EL DIJE MÁGICO

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Texto completo

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CON RECONOCIMIENTO DE VALIDEZ OFICIAL DE ESTUDIOS DE LA SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA, SEGÚN ACUERDO

No. 20130401 DE FECHA 9 DE JULIO DE 2013

EL DIJE MÁGICO

P R E S E N T A

QUE PARA OBTENER EL GRADO DE

MAESTRA EN LITERATURA Y CREACIÓN LITERARIA

SELENE BARRIENTOS ALCARAZ

MÉXICO, D.F. 2016

DIRECTOR: DR. ROLANDO A. VILASUSO

T E S I S

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SELENE BARRIENTOS ALCARAZ

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INTRODUCCIÓN

Soy una fiel creyente de que las ideas implantadas desde niño son las que se arraigan bien a la consciencia. Es por eso que decidí escribir “El dije mágico”, una obra de teatro infantil con un toque cómico, pero sobre todo, con mensajes importantes que podrían ayudarnos como nación.

El personaje principal del texto es Daniel, un niño apático, que se rehúsa al cambio. Su amiga Clarisa, creyente de la magia, lo invita a realizar un viaje para encontrar la alegría. Por medio de un portal y un dije de jade mágico, los niños llegan a un mundo fantástico gobernado por una reina/bruja déspota. En el reino conocen a duendes y soldados inconformes que los ayudan a vencer a la reina Angelina y a descubrir que la verdadera magia se encuentra en nuestro interior. La magia es un punto clave de la obra, desde un inicio, ésta es sinónimo de poder. Angelina es reina gracias a un dije de jade mágico; su poder proviene de un objeto tangible. Los niños llegan al mundo fantástico por medio de la pirámide construida con una enclenque estructura y una sábana, y por un dije más pequeño que el de la gobernante.¿Es acaso la magia la que gana al final? ¿En qué consiste la fuerza interior de la que habla el duende Morado cuando instruye a Clarisa en los poderes del jade? ¿Existe la magia?

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personaje Daniel, más complejo, nos muestra a un niño con errores, en proceso de descubrirse a sí mismo, realista y con una consciencia clara del deber ser. En cuanto a los mensajes, el primero toca el tema de la actitud. El niño Daniel, que en un inicio no reconoce su caballerosidad ni su interés por seres diferentes a él, llega al reino portando una armadura porque, de acuerdo a las palabras de Clarisa, es un caballero de corazón. Este personaje y su travesía nos demuestran que las buenas intenciones vienen del interior y que las situaciones externas adversas, nos dan oportunidad de encontrar el deseo del bienestar propio y ajeno. El segundo mensaje es de tono político/social. Es común escuchar quejas de la gente en contra de los gobernantes y protestas, incluso públicas, que no resuelven el problema. Las contrariedades de nuestro entorno no se disuelven por arte de magia, sino con acciones, pero para eso es necesario entender la situación. El entorno de la obra es una simplificación del nuestro. En primer lugar, una reina déspota sin verdadero poder, quien ha perdido su “magia”, pero sigue gobernando gracias al miedo que le tienen sus súbditos y sus soldados. En segunda instancia, unos soldados fieles al poder y otros inconformes, quienes a pesar de tener todo en sus manos para destituir a la reina, son temerosos. Por último, los duendes, de todas las personalidades, esperando una oportunidad para dar el primer paso hacia el cambio. El descubrimiento del duende Azul: Clarisa tiene un dije igual al de la reina, pone en movimiento una serie de acontecimientos que empujan a los personajes a enfrentarse a Angelina con un elemento esencial para alcanzar el éxito: valor.

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PERSONAJES

Daniel Clarisa

Duende Azul, enamoradizo Dueño del Mesón

2 Comensales Soldado 1, Gabriel Duende Verde, político Duende Rojo, visceral

Duende Anaranjado, miedoso Duende Amarillo, líder

Duende Morado, culto

La Duende Verde, obediente Soldado 2, Ezequiel

Soldado 3, Elías Soldado 4

Soldado 5

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EL DIJE MÁGICO

ESCENA PRIMERA

RECÁMARA

Al frente del escenario: un buró, una cama y un niño acostado vestido en pijama. Una mampara con la imagen de una recámara cubre la parte de atrás del escenario en donde se desarrollarán las siguientes escenas. Ropa tirada en el piso.

Voz mamá.– Daniel. (Se tapa la cabeza con las colchas.)

Voz mamá.– ¡Daniel!

Daniel.– ¡Qué!

Voz mamá.– Se dice mande.

Daniel.– Mande.

Voz mamá.– Llegó Clarisa.

Daniel.– Estoy en pijama, mamá, dile que no estoy.

Voz mamá.– Vístete rápido porque ya la dejé pasar.

Daniel.– No, mamá, es sábado.

Voz mamá.– Ya está subiendo las escaleras. (Daniel se levanta, recoge unos pants y una sudadera del piso y se los pone encima de la pijama.)

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Daniel (terminando de vestirse).– Voy. Espérame tantito. Ya. (Clarisa entra al escenario con una maleta y la avienta en el piso.)

Clarisa.– Hola, hola.

Daniel.– Clarisa, ¿qué haces aquí? Es muy temprano.

Clarisa.– Son las doce. ¿Por qué sigues en pijama?

Daniel.– ¡Son vacaciones!

Clarisa.– Doce de la tarde.

Daniel.– Sí, pero hoy no hay colegio y quiero dormir, dormir, dormir.

Clarisa.– Estás triste porque no quieres ir a una escuela nueva, ¿verdad? Está bien, pero no te puedes quedar encerrado todo el tiempo.

Daniel.– Claro que sí. Clarisa, entiende, no me interesa ir a la escuela, ni conocer nuevos amigos, ni salir de mi cama.

Clarisa.– ¡Qué exagerado, Daniel! Pareces abuelito.

Daniel.– No quiero empezar de nuevo, como dice mi mamá.

Clarisa.– Velo como una nueva aventura, algo emocionante.

Daniel.– No necesito emocionante. ¿Quiero las cosas como eran antes: mi escuela, mis amigos y mi papá con nosotros?

Clarisa.– Me imagino que ha de ser difícil pero ni modo que te quedes sin amigos. ¿Con quién vas a jugar?

Daniel.– ¿Y qué si no quieren jugar conmigo?

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Daniel.– Ja ja ja. No quiero cambiarme, no quiero conocer a nadie.

Clarisa.– Primero necesitas cambiar de actitud.

Daniel (metiéndose a su cama).– No tengo ganas de más cambios, ni de nada. Mejor vete y déjame dormir.

Clarisa.– Necesitas salir de aquí, quitarte esa pijama vieja, respirar aire fresco.

Daniel.– Hablas como mi mamá.

Clarisa.– Pues igual y sí, pero tu mamá y yo no estamos pensando en lo mismo cuando decimos salir de aquí.

Daniel.– No quiero ir al parque, hace mucho calor. Igual y al cine pero, según yo, no hay nada bueno.

Clarisa.– No vamos a ir al parque, ni al cine. ¿Dónde está? (Clarisa busca en las bolsas de su pantalón.) Ajajá, lo encontré. (Saca un dije de la bolsa delantera de su pantalón.)

Daniel.– Un dije. (Se levanta de la cama y se acerca a Clarisa para ver el dije.)

Clarisa.– Un dije de jade.

Daniel.– Un dije de jade.

Clarisa.– Un dije de jade mágico que me heredó mi abuela.

Daniel.– ¿Mágico?

Clarisa.– Sí, mágico.

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Clarisa.– Jajaja, qué chistosito. Deja tus bromas y ayúdame a armar esto. (Saca de la maleta unos palos y comienza a construir una pirámide del lado izquierdo del escenario.)

Daniel.– Clarisa, en serio no quiero jugar, déjame dormir. (Se acuesta en su cama.)

Clarisa.– No es un juego, llámalo ciencia o magia si quieres, pero esto es increíblemente real.

Daniel.– Una casa de campaña.

Clarisa.– No, una pirámide. Los egipcios las descubrieron, los mayas también las usaron y hoy solamente muy pocas personas saben qué son en realidad, y tú vas a ser de esos pocos. Ayúdame.

Daniel (se levanta y ayuda a construir la pirámide).– Si tu idea de salir a respirar aire fresco es acampar en mi cuarto, reconozco que no estoy completamente en contra del plan. Tú te duermes en tu casita de campaña y yo en mi cama.

Clarisa.– No vamos a dormir, estamos haciendo una puerta para viajar a otro mundo y a otro tiempo. Las increíbles pirámides de Giza son enormes portales que en su tiempo transportaron civilizaciones completas. Solamente los elegidos, los portadores de piedras de ónix o jade, como ésta (presume su dije), podían usarlas.

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Clarisa.– No importa el material, solamente la forma y el tamaño. Con que quepamos los dos, es más que suficiente.

Daniel.– Según, déjame adivinar, ¿un confiable artículo encontrado en internet?

Clarisa.– No, según mi abuela.

Daniel.– ¿La que acaba de cumplir noventa y cinco años y tiene demencia?

Clarisa.– No está tan loca. Listo. Creo que ya quedó. Solamente falta una sábana. (Quita una sábana de la cama y cubre la pirámide con ella.)

Daniel.– Tan taraaaa. Una casa de campaña.

Clarisa.– Una pirámide perfecta en la que cabemos los dos.

Daniel.– Qué conveniente. Clarisa, si lo que quieres es un abrazo o un beso, nada más dime, no tienes que armar tanta cosa e inventar tanto rollo para estar juntitos.

Clarisa.– ¡Qué! Daniel, no seas tonto. Eres mi amigo y lo único que quiero, lo único, es ayudarte.

Daniel.– No necesito ayuda.

Clarisa.– ¿Ah no? Mi mamá me trajo a esta casa con una misión: sacarte de este cuarto a fuerza, aunque no quieras. Y tú sabes que cuando yo tengo una tarea, la cumplo, así que no te queda de otra. Acércate.

Daniel.– ¿Para qué?

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Daniel.– Pero yo no. (Clarisa amarra la cadena alrededor de los dos cuellos.)¡Ay!

Clarisa.– Perfecto. (Clarisa lo jala para meterse a la casa de campaña y Daniel jala hacia el otro lado.) ¿A dónde vas?

Daniel.– Si quieres que me meta a tu casita de campaña, necesito una lámpara.

(Saca una lámpara de su buró. Los niños se meten a la pirámide.)

Clarisa.– Agáchate, la vas a tirar.

Daniel.– Clarisa, ¿cómo se te ocurre? No cabemos. ¿Por qué no la hiciste más grande? (Daniel prende la lamparita y las luces del escenario se apagan. La cama, el buró y la mampara con imagen de la recámara salen del escenario.)

Clarisa.– Ya deja de quejarte y repite después de mí: prometo en este viaje.

Daniel.– Clarisa.

Clarisa.– ¡Repite! Prometo en este viaje.

Daniel.– Prometo en este viaje.

Clarisa.– Mantener mente abierta, corazón sincero y espíritu aventurero.

Daniel.– Mantener mente abierta, corazón sincero y espíritu aventurero. ¿A dónde se supone que vamos?

Clarisa.– Shhh. Deseo que este portal me transporte a un mundo mmm, un mundo fantástico que me ayude a encontrar la alegría.

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Clarisa.– No estoy inventando. Ándale, repite.

Daniel.– ¿Lo que te acabas de sacar de la manga?

Clarisa .– Sí, no. Tú repite.

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ESCENA II

EL BOSQUE

Las luces se prenden y Clarisa y Daniel salen de la casa de campaña. Los niños

se encuentran disfrazados de caballero y de pirata hada. Él: armadura, escudo y

espada. Ella: alas, varita mágica, parche, botas y ropa de pirata. Atrás una

mampara con la imagen de un bosque. Al centro un árbol. Una luz verde ilumina

el escenario. Daniel comienza a tocar los árboles y unas ramas que se

encuentran en el piso.

Clarisa.– Daniel, sí, todo es real: las plantas, los árboles y las ramitas. (Daniel toca sus zapatos y descubre que está disfrazado. Aprecia su armadura y analiza la espada y el escudo que tiene colgados.)

Clarisa.– Sí, Daniel, la espada también, y el escudo. (Daniel toca con sus dedos el filo de la espada.) Tan reales que te puedes cortar.

Daniel.– ¡Auch!

Clarisa.– Te lo dije, mejor guárdala, caballero.

Daniel.– No soy un caballero.

Clarisa.– Si te ves como caballero y te vistes como caballero, eres un caballero.

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Clarisa.– Porque cuando pensaste en un mundo fantástico, deseaste ser un caballero, y cuando cruzamos el portal tus deseos se hicieron realidad.

Daniel.– Ok. ¿Y tú, qué eres?

Clarisa.– Una pirata hada.

Daniel.– Eso no existe.

Clarisa.– Claro que sí, mírame: parche, botas y traje de pirata, alas y varita mágica de hada. ¿Ves?

Daniel.– Si tú dices, hada pirata (en tono burlón).

Clarisa.– Hada pirata no, pirata hada.

Daniel.– Es lo mismo.

Clarisa.– No, de la otra forma suena como si fuera un hada pirateada y no, soy la original y genuina pirata hada.

Daniel.– Oooook, y ¿ahora qué?

Clarisa.– A buscar la alegría.

Daniel.– Y ¿cómo la encontramos?

Clarisa.– Muy fácil, recuerda algo que te haga feliz y lo hacemos.

Daniel.– Podría comer.

Clarisa.– ¿Comer? Estás en un mundo fantástico y eso es lo quieres. ¿No se te ocurre otra cosa?

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estos árboles? (Detrás del árbol hay un duende que se asoma cuando Daniel se acerca. Daniel se asusta e intenta sacar su espada inútilmente. Clarisa se ríe.)

Clarisa.– Tranquilo. Qué bueno que no fue un trol porque ahí sí estaríamos en problemas. Es solamente un duende. (El duende asustado se esconde atrás del árbol.) No tengas miedo, sal de ahí. Somos amigos de los duendes. Yo soy Clarisa la pirata hada y él es el caballero Daniel. (El duende sale y hace una caravana.)

Azul.– Yo soy Duende Azul, pero me puedes llamar solamente Azul (a Clarisa). (Daniel se acerca para tocarle las orejas que son largas y puntiagudas y luego le pica la panza.)

Clarisa.– Mucho gusto duende. Estamos buscando (el duende interrumpe).

Azul.– Comida.

Clarisa.– Sí, ¿cómo supiste? ¿Eres mágico?

Azul.– Sí, soy un duende mágico.

Daniel.– ¿Mágico? Más bien chismoso, seguro nos escuchaste. ¿Cuánto tiempo llevas ahí escondido?

Azul.– Yo estaba aquí cuando la vi salir de ahí (suspira señalando la pirámide).

Después saliste tú y mejor me escondí.

Daniel.– No estamos buscando acompañantes.

Clarisa.– Y esa es la actitud que necesitas para conocer nuevos amigos.

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Azul.– Quieres comida y yo sé dónde encontrarla. Síganme.

Daniel.– Bueno, si de comida se trata.

Clarisa.– Alto, primero tenemos que esconder la pirámide.

Daniel.– ¿Para qué? Nadie la va a encontrar aquí en medio de la nada.

Clarisa.– ¿Y te quieres arriesgar a que un trol se meta a tu casa, o a que alguien que vaya pasando se la robe y nos quedemos sin la única entrada a nuestro mundo? No, ¿verdad? (Daniel no dice nada y ayuda a su amiga a cubrir la pirámide con ramas.)

Clarisa.– Listo, así está mejor. Duende, enséñanos el camino. (El duende camina brincando alegremente, la niña camina silbando atrás de él, Daniel incómodo con el traje de caballero, arrastrando el escudo. Bajan del escenario y recorren las butacas. El escenario se obscurece mientras quitan la casa de campaña, el árbol y la mampara del bosque. La iluminación sigue a los personajes.)

Daniel.– Si hubiera sabido lo que pesan estas armaduras y que iba a tener que cargarla, hubiera deseado mejor ser rey y que me cargaran.

Clarisa.– Qué delicado, Daniel, no aguantas nada. ¿Dónde está tu espíritu aventurero?

Daniel.– En mi cama.

Azul (tocando el dije de la niña).– Wow, qué hermoso dije. De jade ¿cierto?

Clarisa.– Sí, es mi pequeño tesoro (alejándose del duende).

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Clarisa.– Fue un regalo.

Azul.– ¿Cuánto quieres por él?

Clarisa.– No lo vendo.

Azul.– ¿Segura? Todo en esta vida tiene un precio, incluso la vida misma se puede valuar.

Clarisa.– No está en venta, ¿de acuerdo? (Esconde el dije debajo de su blusa.)

Daniel.– ¿Falta mucho para llegar?

Azul.– No eres un caballero muy paciente.

Daniel.– No cuando tengo hambre.

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ESCENA III

EL MESÓN

Al fondo una construcción de piedra a la que se tiene acceso por una puerta del lado izquierdo. Una piedra grande en frente de la puerta en la parte exterior. En la puerta cuelgan dos letreros: en uno de ellos dice “Mesón Toledo” y en el otro

“Ley #528”. En la habitación una barra asemejando una cantina y tres mesas con sillas. Una luz amarilla ilumina el mesón. Los tres personajes suben al escenario y se paran en frente de la puerta. Dos personajes están sentados en una mesa, un encapuchado en la segunda y la tercera está desocupada. El dueño del mesón está atrás de la barra limpiando unos vasos.

Clarisa (leyendo el letrero de la puerta).–Ley número quinientos veintiocho: por decreto de la reina Angelina se prohíbe la entrada a troles, duendes y dragones, princesas y caballeros ajenos a este reino, hadas y magos, y en general a cualquier criatura que represente una amenaza para la reina.

Azul.– ¡También al mesón! Esa reina y sus reglas nos van a dejar en la calle.

Daniel.– Duende inútil, ¿para qué nos trajiste aquí si ninguno de los tres puede entrar?

Azul.– ¿Cómo iba yo a saber? Esa regla es nueva y hoy no tuve tiempo de leer el diario del reino.

Daniel.– ¿Y no hay nada que podamos hacer?

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Daniel.– No, ni de chiste. Yo ya no pienso caminar ni un paso más y menos con esta armadura que pesa mil kilos. ¿Qué estaba pensando cuando me imaginé de caballero? (Daniel se quita la armadura.)

Clarisa.– No estabas pensando, deseaste. El deseo y el pensamiento vienen de dos lugares muy distintos.

Daniel.– Bien, ahora soy un niño normal. Un niño normal con mucha hambre (se acerca para abrir la puerta).

Clarisa.– De la poca experiencia que tengo en estos mundos fantásticos sé que es mejor seguir las reglas, sobre todo si vienen de una reina.

Daniel.– ¿Y cuántas veces has visitado estos mundos?

Clarisa.– Una. Dos. Ésta es la segunda.

Daniel.– Creo que hoy no le vamos a hacer caso a tu experiencia y vamos a seguir mi instinto.

Clarisa.– ¿Y qué dice tu instinto?

Daniel.– Mi instinto y mi intestino me dicen lo mismo: tengo que comer. No he desayunado.

Clarisa.– Pero eres un caballero y el letrero dice claramente que los caballeros no pueden entrar.

Daniel.– Soy un niño.

Clarisa.– Eres un caballero de corazón.

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Clarisa.– ¿Y nos vas a dejar aquí solitos afuera, mientras tu comes? ¡Qué poco caballeroso eres!

Daniel.– Efectivamente, no soy un caballero. (Daniel se acerca a Clarisa y le quita las alas y la varita mágica.)

Clarisa .– ¿Qué haces?

Daniel.– Listo. (Esconde todo detrás de la piedra grande de la entrada.)

Daniel.– Ya no eres un hada, eres simplemente una pirata y la reina no prohíbe la entrada a piratas, ni a niños (señalándose a sí mismo).

Clarisa.– ¿Y el duende?

Daniel.– Al duende no hay nada que hacerle. No lo podemos disfrazar. Al duende, aunque se le vista de seda, duende se queda.

Clarisa.– Así no va, es al mono.

Daniel (interrumpiendo). Es lo mismo, aparte nada más vamos a comer rápido y salimos. Él nos puede esperar aquí afuera. ¿O quieres que le cortemos las orejas?

Clarisa.– Duende, no nos tardamos. Prometo traerte algo para que comas. ¿Sí?

(El duende se cruza de brazos y se sienta enojado sobre la piedra.)

Azul.– Ah, no soporto a esos viajeros ignorantes que se sienten superiores a los locales. ¡Qué se creen! (Daniel y Clarisa entran.)

Clarisa.– Pobre duende, se quedó enojado. Y no es bueno hacer enojar a los duendes, son mágicos. Podría usar su magia en contra de nosotros.

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Dueño.– ¿Extranjero?

Clarisa.– No.

Dueño.– Aquí cada quien se sienta donde puede. (Daniel jala a Clarisa a la mesa libre. Los dos personajes sentados voltean a verlos y susurran entre ellos.)

Clarisa.– Mejor vámonos a otro lado.

Daniel.– No seas miedosa, Clarisa, ¿qué nos puede pasar? (El dueño se acerca.)

Dueño.– Sopa de habas, hígados encebollados o tripa de cordero.

Daniel.– Sopa de habas, dos sopas de habas. ¿Y tú?

Clarisa.– También, por favor.

Daniel.– Tres sopas de habas. (El dueño se va.)

Clarisa.– No me late este lugar. Yo creo que deberíamos de irnos. Además, no sabemos qué tan mala es la reina, qué tal que es una bruja y nos cuelga por desobedecer sus reglas.

Daniel.– ¿Una bruja reina? ¿Una pirata hada? Tranquila Clarisa no toda la gente es bipolar, comemos y nos vamos. Nadie tiene por qué enterarse, además, realmente no eres ninguna hada y yo, ningún caballero. (El duende Azul toca la puerta. El dueño deja las sopas en la mesa y abre la puerta. El duende y el dueño hablan en secreto.)

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Daniel (probando la sopa).– Es la mejor sopa de habas que he probado en mi vida. (El duende le enseña el escudo al dueño. El dueño corre hacia Daniel y lo levanta a la fuerza de la silla.)

Daniel.– ¿Qué pasa?

Dueño.– ¿Puede usted negar que es un caballero?

Daniel.– Sí.

Dueño.– ¿Y cómo explica este escudo? Conque escondiendo vestimentas, ¿eh?

Daniel (voltea a ver a la puerta y ve al duende que se esconde).– Duende chismoso. (Se sienta.)

Dueño (levantando a Daniel de la silla a la fuerza).–¡Arriba!

Daniel (tratando de tomar la cuchara).– Mi sopita.

Clarisa.– Te dije que tuviéramos cuidado con los duendes, son mágicos.

Daniel.– Son chismosos. Oye, ese escudo es solamente un disfraz. Yo no soy un caballero y ella no es ninguna hada.

Dueño.– Conque un hada. (Jala a la niña a la fuerza.)

Azul (gritando desde la puerta).– Hada buena, yo no dije nada de ti. Yo no quería que te metieran al calabozo, solamente al caballero malo.

Clarisa.– ¿Al calabozo? No, por favor, al calabozo no. (Daniel tira la sopa sobre el dueño. Toma a Clarisa de la mano.)

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Soldado.– ¿A dónde creen que van?

El dueño, los dos comensales y el duende (asustados).– ¡Soldado de la reina!

Soldado.– Si tratan de huir, ¡les cortaré la cabeza! (Los niños levantan las manos.)

Clarisa.– No, por favor, no nos corte la cabeza.

Soldado.– Eso ya lo veremos, tendrán que acompañarme. Iremos a ver a la reina.

Daniel.– No pasa nada, Clarisa, si es una reina justa (todos niegan con la cabeza), no le va a cortar la cabeza a unos niños por disfrazarse.

(Todos afirman y Clarisa llora.)

Soldado (acercándose a los niños y amenazándolos con la espada).– Al castillo. Caminen.

Daniel.– Ay no, ¿nos pueden poner las sopas para llevar? Solamente le dí una probadita. (Clarisa llora más fuerte.)

Clarisa.– ¿Por qué se me ocurrió traerte, eres un malísimo acompañante, cero caballeroso y ¡solamente piensas en comer!

Soldado.– Ya, silencio. Tú (señalando al duende), carga la armadura, el escudo y todo lo que hayan escondido; servirá de evidencia. Serás también testigo de los hechos.

Dueño.– Ándale, duende, obedece al soldado de la reina.

Daniel.– Jajaja, por chismoso te toca ser el cargador.

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Azul.– Caballero tonto. (El duende resignado pone la armadura, la espada y todo lo demás sobre el escudo y lo arrastra.)

Dueño.– Amable soldado, no olvide comentarle a la respetabilísima reina Angelina que aquí en el mesón somos sus fieles servidores y que sus reglas son órdenes.

Soldado.– Sí, sí claro. A un lado, no estorbe. (El soldado, los niños y el duende salen por la puerta y bajan del escenario para caminar entre el público. El escenario se mantiene obscuro y una luz sigue a los cuatro personajes mientras caminan por el público. La mampara del bosque se introduce al escenario.)

Daniel.– ¿Y qué tan lejos está el castillo?

Soldado.– Depende del camino que elijamos. Si seguimos la carretera, podríamos estar ahí en media hora. Por el camino del bosque el tiempo varía, de cinco a doce horas. La montaña no es una opción viable, no traemos provisiones para pasar la noche.

Daniel.– Ah, media hora no está nada mal. Clarisa.– ¿Te quieres ir por la carretera? Daniel.– Sí claro, es lo más corto.

Soldado.– ¿Por qué tanta prisa? ¿Te urge que te encierren en el calabozo?

Daniel.– No, no. No lo había visto así, pero pensé que tú ibas a escoger el camino más corto.

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Daniel.– Para llegar más rápido.

Soldado.– ¿Para qué? ¿Ya quieres que te encierren en el calabozo? Yo no tengo ninguna prisa.

Clarisa.– Nosotros tampoco.

Daniel.– Sí, no, nosotros tampoco. Yo sólo pensé. Clarisa.– No ayudes.

Daniel.– Definitivamente el camino más corto no es la opción. Azul.– Sí, claro. Mira quién lo dice, el que no está cargando nada. Daniel.– Es más, ¿por qué no mejor por la montaña?

Soldado.– No traemos provisiones. El camino del bosque es el que vamos a tomar.

Daniel.– Ok, me gusta la idea. El bosque está bonito, excepto por los animalitos extraños que hay por aquí (iluminando a gente del público con su linterna).

Azul.– Animalitos extraños, je. ¿Tú qué sabes de seres extraños? Soldado.– ¿Qué hacen por estos rumbos?

Clarisa.– Estamos buscando la alegría.

Soldado.– ¿Están en una búsqueda? ¿Y escogieron este reino para encontrar la alegría?

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Soldado.– Se equivocaron de destino. La alegría ahora se esconde en estos bosques. Es difícil topársela.

Daniel.– Ya ves, me hubieras dejado en mi casa, en mi cama.

Clarisa.– Si hubiera sabido que iba a terminar en un calabozo por tu culpa, no te hubiera invitado.

Daniel.– Yo no quería venir y menos a este lugar que de fantástico no tiene nada. Lo único que hemos hecho es caminar y caminar. Ya me duelen los pies.

Azul.– No sé de qué te quejas, tú no vienes cargando veinte kilos de armadura. Daniel.– Eso te pasa por chismoso, es tu culpa.

Azul.– No estaríamos aquí si supieras seguir las reglas o por lo menos los consejos de la hermosa e inteligente Clarisa.

Clarisa.– El duende tiene razón. Soldando.– Silencio.

Clarisa.– ¿Qué pasa?

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ESCENA IV

REUNIÓN EN EL BOSQUE

Los personajes se esconden entre el público y en el escenario, al prenderse una luz amarilla, aparecen cinco duendes de diferentes colores. El duende Amarillo parado arriba de una caja de madera. El duende morado cargando un morral.

Verde.– Esto no puede seguir así, ¿a quién se le ocurre prohibir el uso de magia? Una inquisición en este reino terminaría con todos.

Rojo.– Ya no se nos permite entrar a los hostales, ni a los mesones, ni a las tabernas. No es que yo sea muy fiestero pero un poquito de diversión no mata a nadie.

Verde.– Siempre hemos hecho lo que queremos en nuestros bosques. ¿Vamos a dejar que la reina de los humanos gobierne el territorio de los duendes? Anaranjado.– Por supuesto que no.

Rojo.– Deberíamos colgarla.

Amarillo.– Tranquilo, Rojo, no vamos a asesinar a nadie, no está en nuestra naturaleza.

Rojo.– Entonces hay que intentar convertirla en sapo, eso sí está en nuestra naturaleza.

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déspota, es su problema, debemos permitírselos, pero lo que no podemos hacer es dejar que sus mandatos interfieran con otros seres. Verde.– Debemos limitar dominios.

Anaranjado.– La reina Angelina no va a aceptar. Se cree dueña de todo el territorio y ella supone que puede controlar y gobernar a todos los seres.

Morado.– No somos los únicos que estamos inconformes, a las ninfas ya no se les permite salir del agua, los troles y gigantes están limitados a las cavernas, la magia no se le permite a nadie, ni siquiera a los mismos humanos.

Verde.– Si lo que dices es cierto, Morado, debemos unirnos con todos los inconformes, hacer una alianza, y juntos, fuertes, enfrentar a la reina y a sus soldados.

Rojo.– No necesitamos de nadie pare enfrentarnos a ella, solitos los duendes podemos, reencontremos nuestra magia.

Morado.– Los libros dicen que su magia siempre fue más fuerte que la nuestra, por algo está ella en el poder y no nosotros.

Anaranjado.– ¿Qué hacemos? De solo pensar que la reina se pudiera enterar de nuestras pláticas, me tiemblan las piernitas y hasta las orejas. Angelina, uh.

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Morado.– No se te olviden las historias de sus victorias: venció a las sirenas envenenado sus mares, sopló por tres días hasta secar el Valle de la Fortuna y, en menos de un ciclo lunar, cortó con sus filosas uñas el bosque de los inocentes.

Rojo.– A mí me late que todos esos son mitos, a nadie le consta semejante poder. Morado.– Sus historias están en los libros.

Rojo.– Y no por eso son reales.

Amarillo.– Tranquilos, amigos, es claro que los miedos nublan el razonamiento, pero por eso debemos ser inteligentes y buscar la mejor estrategia para vencer los retos.

Verde.– La guerra debe ser nuestro último recurso. El diálogo siempre debe de ser la primera estrategia. Si no logramos nada intentando negociar, entonces exploremos otras opciones, pero intentemos la más pacifista. Rojo.– ¿Desde cuándo somos tan correctos?

Amarillo.– Estoy de acuerdo contigo, Verde.

Rojo.– Y si nos presentamos en el castillo para platicar, ¿y la reina decide cortarnos la cabeza? ¿Cómo vamos a dialogar entonces?

Amarillo.– Tienes razón, Rojo, la reina es voluble y no sabemos cómo va a reaccionar ante nuestras peticiones. Debemos ser precavidos. (El soldado y los niños salen de su escondite y suben al escenario. Los demás duendes se asustan.)

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Amarillo.– Soldado de la reina, yo soy el líder de los duendes y el único culpable aquí.

Rojo.– No jefe, aquí todos somos uno mismo. Anaranjado.– Huyamos, salvémonos.

Soldado (sacando su espada).–Alto, aquí nadie va a ninguna parte.

Daniel (parándose entre el soldado y los duendes).– Tranquilo, soldado, creo que hemos malinterpretado sus intenciones. Claramente los duendes acordaron una solución pacifista y sus únicos deseos son dialogar con la reina. No veo cómo eso puede ser un delito. (Azul sale al encuentro de sus amigos.)

Duendes.– Azul, ¿dónde has estado? Azul.– Rojo, Verde, ¡qué gusto verlos! Rojo.– ¿Con quién vienes?

Azul.– Con una hermosa hada buena que encontré en el bosque y un caballero mentiroso.

Daniel.– Me llamo Daniel y ella es Clarisa. Anaranjado.– ¿Y qué haces con ellos? Azul.– Vamos a un juicio al castillo.

Soldado.– Bien, siento que deberían unirse a nosotros. Podemos ir todos juntos al castillo y así pueden proponerle sus ideas a la reina.

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Azul.– No, solamente voy a ser testigo de sus mentiras (señalando a Daniel).

Anaranjado.– ¡Qué bueno! Ya me estaba preocupando. Aunque a mí la idea de ir al castillo no me da buena espina.

Amarillo.– Capitán, agradecemos su sugerencia de escoltarnos al castillo, pero ya pronto se acerca la noche y viajar por estos rumbos de noche, con tanto criatura descontenta, lo podría poner en peligro. Sugiero busquemos posada cerca de aquí.

Verde.– Ofrezco mi hogar a los viajeros, mi esposa seguramente tiene preparado un buen estofado. Si le agregamos un poco de agua, puede ser suficiente para todos. Permítanme ser su anfitrión.

Daniel.– Soldado, creo que no podemos rechazar tan cordial invitación de este amable duende Verde. A parte, Azul ya no puede jalar la pesada armadura ni un metro más. A todos nos caería muy bien un buen descanso y más un estofado.

Soldado.– De acuerdo, no veo por qué no podemos pasar una noche tranquila y mañana llegar al castillo al amanecer. Verde, indícanos el camino. Clarisa (hablando únicamente con Daniel).–¿En verdad tienes tanta hambre o ya

te apiadaste de los pobres duendes?

Daniel.– No tengo prisa de llegar al castillo. A parte, ya me di cuenta de que la reina no es de fiarse y me da miedo el juicio que nos espera. Después de escuchar la plática de los duendes, ya no estoy tan seguro de que la reina sea justa.

(32)

Daniel.– Tenemos que planear nuestro escape.

Clarisa.– Sí, pero no podemos abandonar a los duendes, pobrecitos, y ya vimos que es mejor tenerlos de aliados que de enemigos.

Daniel.– Tus ideas empiezan a convencerme.

Verde.– Por aquí, síganme. (Los duendes ayudan a Azul a cargar la armadura. Morado arrastra el pesado morral. Verde va al frente y el soldado atrás. El escenario se apaga y los duendes cantan.)

Duendes (con la misma tonada de “Un elefante se columpiaba).

Un duende enano magia creaba

por los caminos del encino. Como sentía

que lo veían,

(33)

ESCENA IV CASA VERDE

La mampara del bosque y la piedra se quitan. Una luz verde ilumina el escenario. Atrás la misma construcción. Un letrero que dice “Casa Verde”. En la habitación una mesa y tres sillas, un sillón y una camita. En la barra, una duende verde silbando y revolviendo el contenido de una olla. Entra duende verde, seguido de todos los demás.

El Verde (abriendo la puerta).– Cariño, ya llegué. La Verde.– Hola, amor mío. (Asustada.) ¿Y ellos? El Verde.– Tenemos visitas, un poco inoportunas.

La Verde.– Ay, amor, me hubieras dicho antes. De haber sabido que íbamos a tener invitados, me hubiera limpiado las orejas.

El Verde.– Ya no hay tiempo, ve por agua para el estofado para que alcance. Están en su casa, queridos amigos. (El soldado se sienta en una silla y los otros duendes se pelean las otras dos. Clarisa y Daniel se sientan en el sillón. La Verde sale del escenario y entra con un balde de agua.)

El Verde.– Rápido, mujer, que ya tenemos hambre.

(34)

Clarisa.– Es un soldado de la reina y se ve que conoce bien su espada. No quiero morir en el intento.

Daniel.– Esperamos a que se duerma y entonces actuamos.

Clarisa.– Y luego, ¿qué? ¿Qué vamos a hacer con un soldado amarrado?

Daniel.– No sé, pero es la única forma de salvarnos a todos. (Verde comienza a repartir la sopa y se acerca a los niños.)

Daniel.– Después vemos qué hacemos con él. Clarisa.– Gracias. (Todos comienzan a comer.)

Daniel.– Gracias, está delicioso.

Amarillo.– Verde, muchas gracias por la hospitalidad, es uno de los mejores estofados que he probado.

La Verde.– Gracias, Amarillo, viniendo de ti es un buen cumplido. Amarilla también cocina delicioso.

Daniel.– Así que los verdes son esposos y tu esposa es amarilla igual que tú. ¿Solamente se casan con su mismo color?

Clarisa.– Sh (susurrando). No preguntes eso. Se van a dar cuenta que somos extranjeros.

Morado.– Ya todos sabemos que no son de estos rumbos.

Soldado.– No son muy buenos ocultándolo. La pregunta es: ¿de dónde vienen? y ¿qué los trae por aquí?

(35)

Clarisa.– Ah, de uno muy, muy lejano.

Morado.– Si nos mezcláramos, todos terminaríamos siendo cafés. El café no es un color muy divertido. En un inicio solamente éramos amarillos, rojos y azules. Ahora ya hay verdes, anaranjados, morados y uno que otro rosita. A los cafés los desterramos.

Daniel.– ¿En serio? Eso, de donde vengo, se llamaría discriminación. Verde.– ¿Discriminación?

Amarillo.– Aquí es sentido común. (El soldado pega con su taza en la mesa.)

Soldado.– Bien, es hora de descansar. (Todos bajan su taza y todos los duendes corren y se acuestan en la cama horizontalmente en el orden del arcoiris. La Verde junta las tres sillas y se acuesta. Los niños se acuestan en el sillón.)

Soldado.– Ajam. (Los duendes se levantan con cara de tristeza y se acomodan en el piso. El soldado pone su espada debajo de la cama y se acuesta.)

El Verde.– Luces. (La Verde se levanta y apaga las luces.)

Clarisa.– ¿Y ahora qué?

Daniel.– Esperamos a que se duerma y lo atacamos. (Se empiezan a escuchar muchos ronquidos.)

Clarisa.– Wow, eso fue rápido. ¿Pero, quiénes están roncando?

(36)

Daniel.– Ya cayó.

Clarisa.– ¿Qué hacemos?

Daniel.– Tu tomas la espada y te acercas a las luces, cuando yo te grite AHORA, las prendes y yo brinco encima de él y lo inmovilizo.

Clarisa.– ¿Y vas a poder solo?

Daniel.– No, pero ya cuando los enanos me vean, van a ir a mi auxilio. Clarisa.– ¿Estás seguro?

Daniel.– Pues yo espero. (Daniel y Clarisa se acercan a la cama. Clarisa toma la espada y se acerca al interruptor.)

Daniel.– ¡Ahora! (Clarisa prende la luz y Daniel brinca encima del soldado.)

Daniel.– ¡Ayuda, ayuda! (Anaranjado y Rojo corren a auxiliarlo.)

Morado.– ¿Qué hacen?

Daniel.– Amarrándolo. Verde, una cuerda por favor. (La Verde se levanta agitada y va por una cuerda a la cocina y se la da a Daniel.)

Soldado.– Extranjero, no sabes lo que estás haciendo.

Daniel.– Un trapo. (La Verde le da un trapo de la cocina. Daniel se lo amarra en la boca con la ayuda de Anaranjado y Rojo.)

Amarillo.– Anaranjado, Rojo, dejen de ayudarlo. Anaranjado.– Es que gritó ayúdenme, ayúdenme.

(37)

Daniel.– Sí y la verdad es que esperaba la ayuda de todos. Hubiera sido mucho más fácil si entre nueve lo hubiéramos atrapado.

Morado.– ¿Sabes cuál es el castigo por tomar a un soldado de la reina como prisionero?

Daniel.– No, ¿ya se te olvidó que soy extranjero? (Morado hace como si se cortara la cabeza.)

Anaranjado y Rojo.– Ay no, ¡qué hicimos!

Verde.– Libérenlo de inmediato. (Anaranjado y Rojo se acercan al soldado.)

Amarillo.– No, momento. Pensemos antes de actuar. Clarisa.– No quiero que me corten la cabeza.

Daniel.– A nadie le van a cortar la cabeza. Azul.– A todos nos van a cortar la cabeza.

Morado.– No, solamente a los extranjeros y a Anaranjado y a Rojo. Anaranjado y Rojo.– ¡Ay, no!

Amarillo.– Tranquilos todos. Analicemos la situación. Extranjero. Daniel.– Mejor Daniel.

Azul.– Es un caballero.

Amarillo.– Bien, caballero Daniel, analizando tus actos deduzco que tu intención es derrotar el reinado Angelinezco.

(38)

Amarillo.– Y ¿por qué entonces hacer del soldado un prisionero?

Daniel.– El soldado nos quería llevar a Clarisa y a mí a ser juzgados por la reina. Amarillo.– Sí, eso ya lo sé, pero ¿por qué amarrarlo?

Daniel.– Era la única forma de ayudarnos a todos. Si huíamos, solamente Clarisa y yo nos salvábamos. Pero si lo amarraba, también los ayudaba a ustedes. Aunque la verdad pensé que iba a recibir más ayuda a la hora de la amarrada.

Amarillo.– ¿Y por qué ayudarnos a nosotros también?

Daniel.– No quería que la reina los juzgara injustamente también a ustedes. Si todo lo que he escuchado de ella es cierto, Angelina es más bruja que reina. No debería gobernar y mucho menos dictar leyes y crear juicios en contra de criaturas indefensas.

Amarillo.– Hablas como todo un caballero. Verde.– Tus ideas son muy nobles y justas.

Daniel.– A lo mejor, pero en verdad soy solamente un niño y no creo que pueda ayudarlos a derrotarla.

Azul.– Sí la hay.

Daniel.– No, en serio no, soy muy malo con la espada (le quita la espada a Clarisa y la desenfunda).

(39)

Clarisa.– Azul, ¿de qué estás hablando? Verde.– Azul, con eso no se juega. Azul.– Enséñales el dije.

Clarisa.– ¿Mi dije? (Sacándolo. Todos los duendes y el soldado se asombran.)

Clarisa.– Es el dije que me regaló mi abuela.

Morado.– Niña, tienes en tus manos un jade ancestral. Sus poderes son sorprendentes. ¿Qué acaso no conoces su magia?

Clarisa.– Solamente conozco un truco.

Daniel.– ¿En verdad creen que el dije nos puede ayudar?

Verde.– Podría ser nuestra salvación. (El soldado intenta decir algo con la boca vendada. Nadie le hace caso.)

Daniel.– Pues sí nos trajo hasta aquí.

Anaranjado.– Pero si no conoce ningún otro poder, ¡estamos perdidos!

Rojo.– Podríamos mandarla a un universo paralelo, algo así como el infierno. Verde.– ¿Pero cómo forzarla a entrar a una pirámide?

Rojo.– La amarramos, como al soldado. (El soldado sigue intentando hablar.)

Verde.– Sí, claro, tan sencillo como eso: vencemos a todos los soldados que cuidan el castillo, despojamos a la reina de su dije mágico y la amarramos. Si pudiéramos hacer eso, Rojo, no necesitaríamos ayuda.

(El soldado intenta hablar pero nadie le hace caso.)

(40)

Clarisa.– ¿Entonces la reina Angelina también tiene un dije de jade? Anaranjado.– Sí, así de grande (haciendo un puño).

Daniel.– Seguramente más mágico que el tuyo.

Morado.– El tamaño no importa, la pureza es más importante, y aún más la fuerza interna de quien lo porta. Si dos portadores se enfrentaran, ganaría el que más fe tuviera en su magia.

Daniel.– Ok, entonces no nada más está imposible acercarnos a la reina resguardada en el castillo por sus fieles soldados, sino que también estamos en una obvia desventaja en cuanto a magia.

Anaranjado.– Estamos perdidos. (El soldado se tira al piso y por fin voltean a verlo.)

Rojo.– ¡Qué quieres! (Le quita la venda de la boca.)

Anaranjado.– ¿Qué haces? Rojo.– No te va a hacer nada. Amarillo.– Dejen que hable.

Soldado.– Señores, deben de saber que no son los únicos inconformes con la reina. Habemos unos soldados que ya nos cansamos de sus maltratos. Azul.– ¿Ya no los dejan entrar a los mesones?

Soldado.– Eso sí.

(41)

Soldado.– Sí, todavía; pero nos ha rebajado las vacaciones y las prestaciones ya no son lo que eran antes, ya no tenemos seguro médico.

Rojo (sarcásticamente).– Ay, pobrecitos.

Soldado.– Para un soldado que arriesga su vida diariamente, sí es un problema. Verde.– Problemas los de los duendes; nos han quitado todos nuestros derechos.

Las ridículas leyes nos han rebajado a simples animales del bosque. Amarillo.– Tranquilos, duendes, se están enfocando en los problemas y no se

han dado cuenta que ante nosotros podríamos tener una respuesta. Anaranjado.– ¿Una respuesta?

Daniel.– Yo sé (levanta la mano.) Un aliado. Un soldado. ¿Pero cómo sabemos si realmente podemos confiar en él?

Rojo.– No, no podemos confiar en él, es un soldado ingrato que nos iba a llevar al castillo a ser juzgados por la reina. Si no estuviera amarrado, ya estaríamos en el calabozo.

Anaranjado.– Ay no, ¡al calabozo no! Rojo.– O sin cabeza.

Anaranjado.– ¡Mi cabeza!

Amarillo.– Anaranjado, control, por favor.

(42)

Daniel.– Es cierto, fue su idea pasearnos por el bosque. En el momento no tenía ninguna lógica.

Soldado.– Exacto, quería tiempo para conocerlos, para saber cuáles eran sus intenciones. Sabía que eran extranjeros, pero no sabía cuál era su misión.

Clarisa.– ¿Y por qué amenazarnos con llevarnos al calabozo?

Soldado.– Estábamos en el mesón, el dueño es un fiel seguidor de la reina, además, es difícil saber en quién confiar en estos días.

Verde.– ¿Y por qué amenazarnos a nosotros los duendes?

Soldado.– No los amenacé, querían huir y no se los permití. Cuando escuché su plática entendí que por fin había encontrado a más seres inconformes. Hoy en la mañana salí del castillo con la intención de escaparme de este reino. Sentía una enorme impotencia. No me creía capaz de hacer nada en contra de Angelina.

Verde.– ¿Y por qué no nos dijiste esto antes?

Soldado.– No podía revelar mi traición sin antes estar seguro de que no hubiera ningún espía de la reina entre ustedes. ¿Saben cuál es el castigo para un soldado desertor? (Rojo y Anaranjado hacen como si se cortaran la cabeza.)

Soldado.– Exacto.

(43)

Daniel.– Entonces, ¿estás dispuesto a ayudarnos? Soldado.– Cuenten conmigo.

Clarisa.– ¿Ayudarnos a derrotar a la reina? ¿Eso es lo que estás diciendo, Daniel? Creo que a todos se les ha olvidado un pequeño detalle: seré la portadora del dije, pero no sé nada de magia.

Daniel.– Pero ellos sí, son duendes mágicos, ¿o ya se te olvidó? (Los duendes mueven la cabeza en negación.)

Daniel.– ¿Por qué mueven la cabeza? ¿Qué, no son mágicos?

Morado.– Los libros cuentan que fuimos, pero la teoría dice que perdimos los poderes poco a poco desde que se empezaron a talar los bosques. Los árboles nos daban la magia y finalmente nos la quitaron.

Anaranjado.– Somos unos duendes inútiles. No hay forma de ganar esta batalla. Verde.– No digas eso, no debemos perder la esperanza.

Azul.– Y tenemos el dije, de algo nos debe servir. Rojo.– No, si no sabemos cómo usarlo.

Morado.– Para eso sí hay una respuesta. Daniel.– Tú sabes cómo usarlo.

Morado.– No, pero tengo el libro indicado. (Morado saca de su morral varios libros hasta que encuentra un libro viejo y empieza a ojearlo.)

(44)

Morado (leyendo).– El jade …mmm. Historia, extracción, mitos, primeros hallazgos, portadores, magia. ¡Aquí está!

Clarisa.– ¿Qué dice?

Morado.– Paciencia. (Silencio.) Muy bien. Es conocido que un portador de un dije de jade puede transferir cuerpo, alma y mente de un mundo a otro a través de portales. La explicación científica es que la magia del jade gobierna la tercera y la cuarta dimensión. (Todos callados.) Es decir, manipula el tiempo y el espacio.

Daniel.– Guau.

Morado.– Impresionante, ¿cierto?

Azul.– Y en términos prácticos, ¿qué podría hacer Clarisa con un dije de jade? Morado.– Teóricamente, podría detener el tiempo para todos los que la rodean. Daniel.– Eso puede funcionar, imagínense: el soldado…

Soldado.– Gabriel.

Daniel.– El soldado Gabriel nos lleva al castillo como prisioneros. Anaranjado.– Esa no es buena idea.

Amarillo.– No interrumpas.

Daniel.– Ya estando en el castillo, Clarisa detiene el tiempo de todos, excepto el de ella y el mío.

(45)

Morado.– Ingenioso.

Daniel.– Cuando todos estén congelados, amarramos a la reina, armamos la pirámide, la metemos en ella y puff, la desaparecemos.

Anaranjado.– No va a funcionar. Azul.– Es una idea brillante. Daniel.– Gracias Azul.

Amarillo.– No seas pesimista, puede funcionar.

Clarisa.– Podría, excepto que no sé cómo. (Asomándose al libro.) ¿Qué palabras mágicas se supone que tengo que decir o qué?

Morado.– Ningunas, todo está en el poder de la mente. Clarisa.– Ay, no.

Anaranjado.– ¿Ay, no? No va a funcionar.

Morado.– Es sólo cuestión de práctica y un poco de fe.

Daniel.– Clarisa, yo creo en ti y, como dice Morado, es cuestión de práctica. Clarisa.– ¿Y quién me va a enseñar? ¿Tú? (A Daniel.)

Morado.– No, yo seré tu maestro, si me lo permites. Podemos empezar las lecciones al amanecer.

Daniel.– Yo te ayudo.

(46)

Amarillo.– Bueno, ya que tenemos eso resuelto, es hora de descansar.

Soldado.– ¿Podrían, si son tan amables, desamarrarme para poder dormir un poco más cómodo?

Rojo.– Podríamos, pero no queremos.

Amarillo.– Rojo, Azul, desamarren al soldado Gabriel. (Rojo y Azul lo desamarran.)

Soldado.– Gracias.

(47)

ESCENA VI

EL ENTRENAMIENTO

Se prende una luz anaranjada. El escenario contiene la mampara del bosque y un árbol. Clarisa, Morado, Azul, Anaranjado y Daniel en el escenario.

Morado.– Bien, que comience el entrenamiento. Como te expliqué ayer, Clarisa, no hay palabras mágicas, ni encantamientos, ni movimientos extraños por realizar; lo único real es el poder de la mente.

Daniel.– Clarisa es muy inteligente, saca puro diez en la escuela, no va a tener ningún problema.

Clarisa.– Yo no estoy tan segura.

Morado.– Tienes que tener fe en ti misma, piensa que tu abuela te escogió a ti para portar el dije. Confía en su elección. Repito, el poder está en tu interior.

Daniel.– No pierdes nada en intentarlo. Clarisa.– Bien, ¿y ahora qué?

Morado.– Para detener el tiempo tienes que visualizarnos a todos y a tu entorno, completamente estáticos. Piensa la imagen, deséala con tu corazón y siéntela en tu interior. Cierra los ojos, si eso te ayuda a concentrarte. (Todos alrededor de Clarisa observándola, Clarisa cierra los ojos. Silencio. Después de un momento los abre.)

(48)

Clarisa.– Mmmm, creo que la técnica de cerrar los ojos no tiene ningún sentido. ¿Cómo voy a saber si detuve el tiempo si no vi nada?

Morado.– Una sabia observación. Inténtalo nuevamente, pero con los ojos abiertos. (Clarisa se concentra, pone las manos en su cabeza. Todos estáticos.)

Clarisa.– Ah, ¡lo logré! Daniel.– ¿En serio?

Anaranjado.– Estamos salvados.

Clarisa.– Noooo, pensé que los había congelado pero no, más bien no se movían. Necesitan moverse para que me pueda dar cuenta si detengo el tiempo o no.

Azul.– Movámonos. (Azul empieza a bailar y todos se mueven cómicamente.)

Clarisa.– Jajaja, no, eso no va a funcionar; me distrae.

Daniel.– Mejor hay que caminar en círculo alrededor de Clarisa.

Morado.– Buena idea. Caminen. (Todos comienzan a caminar. Clarisa pone sus manos en la cabeza. Anaranjado silba.)

Clarisa.– Shhh. (Dos vueltas.)

Morado.– Intenta, en vez de detener el tiempo, alentarlo. Como si pusieras todo en cámara lenta. (Clarisa comienza a hacer caras chistosas de concentración.)

(49)

Clarisa.– Shhhhhhhh.

Anaranjado.– Jijiji. (Todos se detienen.)

Morado.– Anaranjado, ¿por qué no mejor te das una vuelta por el bosque a ver qué encuentras?

Anaranjado.– Ahhhh. (Se va. Siguen dando vueltas.)

Clarisa.– ¡Esto es inútil!

Morado.– Clarisa, todo viene de adentro. ¿Por qué no intentas meditar unos minutos para encontrar tu fuerza interior? (Clarisa se sienta y se tapa la cara. Azul, Morado y Daniel platicando a un lado.)

Daniel.– Morado, ¿no hay alguna otra técnica que le puedas enseñar?

Morado.– Caballero, recuerda que los duendes ya no conocemos la magia, eso ha quedado en el pasado. Todo lo que sé es porque lo he leído en los libros ancestrales.

Daniel.– ¿Pero qué más dicen?

Morado.– Son muy repetitivos con la parte de la confianza, la fuerza interior y la fe en uno mismo.

(50)

Daniel.– Ya sé, tengo una idea. Cuando veamos que Clarisa está muy concentrada, comenzamos a caminar despacio. Si ella ve que su esfuerzo está dando resultados, su autoestima va a mejorar.

Morado.– Podría funcionar, caballero. Azul.– ¿No la estaríamos engañando?

Daniel.– Solamente un ratito, Azul, mientras encuentra su fuerza interior. Una mentirita piadosa.

Azul.– Ok.

Morado.– Intentémoslo nuevamente. La fuerza está contigo, joven Clarisa. (Clarisa se para en el centro, los demás caminan en círculo. Clarisa se lleva las manos a la cabeza. Todos empiezan a caminar en cámara lenta. Clarisa pone cara de emoción.)

Azul.– ¡Achuu! Daniel.– ¡Azul!

Clarisa.– ¡Qué! ¿Estaban actuando? Azul.– Yo les dije que no era buena idea. Daniel.– Sólo era para darte más confianza.

Morado.– Clarisa, tenemos tiempo. La práctica requiere paciencia. (Todos se sientan. Llegan el soldado, Amarillo, Rojo y Verde.)

(51)

Rojo.– Lo sabía.

Clarisa.– Empiezo a dudar de la famosa magia.

Morado.– Los libros no se equivocan, si dicen que es real, es porque en verdad existe.

Clarisa.– La única magia que me ha tocado es nuestro viaje a este lugar. Azul.– A pesar de todo, yo todavía creo que ese dije es nuestra salvación.

Amarillo.– Puedes tener razón, Azul, pero probablemente el dije nos va a ayudar de una forma diferente a la que nos imaginamos.

Daniel.– Y, ¿a fuerza tenemos que vencer a la bruja con magia? Morado.– Nada de eso se ha escrito aún.

Verde.– Si nada más tuviéramos que vencer a la reina, no sería una hazaña imposible, pero también están los fieles soldados que la protegen.

Soldado.– Y todos los soldados tememos el poder de los hechizos de Angelina. Somos fieles a ella porque le tenemos miedo al dije.

Daniel.– ¿Y qué si fueran fieles también a nuestro jade?

Clarisa.– Sí, pero el pequeño detalle es que nosotros no lo sabemos usar.

Daniel.– Pero eso no lo saben los soldados, solamente nosotros. Lo único que tenemos que hacer es blofear.

Verde.– Mostrarles el dije y pretender que conocemos su magia. Daniel.– Así es.

(52)

Morado.– Grandes batallas se han ganado intimidando al contrario. Soldado.– Creo que podría funcionar.

Rojo.– Lo haremos funcionar. A la fuerza.

Daniel.– Una vez librándonos de los soldados, sólo tenemos que vencer a la reina.

Amarillo.– Tenemos que planear mejor el enfrentamiento, cuidar hasta el último detalle.

Verde.– Siéntense, esto llevará tiempo. (Los personajes se sientan en círculo alrededor de Amarillo.)

Amarillo.– Lo primero que tenemos que considerar es nuestra llegada al castillo. ¿Cómo podemos acercarnos lo más posible a la reina sin que se sienta amenazada?

Daniel.– El soldado puede decir que somos sus prisioneros para que nos lleven hasta Angelina.

Morado.– Una vez adentro del castillo, nuestras probabilidades de éxito aumentan considerablemente.

Soldado.– En el interior de la fortaleza, solamente hay pocos soldados a los que nos tendríamos que enfrentar. Algunos son aliados a nuestra causa, pero el resto son los más fieles súbditos de la reina Angelina, los que más temen al dije.

(53)

Verde.– Anaranjado, ¿qué significa esto?

Soldado 2.– Levántense conspiradores de la reina, tendrán que acompañarnos. Serán juzgados por su traición.

Anaranjado.– Amenazaron con cortarme la cabeza. Los tuve que traer hasta aquí. Soldado 1 (levantándose).– Compañeros, qué felicidad verlos. Libérenme de

estos maléficos duendes roñosos. Soldado 4.– ¿Soldado Gabriel?

Anaranjado.–Pero si…

Amarillo.– Anaranjado, silencio. Te prohíbo pronunciar una sola palabra. Soldado 4.– Se rumoraba tu deserción.

Soldado 1.– De ninguna manera.

Soldado 3.– ¿Cómo es que te tienen prisionero sin atadura alguna?

Soldado 1.– Me amenazaron con su magia proveniente de sus… gorros. ¡Rápido! Despójenlos de su poder. (Los soldados desenfundan y con sus espadas le quitan a todos los duendes sus gorros.)

Rojo.– ¡Qué ridículo!

Amarillo.– ¡Silencio! (Soldado 1 toma los gorros del piso y se los entrega al Soldado 2.)

(54)

Anaranjado.– Me va a dar frío en mi cabecita. Soldado 2.– Silencio.

Soldado 4.– ¿Y ellos?

Soldado 1.– Aliados de los conspiradores, tenemos que presentarlos ante nuestra reina. Todos tendrán que pagar por sus delitos.

Soldado 3.– ¿Cuánto llevas prisionero? Soldado 1.– Día y medio.

Soldado 2.– ¿Qué hacías por estos rumbos? ¿Tu guardia asignada no incluye los bosques?

Soldado 1.– Escuché rumores de levantamientos. Quise cerciorarme de que fueran verdad antes de denunciarlos. Nunca debí aventurarme solo, su magia es espeluznante.

Soldado 2.– No se diga más. Entreguémoslos lo más pronto posible a la reina. Por el atajo.

Soldado 4.– ¡Arriba, prisioneros! Ya escucharon: a caminar.

Soldado 2.– Síganme. Soldados, escolten a los prisioneros. (Soldado 2 al frente. Soldado 3 y 4 picando a los duendes con sus espadas. Soldado Gabriel atrás con Clarisa y Daniel.)

(55)

Soldado 1.– Clarisa, recuerda el poder del dije. Tú puedes ser temida igual que la reina. Los soldados respetan el jade.

Clarisa.– Nunca he jugado póker, no sé blofear. Daniel.–Solamente tienes que…

Soldado 2.– Soldado Gabriel. Soldado 1.– Sí, señor.

Soldado 2.– Intercambia lugares con el Soldado Elías. Soldado 1.– Sí, señor.

(56)

ESCENA VII

EL CASTILLO DE LA REINA ANGELINA

Sale la mampara del bosque. En el fondo la construcción ahora tiene unas

antorchas y un letrero: “Castillo de la reina Angelina”. Una luz azul ilumina el escenario. La reina con una corona de oro y su dije en el pecho, sentada en un trono. Un soldado parado a lado de la reina y sentada frente a una máquina de escribir, una viejita. Entran todos los personajes de la escena anterior al escenario. Los prisioneros cabizbajos.

Soldado 2.– Su majestad. (La reina se levanta y los soldados se hincan.)

Reina.– ¿Qué sorpresa me traen? Espero que sea suficientemente intrigante como para interrumpir mi siesta.

Soldado 2.– Encontramos al soldado Gabriel en el bosque de los Encinos.

(Soldado Gabriel camina hacia el frente.)

Reina.– ¿Y por qué sigue con cabeza? ¿Es acaso ese el espectáculo que me quieren ofrecer?

Soldado 2.– No, su majestad. Reina.– Qué lástima. ¿Por qué no?

Soldado 2.– El soldado Gabriel había sido tomado prisionero por estos conspiradores. Lo amenazaban con magia negra.

(57)

Soldado 1.– Su majestad, los hemos despojado de sus gorros mágicos.

Reina.– ¿Gorros mágicos? No puedo permitirlo, desafían mi reino. Bien, anotar

(dirigiéndose a la viejita): queda prohibida la elaboración, trueque y venta de gorros duendescos. (La viejita teclea en la máquina de escribir.) Todo gorro duendesco deberá ser quemado antes de la nueva luna. Al que se sorprenda portando un gorro duendesco, se le cortará la cabeza sin previo aviso. ¿Anotado?

Viejita.– Sí, su majestad.

Reina.– Bien, encárgate de que se haga ley. (Sale la viejita con el papel en la mano.)

Reina.– Bien, ahora, en cuanto a los conspiradores, bien he dicho que nada bueno puede provenir de unos duendes roñosos paseándose por el bosque.

Soldado 1.– Su majestad, sin sus gorros no son amenaza para usted, ni para el reino.

Reina.– Probablemente, pero sin ese accesorio ahora se ven más feos que antes. ¿Qué ganamos con tener a semejantes esperpentos merodeando por ahí?

Amarillo.– Somos indefensos su majestad, jamás hemos lastimado a ninguna criatura.

Reina.– ¡Quién te permitió hablar! Además de feos, igualados. Al calabozo todos.

(58)

Reina.– Soldados, metan a todos estos mugrosos al calabozo, mañana al amanecer, se les cortará la cabeza. Ese será un feo espectáculo que me alegrará el día.

Daniel.–Su majestad, son inofensivos…

Reina.– Silencio, nadie habla sin mi autorización.

Amarillo.– Reina Angelina, perdónenos la vida y no nos volverá a ver nunca. Abandonaremos el reino para siempre.

Soldado 3.– Ya escucharon a su majestad, caminen. (Tres soldados picoteando a los duendes con las espadas para acelerar su paso salen del escenario.)

Reina.– Duendes ilusos, ¿piadosa yo? jajaja. Ni aunque me pagaran. Ah, sí me pagan con sus impuestos. Jajaja ¿Y estos extranjeros?

Soldado 2.– Los encontramos con los duendes en el bosque, confabulaban con ellos.

Soldado 1.– Su majestad, honestamente no conocemos bien sus intenciones. Daniel.– Reina Angelina, si me deja hablar, le puedo contar nuestra historia. Reina.– Extranjeros tratando con duendes. No necesito escuchar explicaciones.

Sus intenciones no pueden ser buenas.

Daniel.– Llegamos a este reino con una intención: la de encontrar la alegría. Reina.–Jajaja ¿Y cómo les ha ido en su travesía? Mi querido…

(59)

Reina.– Ah, un caballero en una búsqueda. Un aburrido cuento de hadas. Bienvenido a la realidad. Y dime, ¿de qué color es la alegría?

Daniel.– No la hemos encontrado. Yo sé que sí existe, pero no nos podemos quedar sentados con los brazos cruzados a esperar a que llegue. Por algo el jade nos trajo aquí.

Reina (levantándose enojada).–¡El jade! ¿Qué dices? ¡Explícate, jovencito! Daniel.– Llegamos a este reino gracias a la magia del jade que nos abrió el

portal. (La reina se acerca a Daniel y le descubre el pecho.)

Reina.– ¿Dónde está? ¿Dónde los has escondido?

Daniel.– No está escondido, yo no soy el portador de la magia.

Reina (acercándose a Clarisa).– Por supuesto. ¿Desde cuándo te pertenece? Daniel.– Se lo heredó su abuela y le contó todos los secretos de su poder.

Reina.– Silencio. Deja que la niña hable (abriéndole la boca). ¿O te han cortado la lengua?

Clarisa.– Me llamo Clarisa.

Daniel.– Clarisa es un hada pirata y yo soy el caballero que la protege. Reina (descubriendo el jade). Dije de jade.

Daniel.– Clarisa, no dejes que lo agarre. (Clarisa cubre el jade con su mano y se hace para atrás. Daniel se para en medio de la reina y de Clarisa.)

(60)

Daniel.– Sé exactamente a lo que me enfrento.

Reina.– Soldados, aprehendan al caballero y métanlo al calabozo junto con los otros.

Daniel.– Los soldados son tu única ventaja, ¿verdad? (Los soldados corretean a Daniel, hasta que lo agarran entre los dos.)

Daniel.– Clarisa, por favor, no le des el jade. Confía en mí. Estoy seguro de que los poderes que tiene la reina son exactamente los mismos que los tuyos.

Clarisa.–Pero si… Daniel.– Exactamente.

Clarisa.– ¡Déjenlo, por favor! (Soldados y Daniel salen de escenario.)

Daniel.– Todo va a estar bien.

Reina.– Bien hadita, pobrecita, sola contra la malvada reina. ¡Qué miedo! ¡Entrégame el dije!

Clarisa.– No, es mío. Si lo quieres, me lo vas a tener que quitar a la fuerza.

Reina.– ¿Qué acaso no has escuchado de mi magia? Podría convertirte en rata con solo pensarlo, o mandarte a otra dimensión: una en llamas o quizá una helada para que no sientas ni el aliento.

Clarisa.– Si tú puedes hacer eso, ¿quién te dice que yo no? Las dos somos portadoras de dijes de jade. ¿O no?

(61)

Clarisa.– Puedo detener el tiempo.

Reina.– Demuéstralo. (Clarisa se queda inmóvil y la reina también.)

Clarisa.– ¿Ves? Reino.– ¿Qué cosa?

Clarisa.– Detuve el tiempo. Reina.– Jajaja, charlatana. Clarisa.– Ahora es tu turno.

Reina.– Yo no tengo que demostrarle nada a nadie, mocosa. Clarisa.– Si quieres el dije, enséñame tu magia.

Reina.– Mi magia no se usa en vano. Por décadas he gobernado sin desperdiciarla. ¿Ahora tú quieres una demostración? Jajajaja. ¿Quién te has creído? Dame el dije o pagarás las consecuencias. (La reina persigue a Clarisa alrededor del escenario.)

Clarisa.– ¿Una reina maga corriendo? ¿Dónde se ha visto esto antes? Reina.– Dame el dije, niña.

Clarisa.– ¿O si no qué?

Reina.– Te convierto en mosca.

Clarisa (deteniéndose).– A ver. Conviérteme.

(62)

Clarisa.– Enséñame tu magia. Reina.– Dame el dije.

Clarisa.– No sabes nada, ¿verdad? Reina.– Dámelo, te digo.

Clarisa.– Tú también perdiste la magia como los duendes. Reina.– ¿Qué dices? ¿Los duendes también la perdieron?

Clarisa.– Daniel tenía razón, eres tan mágica como yo. O sea, nada de nada. Cero magia.

Reina.– Nadie duda de mi magia. ¿No has visto cómo me temen?

Clarisa.– Sí, es cierto. Nadie sabe que la perdiste. ¿Cómo le has hecho?

Reina.– El miedo difícilmente se olvida, se contagia rápido y nace de historias que se pasan de boca en boca, de leyendas y mitos que se convierten en hechos cuando los ponemos en papel. Lo escrito no es cuestionable, se hace realidad.

Clarisa.– ¿Y sabes cuánto tiempo se necesita para que corra un rumor nuevo? Reina.– Ni se te ocurra.

(63)

Reina.– Jajaja. Se te olvida algo, mugrosa. Los soldados siguen siendo mis fieles súbditos.

Clarisa.– No cuando se enteren.

Reina.– Nadie se va a enterar. ¡Soldado Ezequiel! (Entra soldado 2.)

Soldado 2.– Dígame, su majestad.

Reina.– Encierra a la niña en el calabozo.

Clarisa.– No tienes por qué seguir sus órdenes. La reina ha perdido toda su magia.

Reina.– ¡Silencio! Soldado, te prohíbo que escuches.

Clarisa.– La reina Angelina no es mágica, es más, yo creo que nunca lo fue. (El soldado se acerca a Clarisa pero no la aprehende.)

Reina.– Llévate a la mocosa al calabozo.

Clarisa.– Créeme por favor, no tienes por qué tenerle miedo. (El soldado agarra las dos manos de la niña y las ata con una cuerda.)

Reina.– Momento. (Se acerca y le arranca el dije.) Llévatela al calabozo secreto. Nadie debe enterarse de su encierro.

Clarisa.– No, por favor. Déjame libre y prometo regresar a mi mundo, sin que nadie se entere.

Reina.– Jajaja. ¿Entendido?

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ESCENA VIII EL CALABOZO

Una mampara con la imagen de un calabozo en el fondo. Una luz morada ilumina el escenario que contiene dos celdas. En una se encuentran encerrados todos los duendes. Un soldado cuidando el calabozo. Entra Daniel amarrado de manos con dos soldados empujándolo.

Anaranjado.– Ay, no, también el caballero Daniel. ¡Estamos perdidos!

Soldado 3.– Soldado, abre la reja. Tenemos otro prisionero. (El soldado abre la reja del otro calabozo y mete a Daniel.)

Daniel.– Amigos, tranquilos. No tengan miedo.

Azul.– ¿Por qué dices eso? ¿Dónde está la niña? ¿Dónde has dejado a la niña Clarisa? (Los soldados se paran resguardando las puertas.)

Daniel.– Clarisa está con la reina Angelina. Se quedaron solas.

Azul.– No hay forma de que Clarisa gane ese duelo. ¡Pobre niña Clarisa!

Anaranjado.– Mañana nos van a cortar la cabeza (entra en pánico). Nos van a cortar la cabeza. Mi cabeza. ¡Mi cabeza!

Amarillo.– Anaranjado, tranquilo. Respira. Verde.– Tienes que tranquilizarte.

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