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Naomi KLEIN (2001), No Logo El poder las marcas, Paidós, Barcelona

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NAOMI KLEIN, PAIDÓS, BARCELONA, 2001

UANDO N A O M I KLEIN, joven periodista canadiense, es-cribió este libro no pensaba que iba a ser adoptado por los movimientos anti-globalización como banderín de enganche para sus reivindicaciones. M á s bien trataba de señalar algunos de los problemas sociales que las "vanguardias intelectua-les" no acertaban a identificar, ofuscadas como estaban en la de-fensa de las minorías, víctimas reales o supuestas de la opresión cultural. La "política de la identidad", que marcó la agenda de los movimientos protesta en la década de los noventa, no ha sido ca-paz de advertir las novedosas formas de dominación que asolan el mundo. Las nuevas amenazas a la sociedad contemporánea están presentes en nuestra vida cotidiana, forman parte de nuestro pai-saje urbano y se han ganado la estima y simpatía de la gran mayo-ría de nosotros: son las marcas.

Pero, ¿por qué algo tan familiar y, en apariencia, inocuo, como la publicidad de marca es ahora un temible obstáculo para nuestra libertad y para nuestra forma de vivir? ¿Es que no somos lo sufi-ciente maduros como para distinguir la información de la propa-ganda? ¿Estamos, acaso, manipulados por técnicas subliminales? ¿Han desarrollado las grandes compañías otros métodos de per-suasión antes ignorados?

La respuesta es no.

Klein no ha escrito un libro de auto-ayuda psicológica para el consumidor compulsivo sino un interesante ensayo sobre las con-secuencias sociales del éxito comercial de las nuevas estrategias empresariales.

Todo comenzó —apunta Klein- hacia finales de los ochenta, cuando la presión de los mercados financieros se hizo sentir sobre los sillones presidenciales de las grandes empresas. Nunca ha sido fácil un crecimiento continuo de las ventas y de los beneficios, como esperan los inversores. Las crisis cíclicas tampoco sorpren-den ya a nadie. Las respuestas estratégicas pasaban

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R E C E N S I O N E S

mente por reducir costes y abaratar los precios para mantener como sea la propia cuota de mercado. A u n q u e las cosas vayan mal, lo importante es que a los competidores les vayan aún peor. Así, superado elperíodo difícil, se está en disposición de recobrar lo perdido.

Esta vez,sin embargo, muchas empresas seolvidaron de la tra­ dición para fijar los ojos en el modelo Nike: nose trata ya de redu­ cirlosgastos sinode todolo contrario. En realidad, sí resulta pre­ ciso reducir otros costes pero sólo para dedicar crecientes recursos al gasto -o inversión- ahora principal: la promoción de la propia marca, asociándola avalores, personajesy símbolos queridos para el cliente potencial. Nike "fichó" a M i c h a e l Air Jordán como es­ trella p u b l i c i t a r i a e i n u n d ó el horizonte de losjóvenes con su imagen. Su mensaje era claro: "con estas zapatillas saltarás más, correrás más rápido y tendrás mejor puntería". Las zapatillas no eran precisamente baratas pero resultaron irresistibles para el ado­ lescente medio.

L a imagen deJordán convirtió el hecho de tener unas Nike en algo más que una decisión racional. Era unadiferencia de actitud: llevar unasNike significaba gritarle almundo que soyun ganador, que no me conformo con ser del m o n t ó n , que estoy aquí para triunfar.

Las marcas empezaron así aser un estilo de vida. Ralph Lauren

o Tommy Hilfiger dejaron de vender ropa para promocionar acti­ tudes, sentimientos y poses ante la existencia. L a etiqueta dice mucho más que un estándar de calidad oun diseño específico. D i c e , g r i t a a los d e m á s q u i é n e s somos, "de qué v a m o s "por el mundo.Esto lo ha explicado muy bien M a r y Douglas en un estu­ pendo artículo que lleva por título algo así como:"Esto no me lo pondría ni muerta" ('"Ni muerta me dejaría ver con eso puesto': las compras como protesta", en Estilos de pensar, Paidós, Barce­ lona, 1998).

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un p r o b l e m a : sobre todo los a d o l e s c e n t e s e s t á n d i s p u e s t o s a arrancar de sus padres lo que sea necesario para dar la i m a g e n adecuada. C o m o , además, muchos son hijos únicos, el mercado juvenil crece vertiginosamente. Los mismos adultos seven en la necesidad de imitarles para no parecer dinosaurios prehistóricos.

Algunos han llamado a esta tendencia la "economía de la expe­ riencia". Las cosasya novenden, ahora venden las emociones, la identidad, las ilusiones, las experiencias personales.Por eso, otras compañías se han introducido en eljuego de la imagen. Una vez lograda la posición adecuada,la imagen sepuede transportar de sector en sector,de producto en producto, de esfera en esfera. Ar-mani ya novende sólo trajes, también diseña gafas, relojes y com­ plementos de todo tipo.Adidas tiene colonia, material escolar y cosméticos. Disney vende libros, Virgin organiza viajes y Roots

campamentos de verano. ¿Por qué? Bueno, si es cool... A d e m á s , hay que crecer:losaccionistas mandan.

L a extensión posible de la imagen es casi ilimitada. Construir la marca adecuada es el nuevo reto de las grandes compañías. La época dorada de las agencias depublicidad ha comenzado: sonlos "pastores de marcas". Serel adalid delocool esel nuevo reto estra­ tégico. Ser visto como lo tradicional, lo pasado, como "lo que compran mis padres",esel certificado seguro de defunción. Claro está que q u i e n m á s r u i d o hace más p o s i b i l i d a d e s tiene de ser oído. Por eso, mientras se contienen los demás costes la marca tiene barra libre.

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intermi-R E C E N S I O N E S

nables. Las películas en televisión soncasi una excusa para más y más cortes publicitarios.

Las nuevas plazas de nuestras ciudades son los centros comer­ ciales. Los sábados por la tarde la gente pasea, encuentra a los amigos y discute de política entre tienda y tienda, sentados en las mesas incómodas de unfastfood, todas ellas franquicias de las grandes marcas. El crecimiento tumoral de la publicidad lleva a Klein ahablar de una sociedad "sin espacio".Allí donde mires en­ cuentras reclamos comerciales: no hay que perder la oportunidad de impactar.

L a protesta es inútil: protestar también es cool y las marcas lo promocionan. Klein dibuja así un marco agobiante para la socie­ dadcivil: la esfera pública es ahorapura esfera comercial. Pero no acaban ahí losproblemas. La sociedad de las marcas es también, paradójicamente, una sociedad "sin opciones".

Si nopuedes construir una marca, cómprala. Docenas de mar­ casde éxito pertenecen alas mismas compañías que las definen y sitúan en losmercados para copar todoslosposibles nichosy seg­ mentos rentables. Algo así como loque ha hecho Zara, al añadir a su i m a g e n de "moda asequible"otras etiquetas como Massimo Dutti, Pulí and Bear, Bershka, Stradivarius y Oysho, dirigidas a bolsillos y sensibilidades diferentes. En este panorama, el e m ­ prendedor i n d e p e n d i e n t e poco puede hacer fuera de un grupo poderoso. Los centros de las ciudades serepiten hasta el aburri­ m i e n t o : las m i s m a s franquicias en Oslo que en M i l á n , en L o s Angeles y en París,enTokyo y en Londres.¿Queda algo de au­ téntico estilo local?

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autoridades más permisivas para fabricar más barato. Sin legisla­ ción laboral, sin seguridad ni amparo y conaltos índices de paro a las puertas,los trabajadores locales seven sometidos a condicio­ nes propias del capitalismo manchesteriano en pleno siglo XXI. Por su parte, en lospaíses ricos ya casi noquedan fábricas: están en la periferia de bajo coste.Temporalidad y precariedad son las condiciones de muchos de los afortunados que aún tienen e m ­ pleo.

El análisis de Klein escertero e interesante.Muestra algunas de las consecuencias reales de las nuevas fuerzas comerciales en las que no suele pensar el rico y aturdido cliente occidental. Explica también las reacciones de rebelión que están surgiendo en m u ­ chos lugares del planeta, así como sus estrategias para reconquis­ tar un espacio de libertad y autenticidad para la vida social. Con todo, no acierta la autora aplantear un escenario alternativo: ¿se trata de evitar la división internacional del trabajo?, ¿es necesario un orden político mundial que garantice una legislación laboral universal?, ¿hay que apoyar un boicot masivo contra las marcas? Estas y algunas otraspreguntas quedan en elaire alterminar el li­ bro, nosólo porla dificultad de llevarlas ala práctica sino por las otras consecuencias -menos positivas- que desencadenarían. Con todo,No-Logo esuna lúcida y documentada expresión del males­ tar socialque generan las nuevas fuentes de poder empresarial.

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