores, no había plato que

se le pudiera reprochar. En cada una de sus sofisticadas recetas, nada excedía ni

faltaba: siempre estaban al punto. Lomito en salsa de oporto, paella a la

valenciana, ternera en salsa de cerezas, rollo de cerdo a la piña, lomo a la

cazuela, pierna de cordero asada al jerez, perdices estofadas, pavo relleno de

castañas, conejo al ajillo, eran parte de su envidiado recetario. Recuerdo que con

mis primos gustábamos incursionar en su cocina en busca de los apetecibles

postres: pudín de melocotón, ponche de chocolate, flan de caramelo, arroz con

leche, natilla, flan de naranja. El aroma dulce de la canela, del anís, de la vainilla

o de la cereza nos cautivaba. Nuestras miradas sucumbían ante los pálidos pero

llamativos colores: amarillos, verdes, rosados y morados. Probábamos una

cucharadita aquí, un pedacito allá; introducíamos un dedo por acá y la punta de

la lengua más allá. Eran las delicias de nuestros paladares. Sus banquetes se

hicieron famosos. No olvido aquellos señores rechonchos y barrigones, de

cachetes mofletudos y rojizos, de frentes brillantes de sudor; envueltos en

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya Pato a la naranja

respirar. No entendía cómo se podía ser tan elegante y exquisito en medio de

esas camisas blancas, almidonadas, que trataban —mal que bien— de contener

tan predominantes estómagos, seguramente adquiridos gracias a una larga

experiencia en materia de gustos culinarios. Probando canapés, catando vinos y

aperitivos, felicitaban a mi tía por sus logros gastronómicos. Ninguno de sus

invitados perdía la ocasión de pasar frente a ella para deleitarse con alguno de

sus platos. Con una pequeña inclinación lateral de cabeza, alababan la salsa, el

punto, el gusto, el aroma, la sazón, el toque de hoja de olivo o de perejil, la pizca

de pimienta o de nuez: «¡La salsa de cerezas está gloriosa!», «¡qué pavo más

exquisito!», «¡el cerdo te quedó en su verdadero punto!», «¡escogiste la mejor

cosecha de vinos!», eran parte de los elogios que se escuchaban.

Más intelectual que práctica, mi madre no dejaba de sentirse abatida cada vez

que debía confrontar tan apabullante experiencia. Tía Susana le repetía que debía

tomar clases de cocina para satisfacer los gustos de mi padre y halagar así sus

amigos y conocidos. Para ese día se había esmerado preparando todo: como

quien dice, la ceremonia de su graduación. Deseaba asombrar, impresionar, con

la intención de que desaparecieran los ingratos comentarios sobre su ignorancia

en materia de cocina.

Felicia, la niñera, me había vestido con un traje de encaje blanco, adornado

con una cinta de terciopelo azul en la cintura. Hacía juego con la que lucía en mi

cabeza, que recogía mis brillantes cabellos castaños hacia atrás. Cuando terminó,

se agachó, me tomó la cara con sus frías manos y me miró: «Niña Andreita…

¡qué ojitos más chiquitiquiticooos tiene! ¡Basta de llorar! ¡¿mmh?! Se le van a

desaparecer… A ver, esos ojazos grandototototees…». Me besó en la frente y me

aseguró que me conseguirían otro pato igualito. Lancé un suspiró tan profundo

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya Pato a la naranja

importante era que mi madre tuviera éxito con el Pato a la naranja después de

tanto sacrificio durante el curso de cocina. Pollos, perdices, codornices, conejos

y quién sabe cuántos otros animales más habían pasado por el cuchillo de la

cocinera y las inexpertas manos de mi madre. Ese día, debía de aparecer como

una verdadera chef. Me repitió esta frase varias veces con ahínco, para que la

retuviera y acaso la repitiera yo también.

Cuando me permitieron bajar de nuevo, me topé con un comedor

transformado. Todo estaba dispuesto para recibir a los invitados. Los lilas,

rosados, violetas, blancos y naranjas de las flores proporcionaban a la estancia un

aire natural y un aroma fresco. Frente a cada asiento sobresalían, de entre unos

platos blancos de borde dorado, unas pequeñas tarjetas con un nombre escrito a

mano, una enseguida de la otra, a lo largo de la ovalada mesa que, para la

ocasión, los banqueteros se habían esmerado en vestir. Me pareció que todo

estaba en su punto, de no ser por el reciente episodio de Emilio. No podía

imaginar que se lo fueran a comer.

Sentada a mi lado, con su mirada de ojos vivos y saltones, tía Susana

examinaba cada detalle: cubiertos, platos, copas, arreglos florales, tarjetas,

meseros; pasaba y repasaba cosa por cosa de un lado a otro. Sus cortos dedos

acariciaban nerviosamente los cubiertos de plata, heredados de la abuela. Una y

otra vez, saludaba con la cabeza a los presentes. Desde el plato de entrada con el

aperitivo, comenzó una letanía de exclamaciones y aprobaciones. Mi madre se

lucía. Llegó el momento tan esperado: el Pato a la naranja. Un mesero ingresó en

el comedor sosteniendo una enorme bandeja de plata, de la cual sobresalían los

muslos de una ave de color dorado, de cuyas cimas se deslizaba aún el néctar.

Iba adornado con tajadas de naranja. El amarillo subido contrastaba con el verde

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya Pato a la naranja

exclamaron al unísono: «¡ouau…, huele exquisito!» Uno que otro se saboreó,

pasándose la punta de la lengua alrededor de los labios.

Con una sonrisita soterrada, tía Susana no pudo contenerse y me susurró al

oído: «Vamos a degustar a Emilio». Enseguida añadió que no me preocupara,

que me comprarían otro. Recordé el refrán que Felicia me había repetido

instantes antes y le dije con aire de adulto, disimulando lo mejor que pude mi

llanto: «Mi mamá es una verdadera chef». Ella ingirió el bocado y me preguntó

si estaba orgullosa, a lo que no pude responder, muy a pesar mío. Retiré mi plato

con las dos manos. Sentía la garganta seca. El pecho me oprimía.

Tía Susana continuaba saboreando, olfateando, observando hasta que llegó a

un punto en que se detuvo, y cavilando dijo en voz alta: «Pero… ¡tiene un ligero

gusto a nuez, como el que preparan en la casa de banquetes Cyrano!». Mi madre

la miró de tal manera que creí que sus ojos centelleaban. Nunca antes había visto

tan enrojecida su tez blanca. Sus labios parecieron desaparecer en lo que debió

de ser el mordisco más fuerte de su vida. Sentí que mi pecho saltaba, que iba a

estallar, cuando unas manos rodearon mi cintura y me izaron por encima del

asiento. Mis sollozos invadieron el recinto y en no sé qué momento volví a

encontrarme en brazos de Felicia, quien retiraba mi pelo hacia atrás,

acariciándome la frente. En ese momento, un mesero se acercó para decirle:

«Los banqueteros de la casa Cyrano están esperando que se les cancele». Miré a

Felicia, y me besó de nuevo.

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OÍDOS SORDOS

Rodeada de cerros de platos con restos de comida, la nueva empleada cortaba

trozos de bizcochuelo. Apenas el cuchillo penetraba en la superficie, chorreaba

un relleno espeso, color café con leche, de lado y lado. Al fondo de la cocina,

sobre los rellanos de las ventanas –por donde asomaba un jardín soleado–, se

acumulaban jarras con residuos de agua y botellas vacías en cuyas etiquetas se

leía: Ron viejo de Caldas o Aguardiente Cristal. El timbre de la puerta trasera la

sobresaltó: “¿Quién podría ser?”. Irritada dejó el pedazo de pastel que estaba

cortando y fue a abrir la puerta. Se sorprendió al ver a aquel señor de mediana

estatura, delgado; de cara enjuta, tostada por el sol; pequeños ojos cafés y mirada

brillante. Tan erguido que daba la impresión de ser más alto. Vestía pantalón y

saco negros, y una camisa blanca desabrochada en el cuello. Todo el atuendo lo

completaba una ruana de color café bien doblada sobre uno de los hombros, y un

sombrero del mismo color que el visitante levantó al abrirse la puerta. Saludó

con una leve inclinación de cabeza.

—¿Se encuentra la señora?

—Sí… ¿Para que sería?

—Quisiera hablar con ella.

—¿Qué se le ofrece? Tiene invitados, y no creo que pueda atenderle —la

empleada lo miró de arriba abajo.

—La señora Amelia me conoce —se retiró el sombrero y se lo puso contra el

pecho.

(20)

Constanza Eugenia Trujillo Amaya Oídos sordos

—Eusebio. Eusebio Piedemonte, a sus órdenes. Sólo quiero hablarle un

momentito. Mi hermana Eulalia estuvo trabajando aquí un par de días...

—Veré qué puedo hacer. Espere un momento —la empleada cerró la puerta

tras ella, y fue a buscar a la señora Amelia. La encontró junto a su esposo,

rodeada de invitados; todos con un plato en la mano.

—Disculpe, señora. Alguien la pregunta en la puerta de atrás —bajó los ojos.

—¿Quién? —Amelia la miró molesta.

—Un señor. Dice que se llama Eusebio…

—¡Ah! —se sobresaltó y colocó el plato en la mesa. El bocado se le atragantó

y comenzó a toser al ritmo de espasmos repetidos. Tomó un vaso de agua con

manos temblorosas, e ingirió con dificultad el sorbo, carraspeando. Antonio José,

su esposo, se le acercó y tomándola por el brazo le susurró al oído:

—¿Qué sucede? ¿Estás bien? —enseguida uno de los invitados se atravesó,

interrumpiéndolos, y los dos amigos se enfrascaron en una charla de

reminiscencias de antaño que nadie más escuchaba.

—Hágalo pasar. Dígale que me espere un momento —Amelia se apresuró a la

planta alta, en vez de dirigirse a la cocina, tosiendo por el pedazo de comida que

aún sentía en el esófago.

Eusebio comenzó a impacientarse, después de un rato de espera, viendo el

ajetreo de la empleada. Se sentía mareado por los cerros de platos grasientos, con

restos de arroz, arvejas y pimentón; y, ese olor a grasa, pimienta, clavos y canela.

Bruscamente se levantó. Fue a echar un vistazo a los arbustos que le había

obsequiado a la señora, meses atrás, en una de sus visitas a la casa, en

Subachoque. En fila caprichosa, los angelitos florecidos exhibían unos pétalos

(21)

Constanza Eugenia Trujillo Amaya Oídos sordos

plantas se empinaban sobre las sombras caprichosas que se dibujaban sobre el

prado verde, bajo el follaje de los arrayanes. Los rayos de sol del mediodía se

filtraban decididos por entre los intersticios de las frondosas ramas.

Las familias de Eusebio y de Amelia se conocían de tiempo atrás. Dos de las

tías de Eusebio habían trabajado en la casa de los padres de Amelia, en Tunja.

Alguno de los tíos se había desempeñado como arriero, llevando las recuas de

mulas, cargadas de corotos, de Tunja a Ráquira, durante las navidades, cuando la

familia se trasladaba a vivir a una casa campestre, de adobe, a orillas de un

riachuelo.

Amelia apareció en la puerta que daba de la cocina al jardín, y se acercó a

Eusebio, por la espalda. El campesino sostenía, con el cuidado de una mano

experta, una hoja de arrayán. Parecía aspirar su aroma con un gesto de devoción

que Amelia no se atrevió a interrumpir. El instante fue eterno, hasta que, por fin,

Eusebio salió de su ensimismamiento. Volteó, se quitó el sombrero y le dijo con

cariño:

—Doñita…, disculpe la molestia. No sabía que tenía invitados. No tengo otro

momento para venir desde la granja que el día domingo.

—¿Cómo está, Eusebio? —¿Qué le parece si nos sentamos? Tengo que

explicarle… —señaló un banco, bajo la sombra de uno de los arrayanes.

—Mi esposa le manda saludes —dijo Eusebio mientras se sentaba.

—¡Don Eusebio! Eulalia… —Amelia, cabizbaja, no lo escuchaba.

—No se preocupe doñita. Ella es así, por su problema… —señaló el oído con

un dedo.

(22)

Constanza Eugenia Trujillo Amaya Oídos sordos

—¡Por favor! no me interrumpa. Es difícil… —Se acomodó en la banca y se

arregló la falda, antes de poner una mano sobre la otra, apretándolas tan fuerte

que se escuchó el crujir de los nudillos —El día que fuimos a su casa —tragó

saliva —íbamos cuesta arriba, por la carretera, a la altura de donde se divisa el

sembradío de angelitos que usted tiene para la venta, cuando nos topamos con

una campesina que subía a pie con un cerdito —miró de reojo a Eusebio—. Nos

sorprendió —respiró profundo.

—Sí, mi esposa me contó. Era Eulalia, iba de regreso…

—El cerdito todo adornado con claveles rojos, jaa… —miró a Eusebio—. A

mi esposo le fascinan los claveles. La vestimenta de Eulalia me llamó la

atención. Mi esposo detuvo el coche. Le preguntamos si la podíamos acercar a

algún lado; ella sonrió, sin decir nada. Como no obtuvimos respuesta,

continuamos el camino. No la conocía.

—Estaba con mi hermana en Boyacá.

—Déjeme explicarle —repitió, una vez más, Amelia; y sin darse cuenta le

tomó una mano que levantó al instante—. Al rato de estar en su casa, llegó

Eulalia. Como solo sonreía y ladeaba la cabeza en señal de saludo, me pareció

que había algo raro. Mi esposo, a mi lado, no tenía ojos sino para el cerdito: «que

se veía bien alimentado», «que estaba gordito». En un momento, me agarró por

el brazo y me dijo: «¡éste es!» Yo estaba atenta a lo que me decía su esposa

sobre Eulalia. Me habló maravillas de ella: «que era una excelente cocinera»,

«que el orden y el aseo eran parte de su rutina diaria», «que era seria y honrada».

Su señora tomó entonces el cuaderno que Eulalia lleva en el bolsillo del delantal

y le preguntó si quería trabajar con nosotros. Ella respondió con una amplia

sonrisa, mostrando su dentadura reluciente y el colmillo de oro. Dudé unos

(23)

Constanza Eugenia Trujillo Amaya Oídos sordos

de charla, se fue a empacar sus enseres. Al subirnos al carro para tomar el

camino de regreso, tuvimos que ceder ante su empeño de llevar al cerdito en el

asiento trasero, junto a ella, a pesar de que mi esposo insistió, irritado, en que el

cerdito viajaría muy bien en el baúl del carro.

—No le he preguntado… su esposo, encontró el lechón que buscaba, ¿verdad?

El criadero Las lechonas, el que queda al lado de la casa, tiene mucha fama.

—Don Eusebio, estoy tratando de decirle… ¡Usted no me escucha! —

manoteó Amelia en el aire —Ese día, llegamos casi al anochecer. Instalamos a

Eulalia en la habitación y al cerdito en la vieja carbonera, que ya no se usa hace

muchos años.

—¿¡Hmmm!? —inquirió Eusebio, algo desconcertado.

—Eulalia remilgó —acentuó Amelia—, pero al cabo de unos instantes, se fue

a acostar. Dijo que estaba cansada. A la mañana siguiente, estaba pedaleando en

mi máquina de coser, cuando escuché un ruido extraño en la sala, como un

traqueteo: taque taque, tiqui tiqui —dio unos golpecitos intermitentes sobre las

rodillas con las dos manos, y continuó—. Decidí bajar a ver. Me topé con Eulalia

que estaba de espaldas, limpiando el polvo en la sala. Detrás de ella, contra sus

faldas, la seguía el cerdito: rosado, con las cerdas café en el dorso; la colita

enroscada; todo rechoncho, se zarandeaba de un lado al otro.

—Lalo siempre está pegado a ella. Ahora mismo está muy triste, no deja de

llorar por haberlo dejado. Dice que no se lo perdona. Que no la entendía a usted,

señora…

—Como usted comprenderá, no podía permitir que el cerdito estuviera en mi

sala, en medio de las porcelanas… —se tomó la cara con las dos manos y respiró

(24)

Constanza Eugenia Trujillo Amaya Oídos sordos

trenzas que le caían por los dos costados, vestida con un faldón a cuadros que

dejaba ver unas enaguas blancas, bajo el dobladillo. La visión estaba a punto de

subyugarme, pero mi ternura se desvaneció cuando observé que el cerdito

agitaba la cabeza de arriba abajo y empujaba con el hocico uno de mis floreros

preferidos. Le di una palmadita en el hombro. Giró, me sonrió y tendió la libreta.

Le señalé con el dedo que el cerdito tenía que estar en el patio, en la carbonera.

Ella se negó. Me dio un no rotundo con la cabeza, y se fue cabizbaja y

entristecida.

—¡Hmm! ¿Dónde está Lalo? No lo he visto —Eusebio recorrió el jardín con

la mirada.

—Después de un momento, subió y me tendió la libreta donde decía que se

iba, pero que por favor le cuidara a Lalo, que mandaría por él al día siguiente,

porque no podía llevarlo en el autobús.

—No pude venir… Ella lo extraña mucho. Lalo es…

En ese momento, la empleada salió al jardín con una bandeja tan grande que

debía mantener los brazos completamente separados. De los bordes, caían

grasientas hojas verdes de plátano. En el momento que giró y colocó la charola

sobre una mesa, que había puesto allí porque la cocina estaba atiborrada, se

vieron partes de una cabeza de cerdo en medio de lo que debió ser el relleno:

restos de arroz amarillo, salpicado de puntos verdes, rojos y cafés.

Eusebio abrió unos grandes ojos. Se levantó, sin erguirse del todo; casi no

atina a pronunciar: «¡Lalo!». La cabeza del cerdito adornada con claveles rojos,

sobresalía de entre las hojas de plátano: con un ojo apagado en forma de guiño y

el otro abierto; una oreja cortada y la otra entera; la boca entre abierta parecía

(25)

Constanza Eugenia Trujillo Amaya Oídos sordos

Eusebio dio unos pasos hacia delante. Miró incrédulo, girando la cabeza ora

hacia Amelia, ora hacia la bandeja; inquiriendo con la mirada, sin obtener

respuesta. Aguardó unos instantes; dio vuelta y salió por la puerta trasera,

arrastrando los pies, precedido por una sombra ladeada, trunca por su espalda

encorvada, y el ala de su sombrero sobre el pecho.

(26)

QUÉ MARAÑA

“Clon de Bin Laden descubierto por Scotland Yard”, se leía en la primera

plana de la edición dominical de El Comercio. Recogió el periódico del umbral

de la puerta y lo desdobló al mismo tiempo que se levantaba. Intrigado sustrajo

la sección “Internacional”, en la que una serie de reportajes y crónicas de

diversas agencias de prensa, relataba el increíble hallazgo de los servicios

secretos ingleses, en un lugar apartado de Escocia. Envuelto en su bata de seda

china azul oscura, jaspeada de tonos cafés y ocres, Valentino se dirigió a la sala y

se acomodó en su poltrona preferida, de pana terrosa. Renegó de la espesa

neblina limeña, que cubría casi por completo los verdes y pulidos jardines del

Golf. Abrió la doble página de par en par y comenzó a leer, columna tras

columna, lo que sin duda era la noticia más sorprendente de los últimos tiempos.

Letras negras sobre papel hueso.

Una oscura quijada rozó su cuello dejando un rastro de labios húmedos. Se

acercó cariñosa rodeándole de un lado a otro. El meneo comenzó con un avance

de caderas, hacia atrás, hacia delante; hacia arriba, hacia abajo. Exhibía su íntimo

y terso manto nacarado. Embelesada, acariciaba el brazo derecho de Valentino,

quien sostenía el periódico con sus dos manos. Él ni pestañeaba. Ella trataba, con

avidez, de captar una única mirada. La noticia del siglo, sin duda. Titulares,

títulos, subtítulos. Letras negras…

“Los servicios secretos ingleses revelaron la existencia de un doble de Bin

Laden”, decía en grandes letras, el titular. Un médico pakistaní, especialista en

genética, con estudios en Estados Unidos, Alemania y Rusia, había logrado lo

que hasta entonces muchos creían imposible, y otros tantos rechazaban por

(27)

Constanza Eugenia Trujillo Amaya Qué maraña

conocido: reproducir a un ser humano, idéntico, a partir de una mínima parte

corpórea, de una ínfima célula. Letras negras sobre papel hueso.

Amorosa extendía caprichosa su antebrazo izquierdo, posándolo contra el

periódico desplegado de par en par. Valentino la apartaba con suavidad,

diciendo: «¡estoy leyendo!». A cada rechazo, su fogosidad se exacerbaba y su

cuerpo se abalanzaba sobre la página del periódico en busca de las deseadas

caricias, muchas veces inhibidas y otras tantas evitadas. «¡No!, ¡déjame

tranquilo!» El balanceo no paraba; terco, continuaba mesurado y provocador. La

neblina era cada vez más densa; la arenisca se pegaba al ventanal, polvo crema.

Scotland Yard reveló que existe la posibilidad de que otro ejemplar haya sido

creado en territorio estadounidense, por un ingeniero genético, del cual no se

había logrado precisar la nacionalidad. «¡Esto es lo más increíble que haya

pasado en la historia reciente!», exclamó Valentino. «¿Te imaginas? ¡Han

logrado clonar a un ser humano!». Columnas adyacentes, títulos, subtítulos,

arriba, abajo, letras negras, papel hueso.

Una lengua delgada, pequeña, carrasposa, asediaba la cara de Valentino, sin

dar tregua. «¡Déjame en paz! ¡Ya no más! ¡Véte!» Prendida de su brazo con sus

cuatro patas azabaches, se contoneaba mostrando el manto de su vientre, en

busca de una caricia ausente. Sus ojos azul celeste, resplandecientes, imploraban

el tan deseado galanteo. Insistía, se acercaba, se arrastraba, acariciaba, lamía. Un

manotazo en el centro de la página acabó con la paciencia de Valentino, quien

exasperado gritó: «¡llévate a tu gata!».

«Estoy en Internet, ¡mirando el New York Times! Dice que la noticia difundida

por la BBC, con la complicidad de Reuters, sería una tremenda inocentada. ¡Hoy

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya Qué maraña

líneas rosa, azul, verde. Ceros, unos suben, otros bajan; aparecen, desaparecen,

saltan hacia delante, hacia atrás.

(29)

EL MOLAR DEL DINOSAURIO

Estaba agotada por el viaje. Antes de llegar a la reserva, una manada de leones

se atravesó en medio del camino, obstaculizando el avance del Land Rover que

nos conducía al campamento. Mis ojos se cerraron y se volvieron a abrir de

manera intermitente. Las espesas melenas de los animales captaron mi atención,

y mi mente comenzó a divagar. Un jalón y el ruido ronco del motor me sacaron

del ensimismamiento. Apenas se puso en marcha el descapotable, cuando un

vendaval de arena coloreó de carmesí nuestros blancos trajes. La luz

incandescente que nos acompañó durante todo el recorrido se extinguió, a la

llegada al campamento. La penumbra se instaló en el ambiente. Una multitud de

focos nos guió hasta los aposentos.

El jefe de la expedición, mi profesor de zoología, repetía las instrucciones una

y otra vez. Manoteaba, signo del nerviosismo que seguro experimentaba. Tenía

razón, no sólo estaba aletargada por la fatiga del viaje, sino por lo intempestivo

de la misión. Descansamos, más mal que bien, en camastros de guadua, y al

amanecer nos levantamos como sonámbulos. Salimos sin tiempo que perder. Dos

camiones con equipos nos acompañarían hasta un valle, cerca del las cataratas

Victoria. Hace años que soñaba con verlas de cerca.

La misión se había planeado en el más absoluto secreto. El único y último

dinosaurio sobreviviente se encontraba enloquecido de dolor. Mis compañeros

debían ayudarme con las herramientas. Mi profesor, un célebre médico

veterinario y zoólogo, le aplicaría el sedante. Nada podría despertarlo en el curso

de varias horas. A escasos minutos del lugar donde debíamos efectuar nuestra

(30)

Constanza Eugenia Trujillo Amaya El molar del dinosaurio

caídas de agua que parecían, de lejos, hilos de plata. El sol golpeaba con fuerza,

y los sombreros de safari se tornaron frágiles protectores.

A medida que nos acercábamos, las cataratas adquirían un color azul púrpura,

que contrastaba con el café amarilloso de la roca. Mis ojos encontraron alivio en

esa maravillosa visión. Cuando volví a la realidad, la expedición, estábamos a

unos metros del inconmensurable animal, cuyo cuello se balanceaba de un lado a

otro, dando gemidos ensordecedores de dolor. Mi profesor de unos cincuenta

años, alto, delgado pero firme, sacó el rifle y el dardo. Cargó el arma con un

gesto imperturbable. Sus grandes manos la sostenían inmóvil. Apuntó la aguda

mirada detrás del objetivo. Midió la distancia y focalizó el punto exacto en el

dorso. No tenía derecho sino a un intento; de otra manera estaríamos perdidos.

Todos esperamos en silencio, rígidos y ansiosos. Se escuchó un fino silbido, más

bien apagado, un conato de exhalación. El tiro fue certero. El monstruo se

debatió unos segundos y, poco a poco, la mole, mansa pero pesada, dobló las

rodillas y cayó de lado.

Nos acercamos temblorosos, inquietos. Nuestros pasos retrocedían por

momentos, para avanzar una y otra vez. Nuestras miradas, intransigentes,

husmeaban cada espasmo del animal dormido. Mis compañeros acercaron las

escaleras y las monumentales pinzas. Me preparé para emprender una subida

sigilosa. Respiré profundo. Puse mi pie derecho en el primer escalón. Mis

nervios me delataban en cada movimiento impreciso. La respiración se agitaba.

Mi cuerpo se estremecía, a intervalos. La subida tardaba más de lo esperado.

Sentía mi camisa pegada a la piel por el sudor. Un párpado de un ojo del animal

se levantó de repente. Caí hacia atrás, y escuché una voz: «Tranquila. Todo salió

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya El molar del dinosaurio

Miraba a mi interlocutor con asombro. Me sonrió y me dijo: «¿Dio resultado

la visión de las Cataratas…? ¿Logró relajarse?»

Pasé saliva y asentí adolorida. Pensé: sólo Monterroso se despierta con un

dinosaurio al lado. Había leído el cuento en la sala de espera.

(32)

HELADO DESPERTAR

Mi cuerpo se mecía de un lado al otro. Se bamboleaba. ¿Estaba en un bote?

Un bote de madera. ¿Dormía? El vaivén era cada vez más fuerte. Yo, sola,

extendida en el fondo de un bote. El agua se colaba por entre las tablas. Desde

las puntas de los dedos de mis pies, un frío helado subía e invadía mi cuerpo.

Calambres paralizaban mis piernas. No podía moverlas. .Quería moverlas. ¿Era

una pesadilla? ¿Por qué no me despierto? El frío penetraba mi cuerpo. Me estaba

helando. Me sentía empapada. Se hundía el bote. Nada podía hacer. Nada. Mis

piernas, tiesas como palos de madera, no respondían. El bote y mis piernas: ¿una

sola cosa? Mis piernas ¿eran parte del bote? ¡No puede ser! ¡Quiero salir de

aquí! El bote se inunda. Se encuentra a la deriva. El agua me baña y me cubre

toda, hasta la garganta. No puedo respirar. Tengo que salir. Debo levantarme.

Una lluvia punzante cae sobre mi rostro. El hielo resbala sobre mi cara. Quema

¿Dónde estoy? Entreabro mis párpados. No puedo respirar.

Bloques de hielo, escombros. El chalet se mueve. Un estruendo terrible. La

casa rueda. Se viene abajo. Las vigas caen sobre mi cuerpo petrificado. Mi

espalda se parte. ¡Qué dolor! ¡Es insoportable! Un tubo de agua se rompe. Mis

piernas, atrapadas entre el pie de la cama y el armario. ¡No las puedo mover! El

agua me llega al cuello. Irrumpe una masa de hielo. ¿Qué sucede? ¡Robert!

¡¿Estás ahí?! Dijo que iría a la estación de tren, temprano, a recoger a su madre.

Llegaba de Viena. Había nevado mucho. Una espesa capa cubría el glacial, como

nunca. Seguro, la carretera también. Estuvimos esquiando todo el día. Me sentía

cansada. ¿Qué hora es? Parece de noche. No veo ni un rayo de luz. ¡Ayúdenme!

Un estruendo más. ¡Aaay! Mis piernas. Las comprimen unos tubos. No las

(33)

Constanza Eugenia Trujillo Amaya Helado despertar

sube. ¡Está helada! ¡No puedo respirar! ¡Me ahogo! ¡Auxilio! ¡Por favor! Estiro

mi cuello. Respiro una bocanada. El dolor es atroz. Es terrible. ¡Robert! Mi

cabeza cae, pesada. ¡Qué dolor! No respiro.

—¿Qué te pasa? Te has quedado como congelada —volteó Robert,

deteniéndose en la cima de la cuesta—. ¡Apresúrate! —golpeó los bastones

contra el piso y la nieve saltó, salpicándole la cara—. Tomaremos una taza de

chocolate con pancakes en el refugio. ¡Ya casi llegamos! —descendió hasta

donde se encontraba Katherine; unos metros, ladera abajo. ¡Clashh!, zigzagueó y

se detuvo a su lado.

—No alcanzo a percibir la casa, las nubes la envuelven por completo —

escudriñaba, con angustia, el valle, con una mano puesta sobre la visera.

—Hace mucho que no las veía tan bajas —Robert levantó las gafas, unos

instantes—. Vamos, Kathy. Está helando —la empujó levemente, con el bastón.

—¿Le dijiste a tu madre que está haciendo muchísimo frío?

—Sí, pero ella quiere venir como sea. Dice que está inquieta. Debe de ser la

edad. Iré a buscarla temprano a la estación —se volvió a colocar las gafas, dobló

la espalda y empujó los bastones, ¡clash!

—¿Por qué tan temprano? Es casi de madrugada.

—Dijo que quiere aprovechar el día —gritó Robert, girando la cara.

Zzzzzzz… Una joven pasó velozmente por el lado de Katherine. Casi la

atropella.

(34)

Constanza Eugenia Trujillo Amaya Helado despertar

—Sí, es ella. Es muy joven… ¡jajaja! —volteó a mirar—. Le gusta la

velocidad.

—Atractiva, querrás decir. Casi se te van los ojos.

—¡Apúrate! Nos van a atropellar.

¡Zzzzzzzzzz! ¡Schisss! La nieve saltó tan fuerte que salpicó los rostros de la

pareja.

—Otra vez… ¡¿Me vas a matar?!

—¡Jajajaja! —el pelo largo y rubio de Rebeca volaba por los aires.

—¿No estás de turno? —gritó Katherine.

—¡Ésta noche! —zzzzz… schiss— ¡Nos vemos, Bob!

—¿Aahh?

—¡Rápido! Muévanse. No respira. Fibrilación. Masaje del miocardio. De

prisa.

—¿Quién es? No distingo el rostro. Está lleno de barro.

—¡Tu nombre! ¿Cómo te llamas? —gritaba Rebeca, encima de la paciente,

sobre una camilla que corría presurosa por unos pasillos atestados de heridos, por

entre sábanas ensangrentadas y gritos de dolor.

—Glu glu gru gre gru

—¡No coordina! ¡Aquí! ¡Mírame! ¡Quédate conmigo! ¡Quédate conmigo!

¡Mírame! ¡Uuuh! ¡¿Cuál es tu nombre?

—Que le limpien el rostro. Muévanse. Llamen al cardiólogo. De prisa. ¡No

(35)

Constanza Eugenia Trujillo Amaya Helado despertar

—¡Oh, no! ¡Por Dios! No puede ser…

—¡Rebeca!, no pares el masaje. ¿¡Qué te pasa!? La vas a matar. ¡Continúa!

Fibrilación. Ritmo cardíaco… Bájate.

—¡Oh, Dios! —gritó Rebeca.

—Se nos va. ¡Se va! ¡Paren! ¡Basta! Retírate, Rebeca.

Hora y fecha del deceso: las 8:45 am; 13 de febrero de 1993.

(36)

SECRETO DE CONFESIÓN

Nepomucena venía por el corredor, envuelta en llanto. Parecía sonámbula.

Pasó rozándome y le pregunté: «¿Qué te sucede?» Pero continuó –como si no me

hubiera visto–. Permanecí mirándola, preocupada. Vi que se detuvo. Se volteó

echando un vistazo al fondo del corredor, del lado de la capilla. Miré hacía allá;

el corredor estaba vacío. Ella siguió su camino, yo continué el mío hacia el salón

de recreo. Al avanzar, Misifú se me atravesó. Casi me hace caer. Le machuqué la

cola con mi bastón sin darme cuenta. Pegó un chillido que llamó la atención de

los residentes. Unas caras arrugadas, como pasas, y temblorosas se asomaron

desde la entrada de la sala. Le grité: «¡Gato maldito!» «¡Casi me haces caer!».

Salió corriendo, espantado, quién sabe a dónde.

No acababa de tomar asiento en la sala de recreo, del lado de la puerta pues no

había otro lugar, cuando me di cuenta de que un inspector de policía —llevaba

un escudo distintivo en la solapa del saco— hablaba airado con la madre

superiora, la hermana Sapiencia. Paré oreja y la inquietud me invadió.

Aquel día, un martes trece —siempre le he tenido aversión a esta fecha—,

algo había sucedido que llenó de zozobra el Hogar del Buen Samaritano. Este

fue el diálogo que escuché:

—Hermana, tiene que haber alguna forma de entrar a esa oficina. Ella no pudo

haberse enterrado la flecha en la nuca sola, preciso en la aorta. Alguien tuvo que

haberla lanzado, desde algún lugar —tenía las dos manos en la cintura, por

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya Secreto de confesión

—Inspector, usted mismo constató que la puerta estaba trancada, con llave por

dentro, y las ventanas cerradas, y que no había ni hay otra forma de introducirse

allí.

—Hermana, con todo respeto, le ruego que me permita hacerle unas

preguntas…

—Inspector, soy yo quien tengo que pedirle un poco más de respeto. Baje la

voz, por favor. Este es un hogar de ancianos, y cualquier evento fuera de lo

normal los puede perturbar.

Nunca antes había visto a la hermana Sapiencia tan descompuesta. Ella, que

siempre controlaba todo con una mirada sagaz y firme, parecía fuera de sí. No

dejaba de mover las manos, bajaba la vista todo el tiempo, y no sé por qué

miraba hacia el fondo del corredor, del lado de la capilla. Un mechón de pelo

negro sobresalía, por debajo de su cofia, sobre la frente, y trataba de arreglárselo.

En ese instante, apareció el padre Ambrosio. Venía de la capilla. La hermana le

contó, en un dos por tres, un relato que me sobresaltó.

—Padre, qué bueno que lo veo. Hemos tenido un terrible accidente… —

miraba de reojo al inspector, quien tenía los ojos verde claro, casi transparentes,

clavados sobre ella. Sapiencia tragó saliva y prosiguió:

—Lo que sucede es que —respiraba con dificultad— la jefa… Tránsito… la

encontramos en la oficina, esta mañana temprano… —hizo una pausa para tomar

aire, y me pareció que dos gotas de sudor asomaban del lado de su sien derecha.

—Algo incomprensible sucedió —continuó—. Fue con la ballesta… Usted

sabe padre, con la que practicamos el tiro —pasó saliva.

(38)

Constanza Eugenia Trujillo Amaya Secreto de confesión

La hermana lo interrumpió, enfurecida.

—¡No es peligrosa…! Si se sabe manejar. Padre, déjeme terminar. ¡Esto es

muy difícil! —se entrelazó las manos como para rezar—. Encontramos a

Tránsito con una flecha clavada en la nuca… ¡en la aorta! —bajó el mentón,

apoyándolo contra las manos en posición de oración, y me pareció que los ojos

se le aguaron. Tomó aire de nuevo y continuó: —No sabemos cómo pudo haber

sucedido. La oficina estaba cerrada.

El padre Ambrosio envuelto en la sotana negra y con un misal en la mano,

encogió sus anchos hombros, mirando ora uno, ora otro.

—Necesito, padre, entrevistar a los residentes. Esto, como usted comprende,

no pudo haber sido un accidente. Sin duda es un crimen —interrumpió, el

incómodo silencio, el inspector.

—Inspector, dice usted que la puerta estaba cerrada con llave. ¿Cómo alguien

pudo entrar? —el padre acarició el crucifijo que le colgaba sobre el pecho.

—Eso es lo que quiero esclarecer. Alguien aquí tiene la forma de entrar a esa

habitación, y por eso es mi deber interrogarlos —El inspector ciñó el cejo al

percatarse del tic del padre, que no dejaba de manosear la cruz.

En ese momento, me di cuenta de que los residentes habían notado que algo

grave ocurría. Se acercaban poco a poco. Unos caminando lentamente con sus

bastones; otros, en sus sillas de ruedas, empujados por las enfermeras. De

repente, el grupo que conformaba la hermana Sapiencia, el inspector Buenavista

y el padre Ambrosio, se vio rodeado por una masa de ancianos desvalidos, la

gran mayoría; paralíticos, algunos. «¿Qué sucede hermana?« «¿Qué pasa con la

jefa Tránsito?», preguntaban todos a la vez. La hermana decidió, en un

(39)

Constanza Eugenia Trujillo Amaya Secreto de confesión

habitaciones, sin ninguna explicación. A pesar de las protestas y de los

cuchicheos, todos obedecieron; lentamente se esparcieron. Yo me quedé donde

estaba, en mi asiento, cerca de la puerta. Enseguida, el grupo de los tres se

deslizó hacia el vestíbulo de la entrada.

Al poco rato, decidí ir en busca de Nepomucena. Creí saber dónde estaba. Si

le daba crédito a mi intuición, debía de haber regresado a la capilla para

refugiarse en el confesionario con el gato, como lo hacía cuando quería pasar

desapercibida. Así fue. Escuché los sollozos detrás de la puertecilla. Mi mirada

se tropezó una vez más con ese grabado que tanto me molestaba: “El más allá”.

La cortina estaba cerrada. Al correrla con sigilo, me sobresalté al encontrarme,

frente a frente, con unos brillantes ojos verdes. El gato se desperezó, primero, y

se lanzó, luego, agresivo, pasándome sobre el hombro y mostrándome sus

colmillos. «Nepomucena, cuéntame, ¿qué es lo que ha pasado?» —le pregunté,

sentándome a su lado—. Ella me respondió: »Le juro que no sé nada, doña Sixta.

Yo no sé qué fue lo que sucedió. Esta mañana llegamos con la hermana

Sapiencia a abrir la oficina, como todos los días; la encontramos cerrada con

llave, por dentro. No pudimos abrirla. Llamamos a Fulgencio. Usted sabe, el

joven, el albañil. Él abrió la puerta con la ayuda de una palanca. Lo que vimos

fue terrible, doña Sixta». Me agarró las manos con las suyas húmedas y se echó a

llorar desconsolada, sobre mi canto. El cuerpo delgado, casi esquelético, hacía

resaltar una apariencia frágil, dolorosa. Al cabo de un rato nos levantamos.

Fuimos a reunirnos con los residentes que bajaban a almorzar. Dejé a

Nepomucena en la cocina y me dirigí a mi lugar en el comedor. Al sentarme,

divisé, a través del ventanal, enfrente de mí, unas sombras en el jardín. Eran el

inspector Buenavista y la hermana Sapiencia, quien le estaba mostrando cómo

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Constanza Eugenia Trujillo Amaya Secreto de confesión

acostumbrado a sus ejercicios matutinos de tiro, a pesar de las amonestaciones de

Ambrosio. La hermana no se cansaba de contarnos que había aprendido ese

deporte en los Pirineos, cerca del convento donde fue a estudiar, cuando era más

joven. Ella se divertía imaginando ser Guillermo Tell: más de una vez quiso

poner a Nepomucena con una manzana en la cabeza, para que le sirviera de

blanco. El padre Ambrosio tuvo que intervenir en varias ocasiones. En ese

instante vi que yo estaba rodeada por el resto de residentes. Todos mirábamos,

sin pestañear, cómo Sapiencia mostraba al guapo inspector sus habilidades.

Luego del almuerzo, salimos a tomar con Encarnación, mi amiga en ese

destino final, el café en el salón, al lado de la oficina, como teníamos costumbre.

Nos encontrábamos sentadas allí, cuando se nos acercó el inspector, muy

amable, a decirnos si no nos molestaba que nos hiciera algunas preguntas. Le

respondimos que no, que estábamos consternadas con lo sucedido y con tanta

muerte. Nos miró sorprendido y nos preguntó, con curiosidad en sus ojos, cómo

era eso de las muertes. Le contamos que en el último mes habían fallecido varios

residentes. Se rumoraba que había sido descuido de la jefa, como la llamábamos

todos, pues Tránsito era la jefa de las enfermeras. Pero lo cierto es que nunca

nadie la había visto practicar su profesión, ella estaba de lleno dedicada a la

administración del Hogar. Le contamos todo: la muerte de nuestra querida

Alicita –por pura desidia como se dice-, a quien le dio neumonía como

consecuencia del viento que se colaba por las rendijas de las ventanas de su

habitación, que nunca quisieron arreglar; el ataque que le dio, en pleno almuerzo,

al pobre de Edilberto, quien se atragantó con una espina de pescado y se asfixió,

y la extraña reacción de Tránsito quien, a pesar de estar al lado, no hizo nada,

más bien salió corriendo. Así con otras más. Como cuando Begonia se quedó

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