La crítica de arte hoy: del mundo del arte como sociedad civil a la república de las artes

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La cr ítica de ar te hoy:

del mundo del ar te com o sociedad civil a

la r epública de las ar tes

En torno a ninguna interpretación del present e hay hoy un consenso m ás uni-versal qu e acerca de la af irm ación de que, por lo que hace al art e, vivim os en una época radicalm ent e pluralist a en la que cualquier cosa puede ser una obra de arte, en la que ningún estilo o m ovi-m ient o t iene especial aut oridad o reco-nocim ient o y en el que ya no dispone-m os de ninguna narración que nos des-criba hacia dónde va el art e. Cam peón teórico de esta visión es el filósofo y crí-t ico de arcrí-t e A.C. Dancrí-t o que encrí-t iende su t area de crít ico de un m odo radicalm en-t e disen-t inen-t o a com o han enen-t endido y prac-ticado la crítica de arte los grandes críti-cos am er i can os desde Cl em en t Greenberg y Harold Rosenberg a M ichael Fried y Rosalind Krauss, siem pre com pro-m et idos con una visión t eórica de lo que el art e es y debe ser. Dant o ha sido cali-ficado de “crít ico ejem plar para una era plu ralist a,” 1 y no seré yo quien rebat a

est a generosa est im ación de su obra ni m enos aún quien cuest ione la corrección de la descr i pci ón del pr esen t e com o pluralista, postm oderno y posthistórico. Una t esis cent ral de la crít ica de Dant o es que est am os en una época de “pro-fundo pluralism o”, una época en la que

ya no podem os am pararnos en una úni-ca narración del sent ido de la hist oria del art e y de su unidad. Anyt hing goes ha sido y es la divisa que m arca los últ im os veinticinco años, una divisa a un tiem po descript iva y norm at iva: de hecho t odo vale y t odo est á perm it ido. Sin em bargo, creo que hay una not able dist ancia en-t re lo que esen-t a divisa afirm a y la realidad del m undo del art e. Anything goes es una afirm ación de relat ivism o radical: t odo est á perm it ido y u n a cosa vale t an t o com o cualquier otra. Es m ás, no sólo cual-quier cosa puede ser una obra de art e y t odo vale y t odo est á perm it ido, sino que adem ás, com o dijera Joseph Beuys, jeder M ensch ist ein Künstler, todos som os ar-t isar-t as. Esar-t o es, el ser arar-t isar-t a ya no podría en t en derse com o u n a elección de los Dioses o de la Nat uraleza que ha dot ado de un t alent o especial a unos pocos se-res privilegiados, sino com o una capaci-dad o rasgo de cualquier ser hum ano. Cualquier ciudadano puede ejercer esa capacidad y t iene derecho a present ar-se ant e el rest o de la ciudadanía com o art ist a, al m enos en t érm inos de iguales derechos. Nadie decide quién es un ar-t isar-t a, ar-t odos lo som os. Oar-t ra cosa es quién decide quién es un buen art ist a. La

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GERARD VILAR

Cat edrát ico en Est ét ica y Teoría de las Art es en la Universidad Aut ónom a de Barcelona. Realizó est udios de Filosofía en Barcelona, Frankfurt y

Const anza. Dict ó clases com o profesor invit ado en facult ades e inst it uciones de España, M éxico, Alem ania y Est ados Unidos.

Es m iem bro del Consejo de

Redacción de la revist a Isegoría desde 1995 y Direct or de la Serie Filosófica de la Colección Idea Universit aria de la edit orial Idea Books, de Barcelona.

Aut or de num erosos libros, ent re ellos: Raó i m arxism e. M at erials per a una hist òria del

racionalism e; Individualism e, èt ica i polít ica; La razón insat isfecha; El desorden est ét ico.

dadanía es siem pre el crit erio del pre-sent e, la ciudadanía, claro es, en t ant o m ercado orientado por la publicidad y los m edia que decide consum ir el art e, la li-t erali-t ura o la m úsica de unos y no la de ot ros. Así, la cuart a gran divisa cont em -poránea es la de que everyone is a critic. La crít ica ya no es t am poco el product o de la división del t rabajo, la labor espe-ci ali zada de algu i en qu e se dedi ca a m ediar, orientar y juzgar según barem os y crit erios de calidad y excelencia qu e sólo el ojo expert o pu ede cont em plar. Hoy, el juicio del crít ico vale t ant o com o el de un ciudadano cualquiera puest o que t iene el m ism o derecho a opinar, y t iene el m ism o derecho a opinar porque ya no exist en esos crit erios de excelen-cia a los que la crít ica pueda apelar, ni exist e un sent ido de la hist oria al que rem it irse ni un orden est ét ico o art íst ico en el que apoyarse. En m edio del desor-den est ét ico, el ciudadano es libre de juz-gar y su gust o es el rey.

Ést a es, creo, la opinión generalizada de cu alqu iera qu e se aproxim e desde fuera al m undo del art e cont em poráneo:

el relat ivism o im pera por doquier y, en el m ejor de los casos, el dinero y el po-der, com o en t odas part es en el nuevo capit alism o, cont rolan y deciden en últ i-m a inst ancia. No es ext raño que, ant e est e diagnóst ico de craso desorden es-t ées-t ico y a pares-t ir del desasosiego que crea est e est ado de pluralism o radical y de perfect o relat ivism o, hayan t om ado nue-vas alas los discu rsos sobre el f in o la m uert e del art e, discursos que, con o sin t int es jerem íacos, reproducen de nuevo el problem a concept ual est ruct ural y en-dém ico del art e en la m odernidad.2

M i posición al respect o es bast ant e m enos negat iva y escat ológica. Sin ne-gar la profundidad de los cam bios a los qu e est am os som et i dos, creo qu e en m edio de est e desorden est ét ico hay un lugar para la razón. La tesis que defien-do es que la crít ica de art e es m ás nece-saria que nunca –y ello coincide con el hecho de que hay m ás crít icos de art e por kilóm etro cuadrado que en cualquier otro m om ent o del pasado–, pero que inevi-t ablem eninevi-t e ha de cam biar, y de hecho est á cam biando, su concept o. Así, pues, ent iendo que hay m uy buenas razones para defender la im prescindible t area de la crít ica en la present e sit uación de des-orden est ét ico.

Uno de los ropajes que en los últ im os t iem pos adopt a el renovado t ópico del “fin del arte” es el de los discursos sobre “el fin del m undo del art e”.3 Dichos

dis-cursos part en de un ciert o diagnóst ico com ún acerca de que la posm odernidad, ese “delt a” del caudaloso río del m oder-nism o que se abrió en m ult it ud de bra-zos com o un Nilo cult ural del present e, ha t erm in ado en u n a especie de m ar desordenado o en una atm ósfera gaseo-sa, en una fiest a enloquecida de las apa-riencias y las vanidades donde triunfa la experiencia est ét ica y el art e se ha vapo-rizado. El art e habría cam biado radical-m ent e de concept o y con él lo que se

de-2Véase mi libro Arte sin fin. Una filosofía del art e, Barcelona, Herder, (2005, en prensa).

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nom inaba el “m undo del art e”, est o es, el conjunt o de las inst it uciones y práct i-cas sociales que existirían en torno al arte y los art ist as: galerías y m archant es, co-leccionist as, público, m useos y fundacio-nes, com isarios de exposiciofundacio-nes, direc-t ores generales de las ardirec-t es, revisdirec-t as y ot ros m edios de com unicación, et cét e-ra. Ent re los elem ent os fundam ent ales del m undo del art e habrían est ado dde m ediados ddel siglo XVIII, pero m uy es-pecialm ent e en el m undo del art e que caract erizó al art e m oderno, la crít ica de art e, t ant o en el sent ido est rict o de la práct ica de los crít icos de art e t ales com o Clem ent Greenberg, Harold Rosenberg o Robert Hughes cuant o en el sent ido am -plio que incluye a t eóricos, hist oriadores y f i l ósof os del ar t e com o W al t er Ben j am i n , Rosal i n d Kr au ss o Gi l l es Deleuze. Con independencia del concep-t o de críconcep-t ica que concep-t enga cada cual, hasconcep-t a t iem pos recient es había un not able con-senso en creer que la crít ica era algo fun-dam ent al en el conciert o y desarrollo del art e m oderno y del art e que le siguiera en los ochent a, hast a el punt o de que hay m ovim ient os y m om ent os art íst icos que no pueden ent enderse sin la exist encia de un nom bre, com o ocurre en el caso del expresionism o abst ract o y Clem ent Greenberg o de la t ransvanguardia it a-liana y Achille Bonit o Oliva.

Vam os a int roducir una analogía o m et áfora para ent ender las nuevas con-diciones en las qu e se desenvu elve el m undo del art e a com ienzos del siglo XXI. Se t rat a de la vieja m et áfora de la repú-blica ya em pleada hace siglos para ca-ract erizar el m undo del art e y la lit erat u-ra y act ualizada m ás recient em ent e por el filósofo brit ánico T.J. Diffey.4 Sin em

-bargo, el em pleo de dicha m et áfora has-t a el presenhas-t e m e parece fallida. El m un-do del art e, com o el de la lit erat ura o el de la m úsica, m ás que una república ha sido hast a m uy recient em ent e una so-ciedad civil som et ida a diferent es

regí-m enes polít icos: el ant iguo régiregí-m en en la era preburguesa y en gran part e del siglo XIX, dictaduras varias a lo largo del siglo XX y sólo localm ent e y por breves periodos ha conocido regím enes dem o-crát icos. Ello se ha debido t ant o a las re-laciones de poder t radicionales, funda-das en di f er en ci as de cl ase a veces abism ales, com o en las diferent es ideo-logías que, t renzadas de m odos varios con dichas relaciones de poder, han azo-t ado la culazo-t ura occidenazo-t al desde las re-voluciones am ericana y francesa. Así, ni en l as ép ocas del r eal i sm o, o del im presionism o y m enos aún de las van-gu ardias, pu ede ent enderse el m u ndo del art e com o una república, sino com o una sociedad civil som et ida al dict ado y los im perat ivos de algún est ilo art íst ico dom inant e que represent aba el aut ént i-co progreso y la dirección i-correct a en la evolu ción del art e. Inclu so, u no de los m om entos m ás dictatoriales de las van-guardias es el del t riunfo de la pint ura am ericana tras la II Guerra M undial bajo l a égi da del em p er ador Cl em en t Green berg. Com o sabem os, t odo ello em pezó a cam biar en los años sesent a y set ent a, y con la post m odernidad art ís-t ica acaba insís-t au rándose el celebrado pluralism o en el que vive hoy el m undo del art e, ese pluralism o relat ivo en el que cu alqu ier cosa pu ede ser u na obra de art e, en el que t odo vale, en el que t odos som os art ist as y en el que cualquiera es un crít ico de art e, y en el que el m undo del arte ha visto difum inarse sus fronte-ras, pero sin que hast a ahora ni ést e haya desaparecido com o un m undo de razo-nes inst it ucionalizado ni el art e haya lle-gado a su fin. Es precisam ent e en est as nu evas condiciones hist óricas de exis-t encia del arexis-t e y del m undo del arexis-t e cuan-do es realm ente posible recurrir con fun-dam ent o a la m et áfora de la república. La república es un régim en en el que la sociedad polít ica se ent iende com o una sociedad de individuos libres e iguales, libre de relacion es de dom in ación . Es

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ahora cuando cualquier ciudadano es li-bre de juzgar cualquier obra de art e, o de crearla, y ningún est ilo t iene pat ent e de corso para considerar a los dem ás su-perados o pasados y afirm arse, por ende, com o superior y m ás avanzado en la lí-nea correct a. En una m et áfora polít ica hay que reconocer que durant e los últ i-m os siglos no habíai-m os alcanzado todos la plena condición de ciudadanos, sino que éram os súbdit os de dist int os regí-m enes regí-m onárquicos y dict at oriales. Pero ahora podem os pensarnos com o ciuda-danos, y considerar que nuest ro vot o in-dividu al vale en principio t ant o com o cualquier ot ro.

Nat uralm ent e, est o es una m et áfora que pret ende hacer ver un cam bio en la nat uraleza de los hechos, pero no es una descripción sociológica de la realidad. La realidad em pírica seguram ent e jam ás se acercará m ucho a la idea de la m et áfo-ra, ent re ot ras cosas porque aunque en principio t odos los ciudadanos de la so-ciedad polít ica lo pueden ser t am bién del m undo del art e, la proporción de los que de fact o part icipan en la vida del m undo del art e será siem pre m uy infe-rior a los que part icipan de la vida polít i-ca. No m e puedo im aginar un m undo en el que el art e t enga t ant os seguidores com o el fút bol. En la república del art e sigu e habiendo clases y relaciones de poder, igual que las hay en cualquier de-m ocracia, en cu alqu ier repú blica real. Pero, del m ism o m odo que podem os en-t ender norm aen-t ivam enen-t e la realidad po-lít ica de m uchos est ados com o sist em as dem ocrát icos y est ados republicanos a pesar de t odos los defect os y denuncias que puedan hacerse acerca de su reali-dad em pírica, igualm ent e creo que po-dem os ent ender est ét icam ent e la reali-dad de los m undos del art e de hoy a pe-sar de sus evident es defect os y déficit s com o sist em as republicanos. En un sis-t em a republicano los individuos persi-guen no ser dom inados por alguien, se agrupan en part idos y m ediant e razones de t oda suert e denuncian, enuncian, cri-t ican e incri-t encri-t an persuadir a sus conciu-dadanos para que vean las cosas com o

ellos y se adhieran a sus punt os de vist a. Nada de est o t iene que ver con diálogos seráficos ni con consensos últ im os y fi-nales. La dem ocracia es un sist em a que sust it uye la violencia por un sist em a de reglas que sólo pueden m odificarse si-gu iendo los m ecanism os est ablecidos por las reglas m ism as y que se transfor-m a porque est á en un perpet uo proceso de aprendizaje en relación con los cam -bios sociales, económ icos y cult urales. Bajo la apariencia del desorden est ét ico qu e i m p er a en el m u n do del ar t e pluralist a del present e se ocult an proce-sos análogos, al m enos hasta cierto pun-to, a los que podem os encontrar en la vida polít ica y que perm it en validar la pro-puest a de ent ender adecuadam ent e el m u ndo del art e cont em poráneo com o una república. Todos estos procesos son, en algún sent ido, procesos de dem ocra-t ización que han afecocra-t ado al m undo del art e en los últ im os cincuent a años y que lo han llevado del est ado de sociedad ci-vil al est ado de república. Esquem át ica-m ent e, los principales de ellos son: la dem ocrat ización del público, la dem o-crat ización del art ist a y la dem oo-crat iza-ción de los valores artísticos con la consi-guient e ext ensión y m ult iplicación de las inst it uciones del m undo del art e.

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econó-m ico. Todos sabeeconó-m os lo que hay: la econó-m a-yoría de los ciudadanos prefiere ver una t elenovela o una película am ericana de acción a una t ragedia clásica, un vídeo de raperos a una ópera, un episodio de Hom er a un vídeo de Shirin Neshat . A ello hay que hacer t res observaciones. En pri-m er lugar, que pese a t odo el núpri-m ero de ciudadanos que se acercan a las exposi-ciones, a los m useos, a las salas de con-ciert os, a los t eat ros, et c., no cesa de cre-cer. La m ult iplicación de cent ros cult u-rales de t oda suert e en t odo el m undo es const ant e. Si la Tat e M odern en su pri-m er año t uvo cuat ro pri-m illones de visit an-t es, ¿no es ese, enan-t onces un cenan-t ro po-pular? En segundo lugar, hay que decir que el consum o de los product os de la in-dustria cultural no está reñido con el gus-t o por la ópera, el argus-t e m ás reciengus-t e o el t eat ro clásico. Yo m ism o podría ponerm e com o ejem plo de alguien que disfrut a t ant o con ciert os product os del cine de consum o com o con los m ás sofist icados vídeos de art ist as cont em poráneos. Y en t ercer lugar, hay que t ener bien claro que en la república de las art es no podem os descalificar a nadie. No lo hacem os en el m undo de la polít ica: t odo el m undo t ie-ne derecho a vot ar librem ent e a quien le plazca o a abst enerse. En la república del art e son m uchos m ás los que se abst ie-nen que los que vot an y part icipan, pero los prim eros form an t am bién part e de la república por derecho, y t odos los vot os t ienen el m ism o valor. Del m ism o m odo que en el ám bit o de la polít ica sabem os que hay vot os m ás fundados en el cono-cim ient o y en la just icia que ot ros, pero jam ás direm os que esos vot os valen m ás que los de alguien que vot a porque el candidat o es guapo y sim pát ico, t am po-co en el m undo del art e ent endido po-com o república podem os quebrar el principio dem ocrát ico de un hom bre un voto. Eso es lo que significa la dem ocrat ización del público: la m ayoría vot a por el art e de m asas y los product os de la indust ria cul-tural, pero ello no im pide el desarrollo del m undo del art e, la aparición de híbridos y el cont inuo desdibujam ient o de fron-t eras.

La dem ocrat ización del art ist a ha sido posibilit ada t ant o por la m ult iplicación de las escuelas de bellas art es en el m ar-co de la universalización de la educación, que ha hecho posible la form ación de le-giones de art ist as o aspirant es a art ist a que ha llevado a un aum ent o de la den-sidad de art ist as por m et ro cuadrado ja-m ás vist o en t oda la hist oria, coja-m o por el cam bio de concept o de obra de art e que, en la m edida que ha perm it ido que cual-quier cosa pueda ser una obra de art e, t am bién ha perm it ido que cualquiera sin una form ación específica en una escue-la o facult ad pueda ser un art ist a. No se necesit a dom inar ninguna t écnica para m ont ar una inst alación t ípica, y se nece-sit a m u y poca para pillar u na cám ara digit al y hacer un vídeo de ent revist as a m ujeres oprim idas, u organizar una do-cum ent ación sobre los inm igrant es que llegan en pat eras, bast a con t ener la idea. En la época de las vanguardias, una de las frases m ás típicas para descalificar a u n art ist a era la célebre “¡pero si est o t am bién lo hace m i hijo!”. No conozco a nadie de los qu e argu m ent aba de ese m odo que se hubiera hecho rico vendien-do los m am arrachos y m onigotes pinta-dos por sus hijos. Ningún niño pintaba o pint a com o Picasso o M iró. En cam bio hoy, si no cualquiera, la m ayoría puede decir ant e gran part e de las obras de art e cont em poráneo “ ¡pero eso t am bién lo hago yo!” y no sostener ninguna falsedad. Si nos lo proponem os, sin t ener form a-ción art íst ica, casi cualquiera puede crear obras de art e de hoy. Jederm an is ein Künstler.

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espúreos, que se adhieren cont ingent e-m ent e a las obras de art e pero que no form an part e de lo que llam am os valo-res art íst icos. Los cuadros de Van Gogh t enían valor art íst ico aunque no los que-ría com prar nadie. Sin em bargo, en una perspect iva pragm át ica los valores se ent rem ezclan y cruzan. De hecho, que el art e sea un bien en el que invert ir o un m edio para consegu ir vot os o est at u s social lo único que hace es ext ender la presencia del art e en la sociedad, m ult i-plicando las inst it uciones relacionadas con él -el m undo del art e- y dem ocrat i-zar sus valores al hacerlo accesible a un núm ero crecient e de ciudadanos. La m uy celebrada y com ent ada obra t eat ral de Yasm ina Reza, Arte, const it uye un claro sínt om a de est a presencia. Y el hecho de que act ualm ent e t oda ciudad m ediana t am bién quiera t ener su cent ro de art e cont em poráneo, au nqu e el m ot ivo de fondo sea para atraer turistas, confirm a el ascenso del valor del art e cont em po-ráneo. La ext ensión y m ult iplicación de las inst it uciones del m undo del art e t ie-ne, pues, varias raíces: el ascenso del va-lor de cam bio del art e com o part e de un m ercado cult ural en expansión, el ascen-so del valor del art e com o sím bolo de est at us y valor de cam bio polít ico, pero t am bién la neut ralización est ét ica de la fuerza subversiva del art e, que lo hace acept able para cualquier poder.

Por ot ra part e, los valores art íst icos propiam ent e dichos –las cualidades es-t ées-t icas- se han incorporado a la vida co-t idiana a co-t ravés del diseño y la m oda. El gigant esco bazar en el que vivim os pone a nuest ra disposición una variedad de objet os, m uebles, vest idos y com plem en-t os con los que idenen-t ificarnos, cuyas pro-piedades t ienen que ver con las propie-dades del art e. La invent ividad, la arm o-n ía y la proporci óo-n , la su bversi óo-n , la virt uosidad de la ejecución, la calidad del acabado, la am bigü edad, el hu m or, la pureza de las form as, et c., son t odas

pro-piedades est ét icas que en el pasado se at ribuían ant e t odo al art e y a aquellas art esanías cercanas a él, com o la joyería o la eban i st ería n obles. Las obras de Rot hko, Warhol o Hopper se venden hoy m asivam ent e en reproducciones com er-ciales para que la gent e decore sus ho-gares. Encarnan est e t ipo de cualidades, aun en una reproducción, que t am bién atribuim os a unas gafas de sol de Arm ani, a una silla de St ark, a una cam iset a de Cust ó o a un reloj Sw at ch. En est e sent i-do, ha habido un largo proceso histórico de ext ensión de nu est ra capacidad de apreciación est ét ica del art e al conjunt o del m undo de la vida, incluyendo la na-t uraleza. De algún m odo, al m enos en la cult ura occident al, est am os culm inando un largo proceso que se inició con el fin del Im perio Rom ano y la aparición del cristianism o paulino represor de la sen-si bi li dad. Es el t r i u n f o de la est ét i ca com o Yves M ichaud lo califica.5 Es

posi-ble que m uchas ot ras cult uras ya han es-t ado en el pasado en eses-t e eses-t adio que, para nosotros, es un estadio final tras un largo recorrido. Griegos o japoneses, por ej em plo. Pero lo qu e con viert e en u n novum la situación actual es precisam en-t e el ser producen-t o de una evolución cul-t ural que ha llevado a la dem ocracia po-lít ica, la ciencia y la t ecnología, la m oral hum anist a, el est ado de derecho y el ca-pit alism o. Ese t riunfo de la est ét ica es la dem ocrat ización de la est ét ica. Que ese triunfo vaya asociado exclusivam ente al hedonism o, com o M ichaud piensa en la est ela de Daniel Bell, es una reducción de fenóm enos m uy com plejos.

Sin em bargo, si aceptam os esta inter-pret ación, si acept am os que t odos som os iguales en la república del art e y el vot o o el juicio est ét ico de cada cual vale lo m ism o, ¿cóm o no evit ar el dom inio del gusto por los productos com erciales, por el kitsch y lo m ás banal y consum ible? ¿No habíam os aprendido qu e el vot o de la m ayoría no coincide necesariam ent e ni

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con la verdad ni con la just icia (ni con el juicio est ét ico ponderado)? ¿Cóm o evit ar la igualación de t odos los product os ar-tísticos, desde la publicidad hasta la van-guardia, de lo m ás elevado con lo m ás popular? ¿No es acept ar que t odo vale y es l o m i sm o, caer en el m ás cr aso relativism o? ¿No veníam os defendiendo la idea de una razón est ét ica, la idea de que, pese a t odo, podem os y debem os dist inguir?

Lo que hay que com prender es que el m undo del art e de hoy, en el que im -pera u n ciert o relat ivism o, ciert am en-t e, no es, pese a ello, m ás irracional y relat ivist a que ot ros m undos com o el de la polít ica o la j u st icia en regím en es dem ocrát icos. El m undo del art e vive en t érm inos de un relat ivism o m ucho m e-nos radical de lo que a veces se dice. El m u n d o d el ar t e con t em p or án eo es relat ivist a en el sent ido de que casi t odo vale aunque no t odo vale igual. Es cier-t o que cualquier cosa es una obra de arcier-t e y que cualquiera puede hacer sus pini-t os com o arpini-t i spini-t a, ci n easpini-t a o escri pini-t or, pero, desde luego, no t odas las obras de art e, vídeos o novelit as se consideran o j u zgan com o de igu al valor, es decir, t odo el m undo discrim ina y selecciona ent re las obras de art e aquellas que cree m ejores por m uy dist int as razones. Para em pezar, observem os qu e los crít icos, los com isarios, los galerist as, el público, los coleccionist as, et c., coinciden bas-t anbas-t e en la lisbas-t a de nom bres de quienes son los grandes art ist as. Sólo hay qu e darse una vuelt a por cualquier m useo de art e cont em poráneo del m undo para ver qu e en él se en cu en t r an los m i sm os nom bres que en cualquier ot ro m useo a diez m il kilóm et ros de dist ancia, así en el nort e com o en el sur, en el est e com o en el oest e.

Lo que hay que com prender es que, precisam ent e t odas las crít icas y denun-cias qu e pu eden y deben hacérsele al m undo del art e pluralist a del present e, no lo invalidan sino todo lo contrario, son

part e básica del m undo del art e m ism o, un m undo t odavía m uy joven que hem os de acostum brarnos a ver con otros ojos, lejos de aquella m irada convencida de que hay una verdad y un est ilo art íst icos que m arca el cam ino ciert o de la hist oria del art e. Afort unadam ent e, esa m irada m onist a o m onot eíst a de la línea correc-t a y las verdades polícorrec-t icas absolucorrec-t as ya la aban don am os en polít ica; ahora t oca deshacernos definit ivam ent e de sus res-t os en esres-t éres-t ica. El papel de la críres-t ica de art e es esencial, pero ha cam biado su concept o.6 Hay m uy distintas form as de

la crítica de arte, en esta época pluralista no se puede seguir pensando en ella des-de un m odes-delo unitario. Distintas form as de art e y dist int as form as de present a-ción del art e necesit an dist int as form as de crít ica.

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