AS,
ANGUST
AS Y
TERRORES
"Interrogarme sobre el miedo en mi infancia es abrir un territorio verti- ginoso y cruel que vanamente he tratado de olvidar (todo adulto es hipó- crita frente a ana parte de su niñez), pero que vuelve en las pesadillas de la noche y en esas otras pesadillas que he ido escribiendo bajo la forma de cuentos fantásticos.
En todo caso, creo que un mundo sin miedo se& un mundo demasiado seguro de ssz' mismo, demasiado mecánico. Descon90 de los que aBrman no haber tenido nunca miedo; o mienten, o son robots disimulados, y hay que ver el miedo que me dan a mi los robots."
Julio Cortázarl
El sufrimiento psíquico en los niños Beatrizlanin
Los niños se angustian, y mucho, desde muy pequefios. La angustia es uno de los afectos más tempranos y no hay nadie que no la haya sentido. Y los miedos son también, como dice Cortázar, propios del ser humano. Los temores infantiles tienen poco que ver con la racionalidad adulta. Muchas veces son temores que no remiten a nada "peligroso" desde el principio de realidad. Justamente, el mismo niño que puede decir que los autos no lo pueden pisar, p~iede aterrarse frente a una hormiga, a la que le atribuye poderes especiales. Así, en el Hombre de los Lobos, el lobo temido era el de una lámina de un libro y los temores a los que alude Cortázar vinieron de la mano de sus lecturas y "el vórtice del pavor fue siempre la manifestación de lo sobrenatzmitl, de lo que no puede tocar-
se ni oirse rsezi verse con los sentidos usuales y qíxe se precipita sobre la victi- nza desde íxna dimensión fueva de toda ló~ica~' (J. Cortázar, 2009, 210). LOS temores a monstruos, a fantasmas, o a un objeto cotidiano viven- ciado como portador de poderes ocultos, muestran el hncionamiento psíquico infantil. Así, una niña de cuatro años que no temía treparse a un árbol alto y que no se inmutaba frente a los gritos de su madre, se paralizó en el consultorio, aterrorizada frente a un muñeco con forma de dinosaurio.
Podemos diferenciar miedos, terrores y angustias.
Así, definimos al terror del modo en que Freud define al pánico: el estallido interno que se produce cuando el "organizador" (el yo) se quie- bra. En el caso de los niños pequeños, alude a la irrupción piilsional des- medida cuando no hay otro que contenga, la pérdida de los bordes, la explosión de la incipiente representación de sí. El afecto irrumpe sin que nadie pueda devolver una representación unificada, Lin sostén. En térmi- nos de la angustia lo podemos pensar como el desborde angustioso, efec- to del fracaso de las defensas, o como la angustia automática que apare- ce cuando la angustia señal no ha podido generar los movimientos defen- sivos necesarios. Pero podemos pensar también que el estado de terror, de pánico, es propio de los primeros tiempos de la vida, en los que la angustia señal no puede ponerse en juego.
Fobias, angustias y terrores en la infancia
de angustia, en un momento en el que no hay una organización que pueda sostener la angustia-señal.
En I~zhibición, sintoma y angustia, Freud afirma: "Los primeros - ~ z u y intensos- estallidos de anngstia se producen antes de la diferenciación del superyó. Es enteelpafizente verosiynil que factores cuantitativos como la inten- sidad hipertrófica de la excitación y la ruptura de la protección antiesti- mulo constituyan las ocasiones inmediatas de las represiones primordialess"
(Freud, 1926, 90).
Y continúa más adelante: "En la primera infancia) no se está de hecho
pertrechado para dominar psiquicawen tegrandes sumas de excitación que lleguen de adentro o de afuera" (Freud, 1926, 138).
El dominio de esa excitación requiere todavía de otro, pero el niño aún no lo sabe. Más adelante (y esta es una adquisición fundamental) liga SLI bienestar a la presencia de otro y diferencia a aquellos conocidos de los extraños. El peligro, entonces, pasa a ser la pérdida del amor del otro.
Estos terrores tempranos, si bien hablan de estados de fragmentación, de pánico, no desembocan habitualmente en crisis psicóticas. Los niños se aterran y tienen vivencias de aniquilamiento en una época en la que la articulación de las zonas erógenas es incipiente y la representación de sí es muy lábil, sin que esto esté hablando de una predisposición a la psico- sis. Sí, cuando lo que insiste en un niño son estados de terror a lo largo de los años, podemos encontrar en supuestas "fobias" las señales de fun- cionamientos psicóticos. Allí, más que la fobia, son situaciones desorga- nizantes las que predominan.
. .
En la Conferencia 32, Freud afirma: "a cada edad del desarrollo le corresponde una determinada condición de angustia y por tanto una situa- ción de peligro) como la adecuada a ella. El peligro del desvalimiento psi- quico conviene al estadio de la temprana inmadurez del yo; el peligro de la pérdida de objeto (de amor) a la heteronomia de la primera infancia; el peligro de la castración, a la fase fálica; y, por hltimo, la angustia ante el superyó, angustia que cobra una posición particular, al periodo de latencia. A medida que avanza el desarrollo, las antiguas condiciones de angivstia
El sufrimiento psíquico en los niños Beatrizjanin
Me parece importante remarcar que estas condiciones de angustias se abandonan "de manera sólo muy incompleta", por lo que suelen persis- tir a lo largo de la vida.
A la vez, la angustia ante el primer tipo de peligro, el desvalimiento psí- quico, es siempre desbordante, con las características del terror, y sólo puede calmarse a partir de la contención de otro que registre ese estado. Así, en la Conferencia 25, Freud dice que "el hombre se proteae del horror mediante la anaustia" (Freud, 1917, 360). Acá está hablando de
la angustia-señal, imposible de ser implementada en los primeros tiempos de la vida. Quizás sean los adultos los que deban prevenir y filtrar los excesos desorganizantes para el niño. Y tampoco podrán hacerlo siempre. El miedo implica ya una direccionalidad, en el sentido de que se ha recortado un objeto; la angustia se ha ligado a una representación.
Y Freud insiste en que lo que define a la fobia es el desplazamiento. En Juanito, el desplazamiento del padre al caballo. Al hablar de la fobia de Juanito, Freud afirma: ''Lo que la convierte en neurosis es3 lnica y exclusi- vamente, otro rago: la sustitución del padre por el cahllo. Es, pues, este des- plazamiento (descentravniento) lo que se hace acreedor al nombre de sinto- ma. (.
.
.) Tal desplazamiento es posibilitado o facilitado por la circunstan- cia de que a esa tierna edad todavia están prontas a reanimarse las huellas innatas del pensamiento totemista. A l n no se ha admitido el abismo entre ser humano y animal; al menos, no se lo destaca tanto como se hará después"(Freud, 1926,99).
Podemos ver que el estado de angustia (sin objeto) se transforma en fobia a los caballos (el miedo al padre no sería una fobia). Y acá podemos hacer una distinción entre miedos y fobias (distinción que no es muy níti- da): estrictamente, la fobia se define por el desplazamiento. De ahí que podemos hablar de miedo al padre y de fobia a los caballos.
Fobias, angustias y terrores en ¡a infancia
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Para pensar el tema de las fobias, lo primero es diferenciar lo que serí- an miedos propios de la infancia (las fobias universales de los niños) del armado de fobias como síntomas neuróticos. Tal como lo han desarro- llado diversos autores, desde Spitz en adelante, las angustias tempranas son índice de avances en la estructuración subjetiva (Dio Bleichmar, Rodulfo, entre otros). Se puede decir que son señales de un progreso en la constitución del aparato psíquico, en tanto muestran el modo en que el niño puede ir registrando ciertas diferencias.
Así, hay temores que corresponden a momentos en los que el niño comienza a percibir una diferencia yo-no yo y a recortar, entre todos los seres, al objeto amado. Por ejemplo, el temor al extraño (la angustia de los ocho meses, descripta por Spitz) se manifiesta cuando en lugar del rostro materno, esperado, es otro el que aparece y el niño añosa la pre- sencia materna.
La diferencia familiar-extraño, punto clave en el armado psíquico, tam- bién puede aparecer como miedo a lo desconocido. Supone el reconoci- miento de que los seres conocidos, amados, son protectores mientras que el resto del mundo es desconocido y por ende poco confiable.
Las fobias a la oscuridad y a la soledad, en los primeros años de la vida, retrotraen también a la situación que genera la ausencia del otro. Freud da cierta explicación para estas fobias, ligándolas al temor a la pérdida del objeto amado, necesario para satisfacer tanto las pulsiones de autocon- servación como las sexuales.
S
Se podría decir que, en un principio, la oscuridad y la soledad asustan por una doble vía: no hay nadie que pueda proveer la satisfacción de la necesidad ni la realización del deseo, pero además, y esto es fundamental, el niño siente que se queda solo con- sigo mismo, con sus propios deseos, que le pueden aparecer como terro- ríficos en tanto no haya quien lo contenga.
El sufrimiento psíquico en los niños e Beatrizjanin
A veces, el mismo temor puede ir tomando formas y modos diferentes. Por ejemplo, del temor a la oscuridad equivalente a la ausencia de la madre (angustia frente a la pérdida del objeto amado), pasar al temor a la oscuridad como aparición de monstruos (ligado a la conflictiva edípi- ca) y luego al temor a la entrada de extraños en la oscuridad (como irrup-
*
ción de otro violador) durante la pre-pubertad.
I
Si todo niño pequeño se angustia cuando se va a dormir si lo dejan solo y pide que se le lea un cuento, que se le cante una canción, como modo de asegurarse la presencia del otro (que implica el reconocimiento de la propia necesidad del otro), el que esto se prolongue en el tiempo habla de una dificultad para soportar la separación. Es decir, esa misma repre- sentación que fue constitutiva, que confirmó que eran dos, se torna imposible de soportar y la separación se vive dramáticamente. Zos pro-
&resos del desa~vollo del niño, el aumento de su independencia, la división mis neta de su aparato anímico er2 varias instancias, La enzeraencia de nuevas necesidades, no pueden dejar de influir sobre el contenido de la situación de pelzgro' (Freud, 1926, 132).
Aquí Freud plantea la relación entre el objeto que provoca ang~istia y la estructuración psíquica. "Cada situación de peli8ro corresponde a cier- época de la vida" (Freud, íd., 138). 'Las fobias a la soledad, a la oscu- ridad y a los extraños, de los niños mbs pequeños, fobias que han de lla- marse casi normales, se disipan las más de las veces a poco que ellos crez- can; 'pasan', como se dice de muchas perturbaciones infantiles" (Freud,
íd., 139).
Fobias, angustias y terrores en la infancia
Si un niño no temi a nada en los primeros años de su vida, si supone
j que puede enfrentarlo todo, es como para preguntarse por qué tiene tan
poco registro de su desvalimiento y dependencia.
Considero que otras fobias se articulan habitualmente con la conflicti- va edípica, a tal punto que podríamos decir que su aparición marca tiem- pos de constitución de esta conflictiva, fundamentalmente, del Comple- jo de Castración.
Pero vamos a ver que no podemos plantear cuál es el mecanismo de producción de la fobia sin detenernos minuciosamente en los avatares libidinales de cada niño y en su historia.
En algunos casos, las fobias propias de la infancia, aquellos temores que denotan un movimiento estructurante en el psiquismo, se tornan rígidas, compulsivas, exageradas, muchas veces cuando el medio propicia esto.
Ea
fobiaa
lo extvaño
Cuando un niño entra por primera vez al consultorio y actúa como si nos conociera de toda la vida (sin signos de angustia), nos preguntamos cómo ha establecido la diferencia entre lo familiar y lo extraño y cómo ha organizado la representación de sí, diferente a la de la madre.
un modo privilegiado brindar placer y satisfacer necesidades y deseos,
-
-
- dtam bién es fundamental.
Pero el temor a lo extraño, índice de representación del otro como
Es decir, o su insistencia, puede
.-ser inducida de un modo inconsciente Dor los Dadres.
El sufrimiento psíquico en los niños Beatriz Janin
Así, el temor a lo extraño puede transformarse en angustia incoercible frente a cualquier situación nueva, e inclusive frente a situaciones tales como el cumpleaños de un compañero de jardín de infantes. Una niñita por la que consultaron porque no quería quedarse en el jardín de infan- tes, ni ir a cumpleaños, ni ir a jugar a la casa de un amigo sin su mainá, cuando tenía cuatro años, dice en una sesión a la que concurrió acompa- ñada por su papá: "Es la mamá la que le tiene miedo a los patos", en medio de un juego en el que había desplegado los animales armando un jardín zoológico. Y lo repite, frente a la mirada anonadada del padre: "la nena no tiene miedo, es la mamá la que les tiene miedo". Cuando traba- jamos con la mamá estos temas, ella se angustia mucho y, llorando, dice que tiene temor a que sus hijas crezcan, que las va a perder, que cuando ellas salen se siente muy sola. Ella supone que el tiempo pasa muy rápi- do, que pronto se van a hacer grandes y se van a ir para siempre. Simul- táneamente, en la medida en que la madre puede ir elaborando estas angustias, la niña deja de angustiarse cuando va al jardín y comienza a quedarse sola en los cumpleaños de los amigos.
(Cuántos padres refieren sus propios temores a dejar al niño en la escuela o en la casa de un airiigo? Un mundc vivido como peligroso es transmitido.
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Fobias, angustias y terrores en la infancia1
En muchos niños vemos la aparición de fobias importantes frente a la soledad, la oscuridad, la entrada al jardín de infantes, así como frente a animales pequeños, que alternan con actitudes del estilo de "yo no le tengo miedo a nada" y actitudes transgresoras. Pero considero impres- cindible pensar que tanto despotismo suele ser un modo de afrontar el terror a perder a l otro. Así, vengo pensando que muchos de estos niños están aterrados, que la separación de la madre implica para ellos un des- prendimiento insoportable, que los deja desvalidos frente a un mundo hostil. Madres vividas como todopoderosas, a las que se teme perder. Son niños que no han resuelto la situación edípica, sino que los deseos inces- niosos insisten en ellos sin caer bajo represión, que temen al padre como padre terrorífico y que frente a esto se defienden de la eliminación posi- ble (ya no es la castración lo que está en juego, sino todo su ser, si son separados de la madre). Es decir, lo que se trata de conjurar aquí es el terror (tal modo de una actuación contrafóbica?). "Yo soy el más fuer- te." Es decir, la angustia sigue aquí siendo convocada por situaciones de separación.
Una cuestión a considerar en la actualidad es que no suele haber mucho espacio psíquico para los miedos infantiles. Y es frecuente que niños que están muy asustados frente al ingreso escolar, o que se asustan cuando tienen que enfrentar situaciones nuevas, transformen el miedo en funcionamiento contrafóbico, diciendo "yo no tengo miedo" y se ubi- quen desafiantemente frente al mundo. Pero el terror al ataque de los otros se hace evidente. Y suelen atacar, por las dudas.
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El sufrimiento psíquico en los niños Beatriz janinLasfobias
a
la oscl.tív"a'dad y a la soledad
La osc~iridad es la marca de la ausencia materna, como ya hemos dicho. Y, en principio, el niño la teme por lo que implica de carencia.
Pero también puede ser la evidencia de un mundo lleno de monstruos. C~iando el armado psíquico permite la estructuración de fantasías (esos elementos mixtos que cabalgan entre Prcc e Inc y que denotan un esbo- zo de divisoria intersistémica), éstas pueden poblar la oscuridad y la sole- dad, llenar los vacíos de la ausencia. Cuando no podemos ver lo qne nos rodea, las fantasías cobran otra dimensión y c~iando estamos solos y no hay otro con quien confrontar lo que sentimos, lo familiar puede volver- se extraño y todo tornarse temible. Y para un niño, cualquier cosa es posible (y esto es importante para no intentar encontrar en los temores infantiles una suerte de "lógica" adulta, sino pensarlos desde el hncio- namiento psíquico del niíio). Si la madre no está cerca, si no puede verla, si el mundo conocido se transformó en sombras, (qué fantasmas podrán acosarlo?
U n niño dio como "su" motivo de consulta la repetición de terrores nocturnos en los que Drácula venía a atacarlo. Por sus asociaciones fhi- mos vieildo que Drácula era para él la representación de su hermanita, que mordía y chupaba (lo mordía, mordía y chupaba a la madre y se la
cc
comía", etc.) y a la que él quería eliminar, sintiendo que ella lo había relegado en el amor materno. Frente al temor a sus propios deseos (de comer, morder, chupar a la madre), exacerbados por la presencia de otro que podía permitirse satisfacer aquello que en él estaba prohibido, se pro- dujo un desplazamiento. La hermanita era maravillosa, con ella podía estar sin problemas, pero temía a Drácula, que aparecía cada noche, cuando se apagaban las luces. Estos terrores, armados al estilo de la fobia, muestran la insistencia de la represión y la angustia por su fracaso frente a la tentación que implicaba el ver a la hermana disfrutando de los pla- ceres para él vedados.
Fobias, angustias y terrores en la infancia
Pero ahora, si bien vuelven a querer dormir con los padres porque se ate- rran frente a la soledad y a la oscuridad, el contenido es otro: suelen afir- mar que a lo que temen es a los ladrones, a que alguien irrumpa (las fan- tasías de violación suelen presentificarse en estas fobias).
Considero que Juanito es mucho más que un texto sobre las fobias. Primer niño con el cual se pone en juego la teoría psicoanalítica..
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<para demostrar en él la teoría de la sexualidad infantil?, <para sellar un víncu- lo profesional entre Freud y el papá de Juanito?, <para curar a un niño de su fobia a los caballos?Juanito puede organizar sus vivencias en fantasías, pero queda atrapa- do en algunas de ellas..
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(muy diferente a los niños que no pueden cons- truir fantasías y actúan con dificultades para armar un mundo simbólico).'59s verdad que cuando se encoleriza tiene la cost~nzbre de hacer h r d l o con lospies, o sea, de dar patadas en el piso2-' (Freud, 1909, 46).
Como muchos niños, Juanito se expresa a través de "berrinches" con movimientos de descarga, diciendo con su cuerpo su excitación y su enojo. Pero cuando los berrinches lo asustan en el caballo, muestra la ligazón entre la "pataleta" por enojo y el contenido sexual de aquellos. Quiero recalcar que los padres de este niño no consultan por sus "berrin- ches" ni se asustan frente a ellos ni los consideran patológicos, cuestión que, como hemos visto en el capítulo sobre los niños desafiantes, sí ocu- rre con mucha frecuencia en nuestra época, en que hay poca tolerancia frente a los caprichos de los niños y se fluctúa entre satisfacerlos inme- diatamente y enojarse por ellos.
El sufrimiento psíquico en los niños Beatriz Janin
él mismo, excitado, desbordado por sus deseos eróticos y hostiles? Quizás todas estas representaciones estén en juego en diferentes momentos.
Tomaré algunas secuencias del historial para ver cómo se van instau- rando en Juanito la desmentida y la represión.
A los dos años pregunta a la madre si ella también tiene una cosita de hacer pipí. La madre le contesta que sí (id, 8). (Este diálogo se repite a
los 3 años y 9 meses.)
A los tres años y medio la madre le sorprende tocándose y lo amenaza con llamar al doctor para que le corte la cosita. Juanito responde sin angustia que hará con la cola (popo) (id, 9).
La amenaza materna, que lo refiere a un hombre castrador, no se hace eficaz en ese momento, en tanto queda desdicha por otra &rmación materna, que remite a la universalidad de la posesión del pene. Todavía esa amenaza no produce angustia, porque no hay registro de las diferen- cias sexuales. Sin embargo, la amenaza se inscribe y el rechazo materno a su sexualidad deja sus huellas.
Mientras se masturba y siente placer por ser tocado por otros, no pre- senta síntomas. Es un niilo alegre y espontáneo. Pero es la represión, en principio de las mociones exhibicionistas, lo que transforma en displacer aquello que alguna vez fue placentero.
Juanito se masturba, desea mirar a la madre y a otros niños mientras hacen pis. Desea ser mirado y tocado, pero algo fue prohibido.
También a los tres años y medio nace Hanna, lo que implica inevita- blemente un duro golpe a su narcisismo. Se suceden los mimos maternos hacia él (el padre diría que en exceso). La madre lo acoge en su lecho. La tía le alaba sus genitales. Y, a la vez, le prohíben masturbarse.
Hay desmentida de las diferencias sexuales y a la vez categorización del mundo entre seres con pene y seres sin él: Juanito diferencia lo animado de lo inanimado a partir de la posesión o no del pene. Así, sostiene que la cosita de Hanna crecerá y la madre le confirma que las mujeres ( o por lo menos ella) tienen "cosita".
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Fobias, angustias y terrores en la infanciaI
Hasta acá la cosita es la cosita de hacer pipí y él supone que la madre es poseedora de una cosita muy grande. "Pensé que como eres tangrande tendrias un hace-pipi como el de un caballoJJ (id, 10). La posesión del pene
es universal, en los seres animados.
Como suele suceder, la desmentida se sostiene en la desmentida de los padres. Y si la desmentida es la defensa por excelencia del narcisismo, el modo de sostenerlo a toda costa, vemos acá que tanto Juanito como su madre se ubican frente al registro de las diferencias defendiéndose a ultranza de una herida que viven como insoportable.
Pero no solo se trata de la desmentida, sino que en el historial de Jua- nito se hace evidente el modo en que se van instalando paulatinamente la represión de las diferentes mociones pulsionales y cómo ciertos reco- rridos quedan adheridos a determinadas representaciones. Y también cómo estas mociones pulsionales van siendo reprimidas con relación al modo en que opera la represión en la madre, que se exterioriza a través de gestos (no tocarle el pene cuando lo seca) y las palabras, frente al reclamo del niño: "eso es una porquería".
La secuencia es muy interesante: A los 4 años y medio: "Hans es balía-
do por szl mamá y, tras el baño, secado y entalcado. Cuando la mamá le entalca el pene, y
poi
cierto con cuidado para no tocarlo, Hans dice: "$'or qwé no pasas el dedo ahi?,,. Mamá: "Peque es una po~queria'~. Hans:<>Qué es? Una porqueria? i Y por qué?,,. Mamá: "Porque es indecenteJJ.
Hans (riei~do) ' y e r o gasa!" (id, 1 8 ) . Acá el deseo de Juanito de que su
pene sea tocado por su madre no sucumbió todavía a la represión. Es en la madre en la que opera la represión de sus deseos incestuosos y es ella quien remite a la "indecencia" de tocarle los genitales a su hijo, con lo que introduce el tema de la moral.
En el historial, Freud ubica aquí, después de esta secuencia, el primer sueño con desfiguración, que alude al deseo de que le toquen sus genitales. Algo de la represión parecería haberse instalado entre la escena del baño y el sueño. Así, Freud dice: rcElplncer de exhibición sucumbe ahora a la represión. Como el deseo de qzle Berta y O&a lo miren hacer
pip
pi (o loEl sufrimiento psíquico en los niños Beatriz Janin
En tanto ni lineal ni unívoca, la represión se va instaurando en cada moción pulsional, dejando a ésta ligada a una representacióii (fijación).
A la vez, es la represión, en principio de las mociones exhibicionistas, lo que transforma en displacer aqiiello que alguna vez fue placentero.
Podemos ir infiriendo del material aportado: 1) este niño viene siendo excitado por su madre. Si bien prevalece en ella la ternura, con sus mimos y elogios (comentario de la tía) muestra la importancia que tiene para ella la "cosita" de Juanito; 2) las prohibiciones no le hacen mella al niño de entrada, pero se inscriben, marcando el pene como zona prohibida: lo intocable; 3) desmiente las diferencias sexuales (desmentida sostenida por el discurso materno); 4) prevalecen el voyeurismo y el exhibicionis- mo, así como la satisfacción autoerótica;
5)
la curiosidad sexual, deriva- da de la pulsión voyeurista, está exacerbada, a pesar de los intentos obtu- rantes de los padres; 6) los deseos homo y heterosexuales se despliegan, y en algún punto son equivalentes, en tanto nenas y varones aparecen como no diferenciados.El historial nos muestra las angustias de Juanito, pero también la des- mentida materna y las prohibiciones: el .rechazo a la masturbación, a tocar los genitales, a ser mirado.
Hay un sueño de angustia: "Cuando dormda he pensado que th estabas lejos y yo no tengo ninguna mnmi para hacer c~~mplidosJJ (acariciar) (id,
22). Las caricias de la madre est6.n. (demasiado cerca? Madre y niño pare-
cen estar luchando contra los deseos iiicesti~osos.
El terror a la castración produce efectos. Y la fobia se instala entonces en un nifio en el que la represión se l-ia instaurado. Y es expresión de la lucha entre los deseos y la represión.
Lo que es muy interesante en Juanito es que él va marcando el devenir del análisis. Está preocupado por lo que le pasa, sufre, y quiere que lo ayuden. Y es un niño que diferencia claramente el "hacer" del "desear".
I; Fobias, angustias y terrores en la infancia
I
J~anitos
dehoy
La
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avión:
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sintoma jesan
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sinama?
Así como Juanito tenía necesariamente que enfrentarse con caballos, que eran parte del paisaje cotidiano en una Viena en la había coches tira- dos por caballos, los niños de hoy toman ascensores y algunos viajan en avión, como parte de su vida.
Voy a tomar la fobia a los aviones y a los ascensores para desarrollar cómo un mismo síntoma puede no ser el mismo síntoma.
Me parece que diferenciar el síntoma de las determinaciones que lo producen es fundamental. Y, sobre todo, ver en cada niño cómo se anuda con su historia esa relación entre lo pulsional (constituido a su vez en una historia), las defensas y las fantasías.
Ejeinplificaré esto a través del material de tres niños varones en los que apareció el terror al avión como medio de transporte. Los tres tenían, en el momento de la consulta, nueve años. Dos de ellos mostraban, además, un temor intenso a viajar en ascensor (al punto de que subían por la esca- lera los once pisos de mi consultorio).
Voy a hacer una síntesis muy somera del tratamiento de estos niños, a los fines de lo que me interesa desarrollar acá, teniendo claro que esto implica un recorte del material que deja a un lado muchas otras cuestiones.
El sufrimiento psíquico en los niños Beatriz Janin
A la vez, el padre se muestra como una especie de héroe familiar, que se hace cargo tanto de su familia de origen como de la de la esposa. Tanto la madre como el padre se muestran como personas que tienden a enfrentar los problemas, nada temerosos, se definen como "luchadores" y tienen un vínculo muy erótico, con manifestaciones afectivas perma- nentes entre ellos y alusiones a la sexualidad. Ambos sienten que han pasado los años de juventud trabajando y quieren recuperar el tiempo perdido, disfrutando todo lo posible.
Cuando Arturo me conoce, me aclara:
'50
sé que tengo miedos tontos, que no tienen que ver con la realidad. Pero IZO puedo vencerlos. Mi papá medice que no me va a pasar nada, y yo lo sé, pero es más fuerte que yoJJ.
(iQ~1ién es más fuerte? <A quién se refiere, al padre o al miedo?) A la vez, este comentario muestra lo egodistónico del síntoma y lo encuadra como efecto de un conflicto en el que los deseos y las prohibiciones superyoi- cas están jugando. Hace inmediatamente una referencia transferencial:
k a d i e que no haya vivido algo as;, que no haya sentido mucho miedo por algo que sabe que no espelil~groso, puede entendermeJ'.
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Fobias, angustias y terrores en la infanciaentendía por la asociación que este niño hacía entre el "subir" del avión y del ascensor y la erección (eso lo fuimos viendo en las sesiones), que- dando estos como actos prohibidos.
Los deseos sádicos hacia el padre, pero también los deseos rnasoquis- tas, se transformaban por desplazamiento: "quiero ser amado-castigado por él" y "quiero vencerlo" pasaban a ser: "viajar en avión o en ascensor, subir y mostrar mi virilidad traerá aparejado el castigo: una caída mortal".
En Arniro la "subida del ascensor y del avión" quedaban coino repre- sentación de la erección y del crecimiento. Ser varón era desafiar al padre. Y esto era muy dificil con un padre que parecía omnipotente, que inten- taba recuperar la adolescencia y se proponía como símbolo sexual. Ahora, el conflicto no era con el padre, sino que se había desplazado a elemen- tos que podía evitar. Así, la evitación como defensa reinaba y Arturo sólo tenía que rehusarse a usar alguno de esos vehículos. "El sintoma es indi- cio y sustituto de una satisfacción pulsional interceptada, es un resultado del proceso represivo. La represión parte del yo, quien, eventualmente por encargo del super-yó, no quiere acatar una investidura pulsional incitada en el ello. Mediante la represión, el yo consigue coartar el devenir-conscien- te de la representación que era la portadora de la moción desagradable"
(Freud, 1926, 87).
Con relación a la fobia a la altura, Freud afirma: CcAcaso ocurra bastan- t e a menudo que en una situación de peligro apreciada correctamente como tal se agraue a la angustia realista una porción de andustia pulsional. La exigencia pulsional ante cz6ya exigencia el yo retrocede aterrado seria entonces la masoquista, la pulsión de destrucción vuelta hacia la persona propia. Quizás este ariadido explique el caso en que la reacción de angustia
resulta desmedida e inadecuada al fin. Las fobias a la a l t ~ r a (ventana, torre, abismo) podrian tener este mismo origen: su secreta sign@catividad femenina se aproxima al masoquismoU (Freud, 1926, nota pág. 157).
En esta nota Freud habla de la lucha contra los deseos autodestructi- vos y los liga al masoquismo femenino.
El sufrimiento psíquico en los niños Beatriz Janin
que la madre se aliaría con él enfrentando al padre si éste lo retaba por la pérdida del reloj (situación que le posibilitaría sentirse triunfador frente a él).
La doble cara del Complejo de Edipo, en sus vertientes directa e inver- tida, así como el Complejo de Castración, estaban expresados en las fobias de este niño. Ya fuera sometiéndose al padre o enfrentándolo, podía perder una parte valiosa de sí. El síntoma neurótico fue, en este caso, el modo de mostrar la conflictiva que Arturo no podía resolver.
Consultan porque el niño presenta una fobia a viajar en avión y en ascensor. Vienen el padre, la madre y el niño, de nueve años, a la prime- ra entrevista. Juan los hace subir los once pisos por la escalera, por lo que llegan muy cansados.
El niño entra gritando, diciendo que él no tiene por qué venir, que ellos son los locos, que él está bien, que le tiene miedo a cosas que dan miedo, que los aviones se caen, que los ascensores se caen y que él puede vivir sin subir a un ascensor ni a un avibn. Que ellos son tontos y por eso no se dan cuenta y que no va a volver a mi consultorio.
Los padres me cuentan que en el verano fueron a otro país (viaje lar- gamente planeado por toda la familia y muy anhelado por todos los hijos), pero que a último momento Juan no quiso subir al avión, tuvo un episodio de angustia intensísimo y a pesar de todos los intentos para con- vencerlo de que viajara se quedó con los abuelos (esta decisión se tomó en el aeropuerto, siendo avalada y hasta aplaudida por el abuelo, mien- tras que hasta ese momento él había manifestado temores, pero estaba entusiasmado con el viaje).
: Fobias, angustias y terrores en la infancia
res de su nieto se deben a su inteligencia. Recientemente, se ha enfure- cido con los padres por la decisión de hacer una consulta psicológica.
Este niño ha sido ubicado como el más inteligente de la familia, el más despierto, el más arriesgado. No respeta las normas, ni en la casa ni en la escuela, por lo que suele traer "malas notas". Todo esto es desestimado por el abuelo, quien hace con él planes sobre cómo le va a legar la empre- sa familiar, salteando al padre del niño como sucesor.
Trabajo con los padres la dependencia de este abuelo, que aparece como el padre de la horda primitiva, así como la delegación en él de la paternidad.
Sabemos que el niño no tiene de entsada elementos para contraponer- se al discurso que los que lo rodean tejen sobre él, que los enunciados identificatorios proyectados sobre él, tal como plantea Piera Aulagnier, no podrán ser discutidos.
Sólo después de un tiempo de trabajo con los padres, con sesiones semanales en las que se replantea el armado familiar, vuelvo a citar al niño, que esti bastante más dispuesto. Podemos trabajar entonces el modo en que se ha constituido en él la fobia: el hombre con el que se identifica es su abuelo, que lo ha nombrado su sucesor (invalidando a sus hijos y a sus otros nietos). Pero <por qué la identificación se produce en ese justo punto, por qué debería ser igual en las dificultades? La fobia al avión con- densa varias cuestiones: por un lado, él "es" el abuelo-padre-poderoso, identificado por el rasgo, pero también de este modo se "entrega" pasi- vamente al abuelo, repitiendo su lógica, sin poder elegir otro camino. No entra en conflicto con él, ni puede lo que el abuelo no puede. Aquí la angustia paralizante tiene algo de mandato, de no cuestionamiento de la palabra del otro (único, gran otro no cuestionado frente a todos los demás, a los que se desautoriza). Cuando este niño no puede subir al avión (a pesar de sus ganas de hacerlo), (qué órdenes internas-externas obedece, a qué prohibiciones se somete y cuál es el conflicto?
El sufrimiento psíquico en los niños Beatriz Janin
siendo amado por él de un modo privilegiado. Diferenciarse implica para {
él perder ese amor, ser "otro" y esto remite nuevamente a la angustia de separación, de pérdida de sostén. jEl "no poder" viajar en avión es equi- valente a "ser poderoso", como rasgo que el niño considera fundamen- tal? Y poder lo que el abuelo no puede, jsería desafiarlo y ser eliminado?
(él me amenaza, diciéndome que el abuelo me va a matar). l
l Seguir al abuelo es también matar al padre, pero a un padre-hermano que se deja matar como tal. Sin embargo, un conflicto interno se vis- lumbró en el momento en que fantaseó con el viaje.
Allí
apareció un niño que quería viajar, y que quería hacer su propio camino. (Después de tra- bajar con los padres, puede aparecer en Juan un deseo a superar la fobia: él quiere poder realizar otro viaje que la familia tiene planificado y sien- l !te que el terror lo paraliza.)
Por otro lado, la fobia a los ascensores es un desplazamiento de la ante- rior, hecha por el niño (el abuelo no la sufre). El ascensor también es una máquina que puede caerse y en la que no se puede confiar. Pero esto abre otro camino. No sólo ha habido una identificación a un rasgo tomado como todo, sino que este niño está efectivamente preocupado por todo lo que puede caerse. La imagen de caída, de él msmo cayendo al vacío, se impo- ne. Casi como si supusiera que alguien le puede soltar la mano y dejarlo caer, indefinidamente. El terror a la aniquilación, a la pérdida del ser, domina y ya no en forma de sueño o de fantasía, sino como realidad posible.
Daniel
Muy despierto, inquieto intelectualmente, sin dificultades escolares n i sociales, este niño no había presentado problemas hasta los nueve años.
Comienza con terrores nocturnos a partir de una enfermedad en la que tiene mucha fiebre. El padre está de viaje y la madre se angustia mucho, temiendo por la vida del niño. A partir de allí, Daniel exige permanente- mente la presencia del padre para tranquilizarse (este padre viajaba fre- cuentemente por razones laborales, situación a la que el niño estaba acos- tumbrado). Por otra parte, durante su vida, el avión había sido un medio de transporte muy usado, en tanto había vivido en diferentes países. Al
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avión. Comienza a dibujar reiteradamente aviones y, a pedido mío, va armando historias ligadas a esos gráficos. Escuchándolo, observando sus dibujos, empieza a aparecer una suerte de misterio, un peligro del que no se habla, así como recuerdos de situaciones dificiles vividas en otros paí- ses, siendo muy pequeño. Pero, sobre todo, insiste la idea de peligros que acechaban cuando el padre no estaba. Poco a poco, el pensamiento que impera es que el padre corre riesgos. Interpreto el peligro a perder al padre por sus propios deseos incestuosos, a la vez del cariño que sien- te por él y el temor a morirse si el padre no está. Trabajamos la conflic- tiva edípica (que aparece en el material y cobra características peculiares con este padre que está muy presente cuando permanece en la casa, pero que se ausenta con frecuencia), pero los síntomas persisten. El niño comienza a traer sueños. A partir de sus asociaciones, se va configurando una historia que luego es confirmada por sus padres: varios años antes de su nacimiento, el padre había tenido que huir del país (en la época de la dictadura militar). Tuvo que tomar, de un día para otro, un avión para salvar la vida. La madre lo siguió apenas pudo. Fueron momentos de desesperación y terror, hasta que se reencontraron fuera del país.
El avión vuelve entonces como representación temida para el niño a partir de la conjunción: ausencia del padre - angustia materna - peligro de muerte. Él mismo en riesgo = su padre en riesgo. A la vez, deseos de
muerte del padre y peligro de sus propios deseos y del castigo del super- yó. Se combinan el peligro de perder al padre al que quiere y la suposi- ción de que la muerte lo acecha.
Al aclarar estos sentimientos contradictorios, y en la medida en que se pudo relatar y reubicar la historia (de la que no se había hablado con él), los ataques de terror desaparecieron, al igual que la fobia a los aviones.
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Pobias
e@la infancia
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IQuise mostrar, a través de estos tres casos, cómo un mismo síntoma 8
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puede remitir a mecanismos muy diferentes, a conflictos divers,os y cómo i es imprescindible rastreas la historia libidinal y las identificaciones en 1
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juego.I
Las fobias de la infancia, inevitables, abarcan entonces un amplio espec- 1 I tro. Así como son muchas veces indicios de una adquisición psíquica, l
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también pueden sostenerse en el tiempo como marca de la evitación de i
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lo reprimido, desplazado y puesto afuera. Entonces, los síntomas fóbicos pueden ser efecto de múltiples determinaciones y se pueden encontrar en
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1diferentes cuadros. 1
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Y así como los temores son inevitables, las fobias siempre nos dicen algo. I
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Desandando complejos caminos, tratando de seguir qué recorridos
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libidinales se fueron armando, qué desplazamientos y proyecciones se i1
produjeron, si la fobia es un síntoma neurótico o es expresión de terro- i
res psicóticos, si el niño teme por contagio afectivo, por reactivación de i deseos incestuosos o si !o que prima es una identificación, vamos des- i 1 montando las piezas de ur, a m a d o que siempre es complejo. j I
Todos los niños tienen temores y fobias. El tema es cómo se han ido i
anudando y si son o no transitorios, correspondientes a un momento de
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la estructuración psíquica o se han constituido como modo de mantener ia raya el empuje pulsional. 1
i En el juego de deseos, defensas y armado representacional, la angustia 3 I
va tejiendo su destino y se va anndando a diferentes representaciones, de
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Uacuerdo coi1 la historia libidinal de cada uno, con las identificaciones i
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posibles, con los avatares del Edipo y con las historias de otros que nos -
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precedieron.NOTAS
1. Julio Cortázar, 2009, págs.210 y 212.
2. Erililce Dio Bleich~nar desarrolla en su libro el tema de las fobias por identificación