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José Emilio Pacheco: Algunos ayeres y un presente fugitivo

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Academic year: 2020

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Tenemos una sola cosa que describir: este mundo.

JEP Arte poéticaII

la realidad está en los libros, los atraviesa y los funda JEP

“Ocaso de Sirenas”

PRIMAVERA DE MIS VEINTE AÑOS

1957: José Emilio Pacheco publica su primer poema más o menos conocido en el número de “Pr i m a ve r a” de la revista capitalina Es t a c i o n e s, dirigida por Elías Na n d i n o.

Para la siguiente entrega, la del “Ve r a n o”, escribió un re-lato y cuatro comentarios bibliográficos.

Los textos de Estacionesson los primeros documen-tados por investigadores tan acuciosos como Hugo Verani, si bien éste los ubica, junto con otros escritos previos, dispersos en revistas estudiantiles y periódicos de provincia, dentro de la “p rehistoria literaria” del autor.

Justo para el número del “Ve r a n o”, Nandino h a b í a a b i e rto en la revista un suplemento llamado “Ramas n u e va s” y había invitado a dirigirlo al novel escritor Pacheco. En su preámbulo a las nacientes páginas, José Emilio habla de dar espacio a “la nueva generación que apenas se asoma”.

Algunos ayere s

y un presente

fugitivo

Edith Negrín

Este año le fue concedido el Premio Reina Sofía a nuestro amigo

y colaborador el gran poeta, narrador y ensayista José Emilio

Pacheco, pieza clave de la literatura mexicana contemporánea.

A sus setenta años, Pacheco sigue siendo un autor cuya

juven-tud se refleja en su curiosidad incansable y en la creación de

una obra sin orillas. Edith Negrín, Sealtiel Alatriste, Enrique

S e rna, Ignacio Solares y Mauricio Molina abordan la obra

del autor de

Morirás lejos

y

Las batallas en el desiert o

desde la

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En un “In ve n t a r i o” escrito un cuarto de siglo después, el escritor re f i e re que la sección estaba pensada para quie-n e s “aquie-ndábamos equie-n quie-nuestros años preparatoriaquie-nos”, y “teníamos cuando más dieciocho años”.

Re c u e rda también que Rafael Solana había llama-do a “Ramas nuevas” una especie de “guardería”, y a su d i rector “un infante”. En su remembranza, publicada cuando Nandino, de ochenta y dos años, había re c i b i d o el Premio Nacional de Letras, Pacheco reconoce la labor del Contemporáneo no sólo como poeta, sino como empresario cultural. Destaca la generosidad que siempre t u vo con su tiempo, en tanto conductor de talleres de poesía, e incluso con sus recursos, pues llegó a pagar con sus honorarios profesionales como médico los gastos de Es t a c i o n e s.

Junto a Pacheco figuraron en el suplemento escritore s como la poeta tamaulipeca Carmen Alardín (1933), o el crítico de arte Alfonso de Neuvillate (1937). Dentro o fuera de “Ramas nueva s” que luego cambiaría de nom-b re, coincidieron en Es t a c i o n e sJuan Vicente Melo, Se r g i o Pitol, Elena Po n i a t owska y Carlos Monsiváis. Además de Nandino, la revista contó entre sus directores, en dis-tintos momentos, a Alí Chumacero y Carlos Pellicer.

Es t a c i o n e sa p a reció por espacio de cuatro años (1956-1960), y el joven artista entregó a sus páginas alrededor de medio centenar de colaboraciones. Vale la pena co-mentar al menos las que hemos mencionado, pues sin duda, vistas a la distancia, adquieren un carácter semi-nal en la obra de José Emilio Pacheco.

El poema publicado en la entrega de “Primavera” de 1957 es un soneto que lleva por título “Eva”, dedi-cado “al doctor Elías Nandino en el año nuevo de 1957”. Aun en esta composición balbuceante, ya pueden obser-varse cualidades distintivas del autor: la inspiración bíblica, el perfecto dominio de la forma italiana y, por supuesto, el deleite por las palabras.

La narración “Tríptico del gato”, aparecida en la en-trega de “Verano”, muestra algunas de las inquietudes s o b re el mundo infantil y sobre el reino animal, así como la mixtura de géneros —narración, ensayo— que serán constantes en la narrativa del escritor. Pacheco rescató y reescribió este cuento en una colección posterior.

De las cuatro reseñas bibliográficas, dos se referían a poemarios. Uno de éstos era La vid y el labradordel incipiente lírico chiapaneco Enoch Cancino Casahon-da, a quien el reseñista equipara con Rosario Castella-nos y Jaime Sabines; el otro era Coloquio de amord e Margarita Paz Paredes a quien sitúa entre “las primeras voces de la poesía femenina mexicana”.

Otro de los libros comentados es la antología en d o s volúmenes Cuentistas mexicanos modern o s, elaborada por Emmanuel Carballo. Pacheco, a propósito de los apor-tes y los desaciertos del crítico jalisciense, comenta los problemas que en el medio nacional implica

seleccio-nar textos literarios, tarea que, por cierto, luego ejerce-ría él mismo en numerosas ocasiones. En esta sección revisa también con entusiasmo la colección “D F” del

dra-maturgo Emilio Carballido.

En Estaciones “se iniciaron dos ‘c o n s t a n t e s’ de mi vida: el trabajo de redacción, la escritura de notas y reseñas”, contaba José Emilio en su charla dentro de la serie “Los narradores ante el público”, que tuvo lugar en el Pala-cio de Bellas Artes, en 1965.

En cuanto a su actitud frente al campo cultural, qui-siera destacar la voluntad conciliadora de acercarse a la producción literaria en sus cualidades intrínsecas, por encima de ideologías, posturas y grupúsculos, intención coincidente con la del propio Elías Nandino. En la pre-sentación de “Ramas nuevas” manifiesta Pacheco que la sección está abierta “a los jóvenes de México e His-panoamérica”; no “a los miembros de un determinado g ru p o” sino a “todo aquel que escriba”; “el requisito es la calidad, sin importarnos las tendencias ni las escuelas de las obras recibidas”.

Medio siglo después de práctica como editor, coedi-t o r, jefe de redacción, ancoedi-tologiscoedi-ta incoedi-tegrancoedi-te de los cons e-jos editoriales de revistas especializadas, asesor de co-lecciones y sobre todo colaborador incesante en re v i s t a s y suplementos culturales, sus principios de apertura, tolerancia y conciliación frente a las diferentes tenden-cias ideológicas y culturales se mantienen vigentes. En

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nuel Altamirano que en la convocatoria a su revistaEl Renacimiento (1869), publicada en un momento de paz, después de décadas de lucha armada, afirmaba: “llama-mos a nuestras filas a los amantes de las bellas letras de todas las comuniones políticas, y aceptaremos su auxi-lio con agradecimiento y con cariño”.

Se beneficia asimismo José Emilio Pacheco de la acti-t u d de Alfonso Reyes cuando, en 1932, polemizaba con Héctor Pérez Martínez, argumentando: “hay calle para todos. Nada más inútil que los comadreos entre capillas”.

Innecesario hacer notar que el ejercicio de la con-cordia no parece haber sido fácil para ninguno de los tres escritores; que requiere una verdadera militancia. Asume también José Emilio Pacheco otro legado del forjador decimonónico de la literatura nacional: la vocación de democratizar una cultura de la que las ma-yorías del país han estado marginadas.

Las breves reseñas bibliográficas que José Emilio Pacheco presenta en Estacionescontienen el germen de lo que será su posterior ensayismo cultural, ejercido por muchos años en esa conversación con el presente llamada In ve n t a r i o: la capacidad de abordar cualquier género, la precisión en el detalle, la amplitud informa-tiva, la generosidad crítica.

Tlaltepas—, y el viento sea un elemento perseverante en la literatura de José Emilio Pacheco. El “infante”, quien desde entonces ha vivido la sucesión generacio-nal más en términos de continuidad que de contienda, a través de Estacionesse vinculaba a Contemporáneos, la generación del autor de Poemas-árboles.

Si bien por su fecha de nacimiento, 1939, Pacheco se ubica en la llamada Generación de 1968, nacidos en-tre 1936 y 1950, de acuerdo con la propuesta de Enri-que Krauze, por su precoz iniciación en la vida cultural —niño catedrático de memoria admirable, dice Ma r go Glantz—, participa en diversos proyectos de la Ge n e r a-c i ó n del 50, mua-chos de ellos desarrollados bajo la som-bra protectora de la moderna Universidad Nacional.

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SOBRE JOSÉ EMILIO PA C H E C O

manera de ser provechosamente nacional” consistía en “ser generosamente universal”.

LAS PALABRAS DE SU GOMA DE BORRAR:UNA POÉTICA DE LA REESCRITURA

El caudal narrativo del autor hasta el momento se com-pone de cuatro colecciones de relatos, dos novelas y un extraordinario acervo de ensayos dispersos.

Suplaquetteinicial, La sangre de Medusa, aparecida en 1958, incluía dos relatos y formó parte de la colec-ción “Cuadernos del Unicornio”, dirigida por Juan José Arreola. Este cuadernillo y una reedición posterior en la editorial Latitudes (1978) tuvieron una trayecto-ria apenas marginal.

En 1963 publica El viento distante, su primera serie de narraciones de amplia circulación. Se dejan ver en el conjunto, más allá de la propuesta de lectura realista o fantástica por las que el autor transita con paso firme, sus obsesiones fundadoras: la temblorosa memoria per-sonal de la infancia, la incierta memoria colectiva de la historia, la obsesión apocalíptica. Se aprecian, asimis-mo, en los textos recursos —coasimis-mo, por ejemplo, los paralelismos ya observables en La sangre de Medusa— que implican el cuestionamiento de los límites entre elementos diversos y aun opuestos. Se ponen así en tela de juicio las fronteras entre pasado y presente, entre mito y realidad, entre historia y ficción, entre víctimas y victimarios, entre hombres y dioses, entre animales y seres humanos, entre espectadores y espectáculo, entre civilización y barbarie.

En 1967 Pacheco da a luz y a la luz la novela expe-rimental Morirás lejos, que retoma muchas de las opo-siciones mencionadas, integrándolas en una dinámica combinatoria. La ciudad capital del país, escenario en muchos de los relatos precedentes, se pone aquí en juego con la geografía y la historia internacionales, en rela-ción con la Segunda Guerra Mundial.

En 1972 vuelve a los relatos con el volumen El principio del placer,que mantiene y afina las inquietu-des de los cuentarios anteriores. Y en 1981 da a la imprenta la exitosa novela corta Las batallas en el desierto.Con ella, la visión peculiar que el autor tiene de la Ciudad de México queda definitivamente inscri-ta en la cartografía literaria de la literatura mexicana.

Por último, en 1990 publica La sangre de Medusa y o t ros cuentos marginales, que incluye y desborda con nuevos relatos la plaquetteoriginal, por lo que puede considerarse una nueva serie. La disímbola colección reunida en este volumen exhibe, como dice el autor en el proemio, la “infinita flexibilidad” del género.

La enumeración de los seis volúmenes que consti-tuyen la narrativa de José Emilio Pacheco es engañosa.

Habría que hablar en detalle de las reediciones; como es sabido, cada nueva edición de un texto presenta cam-bios, pues el autor lo ha sometido a un obsesivo proce-so de revisión y reescritura.

La crítica ha documentado en detalle determinadas variantes en las sucesivas versiones narrativas de Pache-co y explorado su significación: mejorar los textos en su calidad literaria, modernizarlos en relación con el refe-rente histórico, actualizarlos de acuerdo con los nue-vos conocimientos del autor, incluso dar respuesta a las lecturas especializadas, refutando determinada interpretación.

El propio Pacheco ha explicado una y otra vez su poética de la reescritura, que se refiere tanto a la poesía como a la prosa: “reescribir es negarse a capitular ante la avasalladora imperfección”; “mientras viva seguiré co-r co-r i g i é n d o m e” (1980). Y en 1990, en el pco-rólogo aLa san-g re de Medusa y o t ros cuentos marsan-ginales, insiste: “c o r r i j o , suprimo, añado, aclaro, cambio títulos…”.

“AL DOCTORHAROLDBLOOM LAMENTO DECIRLE…”

Hemos dicho ya que Pacheco hereda la concepción incluyente de la cultura propugnada por Reyes, y con-tinúa también su empresa civilizadora. Asume asimismo la actitud abierta y receptiva, frente a todas las influen-cias, derivada de dicha concepción cultural. Re c u e rda en un artículo de 2003 que, interrogado alguna vez sobre sus influencias, Alfonso Re yes respondió: “t res mil años de literatura universal”.

En repetidas ocasiones el autor de La sangre de Me-d u s aha expresado su agradecimiento a los escritores que han dejado alguna huella en su producción. Y en un poema de finales de siglo se dirige, con un toque de humorismo, a uno de los críticos contemporáneos más autorizados y autoritarios en el mundo de la literatura de ficción, para refutar la teoría del parricidio generacional: “al doctor Ha rold Bloom lamento decirle / que re p u d i o lo que él llamó ‘la ansiedad de las influencias’”.

Además de la confesada marca de Reyes, José Emi-lio Pacheco ha hablado del profundo ascendiente que en su escritura tuvo, desde sus inicios, la de Jorge Luis Borges. En el lúcido liminar a La sangre de Medusa y otros cuentos marginalesafirma:

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por Pacheco desde la conciencia de su madurez narrati-va . El respetable polígrafo de 1990 se dirige en el prólogo al adolescente que entregó sus escarceos a los “Cuader-nos del Un i c o r n i o” en 1958: “Ahora tú lee estos cuentos desde tu perspectiva irrecuperable y dime qué te pare-c e n”. Hay en estas palabras un epare-co del relato de El libro de a re n a(1975) llamado “El otro”, donde el joven Borges, estudiante en Suiza, conversa con un Borges entrado en años.

Bajo el signo del autor de “El Aleph” se desarrolla y consolida una característica fundamental de la produc-ción de Pacheco: sus relatos, novelas, ensayos y poesía han sido en buena medida generados a partir de otros textos. Por esta práctica, ha sido adjetivado por el crítico y poeta español Luis Antonio de Villena, como “cultu-ralista”, “poeta de clerecía” y “letraherido”.

Lo cierto es que incluso en sus ensayos periodísticos, para ocuparse de los acontecimientos cotidianos, el es-critor mexicano hace siempre un rastreo a través de libro s , periódicos, manuscritos, cuadros.

Inherente al culturalismo es la concepción de todo texto como palimpsesto. Borges, en “Pi e r re Me n a rd , autor del Qu i j o t e”, emplea el término y lo describe c o mo un escrito que deja traslucir los rasgos “tenues pero no in-descifrables” de escrituras previas.

En “La noche del inmortal” (La sangre de Medusa, 1958), aparece un palimpsesto, así nombrado, como enlace de las dos historias que constituyen el relato. En la edición de 1990 la palabra ha desaparecido; se men-ciona simplemente un “m a n u s c r i t o”. Tal vez era innece-s a r i o hacer tan explícita la concepción innece-simbolizada por el papiro en este relato, y atisbada en la totalidad de la obra del polígrafo, la cultura es un gran palimpsesto, la historia también.

Sostiene Pacheco que toda escritura reescribe un texto anterior; que las ideas y el conocimiento pertenecen a todos; que la originalidad, como la propiedad intelectual son ilusorias. De ahí su apertura y bienvenida a todas las influencias.

Si bien José Emilio Pacheco cuenta a Jorge Lu i s Borges en su genealogía literaria, podemos observar sus diferencias con él. Tal vez la principal es la

responsabi-meta la libertad textual.

En su plática en Bellas Artes (1965), el poeta re c u e r-da que al igual que a otros artistas coetáneos, aconteci-mientos como la revolución cubana, y la insurgencia f e r rocarrilera y magisterial en la capital del país, a finales de los cincuenta, los hicieron ver más allá de la “arcadia política”, del “limbo estetizante” centrado sólo en la escritura y percibir con agudeza los problemas sociales del entorno.

La responsabilidad histórica del polígrafo tiene que ver con su capacidad de sentir, en su propia piel, las cicatrices del desastre nacional y universal. Tal capaci-dad se vincula con su aceptación de la escritura como un acto colectivo. A propósito de su poesía, Hugo Verani habla de “la voz complementaria” del sujeto lírico y, por lo que hace a la narrativa, menciona “la voz dual”. A su vez, Jorge Rufinelli dice que el autor tiende al encuentro de una voz colectiva. El propio José Emilio Pacheco, nada ajeno a las teorías bajtinianas, concibe la poesía como el lugar de encuentro con la experiencia ajena, y al escritor como depositario de la memoria de la tribu. La multiplicidad de voces que atraviesan sus textos permite al autor dialogar, incluso discutir consigo mismo e intentar que el optimismo del corazón venza alguna vez al catastrofismo de la inteligencia. De ahí que suscriba líneas como: “un mundo se deshace / nace un mundo. / Las tinieblas nos cercan / Pero la luz llamea […] Ya todo se perdió / todo se gana…”.

LA VIBRACIÓN DEL PRESENTE

José Emilio Pacheco es en la actualidad, sobra decirlo, un escritor canónico, sujeto de múltiples reconocimientos dentro y fuera del país, una voz y una conciencia im-prescindibles en la escena de la cultura nacional. Cele-bramos su aniversario este junio, setenta años de edad y una especie de bodas de oro con la letra impresa, y pensamos que es ocasión propicia para revalorar sus aportes a nuestra cultura.

Desde los primeros escritos mencionados, hasta el momento presente, en el cotidiano equilibrio del

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fesionalismo y la pasión, el autor ha continuado escri-biendo poesía, narrativa y ensayo, géneros que interac-túan, difuminan sus linderos y se fertilizan entre sí. Su labor abarca, además, una actividad constante como traductor, y algunas incursiones en el guionismo cine-matográfico.

Convencido, como hemos visto, de que la literatu-ra es producto del tliteratu-rabajo colectivo, José Emilio Pa c h e c o se ha empeñado desde los inicios de su carrera en borrar-s e como perborrar-sona. Aborrar-sí, en loborrar-s textoborrar-s borrar-se ha ocultado traborrar-s las figuras del autor —a veces sólo identificado por ini-ciales—, del compilador, del traductor, a veces tras heterónimos. En su mencionada charla en el ciclo “Los n a r r a d o res ante el público”, ofrece una despro p o rc i o n a-d a a-disculpa por hablar a-de sí mismo: “es ésta la primera ocasión en la cual —por debilidad masoquista que deplo-ro o un germen de exhibicionismo que ignoraba— me atrevo a escribir directamente sobre mí, en un acto de impudicia ejemplar”.

No obstante, su anhelo de ser pensado como un no existente caballero ha sido irrealizable. Cierto, en el presente, imaginamos un escritor discreto, dedicado a explorar los meandros de su maravillosa biblioteca, a so-ñar en sus solitarios paseos por las calles urbanas, a perge-ñ a r sus testimonios de urgencia sobre cuestiones nacio-nales, a tallar sin cansarse sus textos literarios, pero que, para fortuna de sus lectores, a veces se ve obligado a dejarse ver y escuchar en conferencias u homenajes.

Ha-blamos de un hombre que ha afirmado más de una vez sentirse escritor decimonónico que, sin embargo, no es en absoluto ajeno a los prodigios de la realidad virtual; que es capaz de establecer a través de sus textos, y aún más a través de sus escasas apariciones en público, un feliz vínculo con los lectores del siglo XXI, jóvenes incluidos.

Sólo a manera indicativa de la recepción de las obras del autor, recordemos que la revista Letras Libres pre-sentó, a inicios de 2005, los resultados de una encuesta a b i e rta a la que había convocado sobre “los diez mejore s poetas mexicanos vivos”. El primer lugar lo ocupó José Emilio Pacheco. Por su parte, la revista Nexos, en 2007, invitó a sesenta lectores especializados, críticos y escri-t o res, a que hicieran una lisescri-ta de las que consideraban “las m e j o res novelas mexicanas de los últimos treinta años” . De las respuestas, selladas, se hizo una lista de setenta y nueve novelas, en la que el primer lugar correspondía a Noticias del Imperio, de Fernando del Paso y el segundo aLas batallas en el desierto.

El 23 de febrero de 2009, José Emilio Pacheco a s i s-tió a la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, para platicar con sus lectores. Los diar i o s c a p i-talinos informaron que el autor “instauró la democra-cia […], e hizo que los asistentes votaran para ayudar-lo a decidirse por uno de cinco títuayudar-los posibles para su próximo poemario”. Acto inusitado y tangible prueba de la actitud dialógica del escritor. Por cierto, el título elegido fue La edad de las tinieblas.

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