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En Nueva España, el paso del siglo XVI al XVII se

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II Foro de Arqueología, Antropología e Historia de Colima

Juan Carlos Reyes G. (ed.)

Colima, México; Gobierno del Estado de Colima, Secretaría de Cultura, 2006.

LA INNOVACIÓN TECNOLÓGICA Y EL FIN DE UNA ERA

El caso de las Salinas de Cuyutlán, Colima

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Juan Carlos Reyes Garza

Dirección de Investigaciones Históricas Secretaría de Cultura del Edo. de Colima, México

1. Este trabajo fue pre-parado para el Congreso Internacional “Salinas de interior y medioambiente” (Sigüenza, España, 2006). Aquí se reproduce con algunas modifica-ciones y el propósito de difundirlo localmente. N. del A.

2. Para la descripción del proceso de “beneficio de patio” pueden cónsul-tarse: Reyes G., Juan Carlos, Sal, el oro blanco de Colima. Historia de la industria salinera de

coli-mense durante el virrey-nato; Colima, Méx.; Go-bierno del Estado de Co-lima, Secretaría de

Cultu-E

n Nueva España, el paso del siglo XVI al XVII se significó por un crecimiento prácticamente exponencial de la producción de plata, resultado del descubrimiento de minas portentosas como Taxco, Zacatecas, Guanajuato y Real del Monte, que hasta el día de hoy producen, más una multitud de grandes, medianos y pequeños “reales de minas” que antes y después surgieron y gozaron de sus propios momentos de esplendor. Y en el beneficio del mineral argentífero, realizado principal y mayormente mediante el proceso denominado “de patio” –introducido en América a mediados del siglo XVI y que se mantuvo en uso hasta el fin del siglo XIX– la sal jugó un papel relevante.2

De tal manera que sin lugar a duda puede afirmarse que el auge de la minería de la plata impulsó el desarrollo de la

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ra, 2004, pp.91-92; Bargalló, M., La minería y la metalurgia en la

Amé-rica española durante la Época Colonial; México: Fondo de Cultura Eco-nómica, 1955, pp. 268-270.

3. Reyes G., Juan Car-los, “El tapextle salinero.

Notas sobre su origen, distribución y variantes”, en Eduardo Williams (ed.), Bienes estratégicos del antiguo Occidente de México; México, El Cole-gio de Michoacán, 2004,

pp.183-202.

industria salinera novohispana. En ese contexto de extraordinaria demanda de sal en continuo crecimiento, en las salinas costeras del estado mexicano de Colima surgió la tecnología conocida como “pozo de tapextle”, que a lo largo de los siguientes 400 años habría de evolucionar y difundirse hasta ser, con variantes locales, la más comúnmente utilizada en las salinas costeras del Pacífico mexicano, desde el norteño Estado de Sonora hasta el de Chiapas en el sur, e inclusive hasta la vecina Guatemala.3

El surgimiento y rápida difusión de esta nueva tecnología fue la causa del abandono, en esa misma región, de las antiguas técnicas prehispánicas para la obtención de sal, como la recolección simple y las de sal cocida, y a la vez provocó la aparición de una serie de fenómenos sociales directamente vinculados con su aplicación, entre otros: la migración masiva estacional hacia las salinas y la aparición de ciertos oficios especializados.

Conforme la tecnología evolucionaba lo hacían también los aspectos sociales relacionados con la producción, aunque generalmente de manera más lenta, salvo el caso de la migración, que creció de manera continua durante los primeros tres siglos y comenzó a decrecer a partir de la segunda década del siglo XX, hasta abatirse de manera drástica en la última década del mismo, como consecuencia de la introducción de un único elemento: el plástico laminado –poliuretano– usado en el recubrimiento de los estanques de evaporación y concentración.

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cambios ocurridos durante la década pasada en la tecnología y procesos utilizados en las salinas de la Laguna de Cuyutlán del Estado de Colima, México, y sus consecuencias más notables. Antes, para la mejor comprensión de estos es necesario describir el complejo tecnológico del pozo de tapextle en su forma tradicional, y los procesos necesarios para su operación, como se practicaron hasta mediados de la década de 1990.

Descrito de manera sucinta, el tapextle –nahuatlismo que significa emparrillado– es un filtro compuesto de varias capas de materiales diversos (básicamente carrizo, zacate y arena), construido sobre una estructura de madera más o menos elevada, mediante el cual se realiza la lixiviación de tierra con alta concentración de sal. Bajo la estructura que sostiene el filtro se encuentra la “taza”, depósito que recibe la salmuera producto de la lixiviación, al frente de la misma están las “eras” o estanques de evaporación, y a un costado el “tajo”, un pozo que provee el agua necesaria para llevar a cabo el proceso. Es importante hacer notar que lo anterior se construye sobre terrenos sometidos a inundación anual, por lo que con la salvedad de la estructura que sostiene al filtro, construida con maderas duras, el resto debe reconstruirse anualmente.

Concluida la construcción de los elementos mencionados da inicio el proceso, que a grandes rasgos implica los siguientes pasos: 1) obtención de tierra salitrosa; 2) traslado de ésta al filtro; 3) mezclado de la tierra con agua del tajo para su lixiviación; 4) acumulación de la salmuera en la taza; 5) vertido de la salmuera en las eras o estanques de evaporación; 6)

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4. Descripciones detalla-das del complejo y pro-cesos pueden cónsul-tarse en Reyes Garza, Juan Carlos, “El pozo de tapextle de Colima, Mé-xico. Breve historia de un

ingenio tecnológico para la producción de sal”; en

Journal of Salt-History

4:117-135 (Austria, Inter-national Commission for the History of Salt, 1996).

recolección de la sal cristalizada; 7) traslado, almacenamiento y empaque de la sal.4 Estos pasos se repiten de manera continuada a lo largo de la temporada de trabajo, llamada “zafra”, que tiene lugar de febrero a mayo.

Hasta aquí he usado el tiempo presente para hacer esta descripción sumaria, sin embargo, lo cierto es que más certero sería hacerla en pasado pues ya casi nada de lo descrito se usa o practica. Veamos pues los cambios y sus consecuencias.

Figura 1.Tapextle y vista parcial de las eras construido con las técnicas tradicionales. Cuyutlán, Col., 1982.

El fin de los tapextles

Como ya mencioné, el tapextle evolucionó a lo largo de los siglos. Originalmente, en el siglo XVII era una pequeña estructura circular, con superficie de aproximadamente 2m2, que cambió a rectangular y paulatinamente fue creciendo hasta alcanzar en su momento de máximo apogeo (s.XIX) los 24m2 en

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promedio. El crecimiento del filtro significaba incremento en la producción de salmuera, y en consecuencia la necesidad de contar cada vez con mayor número de eras, y eras de mayor tamaño.

Como es común entre la gente del medio rural, la mayoría de los salineros fueron capaces de construir por sí mismos todos los elementos del tapextle y sus anexos, sin embargo requerían de un especialista que los auxiliara en dos pasos de la construcción: nivelar las terrazas donde se construirían las eras, y dar el acabado a: pisos, bordos y canales comunicantes de las eras, bordo del contenedor del filtro –llamado “ñagual” –, y el interior de la taza. A este trabajador especializado se le llamaba “tendedor”, nombre que hacía referencia a que era él quien hacía el “tendido” o trazado de las eras. La razón de ser del trabajo de los tendedores era lograr que el lixiviado y la evaporación se dieran de la manera más uniforme posible, lo que requería que todo estuviera perfectamente nivelado, y que bordos, taza, eras y canales fueran impermeables, lo que lograban mediante el bruñido del mortero, preparado con arena, cal y salmuera, bruñido que se hacía a mano, utilizando piedras previamente pulidas y adheridas a una pieza de madera.

El proceso de reconstrucción y construcción un pozo promedio, con cuarenta eras de 3 x 5 m c/u, equivalentes a 600 m2, demandaba la participación de al menos cuatro hombres –uno o dos tendedores y sus mozos o peones--, y de principio a fin tomaba aproximadamente un mes. En la actualidad casi nada de esto es necesario. Ahora un pozo promedio tiene la misma cantidad de eras,

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cuarenta, pero sus medidas son 7 x 7 m c/u, que son 1960 m2, y entre dos hombres pueden terminarlas en solamente una semana. El oficio de tendedor desapareció. Hoy es suficiente con nivelar “a ojo” el terreno donde se instalarán las eras, sin escalonamiento, levantar los bordos con la misma tierra que se obtiene al ir nivelando, y cubrir todo con plástico negro laminado. La utilización generalizada de bombas con motor a disel o gasolina hace innecesarios los canales para el vertido por gravedad.

Figura 2. Tendedores en el proceso de nivelar y bruñir las eras. Cuyutlán, Col., ca. 1982.

También desaparecieron la recolección, traslado y lixiviado de la tierra. La recolección de tierra demandaba realizar primero el “gateado” o “rascado del panino”, la capa superficial del piso, endurecida por la alta concentración de sal, acción que se realizaba mediante una rastra triangular llamada “gata”, provista de grandes

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clavos metálicos, tirada por una bestia o por el salinero mismo. Anteriormente la tierra era trasportada al filtro valiéndose de canastos de carrizo, que el salinero cargaba en la cabeza, o mediante costales de arpilla cargados por bestias. Una vez en el filtro la tierra era mezclada con agua del tajo, que se subía con cántaros de barro, más tarde recipientes de hojalata, y desde la década de 1970 con bomba mecánica. El gateado, recolección y acarreo de tierra se repetían continuamente durante toda la temporada de producción, debiendo el filtro ser limpiado y recargado cada cuatro días en promedio.

Figura 3. Salinero preparando las eras para recibir la cubierta de plástico (abajo a la derecha). Cuyutlán, Col., 2006.

Al dejar de ser la tierra la fuente principal de la sal, evidentemente su recolección y lavado –lixiviación– dejaron de tener sentido, haciendo obsoletos el filtro, la taza y el tajo. En la actualidad la sal se extrae directamente del agua de la laguna, por lo que basta con

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excavar, valiéndose de una retroexcavadora mecánica, un canal que la acerque al área donde se van a construir las eras y los –antes inexistentes-- estanques de concentración, de 7 x 50 m, donde se la deja hasta alcanzar 20° Baume, para luego simplemente bombearla de estos a las eras.

Figura 4.Tierra “gateada”, lista para ser llevada al tapextle. Cuyutlán, Col., ca. 1982.

Figura 4.Canal y bomba para extraer agua de la laguna. Cuyutlán, Col., 2006.

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Antes de que se generalizara el uso de plástico como recubrimiento, recoger la sal cristalizada era un trabajo que debía hacerse cuidando de no lastimar el bruñido de las eras, por lo que se realizaba manualmente, valiéndose de paletas hechas de “vástago”, nombre local de la vaina que cubre la inflorescencia del cocotero; un material suave y relativamente flexible. Con el mismo propósito de cuidar el bruñido se usaban preferentemente herramientas de madera y fibras vegetales. La sal recogida se escurría y apilaba utilizando canastos de carrizo, aunque ciertamente éstos hace al menos dos décadas se cambiaron por carretillas con caja de fibra de vidrio, resistentes a la corrosión. La mayoría de aquellas herramientas eran manufacturadas por los mismos salineros, y las que no, como los canastos, lo eran por artesanos de las comunidades vecinas. En la actualidad prácticamente todo el instrumental usado es de fabricación industrial; escobas de plástico, palas y rastrillos metálicos son lo común.

Hasta aquí, a grandes rasgos he descrito los cambios que a partir de la década de 1990 se han sucedido en la tecnología y el proceso. Veamos ahora los cambios causados por estos, que trascienden el medio estrictamente salinero y afectan de manera directa la economía y tejido social de la región, y de manera notable el medioambiente de la Laguna de Cuyutlán.

Los cambios económicos y sociales

La desaparición de oficios especializados, como el de los tendedores, puede y debe lamentarse como una pérdida cultural, al igual que otros elementos que

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veremos adelante, pero lo que realmente obliga a prestar atención en el caso es un hecho que se dice fácil y en primera instancia resulta beneficioso: la nueva tecnología permite producir más sal con menos esfuerzo. Dicho con otras palabras, reduce al mínimo el trabajo del salinero, a la vez que le permite producir hasta cuatro veces más. Pero este aparente milagro esconde trampas que podrían tener consecuencias negativas en el mediano plazo.

Como vimos, hacer sal con el nuevo sistema no requiere de la construcción del complejo pozo de tapextle, que fue característico de las salinas de Cuyutlán. Hoy basta con nivelar un área relativamente pequeña, levantar bordos con tierra suelta, cubrir todo con plástico negro laminado, cavar un canal para abastecerse de agua salobre, bombearla, y confiar en el clima para su rápida evaporación y la consecuente cristalización de la sal. La simplicidad del proceso es tal que hace innecesario poseer el conocimiento profundo del oficio, acumulado por generaciones de salineros. Basta con saber utilizar un densímetro, para medir la concentración de la salmuera, y mantener los estanques libres de algas y otros organismos que proliferan con el uso de aguas no tratadas, y que antes se evitaban mediante el proceso de lixiviación.

Con el método y tecnología tradicionales, un pozo de tamaño promedio requería del trabajo de cuatro hombres y su producción promedio por temporada era de 100 toneladas, o sea 25 toneladas por hombre. Con el método actual el número de hombres se redujo a la mitad y la producción se cuadriplicó; con sólo dos hombres un pozo puede rendir hasta 200 toneladas por temporada.

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5. En México las costas oceánicas, las corrientes y cuerpos de agua

inte-riores, así como sus le-chos y playas son propie-dad Federal, por ello Go-bierno Federal es el ú-nico autorizado para otor-gar concesiones para su uso y explotación. Es

jus-to reconocer que la ma-yoría de los nuevos em-presarios de la sal son antiguos salineros, y que prefieren contratar a salineros con

experien-cia.

Además, antes, para iniciar la construcción del tapextle y eras y la recolección de tierra, era necesario esperar a que el piso de la laguna estuviera totalmente seco, condición que en un año de precipitación pluvial normal se presentaba hacia finales del mes de febrero; en tanto que hoy, al no ser la tierra salobre el factor determinante, es posible comenzar a preparar el terreno desde noviembre o diciembre y obtener los primeros productos de la cosecha en diciembre o enero. La temporada de producción o “zafra” se amplió, de cuatro a siete meses.

Esto haría suponer que se produce una crisis de empleo entre los salineros, pero la paradoja es que hoy parece haber más individuos dedicados a esta labor. Paradoja que se explica porque al no requerir conocimiento profundo del oficio, prácticamente cualquiera puede convertirse en un “obrero de la sal”. Lo que ha dado pie para que a partir de mediados de la década de 1990 varios particulares soliciten y obtengan del gobierno concesiones para explotar salinas en las playas de la Laguna de Cuyutlán,5 y con ello se ha roto el monopolio que desde el fin de la Revolución Mexicana – 1921– habían mantenido las cooperativas de salineros en el Estado de Colima y otras regiones del país.

La consecuencia más grave de esta apertura, desde el punto de vista económico, es la sobreproducción. Las salinas artesanales tienen un mercado históricamente limitado, tan tradicional como las salinas mismas. Al incrementarse la producción con poco control y sin planeación alguna, ha surgido la competencia entre las cooperativas y los particulares, evidentemente en términos de desigualdad por los compromisos que las

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primeras tienen con sus miembros, y de la que hasta el momento los principales beneficiarios han sido los comerciantes mayoristas. Este año de 2006 fue posible ver un ejemplo de lo dicho: la Sociedad Cooperativa de Salineros de Colima no produjo, debido a que aún tenía en bodega la producción del 2005, que no se vendió, según ellos afirman, porque los productores particulares vendieron su sal a precios muy por abajo del oficialmente establecido. Aparentemente los controles oficiales sobre calidad y precio se aplican de manera discrecional.

Figura 5. Bodega de la Sociedad Cooperativa de Salineros de Colima. Fotografía tomada en mayo de 2006, mostrando la sal

cosechada antes de junio de 2005.

Otra característica de la industria salinera tradicional de la costa del Pacífico mexicano fue la migración anual. Durante la temporada de la zafra --febrero a junio-- los salineros y sus familias migraban a la costa. Estos rara vez radicaron de manera permanente en las zonas de salinas. En el caso particular de Cuyutlán procedían de

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poblaciones distantes entre 20 y 200 km de la laguna. Hasta el siglo XIX la migración hacía surgir aparentemente de la nada pequeños caseríos, levantados con materiales efímeros, que desaparecían al terminar la temporada. Este patrón migratorio se fue modificando en la medida en que se modernizaban las vías de comunicación. Hasta 1950 el viaje de la Cd. de Colima a las salinas de Cuyutlán, que podía realizarse en ferrocarril o por camino carretero, tomaba seis, ocho o más horas, en la actualidad se hace en 45 minutos, viajando por una moderna autopista de cuatro carriles. Sin embargo, todavía en la década de 1970 la migración de familias enteras era tan importante que las autoridades estatales de la educación pública hacían un caso de excepción, para permitir que los hijos de los salineros asistieran alternadamente a las escuelas de su lugar de origen y a las de los pueblos más cercanos a las salinas.

Las mujeres de los salineros no trabajaban en las salinas, pero atendían las necesidades de sus hombres e hijos, y con frecuencia también de los peones contratados por el marido. Los hijos varones en cambio, regularmente ayudaban al padre en su trabajo de la sal, lo que aseguraba la transmisión del conocimiento del oficio. La conjunción de mejores vías de comunicación y tecnología de producción más eficiente ha hecho innecesaria la migración familiar, y con ello no solamente se pone en riesgo la integridad de la familia –con la ausencia parcial del padre por un periodo de entre cuatro y seis meses–, también se rompe el proceso de transmisión del conocimiento. Los hijos de los salineros

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de hoy ya no aprenderán el oficio.

Sus efectos sobre el medioambiente

La Laguna de Cuyutlán enfrenta diversos problemas de contaminación: la presencia en su extremo norte de una importante planta termoeléctrica, el crecimiento de los poblados existentes en sus márgenes, entre los que destaca el Puerto de Manzanillo que hoy es el puerto de carga más importante del Pacífico mexicano, y el azolve de los canales que la comunican con el océano son algunos, a los que ahora se viene a sumar el plástico desechado por la industria salinera.

No dispongo de cifras exactas sobre la extensión de la superficie lagunar, pero sabemos que su vaso tiene aproximadamente 36 km de largo por 4 km en su parte más ancha, y su profundidad promedio es de de 1.5 metros. Durante la temporada seca el espejo de agua se reduce dramáticamente, hasta en un 40 por ciento, y es en las áreas que quedan expuestas, mayoritariamente de su extremo sur, donde se asientan las salinas.

Debido a que en su forma tradicional la tecnología salinera utilizaba casi de manera exclusiva materiales tomados del entorno, su efecto como factor contaminante había permanecido nulo a lo largo de siglos. De hecho, la única alteración notable del paisaje atribuible a la producción de sal eran los tapextles mismos, que una vez abandonados se desintegraban en un lapso de alrededor de veinte años, dejando como huella de su existencia los “terreros” –acumulaciones de tierra lixiviada–, que con el tiempo también se desintegraban o, los de mayor tamaño se cubrían de vegetación,

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convirtiéndose en pequeños islotes de bajo perfil. Pero con el plástico es otra cosa; se trata de un elemento ajeno al entorno, no biodegradable. El poliuterano es prácticamente indestructible.

Figura 6. Tapextle abandonado y su terrero cubierto de vegetación. Cuyutlán, Col., 2006.

Un pozo promedio, que tenga cuarenta eras de 7 x 7 m y tres estanques de concentración de 7 x 50 m, utiliza aproximadamente 3000 m2 de plástico laminado. La cantidad de pozos en explotación varía año con año, pero haciendo una estimación conservadora es posible afirmar que anualmente se explotan como mínimo 300 pozos, lo que representa 90 hectáreas cubiertas de plástico durante siete meses del año. 900 mil m2 de plástico que anualmente serán desechados y abandonados in situ.

Aquí resulta necesario hacer un paréntesis para señalar que el concepto de “pozo”, entendido hasta hoy como la unidad de producción que comprende al

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tapextle, eras y parcela de tierra salitrosa suficiente para ser beneficiada por un salinero y sus peones, pronto resultará obsoleto y su uso se limitará a trabajos de corte historiográfico pues, las nuevas salinas privadas, que en sentido estricto no requieren de parcela de tierra salitrosa y son beneficiadas por una empresa y sus obreros, puede ser tan grande que no admite comparación. Por ejemplo, en el presente año de 2006, la salina llamada La Coronita (Figura 8), emplea 30 obreros de la sal para atender 600 eras. Es lógico suponer que en el mediano plazo las cooperativas adoptarán una forma de organización para la producción similar a la de estas nuevas empresas.

Figura 7. Anualmente los productores de sal, cooperativistas y privados en conjunto, cubren con plástico 90 hectareas o más del

lecho de la laguna. Salina La Coronita, Cuyutlán, Col., 2006.

Me atrevo a afirmar que no se ha realizado hasta la fecha ningún estudio que nos permita saber el efecto que esto tiene o puede tener a mediano y largo plazo

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sobre la flora y fauna locales.

En el subsuelo fangoso de la laguna habitan y se reproducen: gusanos, insectos, variedad de crustáceos y sus larvas, así como algas, que en conjunto forman la base de la cadena alimenticia de la rica fauna avícola presente en la laguna, conformada por más de una veintena especies de aves acuáticas: garzas, ibis, espátula rosadas, cigüeñas, patos, pelícanos, fragatas, etcétera, y de algunos mamíferos silvestres como coyotes, mapaches y tejones entre otros.

Figura 8. Laguna de Cuyutlán es zona de anidamiento de gran diversidad de aves acuáticas.

La mayor parte del plástico se utiliza solamente una temporada, y si bien en teoría el plástico desechado se debe vender a empresas recicladoras, en la práctica esto no sucede. El argumento de los salineros para no hacerlo es que resulta más caro limpiarlo –no lo reciben con restos de sal– y llevarlo a la recicladora, que lo que ésta les paga por él. Entonces, simplemente se recoge y abandona al aire libre en áreas más o menos ocultas de

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la laguna, o es quemado, o enterrado, y en algunos casos vendido o regalado a los fabricantes de ladrillo para ser usado como combustible. La quema del plástico desechado es la que produce los efectos negativos más visibles. Por una parte está la contaminación atmosférica, y por otra el hecho de que las quemas se realizan durante la temporada seca, lo que ocasiona la destrucción de la ya de por sí escasa vegetación que crece en el piso de la laguna y sus islotes.

Figura 10. Destrucción de la vegetación de los islotes de la laguna, causado por la quema del plástico desechado.

Cuyutlán, Col., 2006.

La posición de los salineros ante el problema de la contaminación causada por el plástico es ambigua. Saben que están contaminando su medio, y saben que es ilegal, pero tienden a minimizar el daño, y en no pocos casos a negar su participación y responsabilidad en él, a pesar de la evidencia. En cuanto a las instancias de gobierno responsables del cuidado del medioambiente,

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su desatención al problema es tan evidente como el plástico mismo.

Figura 11. Plástico de desecho abandonado en el lecho de la Laguna de Cuyutlán, Col., 2006.

La introducción del plástico laminado tiene menos de veinte años, la generalización de su uso menos de diez, y sin embargo la ominosa presencia del plástico negro desechado ya es un elemento que se destaca en el paisaje de la laguna.

Conclusiones

En esta rápida exposición he tratado de mostrar los hechos, sin pretender ocultar mi parcialidad como amante de las tradiciones y del paisaje salinero, pero el asunto es controversial.

Por definición, la cultura es dinámica. La tecnología misma de los salineros de Cuyutlán ha estado sujeta a una continua evolución, donde la introducción de plástico representa un paso más, pero éste parece ser de

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consecuencias mayores, porque su impacto no sólo afecta de manera directa el quehacer salinero, lo trasciende y quizá lo amenaza. Dar vuelta atrás se antoja imposible, y seguramente innecesario. La percepción que los salineros tienen de la nueva tecnología es simple y positiva: menor esfuerzo y mayor beneficio. Los aspectos negativos son vistos por ellos como algo distante y ajeno. La solución a fondo del problema, como en muchos otros asuntos, parece estar en la educación, pero esto da resultados a largo plazo. Es urgente hacer algo inmediato, antes de que sus efectos sean irreversibles, y la respuesta está en manos de las autoridades reguladoras de la industria y el medioambiente.

El problema también traspasa los límites de la Laguna de Cuyutlán pues el uso del plástico laminado se difunde rápidamente por todas las salinas costeras de México, personalmente lo he visto en salinas de los estados de Guerrero, Michoacán y Oaxaca en el Pacífico, y Yucatán en el Golfo de México, y estoy seguro que pronto estará presente en las salinas interiores.

Su impacto genera cambios tan rápidos como profundos, que hacen prever como inminente la transformación y en algunos casos la desaparición de las técnicas, métodos y procesos ancestrales, y los fenómenos y complejos culturales relacionados a esta industria tradicional, haciendo que resulte urgente que quienes estamos interesados en el tema de la sal aceleremos el paso en su registro y documentación.

En un plazo imposible de precisar, pero seguramente corto, el orgullo de “ser salinero” dejará de ser parte de la identidad colectiva del colimense, aunque sobreviva la

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posibilidad de ser “obrero de la sal”.

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