Belandria José Iraides Arte y ciencia : aproximaciones Universidad de Los Andes. 2007. p. 152
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Arte y Ciencia
Aproximaciones
José Iraides Belandria
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Primera edición, 2007
© Universidad de Los Andes Vicerrectorado Académico © José Iraides Belandria
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Ilustración de portadaMartinez Rabel Rombo
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CorrecciónFreddy Parra Jahn
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Diseño y diagramaciónLevy Apolinar Márquez
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Primera edición digital 2011
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Los trabajos publicados en esta Colección han sido rigurosamente seleccionados y arbitrados por especialistas en las diferentes disciplinas
INTRODUCCIÓN
Cuando se analizan los aspectos conceptuales de ciertas obras de la literatura y artes plásticas contemporáneas, percibimos vinculacio-nes y encuentros con diferentes ramas de la ciencia como la física, astronomía, química, biología y matemáticas. A veces, las aproxima-ciones se advierten en palabras, frases, párrafos, fragmentos, textos, en las figuraciones de un cuadro o una estructura plástica, en aspec-tos filosóficos o en el planteamiento estructural de la obra de arte.
Tales conexiones entre estas disciplinas, aparentemente separa-das, son notables, luciendo originales y estimulantes por su carác-ter incarác-terdisciplinario y la convergencia de múltiples enfoques de la realidad. De estas articulaciones surgen nuevos mundos y discur-sos, experiencias inéditas y espacios alternativos que enriquecen el conocimiento universal y el pensamiento creativo de humanistas y científicos.
En tal sentido, la intención de este trabajo es examinar varias de estas obras, realizar algunos comentarios y mostrar las sinergias y vínculos más resaltantes entre el arte y la ciencia. Sin pretender ago-tar todas las alternativas o establecer prioridades, he analizado una diversidad de autores que abarcan ampliamente el horizonte de las principales tendencias de la literatura, plástica y la ciencia contem-poránea. Obviamente, debido a restricciones de tiempo, compleji-dad y extensión no se consideraron otras vertientes del arte como la
música, el cine, el teatro o escritores de ciencia ficción propiamente dichos, quienes, preferencialmente, han sido estudiados desde este punto de vista por diferentes críticos.
Conviene mencionar que las reflexiones del presente análisis, no aspiran a ser el juicio severo y definitivo de un crítico de arte, ni el ejercicio rígido de un científico, sino más bien una aproximación y una libre exploración de las corrientes artísticas bajo la inspiración de la ciencia. De esta manera, las interpretaciones son el resultado de lo que las obras de arte reflejan, sugieren, insinúan e inspiran, al acercarse a ellas con la mirada de la ciencia.
Para hacer comprensible el ensayo, se explicará la evolución de los principales conceptos científicos, enfatizando su historia, relacio-nes, convergencias y analogías. Durante el recorrido exploraremos algunas ideas acerca de la relatividad, la geometría no euclidiana, el espacio, el tiempo, la energía, entropía, las teorías de la luz, la dua-lidad onda-partícula, las aproximaciones de la mecánica cuántica, la historia del átomo, las leyes de la termodinámica, la física del caos, nociones de astronomía, biología y ciertas tendencias de las mate-máticas modernas. Como referencia, al final del libro, se presenta un resumen biográfico de los autores investigados, poetas, novelistas y científicos.
La motivación para realizar esta obra surge a partir de algunos ensayos publicados por el autor en la Revista Nacional de Cultura
del CONAC, de charlas dictadas en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Los Andes, y de conversaciones informales con ami-gos de la ciencia y el humanismo, a quienes agradezco el interés que mostraron hacia la conclusión del presente trabajo.
I. Física relativista
Teoría de la relatividad. Espacio. Tiempo. Geometría no euclideana. Cubismo
Cinetismo. Literatura
Los orígenes de la física relativista se remontan a 1905, cuando Albert Einstein postula que el espacio y el tiempo son relati-vos y dependientes de la posición y velocidad del observador. Según esta visión, el espacio y el tiempo dependen de la experiencia del ser y están ligados indisolublemente por una estructura geométrica de cuatro dimensiones que configuran la realidad en la cual vivimos. En la geometría relativista, tres dimensiones corresponden al espacio y una corresponde al tiempo. Cuentan, cómo Einstein, para drama-tizar la interrelación entre el espacio, el tiempo y el observador, em-pleaba ejemplos cotidianos, diciendo, que cuando alguien está con su novia, el tiempo pasa más rápido que si estuviera sentado sobre una plancha caliente, o cuando un ser querido está cerca nos parece lejano, o un enemigo lejos lo sentimos cercano.
Tal perspectiva es diferente a las concepciones de Aristó-teles o Newton, quienes consideraban que el espacio y el tiempo eran absolutos e independientes de la experiencia humana. Estas nociones propagadas desde el siglo IV a. C., influenciaron todos los
Percibo el primer instante cuando un cristal perfecto como un punto matemático estalla en el vacío cuántico. De la nada surge la geometría del espacio y el tiempo, la gravedad, la masa al cuadrado, la energía y el fuego de la vida. La esencia de todas las cosas está allí en forma de partículas y ondas enlazadas por un tensor matemático y una fórmula relativista…
movimientos científicos, filosóficos, literarios y plásticos hasta princi-pios del siglo XX, cuando aparece la teoría de la relatividad.
Las proposiciones de la relatividad señalan que cuando la velocidad de un objeto aumenta, el espacio y el tiempo se contraen y la masa y la energía se incrementan, y cuando la velocidad decrece, el tiempo y el espacio se dilatan y la masa y la energía disminuyen. La teoría permite estimar la geometría, el tamaño y la forma curva del universo, pronostica la gran explosión creadora del cosmos, y si no se restringe con la constante cosmológica, predice la expansión del universo. Expresa que la máxima velocidad alcanzable en la na-turaleza es la velocidad de la luz, cuyo valor es constante, sugiere la existencia de agujeros negros en la inmensidad del espacio side-ral, y plantea la posibilidad de viajar a través del tiempo. También expresa que la masa y energía son interconvertibles, y considera a la gravedad como una consecuencia geométrica de la curvatura del espacio y el tiempo en la vecindad de cuerpos masivos. Bajo esta perspectiva, la gravedad se deriva de la geometría del universo y no es una fuerza típica procedente de la acción entre dos cuerpos, como la concebía Newton.
Adicionalmente, plantea que la geometría tridimensional de Euclides no reproduce nuestra realidad de cuatro dimensiones, ne-cesitándose una nueva geometría para su interpretación cabal, como las propuestas en el siglo XIX por Lobachevsky, Bolyai, Gauss, Rie-mann y Klein, quienes, trabajando independientemente, con espa-cios multidimensionales y diferentes curvaturas, crearon geometrías alternativas llamadas no euclidianas, las cuales, según Einstein, po-dían adaptarse a un universo similar al nuestro.
Estas geometrías amplían la visión del espacio a límites in-concebibles por la mirada clásica de Euclides, introducen la idea de la cuarta dimensión, revolucionando la noción de la perspectiva tradicional, extendiéndola a universos de múltiples dimensiones con diferentes curvaturas y horizontes. En estas geometrías se modifica el postulado de las líneas paralelas de Euclides, quien enunciaba que por un punto exterior a una recta, se podía trazar solamente una recta paralela en el mismo plano de la línea dada. En contraste, bajo el enfoque no euclidiano de la geometría elíptica de Riemann, por un punto exterior a una línea recta no existen paralelas, por lo cual
todas las líneas pueden cortarse si se prolongan lo suficiente, o se-gún la geometría hiperbólica de Lobachevsky, por un punto exterior a una recta es posible trazar más de una recta paralela en el mismo plano de la recta dada. Así, la concepción del paralelismo se rela-tiviza y queda sujeto al modelo geométrico seleccionado: elíptico, esférico, hiperbólico, parabólico o cualquier otra configuración. Las consecuencias de estas interpretaciones hacen que la suma de los ángulos internos de un triángulo cualquiera no sea ciento ochenta grados como ocurre en el sistema euclidiano, sino que esta suma es mayor de ciento ochenta grados en el esquema de Riemann, y me-nor de ciento ochenta grados en la geometría de Lobachevsky. De este modo, todas las figuras geométricas sufren alteraciones, adop-tando configuraciones no comunes y las dimensiones son suscep-tibles de curvarse e interpenetrarse en variadas formas. Cualquier curva del espacio puede transformarse en otra equivalente, y cual-quier universo de múltiples dimensiones es capaz de representarse convenientemente en un modelo hiperbólico, parabólico, elíptico o esférico. Siguiendo esta visión, Einstein escogió la geometría elípti-ca de Riemann para representar nuestro universo, incorporando el tiempo como una cuarta dimensión de la realidad.
Las imágenes relativistas desarrolladas por los físicos, tam-bién fueron previstas y estimuladas por escritores, pintores y otros creadores, quienes dieron origen a obras de arte de notable trascen-dencia y envergadura. Particularmente, la pintura cubista y el arte cinético muestran rasgos relativistas, que dotan a las obras de movi-miento y percepciones espaciales, temporales y energéticas.
Con el cubismo, Pablo Picasso, Georges Braque, Juan Gris y muchos otros, introducen en la pintura, desde principios del si-glo XX, la sensación del movimiento, la geometría no euclidiana, el tiempo y la relatividad. Tales efectos se logran superponiendo planos, alterando las formas geométricas clásicas y transformando los volúmenes y perspectivas en entidades aproximadamente no euclidianas, manipulando diferentes planos de orientación y crean-do sistemas de referencia relativos y dependientes de la posición del observador. Estas características generales se notan en las obras de Picasso como “Las damas de Aviñon”, “Guernica”, “Muchacha con mandolina”, “Arlequín”, “La paloma con guisantes”, “Frutero y pan
sobre una mesa”, “Cabeza de mujer”, “Hombre con sombrero” y “El aficionado”, entre otras. Así mismo, “El libro, la botella y la jarra” de Gris, y “Frutero y vaso”, “Bodegón con cartas” y el “Portugués” de Braque, revelan las particularidades del cubismo y la relatividad. Una obra emblemática de Picasso, “Las damas de Aviñon”, pintada hacia 1907, marca el comienzo del cubismo y las tendencias de ese movimiento, iniciadas casi simultáneamente con la publicación de la primera parte de la teoría de la relatividad. En el cuadro, cinco figuras femeninas geometrizadas, delineadas con trazos poligonales angulosos y algunas curvas suaves, dominan la escena, donde cada personaje ocupa un espacio y un tiempo particular e individual. Se aprecian formas geométricas distorsionadas en tendencias no eucli-dianas como cubos, tetraedros, trapecios, triángulos, cuadrados, se-micírculos, semiesferas, ubicados relativamente en diferentes dimen-siones espaciales y temporales, con distintos puntos de referencia y una sensación de movimiento. Claramente, la apariencia de la nariz de la mujer sentada y las figuras geométricas que llenan el fondo del cuadro, son modelos no euclidianos. Es curioso, como, casi simul-táneamente con Einstein, Picasso traslada al lienzo la esencia de la relatividad, pudiendo uno preguntarse, si Picasso fue influido por el impacto causado en el continente europeo por la conmoción relati-vista, o por el contrario, independientemente, alteró las dimensiones espaciales y temporales de la perspectiva clásica, introduciendo la relatividad y la geometría no euclidiana en el arte, siguiendo su inspiración y capacidad de creación artística. Esta interrogante es interesante, pero difícil de responder con precisión. En todo caso, el impacto del cubismo ha dejado una profunda huella en la plástica contemporánea, y sus raíces se conectan a la esencia del espacio y el tiempo concebidos por los físicos y los pintores a principios del siglo XX. Aproximadamente, treinta años después de pintar “Las damas de Aviñon”, Picasso acomete la realización de “Guernica”, dramatizando la angustia y el horror de la guerra civil española. Tal obra esboza en el estilo cubista, el bombardeo y destrucción del pueblo vasco de Guernica, ocurrido en 1937 por parte de la aviación alemana. Allí, dentro de una casa, una mujer angustiada huye de las llamas, mien-tras otra mujer aterrorizada sostiene un niño en los brazos al lado de un combatiente tirado en el piso. A través de la puerta, una mujer, y
un hombre antieuclidiano con una antorcha en la mano, se abalan-zan hacia el interior, donde un caballo relinchando y asustado, junto a un toro, se desplazan a través de la oscuridad de la casa destruida por el bombardeo.
Explorando nuevas alternativas del cubismo, un algoritmo matemático publicado recientemente en la revista Physical Review Letters muestra la emergencia de un universo “cubista” a partir de la espuma primigenia. El trabajo pretende explicar cómo uniendo y combinando al azar pequeños trozos triangulares del espacio-tiem-po, sumergidos en la bruma de la gravedad, puede surgir un uni-verso de cuatro dimensiones similar al nuestro. El uniuni-verso creado parece una insólita escultura tetradimensional integrada por infinitos trozos triangulares, en el más puro estilo cubista. Este sería un uni-verso unificante de lo discontinuo y lo continuo, de lo probabilístico y lo determinista, de la mecánica cuántica y la relatividad. Este cu-rioso hallazgo parece sugerir que la esencia del universo está repre-sentada en imágenes cubistas.
Posteriormente al cubismo, se intensifica la percepción del movimiento y la relatividad de la obra frente al observador, y a me-diados del siglo XX, surge el arte cinético, que incorpora de manera tangible la cuarta dimensión, manifestando la interacción del tiem-po, el espacio, la energía, las vibraciones cuánticas, el movimiento, la fragmentación de la luz y la participación activa del observador. Tales efectos se manifiestan vivamente en los “Penetrables” de Jesús Soto, los “Coloritmos” de Alejandro Otero, las “Inducciones cromá-ticas” de Carlos Cruz-Diez, los “Módulos cromáticos” de Juvenal Ra-velo y en “Vonal-ksz” de Víctor Vassarely. En las siguientes palabras, extraídas de varias conversaciones de Soto, podemos vislumbrar la presencia de la relatividad en el cinetismo:
La vida es un fenómeno espacio-temporal... Nadamos en la trinidad espacio, tiempo, materia... Somos pequeños puntos frágiles de referencia en un universo inmenso siempre en movimiento. El arte debe ser testigo de esa fragilidad... Entonces vino la preocupación de desarro-llar verdaderamente el tiempo en la obra de arte... La evolución del arte está en el valor espacio-temporal. Ese
valor espacio-temporal perseguido por el hombre desde sus primeras manifestaciones pictóricas, preocupación primordial del barroco y proposición vehemente a partir del cubismo. La preocupación del movimiento es una constante en el arte... La cuarta dimensión en el arte se manifiesta en el movimiento. Esta función espacio-tem-poral está presente en mi obra a través del espectador convertido en participante. Después avanzo y termino por incorporar al espectador en los penetrables... En ese momento logré la ambición de integrar el tiempo en la obra de arte. Como una cosa muy personal, por supues-to. Encontrar una nueva posibilidad de la visión en la plástica que pusiera de manifiesto la cuarta dimensión, que para mí es el tiempo.
Considerando otras alternativas de la pintura, una obra de Aladym, “La Tormenta”, capta figuraciones de seres cruzando las dimensiones del espacio y el tiempo en los vórtices de un agujero negro o en el remolino de una galaxia.
También, Salvador Dalí, en 1931, con un enfoque surrealis-ta, vislumbra la relatividad del tiempo en el cuadro “La persistencia de la memoria”, cuyos relojes distorsionados y fluidos, marcan el paso del tiempo y el espacio a un compás diferente, sugiriendo la relatividad, dilución, fugacidad y transitoriedad de la vida y el flujo dimensional. Así mismo, años más tarde, Dalí sigue explorando las conexiones entre el tiempo y el espacio, pintando “En busca de la cuarta dimensión”.
De la misma forma, la relatividad también se puede perci-bir en la narrativa y poesía como se aprecia en las siguientes obras literarias.
Varios pasajes de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, publicado por etapas entre 1913 y 1927, expresan claramente la impresión de la relatividad del tiempo: “Había vivido tantas horas en unos instantes... esta noche a las pocas horas, habían pasado si-glos...” y la relatividad del espacio:
¿Había venido Francisca, o era que yo, cansado de lla-marla, iba a buscarla? Un cuerpo humano, aunque sea un cuerpo amado, como era el de Albertina, a unos metros de distancia, a unos centímetros, nos parece estar lejos de nosotros. Y lo mismo el alma que hay en él. Pero si algo cambia violentamente el lugar de esa alma con rela-ción a nosotros, si nos indica que ama a otros seres y no a nosotros, entonces, por los latidos de nuestro corazón dislocado, sentimos que está, no a unos pasos de noso-tros, sino en nosotros.
En general, la proposición central de esta novela es la in-terpretación del tiempo. El tiempo multiforme, no lineal, relativo, que como una serpiente zigzagueante se desplaza a través de las dimensiones temporales y espaciales, hurgando y escarbando en los laberintos de la memoria, el pasado, el presente y el futuro.
La novela Ulises de James Joyce, editada en 1922, incorpora efectos relativistas en su estructura y en algunos párrafos específicos. En relación con esta novela, tanto los críticos como Joyce mismo co-inciden en afirmar que cada episodio, corresponde a una aventura de Ulises, el héroe de la Odisea de Homero. El tono relativista se perci-be al equiparar los 20 años de aventuras de Ulises en la Odisea, a tra-vés de las costas, islas y amplios mares de la antigua Grecia, con las aventuras que le ocurren en un día al Ulises “irlandés” en la pequeña y moderna Dublín de 1904. Esta sensación se acentúa al imaginar que los acontecimientos en la vetusta Grecia ocurren más lentos, en barcos de vela o remo, a pie o a caballo, mientras que en Dublín los eventos suceden más rápido, en tranvías, trenes, barcos de vapor o comunicándose por periódicos o medios electromagnéticos como el telégrafo y teléfono. Las escenas de la novela parecen seguir la pauta relativista, según la cual, el espacio y el tiempo se contraen cuando la rapidez o velocidad de los acontecimientos aumenta o el espacio y el tiempo se dilatan cuando la velocidad decrece. Así, es razonable pensar, que veinte años de aventuras, en la amplia y lenta antigua Grecia, son relativísticamente comparables, con un día de aventuras en la rápida y pequeña Dublín de 1904. También, ingeniosamente, Joyce elabora una imagen sobre el teorema de las rectas paralelas de
la geometría de Riemann, empleando el movimiento de los trenes en una estación. Para aclarar esta idea, recordemos el postulado de Riemann el cual expresa: “por un punto exterior a una recta dada, no hay rectas paralelas, y si dos rectas cualesquiera se extienden su-ficientemente en un mismo plano, se encontrarán”. Esta geometría, utilizada por Einstein en la formulación de la teoría de la relatividad, sugiere que las rectas paralelas son aparentes en un universo curvo como el nuestro, y al prolongarse suficientemente pueden cortarse en el infinito, en contraste a la concepción de Euclides. En conse-cuencia, dos rayos de luz emitidos inicialmente paralelos se cortan en algún lugar, al curvarse por efecto de la gravedad. Precisamente, esta idea está subyacente en el siguiente párrafo del Ulises de Joyce: “Retirándose en la estación terminal del Great Northern Railway, calle Amiens, con aceleración constantemente uniforme, siguiendo líneas paralelas que se encontraban en el infinito, si se prolongaban...” Del mismo modo, basado en una posibilidad relativista considera un via-je a través del tiempo, una alternativa factible en un universo relativo y no euclidiano, donde las partículas pueden avanzar o retroceder a través de las ventanas dimensionales. “...una insatisfactoria ecuación entre un éxodo y regreso en el tiempo reversible, y un éxodo y re-greso en el espacio a través del tiempo irreversible...”
Esperando a Godot y Malonemuere de Samuel Beckett, son piezas literarias divulgadas hacia 1950, donde lo absurdo y la relatividad de todas las cosas filtran la escena y diálogos de los personajes. Oigamos parte del diálogo de Vladimiro y Estragón en Esperando a Godot:
—¿Es hoy sábado? No, ¿será más bien domingo? ¿O lunes? ¿O viernes?
—O jueves.
—El tiempo se ha detenido. — No lo crea, señor. —Vaya, ya pasó otro día. —Todavía no.
—Pase lo que pase, para mí no ha pasado (...) —Te digo que anoche no estuvimos aquí. Lo has soñado.
—Y, según tú ¿dónde estábamos anoche?
—No lo sé. En otra parte. En otro compartimiento. —Bueno. No estuvimos ayer aquí.
O el monólogo de Malone:
...Pronto, a pesar de todo, estaré por fin completamen-te muerto. El próximo mes, quizás. Será, pues, abril o mayo... Que digo, tal como me conozco, soy capaz de vivir hasta la transfiguración o hasta la asunción... No es ya la noche de hace mucho, de hace poco... Me digo nonagenario, pero no puedo probarlo. Tal vez sea solo quincuagenario, o cuadragenario... ¿Cuánto pudo durar, cinco, diez minutos? ... Una tierra se aleja, otra se aproxi-ma, isla grande y pequeña...
La presencia de Einstein caminando a través de los pasillos del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton se advierte en la novela En busca de Klingsor de Jorge Volpi…
Bacon sabía que, desde su época de Berlín, a Einstein le encantaban las caminatas. Todos los días acostumbraba realizar a pie el recorrido entre el Instituto y su casa y le agradaba compartir esos minutos con alguien con quien charlar. Solo eran unos instantes, pero sus interlocutores los valoraban como sublimes momentos de iluminación. Muchos de los ilustres físicos que visitaban Princeton lo hacían con la esperanza de compartir uno de estos reco-rridos con el profesor…
En esta novela Volpi comenta diversos aspectos sobre las polémicas ideas de Einstein en relación con la ciencia y la política. Narra la expedición preparada por sir Arthur Eddington para verifi-car la teoría de la relatividad midiendo la curvatura de la luz durante un eclipse de sol ocurrido en África en 1919. Destaca la paradoja Einstein-Podolsky-Rosen que trata de demostrar que “Dios no juega a los dados“, como sugiere la mecánica cuántica. En el terreno
políti-co manifiesta la vigorosa posición de Einstein frente a la persecución de los judíos por parte de los nazis, quienes opinaban que Einstein era un judío peligroso y un promotor de una “ciencia judía” conta-minada por artificios y proposiciones indemostrables como la teoría de la relatividad.
Ese mismo año, Stark publicó un libro en el que denun-ciaba el dogmatismo y el excesivo formalismo de la teoría de la relatividad y de la física cuántica. Para él, la ciencia de Einstein no era más que una especulación matemática sin ningún contenido real... abundaban los ataques per-sonales contra Einstein y los juicios antisemitas.
Ahora, penetrando en la poesía, Neruda, en algunos poe-mas de Residencia en la Tierra, como en “Galope muerto”, “El reloj caído en el mar” y en “Las furias y las penas”, difuminadamente, ha-bla en términos relativistas. En “Galope muerto“, dice: “Aquello todo tan rápido, tan viviente / inmóvil sin embargo, como la polea loca en sí misma...” En “El reloj caído en el mar”, escribe: “...Hay tanta luz sombría en el espacio / y tantas dimensiones de súbito amarillas... / Es un día domingo detenido en el mar / un día como un buque sumergido... / Hay meses seriamente acumulados en una vestidura... / Los pétalos del tiempo caen inmensamente...”, y en “Las furias y las penas”, expresa: “…Es una sola hora larga como una vena, / y entre el ácido y la paciencia del tiempo arrugado/ transcurrimos...”
Similarmente, Enrique Mujica esboza nítidamente la relativi-dad en un texto de Intentos: “Un tren aparece / sobre el puente / en una línea voraz, / un avión se pierde / hasta un punto / y ellos, los que viajan, / son solo un punto / o una línea / aunque vean el cielo abierto / o a los lados / el campo desolado /”.
También, alusiones a efectos relativistas se dan cita en El círculo de los 3 soles de Rafael José Muñoz: “Porque está claro, mi hijo es mayor que yo / y yo soy mayor que mi padre. / Mejor me explico: mi hijo tiene 40 años, / yo tengo 36 / y mi padre 32. /… de manera que hoy es ayer y mañana antier, / y si me da la gana, hoy es 3 de mayo del 407, / con campanas celebrando que haya muer-to”. Muñoz completa su acercamiento a la relatividad mencionado la
cuarta dimensión, al éter y a Minkovsky, un célebre matemático ruso que contribuyó con sus teorías a la formulación de la relatividad, en particular, a la concepción cuatridimensional del universo: “Vientos de éter, límites de Minkovsky. / Sombras de Aldebaran, Cirio, Lomas de Orfeo”.
Igualmente, Nicanor Parra recita en Cronos: “En Santiago de Chile / los / días / son / interminablemente / largos: Varias eter-nidades en un día /...sin embargo las semanas son cortas / los meses pasan a toda carrera / y los años parecen que volaran. /”.
O la reflexión del autor en Relatos cuánticos, sobre el cál-culo tensorial de Einstein, y la curvatura de la luz por efecto de la gravedad: “No sé cuándo Dios te regaló la hermosa luz curvándose más allá de todas las galaxias, o cuándo grabó sobre una piedra la geometría del tiempo, dibujando el tensor del universo, el misterio de la gravedad y la tangente que cruza la vertiente estelar del punto negro...”
Asimismo, un párrafo del poema “Amanecí de bala” de Víctor Valera Mora combina, con cierto humor, ideas de física clásica, men-cionando la gravitación, un vínculo que une a Newton y Einstein:
...de espaldas al sol doy un giro en redondo y veo bajo los árboles a la muchacha vestida con pantalones azul claro/... estudiando afanosamente con una seriedad in-creíble y desde arriba / leo en su texto de física y no la conozco y le grito /... y le digo ave fénix / despierta y hoguérate y consúmete y renace cada día / y tendrás el contenido de esas páginas terribles / muchacha que gi-mes bajo la densidad de los cuerpos / que sufres de un newton sobre un metro cuadrado / que te enerva la ley de la gravitación universal / acosada por el mercurio y los ojos de los milibares / dime si es posible el principio de Arquímedes aplicado a los sueños / dime si la ley de Boyle y Mariotte puede hacernos más amorosos / por-que te han escamoteado la perceptibilidad de las ondas sonoras / te han negado la intensidad la altura el timbre del sonido / te digo que liberes el fuego que está en ti y
tú desconoces / porque yo el más antiguo de todos los poetas / solo puedo ofrecerte la ley de los vasos comuni-cantes / y las leyes de la reflexión de la luz / ...
Con otro enfoque, el poeta Nicanor Parra, en “Poemas y an-tipoemas” publica “Los vicios del mundo moderno”, donde expresa: “…Los vicios del mundo moderno /... La desintegración del átomo, / El humorismo sangriento de la teoría de la relatividad...” Estas líneas del poeta Parra, están asociadas con las consecuencias negativas de las aplicaciones de la teoría de la relatividad, como la liberación de la energía termonuclear, capaz de destruir todo lo que existe, la proliferación de bombas atómicas y otras armas, como las usadas en Hiroshima, Nagasaki, Afganistán, Irak y los campos experimentales de exterminio. En realidad, la relatividad puso en las manos del hombre la posibilidad de usar, para el bien o para el mal, la inmensa e inimaginable acumulación de energía almacenada en el interior de todos los átomos del universo.
Sorpresivamente, durante el siglo XIX, Edgar Allan Poe y Herbert Wells, introdujeron anticipadamente planteamientos relati-vistas en Eureka y la Máquina del tiempo, respectivamente. En Eure-ka, Poe concibe la continuidad del espacio y el tiempo, imagina la creación del universo como resultado de la explosión de un átomo primigenio, similar a la concepción relativista de la gran explosión y sugiere la existencia de agujeros negros en la inmensidad del cos-mos. Por otro lado, Wells describe un viaje a través del tiempo, el cual coincide, figurativamente, con las predicciones de la relatividad. En el mismo sentido, Ernest Meissonier, un pintor del siglo XIX, se anticipó a Einstein, según Dalí, al comprender que el espacio y el tiempo no podían existir como entidades independientes. Sus cua-dros muestran esta vinculación espacio-tiempo, donde los persona-jes viven su propia historia, dando la impresión de estar conectados por una relación espacial y temporal indisoluble, diferente a la del pintor y observadores. Igualmente, Epicuro, en la antigua Grecia, pensó que el tiempo y el espacio estaban conectados entre sí y no podían existir separados e independientes.
II. Termodinámica
Leyes. Energía. Entropía. Móviles perpetuos. Máquinas.
Narrativa. Poesía. Plástica
La evolución de las ideas en torno al espacio y el tiempo modificaron otras concepciones físicas, como los conceptos de masa y energía propuestos en los siglos XVII, XVIII y XIX. En ese perío-do histórico fueron postulaperío-dos los principios de conservación de la masa y de la energía de manera independiente, vinculado este últi-mo a las leyes de la terúlti-modinámica.
A mediados del siglo XIX, los trabajos de Joule, Meyer y Helmholtz condujeron al principio de conservación de la energía, el cual se conoció desde entonces como la primera ley de la termodi-námica. Esta ley expresa que la energía total del universo es cons-tante, y no puede crearse ni destruirse sino transformarse. También, en la segunda mitad del siglo XIX, los estudios de Clausius, Kelvin y Carnot permitieron enunciar la segunda ley de la termodinámica, postulando la degradación de la energía y la muerte térmica del universo. En 1864, Clausius emplea por primera vez el término en-tropía, formulando la segunda ley en términos de esta magnitud que mide la degradación de la energía, la desorganización, el desorden,
Un día universal pensé un problema mágico y extraño para ilustrar los mitos de la vida. Imaginé un ser destruyendo entropía en un mundo rodeado de fuego y moléculas de humo. Del colapso de entropía brotaban los móviles perpetuos y los espíritus sublimados cruzaban la barrera del tiempo en el flujo milenario de la vida…
el caos, la desinformación, la inutilidad y la tendencia al equilibrio de los sistemas. Según este principio, la entropía total del universo crece inexorablemente, tendiendo a un máximo que conducirá irre-versiblemente a la destrucción de todo lo que existe. Al comenzar el siglo XX fueron formuladas la tercera y cuarta ley o ley cero de la ter-modinámica, asociadas respectivamente con el valor de la entropía a cero grado Kelvin, y con el concepto termodinámico de temperatura. En esa misma época, Einstein funde en una sola ecuación el prin-cipio de conservación de la masa y la primera ley de la termodiná-mica, expresando que la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado, revelando que la masa puede convertirse en energía y viceversa. Con esta ecuación, la más famosa de la física, Einstein anticipa la liberación de la energía atómica y la posibilidad de inmensas fuentes de energía.
La formulación de las leyes de la termodinámica y sus im-plicaciones sobre la concepción de la realidad causaron desde su inicio una profunda impresión entre los filósofos e intelectuales, quienes impregnaron sus obras con interpretaciones variadas acerca del destino del hombre, el sentido de la vida, la muerte, la eternidad, la existencia de dioses y demonios, el caos y el orden, los ciclos eternos, la entropía y antientropía, la muerte térmica y los móviles perpetuos.
Sobre las leyes de la termodinámica, Jorge Luis Borges dice, en Historia de la Eternidad:
La primera ley de la termodinámica declara que la gía del universo es constante; la segunda, que esa ener-gía propende a la incomunicación, al desorden, aunque la cantidad total no decrece. Esa gradual desintegración de las fuerzas que componen el universo es la entro-pía. Una vez alcanzado el máximo de entropía, una vez igualadas las diversas temperaturas, una vez excluida (o compensada) toda acción de un cuerpo sobre otro, el mundo será un fortuito concurso de átomos. En el centro profundo de las estrellas, ese difícil y mortal equilibrio ha sido logrado. A fuerza de intercambios el universo entero lo alcanzará, y estará tibio y muerto. La luz se va
per-diendo en calor; el universo, minuto a minuto, se hace invisible. Se hace más liviano, también. Alguna vez, ya no será más que calor: Calor equilibrado, inmóvil, igual. Entonces habrá muerto.
En Ulises de Joyce, aparecen también varias alusiones a conceptos termodinámicos como energía, temperatura y calor:
...desprendiendo de ese modo la energía potencial con-tenida en el combustible al permitir que sus elementos carbono e hidrógeno entraran en libre unión con el oxí-geno del aire. El calor (conveccionado), un modo de mo-vimiento desarrollado por tal combustión, fue constante y crecientemente transmitido desde la fuente de calo-rificación al líquido contenido en el recipiente, siendo irradiado a través de la superficie oscura desigual y sin pulir del metal de hierro, en parte reflejado, en parte absorbido...
Por otra parte, varios trabajos plásticos de Alejandro Otero, “Espejo solar”, “Ala solar”, “Estructura solar” y “Aguja solar”, aparen-tan espejos metálicos en movimiento, relacionados con planteamien-tos termodinámicos que involucran la interconversión de energía entre el viento, la luz solar, el espacio y el tiempo. En estas crea-ciones, la energía se muestra como la esencia de todas las cosas en permanente transformación a través del universo. Similarmente, sus obras “Rotor”, “Vertical vibrante” y la estructura giratoria instalada frente a la represa del Guri, parecen turbinas aladas, moviéndose en el espacio a expensas de la energía suministrada por motores o las corrientes de aire. La conversión de energía, las turbinas, rotores y motores, son aspectos emblemáticos de la termodinámica, los cuales son utilizados por Otero, como elementos artísticos de sus creacio-nes cinéticas.
Extrapolar las leyes de la termodinámica más allá de las fronteras conocidas ha sido una inquietud natural del hombre, tratan-do de romper las limitaciones de la masa, energía, entropía, fricción, degradación energética y muerte térmica del universo. Diferentes
pensadores, científicos y artistas, han ensayado móviles perpetuos en sus imaginaciones, tratando de infringir las leyes termodinámicas y emular a Dios o a los demonios.
Los móviles perpetuos de primera especie incumplen la primera ley de la termodinámica, como una máquina creadora o destructora de energía o un artificio creador de trabajo a expensas de la nada. Los de segunda especie no obedecen la segunda ley, como un sistema cíclico capaz de transformar enteramente la energía su-ministrada en trabajo útil, o una máquina de enfriamiento cíclico sin motor, o un proceso destructor de entropía. Los móviles de tercera especie infringen la tercera ley, equivalente a diseñar un dispositivo que alcance o mida la temperatura más baja del universo, cero grado Kelvin. Los de cuarta especie vulneran la ley cero como la imposi-bilidad de construir fuentes isotérmicas perfectas. Y los móviles de quinta especie son capaces de moverse eternamente, sin producir o requerir trabajo, como los ciclos eternos. En realidad, la mayoría de los pensadores han imaginado móviles perpetuos buscando los límites de las leyes, concibiendo sistemas imaginarios, casi mágicos, antimáquinas, esquemas ideales, mundos sin roce, desgaste, aniqui-lación, degradación o muerte.
Algunas máquinas de Orffyreus, Keely, Schauberger, Tesla, Picabia, la litografía “Cascada” de Maurits Escher, y concepciones teóricas como el demonio de Maxwell o los ciclos eternos creadores y destructores de entropía, son alternativas de móviles perpetuos que desafían las leyes de la termodinámica. La litografía “Cascada” mues-tra, mediante un manejo de la perspectiva y alteraciones geométri-cas, una corriente de agua subiendo en contra de la gravedad sin ninguna ayuda externa, la cual al caer mueve una rueda, ejecutando un trabajo mecánico a partir de la nada, alterando la primera ley de la termodinámica. Estructuras plásticas sumergidas en el vacío, simi-lares a los satélites artificiales, o los péndulos oscilando libremente sin fricción, simulan móviles perpetuos de quinta especie. Algunos péndulos aerodinámicos se balancean durante días y noches, sin de-tenerse, cortando el aire suavemente con los bordes de las cuerdas o los perfiles ovalados de las masas terminales.
Ahora, refiriéndonos a las máquinas de la modernidad, la termodinámica ha estado vinculada a estos dispositivos desde sus
orígenes, cuando Savery y Newcomen inventaron las primeras má-quinas térmicas impulsadas con vapor de agua, a mediados del siglo XVII. Aun cuando las máquinas han estado presentes en la vida del hombre desde tiempos muy antiguos, su desarrollo a gran escala comienza con la generación de fuerza y movimiento, a partir de la energía interna contenida en el vapor de agua. Con los avances de la termodinámica y mecánica, la máquina de vapor fue perfeccio-nándose y usándose en las minas, fábricas, transporte y en cualquier lugar donde se necesitaba reemplazar la fuerza muscular. Fulton la incorpora en los barcos y Stephenson a las locomotoras, de tal manera, que a mediados del siglo XIX, las locomotoras y barcos a vapor recorrían parte del mundo, y la máquina de vapor se había convertido en el motor de la revolución industrial, liderada por In-glaterra. A finales del siglo XIX y a principios del XX, el desarrollo del ciclo termodinámico de combustión interna, el ciclo Diesel, la manipulación masiva de la electricidad y el magnetismo, el esta-blecimiento de la industria química y siderúrgica, el progreso de la ingeniería, y la fabricación de combustibles derivados del carbón y del petróleo, condujeron a la fabricación de motores, al automóvil, avión, artefactos domésticos, radios y armamento militar, entre otros artificios técnicos, iniciándose la sociedad de consumo y el culto a la adoración de la máquina. Los consiguientes descubrimientos cien-tíficos del siglo XX, la relatividad, mecánica cuántica, cibernética y el surgimiento de nuevos materiales y combustibles derivados de la química moderna, petroquímica y energía nuclear, consolidaron la supremacía de la técnica y la ciencia, generando nuevos símbolos de la tecnología como los computadores, televisión a color, robots, cen-trales atómicas, reactores nucleares, satélites artificiales, naves espa-ciales, aviones supersónicos, submarinos nucleares, misiles y armas atómicas, convirtiendo a la máquina en una insignia del progreso, destrucción, contaminación y alienación a escala planetaria.
Ante la máquina, uno de los emblemas más representativos de la modernidad, los artistas han reaccionado de múltiples maneras, admirándola o rechazándola.
Así, el futurismo, un movimiento plástico y poético, inicia-do por Filippo Marinetti en 1909, glorificaba la máquina, la moderni-dad, el movimiento, la velocidad y la guerra. Un manifiesto atribuido
a Marinetti expresaba: “El auto de carrera es más hermoso que la Victoria de Samotracia”. En el libro Zang Tumb Tumb describe el sonido de las bombas y ametralladoras en la batalla de Adrianopoli. Según algunas opiniones, los principales integrantes del futurismo terminaron afiliados a los movimientos fascistas italianos.
Con una apreciación diferente, hacia 1916, surge el dadaís-mo, censurando, ridiculizando e ironizando a la máquina. Picabia, uno de los integrantes del movimiento, construyó mecanismos que simulaban máquinas o antimáquinas, inútiles, imaginarias, fantásti-cas, imposibles, las cuales ridiculizaban los artefactos de la sociedad industrial y consumista. Sus máquinas eran una reacción contra los poderes establecidos, que en aquella época estaban empeñados en la concepción de la sociedad postindustrial, en la mecanización des-medida y en la construcción de máquinas de cualquier tipo, auto-móviles, aviones, armamento militar, cohetes, máquinas pensantes, robots y otros artificios.
Igualmente, las máquinas de Tinquely o los robots desba-ratados de Bruce Lacey, propuestos en la segunda mitad del siglo XX satirizan las máquinas de la sociedad de consumo. Autores como Aladym, Pol Bury, Víctor Valera Mora, Enrique Mujica y otros, han empleado el tema de las máquinas con diferentes intenciones.
Tuercas, chasis doblados, tornillos oxidados, hierros retor-cidos y chatarra han sido ensamblados por Aladym, simbolizando la contaminación mecánica, el deterioro ambiental y la alienación causada por la máquina. Algunos han incorporado efectos magné-ticos, luces de neón, rayos catódicos o los últimos avances de la técnica, computadores, circuitos integrados, chips, celdas solares y rayos láser, buscando nuevos caminos y posibilidades. Otros aco-plan computadores desvencijados, transistores rotos, tubos de rayos catódicos deteriorados y chips usados, formando una maraña caótica que encarna la decadencia de la modernidad por el avasallamiento de la tecnología cibernética.
Varios poemas de Valera Mora, “Masseratti 3 litros”, “Piloto de prueba” y “Semáforo rojo”, con un lenguaje mordaz y sarcástico, satirizan el automóvil y la tecnología, emblemas del poder, aliena-ción y progreso de las metrópolis capitalistas. En “Masseratti 3 litros”, la máquina ruge a 600 kilómetros por hora:
A seiscientos kilómetros por hora cuestiono todo / no tengo paz ni sosiego y digo cuestiono todo / me dejo llevar me gusta cuanto me sucede / ... lo mío es un mas-seratti tres litros / una potente máquina / una agónica agonía de turbinas / ... y dije camisa de fuerza y dije insu-lina y dije metrasol / ... hacen falta barras de dirección y puntas de eje / alto octanaje y ácido de batería / ... hacen falta tuercas y tornillos rosca fina / despejados platinos y cigüeñales resistentes / al frío con los académicos co-medores de ortigas / ahora es que va dar guerra el Che / necesitamos vestirnos de monte / insurgentes o muertos sin memoria / yo quiero un estallido atómico / demasia-do hemos trabajademasia-do para los dioses / ... no olviden cruzo el laberinto a seiscientos kilómetros / la raíz cuadrada de un rayo de luz más todos los sueños / ... subo y arranco mi potente masseratti 3 litros / rafagueante doy con mis sesos contra un muro / después el otro infierno.
Un trozo de “Piloto de prueba” dice: “Máquina reflejada en su rostro / Construida en las infernales fábricas de la metrópoli / Máquina de turbinas y hélices para matarme /...”
Con un tono distinto, casi nostálgico, Mujica describe la reparación de un Ford 46: “A la sombra verde / de un roble / lo desarmaron / entre ese olor extranjero / de la gasolina / y el aceite / quedó el día limpio / en las piezas abiertas / una calma de hierros / lo prendieron / aquella mañana / mugía / era un toro nuevo / y manso /.”
También, de la termodinámica surge el demonio de Maxwell y sus máquinas eternas creadoras y destructoras de entropía como el ciclo cuántico de Hermes cuya leyenda se remonta a los albores de la alquimia.
III. Mecánica cuántica
El átomo. Dualidad onda partícula. Incertidumbre cuántica. Conjeturas.
Alquimia. Humanismo
Durante el transcurso del siglo XX, los estudios en torno al átomo, la luz, la materia y otros hallazgos, conducen al desarrollo de la mecánica cuántica. El impacto de estas ideas influenció significati-vamente la ciencia y el arte, debido a su notable importancia en las múltiples interpretaciones de la realidad.
Con relación al átomo, su historia comienza con la intuición inicial de la naturaleza atómica de la materia, atribuida a Leucipo y Demócrito, quienes postularon, alrededor del siglo V a. C., que todas las cosas estaban constituidas por pequeñas partículas indivi-sibles denominadas átomos. Como consecuencia del predominio de la filosofía de Aristóteles, basada en la idea de los cuatro elementos, aire, tierra, fuego y agua, esta noción primigenia del átomo quedó relegada en el olvido hasta principios del siglo XIX, cuando Dalton retomó el concepto atómico para explicar, exitosamente, las com-binaciones químicas de los elementos. Desde esa época, la teoría atómica empezó a jugar un lugar preponderante en el campo de la
En esos extraños mundos de la mecánica cuántica estamos vivos y muertos al mismo tiempo. A veces existimos y estamos en todas partes en el mismo instante. Otras veces desaparecemos en el vacío sin dejar rastro. En medio de la incertidumbre flotamos como fragmentos ondulantes entre cuerdas y cenizas eléctricas sin límites ni contornos…
ciencia, incrementándose los esfuerzos para dilucidar la esencia y estructura del átomo.
De este modo, a finales del siglo XIX, Thomson descubre el electrón en las entrañas del átomo y postula que la materia está constituida por átomos cargados eléctricamente. Según él, los elec-trones, dotados con cargas eléctricas negativas, reposaban sobre la periferia externa del núcleo atómico, como las pasas en una torta. Esta visión preliminar es modificada por Rutherford, quien, bombar-deando átomos de oro con rayos alfa, observa que la mayor parte del volumen del átomo es un espacio vacío, donde se encuentran girando los electrones en órbitas circulares alrededor del núcleo, como si se tratara de un sistema solar en miniatura. Sus estudios indicaban que los electrones cargados negativamente estaban do-tados con una masa y un tamaño muy pequeño, comparado con el núcleo, en el cual se concentraba la mayor parte de la masa del átomo. Rutherford, también descubre que el núcleo esta integrado por partículas cargadas positivamente, bautizadas con el nombre de protones, y mediante balances energéticos, intuye que el núcleo es divisible y posee otras partículas eléctricamente neutras, a las cuales llamó neutrones, descubiertas posteriormente.
Aun cuando el modelo de Rutherford se adaptaba a las evi-dencias experimentales de su tiempo, no explicaba adecuadamente la estabilidad del átomo, ya que eventualmente los electrones se precipitarían sobre el núcleo, colapsando su estabilidad energética. Para explicar esta anomalía, Bohr recurre a la mecánica cuántica, proponiendo que las órbitas estables corresponden a ciertas cantida-des fijas de energía, y considera que los electrones localizados en las órbitas circulares no emiten o absorben energía en forma continua, sino que para saltar de una órbita externa a una interna o vicever-sa, el electrón debe emitir o absorber energía en forma cuantizada, es decir en porciones discretas. Ya, para esa época, la mecánica cuántica, concebida sobre las ideas iniciales de Planck y Einstein, era la herramienta básica para estudiar el mundo subatómico y ar-gumentaba que la energía se emitía o absorbía en forma discreta, o en paquetes.
Con esta visión, la teoría original de Bohr sufrió varios refi-namientos para adecuarse a la complejidad de los nuevos hallazgos
experimentales, los cuales sugerían que los electrones se compor-taban como ondas o como partículas, y que no giraban en órbitas circulares o elípticas definidas, sino que se movían erráticamente en una nube o zona difusa alrededor del núcleo. Interpretando estas observaciones cuánticamente, De Broglie logró explicar cómo los electrones podían comportarse como ondas o partículas, exhibiendo un carácter ondulatorio o corpuscular, según el caso. Teóricamente, ambas descripciones son válidas, representando aspectos comple-mentarios de la realidad, siendo imposible diseñar experimentos, que muestren los microsistemas comportándose simultáneamente como ondas y partículas.
En este escenario, Heisenberg, Schrodinger y Dirac, con-centraron sus esfuerzos tratando de dilucidar las evidencias teóricas y experimentales en torno al átomo, creando un conjunto de estruc-turas matemáticas que generaron interpretaciones complementarias del microcosmos cuántico conocidas como la representación ondu-latoria de Schrodinger, la descripción matricial de Heisenberg y el álgebra cuántica de Dirac.
Los trabajos de Heisenberg condujeron al principio de in-certidumbre, según el cual, es imposible medir simultáneamente, la posición y velocidad de un electrón o una partícula subatómica cualquiera. Este principio implica que solo se puede tener una in-formación limitada de las partículas mientras las observamos con instrumentos, pero no se tiene idea de lo que hacen mientras no las vemos, o cuáles sucesos pueden acontecer, pues la causalidad tiende a fracturarse en la escala cuántica. A este nivel, el observa-dor interacciona con los microsistemas al realizar mediciones expe-rimentales, afectando su naturaleza y modificando irreversiblemente su existencia. La perturbación ocasionada por el observador evita la posibilidad de obtener un conocimiento preciso acerca de las enti-dades a escala atómica y, en consecuencia, es imposible predecir con exactitud si el átomo existe o no existe, cómo es, dónde está, o cómo se comporta en cada instante, sí como una onda o como una partícula. Solo puede estimarse la probabilidad de encontrarlo en un cierto estado del universo cuántico.
Desde su formulación, el principio de incertidumbre causó muchas polémicas sobre la concepción de la realidad, cuestionando
la causalidad, lo absoluto, el determinismo, la certeza, y la posibili-dad de comprender de manera precisa el curso de los acontecimien-tos. La imagen laplaciana y newtoniana de un universo mecanicista y determinista, funcionando como un reloj, linealmente, es cuestiona-da por el indeterminismo cuántico. En contraste, las predicciones de la teoría cuántica indican la existencia de un universo probabilístico, indeterminado, no lineal, incierto, impermanente, sometido a la in-causalidad y al azar, donde la anticipación del futuro es imposible. Sugiere la existencia de antimateria, la transmutación de los elemen-tos, la superconductividad y la levitación magnética, la posibilidad de la piedra filosofal, la existencia de múltiples partículas y antipar-tículas en el núcleo, la existencia de nuevos eslabones estructura-les de las entidades subatómicas como cuerdas o quarks, y plantea asombrosas conjeturas como la existencia de entidades fantasmas, la simultaneidad de la vida y la muerte, la presencia de partículas virtuales o la posibilidad de existencia de múltiples universos o múl-tiples historias.
Bajo este contexto, aun cuando nadie ha visto un átomo, la mecánica cuántica lo concibe como una colección de partículas y antipartículas en incesante mutación, movimiento y vibración, su-mergidas en un espacio y tiempo lleno de energía e información. Sus efectos se han detectado en los centelleos y parpadeos luminosos que dejan sus tenues estelas, cuando se mueven como fantasmas en la neblina de las cámaras de burbujas. Allí las partículas pueden aparecer, desaparecer, cambiar su identidad, volviéndose positivas, negativas, neutras, mutarse en diferentes formas, convertirse en an-timateria, fragmentarse, o desintegrarse en radiaciones. En cualquier circunstancia, la distribución de las partículas está gobernada esta-dísticamente, siendo su concentración muy densa en la región cen-tral o núcleo y poco densa en la periferia del núcleo, donde giran los electrones en un inmenso vacío, describiendo trayectorias similares a nubes difusas. En el núcleo están localizados los protones, coha-bitando con una miríada de partículas y antipartículas, sometidas a un intenso campo de fuerzas y a procesos de interacción energética, donde la dualidad onda-partícula y la interconversión de materia o antimateria en energía y viceversa, son fenómenos ordinarios.
Según esta visión, la materia está formada por un conjunto de entidades subatómicas de naturaleza electromagnética, las cuales se comportan como ondas o corpúsculos en continua vibración e in-teracción energética. De manera análoga, la luz, constituida por foto-nes, es una entidad cuántica, electromagnética, que se muestra como una onda o como una partícula vibrante, según las circunstancias. Esto implica que vivimos en un universo cuántico, electromagnético, lleno de partículas y ondas en permanente transición y vibración. Pa-rafraseando a los alquimistas del antiguo Egipto, todo es dual, nada reposa, todo vibra. Curiosamente, hoy, la física cuántica, estudiando las profundidades de la materia y la luz, reconoce esta verdad, pre-sentida hace miles de años por los estudiosos de la alquimia.
Consecuencialmente, artistas como Dalí, Kandinsky, Vas-sarely, Soto y Mark Tobey han empleado las visiones del átomo, la materia y la energía en sus creaciones plásticas.
Dalí realizó varias obras cuya temática está relacionada con el átomo, la holografía, la energía nuclear, y escribió “Manifiesto antimateria”, interesándose por los trabajos de Planck y Heisenberg. Entre ellas pueden citarse: “Idilio atómico y uranio melancólico”, “Equilibrio intraatómico de una pluma de cisne”, “Separación del átomo: Desmaterialización cerca de la nariz de Nerón”, “Leda ató-mica”, “Galatea de las esferas”, “Santo rodeado de tres mesones pi”. En “Galatea de las esferas”, un rostro de mujer fragmentado en numerosas esferas, parece simular que la íntima organización del ser se reduce a infinitas partículas y antipartículas en movimiento y transición. “Idilio atómico y uranio melancólico”, esboza el horror de la guerra nuclear, manifestado en la destrucción de Hiroshima y Nagasaki por la bomba atómica. Describe la impotencia del hombre ante el uso irracional de la energía concentrada en el átomo, la cual puede acabar con el planeta y sus vecinos circundantes. El cuadro es un desolador y patético retrato de las consecuencias negativas de la tecnología de la guerra, creada alrededor de la desintegración del átomo. Es la misma sensación que expresa el poeta Nicanor Parra en “Los vicios del mundo moderno”, o el sentimiento de pesimismo, temor e impotencia que ensombrece el futuro de la humanidad, con la manipulación y desencadenamiento de la energía nuclear como artificio militar o industrial.
Por su parte, Kandinsky y Vassarely han pintado varias obras cuyos temas lucen como sistemas atómicos en movimiento y vibración.
En el mismo sentido, Soto, ha incorporado en sus “pene-trables”, la permanente vibración e información que llena el espacio que nos rodea como consecuencia de la dualidad onda-partícula y de la continuidad del espacio y el tiempo. Al introducirnos en los “penetrables”, el campo cuántico del universo interacciona con nuestro campo, incorporándonos a la totalidad y al flujo energético universal. Allí, una sensación energética nos envuelve al integrarnos a las vibraciones del cosmos.
A propósito de la energía y las fuerzas atómicas, David Medalla, reflexionando sobre sus esculturas dice: “Esculpo energía. Utilizo aquellos elementos que me permiten expresar el movimiento de las fuerzas atómicas. Trato de encontrar a través de estas fuerzas, estructuras melódicas y continuas que puedan despertar ternura y amor en el alma endurecida del hombre actual...”
En un contexto análogo, la escultura “Perturbación totémi-ca” de Tobey, representa según sus palabras: “el mundo eléctrico de la ciencia destruyendo las verdades totémicas”.
En cuanto al átomo y la poesía, César Vallejo, construye una imagen mencionando al átomo en “Telúrica y magnética”, un poema póstumo: “...¡Cuaternarios maíces, de opuestos natalicios, / los oigo por los pies como se alejan, / los huelo retornar cuando la tierra / tropieza con la técnica del cielo! / ¡Molécula ex abrupta! ¡Átomo terso! ...”
Un verso de Neruda en “Cien sonetos de amor” dice: ...“son míos y yo pertenezco como átomo negro / a las áridas tierras y a la luz del otoño en las uvas / a esta patria metálica elevada por torres de nieve /...”
Similarmente, Luis Alberto Angulo, en “Antología de la casa sola” elabora una figura poética, considerando el incesante movi-miento del átomo: “Con ojo abierto / de tanto nacer / contemplo sueño / y este pequeño átomo / salta y salta / sin motivo aparente / sin único y por solo gusto de saltar /.”
Asociaciones con partículas atómicas, protones, neutrones, ondas, ergios, dipolos pueden apreciarse en “El círculo de los 3 so-les” de Rafael José Muñoz:
...ambos surgidos de las fuerzas caloríficas que desarrolla un neutrón examinado a cierta distancia colocada entre el polo y más allá de Saturno. (Se trata más bien de una FX hidrostática con fluido análogo al de una superficie con una orientación cualquiera)... es lógico pensar que en el neutrón y en el protón se encuentre la raíz numéri-ca que permita, extrayendo un gramo de meteoro de los cráteres de la luna, evitar la muerte... Por tanto, la con-sabida expresión Fi, ACS, Ay, Fy, 6, 6, de que hablan los matemáticos y los físicos, no corresponde a la realidad... las FTA de sus fuerzas compresoras...
Viajo por la electrostasia /...Viajo en la ostra del dipolo, / en su cilindro de placa U, / en su vector de logaritmo. / Y me parece que si sigo viajando así, / voy a encontrar una Nova… Pensamos porque ondas perpetuas que vienen desde lejos / establecen con-tacto con nuestro cerebro: / Son ondas UN, ondas que se pierden / en vibraciones bi-ri; / ondas que están en el masser / y establecen anillos paralelos / de luminosas okras. /...No tiene remedio cuando huye por semanas / a dos ergios V 2 / con la veinteava potencia de aquella /.
Asimismo, en la narrativa, Borges ha hecho alusiones al átomo de Rutherford en Historia de la eternidad: “El diámetro de un átomo de hidrógeno ha sido calculado, salvo error, en un cienmillo-nésimo de centímetro. Esa vertiginosa pequeñez no quiere decir que sea indivisible: al contrario, Rutherford lo define según la imagen de un sistema solar, hecho por un núcleo central y por un electrón giratorio, cien mil veces menor que el átomo entero.”
Continuando con Borges, su cuento El jardín de senderos que se bifurcan, publicado en 1941, es una anticipación notable de la teoría de múltiples historias o múltiples universos de la mecánica cuántica. La teoría señala que durante toda medición experimental
ocurre una descomposición de la función de onda del proceso, la cual se fragmenta en muchas ramas o historias diferentes, igualmen-te probables. La inigualmen-teracción entre sisigualmen-temas ramifica y bifurca el mun-do en muchos estamun-dos independientes, y al realizarse una observa-ción, el universo se separa en múltiples copias, dando origen a un conjunto de universos o múltiples historias disímiles. Estos múltiples universos pueden sucesivamente ramificarse perpetuamente, gene-rando nuevas historias sujetas a las probabilidades y el azar. A veces, estos universos coinciden con el nuestro y otras veces se manifiestan en otros mundos y dimensiones. El cuento de Borges presenta cier-tas similitudes con algunos planteamientos de esta teoría que surge de los trabajos de Richard Feynman y Hugh Everett publicados en 1948 y 1957, respectivamente:
Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso la-berinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo a los astros... Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las fic-ciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; …Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también pro-liferan y se bifurcan... En la obra de Ts’ ui Pên, todos los desenlaces ocurren. Cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones. Alguna vez, los senderos de ese labe-rinto convergen... El jardín de senderos que se bifurcan es una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el tiempo... Creía en infinitas series de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos... En éste,
que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encon-trado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma... El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. ...Esas per-sonas eran Albert y yo, secretos, atareados y multiformes en otras dimensiones de tiempo.
Cruzando los límites de la ficción y la realidad, Jorge Volpi articula en su novela En busca de Klingsor, una leyenda sobre los grandes artífices de la mecánica cuántica: Bohr, Heisenberg, Schro-dinger, Planck, Einstein, Dirac y otros. Bajo el drama de la segunda guerra mundial, rasgos de la vida psicológica de estos personajes son entremezclados con los actores de la novela, en una trama dirigida a desentrañar el misterio de Klingsor, el supuesto asesor y espía de los proyectos de investigación de Hitler. Veamos algunos párrafos:
Hablar con Max Planck era enfrentarse con un fantasma del siglo XIX. Su rostro apergaminado, lleno de surcos y cicatrices –marcas de sabiduría y dolor, de serenidad e ira–, hacía pensar en una reliquia antigua o en el tronco abierto de un árbol en el cual es posible advertir los círculos del tiempo. Sus mejillas enjutas y las pesadas bolsas que le caían bajo los ojos eran los únicos restos de una era que se negaba a perecer gracias a la voluntad inquebrantable de este hombre inmortal… Aunque yo le había dicho que Heisenberg había bebido el elixir de la eterna juventud, esta vez le pareció a Bacon que sus ras-gos mostraban la evidente descomposición del tiempo. Seguía conservando el cabello rubio, casi blanco, pero su rostro era similar a los de esos niños enfermos que envejecen de la noche a la mañana. Las penurias de la guerra, la derrota, y el descubrimiento de que los aliados habían tenido éxito en el proyecto atómico antes que él, le habían afectado profundamente… Schrodingerera el reverso exacto de Heisenberg, afable, mujeriego, dandy y bon vivant, con una filosofía de la vida fundada en el
vals de Strauss, vino, mujeres y canciones. Si Heisenberg era una especie de estoico de la física, Schrodinger re-presentaba su lado hedonista… El pesado rostro de Bohr recordaba a un bulldog o a un dogo. Sus mejillas an-chas y esponjadas, se precipitaban sobre su nariz como si fuesen a devorarla, permitiendo apenas que su tibia sonrisa quedase incierta como una viga en medio de las dos moles de carne. Sus ojillos, en cambio, mostraban una vivacidad infantil. Lo mismo ocurría con su men-te; su temperamento de neurótico excesivo –¿pero qué gran científico no lo es?–… La relación de Einstein con la mecánica cuántica siempre había sido ambigua; aun-que en gran medida él había contribuido a su creación y había seguido de cerca sus progresos, no acababa de convencerse de que la mecánica matricial de Heisenberg y la mecánica ondulatoria de Schrodinger bastasen para resolver todos los conflictos. Él seguía demasiado obse-sionado con la claridad de la física clásica para aceptar los desafíos conceptuales de la nueva era. En 1926 le escribió esa famosa carta a Max Born, quien acababa de interpretar la teoría de Schrodinger de modo estadístico, en términos reprobatorios: “La mecánica cuántica es muy impresionante”, le decía, “pero una voz interna me indi-ca que aún no se trata de la verdad. La teoría funciona, pero difícilmente nos acerca al secreto del Viejo. Estoy convencido de que él no juega a los dados”.
Alternativamente, Samuel Beckett, tiende a revelar la incer-tidumbre cuántica, la indeterminación, la duda, la probabilidad y la ruptura de la causalidad en la literatura. Así, su pieza teatral, Espe-rando a Godot, además de lo absurdo que le atribuyen los críticos, muestra una inexorable incertidumbre en sus diálogos, como si la inquietante duda cuántica fuera trasplantada a la vida cotidiana:
—Ya tendría que estar aquí. —No aseguró que viniera. —Y si no viene.
—Volveremos mañana. —Y, después, pasado mañana. —Quizás.
—Y así sucesivamente. —Es decir.
—Hasta que venga. —Eres inhumano. —Ya vinimos ayer.
—¡Ah, no! En eso te equivocas. —¿Qué hicimos ayer?
—¿Qué hicimos ayer?
—Pues, pues... nadie como tú para no entenderse. —Yo creo que estuvimos aquí.
—Te resulta familiar el lugar. —Yo no he dicho eso. —¿Entonces?
—Eso nada tiene que ver.
—No obstante... este árbol... esa turbera. —¿Estás seguro de que era esta noche? —¿El qué?
—Que debíamos esperarle. —Dijo el sábado, según creo. —Después del trabajo. —Debí apuntarlo.
—Pero ¿qué sábado? ¿Es hoy sábado?
—¿No será más bien domingo? ¿O lunes? ¿O viernes? —No es posible.
—¿O jueves? —¿Qué hacemos?
Además de la incertidumbre, las interpretaciones de la mecánica cuántica generan conjeturas asombrosas, como la paradoja del “Gato negro” de Schrodinger, la cual sugiere un experimento con un gato negro encerrado en una caja hermética, donde hay una cáp-sula de vidrio conteniendo cianuro, un martillo y una pila radiactiva. La fuente radiactiva, al desintegrarse, emite radiaciones que activan el martillo, el cual al caer rompe la cápsula, liberando el veneno,
que eventualmente matará el gato. La mecánica cuántica sugiere que no hay manera de saber el resultado del experimento, hasta que no se abra la caja y miremos en su interior. Mientras tanto, hay una fuente radiactiva que se ha desintegrado y no se ha desintegrado, un martillo que ha caído y no ha caído, una cápsula de cianuro que está rota y no está rota, y un gato que está vivo y muerto. Antes de abrir la caja, hay varias perspectivas de la solución matemática de la ecuación de onda de Schrodinger. Una describe un gato muerto y otra un gato vivo. Entre los físicos, algunos opinan que cuando se mira dentro de la caja una de las soluciones se vuelve real y la otra imaginaria, observándose un gato muerto o un gato vivo, otros sugieren que ambas soluciones son reales, existiendo un gato vivo y un gato muerto, pero en universos distintos, o piensan que hay un gato vivo y un gato muerto coexistiendo simultáneamente en el mismo universo. Las consecuencias de esta paradoja y otras versio-nes cuánticas similares, han sido extendidas hasta los límites de la imaginación, asomando la posibilidad de simultaneidad de la vida y la muerte o la existencia de universos donde no hay certeza de estar vivo o muerto, o la ocurrencia de espacios donde los vivos pueden convivir con los muertos, como ocurre en el cuento Pedro Páramo
de Rulfo. En este cuento, no se sabe a ciencia cierta quién está vivo o quién está muerto, como si las paradojas cuánticas fueran extrapo-ladas al pueblo de Comala, donde vive Pedro Páramo:
Ni más ni menos, ahora que venía encontré un velo-rio. Me detuve a rezar un padre nuestro. En esto estaba, cuando una mujer se apartó de las demás y vino a decir-me — ¡Damiana! ¡Ruega a Dios por mí, Damiana! Soltó el rebozo y reconocí la cara de mi hermana Sixtina. — ¿Qué andas haciendo aquí? —le pregunté. Entonces ella corrió a esconderse entre las demás mujeres. Mi hermana Six-tina, por si no lo sabes murió cuando yo tenía 12 años. Era la mayor. Y en mi casa fuimos dieciséis de familia, así que hazte el cálculo del tiempo que lleva muerta. Y míra-la ahora todavía vagando por este mundo. Así que no te asustes si oyes ecos más recientes, Juan Preciado.