El utopismo en la obra narrativa de Gioconda Belli

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Texto completo

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U

niversidad de Sonora

División de Humanidades y Bellas Artes

Departamento de Letras y Lingüística

El utopismo en la obra narrativa de Gioconda Belli

T E S I S

Q U E P A R A O B T E N E R E L

T Í T U L O D E M A E S T R Í A E N

LITERATURA HISPANOAMERICANA

PRESENTA

CLAUDIA DE JESÚS CARRILLO GRACIA

DIRECCIÓN: DR. FRANCISCO GONZÁLEZ GAXIOLA

Hermosillo, Sonora

2007

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ÍNDICE

INTRODUCCIÓN 3

CAPÍTULO 1. MARCO CONCEPTUAL 6

1.1.LITERATURA E INTERPRETACIÓN 6

1.2.UTOPISMO 10

1.3.LA LITERATURA CENTROAMERICANA Y NICARAGUENSE 21

CAPÍTULO 2. EL UTOPISMO SOCIAL 26

2.1. LA MUJER HABITADA 30

2.2. WASLALA. MEMORIAL DEL FUTURO 38

CAPÍTULO 3. LA EDAD DE ORO 47

3.1. LA MUJER HABITADA 50

3.2. SOFÍA DE LOS PRESAGIOS 58

CAPÍTULO 4. EL UTOPISMO FEMENINO 67

4.1. LA MUJER HABITADA 69

4.2. SOFÍA DE LOS PRESAGIOS 74

4.3. WASLALA. MEMORIAL DEL FUTURO 81

CAPÍTULO 5. ENTRE EL UTOPISMO Y LA UTOPÍA 87

CONCLUSIONES 99

BIBLIOGRAFÍA 101

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INTRODUCCIÓN

La literatura es un arte en constante movimiento, su desarrollo delínea, de una manera u otra, los procesos ideológicos y cognoscitivos que atraviesa el ser humano. Es importante acercarse a la literatura que se está generando en la actualidad para darnos una idea de los procesos ideológicos y estéticos a los que hoy nos enfrentamos, como el caso que ocupa el presente trabajo: la obra narrativa de la escritora nicaragüense Gioconda Belli.

Gioconda Belli (Managua, Nicaragua, 1948) es hoy una de las escritoras nicaragüenses con mayor éxito editorial, su obra abarca poesía, novela, autobiografía y literatura infantil. Ha sido traducida a varios idiomas y ha ganado varios premios internacionales. Tanto su obra poética como la narrativa está completamente influenciada por dos hechos determinantes, como ella misma lo reconoce: la revolución sandinista y su condición de mujer: “Dos cosas que yo no decidí decidieron mi vida: el país donde nací y el sexo con el que vine al mundo” (Belli El país bajo mi piel 11). Además de su formación como escritora los temas que pueblan su obra tienen que ver con ambas experiencias que, además, no en pocas ocasiones están estrechamente ligadas. El hecho más relevante de su biografía es su militancia en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (1970-1990), su participación fue, no solamente desde la trinchera ideológica que brinda la literatura, sino también de hecho, promocionando y buscando financiamiento para el movimiento. Esto es definitivo en su obra, su escritura está íntimamente relacionada con los problemas que la dictadura y el imperialismo estadounidense provocó; dentro de este marco, la preocupación por la formación de la identidad femenina más allá de las paredes del hogar.

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Para este estudio analizaré sus tres primeras novelas ya que éstas se unen, como si se tratara de una trilogía, en el pensamiento utópico. En La mujer habitada (1988), Sofía de los presagios (1990), y Waslala. Memorial del futuro (1996), está presente el

utopismo1 como motor constructor. La historia de la primer novela gira en torno a la revolución sandinista que, como toda revolución, lleva en sus entrañas el utopismo; la segunda, es la historia de una mujer que se enfrenta a toda una sociedad para cambiar su condición de mujer sumisa, y; en la tercera, la autora se atreve a proyectar el país hacia un futuro tan poco alentador que sus habitantes construyen una comunidad utópica aferrándose a lo que ella representa para esperanzar sus vidas.

En este trabajo intento ver cuáles son los grados de utopismo en las tres primeras novelas de Belli, es decir, cuáles son las características de éste, para así, lograr la interpretación de esta parte de su obra narrativa. La organización del trabajo tendrá que ver con los temas en los que se ve el utopismo en las obras analizadas. Primeramente, explico los conceptos a partir de los cuales se hace el análisis de las obras, tales como interpretación –apelando a la hermenéutica-, utopismo y un rápido repaso de la literatura centroamericana-nicaragüense contemporánea. En el segundo capítulo analizo el utopismo que tiene que ver con los aspectos sociales y políticos en las obras que así lo contienen: La mujer habitada y Waslala. Memorial del futuro. El tercer capítulo gira en torno a la recuperación de una ‘Edad de oro’, mediante la cual se recurre a la idealización de civilizaciones pasadas pensadas casi como utópicas, fenómeno que ocurre en La mujer habitada y Sofía de los presagios. En el cuarto capítulo, el utopismo tiene que ver con la construcción de la imagen de la mujer, con la conquista de espacios

1La definición de utopía y utopismo se verá en el primer capítulo de este trabajo.

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que ya no se limitan a lo doméstico y, a la mujer como personaje heroico, tema presente en las tres novelas. En el quinto capítulo, hago un breve repaso de los análisis de las novelas para dar cuenta de las similitudes y diferencias entre las obras, con el fin de encontrar de manera más clara las líneas que le dan unidad a este conjunto de textos, con lo cual lograré precisar con mayor exactitud los distintos niveles utópicos que se dan en la narrativa de Belli y así dar cohesión al trabajo. Finalmente, cierro con unas breves conclusiones.

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CAPÍTULO 1. MARCO CONCEPTUAL

En este apartado, se explican las nociones básicas que se utilizan en el análisis de la obra narrativa de Gioconda Belli, con el fin de crear un acuerdo sobre los principios que dieron pie a esta investigación y para una mejor comprensión del tema. Es decir, en este capítulo se verá qué es la interpretación, qué entiendo por utopismo y su influencia en la historia humana y literaria, además de un pequeñísimo recuento de la literatura nicaragüense.

1.1. LITERATURA E INTERPRETACIÓN

Como producto cultural, la literatura es parte y necesidad de la vida del ser humano, en ella, él ha plasmado su experiencia de vida y le ha servido como válvula de escape, como conductora de imaginación, como herramienta de crítica y forjadora de propuestas. Es complejo intentar explicar la relación entre vida real y ficción, de hecho, es una discusión que ha gastado mucho papel y tinta; el problema no es delimitar qué es ficción y qué es realidad, sino ver cómo el arte forja obras que responden a las realidades que afectan profundamente al individuo. Juan José Saer diría que la literatura: “Busca una imaginación que, no obstante ser espontánea por el mecanismo mismo que la produce, pueda tener un sentido cuyas claves no sean exclusivamente individuales, una imaginación que remita continuamente al mundo” (Saer 301).

Se puede decir entonces, que la literatura siempre responde a la realidad en la que se produce. Pero no es correcto siquiera insinuar que se trata de una reproducción mecánica y/o automática, es mucho más complejo que eso. En palabras de Bajtín, la literatura no sólo refleja, sino que también refracta la experiencia ideológica (Bajtín

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63), es decir, la obra de arte se alimenta de la vida social en la que nace, forma parte activa de la existencia social, toma de ella los elementos esenciales de la ideología, problemas, preocupaciones, anhelos, esperanzas, etc. del ser humano en cada una de sus épocas o estadios. En consecuencia, la literatura reacciona frente a los acontecimientos que afectan profundamente al ser humano, esto es, una obra de arte, en sentido estricto, no imita la realidad plasmándola como y tal cual es, sino que se empapa de ella y la vierte en el arte, creando nuevos moldes que dan la ilusión de la representación.

Quien estudia el fenómeno literario debe darse a la tarea de descifrar cómo es que el autor logra dicha ilusión de representación. Sin embargo, se corre el peligro de quedarse en el nivel de análisis del texto estudiando solamente las herramientas prácticas y dejando de lado todo lo que implica la interpretación integral del texto con todos sus alcances hacia el interior y hacia el exterior de la obra. La interpretación de un texto, por tanto, va más allá de la simple y llana idea de la imitación o representación de la realidad. Este es un proceso más complejo que implica el análisis profundo tanto de la obra de arte, como de la época en la que se produce. La hermenéutica del texto literario comprende que las significaciones del mismo están entrelazadas para conformar una red que logran la totalidad de la interpretación, en palabras de Gadamer:

Como la palabra pertenece al conjunto de la frase, así cada texto al conjunto de la obra de un escritor, y ésta al conjunto del género literario o de la literatura correspondiente. Mas, por otra parte, el texto como manifestación de un momento creativo pertenece al conjunto de la vida anímica de su autor. Sólo en esa totalidad de signo objetivo se puede realizar la comprensión. (Gadamer 63)

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Por lo tanto, es importantísimo hacer la lectura literaria desde varios frentes, desde dentro de la estructura misma de la obra y desde fuera, desde las fuerzas que determinan al autor.

Los orígenes de la preocupación por el sentido e interpretación de la obra literaria, es decir, de la hermenéutica pueden rastrearse desde la antigüedad griega. Ya Aristóteles utilizaba la palabra hermeneia que se puede traducir, según Ricoeur, como: “la significación de la frase” (Ricoeur 23). Desde entonces, el arte de la interpretación ha seguido un largo camino, sin embargo, es en nuestros días que se está tomando el término en el sentido de interpretar, no solamente los textos sagrados o jurídicos, sino también los literarios. Ahora, la hermenéutica se define como: “el arte y ciencia de interpretar textos, entendiendo por textos aquellos que van más allá de la palabra y el enunciado… Además, la hermenéutica interviene donde no hay un solo sentido, es decir, donde hay polisemia” (Beuchot 15). Aunque esto pueda parecer muy vago por lo amplio del concepto, la hermenéutica se ha convertido en una disciplina útil en el campo de los análisis del discurso -los estudios bíblicos dan muestra de ello-.

Por principio habrá que distinguir la diferencia entre explicar un texto y comprenderlo: “en la explicación, nosotros explicamos o desplegamos la gama de proposiciones y sentidos, mientras que en la comprensión, entendemos o captamos como una totalidad la cadena de sentidos parciales en un solo acto de síntesis” (Ricoeur 84). Esto es, interpretar un texto puede llevar varios pasos: “En el acto interpretativo nos damos a la tarea de comprender y contextuar ese texto al que nos hemos enfrentado. Es un acto complejo que involucra varios actos” (Beuchot 32); en el primero, lo que se hace es conjeturar algunas hipótesis sobre el texto, en palabras de Gadamer, “la

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elaboración de un proyecto” (Gadamer 65) que por supuesto, con la profundización del análisis puede cambiar o modificarse, rediseñarse, para que poco a poco se pase del nivel de comprensión al nivel de interpretación. Después, con base en el análisis de la obra que revelará las relaciones entre los distintos niveles textuales, es posible encontrar la interpretación que incluya los “sentidos parciales” del texto. Así, la interpretación hermenéutica, no solamente está basada en conjeturas hechas en el aire; para llegar a ella, hay comenzar desde el signo lingüístico, es decir, desde la comprensión primaria o literal del discurso, para luego pasar al sentido metafórico y simbólico. Es necesario tomar en cuenta, no solamente lo que se encuentra en el texto, sino también lo que lo rodea, su contexto, su historicidad, su tradición y nuestros propios juicios y prejuicios para poder hacer una interpretación parcial y justa, lo más completa posible.

La literatura es discurso que recoge, redefine, “refracta” el discurso de la vida, por ello las corrientes literarias responden a momentos históricos específicos, en los que los tópicos tratados tienen como fondo los conflictos sociales y culturales de la época. La revolución mexicana, por ejemplo, tuvo una de sus representaciones artísticas en la Novela de la Revolución, desde principios del siglo XX hasta más allá de la mitad del siglo pasado. Hay ocasiones en las que es imposible ignorar el contexto en las que fueron creadas las obras pues sería imposible llegar a la interpretación de la obra, cuidando no caer en el supuesto de que la obra copia fielmente la realidad en la obra artística.

Las corrientes literarias que hacen referencia a un momento histórico específico están permeadas también por las ideas que han dado lugar a los acontecimientos, no hay que olvidar que quienes crean dentro de estas corrientes son intelectuales

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comprometidos o disidentes de los temas que tratan. En este caso analizaré el tema del utopismo como eje temático que define y penetra la obra de la autora nicaragüense Gioconda Belli, con el fin de interpretar su obra en relación también con los grandes temas de la literatura latinoamericana: dictadura, revolución, indigenismo, la mujer, etc.2

1.2. UTOPISMO

El concepto de utopía ha sido importante a través de la historia de la humanidad, incluso desde antes de ser acuñado como neologismo en la obra de Tomás Moro. En realidad es difícil concebir al hombre sin pensar en sus necesidades, anhelos, temores y esperanzas porque finalmente eso es precisamente lo que lo ha definido como humano.

Utopía remite inmediatamente a obras clásicas de la filosofía y la literatura, como La república de Platón, y por supuesto, la Utopía de Tomas Moro, sólo por mencionar las clásicas3. En ellas, los autores proponen un modelo de mundo imaginado en el que la sociedad es perfecta, sin problemas ni infelicidad alguna. Éstas, se configuran con características bien definidas: insularidad, autarquía, acronía, etc. Se trata de la creación de una sociedad nueva, sin fallas, en la que reina la armonía y la paz entre sus habitantes; por supuesto, no se encuentra en ella la pobreza, la delincuencia o

2Otro de los enfoques que podrían caber en este estudio son las “teorías poscoloniales”

o “estudios subalternos”, que consiste en el estudio de la literatura a partir del concepto del ‘otro’ y, por supuesto, de colonización, estudiando entonces, los procesos de opresión, imperialismo y las diferenciaciones culturales. Sin embargo, me parece que, si bien son procesos que se pueden ver claramente en la literatura latinoamericana, se limita la interpretación a uno solo de sus aspectos, dejando fuera otros asuntos tan importantes como el valor estético de la obra.

3 Para una revisión de la historia del pensamiento utópico, se puede consultar el libro de

Adolfo Sánchez Vázquez, en su artículo: “La utopía del ‘fin de la utopía’”.

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la guerra. Por lo tanto, la insularidad, esto es, el aislamiento geográfico, es necesaria para no correr el peligro de la contaminación extranjera. Hay, entonces, el contacto mínimo posible para mantener la autosuficiencia de la sociedad, en todos los sentidos, pero especialmente en el económico. En cuanto al tiempo, parecen ser sociedades fuera de él, no se conoce pasado ni futuro, se vive en una especie de presente suspendido, infinito. Es, visto desde la perspectiva de quien la narra, una sociedad ideal que aparentemente no tienen ninguna falla, aunque no hay que perder de vista que se trata de los ideales sociales del autor, que vive en franco descontento con su realidad. (Aínsa 19-22).

Sin embargo, la base de esta literatura, como la de la utopía en general, si bien es cierto que está en la idea de la posibilidad y la esperanza, también es verdad que tiene que ver con un anhelo en los cambios profundos. Cuando Moro construye su Utopía, también está haciendo una fuerte crítica a la sociedad en la que vive, es decir, lo que se propone explícitamente es llamar la atención al hecho de que los sistemas político-económicos de la sociedad europea del momento no funcionan; por el contrario, tales sistemas afectan y hunden más el estilo de vida: “Son los nobles, aun numerosos, que no se contentan, viviendo ociosos, gozando del trabajo de los demás, sino que esquilman a sus colonos para aumentar las rentas de sus tierras, porque no conocen otra economía…” (Moro 20). Así, no se trata solamente de construir un mundo distinto, sino de criticar fuertemente el existente, ya que de la inconformidad nace esta “nueva” propuesta de vida y sociedad.

Esto es, se construye una sociedad en la que las ideas sociales del autor y de su época, se llevan al extremo en el que se idealizan, intentando demostrar que sería un

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cambio efectivo, una propuesta de vida mejor. En este sentido, se puede decir que la utopía nace y/o prolifera cuando la sociedad “real” se encuentra en momentos críticos o de crisis, pues se perfila, además de la propuesta ética y política que entraña (de la que hablaré más adelante) como una válvula de escape a la problemática que ataca. Es importante señalar que, aun cuando se puede discernir que la utopía en su sentido puro es imposible realizarla, no es una idea que deba ser descartada por su importancia en la historia del mundo, como lo explica Cerutti: “La utopía parece realizable a los ojos de quien la sustenta como anhelo. De otra forma sería impensable la capacidad de movilización del sueño utópico en su historia concreta. A pesar de todo, quizá sea quimera. Podríamos concederlo. Pero no es vista como tal por los ojos de sus creyentes.” (Cerutti 111). Es por esta cualidad que la utopía, como tema, tiene caldo de cultivo en Latinoamérica, si bien no hay textos clásicos, sí hay en ellas el germen de la idea de la utopía: la inconformidad con la realidad circundante y, por lo tanto, el anhelo y la esperanza de un mundo mejor.

Ahora bien, el utopismo permea, ya no como un tipo de obras determinadas, sino como concepto con el que se nombra el deseo de lograr cambios en todos los ámbitos de la vida humana, el utopismo permite que el escritor explore con su literatura la veta que la situación le brinda. Explota por un lado la situación política y económica; y por otro lado, los temas sociales que invaden la agenda latinoamericana.

En la América Latina del siglo XX, el utopismo ha proliferado, aunque no precisamente bajo su forma clásica, es decir, no se dan las utopías con las características con las que se produjo en Europa. Las condiciones sociales y económicas del continente han despertado en sus escritores la necesidad de escribir obras en las que la temática no

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se restringe a la construcción de mundos estructurados sino que además se profundiza en lo que podría ser política y socialmente, así, las tramas y sus personajes tienen como motivo el cambio del orden preestablecido.

No obstante, algunas particularidades se mantienen, como los tiempos posibles: “Toda utopía presupone el rechazo del tiempo presente o del lugar (espacio) donde se vive, cuando no ambos a la vez y la representación de un territorio que está en ‘otro lugar’ (otro espacio) u ‘otro tiempo’, pasado o futuro.” (Aínsa 32). La utopía pues, puede estar proyectada hacia el futuro posible, ya sea con la creación de sociedades mejores que la presente o, hacia el pasado con el anhelo de una edad primigenia, generalmente idealizada, es decir, una “edad de oro”. El utopismo explora ambas posibilidades, si el escritor se va hacia el futuro desarrolla sociedades en las que el ser humano vive según sus mejores cualidades, en él, los valores positivos son los que imperan y la tecnología está en función de ello; en el pasado, se idealizan las civilizaciones antiguas en las que, se supone, el mundo era feliz, primigenio. El utópico se acomoda en el tiempo que más se acerca a los intereses que persigue. En América, ambas condiciones se cumplen, en palabras de Carlos Fuentes: “Pues si la utopía es el recuerdo del tiempo feliz y el deseo de reencontrarlo, es también el deseo del tiempo feliz y la voluntad de construirlo” (Fuentes 69). Este tiempo feliz del que habla Fuentes está representado por las culturas prehispánicas en su forma supuestamente más pura, esto es, antes de la “contaminación” occidental.

El mito de la “edad de oro” o “edad primigenia” se encuentra en todas las culturas arcaicas y su relación con la historia actual radica en la idea del tiempo que se tenga. Mircea Eliade explica que existen, en las sociedades primitivas o arcaicas dos

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concepciones básicas del gran tiempo: la del tiempo cíclico, el cual se regenera periódicamente y; la del tiempo finito, es decir, fragmentado. En ambas, la edad de oro aparece al principio de la historia humana, la diferencia estriba en que en la primera, esta edad primigenia regresa constantemente ad infinitum, mientras que en la segunda se realiza una sola vez (Eliade 126-127). Esta edad de oro, además, representa la perfección de los tiempos a la que se habrá de volver después de pasar por varias edades sucesivas: oro, plata, bronce, hierro (los nombres y número de ellas varía de cultura en cultura).

La concepción de que la edad de oro regresará, atiende a la necesidad humana de evasión, en palabras de Eliade, de soportar el “terror a la historia” (Eliade 167). Aquí pues, hay también una relación de este mito de la edad de oro con la utopía. Esta edad de oro supone un tiempo en el que el ser humano sólo obedecía a su naturaleza benigna, es decir, se piensa en él como un tiempo en el que se vivía en completa armonía tanto a nivel social, como en el nivel económico, y por supuesto, en el espiritual. Así, pensar que se puede regresar a ese tipo de civilización conlleva la esperanza de una mejoría es un mecanismo de escape a la situación que, como vimos, la mayoría de las veces es crítica.

Una de las vertientes del pensamiento utópico es su relación con la realidad inmediata. La utopía se erige como una manera ácida de criticar el sistema operante, pues esto conlleva un compromiso con las circunstancias, y, en el caso de América Latina, puede ser un medio para la concienciación social y, por lo tanto, de constituirse como un instrumento para la transformación futura. Así: “la preocupación del utópico, es contener los problemas sociales a los que pueden conducir los problemas colectivos:

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delincuencia, inestabilidad, pobreza, motines, guerra, explotación y vicio. Nada de esto se evapora en las utopías” (Davis 46). O sea que se trata de una preocupación real de estos pensadores con respecto a la sociedad a la cual pertenece y, por lo tanto, utiliza el medio que le resulta más provocador, la escritura. Para tal efecto, el escritor utópico, tanto el clásico como aquel que se vale del utopismo como motivo, usa los recursos estilísticos a su alcance para lograr el contraste entre la realidad poco alentadora y la sociedad que se desea; el lenguaje, los personajes, los ambientes, etc., se mueven en torno a su propósito.

Frederik Polak explica que: “Hay una influencia recíproca entre el pensamiento utópico y el cambiante clima social en el que tiene lugar” (Polak 334), tratándose de América no es posible dejar pasar la historia que la convirtió en un continente heterogéneo y policultural. La conquista es definitiva en el proceso ideológico y cultural, vencedores y vencidos han pugnado durante siglos para conservar, desde su propia visión, lo que consideran sus derechos. Este proceso ha ocasionado distintas perspectivas de lo que debe ser el continente, es decir, para algunos pensadores Europeos y americanos, América representó el lugar perfecto para fundar una sociedad

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ideal sin los problemas y atrasos del viejo continente4, aderezado con un poco de fantasía, no sólo en el siglo XVII5, sino también en el XX6.

En el siglo XIX, el utopismo llegó de la mano con los discursos que alentaron o sirvieron de inspiración para los movimientos de independencia, piénsese en la influencia que ejercieron los jesuitas o pensadores como Juan Jacobo Rosseau, entre otros, cuya ideología medió también en intelectuales americanos tan destacados como Manuel González Prada, su preocupación principal, por supuesto, tenía que ver con la libertad del hombre.

En América, el imperialismo de países extranjeros, primero el español, y ahora el estadounidense, ha resultado en la idealización del pasado prehispánico, estas civilizaciones “no contaminadas” se han convertido, con sus excepciones claro está, en un mundo idílico y perfecto. Por lo tanto, mucho del pensamiento utópico latinoamericano será proyectado hacia la edad de oro pasada, hacia el paraíso terrenal que representan las culturas nativas del continente y en las que posiblemente,

4Claro que no todos los intelectuales europeos vieron a América como tierra fértil para

fundar sociedades sin los defectos de la vieja Europa, hubo por supuesto quienes la veían como un lugar inferior en todos sus aspectos. Lo que desató una gran polémica, véase para mayor información el libro: Antonello Gerbi. La disputa del nuevo mundo. Historia de una polémica 1750-1900.2ª. ed. Tr. Antonio Alatorre. México: F.C.E., 1982. Sin embargo, para efectos de este estudio, trabajaré el aspecto paradisíaco que se le vio al ‘nuevo continente’.

5 Piénsese en las crónicas de la conquista, como las Cartas de relación de Hernán

Cortés, en las que él se declara casi un héroe que domina fácilmente a los nativos; o en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España en la que Bernal Díaz del Castillo dibuja la Ciudad de Tenochtitlán como de ensueño.

6 El ejemplo perfecto y paradigmático del exotismo que Europa vio en América es Cien

años de soledad de Gabriel García Márquez, novela en la que se cuenta la historia de un pueblo mágico en que suceden cosas muy especiales.

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reencontrándonos con ella, tomándolas como ejemplo, rescatándolas, podremos solucionar los problemas actuales.

Ya enteramente en el siglo XX, este eje temático en los textos hispanoamericanos, tiene que ver con la historia convulsa de sus países, es el siglo de las dictaduras y las revoluciones, lo que hace que los escritores se comprometan con los movimientos vertiendo en sus obras la crítica al sistema y sus ideas políticas. Así, surgen movimientos artísticos en los que la temática revolucionaria es el eje, mismos en los que la utopía estaba presente: “Las propuestas utópicas se articularon en un discurso en el que la Revolución era el paradigma del cambio real, en cuya perspectiva la única forma de <<realizar>> la utopía pasaba por la toma de poder revolucionaria” (Aínsa 10). Aínsa clasifica las utopías latinoamericanas en dos básicamente: utopías de evasión y de reconstrucción. Las primeras corresponden a la necesidad de huir de la realidad,

para lo cual se construye un mundo ideal, casi fantástico; las segundas, corresponden a la crítica política y social, proponiendo un modelo alternativo de la sociedad (43). Éstas últimas están asociadas con los movimientos revolucionarios que exigen, por lo menos en teoría, un cambio profundo de los sistemas de gobierno.

Sin embargo, siempre existe la posibilidad de que -aun cuando el pensamiento utópico pone su mira en el anhelo y el optimismo de que la situación puede mejorar- el cambio no se logre. Y está, claro, la posibilidad de que, una vez llevadas a cabo estas sociedades perfectas, el resultado sea una distopía. Este tipo de obras surgieron con fuerza en la primera mitad del siglo veinte, como consecuencia del desarrollo tecnológico con el que parecía se estaba deshumanizando al hombre. Las distopías están representadas en su forma clásica por novelas como Un mundo feliz de Aldous Huxley,

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1984 de George Orwell, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, etc., estas obras plantean qué

pasaría si las utopías tanto tecnológicas como ideológicas se llevan a cabo hasta sus últimas consecuencias, el resultado siempre es terrorífico ya que se configuran como mundos asfixiantes en los que la libertad no tiene cabida, es decir, se trata de sociedades en las cuales los personajes se ven privados de su individualidad. La idea es que las utopías no resuelven los problemas, pues la libertad es un derecho fundamental del ser humano y, cuando ésta se pierde, las consecuencias son desastrosas para las necesidades básicas emocionales del hombre. En éstas, como en la utopía, se mezcla la imaginación (situaciones llevadas al extremo) con la crítica social e ideológica. En el caso del pensamiento utópico, en el que no se crean mundos alejados del tiempo presente y con un espacio propio, algunas veces, el resultado no es tan positivo como se podría esperar cuando se escucha la palabra utopía.

Estos héroes guerreros toman algunas de las características de los héroes mitológicos que buscan realizar o encontrar la misión de su existencia, que será, en este caso, la utopía. Las características que toman estos personajes están ya dados a través de la literatura, oral y escrita, de todos los tiempos en la historia humana, es decir, son arquetipos que se observan en todas las culturas: “El material importado se revisa para que cuadre con el paisaje, las costumbres o las creencias locales y el material primitivo sufre en el proceso. Lo que es más: en las innumerables repeticiones de una historia tradicional son inevitables las dislocaciones accidentales o intencionales” (Campbell 225).

Para este tema seguiré el libro El héroe de las mil máscaras. Psicoanálisis del mito de Joseph Campbell pues hace un estudio extenso sobre las características que

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tienen en común este tipo de personajes en las distintas culturas del mundo y a través de la historia de la humanidad. Me parece que es importante, en este caso analizar las características de los héroes ya que esto permitirá redondear la interpretación del texto en los casos, claro está, que la obra lo permita. A grandes rasgos, Campbell explica que el héroe atraviesa por distintas etapas que lo validan como tal, que básicamente son: la partida, la iniciación y el regreso. Cada etapa trae consigo distintas variantes que no necesariamente se presentan en todos los héroes, aunque sí la mayoría.

El inicio de la aventura puede comenzar con una “llamada de la aventura” (Campbell 54) que bien puede ser a través de un “mensajero” o gracias a algún incidente que lo encamine hacia su empresa, el viaje puede ser desde un desplazamiento real hasta la realización de alguna empresa histórica o espiritual. Después el personaje tiene la opción de decidir si acepta el llamado o lo declina, aunque claro, la negativa al llamado implicaría lógicamente el fin de la gesta heroica. Una vez aceptada la llamada, el héroe recibe ayuda sobrenatural: “Lo que representa esa figura es la fuerza protectora y benigna del destino” (Campbell 72), esta ayuda puede presentarse bajo diversas formas que no necesariamente tendrán que ver con algún elemento mágico, puede tratarse de un evento que ayude al personaje a ponerse en marcha, continuar su camino y/o lograr su objetivo. Pero para lograr esto deberá ser capaz de dejar a un lado sus miedos y de cruzar el primer umbral, es decir, tener la valentía de cruzar los límites establecidos de la seguridad del hogar o de la sociedad conocida.

Después, en la etapa de la iniciación, el héroe, al pasar este primer umbral comienza su camino, un camino lleno de pruebas: “La partida original a la tierra de las pruebas representa solamente el principio del sendero largo y verdaderamente peligroso

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de las conquistas iniciadoras y los momentos de iluminación” (Campbell 104). Así pues, el héroe comienza el largo camino que probará sus habilidades y cualidades humanas o sobrehumanas, sostendrá encuentros y desencuentros que lo fortalecerán como con la diosa madre o con el padre terrible. Finalmente y después de una apoteosis, que bien puede ser la iluminación, el enfrentamiento con la muerte o la elevación al nivel de los dioses, el héroe consigue su objetivo en la “gracia última”, es decir, su victoria.

Después de cumplida su misión, el héroe debe decidir si regresa o no para llevar sus conocimientos al lugar desde el cual partió. Si decide regresar, generalmente estará apoyado por las fuerzas sobrenaturales que lo ayudaron a llegar hasta allí o, puede traducirse en una especie de “huida mágica”. En el regreso, luego de cruzar de vuelta el primer umbral que lo llevó hacia al límite de inicio del viaje, llegan para él los conocimientos trascendentales que pueden ser de diversos tipos o, simplemente, llevar a su gente, los beneficios de su heroicidad. Pero también podría ocurrir que el héroe decida no regresar.

Como se ve, el utopismo más que un género literario, es un pensamiento que puede permear la literatura, de tal manera que se convierta en su visión de mundo y que, por lo tanto, los personajes se muevan en torno a la idea de la utopía. En Latinoamérica se puede rastrear a lo largo de su literatura (asunto que no compete a este trabajo), gracias a su historia conflictiva.

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1.3. LA LITERATURA CENTROAMERICANA Y NICARAGÜENSE

Para este estudio haré un breve repaso de la literatura centroamericana a partir de la década del ochenta, ya que no es el fin de este trabajo hacer un estudio exhaustivo; sino simplemente ubicar el contexto inmediato en el que se dio la producción de Gioconda Belli.

La revolución sandinista marcó todos los estratos de la sociedad y de la intelectualidad, por lo que no es de extrañar que permeara en la literatura. Es así como se da una literatura comprometida con el movimiento, claro que no es el único tipo de literatura que se dio en la época (como ejemplo pensemos en las demás obras de Gioconda Belli, cuyo tema principal no gira en torno a la revolución). Esta literatura, identificada con los procesos revolucionarios, la escribieron principalmente quienes estuvieron involucrados en el movimiento. “Estas novelas reflejaron, como se ha dicho antes, el protagonismo de una generación joven y unos semejantes contextos de violencia y agitación revolucionaria” (Leyva Carías 98).

En Nicaragua se vive una dictadura que es derrocada en 1979 por una revolución basada en la guerra de guerrillas. Por tanto, los jóvenes escritores que participaron en el movimiento, como Gioconda Belli y Sergio Ramírez, se sienten con la obligación social de escribir al respecto, por esto, sus novelas tendrán que ver con el tema, pero no por eso se desligan del proceso literario: “Esta politización general de la juventud va a desarrollar su propia tematización, renovando el viejo sueño utópico de un continente unido por una idea de igualdad y emancipación cultural y económica: la conciencia de Latinoamérica como una hermandad de pueblos.” (Salvador 167). En el caso de Centroamérica además incorpora los procesos revolucionarios:

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consiguió incorporar las fórmulas expresivas de la novela contemporánea. Se hizo común la utilización de procedimientos como el collage o el monólogo interior que contribuyeron, respectivamente, a romper con las exposiciones lineales de las novelas tradicionales y aproximarse a la manera como los individuos perciben la realidad y el tiempo. (Leyva Carías 73)

Es decir, se trata de una literatura que contiene ya nuevas técnicas que la enriquecen y le dan una posibilidad artística con mayor espectro. Sin embargo, no hay que perder de vista que esta novela también responde a la necesidad de denunciar una situación política y de desigualdad social. Esta necesidad de denuncia política es uno de los rasgos asociados a la literatura que algunos críticos ubican como parte del post-boom (o pospost-boom), que si bien la crítica aún no se pone de acuerdo en sus características, sí puede ayudar a definir más ampliamente la literatura de esta época. Según el seguimiento que hace Donald L. Shaw de las descripciones que los propios escritores hacen de él, el post-boom se distingue por ser una literatura en la que: hay una irrupción de escritoras mujeres, al contrario del boom que fue un movimiento en casi toda su totalidad masculino; una vuelta al realismo, aunque no un realismo ingenuo; la representación de la cotidianeidad en el ambiente urbano; el lenguaje sencillo, incluso coloquial (Shaw 259-276).

En los años que abarcan los décadas de los ochenta y noventa surgió un gran número de escritoras que reclamaban un lugar en el espacio editorial y que las ubican dentro del posboom, las más conocidas son, entre otras, Isabel Allende (Chile), Ángeles Mastreta (México), Rosa Montero (España), Marcela Serrano (Chile), Cristina Peri Rosi

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(Argentina), etc. Junto a esta “explosión” que ha estado marcada por el éxito editorial, se polemiza también alrededor tanto de si se trata de literatura “feminista” o “femenina”, como de si estamos frente a literatura de menor calidad gracias a que algunas de ellas parecen emular las técnicas del “boom”, como el caso de La casa de los espíritus de Isabel Allende; otra de las causas de esta discusión radica en las técnicas

narrativas que pueden parecer de fácil consumo.

Sin embargo, uno de los rasgos importantes de esta literatura escrita por mujeres está en su constitución, es decir, se trata de una narrativa que desde su concepción remite a la búsqueda de una identidad propia femenina, distinta a la que se le ha dado históricamente, y un posicionamiento en el mundo literario:

En las escritoras de mediados del siglo veinte surge un tipo de literatura en la que se encuentra una preocupación explícita hacia la situación de la mujer y, en su mayoría, asumen una posición de compromiso en el discurso literario, al manifestarse el cuestionamiento de la concepción tradicional de la feminidad […] Las escritoras nacidas entre 1940 y 1960 son las que dan un paso adelante; no se quedan en el cuestionamiento, proponen nuevas construcciones identitarias. (Meza 31)

Las escritoras mismas han reflexionado en torno a su posición como mujeres dentro de la literatura, intentando explicar cuáles son sus acercamientos al lenguaje literario, a partir desde dónde construyen su propia voz: “Muchas escritoras hemos salido a buscar de manera consciente, como espeleólogas que somos, como dianas cazadoras, ese decir que se iría refinando a lo largo de años de develación. A sabiendas o no fuimos configurándolo y sacándole el mejor lustre posible, cada una con su propio

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estilo, en busca de la respiración propia.” (Valenzuela 23). La voz de las mujeres se enfrenta a siglos de dominación masculina del lenguaje, en el que no tenía cabida la voz femenina. En consecuencia, para crear una voz propia es necesario rehacer, resignificar, reformar: “Construir no partiendo de la nada, que sería más fácil, sino transgrediendo las barreras, rompiendo los cánones en busca de esa voz propia contra la cual nada pueden ni el jabón ni la sal gema, ni el miedo a la castración, ni el llanto” (Valenzuela 41). Ahora bien, según estas renombradas escritoras latinoamericanas, ser mujer las eleva a una posición privilegiada debido a que tienen una visión múltiple, en palabras de Nélida Piñon: “Entonces, creo que el hecho de ser mujer me permite con naturalidad navegar por un ser masculino y un ser femenino. No puedo renunciar a los dos géneros porque pienso que sería un empobrecimiento de la literatura, y en cambio trato siempre de imaginar un ser múltiple, proteico, capaz de asumir todas las formas físicas o ser todos los géneros” (Piñon 55). El resultado sería entonces, una síntesis en la que la experiencia literaria se ve potencialmente enriquecida, al moverse entre ambas visiones: la masculina y la femenina; lo que conduce a una especie de síntesis de la que resulta una voz propia, original.

Esta nueva figura, la mujer escritora, reclamó su derecho a tocar los temas que le había negado el patriarcado, como la sexualidad o la política, en el caso de Belli, esto causó revuelo cuando en 1970 publicó su primer poemario, Sobre la grama, al respecto ella apunta en su biografía: “Que una mujer celebrara su sexo no era común en 1970. Mi lenguaje subvertía el orden de las cosas. De objeto, la mujer pasaba a sujeto […] La polémica no me detendría. Al contrario. La reacción de lo más conservador de la sociedad me hizo percatarme de que, sin proponérmelo, había encontrado otra vía para

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la subversión” (Belli El país bajo mi piel 67). Así es como la mujer en Latinoamérica comienza a construir un nuevo lenguaje a tono con su experiencia propia, reconstruye su imagen y su feminidad.

En el caso específico de Centroamérica, las escritoras son incapaces de mantenerse al margen de los cambios políticos que estaban ocurriendo países, por lo que introducen estos temas en su literatura:

la narrativa de tema guerrillero y de la guerra, la nueva narrativa histórica y la narrativa que tiene como objetivo la reflexión alrededor de la identidad femenina y/o de género. Cabe aclarar que, frecuentemente, la temática de la identidad cruza las fronteras de las otras, sobre todo cuando el objetivo es rescatar el protagonismo de la mujer en los procesos históricos o en las luchas guerrilleras (Meza 82)

Es decir, esta es una literatura en la que la idea principal es reconstruir la imagen e identidad de la mujer, no solamente en los ámbitos domésticos, sino en los políticos, sociales y culturales.

Para llegar pues, a una interpretación coherente y completa de un texto, es necesario tomar en cuenta varios factores que en definitiva se entrecruzan y complementan. En el caso de la narrativa de Belli, los factores que más influyen tienen que ver con el contexto social y literario a saber, la revolución y los procesos literarios. Todo esto incide en la escritura de Belli y se cruza con el tema que dio pie a su literatura y, por lo tanto, a este análisis.

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CAPÍTULO 2. EL UTOPISMO SOCIAL

Más que nunca estoy convencida que en la capacidad de imaginar lo imposible estriba la grandeza, la única salvación de nuestra especie. (Belli Waslala 287)

En Centroamérica, la situación política y económica ha marcado profundamente sus artes, pues sus productores plasman en sus obras esta experiencia. Nicaragua, El Salvador y Guatemala estuvieron inmersos en la represión dictatorial que dio como resultado la formación de grupos que, después de años de trabajo, se convirtieron en fuerzas revolucionarias. Las guerras civiles influyeron de manera definitiva en los escritores de la región, pues constituyeron una fuente privilegiada en la construcción de la identidad. Héctor Miguel Leyva Carías en su tesis doctoral revisa la narrativa cuyo tema está centrado en las revoluciones centroamericanas, ya no tanto en la denuncia como en las acciones armadas, producto por supuesto, de estos movimientos que marcaron a los nuevos escritores, quienes con frecuencia formaron parte activa de estos movimientos (Leyva Carías, 70-71). Este autor, separa en tres grupos principales esta narrativa: novela de guerrilleros, narrativa testimonial y novelas disidentes. La literatura de esta época tiene entonces mucho que ver con los acontecimientos sociales, pues es imposible separarla de su época.

Las novelas de Belli, por lo menos dos de ellas, tienen como tema principal los problemas sociales que azotaron a Nicaragua durante la década de los setenta, en La mujer habitada la trama transcurre en y por la revolución –por esto algunos estudiosos

como Consuelo Meza la ubican como novela testimonial-, mientras que en Waslala. Memorial del futuro, los problemas en el futuro, derivan de la no solución a los

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problemas actuales. Por esto, me parece pertinente presentar un breve resumen de la historia de la revolución sandinista en Nicaragua. En 1937 comienza la dictadura de la familia Somoza, siendo Anastasio el primer dictador, después de matar a Augusto C. Sandino –fundador de una guerrilla que se oponía a la intervención estadounidense en el país- y de derrocar al presidente en turno. Se alía con Estados Unidos y gobierna duramente. Después de su asesinato sube al poder Luis Somoza, quien muere en 1967 y le deja el poder a Anastasio Somoza Debayle quien gobernará hasta 1979.

En 1961 se funda el Frente Sandinista de Liberación Nacional, grupo armado que pelea con la estrategia de guerra de guerrillas y bajo el ideal socialista, con el cual se inicia la revolución que finalmente derroca a Somoza en 1979 y asume el control del país. Esta guerra estuvo apoyada por países socialistas como Cuba y Vietnam, quienes además se oponían fuertemente al imperialismo de Estados Unidos.

Este movimiento estuvo integrado también por intelectuales quienes se unieron a él activamente, desde el frente de lucha, desde el extranjero promoviendo y consiguiendo apoyo para el movimiento y, por supuesto, desde las letras. La filosofía que guía a los líderes de este movimiento: Sylvio Mayorga, Tomás Borge y Carlos Fonseca principalmente, está fundamentada, en palabras del mismo Tomás Borge en el marxismo: “Aunque se levantaba la bandera antiimperialista y de emancipación de las clases explotadas, se vaciló en presentar una ideología claramente marxista-leninista… bastaba únicamente que transcurriera cierto tiempo para que la juventud y el pueblo de Nicaragua comenzara a distinguir entre los falsos marxistas y los verdaderos marxistas” (Arias 31). Los objetivos eran entonces principalmente tres: derrocar la dictadura, defender a las clases explotadas y, el derecho a ejercer el propio gobierno libremente sin

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la intervención de potencias extranjeras como los Estados Unidos, que desde principios del siglo había manipulado la dictadura de los Somoza: “Toda esa parafernalia aprendimos a identificarla bajo el nombre genérico de imperialismo, una denominación bárbara y por lo tanto ofensiva para el gusto occidental, pero que no fue nunca una proposición retórica…” (Ramírez 163).

El FSLN comienza la lucha para derrocar al dictador e instaurar un gobierno libre e independiente, o por lo menos, éstas eran las intenciones: “-Eliminar la dictadura es sólo un paso para lograr lo que queremos. Un paso crucial claro, pero de nada serviría si seguimos en la misma situación. Por eso no es un cambio de personas lo que queremos –me decía Martín-. Es un cambio de sistema” (Belli El país bajo mi piel 74). Parte importante de esta revolución fue el derecho a la libertad, es decir, el derecho a gobernar libremente y bajo un régimen que no necesariamente siguiera los modelos imperantes, como el capitalismo o el mismo comunismo. Impedir el imperialismo estadounidense fue uno de los puntos que estaban en la agenda de estos nuevos políticos nicaragüenses, y uno de los asuntos por los que tuvieron que luchar arduamente.

La guerra no fue fácil, se trató de un proceso en el que el costo humano fue altísimo. La dictadura usó como estrategia el terror y la persecución, muchos de los participantes del movimiento lo hacían desde la clandestinidad, pues no eran raras las torturas y los asesinatos bajo la máscara de la defensa del país. Las crueldades y las desigualdades causadas por la dictadura dieron lugar a que varios escritores se involucraran y escribieran obras comprometidas en las que se dibujaba el miedo y las pérdidas humanas.

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Los movimientos revolucionarios siempre implican cambios que, se supone, deben ser desde raíz, éstos tienen como base fundamental la esperanza de un futuro en el que los cambios que se realicen incidan en una mejoría social, económica y política. Sergio Ramírez habla de la utopía que representa la revolución en la política:

Creo que la política tiene mucho que ver con la imaginación. Hablo de la dimensión de la utopía que es la del político revolucionario. Por un lado está la recepción de la utopía, que es, de alguna manera, la imaginación, la idea del futuro; y por otra, la organización de la utopía, que es lo real. La idea de la utopía es fantástica, pero un revolucionario que no está ligado a la fantasía, es decir, a la utopía, no está ligado a la voluntad de cambio. (Ramírez 22)

Como es de esperarse, todo movimiento político que resulta tan definitivo en la historia de un país, marca todos los ámbitos de la vida, las consecuencias van desde el imaginario hasta las esferas ideológicas y, por supuesto, la vida cotidiana. Las miradas también sobre el hecho son, y deben ser, varias, los ángulos desde los cuales se puede abordar son casi infinitos. La literatura se convierte en el medio perfecto para dibujar los matices, las luces y las sombras, siempre por supuesto, en diálogo con la historia, la política y la literatura misma. Una de esas perspectivas, la de la versión escrita por quienes estaban comprometidos con el movimiento son quienes idealizan el pensamiento que dio origen a la revolución, para lo cual los personajes son héroes que luchan y mueren en pos de que la utopía de un país mejor, y libre de represión, sea posible.

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2.1. LA MUJER HABITADA

El marco temático de la novela es el movimiento revolucionario y el desarrollo en los personajes está mediado por este movimiento, así como las relaciones temporales se encuentran determinadas por este tópico.

La mujer habitada se organiza en pares de igualdad temática y de contraste, así

tenemos las oposiciones: Pasado - Presente Itzá – Lavinia Yarince – Felipe Lavinia – Sara Riqueza - Pobreza.

Estas unidades binarias definen la estructura de la novela. La dicotomía pasado presente es fundamental en el desarrollo de la obra. En el pasado tenemos la historia de la guerra de conquista, más específicamente, de la resistencia de los nativos contra los invasores españoles. En este contexto se desarrolla la historia de amor, de resistencia física y emocional de Itzá y Yarince, esto es, el rumbo que tomarán sus vidas y su muerte se definirán bajo este acontecimiento. En el presente de la novela (la primera mitad de la década del setenta), la historia es la de Felipe y Lavinia, cuyo suceso que les marca la vida es la guerra de guerrillas para también destituir a quien podría considerársele un invasor, es decir, al dictador. La situación revolucionaria une ambos tiempos pues las circunstancias que viven los personajes del pasado y del presente son paralelas. Los dos tiempos están unidos en la historia por el personaje de Itzá, quien renace en un árbol de naranja que se encuentra justo en el patio de la casa de Lavinia.

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Cuando ésta toma el jugo de sus naranjas, Itzá logra entrar en su conciencia para guiarle e infundirle valor para entrar en la lucha, valiéndose de sus instintos, sueños y de la herencia sanguínea prehispánica.

Los personajes protagonistas de La mujer habitada adquieren otra dimensión en el momento en el que se configuran como héroes de sus respectivas luchas. Es decir, los cuatro se convierten, más que en guerrilleros, en guerreros que superan obstáculos, e incluso la muerte por encontrar la libertad de su pueblo. Sin embargo, la lucha no deja de ser utópica gracias a que pareciera que desde el principio está condenada al fracaso, por lo menos en el caso de la época de conquista lo sabemos de seguro. Estos guerreros (o héroes, según la denominación occidental que hace Campbell en la caracterización de los mitos) son los ‘Quijotes’ que buscarán la realización de la utopía.

Si bien no es completamente válido comparar la “realidad” con una obra de ficción, es cierto, sin embargo, como dije al principio que la obra de arte está implicada en la vida social en constante diálogo. En el proceso histórico social real de la revolución surgieron figuras como la de la guerrillera, que se quedaron impresos en el imaginario de la comunidad: “En el carnaval del toro-venado del 79, con el alba de la victoria revolucionaria apareció en el desfile un personaje que nadie había visto antes: ‘La guerrillera’” (Palma 279). Esta figura se vuelve emblemática para el desarrollo de esta nueva sociedad. Así pues, en la novela vemos a tres mujeres guerrilleras (Itzá en el pasado, Lavinia y Flor en el presente). Figura que está por demás decir que se encuentra idealizada en cuanto a que forma parte activa del movimiento con un papel decisivo dentro de la historia contada.

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Lavinia, la protagonista del tiempo presente, despierta su conciencia gracias a que conoce a Felipe, quien ya es miembro activo del movimiento y quien, sin quererlo la involucra con la guerrilla pues así es como conoce a quienes la instruyen y juramentan. El proceso se da en los siguientes términos: Lavinia, arquitecta descendiente de familia burguesa acomodada, vive su vida alejada de los problemas sociales, hasta que un día recibe la “llamada a la aventura” gracias al ataque que recibe Sebastián, compañero y miembro activo del FSLN. Lavinia se ve obligada a recibirlo porque Felipe, pareja de Lavinia, lo lleva a casa de Lavinia para que se recupere pues ambos consideran que su casa es segura. Es en este momento en el que ella toma conciencia real de lo que está sucediendo en el país, ya no se trata de una nota en el noticiero, ni de una situación lejana que no la alcanzará gracias a su condición burguesa, es la realidad quien la golpea.

En el pasado lejano, Itzá decidió unirse a la resistencia contra los españoles. La diferencia entre Itzá y Lavinia es que la primera no sufre de las dudas de la que es víctima la segunda, gracias a esto es que el pasado es capaz de influir en el presente, lo que convierte a Itzá en un ejemplo de valentía a seguir. Es decir, Lavinia debe vivir un proceso de reflexión para decidirse a participar en el movimiento. Sin embargo, ella cuenta con una ayuda extra: la presencia en el naranjo de Itzá, quien se convertirá en una especie de ayuda sobrenatural para tomar la decisión que cambiará su vida. Poco a poco, pasa de pensar que se encontraba frente a “Quijotes” para convertirse en uno de ellos al formar parte activa del movimiento. Las reflexiones de Lavinia abundan en la obra, se manifiestan en pensamientos en los que ella sopesa la situación del país y mide las consecuencias que traería el que ella se una o no al movimiento:

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¿Y hasta cuando deliberaría consigo misma?, se preguntó Lavinia. Sería mejor aceptar de una vez que no podía dejar que el romanticismo la envolviera. […] Era lógico que la atrayera [sic] la idea de imaginarse <compañera>, verse envuelta en conspiraciones, heroína romántica de alguna novela; verse envuelta por esos seres de miradas transparentes y profundas, serenidad de árboles. Pero nada tenía eso que ver con la realidad, con su realidad de niña rica, arquitecta de lujo con pretensiones de independencia y de cuarto propio Virginia Woolf. (LMH 142-143)

Sin duda, esto tiene que ver con la ideología que la autora quiere denotar, o sea, a través de todas estas digresiones, construye la imagen heroica de quienes se unen a la revolución, independientemente de si se trata de mujeres burguesas, -aunque claro que esto le da más valía a las acciones de Lavinia-, quien poco a poco, se convierte en heroína y/o guerrera de esta historia. El movimiento entonces se idealiza, o por lo menos, a quienes lucharon a favor de derrocar al dictador.

Después de una amplia preparación tanto en el significado del movimiento, como en las precauciones a tomar, Lavinia es iniciada (Campbell) por Flor, quien le toma el juramento. La iniciación marcará el compromiso de Lavinia y su incursión en las actividades del ejército; el juramento representaba la responsabilidad y a la vez servía de inspiración y de incentivo para no cejar en la lucha, este es el testimonio de la misma Belli, quien participó en el movimiento y también fue iniciada en el mismo: “<<Juro ante la patria y ante la historia>>, decía ella y yo repetía sus palabras. El juramento era muy retórico, pero hermoso, con palabras grandilocuentes y heroicas.

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Uno se comprometía con la causa de la libertad, juraba luchar por el pueblo hasta el último aliento” (Belli El país bajo mi piel 75-76). Respetar estos juramentos ‘hasta el último aliento’ le da, a los participantes del movimiento, el carácter de héroes revolucionarios –que bien sabemos pueden llegar a convertirse en grandes mitos históricos-, quienes lucharon porque la utopía dejara de serlo y se convirtiera en realidad, independientemente de los resultados reales. Por lo tanto, es importantísimo el rito iniciático en este tipo de revoluciones, pues marca a los participantes y los compromete con la causa al tiempo que los provee de cierto estatus de héroes.

La tarea del héroe consiste en liberar a la sociedad de la opresión del tirano, es ésta la tarea de la revolución que sucede en La mujer habitada. Con la caída del tirano, se restaurará la justicia y la igualdad en el país, los encargados de hacer cumplir el cometido son los héroes protagonistas de esta historia: Itzá y Yarince en el pasado; Lavinia y Felipe en el presente. En palabras de Joseph Campbell: “Lo que es más: surgen los tiranos humanos, que usurpan los bienes de sus vecinos y son causa de que la miseria se extienda. Éstos también deben ser suprimidos. Los hechos elementales del héroe consisten en limpiar el campo” (Campbell 300). Una vez lograda la misión, el orden se restaurará y ellos habrán cumplido su tarea heroica, se habrán convertido en guerreros.

En el caso de Felipe-Yarince, ambos son guerreros con toda la carga histórica y simbólica que posee la palabra. Estos dos personajes se caracterizan por la valentía con la que enfrentan la lucha, aunque claro, siempre con un matiz de machismo que caracteriza a los hombres en la historia de Latinoamérica. Su función en la guerra es

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parecida en ambos tiempos, sólo que no se detalla en la novela cómo es que se incorporaron en sus respectivas luchas.

La revolución aparece también idealizada. Se convierte en la única posibilidad de generar el cambio: “--Así nos pasa a nosotros –dijo Sebastián con expresión triste--. No tenemos más alternativa” (LMH 105). En términos sociológicos lo podríamos explicar como lo hace Julio Barreiro: “La violencia estructural alcanzó un grado tan formidable de desarrollo en la sociedad actual, que la única respuesta posible –la única esperanza posible de liberación- está representada por la violencia revolucionaria, o sea, la contraviolencia”7 (Barreiro 169). Esta revolución entonces, configurada como única salida, debe encontrar maneras de legitimarse -el arte es una de esas formas-.

En el caso de esta obra, si bien no se ven completamente los actos violentos del dictador, sí se muestran otros aspectos como la desigualdad social: “A través de las puertas vio los interiores pequeños e insalubres de las viviendas de una sola habitación. En ese pequeño recinto, vivían familias de hasta seis o siete miembros; hacinadas. Con frecuencia los padres violaban a las hijas adolescentes bajo los estragos del alcohol” (LMH 192). Las pérdidas que sufren quienes están en el movimiento, generalmente jóvenes acusados de terrorismo: “¿Cuál sería Fermín?, pensó mirando los cadáveres: dos hombres y una mujer, jóvenes, destrozados; sangre y agujeros por todas partes; la fotografía de la casa llena de boquetes” (LMH 93). En el tiempo pasado no es tan necesaria la legitimación de la lucha contra el invasor, no obstante, no deja de describir lo sanguinario de los españoles: “Tantas que terminaron tristes esqueletos, sirvientas en las cocinas, o decapitadas cuando se rendían de caminar o en aquellos barcos que

7 Las cursivas son del original.

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zarpaban a construir ciudades lejanas llevándose a nuestros hombres y a ellas para el descargue de los marineros” (LMH 84). La pobreza y la ignorancia en la que se encuentra el pueblo gracias a la dictadura es otro de los discursos que se utilizan para justificar la guerra: “Lavinia trató de que no la abrumara la visión de las mujeres con las caras tensas, el llanto de Lucrecia arrebujada entre las sábanas, la ignorancia, el temor, el cuarto sin ventilación, el olor a alcanfor, la niña asomando la cara asustada por la cortina” (LMH 195). El contraste riqueza-pobreza, en el que constantemente transita la novela, funciona también para evidenciar lo necesario del movimiento, para hacer ver que éste es el único camino para terminar con el mundo de injusticia y opresión en que los tiene sumergidos la dictadura.

Finalmente, Lavinia muere en el asalto al General Vela casi de la misma manera que Itzá en el pasado. Es decir, Itzá y Yarince mueren en el cumplimiento de su tarea como héroes guerreros, en medio de la batalla en contra de los invasores y tiranos españoles; de la misma manera Lavinia, después de haber construido la casa del gran General, ayuda en la toma de la casa y lo mata.

La revolución, principalmente en el tiempo presente, se fundamenta en la idea de lograr un cambio que lleve a la mejoría social, económica y cultural. Esto es, el movimiento revolucionario se da y se legitima bajo el signo de un futuro que mejoraría las condiciones de vida de los habitantes del país, o sea, bajo el signo de la utopía aún cuando en la obra el final sea desconsolador ya que termina en la muerte de ambos protagonistas –incluso Yarince e Itzá mueren en la guerra-, ya que se sabe que el movimiento no termina con ellos. Sin embargo, en la escena final, las conciencias de Itzá y Lavinia se funden dándole más realce a la utopía al unirse la fuerza y bravura de

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la sangre indígena y la mestiza, esta es la voz de Itzá narrando el momento de la muerte de Lavinia:

La sangre de ella se congeló. Sentí las imágenes apretujarse. Imágenes brillantes y opacas, recuerdos viejos y presentes. […] Yo no dudé. Me abalancé en su sangre atropellando los corceles de un instante eterno. Grité desde todas sus esquinas, ululé como viento arrastrando el segundo de vacilación, apretando sus dedos, mis dedos contra aquel metal que vomitaba fuego. (LMH 456)

La unión de los dos planos temporales, se da por fin, en la última escena de la novela, en la que los espíritus de Lavinia e Itzá se alimentan mutuamente para asumir su destino y reconciliarse con él. Es decir, el espíritu de lucha no ha decaído a pesar de los siglos de dominación, primero española y ahora estadounidense. Ahora, a pesar de lo sombrío del panorama hay esperanza, esto es, la utopía aún es posible:

La luz está encendida. Nadie podrá apagarla. Nadie apagará el sonido de los tambores batientes.

[…]

Pronto veremos el día colmado de la felicidad.

Los barcos de los conquistadores alejándose para siempre. […]

Serán nuestros el oro y las plumas, el cacao y el mango,

la esencia de los sancuajoches.

Nadie que ama muere jamás. (LMH 458)

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El utopismo se encuentra en las bases mismas de la revolución sandinista, es imposible pensar en ella sin el anhelo de una sociedad mejor. Sin embargo, para legitimar el movimiento, es necesario que tenga sentido humano que lo justifique. La utopía lo logra, pues es este sentimiento de esperanza lo que motiva al ser humano a buscar que se haga realidad. En La mujer habitada Gioconda Belli, intenta narrar una historia en la que los seres humanos se comprometen, se convierten en héroes guerreros que dan sus vidas por derribar al tirano que tiene oprimido a su pueblo. Es decir, desde la configuración de los personajes se delinea la justificación de la lucha y, además, se le da un sentido humano. La utopía está implícita en esta novela como parte fundamental de su estructura, de su ideación.

2.2 WASLALA.MEMORIAL DEL FUTURO

Waslala se configura como una ciudad utópica, por lo menos en la planeación de ésta, pues en ese sentido cumple con algunas de las condiciones que requiere una utopía al modo de la de Tomás Moro. Planeada por los intelectuales, más específicamente, por poetas quienes anhelaban fundar un lugar que se pudiera convertir en ejemplo de civilización.

Una de las características esenciales de la literatura utópica tiene que ver con la crítica de la sociedad en la que se vive. Waslala. Memorial del futuro, no es la excepción, situada en el futuro, la ideación de la ciudad surge en medio de grandes crisis que azotan este país. La visión de este futuro es profundamente desoladora, todavía están los grandes problemas sociales y económicos de la actualidad, pero acrecentados al máximo, es fácil pensar que se trata del mismo país de La mujer

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habitada y Sofía de los presagios de no resolverse los problemas que lo aquejan en estas

dos novelas.

En un contexto de extrema corrupción y pobreza es que un grupo de poetas decide fundar una comunidad que pueda reproducirse y ser ejemplo de sociedad para el país y para el mundo: “Un golpe de estado, una nueva guerra, nos cayó encima. La represión que se desató fue feroz. Intuimos que al romperse el orden establecido se crearía la oportunidad, física y síquica, para que unos cuantos –sin otra salida- se animaran a ser parte de nuestro proyecto de innovación” (W 53). Es solamente bajo esta situación de represión social y de profunda desesperación que surgen ideas como la de crear una comunidad con características utópicas8. Entonces, la ubicación de la novela

en este futuro se configura también como una crítica feroz a los problemas actuales, ya que se trata de los mismos, sólo que magnificados, llevados a una de sus peores consecuencias, es por esto que es importante anotar que al parecer no solamente se trata de una crítica a la sociedad, sino que también pareciera una advertencia sobre lo que pudiera llegar a convertirse Centroamérica de seguir con el ritmo que se lleva. Es decir, al situar el tiempo de la narración en un futuro, se permite exagerar asuntos como la tecnologización de la vida diaria y, por lo tanto la necesidad urgente de crear una sociedad que rompa y/o mejore las condiciones de vida humanas, mientras que también admite pensar que en el futuro los países latinoamericanos están, de seguir por este mismo rumbo, condenados a ser el depósito de los desechos de las grandes potencias

8En cuanto a los motivos para la formación de una comunidad utópica, es muy clara la

referencia a la comunidad dirigida por Ernesto Cardenal en una de las islas de Solentiname en Nicaragua. Además, el personaje de la novela que sugiere el lugar de fundación y el nombre, Waslala, de la comunidad utópica se llama Ernesto en una clara alusión al mismo poeta.

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imperialistas (hay que pensar en el episodio en el que Engracia y sus muchachos se contaminan de Cesio .137, un elemento radioactivo que se utiliza hoy para dar radiación a los enfermos de cáncer, en la novela, éste se erradicó gracias a la terapia genética, pero entonces llega a Faguas como basura).

Este contexto sirve también para alimentar la leyenda de Waslala, porque si bien, se trata de una situación social real (es decir, finalmente sí es un lugar real, aunque no llegó a tener el éxito que sus fundadores esperaban), se convierte con el paso del tiempo en un mito que sirve para mantener viva la esperanza de una vida social mejor que la ya existente:

Para ella lo más importante era comprobar que, por razones que la lógica no podía explicar, cada quien pensaba que sólo el descubrimiento de Waslala redimiría a Faguas de su maldición bélica y les permitiría dedicar su heroísmo a una causa honorable […] O quizás, como pensara Joaquín, era tan sólo el recurso colectivo final, agotadas todas las otras ilusiones. Era un juego de espejismos de que nadie en Faguas escapaba. (W 175)

De esta manera, al estar el país en constante crisis, Waslala se convierte en una especie de isla de salvación para los habitantes, por lo que ellos mismos se convierten en portadores y reproductores de la leyenda de la ciudad mítica.

Waslala se alimenta de mitos que surgen alrededor de ella, claro que también por su cualidad de encontrarse en una ranura espacio-temporal. Esta mitología –como en las dos novelas anteriores- deriva de dos tradiciones específicas: la occidental y la nativa, de tal manera que a Waslala se la llevan los ceibos: “Waslala había desaparecido.

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“Fueron los ceibos -me dijo- los ceibos se la llevaron”. En su mitología, que proviene de raíces mayas y aztecas, la ceiba es un árbol sagrado, el árbol que sostiene el mundo; si desaparece la ceiba, el mundo que sostiene, desaparece con ella” (W 57); y es un pedazo de paraíso terrenal: “El arroyo de Waslala era para mí el Tigris y el Éufrates del paraíso terrenal” (W 54-55). El nombre mismo de la comunidad tiene su origen en la mitología nativa: “No sé si sabrán que Waslala significa <<río de aguas doradas>> en el idioma de las tribus Caribes. Según las leyendas de por aquí, el río existió pero un día se levantó, se transformó en una serpiente alada y salió volando” (W 299). Esta condición, la de estar construida bajo dos tradiciones culturales, permite que se sitúe en una de las dos proyecciones que pueden caracterizar una utopía: el regreso al mito del paraíso terrenal.

Una utopía se define como la planeación de una sociedad mejor ya sea en el pasado, en la Edad de Oro -el paraíso terrenal-, o hacia el futuro9. Se toman las cualidades que se piensa hacían de tales sociedades un ejemplo a seguir, en el caso de Latinoamérica, están por ejemplo, las civilizaciones maya y azteca idealizadas. Si bien, en Waslala no es el caso exactamente, no hay que olvidar que se trata de una sociedad planeada y ejecutada por poetas. Los que le dan la cualidad de paraíso terrenal o de mito son primero, quienes viven en el mundo “real” destrozado y, después, quienes se quedaron en Waslala y comprendieron el papel esperanzador en que se convirtió la leyenda de esa ciudad ideal que encarnaba los anhelos de paz: “No sé quien sugirió, en una de nuestras asambleas, que alimentáramos la fantasía de Waslala. Quizás esa era nuestra misión, se dijo, hacer existir la quimera” (W 325). De esta manera los habitantes

9Véase el apartado sobre el utopismo en primer capítulo de este trabajo.

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