LA CUECA LARGA.....doc

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Escaneo y edición de dos capítulos del libro:

La “cueca larga” de los Pincheira

Una montonera realista en la Independencia Americana

José Manuel González

Ediciones Nueva Hispanidad Colección “El otro Bicentenario” - Buenos Aires

III LA GÉNESIS

PINCHEIRINA

UEGO de verificada la derrota de las armas realistas en el antiguo Reino de Chile, nos cuenta don Juan Isidro Maza en su La rebeldía de los vencidos de Chacabuco y de Maipú1, se produjo una reagrupación de

fuerzas de los derrotados que tuvo como escenario el sur de las tierras del Nuevo Extremo, la Intendencia de Concepción y la Araucanía, extendiéndose con posterioridad a las co marcas argentinas del pie de cordillera en los actuales sur mendocino y norte neuquino, así corno a las anchas pampas y bardas que se dilatan entre dicho pie cordillerano y las costas del Atlántico.

L

El vasto teatro llegaba hasta las puertas de las pequeñas poblaciones de Fortaleza Protectora Argentina, en la Bahía Blanca, hoy ciudad de ese nombre, y el Carmen de Patagones, con su gemela Mercedes de Patago nes, en la actualidad capital de la provincia del Río Negro con el nombre de Viedma, y separadas ambas por el río que da nombre a aquélla.

Los reagrupados se derramaron a través de sus alianzas con las dis tintas parcialidades de indígenas que, en forma escasa, poblaban las pampas, justificando el nombre de Desierto que hasta ellos mismos uti-lizaban y que hoy tanto preocupa a antropólogos e indigenistas. Comarcas a las que también se llamó "Tierra Adentro" o "Campo Afuera". Esta región que tenía como límite norte la línea de fortines que los virreyes habían levantado para garantizar el crecimiento pacífico de labradores y hacendados "cristianos", como en el bello lenguaje de la época se decía, estaba definida desde la visión del poblador porteño, del santafesino, cordobés, puntano o mendocino. Y cuando decimos porteño, decimos el habitante de la Ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Aire, en forma abreviada Buenos Aires, y de su "campo" o "campaña", comprendidos entre la confluencia de los ríos Paraná y Uruguay, y la barra o desembocadura del Salado. Éste será el espacio vital de unos hombres a los que se podría aplicar aquello de Miguel Ayuso: "iniciadores de esta secular rebelión en nombre de una suprema lealtad".2

En ese amplio teatro se desarrollará la tragedia clásica, con ecos griegos y hasta "shekspirianos", si se quiere, que podría nombrarse como "La Araucana nueva y goda" o "La lealtad sudchilena y patagóni ca", para decirlo con el sabor de siglo de oro de un Alonso de Ercilla o un Lope de Vega. Quizá una designación romántica prefiriera llamarla "La chouanería indiana" o "Una Vandée en las planicies de la América del Sur", con reminiscencias de Julio Verne, de Emilio Salgari o del mismo Alejandro Dumas.

Ateniéndonos a esa característica que nuestro maestro Arturo Be renguer Carisomo señaló, siguiendo a los suyos: que lo esencialmente popular, nacional e indígena, tanto en la materia o asunto como en la forma externa, define a la expresión literaria hispánica, preferimos ti tular a nuestro trabajo de aproximación La cueca larga de las Pincheira. Para subtitularla, en un plan más histórico o de historia de las ideas, con lo que desde la perspectiva de la definición creemos que caracteriza la esencia de lo que fue la epopeya pincheirina: un prototradicionalismo hispánico en los confines del Imperio, una montonera realista en la Independencia sudamericana.

Nos animaríamos a decir, viendo la clara evolución del ideario y el accionar del protagonista gemelo de los Pincheira en Chiloé, el brigadier cántabro don Antonio Quintanilla, un protocarlismo. Una proto -carlistada que cubrió las cabezas de sus hombres no con la boina que inmortalizaría el grabado de don Tomás de Zumalacárregui, sino con la pluma indiana de los herederos de Caupolicán, o con el sombrero de ala ancha, adornado con la divisa rojinegra de Rancagua que en sus colores decía el mote "victoria o muerte", común al paisanaje criollo de allende y aquende cordillera. No muy distinto, de todos modos, del que debe haber llevado aquel Manuel María González, que en Talavera de la Reina fue el primero en levantarse por la Causa, hasta que su sangre regó la Piel de Toro, en tierras de Extremadura. Como la de algunos de los Pincheira, lo haría en la Nueva Extremadura, que así también se llamó el Nuevo Extremo que antes dijimos.

Claro está que cada vez que avanzamos los hispanoamericanos en el conocimiento de nuestro ayer sepultado, encontramos que será arduo determinar cuál fue el pueblo y comarca que guardó la última lealtad activa a la causa monárquica. De todos modos, mientras no aparezca algún testimonio en contrario, y por lo que arriba hemos dicho, bien podemos afirmar que ésta fue la última expresión de la "Fidelidad y

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Maza, Juan Isidro, La rebeldía de los vencidos de Chacabuco y Maipú. "Revista de Estudios Regionales", Facultad de Filosofí a y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, 1990. Todas las citas del autor incluidas en el presente libro, pertenecen a esta obra.

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Religión Argentina", para nombrarla apelando al título de un libro del Canónigo Rivarola. En su trabajo citado nos dice Maza:

"Personalidades, hombres encumbrados, fracciones políticas, guerra ci vil, caudillos, guerrilleros, indios y malones desfilarán en estos escritos, sin más intención que la de dar a conocer los acontecimientos y las personas que aparecen como los principales Defensores del Rey, quienes combatieron des pués de las batallas de Chacabuco y de Maipú, bajo la acción de sus guerri llas, sosteniendo el deseo de reivindicar su ideal perdido, recuperar los bienes que les fueron confiscados y también mantener a toda costa el estandarte de su Rey".

Dos meses después de la asunción de O'Higgins, como jefe del Es tado chileno, y ante la rebelión realista del sur, el director abandonó Santiago y se puso al frente de las fuerzas de represión en la zona al -zada por el rey, dictando antes de partir un decreto por el cual "todo español europeo que anduviese por las calles después de la entrada del sol y de encontrarlos con armas serían fusilados de inmediato, sufrien do a la vez todos los partidarios del rey la confiscación de sus bienes".

Naturalmente el bando, no sabemos si draconiano o jacobino, ali neó inmediatamente a todos los españoles o chilenos, civiles o religiosos que rechazaban a la República, tanto para recuperar los bienes con -fiscados, corno para dar la libertad a los "muchos fanáticos realistas que se encontraban recluidos en las cárceles", como continúa diciendo Maza.

Parécenos que el autor cuyano califica a los prisioneros de "fanáticos" para disimular un poco la evidencia que el "muchos" aporta para confirmar la condición "liberal" de la naciente república. Será conve-niente recordar esta normativa para comprender las razones de la ferocidad de la "Guerra a Muerte", esto es sin cuartel ni prisioneros, que pronto estallaría.

De todos modos, durante largo tiempo Talcahuano siguió siendo un bastión realista, apoyado por todo el Sur, y Chiloé, la heroica que nombra su himno, se mantuvo hasta 1826 bajo la administración real. Den tro de los permanentes combates toma un especial valor simbólico la entrevista entre el comandante don Manuel Bulnes -que habiendo servido en los ejércitos patriotas hasta 1814, y decepcionado de ellos se había pasado "al rey", y por mediados de 1818 actuaba con relevancia entre los godos- y su hijo, también de nombre Manuel, de fundamental importancia para el destino posterior de los Pincheira, quien fue comisionado por el mando patriota para lograr su paso a los republicanos. Bulnes el viejo -no le queda nada mal este apelativo, digno del Romancero de la Reconquista o de las Crónicas de la Conquista, quien llevaba el castizo apellido vinculado a la montaña asturiana- tuvo al decir de Maza una actitud de firme negativa y se despidió de su hijo al que no volvería a ver más, pues trasladado al Perú, murió sirviendo las banderas realistas. En pocos momentos, y pese al regusto homérico de la despedida, se palpa con más crudeza la tragedia que en muchos casos significó aquella contienda.

Una verdadera colmena de "empecinados" se alzaría en el Sur. Maza nos da los nombres de: "Antonio Carrero, José María Zapata, Julián Hermosilla, Vicente Benavídes, Juan Manuel Pico, Vicente Antonio Bocardo, Felipe Díaz de Lavanderos, Mariano Ferrebú, José María Vázquez, Juan Antonio Chaves, Francisco Rojas, José Antonio Zúñiga, Francisco Javier Quesada, Martín del Carmen Gatica, José Manuel Baldebenítez, los cuatro Pincheira, mucha subofícialidad y soldados, la totalidad de los franciscanos del Convento de Chillan, el Cura de Rere de Concepción Juan Antonio Ferrebú, la pobrería del Sur y la totalidad de los indios araucanos".

Todo este "país en armas" va a ser comandado, luego de la jefatura de Juan Francisco Sánchez, por Vicente Benavídes, que habiendo sido partidario de los Carrera, en la primera etapa de la revolución, quizá, sin haberlo leído, habría coincidido con José de Maistre que en 1811 decía: "si los hombres comprendieran hoy lo que es la revolución, mañana no existiría". Benavídes parecía haber comprendido y había re gresado a las filas realistas. Prisioneros, junto con su hermano Timoteo luego de Maipú, fueron condenados a muerte, indultados, para ser, finalmente fusilados en una "saca" de prisioneros. Vicente sobrevivió al fusilamiento, pese a que antes de la ejecución, el sargento jefe del pe lotón lo sableó produciendo dos profundos tajos en su cuello. Abandonados los cuerpos hasta el día siguiente para que sirvieran de escar miento a los realistas, su propia mujer lo curó, solicitando más tarde la familia permiso a la autoridad para enterrar dos cadáveres, aunque en realidad sólo se diera sepultura a uno.

Los oficios de un intermediario, cuyo nombre no recoge la historia sino como el de un "caballero respetable", acercaron al sobreviviente oculto al General San Martín, quien lo envió al Sur asignado a los ge -nerales Antonio González Balcarce y Ramón Freire, a fin de que sir viera con ellos en la elaboración de una pacificación de las zonas rebeldes.

A partir de determinado momento, que coincide con la retirada de finitiva del general Juan Francisco Sánchez al Perú, Benavídes volverá a su posición realista. Maza asigna este nuevo retorno de Benavídes a las filas reales al rencor por el fusilamiento de su hermano, o por la ofensa recibida en la persona de su mujer; más parece, sin embargo, que no encontró mejor forma de volver a hallarse entre el paisanaje go do que fingiendo una adhesión a la misión pacificadora y que en cuanto pudo abandonarla lo hizo. De todos modos no estaría de más atender tanto su lealtad para con la causa real, cuanto su sentimiento propio lastimado, no sólo en forma figurada, por los tajos que en su cuerpo hi ciera el sargento fusilador patriota.

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con grados militares a los que en las luchas guerrilleras se destacasen. Despachos que tendrán mucho que ver con la historia de los hermanos Pincheira.

El 1° de mayo de 1819 Benavides comenzó a actuar y, para agosto, desde la Araucanía dictó unas "Instrucciones", que son consideradas, por su severidad, corno las que inician la “La Guerra a Muerte" en Chile.

Sin embargo, se haría necesario revisar las instrucciones patrióticas de la Guerra de Vandalaje, que fueron dictadas, es cierto, con posterioridad, para comprobar que estableciendo un paralelo entre las "Instruc-ciones" de Benavídes y las del ministro patriota Zenteno, no sale dema siado favorecido éste último y aun se hace más razonable entender las medidas del primero, si se agrega, que en el verano de 1819, esto es con anterioridad a las "Instrucciones" de Benavídes, se produce en San Luis la matanza de prisioneros realistas, alojados en la ciudad puntana luego de Chacabuco y Maipú, cuyas repercusiones llegaron hasta Lima, o lo que acontecía con los prisioneros realistas distribuidos como "siervos" en Cuyo, o la situación de los concentrados en el campo de Las Bruscas, ubicado cerca de Dolores, en la provincia de Buenos Aires.3

Toda la peripecia heroica de la cruenta lucha de esos años ha sido descripta de modo incomparable por diversos historiadores chilenos, gozando de clara preeminencia el texto clásico de Vicuña Mackena, con su colorido decimonónico, que lo puede emparentar con el español Pi rala; sin embargo, la hemos querido reseñar como el antecedente inevitable para entender la saga pincheirina.

Vencido Benavídes a fines de 1821, intentó llegar al Perú en una balsa con su esposa, su hijo niño, su secretario Nicolás Artigas, el alférez José María Jaramillo y, todo un símbolo, un indiecito. Sorprendidos mientras descansaban en la playa de Topocalma, fueron tomados pri sioneros. Trasladado a Santiago, se lo hizo vestir de coronel del ejército real, con una tira de papel sobre el pecho, montado en un asno, co -locándosele en el sombrero un franja escrita que decía: "Yo soy el traidor e infame Benavides, desnaturalizado americano".

El caudillo godo vivió, anudados, su Ramos y su Pretorio, hasta que finalmente le llegó el Gólgota, que los republicanos y liberales reformadores de las leyes penales cumplieron así, tal y como dice su sen -tencia, que nos aporta Maza: "deberá efectuarse del modo más público, debiendo ser ahorcado y quedar pendiente su cadáver hasta la puesta de sol y su cabeza y miembros más principales remitidos a la provincia de Concepción para que el señor intendente los mande colocar en altas picas en los lugares mismos donde ha cometido los mayores delitos y el resto de su cuerpo será quemado por el verdugo a extramuros de la ciudad".

En sus últimos momentos, nos relata Maza, Benavídes encontró re fugio en la oración a la Virgen de la Merced, patrona del Ejército realista. Quemados sus restos en público, los prohombres del nuevo régi men ejercían así docencia sobre el pueblo, enseñándoseles que: "ahora no volvería a resucitar de nuevo el caudillo, como luego de Maipú". Luego de tan humanitaria sentencia, no llama la atención que la cabeza de Juan Manuel Pico, “El Boca Negra”, amado por el pobrerío del sur, y sucesor de Benavídes, fuera mostrada como “postre” en una bandeja en un almuerzo de oficiales republicanos en el pueblo de Nacimiento. Al “Boca Negra” le tocó ser el Bautista de esta feroz parodia.

Tampoco sorprende la muerte de don Juan Antonio Ferrebú, párro co de Mere de Concepción, del que dice Mariano Torrente, citado por Maza: "aquella notable víctima de la guerra fronteriza, que lo fuera el Padre Juan Antonio Ferrebú, murió como un mártir de la antigüedad, declarando que perdería mil vidas en obsequio de tan venerados objetos, como lo son la religión y la corona".

Al respecto Campos Harriet, también citado por el autor que veni mos siguiendo, nos dice: "Ferrebú mediante el influjo entre los bárbaros [...] se retiró con sus montoneras y sus indios todos estos cau -dillos de la guerra a muerte sentían una gran inquietud mística y rezaban en la sombra de las largas noches de vigilia [... la oración era el alimento que los fortalecía para seguir en la guerra y hacer frente a los enemigos [...] antecesores de aquellos guerrilleros de la guerra carlista, como ellos, de la oración salían mejor armados, con el alma fuerte y resplandeciente, dispuestos a pasar entre las foces enemigas como el acero de una hoz".

El accionar de las fuerzas republicanas o patriotas tuvo como conse cuencia, al decir de Maza, que la provincia de Concepción se encontrara al borde de la desesperación, o en la desesperación misma, con muchos que luego de ver morir a sus hijos por la absoluta carencia de alimentos llegaran al suicidio. En los primeros meses de 1822 habían muerto de hambre más de 700 personas. La libertad comenzaba en la región pre cedida de los caballos que el Evangelista veía en Patmos. Y si el blanco, conforme la interpretación de nuestro Leonardo Castellani, era la Monarquía cristiana, los otros tres eran, efectivamente, la guerra, la carestía o hambruna y la peste o persecución final, por lo menos final para ellos en su circunstancia personal. Los tres caballos se ensañaban sobre ese pobrerío de indios y criollos, ese resto de la Monarquía cristiana en los confines, tanto como se encarnizaba en sus caudillos.

Por fin hasta los patriotas de la provincia se sublevaron contra los señoritos de Santiago, tan jacobinos como oligarcas, y el levantamiento general4 que terminó arrastrando a O'Higgins, fue justificado por

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La matanza de los prisioneros en San Luis fue puesta de relieve por vez primera por Benjamín Vicuña Mackena en el capítulo Cuatro, pág. 67, de su obra,

La Guerra a Muerte. Con respecto a los "siervos" de Cuyo se puede consultar la novela de Virginia Carreño y Constanza de Mcnezes, María cle los Ángeles, Emecé Editores S.A. Baires 1953. Este relato fue llevado al cine en 1948, con la dirección de Ernesto Arancibia, y Mecha Ortí z y Enrique Diosdado en los roles protagónicos. Con respecto al campo de concentración de "Las Bruscas'', cfr.: Melín, Emma Lila Othaceguy de y Toscano, Alcira Noemi Bupie de, Presidio "Las Bruscas", sin datos de publicación.

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aquéllos en estos términos: "Que no era un motín de tropa, sino una verdadera revolución del pueblo".5 -Es en este momento cuando nacen a la historia los Pincheira, cuatro hermanos varones, hijos de Martín Pincheira, militar que prestó a lo largo de toda su vida servicio en la frontera de Arauco, en la zona de Chillán, y que muertos los más importantes jefes de la resistencia real, trataran de defender esas mismas banderas apoyándose en su accionar en y desde el territorio argentino.

IV - LA GESTA

PINCHEIRINA

on Juan Isidro Maza nos cuenta en su obra ya citada, que después del ajusticiamiento del coronel y guerrillero realista Vicente Benavídes, del degüello del comandante Juan Manuel Pico, del fusilamiento del capitán Mariano Ferrebú y de su hermano, el cura don Juan Antonio, y de otras ejecuciones, los hermanos Pincheira se hicieron cargo de la jefatura de los restos dispersos de los partidarios del Rey, o facción goda, que dirían sus enemigos.

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Cuando los Pincheira comiencen a adquirir notoriedad en el sur mendocino y norte neuquino se los tendrá por caciques de origen indígena, sin embargo, no era así. Sin ser unos señoritos que estudian en España, como los describe el Dr. Pacho O'Donell -tema sobre el que más adelante volveremos, para saber, como en los folletones decimonónicos, el por qué-, tampoco eran indios. La cosa era más sencilla: los hermanos, como millones de iberoamericanos, eran nietos de galle gos, don Luis de Pincheira y doña Féliz Bello, quienes de recién casados marcharon a tierra indiana, estableciéndose en Pirquilauquén, en el Nuevo Extremo, que decían Penco, o Reino de Abajo. Allí nacieron sus hijos Victoria y Martín.

Más adelante Victoria contraerá matrimonio con Alberto Fermín Riquelme, de la familia materna de Bernardo O'Higgins. Martí n, ingresado mozo en el ejército real, prestó servicio la mayor parte de su vida en la comarca limítrofe con la Araucanía, conocida como la Fron tera, principalmente en la zona de Chillan, habiendo estado bajo las órdenes de Ambrosio O'Higgins, el irlandés al servicio de España, que fuera padre natural del Libertador chileno.

Uno de esos misterios, tan propios de la biografía de determinados héroes de leyenda, hace que no se haya podido localizar el nombre de la madre de los Pincheira, que sin embargo no es un ser fantasmal, que aparece y desaparece en forma teatral, ya que los hermanos fueron cua tro varones y dos hembras que llevaron estos nombres: Antonio, Santos, José Antonio, Pablo, Rosario y Teresa.

Probablemente la desaparición (¿por el fuego?) de la documentación sobre los hijos nos hubiera permitido imaginar una posible madre indígena. Pero dejando la tarea de dilucidarlo para los

descubridores de "madres indias"6,se hace preciso aclarar la definición, clara y precisa, de estos criollos.

Porque eso eran, criollos, con sangre araucana, o gallega o española pura, suponiendo que don Martín casase con una paisana o hija de paisanos de sus padres, o entreverada con sangre criolla vieja, de aquellas cuya estirpe se amasó en las noches que siguieron a los días de lucha del tiempo de la Araucana, entre mozos andaluces y extremeños y chiquillas mapuches. Fuera la que fuera la composición de su ADN -cosa que nunca preocupó ni mucho ni poco a los de la Piel de toro y sus descendientes-, como muchos otros criollos y mestizos eran, sí, leales a su Rey. Y por esa lealtad se identificaron. De ellos sepuede decir lo que el poeta salteño Jaime Dávalos expresó en su zamba "La mestiza", de la mujer emblemática de su tierra norteña: "Indios y moros forjaron / tu piel que es imperio del sueño español".7

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Para ver cómo pudo entender el paisanaje realista esta revolución, sirve la definición de Jaime del Burgo reproducida en Recuérdalo tu y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil: "La revolución tiende a restaurar una situación mucho más antigua, que tenemos intención que sea el régimen tradicional". Cfr. Burgo, Jaime del, Requetés en Navarra, San Sebastián, 1939.

6 En los últimos tiempos ha aparecido en la Argentina una pseudo corriente histórica que se basa en suposiciones y leyendas

que más tienen que ver con textos escolares de principios del siglo XX que con tradiciones orales auténticas y que se empeña en descubrir antecedentes indígenas en determinadas figuras de la historia nacional. San Martín y Perón fueron objetivos de las "aproximaciones" de distintos autores, entre los que se encuentra desde la hagiografía inocente hasta la mala intención evidente. La problemática llegó hasta la Academia Nacional de la Historia y al mismo Poder Legislativo Nacional. La situación general del país, dramática, si no trágica, al momento de la aparición de los sesudos trabajos dejó sin mucha audiencia a los nuevos "Chateaubriand" en busca de su "Atala".

7 No hemos podido resistir la tentación de reproducir la letra completa de esta zamba que en la voz y la guitarra del maestro

Eduardo Falú adquiere proporciones clásicas. "Carne de greda inocente / siempre recuerdo tu piel. / Tengo las manos untadas / con la mansedumbre de tu desnudez./ Barro caliente tu boca / con su gustito de miel. / La soledad de los montes /se entrega al besarte desnuda también. / Toda torneada de arcilla / te doran las lunas rituales y el sol. / Indios y moros forjaron / tu piel que es imperio del sueño español. / Cuando madura la luna/ en la flor del alfalfa!,/ el viento tiembla en los sauces / y mi sangre sola te empieza a nombrar. / Deja que llore tu ausencia / mientras la tarde se va, / por que me acosa la noche / por los cuatro rumbos de la soledad". Dávalos, Jaime, Cantos rodados, "La Verde Rama", Buenos Aires, 1974, pág. 31. Al respecto de Jaime Dávalos, vale repetir su autodefinición vital contenida en un artículo reproducido por la revista "Cuestionario", Año 1, N°

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Antonio, el mayor, luego de Maipú, donde peleó, pasa a las guerri llas colaborando con el comandante José María Zapata, para morir junto a su jefe en acción de guerra. Santos, el segundo, encuentra su fin al vadear un río cordillerano caudaloso: "toro viene el río", dicen los paisanos en las crecientes.

Pablo, al que comienzan a llamar "El Cacique", y José Antonio, también luego de Maipú, se

batirán unidos al comandante Miguel Senosiain, siguiendo los consejos e instigaciones de sus maestros, los franciscanos del Convento de Chillan, dato que será importante retener para comprender el sentido de la gesta pincheirina.

Ayudados por don Manuel Zañartu, hacendado que puso su riqueza al servicio de la causa del Rey,

unido a don Manuel Vallejos, dueño del fundo "El Roble Huacho", a ellos se agregó una especie de sección

o "rama femenina" pincheirante -como a veces se llamaba a los seguidores de los herma nos-, que será conducida, desde Chillan, por doña Cruz Arrau de Santa Maria Escobedo, hija de los catalanes dueños de la hacienda "El Cato", de los cuales precisamente habían sido inquilinos los Pincheira.

Al ir haciendo este breve cuadro del estado mayor y la tropa goda salta a la vista la presencia de todos los elementos de la sociedad hispánica en las Indias, que no colonial; españoles, criollos nuevos o viejos, mestizos, indios, probablemente, aunque la zona no fuera propicia, hasta algún moreno es posible que haya militado en la hueste. Lo que no se encuentra en ella, es la presencia de esa verdadera jauría de ofi ciales europeos (ingleses, franceses, algún germánico o italiano) y americanos del norte, que tanto abundaron en los ejércitos independentistas y que le dieron a la contienda un significado a la vez que fuerte mente volteriano,

implacable y crue1.8

La muerte del prusiano Rauch -en 1829, reiteradamente lanceado por el jefe ranquel Nicasio Maciel, llamado "Arbolito", en la batalla de "Las Vizcacheras"- cuando Rauch peleaba para el bando unitario de Juan Lavalle contra el ejército federal de Juan Manuel de Rosas, fue to da una demostración del odio que habían generado los militares europeos en el ambiente criollo. Decapitado, su cabeza fue llevada en triun fo a la ciudad y arrojada en una calle céntrica como un desafío; no fue una casualidad o un simple ensañamiento de los vorogas; fue la respuesta al instinto homicida de aquella verdadera hez de la Europa revolucionaria que se trasladó a

América luego de Waterloo. De estos subproductos del libertinaje ilustrado y las teorías napoleónicas no ha bía en

el ejército que tremolaba las banderas de Dios, la Patria y el Rey, y hasta nos animaríamos a decir que presentía la

de los Fueros.9

Pablo y José Antonio Pincheira, unidos al comandante Julián Hermosilla, deciden instalarse en la banda

oriental de la Cordillera, constituyendo campamento en "Epu Lauquén", en el neuquino "Valle de las Lagunas".

Los hermanos levantarán finalmente una villa en el paraje conocido como "La Invernada Vieja". Se instalaron en

ella núcleos familiares en verdaderas viviendas; no faltaba, dada su condición de baquianos, pasto, leña ni agua, y hasta se construyó una capilla, con su capellán, sin olvidar un puente colgante para cruzar el río Neuquén. Siguiendo

los usos cordilleranos del mismo modo que los vaqueiros de alzada asturianos o los pastores de la Mesta

castellano-extremeña la comunidad se trasladaba al llegar las calores a la correspondiente veranada o lugar de

pasar el estío.

Todo esto implicaba una organización social, fuertemente jerarqui zada y trabada, que no puede confundirse, en caso alguno, con ninguna asociación de bandoleros, bucaneros o filibusteros de las del tipo a las

que perteneció el condottiero Giuseppe Garibaldi 10 cuya estatua nos sigue insultando a los porteños, y a los

argentinos todos, mientras las de Mendoza o Garay, esperan ya resignadas turno luego que la de "el bravo

español don Francisco Pizarro" (San Martín dixit), fuera retirada de la Plaza de Armas de Lima.11

Entre 1823 y 1825, los 2.000 hombres de los Pincheira realizan incursiones en el sur de Mendoza y San Luis, desplazándose en ciertos momentos hasta la Bahía Blanca y el Carmen de Patagones. En no viembre de 1826 el general Borgoño es enviado desde Santiago de Chile a combatirlos, y su presión hace que los Pincheira se replieguen al Neuquén.

Borgoño organiza tres columnas al mando de Beaucheff, Bulnes y Antonio Carrero; francés uno, hijo de realista el

segundo y traidor a la causa del Rey eltercero, datos todos que, como se verá, serán siempre de fundamental

importancia en el pensamiento del chillanejo José Antonio Pincheira. Años más tarde, en su Noche triste,

mientras se negaría siquiera a dirigirle la palabra a un renegado, se rendiría a un oficial revolucionario, hijo de un realista, del que había sido amigo.

Cuando por los pasos de Alico y Antuco llegan las fuerzas chilenas al Neuquén, José Antonio

gaucho solitario, de un peón cualquiera, sin pretensiones de hacer algo original".

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Al respecto ver capitulo "Excurso probatorio", en pagina 115.

9

Se puede consultar para profundizar en esta temática, asi como en el odio inverso que generó en la élite unitaria o liberal la participación de los indios en las guerras civiles, y que afectaría tanto a nuestros estudiados como al mismo Manuel Dorrego, Conde, Luis Fernando, Manuel Dorrego, una clave para nuestra historia, Floridablanua, Buenos Aires, 1998

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Para ver el tema del Risorgimento, consultar Anexo 111, en este mismo libro, pp. 135.

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Pincheira divide a su gente y la traslada al interior de la Pampa y al Payen mendocino. La operación tiene aroma a texto de Julio César o a astucia de Sertorio, dos romanos que trajina ron lo suyo las tierras de Hispania.

Llegado Beaucheff a la villa pincheirina, la encuentra desierta, y luego de apoderarse de todo lo útil que en ella había, ordena quemar las casas. Regresa a la quebrada de Butalón, por donde había entrado al Neuquén, y allí encuentra depósitos ocultos de sus enemigos, desti nados a la construcción de viviendas, calzados y a la reparación de equipos, que la intendencia de la ciudadela realista en marcha había acumulado.

En cuanto a efectivos, sólo logra capturar algunos hombres sueltos, a los que fusila, según sus partes, pero extrañamente menciona también la presencia de mujeres y niños, que traslada a Chile. Cada vez queda más claro que, inclusive, había núcleos menores, aldeas o puestos, de pobla ción, en torno a la cabecera de los realistas, los que al no ser desalojados a tiempo recibieron el castigo de las fuerzas republicanas.

Finalmente Beaucheff escribe a José Antonio una carta ofreciendo el perdón a cambio de la rendición. El chillanejo responde:

"Febrero 10 de 1827. Señor Coronel Buchefe: De que nos previene del in dulto no podemos, porque no somos solos los que peliamos, pues ustedes sa brán que el portugués aliado se halla peliando en Buenos Aires, y si ustedes gustan invernar, invernen que no les hace ningún perjuicio, bien bedo yo que no tengo fuerzas para contrarrestar con ustedes y así si V. me busca si está a cuenta atacaré y si no me andaré por los campos".

Desde la hispanización del apellido del jefe republicano, hasta el socarrón "si quiere invernar,

invierne [.. .] y si me busca [..] atacaré", pasando por la mención a la guerra en el Atlántico con el imperio

del Brasil, sin olvidar el chilenismo "bedo", por veo, o el giro cervantino de "y si no me andaré por los

campos" todo indica que nos encontramos con un paisano que sabe adónde va y qué quiere, no frente a un jefe de ladrones de ganado.

En octubre de 1827 un coronel chileno, Quintana, informa a sus su periores que el sur está con los

Pincheira y que las poblaciones creían "ciegamente, que la guerra tendría larga duración". Esta expresión que

nos suena asombrosamente moderna, permite explicar muchas de las actitudes, tanto de las poblaciones, como de José Antonio, claramente el más lúcido e inteligente de todos los conductores de la montonera realista. Por otra parte, el informe hace mención de que el caudillo sue le trasladarse a la costa atlántica, a efectos de entrevistarse con los portugueses en guerra, en esos días con la República presidida por Bernar -dino Rivadavia. Esto últi mo, sin embargo, nos parece un ardid del chillanejo, que repite en alguna carta ya vista, para evitar caer en la posición de última patrulla aislada, en la que inevitablemente quedaría de no

recibir refuerzos algunos de España o de las zonas leales en América.12

Esta misma razón explica, a nuestro entender, sus proposiciones de negociación y su silencio ante determinados ofrecimientos de indulto. En febrero de 1828 Bulnes sorprende a los aliados pehuenches de José Antonio y los castiga duramente, conducta que se repetirá, a menudo, con la intención de separar a los indios realistas de su alianza política y militar con los guerrilleros. En esos mismos días se decide a bloquear con fortines los pasos cordilleranos con el fin de fijar a los pincheirinos en territorio argentino, y se logran varias victorias parciales del ejército chileno sobre los montoneros.

La política de José Antonio, ya una política de tipo attentiste o de espera, podríamos decir

aplicando una categoría de la Segunda Guerra Mundial, abrirá un nuevo camino cuando, ocupando el sur

mendocino y los fuertes abandonados de San Carlos y San Rafael, constituya su campamento en "El

Carrizal", al que enviarán las autoridades de la provincia cuyana una comisión en la que incluyen al presbítero trinitario Hernández, chileno confinado por San Martín en Mendoza por su oposición al Ejército de los Andes. El sacerdote es, obviamente, enviado para obtener la confianza de José Antonio.

La División del Sur, fuerza pincheirina, reconoce al gobierno men docino y éste, a su vez, nombra a José Antonio, Comandante general de la Frontera Sur, quien fija su residencia, y la de sus hombres, esta -blece un régimen de subsidios, que incluye aperos de plata para los in dios más destacados, y se reserva el derecho de no intervenir en una guerra contra Chile, salvo que ésta fuera defensiva. Claro está que tan to como no atacará las tierras del Sur del reino que lo vio nacer y donde ti ene su base de operaciones -su gente, el agua en la que se siente pez- no vacilará en batirse con un ejército que él identifica como el de

una República de la que se siente tan enemigo, como de los niños bien de Santiago, a los que por diversos

motivos conoce y aborrece.

Producida luego de la firma de este pacto la batalla del Pilar, entre federales y unitarios mendocinos, algunos de los primeros, derrotados, se refugian en la Frontera, entre ellos don Jacinto Godoy, que será con el tiempo testigo importante para clarificar la figura y la conducta de José Antonio.

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Hasta 1831 la correspondencia entre el Sur y Mendoza permite hablar de una cierta tranquilidad en la jurisdicción, que no se hace extensiva a las restantes provincias.

Una carta del Presidente Prieto a Diego Portales, cuya vida y muerte se vincularía extrañamente con

los Pincheira, 13 muestra, sin embargo, cierta inquietud en Chile por lo que podría seguirse de la actividad de los

pincheirinos y de su amistad con el gobierno de la ciudad de Mendoza.

El 30 de abril de 1830 se produce un golpe unitario contra el gober nador federal Corvalán. Éste, en compañía de sus correligionarios Maza, Gatica, Hilares y Soria, se dirigen al sur rumbo al territorio pinchei -rino. Más tarde se les une Aldao y los vencidos parti darios de la Federación solicitan asilo al Comandante de la Frontera Sur, a la vez que le proponen ser mediador con los unitarios que detentaban el poder en Mendoza.

Al tiempo que José Antonio envía sus delegados a negociar a la capital cuyana, los asilados los interceptan y detienen, remitiendo con un propio la representación del mediador. Éste lleva al gobierno una nota cargada de insultos contra el propio gobierno. Por toda respuesta los unitarios de Mendoza guardaron silencio.

Finalmente, rotas las negociaciones, el Comandante Rojas, uno de los enviados a la capital, va a ver a Pincheira con el fin de gestar una alianza pincheirino-federal-araucana para atacar Mendoza. Pincheira comienza a recelar de las negociaciones y toma distancia de ellas.

El sur mendocino entra en un clima de caos absoluto y en ese am biente comienzan los enfrentamientos entre los indios y el federal Al dao, que a tan trágico fin llevarán en la que se conoció

como "Tragedia del Chacay", por el lugar de su desarrollo. A1 momento en que el dicho Aldao quiso levantar

su campamento fronterizo y dirigirlo a la capital, llevándose bagajes y ganados, las parcialidades indígenas comenzaron a agitarse en un verdadero avispero. Luego de una serie de incidentes menores, y a fin de reconciliarse, los caciques invitan a los jefes fede rales a una revista de los guerreros montados. Llegados a la mitad de la línea, los lanceros se corren por los flancos y encierran en un círculo a Aldao y sus

conmilitones.14 Uno de los caciques, Coleto, dio la señal al descargar un golpe mortal sobre don Felipe Videla,

iniciándose entonces la matanza de los infortunados, huyendo otros al campo pincheirino. Parece de suma

utilidad retener este último dato.

Más tarde y estando ya los federales nuevamente en el gobierno de Mendoza, se constituye una comisión para investigar la tragedia y ante ella declararán algunos residentes en Chile, entre ellos, José Antonio. De exposiciones posteriores en diarios chilenos queda probado que, al momento de la matanza, Pincheira y su gente se encontraba a 100 kms. del escenario.

Ese mismo año Hermosilla, uno de los caudillos pincheirinos, y el cacique Pablo, ya en una actitud de desobediencia hacia su hermano, intentarán sustraer ganado mendocino para trasladarlo al sur

chileno, provocando con ello el distanciamiento con José Antonio. Los rebel des, ya casi "abandolados",

se dirigirán entonces a la ciudad chilena de San José de Talca, a la que saquearán. Como respuesta, en 1832

el ejército chileno ocupa el bastión de "El Roble Huacho"; mientras tanto, José Antonio permanece entre

el Valle de las Damas en Neuquén y el Manzano en Mendoza.

Por el mismo tiempo, en cartas de don Diego Portales -y más allá de las determinaciones que con respecto a los hermanos tuvo que tomar, como conductor del Estado chileno- se nota una cierta afinidad de aquél con los realistas:

"... a mí no me pillan, de balde está Ud. pensando que yo he de escapar de tal mal, cuando no pueda más, me voy a lo de mi compadre Pincheira".

De algún modo, aun pese al tono jocoso, una cierta afinidad, como decíamos, que se repetirá con Rosas, quien aunque los enfrenta, trata siempre de incorporar, por lo menos, a los pineheirantes a su proyecto, lo que logrará en muchos casos, llegando en alguno de ellos a adquirir la conquista contornos de

leyenda en la historia de la pampa argentina del siglo XIX.15

Finalmente, la suma de las circunstancias lleva a que el destino de los guerrilleros realistas quede sellado. Pablo debe ser muerto. Y al hacerse cargo de la Comandancia de Frontera del Sur Chileno, Bulnes, el hijo del realista, José Antonio decide buscar la paz, quizás esperando tiempos mejores, pero, al fin, aceptando una conciliación que será una rendición.

13

Algún sino trágico pareciera vincular a don Diego Portales con los Pincheira. El orga nizador del estado chileno, basado en lo que llamamos "dictadura tradicionalista republicana", (ver Bravo Lira, Bernardino, El absolutismo ilustrado en Hispanoamérica, Chile (1760-1860. De Carlos III a Portales y Alontt, Editorial Universitaria, Santiago de Chile 1994), encontró la muerte luego de un motín, prácticamente a manos del coronel José Antonio Vidaurro, que inter vino en forma destacada en la derrota de José Antonio Pincheira en 1832.

Asimismo este sino pareció acompañar al General Juan Facundo Quiroga y a su secretario el Doctor José Santos Ortiz, que habían participado en la

"desaparición" del capellán fray José Antonio Gomez, del Alférez Gallardo y de algunos soldados que, comisionados desde el sur mendocino por Pincheira, sin dejar rastro alguno, se esfumaron en forma fantasmagórica, entre las fuerzas quiroguístas sin volver a ser encontrados jamás.

14

Gregorio Álvarez en su Donde estuvo el paraíso. Del Tronador a Copahue, Siringa libros, Neuquén, 1984, nos da una posible pista sobre los probables motivos de la "Tragedia del Chacay":"Las primeras expediciones al Agrio, llamado Mocúm por los antiguos indios, se hicieron desde Mendoza en 1788 y 1792, al mando del comandante del Fuerte de San Carlos, don Francisco Esquivel y Aldao, padre del que fuera el famoso fraile montonero del pais de Cuyo. En esas expediciones y en las realizadas en años que siguieron, el Agrio vio correr mucha sangre india, vertida por intereses nunca del todo confesables".

15 Larrañaga, Ubaldo,

Vuelo de Lanzas, Edición del autor, 25 de Mayo, 1994, pág. 27: "La que después fue La Primera Lanza del ejércitoargentino, tuvo origen allende la cordillera. La trajo arrastrando de su cabalgadura un mocito pincheirino (los que venían de Chile con los Pincheira) de apenas dieciséis años, José

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Sin embargo, en esta instancia terminal y aun debiendo ofrecerse como auxiliar de la República de Chile, compromiso seguramente exigido por los negociadores de Santi ago, antepone una condición: su nueva revista como auxiliar de la fuerza armada republicana no podrá serle exigida si la lucha se empeña entre la nación chilena y el Rey de España. Toda una respuesta adelantada a los que han sostenido que le -vantar la bandera real había sido una simple tapadera en las guerrillas de José Antonio y sus hermanos.

Las negociaciones se interrumpen ante las reacciones adversas en Santiago, Mendoza y Buenos Aires. A la vez, en la primera se teme que Freyre, exiliado en el Perú, en el permanente tiovivo de derrocamientos y retornos en que girarán los protagonistas de la independencia, in tentara sublevar la eternamente díscola región sureña contra Ovalle, presidente de la República, y Portales, su ministro. Por fin, se prepara una guerra preventiva contra el último godo.

Abreviando hechos anecdóticos, la persecución se adentrará en territorio argentino y en los llamados, a partir de esa gesta, "Castillos de Pincheira", se refugiará José Antonio, no sin haber enviado antes a su mujer, Trinidad Salcedo, a tratar de lograr un tratado en Chile.

Por fin Bulnes comisiona a dos oficiales, José Antonio Zúñiga y Pedro Díaz de Lavandero, para que trasladados a la plaza fuerte pincheirina reciban la rendición del caudillo realista. Una vez en el lugar se produce una escena de neto sabor castellano y medieval: José Antonio se niega a hablar con Zúñiga, por haber sido oficial suyo pasado a los republicanos, y por tanto traidor, pero accede a entrevistarse con Díaz de Lavandero, al que recuerda que su padre, que había sido partidario del Rey, gozaba de su amistad.

Hasta el último momento emite gestos que en ningún caso pueden vincularlo con un jefe de bandoleros. El 11 de marzo de 1832 llega a Chillan donde es recibido, al decir del historiador chileno

Barros Arana citado por Maza, con "fanatismo, estimación y simpatía". Más tarde el presidente Joaquín

Prieto lo nombrará administrador de su fundo "El Quillay", hasta que habiendo obtenido la restitución de

la estanzuela de sus abuelos "Quilúa" -confiscada como todas las propiedades de los realistas, incluidas las del Convento Franciscano de Chillan, donde estudiaran los Pincheira, el mismo O'Higgins y muchos hijos de caciques mapuches- se instaló en ella con su mujer e hijos, permaneciendo en su cuna, y paisaje más amado, por 50 años, sin tener interés ni participación en la política.

Para finalizar este relato queremos reproducir el juicio que a Maza le merece el fin de la vida del caudillo:

"José Antonio Pincheira, no fue hombre de fortuna y aunque tiene en la historia y en su contra el robo de millares de cabezas de ganado sustraídos de los campos argentinos, éstas no quedaron en sus manos, ni tampoco el metálico que produjeron las ventas de las mismas.

Vivió hasta sus últimos años más bien humildemente dedicado a las labo res del campo; había luchado equívocamente por una causa, fue actor de dos guerras civiles, la de su tierra natal y la que correspondió a las provincias argentinas.

El General Guillermo Miller, que actuara en las campañas libertadoras de Chile y Perú, queriendo escribir sus memorias, tuvo la oportunidad de llegar hasta San Fabián de Alico, donde entrevistó a José Antonio Pincheira, en épocas que el antiguo caudillo ya se

encontraba muy viejo y en sus memorias dice: '...que tuvo la oportunidad de pernoctar en la casa de este hombre hospitalario...'.

La manifestación efectuada por el General Guillermo Miller hace com prender que el anciano José Antonio Pincheira y sus hijos le dispensaron aten ciones que motivaron dicho reconocimiento.

Consta también que hubieron algunos periodistas que fueron a visitar a Jo sé Antonio Pincheira en sus últimos años de vida con la finalidad de escribir pormenores del pasado, pero éstos se abstuvieron después de hacerlo, o Pin cheira se negó a suministrar informaciones.

Historiadores principalmente chilenos, dedicaron para José Antonio Pincheira, las paginas más funestas y todas las acusaciones, que si bien algunas fueron ciertas, otras sirvieron para ocultar la realidad de los hechos, donde grandes políticos y personales amasando fabulosas fortunas quedaron en la impunidad que olvidó escribir la misma historia.

José Antonio Pincheira, falleció en 1884 en avanzada edad, olvidado por muchos y desconocido por otros, pero estimado por los muy pocos que lo rodearon hasta sus últimos días y lo acompañaron para despedirlo en su tumba donde encontrara su eterna tranquilidad". 16

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Isidro Belver - Huinganco isirubel@yahoo.com.ar

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