El Libro Blanco sobre Educación y Formación
Isaías Grijalbo
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
La Comunidad Europea frente al desempleo de los jóvenes y los profesionistas
Desde hace ya varias décadas el problema del desempleo se ha convertido en una de las cuestiones más preocupantes que enfrenta la Unión Europea (UE). Así, en el Consejo Europeo de Estrasburgo, efectuado en diciembre de 1989, once de los doce Estados miembros adoptaron la "Carta Comunitaria de los Derechos Fundamentales de los Trabajadores", en la que se establecía que el empleo era una cuestión prioritaria.
En el Tratado de Maastricht –celebrado en 1992- se acordó impulsar diversas medidas encaminadas a “promover el empleo, el progreso de las condiciones de vida y de trabajo, una protección social adecuada, el diálogo social y el desarrollo de los recursos humanos que permitan un nivel elevado, duradero, y la lucha contra la marginación”.
[…] que sería suicida para la Unión Europea, principal potencia comercial del mundo, y contrario a las metas que proclama […] ni en abrir las compuertas del presupuesto del Estado y de la creación monetaria, lo cual podría crear una ´euforia temporal´ […] Más dura sería la caída en el momento de reparar los daños ocasionados por la inflación y los desequilibrios externos; y el daño principal sería la agravación del desempleo (Loc. cit.).
Como alternativa, Delors sugirió promover “economías sanas, que reduzcan gastos para contener el déficit público. Estabilidad monetaria para atraer inversiones extranjeras, y una economía abierta al comercio exterior y descentralizada, es decir, con competencia interna”. Y, en aras de combatir el paro, Delors propuso un plan encaminado a la creación de 15 millones de empleos hasta el 2000, basándose, principalmente, en la creación de grandes redes de transporte y comunicación.
Si bien las medidas contempladas en el Libro Blanco tuvieron un efecto benéfico, resultaron insuficientes para reactivar la economía de la UE, lo cual llevó a la Comisión de la Comunidad Europea a continuar ahondando en la reflexión de la problemática antes referida.
En 1995, la Comisión dio a conocer el Libro Blanco sobre la Educación y la Formación, el cual da seguimiento al Libro Blanco sobre Crecimiento, Competitividad y Empleo, donde se subrayaba la importancia que reviste para Europa la inversión intangible, particularmente en la educación y la investigación.
población activa, mientras la tasa de crecimiento variaba sensiblemente, del 1.8% al 2.5% del promedio.
Si algo ponen de relieve tales divergencias, es que el crecimiento no constituye la única respuesta al problema del desempleo: éste es un fenómeno en el que interviene todo un complejo de factores, entre ellos las rigideces del mercado de trabajo, la legislación laboral, los contratos de trabajo, los sistemas de negociación contractual, la protección social y las condiciones de gestión de las empresa, etc., situaciones que varían en cada país. De ahí –se subraya en el documento- hay fundamento para actuar vigorosamente al servicio del empleo. Pero esta acción debe tener en cuenta las especificidades nacionales: sólo una acción coordinada de los diferentes protagonistas, responsables de cada componente del sistema, podrá transformarlos. Por otra parte, las fórmulas de concertación social adoptarán en cada país un estilo, una tonalidad, de acuerdo con sus tradiciones.
A grandes rasgos –bajo el riesgo de simplificar en exceso- comentaremos los aspectos fundamentales del Libro Blanco sobre la Educación y la Formación. Éstos, se plantea, son los recursos últimos frente al problema del desempleo. Aunque se reconoce que dichos factores son insuficientes para encarar dicho problema, se subraya: “los países europeos ya no tienen elección […] Para mantener su sitio y seguir siendo una referencia en el mundo, deben completar los progresos conseguidos en la integración económica con una inversión más importante en saber y competencia” (Loc. cit.).
Se subraya que la dimensión mundial de los intercambios, la globalización de las tecnologías y, en particular, la aparición de la sociedad de la información, han aumentado las posibilidades de acceso de los individuos a la información y al conocimiento. Pero, a la vez se menciona, todos estos fenómenos implican una modificación de las competencias adquiridas y de los sistemas de trabajo. Este cambio ha aumentado la incertidumbre de todos y para algunos ha creado situaciones de exclusión intolerables.
conllevan, entre ellos –sin duda el más importante- la exclusión de todos aquellos individuos o sectores que no han tenido la oportunidad de prepararse para enfrentar los retos de la “sociedad cognitiva”.
Se habla, en ese sentido, de que en Europa se enfrentan “tres choques motores”. Se señala al respecto:
Europa, como el resto del mundo, se enfrenta a los efectos de la difusión masiva de las tecnologías de la información, a la presión del mercado mundial y a una renovación científica y técnica acelerada. Estos retos no son más que el choque de reacción de la creatividad y de la voluntad de construir un mundo más abierto y, por consiguiente, más interdependiente. En este aspecto, son portadores de progreso: ponen a los individuos más en relación con los demás (Loc. cit.).
Empero,
la confrontación con la universalidad tecnológica y económica se produce en un contexto en el que Europa tiene un índice de desempleo más elevado que otras partes del mundo. Se han desarrollado los fenómenos de exclusión. Esta situación ha llevado a algunos a pensar que la tecnología es a partir de ahora una limitación intrínseca y definitiva del crecimiento del empleo. Ha conducido a otros a creer que el nivel de protección social en los países más afectados genera costes fijos que hay que reconsiderar. Ha inducido a algunos a un repliegue nacionalista que puede interpretarse como una incapacidad de concebir y construir un nuevo modelo de sociedad (Loc. cit.).
Ahora bien, aunque el Libro Blanco no deja de tener presentes los riesgos, incertidumbres y el miedo que han generado los “choques motores” a que hicimos alusión, en lo fundamental considera que éstos no son sino la expresión inequívoca de que Europa ha entrado en una fase de transición hacia “una nueva forma de sociedad, más allá de los aspectos coyunturales de la situación actual”. En todo el mundo, se afirma:
las tecnologías de la información y las comunicaciones están generando una nueva revolución industrial que ya puede ser considerada tan importante y profunda como sus predecesoras […] Esta revolución no puede dejar de tener, al igual que las precedentes, consecuencias para el empleo y el trabajo (Loc. cit.).
Más adelante se observa que:
por el otro hacen al trabajador más vulnerable a las transformaciones de la organización del trabajo, pues se convierte en un simple individuo confrontado a una red compleja (Loc. cit.).
Lamentablemente tales planteamientos adolecen de una reflexión sociológica más profunda; pero, tratándose de un documento oficial, se comprende que el Libro Blanco no se esfuerce por incursionar en terrenos que se salen de sus límites.
Por el momento baste señalar que la Comisión encargada de redactar el documento multicitado deja muy claro que “apuesta claramente por la apertura al mundo” (de la Unión Europea), ya que, a fin de cuentas, “la mundialización no hace mas que reforzar la pertinencia de Europa como nivel de intervención […] En un mundo incierto y en movimiento Europa es un factor de organización”.
Ahora bien, ¿de qué modo Europa –según los redactores del Libro Blanco- puede sortear exitosamente el tránsito hacia “la nueva forma de sociedad” que anuncian los “choques motores” arriba mencionados? Esto será un resultado –se subraya- de la capacidad de Europa
de seguir el movimiento hacia la sociedad cognitiva […] el reto es hacer de ella una sociedad justa y progresista, basada en su riqueza y diversidad cultural. Habrá que dotarse de los medios de desarrollar el apetito de educación y de formación a lo largo de toda la vida y abrir y generalizar permanentemente el acceso a diversas formas de conocimiento (Loc. cit.).
En ese sentido, “el objetivo del Libro Blanco es trazar el camino hacia esa sociedad nueva, identificando líneas de acción abiertas a la Unión Europea en los ámbitos de la educación y la formación” (Loc. cit.).
Se advierte que sería un error reducir la educación y la formación a una oferta de cualificaciones, ya que la función básica de aquéllas son la integración social y el desarrollo social. Sin embargo, se destaca que “esta función esencial está amenazada si no va acompañada de la apertura de una perspectiva en materia de empleo” (Loc. cit.).
En ningún momento, pues, se formula la propuesta de sujetar la educación y la formación a “las necesidades del mercado”, tal como sostienen algunos de los epígonos del BM y del FMI, cuyas recomendaciones y recetas (más adelante hablaremos de esto), por cierto, han sido recibidas con mucha complacencia por no pocos gobernantes de las naciones del Tercer Mundo, sobre todo del hemisferio latinoamericano.
El Libro Blanco no incurre en esa simplificación: reconoce la relevancia de la educación y la formación (tanto para los individuos como la sociedad misma), aunque advierte que ya no basta que los ciudadanos cuenten con un título profesional determinado para conseguir empleo sino que requieren, además, tener acceso a todo un cúmulo de competencias que les permitan su inserción en el mercado de trabajo, lo cual, a la vez, atraviesa por estimular su formación a lo largo de toda la vida.
Según se indica en el documento fuente de estos comentarios:
No se trata de discutir la necesidad del título: sigue siendo necesario, por supuesto, continuar los importantes esfuerzos realizados por los Estados miembros, y apoyados por la Comunidad a través de Sócrate y Leonardo, para mejorar la formación inicial. Pero, paralelamente, es preciso iniciar un proceso de valorización de las cualificaciones, con independencia de las modalidades de su adquisición, y de aumento de las potencialidades de cada uno, que responda más estrechamente a las necesidades de los individuos y de las empresas. Es necesario un enfoque más abierto y flexible: un enfoque que estimule también la formación a lo largo de toda la vida y la adquisición continua de competencias.
En la sociedad cognitiva –se señala—el individuo debe poder hacer validar competencias fundamentales técnicas o profesionales, independientemente del hecho de haber pasado o no por una formación expendedora de títulos […] Cada uno debería poder disponer, si lo desea, de una tarjeta personal de competencias donde se inscribirían los conocimientos así validados.
De este modo, las personas que careciesen de un título profesional podrían presentarse ante las empresas haciendo referencia a su competencia, acreditada en un texto escrito. Esto implica, desde luego, “la instauración de una evaluación de las formaciones independientes, o sea hecha al margen de los sistemas educativos. Esta evaluación debe ser simple. Debe jerarquizar y comparar claramente, y permitir conocer la contribución real de las formaciones a la aptitud para el empleo”.
Se propone, en síntesis, la creación de formas novedosas de validación de las habilidades y las competencias que no intentan, reiteramos, sustituir a los títulos profesionales. Se plantea que en dicha validación participen las cámaras locales de comercio e industria, los ramos profesionales, e incluso las universidades.
El énfasis del Libro Blanco en la necesidad de estimular las competencias y la habilidades no significa, en modo alguno, que se soslaye la importancia que reviste la cultura general: ésta, en su acepción más rica (literaria, filosófica, científica), no debe limitarse solamente a la formación inicial, sino debe también promoverse entre todos los ciudadanos, ya que “nuestras democracias funcionan de acuerdo con la norma de la toma de decisión mayoritaria sobre grandes problemas que, dada su complejidad, reclaman cada vez más cultura”. Incluso la adquisición de nuevas competencias técnicas exige de “una base cultural sólida y amplia”, por lo cual los centros de formación profesional “se ven cada vez más obligados, cuando realizan acciones de reconversión de los trabajadores, a volver a darles una cultura general antes de enseñarles un nuevo oficio”.
Se proponen, además, los siguientes puntos:
• El reconocimiento de las competencias. Se menciona al respecto que “la idea básica es: a) establecer cierta cantidad de conocimientos bien definidos, generales o más especializados (matemáticas, informática, idiomas, contabilidad, finanzas, gestión, etc.); b) en segundo lugar, idear sistemas de validación para cada uno de estos conocimientos; c) en tercer lugar, proponer nuevos métodos y más flexibles de reconocimiento de las competencias. Entre las medidas por adoptar se señala que:
se pondrá en pie un proyecto de tarjetas personales de competencias, (que) serán documentos que permitirán a cada individuo hacer reconocer sus conocimientos y competencias a medida de su adquisición. Se trata de identificar, por medio de estudios y de proyectos piloto, cuáles son los datos pertinentes y reflexionar sobre las medidas de utilización de éstas por los individuos.
• Aproximar la escuela a la empresa. Al respecto, se señala que:
la escuela y la empresa son lugares de adquisición de conocimientos complementarios, que hay que aproximar [...] Para la escuela, en sentido amplio, de la primaria a la enseñanza superior, se trata de obtener una mejor adecuación de la formación impartida y de las posibilidades de empleo. Para la empresa, se trata de poder contar con trabajadores que tengan, a la vez, cualificaciones técnicas y bases de cultura general, capacidad de autonomía y de evolución […] Acercar la escuela a la empresa es, pues, una prioridad en la que deben participar los interlocutores sociales.
Más adelante se señala que:
[…] para seguir siendo una potencia industrial, Europa necesita obreros de producción cualificados; tiene que mantener su gran tradición de cultura profesional obrera, haciendo que evolucione en función de las nuevas condiciones de producción: dominio de las nuevas tecnologías, importancia de las actividades de mantenimiento, autonomización de las tareas, trabajo en equipo e implicación en la búsqueda de calidad. De modo más general, necesita una formación profesional que deje de ser fragmentaria y diseminada, y que permita a todos comprender, y, por ende, dominar, su propio trabajo.
del aprendiz-oficial, facilitando la movilidad entre distintos centros de aprendizaje europeos durante un tiempo significativo; fomentar nuevas formas de tutoría que tengan en cuenta la dimensión europea; promover escuelas de la segunda oportunidad, con el propósito de ofrecer a los jóvenes excluidos del sistema educativo, o a punto de ser excluidos, las mejores vías de formación, y el mejor marco para que adquieran confianza en sí mismos.
• Conocer tres lenguas comunitarias. Se menciona que:
[…] es deseable comenzar el aprendizaje de una lengua extranjera desde el nivel preescolar, y resulta indispensable que tal enseñanza se haga sistemática en la enseñanza primaria, así como que la enseñanza de la segunda lengua extranjera comunitaria comience en la secundaria. También sería conveniente que, como ocurre en las ‘escuelas europeas’, que el primer idioma extranjero aprendido se convierta en el idioma de enseñanza de determinadas asignaturas en secundaria. Al finalizar el recorrido de la formación inicial, todos deberían hablar dos lenguas extranjeras comunitarias.
• Tratar al mismo nivel la inversión material y la inversión en formación. Se puntualiza que:
[…] el desarrollo de la sociedad de la información implica desde ahora la comercialización creciente de bienes y servicios que van a ser cada vez más importantes para la mejora del conocimiento. Muchos estados miembros han establecido ya, en sus sistemas fiscales, disposiciones de exención parcial que permiten a los individuos deducir de los impuestos algunos de sus gastos de formación. Conviene preguntarse si esos sistemas no deben ser revisados y ampliados rápidamente para tener en cuenta la evolución tecnológica y hacer posible que los ciudadanos consagren a la mejora continua de sus conocimientos los mayores recursos posibles.
Finalmente, en la conclusión general del documento se reitera la confianza en que Europa podrá afrontar con éxito el desafío hacia la nueva sociedad que anuncia los “choques motores” que mencionamos en líneas anteriores.