ESPAÑA
y
SUS JEMPRJESARITOSo
OTRA VITSITÓN
DJESDJE LA HITSTORITA
REYES CALDERÓN*Ante la tesis de que la individualidad espaflOla y 'su peculiar rumbo históri-co han entorpecido e! desarrollo económico y emp¡'esarial de nuest1·o país, Reyes Calderón a/gumenta en su artículo que el auténtico desarrollo vendrá de la mano del "empresario trabajador". No es frecuente encontrar en la literatura el calificativo "trabajador"junto al término "empresario". La autora los identifi-ca concluyendo que no habrá auténtico desarrollo si e! directivo no pone esfuer-zo humano (trabajo), en vincular la empresa a una comunidad, de tal modo que el logro de! bien común sea tarea de todos.
Palabras clave: trabajo, empresa/'io, individualidad.
T
ENGO SOBRE mi mesavarios ensayos sobre management. Cada uno tiene su especificidad. Uno de ellos dedica casi tres-cientas páginas a convencer al lector de la necesidad de que el directivo sea intuitivo\ faceta, desde luego, nada despreciable en un escenario como el nues-tro. Otro emplea no menos es-pacio físico para persuadirnos de que hoy, lo que hay que ge-renciar es inteligencia emocio-nal, y que el directivo ha de
te-ner capacidad de administrar lo irracional del elemento hu-man02
, idea no menos valiosa si se piensa en la limitación in-trínseca del modelo de racio-nalidad económica.
El
tercero es español, y sostiene que el que dirige debe contar con ciertas habilidades entre las que destacala
flexibilidad, es-pecialmente para gestionar el cambi03• Algún otro ejemplar de mi biblioteca da un paso de gigante hablando ya en térmi-nos de valores, apuntando
3°
vitales en el trabajo directiv0cia la valentía y la valía como 4 •Dispongo, también, de una amplia colección de libros so-bre el liderazgo, presidida por un texto emanado de la Fun-dación Drucker con título atrayente: El líder del futuroS, donde se habla de perseveran-cia, amabilidad, integridad ... Dejo al margen, desde luego, la colección de biografías que muestran al héroe empresarial del momento sosteniendo en
la mano su flamante empresa, pues son como lluvia de estre-llas por San Lorenzo.
Entre especificidad y especi-ficidad emerge, sin embargo, un substrato común, incluso un lenguaje común, para el que el no docto necesita, en ocasiones, un Diccionario: en todos y cada uno de estos tex-tos aparece en alguna ocasión
-en la mayoría se deben con-tar por decenas- expresiones como "explorar posibilidades", "alinear personas", "gestionar entornos complejos", "priorizar objetivos", "diagnosticar esce-narios", "dibujar estrategias competitivas", "coaligar políti-cas" ... En todos ellos abunda el adjetivo global que acompa
-ña a sustantivos diversos: líder global, estrategia global,
moti-vaclOn global. Sin embargo, son escasísimas las ocasiones en las que se ensalce al directi-vo o al empresario por ser un trabajador excelenté, en canti-dad y en calicanti-dad.
Ciertamente es éste un de-fecto teórico heredado, que lle-ga a adquirir en la literatura
tintes de congeneidad. Hojear cualquier tratado sobre Histo-ria de las Doctrinas Económi-cas mostrará múltiples tipolo-gías del entrepreneur: modelos donde se le identifica con el capitalista; teorías que le mues-tran como ingeniero de pro-ducción; sistemas que le sitúan en el puesto superior de la es-cala de los amantes del riesgo, o funciones que atribuyen a la capacidad de innovación su ca-rácter distintivo. No obstante, ni siquiera en nota al pie se en-contrará alguna teoría del em-presario trabajador. Y es que, señalaría un teórico liberal, ya lo decía Adam Smith, la labor
del empresario es cosa entera-mente distinta y se rige por principios muy diferentes a los del trabaj07.
Pero el Preludio de la Sinfo-nía del Siglo XXI suena en clave de trabajo, y los albores del 2000 rompen el alba de las
rígidas clases de la era
ESPAÑA y SUS EMPRESARIOS. OTRA VISIÓN DESDE LA HISTORIA
tao En la actualidad, corre 1985 cuando se escriben estas frases, está surgiendo en Estados Unidos un nuevo ideal de trabajo. Exis-te, por pl-únera vez, la esperanza generalizada de que el trabajo puede producir satisfacción
y
de que puede constituir un enrique-cimiento. Esta idea se habría considerado monstruosa hace heinta años,y
sigue siéndolo en los sectores empresariales de Es-tados Unidos que se rigen por los valores de la era industrial'.Y
no sólo en Estados Unidos, también en España, donde la funcionarización cede su sitio a la ilusión: Amando de Mi-guel en La Sociedad Española 1995 - 96, analizando el grado de satisfacción personal, señala que las personas, en todos los grupos de edad, estiman más aquellos trabajos donde existe un aprendizaje continuo, pero aún va más lejos al afirmar: hay que sospechar que el aprendizaje en el trabajo es parte de un factor de verdadera integración socia!.Esta concepción -que, por cierto, contradice 10 propugna-do por la Teoría Económica ortodoxa, esto es, que el traba-jo es una desutilidad1o- es una idea en alza; una idea que marca con fuerza un nuevo rumbo, pero es una idea que se aplica, de momento,
única-mente al "factor trabajo"l1 y, por tanto, no al "factor empre-sarial".
Alfonso X fue apodado El Sabio muy probablemente porque lo fuera, pero también para destacar la rareza de la posesión de ciencia dentro de su clase: no era propio ni nece-sario que los monarcas fueran sabios. En la clasificación em-pleada en la Alta Edad Media entre Ol'atores, bellatores y labo-ratores, al monarca le corres-pondía la guerra, y no la sabi-duría. En los escritores del 98 se emplea con cierta frecuencia la expresión político honrado que hace pensar también en términos económicos: la esca-sez provoca valoración supe-rior. Bloch y Hababou, co-mentando el "estilo directivo" del antiguo Presidente de Air France, Bernard Attali, seña-lan: desde el principio ha tenido una rara habilidad: su capacidad de apasionarse por el habajol2. Parece que la pasión por el tra-bajo no es propia del directivo o del empresario (como seña-laré posteriormente, en mi opinión, el trabajo sin pasión no es más que un empleo); en la antigua clasificación men-cionada los empresarios serían fundamentalmente bellatores,
Revista Empresa y Humanismo, Vol. L N° 1/99, pp. 29-50
3
2
quizá algo O1'atores y, desdelue-go, poco o nada laborat01-e5.
Decíamos que parecen
co-rrer aires nuevos. Respecto al modelo del entrepreneur, ¿no
podemos estar también
ini-ciando un cambio de
paradig-ma? ¿No podremos ver en
próximas décadas un Manual de Pensamiento Económico
donde se incluya un capítulo
que rezando "el empresario
trabajador" se codee en condi-ción de igualdad -y no como
rara habilidad-con aquel del
empresario riesgo o del
em-presario innovador?
Mi hipótesis es la siguiente: conforme adoptemos una
acti-tud más humanista en los mo-delos de Management, en esa
misma medida retiraremos el alaroz que tapa al empresario
trabajador. Pero lo que en otros lugares geográficos es
deseable, en el caso español es, en mi opinión, imprescindible.
Al menos eso nos dice la
His-toria. Más bien, al menos eso es lo que me dice a mí nuestra Historia.
Desde luego éste no es hoy tema candente para el
econo-mista, quizá porque sea un dé-ficit estructural del que nadie habla. Lo señalan Serrano y
Costas: los desequilibrios
macro-económicos
y
en particular la in-flación, es el tipo de problemasque por su naturaleza acostum-bran a gozar de la condición de privilegiados o escogido de la po-lítica. Por el contrario, los pro-blemas relacionados con la condi-ción de vida de la gente, o con las refonnas institucionales nece-sarias para el crecimiento son del tipo que frecuentemente goza de la consideración de problemas descuidados y 0Ividados!3. Entre esas reformas estructurales si -túan los analistas a la clase empresarial, porque, afirman, en España los empresarios son
una raza en extinción.
Pero raramente se estudian
las causas profundas y las
con-secuencias de esa afirmación.
La ciencia económica, en sus
versiones teórica y práctica, ha
olvidado el análisis riguroso y
realista de la función
empresa-rial incluyendo, además, sus
peculiaridades culturales.
Qyizá sea el ámbito de la Historia Económica quien más frutos ha proporcionado en este terreno!4, aunque de él suelen emanar más estudios
locales o sectoriales que
análi-sis globales, que serían para
nosotros más utiles. En
algu-nos de ellos nuestra hipótesis del empresario trabajador está
ESPAÑA y SUS EMPRESARIOS. OTRA VISIÓN DESDE LA HISTORIA
presente, aunque de forma matizaqa. Otros, por contra, contradicen la idea formulada, y apuntan al "lastre espiritual" como causa histórica de la merma -en cantidad, y sobre todo la calidad- de nuestra oferta de empresarios. Ese las-tre, hoy suele identificarse con el comportamiento ético en los negocios. Vale pues la pena que, en su momento, nos de-tengamos a analizar este extre-mo. Pero antes abundemos en nuestra hipótesis.
MODELOS CLÁSICOS DEL
ENTREPRENEUR y LA
PARADOJA ESPAÑOLA
C
UANDO SE analizan los"retratos" del entrepre-neur existentes en la Literatura Económica -espe-cialmente me refiero a los "prototipos" del superhombre innovador schumpeterianols, y del superador de riesgos khightianol6
- suenan, al me-nos, extrañas las afirmaciones de quienes sostiene que Espa-ña históricamente ha tenido una mediocre empresarialidad, o de quienes culpan a la debili-dad del empresariado español del progresivo deterioro de la Economía Española que se observa con claridad desde la
muerte de Felipe II en 1598 y que continúa, con algunos alti-bajos, hasta el inicio del siglo vigente.
Decía anteriormente que la Teoría Económica carecía de estudios rigurosos y realista sobre el empresario. Afirma-ción que debe argumentarse, pues, aunque es cierto que la Teoría Económica Ortodoxa termina empleando una fun -ción de produc-ción -mucho más fácil de matematizar que otros modelos más "psicológi-cos"-, no lo es menos que dispone de otros modelos mu-cho elaborados, como son los mencionados del empresario innovador y del empresario riesgo. Sin embargo, en mi opinión, esos modelos no son exactamente los desarrollados por Schumpeter y Knigth, sino un resumen de los mismos, lo que motiva que en el párrafo anterior se hable de
"prototi-" d "prototi-" "d 1
pos o e retratos e empre-sario. Creo que la naturaleza y el racionalismo de la Teoría Económica impiden a esta disciplina captar todo el meo-llo de esos modelos. Y como desarrollaré enseguida, para el caso español la letra pequeña es muy significativa, especial-mente en el modelo del
pro
-moter de Schumpeter.
Revista Empresa y Humanismo, Vol. L N° 1/99, pp. 29-50
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Leo, procurando saltarme esa letra pequeña, la Teoría del desenvolvimiento económico de Schumpeter. Allí se señala que al empresario le mueven en primer lugar la voluntad de fundar un reino privado: el mundo moderno desconoce tales posiciones, pe1'O lo que puede lo-grarse con el éxito industrial y comercial es la mayor aproxima-ción al seiíorío medieval abiertaal hombre moderno; en segundo término el impulso de lucha y
la voluntad de conquista, tener
éxito por el éxito mismo, y no por sus frutos, aunque esos frutos le pertenezcan, y, finalmente, el gozo de la creación, el gozo de
ejercitar la energía y el ingenio!7. Confronto esta descripción con aquella del superhombre
que Nietzsche hace en Also Sprach Zarathustra, y que sir-vió a Schumpeter de inspira-ción. Y definitivamente, llego a la conclusión de que ambos hablan "en español".
Contemplar cómo los Cas-tellanos entran en Valencia -el juglar no olvidó explicar detalladamente el reparto de ganancias entre el Cid, caba-lleros y peones, aunque señala que tenían motivos más eleva-dos!8- o cómo Hernán Cor-tés doblega a la capital del Se-ñorío Azteca, me hacen
dedu-cir que estos personajes bien hubieran podido servir de ins-piración a Schumpeter. Anali-zar cómo los hermanos Piza-rro organizan las expediciones que finalizarán con el someti-miento del poderío inca de Pe-rú, me hacen pensar que la di-rección de empresas de alto riesgo no es ajena a la mentali-dad española!9.
Según la descripción de los prototipos mencionados, Es-paña tendría una amplia oferta de empresarios, de buenos
p1'o-moters; en genio y figura tene-mos superávit. Si creetene-mos, también con Schumpeter, que la empresarialidad es el motor del desarrollo industrial, nues-tra Historia debería mosnues-trar un grandísima cosecha de éxi-tos económicos y de grandiosa prosperidad.
y sin embargo, lo que nos muestra es un panorama deso-lador: habiendo sido Castilla, luego España, primera en Eu-ropa en territorio y riquezas, y aspirando a la hegemonía polí-tica y económica no sólo de Europa sino del Orbe, terminó siendo uno de los Estados más pobres de Europa20
• No dura
mucho tiempo en Espalía la eu-foria nacida por el oro, señala
Grice-Hutchison, la obligación
ESPAÑA y SUS EMPRESARIOS. OTRA VISIÓN DESDE LA HISTORIA
de mantener un apamto militar superior a sus fuerzas, el aumen-to del nivel de precios, la balanza comercial deifavorable, la presión jiscal
y
otros factores trajeron consigo un deteri01'O de la situa-ción económica de Castilla que continuó hasta desembocar en el colapso políticoy
económico de mediados del siglo XVII 21. En efecto; la despoblación, el abandono de las fuentes tradi-cionales de riqueza, la penuria de la agricultura y la ociosidadgeneralizada22
, contrastan con la propiedad de múltiples mi-nas de metales preciosos.
Hubiéramos debido apren-der entonces a distinguir la ri-queza de su signo23
• Algunos lo
hicieron, pero fueron
minoría24
• El mercantilismo si-guió imperando y las causas profundas permanecieron iné-ditas.
Grice-H u tcheson ofrecía una lista de causas, añadiendo prudentemente la coletilla "otros factores". Me gustaría referirme a ellos, porque esti-mo que ahí esta contenida mi hipótesis. Y creo que la visión que los foráneos tenían de no-sotros puede ser de utilidad.
Mandeville, en su famosa Fábula de las Abejas (1714), se-ñala refiriéndose a esta época
de nuestra Historia: tan pronto como el océano de riqueza
(p1'Oce-dente de América) empezó a
anegarles, todos podieron el jui-cio
y
la industria desapareció. Abandonó el labrador su amdo,el mecánico sus hermmientas, el
comerciante sus cuentas y todos, despreciando el tmbajo, decidie-ron disfrutar de la vida
y
se tro-caron en sdíores (. . .) Laconse-cuencia de esto jite que otms na-ciones suministraron a los espa-ñoles lo que su pereza y orgullo
les negaba2s• Aunque también
señala que no debe únicamen-te atribuirse la culpa a estos vi-cios privados, pues el gobierno también tiene su parte -el único arte i1ifalible para hacer a una nación feliz,
y
lo que llama-mos próspera, consiste en prop01'-cionar a todos la oportunidad de trabajar; pam conseguir lo cual el primer cuidado del gobierno debeser promover tal variedad de
manzifacturas artes y iftcios como el ingenio humano pueda inven-tm/.6
- insiste es que es la unión del vicio público con la pereza privada lo que propicia la decadencia. De hecho, seña-la Perdiz comentando seña-la situa-ción española en el XVII,
fue-m lo que jitese la política comer-cial propuesta por los arbitristas, un amplio número de ellos coin-cidía en señalar que tal saca se
Revista Empresa y Humanismo, Vol. L N° 1/99, pp. 29-50
debía al abandono de las activi-dades productivas POT paTte de los españoles que de1'ivaba del desp¡·ecio POT el tTabajo, ya que vivÍ?· de Tentas no fruto del tTa-bajo em tmto de noble?-7. El
desprecio al trabaj028
permane-ce con nosotros incluso en
épocas de expansión.
Con la Dinastía Borbónica,
especialmente con Carlos III,
se inicia la renovación y con las ciencias útiles se intenta, a
través del incremento de
edu-cación, la mejora de nuestra
economía. Lentamente se van
consiguiendo progresos en la
agricultura, pero no en la in-dustria. Desde Felipe
V,
señala Bitar, se expresó el deseo de PTO-mover· la ¡·enovación industTial en España, pero faltó en España la platafoTma bUTguesa en que se hubiera podido apoyaT ese desen-volvimiento indust¡·ial, de ma-nera que el Estado tuvo que aca-parar la diTección del procesoeco-nómic029
• ~izás el Pálido Y co-mún ganapán entTe hombre y hombTr?° hubiera enturbiado el
carácter del emprendedor
es-pañopl.
Ciertamente ha llovido
mu-cho desde aquellas épocas en
las que en España no se ponía el sol, yesos dictámenes resul-tan, aparentemente, poco
esti-mulantes para el análisis ac
-tual. Hemos tenido grandes
héroes y grandes gestas, pero, a su sombra, nuestra Economía
no ha salido bien parada. ¿ Será acaso que esos modelos del en-tTepreneuT no son acertados? ¿ Será acaso que existan en Es-paña deficiencias estructurales
que impiden que el empresario y su empresa se desarrollen?
¿Serán acaso ambas opciones, o quizás ninguna?
Estamos aún recordando aquellos penosos años que
ro-dean a 1898, en los que Espa-ña además de perder las
colo-nias -Cuba, Filipinas y Puer-to Rico- perdía la fe en la
eficiencia de un espíritu.
Aquella generación y su litera-tura regeneracionista vuelven a
llamar nuestra atención sobre esa aparente incongruencia entre nuestro ánimo y nuestros logros; entre nuestra potencia y nuestros actos. El resumen de la actual España Económica,
es-cribe Macías Picavea en 1899,
puede condensarse en los siguien-tes más Televansiguien-tes caracteTes:po-b¡·eza; cm·estía; escasas ganan-cias; ausencia de ahorro; torpeza y barbarie técnica; las riquezas naturales inexplotadas; tenden-cia al monopolio y la usura; hui-da en fin, reciente de la población desde las pTofesiones libTe
ESPAÑA y SUS EMPRESARIOS. OTRA VISIÓN DESDE LA HISTORIA
ductoras hacia el mandarinazgo
y el bur'OCratismoJ2
• Como
ve-mos el paisaje no ha mejorado sensiblemente del que pode-mos observar en la España de 1600.
Nuevamente las causas son variadas. Oigamos a los pensa-dores del 98.
Ganivet, por ejemplo, insis-te en que mientras el español es genial en sus adivinaciones e innovaciones, carece de per-sistencia en el trabajo para sa -car consecuencias de ellas y emprender empresas que ter-minen dando fruto. Esto acontece, sigue este autor, por la individualidad del genio es-pañoP3. En la misma línea, apunta Morote: la obra de la
grandiosa prosperidad de una
nación sólo es sólida cuando
cum-ple estas dos condiciones: p1
'ime-ra, que sea la labor de todo un
pueblo, y no de un solo homb1·e;
segunda, que responda
y
obedez-ca a grandes fuerzas económiobedez-cas
y
sociales,y
no a puras energíasmilitares de conquista
y
dominio.(. .. ) También en España, su
grandeza momentánea no fue la
de una nación, que la de un
hombre ... La España de Cados
V, la España de Felipe JI La
co-lectividad ha desaparecido
y
que-da el individuo, la voluntad, el
cerebro que todo lo hace, que todo
lo quiere, que todo lo puede. El
estado queda supeditado al
hom-b1'e,
y
el estado languidecey
mue-re bajo esa concepciónfaraónicd4
•
y
continúa Morote, el espírituprotector (que se ha encarnado)
en España desde Felipe JI hasta
nuestros días, ahorraba a los
in-dividuos el trabajo de pensa1; de
obrar;
y
hasta de sentir por simismos (. .. ) Puede decirse que
un pueblo no es libre sino hasta el
momento en que se amortigua
y
desaparece la confianza en
eloji-cialismo,
y
en que deja de a'eerque la leyes por si misma causa
segura del remedio de todo maPS.
Grandes e individualistas héroes unidos a una pacífica masa de individuos que espe -ran que la instancia superior solucione sus problemas. Hon-ra y confianza unidos, dirá al-gún "patriota". Orgullo y pere-za diremos nosotros, siguiendo a Mandeville. Pero ni siquiera un orgullo eficiente. Como in-dica Ortega, cerebros poco sutiles están siempre w'ca de confimdir
al energética con la gimnástica;
la energía con la tozudez
y
lafuerza bntta, y de imaginar su
ideal bajo las especies de un
Hér-cules, energúmeno
y
pavoroso,que ande a coces y torniscones con
lagent¿6.
Volvamos a los foráneos, y a sus percepciones sobre nuestra
Revista Empresa y Humanismo, Vol. L N° 1/99, pp. 29-50
idiosincrasia. Relata Ortega:
un amigo mío que visitó en Wei-mar a la hamana de Nietzsche preguntó a ésta qué opinión tuvo el genial pensador sobre los espa-líoles. La Sra. Forster-Nietzsche, que habla esPalíol por haber resi-dido en Paraguay, recm'daba que un día Nietzsche dijo: ¡los espa-ñoles! ¡los espaespa-ñoles! ¡he aquí los homb¡'es que han querido ser de-masiado! 37. Viniendo de un au-tor como Nietzsche esta afir-mación cae en nuestro ánimo como una losa. Pero, además, a un orgullo y una soberbia mal entendidas, se suma su poco amor al trabajo: seguimos cre-yendo, señala Unamuno, en
nuestra valentía, porque sí, en las enagías epilépticas improvi-sadas (. . .). A este espíritu sigue acompañando, bien que algo ate-nuado, aquel horror al trabajo que engendra trabajo sin cuen-to;8.
Tras lo apuntado llegamos a la conclusión de que Schum-peter estaba equivocado, o, al menos, que el caso español niega sus premisas. Hemos te-nido -se podrían poner mu-chos más ejemplos desde la mística, el arte, la política, etc.- muchos personajes que respondían al "prototipo" schumpeteriano, y, sin embar
-go, nuestro desarrollo
econó-mico ha sido menor. Pero co-mo mencionaba anteriormen-te, Schumpeter tiene también su letra pequeña.
EL
"LASTRE"
ESPAÑOL YLA LETRA PECLUEÑADE
SCHUMPETER
E
XISTEN OTRAShipóte-sis que pueden explicar la paradoja española de la que hablamos. La Historia Económica utiliza varios tipos de argumentos para explicar la ausencia de una sólida empre-sarialidad en España. Algunos de ellos se aglutinan en causas externas, bien de tipo "socio-político" -que apuntarían al Legado del Antiguo Régimen, como fuente explicativa-, bien de tipo "económico" que lo harían apelando a las defi-ciencias de tamaño, diversifi-cación y calidad del mercad039
•
Otro tipo de razones tien-den a fijarse en déficits inter-nos presentes en las caracterís-ticas de los hombres de em-presa. Se comenta, señalan Co-mín y Martín Aceña, que los empresarios españoles acabaron especializándose en las fimciones imp1'Oductivas, con lo que la bús-queda de rentas políticas y la
for-mación de cárteles desvió sus energías desde los aspectos
ESPAÑA y SUS EMPRESARlOS. OTRA VISIÓN DESDE LA HISTORlA
mente productivos y comerciales
hacia las actividades
improduc-tivas, impidiendo el desarro//o de
los emprendedores. (Además .. .)
como en los países atrasados aquí
abundaron los empresarios
segui-dores o difus01'es que no
descu-brieron nuevas técnicas pero que
difundieron por el país los
ade-lantos técnicos importados del
exterior; se b'ababa a los
propie-tarios, licenciados, ingenieros
y
técnicos que mosb'al'on capacidad
empresariatO .
El historiador Gabriel Tor-tella puede ser destacado en este terreno en primer lugar por unir la corriente "socio-política" con las causas inter-nas. Estudiando el periodo 1850-1930, afirma que -si bien la opinión general de los hombres de empresa del mo-mento era favorable a la liber-tad de empresa y la competen-cia- en la práctica los empre-sarios se mostraban propensos a cubrirse de la armadura ins-titucional; amantes del mono-polio, y aversos al riesgo. Y concluye que el espíritu tan poco empresarial de estos hombres de empresa proviene de la aglomeración de un con-junto de factores que culminan
en una cultura bloqueada en la
ortodoxia, y por tanto, según él,
en una cultura anticapitalista:
influencia de la Vieja Aristo-cracia, que perjudica al trabajo, especialmente el manua141
;
presencia de la Doctrina Cató-lica que con sus leyes de usura, etc., frena el advenimiento del Capitalismo; pasividad inte-lectual impuesta, entre otras instituciones, por la Inquisi-ción; tradición mercantilista que favorece la intervención del Estado; debilidad de la educación; círculo vicioso que crea la economía familiar, que no nutre de nueva sangre ...
Cuando Adam Smith insis-te en que las naciones no pros-perarán mientras rija el siste-ma feudal, afirsiste-ma: aunque en
Espaiía
y
Portugal el sistemafeudal ha sido abolido, no ha sido
reemplazado por ot1'O m ejor42
.
Ese sistema alternativo es el que, presuntamente, describe Tortella.
En segundo lugar, este his-toriador es traído a cuenta en este artículo porque, consta-tando la poca presencia de empresarios españoles en el mundo, concluye que los anti-guos problemas siguen hoy vi-gentes.
Si ese carácter no se ha per-dido, las causas deberían estar todavía entre nosotros. No obstante, de los factores
"so-Revista Elllpresa y Huma1lismo, Vol. 1, N° 1/99, pp. 29-50
cio-políticos" que menciona, a lo sumo el segundo y el
últi-mo podrían estar aún
vigentes43
• El primero de esos factores es ya vieja hipótesis: Tertuliano, San Justino o Lac-tancio tuvieron ya que arre-meter contra la idea de que la Religión Católica condena y destruye la civilización, o de que no forma buenos ciuda-danos44
• La segunda es más moderna, aunque se remonta al inicio del individualismo, desechado también por el Ca-tolicismo.
y
yo me pregunto: ¿nues-tros empresarios son amantes del monopolio; apeladores del Estado en cuanto tienen difi-cultades; aversos al riesgo, porque un humus espiritual les acogota la mente y les en-tumece sus miembros? ¿Será porque en España hablamos mucho de ética? ¿Será porque algunos teóricos seguimos empeñados en no enterrar el bien común?Mi opinión es definitiva-mente negativa. Los comer-ciantes españoles no son muy diferentes de otros comer-ciantes, al menos eso se des-prende de la lectura de las obras de Adam Smith, que no
parece estar contagiado por ese mantillo.
Es raro que se reúnan perso-nas del mismo negocio, dice el escocés, aunque sea para diver-tirse
y
distraerse,y
que la con-versación no termine en conspi-ración contra el público o en al-guna estratagema para subir los pl'ecios. (Pero) es prácticamente imposible impedir esas reuniones45• Y yo me pregunto,
¿cómo se puede permitir que los empresarios de un ramo se reúnan sin que el bien común se ponga enfermo, más que con un humus ético?
El interés de los empresarios,
dice Smith, en cualquier rama del comercio o la industria es siempre en algunos aspectos dife-rentes del interés común,
y
a ve-ces su opuesto. El interés de los empresarios siempre es ensan-char el mercado pero estreensan-char la competencia46• Y yo me
pre-gunto, ¿por qué entonces han de buscarse otras causas que la propia condición humana pa
-ra el amor al monopolio?
Las ideas expuestas por Adam Smith en la Riqueza de las Naciones suelen emplearse como vara de medir el "talan-te" liberal de un colectivo co-mercialo industrial. En Espa-ña fue publicada, traducida al
ESPAÑA y SUS EMPRESARlOS. OTRA VISIÓN DESDE LA HISTORlA
castellano, en 1794 de la ma-no de José Alonso Ortiz en
"la España Bancaria", a sólo
18 años de su primera
edición47
• Allí se podía leer - y encontrar el caso español como ejemplo de lo que no ha de hacerse- que la compe-tencia libre y universal fuerza la prosperidad, mientras el monopolio termina resultan-do un mal socia148
, que el
em-presario debía arriesgarse,
pues tal era la fuente de su be-nefici049
, o que el Estado
care-cía de visión del bien comúnso•
Sin embargo, el libro fue bien acogido. Tardó en ser lle-vado a la práctica, pero eso también ocurrió en otros paí-ses europeos. Ciertamente en España, como señala Elorza,
la ideología ilustrada pTesenta
un carácta esencialmente con-tradictoTios1• Lo atestigua
La-sarte, quien estudiando la
an-dadura de esta obra afirma:
existía miedo ante las nuevas
formulaciones sobTe el orden so
-cial, con el inevitable cierre de filas instituciones e intereses;
in-capacidad de fOTmaT un juicio
crítico de las nuevas ideas (...) y junto a esto, hombres de mente abierta que, por convencimiento o interés, admiten la necesidad de una Tenovación ideológicas2• Mi hipótesis particular es que
esa tardanza era más una cuestión de intereses particu-lares que de orden social.
Apoyándonos en Adam
Smith hemos desechado la
te-sis "socio-política" de Tortella, tesis que, curiosamente, se
asemeja mucho a la letra pe-queña de Schumpeter.
Schumpeter llama a los
em-presarios capitanes de
industrias3• No "dirigentes de
industria", pues la función de diTigir a los demás es mero tra-bajo, como cualquieT otra a pesar de ser necesaria,
y
puedecompa-rarse con al servicio de atender una máquina. (La labor de
di-rección) consiste solamente en la
corrección de abenacioness4. Tampoco "capitalistas de in-dustria". Lo propio de un ca-pitán de industria es promo-ver nuevas combinaciones, abrir nuevas puertas. Hasta aquí Hernán Cortés sigue
siendo un prototipo. Pero sólo
hasta aquí.
No se puede, según Schum -peter, ser un promoter más que desde un individualismo total, más que desde un individua-lismo nietzscheano: un
empre-sario típico está más centrado en
si mismo que OtTOS porque confía
menos en la tradición
y
en la co-nexión, y porque su tarea4
2
terística -lo mismo desde el pun-to de vista teórico que desde el histó1'ico- consiste precisamenteen la ruptura con la tradición
vieja y en crear una nueva. Si
bien esto se aplica
primaria-mente a su actuación económica,
puede hacerse extensivo a sus
consecuencias morales, culturales y sociales. No es ninguna coinci-dencia que el periodo de auge del
tipo del empresario diera origen
también al utilitarism055
•
Si Hernán Cortes hubiera
sido un promoter su único
equipaje debió de consistir en
ánimo de conquista y sabor de
ganancia. Pues hace falta
construir nuevos caminos, e
incluso nuevos instrumentos;
hace falta radicalismo en la
creación. Señala con acierto
Guardini: con el
Renacimien-to ... el mundo deja de ser crea-ción para convertine en "natu-raleza"; las obras del homb1'e ya
no son servicios dictados por la
obediencia de Dios, sino
creacio-nd6
• Todo 10 que moral,
cul-tural o socialmente ancle al
pasado es un lastre, una
difi-cultad para la creación.
Pero el español no es ''rena-centista"; el sentimiento
reli-gioso, la fidelidad a la nación,
el concepto de familia57
le ata
al pasado. La "individualidad
del genio español" de la que
hablaba Ganivet, no puede identificarse con el
individua-lismo schumpeteriano. A la individualidad española le
so-bra el aspecto espiritual.
Tor-tella y Schumpeter andan el
mismo camino. ¿En qué país
un fraile reaccionario como
Bartolomé de Las Casas58
conseguiría no sólo ser
recibi-do por recibi-dos Monarcas (Carlos
1 y Felipe Il) sino, además,
asesorar en la firma de las
le-yes que acotaban el desarrollo de un territorio conquistado
(Leyes Nuevas)? ¿En qué país
contarían como una hazaña
los detalles de la muerte de
Francisco Pizarro? ¿En qué
país se hubiera escrito el
Qyi-jote?
Esta es la explicación
schumpeteriana de nuestro
atraso. Nuestro motor de
de-sarrollo, nuestros empresarios,
emplean continuamente el
freno de mano.
En mi opinión, este
extre-mo es equivocado. No son los
prometeos quienes salvan el
mundo, tampoco el
económi-co, Creo que si hay que culpar
de algo a la cultura española
es de su poco empeño en el
verdadero trabajo.
ESPAÑA y SUS EMPRESARIOS. OTRA VISIÓN DESDE LA HISTORIA
EMPRESARIO TRABA]ADORE INDIVIDUALIDAD ESPAÑOLA
§
EGÚN EL DICCIONARIOde la Real Academia, el trabajo es una ocupación retribuida. Sólo cuando esa re-tribución careciera de esponta-neidad por estar en el marco de un acuerdo laboral, hablarí-amos económicamente de tra-bajo. Evidentemente el empre-sario no es un trabajador. Pero esta es una versión muy estre-cha de este radical económico. y también una visión muy ar-caica: cada vez con más fuerza impera el modelo del trabaja-dor con ingresos variables e inciertos en el largo plaz059
•
Existe en el Diccionario una acepción más interesante: es-fuerzo humano aplicado a la ob-tención de riqueza. Y continúa, se usa en contraposición de capi-tal (de empresarialidad, diría-mos nosotros). Nada existe a priori que nos permita enten-der esta contraposición. En sentido estricto, tanto trabaja-dor, como empresario, como aportante de capital colaboran en esa obtención. Pero, de to-das maneras, esa definición me sigue pareciendo algo insulsa.
Para mí el trabajo es aquel esfuerzo humano aplicado al de-san'ollo personal y comunitario, inscrito en el marco de obtención de riqueza.
Es ciertamente un esfuerzo, pero fundamentalmente inte-rior, anímico, espiritual; en otros términos, no es un coste, y, por tanto, su contrapartida no puede ser un salario, esto es un ingreso, sino un activo: el desarrollo.
Pero ese desarrollo tiene que ser personal, con ser individual no basta. Señala Juan Pablo II, un gran humanista: la empresa
es una auténtica comunidad
so-lidaria60
• Y continúa: la empre-sa no debe ser solamente un or-ganismo, una estructura de pro-ducción, sino que debe transfor-marse en una comunidad de vi-da, en el lugar donde el hombre convive
y
se relaciona con sus se-mejantes; y donde el desarrollo personal no sólo es permitido sino fomentad061•Comunidad significa calidad de común, de lo que, no siendo privativamente, pertenece o se extiende a varios. El trabajo, como ha sido definido, es pre-cisamente el radical común.
Puede observarse que esta visión es incompatible con aquella del individualismo, y
Revista Empresa y Humanismo, Vol. 1, N° 1/99, pp. 29-50
44
por tanto con la VlSlOn de Schumpeter; pero también presenta puntos de divergen-cia con esa "individualidad es-pañola", que tantos quebrade-ros de cabeza ocasionó a los escritores del 98, Y que tantas ineficiencia nos produce hoyen día.
Apuntaba Morote que eran dos las condiciones necesarias para la prosperidad de la na-ción: la primera, que sea labor de todo un pueblo; la segunda, que obedezca a grandes fuer-zas económicas y sociales, y no a militares. Aplicando estos dictámenes a la empresa, po-demos afirmar, en primer lu-gar, que si la empresa no es una comunidad, sino la obra de una gran mente
individua-lista, fracasará. Tanto en el te
-rreno político, como en el eco-nómico disponemos de nume-rosos ejemplos de este extre-mo. En segundo término, que si esa comunidad se ha forma-do exclusivamente al palio de una coyuntural competencial (versión moderna de las lides militares) y no tiene como me-ta el común desarrollo, no per-durará en el largo plazo. ¿Qyé empresas de las empleadas por Taylor para mostrar la eficien-cia técnica y económica de la
dirección científica del trabajo, siguen hoy entre nosotros?
En este esquema, ¿cuál es
entonces la función del
sario?, ¿qué compete al empre-sario trabajador?
Dirigi7~ señalan Polo y
Lla-no, es lograr cambiar la conducta de los otros de manera que hagan lo que yo quier062
• Muchas son
las formas de conseguir esto:
las hay sutiles, las
hay"milita-res", las hay esclavizantes. Pero mucho más interesante que
todo.eso es otra cuestión: ¿qué
es lo que yo quiero?
A esa pregunta podemos contestar desde nuestra heren-cia mercantilista, y afirmar que hay que cerrar nuestras
fronte-ras, que la exaltación de una
na-ción fue siempre el abatimiento
de otra63
, que lo mío es sufi
-ciente, que no quiero compe-tencia y que eso mío ha de medirse en moneda corriente. Así el empresario escribe el guión; contrata y "educa" a los
artistas; pinta el decorado,
es-cribe la música y acalla a los buenos barítonos. Recibiría entonces el lamento de
Gani-vet: pueblo que quiera rege
nerar-se encerrándonerar-se por completo en sí mismo, es como un hombre que
quiera sacarse de un pozo
tirán-dose de las orejas64
•
ESPAÑA y SUS EMPRESARIOS. OTRA VISIÓN DESDE LA HISTORIA
Podemos constestar desde la optica capitalista, desde los contratos basura o desde el es
-clavismo retributivo. Entonces lo que yo quiero es el dominio económico, sea cual sea el pre
-cio. Pero éste enseguida ento-na tentadoras notas, que im-pulsan hacia el dominio social, luego político; luego, ¡quién sabe!, quizás el ultrahombre: la gran felicidad que sirve de sím-bolo a toda la felicidad más alta y a la suprema esperanza:
ambi-ción de dominio ... ¡Oh quien pu-diera encontrar el nombre ade-cuado de una virtud para bauti-za?' este anhelo!... y entonces ocurrió que la palabra (de Zara-tustra) llamó bienaventurado al egoísmo, el egoísmo saludable, sa-no, que brota de un alma podero-sa, a la que c01Tesponde un cuer-po elevado ... en torno al cual to-das las cosas se transforman en espej06S. Nuestra historia re-ciente nos muestra con absolu-ta claridad que aquellos narci-sistas que han visto el mundo, la sociedad, la empresa como su espejo han sido prontamente vencidos.
Pero aún nos queda la ópti-ca del trabajo. Un directivo que no se preocupe por elevar la mo -tivación del obrero, reduce la su-ya al nivel mínim066
, continúan Polo y Llano. Y recalco:
direc-tivo que no regenere con el obrero cuál va a ser la meta de la comunidad, será directivo sin meta; directivo mercanti
-lista y capita-lista. Ya lo señala Alejandro llano: la nueva sensi-bilidad reclama bienes comuni -cativos, que no son disgregadores, sino solidarios. Se crean entonces ámbitos sociales compatibles67
•
Sumar a otros a un proyecto abierto; más abierto en cuanto a más personas incumbe, ese es el trabajo de un empresario; crear con su trabajo perma-nente ámbitos sociales com-partibles.
Claro que la comunidad em-presarial tiene que innovar. Naturalmente que tiene que arriesgarse, pero el empresario tienen por función crear y de-sarrollar la comunidad desde la
retroalimentación de sus
miembros.
Cuenta Ramón Areces sus impresiones después de un viaje a Japón: en aquel país vi que en cada empresa trabajan el abuelo, el pad?'e y el hijo. Me di cuenta entonces que la clave del éxito estaba en vincular a la em-presa al hombre. En cuanto volví
a Madrid me prometí a mí mis-mo incorporar a mis trabajadores como accionistas de la empresa, empezando por incentivarlos previamente al ahorr068
• Los
Revista Empresa y Humanismo, Vol. L N° 1/99, pp. 29-50
dedicados a la macro y a la po-lítica económica práctica co-nocen cuán difícil es conseguir que el común de la población ahorre. Sin embargo en este
caso era un objetivo común para el común, y él era un em-presario trabajador.
Trabajo como deseo de fu-turo compartido. Trabajo co-mo empeño felicitario. Señala Ortega: el hombre es el único ser
que echa de menos lo que nunca ha tenido. Yel conjunto de lo que echamos de menos sin haberlo
te-'nido nunca es lo que llamamos
felicida(r. Pero quizás la
felici-dad está en recorrer ese cami-no al que nunca se llega, o en soñar ese sueño del que nunca
uno se despierta. Pero no vi-virlo aislado. Al fin de cuentas
qué es la productividad sino la
constatación de la felicidad del trabajo bien hecho.
ESPAÑA y SUS EMPRESARIOS. OTRA VISIÓN DESDE LA HISTORIA
NOTAS
1 Le Saget, Meriem (1992), Le ma-nager intl/itif, Dunot, Paris.
Traduc-ción castellana: (1993) Deusto, Bil-bao.
2 Goldberg, Philip (1983), The intui-tive heart; University of California Press, Berkeley.
3 Castresana, José I. y Blanco, Adolfo
(1992), Dirección inteligente, dirección flexible, ESIC, Madrid.
4 Garda, Salvador y Dolan, Shimon L. (1997), La Dirección por valores, McGraw- Hill, IESE, Barcelona.
5 (1993) Deusto, Bilbao.
6 No quiero con esto decir que la ta-rea del empresario coincida con la del
empleado, sino que ambas tareas pue-den inscribirse pue-dentro de la categoría
que denomino trabajo. En ese
senti-do, me parece más acertada la
distin-ción entre trabajo directivo y trabajo
operativo, que la dicotomía
trabajo-capital. Más aún, pienso que hasta que esa dicotomía no salte por los
ai-res no conseguiremos una economía
para el hombre. Y creo que la forma mejor para esa explosión procede de las investigaciones sobre el verdadero
sentido del trabajo.
7 An Inquiry into the Natl/re and Cau-ses
of
the Wealth 01 Nations (1776), Clarendon Press, Oxford, 1976, Lib. 1, Cap. VI, p. 91.8 Naisbitt, John y Aburdene, Patricia
(1985), Reinventing the Corporntion, Megatrends L., traducción castellana: Folio, Barcelona, 1986, p. 91.
9 Editorial complutense, Madrid, p. 42.
10 Cf. Myrdal, Guy (1953), El ele-mento político de la Teoría Económica, Gredos, Madrid, 1967, pp. 92-95
11 No es, como algunos quieren
ha-cernos creer, la reivindicación marxis-ta puesta al día. Marx ciertamente
denunció que si al trabajador se le
amputaba el poder de creación du-rante el trabajo se le alienaba; pero
habló siempre, y siempre
errónea-mente, de una creación material, de una creación exterior. Si a la idea
no-vedosa de la realimentación entre
tra-bajo y acción quisiéramos ponerle pa-dre, deberíamos buscar en el
Cristia-nismo no en el Marxismo.
12 Bloch, Philippe et Hababou, Ralph (1991), Dinosaures &
Camele-ons, Ed. Jean Claude Lattes, traduc-ción castellana: Ediciones del Drac, Barcelona, 1992, p. 117.
13 Serrano, José Ma y Costas, Antón
(1993) Diez Ensayos sobre Economía Españo/a, Eudema, Madrid.
14 Cf. Cabrera, Mercedes y Del Rey, Fernando (1988), "Entre la condena y
el olvido. Los empresarios y sus organi-zaciones en la historiografía española", Sociología de/Trabajo, nO 3, pp. 141-164; reproducido en Hernández Andreu,
Juan y Garda Ruiz,]ose L. (1994),
Lec-turas de Historia Empresarial, Cívitas, Madrid, pp. 51-74.
15 Cf Schumpeter,Joseph Alois (1912),
The TheO/y
of
Ecol2omic Deve!opement, Cambridge University Press,Massachu-setts, 1951, caps. TI y 1lI.
Revista Empresa y Humanismo, Vo/. 1, N° 1/99, pp. 29-50
16 Knight, Frank (1921), Risk, Un-certainty and Profit; Hamper L. Row,
New York, 1965.
17 Schumpeter, Joseph Alois (1912),
op. cit., p. 93.
18 Cf Cantares del Mío Cidvs.
1231-34; 1736-38; 1772-82. Comentario
en COl·ominas, Pedro (1917), El
sen-timiento de la riqueza en Castilla, Pu-blicaciones de la Residencia de Estu-diantes, Madrid, pp. 80 Y ss. Miguel de Unamuno [(1895), En torno al cas-ticislllo; Biblioteca Nueva, Madrid,
1996, pp. 153 Y ss.], señala que sólo el
pecunio movía al Cid Y sus
compañe-ros. Leyendo esos cantares, creo que
Unamuno desfigura el personaje.
19 Aquella famosa raya que con su
espada trazó Francisco Pizarro en la
arena, mientras afirmaba con
rotun-didad y decisión: por aquí se va a Perú
a ser ricos; por allí a Panamá a ser po-bres. Escoja el que sea buen castellano lo que más bien le estuviese. ¿No denotan
una actitud que muy bien podría
competir con estas teorías
motivacio-nales modernas que hoy nos
abru-man? Tanto elementos monetarios
como psicológicos e incluso elemen-tos de espíritu racial se mezclan en estas pocas líneas, con bastante más maestría que en muchos manuales de
técnica motivacional.
20 Dice con un deje de pena Adam
Smith en 1776: Hoy los países dUe/los
de las minas, España y Portugal, son quizá los países más pobres de Europa después de Polonia (Inquily ... op. cit., Lib. 1, Cap. XI, p. 311).
21 Grice-Hutchinson, M. (1995),
Ensayos sobre el pensallliento económico
en Espl11la, Alianza, Madrid, p. 118.
22 Bitar, Marcelo (1968), Econolllistas espl11loles del siglo XVIII, Cultura
His-pánica, Madrid, p. 12.
23 En la economía moderna
segui-mos cayendo en este error, por
ejem-plo, cuando catalogamos a una em-presa por su cuenta de resultados.
24 Por ejemplo, el vallisoletano Gon
-zález de Cellorigo (1600, Melllorial de
la política necesaria y IÍtilrestauración de la replÍblica en Espalla, Instituto de Estudios Fiscales, Madrid, 1991) o Caxa de Leruela (1630, Restauración
de la antigua abundancia en Espl11la, Instituto de Estudios Fiscales, Ma-drid, 1975 ).
25 Mandeville, B. (1714), Lafábula
de las abejas o los vicios privados hacen la prosperidad plÍblica, versión de
1729, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1997, p. 126.
26 Ibid., p. 128. No fue esa, aparente-mente, la tarea emprendida por el Gobierno de España.
27 Perdices, Luis (1996), La Econo-lIIía Política de la Decadencia de Casti-lla en el siglo XVII, Síntesis, Barcelo-na, p. 42.
28 Q.te también Earl Hamilton
("The Declive of Spain", Econolllic
histo/y Review, VIII, nO 2,1938 Y El florecillliento del capitalismo; Emayos de
Historia Econólllica, Alianza. Madrid,
1984), considera uno de los factores del declive español.
29 Bitar, Marcelo (1968), Economistas
espmloles del siglo XVIII, Ed. Cultura Hispánica, Madrid, p. 29.
30 Así denomina William
Shakes-peare a la plata en El Mercader de
Ve-necIa.
ESPAÑA y SUS El'vIPRESARIOS. OTRA VISIÓN DESDE LA HISTORIA
31 Ciertamente existen muchas posi-bles explicaciones a la debilidad de la burguesía española en este periodo, que no dan como causa el desprecio del trabajo, en las que no podemos
entrar. Cuando más adelante defina-mos trabajo quizá este extremo quede
aclarado.
32 Macías Picavea, R. (1899), El pro-blema nacional, Biblioteca Nueva, Madrid, p. 145.
33 Cf. Ganivet, Ángel (1898), Idea-riulII espmíol, Biblioteca Nueva, Ma-drid,1996.
34 Morote, Luis (1900), La moral de la derrota, Biblioteca Nueva, Madrid, 1997, p. 154.
35 Ibid. p. 214.
36 Ortega y Gasset, José (1908),
"Disciplina, Jefe, energía", El impar-cial, 12 de agosto; en Textos sobre el
98, Biblioteca Nueva, Madrid, 1998, p.133.
37 Ortega y Gasset, José, Obras Com-pletas; Revista de Occidente, Madrid,
1963, p. 557.
38 Una muna, Miguel de (1895), op. cit., p. 155.
39 Véase una explicación sucinta, pe-ro con abundante bibliografía, en
Co-mín, Francisco y Martín Aceña,
Pa-blo (1996), Los rasgos históricos de las empresas en Espalía: UI1 panorama,
Fundación Empresa Pública, Docu-mento de Trabajo nO 9605, Programa de Historia Económica.
40 Ibid. p. 15.
41 La Nobleza estaba reñida -incluso por ley-con algunas actividades,
es-pecialmente la laboral, por ser
consi-derada indigna. Aunque esas normas fueron abolidas, y durante el reinado de Carlos III se trató de racionalizar la sociedad estamental, lo cierto es
que esas normas tácitas se mantuvie-ron durante mucho tiempo.
42 Smith, A. (1776), op. cit., Lib. I, Cap. XI, P. III, p. 329.
43 Ya lo apuntan Comín y Martín Aceña: Hay que pemar que la influen-cia de esos factores sobre el desanollo em-presarial ya no era muy importante des-de lIIediados des-del siglo XIX, si es que real-mente obstaC//lizaron la actividad em-presarial de la época moderna. (1996,
op. cit., p. 11).
44 Idea que retoma Rousseau en El Contmto Social, Cap. VIII.
45 InqIlÍly .. , op. cit., Lib. I, Cap. X, P.
III.
46 Ibid. Lib. I, Cap. XI, Conclusión.
47 Aunque hemos de reconocer que pasó por múltiples vaivenes. Cfr. La-sarte, Javier (1975), Economía y Ha-cienda al final de! Antiguo Régimen; dos estudios; Instituto de Estudios Fis-cales, Madrid. El primero analiza la
llegada de dicho texto a España y las reacciones que se produjeron.
48 Lib. I, Cap. XI, P. II.
49 Lib. I, Cap. VI.
50 Lib. IV, Cap.
n.
51 Elorza, Antonio (1970), La ideolo-gía liberal en la Ilustración Espmíola,
Tecnos, Madrid, p. 14.
52 Lasarte, Javier (1975), op. cit.; p. 66.
53 Theol)', op. cit., p. 78.
54 TheO/y, op. cit., p. 84.
Revista Empresa y HUlllanismo, Vol. 1, N° 1/99, pp. 29-50
55 The01y, op. cit., pp. 91-92.
56 Guardini, Romano (1963), Eloca-so de la Edad moderna: un intento de reorientación, Guadarrama, Madrid,
2a ed., p. 46.
57 Schumpeter cuando habla del mo-tivo de la fundación de un reino pri
-vado, añade: no de una dinastía (p. 93). El carácter español une reino a propiedad familiar.
58 Cf. Brevísima relación de la
destruc-ción de los indios.
59 No únicamente por el riesgo de desempleo, muy grande según en qué profesiones y categorías laborales y de edad, también porque se tiende a unir el salario al desarrollo de tareas con incentivos variables.
60 Centesi1l/us Annus, na 41.
61 "Discurso a los empresarios y tra-bajadores españoles", Barcelona, 7.
IX. 1982, na 9, cit. En El empresario razones para la esperanza; Valencia 24.
III. 95, I.S.E. p. 20.
62 Polo, Leonardo y Llano, Carlos (1997), Antropología de la acción direc-tiva, Unión Editorial, Madrid, p. 113.
63 Gándara, Miguel Antonio de (1811), Apuntes sobre el bien y el mal de España, Instituto de Estudios Fisca-les, Madrid, 1988, p. 51.
64 Ganivet, Angel (1898), op. cit., p. 189.
65 Nietzsche, Frederic; op. cit., III: De
los hes males.
66 Polo, Leonardo y Llano, Carlos (1997), op. cit., p. 113.
67 Llano, Alejandro (1988), La nueva
sensibilidad, Espasa, Madrid, p. 158.
68 Cit. por Cuervo, Alvaro (1989), "Ramón Areces; Empresa y Cultura",
Revista de economía, na 1, pp.
126-130; reproducido en Hernández An-dreu, Juan y Garda Ruiz, Jase L. (1994), op. cit., pp. 491-498.
69 Ortega y Gasset, José (1948-49),
Una interpretación de la historia uni-versa/, Revista de Occidente, Madrid,
1959, p. 285.