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El pasado en El Porvenir

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Academic year: 2020

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El pasado en El Porvenir

Jorge Pedraza Salinas

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ISBN: 978-607-27-1095-5

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Rogelio G. Garza Rivera

Rector

Santos Guzmán López

Secretario General

Celso José Garza Acuña

Secretario de Extensión y Cultura

Antonio Ramos Revillas

Director de Editorial Universitaria

© Universidad Autónoma de Nuevo León © Jorge Pedraza Salinas

Padre Mier No. 909 poniente, esquina con Vallarta. Monterrey, Nuevo León, México, C.P. 64000.

Teléfono: (5281) 8329 4111 / Fax: (5281) 8329 4095. e-mail: [email protected]

Página web: www.editorialuniversitaria.uanl.mx

………... Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra -incluido el diseño tipográfico y de portada-, sin el permiso por escrito del editor.

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Impreso en Monterrey, México.

Printed in Monterrey, Mexico

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Introducción

Cumple 100 años El Porvenir

Jorge Pedraza Salinas

Testigo de la historia

ste libro reúne algunos de los artículos publicados en El Porvenir principalmente durante la última década del siglo XX. Lleva por título el nombre de una sección firmada por el autor El Pasado en El Porvenir. Los temas que se abordan son de Historia, Literatura y Cultura en general. Esperamos que su lectura resulte de interés.

Hace seis décadas llegué por primera vez a El Porvenir. Aun recuerdo aquella sala de re-dacción. Jamás podré olvidar aquel primer encuentro con personas que después serían amigos nuestros. Ahí estaban don Rogelio Cantú, el director-Gerente; Francisco --Pancho-- Cerda, el Sub--Pancho--director; Romeo Ortiz Morales, Rubén Ibarra Sanmiguel, Aureliano -Pancho-- Quin-tero, Nacho Salgado, José Esquivel, Alfonso Navarro, Raúl S. Montoya, Hiram Ortiz.... En la memoria hay muchos rostros más: Fotógrafos, linotipistas, gente del taller, del área de publicidad, de circulación, secretarias, recepcionistas, correctores, intendentes.

Terminaba una década: los 50 y estaba a punto de iniciarse otra: los 60. Aquel año de 1959 fue el año de la muerte del periodista Federico Gómez, del abuelo Francisco Salinas, de los escritores Alfonso Reyes y José Vasconcelos y de la maestra Julia Garza Almaguer. La ciudad lamentó también el crimen de miembros de la familia Pérez Villagómez. Algu-nos conservadores se escandalizaron con la aparición de la minifalda.

Mientras tanto, Nuevo León y su ciudad Capital, seguían creciendo. Había entonces un millón 78 mil 848 habitantes en el Estado y 708 mil 399 en la ciudad de Monterrey.

Nuevas colonias se iban creando en la metrópoli que crecía horizontal y verticalmente. Ese año, la ciudad vivió el levantamiento de un gran edificio frente a la Plaza de Zaragoza: El Condominio Acero.

Los regiomontanos acudían a cines como el Reforma, el Monterrey, el Encanto y el Juárez. Esa década surge el Teatro María Teresa Montoya. Predominaba un nuevo ritmo: el rock and roll, con ídolos como Elvis Presley, Los Beatles y Bill Halley y sus Cometas. Éste últi-mo hizo su presentación personal en el Teatro México. Las guitarras eléctricas, la batería y la voz de Halley y sus Cometas llenaron de alegría y entusiasmo aquel Teatro, mientras las notas musicales salían hasta la Calzada Madero.

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Ese año de 1959, el Gobernador del Estado era el humanista Raúl Rangel Frías. Pero volvamos a El Porvenir.

Al llegar al edificio de 5 de mayo y Galeana, nos recibió el olor a tinta de las rotativas y el calor de los crisoles de los linotipos. Pero, sobre todo, ingresamos a un nuevo mundo que nos abriría muchas puertas, que nos permitiría aprender y enseñar, así como conocer a muchas personas y que nos ayudaría a tener una visión más amplia y real del mundo. Para entonces, El Porvenir ya había cumplido sus primeras cuatro décadas. En sus páginas había dado cabida a las colaboraciones de Vito Alesio Robles, Alfonso Reyes, Nemesio García Naranjo, José P. Saldaña, José Navarro, Timoteo L. Hernández, Plinio D. Ordóñez, Raúl Rangel Frías, Ricardo Covarrubias, Celedonio Junco de la Vega, Diódoro de los San-tos y tanSan-tos y tanSan-tos más, que sería largo enumerar.

"En los cimientos, en la raíz de El Porvenir, --nos dijo en alguna ocasión el maestro Ricardo Covarrubias-- floreció el trébol extraordinario (trébol de cuatro hojas) que lo ha hecho llegar, tras de diez lustros, hasta nosotros; el trébol donde advertimos a Ricardo Arenales, el animador; a don Jesús Cantú Leal, el mantenedor; a don Federico Gómez, el timonel, y a Eduardo Martínez Celis, el vehemente enemigo de la espera".

Efectivamente ellos fueron, en los primeros cincuenta años de vida de este importantísimo medio de comunicación social, los pilares, los fundamentos de una larga carrera de éxitos que mañana --jueves 31 de enero de 1999-- llega a los primeros 100 años.

Y agregaba don Ricardo: "Miles de aciertos fortalecen la granítica contextura de este ór-gano de la Opinión nuevoleonesa que hoy, a medio siglo de su génesis, sigue pendiente de sus alertas, de sus cautelas, de su encauzamiento. Heredero de aquéllos que cumplieron --savia nueva-- Rogelio Cantú burila, desde hace diez años, la vida de El Porvenir”.

Los años han pasado. Hoy, en esta fecha memorable, recordamos que 100 años atrás --eran todavía tiempos turbulentos-- nació El Porvenir, periódico del que se puede afirmar, en estricta justicia, que es la más antigua escuela de periodistas de Nuevo León, decano de nuestros diarios y uno de los más importantes de la hermosa y pujante provincia mexica-na.

GENERACIONES DE PERIODISTAS

Desde la fecha de su nacimiento, aquel ya lejano 31 de enero de 1919, bajo el impulso entusiasta y creador de don Jesús Cantú Leal, y del poeta colombiano Miguel Osorio, más conocido entre nosotros como Porfirio Barba Jacob, aunque también había utilizado los seudónimos de Maín Ximénez y Ricardo Arenales, por este diario han pasado varias gene-raciones de periodistas.

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ron huella. Podemos citar obviamente a don Federico Gómez, Eduardo Martínez Célis, Francisco Cerda Muñoz, Regino Díaz Redondo, Jorge Villegas, Ramón Pedroza Langarica, Plinio D. Ordóñez, Oziel Hinojosa, Romeo Ortiz Morales, Silvino Jaramillo, Armando Fuentes Aguirre "Catón", Raymundo Yzcoa Flores, Rosalío García, Ignacio Salgado, Mario Canales Sáenz,, Rubén Ibarra Sanmiguel, Raúl S. Montoya, Samuel Flores Longoria, Aure-liano Quintero Pérez, Héctor González, Salvador Pérez Chávez, Agustín Rodríguez Ca-rranza, Francisco Tijerina, José Esquivel, Felipe Coronado Limón, Humberto Gaona, Franco Gómez, Carlos Herrera, Ramiro Palacios, Guillermo Urquijo, José María Santos, Guillermo Mora Tavares, Juan Roberto Zavala, Florentino Ayala, Ángel Quintanilla, Hugo Martínez Navarro y tantos y tantos nombres mas.

Obviamente, la mujer no ha sido ajena a la vida de El Porvenir. Entre las que han militado en sus filas recordamos a Rosaura Barahona, Elba González Campos, Esperanza Villarreal, Hermila Martell, Betty Flores, Nelly O. Martínez, Nelda Mier, Juana María López y mu-chas más.

Sobre todos estos nombres, obviamente, hay que destacar el de quien se puede considerar el patriarca de El Porvenir en los lustros cercanos, el director gerente por varias décadas, aunque se hacía llamar simplemente: el gerente, don Rogelio Cantú Gómez.

Desaparecido físicamente en 1984, la figura y el nombre de don Rogelio siguen presentes en El Porvenir, a través de sus hijos y sus nietos, que integran ya la cuarta generación de una familia que, por 100 años, ha estado al frente del Periódico de la Frontera.

En efecto, don Rogelio tomó las riendas del rotativo a la muerte de su padre, don Jesús Cantú Leal, en 1947, y cedió la estafeta a sus hijos. Por un tiempo estuvo Jesús Cantú Esca-lante al mando del periódico, y ahora hace lo propio su hermano José Gerardo Cantú Es-calante.

En sus 100 años de existencia, que este año se cumplen, El Porvenir ha sido testigo de la historia de Nuevo León, de México y del mundo. Podemos afirmar, sin temor a equivo-carnos, ¡que quien quiera conocer la historia del siglo XX y lo que va del XX!, debe aso-marse a las páginas de El Porvenir.

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1. El Jubileo de Oro de El Porvenir

hora que El Porvenir celebra su primer centenario, recordaremos uno de sus mu-chos momentos brillantes. Cuando El Porvenir cumplió los 50 años –en 1969--, el número de habitantes de Nuevo León había superado ya el millón y medio. La cifra exacta, dada a conocer el 28 de enero de 1970 por la Dirección General de Estadística, se elevaba a un millón 694 mil 689 habitantes, de los cuales vivían en el área metropolitana un total de un millón 246 mil 181.

Recuerdo aquella ocasión. Don Rogelio Cantú Gómez y el maestro Francisco Cerda Mu-ñoz me encargaron la elaboración de un suplemente completo sobre Los Gobernantes de Nuevo León. Había que conseguir entrevistas con los exgobernantes que en ese momento vivían, Aun recuerdo las entrevistas con la mayor parte de ellos, entre otros Bonifacio Sali-nas Leal, Anacleto Guerrero, Raúl Madero, Ramiro M. Tamez, Pablo Quiroga, Ignacio Morones Prieto, José S. Vivanco, Raúl Rangel Frías y Eduardo A. Elizondo.

En el año del jubileo de oro de El Porvenir ocurrieron eventos importantes en México y en el mundo: el ciclista regiomontano Radamés Treviño inscribió su nombre en los libros de la historia, al romper el 16 de marzo el récord mundial de la hora; setenta y nueve perso-nas perdieron la vida, al estrellarse, el 4 de junio, un aparato de la Compañía Mexicana de Aviación en el cerro del Fraile; el 8 de julio nació la Universidad Regiomontana, y el 20 de ese mismo mes, el hombre llegó a la luna.

Asimismo, el primero de agosto entró en servicio el Hospital San José; el 8 de septiembre inició actividades la Universidad de Monterrey; el presidente Gustavo Díaz Ordaz inaugu-ró el 11 de octubre la Central de Autobuses; el 11 de noviembre, el Congreso del Estado otorgó la autonomía a la Universidad de Nuevo León, y el 27 de diciembre, la Cámara de Diputados aprobó las reformas al Código Civil, gracias a las cuales se otorgó a los jóvenes de 18 años la mayoría de edad.

Era tal la importancia que ya para entonces había adquirido El Porvenir, que el mismo pre-sidente Díaz Ordaz envió una felicitación por sus bodas a oro a directivos y a todo el per-sonal. Su misiva, publicada en la primera página del diario estaba concebida en estos tér-minos:

El 31 de enero de1969, Gustavo Díaz Ordaz escribió: “Mi felicitación a El Porvenir de Monterrey, que hoy cumple 50 años de fecunda vida, y mis votos porque al iniciar la se-gunda mitad del siglo, lo haga con el mismo vigor, con el mismo sentido profesional y la misma decisión patriótica. Es saludable, y demuestra madurez, celebrar un aniversario

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como lo hace El Porvenir, no envaneciéndose, sino volviendo la mirada al camino que ha quedado atrás para, con la serenidad y la perspectiva que da el tiempo, evaluar triunfos y adversidades, recoger experiencias, renovar bríos y templar convicciones. En el mundo cargado de tensiones en que nos ha tocado vivir, las informaciones se han vuelto explosi-vos de alto poder. Manejarlas adecuadamente y con veracidad es responsabilidad creciente de los periodistas y confío en que los de El Porvenir habrán de meditar acerca de ello al emprender una nueva etapa. Le ruego haga llegar un cordial abrazo a todos y cada uno de los que laboran en El Porvenir”.

LOS SIGNOS DE EL PORVENIR. - En esa misma edición del 31 de enero, fue notoria la presencia de plumas destacadas, que hicieron remembranzas y elogios del Periódico de la Frontera, por sus 50 años de fecunda existencia.

También en la primera plana del diario, esquina inferior derecha, escribió el añorado maestro don Raúl Rangel Frías, bajo el título de "Los signos del Porvenir": "Un aconteci-miento precursor fue la aparición de El Porvenir, el año de 1919 en la ciudad de Monte-rrey. Varios motivos señalan su índole con promesas de futuro que aguardan todavía do-bladas jornadas y que se confirman hoy al depararse la consumación de estos 50 años de periodismo.

Las características por las que habría de ganar esta cumbre derivan sencillamente de su penetración íntima con el agregado humano en que se insertan sus raíces. Las mismas fuentes que elevaron el tronco y se desparramaron sobre el follaje de la comunidad re-giomontana, reservaron jugos de nutrición a los frutos de una empresa ceñida a la con-ciencia intelectual, a los afanes y a la sensibilidad comunes entre los hombres que hicieron las fábricas y empujaron el área urbana en todas dimensiones de su geografía, con los que coleccionan la nota, instrumentan el pensamiento y acompasan los efectos propios de la cultura a las fuerzas de las transformaciones históricas.

ESCUELA DE PERIODISTAS. - El historiador don José P. Saldaña, quien fuera designado más tarde Cronista de Monterrey, escribía en esa edición conmemorativa:"... podemos asegurar que don Jesús Cantú Leal sin proponerse formó escuela de periodistas porque esa línea inquebrantable que él fijó, la siguieron cuantos participaron de la publicación del periódico y tal vez mucho contribuye que en épocas difíciles políticamente no sufriera el periódico ataque alguno, sino al contrario, respeto absoluto.

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TESTIGO DE LA HISTORIA. - En sus 100 años de existencia, El Porvenir ha sido testigo de la historia de Nuevo León, de México y del mundo. Podemos afirmar, sin temor a equi-vocarnos, que quien quiera conocer la historia del siglo XX y lo que va del siglo XXI, debe asomarse a las páginas de El Porvenir.

Después de su jubileo de oro, siguió consignando en sus páginas, como lo hace hasta la fecha, las noticias que conmueven a la comunidad. El 13 de abril de 1970 murió el ciclista Radamés Treviño, y el 17 de junio el siempre querido maestro Plinio D. Ordóñez; el ex-presidente Lázaro Cárdenas falleció el 20 de octubre, y Epitacio "La Mala" Torres, el 21 de abril de 1971. El 5 de junio, el gobernador Eduardo A. Elizondo renunció a su cargo, y fue sustituido por Luis M. Farías.

El regiomontano Clemente Sánchez conquistó el 19 de mayo de 1972 el campeonato mundial de peso pluma, del Consejo Mundial de Boxeo; el industrial don Eugenio Garza Sada murió asesinado el 17 de septiembre de 1973; el periodista José Alvarado y el escri-tor Alfonso Junco murieron el 23 de septiembre y el 13 de octubre, respectivamente, de 1974, en tanto que el exgobernador don Ignacio Morones Prieto dejó de existir el 30 de octubre.

En rápida sucesión recordamos también otros muchos eventos de los que El Porvenir ha sido testigo: muerte del arzobispo don Alfonso Espino y Silva, inauguración del nuevo Palacio Municipal, creación de la Universidad Mexicana del Noreste, visita de la gimnasta Nadia Comaneci, creación del Museo de Monterrey, inauguración del Edificio de las Insti-tuciones, muerte de Lorenzo Garza, inauguración del Centro Cultural Alfa, muerte de Clemente Sánchez, la entrevista de los Presidentes Carlos Salinas y George Bush, las visitas del Papa Juan Pablo Segundo, etcétera, etcétera, etcétera.

La rememoración histórica se vuelve interminable. Pero ahí está, consignada en las pági-nas de El Porvenir, y a disposición del investigador acucioso interesado en la historia re-ciente de Monterrey, y de hechos de relevante importancia en México y en el mundo. Sin embargo, El Porvenir no se ha conformado sólo con ser testigo. También ha sido pro-tagonista. Este diario ha estado presente contribuyendo a la realización de las grandes obras sociales. Como muestra bastan unos cuantos botones: participó en la creación de la Universidad de Nuevo León, del Patronato Universitario y de la Ciudad Universitaria. También en la reparación de escuelas y en campañas para recaudar fondos en favor de las causas sociales.

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2. Desde Austin

El Pueblo de Estados Unidos No Desea la Guerra

ara quienes acudimos a estudiar este verano a la Universidad de Texas, dos noti-cias nos han llamado la atención esta semana. La primera es social y se refiere a Lucí, la hija de 18 años del presidente Johnson quien vendrá a esta Universidad a estudiar a partir del próximo mes. La otra noticia, de mucha más importancia, es la que anuncia una marcha de protesta contra la guerra en Viet Nam, la cual habrá de ce-lebrarse el domingo siete de agosto, recorriendo las principales arterias de la ciudad. Hace ya cerca de dos años, cuando el Departamento de Estado de los Estados Unidos, a través de su Embajada en México, me invitó a visitar las principales ciudades de este país -Washington, Nueva York, Chicago, Boston, Filadelfia, Detroit y otras-, tuve oportunidad, al regreso, de dictar una conferencia en la Organización de Estudios Sociales de Monte-rrey sobre el tema “Los Estados Unidos no Desean la Guerra”.

Hoy, como en aquel entonces, los habitantes del país más poderoso del mundo, no desean una guerra más. Basta con ver los rostros de esos ciudadanos cuando se aborda este tema. Mucha gente, cuando viaja, se deleita viendo maravillas de la naturaleza y las que el hom-bre ha realizado. Algunos admiran los grandes lagos, los valles, las montañas; unos ven las tiendas, los coches de último modelo y otros los grandes rascacielos, pero casi nadie -son muy pocos- se detienen a observar las caras do sus semejantes.

Hace ya un mes, cuando viajé de Monterrey a esta ciudad, hice escala en San Antonio, en donde se encuentra una de las bases aéreas más importantes de los Estados Unidos.

Al recorrer el centro de la ciudad, me encontré con una gran cantidad de militares por todos lados. La mayoría de gran estatura y todos ellos con el pelo corto, demasiado corto, y con sus rostros tristes, muy tristes. La sonrisa estaba ausente en ellos. Posteriormente regresé a San Antonio y su expresión era la misma.

Aquí, en Austin, al igual que en cualquier población -por pequeña que sea- de los Estados Unidos, se puede observar cada cien metros, a veces menos, un Fallcut Shelter, o sea un refugio para casos de emergencia en una guerra. Esto inquieta sin duda alguna. A pesar de que las grandes agencias de noticias nos informan de todo apoya la decisión del Gobierno norteamericano de continuar la guerra en Viet Nam, yo me atrevo a decir que el pueblo norteamericano no quiere la guerra.

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Es, en cierto modo, alarmante ver cómo los Estados Unidos se preparan para la guerra. Los poderosos y modernos aparatos de la fuerza aérea, cruzan constantemente el cielo azul. Este horizonte no a todos les gusta, pues saben lo que esos aviones son capaces de hacer y el daño que pueden causar.

Miles de aparatos de televisión proporcionan, cada media hora, las noticias, y la mayoría de las informaciones se refieren a la guerra en Viet Nam. Hasta melodías hay ya sobre este tema. Son muchas las madres que lloran a los hijos que no volverán más.

El gobierno debe entender que el pueblo no quiere la guerra. Lyndon B. Johnson recibirá, el próximo día siete de agosto, en su propio Estado a -unas cuantas millas de su Rancho LBJ- una muestra más de repudio a su política en torno a Viet Nam.

Muchos ciudadanos de este gran país, que avanza en todos aspectos, entienden que de prolongarse la guerra en Viet Nam, se puede extender a todo el mundo. Se ha dicho con razón que una nueva conflagración mundial acabaría con los seres humanos.

Los letreros, en los cuales se invita a participar en la manifestación del próximo domingo, se encuentran distribuidos en toda la ciudad. El Comité que organiza la marcha, dentro de los actos de los Días Internacionales de Protesta, considera que la guerra en Viet Nam es cruel e injusta, y así lo hará saber al público el domingo siete, al recorrer la ciudad y pasar frente al Capitolio.

También como parte de las actividades de los Días Internacionales de Protesta, se han enviado sendas cartas a los Senadores J. William Fulbrigth, Robert Kennedy y Wayne Mor-se, invitándolos a venir a Austin, Texas, del seis al nueve de agosto, para sustentar confe-rencias sobre tan apasionante tema.

El Comité acordó también enviar una carta al Primer Ministro de Inglaterra, Harold Wil-son, urgiéndolo a comunicarse con el presidente Johnson para que, le haga entender que en muchas partes se está en contra de la guerra en Viet Nam.

Habitantes de esta ciudad esperan con ansia el domingo siete y nosotros también. Allí es-taremos en primera fila, aplaudiendo a quienes tienen el valor de exponer sus ideas y abogan por una causa noble y justa.

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3. Desde Austin

¿El crimen del siglo?

omo “El Crimen del Siglo” ha sido calificada la acción de Charles Joseph Whit-man, quien al iniciarse el mes en curso mató a 15 personas e hirió a 31. Esto es cierto: en nuestro siglo la excepción de los crímenes de guerra— no se había registrado un hecho de tal magnitud.

El mismo día que sucedieron los hechos, inmediatamente pasé la noticia a “El Porvenir”, en la cual aparecieron los primeros datos, pero ahora quisiera relatar un poco más despa-cio, cómo transcurrió todo.

Y mientras escribo esto, una lluvia pertinaz, baña la ciudad. El cielo parece llorar la trage-dia.

Es el lunes primero de agosto de 1966.

Los maestros, en la Universidad de Texas, nos han dado la salida temprano. Todos nos apresuramos a salir del edificio para ir a comer, pues pronto tendremos que regresar a las clases vespertinas y, más tarde, a las nocturnas.

Es muy agradable recorrer esta Universidad. Caminar por sus avenidas, ver sus prados y sus grandes árboles, estar en los mismos edificios, en los que años atrás, estuvieron —entre otros el Arq. Joaquín A. Mora, que fuera Rector de la Universidad de Nuevo León, y el Dr. E. Víctor Niemeyer, actualmente Encargado del Departamento de Asuntos Culturales y de Prensa del Consulado General de los Estados Unidos de Norteamérica en Monterrey. Apenas logramos dar unos cuantos pasos, cuando nos sorprenden varios disparos. Al prin-cipio creímos que eran bromas, pero luego nos dimos cuenta de que no era así.

Seguimos caminando.

Me encontré luego con Rafael Salinas, estudiante del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, quien asiste aquí a los cursos de verano. Rafael me señaló los cuerpos de dos heridos que se encontraban a unos cuantos pasos de nosotros.

Tratamos de prestarles auxilio, pero nos recibió una andanada de balas de todos calibres.

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Todos corrían en forma desesperada y con los rostros desfigurados por el terror.

Nosotros nos refugiarnos, primero, tras unos arbustos. Hasta entonces logramos saber de dónde provenían las balas. Al principio no sabíamos si era uno o eran varios los que dispa-raban. ¡Tan poderoso era el tabletear de las armas de potencia que tenía en su arsenal el múltiple asesino!

Por fin llegó la policía.

Un policía, desde lejos, nos hizo seña de que ya podíamos salir de los arbustos, aprove-chando que el francotirador estaba disparando hacia otro lado.

Cruzamos una de las avenidas de la Universidad, en forma por demás apresurada, hasta llegar al edificio de Economía. Tan pronto llegamos, una bala pegó en la pared, a unos cuantos centímetros de nosotros, después de romper el grueso cristal de la puerta de en-trada principal. Una mujer resultó herida.

Mientras tanto, afuera, en las explanadas de la Universidad, yacían los cuerpos de varios compañeros. Nadie podía prestarles auxilio.

Un vehículo blindado de la policía los recató, pero desgraciadamente ya habían muerto. Una hora y media nos pasamos en el edificio de Economía. No menos de 25 policías en-traron en este edificio. En los demás edificios, la situación era la misma Francotiradores, miembros del Departamento de Seguridad Pública y policías de varias dependencias, lle-garon con rifles de largo alcance y con miras telescópicas.

Pero el asesino había planeado todo. Colocó las armas en diferentes puntos estratégicos de la Torre, desde donde realizó su maniática obra. Se encontraba en una posición en que era sumamente difícil el ser atacado, ya que estaba protegido por las gruesas paredes de la Torre.

Más víctimas caían y sólo se escuchaban los gritos: “Por favor, ayúdeme alguien”.

El homicida disparaba tres balazos cada diez segundos. Logró alcanzar a gente que transi-taba fuera de la Universidad. Tenía una excelente puntería. Había sido miembro de los Marinos de los Estados Unidos.

Pronto la Universidad parecía estar desierta. No se veía a nadie caminar.

Arriba, en el vigésimo séptimo piso de la torre, estaba Whitman, un sujeto enloquecido, con un gran odio hacia la humanidad. En la madrugada había matado a su madre y a su esposa. Y ahora tenía agua, alimentos y municiones para varios días.

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Un policía, que responde al nombre de Ramiro Martínez -casi seguro de ascendencia me-xicana- subió a la Torre, y de seis balazos mató a Whitman. Martínez nunca había dado muerte a nadie. Se encontraba sumamente excitado.

Al saberse -que ya había pasado el peligro- todos salimos de los edificios y corrimos hacia la Torre. En ese momento bajaban el cadáver, un joven de 25 años de edad, que vestía pantalón azul, y que se encontraba bajo los efectos de algunas drogas y que, además, tenía un tumor en el cerebro.

Así. En esta forma, terminaba la masacre que tiñó de sangre los prados de la Universidad. El lugar de observación de la Torre, fue clausurado. La Universidad de Texas suspendió sus labores y las banderas se izaron a media asta, en señal de duelo, por espacio de una semana.

El Gobernador Connaly regresó inmediatamente de un viaje por América del Sur. Lamen-tó los hechos y pidió una minuciosa investigación.

Pero, en realidad, nadie sabe qué fue lo que impulso a Whitman a convertirse en asesino. Unos dicen que las drogas; otros que fue la lectura de un libro. Pero no hay conclusiones. Lo cierto es que no es la primera vez que la Torre de la Universidad es escenario de muer-te. Anteriormente, cuatro personas -en distintas épocas- se han lanzado suicidándose. Whitman era un magnífico estudiante y un buen trabajador. ¿Qué fue lo que lo enloque-ció? ¿Tal vez el riguroso entrenamiento en el ejército?

He de concluir este artículo con una pregunta más: ¿Será éste el crimen del siglo?

Hace unas semanas se decía que el crimen del siglo era el cometido por un tipo que asesi-nó en Chicago a ocho enfermeras. Quedan aún, por transcurrir más de tres décadas. El futuro tiene la palabra.

Austin, Texas, agosto de 1966.

Nota del autor; A la distancia en el tiempo, he llegado a la conclusión de que no fue éste el Crimen del Siglo XX. Hubo otros de mayor magnitud.

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4. Villa en la voz de su Compañera

*El Guerrillero de Buen Corazón

*Cómo Conoció a la “Güera”

*En Monterrey Doña Luz Corral

ranscurría el año de 1914. Era, precisamente, el gélido mes de diciembre, cuan-do Pancho Villa y Emiliano Zapata, cuan-dos hombres a quienes México debe tanto, tomaban la Capital de la República.

México vivía los aciagos días de la Revolución.

Pancho Villa llegó al Distrito Federal y de inmediato recorrió la ciudad. Un frío viento azotaba su rostro y su corazón, aquel noble y gran corazón, se lastimó al ver, dormidos en los zaguanes -abrazados a los perros-, a cientos de niños sin calor del hogar.

Pancho Villa, que tenía que pensar en sus 40 mil hombres y en las armas, hizo una pausa en su vida de militar. Dirigió su mirada el general Juan N. Medina y le dijo:

-Recoge esos niños, ahora yo seré su padre.

Días más tarde, un tren especial salía de la ciudad de México, con destino a Chihuahua. Iban en ese tren 300 niños que recibió amorosamente doña Luz Corral, la bella esposa de Villa.

Ese era Pancho Villa. Tal vez el hombre más discutido de nuestros tiempos, pero cuyo nombre figurara en letras de oro en el Congreso de la Unión.

La anécdota, poco o nada conocida, sirve para decir a los enemigos de Villa: “¿Es acaso esta la imagen de un salvaje?”

LA VIUDA DE VILLA

Nadie mejor que doña Luz Corral, la única esposa de Villa, conoce la vida del Centauro del Norte. Ella, una mujer robusta, de pelo blanco ojos azules, los que enamoraron a Villa, concedió ayer una entrevista a “EL PORVENIR”.

Se encuentra en Monterrey y asistirá como invitada de honor a la ceremonia con que se celebrará el aniversario de la Revolución Mexicana, movimiento en el que jugó un papel importante Doroteo Arango, para México y la Revolución: Pancho Villa.

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Ayer estuvimos en el Hotel en que se encuentra hospedada en esta ciudad y después de varias horas de intentarlo, logramos una entrevista por conducto de su secretaria, la profe-sora Margarita H. de Campos, quien la acompañaba a todos lados. En la entrevista tam-bién estuvo presente don Miguel Villarreal E., industrial y trotamundos por afición, quien, asombrado, le decía a la viuda de Villa, que tanto en China como en Chile le habían ha-blado con respeto acerca de Pancho Villa.

Doña Luz, que ahora frisa los 73 años, conoció a Villa cuando apenas se iniciaba en el mo-vimiento revolucionario.

LA PRIMERA CITA

El año era 1910 y el escenario: San Andrés, Chihuahua. Villa, de quien se cuentan tantas cosas, llegó el dos de abril hasta la casa de la familia Corral, quienes tenían una tienda. Allí estaba, detrás del mostrador, “la güera”, que desde ese entonces fue la dueña de su cora-zón.

Pero la cosa no sería tan fácil para Villa. Fue necesario que aquel hombre, que no sabía decir cosas bonitas, hablara con doña Trinidad Fierro de Corral, la madre de la güera, y le pidiera su consentimiento para casarse con su hija.

La respuesta de doña Trinidad iba a ser: ¡No! Pero en ese momento Villa salió de San An-drés para Aldama, en donde acababan de matar a Pancho Portillo, uno de sus colaborado-res más cercanos. Pero antes de partir, externó su deseo de que la güera le hiciera una camisa negra para vestir luto en memoria de su amigo. La güera, que nunca había hecho una camisa de hombre, tomó un pedazo de satín negro y se entregó a la tarea.

Villa regresó y tanto le gustaron la güera y la camisa, que puso a un hombre para que pro-tegiera a su amada del peligro, mientras él atendía un llamado de don Francisco I. Made-ro. Doña Luz, “la güera”, no volvió a saber de él, hasta que un día la sorprendió, tomándo-la por los hombros.

SOLO LO QUE DIOS MANDA

Doña Luz recuerda con cariño la fecha de su boda: 29 de mayo de 1911, así como también todos los detalles de la misma. Uno de esos detalles es el que se refiere a cuando el Padre Muñoz, de origen español, le pidió a Villa que se confesase antes de casarse. Villa le dijo asombrado: “Es necesario eso” A lo que el Padre respondió afirmativamente. Y Villa en-tonces añadió: “Yo sólo he hecho lo que Dios manda y para que yo me confiese, se necesita alguien que tenga un corazón más grande que el mío”.

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Son muchas las anécdotas acerca de Villa y es agradable escucharlas en la voz de su viuda. Pero ella tiene muchas otras cosas que hacer y hemos de dejarla con sus recuerdos. Villa se encuentra ahora no sólo en el corazón de ella, sino en el de todos los mexicanos.

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5. Don Manuel L. Barragán. Lo Permanente de lo efímero

e fue tranquilo. Como vivió siempre. Sin molestar a nadie. Ni a sus enemigos, si es que los tuvo.

En la fosa recién abierta, don Manuel L. Barragán, el caballero regiomontano, raíz vigorosa y hombre de bien, reposa desde el viernes bajo la tierra regiomontana, esa tierra tan suya a la que siempre se arraigó.

Y es en estas ocasiones cuando surgen nuevamente las preguntas que vienen desde siem-pre: ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? Mientras, el río de las generaciones fluye sin ce-sar.

El viejo Esquilo llamó a los hombres la raza de los efímeros. Nuestra sociedad está basada en el concepto de lo efímero y transitorio, dentro de un cambio permanente.

Pero dentro de lo efímero hay instituciones y personas que permanecen.

Poco comunes son -siempre lo han sido-, los hombres que logran alcanzar los 70 años. Más lo son los que llegan a los 80 y todavía más, por supuesto, los que completan los 90.

Con don Manuel la naturaleza fue generosa al concederle una no frecuente longevidad, la que supo llevar con decoro y dignidad en el desempeño de sus actividades.

Al morir tenía 91 años, ya muy cerca de los 92. Había nacido el 25 de agosto de 1888, unos meses antes que don Alfonso Reyes, quien nos dejó hace poco más de veinte años, cuando ya había cumplido los 70. Fue gran amigo de este regiomontano ilustre y mexi-cano universal, así como de Nemesio García Naranjo y de muchos otros distinguidos ciu-dadanos cuyos nombres sería largo enumerar.

Y, sin embargo, con sus 91 años, don Manuel no era viejo.

Pero no es su longevidad su única y principal característica. Su mérito, en general, es ha-ber trabajado hasta el final de sus días, sin descanso, en la conquista de causas nobles y justas.

Los hombres que consagran su vida a un ideal, son dignos de respeto.

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Desde muy joven tuvo necesidad de trabajar para ganarse la vida. Partió desde el cero en su empresa. Obtuvo primeramente un modesto trabajo de mensajero y llegó a ser, con el tiempo y con su esfuerzo, director de importantes empresas, industrias y bancos, director del diario capitalino “Excélsior” y de los diarios locales “El Tiempo” y “Más Noticias”. Pre-sidente de diversos organismos de servicio social como el Patronato Universitario de Nue-vo León, la Cruz Roja, el Movimiento de Promoción Rural, la Asociación Pro Biblioteca Alfonso Reyes, el Club Sembradores de Amistad.

No vamos a hacer aquí -no es la intención, por ahora- una bibliografía completa de don Manuel. Hace cerca de dos años, cuando cumplió los 90 le dedicamos en este mismo dia-rio nuestro homenaje sincero y ahí hicimos el recuento cronológico de su vida.

Ahora queremos referirnos solamente a dos ideales básicos que alimentaron su vida: la buena marcha de la Universidad Autónoma de Nuevo León y la productividad en el cam-po.

En su opinión, en estas dos actividades está el futuro de la Patria. En las nuevas generacio-nes y en una mejor producción de alimentos podemos esperar mejores horizontes.

Era uno de los grandes impulsores de la Universidad. Junto con Joel Rocha y Federico Gómez ya fallecidos, con Raúl Rangel Frías, con Rogelio Cantú Gómez, con Enrique C. Livas, Luis Elizondo y otros más, se entregó con pasión a ayudar a la Máxima Casa de Es-tudios.

La Universidad, como es sabido, hubo de pasar por una serie de crisis hasta llegar a la paz que habría de permitirle un mejor desenvolvimiento. Sin embargo, don Manuel nunca dejó de ayudarla.

Se llevaron a cabo campañas como aquella en que intervino García Naranjo, con el tema de “Los Pordioseros de la Universidad” y aquella otra en que Alfonso Reyes emitió su voto razonado por la Universidad del Norte. Son de sobra conocidos los Sorteos de la Siembra Cultural, que, en forma constante, varias veces cada año, aportan recursos para obras ma-teriales en las áreas universitarias.

Otro de sus grandes ideales fue el de promover la agricultura y la ganadería, para ayuda del pequeño agricultor y de los campesinos. A esta tarea dedicó grandes esfuerzos como presidente del Movimiento de Promoción Rural, A. C.

En otra ocasión habremos de analizar su participación en el periodismo nacional y local, del cual era decano. Su gran actuación al frente del diario capitalino “Excélsior”, en donde eliminó la nota roja y estableció bases sólidas para la transmisión de la información inter-nacional en forma oportuna.

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En el Panteón del Roble, en donde han quedado sus restos, un leve viento mueve las hojas de los árboles, esos árboles cuyas raíces habrán de confundirse con esa gran raíz que fue, que es y que será don Manuel L. Barragán.

La ciudad ha perdido a uno de sus más grandes hombres y nosotros a un amigo. Descanse en paz.

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6. Historia de la Cultura Nuevoleonesa

l desarrollo de un Estado, al igual que el del individuo, debe ser armónico. Si en la persona se busca armonizar las cualidades físicas e intelectuales -mente sana en cuerpo sano-, en nuestro Estado es fundamental que el aspecto cultural no se olvide y que se vaya aparejado al crecimiento industrial que desde hace varias décadas caracteriza a nuestra entidad y que se ha colocado en un importante lugar en el contexto nacional.

El nuevoleonés ha logrado dominar a la naturaleza y transformar el ambiente. Por medio del esfuerzo, ha seguido hacer de esta tierra un templo al trabajo. Y teniendo como inspi-ración las montañas que rodean a su ciudad capital -La Silla, Las Mitras y la Sierra Madre-, sus hombres han logrado elevarse hasta grandes alturas llegando a figurar nacional e in-ternacionalmente.

Genaro Salinas Quiroga acaba de publicar un nuevo libro. Su título -bastante ambicioso, por cierto- es “Historia de la Cultura Nuevoleonesa”. Esta nueva publicación será presen-tada al público en una ceremonia que tendrá lugar la noche del 13 del actual, en la Sala “Alfonso Reyes” de la Casa de la Cultura. Su presentación forma parte del programa gene-ral de festejos organizados con motivo del 92 aniversario del natalicio del Mexicano Uni-versal, don Alfonso Reyes.

En el prólogo de esta obra que gentilmente nos ha hecho llegar su autor, el licenciado Juan Roberto Zavala divide para su análisis el libro en dos partes: por un lado, las institu-ciones que han impulsado el desarrollo cultural de nuestro Estado y por otro, los autores y personajes que con su pensamiento y acciones lo han conformado. De las primeras llama la atención sobre las que han sido el eje de nuestro desarrollo: el Seminario, el Colegio Civil, la Escuela Normal del Estado, la Universidad de Nuevo León y el Tecnológico de Monterrey. Sobre los segundos explica la necesidad que tuvo el autor de imponerse límites precisos, a riesgo de perderse en la inmensidad de las obras publicadas. Se quiso, tan solo, poner de relieve la aportación de la inteligencia a la causa de la cultura.

En esta obra, novena o décima que pública Salinas Quiroga, se incluyen interesantes capí-tulos que van desde el origen de la ciudad de Monterrey, los primeros gobernantes y los obispos de la entidad; las primeras instituciones, hasta las aportaciones culturales más re-cientes.

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Contiene textos que han llamado primordialmente nuestra atención, como el que trata sobre la primera imprenta, el primer impresor, el primer periódico, las primeras escuelas. También incluye datos relativos al teatro, al cine, a los muesos y centros culturales, biblio-tecas y, en fin, todo lo que a instituciones culturales se refiere.

Respecto a los personajes que se han distinguido, contiene las fichas biográficas de gentes como Alfonso Reyes, Nemesio García Naranjo, Fray Servando Teresa de Mier, José Eleuterio González, Manuel Z. Gómez, Lázaro Garza Ayala, Miguel F. Martínez, Pablo Livas, Felipe Guerra Castro, Ricardo Arenales, Plinio D. Ordóñez, Macario Pérez, Santia-go Roel Melo, Pedro de Alba, Moisés Sáenz Garza, RodriSantia-go de Llano, José P. Saldaña, Eugenio Garza Sada, José Navarro, Eusebio de la Cueva, Ricardo Covarrubias, Carlos Pé-rez Maldonado, Ignacio Morones Prieto, Ángel Martínez Villarreal, Joaquín A. Mora, Francisco M. Zertuche, Timoteo L. Hernández, Enrique C. Livas, Raúl Rangel Frías, Israel Cavazos y otros más.

Faltan en este libro algunas fichas de personajes nuevoleoneses. Una de ellas es la del propio autor, quien ha sido Gobernador Interino del Estado, rector de la Universidad Autónoma de Nuevo León, diputado local, juez, catedrático durante muchos años de la máxima Casa de Estudios y autor de libros como los siguientes:

“Ética”, “Elocuencia Nuevoleonesa”, Filosofía del Derecho”, “Sociología” y otros.

Esta reciente obra del Lic. Salinas Quiroga viene a poner al día la información sobre as-pectos culturales de Nuevo León. Condensa y, al mismo tiempo, amplifica los anteceden-tes contenidos en dos importananteceden-tes libros: “Siglo y Medio de Cultura Nuevoleonesa”, del Lic. Héctor González y “Algunos Apuntes acerca de las Letras y la Cultura de Nuevo León, en el Centuria de 1810 a 1910”, del doctor Rafael Garza Cantú.

Al reconocer el esfuerzo creador del Lic. Salinas Quiroga, deseamos recomendar la lectura de esta obra que será de utilidad no sólo para los investigadores, sino para el lector en general y que constituye una gran aportación para la cultura nuevoleonesa.

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7.

Los caminos de Del Paso

La Historia nunca termina

orta pero extraordinaria. Así, sin atenuantes y sin medias tazas, es la producción novelística de Fernando del Paso, escritor mexicano nacido en la capital de la República en abril de 1935, y cuyo nombre ampliamente reconocido por la críti-ca, ha dado la vuelta al mundo.

Surgió a la fama con su primera novela, “José Trigo”, publicada en 1966. Esta obra recibió amplias críticas favorables en México, España y América Latina, así como en Inglaterra y Suecia.

“José Trigo” recibió el Premio Nacional Mexicano de Literatura “Xavier Villaurrutia”, y el siguiente año fue tema de un seminario de tres meses en la Universidad Nacional Autó-noma de México. A partir de entonces, ha sido incluido en los programas de literatura hispánica en escuelas y universidades de casi todo el mundo.

Transcurrieron diez años para que Fernando del Paso publicara su segunda novela “Pali-nuro de México, que ese mismo año le valió el Premio Nacional del Libro. En 1982, Vene-zuela le otorgó el Premio “Rómulo Gallegos”, que se entrega cada cinco años. Traducida al francés y publicada en Francia, esta novela recibió las más elogiosas críticas en periódi-cos y revistas literarias de ese país, así como de Suiza y Bélgica.

“Lire” una prestigiosa revista de la “Ciudad Luz” editada por Bernard Pivot, incluyó la obra de Fernando del Paso entre los 20 mejores libros publicados en Francia en 1985. Esa misma novela recibió en febrero de 1986, el premio del mejor libro extranjero publi-cado en Francia en el período 1985-1986, distinción que anteriormente se había otorgado a escritores como Robert Masil (The Man Without qualities); Gunther Grass (The tin drum); Lawrence Durrel (Justine and Balthazar); John Updike (The Centaur); Alexander Solzhenitsyn (The first circle) y J. R. Tolkien, (The Lord of the rings).

Su tercera novela “Noticias del Imperio” publicada apenas en 1987, ha recibido las más favorables críticas, y le ha valido ya al autor el Premio Mazatlán de Literatura 1987.

La publicación fue simultánea en México, por Editorial Diana; en Colombia, por la Oveja Negra y en Argentina, por Emecé.

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En la actualidad, Fernando del Paso procede a la presentación de ésta, su más reciente novela, en diferentes ciudades de la república. Ya lo hizo, con éxito singular, en la ciudad de México y en Monterrey, y lo hará en las semanas subsecuentes, en otras capitales de los diferentes estados del país.

Sobre la calidad de su producción literaria es bien poco lo que podemos decir, si conside-ramos lo que han dicho ya los más prestigiosos críticos literarios, y que se ha publicado en periódicos y revistas de circulación nacional.

José Emilio Pacheco quien, junto con Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, y Mario Vargas Llosa, pertenece a la generación literaria de Fernando del Paso, ha dicho de esta novela: “Basta con lo que Del Paso ha puesto en “Noticias del Imperio” para abrir mil ca-minos de relación y reflexión, para demostrar que la historia no termina nunca y el pasado no es menos misterioso que el porvenir'”.

David Huerta, a su vez, escribió en “Proceso”: “Un libro como el de Fernando del Paso produce tantas invitaciones a la lectura de otros libros, que desencadena en el lector el deseo de saber más, de leer más (...) “Noticias del Imperio” -un libro bien grande- crece, así, en todas direcciones. Está modificando productivamente las costumbres de sus lecto-res. Lo que Fernando del Paso ha hecho es practicar una doble y radical incisión en la lite-ratura y en la historia, dentro de la cultura mexicana viva”.

Y Fernando García Ramírez se pregunta, en “Novedades”: “¿Tendremos que esperar otros diez años para que Fernando del Paso nos regale otro de sus monstruos que esperanzan, otro monstruo en el que el amor que todo lo crea, luchará una vez más contra la historia que todo lo destruye? Quizás. Mientras tanto, están aquí sus “Noticias del Imperio” para leer y descubrir. Para releer y pensar. Para imaginar”.

Escueto, pero no por ello menos elogioso, es el comentario de Rafael Solana, en “El Día”: “Noticias del Imperio” “es un libro que marca una cumbre y un hito, y no solamente en México, sino en la literatura mundial”.

Por su parte, Ignacio Trejo Fuentes escribió en “Novedades”: “Novela Histórica por su tronco argumental, ‘Noticias del Imperio’ es al mismo tiempo un dechado de virtuosismo artístico, inusual en esa especie y en muchas otras dentro de la literatura mexicana”. ¿Qué más le queda, a uno decir ante esta apabullante sucesión de positivas críticas en torno a la creación literaria de Fernando del Paso? Únicamente leer a fondo sus obras y esperar que no deje pasar tanto tiempo en escribir otra novela que, seguramente, será extraordinaria como las anteriores.

ACTIVIDAD INTENSA

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Actual asesor cultural de la embajada de México en Francia, el autor tiene antecedentes de trabajo en la redacción de textos publicitarios y como director creativo de varias agencias de publicidad.

Ha sido productor de programas de radio para la Sección Latinoamericana de la BBC de Londres; productor y periodista para la Sección Latinoamericana de Radio France Inter-nationale de París.

Publicó un libro de sonetos, y ha escrito cuentos cortos y ensayos en periódicos y revistas nacionales y extranjeras; es colaborador semanal de artículos culturales, para el periódico mexicano “El Día”, y colaborador frecuente para la revista semanal “Proceso”. También ha escrito artículos diversos para el periódico español “El País”.

Fue becado por el Centro Mexicano de Autores, en 1966, beca que le fue otorgada por la terminación de su primera novela. Recibió una beca del Programa Internacional de Escri-tores, de la ciudad de Iowa bajo el patrocinio de la Fundación Ford y de la Universidad de esa ciudad. La beca, otorgada en 1969, le fue renovada en 1970.

Conferenciante de 1979 a la fecha, ha sido invitado por instituciones tales como la Univer-sidad de México, Capilla Alfonsina, Instituto Nacional de Bellas Artes, UniverUniver-sidad de las Islas Canarias, Universidad de Costa Rica, Universidad de Londres, Casa de las Américas, en La Habana, Cuba; Universidad de Bonn, Universidad de Estocolmo, Universidad; de Madrid, Universidad de Salamanca, y Universidad de Notre Dame, en Indiana, Estados Unidos.

En 1986 participó en un seminario sobre la novela latinoamericana, en Sommieres, Fran-cia; fue invitado por la ciudad de Barcelonnette, Francia, para impartir una conferencia sobre la literatura mexicana; en agosto, formó parte del jurado para el premio Juan Rulfo, patrocinado por Radio France Internationale y por el Ministerio Francés de Cultura. Invitado por la Universidad de Bonn, Alemania Occidental, participó en un Congreso Internacional sobre “La cultura y la crisis de Identidad social en América Latina, según la observan sus escritores”.

Impartió una conferencia ante la Unesco, sobre el tema de su novela “El Imperio mexi-cano y la intervención francesa en México”.

También fue invitado por las universidades suecas de Estocolmo, Upsala y Gutenberg, para impartir una serie de conferencias sobre “La historia y la literatura”.

Su actividad no decayó ni en 1987 ni en 1988, en que ha proseguido con su papel de con-ferencista en diferentes universidades de todo el mundo, aparte de proceder a la presenta-ción de su tercera novela, y cumplir con sus obligaciones como asesor cultural de la emba-jada de México en Francia.

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PALINURO DE MÉXICO

La crítica ha dicho de Palinuro de México, que es una “maravilla del arte verbal”.

“Palinuro de México cuenta por sobre todas las cosas el amor del protagonista y de Pali-nuro por Estefanía. Estefanía fue un ser de belleza apabullante, un ser que estaba más allá de toda jerarquía geométrica, de todo esplendor mortal, de toda lengua vítrea y, sin em-bargo, más acá de las estrellas”.

“Obra de amor, de artista, de artesano. Palinuro de México es una de las mayores celebra-ciones de las letras mexicanas, pues, ¿se puede amar a una mujer y no amar hasta el exce-so de contar todas sus maravillas? Se cansarán ustedes -yo jamás me cansaré de hablar de Estefanía- dice el excedido narrador... ¿Y saben por qué? Porque estamos hechos de pala-bras y las cosas también; porque nosotros somos tan sólo la memoria... Memoria de amor y de la vida, de la cultura y la erudición, de la amistad y el sexo: Palinuro de México: gran carnaval jubiloso que todos nos merecemos”.

NOTICIAS DEL IMPERIO

En su tercera novela, “Noticias del Imperio”, Fernando del Paso maneja personajes histó-ricos, como Maximiliano, Carlota, Benito Juárez, el mariscal Bazaine, el capitán D’Anjou, el príncipe y la princesa Sal-Salm.

Habla de Carlota, en quien encarna la locura, y cuya voz se transforma en la razón y en la lucidez, en un monólogo que logra una amplitud de visión no alcanzada por ninguno de sus contemporáneos.

La mezcla de personajes reales con personajes ficticios es lo que da a esta obra su dimen-sión de novela, como dice el autor, “porque yo no quiero hacer historia ni biografías, y ni siquiera una novela histórica, a menos que sea eso, ‘histórica’, porque se vuelva celebre (...) Yo no creo en tabúes literarios ni artísticos. No hay reglas escritas por el dedo de Dios”. PROYECCION INTERNACIONAL

De la lectura de sus obras y del trato que le ha sido la crítica literaria nacional e interna-cional, llegamos a la conclusión de que tenemos en la personalidad de Fernando del Paso, a una figura que proyecta al México literario, y a la novela mexicana en particular, en el panorama internacional de las letras.

Figura con toda justicia al lado de escritores contemporáneos mexicanos, de indiscutible prestigio como Carlos Fuentes y Octavio Paz.

Deseamos tan, sólo, como lo señalaba García Ramírez, que no pasen otros diez años, antes de que Fernando del Paso nos presente otra de sus extraordinarias creaciones.

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8. AVILA CAMACHO – ROOSEVELT

La histórica entrevista presidencial en la Cd. de Monterrey

las 16:00 horas con 14 minutos del martes 20 de abril de 1943 llegó a la ciudad de Monterrey el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Franklin D. Roosevelt, para sostener una histórica entrevista con el presidente de México, Manuel Ávila Camacho.

Nuestra ciudad vivió en ese momento un episodio inusitado. La entrevista anterior entre mandatarios de México y Estado Unidos se había celebrado en el puente internacional de El Paso, Texas, en el año de 1909. Porfirio Díaz era el presidente mexicano y William Taft el norteamericano.

Tuvieron que transcurrir 34 años para que se realizara este nuevo encuentro.

Pocas -muy pocas- personas sabían de esta entrevista antes de su realización la información se manejó con mucha discreción. Sin embargo, algunos hechos previos despertaron el in-terés de los regiomontanos.

El domingo 18 de ese mismo mes -dos días antes de la entrevista- llegó a la ciudad el pre-sidente Ávila Camacho. Junto con su esposa Soledad Orozco de Ávila Camacho, fue reci-bido en forma entusiasta por los regiomontanos. Le manifestaron su simpatía a través de diversos medios, que iban desde el saludo en las calles por donde se hizo el recorrido has-ta el repicar de campanas, el silbido de los pitos de las fábricas y de las máquinas de ferro-carril. Desde los balcones y azoteas de las casas y edificios de las avenidas por donde desfi-ló, se le lanzaron flores, confeti y serpentinas.

Dos días después, el 20 de abril a las 16:14 horas llegó a Monterrey el presidente Roose-velt. Era esta, sin duda, una de las visitas más importantes que había recibido la ciudad. Mientras Roosevelt y su esposa Eleanor llegaban a bordo del ferrocarril, la noticia corría por toda la ciudad y se desataban las especulaciones en torno al propósito de la misma. Este era, sin duda, un momento histórico.

En El Porvenir del día siguiente aparecería una reseña de esta visita: “Estábamos escri-biendo una ilustre página de nuestra historia en nuestros propios lares, delante de las

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montañas augustas que forjaron el carácter de nuestros héroes en la civilidad y de nuestros caudillos en la guerra, en el panorama risueño de nuestro valle insigne que arrulló los sueños de libertad de nuestros héroes epónimos, y bajo el cielo luminoso de un día es-pléndido de primavera, cálido por las áureas septentrionales todavía, que desplegaban al viento, con pompa triunfal, las banderas de México y los Estados Unidos.

“Ese escenario no podía ser mejor: los personajes, más destacados y prominentes por su estructura de estadistas en el Continente Americano; el hecho, más significativo, más elo-cuente puesto que sellaban ambos, con su presencia en suelo mexicano, etapas que el tiempo ha ido velando con el desgranar incesante de los años, para ofrecer los lampos anunciadores de una aurora de cordialidades y de franco entendimiento entre ambas na-ciones… El coro de este episodio histórico, estaba integrado nada menos que por dos pue-blos que habían acabado por olvidar sus resentimientos seculares para fortalecer en el mundo el concepto del derecho y el ideal de la Justicia”.

Ávila Camacho era el presidente promotor de la política de unidad nacional. El país estaba cansado ya de tantas luchas entre caudillos.

El militarismo quedaba atrás y se ingresaba al civilismo. Desde su campaña electoral para llegar a la Presidencia, Ávila Camacho pugnó por la realización de un gobierno para to-dos. En esta campaña había dicho durante un recorrido por Yucatán: “Preciso la unifica-ción nacional en torno a los problemas que atañen a la Patria, porque nuestra historia, nuestro presente y nuestro porvenir como nación libre están por encima de los intereses personales, de las necesidades de clase y de las ambiciones de partido”.

México había liquidado ya la lucha armada y era necesario hacer a un lado las divisiones. Sin embargo, en el ámbito internacional se había desatado una gran lucha: la Segunda Guerra Mundial.

La contribución de México en esa guerra fue al lado de los Estados Unidos, proporcio-nando productos, materias primas y minerales estratégicos. Y por supuesto, también, hombres. Sin embargo, la presencia humana de México fue limitada. Fueron menos de 15 mil los mexicanos que lucharon en los frentes de batalla.

Es tal vez en esta época cuando se da un trato justo a los braceros.

La salida de norteamericanos para luchar contra el enemigo, permitió que la mano de obra de los mexicanos fuera altamente apreciada y solicitada por el vecino país del norte. Más de 300 mil trabajadores se trasladaron a los Estados Unidos para colaborar en tareas agrícolas, en industrias y en ferrocarriles.

Había quedado plenamente establecido que los mexicanos que acudieron al vecino país del norte a trabajar, tendrían plenas garantías de ocupación y no serían destinados al ser-vicio militar. Además, no serían objeto de discriminación.

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Antes de las 16:00 horas de ese 20 de abril de 1943 se habían reunido al poniente del Campo Militar de esta ciudad, grupos de importantes personalidades para esperar la lle-gada del presidente Roosevelt y sus acompañantes. Primeramente, llegó un tren explora-dor que precedía al convoy norteamericano. Mientras, en el cielo regiomontano, se pudo apreciar el vuelo de un escuadrón de 19 aviones de la Armada Nacional. El presidente Ávila Camacho y su esposa se encontraban en un coche de ferrocarril, del cual descendie-ron para dar la bienvenida al presidente Roosevelt y a su esposa.

De acuerdo con versiones periodísticas de ese momento, el presidente norteamericano causó una grata impresión: la de una extrema sencillez, la de un demócrata clásico, la de un tipo de una profunda sinceridad. Sinceridad que, por otra parte, se esperaba que se reflejase en esta reunión en la que se requería de un franco y leal entendimiento y se nece-sitaba solidaridad para el cumplimiento de los altos destinos de dos pueblos.

El tren en el que llegó Roosevelt estaba compuesto por 14 carros. Fue precedido por un tren explorador con soldados de la Primera División del Ejército. El coche en el que viaja-ron el presidente norteamericano y su esposa estaba colocado al final del convoy. De acuerdo con la información, se trataba de un tren compuesto por carros blindados, pero despojado de todo señalamiento oficial.

El público que acudió a recibirlo era relativamente escaso. Esto se debió a que previamen-te se había tomado la decisión, por razones de seguridad, de que fueran pocas las personas que acudieran al lugar.

Integraban el grupo de recepción funcionarios, periodistas, fotógrafos y altos jefes del Ejército.

El presidente Ávila Camacho fue el encargado de dar la bienvenida al presidente Roose-velt, en compañía del secretario de relaciones, licenciado Ezequiel Padilla; el secretario de agricultura, ingeniero Marte R. Gómez, así como el licenciado Miguel Alemán, secretario de Gobernación, quien luego habría de ser presidente de la república.

Por supuesto, también le acompañaba su esposa, señora Soledad Orozco de Ávila Cama-cho.

Asimismo, estaban presentes el gobernador de Nuevo León, general Bonifacio Salinas Leal y el subsecretario de la Defensa, general Francisco L. Urquizo.

Se llevaron a cabo los honores de ordenanza, mientras los dos presidentes y sus respectivas comitivas escuchaban atentos los himnos de la armada nacional.

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Las primeras damas se acompañaron una a la otra. La crónica señalaba que la señora de Roosevelt llevaba un traje sencillo de color celeste y la señora Ávila Camacho vestía un traje negro con zapatos del mismo color.

Ya en Palacio de Gobierno, ambos mandatarios disfrutaron de un desfile que duró 45 mi-nutos. A las 17:00 horas con 25 minutos se retiraron del Palacio de Gobierno, rumbo a la Ciudad Militar.

En el salón comedor de la Ciudad Militar se sirvió un banquete en honor del presidente Roosevelt y de su esposa. En este acto, ambos presidentes hicieron uso de la palabra. Ávila Camacho expresó en esa ocasión que nada durable puede ser creado sin constancia en las privaciones y sin confianza y severidad en el sacrificio. Señaló que las únicas con-quistas que obtendrían las Naciones Unidas serían concon-quistas morales de dignidad y pen-samiento, de autonomía y conducta y con respeto al derecho.

Con el objeto de llevar a cabo en el futuro una vida juntos, el mandatario mexicano pidió sobreponerse a toda destrucción y explicó que una batalla de tal magnitud universal no se gana solamente en las trincheras del enemigo, sino a través de la unidad, a través de más trabajo y más productividad y a través de los beneficios de la democracia pura, en la cual, nuestros hermanos y aún nuestros enemigos, puedan descubrir un modo prometedor de dar a la vida mejor bienestar.

La geografía -agregó- ha hecho de nosotros un puente natural de conciliación entre las culturas latina y sajona del continente.

Nuestros aciertos y nuestros errores tendrán en el futuro una tremenda significación por-que no representarán únicamente el éxito o el error de México y los Estados Unidos, sino más bien un ejemplo, un estímulo o una decepción para toda la América.

Por su parte, Roosevelt señaló que era sorprendente el hecho de que hubiesen transcurri-do aproximadamente 34 años desde la entrevista anterior entre mandatarios mexicanos y norteamericanos, y manifestó su confianza de que en el futuro cada presidente mexicano y norteamericano sintieran la libertad de visitarse mutuamente, tal y como se visitan los ve-cinos para platicar y conocerse.

Nuestros dos países -dijo- deben su libertad al hecho de que vuestros antepasados y los míos mantuvieron los mismos principios por los cuales justamente pelearon y ofrendaron sus vidas. Hidalgo y Juárez fueron hombres del mismo temple de Washington y Jefferson. Fueron consecuencia inevitable que nuestros dos países se encontraran identificados en la gran batalla que se está librando actualmente para determinar si el mundo debe ser libre o esclavizado.

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mordialmente en la renunciación a todo uso de la fuerza y en la comprensión de la justicia internacional y del mutuo respeto, como la línea de conducta a seguir por todas las nacio-nes.

“En esta gran ciudad de Monterrey -prosiguió- he quedado altamente impresionado por la forma en que están empeñadas todas las fuerzas productoras es causa de la guerra. En la formación de victoria común, nuestros pueblos encuentran que tienen aspiraciones igua-les.

Pueden trabajar juntos por el mismo ideal. No perdamos nunca nuestra firmeza sobre esa verdad. Contiene dentro de ella el secreto de una prosperidad bienestar futuro para todos nosotros ambos lados de nuestras libres fronteras. Asegurémonos de que cuando nuestra victoria llegue, cuando se sometan las fuerzas del mal -y esta sumisión sea incondicional- entonces nosotros, con el mismo denuedo unificado, nos enfrentaremos a la tarea de cons-truir un mundo mejor”.

En opinión de Roosevelt era ya el tiempo de que cada ciudadano en cada una de las Re-públicas del Continente Americano, reconociera que la política del buen vecino significa que el lesionar una nación, es lesionar a todas.

Por último, manifestó que se había conseguido un entendimiento estrecho una unidad de propósitos y agradeció al pueblo mexicano y a su presidente la oportunidad de conocerse en suelo mexicano y de considerarlos amigos.

Después de las reuniones en esta ciudad, ambos presidentes abordaron ese mismo 20 de abril, a las 22:00 horas, el tren formado por once carros que los llevaría a los Estados Uni-dos.

Al día siguiente, 21 de abril, Roosevelt y Ávila Camacho estaban en la Ciudad de Corpus Christi, Texas. Ahí, el presidente mexicano fue objeto de una efusiva bienvenida en el cen-tro naval y Roosevelt declaró que su entrevista con el mandatario mexicano había sido una de las más grandes entrevistas históricas de América.

Ambos presidentes observaron una brillante demostración aérea y finalmente acudieron a la estación del ferrocarril en donde se despidieron.

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En los últimos tiempos, las entrevistas entre mandatarios mexicanos y norteamericanos han sido cada vez más frecuentes. Recientemente estuvo en Washington el presidente Car-los Salinas de Gortari antes de que concluya este año de 1990 vendrá a México – concretamente a Monterrey-, el presidente norteamericano George Bush.

Ambos países, y el mundo entero están viviendo una nueva etapa de cambios sustanciales, a favor de un mejor entendimiento, que se espera sea para beneficio común.

“En esta gran ciudad de Monterrey he quedado altamente impresionado por la forma en que están empeñadas todas las fuerzas productoras en la causa de la guerra. En la formación de la victoria común, nuestros pueblos encuentran que tienen aspiraciones iguales”, dijo Roosevelt.

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9. Barba Jacob en el recuerdo

randes hombres ha dado Nuevo León al mundo. Grandes hombres. También, los ha recibido y los ha hecho suyos. Y ellos han hecho suya la ciudad.

Un día, uno de esos hombres llegó a Monterrey con su equipaje de ilusiones y palabras. Aquí se avecindó y fue uno de los nuestros.

Llegó como años antes lo hizo el jalisciense José Eleuterio González “Gonzalitos” y como después viniera el poeta español Pedro Garfias.

Sin embargo, a pesar de no constar con un acta de nacimiento en esta ciudad, a los tres, se les considera regiomontanos. Como Fray Servando, el personaje a quien rendimos home-naje hoy deambuló por ciudades y países en busca de un ideal y en esa búsqueda nuestra ciudad se benefició.

Al pisar tierra de Alfonso Reyes caminó por playas y avenidas.

Sus ojos admiraron nuestras montañas y conoció el Santa Catarina, ese tranquilo río que en ocasiones muestra una extraordinaria bravura, como aquella que él presenció en 1909. Al celebrarse hoy el 73 aniversario de El porvenir, recordaremos la figura de Miguel Ángel Osorio, colombiano a quien en el periodismo se le conoció como Ricardo Arenales, y en la poesía como Porfirio Barba – Jacob.

Parte de su vida la dedicó al periodismo regiomontano. Junto con don Jesús Cantú Leal contribuyó a que El porvenir diera sus primeros pasos. Eso fue el 31 de enero de 1919. El porvenir es, hoy por hoy el decano de los diarios regiomontanos.

Aunque oriundo de Santa Rosa de Osos, Departamento de Antioquia. Colombia, el poeta y periodista Ricardo arenales puede ser considerado, con toda justicia, como un distinguido regiomontano por adopción, pues en las etapas en que estuvo en nuestra ciudad, dejó pro-fundas huellas de su paso, como ningún otro intelectual ha dejado, según el sentir del li-cenciado Héctor González, uno de sus más destacados biógrafos.

Miguel Ángel Osorio era su verdadero nombre, pero lo cambió por el de Ricardo arenas poco antes de salir de su país natal. Ahí había visto la luz primera, en 1884, al parecer. Sin

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embargo, según lo consigna el propio licenciado Héctor González; otra fecha probable es el año de 1879.

Tal fecha es la que señala el escritor Luis Alberto Sánchez, en su obra “Nueva historia de la Literatura Americana, publicada en Buenos Aires el año de 1944.

Ricardo Arenales, que también habría de utilizar más tarde los seudónimos de Porfirio Barba Jacob y Main Ximenes, principalmente para firmar sus escritos, llegó por primera ocasión a Monterrey en 1908 o 1909. Habría de permanecer en la ciudad hasta 1913, cuando se trasladó a la capital de la República.

En esta primera etapa de su estancia en Monterrey, ingresó como redactor en el periódico El espectador, del cual sería propietario a principios de 1910, solo para traspasarlo, algu-nos meses más tarde, a su gran amigo, el licenciado Fernando Ancira.

Fundó, en un afán por consignar las aspiraciones de los pueblos de la América hispana, la Revista contemporánea, cuyo primer número salió a la circulación el 5 de enero de 1909, y que publicó regularmente, cada 15 días, hasta junio de ese mismo año.

Arenales, según afirman quienes lo conocieron, era una persona con extraordinaria capa-cidad para el trabajo, y con una gran pasión por las letras. Para elaborar sus artículos, co-locaba en su máquina de escribir largas tiras de papel periódico, y se ponía a teclear sin descanso; no era raro que se pasara hasta 24 horas continuas en su labor, sin separarse ni para satisfacer las mínimas necesidades del organismo.

Fue así como a su pluma se debe la mejor información publicada en torno a la pavorosa inundación de Monterrey, ocurrida el 29 de agosto de 1909. Para lograrlo, estuvo varios días, literalmente pegado al trabajo, sin retirarse ni para comer ni para dormir.

Esta característica de su espíritu de trabajo lo llevaba a escribir prácticamente sin límite alguno, motivo por el cual era reacio a pergeñar artículos cortos.

Hizo, sin embargo, una excepción, cuando, por amistad con Enrique Fernández Ledesma, director del seminario Zig – Zag, escribió varios artículos, como colaborador.

Al trasladarse a la ciudad de México empezó a publicar en 1914, poco después de la inva-sión norteamericana al puerto de Veracruz, el periódico Churubusco, en el que condenaba la agresión yanqui y asumía la defensa de la postura mexicana en este conflicto.

Paralelamente, empezó a escribir una “Página para los Espectadores”, en el periódico El imparcial, también de la capital de la República.

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Se trata de El porvenir, periódico cuyo primer número apareció el 31 de enero de ese mismo año, y que todavía se publica en nuestros días, convertido en uno de los mejores medios informativos de México.

La producción literaria de Ricardo Arenales no se circunscribió al periodismo. Escribió también numerosos poemas, y los publicó durante su estancia en Monterrey. No tuvo por entonces, la intención de reunirlos en un libro. Lo haría más tarde, en 1932, cuando apa-reció, en México, la edición de sus Canciones y elegías.

Otra obra póstuma, esta es la titulada Poema Intemporales, que publicó en 1943.

Este gran poeta y periodista que se ganó a pulso la estimación y el afecto de la gente de Monterrey, murió en la ciudad de México, el 14 de enero de 1942.

Referencias

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