¿Para qué le sirven las políticas públicas a la cultura?

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Debate

¿Para qué le sirven las

políticas públicas

a la cultura?

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¿Para qué

le sirven las

políticas públicas

a la cultura?

Claudia Montilla Vargas

– editora invitada

P

ara qué le sirven las políticas públicas a la cultura?

y ¿por qué hay que hacer políticas publicas en cultura? fueron las preguntas que planteamos. Las respuestas amables estuvieron a cargo de uno de los pensadores más significativos en el tema, como lo es el colombo-español Je-sús Martín-Barbero; de un gestor globalizado con alta experien-cia en la cooperación internacional, como el español Fernando Vicario; de un estudioso de lo cultural desde la investigación académica, como el galés Nicholas Morgan; y de un practicante de las políticas culturales por más de quince años, el colombia-no Luis Soto. A través de sus escritos encontramos itinerarios diversos para la conversación acerca de las políticas culturales.

La política pública es un marco de referencia común que de-termina una regulación colectiva para un sector que, a juicio del Estado, es importante. Las políticas públicas son entonces cruciales en cuanto constituyen un marco de referencia común para que un sector determinado, como la cultura, por ejemplo, sea posible y tenga incidencia en la sociedad. En la actualidad, el debate sobre el deber ser y los alcances de las políticas cul-turales ha llamado la atención de muchos sectores en diversas sociedades y grupos de

inte-rés. La Unesco, La AECID, la OEI, la OEA, el BM, el BID y un sinnúmero de países han llegado a considerar que sin políticas culturales no hay de-mocracia ni desarrollo.

Y si bien las políticas públicas no resuelven los problemas,

por lo menos crean el marco dentro del cual se hace posible la actuación. En el campo cultural, las políticas públicas son fundamentales porque a través de ellas se diseña una regulación colectiva que fortalece la creatividad, la democracia, la ciuda-danía cultural, la diversidad de identidades y la equidad en la asignación de recursos y acciones públicas.

Las teorías contemporáneas definen la cultura como aquello que inscribe al individuo en el mundo, lo legitima y le permite cons-truir sentido. En la práctica, la cultura es el campo de lo diverso, lo múltiple, lo fluido; por esta razón, los estudiosos hablan de

culturas, en plural. En nuestro debate, por ejemplo, Nicholas Morgan afirma que la cultura incluye todo lo que tiene que ver con los procesos mediante los cuales se construye el sentido y que es el espacio no sólo de lo que se hace y lo que no se hace, sino también de quién cuenta y quién no cuenta en la sociedad. Por eso mismo, concluye Morgan, las políticas culturales deben extenderse a todos los ámbitos de la experiencia humana.

Así, el campo de la(s) cultura(s) en nuestra contemporanei-dad hace referencia a manifestaciones como lo que denomi-namos las bellas artes –música, artes plásticas, teatro, danza, escultura, literatura, cine—,pero también a la diversidad cultural o a aquello que reconocemos como experiencias de la identidad—lo afro, lo indígena, las sexualidades—, a los usos y costumbres populares—fiestas, carnavales, bailes, música—y a las industrias culturales—medios de

comunica-ción y medios digitales—. Lo cultural adquiere significacomunica-ción social y política desde sus adjetivos ‘ciudadano’, ‘diversidad’,

‘juvenil’, ‘femenina’, ‘étnica’. La cultura se ha convertido, entonces, en estrategia de alto valor político para el recono-cimiento de la discriminación y la desigualdad, uno de los logros más importantes de la democracia.

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Nuestros invitados comparten la idea de que “la cultura es un bien público” y que, por lo tanto, como escribe Soto, “el Estado no puede marginarse de su obligada tarea de asegurar las bases para que los creadores y los ciudadanos obtengan las condicio-nes para crear y expresarse con plenitud”. Y en este sentido, Colombia tiene la capacidad de crear políticas públicas cultura-les porque, como lo presenta Morgan, somos “un país institu-cionalmente avanzado” gracias a ese gran invento cultural que fue la Constitución de 1991, que reconoce “las reivindicaciones culturales” de la diversidad nacional.

Pero este reconocimiento sigue siendo un horizonte y no una práctica cotidiana; somos diversos en la retórica pero no tan-to en las prácticas ciudadanas. Podría decirse que la diversidad cultural surge cuando se trata de las campañas de imagen del país y poco más. Esto se debe, tal vez, a que seguimos la fór-mula de que “El Estado debe apoyar la cultura sin intervenir”, lo que al fin de cuentas se reduce a que los gestores culturales y sus iniciativas, junto con el mercado, sean quienes marquen el rumbo de los asuntos culturales. Así, Colombia cuenta con muy buenas políticas en el ámbito del cine, del libro y del pa-trimonio; políticas dispersas, fragmentarias y hasta excluyentes en las artes, los museos y las memorias; políticas de mercado para las tecnologías, el internet, el entretenimiento y los medios masivos; y políticas de inclusión de las mujeres, lo indígena y lo afro. Sin embargo, no se aprecia en el panorama un sentido compartido o unificado.

Y es que para promover políticas públicas hay dos opciones: regular todo en detalle o regular lo mínimo pero fundamental que organice los principios del sector y que permita libertad de movimiento e imaginación. En cualquier caso, independien-temente del rumbo que tome la formulación, hay una serie de asuntos a los que debe referirse una política pública cultural: la institucionalidad del sector cultural; los programas de estímu-los a la creación, la memoria y la investigación; la promoción y fomento de las artes; la educación artística dentro del curriculo escolar; la creación y desarrollo permanente de museos, archi-vos y centros de memoria; la regulación respecto a la identidad y diversidad cultural; la protección de las minorías étnicas y las tradiciones identitarias; la preservación del patrimonio cultural material e inmaterial; los medios de comunicación, internet y telefonía celular; la distribución de las obras culturales; la edu-cación, formación y fomento de las audiencias y la promoción del respeto de los derechos de autor.

A partir de los textos de nuestros invitados, podemos recons-truir tres preguntas que podrían organizar la reflexión sobre la cultura y sus políticas culturales:

La primera pregunta tiene que ver con definir cuál es el lugar de la cultura en la sociedad. Jesús Martín Barbero

propo-ne pensar la respuesta desde las artes, las identidades y las mutaciones de las tecnologías de la comunicación. Fernando Vicario invita a pensar en cómo instaura el individuo nuevas formas de lo público en las cuales poner en juego la capacidad de convivir y encontrarse como ciudadano. Luis Soto explica que la cultura sirve para ejercer la creatividad, la capacidad de soñar y de apuntar a nuevos futuros y para lograr que la sociedad tenga cada vez más conciencia crítica y los ciuda-danos más medios para ser sí mismos. Nicholas Morgan nos recuerda que la cultura es un bien social que hay que fomentar y proteger y un lujo del cual los políticos pueden prescindir en los momentos de crisis presupuestal. Y es que para los po-líticos, la cultura sigue siendo marginal, porque desvía de lo que ‘realmente cuenta’. Por eso al hablar de ‘políticas de la cultura’ haríamos bien de recordar que todas las políticas son en sí culturales, que hay que pensar la ‘cultura política’ y la sensibilidad cultural en la política.

La otra pregunta es qué significa hacer políticas culturales en nuestro tiempo. Las respuestas tienen que dar cuenta, según Martín-Barbero, de la explosión de los fundamentalismos iden-titarios, la fragilidad de la identidad individual, la reinvención de las identidades culturales, la idea de interculturalidad, el de-bilitamiento de los Estados-nación, las industrias mediáticas y digitales, las migraciones poblacionales y los procesos de comu-nicación intercultural. Fernando Vicario explica que la política cultural es un ensayo social para la construcción del modelo que soñamos para nuestro entorno, la acción para incorporar de forma ordenada todos los disensos sociales, escucharlos, dar-les su espacio de crecimiento y conseguir que actúen de forma coordinada por el bien social. Luis Soto afirma que el lugar de las políticas culturales es aquél donde se concretan sueños y aspiraciones de las comunidades y donde se incorpora la cultura en las tomas de decisión de entidades territoriales y naciona-les, y que las políticas culturales sirven para la transformación de ciudades; el reconocimiento de patrimonios; el fomento de creadores, investigadores y gestores culturales; ejercer la creati-vidad y la capacidad de futuro; asegurar el pluralismo y la diver-sidad; propiciar la crítica, el disenso y la inconformidad.

Finalmente,¿Y qué políticas? Necesitamos políticas que sean capaces de activar conjuntamente lo que proponen los territo-rios, las artes, las etnias y las raigambres con lo que ponen las redes, los flujos y los circuitos. Unas políticas culturales que sirvan para conservar, fomentar y cuidar lo cultural; para inno-var, crear y potenciar su inserción en los procesos de educación y cohesión social; para fomentar la creatividad, la diversidad, la participación a través de fiestas, espacios públicos comparti-dos, exposiciones abiertas y espectáculos para todos los sectores sociales; para preservar la memoria. Y unas políticas culturales que no estén sujetas a los vaivenes de las culturas políticas ni a los caprichos de los gobernantes de turno.

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Jesús Martín-Barbero

1.

Re-ubicación de la cultura en la

sociedad

Dos movimientos están transformando radicalmente el lugar de la cultura en la sociedad: el estallido de las identidades y la mutación de las tecnicidades. El primero evidencia cómo la identidad, que durante siglos fuera una dimensión densa del lazo social, amenaza hoy ese lazo desde su exacerbación im-plosiva, tanto en los individuos como entre las colectividades. La emergencia de los

funda-mentalismos identitarios hace parte de la forma en que los su-jetos individuales y colectivos reaccionan a la amenaza que sobre ellos hace caer una glo-balización cada día más radica-lizadora de los instintosbásicos:

impulsos de poder y cálculos financieros. Nos hallamos, enton-ces, ante una explosión de los fundamentalismos identitarios y, a la vez, ante la fragilidad de la identidad individual, ante una creciente fragilización de toda identidad. Pero, por otro lado, los procesos de globalización económica e informacional están reavivando la cuestión de las identidades culturales —ét-nicas, raciales, locales, regionales, de género, de edad— hasta el punto de convertirlas en dimensión protagónica de muchos de los más complejos conflictos nacionales e internacionales de los últimos años, al tiempo que esas mismas identidades están reconfigurando la fuerza y el sentido de los lazos sociales, las posibilidades de convivencia en lo nacional y, aún, en lo local.

El segundo movimiento evidencia cómo ellugar de la cultu-ra en la sociedad cambia cuando la mediación tecnológica de la comunicación deja de ser meramente instrumental para es-pesarse, densificarse y convertirse en estructural. La tecnología

remite hoy no sólo y no tanto a nuevos aparatos, sino a nuevos modos de percepción y de lenguaje, a nuevas sensibilidades y escrituras. La tecnología deslocaliza los saberes modificando sus demarcaciones y jerarquías, lo que está conduciendo a un fuerte emborronamiento de las fronteras entre razón e imagina-ción, saber e informaimagina-ción, naturaleza y artificio, arte y ciencia.

Y, por otro lado, la experiencia audiovisual está siendo trastor-nada por la revolución digital que hace emerger una visibili-dad cultural que se está con-virtiendo en escenario de una decisiva batalla políticaentre el

viejo poder de la letray la nue-va alianza entre las oralidades y visualidades culturales de las mayorías, con las nuevas escrituras y creatividades que inaugu-ran las redes digitales de la virtualidad.

Esos dos movimientos se traducen en tres desafíos que están desconcertando a las políticas culturales:

a]

El debilitamiento de los Estados-nación por una mundialización de los mercados que afec-ta direcafec-tamente las condiciones de vida de las culturas y el funcionamiento de las industrias culturales, des-de los medios ‘tradicionales’—prensa, radio, televisión— has-ta las nuevas industrias digihas-tales, de producción de contenidos y de su distribución: es lo que demuestran Google, Youtube y Facebook. Es decir, entre los flujos digitales y las migraciones poblacionales el sentido y el ‘valor’ del espacio de lo nacional

se transforman día a día.

a las políticas

públicas

Retos de las

culturas

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b]

El desdibujamiento de, y el solapamiento entre, los antes claramente diferenciados campos cultu-rales que hoy atraviesan una fuerte reestructura-ción exigida por las nuevas formas industriales de producreestructura-ción y por la convergencia tecnológica. Se trata, en primer lugar, del paso de la producción en serie a otra más flexible, capaz de programar variaciones ‘cuasi-personalizadas’ para seguir el curso de los cambios en el mercado. Un modelo de producción así, que responde a los ritmos del cambio tecnológico y a una aceleración en la variación de las demandas, no puede menos que conducir a formas flexibles de propiedad. Nos encontramos ante verdaderos movimientos de ‘des-ubicación de la propie-dad’, que recurre a alianzas y fusiones móviles que posibilitan una mayor capacidad de adaptación a las cambiantes formas del mercado comunicativo y cultural. Como afirma Castells, la estructura de las industrias de alta tecnología en el mundo es una trama cada vez más compleja de alianzas, acuerdos y agrupaciones temporales, en la que las empresas más grandes se vinculan entre sí, con otras medianas y hasta pequeñas en una vasta red de subcontratación.

Ahí se inserta, explícitamente, el sentido que ha tenido la con-vergencia tecnológica: la asociación del desarrollo tecnológico con la des-regulación de los mercados y la concentración del poder informativo y comunicacional. En el rediseño del pa-pel del Estado por las políticas neoliberales, el descentramien-to alentado por las nuevas configuraciones de la tecnología ha servido de cobertura ideológica a la más brutal concentración de medios y tecnologías en oligopolios impensables hasta hace unos pocos años. Las formas más brutales de concentración económica acaban tramposamente confundidas con la digitali-zación sin barreras. Pero en un segundo momento, convergencia digital ha pasado a significar una mutación comunicativa que entrecruza dos movimientos: la hiperconectividad [TV + Inter-net + Telefonía móvil], y la transformación de la hasta ahora tranquila ‘intermedialidad’ de géneros o programas del medio

televisivo en los potentes ‘virus’ de los flujos que des-programan

la televisión. Claro que ese proceso va a tomar su tiempo, pero la anchura del espectro que abre la TV Digital Terrestre desco-loca a ‘la televisión’, abriéndola a una pluralidad de televisiones cuyas peculiaridades van a tener mucho que ver con las formas de inserción de la producción televisiva en la web y viceversa, con la maneras de poner en televisión la loca y confusa, pero

también rica y diversa producción audiovisual que circula en la web. Y, otra vez, lo que ahí importa de veras no es lo que pasa en cada mundo —el de la TV y el de la web—, sino cuál va a ser el rostro de una televisión local atravesada por, e inserta en, lo global, o qué va a significar e implicar lo global en una tele-visión que busque ser, de veras, ciudadana. Estas preguntas no pueden ser respondidas tecnológicamente, sino desde un nuevo sentido/proyecto de la política cultural y comunicativa.

c]

El paso de la mera afirmación de la multicultura-lidad a la idea de interculturalidad, no como unas relaciones impuestas a las culturas desde arriba, sino a los nuevos procesos de comunicación intercultural: la in-tensificación de la comunicación e interacción de cada cultura con las otras culturas de cada país y del mundo, la comunica-ción experimentada como una posibilidad de romper la exclu-sión mediante una profunda experiencia de interacción cultural que, si comporta riesgos, también abre nuevas figuras de futuro. Antes de aparecer en el campo de la tecnología, la idea de con-vergencia había hecho presencia en el ámbito de la cultura a través, justamente, de la idea de interculturalidad, que nombra la imposibilidad de una diversidad cultural comprendida desde arriba; esto es, deseada o regulada al margen de los procesos de intercambio entre las diversas culturas. Y ese intercambio se ubica hoy en un claro más allá del ámbito que delimitan las fronteras geopolíticas de lo nacional.

2.

La apropiación/consumo

cultural desborda sus usos y

costumbres

La promiscuidad entre los campos culturales, económicos y tecnológicos no se debe sólo a la reestructuración de los merca-dos y la fusión de empresas procedentes de ramas productivas

distintas. Es también resultado del proceso de la formación de hábitos culturales distintos en lectores que, a su vez, son espectadores e internautas. La digitalización conjunta de tex-tos, imágenes y todo tipo de mensajes que se van integrando en la televisión, el ordenador y el móvil está haciéndose desde hace varios años. Así como la fusión de empresas editoriales, audiovisuales y electrónicas diluye la autonomía del campo literario, los campos artísticos y los campos mediáticos acercan la condición de lector y la con-dición de espectador a medida que vamos reconvirtiendo esas prácticas como internautas.

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Con internauta aludimos a un actor multimodal que lee, ve escucha y combina materiales diversos, procedentes de varios campos. Esta integración de acciones y lenguajes ha reubicado la institución donde se aprendían las principales destrezas—la escuela—y redefine el campo educativo. Los jóvenes adquieren en las pantallas extracurriculares otra formación en la que cono-cimiento y entretenimiento se combinan. También se aprende a leer y a ser espectador siendo televidente e internauta

Lo nacional tampoco coincide ya con los territorios histórica-mente identificados con los

nombres de esos países: africa-nos en Francia o latinoameri-canos en España, las ambiva-lentes interacciones entre lo local y lo transnacional son las remesas de los migrantes. Pero los migrantes no sólo envían dinero sino también informa-ción, intercambian experien-cias en las dos direcciones y

establecen ‘comunidades transnacionales’ constantemente co-municadas: hoy los abuelos están aprendiendo a manejar in-ternet para comunicarse con sus hijos y nietos en la otra punta del mundo.

Las interacciones entre los modos letrados, mediáticos y digita-les de hacer cultura, así como las migraciones ‘transterritoriadigita-les’ de personas y bienes, ya no se dejan entender como estructuras y necesitan ser comprendidas como procesos insertos en la cir-culación de los muchos tipos de redes y de flujos.

3.

Necesitamos otros tipos de

políticas

Necesitamos otos tipos de políticas que sean capaces de activar conjuntamente:

- lo que ponen los territorios, las etnias y las raigambres - lo que ponen las redes, los flujos y los circuitos

Y ello tanto en los megacircuitos, como en los de escala pe-queña y mediana, con la localización incierta de los procesos culturales. Lo que aparenta ser la disolución de los lazos sociales está abriendo la cultura cotidiana a una nueva organización de los vínculos entre realidad y ficción, entre poderes efectivos y simulacros, entre lo local y lo global.

Y una de las primeras condiciones básicas de la vida cultural es la ciudadanía. Necesitamos políticas que ubiquen la ciudadanía

más allá de sus acostumbrados espacios nacionales y políticos, en las nuevas redes que desbordan los campos de la política o de la cultura y reinsertan sus prácticas en nuevos modos de inte-racción social, tan descuidada por la mayoría de los gobernan-tes y tan vitalmente importante para montones de ciudadanos, especialmente los más jóvenes.

Se habla hoy de ciudadanías culturales para nombrar a las ciu-dadanías que responden a la creciente presencia de estrategias de exclusión y de empoderamiento, ejercidas en y desde el

ám-bito de la cultura. Pues la ciu-dad es hoy el espacio clave en la reinvención de la democra-cia y la formulación de políti-cas culturales desde abajo.

Y se habla también de los dere-chos culturales para nombrar el entretejido que existe entre diferencia cultural y desigual-dad social, de ahí que es en el reclamo y el reconocimiento de los derechos culturales de los indígenas, los afrocolombianos, las mujeres, los homosexuales, donde la cultura se convierte en ámbito del ejercicio ciudadano al luchar por la inclusión social y la participación política.

También los derechos culturales responden a la necesidad de sub-vertir las jerarquías y los maniqueísmos que aún mantiene nues-tra sociedad y nuestro sistema escolar entre lo lenues-trado y lo oral, lo erudito y lo popular, lo serio y lo lúdico, lo propio y lo distinto.

Las políticas culturales no pueden ser dejadas al arbitrio única-mente del Estado y el gobierno, sino que deben ser ideadas y formuladas por toda la gama de sus actores: creadores, gestores, investigadores, comunicadores; productores públicos, privados e independientes.

Los derechos culturales responden a la necesidad de subvertir las jerar-quías y los maniqueísmos que aún mantiene nuestra sociedad y nuestro sistema escolar entre lo letrado y lo oral, lo erudito y lo popular, lo serio y lo lúdico, lo propio y lo distinto.

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La gestión

cultural:

más que un gesto

Nicholas Morgan*

tengan mayor prestigio en el momento de asignar recursos, a pesar de la pretensión del Estado de entender la cultura como un bien social que hay que fomentar y proteger.

Al decir esto, por supuesto, tengo en mente cierto tipo de Esta-do, a saber, el Estado neoliberal que todavía predomina en gran parte del mundo, a pesar del evidente fracaso del modelo que promueve. Las administraciones neoliberales tienen una visión de la política constreñida por una visión ideológica de las re-laciones económicas. Ubicuo y omnívoro, el mercado fija el precio de todo, desde el barril de petróleo hasta un lienzo de Van Gogh. Esta manera de pensar explica el lugar ínfimo de la cultura en el pensamien-to de los gobiernos de esta infeliz era. Mientras que la industria cultural puede tener cierta importancia, la producción cultural, en general, es un lujo del cual podemos prescindir en los mo-mentos de crisis presupuestal. E incluso en épocas de relativa abundancia, la cultura sigue siendo marginal, porque desvía nuestra atención de lo que ‘realmente cuenta’. Es por eso que se siente cierto desdén entre los gobernantes de corte neoliberal hacia las subvenciones a las creaciones artísticas. Y eso es apenas lógico, porque para la ideología del mercado aquello que no es capaz de sobrevivir por cuenta propia sencillamente no mere-ce perdurar, aunque esta filosofía pseudo-darwiniana jamás se aplica a las élites comerciales.

Sin embargo, este primer acercamiento a la cultura depende de una interpretación muy limitada de lo que es el campo

H

ablar de las políticas públicas en el campo de la

cultu-ra no es tarea fácil. Entcultu-rar en este terreno es entablar una discusión que puede tornarse laberíntica, sobre todo en lo que se refiere a la definición del término central. En lo que sigue, por lo tanto, voy a intentar simplificar la discusión acerca de lo que significa la cultura para identificar algunos as-pectos importantes de un debate sobre lo que es, y lo que debe-ría ser, la relación entre el Estado y lo cultural. Esto implica, por supuesto, considerar cómo se

tiende a pensar la cultura des-de el Estado. Como veremos a continuación, ésta no es una pregunta marginal, sino suma-mente reveladora del modelo de sociedad imaginada por los arreglos institucionales.

Consideremos, entonces, el problema de las definiciones. ¿Qué es, realmente, el campo de la cultura? En términos generales hay dos maneras de entender esto. Primero, existe la tendencia de considerar lo cultural como una esfera relativamente autó-noma, es decir, como algo parecido a un ‘campo’ en el pen-samiento del sociólogo francés, Pierre Bourdieu. Las políticas públicas intervendrían en esta esfera que comprende todo lo que se relaciona con las artes. Entre ellas figuran las inversiones estatales en la creación artística, la promoción de las entidades y eventos culturales, y las subvenciones que se ofrecen a las perso-nas reconocidas como artistas. Históricamente, en muchos paí-ses, el tipo de producción cultural asociada con este campo ha sido apreciada en tanto manifestación de la ‘cultura nacional’, por su capacidad de expresar valores fundamentales y promover la cohesión social. Aún así, es notable que estas políticas no

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cultural. En el sentido más amplio, la cultura incluye todo lo que tiene que ver con los procesos mediante los cuales se cons-truye el sentido. En esta segunda acepción, la cultura constituye el marco dentro del cual todos nuestros actos llegan a significar algo. Como tal, comprende los llamados sistemas de valores, las tradiciones, las prácticas cotidianas, las actitudes, las predis-posiciones políticas. Es el espacio no solo de lo que se hace y

lo que no, sino también de quién cuenta y quién no cuenta en la sociedad. Por eso mismo, las políticas culturales no pueden restringirse al apoyo a las artes. La mayoría de las sociedades modernas pueden denominarse multiculturales, y el Estado se encuentra en la obligación de regular las relaciones entre dife-rentes grupos y responder ante sus demandas. En el Reino Uni-do, donde escribo esta líneas, sucesivos gobiernos han tenido que enfrentarse a los reclamos de la ciudadanía, desde las rei-vindicaciones de los grupos culturales minoritarios que inmi-graron al país después de la segunda guerra mundial, hasta las quejas de la clase obrera ‘indígena’ ante la llegada de una oleada de trabajadores de Europa Oriental. En estas circunstancias, el Estado no puede hacer caso omiso de la cuestión cultural. Un punto curioso, sin embargo, es que, aunque el Estado tiende a presentar sus políticas en este campo como más bien técnicas –¿un sij tiene el derecho a manejar una moto sin casco, dado que su religión le exige que no se quite el turbante?, ¿cómo se debe abordar la diferencia cultural en la educación primaria?– las dinámicas que producen estas demandas demuestran la im-posibilidad de separar lo cultural de la economía y la política. Es decir, las tensiones culturales forman una parte estructural de la gestión pública.

En un país institucionalmente más avanzado como Colombia, las promesas del Estado ante las reivindicaciones culturales em-pezaron a plasmarse en la Constitución de 1991. Estos deseos fueron un ajuste de cuentas con la historia en una formación social en la que la jerarquía social se justificaba sobre todo en función de la diferencia cultural. Durante muchos años no eran solo los indígenas y afrodescendientes los que se excluían por ser ‘diferentes’, sino el ‘pueblo’, el conjunto de las identidades políticas excluido del poder por las élites. Por eso mismo, el reconocimiento implícito de la naturaleza cultural de la discri-minación y la desigualdad ha sido uno de los logros más impor-tantes de la institucionalidad colombiana en los últimos veinte años. Sin embargo, y con algunas excepciones, los avances han tendido a limitarse al campo del reconocimiento de la

diferen-cia cultural más no de la redistribución de los recursos necesaria para saldar injusticias históricas.

Tales consideraciones hacen explícito el nexo entre política y cultura. Y al hablar de ‘políticas de la cultura’ haríamos bien en recordar que todas las políticas son en sí culturales. Así mis-mo, uno de los problemas a los que se enfrenta cualquier

so-ciedad es la problemática de la ‘cultura política’. En el caso de Colombia, no son sólo los casos de corrupción, clientelismo e impunidad que subrayan la existencia de una cultura política antagónica al espíritu de la Constitución, sino la actitud resig-nada o incluso cínica de la población ante estos atropellos. Si tanto gobernantes como gobernados participan de esta misma cultura, para poco sirven los llamados a la transparencia. Este estado de cosas revela las limitaciones de las políticas públicas que no toman en cuenta el factor cultural . Pero como se vio durante la administración de Antanas Mockus en Bogotá, re-conocer el papel de la cultura política como motor del cambio puede ser muy eficaz en el intento de cambiar las reglas del juego. Con esto no es mi intención declararme partidario del proyecto verde, demasiado difuso y desenfocado a lo largo de la campaña presidencial, sino sugerir la importancia de la sensibilidad cultural entre los gobernantes.

Reconocer el papel de la cultura política como motor del cambio puede ser muy efi-caz en el intento de cambiar las reglas del juego.

Finalmente, entonces, ¿cómo deberían ser las políticas cul-turales? Una gestión que quisiera transformar la sociedad de forma profunda sería la de un Estado capaz de asumir de manera explícita las facetas culturales de las decisiones po-líticas. Sería, sobre todo, una administración que reconoce abiertamente los sesgos culturales que estructuran tanto los debates políticos como el proceder institucional. Así mismo, se enfrentaría a una verdad incómoda: lo que se entiende como las estructuras culturales dominantes son producto, entre otras cosas, de un estado de cosas fundamentalmente injusto. Para empezar a cambiar esto la sensibilidad cultural en la política es fundamental.

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U

no se pregunta qué sería el Medellín de hoy si no se hubiese establecido el plan de lectura y bibliotecas que, siguiendo la experiencia bogotana, revitalizó la ciudad y le entregó a millares de personas la posibilidad de par-ticipar en ese gran encuentro ciudadano que propician día tras día La Piloto o las bibliotecas de San Javier o Santo Domin-go. Se pregunta, también, por las infinitas posibilidades de goce y disfrute de la lectura que se habrían perdido en tantos y tantos municipios de Colombia si sus alcaldes y gobernadores no hu-biesen decidido transitar, junto al Ministerio de Cultura y de tantas asociaciones, fundaciones y colectivos, en el camino del Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas que con tanto acierto y, por supuesto, también con tantas dificultades, ha enriquecido la vida cultural local.

Sin políticas públicas en cul-tura, probablemente propie-tarios con intereses comer-ciales en centros históricos como Barichara, Cartagena de Indias o Bogotá tendrían aún el campo más libre para estropear nuestra memoria, o

para rendir a sus pies al patrimonio cultural en detrimento de su apropiación social. Es probable que sin esas políticas, las que han trazado el Ministerio de Cultura y el Consejo Nacional de Patrimonio, junto a los demás pero no menos importantes actores del Sistema Nacional de Patrimonio, no tendríamos la oportunidad de apreciar la revitalización, compleja pero vibran-te, del corazón de ciudades como Barranquilla o Santa Marta.

Las políticas públicas en cultura han servido para trazar gran-des caminos, largos y difíciles, pero sostenibles y sostenidos por

una gran masa crítica que ha logrado que, a lo largo de varias décadas, los propósitos centrales de las políticas culturales del Estado colombiano no sólo se mantengan, sino que asienten cada vez más en la realidad.

Las políticas públicas en cultura, en Colombia, sirven porque son la voz de millares de creadores, investigadores y gestores culturales comprometidos con su quehacer. Eso se ha visto desde los tiempos en que Colcultura animaba las jornadas de cultura popular y generaba espacios de diálogo regional y de reconocimiento de la diversidad cultural antes no vis-tos. Y esto mismo se reafirmó con muchos otros calificados procesos de concertación de políticas que atravesaron la

dé-cada de los ochenta y llegaron a los noventa para dar lugar a la promulgación de la Ley general de cultura y, ya casi al inicio de este milenio, al Plan Nacional de Cultura 2001-2010.

Las políticas públicas en cultura han servido para concretar sue-ños y aspiraciones de las comu-nidades y para incorporar a la cultura en las tomas de decisión de entidades territoriales y del Gobierno nacional. Se ha de-mostrado que la cultura es un bien público y que el Estado no puede marginarse de su obligada tarea de asegurar las bases para que los creadores y los ciudadanos obtengan las condiciones para crear y expresarse con plenitud.

Siempre recuerdo a André Malraux cuando afirmaba que el Es-tado debe apoyar la cultura sin intervenir, y sin embargo, esta premisa tan clara sólo puede cristalizarse con políticas, planes

* Licenciado en filosofía y lengua española de la Universidad Santo Tomás de Aquino. Director de asuntos culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia. Previamente fue Ministro consejero de la Embajada de Colombia en Madrid, coordinador del Grupo de políticas culturales y asuntos internacionales del ministerio de Cultura y asesor del Despacho de la Dirección de Colcultura.

Políticas

que transforman

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y programas que garanticen que en la práctica esto sea así. He-mos tenido salones regionales de artistas y salones nacionales de artistas totalmente abiertos a la crítica a nuestra sociedad, al Gobierno, al Estado, y no hemos visto, salvo quizá alguna excepción, casos de censura a la libre expresión de las ideas. El Salón ha reunido a curadores de diferentes partes del mundo para atravesar el país profundo y éstos han caminado por él con el único pedido de los funcionarios responsables del Salón

sión de dejar de mirar solamente el centro para abrazar ese país profundo que tanta memoria guarda y que tantas herramientas necesita para democratizarla.

Pero las políticas públicas también deben servir para propiciar la crítica, el disenso, la inconformidad o, en otras palabras, para lograr que la sociedad tenga cada vez más conciencia crítica y los ciudadanos más medios para ser sí mismos. Si no, ¿para qué?

de alentar la creación y de buscar la excelencia. Algo similar ha ocurrido con lo construido por las políticas públicas en cultura en torno a la radio local, o dicho de otro modo, a las radios comunitarias que han ayudado a que centenares de colectivos tomen como suyo este medio y lo pongan al servicio de la ex-presión de sus propias singularidades y particularidades.

Sin políticas públicas en cultura es posible que los recursos dis-ponibles para el sector cultura, como se denomina en Planea-ción cultural este sector que en sus tiempos era un simple apén-dice del sector educativo, estuviesen más al vaivén de quienes toman las grandes decisiones de inversión. En este sentido, las políticas han servido de pilar, de derrotero, de faro. Pero tam-bién son, y esta vez tengo que recordar a Gilberto Gil cuando era Ministro de Cultura de Brasil, una construcción cultural que nos permite ejercer la creatividad y la capacidad de soñar y de apuntar a nuevos futuros.

Las políticas públicas en cultura son las que hacen posible hoy que, milagrosamente, y luego de una larga sequía de produc-ción, el cine colombiano emerja con tanta fuerza, con tantas voces, con tanta diversidad. Ya no puede decirse que sólo ha-blamos de lo mismo, es increíble el vigor de este sector y, sobre todo, lo que anuncia que está por venir. Y esto es así gracias a un trabajo laborioso de personas e instituciones concretas que han visto reflejadas sus batallas en documentos, leyes y decretos.

Hace una semana, un escritor catalán le decía a la agencia EFE, desde Cali, que alucinaba con Renata, la red nacional de talle-res de escritotalle-res que, de manera tan discreta, se ptalle-resenta como una carretera que comunica a centenares de creadores desde el Putumayo hasta La Guajira alrededor de la palabra, y les da la posibilidad de acceder a lecturas insospechadas y a creadores provenientes de otros mundos, y a posibilidades de compartir lo que significa crear. Esto beneficia a la sociedad, la enriquece, le asegura pluralismo y diversidad.

Probablemente los museos colombianos estarían hoy a la de-riva, o no habrían recorrido tanto buen camino, si desde el Museo Nacional de Colombia no se hubiera tomado la

deci-Las políticas públicas en cultura tienen sentido en cuanto con-tribuyen al desarrollo pleno de la creatividad de los individuos y la sociedad.

Qué bien que hoy, en cientos de municipios, la savia de su mú-sica haya recibido el reconocimiento necesario para mantenerse y los medios para revitalizarse o que tantos artistas, ojalá fueran más, hayan obtenido los mecanismos para profundizar en su formación, para viajar al exterior, para contrastar su experiencia con otras culturas a través de programas de becas o residencias. La reciente incorporación a la lista de patrimonio oral e in-material de ‘La ruta de la marimba’ seguramente servirá para proteger esa memoria de la que hoy beben tantos jóvenes y de la que se alimentan tantas bandas de música de Manizales, Barranquilla o Medellín, en una demostración de que algo ha pasado para que las tradiciones hoy no sólo estén vivas sino que sean materia prima de nuevas creaciones y de nuevas músicas. Internacionalmente, el proceso colombiano en materia de polí-ticas públicas en cultura es muy valorado.

Nuestro país presta cooperación a varios países de la región en diferentes áreas —libro, bibliotecas, música, patrimonio cultural, museos— y recibe a cientos de creadores, investi-gadores y gestores culturales interesados en conocer nuestra experiencia.

Las bibliotecas de Bogotá y Medellín quizás sean las más visi-bles internacionalmente en cuanto a transformaciones urba-nas y sociales en los que la cultura es protagonista, sin embar-go, experiencias que parecieran bastante locales, y que Juan David Correa en su momento describió con tanta maestría en Las bibliotecas cuentan, dejan claro el papel de las políticas públicas en cultura y, sobre todo, el de quienes están detrás de ellas con la finalidad de construir una sociedad más igua-litaria, más justa y con más medios para expresarse en condi-ciones de libertad y dignidad, como bien lo señala, dicho sea de paso, el Plan Nacional de Cultura 2001-2010 “Hacia una ciudadanía democrática cultural”.

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Política cultural:

un nuevo modelo

de ensayo social

Fernando Vicario*

E

n un discurso pronunciado por García Márquez, en la isla de Contadora, el 28 de marzo del año 1995, el Nobel colombiano afirmó: “Cuando la integración po-lítica y económica se cumplan, y así será, la integración cultural será un hecho irreversible desde tiempo atrás. Inclusive en los Estados Unidos, que se gastan enormes fortunas en penetración cultural, mientras que nosotros, sin gastar un centavo, les esta-mos cambiando el idioma, la comida, la música, la educación, las formas de vivir, el amor. Es decir, lo más importante de la vida: la cultura (…)Yo me opongo sin éxito, y tal vez por fortu-na, a que se instaure en

Co-lombia —el Ministerio de Cultura—. Mi argumento principal es que contribuirá a la oficialización y la

buro-cratización de la cultura. Pero no hay que simplificar. Lo que re-chazo es la estructura ministerial, víctima fácil del clientelismo y la manipulación política. Propongo en su lugar un Consejo Nacional de Cultura que no sea gubernamental sino estatal, responsable ante la Presidencia de la República y no ante el Congreso, y a salvo de las frecuentes crisis ministeriales, las in-trigas palaciegas, las magias negras del presupuesto. Gracias al excelente español de Pacho (Weffort), y a pesar de mi portuñol vergonzante, terminamos de acuerdo en que no importa cómo sea, siempre que el Estado asuma la grave responsabilidad de preservar y ensanchar los ámbitos de la cultura”.1

Este párrafo explica para qué le sirven las políticas públicas a la cultura. Las políticas públicas preservan y ensanchan los ámbitos de actuación; son el conjunto de actividades que las

instituciones gubernamentales ponen en marcha para influir directamente en la vida de los ciudadanos. Como dice el pre-mio Nobel, sus dos objetivos fundamentales son preservar, es decir, estimular, ayudar a conservar, fomentar y cuidar; al tiem-po que ensanchar, es decir, permitir el acceso, facilitar su uso y disfrute, innovar, crear y potenciar su inserción en los procesos de cohesión social. El debate puede estar en la forma de cons-truir esas políticas públicas, no en la necesidad de hacerlo. Lo público hoy está desprestigiado, pero es en lo público donde nos jugamos la capacidad de convivir de nuestras sociedades,

de encontrarse de nuestros ciudadanos y de innovar y construir alternativas de nuestros empresarios y emprendedores. Hay que saber incorporar una visión más cultural en la manera de pensar las políticas públicas, porque además de servir las políticas pú-blicas a la cultura, hemos de pensar en cómo le sirve la cultura a las políticas sociales.

Las estructuras sociales están cambiando y los estudios cultu-rales pueden dar cuenta de estos cambios y analizar sus evo-luciones. Los cambios afectan al tiempo que se generan en las bases culturales de las sociedades. Es ahí donde se están encontrando las alteraciones más profundas. Del estudio y análisis de estos cambios saldrá una política eficaz que me-jore la convivencia ciudadana, la relación con el entorno y la seguridad de los habitantes. Los estudios culturales siempre

* Director de Consultores Culturales, Madrid, España. Se ha desempeñado como director cultural de la AECID y de la OEI.

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han sabido mezclar las disciplinas que afectan al desarrollo dándoles una lectura especial y nueva, en la que se ponen en marcha soluciones compartidas y multidisciplinares. Hemos modificado profundamente en las últimas décadas los modos de comunicarnos, informarnos, relacionarnos con lo que vie-ne de fuera. Todo ello ha cambiado a tal velocidad y con tan-tas repercusiones, que solo un entorno cultural activo puede dar respuestas para la nueva adaptación.

Debemos reconsiderar la ciudadanía en función de las iden-tidades culturales que la componen y es obvio que el factor que más altera este supuesto, hoy en día, es la emigración, tanto la que nos llega de otros países, como la que saliendo del nuestro vuelve con nuevas miradas. Además de los movi-mientos internos entre campo y ciudad. Es lógico el miedo de quien viene y es lógico el miedo de quien recibe, es nece-sario un Estado que actúe positivamente en la disolución de ambos miedos. Hasta la fecha, la ausencia de políticas cultu-rales en la esencia del Estado nos ha llevado a construir un tipo de política cultural por omisión, que es la política de la exclusión. El principio de la exclusión es la mayor consecuen-cia de la no política, porque la tendenconsecuen-cia ante estos miedos es

Al tiempo se han de mantener unos espacios de preservación de la memoria, de difusión de la creatividad más elaborada, de disfrute de las emociones con entornos apropiados. Es decir, al tiempo se ha de conseguir que la cultura tenga una presencia propia, si solo la convertimos en elemento trans-versal termina por difuminar su modo de trabajo de tal ma-nera que desaparece.

Por ello, las políticas culturales deben ser pensadas desde dos áreas de formulación. Una afecta al espacio de la política so-cial, es decir, las políticas que tienden a compensar los efectos de la exclusión, encargadas de prestar y facilitar posibilidades

No por ser toda sociedad un entra-mado cultural genera una convivencia cultural sana y que facilite el acceso de todos.

el rechazo, la cerrazón y la puesta en marcha de límites muy cerrados. Para establecer unas políticas culturales que tengan calado, es imprescindible comenzar a construirlas desde la coordinación de todos los estamentos del poder. Desde la coherencia entre los discursos y las praxis legislativas. El res-peto a la diversidad se inculca en la educación y se vive en la cultura. Sin un trabajo conjunto es imposible conseguir que este respeto sea real.

Estoy hablando de una política cultural para la construcción de ciudadanía, para la cohesión y la participación ciudadana. Política que nace en la estructura cultural misma. La estructu-ra cultuestructu-ral se fortalece si fomentamos la creatividad, la diver-sidad, la lúdica de la participación a través de fiestas, espacios públicos compartidos, exposiciones abiertas y espectáculos para todos los sectores sociales, fomentamos la sensación de que esto que habitamos está hecho para todos y, lo más im-portante, está hecho por todos.

de acceso en igualdad de condiciones. Otra área es la de las políticas de fomento y estímulo sectoriales. Aquellas encarga-das de trabajar con la cultura como elemento propio, sector particular que necesita un entorno propicio para su desarro-llo. Es en estas últimas donde irá naciendo el germen de las primeras. Las primeras no crecen por generación espontánea. No por ser toda sociedad un entramado cultural genera una convivencia cultural sana y que facilite el acceso de todos, como en el resto de las actividades del ser humano, se ha de ir modelando el ecosistema para su desarrollo.

Es necesario aprender a generar consensos. Entre los actores sociales, los gestores locales, los creadores, los espectadores, los empresarios, etc. Porque la política cultural es el lugar para in-corporar de forma ordenada todos los disensos sociales, escu-charlos, darles su espacio de crecimiento y conseguir que actúen de forma coordinada por el bien social. La política cultural es un ensayo social para la construcción del modelo que soñamos para nuestro entorno.

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