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Youkali: revista crítica de las artes y el pensamiento

nº 9, julio de 2010

revista semestral en formato electrónico

para encontrarla: www.youkali.net

edita: tierradenadie ediciones, S.L. I.S.S.N.: 1885-477X

las afirmaciones, las opiniones y los análisis que se encontrarán en el presente número de Youkali, son responsabilidad de sus autores.

© los autores

(copyleft, salvo indicación en otro sentido)

coordinación: Montserrat Galcerán Huguet y Matías Escalera Cordero

participan en el número: Vittorio Morfino, Matías Escalera Cordero, Maite Aldaz, Rada Ivecovic, Juan Pedro García del Campo, Aurelio Sainz Pezonaga,

Montserrat Galcerán Huguet, Ramón Fernández Durán, Raimundo Viejo Viñas, Julia M. Bermejo, Juan Manuel Aragüés, Karold Modzelewski, Jacek Kuron, Miguel Ángel Sánchez, Alexander von Plato, MOVICE, Uberto Stabile, Ignacio Escuín Borao, Juan Antonio Bermúdez, Vicent Camps, Óscar Santos Payán, José Naveiras, Lucas Rodríguez Luis, Santiago Gómez Valverde, Marta Sanz, David Franco Monthiel, Begoña Abad, Jesús García Blanca, Isabel Rodríguez, Alejandro Arozamena y Alberto García-Teresa.

maquetación: tallerV

portada y contraportada: Maite Aldaz

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ISSN: 1885-477X

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Í N D I C E

pág.

Editorial . . . 4 Uno, dos, mil... muros

- Montserrat Galcerán Huguet: Introducción: Razones para un Dossier . . . . 5 artículos

- Ramón Fernández Durán:

Irrupción, desarrollo, crisis y colapso del “socialismo real” . . . . 9 - Raimundo Viejo Viñas:

El muro de Berlín, 20 años después . . . . 28 - Alexander von Plato

1989 - Aspectos internacionales de la reunificación alemana . . . . 43 - Julia M. Bermejo:

Tratado de cómo ser mujer, mujer socialista . . . . 53 - Juan Manuel Aragüés:

El estalinismo y el fin de la vanguardia . . . . 69 documentos

- Karold Modzelewski y Jacek Kuron

Carta abierta al Partido Obrero Unificado Polaco . . . . 77 - Neues Forum

Aufbruch 89 [Salida 89] . . . . 82 - Karold Modzelewski,

Lo que le ha pasado a Solidaridad . . . . 83 testimonios

- Rada Ivecovic:

Antes y después . . . . 85 - Matías Escalera Cordero:

Raros y paradójicos mundos (fueron) tras

el Telón (que, al final, no fue de acero) . . . . 99 - Miguel Ángel Sánchez:

Mensajes desde Shang Hai: la “nueva China” comuni(capitali)sta . . . . 103 Miscelánea

- Aurelio Sainz Pezonaga:

La pregunta por la solidaridad . . . . 107 - Inter(w)express... Uberto Stabile: Siete (7) respuestas rápidas

para siete (7) preguntas clave (cuestionario de la redacción) . . . . 117 - Carpeta:

La Colombia oculta/da (por los medios) . . . . 119 Elementos de producción crítica

. Donde parece que no hay poesía (está la poesía). Selección de poemas de Ignacio Escuín Borao, Juan Antonio Bermúdez, Vicent Camps, Óscar Santos Payán, José Naveiras, Lucas Rodríguez Luis,

Santiago Gómez Valverde, Marta Sanz y David Franco Monthiel . . . 151 . 3 relatos 3, de Begoña Abad . . . . 162

Análisis de efectos / Reseñas

- Jesús García Blanca: No olvidar a Foucault. Reseña de De vagos y maleantes.

Michel Foucault en España, de Valentín Galván . . . . 163 - Isabel Rodríguez. Amar la literatura. Reseña de

El peluquero de Dios, de Antonio Crespo Massieu . . . . 167 - Alejandro Arozamena: Reseña de Intelectuales de consumo. Literatura

y cultura de Estado en España (1982-2009), de J. A. Fortes . . . . 169 - Marta Sanz: En torno a la novela

Un mar invisible, de Matías Escalera Cordero . . . . 173 - Alberto García-Teresa: Camino de rabia y de esperanza, en torno a

De-cantares. De ires, iras y esperanzas, de Mauricio Vidales . . . . 175 - Recomendamos / recomendamos / recomendamos / Biblia ilustrada para

becarios, de David Benedicte. Entre la cantera y el jardín de Jorge Riechmann.

Cuadernos caudales de poesía, I y II . . . . 177 Un clásico, un regalo

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BREVE EDITORIAL

Con algunos días de retraso, debido, sobre todo, al arduo trabajo de selección y confec-ción de los materiales, os presentamos la décima entrega de nuestra revista. El resultado, creemos, ha merecido la pena, y no os defraudará.

Los artículos de fondo, vinculados por el tema común del viejo muro, o “telón de acero”, que dividió Europa durante décadas; cuya existencia y posterior caída –hace ya veinte años– determinó (y determina aún), en gran medida, nuestras vidas; así como los docu-mentos, cuidadosamente seleccionados, y los testimonios recabados acerca de aquel mundo, nos ayudan a fijar, en algunos casos; o a repensar, en otros; o simplemente a internarse en una realidad compleja, contradictoria y apasionante, especialmente, a los que, por la edad, no conocieron la situación, o por sus recorridos existencial e ideológico, no la tuvieron en cuenta a la hora de fijar su visón del mundo presente.

Luego está la Carpeta especial dedicada a Colombia, una pormenorizada radiografía de la realidad colombiana actual, elaborada, a petición nuestra, por los compañeros de MOVI-CE España, más allá de las campañas de maquillaje y ocultación, a las que los medios, en Europa, suelen plegarse. Un amplio informe que no sólo lleva una enorme cantidad de datos y de análisis sobre lo que allí sucede, sino que incluso aporta una visión crítica y por-menorizada de los resultados de las recientes elecciones celebradas hace apenas un par de semanas, que han consolidado el modelo uribista.

Nuestras habituales secciones de reseñas y recomendaciones; la entrevista a Uberto Stabile, la selección de poemas y de relatos que os hemos preparado; o el habitual texto clásico inédito en castellano, en esta ocasión firmado por V. Morfino, dedicado al térmi-no multitud –o multitudes–, utérmi-nos de los conceptos más exitosos aportados a la crítica social, en las últimas décadas, completan un número denso y atractivo.

Feliz lectura, y feliz verano (y otoño, por supuesto).

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La idea de la compilación de este pequeño dossier tiene su origen en el veinte aniversario de la caída del muro de Berlín; y su intención original fue con-trarrestar lo que, en principio, creímos que iba a ser un acontecimiento propicio para los cantos de alabanza y la exaltación exacerbada del triunfo de-finitivo del Capitalismo sobre el Socialismo. Pero no fue así. El aniversario transcurrió, a finales del otoño pasado, de un modo más bien discreto, y de-jó muy pocas imágenes y aún menos reflexiones; véase, si no, aquel patético desfile de los dirigentes occidentales por la puerta de Brandeburgo bajo un inmenso paraguas negro.

Así, pues, veinte años después de la caída de un muro que dividió en dos un país, una ciudad y un mundo; veinte años después del final de una gue-rra –fría– que envenenó nuestra juventud, podría pensarse que ese triunfo –tan anhelado– o no ha sido suficiente, o no es percibido como tal. Quizás sea porque sobre ese trasfondo de la caída del mu-ro de Berlín, y del famoso “telón de acemu-ro”, de la desaparición de la Unión Soviética, del desplome del bloque del Este, y de las rápidas transformacio-nes que han sacudido aquellas sociedades, se dibu-jan los nuevos conflictos del presente: la guerra de Afganistán, la guerra de Yugoeslavia, la invasión de Irak, la extensión y el reforzamiento de la OTAN, etc. Y que, para nosotros, los europeos occidenta-les, no es que hayan desaparecido los bloques, es que sólo ha quedado uno.

Dada la amplitud de la temática, la hemos abor-dado desde nuestra condición actual –europeos del flanco Oeste, veinte años después– privilegiando algunos análisis y acercamientos. Nadie puede des-conocer la importancia del acontecimiento que de-fine justamente, como recuerda el trabajo de Ramón Fernández Durán, un cambio de época: la guerra fría ha terminado, y el icono que define ese final es la reunificación alemana y la eliminación de la división de la ciudad de Berlín. Si el que hu-biera una aduana –¡y qué aduana¡- en el centro de la ciudad era un algo definitivo que nos hablaba, a

los que habíamos nacido después de 1945, de la du-reza y la brutalidad de la Segunda Guerra Mundial, el Berlín reunificado simboliza para siempre jamás el final de esa contienda. Al acuerdo de Yalta lo en-tierra el derrumbe del muro. Y los edificios desme-didos, todos ellos de cristal y acero, de la Potsdammer Platz –anteriormente, el campo que separaba los dos Berlines– son la enseña del triun-fo orgulloso del capitalismo global.

Así, pues, triunfo definitivo del Capitalismo y entierro del experimento que abriera la revolución de 1917, un periodo sangriento y cruel de la lucha de clases a nivel europeo y mundial. Pues si el acuerdo de Yalta se invocó tantas veces para adver-tir de la imposibilidad de una transformación radi-cal en Occidente –por ejemplo durante la Transición española–, sirvió también para blo-quear los intentos de transformación de las socie-dades del Este, y acorraló cualquier intento hasta el derrumbe final de todo el sistema. La caída del muro marca el momento inicial del desmorona-miento.

Este momento nos interesa porque intuimos que el derrumbe de todo el sistema resultó de una conjunción inesperada de las fuerzas de oposición

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RAZONES PARA UN DOSSIER

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internas y de los actores internacionales. El texto del historiador Alexander von Plato nos indica que los movimientos sociales, que exigían mayor de-mocracia interna, fueron determinantes para ini-ciar el proceso y que, sin embargo, a partir de prin-cipios del 90, el protagonismo pasó a manos de las grandes potencias globales, especialmente EEUU: la reunificación alemana no era un asunto de los alemanes, ni siquiera de los europeos, sino un asunto de la OTAN. Por eso se impuso una rápida reunificación que cogía con el pie cambiado a mu-chos de los protagonistas y que encajonó el debate sobre el futuro de esas sociedades en el marco, mu-cho más reducido y estremu-cho, de los intereses de la dominación imperial.

Sin duda una parte mayoritaria de las poblacio-nes de estos países deseaban un cambio, pero es dudoso que desearan la sustitución de su sociedad por el sistema capitalista. Hemos incluido algunos documentos, desde una parte de la vieja Carta al Partido polacode Kuron y Modzelewski de 1964, al Llamamientodel Aufbruch 89 [Salida 89] para documentar hasta qué punto gran parte de los re-formadores y activistas querían transformar el sis-tema en un sentido socialista democrático, y no ca-pitalista. Esa opción perdió. Perdió no sólo por el ansia de consumo de poblaciones enfrentadas a diario a la escasez de unos productos cuya abun-dancia podían constatar en las pantallas de sus te-levisores, sino además por una política oportunis-ta que les prometió que esa abundancia esoportunis-taba al alcance de la mano.

Von Plato reproduce en otro artículo un fragmen-to de la declaración conjunta del Demokratisches Aufbruch[Salida democrática], el Nuevo Foro y el Partido socialdemócrata de la República Demo -crática, de fecha 12 de diciembre de 1989: Quien aho-ra sueña con “hoy reunificación, mañana Mercedes y pasado mañana Mallorca” se despertará rápido (…) ¿Qué es lo que queremos?: una Alemania demo-crática y libre de bloques en la casa europea, con fronteras que no separen sino que unan. Una Alemania con una economía ecológica y un consu-mo responsable. Una Alemania con justicia social y

un nivel de vida equilibrado en el Oeste y en el Este, que sea responsable con el segundo y el tercer mun-do… La transformación de una economía tarda en-tre 5 a 10 años. Lo importante es la agenda”1.

Así pues, la caída del muro muestra a la vez la potencia de la muchedumbre que, apiñada ante una muralla física que durante decenios había mantenido separadas las dos sociedades, aprove-cha un momento de debilidad del poder para derri-barla, invadiendo como un huracán un territorio que hasta este momento habían contemplado, en-tre perplejos y envidiosos, desde las ventanas. Pero muestra, a la vez, los límites de estos movimientos y cómo son desbancados del protagonismo históri-co que les históri-correspondía por la fuerza organizada de las potencias internacionales, cuya política de pac-tos y engaños no da el tiempo necesario, y fuerza la finalización demasiado pronto de un proceso que exigía tiempo, y se apunta las medallas. El resulta-do es un profunresulta-do deterioro de las relaciones so-ciales en los antiguos países del Este que cae ya fuera de nuestro comentario pero que está abun-dantemente documentado2.

Ahora bien, si la multitud fue protagonista, fal-tó información, tiempo y conocimiento de la situa-ción. El texto de Raimundo Viejo introduce mati-ces interesantes en el comportamiento de esa mul-titud que derribó el muro antes nuestros ojos. Señala cómo en un primer momento la gente se

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1V. Plato, A., “Nach zwanzig Jahren”, Conferencia del Nuevo Foro de Berlin, 5.9.2010, p. 6 (accesible en Internet)

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mofa de los políticos del Oeste, interesados en apuntarse el tanto, pero muestra también cómo ese inicial protagonismo es substituido por un electo-rado volátil, desprovisto de mapas cognitivos para interpretar la suerte que se les venía encima. De hecho la dificultad para entender los aconteci-mientos puede ampliarse a gran parte de la intelli-gentsia. Nadie previó la caída del muro, igual que nadie había previsto la crisis económico-financiera que nos está arrasando desde hace dos años. Las élites políticas, institucionales e intelectuales esta-ban tan desprovistas de elementos de referencia como las propias muchedumbres en acción. Este punto me parece extraordinariamente relevante en un mundo donde esas élites pretenden tener el mo-nopolio del conocimiento y creo que debería hacer-nos reflexionar sobre el lugar que éste ocupa en nuestras sociedades y sobre su relevancia política –o, en su caso, manifiesta impotencia.

La otra pregunta que nos hacemos es sobre el carácter de las sociedades y las economías de los antiguos países del Este. Es éste otro tema que cuenta con una extensa bibliografía, pero nos inte-resaba señalar que esos sistemas fueron objeto de una dura crítica ya desde los años 60. Repro duci mos una parte del texto clásico de Kuron y Modze -lewski para mostrar que existía una crítica y una salida “de izquierdas” a los sistemas que estos au-tores denominan burocráticos. El poder de que go-zaban estas capas, cuyo lejano inicio podemos re-trotraer a la derrota de la denominada Oposición obreraen el X Congreso del PCUS en 1921, carac-terizaba un sistema profundamente dirigista y do-minado por el sector militar-industrial, que no era capaz de producir productos de consumo ni en cantidad ni en calidad adecuada. Como señalan es-tos autores, el que la gente consuma para poder vi-vir, era visto por estos gestores como “un mal in-evitable”. En un momento en que el capitalismo había hecho de este mismo consumo, aunque sea endeudándose hasta las cejas, un rasgo caracterís-tico de su sistema, no es extraño que poblaciones obligadas a largas jornadas de trabajo y privadas de bienes que, con razón o sin ella, consideraban sustanciales, le volvieran la espalda. Como con gra-cia y acierto señala el testimonio de Matías Escalera, una situación en la que los sujetadores, los tejanos y el papel higiénico, y no el Socialismo con mayúsculas, se convirtieron en los verdaderos objetos de deseo.

Y, sin embargo, no hay duda de que en estos sis-temas también se extraía plusvalor. La combina-ción de inercia, dirigismo, autoridad e ineficacia de

las élites dominantes hizo que al menos una parte de ese surplusse disipara en grandes inversiones y otro, en mega-instalaciones poco aprovechadas, así como en una desidia general que despilfarraba los escasos recursos. No quiero olvidar que tal vez una parte de ese excedente se gastara también en apoyo a procesos revolucionarios en todo el mun-do; al menos ésta es una contribución que los tra-bajadores del Este nos dieron a todos durante la llamada “guerra fría”.

Otro punto ciego que hemos querido mostrar con el trabajo de Julia M. Bermejo es el carácter patriarcal del sistema y su trato hacia las mujeres. El “socialismo realmente existente” era duro y des-pótico con los varones, y patriarcal en grado máxi-mo con las mujeres. En las páginas de la

Enciclopediano sólo se dan consejos para que lle-vemos adecuadamente nuestros hogares, sino que se indica qué posturas nodebemos adoptar incluso cuando barremos los suelos. Aún así las mujeres no abominaban del socialismo. El testimonio de las mujeres escritoras de la RDA es una muestra de cómo la literatura es capaz de crear mundos alter-nativos en la cabeza de las gentes y de cómo las mujeres, que luego estarán entre los sectores más perjudicados por los cambios que introduce el ca-pitalismo rampante de los 90, fueron también las primeras en plantearse, tal vez porque lo sufrían en carne propia, las contradicciones no dialéctica-mente superables del sistema.

Este artículo, así como la reflexión sobre los da-ños causados a la creación artística por el naciente estalinismo, obra de Juan Manuel Aragüés, comple-tan un inicial bosquejo de lo que fue uno de los gran-des experimentos socio-políticos y económicos del siglo XX: el intento de crear sociedades cuya pro-ducción económica no estuviera regida por las leyes de la competencia mercantil capitalista y la

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lación incesante, si bien el giro estalinista imprimió un rumbo despótico que la Segunda Guerra Mundial, la “guerra fría” y los movimientos de los años 60 fueron incapaces de enderezar; lo que no significa que el capitalismo neoliberal no tenga al-ternativa ninguna; sino que la primerade las expe-riencias históricas en las que se materializó una al-ternativa social y comunitaria concreta al modelo impuesto durante las revoluciones industriales por el Capital, tuvo le recorrido que tuvo, y que su tra-yectoria contradictoria y paradójica, así como su desaparición, ha dejado, sin duda, abiertas nuevas vías, insospechadas, quizás, y nuevas, para un co-munismodemocrático factible y deseable.

¿La caída del muro y los cambios subsiguientes fueron una revolución? Los alemanes suelen usar el término Umbruch(cambio radical), que incor-pora el matiz de rompimiento, y llaman al periodo “Die Wende” (algo así como la “vuelta de la torti-lla”). Efectivamente se volteó la tortilla; toda la sis-temática capitalista irrumpió en la sociedad,

po-niendo en marcha procesos de privatización de una amplitud inaudita, generando la rápida puesta fuera de juego de instalaciones obsoletas, lo que en muchos casos determinó un extraordinario au-mento del paro, e inundando los mercados con mercancías occidentales. De repente los ciudada-nos del Este se convirtieron en meros consumido-res de unas mercancías que, en muchos casos, tampoco ahora podían comprar.

Las élites se recolocaron o se perdieron. El caso yu-goeslavo, del que incluimos el testimonio de Rada Ivecovic, es uno de los más salvajes, justamente porque allí no sólo se transformó un sistema sino que desapareció un país. Yugoeslavia dejó de exis-tir. En cierto modo es el contra-espejo de lo suce-dido en Alemania; aquí la deriva hacia el naciona-lismo marcaba el desplazamiento de una transfor-mación social a su reducción nacionalista, indica-da, como señala con acierto Raimundo Viejo, por la sustitución de “Wir sind dasVolk” (“Nosotros somos elpueblo”), en referencia a la constante in-vocación del puebloen la RDA, por “Wir sind ein

Volk” (“somos unpueblo”) que acentúa la dimen-sión nacionalista del movimiento y lo desvía hacia la cuestión de la unificación. Por el contrario, en Yugoeslavia, la disgregación de las diferentes na-cionalidades es casi una condición impuesta para su entrada, una a una, en el concierto europeo. Esperemos que esa desaparición no se convierta, como lo fuera antaño la Alemania dividida, en un símbolo del siglo XXI, cuando los nacionalismos exacerbados y potenciados por el juego de dominó de la geopolítica global, están ahondando la divi-sión internacional. Y están encajonando en la deri-va nacionalista la crisis aguda del sistema capita-lista que estamos padeciendo.

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El siglo XX vio nacer, degradarse, crecer, escleroti-zarse y finalmente morir o integrarse en la Economía Mundo capitalista al “socialismo realmente existen-te”. Fue una experiencia más efímera que la propia-mente liberal capitalista (que todavía perdura), pero tuvo una considerable trascendencia en el acontecer del pasado siglo, y ha dejado una muy importante huella en una amplia parte del mundo, así como es-tructuras que todavía perviven en importantes regio-nes (especialmente en China), aunque integradas ya en las dinámicas del nuevo capitalismo global. Pero eso sí, conservando todavía importantes característi-cas propias.

A principios del siglo XX, conforme se recrudecen las tensiones interimperialistas entre las potencias eu-ropeas, se asiste a un creciente tensionamiento dentro de la II Internacional. El apoyo o no a las burguesías nacionales en el camino hacia la guerra que se avizo-raba en el horizonte dividía al movimiento socialista internacional. El estallido de la Primera Guerra Mundial va a provocar una aguda crisis en la II Internacional, y esa crisis va a explotar finalmente al final de la guerra, como resultado de la Revolución Rusa (1917), generando una aguda escisión en el mo-vimiento socialista internacional, entre la vía refor-mista y la vía insurreccionalista. Esta última vía pasa-ría a crear la nueva III Internacional, en 1919, a ins-tancias de Lenin. La Revolución Rusa había demos-trado que era posible la toma del poder a través de la insurrección popular. Pero el Estado ruso no era libe-ral, y por tanto no había posibilidad de acceder a él a través de elecciones. Es más, los rusos sólo habían co-nocido estructuras jerárquicas y fuertemente autori-tarias en regímenes feudales o zaristas. Y la toma del poder a través del levantamiento popular había sido factible por la descomposición de las fuerzas imperia-les rusas como resultado de la guerra, y por la aguda

crisis social existente, en la que amplios sectores de la población clamaban “paz y pan”. En esas circunstan-cias, el partido bolchevique, un partido de cuadros fé-rreamente organizado por Lenin, impulsa la organiza-ción de soviets (asambleas populares) que van a ser su ariete en la lucha por el poder del Estado. El Zar abdi-ca y poco después se produce el renombrado Asalto al Palacio de Invierno. Inmediatamente después los bol-cheviques nacionalizan la gran propiedad terrate-niente y la industria, que estaba en general poco des-arrollada en Rusia.

Tras la revolución, el imperio ruso, en profunda crisis, se ve sometido a fuertes tensiones centrifugas

separatistas, lo que es uno de los primeros retos para los bolcheviques con un programa internacionalista y de respaldo a los movimientos de liberación nacional. A Finlandia y a Polonia, Lenin les da el visto bueno para su separación, y se las deja caminar por sí solas. Pero ante la guerra civil que se desata, los bolchevi-ques deciden recomponer el imperio, aunque sobre

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1Ramón Fernández Durán es miembro de Ecologistas en Acción. Este texto se ha confeccionado a partir de materiales de trabajo de

un libro en elaboración por el autor sobre la Crisis Global y el previsible colapso civilizatorio. Parte de los materiales se han entresa-cado de dos textos del autor que forman parte de dicho libro y que están colgados en la web; “El Estado en el mundo a lo largo del siglo XX” y “La conflictividad político-social en el siglo XX”.

IRRUPCIÓN, DESARROLLO, CRISIS Y

COLAPSO DEL “SOCIALISMO REAL”

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nuevas bases, para hacer frente a una aguda crisis po-lítico-social y a los sentimientos nacionalistas exis-tentes. Finalmente, a principios de los años veinte se crea la URSS, compuesta por Rusia y las repúblicas socialistas de los territorios más periféricos del anti-guo imperio ruso (Ucrania, repúblicas bálticas, Cáucaso, repúblicas de Asia Central, etc.). En la deci-sión de mantener a las nuevas repúblicas socialistas bajo el dictado de Moscú, por supuesto que juegan también factores como el abastecimiento alimentario de la nueva URSS, caso de Ucrania, o el acceso a las fuentes de energía, en concreto al petróleo, que se ex-plotaba en el Cáucaso. “De los tres grandes imperios multinacionales que existían en Europa antes de la Primera Guerra Mundial –el austrohúngaro, el oto-mano y el ruso- solo éste sobrevivió (reconvertido), al menos hasta 1991” (Wallerstein, 2004).

Ante la derrota de los movimientos revolucionarios proletarios en los países más “avanzados” tras la Gran Guerra (en concreto, después del aplastamiento de la revolución alemana), los bolcheviques deciden pues volverse hacia el interior y consolidar el poder del Estado y del nuevo “imperio ruso”, impulsando tam-bién una fuerte industrialización para intentar alcan-zar a los países del Centro capitalista. El programa era Gran industria, Electrificación y Soviets, que se queda-ría reducido a Gran Industria y Electrificación. El sue-ño y la ambición de Lenin, que muere pronto (1924). Esa sería la vía del “socialismo en un solo país” que desarrollaría Stalin, que se seguiría volcando hacia adentro y hacia el Este, visto el fracaso de la rebelión en Europa occidental, y que no sería otra cosa sino un peculiar y burocrático capitalismo de Estado, con pro-tección (y control) social. Un nuevo proyecto de poder, que para asentarse necesitaba romper con el mercado mundial. De cara a ese proyecto se pondría a trabajar también a la nueva III Internacional (o KOMIN-TERN). Una organización de partidos comunistas de alcance mundial, bajo el control rígido del Partido Comunista de la URSS, pues solo ese partido tenía el dominio estatal, además sobre un inmenso territorio, y por lo tanto era su incuestionada estructura dirigen-te, y Stalin sería su máximo guía durante casi treinta años. Eso hizo que el estalinismo permeara en gran medida a la mayoría de los partidos comunistas del mundo, y que éstos no se empezaran a cuestionar lo que pasaba en la URSS (y, posteriormente, en su área de influencia) hasta el 68.

En los años treinta, Stalin procede a la colectiviza-ción total de la tierra, en plena crisis capitalista glo-bal, lo que provoca una gran hambruna y millones de desplazados. Su objetivo era “modernizar” la agricul-tura y ponerla al nivel de Europa occidental y, espe-cialmente, de EEUU, si bien resultó ser un fracaso absoluto. De hecho, la URSS sería siempre depen-diente desde el punto de vista agroalimentario. Pero aparte de forzar la desaparición de la pequeña pro-piedad en el campo, se buscaba también proporcio-nar la fuerza de trabajo necesaria para la industriali-zación forzada que se quería lograr. Todo este perio-do se acompañó de una fortísima represión: purgas, juicios de Moscú, Gulags… que alcanzó su apogeo en el bienio 1937-38 (en paralelo a la Guerra Civil espa-ñola), el del Gran Terror, y que implicó más de un millón de muertos y varios millones más en trabajos forzados (en trabajos de infraestructura energética, viaria e hidráulica). La Segunda Guerra Mundial se veía venir, y Stalin quería probablemente estar pre-parado para ese escenario, teniendo despejado y en “orden” el patio interno, y con una potente industria que le permitiera desarrollar un importante compo-nente militar. La contienda iba a significar la muerte de unos veinte millones de rusos, una tremenda san-gría, pues fue el Ejército Rojo, aparte de por supues-to la población civil, el que tuvo más bajas luchando contra los nazis, y el que fue decisivo para dar la vuel-ta a la contienda, logrando frenar y revertir el avance de Hitler. Además, en su camino hacia Berlín solo contó con una limitada ayuda aliada (cierto arma-mento y municiones, aparte eso sí de los bombarde-os), siendo sus hombres los que actuaron de carne de cañón. “Curiosamente”, Roosevelt y Churchill se re-sistieron al desembarco aliado de Normandía, hasta que Stalin no liquidase formalmente la III Interna -cional, cosa que hizo formalmente en 1943 (Claudín, 1978), y entraron abiertamente en batalla en territo-rio europeo contra los nazis cuando el Ejército Rojo había quebrado ya la columna vertebral de la Wehrmacht, y cuando ésta enfrentaba una aguda ca-rencia de combustible2.

Pero el avance hacia Berlín le permitió al Ejército Rojo ocupar gran parte de Europa del Este, al Oriente del Elba, y fue desde esa posición de fuerza, con las tropas desplegadas sobre dicho territorio, que la URSS pudo exigir en Yalta que éste quedara bajo su esfera de influencia, y más tarde imponer

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nes “comunistas” subordinados en dichos países3. Los regímenes “comunistas” llegarían a Europa del Este no de la mano de la insurrección popular, sino de la mano del Ejército Rojo. La URSS ampliaba así su esfera de influencia en el mundo. Y “EEUU daría garantías a la URSS sobre su control en una esquina del mundo, a cambio del compromiso de permanecer en esa esquina”, aproximadamente una tercera parte del planeta, el resto quedaría bajo la esfera de in-fluencia de EEUU. “El acuerdo de Yalta fue esencial-mente respetado por la URSS y las potencias occi-dentales hasta 1991” (Wallerstein, 2004). Y proba-blemente fue por eso por lo que Stalin presionó a los comunistas chinos para que llegaran a un acuerdo con el Kuomintang, partido nacionalista burgués, pe-ro Mao decidió ignorarlo y entró en Shangai en 1949, unificando China continental bajo el dominio del Partido Comunista Chino (PCCh). Un partido que te-nía un importante componente agrario, como China en su conjunto. El PCCh arrancaría a China de la influencia estadounidense en el continente, y el Kuo -mintang quedaría desplazado a Taiwan, y gozaría del apoyo de EEUU. Por otro lado, en Yugoslavia y Alba -nia, movimientos marxistas-leninistas habían llega-do al poder también a través de vías insurreccionales tras la guerra mundial, pero rompen poco después abiertamente con Moscú. Y se podría decir que los partidos comunistas que tomaron el poder en China, Vietnam y Cuba, más tarde, funcionaron claramente

como movimientos de liberación nacional. Final

-men te, las tensiones entre China y la URSS termina-rían finalmente por saltar en 1960, cuando se produ-ce la ruptura chino-soviética. A partir de ese momen-to cada uno iría por su lado a nivel internacional, co-mo ya heco-mos comentado, y tendrían relaciones dis-tintas con EEUU, aparte de disputarse la dirección del amplio movimiento comunista internacional, que vive asimismo importantes rupturas a raíz de la esci-sión chino-soviética (Wallerstein, 2004).

Pero los regímenes “comunistas” de la Europa del Este serían el eslabón más débil del dominio soviéti-co, y el espacio donde el “socialismo realmente exis-tente” sería más contestado, no en vano había sido en gran medida impuesto por la bota militar. Y así, se

van sucediendo diferentes rebeliones populares que son aplastadas por las tropas del Pacto de Varsovia, en 1953 en la RDA, en 1956 en Hungría, en 1968 en Checoslovaquia, y en 1981 en Polonia (con el golpe de Jaruzelsqui, ante la amenaza de intervención directa de la URSS). Ni la desestalinización impulsada por la URSS a partir del XX Congreso en 1956, después de la muerte de Stalin (1953)4, sirvió para eliminar o suavizar este afán intervencionista en su esfera de in-fluencia, contra cualquier movimiento popular que pusiera en cuestión su dominio. Todo ello provocó un creciente descrédito del “comunismo” en la izquierda mundial, sobre todo en Europa occidental, el área más cercana, que se hace especialmente evidente tras el sofocamiento por las tropas del Pacto de Varsovia de la Rebelión de Praga. A partir de ese momento dis-tintos partidos comunistas en Europa occidental se distanciarían de Moscú e iniciarían la vía del Euroco -munismo, claramente liderados por el PC italiano, el más grande con mucho a este lado del llamado Telón de Acero. La defensa del “comunismo” soviético se empieza pues a venir a pique fuera del espacio del “socialismo real”, y en todo caso prosperan (limitada-mente) distintos “maoísmos” con el reflujo del 68.

En las décadas de 1970 y 1980, tanto la URSS co-mo los países de Europa Este empezarían a ir mal en términos económicos, hasta que finalmente se de-rrumbaron en poco tiempo tras la caída del Muro de

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3Alemania y Corea serían las dos grandes particiones de Yalta, y la mitad de cada una quedaría en la esfera de influencia de una u otra

superpotencia.

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Berlín, en 1989. A este derrumbe contribuyeron dis-tintos factores: de manera muy importante el fuerte gasto que impuso la carrera armamentista impulsa-da por EEUU, especialmente en los 80 con Reagan, a la que la URSS tuvo que dedicar ingentes recursos, en detrimento del conjunto de su sociedad5; la caída de los precios del petróleo en dicha década, que hace más difícil a la URSS conseguir dólares en el merca-do mundial para sufragar su dependencia agroali-mentaria del exterior; la creciente ineficiencia de un aparato productivo cada día más esclerotizado y bu-rocratizado; la falta de legitimidad social de unos re-gímenes fuertemente jerarquizados y represivos, que se basaban en el miedo colectivo; y la feroz agresión ecológica del “socialismo real” sobre su propio terri-torio, que estalló abiertamente a raíz del accidente nuclear de Chernóbil (1986), y que precipitó el hun-dimiento del imperio soviético. Se podría afirmar que la URSS provocó un verdadero ecocidio. La re-presión de cualquier atisbo de crítica, y el hecho de que el “socialismo real” fuera enormemente inefi-ciente desde el punto de vista energético, hizo que los desmanes ecológicos adquirieran una magnitud exa-cerbada. Además, se puede decir que la URSS no ha-bía sufrido las crisis energéticas de los setenta, pues abastecía sin excesivos problemas a toda su área de influencia de combustibles fósiles, y por lo tanto no sintió la necesidad de reducir el derroche energético. Las políticas de glasnot (transparencia) y perestroika (reforma) de Gorbachov (1986) permitieron, y en re-alidad estimularon, la abierta rebeldía en contra de las jerarquías piramidales y el gobierno hipercentra-lizado e hiperburocratizado, y dieron a conocer inter-namente el desastre ecológico del “socialismo real”. Y finalmente en pocos meses todo se fue viniendo aba-jo como un castillo de naipes, primero en la Europa del Este, y algo más tarde en la URSS, que implosio-nó en 1991.

Pero también la repercusión de las dinámicas del capitalismo global tuvo su impacto en la crisis del “socialismo real” y contribuyó a incentivar el rechazo social al mismo, especialmente en las últimas déca-das de su existencia, y muy en concreto en los ochen-ta, sobre todo en los países de Europa del Este. La po-tencia comunicativa de la Aldea Global del capitalis-mo occidental, fue un factor importante en la erosión de la legitimidad de unos regímenes como decimos

férreamente represivos, autoritarios y en definitiva tremendamente grises y tristes. La “libertad” occi-dental que se transmitía por las ondas y el éter, con-tribuyó a poner a la defensiva a unas estructuras de poder carentes de arraigo popular. Eso fue especial-mente así en el ámbito musical y en las formas de vi-da que se transmitía al mundo desde Hollywood, EEUU y Europa occidental, al tiempo que el glamour de la enorme diversidad del consumismo occidental servía de atractivo para las generaciones más jóve-nes. A pesar de los intentos de control de estas diná-micas desde el otro lado del Telón de Acero, la pene-tración y tremenda capacidad de seducción de la marca “Occidente” era un hecho, y cuanto más se in-tentaba controlar y prohibir su consumo, más atrac-tiva se volvía. Era una verdadera actividad subversi-va acceder a la misma. Además, el turismo occiden-tal, que por otro lado se fomentaba, aunque de forma controlada, para conseguir divisas, era una vía de pe-netración del virus occidental, y una forma de difun-dir otras formas de vida, de ropa, de música, y sobre todo de la libertad de viajar libremente. Algo que es-taba prohibido en el Este. Cuando cae el Muro de Berlín, la población del Este que se lanza a cruzar en masa hacia la parte Oeste de la ciudad, más de dos millones lo hicieron el primer fin de semana (pude ser testigo directo de este acontecimiento histórico), donde más se paraba a admirar lo que le ofrecía Occidente, el mundo del consumo a lo bestia que le deslumbraba, era en las oficinas de turismo, y fanta-seaban en grupo con poder viajar a Florida, al Caribe,

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a Grecia o a Bali. Las ofertas que veían en los escapa-rates. Entre el original, en colores vivos, nítidos y re-lumbrantes, y la copia, gris, desvaída y triste, la gen-te claramengen-te prefería el “brillangen-te” capitalismo que le ofrecía Occidente, en vez del “pobre” capitalismo de Estado que se veía obligada a sobrellevar. Veía por supuesto su lado más atractivo y resplandeciente, y se le escapaba el tremendo sufrimiento y miseria (so-bre todo a escala mundial) que había (que hay) de-trás de esa imagen. Y hasta el nombramiento del Papa Juan Pablo II, de origen polaco, tuvo un efecto disolvente en un “socialismo real” ya en fuerte crisis, en especial en la Europa del Este, en parte católica, sobre todo Polonia.

Sin embargo, no es posible afirmar que la crisis energética cumpliera un papel determinante en el co-lapso o crisis “comunista”. En el caso de la URSS y su zona de influencia la “abundancia” de recursos ener-géticos fósiles (petróleo, gas natural, carbón) era tal que permitió un fortísimo proceso industrializador sin problemas importantes de abastecimiento, como hemos dicho. En todo caso el problema era la tecno-logía para explotarlos, y en ese terreno en ocasiones se vio obligada a recurrir a importaciones de tecnolo-gía para intensificar la explotación de sus recursos. La URSS parece que sobrepasó su pico del petróleo en 1987, poco antes de su colapso, pero en esa época exportaba una parte considerable de su capacidad de extracción para conseguir dólares con los que pagar

otras importaciones, sobre todo alimentos (Hein

-berg, 2006). Quizás fue un elemento más que influ-yera en su crisis definitiva, pero solo eso. En el caso de China, este inmenso Estado empezó a importar petróleo a principios de los noventa, por lo que no parece que tampoco fuera determinante la escasez energética en su apertura hacia el exterior, aunque probablemente fue un elemento importante de cara a dar dicho paso. Una vez más para importar el petró-leo necesario para impulsar su proceso moderniza-dor-industrializador necesitaba dólares, con el fin de poder comprar crudo en el mercado mundial, y para conseguir dólares se convertiría en la Fabrica del Mundo. Pero sí es importante señalar que en ambos casos la energía fue un elemento trascendental para que se afirmaran sus estructuras de poder, más en el caso de la URSS que de China por su mayor indus-trialización y urbanización.

En definitiva, el llamado “socialismo real” surgió en la mayoría de los casos de procesos revolucionarios en sociedades periféricas o semiperiféricas, con un reducido o casi inexistente proletariado industrial, y en general en etapas de fuerte crisis de los Estados en los que prosperaron. Todo ello en contra de lo que Marx y el marxismo revolucionario habían predicho, y que daría lugar a la “dictadura del proletariado”, co-mo paso imprescindible para acceder a la sociedad sin clases y a la desaparición del Estado. Así, después de unas primeras etapas fuertemente rupturistas con los regímenes previos, en las que florecieron dinámi-cas revolucionarias diversas (entre otras, de erosión del orden patriarcal existente6), las nuevas estructu-ras políticas sirvieron para impulsar potentes proce-sos industrializadores-modernizadores desde el Estado, una vez reprimidos los brotes revoluciona-rios, con una intensidad y aceleración que nunca se había logrado en Occidente; donde estos procesos se llevaron a cabo en lapsos bastante más largos de tiempo, y a través de las dinámicas más moleculares de acumulación del capital privado, aunque pudieran haber tenido un cierto apoyo estatal. Eso fue espe-cialmente cierto en el caso de la URSS, a costa de un tremendo coste humano, social y ambiental, y re-componiendo por supuesto de forma expresa el or-den patriarcal nuevamente. El estalinismo proscribió el feminismo como fenómeno contrarrevolucionario, y esta actitud solo se empezó a relajar en época de Gorbachov. el gran reformador (Eisler, 2003).

Pero después de esa fase de fuerte despegue in-dustrial, su propia dinámica interna, y en concreto la

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6Después de la Revolución Rusa prosperaron los planteamientos feministas, Alejandra Kolontai sería una de sus grandes figuras, y

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planificación centralizada y burocratizada, hizo a los regímenes de “socialismo real” tremendamente in-eficientes y faltos de flexibilidad para encarar sus propias crisis internas en un mundo en constante cambio. Además, aunque intentaron establecer sus “telones de acero” para aislarse del mercado mun-dial, pues tenían en general suficiente territorio, re-cursos y capacidad interna para desplegarse, la de-pendencia de tecnología avanzada (en ciertos secto-res) y agroalimentaria de Occidente les forzaba a in-corporarse aunque fuera de manera tangencial al mercado capitalista mundial, y a tener que someter-se a sus reglas. En dicho mercado someter-se operaba en dó-lares, principalmente, y había que conseguir dichos dólares para proveerse de las mercancías, y sobre to-do de la tecnología, que necesitaban para seguir prosperando. Esa era una espada de doble filo, como se vio al final de su existencia7. Y así, uno de los gran-des bloques del “socialismo real”, China, decidiría por sí mismo incorporarse paulatinamente al merca-do mundial, privatizanmerca-do y reestructuranmerca-do intensa-mente su aparato productivo, pero pilotando y con-trolando internamente el proceso (“Un mundo, dos sistemas”); y otro, el más originario, y su zona de fluencia, sucumbió a sus propias contradicciones in-ternas, y luego no tuvo más remedio que dejarse so-meter a la terapia de choque que le impuso Occidente para integrarse en la Economía Mundo capitalista, y de la que se beneficio éste en muy gran medida, so-bre todo en Europa del Este. Todo ello se vendería bajo el lema de que reemplazando el “comunismo” por el capitalismo todo marcharía.

Es importante analizar también cuáles fueron los “dioses” del “socialismo real”, pues ellos son claves también para entender cómo intentaron legitimarse estos regímenes, y cómo han cambiado abiertamen-te desde que colapsaron o entraron en crisis dichos sistemas. Los “dioses” del “socialismo real” provie-nen directamente de la “modernidad”, y de un mar-xismo (distorsionado) que bebe de sus fuentes, y que le sirvió de armazón ideológica. La ruptura que pre-conizaban con las estructuras políticas y sociales de las que habían surgido se hacía en nombre del “Progreso” y del “desarrollo de las fuerzas producti-vas”, pues dichas estructuras lo impedían y solo así se iba a poder caminar hacia el “socialismo” y asentar

más tarde el “comunismo”. Y en ese camino el domi-nio de la Ciencia, la Tecnología y el Industrialismo era fundamental, pues todo ello servía para impulsar un potente desarrollo del proletariado. El “proleta-riado” era en teoría la clase dirigente, pues no en va-no se había instaurado (decían) la “Dictadura del proletariado”, y eso obligaba a la Nomenklatura (esa “clase oculta” que se fue consolidando a costa de pur-gas y represión contra los miembros del partido con veleidades revolucionarias) a adoptar ciertas formas de cara al exterior, pues la riqueza y los privilegios no era socialmente aceptable que se exhibieran (Voslansky, 1981, Lefort, 1974)8. Se arrampló tam-bién con los “dioses religiosos” previos, y se sustitu-yeron por nuevos “dioses” humanos (Lenin, Stalin, Mao, Ceacescu, Honecker, etc.), pues dichas socieda-des eran formalmente ateas. El culto a la personali-dad llegó a adoptar un carácter verpersonali-daderamente pa-tológico. El mausoleo y la momia de Lenin en la Plaza Roja de Moscú fue una buena prueba de ello. Pero también se hizo venerar especialmente a la “Patria” (al Estado, en definitiva), de la que los nuevos “dio-ses” humanos eran su máxima guía, y cómo no al “Partido” que defendía a ambos por el bien del prole-tariado. Y la ideología “comunista” sirvió de cemento unificador del conjunto de la sociedad, así como la “anticomunista” lo fue también, en menor medida, en Occidente (si se exceptúa la época del Macartismo en EEUU). Finalmente, es preciso resaltar que el “so-cialismo real” en vez de caminar hacia la progresiva

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7Parte del reciclaje de los petrodólares en los ochenta fue a los países de “socialismo real” del Este europeo, y ese endeudamiento con Occidente fue también determinante en la evolución de su integración al capitalismo global.

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extinción del Estado y la difuminación de la sociedad de clases, avanzó justo al contrario, creando unos Estados monstruos y unas sociedades muchos más jerarquizadas de las que se partía, y sobre todo con mucha menor autonomía personal y comunitaria.

Por supuesto, la crisis o el colapso del “socialismo real”, y su integración en la lógica del capitalismo glo-bal de matriz occidental, significó también un nuevo cambio o adaptación de los “dioses”. En el caso chi-no, donde esta transformación fue más gradual y se llevó a cabo con mano de hierro desde el propio par-tido comunista, hubo que cambiar los discursos y se impulsaron campañas públicas diciendo que “enri-quecerse es un deber patriótico”. Ya no estaba mal vista la exhibición de la riqueza, o no debería estarlo en las nuevas circunstancias, al tiempo que se ha per-mitido formalmente la entrada de los grandes em-presarios en las estructuras del partido. Todo ello por el bien de la “Patria”, que sigue como uno de los “dio-ses” principales, mientras el Partido pasa a un más discreto segundo plano, y se permite una mínima apertura política en el escalón más local, para inte-grar y desactivar los conflictos y resistencias de la “sociedad civil”. No así en los siguientes niveles del Estado, que son tres más debido a su tamaño, en los que sólo opera el partido comunista. Además, se van recuperando “dioses religiosos” antiguos que habían sido destronados (confucianismo, budismo), y que ahora se considera convenientes rehabilitarlos paula-tinamente para dar una mayor cohesión social. En el caso de la URSS, tras una primera etapa que se elimi-nan físicamente las estatuas de Lenin y Marx, y que se abrazan con fervor todos los nuevos dioses occi-dentales, mientras que el Partido y la Patria práctica-mente desaparecen, debido al colapso, y empiezan a resurgir nuevamente, en este último periodo, el culto a la Patria y al nuevo Líder (en este caso Putín), como forma de reforzar a la Nueva Rusia, que había sido humillada y casi destrozada por Occidente. Se

recu-peran también antiguos “dioses religiosos”, y pasa a ser rehabilitada la Iglesia Ortodoxa, como forma de legitimarse también las nuevas estructuras de poder, que se refuerzan últimamente en base a la nueva ri-queza que aporta al Estado el control de la explota-ción de los combustibles fósiles: el petróleo y el gas natural. Lo cual ha permitido a Rusia saldar su deu-da con los países occidentales, y tratar de volver a re-componer el “imperio ruso” en base al control y al chantaje de la energía. Sobre ello volveremos más adelante.

En definitiva, y como nos señala Wallerstein (2004), “el espectro que recorrió el mundo de 1917 a 1991 se convirtió en una monstruosa caricatura del Espectro que recorría Europa de 1848 a 1917 (como ya alertó y avanzó el Manifiesto Comunista de Marx y Engels). El viejo espectro irradiaba optimismo, jus-ticia y moralidad, que eran sus fuerzas. El segundo espectro llegó a irradiar estancamiento, traición y opresión”. Este último espectro no sobrevivió, pues entró fuertemente en crisis o colapsó, y ha sido resca-tado provisionalmente (a buen seguro) por las nue-vas dinámicas del capitalismo global, que les ha insu-flado nueva vida, al tiempo que los ha transformado profundamente, y a su vez su nuevo devenir está con-dicionando el despliegue del capitalismo global. Pero no nos engañemos, como nos dice Glinchikova (2007), una filosofa y socióloga rusa: “estamos todos hundiéndonos como resultado del naufragio de un barco cuyo casco se ha roto ya. Una de sus partes se hundió antes y muy deprisa, mientras que la otra le está costando más hundirse… Eso es todo”. Quizás matizaríamos y complementaríamos algo lo que dice Glinchikova, pero vemos muy acertada su reflexión. El barco de la modernidad occidental en su recorrido se dividió en dos (Oeste y Este), y luego en tres par-tes (China). La parte más potente parecía estar más a flote (Occidente y su área de influencia mundial), pues tenía motor propio y recursos y se mantenía más o menos firme. Otra viendo que se iba a hundir, decidió unirse a esa parte más potente y aprovechar su “firmeza” y empuje para prosperar de nuevo. La última finalmente se hundió (la URSS y su espacio de influencia), pero fue “rescatada” por la que siempre se mantuvo a flote (hasta ahora). Ésta disponía de tecnología suficiente para auparla del abismo y vol-verla a soldar a su casco. Pero en todo este proceso el barco ha incrementado enormemente de peso, y ya no está tan segura su firmeza y empuje. Y además al motor le está empezando a faltar combustible. Ahora todos comparten otra vez la aventura que inició Occidente, y se necesitan aunque tengan conflictos, pero ya no saben a dónde van y ni siquiera si podrán permanecer todos juntos a flote. Eso sí, el motor en teoría es enormemente potente (la industrialización

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abarca ya a todo el planeta), el problema es mantener su caldera en funcionamiento y el barco a flote. Y lo más probable es que se hundan (nos hundamos) to-dos juntos.

Por último, una reflexión final. La división del mundo entre dos (¿tres?) bloques ideológicos anta-gónicos y mutuamente excluyentes, fue un elemento legitimador y de consenso interno de ambos bloques. El “equilibrio del terror”, y la “destrucción mutua asegurada”, reforzaban aún mucho más estas diná-micas. EEUU podía ofrecerse como protector de su esfera de influencia ante una URSS amenazadora, y una China que podía llegar a encarnar también el Peligro Amarillo. Pero una vez desaparecidos ambos peligros, e incorporados sus enormes territorios en la

lógica del nuevo capitalismo global, ya no hay enemi-go externo, y hay mucho más peligro de que se vea que el Emperador se está quedando desnudo. Además, “ambas ortodoxias, la capitalista y la mar-xista, desarrollaron sus guerras de religión, frías y ca-lientes, pero mantuvieron idéntica devoción por los dogmas básicos del Progreso” (Pigem, 1993). Era pues preciso resucitar y construir nuevos enemigos externos, pues eso sirve de cemento cohesionador in-terno, en un capitalismo ya mucho más global y plu-ral, pero sumamente frágil, aunque no lo parezca. El llamado “Choque de Civilizaciones” es una necesidad de llenar el vacío de enemigo que deja el colapso del “socialismo real”, pero esta construcción no se puede hacer de la noche a la mañana, pasará una década hasta que lo haga posible el 11-S. Nuevos demonios civilizadores en sustitución de los demonios ideológi-cos, que habrá que prepararse para combatir. Y el ideal enemigo a batir sería el mundo árabe-musul-mán, no en vano más de las dos terceras partes de las reservas de petróleo del mundo están bajo suelo islá-mico. Además, es el espacio planetario más

refracta-rio a la penetración de los valores occidentales, y el que quizás haya quedado más al margen de las diná-micas modernizadoras-industrializadoras, que como decíamos tienen ya una dimensión global.

Crisis, colapso y reconversión brutal del Estado del Socialismo Real

La crisis del Estado del Bienestar en Occidente, y la del Estado-Partido en los países de Socialismo Real,

coincide grosso modo en el tiempo. Curiosamente,

como nos dice Postone (2007), hay un paralelismo temporal entre el nacimiento y colapso del sistema soviético y el nacimiento y crisis del capitalismo in-tervencionista de Estado. Y nos sigue diciendo, citan-do a Bell (2006), que el capitalismo occidental y el sistema soviético compartían patrones fundamenta-les, variantes de la Sociedad Industrial, lo que a su vez se refleja en parte en la forma Estado, pues la so-ciedad moderna se encuentra moldeada por impera-tivos de la racionalidad funcional industrial y urba-no-metropolitana. De esta forma, la racionalización de todos los ámbitos y la burocratización de las insti-tuciones es un rasgo fundamental de todas las socie-dades industriales modernas, sean capitalistas o “so-cialistas”. En definitiva, son dos sistemas corriendo históricamente en paralelo, en los que resalta la im-portancia común del eje tecnológico (y sobre todo del crecimiento), pero que a su vez manifiestan también profundas diferencias en la forma Estado, por sus orígenes históricos y las diferentes formas de acumu-lación de riqueza y poder que promueven; como ya vimos al hablar de la “Irrupción, desarrollo, crisis y colapso del Socialismo Real”. Pero la reconversión del Estado debido a la Contrarreforma Neoliberal en el nuevo capitalismo global triunfante, va a coincidir en Occidente con el paso a la Sociedad Postindustrial y con la Postmodernidad, influenciándose los distin-tos procesos mutuamente. Y esta reconversión del Estado va a tener distintas implicaciones en el Centro capitalista, pues es allí donde se inicia y pilota a esca-la global, desde sus principales baluartes hegemóni-cos y financieros; que en los Estados de Socialismo Real, pues son éstos los que entran en una profunda crisis y colapso (en el caso de la URSS y su área de in-fluencia), cuya única vía de salida ha sido la incorpo-ración periférica y subordinada (en principio) a la ló-gica del mercado mundial capitalista. Las estructuras de poder del Socialismo Real buscaron esta vía de sa-lida para poder resistir y subsistir en las mejores con-diciones posibles. De esta forma, la reconversión es-tatal en los países de Socialismo Real fue mucho más brusca y profunda, pues hubo de cambiarse toda una forma de organización del modelo productivo y de

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poder, de base fundamentalmente burocrático-esta-tal, y adaptarlo a las nuevas exigencias de un merca-do mundial que operaba bajo la lógica del capital pri-vado, acentuada además por la crisis del capitalismo intervencionista de Estado en Occidente. A ello se su-mó el hecho de que los nuevos Estados surgidos de la crisis y colapso del Socialismo Real tuvieron que aceptar su nueva condición periférica, al menos de forma provisional.

El giro histórico de China hacia el capitalismo global El primer gran actor “comunista” que acepta la au-sencia de futuro de su modelo es China, tras la muer-te de Mao Tse Tung, en 1976. Dos años más tarde, en 1978, Deng Xiaoping convence al Partido Comunista Chino para iniciar un giro histórico en el mundo del Socialismo Real, planteando la necesidad de inte-grarse en la lógica del mercado mundial capitalista. Y es en ese tiempo, también, cuando se estaba gestan-do la Contrarrevolución Neoliberal del capitalismo occidental. Harvey (2007) nos resalta la relevancia de la confluencia de los dos momentos de ruptura, pues el nuevo capitalismo global sería inconcebible sin la incorporación del gigante asiático al mercado mundial. La Contrarreforma Neoliberal y la “globali-zación” del capitalismo eran el nuevo salto adelante que iba permitir a los dos dinosaurios subsistir. Uno, en apariencia más potente, pero tocado, y otro, bas-tante más débil en ese momento, pero pronto en fuerte auge, aunque seguramente sentenciado tam-bién en el medio plazo. La confluencia de los dos, su “apoyo mutuo”, podía iniciar una nueva etapa de cre-cimiento y acumulación, eso sí, si había energía bara-ta. Como la volvió a haber desde principios de los ochenta. Con una clara división del trabajo, uno, se iba a encargar de convertirse en el consumidor en úl-tima instancia, en especial EEUU; y el otro, se iba a convertir en la Fábrica Global. China inicia esa enor-me transformación de forma balbuciente, a tientas, incorporando al principio a la lógica capitalista sólo algunos enclaves de su costa del Pacífico, hasta am-pliar dicha dinámica a territorios patrios cada vez más amplios. Incluso engulle a Hong-Kong, en 1997, uno de los máximos baluartes del capitalismo en Oriente, bajo el lema “Un Único País, Dos Sistemas”, tras el fin pactado de la presencia británica. En cual-quier caso, la reestructuración fue salvaje y zarandeó al Estado y a la Sociedad de arriba abajo. El introdu-cir la privatización, la lógica de mercado y la compe-titividad en un sistema como el del “comunismo chi-no”, era alterar las bases mismas de su sistema y des-atar tensiones y conflictos sociales y territoriales que

podían desafiar la estructura de poder y la legitimi-dad del Partido Comunista Chino (PCCh), así como poner en peligro la unidad del Estado (en el caso del Tíbet y Xin Jiang, principalmente).

El “Estado Social” del “comunismo chino” prácti-camente saltó por los aires, y fue sustituido por un capitalismo fuertemente autoritario, con extremas desigualdades sociales, pilotado con mano de hierro por el PCCh como columna vertebral del Estado. El Estado-Partido se mantenía, aunque transformándo-se profundamente, sobre todo sus “Diotransformándo-ses”. Es decir, sus valores, creencias y mecanismos de legitimación. Se buscaba reforzar aún más el sentimiento nacional, como ya apuntamos, pero en esta ocasión recurrien-do a las raíces culturales, religiosas y étnicas recurrien- domi-nantes, que se habían querido borrar durante la eta-pa “comunista”. El nuevo nacionalismo se afianzaba en las raíces del pasado, en el momento en que se in-corporaban también gran parte de los valores de la modernidad occidental. Un cóctel complejo. Pero igualmente se ha sabido utilizar magistralmente el Deporte Espectáculo y Competitivo, para generar sentimiento patrio y proyectar la imagen de China en

el mundo, como pudimos ver en las Olimpiadas de 2008 en Pekín. Toda una operación mediática de Estado, con toque prusiano. Por otro lado, el fuerte impulso del empleo asalariado, y en menor medida del consumo, que iba a traer el crecimiento, se pen-saba que cohesionarían además a la nueva sociedad china, que contaba con una fuerza de trabajo alta-mente disciplinada y cualificada. El futuro parecía brillante, aunque el camino a transitar fuera duro. Hubo que reestructurar y en muchos casos cerrar y desmantelar miles de empresas estatales, reduciendo masivamente la fuerza de trabajo empleada. Pero al mismo tiempo se abrieron otras miles de empresas de la mano también del capital y tecnología extranje-ra, aunque en general bajo el control chino. Es más,

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el PCCh activó los contactos con los importantes ca-pitales de la Diáspora exterior china (huidos tras la llegada del “comunismo”), para animarlos a invertir en el Nuevo Estado (Arrighi, 2007).

Las transformaciones fueron tan vertiginosas, so-bre todo porque como resultado de todo ello se esta-ba produciendo el cambio de una sociedad fuerte-mente rural a una sociedad fuertefuerte-mente industrial y metropolitana, que las tensiones sociales de esta Gran Transformación surgieron por doquier. Si bien el mundo campesino, en el interior de China, aunque erosionado, todavía tiene una dimensión muy im-portante. En este proceso de transformación surgie-ron demandas democráticas, que fuesurgie-ron segadas tras el aplastamiento popular en Tiannamen, en 1989. El

mismo año de la Caída del Muro de Berlín. Pero tras unos años de fuerte represión, el nuevo Estado-Partido para mantener su legitimidad no tuvo más remedio que permitir elecciones “plurales” en el pri-mer escalón de gobierno, el nivel municipal, permi-tiendo que “agrupaciones de electores” pudieran concurrir a las urnas. Era la manera de controlar las tensiones sociales, y orientar hacia las instituciones los conflictos, al tiempo que se blindaba para los miembros del PPCh los otros tres niveles superiores de gobierno. En China, debido a su enorme tamaño, encontramos cuatro escalones de gobierno del Estado. Es decir, la resolución de las tensiones se quería confinar en la escala puramente local, para impedir que prosperaran en extensión territorial y

hacia arriba, sin que eso menoscabase un ápice el au-toritarismo del PCCh. De esta forma, el sistema in-tentaba ganar en estabilidad y legitimidad, al menos mientras durara el crecimiento, que ha estado ba-tiendo récords en los últimos veinte años. China ne-cesitaba (y necesita) de esa importante tasa de creci-miento para absorber la fuerza de trabajo desplazada de su antiguo aparato productivo y administrativo, y para poder comprar petróleo en el mercado mun-dial9, a partir del flujo en dólares que iba a obtener con las exportaciones. Al mismo tiempo, también, el PPCh animaba a los nuevos empresarios a ingresar en el Partido, pues como ya dijimos: “Enriquecerse es un deber patriótico”.

Una de las características principales de la transi-ción y reestructuratransi-ción capitalista del Estado chino es que la iniciativa fue interna, previa a su previsible crisis total, y que todo el proceso siempre ha estado fuertemente controlado por el PCCh. Los actores ins-titucionales y empresariales occidentales han sido meros espectadores de lo que allí acontecía. Eso sí, sumamente interesados en sus resultados, por lo que les atañía. Y en esta apertura progresiva a la lógica de mercado dirigida por el Estado-Partido todavía sub-sisten espacios, principalmente en el mundo rural, fuera de la racionalidad del capital, debido a los inte-reses de estabilización político-social del propio Estado. El protagonismo pues del PCCh en toda la transición ha sido incontestable. E incluso durante la fuerte crisis del 97-98 que acabó afectando a toda la región, China se mantuvo incólume, y el FMI y el BM fueron incapaces de imponer sus recetas y reformas al gigante asiático. China se mantenía cerrada a la li-bre circulación de capitales con el resto del mundo, lo que actuaba como una especie de “muralla china mo-netario-financiera” que la blindaba de los vendavales especulativos que asolaron el sudeste asiático, según las palabras de George Soros (2002). Y los capitales occidentales se quedaron a sus puertas esperando que el Dragón chino sucumbiera ante el tifón desata-do por las fuerzas de los mercadesata-dos financieros, como había ocurrido con otros Estados de la región. China resistió y mantuvo el yuan vinculado al dólar, sin al-teraciones, mientras todas las monedas del sudeste asiático se precipitaban en el abismo, arrastrando consigo a sus economías, y obligando a sus Estados a ponerse en manos del FMI y el BM (Gowan, 2002).

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El derrumbe de la URSS y de su zona de influencia cercana Por otra parte, el otro gran actor “comunista” que empieza a percibir la ausencia de futuro, es la Unión Soviética en los ochenta. En esos años, la URSS atra-viesa su pico del petróleo y sufre de lleno la intensa bajada de los precios internacionales del crudo, su principal fuente de divisas. Gorbachov, ante la crisis, esclerosis, burocratización y fuerte erosión de legiti-midad del sistema inicia la Perestroika y la Glasnost, unas políticas atrevidas de reforma y transparencia. En gran medida se adelanta también a la posible cri-sis terminal del modelo, ante la creciente incapaci-dad del sistema para lidiar con los problemas, y debi-do a la pérdida de fe en los dirigentes entre los dirigi-dos. Pero la Glasnost no hace sino sacar a flote las mi-serias y contradicciones del sistema, pues activa una fuerte ebullición social, acelerando la crisis. Sin em-bargo, va a ser en la RDA, en la mitad del corazón te-rritorial de la Guerra Fría (la antigua Alemania), don-de el conjunto don-del sistema soviético va a iniciar su cri-sis terminal, tras un breve pero intenso periodo de fuertes movilizaciones (“Nosotros Somos el Pueblo”) y huída hacia Occidente por parte de sus ciudadanos, vía Hungría. La tremenda presión social derriba el régimen policial “comunista” y el Muro. Tras la Caída del Muro de Berlín (1989), las Revoluciones de Terciopelo se propagan como la pólvora por los paí-ses del Centro y Este de Europa, derribando las lla-madas “Democracias Populares”. Y, tras ello, la crisis final se precipita en poco tiempo, y se produce el co-lapso de la URSS (1991), el enorme corazón del siste-ma de Estados del bloque soviético. La estructura de poder que vinculaba entre sí todos los Estados se des-integra, predominando las fuerzas centrífugas sobre las centrípetas.

Los Estados del Centro y del Este piden rápida-mente el ingreso en la UE, con el fin de distanciarse

de su antiguo centro opresor y buscar una salida “propia”, al tiempo que establecen también vínculos con EEUU. Las sociedades presionaban claramente en esa dirección, y a los restos (abundantes) de las elites no les quedaba más remedio que seguirlas, pa-ra salvar el pellejo y su posición en la medida de lo posible. Al desintegrarse la URSS, sus Estados miem-bros recuperan la independencia y nueva capacidad de acción, llamando a la puerta de Occidente. Es otra etapa del siglo XX de importante creación de nuevos Estados, en la que habría que incluir la paulatina aparición de nuevos “mini-Estados” por la desinte-gración sangrienta de la ExYugoslavia. Un peculiar Estado “comunista” fuera de la esfera de influencia de la URSS, pero al que le afecta también de lleno el maremoto del colapso. Todo el aparato productivo centralizado soviético se desmorona, y la capacidad de producción industrial cae en poco tiempo más del 50% (Kothari, 2001). Un colapso en toda regla. El desmoronamiento y vacío de poder es enorme. Un momento único en la Historia moderna, que nos puede aportar algunas luces de cara a comprender futuros escenarios de colapso.

Nunca antes había ocurrido que una estructura política con tanto poder y tantos instrumentos para mantener el poder (KGB, enorme ejército, gran com-plejo científico, inmenso poder nuclear, posición de superpotencia, etc.) hubiese desmantelado su estruc-tura de dominio, reconociendo que el conjunto del edificio de poder no se correspondía con las nuevas circunstancias, al tiempo que procedía a dispersar el poder, sin que casi se disparara un tiro. Y nunca an-tes un Estado había decidido reducir tan fuerte y rá-pidamente su poder militar, su maquinaria de vigi-lancia, inteligencia y seguridad. Setenta años de in-tervencionismo estatal política y científicamente pla-nificado para destruir el capitalismo, y hacer que su población lo odiara, acabaron por producir exacta-mente lo contrario (Kothari, 2001). Los viejos ídolos y mitos, las estatuas de Lenin y Marx, se derribaron de la noche a la mañana y la población se ensañó con ellas. Las señas de identidad de décadas se derritie-ron. Los antiguos “Dioses” fueron tragados por la po-tencia del momento histórico. Nunca había ocurrido nada igual. La desorientación de la población era enorme. El ansia de agarrarse a una nueva opción de futuro, también. Y en esto, apareció Occidente que se presentaba a sí mismo como la gran Solución. Y la gente lo bendijo y se lo creyó. Todo lo proveniente de Occidente parecía bueno, y lo propio malo. Y las es-tructuras institucionales occidentales (FMI, BM, Think Tanks, etc.) pudieron entrar en este inmenso territorio sin problemas, es más, con todas las bendi-ciones, para reestructurar los restos del imperio

so-YOUKALI, 9

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(artículos)

uno, dos, mil... muros

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