FACULTAD LATINOAMERICANA DE CIENCIAS SOCIALES SEDE ECUADOR
PROGRAMA DE ESTUDIOS POLÍTICOS CONVOCATORIA 2010-2012
TESIS PARA OBTENER EL TÍTULO DE MAESTRÍA EN CIENCIAS POLÍTICAS
“CAÍDAS PRESIDENCIALES EN ECUADOR: LA POLÍTICA DE LOS ACTORES”
BOLÍVAR IGNACIO LUCIO NARANJO
OCTUBRE, 2013
FACULTAD LATINOAMERICANA DE CIENCIAS SOCIALES SEDE ECUADOR
PROGRAMA DE ESTUDIOS POLÍTICOS CONVOCATORIA 2010-2012
TESIS PARA OBTENER EL TÍTULO DE MAESTRÍA EN CIENCIAS POLÍTICAS
“CAÍDAS PRESIDENCIALES EN ECUADOR: LA POLÍTICA DE LOS ACTORES”
BOLÍVAR IGNACIO LUCIO NARANJO
ASESOR:
DR. FELIPE BURBANO DE LARA
LECTORES:
PHD. CARLOS DE LA TORRE PHD. DAVID SCOTT PALMER
AGRADECIMIENTOS
Debo la consecución de este trabajo al doctor Felipe Burbano de Lara. Me leyó con seriedad y minuciosidad académicas, pero sobre todo le agradezco haberlo hecho con entusiasmo y generosidad de amigo. Aparte de prestarme libros y apuntes, sus sugerencias metodológicas fueron precisas y sus observaciones críticas me ayudaron a despejar pasajes en los que me
dijo —y con razón—no había mostrado consideración alguna con posibles lectores.
El texto final de esta tesis se benefició de los comentarios de los profesores Carlos de la Torre y David Scott Palmer. Aprecio mucho la guía que me brindó su crítica rigurosa e informada, porque en ella reconozco el empeño por adentrarse en la perspectiva que propuse. Agradezco a Alicia Torres, con quien trabajé en la Coordinación Editorial de FLACSO. Fue comprensiva cada vez que estuve escribiendo esta tesis, cuando debí haber estado más atento a mis tareas cotidianas.
Dos colegas editores, Santiago Rubio y Daniel Félix, hicieron revisiones cuidadosas a las que debo que mi trabajo ganara en coherencia y precisión. Por último, agradezco al Dr. Miguel Chavarría el haberme recomendado la lectura de Jacques Rancière, así como sus
ÍNDICE
Contenido Página
RESUMEN ... 7
CAPÍTULO 1 INTRODUCCIÓN ... 9
I. LAS CIRCUNSTANCIAS DE LA POLÍTICA ... 9
II. PROBLEMA Y ÁMBITO DE ANÁLISIS ... 10
El carácter subjetivo y el significado de la política ... 10
La pertinencia del intersticio: los sujetos y las reglas ... 14
El aparecimiento de la política ... 17
La política como vínculo ... 21
El desgaste de la autoridad ... 23
Orden político y regreso a una institucionalidad vacía ... 26
III. APROXIMACIÓN METODOLÓGICA ... 30
El trayecto del estudio y relación con las fuentes escogidas ... 30
CAPÍTULO 2 LA CAÍDA DE ABDALÁ BUCARAM ... 34
I. UN EXABRUPTO DE LA POLÍTICA ... 34
II. PERCEPCIÓN DEL ORDEN EN COYUNTURAS CRÍTICAS ... 38
Contexto de un Gobierno populista ... 38
Las movilizaciones: antecedentes y algunas interpretaciones ... 39
III. Y SIN EMBARGO EL ORDEN ... 44
Subjetivación de la política en un contexto de inestabilidad ... 44
Procedimientos y negociaciones ... 47
El toque final ... 50
IV. LA FORMA: PUEBLO SIN AUTORIDAD Y ESPACIO RE-SIGNIFICADO ... 53
CAPÍTULO 3 LA CAÍDA DE JAMIL MAHUAD ... 58
I. FRUSTRADO INTENTO DE NORMALIZACIÓN ... 58
Los mecanismos para deshacer la irregularidad de los procedimientos ... 58
Breve lapso de armonía política ... 61
La paz con Perú y la crisis financiera ... 63
III. PERCEPCIÓN DEL ORDEN EN MEDIO DE LAS MOVILIZACIONES ... 67
Militares, indígenas, políticos: movilización, golpe y regreso al orden ... 68
La toma del Palacio Legislativo y el fin del Gobierno ... 70
La alianza indígena-militar ... 76
IV. EL REGRESO A LA INSTITUCIONALIDAD ... 79
Una institucionalidad vacía de contenidos ... 81
El eje de la reflexión política ... 83
CAPÍTULO 4 LA CAÍDA DE LUCIO GUTIÉRREZ ... 85
I. DESPLAZAMIENTO DE LOS PARTIDOS TRADICIONALES ... 85
La descomposición del vínculo político ... 89
II. DESINTEGRACIÓN DE LAS ALIANZAS ... 92
Viejo escenario y forasteros políticos ... 92
Ruptura con los indígenas ... 95
Ruptura con los partidos tradicionales ... 98
III. MOVILIZACIÓN, INESTABILIDAD Y CAÍDA ... 100
Los forajidos ... 102
Un coronel en el poder y los militares frente a las movilizaciones ... 103
IV. PERCEPCIÓN DEL ORDEN Y NUEVA ESTABILIDAD ... 105
El sentido de la defensa institucional ... 108
CONCLUSIONES ... 111
I. UNA PERMANENTE BÚSQUEDA DE SENTIDO ... 111
Las reglas y la política ... 111
Subjetividad: el vacío y la apariencia de la regla ... 112
La política de los actores (desde un intersticio) ... 114
II. LA POLÍTICA DE LA CALLE ... 116
SIGLAS EMPLEADAS
Sigla Nombre Nota
CFP Concentración de Fuerzas Populares
Primer partido en llegar a la presidencia después de la dictadura militar.
CIESPAL
Centro de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina
Sede de la cesión del Legislativo que cesó al presidente Lucio Gutiérrez.
CMS Coordinadora de Movimientos Sociales
Protagonizó la toma de la Catedral Metropolitana de Quito en la caída de Bucaram.
CONAIE
Confederación de
Nacionalidades Indígenas del Ecuador
Principal organización del movimiento indígena.
DP Democracia Popular
Partido que participó en la transición a la
democracia. Llegó al poder en 1998 presidido por Jamil Mahuad.
ID Izquierda Democrática
FETRAPEC Federación de Trabajadores de
Petroecuador Sindicato que tuvo incidencia en la caída de 1997.
FEUE Federación de Estudiantes Universitarios del Ecuador
FMI Fondo Monetario Internacional
FRIU Frente Revolucionario de Izquierda Universitario
FUT Frente Unitario de Trabajadores
MIRA Movimiento Independiente para una República Auténtica
Partido político de Rosalía Arteaga con el que terció en las elecciones de 1996.
MPD Movimiento Popular Democrático
Partido político de base sindical. Organizaciones de profesores y estudiantes le proporcionaron marcos de movilización.
PK Pachakutik Partido de base indígena
PSC Partido Social Cristiano
PSP Partido Sociedad Patriótica Partido con el que llegó al poder Lucio Gutiérrez.
PRE Partido Roldosista Ecuatoriano Toma el nombre de Jaime Roldós, primer presidente de la transición a la democracia.
PRIAN Partido Renovador Institucional Acción Nacional
Partido del empresario bananero Álvaro Noboa. Alcanzó tres balotajes, pero no ganó ninguno. TC Tribunal Constitucional
RESUMEN
Entre 1997 y 2005 tres presidentes que triunfaron en elecciones regulares fueron destituidos de sus cargos. Cada caso estuvo precedido del deterioro de la autoridad legítima del
presidente y evidenció —en el más intenso momento de la crisis— la imposibilidad de que el
presidente siguiera representando a quienes lo habían elegido. En las caídas participaron tres actores políticos: un grupo que ocupó el espacio público y afectó la estabilidad del régimen; los militares que replicaban la demanda de los actores movilizados y relocalizaron el centro del poder político; finalmente, los legisladores que recompusieron el desvío provocado por la coyuntura.
La literatura en torno a las caídas presidenciales en Ecuador reconoce dos tendencias. La primera institucional que define estas coyunturas como momentos que expondrían la fragilidad de las instituciones y la debilidad de la democracia; frente a lo que la política es deficitaria con respecto a la gobernabilidad. La segunda, desde la cultura política, sugiere que la sociedad ecuatoriana no dispone de todos los insumos políticos que se requerían para convergir en un sistema de reglas reconocido y aceptado por todos.
Esta investigación aborda el caso de las caídas presidenciales desde formas de
subjetivación de la política. Se sugiere que en esos momentos de crisis, la política tiene un significado que los actores perciben de un modo distintivo. Lo anterior implica que la coincidencia en una organización institucional no es el único principio capaz de configurarle sentido de lo que hacen los actores políticos, ni limita la comprensión de éstos respecto de los hechos políticos; al contrario, los manifestantes se reconocen y definen la política al margen de instituciones operativas.
CAPÍTULO 1 INTRODUCCIÓN
I. Las circunstancias de la política
La búsqueda del sentido de la política sigue la pista de un fenómeno contingente. Las
explicaciones que consiguen fijarse en la realidad, provienen de la permanencia —o afán de
permanecer— de las reglas; pero éstas no resumen la realidad de la política. La caída de un
presidente se asocia, fácilmente, con la ausencia de reglas; sin embargo, esta investigación propone que el sentido de la política rebasa las conceptualizaciones que se generan en torno a marcos normativos. Por lo expuesto, el modo elegido para aproximarse al objeto de estudio
—antes de un abordaje politológico que habría demandado un tratamiento sistemático de
variables contrastables— analiza construcciones subjetivas para definir el sentido en la
política. Esta tarea estuvo determinada por la „evanescencia‟ de los procesos de construcción;
lo que quiere decir que no siempre se construye a partir de los mismos lineamientos, en la medida que éstos se adaptan a las circunstancias y se modifican con el tiempo. Pese a esta aparente dificultad, se propone que es posible reflexionar el sentido de la política desde los testimonios de protagonistas y reflexiones más especializadas que han producido las caídas presidenciales en Ecuador.
investigación se propone que la suspensión de la regla no es sinónimo de suspensión de la política ni su irremediable corrupción.
Puede afirmarse que los actores nunca desatienden del todo a las reglas; por el contrario, lo que ponen en práctica en coyunturas críticas consigue lo que no habría sido posible a través del puntual cumplimiento de la regla: la re-significan. Cuando la regla ha dejado de ser un referente que permite el establecimiento de un mundo en común, la política como la entienden los actores recompone los vínculos. Se propone que este momento de
re-significación está en un intersticio; lo que quiere decir que, por un lado, se enfrenta lo que se
espera y no ha producido la regla y, por otro, el sentido subjetivo que se construye durante las caídas. La noción de intersticio se aborda con detenimiento en el segundo apartado de la sección siguiente; por el momento, tómese en cuenta la idea enunciada al principio: la política es un fenómeno contingente y esto es algo que los arreglos institucionales no pueden dejar de considerar. Una institución se orienta a mantener los preceptos de su existencia, pero este es un principio que no puede aplicarse a la política cuyo significado se encuentra en el espacio (intersticio) donde entrechocan: la institución (reglas), lo que hacen los actores y el orden político (que es percibido por los actores y tiene como punto de referencia a las instituciones).
En resumen, este trabajo apunta a mostrar que —más que la gestión de las reglas por
sí solas—la acción del actor sostiene el orden político. Si bien se admite que hay modos en
los que la política aparece relacionada a nociones como „gobierno‟ o „administración de la
sociedad‟, al mismo tiempo, se insiste en que no importa qué mecanismos de organización se desarrollen o establezcan, siempre hay un espacio que no llega a ser determinado por completo por las reglas: la política.
II. Problema y ámbito de análisis
El carácter subjetivo y el significado de la política
del mandatario que, consecuentemente, dejó de representar a los ciudadanos. Sugerir que el
antecedente de las caídas fue un deterioro de la autoridad —antes que un desgaste del
poder— encierra la intención de mostrar que sin autoridad no puede haber instituciones, en la
medida que “la masa siente el vacío político cuando no hay nadie que le inspire confianza”
(Lefort, 2010: 339). La palabra confianza anticipa la aproximación subjetiva de este trabajo,
pues en lugar de proponer que las caídas responden a falencias institucionales que pueden corregirse a partir de ajustes de su mecánica interna, se muestra que una institución funciona en un ámbito relacional que los actores conocen de un modo sensible que se ejerce en la percepción y la imaginación (Lefort, 2010). Cada caída implicó, por otra parte, la participación de tres actores políticos: un grupo que ocupó el espacio público y afectó la estabilidad de los regímenes; los militares que replicaron la demanda de los actores movilizados y relocalizaron el centro del poder político; finalmente, los legisladores que
recompusieron el desvío provocado por la coyuntura —en el sentido que la política ocurría
por fuera de las reglas— y devolvieron el orden político —si bien en su exterioridad, es decir
sin que la regla se haya atenido en sentido formal— a un cauce institucional.
Las caídas de los presidentes Abdalá Bucaram (1996-1997), Jamil Mahuad (1998-2000) y Lucio Gutiérrez (2003-2005) pueden leerse como eventos que exponen una crisis de gobernabilidad que sería efecto de una „ingeniería institucional‟ defectuosa que no produjo
un esquema democrático que asimilara la diversidad de los valores o hábitos1 de actores,
cuyas prácticas suponen “conductas habituales y ampliamente difundidas que socavarían la operación de la vida política” (Bustamante, 2003: 346). Sin embargo, tanto si se piensa que el problema obedece a un inadecuado proceso de construcción de instituciones que no resultan inclusivas, ni canalizan demandas, como al considerar que los actores son incapaces de asimilar principios básicos que permitan la convivencia en sociedad; se está asumiendo que la esencia de la política es encontrar arreglos normativos para administrar la sociedad.
Maquiavelo lo observó también en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio:
“[U]n gobierno no es otra cosa que mantener a los súbditos de modo tal que no puedan o deban ofenderte” (2010: 282); por ello, en este trabajo, se insistirá en que la política es una
recomposición del mundo que implica una repartición de lo sensible2y que, aun cuando se expone la contingencia del orden, devela la importancia que tiene éste para la convivencia.
Brevemente y en términos generales, las reflexiones en torno a las caídas presidenciales en Ecuador podrían agruparse en dos tendencias. Institucional, la primera, define las coyunturas como momentos que expondrían la fragilidad o la informalización de las instituciones democráticas, la debilidad del estado de derecho, la laxitud de los procedimientos (Pachano, 2011; Mejía, 2009; Polga, 2010); frente a lo que la política es deficitaria con respecto a la gobernabilidad. La segunda aborda las coyunturas desde la cultura política (Bustamante, 2000 y 2003; De la Torre, 1996; Burbano, 2010; Ramírez, 2005) y si bien se examina qué tienen de peculiar las formas de autoridad y representación o las características de los movimientos sociales, sugiere que la sociedad ecuatoriana no dispone de los insumos políticos que se requerirían para convergir en un sistema de reglas reconocido y aceptado por todos; es decir se sugeriría que los actores no son capaces de reconocer que en el cumplimiento de la regla hay un sentido, por el que no solo se acepta un procedimiento, sino que se coincide en una forma de convivencia.
Esta investigación enfoca, con Rancière, la política como un asunto de sujetos o, más
bien, de modos de subjetivación (1996: 52). El estudio del carácter subjetivo —antes que
lidiar con una multiplicación exponencial de perspectivas individuales— sostiene que la
política es política cuando las relaciones humanas se presentan sin que, necesariamente, aparezcan vinculadas a un ámbito determinado por reglas. La subjetivación de la política sería, en cambio, “una reconfiguración polémica de los datos comunes” (Rancière, 2011: 134); en otras palabras, se presupone que más de una sola directriz determina la perspectiva que se considera para el desarrollo de lo político, entendido como marco de las relaciones
humanas. Según Rancière—y en tanto un asunto de sujetos—: política es hablar y ocuparse
de asuntos comunes y cualquier persona estaría capacitada para hacerlo. Desde esta
perspectiva, el campo de lo político no estaría delimitado —como sostiene Bourdieu
(2001)— por un conocimiento especializado (burocrático) del funcionamiento de la política,
que excluye a los que no disponen de este saber o que están en condición de desventaja frente a quienes detentan el poder.
Si bien la propuesta de Rancière (2009) coincide con que el aparecimiento de la política ocurre en un ámbito influenciado por un régimen que señala los modos válidos de
aparición —y que por ende implica tensiones y conflictividad—, reconoce que el
aparecimiento puede desligarse de toda regla específica y que, por ello, los marcos de referencia llegan a ser reconsiderados. Es en este sentido que la política solo parcialmente tiene que ver con arreglos normativos para organizar la sociedad, sobre todo “trata de lo que vemos y podemos decir al respecto, sobre quién tiene la competencia para ver y la cualidad para decir, sobre las propiedades de los espacios y los posibles tiempos” (2009:11). A partir de lo anterior, en la aproximación de Rancière, el accionar político, más que una
participación de lo común, conlleva un reparto de lo sensible que determina la manera en que
lo común se ofrece a la participación. Esto se debe a que, políticamente, el actor en lugar de
entrar a cumplir (o repetir) una función o tarea —para las que necesita cierto entrenamiento o
conocimiento previos—, se incorpora a un espacio y este simple acto reconfigura el sentido
del escenario. Es posible extraer un razonamiento similar de Maquiavelo cuando sostiene que “la multitud es más sabia y más constante que el príncipe” (2003: 191); pues aun admitiendo que las leyes delimiten un marco y que el pueblo no maneje una idea acabada de
auto-gobierno, lo destacable es que los actores perciben la forma que debe tener el orden político3.
Desde esta perspectiva, para dar con un significado de la política se identificaron modos de subjetivación en los testimonios de individuos que ocuparon las calles en los derrocamientos, las noticias de prensa, las declaraciones de los militares en los días de crisis y las actas del Congreso Nacional que recogen lo que dijeron los legisladores para hacer posible un relevo; con este objetivo, se analizaron también las reflexiones académicas que interpretan lo ocurrido durante esas coyunturas. El significado de la política se ubica en un
intersticio, que es un concepto propuesto como instrumento analítico para definir el ámbito que comparten tanto lo que se opera a partir de reglas institucionales, como el trabajo que llevan a cabo las personas que aprehenden esas reglas y les otorgan un sentido. El intersticio, dicho de otra manera, evidencia que es imposible limitar la interpretación de la política al puro conocimiento de las reglas, porque ella misma está inmersa en situaciones que los actores cargan de significación (Lefort, 2010: 320). Si el marco institucional es opresivo o se percibe como corrupto, los actores pueden inventar modos para contrarrestarlo y esa división no es perniciosa, sino que aporta a la configuración de un orden vinculante. A partir de lo
anterior, se expondrá que la coyuntura de las caídas constituye un terreno de observación que mostraría que esos eventos no son consecuencia de un proceso inacabado de democracia, sino que en ellos hay una compresión de lo que significan los vínculos y el orden político.
En este trabajo se propone que, en esos momentos de crisis, la política tiene un significado que los actores perciben de un modo distintivo. Es usual que en el análisis
político exista una preocupación por el funcionamiento, menos usual es que se hable de
significado; esto ocurre a pesar de que si el funcionamiento llega a ser algo más que la mecanización eficaz de un proceso, se debe a lo que aporta el significado; es decir, la contribución que proviene del corte en el espacio sensible producido por la subjetivación de la política. Por otra parte, el significado se transmite gracias a un lenguaje común que comprenden los sujetos vinculados a la política; esto —en lugar de sugerir que los actores
políticos disponen de un código propio que les permite comunicarse— implica que los
enunciados políticos tienen la capacidad de inventar una cartografía —de trazar trayectorias
entre lo visible y lo decible, como diría Rancière— del mundo en común; es decir, no es que
los actores políticos hablen un mismo idioma, sino que la percepción del orden es un evento colectivo y esta es una destreza propia del carácter político de los actores. De aquí que el funcionamiento no respondería a la mera organización institucional; primero porque los actores de las caídas no necesitaron de instituciones operativas para reconocerse políticamente y también porque el regreso al orden ocurrió en un marco institucional subjetivado.
En los siguientes apartados se sugerirá que el encuentro y el reconocimiento en el espacio político es posible cuando la política es un ámbito plural (Arendt, 2005), un mundo habitable en el que se crean vínculos más allá de inmediatas necesidades de supervivencia. Este reconocimiento no suplanta, ni supera a la política en tanto organización o gobierno; sino que apunta a complementarla y a iluminar el valor de los aspectos subjetivos que alimentarían la configuración de mecanismos de Gobierno que contemplen la posibilidad de
que una democracia inestable no es —por obligación— una pobre democracia.
La pertinencia del intersticio: los sujetos y las reglas
En el marco de la presente investigación, la necesidad de reflexionar a partir de la
tomar distancia respecto de lecturas que reconocen los mecanismos institucionalistas como opuestos a los culturalistas (y viceversa) en los modos de hacer o interpretar la política. La
aproximación que se propone aquí no privilegia el „fuera de la regla‟ o las prácticas
informales (frente a la institucionalidad regulada) como los ámbitos propicios para reconocer
la política. Lo anterior responde —y esta es la segunda razón— a que desde el intersticio se
consideran ambas aproximaciones y, como se ha sugerido, procura comprender que la
política no necesariamente (o no exclusivamente) se refiere a una forma de organizar la sociedad en la que cada elemento pueda ser ubicado, definido y sea posible anticipar, a partir de principios predeterminados, los resultados de la interacción de esos elementos. Lo que el intersticio destaca en la política es la presencia de una manera de dividir el espacio y ocuparlo; al tiempo que, en esta actividad, se registra la incorporación de un sentido subjetivo que aporta en la constitución del campo de la política. En otras palabras, el intersticio es un ámbito compuesto que permite múltiples aproximaciones complementarias en la definición de lo político, es el ámbito que permite analizar la política como una actividad autónoma que está caracterizada por una dimensión especial.
Como consecuencia de lo anterior, al leer desde el intersticio las caídas y el juego de los actores no se está desconociendo la importancia de disponer de reglas convenidas, en tanto son un marco imprescindible para la existencia de la sociedad. Lo que rescata, sin
embargo, es que el sentido de la política encierra algo más que solo esas reglas. Las reglas
son un punto de referencia en el espacio político, que llega a distinguirse como una marca adecuada de ese ámbito porque es una señal que se significa subjetivamente. En lugar que la pertinencia de la regla responda solo a su eficacia o a que pueda auto-referenciarse (es decir que su significado responda por sí mismo), una regla importa porque se significa. En este
sentido, leer desde el intersticio significa —otra vez con Rancière— que las particiones de lo
sensible tienen lugar cuando los acontecimientos se hilan a través de cualidades expresivas que responden a su propia lógica; dicho de otra manera: permite pensar la política más que como un hecho instituido, como una actividad autónoma e instituyente, en la que el actor hace algo más que ejecutar lo que dicen las reglas.
ajena a la cotidianidad de los actores, como porque la división que la regla produce en el campo de experiencia es tajante: hay un „dentro‟ y un „afuera‟; a condición de quedar marginados, un participante debe adscribirse a la disciplina partidaria, un funcionario sigue
un reglamento de contratación o de carrera4.Sin embargo, una persona puede percibir el orden
y actuar políticamente, sin que le interese la forma en que funciona el Estado u otra organización; sea porque su rutina está determinada por otros detalles o porque no busca aprender leyes, convertirse en un político profesional, o formar parte de la administración pública u otro tipo de movimiento u organización privados. En la pista de este argumento puede sostenerse que, en el contexto de las caídas presidenciales, la operación institucional no se suspendió, pero produjo resultados distintos a los esperados. Aunque se esperaba que los presidentes terminaran sus mandatos, al deteriorarse la autoridad de éstos, la preocupación de los actores no se enfocó en corregir la maquinaria interna de las instituciones, ni detrás de sus demandas tomaba forma un proceso hacia su profesionalización como políticos; en cambio, la actividad de los actores en esta coyuntura ató identidades, funciones y capacidades en la configuración de la experiencia política. Desde el intersticio es posible concebir que en la coyuntura de inestabilidad que provocó las caídas, no se produjo
un total colapso del sistema y, en cambio, los problemas se podían atender „por fuera‟ de la
noción negativa de un mecanismo defectuoso, lo que permite dar otro sentido a la política afectada por la crisis.
Como señala Rancière, en el lenguaje convencional se ha llamado política “a la agregación y consentimiento de las colectividades, la organización de poderes, la distribución de lugares y funciones y los lugares de legitimación de esa distribución” (1996: 43), pero todas estas características que enuncian lo político no llegan a fundamentarlo. Sobre esta misma línea de razonamiento, convencionalmente, la democracia aparece como “una atención escrupulosa a las instituciones garantes del poder del pueblo [y] la adecuación de las
formas de ejercicio [formal] de lo político al modo de ser de una sociedad” (1996: 124); sin
embargo, la democracia no puede quedar reducida a cierta equidad o equilibro en las relaciones entre sujetos y leyes, porque un balance perfecto solo podría alcanzarse a costa de suprimir todas las diferencias. La idea de la relación entre los sujetos y las leyes hace otro aporte al análisis de la noción de democracia, en tanto ésta podría interpretarse como una manera de ser de lo político y un modo de subjetivación de la política; otra vez desde el
intersticio: así como la política es más que solo sus reglas, la democracia es más que un procedimiento. En el caso específico de las caídas se aprecia que cada evento estuvo presidido por procesos electorales democráticos. Si bien una democracia electoral es un marco legal que permite que todo sea visible en un mundo sobre el que todas las partes se encuentran y “donde todo puede arreglarse por vía de la objetivación” (1996: 130) —lo que, en concreto, significa que llegó a la presidencia el candidato que obtuvo más votos—; estos eventos muestran que hubo una democracia que operaba de una u otra forma, pero que la subjetivación de la política tuvo lugar sobre un plano paralelo a la formalidad de ese proceso democrático. Desde el intersticio, lo que brinda la lectura de este paralelo es que no hay una descomposición de la política, sino que las reglas no llegaron a significarse. En conclusión, el
intersticio se convierte en el dispositivo que permite pensar la tensión de la relación entre los
sujetos y las reglas, circunstancia que es propicia en coyunturas de crisis. La excepción en la
que entra la regla durante las caídas y que perciben los sujetos no es paralela a su „deber ser‟,
sino que es simultánea, pero diferenciada. Gracias a la herramienta analítica del intersticio puede interpretarse hasta dónde va la regla y los alcances de la subjetivación definir la
política como un fenómeno de reproducción y aparecimiento.
El aparecimiento de la política
Lo que se ha mencionado acerca del carácter subjetivo de la política, así como del examen —
desde el intersticio— de las relaciones entre los sujetos y las reglas, lleva a hacer una
distinción entre la reproducción y el aparecimiento de la política. Jaques Rancière emplea el
término aparecer en la medida que el análisis de otras fuentes5 muestra que la política ocurre
en una multiplicidad de lugares; no solo los espacios públicos o académicos son sus ámbitos de acaecimiento o análisis, ni la presencia de un conflicto (como la lucha de clases) es el único propulsor de la política. Es comprensible que un suceso coyuntural como una revolución (o, en el presente estudio, un derrocamiento presidencial) dé cuenta del
constreñimiento del espacio político6 y permita que los actores se reconozcan como iguales
(Arendt, 1993), pero lo que se quiere destacar es que el aparecimiento de la política es un acontecimiento distinto de la pervivencia de un esquema de reglas.
5Por ejemplo textos literarios escritos por trabajadores como los que analizó Rancière en La noche de los proletarios (2010) y que ejemplifica como instancias que partieron lo sensible.
Rancière desarrolla su pensamiento en un contexto pos-marxista y procura separar lo político de lo social, con el fin de dar con una reflexión que sea específica de la política; es decir, encontrar qué hay más allá del análisis enfocado en las formas de convivencia y de gobierno. Lo que este autor reconoce como específico es que los actores de la política son capaces de incidir en este ámbito y visibilizar lo invisible; es decir: pueden transformar el espacio sensible. Esta transformación ocurre de manera independiente (lo que no quiere decir opuesta) al marco legal e incorpora un componente que antes no era tomado en cuenta y que comienza a ser reconocida por otros actores que ocupan el espacio. Para que la política
visibilice lo invisible, para que a través de la política aparezcan individuos o grupos que son
reconocidos como interlocutores válidos o como sujetos cuya presencia provoca un corte en el espacio sensible, la política ha de diferenciarse de la reproducción y difusión de un esquema de administración y gobierno (Rancière, 2009: 38). Es necesario enfatizar esta idea: la política, en lugar de convertirse en la herramienta que emplean sujetos que incumplen la regla, se convierte en un principio que permite que los sujetos incursionen en el campo político sin que el recorrer un pasaje institucional sea una condición ineludible. Como se verá más adelante, identificar cierto sentido en la regla o que la regla tenga un significado para el actor, es necesario para superar la coyuntura de la caída del presidente; pero si se equipara la conjunción de un régimen determinado de opinión y un régimen determinado de derecho con una noción de identidad de la sociedad consigo misma, se suscitaría “una estructura de lo visible que es aquella donde todo se ve y [no hay lugar] para la apariencia” (1996: 130).
El criterio arendtiano (mencionado al final de la sección en la que se trató la dimensión subjetiva) de que la política no es solamente la supervivencia o reproducción de la sociedad humana, coincide con este principio de apariencia en el sentido que la política no es homogénea con el modo de existencia corriente. La apariencia tiene que ver con un „aparecer‟ en tanto nueva manifestación; pero en este punto lo que discute Rancière es que el derecho circule libremente en todas las partes de la sociedad y por ello proporcione su aspecto a la política, cuando en realidad “el Estado experto [en su tarea de encontrar la exacta concordancia del orden de derecho y el orden de los hechos] suprime todo intervalo de apariencia, de subjetivación y de litigio” (1996: 142). Dicho de otra manera: la política aparece porque opone un criterio subjetivo a la noción de que la realidad política es aquella
que aparece normada; mientras que —como ya reconoció Maquiavelo— es el actor de la
Al distinguir aparecimiento de reproducción se subraya que este último concepto supone la preexistencia de un esquema que requiere satisfacer un principio válido y representativo; mientras que el aparecimiento ocurre desligado de una regla específica. Para
Rancière la reproducción —en tanto puede entenderse como la distribución de un esquema o
la generalización de un sistema de legitimaciones— es „policía‟ y no „política‟. Este autor
señala que policía no son los „aparatos del Estado‟, porque aquello supondría una oposición
entre Estado y sociedad, como si una máquina fría impusiera su orden en la vida de la sociedad vulnerable y sin acceso a aparatos. Lo que esta idea aporta a un análisis desde el intersticio es mostrar al Estado, en vez de cómo una institución que se reproduce separada de la sociedad, como un instrumento de la administración, un ámbito de confluencia de necesidades y demandas, así como un foco de pertenencia a una comunidad. Esta dimensión del Estado se relaciona con la idea de política que se ha venido trabajando y tiene un carácter simbólico, que puede explicarse a través de la idea de Rancière cuando insiste en que “la policía no es tanto un disciplinamiento de los cuerpos como una regla de su aparecer” (1996: 45); regla que menoscabaría las características del aparecimiento que, según se dijo, tiene lugar sin la determinación de reglas específicas.
Desde esta reflexión la política es una forma de vínculo humano que vuelve maleable la regla, no anula la regla; concibe, en cambio, un espacio que no restringe la aparición a sujetos reglados, porque la política no espera la aparición de un ente predefinido, sino la incorporación de una diferencia con sentido. Hannah Arendt reconoce que la política circunscribe su principio básico a la pluralidad, que se refiere a la coexistencia de una variedad de fenómenos, al tiempo que afirma que la realidad es distinguida como un orden con sentido, en la medida que se percibe desde múltiples facetas (Arendt, 2005: 117). La pluralidad del mundo político se manifiesta cuando varios aportes desde distintas
perspectivas contribuyen a su definición. Una lectura desde la pluralidad —que considere la
aproximación de diferencias con sentido— permite romper con el círculo en el que caben
nada más que nociones opuestas (la institución eficaz, frente a la deficitaria, la cultura política cívica, frente a la ingobernable); pero es importante, además, porque incorpora una especificidad al mundo político. El mundo concreto del orden político no existe, al menos como pretende existir el mundo fijado por reglas; en cambio, es el relato de los significados políticos lo que crea el escenario y el mundo en el que el significado figura como objeto (Rancière, 1996: 72 y 77).
De esta manera, la aproximación desde el intersticio propone, primero, que la democracia no se agota en las reglas; es decir que la democracia no podría ser definida como débil o insuficiente por el hecho que la estructura institucional-legal no ofrezca los resultados esperados. En segundo lugar, propone que la dinámica de los actores es un evento diferente a
las razones que provocan la inestabilidad, es decir que no hay inestabilidad porque los actores
La política como vínculo
Este trabajo propone que la política plasma un mundo en común —más que por el
entrelazamiento de cierto número de actos— por la posibilidad abierta de redistribuir modos
de ser y de ejercer maneras distintas de ocupar el espacio. Hay un vínculo entre actores no
supeditado a una „ciudadanía institucional‟ porque, bajo esta condición, la libertad de aparecer políticamente dependería de hacer uso público y en todas partes de un tipo de razón ciudadana; es decir que el aparecimiento solo podría estar determinado por reglas. El sentido de la praxis política no se encontraría en el funcionamiento de las instituciones, porque ésta se ordena a través de principios que se sustraen a la observación convencional de datos concretos. Pensar de esta manera la política sugeriría que el hecho político es inobservable; no obstante, lo que se propone es la asunción de que se trabaja con un fenómeno contingente y no auto-referido. Del mismo modo, parecería que este ejercicio opta por una indeterminación de lo social, pero lo que se propone es que el vínculo político “no elimina la
división social, sino que la convierte en diferencia política” (Lefort, 2004: xvii).
Aquí se sugiere que los sujetos políticos estarían relacionados a partir de nudos distintos a los que proporcionarían la división del trabajo, una estructura de clase, la pertenencia a un grupo o la identidad construida a partir de un símbolo. Si bien en cualquiera de estos nudos podría generarse una situación política; la idea es que ninguno es esencial para la política, que existe sin que clase o identidad jueguen un papel preponderante. Dentro de esta reflexión, la política demanda una participación plural y empática, sin la cual “el significado sería completamente diferente o simplemente inexistente” (Arendt, 2003: 90). Si
la política fuera un espacio de reglas, los sujetos no aparecerían—en el sentido de cortar el
espacio porque incorporan un nuevo sentido—, sino que incursionan en un ámbito de
La heterogénea composición de los grupos que intervinieron en las caídas daría cuenta de esta noción de vínculo político. Lo que tienen en común trabajadores, indígenas, militares, profesionales de clase media, legisladores, etc., no obedece a un principio general de identidad en el que identidades específicas se encuentran; sería, en cambio, un nexo que
responde a un principio político. Como se anticipó con Lefort (2004), la política desplaza (no
anula) toda identificación social, introduce una distinción que se aparta de la tradición
platónica de la póliteiaque “es el régimen de la comunidad fundado en su esencia, aquel en
el que todas las manifestaciones de lo común dependen del mismo principio” (Rancière, 1996: 86), mientras que las manifestaciones de lo común son plurales, subjetivas, distorsionantes y existen en un orden contingente.
¿Qué es una situación política?, ¿qué, entonces, distingue la política de otras formas de sociabilidad humana? La particularidad se desprende de la misma idea de vínculo. En política, lo que vincula a los seres humanos es, en primer lugar, la factibilidad de ejecutar algo que no se relacione con la reproducción de la vida o de la sociedad. Las cosas que pusieron en marcha los actores que se movilizaron durante las caídas no eran una respuesta operativa a la administración pública, la representación, ni significaba para ellos una actividad remunerada. Al hacer política, entonces, una persona emprendería algo que no le
ayuda a „producir‟ aquello que es útil para dar forma o seguir un principio organizativo o,
litigios y vínculos que no están contemplados en la institucionalidad y que, no obstante, se perciben y aportan en la configuración del orden político.
La política tiene que ver con la capacidad de percibir un orden; capacidad que, de nuevo, remite a la subjetividad. La importancia de rescatar la subjetivación radica en que es un proceso que propone, como escribe Rancière, “una nueva división de lo sensible común, de los objetos que este sensible contiene y de la manera en que los sujetos pueden designarlos y argumentar sobre ellos” (2011: 133), al tiempo que “el reparto de lo sensible […] hace visible la existencia en común y de los recortes que allí definen los lugares y las partes respectivas” (Rancière, 2009: 9). Si bien el marco de acción —definido a partir de una
regla— demanda más la aplicación a un principio, que la adición de nuevos elementos no
contemplados por la regla; ésta se completa en la medida que su apropiación simbólica requiere de la acometida, a menudo impetuosa, de nuevos elementos. De ahí que el orden político también descanse en el intersticio y que, por tal razón, no pueda devenir una norma fundamental que rija la organización social. El orden político se remite a la percepción de una situación, es un embalaje de límites indistintos para lo que puede aparecer en la esfera de los asuntos humanos, que se modifica con el tiempo y que cambia más allá de la agencia directa de los actores, sin que por ello deje de ser perceptible. Este orden es la regla a escribirse o la regla en constante escritura que, durante las caídas, se percibe no tanto cuando se incorporan nuevos elementos, cuanto el momento en que es indudable que se ha descompuesto y que en consecuencia el mundo ya no es un lugar que se comparte.
El desgaste de la autoridad
Como se mencionó más arriba, el orden policial pretende normar el aparecer político,
mientras que la aparición de lo humano en lo político —la subjetivación de la política—
sugiere una separación del juicio acerca del uso de recursos policiales; lo que quiere decir que, distanciado de la dimensión policial y compenetrado en la política, el mundo se definiría como una “comunidad virtual […] sobreimpresa al mundo de los órdenes y las partes que da uso a las cosas” (Rancière, 1996: 90). Lo anterior quiere decir que se cuestiona que solo sea
válido lo concreto del orden policial; es una comprensión que —sin que su pretensión sea
subjetivación de la política. Una autoridad se deteriora porque se centra en la concentración de poder y en el ejercicio de la dominación; este procedimiento, al favorecer lo policial sobre lo político, descuida la posibilidad de atender la enunciación simbólica de la regla; en otras palabras descuida el proceso por el que la regla se significa, no toma en cuenta, como diría Rancière, las manifestaciones estéticas en torno a la regla. En este trabajo sobre las caídas presidenciales, examinar el desgaste de la autoridad de los presidentes es importante en la
medida que muestra que conceptos relacionados con la institucionalidad como poder o
gobierno, por sí mismos, no se incorporan al orden ni fortalecen el vínculo político. Lo que se propone es que tanto el reconocimiento como el ejercicio de la autoridad es lo que permitiría que los arreglos institucionales hagan aportes al orden político; porque reconocer la autoridad es incorporar una dimensión simbólica al mando, mientras que ejercer autoridad (y no mando) como lo hicieron los actores políticos en la coyuntura de las caídas, es lo que faculta a señalar que se percibe lo político, ayuda a configurarlo o denunciar su descomposición.
En el contexto de las caídas presidenciales, la autoridad del presidente también se desgasta por la reincidencia de mecanismos irregulares (nepotismo, corrupción, cabildeo entre líderes de partidos) que causan animadversión a los ciudadanos. Se concede que incluso en un hipotético contexto de políticos probos y equilibrio de poderes y responsabilidades habría desgaste de la autoridad; así como que el mismo ejercicio del poder desgasta la autoridad. Sin embargo, desde la subjetivación política el problema es que los actores no reconocen la presencia del presidente como un segmento en la repartición de lo sensible: ya no encuentran a la autoridad, esta ha dejado de percibirse aún cuando los espacios policiales puedan seguir operando. Si la autoridad ya no está, el orden político se distorsiona y la subjetivación de la política —que introduce una nueva “capacidad de enunciación que no era identificable en un campo de experiencia dado” (Rancière, 1996: 52)— apunta a una recomposición del orden.
Lo anterior permite incorporar un detalle a la idea de representación en torno a la autoridad legítima del presidente: no solo representa a los electores, sino que representa el orden político en el que convergen los actores de la política. Durante las caídas —si se
emplea un término familiar a la democracia representativa—, el presidente no solamente
sin autoridad es imposible, por lo que en ese contexto de crisis y distorsión se regresa al
orden a través de una institucionalidad vacía de contenidos7. En la línea de Lechner —que en
términos de sociología política supone un anclaje frente a la reflexión más teórica de
Rancière, Lefort y Arendt—, el orden político no se funda para siempre en el tiempo, ni se
establece para la permanencia de un sistema; sin embargo el sentido del orden pone límites a la incertidumbre de la pluralidad; lo que no implica que el orden deba homologar la pluralidad para que devenga funcional, sino que define contornos, se convierte en un “sustrato en el que se gesta la creencia de legitimidad” (Lechner, 1998: 85); el orden no es la legitimidad del presidente, ni es algo que dependa de él solamente, pero es su punto visible. Se podría decir, entonces, que no se desgasta la autoridad de un representante de la ley, sino la figura que conecta la ley con sujetos que no están interesados con la ley per se; el
presidente es una conexión que aporta verosimilitud a las instituciones.
Lechner comprende que no hay una predisposición racional al cumplimiento o la eficiencia de la regla, tampoco su pensamiento asume la autoridad como un esquema fijo de organización social; en cambio hay una “fe en la autoridad que prevalece sobre las rutinas y las reglas” (Lechner, 1998: 150). Al pensar el orden, los sujetos no están concibiendo un parámetro, sino que es un fenómeno sin representación inmediata que pueden compartir
gracias al sentido común. Arendt (2003) sostiene que el sentido común es una capacidad
añadida a los otros sentidos que nos faculta a integrarnos en comunidad; el sentido común “ajusta los actos particulares e idiosincráticos de los otros sentidos a un mundo que habitamos en común […] bajo la condición humana de la pluralidad, los hombres comprueban y contrastan sus datos sensoriales con los datos comunes de los demás” (Arendt, 2008: 78).
En la compresión de la política estas ideas que se han referido —verosimilitud, fe,
sentido común— no suelen recibir demasiada atención. Pero si con Rancière se considera que
la política es un fenómeno estético —en el sentido que la aparición de un nuevo sentido que
se comprende recompone el espacio político—y por ende una cuestión de apariencias (1996:
98), se dispone de un argumento para abordar la política como contingencia; en otras
palabras, como un fenómeno en constante transformación cuya actualidad no puede reducirse
al rango de lo que es posible, “a un conjunto de causalidades entre las que se seleccionan solo aquellas que producen los fines deseados” (Lechner, 1995: 69).
El margen de lo posible en política no debería estar determinado por una estructura de reglas; el margen de la política debería considerar extender la esfera del aparecer, detenerse en las relaciones y —en la tendencia de política aristotélica que rescata Rancière—constituir una dramaturgia, “inventar el argumento en el doble sentido, lógico y dramático” (1996: 115). Los actores pueden perfectamente asumir el cumplimiento de la ley que eso no será suficiente para la política; el orden político necesita del escenario y el argumento, de un espacio plural y un vínculo en el que se prefieran las imposibilidades verosímiles a las posibilidades increíbles8; es decir, que esta idea de orden se convierta en un referente por medio del cual (como escribe Lechner con respecto a la utopía) “se conciba lo real y se determine lo posible” (1996: 34).
Orden político y regreso a una institucionalidad vacía
Se señaló en las secciones anteriores que el orden político no es una ley o arreglos exteriores que se imponen a los sujetos; en cambio, este orden se configura (si bien no aisladamente sí) paralelamente a los procesos de construcción institucional. De lo anterior se infiere que al hablar, por una parte, del establecimiento de instituciones para la administración y, por otra, de las relaciones mediadas por un vínculo político, se están refiriendo dos cosas distintas. No son instancias contradictorias, pero en el marco de construcción institucional se espera que los sujetos, para relacionarse, converjan en la norma; mientras que la asimilación u obediencia de la ley no son una capacidad política y la adscripción a la ley no crea una comunidad. Dicho de otra manera: la relación institucional ocurre a través de la regla y su asimilación; en cambio el orden político sugiere un vínculo distintivamente humano en el sentido que no apunta a la mera conservación y las relaciones tienen lugar en un contexto de pluralidad. Otra diferencia ocurre respecto de la durabilidad de cada uno de estos fenómenos: un arreglo institucional apunta, por principio, a la reproducción y la permanencia; el orden político es contingente.
Esta explicación plantea un problema porque, en el contexto del presente estudio, se percibe que la situación de inestabilidad política se resuelve con un regreso a formas institucionales. Las personas que durante las caídas ocuparon las calles planteaban demandas que ponían en tela de juicio la conveniencia del orden institucional: los partidos son corruptos, el presidente no es un legítimo representante, la práctica de la política es deshonesta, la misma democracia no es un mecanismo de gobierno idóneo porque solo fundamenta la inequidad social. Sin embargo, no hay nuevos cuestionamientos cuando los militares relocalizan el centro del poder en un nuevo presidente y cuando el Congreso, a través de un mecanismo constitucional cuestionable, designa un nuevo mandatario cuyo gobierno no procesa las demandas planteadas durante las movilizaciones. Por el contrario, la
crisis termina porque las demandas se interrumpen y el orden político —una vez suprimida la
fuente de distorsión— se recompone.
Esto se debería a que el regreso se produce hacia una institucionalidad vacía de contenidos o, dicho de otra manera, hacia un arreglo institucional que solo en su exterioridad semeja lo que se espera de una institución operativa. Los testimonios y las explicaciones académicas de los derrocamientos presidenciales no permiten sugerir que la irregularidad de la transición sea un evento que pasa desapercibido para los actores políticos. El indicio de que hay una explicación sobre los acontecimientos se justificaría en el hecho de que “los individuos y las colectividades políticas se subjetivan según reglas y principios de fidelidad a las reglas” (Rancière, 2011: 133). Esta fidelidad no da cuenta de una aceptación social respecto de los principios de dominación contractual (policiales) de las reglas, sino que los
individuos requieren que las instituciones sigan referenciando —no determinando— el
intermitente que tiene momentos, lugares, apariciones. No se trata de dejar indefinido al actor, sino que la apariencia (el aparecer) es la pista de la definición política.
Lo que reconocen los actores es que la base institucional no es el principio filosófico de la comunidad política, lo fundacional es la distorsión que se produce por el aparecimiento de nuevas voces en el espacio político. Si la política persiste en medio de la inestabilidad es porque esta “existe mientras haya formas de subjetivación singulares” (1996: 153). Los derrocamientos, antes que un nítido desacato o un vuelco de la voluntad de los actores hacia un mundo sin leyes, dan cuenta que los actores se convierten en “militantes de su propia integridad” (Rancière, 1996: 154); los actores reivindican un vínculo propio y un sentido en las instituciones que referencian el ámbito de la política. No es el orden político que se
reconozca gracias a ley, sino —como afirma Lechner sobre la noción arendtiana del sentido
común— gracias a certezas básicas que alimentan la vida cotidiana (1996: 53). Este es un problema de vida cotidiana porque se consideran detalles „ínfimos‟ de la „vida ordinaria‟, en lugar de atender la „vida de la regla‟; es decir: se nota la vida de aquel que aparece y no cabe en la regla. La vida cotidiana es la vida del presente, no es la aburrida vida rutinaria de las actividades de subsistencia, sino la vida donde se proyecta el tiempo diario de la experiencia en el que se está junto a otros. Cuando se refuerza el vínculo político, se estaría, puede
decirse, frente a una cotidianidad política en la que se reconoce que “las „reglas de juego‟ de
por sí no ofrecen seguridad, pues su significado [o sus posibilidades de significación] residen
fuera de ellas” (Lechner, 1998: 149). Dicho de otra manera: no hay un en sí de la regla, sino
que ésta ha de considerarse sujeta a una construcción constante y que esto no es un signo de debilidad institucional.
Pueden mencionarse otras dos cuestiones problemáticas que afectan a esta noción de orden: su falta de referentes establecidos y su evanescencia. Para reconocer el orden político los actores no disponen de principios esenciales o criterios de clasificación que evidencien el orden político entre otros órdenes de la vida; pero éste se reconoce gracias a las certezas
básicas que alimentan la vida cotidiana en “la conjunción de un conjunto de situaciones y
actividades, así como la significación que cada de una ellas adquiere en relación a las demás
[cotidianidades]” (Lechner, 1998: 56); de esta manera se reconoce lo significativo, la
novedad de la apariencia. Si bien en el orden hay un carácter comunicante, se convierte en un
referente colectivo solo en la medida que no referencia la igualdad, sino la diferencia, no a lo
no borra, por ejemplo, las inequidades sociales o la misma complejidad de la sociedad; es decir, que no aporta en la producción de una sociedad más igualitaria a través de mecanismos institucionales. En la coyuntura de las caídas presidenciales o de las movilizaciones, las diferencias de clase, no fueron impedimentos en el sentido que hayan sido aspectos sobre los que se debía discutir y llegar a acuerdos antes de emprender cualquier acción de protesta.
Esta idea también puede encontrarse en los Discursos de Maquiavelo. La reflexión en torno a
la república no es una reflexión sobre la democracia; más bien admite que las aspiraciones de cada grupo social (nobles, plebeyos) difícilmente se pueden reconciliar, por lo que lo importante es señalar que hay una igualdad de relación y no de situación en la medida que todos participan de la construcción de lo público.
El orden político no se suma a la inmediatez, hay una trascendencia incuantificable, no es “una realidad objetivamente dada; es una producción social [que no corresponde] a un
actor, sino que tiende a ser emprendida colectivamente” (Lechner, 1998: 110). Esta
incertidumbre de la vida humana que se deriva de la idea de un orden evanescente, en el sentido que no hay una línea de partida que señale con precisión cuando empieza o aparece una acción o acontecimiento político, fue para el pensamiento de la Antigüedad un argumento supremo (Arendt: 2008: 93). La modernidad, por el contrario, intenta invisibilizar la incertidumbre con la noción de progreso inagotable; pero por los vínculos de la política se reconoce que no es una anormalidad preocupante que en la línea del progreso aparezcan cortes y divergencias. El derecho formal estaría en esta línea de progreso; para la política si el pueblo no se parece a la ley que procura designarlo no se está enfrentando una política defectiva; porque ésta atiende la apariencia de los actores antes que una supuesta realidad institucional contrastable. Como se anotó en el apartado anterior, en el intersticio la política crea una dramaturgia, inventa un argumento y el escenario: pone en marcha el mundo en común.
En el contexto de esta investigación, finalmente, se intentará mostrar que durante las coyunturas el afianzamiento del vínculo político, puede ser pensado como una forma de
III. Aproximación metodológica
El trayecto del estudio y relación con las fuentes escogidas
Esta investigación ensayó una reconstrucción del relato de las caídas de los presidentes. Mi trabajo buscó definir las características del escenario a partir del testimonio de actores que participaron en los eventos y explicaciones académicas (que adquirieron carácter testimonial) sobre ellos. El levantamiento y la organización de argumentos alrededor de estos acontecimientos no pretende ser un análisis del discurso; más bien se buscó en lo que se dijo en torno de las caídas, elementos que permitieran configurar el sentido de la política. Se discutieron registros no en su individualidad, ni en la diversidad de opiniones sobre un mismo hecho; sino para distinguir que en la manera como se solucionó la crisis hay una coincidencia respecto de lo que es la política. Por ello, más que una enumeración detallada de hechos contrastables o un análisis discursivo de las opiniones vertidas; la idea fue analizar la subjetivación de la política en la medida que plantea un corte del campo de experiencias que deshace y recompone la organización sensible de la comunidad (Rancière, 1996: 58). Dicho de otra manera, más que testimonios individuales, lo que se puso en práctica buscó demostrar cómo la incorporación de sentido en la política responde a una construcción colectiva de sentido.
Esta línea de análisis persigue mostrar que las coyunturas críticas de las caídas presidenciales en Ecuador no son instancias catastróficas, sino momentos en los que un significado, que fundamenta un mundo en común, es adscrito al orden político. El sentido que se persigue extraer de esos testimonios es que la ley puede generar su propia contradicción.
Su modo de funcionamiento —del que siempre se espera sea el correcto— no puede abarcar
todo aquello que puede ocurrir, eso es imposible. Por lo anterior y en el contexto de las caídas presidenciales, la movilización, el papel de los militares, la transición que orquestan los
legisladores —que aparecen como una „disfunción‟ desde una lectura institucional— se
Junto al hecho de que el ejercicio interpretativo propuesto sigue una ruta quizá menos
convencional del análisis político —por la manera en que la teoría propone problematizar los
casos estudiados— una dificultad que se tuvo que enfrentar en el estudio de las caídas fue
que, para eventos diferentes, había que encontrar una explicación generalizable. Esta explicación no se podía deducir del marco institucional, ni de la cultura política de los actores. Cada caída muestra una configuración de escenario, temporal, institucional y de actores diferente. La presidencia de Bucaram duró pocos meses, Mahuad tuvo que afrontar la peor crisis económica de la historia republicana y Gutiérrez cayó aun cuando se hizo de muchas instancias de poder y la economía se había recuperado. Por otra parte, la solución
propuesta fue una fórmula que se pudo sugerir solo a posteriori, es decir, no se ofrece una
cadena de causalidad que explique qué provocó las caídas. Por lo anterior, la respuesta
metodológica —como se desarrolló en la sección anterior— fue pensar las caídas desde un
intersticio. Los acontecimientos políticos no se deducen de un entramado de reglas, sino que se interpretan; lo que implica que se perciben y son comprendidos de un modo particular. Los actores saben o anticipan algo sobre estos acontecimientos, los actores elaboran su significado y esta construcción de significado, no es azarosa o individual; por el contrario, es un sentido que se configura colectivamente.
Hay una segunda dificultad que tiene que ver con la respuesta que se da a la pregunta ¿quiénes son los actores? Esta pregunta es pertinente porque definiría cómo se obtendrían testimonios. Para la caída de Bucaram (la primera cronológicamente, la más breve y la primera estudiada) se propusieron entrevistas para levantar testimonios. Al haber clasificado a los actores en tres grupos (la gente que se movilizó, los congresistas y los militares) realicé entrevistas semi-estructuradas a informantes clave9. Adicionalmente, con el fin de ubicar a actores que movilizaron en las calles, pedí a los entrevistados referencias respecto de otros
actores involucrados en las movilizaciones10 y, así mismo, mantuve conversaciones con
personas que participaron de los derrocamientos. Sin embargo, aun cuando hubo testimonios que iluminaron el evento desde una perspectiva interesante, lo que se dijo en las entrevistas y lo que decían otros participantes necesitaba aportar a la idea de orden político; en cambio, en la generalidad de testimonios, la mayoría de veces, se sostenía haber participado porque se sentían indignados o porque la situación era intolerable. Este dato no daba una idea del orden:
9Las entrevistas a Bertha García, Paco Moncayo y Rosalía Arteaga.
eran testimonios repetitivos, se podía anticipar que las razones „inmediatas‟ serían las mismas. El desarrollo de la investigación mostraba, no obstante, que un texto, en especial las fuentes primarias, era susceptible de convertirse en un artefacto que contuviera la agitación
del momento y que, además, había sido escrito —incluso los textos académicos más
especializados—al „calor‟ de la coyuntura. Fue posible considerar que la información no se
desvirtúa en el tiempo: la sensación perdurable está adjetivada —quizá por eso los
testimonios actuales son reminiscencias de lo mismo—. El recuerdo (y lo que se olvida) es
selectivo, los libros funcionaron como datos y testimonios que se sitúan próximos a esos eventos. Los testimonios de actores particulares y que, generalmente, se referían al presidente mostró que los actores, antes que personas identificables, fueron quienes entraban a un campo de indeterminación: quienes se movilizaron, reglón aparte de su adscripción o actividad
profesional, fueron políticos cuando actuaban. Es decir, no se mostrará al diputado como más
político, frente al civil que salió a la calle o el militar, sino que todos son políticos cuando la coyuntura los sustrae de la influencia de la realidad de la regla institucional. Su tarea no fue negar el valor de las instituciones, sino hacer surgir una nueva relación del actor con éstas. Escribe Lefort cuando discute el trabajo de Maquiavelo: “la tarea del hombre político en la crisis […] es abandonar las vías comunes y reclutar unos combatientes que se saben en la necesidad de luchar” (2010: 439), de lo que se desprende que, en ocasiones, el único modo de recomponer el orden depende de tomar distancia respecto del cumplimiento formal de la regla.
El material en torno a las caídas presidenciales es variado. Metodológicamente —para
desaprovechado en perjuicio del pueblo ecuatoriano. En este mismo sentido es interesante el libro que publicó Carlos Mendoza jefe del Comando Conjunto de las FFAA en 2000. Su crónica habla del papel de los militares en la caída e insiste en el rol estratégico que tuvieron
en la sucesión, si bien al contrastar esta fuente con discursos que aparecen en la Revista de
las Fuerzas Armadas, saltan a la vista fracturas internas y la descomposición sufrió el
Ejército después que se firmara la paz con Perú. El libro de Hanz Dieterich, La cuarta vía al
poder, recoge valiosas entrevistas coyunturales, en tanto conversa con líderes indígenas y coroneles insurrectos que participaron en la asonada en contra de Mahuad y harían parte del proceso electoral del año 2002. Otra fuente muy importante son las actas de las reuniones del Congreso los días 6 de febrero (1997), 22 de enero (2000) y 20 de abril (2005). Dan cuenta de las mociones presentadas, de la manera en que se interpreta la norma constitucional, de los argumentos que esgrimen los legisladores para justificar su proceso; de esas discusiones se infiere cómo ese procedimiento era necesario para poner fin a la crisis y restaurar el orden político.
Estos testimonios, pese a que se enfocan en los mismos acontecimientos, exponen ideas que son muy distintas. La diferencia, sin embargo, no llega a convertirse en una contradicción irreconciliable. Desde una perspectiva teórica, esto se podría explicar (de nuevo con Rancière) sosteniendo que el diálogo político no versa sobre la óptima distribución de las partes, sino la manifestación óptima de la repartición (1996: 62). Es decir que de esos testimonios se rescata, precisamente, sus diferencias en la medida que son declaraciones que
se incorporan al espacio regulado —pero en crisis— de la política, para recomponer el
sentido. La coyuntura de las caídas, por otra parte, permite que varias voces se incorporen a la definición del sentido de la política.
CAPÍTULO 2
LA CAÍDA DE ABDALÁ BUCARAM
I. Un exabrupto de la política
Abdalá Bucaram apareció en el panorama partidista ecuatoriano cuando llevaba a cabo actividades de reclutamiento en barrios suburbanos de Guayaquil (Freidenberg, 2003: 116), durante la campaña presidencial de Jaime Roldós, su cuñado. Roldós ganó las elecciones de
1979 como candidato del partido Concentración Fuerzas Populares (CFP)11; pero su muerte y
la de su esposa Martha Bucaram en 1981 afectaron drásticamente circunstancias, institucionales y familiares, porque alteraron los márgenes en los que se movía Abdalá Bucaram. Hasta entonces, él había ocupado un segundo plano respecto de sus familiares, pero utilizó el mito de esas muertes (Freidenberg, 2003) para posicionarse en la contienda política. Su posicionamiento fue consistente y progresivo, había sido nombrado intendente en el gobierno de Roldós y después ocupó, si bien por poco tiempo, la alcaldía de Guayaquil en
198412 a la cabeza de su propia tienda política: el Partido Roldosista Ecuatoriano (PRE). Dos
veces se postuló a la presidencia, de manera que después de haber perdido el balotaje de 1988 y alcanzado el tercer lugar en 1992, las elecciones presidenciales de 1996 resultaron terreno conocido para el candidato del PRE. En esta última participación, si bien Jaime Nebot, del Partido Social Cristiano (PSC), lo derrotó en la primera vuelta celebrada en mayo de 1996 (por el estrecho margen del 1%), Bucaram se movió con habilidad en la contienda electoral. Carlos De la Torre (1996) sostiene que las elecciones son un escenario donde se avivan contrastes y canalizan emociones que son aprovechadas para exponer las inconsistencias de las instituciones políticas y denunciar que los contendores solo velan por sus propios intereses. En efecto, Bucaram se presentó como el candidato de los pobres y explotó el rechazo que Nebot suscitaba entre los votantes de la Sierra. En julio de 1996, el roldosista
11Partido populista (Freidenberg, 2003) que motivó una revuelta de las periferias guayaquileñas (Burbano, 2010) y puso fin al predominio liberal y oligárquico de Guayaquil. Aunque fundado por Carlos Guevara Moreno, el partido después estuvo presidido por Assad Bucaram, tío de Abdalá.