RINCONES COTIDIANOS

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Texto completo

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CON RECONOCIMIENTO DE VALIDEZ OFICIAL DE ESTUDIOS DE LA SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA, SEGÚN ACUERDO

NO. 20130401 DE FECHA 9 DE JULIO DE 2013

POEMARIO

“RINCONES COTIDIANOS”

P R E S E N T A

QUE PARA OBTENER EL GRADO DE

MAESTRA EN LITERATURA Y CREACIÓN LITERARIA

HANAKO TANIGUCHI PONCIANO

MÉXICO, D.F. 2015

DIRECTORA: DRA. PATRICIA CAMACHO QUINTOS

T E S I S

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1

La poesía llegó relativamente tarde a mi vida. A diferencia de los niños que recitaban sus

poemas a su madre o a su padre o a sus abuelos o a la niña de la que secretamente estaban

enamorados, yo me enfrenté al reto de escribir un poema hasta los quince años.

Recuerdo perfectamente la escena. Un salón con no más de veinte alumnos. Un profesor

japonés con lentes, un poco pasado de peso y de estatura más bien baja que asignó la tarea

de escribir un haiku en menos de veinte minutos.

En ese entonces yo leía y escribía diario en japonés y mis pensamientos fluían en ese

idioma. Pero los pocos poemas o haiku que había leído en mi vida estaban escritos en

japonés antiguo, del que ya no se habla hoy en el archipiélago. Por eso, mis manos

empezaron a sudar y mis hojas del cuaderno específicamente diseñado para escribir de

arriba a abajo y de derecha a izquierda permanecieron en blanco casi quince minutos.

El profesor comenzó a pasear entre los pupitres cuando faltaban cinco minutos. Yo había

alcanzado a escribir acaso un par de líneas y pensaba en el remate que encajara con el ritmo

de cinco, siete, cinco, pero estaba aterrada con la idea de tener que mostrarlo a alguien más.

Tras pasar a mi lado, el profesor me dijo que iba bien y se dirigió al resto del grupo

anunciando que tal vez de mí podría salir un haiku bastante bueno. Más allá de alegrarme,

sus palabras me produjeron pánico y recuerdo haber tirado el lápiz y tardar un rato en lograr

tomarlo de nuevo.

Ya cuando tuve que leer mi pequeño poema rítmico, no pasó nada. Simplemente siguió otro

compañero que estaba sentado atrás de mi y así todos leímos lo que habíamos escrito.

Fue ahí donde secretamente quise creer que tal vez tenía un poco de talento en el arte de

expresar momentos y sensaciones en pocas palabras. Pero después de esa experiencia de

hace ya unos veintiún años, no había vuelto a escribir ningún poema hasta mi último

semestre de la Maestría en Literatura y Creación Literaria de Casa Lamm.

En este poemario están incluidas algunas piezas que trabajé en clase con la profesora

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La mayoría están escritos en prosa poética, que al parecer se me facilita más al momento de

escribir poemas.

Estoy segura de que la doctora Camacho Quintos batalló con mi necesidad de escribir mis

poemas con esa estructura, a pesar de su insistencia de no irme siempre por ese camino.

A pesar de esto, al final fue ella la que me recomendó centrarme en la prosa poética.

Organización de los poemas

Los poemas para esta tesis están organizados de la siguiente manera:

1) Cotidianidad

2) Esencia

3) Recuerdos

4) Viajes

Con “cotidianidad” me refiero a aquellas vivencias del día a día, ya sea en el ámbito laboral

o personal.

Es por eso que abro con el poema de “Un día cualquiera de una periodista”, un poema que

escribí como una asignación de la materia Taller de Creación Poética.

Ahí, la intención era describir la vivencia cotidiana de una periodista freelance, que en ese

entonces era lo que yo hacía para subsistir. (Hoy soy editora en la revista Expansión.) El

poema habla de lo que era mi cotidianidad laboral.

Si bien los poemas de esta tesis los fui escribiendo según se me fueron ocurriendo, al

repasar los más de cincuenta poemas que acabé creando, me di cuenta de que algunos

hablaban de asuntos de la vida diaria, otros sobre mi esencia como persona, otros sobre

recuerdos – sobre todo de la infancia, pero también de menor tiempo atrás–, así como de los

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Fue por eso que decidí dividirlos de esa manera y darles algún orden.

En la sección de “cotidianidad” hay dieciséis poemas, en la sección de “esencia” son doce,

en la de “recuerdos”, doce y en la sección de “viajes” hay seis.

Al final agregué una pequeña sección de haiku que dividí en las diferentes estaciones del

año.

Esta división responde a lo que mi profesor de japonés que aquel día nos puso a escribir

haiku, nos señaló como reglas básicas: agrupar las sílabas en cinco, siete, cinco y utilizar

siempre símbolos que hagan alusión a alguna estación del año.

En este caso escogí los símbolos mexicanos. Pero como en nuestro país no hay una división

clara, escogí algunas referencias que si bien no tienen nada que ver con el clima, nos

recuerdan a alguna época del año como el Día de Muertos o las lunas de invierno.

Si alguien se arma de paciencia y lee todo el poemario, se dará cuenta de que en algunos

versos hay palabras japonesas. Si bien en un poema decidí agregar una pequeña explicación

de lo que estaba hablando (Oniguiri) en algunos no lo hice.

Decidí conservar las palabras en japonés y una en alemán para que los lectores puedan

tener una idea clara de lo que es mi cosmogonía y destacar la sonoridad del poema. La

poesía es para leerse en voz alta, que es, en su ritmo y sonoridad implícitos, música hecha

de palabras. Cuando es leída en voz alta en un idioma que desconocemos se convierte, para

el escucha, en una expresión muy pura de la musicalidad lingüística.

Mi padre es japonés y mi madre mexicana, y con mis hermanos y mi sobrina me comunico

en japonés. Mis padres se conocieron en Alemania, por lo que muchos años hablaron entre

ellos en alemán. Por eso, a veces, cuando evoco escenas cotidianas o decido ponerme en

contacto con las partes más recónditas de mi ser, mi mente habla en una mezcla de

castellano, japonés y un poco de alemán.

También noatrán que el de Londres es un tema más o menos recurrente. Esto se debe a que

tuve la fortuna de vivir cuatro años en la capital británica. Por eso, en mi mente también

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Además de mis vivencias cotidianas, durante mi infancia, mis viajes o en las

introspecciones, mis poemas tienen un poco de influencia de lo que en el Taller de Creación

Literaria leímos de Octavio Paz, Jorge Luis Borges, de Aristóteles, de Gaston Bachelard y

algunos poemas de Antonio Machado, Pablo Neruda y Jaime Sabines que leí mientras

escribía la tesis.

Obviamente también hay influencias mucho más lejanas como todos los haiku que tuve que

memorizar del juego de cartas de Hyakunin Isshu que datan de la época de Kamakura en

Japón (1192–1333) y de Fernando Pessoa al que me volví aficionada tras mi viaje a

Portugal.

Todos ellos me alentaron a tomar la decisión de escribir poemas, en lugar de cuentos o

ensayos u obras de teatro que tienen su propia dificultad.

Esto no necesariamente hizo más sencilla la labor, pues la poesía, con toda la intimidad e

introspección que implica, me obligó a “hacer arte con la razón” como nos instruyó en

varias clases el doctor Juan Antonio Rosado.

***

La tarea de escribir la cantidad suficiente de poemas no fue sencilla al considerar que más

allá de la mera inspiración, había una necesidad de terminar un periodo académico y un

anhelo de vida que por fin se había cumplido a través de la Maestría de Literatura y

Creación Literaria de Casa Lamm.

En mi caso, los poemas no siempre surgen por mandato y la conclusión de esta tesis

implicó distintos sacrificios que, sin embargo, no fueron en vano.

A diferencia de las tesis teóricas o mucho más científicas, una tesis en creación literaria

tiene sus propios retos creativos. No hay necesidad de buscar miles de referencias teóricas o

bibliográficas, pero hay que encontrar el tiempo y la calma, en medio de pendientes

laborales, para escribir un poema mínimamente aceptable.

No siempre fue posible. Algunos poemas surgieron en medio de un cierre editorial o

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Otros cuantos como parte de un ejercicio de creatividad algo forzada frente a una hoja

blanca en el procesador de palabras. También adquirí la costumbre de escribir ideas en una

libreta de periodista.

Después de unos seis meses fue posible presentar una colección de poemas que pudieran

servir como contenido de una tesis para titularme como maestra de Literatura y Creación

Literaria.

Este es un primer intento por adentrarme en el mundo de la poesía, más allá de los

ejercicios académicos que buscan dar voz a mis pensamientos y sentimientos más

profundos.

Agradezco a todos aquellos que ayudaron a lanzarme a esta aventura. Gracias a Eduardo

Portas Ruiz, a todos mis hermanos, pero especialmente a Yuriko Taniguchi, a mis padres, a

todos mis profesores de la maestría, a mi psicoanalista Cinthya del Castillo, a Georgina

Portas, a Wendy Selene Pérez, a Mariana Fernández, a Lucía Burbano y mi familia

londinense que siempre me brinda su apoyo de manera incondicional (Jaime Millán,

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Un día cualquiera de una periodista

Entre más tarde empiecen, las mañanas son mejores. Desde hace unos meses, el despertador

dejó la disciplina y se unió a los sueños que se prolongan y ocurren bajo la luz que calienta

los párpados.

La cama no debe ser demasiado cómoda. Entre más se hunde el colchón, mayor es la

cantidad de horas imaginando futuros imposibles, improbables, inalcanzables.

El hueco de tres por tres con una pequeña ventana hacia el vacío comienza a oler a Earl

Grey a eso de las nueve, cuando el canto de los gorriones se pierde en un mar de

impuntuales desesperados frente al volante.

Lo primero es la radio, aunque la voz preferida esté a punto de secarse. Lo segundo es el

agua. El agua en el vaso rojo, el agua en la taza grande y el agua que cae y que da masaje.

Lo tercero es la pantalla. Un rectángulo de 30 x 15 que guarda todo y nada, a ella y a él, al

mundo que buscamos insistentemente en códigos de uno y cero, uno y cero, uno y cero...

Lo cuarto es el teléfono. Llamar a ella, llamar a él, llamarte a ti, grabar, anotar, marcar.

Y es hasta el mediodía, cuando la lavadora de la señora del 10 canta rítmicamente, que las

teclas comienzan a sonar bajo los dedos que anotan ideas y arman rompecabezas de frases y

letras. Contar pétalos, contar historias, contar estrellas y las noches con luna llena.

A veces se come carne, a veces se come arroz, a veces se comen galletas mientras se crea.

Se crean mundos, se crean vidas, se crean memorias que vivirán en mentes ajenas.

Y viene el té. Nunca a las cinco, bueno, casi nunca, porque aquí no es Inglaterra y tampoco

es Japón. El té que se entibia junto a la ventana y a veces vive hasta llegar a la mesa de

noche.

El sosiego puede llegar a la hora que sea y puede repetirse cada tres horas, o cada dos, o

cada cinco.

Luego vienen las caminatas. Hoy hacia el norte, ayer hacia el sur, mañana sobre el piso de

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Y se regresa a la tecla, a la pantalla y al teléfono. El cielo va perdiendo su luz y la mente se

entume, siempre, irremediablemente, a la hora de la cena.

El sueño llega solo o acompañado de ansiedades y angustias que disparan suspiros,

parpadeos rápidos, tobillos, rodillas y dedos hinchados.

Y el cuerpo regresa a la cama, buscando esa sensación de protección que nunca volvemos a

sentir una vez que estamos fuera del vientre. E imaginamos de nuevo que la vida es buena y

que el alma es sincera y que su sonrisa dibujada a distancia siempre nos salvará de todo,

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Jueves por la mañana

Cálida humedad. El poniente se acerca al ritmo de melodías de hace muchas infancias.

Entre el grito de la ciudad y el susurro del otoño hay un cristal.

De las manos que guían nacen valles y cuestas empujadas por el destino que se sujeta firme

para no resbalar.

La desgracia callejera no se cuela a esta cueva. Se lava con lluvia de nubes grises y

amarillas.

Lentos son los segundos en el jardín para los muertos y en el cementerio para los vivos.

Largos son los instantes frente a las pupilas rojas, los cabellos cenizos, las voces grises que

gritan humo.

El invierno exterior desaparece por unos instantes, dentro de esta guarida móvil que recorre

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Dicotomía citadina

Te aborrezco cuando llenas tus brazos y venas de máquinas escandalosas y estridentes que

escupen grises infinitos. Pero no cuando decides subirte al viento para transportarte a los

volcanes que vigilan en calma la prisa cotidiana.

Te aborrezco cuando al andar me obligas a esquivar palabras insinuantes y violentas y a

evitar rincones desiertos en los que escucho pasos imaginarios. Pero no cuando al andar me

interrumpen miradas cómplices, labios que sonríen discretos sin levantar los párpados o

vientos gélidos que despiertan memorias casi olvidadas.

Te aborrezco cuando tus rincones se convierten en ghettos donde algunos nunca pisan el

pavimento y otros tienen las suelas llenas de lamentos, agujeros, achaques y miseria.

Cuando hay dos mundos que nunca se tocan y se ignoran por costumbre. Pero no cuando

mueves tus cimientos y nos recuerdas de nuestra vulnerabilidad ante tu ira contenida.

Te aborrezco cuando llevo cientos de días sin mirar estrellas, cuando el silencio es una

quimera y cuando en cada rincón veo a un potencial enemigo. Pero no cuando la luna crece

y crece e ilumina más que cualquier intento artificial de alargar el día y acortar la noche. Y

tampoco cuando esa luna se queda ahí, entre las ramas y las hojas, suspendida y cantando a

millones de deseos secretos.

Te aborrezco cuando decides que dentro de ti podemos vivir, podemos sobrevivir, solo

entre suelos sucios y agrietados que invaden poco a poco al verde escaso que existe en este

valle de serpientes, águilas y nopales. Cuando los huecos para andar son cada vez más

estrechos y desolados. Pero no cuando te pintas de morado jacaranda, naranja cempazúchitl

y rojo bugambilia. Y tampoco cuando la cola de la ardilla acaricia mi piel inesperadamente

mientras espero frente a tu bosque enrejado.

Te aborrezco porque sigo buscando un rincón donde pueda ensimismarme sin pensar en

nada más y no lo encuentro. Porque cada vez son más las voces que dicen, que anuncian

gritando, que te van a abandonar y sólo los miras indiferente. Pero no cuando desde un

balcón entra el aroma de agua de ropa recién lavada a mano y musitan los pequeños

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Te aborrezco como a una obsesión de la que no me puedo deshacer. Como una desahuciada

que sueña una cura milagrosa que se le escurre entre los dedos. Pero no cuando huelo tus

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Jardín encantado

Los viernes húmedos combinan bien con el sonido de los chelos y la lluvia que golpea los

cristales arrítmicamente mientras la ballena blanca de Moby Dick aguarda dormida en los

mares del norte.

El reflejo estelar se esconde tras las nubes grises, infinitas, esponjadas, veloces,

escandalosas y envolventes.

Las manos acarician el césped para coleccionar gotas heladas y huellas de pequeños

animales imaginarios.

Aquí, en este bosque tuyo, huelo los recuerdos y recorro tus manos pensando en las grandes

avenidas que no duermen y las calles mudas pero escandalosas por las luces de neón que se

amontonan sobre nuestras cabezas.

En tus pupilas contemplo los árboles nocturnos con insectos durmientes que aguardan la

brisa tibia del amanecer. Esas ramas habitadas por hojas invisibles que cantan al viento

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Trabajo ideal

Luces tenues que empujan hojas, ramas y pequeños pedazos de papel.

Soplo sutil de viento que navega en el laberinto de paredes, páginas, hombros y dedos que

pierde fuerza y muere.

Murmullos de aves y autos que desaparecen entre palabras confusas y máquinas que buscan

un destino desconocido.

En este rincón, el invierno no corta la piel ni exprime las pupilas que añoran sol.

Aquí, en este mundo artificial, renace el miedo al vacío, el terror al silencio, el horror a las

miradas distraídas.

Colectivamente fingimos que algo cambiará, que todo cambiará y así sometemos pesadillas

de recorridos mediocres e inútiles.

Los techos bajos anulan cielos verdes y amarillos y el mundo se reduce a un espacio de tres

metros cuadrados lleno de aire reciclado.

Aquí sucede todo y nada, absolutamente nada. Rutinas de café, de sonrisas forzadas y

abrazos fraternales obligados.

Aquí el día pasa más pronto o más lento y la vida es un río que corre sin cargar nada.

En este espacio de sueños vestidos de resignación, sólo la acidez del riubarbo, la amargura

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La luna

Dama blanca que danzas en el cielo. Tu escenario es completamente negro. A veces, lleno

de luces milenarias.

Eres de la noche, eres de la melancolía de invierno.

Chocamos contra ti con la ignorancia de la razón. Fantaseamos con tu dominación.

Te resistes a ser comprendida. Deseas existir únicamente en los versos escritos en las

noches en vela. Embellecer el cielo de octubre y erguirte como la más grande y bella.

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Instantes

Mis yemas te evocan cuando los suaves granos blancos queman sutilmente la piel.

Te huelo a través de las hojas moradas de shiso y las granos secos de comino.

Te miro en el reflejo del té con bergamota y beso tus labios con un poco de miel.

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Desierto urbano

Piando se abrió el bosque de ramas doblegadas ante vientos gélidos.

La danza de las ramas, secas y alargadas arrullaron las miradas extraviadas.

Nadamos en el mar verde de los temores, con nuestros dedos helados intercalados.

Y después de cuarenta amaneceres, desaparecimos en veredas intrincadas y cuevas

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La espera

En un rincón en medio de la anarquía, sentada sobre las bardas de un jardín árido, te espero

como cada viernes que elegimos al azar.

Por la acera desierta de humanos, pasean melodías efímeras y uno que otro miedo que

olvidamos repudiar.

Los árboles, todavía adornados de inviernos, danzan al son de graznidos desesperados de

cuervos extraviados.

Un pequeño vendaval se lleva el olor de las memorias secuestradas de tus puños quebrados.

En medio de esta arteria llena de amores artificiales, tus ojos suaves dan sosiego a mis

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Refugio

Las sombras largas de los monstruos de concreto son refugios fortuitos.

Sus espaldas frías y siempre silenciosas guardan el calor del día que muere y algo de

sosiego perdido en el zarandeo de la rutina citadina.

A través de sus ojos de cristal, a veces cerrados, a veces tapados y a veces abiertos de par

en par, la quietud doméstica tiñe los callejones profundos con el ruido del aceite que salta,

de la copa que se sumerge y de la sonrisa felina.

El atardecer se disuelve en los ladrillos, los balcones y las paredes con pinturas corroídas

por la lluvia.

En noches líquidas o madrugadas insomnes, las cabezas de los monstruos grises son

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Micifuz

Olas enardecidas de enero. Grises brillantes cual firmamento invernal.

Con tu mirada de estrella en agonía secuestraste un par de noches azules y danzaste en las

sombras del bullicio de la ciudad.

Las pequeñas campanillas que sacudes al andar invocan ayeres de leches tibias y celdas de

cristal.

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Final del día

Azul índigo.

Luciérnagas artificiales.

Instantes antes de llegar la noche, la manada mecánica enmudece.

El viento, ligero y fresco, apacigua la piel.

El crepúsculo cubre de sombras iglesias, tejados y árboles flacos.

Las lánguidas flores de las aceras se detienen y callan.

Los gorriones y las palomas vuelan a refugios improvisados y esperan.

Segundos, unos cuantos apenas, antes de que el azul índigo se convierte en negro, la vida se

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El ciruelo

El ciruelo quiere alcanzar el cielo, quiere alcanzar el sol.

Con sus ramas desnudas y frágiles, crece y crece buscando luz y calor.

Cuando ve a la luna llena, le cuenta de sus ansias por crecer.

Ya sin flores que lo adornen, el ciruelo se estira más y más.

Mientras se baña en la fuente, el gorrión le pregunta al ciruelo: ¿a quién quieres alcanzar?

El ciruelo le contesta al gorrión: siempre sueño con volar.

El ave regordeta con plumas empapadas arranca una de las ramas del ciruelo.

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Transformación líquida

El silencio estancado acalla las voces anárquicas.

La ansiedad se entibia y los recelos se vuelven transparentes.

Nado y nado buscando algo.

Los brazos y las piernas quieren romper el agua.

Dejar flotando las repeticiones inútiles de la vida diaria.

Olvidar anhelos artificiales y diluir de a poco el desasosiego.

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Voz de mar

Ella tiene voz de mar.

Sus cantos vienen y van, vienen y van, vienen y van.

Mis latidos se alinean a las cadencias de una isla lejana.

Las olas rompen al tenor de su creole caboverdiano.

La brisa de sus labios cura el desengaño y convierte a cualquier pena en amor.

Su movimiento y su silencio murmuran en la oscuridad invernal.

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Flores de sangre (Amapolas de Guerrero)

Amapolas, flores de sangre.

Buscan la muerte para brotar sobre ella.

En tus montañas, intrincadas y desahuciadas, las amapolas bailan ufanas.

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Ciclos

Cada 730 días, un día más, otros días menos, se remueven cicatrices, se desechan recuerdos

caducos, se empacan sonrisas oxidadas.

En bolsas negras van también fotos quemadas por el sol, lágrimas arrebatadas, pétalos

secos llenos de polvo y un anillo con tres perlas que dibujaron para mí.

Las esquinas húmedas guardan mejor los triques y las historias que se pegaron a las suelas

en charcos con nieve o a la sombra de arbustos secretos con amigos imaginarios.

Cada 730 días, un día más, otros días menos, el reloj de arena suelta su último grano y da

vuelta.

La piel se desmorona y brilla de nuevo. Los labios sangran opacando la palidez de la

tristeza. Las pupilas saturadas de fragmentos se vuelven transparentes. El silencio

aprendido se inunda de suspiros. Los pies memorizan los contornos de nuevas piedras

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Nacimiento

Nacer de la sangre, nacer del mar.

Del agua profunda que inhibe la luz y que da vida a la eternidad.

De los trenes atestados que gritan destinos adivinados con los ojos nublados.

De abrigos llenos de panes duros y fríos en medio de los canales venecianos.

De rebanadas de pan de centeno embarrado con manteca que ayudan a sobrellevar los

miedos.

De valentías desconocidas, de lágrimas silenciadas, de galletas de jengibre que

reconfortaban.

Nacer en medio de mares ajenos y vecinos y de corrientes que cargan esperanzas falsas.

De recuerdos sin recuerdos. De sensaciones que despiertan al pisar las calles recorridas por

ti y conmigo.

De ventanas llenas de plantas y velas, de chimeneas de carbón y de dos amantes que

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Antes y después

Andar a ciegas. Buscar a tientas.

Arrastrar pesimismos adquiridos, prejuicios que limitan.

Las cadenas se soltaron, tronaron al paso de los versos.

El paso se volvió ágil. El alma se entibió y se hinchó para crecer.

Paisajes nuevos inundaron la vista. Paisajes viejos se volvieron nuevos.

Olores, colores, sabores, texturas. Palabras que liberan.

Ando hoy rutas nuevas. Despierto a mañanas más profundas, intensas.

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Bosque histórico

Entre las hojas que cuelan luz, reapareces.

Tú, la que disfruta de lecturas bajo las lluvias lisboetas y la soledad de mezquitas azules en

noches de invierno.

Hoy caminas sobre fragmentos de rocíos de mayo. Satsuki, así se dice mayo en japonés

antiguo.

Caminas entre los árboles que absorben el murmullo enloquecido de la ciudad en viernes.

Entre ardillas, pájaros y niños, silencias las urgencias cotidianas y andas, pausadamente,

andas.

Aquí no hay prisa por vivir, solo fragmentos que corren entre recuerdos de un México que

se ha disuelto.

¿Cuántas sombras han visto pasar estos árboles gruesos, arrugados como grandes viejos?

En sus tallos, las flores grabaron los suspiros de las almas solitarias.

Los sueños de grandeza están encerrados en las piedras de esta fortaleza que ya de nada

defiende.

La paz es eso, saber que el pasado no se cambia, sólo se observa.

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Creación

Ondas sobre el agua.

Plumas que danzan al aire que caen y se quiebran.

Bailar en silencio, con las puntas tensas.

Saltar y cuartear techos de cristal. Sangrar anhelos.

Parir. Parir frases, parir suspiros, parir un caudal de lágrimas viejas.

Poemas inmaduros. Marcar con ellos caminos fugaces que deseamos eternos.

Cavar y cavar. Palpar con miedo cofres oxidados. Acariciar esqueletos de muertes

ignoradas.

Soltar tormentos de pieles y pétalos sepia.

Andar a gatas persiguiendo palabras. Buscar el brillo de la oración exacta, aniquiladora.

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El túnel

Oscuridad. Silencio. Miedo que domina el rumbo perdido.

Un día cualquiera, inesperado, los atardeceres dejaron de cantar y las lunas se quedaron

inmóviles y se volvieron opacas, suspendidas en un cielo vacío y frío.

El dolor que acariciaba las aceras recorrió la piel y tocó tus labios que se volvieron gélidos.

Los recuerdos felices cuelgan del cuello como pendientes que a veces cortan y sangran.

Los hubieras son golpes que duelen al roce del viento tibio de las primaveras.

Las sombras llenaron todos los huecos como la lluvia intensa que inunda los campos.

Andamos sobre lodo, con pisadas pesadas, sucias, lastimosas y lentas.

Entramos a un túnel infinito, húmedo, asfixiante.

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Negación

Ese día nada murió.

No murieron las tardes en el sillón verde con moronas de galletas marías y manchas de café

con leche.

No murió tu bicicleta que te acompañó por las calles empinadas y por barrios olvidados.

No murió tu chaleco de estambre que se agrandó con los años.

No murieron tus silencios ni tus gafas que se hicieron amarillas de tanto observar.

No murieron tus ausencias ni tus manos gruesas que no querían acariciar.

No murieron tus domingos ni tus secretos ni las rejas de oro que te vieron envejecer.

No moriste porque sigues sentado en la sala con el aroma empalagoso del árbol de capulín.

Pobres los que te recuerdan pálido, dormido y seco.

Tú no moriste aquel día soleado.

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Mujer de octubre

Incontables madrugadas surcaron tus manos de hierro.

Las heridas mudas resistieron el fuego que a veces también fue sangre.

Cada sollozo adelgazó tus cabellos disimulados con hena.

Sentada entre rascacielos, intentas olvidar los ayeres disueltos en tazas de café y lágrimas

de recién nacidos.

Aquellos árboles tropicales donde imaginabas grandes hazañas hoy son concreto donde la

lluvia pasa y nunca para.

Y tu piel, curtida con el sol de las eternas primaveras, añora inviernos derretidos décadas

atrás.

¿Qué poemas cantan tus ojos de aguas profundas, mujer de octubre?

¿Qué te susurra tu boca de Torre de Babel?

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Abuela

Adioses silenciados, adioses mudos.

Hace mucho tiempo, quién sabe cuánto ya, dejaste de mirar, oler, palpar, besar y tejer.

Tus piernas y tus manos renunciaron y nunca más volviste a pasear en callejones con olor a

piloncillo.

Los capullos que colgaban de tu árbol milenario se secaron y tus gatos huyeron hacia

noches sin estrellas.

Los séptimos días, ellos y yo recordamos tus cabellos de carbón consumido y tu espalda

tibia y encorvada.

También aquel muñeco blanco de pelos lacios metido en una canasta que me regalaste un

cumpleaños.

Nunca te dijimos adiós, ni tus gatos, ni yo, ni nadie.

El tiempo te fue disolviendo como lo hacen las olas con las rocas.

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Hija del dragón

Domingo. Alba.

Lunas llenas. Vientos secos. Estrellas tímidas.

Lágrimas y caricias. Sueños, pesadillas, promesas cumplidas e ignoradas.

Antítesis de todo. Fuerza de vida.

Eres tibia y confiada. Mirada apacible y vivaz.

Tersa, risueña y serena.

Niña de mar.

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Engañar a la muerte

Para engañar a la muerte guardo una flor en el bolsillo derecho.

Me detengo para que el viento me roce la piel con su dedo índice.

Canto, a veces en silencio, canciones de la infancia en japonés y alemán.

Colecciono olores a pasteles recién horneados y arroz acabado de cocinar.

Me tumbo para ver correr las nubes sobre el césped mojado de rocío.

Descifro en los gestos de gatos secretos remotos.

Para engañar a la muerte bebo cada dos o tres meses vino verde.

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Dicha

Olas que rompen. Brisa que deja rastros de sal.

Día que muere. Tonalidades rojizas que se diluyen en el cian.

Día que rompe. Piel entrañable, miradas traslúcidas.

Rincones ocultos. Sabor a mar tatuado en el paladar.

Tardes húmedas. Té tostado que acomete contra los monótonos golpes sobre el cristal.

Noches perpetuas. Letargo apacible sobre tus muslos.

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Jengibre, ajo y soya

Jengibre, ajo y soya. Un poco de azúcar, agua y mirin. El fuego lento da a luz olores dulces,

quemados, salados y tímidos que se confunden con un lunes en la madrugada.

Tus dedos cuadrados, firmes, rugosos y suaves cortan pedazos que se transforman en

sonrisas contenidas entre labios apretados.

Tu cariño sabe a jengibre, ajo y soya. A pollo capeado con sabor a abrazo, a orgullo de

padre oculto en silencios con miradas perdidas. A mañanas de manos secas de arroz que

truenan al cerrar los puños que infunden terror y alivio.

Jengibre, ajo y soya es a lo que huelen treinta años de una casona de techos altos y fríos,

jardines llenos de huecos con instantes enterrados para hacerlos eternos. El curry con un

toque de cerveza flota en las tardes cálidas que entran a través de cristales de colores. A

café recién colado y vapor. A té verde que inunda los rincones con el sabor amargo de las

desgracias forzadas a olvidar.

Jengibre, ajo y soya para disolver las cicatrices, las lágrimas, la sangre y los llantos. Para

despertar el sopor inocente y colectivo de los domingos por la tarde. Para aliviar miedos,

cobardías, desilusiones y el terror de una vida nueva.

Jengibre, ajo y soya para encontrar rincones entrañables, muecas nuevas, pieles tersas y

ojos castaños cubiertos por rizos frescos.

Jengibre, ajo y soya es muerte y es vida. Es la iluminación que se alcanza por la boca.

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Transformación

Los canales que suben al norte se llevaron los veranos frescos, cálidos e infinitos. Nuestras

sonrisas tímidas y sinceras y las yemas frías. Las horas improvisadas sobre suelos de hielo

que fingimos no sentir.

El rincón soleado en medio del otoño, con olor a vainilla e incienso, se evaporó poco a

poco en bibliotecas de madera rancia, de piel decimonónica y de páginas amarillas de obras

anónimas.

Los laberintos de números y fórmulas se convertían, a veces, en letras de Damien Rice que

te cantaba en secreto.

Amaba la soledad junto a ti, dentro de ti. Andar con calma, con el viento golpeando la cara

con hojas que crujían al chocar con las mejillas. Deambular la glorieta de los libros, refugio

escogido contra promesas inventadas.

En octubre, tus paredes infestadas de enredaderas eran color fuego y después nada. Ramas

desnudas sobre paredes carcomidas.

Me extraviaba en tus pasillos sin luz, salpicados de murmullos incomprensibles y en tus

jardines con recuerdos de pueblos orientales.

Me sentaba en tus escalones de piedra grabados con carcajadas que hacían eco en las vacías

aulas.

Soñaba, una noche sí y muchas no, en la habitación con la cama verde y con vista a una

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Verano londinense

Miradas que cantan al oler el amanecer. El cielo anaranjado huele a sábanas tibias,

húmedas.

El blanco es rojo, rosa, amarillo. El gris eterno se sacude, muere sobre los pétalos.

Sol que ilumina los semblantes tristes. Las piernas salpicadas de amores efímeros.

Las estrellas fugaces caminan sobre lagos que guardan secretos milenarios.

Los paisajes susurran al alma versos de tiempos mejores.

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Mayo

Los árboles escupieron pequeñas flores y el viento olía a ciruelas y plátanos y nueces recién

horneados.

Los carritos de madera eran mosaicos de blancos, rojos, amarillos, morados, verdes y rosas

con aromas a sol.

El césped, recién nacido entre la nieve y el hielo, era refugio de telas ligeras y flotantes, de

manos entrelazadas y de promesas desenterradas.

Tus dedos pálidos, con los que secabas tus lágrimas sabor a lentejas, amasaron resignados

las ausencias crueles.

Entre la masa y la mantequilla y los frutos de primavera, salpicaste las noches sicilianas

grabadas en tu pálida piel escocesa y californiana.

Y el pan recién horneado olía un poco a Estambul y a rincones moscovitas donde te

escondías a cantar con tu violín.

Del bosque frente al castillo recuerdo tus rizos despeinados y el cielo color mar y el mayo

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Oniguiri

Manos firmes, granos de arroz.

Palmas que moldean la tranquilidad en forma triangular.

Sabor a sal, tibieza en el paladar. El alga sostiene un universo de felicidad.

Madrugadas con olor a vinagre. Tus manos rígidas y flexibles a la vez.

El corazón salado y morado. El equilibrio perfecto. Umeboshi y gohan.

Oniguiri recién preparada, sonrisa inocente, tranquilidad y paz infantil.

El alma se sana con cada mordida. La confianza de días felices que se transportan en

triángulos de arroz.

Notas:

- Umeboshi: encurtido de ciruela japonés.

- Gohan: arroz

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Sueño lúcido

Humedad. Ventanas con pedazos de lluvia.

Tamborileo líquido que despierta recuerdos olvidados.

Luz tenue, sonrisa tibia. Cicatrices que cuentan historias se asoman tímidas.

El dolor se diluye con el cambio de piel, de estaciones, de latitudes y de prendas.

Las miradas amables se asientan, permanecen.

La primera vez que fui feliz estabas tú. Yo, rodeada de almohadas suaves que protegían

como fortalezas. Tú, llenando la casa con olor a laurel. Mi alma nueva desbordaba paz. Era

pequeña. Era tranquila.

Ladridos necios invaden las remembranzas. Vuelve el tamborileo, regresa la humedad.

Los ojos se inundan de cotidianidad.

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Séptimo día

El tomillo fresco despierta a las noches de los domingos de invierno.

La piel de papa sobre la mesa, tus dedos pálidos y finos y la mesa de madera donde vimos

nevar en octubre y en abril.

Los delantales con olor a queso rancio, los cuchillos sin filo y la pared manchada de lluvias

viejas.

Tus abrazos eran de vino rosado, de cacao amargo y de cerezas negras de agosto.

Tus lágrimas sabían a oporto y tus cabellos se alborotaban con un céfiro del sur.

Flotabas entre sábanas de flores esperando caricias pulcras, correctas.

Las lunas eran tus consuelos y los zorros tus confidentes en las madrugadas.

Los domingos te untabas tomillo en las heridas y soñabas que tus grullas de papel traían a

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Recuerdo remoto

Olor a trigo, olor a arroz.

El parloteo de los pájaros salpica el otoño y pinta los árboles de color azafrán.

Los atardeceres morados y las nubes alargadas cargan con ellas el aroma a arroz recién

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Primera vez

Entre letras y tintas negras divaga mi desasosiego.

Mis dedos buscan, como en un laberinto, el escape perfecto de los versos.

Los párpados caídos resucitan suaves pétalos de cerezo que acarician la piel quebrada por

vientos siberianos.

Y la tibia luz vespertina sobre los cabellos de carbón de la poeta que encerraba las frases en

cinco, siete, cinco.

En esa memoria extraviada, el lápiz de madera bien afilado traspasó por fin el temor

milenario de pantanos pestilentes y muros infranqueables.

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Evocación

Sentada en la esquina de un otoño mudo aprendí a compartir secretos con la soledad.

Segundos antes de la muerte del crepúsculo quemaba mis pupilas y mis poros de naranja,

morado o rosa y recogía piedras, pétalos y pisadas.

Sin conocer aún el amor, imaginé miradas cálidas, consoladoras y profundas como los

cenotes con tesoros ocultos.

Los pequeños pasillos fueron laberintos infinitos donde busqué tenazmente mis árboles,

cimas y lunas.

Entre murmullos, carcajadas y cantos alegres me descubrí añorando la calma en cada

rincón. El silencio me consolaba como nadie en los domingos de melancolías.

Y aunque sola nunca estuve, me recuerdo andando acompañada únicamente por el sol, mi

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La muerte del perro negro

Despedazaron tu necedad. Masticaron tu soledad aprendida y el negro que se fue

deslavando con los años y con el sol.

La sangre te traicionó. Los demonios divinos arrancaron tus rizos discretos y desangraron

los recuerdos que nunca conocieron.

¿Dónde duermes hoy, pequeño perro negro?

¿A quién le ruegas caricias y un pedazo de pan?

Qué ingrata es la vida, qué maldita.

En este rincón anónimo, bajo los párpados para acariciarte con mis pestañas.

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Volver

Volver a los escondrijos a punto de desaparecer.

A las calles que en abril se transforman en cementerios de flores lilas.

A los balcones con olor a carbón y a leche tibia.

A los primeros instantes de dicha que sabían a chocolate y café y vainilla esponjada.

A veranos teñidos con vino tinto y anhelos despreocupados.

A nostalgias aprendidas y adoptadas.

A noches taciturnas que dispusieron la piel al tacto de tus labios.

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Guion (Kyoto)

Peldaños infinitos, madera milenaria.

Fragancias tenues que ocultan caricias invisibles.

Bondad escondida bajo los tapetes de arroz.

Las ramas se protegen con cantos de cigarras ante las miradas de viajeros incansables.

La tibia luz que baja de las lámparas de papel susurra poemas de mujeres enamoradas de

hombres pasajeros.

Por los caminos de piedra anduvieron el hielo, la seda, el incienso y la espada.

En este rincón, los sueños efímeros eran estrellas y los suspiros pasatiempos contra la

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Kaze no sampomichi (La ruta del viento)

El viento pasea por esta vereda.

Un susurro que hierve las venas canta en silencio y seduce con caricias húmedas.

El soplo veraniego me regresa décadas atrás. A instantes misteriosos que no pedían

explicaciones a la nostalgia.

El viento es vida y muerte, el hoy y el jamás, y también el siempre.

La calma es el destino, un asiento suave con pelaje de gato amarillo.

Recuerdos de una tarde con moronas danzando en la bolsa del cardigan azul marino.

La magia se hace realidad en tu dedo sobre el mío y en las mejillas con huellas de labios de

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Origen (Volver)

Humedad límpida, transparente.

Mirada cerrada veinte años atrás.

La piel revive al sol y a las olas que en otoño traen muerte.

Las mañanas de radio-taisou en el parque, los viejos que buscan colarse en lo infinito.

Tela ligera que trasluce miedos y certezas amarrada con atardeceres por la cintura.

Ciruelas amarillas, saladas, ácidas, apretujadas en frascos sostenidos por manos arrugadas

que huelen a umeboshi fresca.

Humo de crisantemo que inunda los sentidos y se disuelve entre las sábanas y en las pieles

forzadas a amar.

Puertas de papel impregnadas de sardinas asadas, de venado marinado en vientos del norte,

de canicas burbujeantes y manos con huellas de arrozales inundados.

Mensajeros divinos bañándose en lagos templados. Secretos guardados en las miradas

negras y pelajes con manchas blancas.

Castillos que reviven guerras en sus paredes.

Espuma verde de té, dulces de agua y duraznos, ancianas buscando compañía en sillas de

cedro de barcos extraviados.

Altares improvisados por todos lados. Tanuki, kitsune, neko, gojira.

Deseos hechos ceniza, nostalgias atadas a ramas, maderas que piden una vida llena de

labios delgados y dientes desordenados.

El gran cascabel llama a los dioses cotidianos que despiertan al golpe de las palmas y los

pies alineados.

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Alfama

Entre el fado y tus calles intrincadas conocí el sosiego teñido de saudade.

El silencio lisboeta se paralizaba entre el murmullo de la ropa recién lavada de rosas y

amarillos tornasol.

Los caminos de piedra y las puertas de madera, quebradas por la brisa del Tajo, acallaron la

zozobra de un espíritu ofuscado.

Los peldaños que se pierden entre túneles y paredes carcomidas abrieron ventanas con

cantos lánguidos y sonrisas tersas.

Desde los muros de los jardines del Castillo de San Jorge contemplé tus techos rojos que se

oxidaron con las guerras y las muertes insalvables.

Y olí tu lluvia fina y delicada que aclara las penas y las pesadumbres.

Y sentada al lado del tranvía amarillo que sube al firmamento, dejé una pizca de nostalgia

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Viñeta lisboeta

Cuánta melancolía guardas entre tus piedras y tus puertos abandonados.

Cuánta añoranza de un ayer glorioso, efímero y agotado.

Las burbujas del vino verde truenan en tus áridos labios con cada sollozo que contienes.

Pero cuánta ternura acarreas en el centelleo de tus pupilas árabes.

Qué exquisitas son tus paredes llenas de azules, curvas y flores exóticas. Y los faroles

garigoleados de los que escapan tenues destellos.

Bajo la neblina tibia de tu invierno compuse mis primeros versos. Al compás de las gruesas

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Invierno turco

Huí de los pasos mudos de diciembre y sus noches inmortales.

Sobre las aguas inquietas del Bósforo, la nieve se pintó de azul mezquita.

Bóvedas celestes, lunas plateadas y té de manzana. Sótanos naranjas, cantos sagrados y

cambio de piel. La lluvia convirtió a Gálata en un viejo tímido y a veces indescifrable.

Los antiguos palacetes de madera mancharon de nostalgia a los recuerdos de gloria.

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Primavera

Las avenidas

de morado inundan

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Verano

Lluvia torrencial,

con tus brazos lávame

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Otoño

Querida muerte

perfuma mis cabellos

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Inviernos

Nieve no hay.

Tampoco auroras,

sólo nata gris.

***

Mochi quemado.

Enero es de arroz

y soya dulce.

***

Luna ingente

tu luz alivia todo

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