El conflicto de la(s) identidad(es) y el debate de la representación . La relación entre la historia del arte y la crisis de lo político en una teoría crítica de la cultura

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El conf l icto de l a(s)

identidad(es) y el debate de l a

r epr esentaci ón

La r el ación entr e l a histor ia del ar te y l a

cr isis de l o pol ítico en una teor ía cr ítica de

l a cul tur a

Las im ágenes espaciales son los sueños de la sociedad. Dondequiera que se descifre alguna im agen espacial, se present a la base de la realidad social. Sigfried Kracauer

I

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u-ED U ARD O GRÜ N ER ED U ARD O GRÜ N ER ED U ARD O GRÜ N ER ED U ARD O GRÜ N ER ED U ARD O GRÜ N ER

Sociólogo, ensayist a y crít ico cult ural. Profesor Tit ular de Ant ropología del Art e en la Facult ad de Filosofía y Let ras (UBA) y de Teoría Polít ica en la Facult ad de Ciencias Sociales (UBA), de la cual es Vicedecano. Coordinador General del

Inst it ut o de Est udios de Am érica Lat ina y el Caribe. M iem bro del Cent ro Argent ino de

Invest igadores del Art e (CAIA). Aut or de los libros Un género culpable, Las form as de la espada, El sit io de la m irada, El fin de las pequeñas hist orias.

rada del Sujet o m oderno, ya sea, respec-t ivam enrespec-t e, por la lucha de clases, por la “volunt ad de poder” agazapada det rás de la m oral convencional, o por las pulsiones i r r ef r en ab l es d el In con sci en t e1. Y

perm ít asenos decir qu e est a im agen es infinit am ent e m ás radical que las decla-m aciones poet izant es sobre no se sabe qué disolución del sujet o, con las que nos t iene sat urados la vulgat a post m oderna. En t odo caso, est a noción de “ident i-dad”, pensada inicialm ente para describir la interioridad individual es, por supues-to, una cierta representación de los suje-t os. Represensuje-t ación, insissuje-t am os, relasuje-t ivam ente novedosa y consagrada, en el caivam -po del arte, -por la generalización del géne-ro “ret rat o” en la pint ura renacent ist a, o del género “novela” en la literatura m oder-na; por ejem plo, en la épica caballeresca m edieval –que pasa por ser un anteceden-te de la novela m oderna- el “carácanteceden-ter” del héroe debe ser inducido a part ir de sus acciones ext eriores . Recién en la novela m oderna, “burguesa”, aparecerá la psico-logía del personaje, y nos enterarem os di-rect am ent e de sus pensam ient os,

sensa-ciones, angustias. Eso, en prim er lugar. En segundo lugar, esta representación gene-rada para hablar de los individuos, pronto se trasladó al ám bito de las sociedades, y – especialm ent e a part ir del rom ant icism o alem án- em pezó a hablarse tam bién de la identidad nacional (el Volkgeist o “espíri-t u del pueblo” es una prim era aproxim a-ción, hacia fines del siglo XVIII). Se t rat a, evident em ent e, de ot ra necesidad “bur-guesa”, estrecham ente vinculada a la cons-trucción m oderna de los estados naciona-les, en el contexto del em ergente m odo de producción capit alist a; la represent ación de una “identidad nacional” en la que to-dos los súbditos de un Estado pudieran re-conocerse sim bólicam ente en una cultu-ra, una lengua y una t radición hist órica com unes (adem ás de coexistir físicam en-t e en u n en-t er r i en-t or i o m u ch as veces art ificialm ent e delim it ado) fue desde el principio u n inst ru m ent o ideológico de prim era im portancia. Y, desde el principio, las im ágenes y la lengua -por lo tanto el arte y la literatura, entendidos com o insti-tuciones- constituyeron elem entos decisi-vos de dicha const rucción (aunque desde luego, no puedan ser reducidos a ella): eran m ovim ientos indispensables para el logro de aquella identificación (léase: de aquel reconocim iento de una identidad) del pue-blo con “su” Estado-nación.

Pero, por supuest o, la hist oria –y por ende, la hist oria de u na represent ación com o la de la ident idad nacional- no es u n proceso lineal y hom ogéneo. La casi “nat ural” predisposición del capit alism o, y por ende de la nueva clase dom inant e en ascenso, al expandirse m undialm en-t e para asegu rar las bases de su repro-ducción, t uvo com o rápido efect o (y hay incluso quienes, desde la así llam ada Teo-ría del Sist em a-M undo, aseguran que fue una causa y no un efect o) la prom oción por los Est ados europeos de la em presa colonial, que no sólo supuso el m ás gigan-t esco genocidio de la hisgigan-t oria hu m ana,

1 El caráct er “ colect ivo” del Sujet o en M arx no necesit a m ayor argum ent ación: la subjet ividad que “ hace hist oria” es la de las

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sino un igualm ent e gigant esco et nocidio, con el arrasam ient o de lenguas y cult u-ras a veces m ilenarias, y su su st it u ción forzada por la lengua, la cult ura y la reli-gión del Est ado m et ropolit ano, así com o el in ven t o de “ n acion es” virreyn ales –y luego, t ras la descolonización de “nacio-nes” supuest am ent e soberanas- allí don-de había ot ras form as don-de organización polít ica, t errit orial, cult ural.

Es decir, m ediante la violencia (física o sim bólica) se transform aron radicalm ente las form as de represent ación ident it aria de esos pu eblos. Y, com o acabam os de decir, las guerras independientistas no al-t eraron susal-t ancialm enal-t e –no podían ha-cerlo: la destrucción ya estaba dem asiado avanzada- esa situación. Esas guerras fue-ron llevadas a cabo fu ndam ent alm ent e (con la única excepción de la prim era de ellas, la de Hait í) bajo la dirección de las élites trasplantadas, de las nuevas burgue-sías coloniales que habían desarrollado in-tereses propios y localistas, y que en gene-ral m antuvieron (y aún profundizaron, con la ayuda de las potencias rivales de la anti-gua m etrópolis, com o Inglaterra y Francia) la sit uación heredada de “balcanización”. Y sus int elect uales orgánicos, repit iendo forzadam ente y en condiciones históricas radicalm ent e diferent es el m odelo euro-peo, se aplicaron a generar representacio-nes “nacionales” allí donde no habían exis-t ido verdaderas naciones, en el sent ido m oderno del térm ino.

Pero est o produjo una ext raordinaria paradoja: si por una part e ese proceso de definición un t ant o art ificial de “cult uras nacionales” t uvo m ucho de ficción, por el ot ro, cum plió un rol ideológico nada des-preciable (y que aún hoy est á m uy lejos de h aber se agot ado, p ese a t odos l os ideologem as sobre el fin de las cult uras n aci on al es b aj o el i m p er i o d e l a globalización ) en la lu cha an t icolon ial. Est a t ensión en buena m edida irresoluble ent re las represent aciones “fict icias” y sus efect os “reales” creó, para las nuevas so-ciedades así “invent adas”, una sit uación part icular y alt am ent e conflict iva bajo la cual la propia noción de “cult ura nacio-nal” se t ransform ó en un cam po de bat

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sue-ño, el lapsus , el act o fallido; y, desde lue-go, de la obra de art e o lit eraria. Y es por eso que Lacan, leyendo a la let ra a Freud, puede afirm ar la paradoja de que la ver-dad t iene est ruct ura de ficción.

Todo lo ant erior, pu es, no t enía ot ra finalidad que la de ejem plificar las vaci-laciones de la relación ent re la noción de “ident idad” (incluso en su sent ido colec-t ivo, que en la m oderna culcolec-t ura occiden-t al, com o hem os visocciden-t o, fue occiden-t ransporocciden-t ado desde el cam po del individu o: ya volve-rem os sobre est e t em a) y la de “ repre-sen t aci ón ” , com o ef ect o i m agi n ar i o y com o m ecanism o de const rucción de la ident idad. Es el m om ent o, ahora, de pro-fundizar en est e últ im o concept o, ensa-yando algunas analogías sin duda discu-t i bles y arri esgadas, pero qu e podrían result ar asim ism o product ivas.

II

En efect o, en los últ im os t iem pos nos hem os acost u m brado a hablar de u n a profunda crisis, que algunos califican de t erm inal, en lo que se suele llam ar el “sis-t em a de represen“sis-t ación”. Cuando habla-m os así est ahabla-m os hablando, por supuest o, de la crisis de la polít ica, incluso de la crsis de lo polít ico, en el m ás am plio sent i-do de la palabra. Pero el t érm ino “repre-sent ación” t iene el am biguo y polisém ico int erés de ser un concept o que no pert e-n ece sólo al discu rso de la polít ica –al m enos en su sent ido m oderno sino t am -bién al discurso de la est ét ica, de la t eoría del art e o la filosofía de las form as sim bó-licas en general. ¿Podem os aprovecharnos de esa riqueza sem ánt ica para int ent ar, a m ero t ít u lo de balbu ceant e hipót esis, una suert e de art iculación no reduccionis-t a enreduccionis-t re esos cam pos discursivos, basada en el concept o de “represent ación” y su crisis act ual?

Para ensayar esa bú squ eda es nece-sar i o h acer u n br eve r odeo h i st ór i co. Car lo Gu i n zbu r g, r et om an do a su vez

ciert as ideas de Ernst Kant orow icz en su fam oso est udio sobre Los Dos Cuerpos del Rey2, explica qu e en la Edad M edia eu

-ropea el t érm ino represent at io em pezó por design ar a las ef igies escu lt óricas, n or m alm en t e h ech as de m ader a, qu e acom pañaban en la procesión fúnebre al féret ro del rey m uert o. En t ant o se des-conocían las m odernas t écnicas de con-servación del cadáver, el cuerpo del ilus-t re f allecido era por su pu esilus-t o esilus-t ricilus-t a-m ent e inm ost rable: su est ado put refac-t o y repu gn an refac-t e hu biera produ cido u n efect o visual de ext rem a decadencia del Poder real; o habría que decir, quizá, de decadencia de lo real del Poder, t rans-form ado en una pulpa inrans-form e y asque-rosa, indigna de respet o y veneración.

La lógica de la representatio, entonces, en t ant o represent ación sim bólica inco-rrupt ible del Rey, al m ism o t iem po sust i-tuye y es el cuerpo del Poder. Y lo hace con t oda la am bigüedad del desplazam ient o llam ado “m et oním ico”, en el cual la im a-gen “ re-presen t an t e” hace present e al objeto “representado” precisam ente por su propia ausencia, en el sentido de que esta ausencia de lo “representado” –o su estric-t a “inm osestric-t rabilidad”, su obscenidad – es la propia condición de exist encia del “re-present ant e”. O, en ot ras y m ás sim ples palabras: la propia condición de posibili-dad de la exist encia de la represent ación es la elim inación visual del objeto; allí don-de est á la represent ación, por don-definición sale de la escena el objeto representado. Y sin em bargo, al m ism o tiem po, la existen-cia virt ual del objet o “invisible” es el de-term inante últim o de la representación. En toda representación, por lo tanto, se pone en juego una paradójica dialéct ica ent re presencia y ausencia. O, para decirlo con un célebre t ít ulo de M erleau-Pont y, ent re lo visible y lo invisible; donde lo invisible es part e const it ut iva de lo visible, así com o en la m úsica los silencios son parte consti-t u consti-t iva de la arconsti-t icu lación de los sonidos. Pero, por supuesto, no se trata de cualquier invisibilidad ni de cualquier silencio: si lo

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visible est á det erm inado por lo invisible, lo contrario es igualm ente cierto; lo visible produce lo invisible com o una determ ina-ción concreta y específica de invisibilidad, del m ism o m odo en que la not a m usical significa de m odo específico al silencio que la antecede o la sigue.

En det erm inadas circu nst ancias his-t óricas y sociales, eshis-t e ju ego de visibili-dad / invisibilivisibili-dad pu ede ser produ cido con obj et ivos polít ico-ideológicos bien precisos, y ciert am ent e no sólo al servi-cio del poder, sino por el cont rario, al ser-vicio de una reconst rucción de las repre-sent aciones e ident idades colect ivas con f in es de resist en cia a la opresión . Los ejem plos abundan: ent re ellos, es para-digm át ico el ya clásico análisis que hace Frant z Fanon de la función del velo ent re las m ujeres argelinas del FLN (Frent e de Li b er aci ón N aci on al ) en l a l u ch a ant icolonial a principios de la década del ´603. Fanon explica que los funcionarios

coloniales franceses est aban verdadera-m ent e obsesionados por convencer a las m ujeres de que se quit aran el velo, invo-cando razones “progresist as” y hast a de “em ancipación fem enina”. Pero la verda-dera razón, int erpret a Fanon, es que ellos perci ben perf ect am en t e qu e –baj o las condiciones de la ocupación colonial- ese velo que para los occident ales ilust rados f u e siem pre sím bolo del som et im ient o de la m ujer, es ahora resignificado com o ín dice de resist en cia cu lt u ral: los con -quist adores, dice Fanon, sient en que esa persist encia en el ocult am ient o del ros-t ro equivale a una forros-t aleza que no pue-de ser con qu i st ada; la m u j er ar geli n a puede m irar a sus nuevos am os sin ser m irada por ellos. Hay allí una “desapari-ción” de la im agen, de la represent ación, que perm it e que ese cuerpo no pueda ser sim bólicam ent e violado por el escru t i-nio perm anent e del opresor.

Pero en u n a segu n da et apa, con la lu cha an t icolon ial ya avan zada, el FLN hace que sus m ujeres, en efect o, se qui-t en el velo. No, eviden qui-t em en qui-t e, porqu e

acept en el m an dat o del gobiern o colo-nial; pero t am poco con el objet ivo prin-cipal de elim inar un sím bolo vergonzan-t e de la opresión f em en in a: esvergonzan-t o ya ha sido plenam ent e com prendido. Las m u-jeres del FLN se qu it an el velo para ha-cerse m enos sospechosas, m enos m ist e-riosas a los ojos del ocupant e –que aho-ra cree haber “quebaho-rado” esa resist encia cult ural- y así poder circular librem ent e, llevando en sus bolsos y cart eras occiden-t ales los panf leocciden-t os de propaganda o las arm as de la resist encia.

Est a es la est rat egia que en ot ra part e hem os llam ado de int erm it encia dialéc-t ica4. Com o corresponde a t oda dialéct

i-ca, es una lógica que se despliega en t res m om ent os: en el prim ero, la ausencia del rost ro sigu e siendo el sínt om a y la afir-m ación de un doafir-m inio, una subordina-ci ón o u n a exclu si ón “ bárbara” . En u n segundo m om ent o, esa m ism a ausencia, inversam ent e, es la negación det erm ina-da de esa exclusión: la m ujer hace sen-t ir al “civilizado” ocupansen-t e colonial la pre-sencia insoport able e inquiet ant e de su ausencia. En un t ercer m om ent o, el de la negación de la negación, la reaparición del rost ro –qu e, paradójicam en t e, hace pasar a la m ujer argelina al anonim at o, al m enos para el invasor- es el desplaza-m ient o (o, desplaza-m ejor: la inversión en lo con-t rario) del oculcon-t am iencon-t o de los inscon-t rum en-t os de liberación. Se ve aquí, pues, cóm o la alt ernancia ent re presencia y au sen-cia de las represent aciones de lo civiliza-d o y l o b ár b ar o es r esi gn i f i caciviliza-d a crít icam ent e com o una polít ica de “lle-n ado” de los vacíos de represe“lle-n t ació“lle-n . Pero esa polít ica se m ont a sobre la lógica const it u t iva de la qu e hablábam os m ás arriba, a saber: la de que el “represent an-t e” supone, al m enos en principio, la des-aparición de lo represent ado.

Lo qu e conect a al represent ant e con lo represent ado es, así, una infinit a leja-nía ent re am bos: es la percepción de dos m undos que nunca podrían coexist ir en el m ism o espacio, y cuya relación

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t e precisam ent e en esa dif erencia radi-cal. Hay aqu í u n a coin ciden cia, qu e n o podem os dejar de señalar de paso, con ot ra fam osa noción benjam iniana: la del au r a de la obr a de ar t e clási ca, cu ya “ idealización ” (qu e Ben j am in com para con el est ado de enam oram ient o) im pli-ca asim ism o esa aporét ipli-ca experien cia de una est recha ident ificación y una in-m en sa dist an cia siin-m u lt án eas5. Y ya

sa-bem os cuál es una de las hipót esis cen-t rales de ese excen-t raordin ario en sayo de Ben j am i n : qu e podría elaborarse t oda u na hist oria social y polít ica del art e, y por lo t ant o del concept o de represent a-ción (inclu yendo su fu na-ción en la cons-t ru cción iden cons-t icons-t aria) sobre el eje de las su cesivas t ransf orm aciones hist óricas y an t ropológicas de esa “ experien cia del aura”: desde su caráct er “cult ual” (rit ual y religioso), pasando por su t ransform a-ción en m ercancía hast a llegar a lo que Benjam in llam a la “decadencia del aura” bajo la lógica de las m odernas t écnicas de reprodu cción.

III

Pero volvam os ahora a los avat ares de la represent at io m edieval; im aginem os por u n m om en t o u n n ada im probable accident e, m erced al cual, en m edio de la procesión, el féret ro cont eniendo el cuer-po “real”, m at erial, del soberano, cayera al su elo y se rom piera, exhibien do ese cuerpo corrupt o y obsceno. ¿No sucede-r ía en t on ces qu e l a p sucede-r op i a ef i caci a m et oním ica y sim bólica de la operación de represen t at io, qu e había perm it ido t rasladar los em blem as de la realeza y la realidad del Poder a la efigie-represen-t anefigie-represen-t e, ahora efigie-represen-t rasladaría hacia la propia efigie, hacia la propia represent at io, t oda esa cont am inant e corrupción y obsceni-dad? Es esa rest auración de la cercanía, ese ret orno de lo real forcluido por la re-present ación lo que result aría ent onces insoport able y odioso, ya que la anulación

de aquélla dist ancia idealizada pondría de m anifiest o el “engaño” previo sobre la incorrupt ibilidad del Poder. Y t al vez sea est o lo que est á en el fondo de esa reit e-rada conduct a iconoclast a de t oda revo-lución o rebelión cont ra el Poder, consis-t enconsis-t e en desconsis-t ruir las efigies, derribar las est at uas, incendiar los edificios o acuchi-llar los ret rat os de quienes han “represen-t ado” al Poder.

En fin, prosigam os con nuest ra alego-ría. Ot ro gran hist oriador del art e de la escuela iconológica, Erw in Panofsky6, nos

inst ruye sobre un cam bio im port ant e en los propios crit erios de represen t ación est ét ica, que se produce en el pasaje de la Edad M edia al Renacim ient o. M ient ras la represent ación m edieval, com o acaba-m os de verlo, acaba-m ant iene siacaba-m ult áneaacaba-m en-t e una idenen-t ificación y una disen-t ancia con el objet o represent ado -la efigie es inm e-di at am en t e el cu er p o, p er o al m i sm o t iem po su exist encia y su valor em blem á-t ico depende de qu e el cu erpo se m an-t enga ausent e, “fuera de la escena” (re-cordem os que est a últ im a expresión t ra-du ce et im ológicam en t e el vocablo ob-sceno, que alude al act o de m ost rar lo que debería haber perm anecido f u era de la vist a)-, el art e renacent ist a –con su descubrim ient o de la perspect iva, con su im -pulso m im ét ico y realist a- se apropia del objet o, sust it uye, com o t oda represent a-ción, su presencia física y m at erial, pero t am bién, ilusoriam ent e, sust it uye y por lo t ant o elim ina su ausencia: su pret ensión de últ im a inst ancia es la fusión de la re-present ación con lo rere-present ado, conser-vando la ident ificación pero elim inando, im aginariam ent e, la dist ancia.

Hay aquí t am bién, sin duda, una “obs-cenidad”, pero que se encuent ra, por así decir, legalizada: el cam bio de época ha com enzado ya a producir su propia dis-t an cia en dis-t re el su jedis-t o y la n adis-t u raleza; separación qu e, ent re ot ras cosas, hará posible a la ciencia m oderna, pero t am -b i én a u n a act i t u d p u r am en t e cont em plat iva frent e al art e y a las

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p r esen t aci on es, m i en t r as en l a Ed ad M edi a las represen t aci on es –t an t o las religiosas com o las polít icas- form an par-t e de una experiencia relapar-t ivam enpar-t e co-t idiana, de un “paisaje” social indiferen-ciado y t odavía desconocedor de lo qu e Weber llam aría la “ au t on om ización de las esferas” propia de la m odernidad7, es

decir, del capit alism o. Ya hem os adelan-t ado que uno de los com ponenadelan-t es deci-sivos de est e cam bio en la “ im agen del m u n d o” es l a p r om oci ón d el prot agonism o del individu o, expresado en la hist oria de los est ilos art íst icos por el prest igio, renovado en la m odernidad, del ret rat o. Est e cam bio qu eda eviden -ciado de f orm a aú n m ás pat en t e en la ut ilización de la perspect iva en los ret ra-t os a parra-t ir del Renacim ienra-t o, por la cual ahora el individuo (esa nueva cat egoría de la era prot oburguesa) es m ost rado en un “prim er plano” –es decir, en una po-sición dom inant e – respect o de su ent or-n o, m ieor-n t ras qu e eor-n la represeor-n t acióor-n m ed i eval t íp i ca, con su car áct er igualadoram ent e “plano” y sin profundi-dad, el ser hum ano queda t am bién “apla-nado”, “sum ergido” en el cont inuum de la im agen, de m anera sim ilar a cóm o, en la concepción ideológico-filosófica dom i-nant e en la época, el ser hum ano –t oda su ident idad - quedaba sum ergido en el cont inuum de la t rascendencia divina.

Pero la nu eva época, la era del inci-pient e capit alism o burgués y liberalism o económ ico, requiere adem ás una nueva idea de la legit im idad del poder, hecha posible por aqu el cam bio de ident idad: esa nueva idea, esa nueva ideología, est á fundada en el cont rat o laico ent re los in-dividuos com o t ales, y no ent re lo hum a-no y lo divia-no. Para eso, el individuo t iene que ser puest o en el cent ro de la escena, en el cent ro de una escena t oda ella orga-nizada alrededor de esa cent ralidad in-dividual: el rescat e renacent ist a de la con-signa ant ropocént rica “ el Hom bre es la m edida de t odas las cosas” adquiere así u n a n u eva si gn i f i caci ón qu e p od r ía

t raducirse, no sin ciert a violencia pero con bast ant e aproxim ación, por la fórm ula “el individuo es el pret ext o cent ral de la lógi-ca económ ilógi-ca, polít ilógi-ca y cult ural de la so-ciedad burguesa”. En t érm inos de la lógi-ca económ ilógi-ca –es decir de lo que M arx lla-m aría las “relaciones de producción”- es la volunt ad del individuo lo que lo lleva a i n t ercam bi ar m ercan cías, i n clu i da esa nueva m ercancía esencial para el funcio-nam ient o del sist em a, que se llam a “fuer-za de t rabajo”; en t érm inos de la lógica polít ica, es la libert ad del individuo la que lo lleva a hacerse represent ar en el Est a-do, en el cu al cada individu o delega la adm inist ración de sus derechos “nat ura-les”; en t érm inos de la lógica cult ural, es la m irada del individuo la que organiza el gran espect ácu lo del u n iverso desde la cent ralidad de la “perspect iva”.

Por supuest o, en las form as de repre-sent ación visual y est ét ica de la m oder-n i dad oder-n o sól o h ay i oder-n di vi du os, su j et os hum anos, sino t am bién, y cada vez m ás, objet os de la “realidad”. Pero t am bién en ellos es la perspect iva geom ét rica de la m irada individual del espect ador la que concent ra la at ención en el objet o com o espect ácu lo y com o objet o de pot encial apropiación, puest o que hem os ent rado en la era en la cu al la propiedad es el crit erio f u n dan t e de t oda la est ru ct u ra socioeconóm ica y polít ica. John Berger ha an ali zado con ext r aor di n ar i a agu deza cóm o la ext rem a im presión de realidad perm it ida por la t écnica m oderna de la pint ura al óleo, que hace que los objet os represent ados aparezcan ilu soriam ent e com o i n cl u so p al p ab l es, f avor ece l a deseabilidad del objet o, induce la volun-t ad de apropiárselo, y para ello se apoya en la crecient e ilusión, t am bién perm it i-da por esa t écnica realist a, de una coin-cidencia ent re el “represent ant e” y lo re-present ado 8, donde t iende a disolverse

l a f u n ci ón si m b ól i ca, m et af ór i ca o alegórica de la propia represent at io.

El realism o, convert ido así en ideolo-gía est ét ica hegem ónica (y por supuest o,

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no es la única m anera de pensarlo), es en est e t erreno el pendant exact o del indi-vidu alism o: es desde la perspect iva del individuo que la “realidad” se organiza com o espect áculo a consum ir. El t érm ino “consum ir” es, aquí, la clave: en la ideolo-gía “burguesa” de la m odernidad hast a fines del siglo XIX –que desde luego, no es necesariam ent e la de t odos los bur-gueses, pero bajo esa hegem onía ideoló-gica es la de la sociedad en su conjunt o-el m undo se present a com o algo ya t er-m inado, que por supuest o es necesario conocer “cient íficam ent e”, pero que ya no requiere ni es pasible de ser esencialm en-t e en-t ransform ado. Una vez qu e la nu eva clase dom inant e est á plenam ent e afirm a-da com o t al, el eje de la im agen de la rea-lidad pasa de la esfera de la producción a la esfera del consum o. Lo cual es per-f ect am en t e lógico: la “ iden t idad” de la clase dom inant e com o t al est á asegura-da sólo si ella no puede concebir posibles fut uras t ransform aciones de la realidad qu e pu dieran su poner, por ejem plo, su propio reem plazo en la posición dom i-nant e. Com o le gust aba ironizar a M arx, en efect o, la bu rgu esía est á t ot alm ent e dispu est a a adm it ir qu e siem pre hu bo hist oria, qu e el m u ndo siem pre est u vo som et ido a cam bios perm anent es... has-t a qu e llegó ella (com o pu ede verse, el ideologem a del “f in de la hist oria” est á m uy lejos de ser una novedad). La m ism a separación ent re el sujet o y el objet o que, decíam os, hace posible la ciencia m oder-na, hace posible a su vez u na form a de represen t ación en la cu al, en el lím it e, t oda la “realidad” est á, com o si dijéram os, ya hecha y disponible para su capt ura por el “represent ant e”.

Est am os, sin duda, ant e una t ransfor-m ación ideológica de priransfor-m era iransfor-m port an-cia, m ediant e la cu al ahora se t rat a de d i si m u l ar l a b r ech a, l a d i f er en ci a irredu ct ible, en t re el “ represen t an t e” y el “represent ado”, que ant es se daba por descont ada. La represent ación com ien-za a part ir de aquí a ocupar –nos at reve-ríam os a decir: a usurpar– el lugar de lo represent ado, con el m ism o gest o con el qu e se inst au ra el crit erio de

represen-t ación com o presencia de lo real-repre-sent ado, en t ant o el crit erio ant erior era, com o vim os, el de su ausencia. Una “m e-t af ísica de la presencia” –com o ha sido l l am ad a- q u e al can za a l a p r op i a “aut orrepresent ación” subjet iva a part ir de u n Yo cart esiano qu e en efect o apa-rece com o present e ant e sí m ism o, fuen-t e “clara y disfuen-t infuen-t a” de fuen-t odo conocim ien-t o, ien-t ran sparen ci a y posi bi li dad, y cu yo desm ent ido recién llegará –aunque sin regist rar repercu siones decisivas en las t eorías polít icas y sociales hegem ónicas-con la t eoría psicoanalít ica del Inónicas-cons- Incons-ci en t e, con l a f am osa t er cer a “ h er i da narcisist a” infligida por Sigm u nd Freu d a u n a h u m an i d ad (occi d en t al ) q u e previsiblem ent e nada qu errá saber con ello, y qu e t al vez n o por azar coin cida epocalm ent e con la crisis y fract ura pro-f u n da de los m odos de represen t ación hegem ónica y la em ergencia prim ero del im presionism o y el post im presionism o, y lu ego la su bversión visu al de las van-guardias de principio del siglo XX.

IV

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pezar un siglo y m edio ant es: por ejem -plo, con la conquist a de Am érica y los de-bat es ent re Bart olom é de las Casas, Francisco Vit oria, Ginés de Sepú lveda y m u -chos ot ros sobre el est at ut o de “hum ani-dad” de esos Ot ros súbit am ent e incorpo-rados a (o “violados” por) la m odernidad europea. Ya no t endríam os allí ent onces esa represent ación cart esiana que funda l a su b j et i vi d ad m od er n a sob r e el solipsism o au t oen gen drado del su j et o m onádico –y que se t raslada fácilm ent e al m it o de au t oen gen dram ien t o de los Est ados y naciones de la Europa m oder-na-, sino una represent ación est rict am en-t e dialógica (para decirlo con el célebre concept o de Bakht in), at ravesada por el conflict o perm anent e e inest able im plí-cit o en el “diálogo” de los sujet os colect i-vos y las cult uras: una represent ación que, m u t at is m u t an dis y paradójicam en t e, est aría m ucho m ás cerca de la represen-t aci ón f r eu d i an a (y, a su m an er a, m arxiana) de la su bjet ividad m oderna, qu e de la pacíf i ca au t or r ef lexi vi dad y au t or r ef er en ci al i d ad (p or n o d eci r “aut oerot icidad”) del Yo cart esiano –o, al m enos, de la vulgat a ideológicam ent e in-t eresada que del Yo carin-t esiano se ha in-t er-m inado ier-m poniendo-.

Un a r ep r esen t aci ón di al ógi ca y “descent rada” que parece est ar paradóji-cam ent e preanunciada en la “excent rici-dad”, por ejem plo, del Barroco; paradóji-cam ent e, decim os, porque com o es sabi-do, el im pulso ideológico que está por de-t rás de la represende-t ación barroca es –di-cho en t érm inos clásicos- “reaccionaria”, ya que est á est recham ent e vinculado al m ovim ient o de la Cont rarreform a. Y sin em bargo, no sería la prim era vez en la his-toria que una reacción contra el presente qu e pret ende volver al pasado perm it a entrever las potencialidades del futuro.

Transform ación ideológica, decíam os an t es. Y t am bi én , cl ar o est á, p ol ít i ca. Puest o que –com o ya lo adelant am os m ás arriba- es im posible olvidar que est a m

is-m a época que inst it uye a la represent a-ción con su pret endidam ent e pleno valor de realidad, es la época de const it u -ci ón del Est ado M oder n o (oc-ci den t al), que –una vez cum plida su et apa de t ran-sición con m ayor o m enor grado de ab-solut ism o- consagra la form a de gobier-no llam ada “represent at iva”, y el sist em a p ol ít i co cor r esp on d i en t e. Es t am bi én im posible, ent onces, sust raerse a la t t ación de la analogía: “const it ut ivam en-t e”, com o se suele decir, el sisen-t em a repre-sen t at ivo produ ce el ef ect o im agin ario de suprim ir la diferencia represent ant e / represent ado, diferencia “objet iva” sin la cu al, paradójicam ent e, el propio con-cept o de “ represen t ación ” carece abso-lut am ent e de sent ido. Pero es que esa es, ju st am ent e, la ef icacia del M it o: de esa “m áquina de elim inar la Hist oria”, com o la llam a Lévi-St rauss, que perm it e “resol-ver”, en el plano de lo im aginario, los con-f lict os qu e n o se pu eden resolver en el plano de lo real. ¿Y será ocioso recordar que, para el m ism o Lévi-St rauss, la “m á-quina m ít ica” por excelencia, en la socie-dad occident al m oderna, es la ideología polít ica? 9.

Y sin em bargo, en det erm inadas con-diciones just am ent e hist óricas, la m áqui-na m ít ica funcioáqui-na, t al vez durant e siglos. ¿Cóm o se podría negar el inm enso “pro-greso” que significó, en la hist oria polít i-ca y social de occident e, la inst it ucionali-zación del sist em a represen t at ivo? Las vent ajas de ese efect o im aginario de su-presión de la diferencia represent ant e / r ep r esen t ad o –cu ya “ b ase m at er i al ” , com o ya hem os t am bién adelant ado, es el paralelo ent re la abst racción del “equi-valent e general” de las m ercancías y el “ equ ivalen t e gen eral” de la ciu dadan ía universal, según lo post ulaba M arx–, son i n d u d ab l es. Per o n o n ecesar i am en t e et ernas: podría llegar el m om ent o en que una dialéct ica negat iva10, inherent e a la

propia lógica de las t ransform aciones del sist em a, corrom piera la ef icacia de ese

9 Lévi-St rauss, Claude: Ant ropología Est ruct ural, Bs. As., Eudeba, 1968.

10 Por supuest o, t om am os en prést am o est e concept o de Adorno, para calif icar esa dialéct ica sin resolución, sin “ superación”

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efect o im aginario, y pusiera de m anifies-t o el carácanifies-t er esanifies-t ru canifies-t u ralm enanifies-t e im posi-ble de la noción m oderna de represen-t ación, al m enos en su versión dom inan-t e de su sinan-t iinan-t u ción o equ ivalen cia en inan-t re represent ant e y represent ado, sacando a la luz esa dist ancia insalvable, esa dferencia irreduct ible ent re los dos t érm i-nos de la ecuación que la Edad M edia –o el m odo de produ cción f eu dal, si se lo quiere llam ar así- ni siquiera se plant ea-b a com o p r oea-b l em a, p u est o q u e l a represent at io no hacía m ás que confir-m ar y reforzar sin disiconfir-m u los la diferen-cia in con m en su rable, sin equ ivalen diferen-cia posible ni im aginable, ent re el dom inan-t e y el dom inado, eninan-t re el am o y el sier-vo, ent re el poder y el no-poder.

Es sólo en la Edad M oderna –o en el m odo de producción “burgués”, si se pre-f iere la denom inación- qu e pu ede des-nudarse el conflict o de las “equivalencias generales”, el conf lict o de las represen-t aciones, dado que sólo ese m odo de pro-du cción pu ede hacer ent rar en crisis lo que él m ism o ha generado. Es sólo en él que podría suceder, por ejem plo, que la pér di da o la cor r u pci ón si m bóli ca del “ equ i val en t e gen er al ” l i cu ad o p or el corralit o arrast rara una paralela pérdida y corrupción sim bólica del “equivalent e general” del sist em a represent at ivo, ins-t alan do n u evam en ins-t e la percepci ón de aquella dist ancia infinit a, de aquella di-f erencia insort eable, ent re lo represen-t an represen-t e y lo represen represen-t ado. Sabem os qu e, ant es de est o, com o m odo inconscient e de m aquillar esa crisis, la elim inación –y ya no sólo la sust it ución- del objet o por part e de la represent ación, fue llevada a sus consecuencias ext rem as por eso que dio en llam arse la “post m odernidad”, en la cual la dom inación de las fuerzas pro-du ct ivas y repropro-du ct ivas de las n u evas t ecn ologías represen t acion ales –de los m edios de com u nicación de m asas a la w eb, por et iquet arlas rápidam ent e- nos hicieron pasar de la ident if icación en-t re lo represen en-t an en-t e y lo represen en-t ado, caract eríst ica de la m odernidad, a la li-qu idación lisa y llana de lo represent a-do, a una desm at erialización

“globaliza-da” del m undo por la cual hast a las gue-rras m ás at roces, injust as y sangrient as pudieron reducirse a un colorido espec-t ácu lo espec-t elevisivo deespec-t rás del cu al parecía no haber nada, u n inm enso vacío en el que los objet os, y sobre t odo los cuerpos dest rozados por las bom bas, qu edaban ya no sólo discret am ent e fuera de la vis-t a en el avis-t aúd de convis-t enido inm osvis-t rable, sin o desplazados al in f in it o, a u n a dis-t an ci a i n accesi ble en la qu e se pi er de para siem pre la relación conflict iva, sí, t al vez im posible, pero relación al fin, ent re la im agen y el objet o. ¿Será por eso que nunca vim os, ni siquiera en im ágenes, los cuerpos m uert os en la Guerra del Golfo, en las Torres Gem elas o en Afganist án? Es com o si se hu biera realizado perver-sam ent e la profecía hegeliana del “fin del art e”, o la vocación vanguardist a de vol-ver a fusionar el art e con la vida. Pervol-ver- Perver-sam ent e, decim os, porqu e desde lu ego no es que el art e –com o pret endía Hegel-haya sido “realizado” y “superado” por el pensam ient o crít ico-filosófico, ni que la vida –com o pret endían las vanguardias-se haya t ransf orm ado en u n escándalo est ét ico product or de perm anent es sor-presas, sino qu e art e y vida se elim ina-ron m ut uam ent e incluso en el est im ulan-t e confliculan-t o que los enfrenulan-t aba, que que-dó disuelt o en un m undo de pura repre-sent ación alienada y alienant e.

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los represent ados, hast a elim inarlos casi por com plet o com o dat os de u na reali-dad t ransform ada en pura virt ualireali-dad, en la qu e la llam ada “ clase polít i ca” vi ve ali en ada en su pr opi a au t or r epr esen -t a-t ividad vacía.

¿Est am os asist iendo, crisis m undial (y no sólo local) m ediant e, al fin de t odo est e siniest ro ilu sionism o? El colapso de las f orm as de represen t ación de la econ o-m ía, de la polít ica, del propio art e, ¿se-rán indicadores, o al m enos sínt om as, de u n “ ret orno de lo real” qu e indu zca, en t odos esos cam pos, t am bién un regreso del realism o, pero ahora en el m ejor sen-t ido del sen-t érm ino; un regreso de la m asen-t e-ria “represent able”, de un conflict o pro-duct ivo ent re la im agen y el objet o que genere f orm as nu evas, creat ivas y vit les de la relación im posible pero inevit a-ble ent re lo represent ant e y lo represen-t ado, induciendo a su vez nuevas form as de con st ru cción de iden t idades socia-les, cult urasocia-les, et c.?

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