• No se han encontrado resultados

Recortes de El hecho maldito del pais colonial

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2019

Share "Recortes de El hecho maldito del pais colonial"

Copied!
66
0
0

Texto completo

(1)

Sistema económico social de la América colonial.

América colonial. América mestiza

La península ibérica, el extremo occidente europeo, fue la vanguardia de la expansión mundializante del siglo XV

que colocó a Europa en el centro del mundo. La apropiación de las riquezas, una transferencia sin dimensiones

anteriores del trabajo de los pueblos, que iba subordinando y transformándolos en su periferia, se inicia con la

conquista de América y la conformación de un sistema de dominación mundial que no casualmente se lo denomina –

en referencia al primer “descubridor” de América, Cristóbal Colón- colonialismo. De esta brutal apropiación dimos

cuenta en nuestro libro “Combatiendo al Capital”, de modo que en esta oportunidad no vamos a extendernos en el

desarrollo de ese sistema, sino que nos limitaremos a señalar que -desde nuestra visión- sin el aporte del

colonialismo, consideramos que no hubiera sido posible el desarrollo del capitalismo como forma económica de la

civilización europea. De tal magnitud creemos que fue dicha situación de dominación, aunque la mayoría de los

pensadores europeos -aun de los progresistas y los revolucionarios- la nieguen o solo refieren a ella

tangencialmente.

Esta afirmación pareciera chocar con el hecho de que no fue precisamente en España donde el capitalismo se

desarrolló. Digamos por ahora, siguiendo a White (2014:17) que: “El oro y la plata del Nuevo Mundo, así como otros productos americanos, solventaron siglos de participación española en las luchas por el poder en Europa. La España propiamente dicha, sin embargo, era una colonia económica de los países más industrializados de Europa. En consecuencia, para cubrir su déficit crónico en la balanza de pagos, gastó la mayoría de sus riquezas provenientes del Nuevo Mundo en artículos manufacturados importados. De este modo, la riqueza de la América española sirvió en último término para financiar la industrialización de las naciones europeas del Norte”.

Particularizando el análisis, podemos afirmar que la economía de América colonizada por las potencias europeas,

se diversificó en tres grandes núcleos:

En Brasil el colonialismo portugués desarrolló una economía prácticamente sin mercado interno, atado

fundamentalmente a su crecimiento hacia afuera. Con un consumo de las clases dominantes que a veces llegaba a lo

suntuoso y solventado sobre la concentración de la propiedad y la extensión de la mano de obra esclava secuestrada

por los europeos en África. Este mismo sistema se aplicó en las colonias antillanas, tanto de Gran Bretaña como de

Francia. Por otra parte, las colonias inglesas del Oeste tenían una población dispersa -apta para la formación de un

gran mercado interno- sustentada en la labor de colonos que en su mayoría venían huyendo de las persecuciones

religiosas en Gran Bretaña y que querían fundar el reino cristiano como utopía político religiosa.

Finalmente, la más compleja y contradictoria; fue la América hispánica, montada socialmente sobre la explotación

del poderoso núcleo poblado originario, que en algunas regiones era la base de la riqueza en una producción que

(2)

generalmente los más ricos de la colonia en general, eran productores de minerales, cuya extracción –efectuada con

las técnicas más modernas disponibles para la época- estaba también a cargo de aborígenes y sus beneficios iban a

parar a los bolsillos de una suntuosa oligarquía descendiente -en su mayoría- de los conquistadores.

En la economía colonial hispánica, existía a su vez un núcleo que producía también para el mercado externo, de

modo similar a la referida colonización portuguesa, con una amplia fuerza de trabajo africana esclavizada, que

cultivaban desde azúcar y tabaco -como en el caso de Cuba- hasta cacao y café, en las zonas tropicales del norte de

América del Sur.

El mercado interno aparece en el corazón continental, como complemento del sistema productivo europeo y del

sistema mercantil importador. Esta subordinación inicial se palpa con más claridad en las zonas despobladas de la

América oriental, donde prácticamente la totalidad de los productos consumidos en las plantaciones e ingenios, eran

importados. En Brasil “todo viene del extranjero; hasta los ataúdes para difuntos, refiere un contemporáneo; nos llegaron de Inglaterra forrados y listos para ser utilizados” (Prado Júnior, 150). Era casi como si los consumidores de la plantación fueran parte del mercado interno de la propia Europa. Tal la ley de la subordinación a lo importado en su aspecto más puro” (Astesano, 1982: 86).

En síntesis, podemos decir que había en la América española, una proporción importante de producción para adentro que le permitió acumular y generar circulaciones así como lógicas internas, aunque jamás en la medida de Europa porque drenaba permanentemente el excedente hacia el viejo continente, sobre todo a través del complejo minero y de plantaciones tropicales, que siempre mantuvo su desarrollo ligado a los ascensos y las crisis del mercado internacional, dependiendo de las leyes que regían el mercado mundial del incipiente capitalismo europeo.

El largo proceso de tres siglos de formación del sistema social colonial había profundizado una división interna del

trabajo por regiones. El centro neurálgico eran -sobre todo- las regiones metalíferas y en particular, la amplia zona

andina sobre la cual se había asentado -en la América pre colonial- la mayor cantidad de población originaria. Dado

que la apropiación del trabajo de los aborígenes fue el gran fundamento de la riqueza en la América española, se

produjeron grandes centros económicos, como Lima o Potosí, que lograban que las periferias produjeran para ellos.

Al mismo tiempo, el pequeño productor agrícola (que en la mayoría de los casos seguía produciendo alimentos en las

condiciones tecnológicas del imperio incaico), el artesano urbano o el campesino de las campañas de las ciudades, se

especializaban en sus labores: viñateros cuyanos, tejedores norteños, molineros y chacareros del litoral, produciendo

para un mercado con alto nivel adquisitivo pero que no era el internacional. Por último, en los márgenes de ese

sistema, sobre todo en los litorales marítimos periféricos, se practicaba el contrabando con la venia corrupta –en

(3)

Y sobre esta dispersa división de trabajo, sobre estos excedentes que marchaban al mercado americano, fue formándose una nueva clase dirigente criolla capitalista, que al mismo tiempo que regulaba el sistema social y se enriquecía a ojos vista, se había transformado en los empresarios productores de un nuevo tipo de manufactura que ya había aparecido también en Francia e Inglaterra, la manufactura dispersa, basada en el trabajo a domicilio. El empresario entregaba la materia prima y pagaba luego el producto elaborado por el trabajador criollo, ofreciendo préstamos al artesano, hipotecando el terreno del agricultor, prestando en usura para levantar una cosecha” (Astesano, 1982: 136).

En las grandes ciudades portuarias, se instalaba un sector social de comerciantes (que en la periferia como

dijimos, se habían hecho a sí mismos a través del contrabando) que fueron construyendo importantes fortunas

personales, mediante su red hacia el interior de productos de América hispánica o bien, del exterior, mediado tanto

por los comerciantes monopólicos españoles como por dichos contrabandistas. Así se controlaba la producción

americana del vino, el azúcar, la yerba (la parte que escapaba a la producción de los jesuitas), los ponchos, la

producción de carretas y embarcaciones, la de vacunos y mulares, incluso hasta las pocas manufacturas de Flandes o

de Manchester que llegaban en buques españoles y que rendían enormes ganancias al puñado de comerciantes

habilitados por el monopolio imperial. Concentrada en los grandes centros urbanos, socios de los vecinos “decentes”

de las ciudades del interior, estos comerciantes regulaban la marcha y dominaban el mercado interno. “Todas las mercaderías que encerraban el trabajo criollo pasaban por sus manos, para dejarles un margen de ganancia dentro del esquema de comprar por dos para vender por ocho que regía por entonces. Sus puntos de apoyo fueron la tienda y el almacén o la barraca, o la pulpería de campaña y sus tentáculos sobre un mercado disperso, la lenta tropa de carretas o el cabotaje sobre el Paraná. Comprando y vendiendo habían tejido la madeja que hacía funcionar el capitalismo interior americano y que permitía a un mendocino tomar mate con yerba paraguaya, con azúcar tucumano, y a estos beber el rico vino cuyano. Era una clase social que cultivaba la tradición colonial española y organizaba al país bajo su mando económico, controlando el poder político local desde los cabildos” (Astesano, 1982: 137).

Sobre el sistema político colonial

Status jurídico perteneciente a la corona y no a España.

Desde la época de su conquista y frente al hecho nuevo en Europa de que se pudiera controlar un territorio de

ultramar, los debates se inclinaron por dar a la recién “descubierta” tierra del “nuevo mundo” el mismo status que

tenían los reinos que iban conformando la recientemente integrada España. Pensemos que ésta empieza a existir

como tal, a partir de la unión de los llamados reyes católicos Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. En particular,

(4)

dependientes de la corona de Castilla, en analogía con otros que tenían la misma dependencia, como el caso del

reino de Nápoles.

Ya en una real orden del 12 de diciembre de 1619, acerca de la asignación de cargos seculares y eclesiásticos en

los reinos americanos, se había establecido: "En todos los cargos, otorgamientos y encomiendas mencionados, serán preferidos los naturales de mis Indias, los hijos y nietos de sus conquistadores, personas capacitadas de virtud y méritos correspondientes a la naturaleza e índole de los cargos respectivos, y lo mismo vale a favor de los pobladores originarios de mis reinos indianos, allí nacidos, y estas personas, como súbditos míos, deben ser preferidas a todas las demás” (Beyhaut, 1964:12). Pero en el desfasaje entre las Leyes de Indias y la realidad nos muestra que solo una abrumadora minoría de virreyes, capitanes generales y altos funcionarios en el período colonial habían nacido en

América1. Los cargos más altos de la administración, la justicia y el ejército eran llenados con españoles europeos, lo que generaba algún nivel de contradicciones contra los gachupines, chapetones o godos, como solía denominarse a

los peninsulares. Este encono es desmesuradamente acentuado por los historiadores que plantean que el proceso

independentista fue una lucha de criollos contra españoles. Lo cierto es que por un lado la gran capa intermedia de

los funcionarios imperiales eran escogidos entre las familias tradicionales americanas, y aun cuando así no lo fuere,

muchas veces los funcionarios reales de todas las jerarquías se rendían ante el poder económico -aunque también

político- de los criollos acomodados, que dominaban entre otras instituciones gravitantes los Cabildos locales.

Como bien aclara Astesano: “El estado colonial presenta una característica que es propia de todos los países dependientes: la diversificación de las finalidades fundamentales que guían la actividad del aparato del Estado. Por un lado trata de responder a las exigencias del país dominador, que busca de orientar todas las manifestaciones económicas y políticas en el sentido de su propio beneficio, y por el otro a los intereses dominantes que tratan a su vez de asegurar su propia posición privilegiada” (Astesano, 1941: 211).

El virrey fue la máxima autoridad colonial, encarnación del Estado español en América. Gozaba de gran cantidad

de atribuciones políticas y económicas, tenía plena confianza de la corona por lo cual era la garantía del orden

colonial. En tanto Superintendente de la Real Hacienda, el Virrey debía inspeccionar todo el mecanismo financiero

del Virreinato procurando incrementar sus ingresos. Era, además, supremo jefe de las fuerzas armadas concentrando

así el control del orden público; ejercía también un control político sobre los otros organismos del Estado, como las

Audiencias, los Cabildos y –luego de las reformas borbónicas- de las intendencias.

Sin embargo, no debemos que pensar en la acción de los virreyes como una cuestión univoca y monolítica. “En efecto, los virreyes no llevaron una política uniforme de apoyo al monopolio español. Fácil es distinguir entre los virreyes reaccionarios y ‘liberales’ que se vinieron sucediendo alternativamente. Unos, celosos defensores de los

1

(5)

privilegios, combatieron ardientemente al contrabando, hicieron respetar por sobre todas las cosas el régimen legal en favor del monopolio español, no perdiendo oportunidad para favorecerlo con medidas económicas que desarrollaran su tráfico privilegiado. En cambio los virreyes progresistas, trataron de despertar las fuerzas sociales dormidas por la opresión del feudalismo colonial, impulsando la ganadería, favoreciendo el comercio con otros puertos no españoles, o permitiendo la propaganda en favor del desarrollo agrícola llevada a cabo por hijos de esta tierra. Vértiz fue quien mejor representó a este grupo de virreyes progresistas. Cisneros, al declarar el comercio libre con los ingleses cerró esta política liberal en favor de la burguesía comercial porteña y los hacendados, dando el golpe más serio al grupo de registreros españoles” (Astesano, 1941: 214).

En resumidas cuentas, podemos afirmar que el sistema colonial se sostenía sobre un equilibrio estable –aunque no carente de tensiones- entre los funcionarios de la corona, los comerciantes monopolistas españoles y los criollos acomodados que manejaban en gran medida toda la producción para el mercado interno. Estos últimos eran los españoles americanos que muchas veces amasaban fortunas mayores a la de las clases dominantes de la propia península. Instalados, tras varias generaciones, sin ánimo de retomo, en una tierra que consideraban la suya, los criollos tenían en sus manos una parte importante de las riendas económicas de Indias. Poseían inmensas

estancias, con gran cantidad de esclavos en los lugares de producción de cultivos tropicales, o bien tenían cuantioso

ganado en otros lugares, o poseían –acaso los más ricos entre ellos- intereses en las explotaciones mineras. Los

criollos acomodados -autodenominados la gente “decente”- detentaban y cubrían los cuadros del cabildo, eran los

que tenían acceso a la educación, que compartían con algunos de la pequeña clase media alta de la época. Entre el

mundo de los letrados, particularmente abiertos a las ideas políticas del nuevo siglo, sobre todo las españolas, en

cuyas discusiones estaban siempre actualizados. Sin embargo, por una contradicción interna, esta élite económica e intelectual, en una sociedad en la que la presencia del indio y del negro confería a todo blanco “un complejo de

superioridad”, padecía la exclusión, la desconfianza con que la rodeaba la administración real desde la metrópoli,

aunque tuvieran poder en estas latitudes. Aun así este sector social abominaba del mestizaje (aunque lo tuviera en

su propia sangre) y se sentía español en América.

La crisis del dominio español en América

Las reformas borbónicas de la estructura colonial como desencadenantes.

Es un clásico en la teoría política que el momento más peligroso para un régimen autocrático es cuando pretende

reformarse a sí mismo. Después de la Guerra de Sucesión, con la muerte del último rey Habsburgo se estableció en

España la dinastía de los borbones, de origen francés pero apoyado sobre la victoria de los ingleses. Felipe V y

Fernando VI hicieron con su llegada al trono, reformas largamente demoradas en un Imperio que era cada vez más

(6)

impuestos agrícolas y la creación de intendencias para controlar la administración, una institución traída de Francia

con la intención de ordenar el caótico sistema vigente en la península ibérica que era poco más que una

aglomeración de reinos con reminiscencias de las autonomías de los tiempos feudales. Con ello restringieron los

poderes absolutamente abusivos de la nobleza provincial que hacían prácticamente imposible el trazado de políticas

económicas unívocas para la corona. Los borbones, gobernantes agiornados a los tiempos que corrían en Europa,

establecieron en lo económico un modelo mercantilista y al mismo tiempo -en consonancia con las características

del despotismo ilustrado- hicieron florecer las artes. Mientras tanto fueron chocando con los poderes locales que

venían de una amplia autonomía, tanto en la península como en América.

Carlos III accedió al trono en 1759 y gobernó siempre rodeado de un puñado de ministros ilustrados, entre ellos el

marqués de Sonora, responsable de una serie de reformas administrativas en la América hispana, que trastocaron de

raíz la autonomía relativa de las Américas, ajustando su carácter de colonias. Así, se aumentaron los impuestos a las

ventas en general y se restringieron las exportaciones. Los productos españoles y –por su intermedio- europeos,

entraron a raudales. Al mismo tiempo que se arruinaba las industrias textiles en regiones de México y del Perú, se

reflorecería la actividad minera extractiva, cuyo beneficio quedaba en manos de unos pocos.

Lo determinante es que, cuando los Borbones llegaron al poder, no sólo hicieron reformas administrativas

fundamentales sino que dieron una vuelta de tuerca a las condiciones de dependencia de la América española.

Cambios que, junto con las disputas permanentes con los funcionarios ibéricos que ejercían el poder político en las

colonias y sumado a la autarquía económica de gran parte de los criollos blancos que –como señalamos- habían

acumulado ingentes fortunas, significaron un cóctel explosivo. En definitiva, esta situación generó un desgaste de la

vigencia del pacto colonial o, para decirlo sin eufemismos, una erosión de las condiciones de dominación de las potencias ibéricas cada vez en mayor decadencia sobre las tierras americanas.

Para entender cómo y por qué ocurrió este proceso, es necesario aclarar cuáles fueron las reformas, cuál fue su

sentido, por qué fueron adoptadas y qué efectos tuvieron.

Las reformas afectaron los centros vitales de la vida imperial. Los ganglios políticos, de los que Madrid y Lisboa

acrecentaron los poderes; los militares, donde incrementaron el poder del ejército real; los religiosos, donde

favorecieron al clero secular, sujeto a la Corona, y penalizaron al regular, hasta la expulsión de los jesuitas, y los

económicos, donde racionalizaron y aumentaron los intercambios, acentuando sin embargo la brecha entre la Madre

Patria, encargada de producir manufacturas, y las colonias, relegadas al rol de proveedoras de materias primas. El

espíritu y el sentido de tales reformas no fue un misterio ni en el territorio metropolitano ni en el de ultramar. Tanto

es así que quienes las llevaron a cabo fueron héroes en su patria, pero tiranos a los ojos de muchos en las colonias.

Lo que buscaban era encaminar un proceso de modernización de los imperios y de centralización de la autoridad a

través del cual la Corona pudiera administrarla mejor, gobernarla de manera más directa y extraer recursos de modo

(7)

En la América española y particularmente por los criollos acomodados que manejaban gran parte de las

economías locales esto fue percibido como lo que realmente era: una nueva ofensiva de la voracidad metropolitana.

Incluso, perder el carácter jurídico de reino para transformarse definitivamente en colonias, también tuvo su impacto

en la conciencia sobre todo de la aristocracia americana, que sin dejar de concebirse española no se sentía menos

que los peninsulares. Deber obediencia al rey o debérsela a toda España era una diferencia repugnante para una

oligarquía tanto o más rica que muchas de las familias aristocráticas de la península. Así gran parte de las clases

dominantes criollas empezaron a sentirse traicionadas en el plano político y perjudicadas abiertamente en el plano

económico. Así las condiciones de dominación se empezaron a resquebrajar por las dos puntas de la pirámide social.

Por un lado el hartazgo de la opresión del escalón más bajo, como las rebeliones producidas a partir de Túpac Amaru

(que vamos a ver con mayor detenimiento) y por el vértice de las clases dominantes criollas, que entraron en

disputas con los funcionarios coloniales enviados de España en un ejercicio más firme del poder colonialista. La elite

intelectual de estos criollos se va a conformar como la vanguardia de un proceso de ruptura cuando apareció la

oportunidad en ocasión de la invasión napoleónica a España.

(...)

La ocupación francesa de España. La revolución en España

La disputa por convertirse en la potencia hegemónica europea se hace encarnizada a principios del siglo XIX.

Francia conducida por Napoleón coronado emperador le disputa fuertemente a Inglaterra la primacía.

La capacidad militar y política de Napoleón viene para cerrar una etapa de la revolución burguesa en Francia

donde la concurrencia aluvional para destronar al Viejo Régimen se hizo un abuso del terror, la guillotina sangrienta y

un asambleísmo anárquico. Una vez coronado emperador en el 1803 se encarga de enfrentar con éxito todas las

coaliciones formadas por los monárquicos europeos en contra de la Francia revolucionaria.

Después de la victoria de Austerlitz tomará el control del continente europeo. La victoria en la disputa por el

dominio europeo parece estar a sus pies. Pero en la plenitud de su apogeo ocurre, en octubre de 1805, la batalla

naval de Trafalgar. Allí las flotas coaligadas española y francesa van a recibir una derrota contundente por parte del

almirante Nelson, marcando la definitiva supremacía marítima de Inglaterra que se va a extender durante todo el

siglo XIX. Esta derrota hizo que Napoleón renuncie a sus planes de dominar militarmente las británicas. “No en vano

la plaza más importante de la ciudad de Londres está dedicada a Trafalgar” (Pandra, 2013: 143).

Trafalgar es un hecho fundamental en la historia americana pues la pérdida de prácticamente toda la flota

española significo la drástica incapacidad de sostener desde los mares el dominio colonial. Este hecho no lo dejaron

de advertir los criollos que conspiraban pensando en ganar niveles mayores de autonomía: la continuidad del

(8)

colonias americanas.

Por su parte, Napoleón debía conformarse con operar en el continente perdiendo la oportunidad también de

operar de modo eficaz sobre las colonias de las otras potencias europeas. Incluso con sus propias colonias de Santo

Domingo –las más importantes económicamente de América- ya independizadas de su metrópoli con el nombre de

Haití.

Napoleón, en su mirada geopolítica, comprendía que la única forma de vencer a los ingleses era económicamente

y para esto lo que debía era bloquear la salida de los productos británicos hacia los puertos de Europa continental. La

manufactura que era la fuerza económica de la industrialización elegida por los británicos como modelo económico

que lo nutria de valor necesitaba esa salida para terminar su realización. Y por eso Napoleón necesitaba terminar de

bloquear los puertos por los que esas mercaderías inglesas se introducían. Primero domino a los viejos aliados de los

ingleses desde su época de independencia con el nombre de Provincias Unidas, los holandeses. Pero lo que le

quedaba era ir por Portugal también aliado del Reino Unido desde que este había garantizado su separación también

respecto de España, después que se unificaran las coronas en los tiempos de Felipe II. Portugal era el lugar principal,

casi el único después de las victoria sobre Austriacos y Rusos (en Austerliz), y Prusianos (en Jena) por donde se

introducían los productos ingleses. Portugal era una piedrita en el zapato del Gran Corso. Pero había un problema

para terminar de cerrar esa política de ahogamiento económico de los británicos que se llamó “Bloqueo Continental”

y es que Portugal desde Francia se podía acceder por vía marítima (algo que era imposible después de la derrota de

Trafalgar) o por vía terrestre cruzando el territorio español. Para ello, Napoleón debió hacer que sus poco confiables

aliados españoles le permitieran el paso de sus tropas por su país.

Para principios del siglo XIX, la Corte española estaba dividida en dos facciones: por un lado, aquellos que

apoyaban a Carlos IV, a la reina María Luisa y a Godoy; por otro, aquellos que eran partidarios del príncipe Fernando

hijo de Carlos, en el que cifraban todas las esperanza de restauración de la gloria del imperio español, incluso

también los que venían en el un monarca progresista que iba a gobernar constitucionalmente.

La política internacional española manejada por el favorito Godoy, veleteaba de un lado a otro en aquellos

tiempos. Godoy, el príncipe de la paz, haciendo una incorrecta lectura de para donde se iba a inclinar el plano

internacional hizo arreglos para cambiar de bando y romper la alianza con los franceses. El emperador tomo nota de

esta deslealtad y oportunismo de los españoles. Cuando Napoleón había vencido y Godoy se desvivía en gestos de

obsecuencia hacia el gran corso, este tuvo la oportunidad de cobrarse la afrenta. Fue cuando en un gesto de

confianza Godoy permitió que las tropas francesas cruzaran España para dirigirse a Portugal. Napoleón le había

prometido fortalecer el partido de Carlos IV convirtiéndolo a este en Emperador de las Américas y a mismísimo

(9)

El emperador francés comprendía, además, que la frontera luso española era un colador ya que no existían

delimitaciones precisas, se hablaban idiomas similares según las regiones y no podía garantizarse en el desorden

administrativo del gobierno español garantizar el bloqueo por eso decide hacer del trayecto por territorio español

una ocupación.

A medida en que ejército Napoleónico avanzaba sobre España rumbo a Lisboa la Corte portuguesa entraba en

pánico. No tenía fuerzas suficientes para enfrentar a un ejército veterano probado en mil batallas contra fuerzas muy

superiores a las portuguesas. Para sorpresa y terror de los portugueses, pero también de los españoles, Napoleón

preparó una fuerza de 100.000 soldados.

El 29 de noviembre de 1807 parten las naves de la familia real portuguesa rumbo a Brasil con unas 15.000

personas custodiadas por la Armada británica al mando del almirante Sidney Smith. El mariscal Junot estaba

ocupando la ciudad de Lisboa ese mismo día en nombre de Napoleón y llegó justo para ver impotente a la

deslumbrante flota que parecía una inmensa ciudad flotante, escapándose entre sus manos.

El tesoro real, los archivos de la corona, y toda la burocracia administrativa imperial se embarcaron en Lisboa

rumbo al Rio de Janeiro. A fines de enero llega a la costa americana. El príncipe regente viene acompañado de su

esposa la princesa Carlota Joaquina de Borbón, hija de Carlos IV y hermana de Fernando VII, diez años mayor que

este.

El primer ministro británico George Canning toma la decisión de proteger a la familia real portuguesa, que era uno de los vehículos del comercio inglés bloqueados los puertos de Europa, con una idea que trasciende la lealtad para con sus aliados. Ese traslado gravita en la geopolítica colonialista europea en América. El impacto del traslado de un modo abrupto del centro de gravedad del imperio portugués para tierras americanas les permitió a los británicos pivotear desde Brasil los navíos y el comercio inglés.

Napoleón decidió, entonces, aprovechar la feroz interna española en su propio beneficio. “Había recibido una

carta de Carlos IV donde manifestaba que su abdicación era nula por haber sido forzada; y otra de Fernando

mediante la cual le rendía pleitesía y pedía una dama de la corte imperial para desposarla como reina de España. El

emperador aprovechó el enfrentamiento de padre e hijo para desalojar a ambos oficiando de mediador, y al efecto

invitó a los litigantes a conferenciar con él en Bayona2. Allí ofreció a Fernando el reino de Etruria si le cedía España, y al negarse éste optó el emperador por desconocerlo como rey reimplantando a Carlos. Sin embargo, los enjuagues

cortesanos tuvieron su contrapartida, pues el pueblo madrileño, harto de la ocupación francesa, se levantó en armas

el 2 de mayo contra las fuerzas de Murat, y al cabo de una jornada de lucha feroz el mariscal francés ahogó en sangre

2

(10)

a Madrid e hizo fusilar a 1500 rebeldes. La rebelión se extendió de inmediato por toda España, y el emperador apuró

el expediente: el 5 forzó a Carlos IV a abdicar en su favor con el pretexto de salvar a España, y el 6 intimó a Femando

a hacer lo mismo, so pena de someterlo a juicio de alta traición por haberse rebelado contra su rey. Fernando cedió y

fue internado en Valencey. En seguida el emperador digitó la formación de unas Cortes de españoles afrancesados

en Bayona y, con la anuencia de ellas, fue proclamado rey de España José Bonaparte (15 de junio)” (Sabsay y Pérez

Amuchástegui, 1973: 44).

“Para asombro de Napoleón –convencido de que el nuevo gobierno sería recibido calurosamente-, en Madrid estallo la ira popular contra los franceses. Cientos de españoles murieron a manos de las tropas francesas en la famosa masacre del 2 de mayo de 1808” (Harvey, 2002: 36) la misma que inmortalizara Goya con su célebre pintura sobre los fusilamientos.

La insurrección en defensa de la dignidad nacional española que estalló en mayo de 1808, rápidamente se

extendió a toda la península. La larga y sanguinaria guerra española de la independencia es una gesta de coraje como

pocas veces se ha visto. Con la participación del pueblo quien toma en sus riendas la contienda, conducida por jefes

improvisados. Aprovechando todos los recursos contra fuerzas superiores militarmente, utilizando la técnica de la

guerra de guerrillas por primera vez a gran escala en las contiendas europeas. A tal punto que cuando el prusiano

Karl von Clauzewitz teoriza las cuestiones bélicas pocos años después pone el término “guerrilla” en español y no en

alemán. Estas luchas heroicas del pueblo español junto con las derrotas infringidas por los rusos hacia oriente, pero

no en menor medida que estas, acabarían con el mito de la invencibilidad del ejército napoleónico.

Después de la represión feroz de los franceses que aplacó la rebelión de Madrid, la corte se trasladó a Aranjuez.

Además de la ocupación francesa, las décadas de desgobierno, ayudaron a provocar la intervención popular en la

contienda. El nacionalismo español se había fraguado como respuesta a años de ver como los favoritos ilustrados de

los monarcas borbones entregaban su país. Por eso no es de extrañar que unos meses antes de la invasión francesa,

el 19 de marzo de 1808, se había producido el Motín de Aranjuez que obligó a renunciar al ministro Godoy y a que

Carlos abdique en favor de su hijo Fernando. Era un movimiento popular que se alzaba contra el desgobierno

poniendo todas sus esperanzas en el joven Fernando VII, al que prácticamente desconocían.

Napoleón colocó a su hermano José en el trono de los Reyes Católicos, pero el pueblo español rehusó someterse. Cuando llegó José Bonaparte para sumir el torno fue forzado por la hostilidad popular a retirarse de Madrid, para preservar su seguridad. En los estratos populares lo llamaban “Pepe Botella” por su afición al vino.

Todos sin distinción de clases, salvo un puñado de cortesanos afrancesados, repudiaban al usurpador de la Corona.

En cada una de las ciudades importantes y no sometidas por los franceses se constituyó una Junta. Las Juntas

fueron el modo de recuperar la soberanía en el pueblo, ante la imposibilidad del rey legítimo, Fernando VII, de

(11)

contra los franceses, llamada Junta Central Suprema, cuya primera sede había sido Aranjuez. La Junta declaró

gobernar en nombre de Fernando VII” (Harvey, 2002: 36)

La Junta de Sevilla representaba a la España libre. Entre Napoleón y la Junta se corría una carrera de velocidad: se

trató de quién atraería a su campo a la América española. La Junta de Notables reunida en Bayona para reconocer al

rey José contó, por primera vez en la historia de España, con representantes americanos (1808). En la Constitución

que Napoleón preparó para España, se previó la representación regular de las colonias. Napoleón especulaba que

con estas concesiones habría de obtener mayor popularidad en América a efectos de unir a la causa del rey José a las

colonias españolas. La llegada a los puertos de las Indias castellanas de enviados franceses encargados de entregar a

los funcionarios lugareños el mensaje del rey Bonaparte y el del Emperador, su hermano, originó escenas dramáticas;

a veces algunas vacilaciones, pero en general un resultado negativo: la afirmación de la lealtad hacia el monarca

legítimo depuesto por los franceses. En Caracas, el 15 de agosto de 1808, el capitán general Casas vaciló, pero un

cabildo, apresuradamente convocado, inclinó la decisión a favor de Femando VII; en México, el virrey Iturrigaray, ni

siquiera tuvo la vacilación de Casas. Las primeras noticias de los sucesos llegaron a Bogotá, el 19 de agosto de 1808;

desde el 13 de setiembre, una violenta declaración contra Napoleón apareció fijada en los muros. En Buenos Aires,

no obstante el envío de un selecto embajador, el marqués de Sassenay y los vínculos secretos del virrey Liniers, la

decisión también fue contraria a Francia. A pesar de los esfuerzos y las maniobras del Emperador, las colonias se

pronunciaron casi al unísono hacia fines del 1808, en torno de la Junta de Sevilla, del lado de España libre, al grito de

“Viva Femando VII”. Sin embargo, a efectos de despojar a España de sus colonias, Napoleón y su invasión a la

península, sin proponérselo, triunfó donde Inglaterra había fracasado. Estos años fueron, para América, años

decisivos en el camino del aislamiento y, por consiguiente, de la independencia.

Pese a la brutal ocupación napoleónica, los españoles –sobre todos los más humildes- no se dan por vencidos. Las

fuerzas españolas en su lucha contra Napoleón, recibieron el auxilio de los ingleses. Pero eso mismo es lo que hacía

que Gran Bretaña no ayudaba a las fuerzas americanas sublevabas pero al mismo tiempo aprovechaba las

oportunidades comerciales que se producían, indispensables para colocar su producción. Estados Unidos, pese a la

simpatía de Jefferson y de sus amigos, apoyaron más económicamente y con combatientes a España que a las Indias

en insurrección. Solo los negocios movieron también a los norteamericanos, desde el tráfico de armas hasta la

triangulación de mercaderías, redundaron en recursos para los americanos del norte.

El provecho logrado en el comercio peninsular aventajaba a lo obtenido en las Indias, de nuevo abiertas al

co-mercio norteamericano. Cuando, en 1812, el partido jeffersoniano arrastró a la lucha contra Inglaterra a la joven

república norteamericana, se hizo imposible la ayuda efectiva de ésta a los sublevados. Tenían demasiado que hacer

para salvar su propia existencia. Napoleón estaba demasiado lejos para acudir en auxilio de los sudamericanos el

(12)

debieron luchar en soledad contra las fuerzas realistas y los refuerzos españoles que finalmente llegaron a apoyar a

estos.

Mientras tanto, la España que resistía a la ocupación francesa fue considerada en forma casi absoluta para todas

las colonias americanas como la heredera de la autoridad del rey legítimo imposibilitado de ejercicio. No se le

reconocía –por lo menos por parte del sector revolucionario- la capacidad propia del rey de disposición de sus

colonias, ya que eran formalmente reinos dependientes solo de la corona. Sin embargo, esto tuvo amplias

consecuencias políticas porque la España en rebeldía no solo era enemiga de franceses sino también aliada tanto de

Gran Bretaña como de Portugal prácticamente un reino trasladado al exilio brasileño. Como lo llama Halperín Donghi

(1972: 33): “todo un reordenamiento vertiginoso de la constelación internacional, acaso no menos decisivo en las

Indias que en la Península”.

El autor italiano Zanatta se pregunta con tino “¿por qué las invasiones napoleónicas -que, aunque se prolongaron

durante algunos años, culminaron de forma definitiva con la derrota francesa de 1815- encendieron tal

pandemónium en las Américas? Para responder a esta pregunta, resulta fundamental distinguir el caso de Brasil del

de la América hispánica. Porque, protegida por los ingleses, la corte portuguesa de los Braganza logró abandonar

Lisboa antes de la llegada de Bonaparte y, debido a ello, a su imperio no le toco la misma suerte que al hispánico: la

decapitación. . En otros términos, aunque sufrió la invasión napoleónica, el imperio de Portugal no fue privado de

aquello que garantizaba su unidad y su legitimidad, el rey, el cual, por otra parte, al ponerse a salvo con la familia

reinante en Rio de Janeiro, dio su sanción al peso y a la importancia de la Colonia brasileña. Premisa, como se verá,

de una independencia indolora” (Zanatta, 2012). Una respuesta muy europea por cierto, y con un dejo monárquico

que pone el principio de unidad de una nación solo en su vértice en su gobernante.

“Bien distinto y aun opuesto fue el caso de España y de su imperio. (…) Así, la figura del soberano, que durante

siglos había garantizado la unidad de aquel inmenso imperio, desaparecía en un instante. En su lugar, se encontraba

un monarca impuesto por la potencia invasora. Además, aquel rey al cual los americanos se habían sujeto por un

pacto de obediencia estaba en prisión. Es cierto que muy pronto en España se organizó una encarnizada resistencia

contra los franceses y que en el puerto atlántico de Cádiz se formó una junta que reivindico el poder en nombre del

rey prisionero y reclamo obediencia a los súbditos americanos. Pero la caída del rey Borbón había formulado de por

si en la América hispánica preguntas clave que nadie, en la portuguesa, tenían por qué hacerse, las cuales se dirigían

tanto a la elite criolla como a los funcionarios de la Corona. Ausente el rey legitimo ¿quién guiaba el reino y sobre

qué derechos? ¿Acaso el rey usurpador, José Bonaparte, o bien la Junta de Cádiz, que se había arrogado la suplencia

del soberano? ¿acaso todos, ciudades o reinos, en España y en América, volvían a ser libres y eran amos del propio

destino y de la propia soberanía hasta que el rey recuperara el trono? Por lo demás ¿Por qué obedecer a Cádiz?

Imperio orgánico, desmesurado y heterogéneo, cuyos miembros eran mantenidos juntos por un rey ahora sin trono,

(13)

Zanatta centrada en la unidad monárquica, lo cierto es que la legitimidad hasta entonces vigente, ante la crisis,

produjo –como bien dice- un montón de preguntas difíciles de responder. Y como suele suceder estas preguntas se

resuelven con las herramientas teóricas que tienen los pueblos y con la práctica concreta de los pueblos.

Cual fue la naturaleza real del inicio de la revolución americana.

Existen una serie de lugares comunes de los historiadores clásicos a la hora de abordar la revolución de la América

hispana, que aunque parezca contradictorio son fruto de su eurocentrismo y su antihispanismo, al mismo tiempo.

Uno de esas verdades indiscutibles de la historia oficial es que se trató de una lucha entre españoles y criollos. El otro

lugar común es considerar que la revolución se hizo por la libertad de comercio. Y el último gran error fue considerar

que la emancipación americana es exclusivamente obra de las elites locales. En definitiva, como bien reseña el

maestro Norberto Galasso (1994: 7) para la revolución en el Rio de la Plata aunque su razonamiento sirve para otros

sitios de nuestra América: “Para la historiografía liberal, Mayo fue una revolución separatistas, independentistas,

antihispánica, dirigida a vincularnos al mercado mundial, probritánica y protagonizada por la “gente decente” del

vecindario porteño”. Todos estos lugares comunes debemos desandar para aproximarnos a la verdad histórica.

El error de considerar que fue una lucha de criollos contra españoles

Es muy común encontrar entre los historiadores clásicos sobre el periodo de la independencia la interpretación

más extendida que reduce la emancipación a una especie de lucha racial o nacional (reducida al lugar de

nacimiento), así esta lucha se manifiesta entre criollos3 contra peninsulares. En estos somos contundentes: existen pruebas más que suficientes para considerar esta hipótesis absolutamente falsa.

En el marco social y político de las colonias españolas en América, que describiéramos oportunamente, es cierto

que los criollos acomodados, que controlaban gran parte de la economía colonial y que se sentían españoles nacidos

en América, ante las medidas de ajuste de cuentas del sistema colonias desarrolladas por los borbones se sientan

relegados por la presencia cada vez más frecuente de autoridades metropolitanas en las jerarquías coloniales. No

tanto en las más altas, como virreyes y capitanes generales que casi siempre fueron desde España, sino de los

funcionarios menores e intermedios. También es cierto que, poco a poco, se va gestando en los criollos ricos, en la

contraposición con las prerrogativas del sistema colonial, una conciencia americana contrapuesta con la burocracia

peninsular de funcionarios y comerciantes que llega desde la metrópoli. El deseo de ejercer un papel dirigente en los

asuntos políticos, para los que se consideran mejor capacitados, los enfrenta con los recién llegados enviados del

poder monárquico. Esta conciencia jugo un papel en el proceso independentistas pero tanto o menos relevante que

otros como el vacío de poder metropolitano y las disputas políticas de la península, la influencia de ideas

3

(14)

revolucionarias que imbuía el proceder de los sectores intelectuales, la primera revolución social latinoamericana de

Haití, los límites económicos del sistema colonial, de las crisis de la economía mundial, etc.

Entre los historiadores modernos considerados “serios” sorprendentemente también está extendida la falacia de

la confrontación entre criollos y españoles. En este sentido opina José Luis Romero en su Ideas Política en Argentina,

donde afirma: “La revolución emancipadora era, en cierto sentido, una revolución social, destinada a provocar el

ascenso de los grupos criollos al primer plano de la vida del país. Criollos habían sido los núcleos ilustrados que la

hicieron, pero por la fuerza de las convicciones y por la necesidad de dar solidez al movimiento fue necesario llamar a

ella a los grupos criollos de las provincias, constituidos en su mayor parte por la masa rural. Estos grupos

respondieron al llamado y acudieron a incorporarse al movimiento; mas ya para entonces el núcleo porteño había

sentado los principios fundamentales del régimen político social, y las masas que acudieron al llamado no se

sintieron fielmente interpretadas por ese sistema que, como era natural, otorgaba la hegemonía a los grupos cultos

de formación europea. Así comenzó el duelo ente el sistema institucional propugnado por los núcleos ilustrados, de

un lado, y los ideales imprecisos de las masa populares del otro” José Luis Romero. Las ideas políticas en Argentina.

Por lo menos la honestidad de Romero no le permite reducir al antagonismo criollo-peninsular, e introducir el factor

popular determinante, pero aun así no deja de repetir que la contradicción principal es entre criollos y españoles.

La falsa contradicción entre criollos y españoles se ven con mayor claridad en las luchas del sur de Sudamérica.

Por ejemplo en los primeros años los dos mayores generales realistas del Perú fueron Goyeneche4 y Tristán5. Ambos habían nacido en América. Uno de los mejores generales entre los revolucionarios era juan Antonio Álvarez de

Arenales, si bien algunos historiadores lo confunden como salteño este había llegado desde España para pelear del

lado de los revolucionarios.

Pedro Antonio Olañeta, el general realista que tuvo a mal traer a Belgrano y que se enfrentó en varias ocasiones a

Güemes había nacido en Jujuy.

Un caso por demás paradigmático para ver el carácter político por encima del supuesto enfrentamiento entre

razas es el general La Mar. Este había nacido en América y peleaba para los realistas, aunque finalmente se sumó a

las tropas patrióticas. “O sea que se trató de una guerra civil, en cuyos bandos político-ideológicos militaron

mezclados españoles y nativos. Enrique de Gandía prueba que la guerra civil no fue desencadenada por los liberales

(término usado en aquella época en un sentido popular y revolucionario), que nunca soñaron independencias ni

guerras hasta que los absolutistas rompieron la paz con su intransigencia y el empeño de mantenerse en unos

puestos que jurídicamente ya no les correspondían” (Pandra, 2013: 153).

4

El historiador Enrique De Gandía completa en este sentido: “Goyeneche (…) que aplastó al revolucionario criollo Pedro Domingo Murillo en La Paz, era criollo, de Arequipa. Murillo, por su parte, (el revolucionario) tenía como segundo jefe al teniente coronel don Juan Pedro Indaburu, perfecto español. A su vez los jueces que sentenciaron a los revolucionarios vencidos a ser decapitados y puestas sus cabezas en jaulas de hierro, eran: un paceño, Zarate; un potosino: Osa; un chuquisaqueño: Gutiérrez; otro chuquisaqueño: Ruiz; un arequipeño: Fuentes y otro paceño: Casto. Solo el fiscal era un español: un tal Segovia” de gandia conspiraciones 227

5

(15)

La reacción de los partidarios del absolutismo en América, que lo eran a su vez del colonialismo, es decir de la

absoluta sumisión colonial de América respecto de Europa, fue violenta frente a las acciones juntistas de los

elementos revolucionarios americanos. Por eso es que al principio de la lucha se hablaba de revolucionarios contra

realistas (partidarios de un poder real absoluto) o absolutistas6.

“Creemos necesario la aclaración previa de este punto para no caer en la interpretación simplista de muchos de

nuestros historiadores que ven en el movimiento de Mayo una lucha entre criollos y españoles sin tener en cuenta

que hubo cientos de peninsulares que estuvieron con la revolución” dice con claridad Astesano (1941: 138)

refiriéndose a este tópico.

El error de considerar que la revolución fue antiespañola

“La primera reacción de los territorios americanos ante la invasión de España por las tropas francesas fue seguir el

ejemplo metropolitano y convocar Juntas de Gobierno para proclamar la fidelidad a Fernando VII, el rey depuesto.

Así, en 1808, las Juntas convocadas en la América Española se revelan antifrancesas y femandistas, rechazando las

propuestas de los delegados enviados por José Bonaparte” (Vázquez y Martínez, 2000: 138). Esto nos marca también

el carácter más político de una revolución que no se hizo como excusa de independencia sino como consecuencia de

la afrenta a la dignidad nacional que era la invasión napoleónica. Solo el antihispanismo de las clases dominantes de

las repúblicas en las que se fragmentó nuestra América del Sur pudieron instalar que la revolución se hizo por odio a

los españoles.

La revolución americana, en su inicio, si estuvo cruzada en sus comienzos por un nacionalismo fue por el español

y no por el americano que se va a ir forjando en el desarrollo de la contienda.

En los discursos y proclamas de la libertad americana hay frecuentes alusiones y convocatorias a los criollos en

contraposición a los españoles, estas apelaciones son más políticas que raciales, ni por definiciones por el lugar de

nacimiento u origen de la riqueza. Estas convocatorias apelan a la intención de consolidar un nacionalismo propio

como fuerza estructurante de la lucha por la libertad frente a la prepotencia colonialista de los funcionarios

metropolitanos, pero sobre todo de los sectores absolutistas de la propia América que trabajaban por sus

convicciones políticas para el colonialismo y pretendían extender en el tiempo la dominación.

Asiste razón al pensador nacional Juan José Hernández Arregui, que con coraje desde el marxismo (que en

generar venia repitiendo en este sentido el discurso histórico de los liberales) se animó a sostener: “Las veces que las

masas intervinieron durante el período colonial, fue en defensa del suelo patrio que asociaban a la fidelidad a

España. Todo intento de anexión extranjera fue rechazado por las poblaciones nativas. Ni Inglaterra, ni Holanda, ni

6

(16)

Francia tuvieron éxito. Es falso que el sentimiento antiespañol7 haya sido el factor desencadenante de la emancipación. Tampoco las masas fueron separatistas. Son las capas altas, tanto españolas como criollas, las que

habrán de sacrificar la unidad de América, al entrar como clases subordinadas en el comercio mundial. La adhesión a

España de los pueblos no excluía antagonismos con las clases altas, pero esta oposición no era antiespañola, sino

contra la injusticia social agravada con la decadencia final del sistema” (Hernández Arregui, 1973: 71).

El error de considerar que la revolución se hizo por la libertad de comercio

Las guerras europeas, prácticamente permanentes en el viejo continente, condicionaban el vínculo de España con

América. Los contactos de la península con su ámbito colonial americano eran, por fuerza, esporádicos, como

consecuencia de la guerra iniciada con Inglaterra en 1796, finalizada en la Paz de Amiens de 1802, pero reiniciada en

1804. Tales dificultades decidieron, en 1797, la autorización a los territorios americanos para realizar el comercio con

países neutrales. Esta apertura al intercambio con otras naciones ya no sería clausurada en los hechos; pese a los

intentos del gobierno de Madrid para recuperar el monopolio desde 1799, los comerciantes de las ciudades-puerto

americanas resistieron la medida. Es decir, para 1797 el monopolio estaba suspendido y herido de muerte, a partir

de la alianza con los franceses y la guerra contra los ingleses. En principio esta medida solo alcanzaba a los neutrales,

pero la triangulación de mercancías inglesas por estos esa más que evidente. También se beneficiaron los Estados

Unidos, cuyos veleros constituían entonces la segunda flota mercante del mundo. De 1795-1796 a 1800-1801, el

volumen de las exportaciones de los Estados Unidos hacia América hispana se cuadruplicó y, aprovechando la

tolerancia española, aquel país abre agencias consulares en Nueva Orleans y La Habana en 1797, en Santiago de

Cuba en 1798 y en La Guaira en 1800.

De esa apertura del comercio, España no pudo retroceder. De hecho, a partir de 1797, el pacto colonial estaba

muerto en América española, abierta a los neutrales, es decir, la influencia y las mercaderías también de la principal

potencia aunque triangulada por terceros países. Entre 1788 y 1796 se contaron veintiséis navíos bostonianos en los

puertos chilenos, a pesar del monopolio, y doscientos veintiséis entre 1797 y 1809. En el Plata, la libertad benefició

directamente portugueses y en menor medida a los estadounidenses. Pero sobre todo estos últimos fueron

favorecidos directamente en Vera Cruz, El Callao y La Habana, los principales puertos españoles en la América

colonial. En 1805, se contaban en Montevideo, veintidós navíos norteamericanos, la mitad de los cuales eran negros;

en 1806, treinta. Los primeros navíos procedentes de La Guaira (Venezuela) llegaron a Filadelfia en 1798; en 1807,

veintinueve de Venezuela, ciento treinta y ocho de Cuba, dieciocho de Puerto Rico, siete de Vera Cruz, dos del Plata.

7

(17)

Con la apertura económica irán creciendo conjuntamente las críticas a la administración española. Se le

reprochará su lentitud e ineficacia, los excesivos controles culturales a través de la Inquisición y otros mecanismos de

defensa de la fe, cuya actividad no hace sino acrecentar el aislamiento intelectual. La apertura comercial significo

también sobre todo para los hombres dedicados al comercio una apertura hacia las ideas predominantes en Europa.

Con esto los comerciantes, fundamentalmente criollos, en contacto con los viajeros pudieron criticar muchas cosas

de España, pero no precisamente su la cuestión del libre comercio, que estaba vigente y de la que eran en gran

medida consecuencia. Lo que si hubo es permanente argumentación (la representación de los hacendados escrita

por Moreno como abogado es una de ellas) frente a los intentos de los monopolistas de cerrar la economía

nuevamente.

En definitiva, mal pudo hacerse una revolución por una libertad de comercio que ya era irreversible, sobre todo a

partir de los sucesos de la península en donde Gran Bretaña se convirtió en aliado principal y por lo tanto el

verdadero abastecedor de productos y socio comercial deseado por todos los comerciantes americanos (salvo los

monopolistas) estaba definitivamente e irreversiblemente habilitado para comerciar con la América española.

Error de considerar que la emancipación americana fue obra de las aristocracias locales.

Si bien es cierto que en los primeros planos del proceso revolucionario brillaron hombres que provenían de las

clases acomodadas, es una falacia decir que la revolución solo se debió a ellos. Era lógico que los sectores

pertenecientes a las clases dominantes fueran los protagonistas de la revolución, sobre todo los criollos blancos que

eran el sector económicamente predominante en la colonia. Este sector económico dominante en la etapa colonial

siguió manteniendo muchas de sus prerrogativas en la primera etapa del proceso independentista. Sobre todo

porque fue una revolución política y no una revolución social, como sí de hecho lo fue por ejemplo la emancipación

haitiana.

Desconocer la participación popular en el proceso no ayuda a comprender los éxitos y fracasos de los que estuvo

jalonada la revolución. Es cierto que la participación popular en el proceso revolucionario no es univoca, no tiene el

mismo ritmo de incorporación, ni siquiera es pareja en toda América. Como bien dice Casalla (2003: 344): “las

primeras revoluciones no tendrían, en general, al pueblo por protagonista directo de los movimientos, sino más bien

como masa o acompañamiento, cuando no como lisa y llana carne de cañón; solo cuando la independencia calara

más en serio y profundamente, o cuando las incipientes organizaciones nacionales se atrevieran con los antiguos

privilegios coloniales, su participación se tomaría más necesaria y directa. A su vez, los criollos que así lo intentaron y

se atrevieron a convocarlos –en grandes líneas, los caudillos americanos- sufrirán no pocos improperios y

difamaciones por parte de sus antiguos socios de clase y de casta, dos andariveles inseparables en aquella realidad

colonial. Estos les recordaran que no era apara eso que habían hecho una revolución, sino para quedarse con el

poder, con el mismo poder (o más si fuere posible), y no para repartirlo con pobres, indios, mestizos y negros. La

(18)

criollos venezolanos adinerados y propietarios- fue un ejemplo dramático de esta contradicción. En 1813 le

preocupaba ver “a los hombres más condecorados de los tiempos de la Republica (…) atados a las colas de los

caballos de los tenderos, bodegueros y gente de la más soez”. Tres años más tarde, cuando descubra que con los

mantuanos no podrá avanzar mucho más en su proyecto de libertad, independencia y construcción de una gran

nación americana, libertará a los esclavos y los llamará a las armas, junto con el resto del pobrerío, “para defender su

libertad”. Entonces sus antiguos socios, cambiaran lentamente el adjetivo libertador, por el ofensivo mote de

dictador. Otro destino, típicamente americano”.

Lo primero que debemos concluir es que la revolución fue de naturaleza política. Allí, chocaban los defensores del

orden establecido con los propulsores de cambios políticos tendientes a una democratización de las relaciones. Es

también ideológica, porque chocaban la vieja concepción teológica y absolutista y la concepción más democrática

fuera de raíz tradicional hispana o del liberalismo burgués –también más matizada por las particularidades españolas

que por la vertiente francesa (agrandada excesivamente en el afrancesamiento cultural de los sectores dominantes

que escribieron la historia oficial)-. Esta contradicción fue el eje en torno del cual se agruparon las clases de la

Colonia.

La disputa entre liberales revolucionarios y absolutistas conservadores

Quizás sea exagerada la afirmación hecha por Juan José Hernández Arregui cuando afirma que “La libertad de

América es parte de la revolución burguesa europea. Estas regiones pasaron a integrar desde entonces los cabos

marginales del capitalismo mundial. Es por ello qué ha podido decirse: “La cuestión de los derechos de aduana fue

para los exportadores del Plata más importante que los Derechos del Hombre". (Hernández Arregui, ¿Qué es el ser

nacional?, pág. 64. Con crudeza desde su pensamiento marxista Hernández Arregui nos pone frente a una

contradicción que no es posible descartar para ser serios en la interpretación de la revolución americana. Sin

embargo para ser rigurosos hay que profundizar aún más en qué carácter y como participa la emancipación

americana en la relación con esa revolución burguesa y su sistema ideológico.

Dice en este sentido con mayor precisión, mucho tiempo antes en el siglo XIX, Juan Bautista Alberdi (1961: 28):

“La revolución de mayo es un capítulo de la revolución hispanoamericana, asi como ésta lo es de la española y ésta a

su vez de la revolución europea que tenia por fecha liminar el 14 de Julio de 1789 en Francia”. Aunque en el

pensamiento poco dialectico del Tucumano, esta situación originaria se extiende al conjunto del proceso

independentista lo cual es incorrecto. Hay una disposición, un animo y una participación y comprensión diferentes en

la revolución y en la independencia, porque ahí las ideas revolucionarias son metidas en el recipiente de la situación

(19)

“¿Hasta dónde es válido pensar e interpretar el proceso de la Emancipación solo como un aspecto de la crisis de

transformación que sufre Europa desde el siglo XVIII y en la que se articula la decadencia del imperio colonial

español? Sin duda esa crisis de transformación constituye un encuadre insoslayable para la compresión del

fenómeno americano, y lo es más, ciertamente, si se trata de analizar las corrientes de idas que puso en movimiento.

Pero, precisamente porque será siempre imprescindible conducir el examen dentro de ese encuadre, resulta

también necesario puntualizar –para que quede dicho y sirva de constante referencia- que el proceso de la

Emancipación se debata en tierra americana a partir de situaciones locales y desencadena un dinámica propia que no

se puede reducir a la que es peculiar de los proceso europeos contemporáneos. Más aún: desacedan también una

corrientes de ideas estrictamente arraigadas a aquellas situaciones que, aunque vagamente formuladas y carentes

de precisión conceptual orientan el comportamiento social y político de las minorista dirigentes y de los nuevos

sectores populares indicando los objetivos de la acción, el sentido de las decisiones y los caragtersede las respuestas

ofrecidas a las antiguas y a las nuevas situaciones locales” (Romero, 2011: IX).

La historia de la emancipación de nuestra América del sur no es fácilmente reducible a contradicciones primarias,

sin siquiera a lecturas primarias sin cambio posible a través del tiempo. Las falsa interpretaciones a veces son

producto de intenciones aviesas que pretenden instalar que la política solo se hizo por los poderosos y desde los

centros de poder, que el protagonismo popular es solo una anécdota de color y que todo se hizo para sacarnos de

encima la raíz de nuestro atraso que es la esencia hispánica de un pueblo que hay que repudiar. Pero estas

interpretaciones se hicieron posibles, en principio en el juego difícilmente inteligible de contradicciones primarias y

secundarias, nacionales y locales, emancipatorio y represivas, institucionales y caudillezcas, todas mezcladas entre

las cuales transcurrió la compleja emancipación americana. Modelos teóricos que chocaban con el pensamiento

popular, disputas contra los centralismos revolucionarios herederos de los coloniales, construyen una realidad

compleja donde la lectura de los documentos formales no expresa a los conflictos, sino a una parte de ellos y la

práctica aluvional de las masas que expresan tendencias genuinas que reivindicaban su peculiaridad local y regional

pero que hacen la realidad más anárquica y confusa.

Animándonos a hacer una síntesis provisoria, aun difícil que concluir en su complejidad podemos decir que hay en

el interior de una guerra de emancipación nacional española una guerra civil con contradicciones democráticas o

liberales revolucionarias, que as su vez configuran en América a partir de su situación colonial una guerra a su vez de

emancipación nacional americana. En cierta medida tiene razón Mario Oporto cuando plantea: “La guerra de

emancipación nacional de resistencia se hizo no solo contra el enemigo principal que era España, sino también

contra las potencias imperiales que deseaban aprovecharse del derrumbe español, como Inglaterra y Francia. Hay

una guerra contra España en el continente, y hay una resistencia contra Inglaterra y contra Francia” (Oporto, 211:

(20)

construyeron su versión, que pronto se oficializó en cada una de las repúblicas en donde habían logrado constituirse

como clases dominantes.

En la real independencia americana, son tan tangibles la fuerza con que sopló en “las elites cultas el viento de la

ilustración, que en el mundo hispánico se manifestó, en especial, como un nuevo modo de concebir la vida a través

de los ideales de la libertad individual y la afirmación de la razón sobre el dogma religioso. Hijas de aquel clima

fueron, durante las guerras contra España, las invocaciones de los revolucionarios a los conceptos sobre los cuales

deseaban construir el nuevo orden independiente: el pueblo, la constitución, la libertad, la representación, la patria.

Por otro lado, en todos los niveles de la sociedad colonial permanecía arraigada la tradicional concepción organicista

del orden social, sobre la base de la cual la sociedad era un organismo o una familia en cuya cabeza estaba el rey”

(Zanatta, 2012).

En las lecturas lineales la revolución, hija de la francesa, era obra de hombres que iban no solo contra España sino

también contra la religión y si no lo hacían abiertamente era más por oportunismo que por convicción. Sin embargo,

en los hechos podemos comprobar que muchas veces la religión y su defensa fueron las banderas levantadas por los

propios revolucionario, ello sin considerar la enorme y decisiva participación del bajo clero (la jerarquía eclesiástica

estuvo mayormente alineada con los absolutistas) en el bando revolucionario, incluso en algunos casos conduciendo

las acciones como Hidalgo y Morelos en México. El pueblo se movilizaba más por la religión que por ideas francesas

que le resultaban completamente ajenas, aunque estas permeaban en lo popular introducidas por algunos de los

dirigentes revolucionarios que las habían procesado en parte de la propia versión española.

En el marco de las luchas revolucionarias y a partir de la participación popular la independencia se hace carne

concreta y, por diversos motivos, comenzó a ser vivido como dominación española, es decir, un imperio en el que

antes había existido una cohabitación en un mismo espacio sentido como nacional. Los unos, precursores de los

conservadores, movidos por la reacción contra todo lo que destruía el viejo orden; los otros, liberales en potencia,

impulsados por lo que esa dominación negaba por anticipado. Más aun, el hecho de que tales corrientes confluyeran

es quizás la explicación de la brusca caída de un edificio histórico tan antiguo. Derrumbado el imperio, no fue azaroso que los estados independientes se fundaran sobre la constitución y la soberanía del pueblo, pero tampoco que,

detrás de esos ropajes nuevos, quedara más que sólida y vital la antigua sociedad corporativa” (Zanatta, 2012)

Para los que escriben la historia solo a partir del pensamiento de los protagonistas excluyentes8, los móviles que dirigieron a los americanos a la independencia eran liberales, parte de una ola revolucionaria mucho más amplia y

general, que en los Estados Unidos en Francia había desplazado al Ancien Regime, pero fundamentalmente de antiabsolutismo español. Ahora bien si el pensamiento progresista europeo tuvo una función clave en la articulación

8

Referencias

Documento similar