E X C A V A C I O N E S A R Q U E O L O G I C A S E N E S P A Ñ A
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EL T E S O R O Y L A S
P R I M E R A S E X C A V A C I O N E S DE E B O R A
(Sanliicar de Barrameda)
Memoria redactada por
J. de M . Carriazo
MINISTERIO D E E D U C A C I O N Y CIENCIA. DIRECCION G E N E R A L DE B E L L A S A R T E S SERVICIO N A C I O N A L D E E X C A V A C I O N E S A R Q U E O L O G I C A S
E X C A V A C I O N E S A R Q U E O L O G I C A S E N E S P A Ñ A
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EL TESORO Y LAS
PRIMERAS E X C A V A C I O N E S DE EBORA
(Sanlúcar de Barrameda)
Memoria redactada por
J. de M . Carriazo
MINISTERIO D E EDUCACION Y CIENCIA. DIRECCION GENERAL DE BELLAS ARTES
Langa y Cía. MADRID.—Depósito legal: M . 675-1970.
DOI: 10.4438/675-1970
I. E L TESORO DE EBORA
1.—OBSERVACIONES PRELIMINARES.
E l conjunto que ahora llamamos tesoro de Ebora es la reagrupación de piezas obtenidas en tres momentos y por tres procedimientos muy diferentes, pero todas procedentes de un mismo lugar, en el que segura- mente estaban reunidas: a poco más de 30 m. al Norte de la casa-cortijo de Ebora, término de Sanlúcar de Barrameda, provincia de Cádiz. Pro- bablemente estarían dentro de un cacharro que, roto por la reja de des- fonde de un tractor, nadie vio ni ha dejado resto identificable.
Pérdida muy de lamentar, porque ese recipiente nos ayudaría mucho para fijar la fecha de ocultación del tesoro.
Por su procedencia inmediata y por el procedimiento de obtención, este conjunto, que reúne 93 piececitas de oro y 43 de cornalina, y que no está completo (faltan, por lo menos, 9 piezas de la gran diadema), se descompone en los tres lotes siguientes:
a) Las piezas encontradas sobre el terreno, recién arado, por el niño de ocho años Francisco Bej araño Ruiz, en la tarde del domingo 23 de noviembre de 1958, fueron unas 43 piezas de oro, que se clasifican a s í :
1 extremo triangular de la gran diadema, con su anilla.
4 estuches o piezas articuladas de la diadema, con caras humanas.
1 estuche o pieza articulada de la diadema, terminada en doble arco.
4 piezas rectangulares, con bordes ondulados, de la diadema.
4 piezas cuadradas y articuladas, de la misma diadema.
2 anillos con el chatón grabado.
2 arracadas con labor de filigrana.
2 cadenas y 2 colgantes, que se enlazan.
10 abridores o pendientes amorcillados.
10 cuentas de collar, de oro, como todo lo demás.
1 barra estrecha de oro, a modo de torques.
Este lote nos fue entregado para su estudio y presentación al Estado el día 10 de diciembre de 1958 por don Antonio de León Manjón. Enton-
ees les dimos a las piezas un primer montaje, que luego resultó erróneo, y más tarde las devolvimos para unas diligencias judiciales. Con esta ocasión se fotografiaron de nuevo en Cádiz, y con nuestro montaje pro- visional se publicaron por la señora Concepción Blanco y por el señor Maluquer, al que facilitamos nuestras fotografías.
b) Por recuperación de algunas piezas que habían sido escondidas en el garaje de la finca y por algunos cavoteos desordenados en el lugar del hallazgo se formó un segundo lote, con 20 piezas de oro y 5 de cor- nalina, a saber:
1 segundo extremo, triangular, de la diadema, con su anilla.
2 estuches o piezas articuladas de la diadema, con caras.
1 estuche o pieza articulada de la diadema, terminada en doble arco.
2 piezas rectangulares, articuladas, de la misma diadema.
2 barriletes o cilindros cerrados, cubiertos de filigrana.
1 colgante de collar en forma de palmeta.
8 cuentas de collar bicórneas.
2 cuentas de collar en forma de farolitos.
I tubito final de una cadena, de oro, como todo lo anterior.
5 cuentas de collar en cornalina.
Este lote nos fue entregado por don Antonio de León Manjón, en representación de todos los propietarios del cortijo de Ebora, y en San- lúcar de Barrameda, el día 27 de julio de 1959, mientras realizábamos la excavación oficial del yacimiento.
c) Por último, el lote de piezas que obtuvimos en nuestra excavación sistemática del terreno durante los meses de julio y agosto de 1959. Este lote lo constituyeron 30 piececitas de oro y 38 de cornalina, distribuidas de este modo:
3 estuches o piezas articuladas de la diadema, terminadas en doble arco.
5 piezas cuadradas y articuladas de la misma diadema.
II cuentas de collar, mayores.
7 cuentas de collar, menores.
1 cuenta de collar en forma de farolito.
2 estuches o colgantes de collar.
1 fragmento, indeterminado, de oro, como todo lo anterior.
38 cuentas de collar en cornalina.
Los dos primeros lotes fueron ofrecidos en venta al Estado, que los adquirió (mejor dicho, los indemnizó) por la cantidad de 55.000 pesetas.
Los tres lotes se entregaron, juntos, en el Museo Arqueológico Provincial de Sevilla el día 13 de junio de 1961. Los entregamos con el montaje defi- nitivo de la gran diadema (27 piezas, sin contar aparte 2 cuadrados, so- brantes, y las 2 anillas terminales), los 2 colgantes o adornos para las mejillas, con cadenas y tonelitos (4 piezas cada uno) y un collar en el que montamos juntos 4 colgantes, 39 cuentas de oro y 43 cuentas de cornalina.
En suma, y sin duda alguna, el conjunto más copioso y más primoroso de la joyería prehistórica española. Y el único (antes del de Villena) del
que una parte, cuando menos, ha sido obtenida en una excavación regu- lar, con su estratigrafía y su contexto arqueológico.
Estas circunstancias verdaderamente excepcionales, que la ciencia arqueológica sabrá estimar en todo su valor, justifican el estudio meti- culoso que venimos realizando, del que las páginas siguientes son apenas un resumen y un avance provisional. Estamos seguros de que la gran diadema de Ebora será pronto una pieza famosa.
2.—PRIMER MONTAJE, PRIMEROS ESTUDIOS.
Durante el tiempo que tuvimos por primera vez en nuestras manos las piezas del primer lote de joyas recogidas en Ebora iniciamos su estu- dio, simultaneándolo con el de las joyas y el fondo de cabana de E l Ca- rambolo, que para entonces ya habíamos excavado. Las grandes lluvias del invierno 1958-1959 retrasaron Ja posibilidad de visitar el lugar del hallazgo, y todavía más la de excavarlo, cosa que no fue posible iniciar hasta los meses de julio y agosto de 1959. Teníamos justa impaciencia por dar a conocer más detenidamente que en nuestras primeras comu- nicaciones el tesoro y el yacimiento de E l Carambolo Alto, y dimos pre- ferencia a una monografía de conjunto, que estuvo preparada en pocos meses y que no se publicó entonces por razones ajenas a nuestra volun- tad. Con ello las joyas de Ebora quedaron un poco postergadas; y para no retrasar demasiado su conocimiento cedimos a nuestro compañero señor Maluquer la oportunidad de una primera publicación, enviándole nuestras fotografías de Sevilla, propias y del señor González-Nandín.
De primera intención observamos, como era forzoso, todas las dife- renciasjjue separan las joyas de Ebora de las grandes piezas de E l Ca- rambolo. Por lo pronto, con su tamaño mucho menor, su trabajo más primoroso, con las novedades técnicas, que culminan en el uso intensivo del granulado, que en E l Carambolo apenas aparece. Luego, la circuns- tancia de que casi todas aquellas piezas de oro están construidas para insertarlas en conjuntos articulados, mediante canutillos que encajan entre sí, por los que se pasarían hilos metálicos, o mediante orificios de suspensión.
Entonces ensayamos un primer montaje (mediante hilitos de cobre, como en el definitivo), distribuyendo las piezas de armar en tres conjun- tos : una diadema o brazalete, un collar y un par de colgantes con cade- nas. Todos vimos que este montaje era uno de tantos posibles y que cabría mejorarlo, como hemos podido hacer, disponiendo de todas las piezas.
Uniendo las piezas cuadradas y rectangulares con doble articulación, cuatro de cada especie, formamos un brazalete que encajaba perfecta-
mente; como que se hicieron para estar unidas, dos a dos, una de cada especie, en la gran diadema definitiva. Los colgantes o estuches, cuatro con caras humanas y uno terminado en doble arco, que entonces se co- nocían, las armamos en un collar, alternando con las seis grandes cuen- tas de collar bicónicas. En este caso nos guiamos por el collar de La Ali- seda; pero no quedamos nada convencidos de la combinación. Finalmen- te, vimos ya que las cadenas con los nudos de Hércules y los colgantes
con cuatro caritas y dos crecientes se completaban, y esta montura ha sido matenida, uniéndole los barrilitos, incorporados después.
Por este montaje nuestro se han hecho las dos publicaciones de este primer lote que ya existen. La de Maluquer, Nuevos hallazgos en el área tartésica (Zephyrvs, IX-2, Salamanca, 1958, págs. 201-218), y la de Con- cepción Blanco de Torrecillas, El tesoro del cortijo de Evora (Archivo Español de Arqueología, X X X I I , núm. 99-100, Madrid, 1955, págs. 50-57), que aparecieron después de la fecha que llevan las respectivas revistas.
Y han quedado doblemente superadas por la aparición de muchas más piezas del único yacimiento y por montajes más correctos. Con todo lo que la excavación ha añadido para la estratigrafía y el contexto arqueo- lógico.
No queremos, en modo alguno, subestimar estos estudios. E l de Ma- luquer reproduce como entrada un texto de Schulten: «La investigación arqueológica del reino de Tartessos, que ha sido la región más rica y más culta de la España antigua, constituye la misión más importante de la Arqueología española». Luego pasa revista a las últimas aportaciones al problema de Tartessos y a su vieja preocupación por el tema, centrada en la publicación, que le cedimos, del que llamó bronce Carriazo, para destacar los descubrimientos de E l Carambolo y su presencia por nues- tra invitación a una fase de las excavaciones del fondo de cabana. Así llega al tema principal, refiriéndose a las primeras noticias de la direc- tora del Museo Arqueológico de Cádiz en la prensa local (Diario de Cádiz, 19-XII-1858).
«Las joyas —dice— no constiluyen, en modo alguno, un conjunto homogéneo. Son todas de oro puro, pero pertenecen a corrientes distin- tas, unas claramente orientalizantes, otras, sin la menor duda, célticas
peninsulares. Aunque no se tienen detalles fidedignos de la forma en que han aparecido, de su análisis arqueológico, pues pertenecen a épocas dis- tintas, deducimos que corresponden al expolio de una necrópolis. Una ciu- dad que vive por lo menos desde el siglo v i l a. de C. hasta la época impe- rial romana, tuvo varias necrópolis. M i l años de vida dejan restos apre- ciables, y auguramos a los excavadores éxitos de importancia. Para nos- otros, la excavación del cortijo de Evora representará revivir una ciudad
tartésica en su origen y, por consiguiente, de la máxima importancia».
En efecto, las joyas de Ebora, añadidas las que después se descubrie- ron, ofrecen diversidad de técnicas y de influencias. La excavación ha demostrado, por lo pronto, que las joyas estaban depositadas dentro del recinto urbano.
«De los lotes de joyas que describimos —asegura después— se deduce la existencia de unas concomitancias técnicas con el mundo orientali- zante etrusco del siglo v i l , muy claras en el brazalete y collar con gra- nulado, sin que nos decidamos a considerarlas como verdadera importa- ción etrusca. E l brazalete articulado, con las reservas que formularemos, es una pieza del más alto interés y muy nueva. Las figuras de granulado, por el contrario, reflejan un conocimiento de las figuras etruscas de gra- nulado técnicamente análogas, pero desde un punto de vista artístico
mucho más perfectas».
Para Maluquer, el par de colgantes con cadenas, o, como él dice, «el collar con máscaras en los extremos, con el símbolo tan característico
del disco y los crecientes lunares, refleja tradiciones más puras del Medi- terráneo oriental, Fenicia y Chipre, principalmente. Piezas de este tipo explicarán más tarde, a nuestro juicio, las piezas de E l Carambolo, en las que la roseta se transforma en motivo dominante casi exclusivo. Es- tas joyas serán, por consiguiente, más antiguas que las de E l Carambolo, probablemente igual que las anteriores, aún del siglo v i l a. de C. E l frag- mento de diadema será algo posterior (siglos vi-v)... Lo mismo podemos decir de las arracadas circulares..., algo más tardías, aunque quizás
deban fecharse a fines del siglo v i a. de C » .
Por otra parte, «las piezas sencillas, los dos anillos con chatón y el torques o brazalete liso... son, sin duda, piezas de tradición céltica, que perduraron muchísimo tiempo... Históricamente existe influencia céltica en el bajo Guadalquivir desde el siglo v i a. de C , pero no olvidemos que incluso en el siglo I I existían tropas célticas entre las ciudades taifas turdetanas. Estas sortijas y torques pueden fecharse en cualquier mo- mento entre el siglo v i y el II, aunque las sortijas pudieran quizás ceñirse mejor a los siglos m-ii».
Tras de este avance cronológico, Maluquer va examinando las piezas una por una. Del que armamos primero como brazalete, «una de las joyas más interesantes», piensa que está incompleto y que debió constar de seis piezas de cada clase, en vez de cuatro y cuatro. De la pieza, entonces única, del cuadrado con orejetas, opina que «corresponde real- mente al primer elemento del brazalete, que tendría otra pieza análoga, hoy perdida, en el extremo opuesto». Y añade: «Este brazalete, que por la técnica de su decoración, se relaciona estrechamente con los res- tos de un collar que a continuación describiremos, constituidos por cinco estuches con una representación figurada de filigrana y siete cuentas bicónicas, también decoradas con granulado. Todas estas piezas creemos
que son obra de la misma mano, y aún tenemos la duda de si se trata en realidad de un brazalete y un collar o son todos elementos de una sola joya, que podría ser un collar». La técnica «pertenece, sin género de dudas, al siglo v i a. de C». Establece un paralelo con Cerdeña, e insiste:
«Repetimos que es muy posible que nos hallemos ante los restos de un collar, en el que cada uno de los estuches con figuras colgara a su vez de dos elementos articulados, una placa rectangular y otra cuadrada, res- pectivamente, separadas entre sí por cuentas bicónicas».
Examina luego el que armamos como collar. «De un bellísimo collar se conservan cinco estuches con representación figurada y siete cuentas bicónicas, todo decorado con granulado finísimo, del mejor arte y téc-
nica del siglo vil». Y va describiendo los elementos. De los estuches con caras humanas dice que «la forma en realidad reproduce la de los car- tuchos egipcios, y debe atribuirse concretamente a una aportación feni- cia, a través de la artesanía fenicia y de la chipriota». De las caras, que
«la primera impresión es que se trata de simples máscaras; incluso en uno de los ejemplares el rectángulo de granulos que dibujan la boca sugiere la presencia de unos bigotes, que le asemejan a determinadas representaciones de carátulas de Sileno, como por jemplo las del bellí- simo collar de Ruvo, del Museo de Ñapóles». Y ensaya una interpreta- ción de lo que representa, sobre la que volveremos en otro lugar, cuando
tratemos de los elementos figurativos en el arte tartésico. E n cuanto al
entonces único colgante, terminado en doble arco, «no vemos claro si esta decoración tiene algún significado o se trata de un mero alarde decorativo». Y de las grandes cuentas de collar, en oro, «la forma bicó- rnea, bellísima, de estas cuentas, reproduce las perlas frecuentísimas, en piedra caliza, calaíta, etc., de hondo arraigo peninsular, particularmente en la cultura andaluza».
De las arracadas o grandes pendientes reconoce la decoración en espi- ral de hilo de oro trenzado y la placa triangular, «lisa y como dispuesta para albergar pasta de color». Señala los paralelos en la joyería etrusca del período orientalizante. «La aparición de este tipo de arracadas en Ebora tiene muchísimo interés y viene a confirmar las conclusiones recientes de Blanco Frijeiro sobre la orientación mediterránea de estos tipos de joya, que luego hicieron furor en la Península, creándose gran número de variedades locales, que afectan desde el área castreña del Noroeste hasta la cuenca del Ebro. La aparición del tipo con el apéndice triangular, que Blanco se pregunta cuál fuera su origen, pues falta en prototipos mediterráneos, podemos atribuirlo a invención de la joyería andaluza, pues el carácter local de estas joyas parece muy probable.»
A nosotros nos parece seguro.
Maluquer se interesa mucho, a justo título, por los dos colgantes de cadenas decorados con rosetas, pensando que «constituiría probablemen- te otro collar decorado con placas de rosáceas. Se han recuperado las dos partes extremas del supuesto collar y dos fragmentos de cadenas anudadas en un extremo. La disposición de la pieza originar es difícil de establecer. Tenemos la impresión de que la parte recuperada consti- tuye una mínima parte de lo que sería el collar primitivo, pero la exis- tencia de los extremos les da un gran interés». En su lugar recogemos lo que opina sobre el aspecto figurativo: «Las rosetas intercaladas en el collar recuerdan principalmente algunas joyas rodias... E n conjunto, estos fragmentos de colar (?) presentan un grandísimo interés, y lamen- tamos vivamente no tener más datos de la forma de hallazgo en que apareció y sobre todo si se halló en la misma tumba (no nos cabe la menor duda de que todas estas joyas de Evora proceden de una zona de necrópolis) que el lote anteriormente descrito de joyas granuladas.
En todo caso pertenecen a otra corriente de inspiración, dentro, cierto, del mundo orientalizante andaluz».
E n cuanto al extremo triangular de una diadema, semejante a los de las diademas de La Aliseda y Jávea, Maluquer lo encuentra más sencillo, aunque no menos interesante: «La reiteración en España que supone la aparición de esta nueva diadema muestra claramente que el tipo con los apéndices triangulares, de lejano origen egipcio, que a través de los feni- cios pasó tímidamente al arte griego y (fue) luego aplicado por los etrus- cos a brazaletes, en el Sur de España toma carta de naturaleza para fijar un tipo singular de diademas o collares típico de lo español y que por consiguiente, en cuanto al tipo, podemos calificar de tartésicas. La deco- ración de estas placas triangulares, que tanto habrá de influir en el desarrollo de la temática decorativa ibérica en general, con rico floreci- miento en la industria de broches de cinturón de bronce con nielados, e incluso en la cerámica pintada, quizás no sean tan modernas como se ha supuesto. E n todo caso debemos reconocer que se está perfilando la
existencia de un arte orientalizante hispánico, al que venimos calificando de tartésico, cuya valoración está todavía en sus comienzos».
Finalmente, Maluquer enumera los diez aretes de oro lisos y el pe- queño torques, relacionado con «el grupo de la joyería peninsular enla- zada con el mundo céltico... E l mismo carácter céltico parece marcarse en dos sortijas con chatón circular, decorado con un círculo crucifero de incisiones troqueladas en forma de ángulos y cuyos paralelos se hallan en sortijas de las necrópolis de la Meseta, incluidas por la expansión celtibérica».
La señora Concepción Blanco de Torrecillas, por su parte, empieza su estudio con el relato de cómo apareció y estuvo a punto de perderse el lote inicial de joyas de Ebora, en el que cuenta 47 piezas, con un peso total de 83,73 gramos de oro puro. Ella lo conoció cuando fue llevado a Cádiz para unas diligencias judiciales, ya con nuestra primera mon- tura; y utilizó las fotografías que entonces hizo el profesor Ferrer, cate- drático de aquella Facultad de Medicina.
Divide el lote en dos series: la una, formada por el pequeño torques, los zarcillos amorcillados y los anillos, y la otra, por todo lo demás. De los zarcillos dice que «son del tipo amorcillado, comunes en los hallaz- gos gaditanos, pero sin el cierre de hilo arrollado, que rara vez falta en éstos. Los anillos son laminares, con la decoración troquelada en el chatón circular. Del mismo tipo se han hallado en Drieves y en las exca- vaciones de Las Cogotas, y en bronce han aparecido en otros puntos de la región».
En cuanto a la otra serie, la más rica, «una misma técnica, que sinte- tizamos, se ha empleado para el resto del conjunto: están formadas por dobles láminas de oro trabajadas sobre moldes, sin retoque de buril, soldadas longitudinalmente y huecas. E l dibujo lo trazan sartas de pe- queños glóbulos aplicados directamente sobre la lámina y que al co- rrerse o desaparecer no dejan huella... La pieza peor conservada es la placa triangular, posible remate de diadema... Es una lámina sencilla, enmarcada por sus mismos bordes doblados, a los que con un fino buril se les ha dado apariencia de hilo torso. La decoración va sobrepuesta con laminillas repujadas rodeadas de globulillos. Con sus SS contrapues- tas, a manera de liras abiertas, rematadas por una palmeta con efecto de capitel protojónico, y su doble serie de animalillos afrontados, no hay duda que es un trasunto claro del repetido tema oriental del árbol de la vida... Elementos de diadema o de brazalete pudieron ser las ocho placas cuya articulación enlaza perfectamente en la forma que se pre- senta en el detalle de la fotografía... E l collar se ha formado reuniendo las cuentas y los amuletos en forma que bien pudiera aproximarse a su distribución original... Una de las joyas más interesantes es el par de zarcillos o arracadas».
La señora Blanco examina algunos paralelos de estas joyas, y se de- tiene en los colgantes con cadenas que presentan el disco solar, las cre- cientes y las cuatro dobles cabecitas: «Con su frente estrecha y depri- mida y sus rasgos acentuados, se asemejan más estas cabecitas a tipos negroides, y no pueden asimilarse a las cabezas de trofeo de origen cél- tico, que en nada las recuerdan. Ridder tiene a las cabezas de negros como uno de los motivos más antiguos en el arte desde la época arcaica.
Tampoco hay que olvidar que en la antigüedad se habló de la existencia de etíopes en la costa Sur de España (Estrabón), y concretamente en Cádiz (Scymno). La mezcla de estos elementos es nueva, para nosotros, en la joyería andaluza». Especialmente se interesa por las rosetas con ani- llos y el colgante, entonces único: «Para describir esta pieza tenemos que invertirla, descubriendo un primoroso capitel de volutas protojónico.
Cuidadosamente moldurada, parece apreciarse la corona de pétalos anu- dados bajo las volutas que caracterizan a los capiteles eólicos de Nean- dria, de fines del siglo vil».
Y como apreciación de conjunto, «individualmente, estas joyas tienen algunos rasgos comunes con las de otros conjuntos penisulares, pero creemos que tienen una personalidad propia que las separa y define». Su técnica es totalmente distinta a la de las abundantes joyas obtenidas en las necrópolis gaditanas», que se han fechado en los siglos v al n i . «Te- nemos, pues, una fecha tope para nuestras joyas, el siglo v, pues no es aceptable, en época de plena supremacía de Gadir sobre Tartessos, la existencia de dos focos artísticos tan próximos y dispares».
A reserva de comprobaciones más minuciosas, «bástenos decir que si bien acusan influjos griegos, están más fuertemente impregnadas de
orientalismos, en algo más profundo que una forma, en símbolos que ex- presan creencias y sentimientos muy arraigados. No es casual su extensa difusión y larga supervivencia. La próxima vecindad y antiguas relacio-
nes comerciales con los fenicios explican estas influencias. ¿Fueron im- portaciones o se debieron a talleres indígenas? Para responder a esta cuestión se precisan nuevos hallazgos que confirmen una manera especial de hacer, un estilo propio. Su eclecticismo y dominio técnico acusa la mano hábil del orfebre fenicio, si bien nada impide suponerlo trabajan- do en un taller local, en el ambiente suntuoso de la corte de un Argan- thonios. Su momento bien pudo coincidir con el patriarcal gobierno de este rey longevo».
Tales son los dos estudios que dieron a conocerse de un modo inme- diato las joyas del primer hallazgo de Ebora. Tanto más estimables y va- liosos cuanto que el profesor Maluquer hizo el suyo sin conocer las piezas directamente, sólo por las fotografías que le facilitamos. Y la señora Blanco se lamenta de «la rápida revisión que hicimos de las joyas, sin tiempo ni elementos para efectuar su estudio completo».
3.—PECULIARIDADES TÉCNICAS.
Ahora, con más de otras tantas piezas, sobre las ya publicadas, con un estudio directo y detenido, que nos permitió el montaje defini- tivo de la gran diadema, estamos en mejores condiciones para apreciar las joyas de Ebora. Hemos podido analizar a placer los aspectos técnicos y estilísticos, y disfrutamos la inmensa ventaja de aprovechar los resul- tados de la excavación del lugar donde apareció el tesoro. Otro singular privilegio ha sido poder realizar a fondo la comparación de las joyas de
Ebora con las de E l Carambolo; reunidas todas, en este momento, en la misma sala del Museo Arqueológico provincial de Sevilla.
Lo inmediato e inexcusable es la comparación entre los dos tesoros.
En una exposición de caridad realizada en el Ayuntamiento de Sevilla, a
comienzos de 1959, fue posible presentar juntos el tesoro de E l Carambo- lo y el lote primero de Ebora. La inolvidable exposición aneja al VIII Con- greso Arqueológico Nacional, en Sevilla, en octubre de 1963, gozó en la vitrina de honor los dos tesoros completos; y el de Ebora, por primera vez, con su montaje definitivo. Pero había en esta exposición tantas y tan importantes novedades (los expolios de Matarrubilla y de la cueva de Don Juan, la cerámica pintada de E l Carambolo, las ánforas de alabastro de Almuñécar), que tal vez no lucieron todo lo debido. Para nosotros quedó aliviada la preocupación por el retraso de este libro (del que no
somos los únicos responsables) y por el goce casi egoísta de tales ma- ravillas, que allí pudieron ser admiradas y fotografiadas sin reserva.
E l paralelo entre los tesoros de E l Carambolo y de Ebora resalta mucho más, de momento, lo que tienen de diferente que lo que tienen de común. Para quien los contempla por primera vez, son dos mundos dis- tintos. En el uno, la masa imponente de metal noble, repartida en pocas piezas robustas y como macizas, con su profusa y vigorosa decoración, en fuerte relieve, puramente geométrica. En el otro, la extremada economía de la materia, compensada por un trabajo delicadísimo, de técnicas re- finadas, con hábiles articulaciones e inclusión de elementos figurativos. Se hace difícil aceptar, de momento, que sean hermanos y contemporá- neos, productos de la misma región bajo-andaluza y de la misma civili- zación de Tartessos. Pero esto es adelantar conclusiones.
Luego, cuando se les estudia más cerca y más despacio, las diferen- cias se van atenuando y los parentescos se acentúan. Sobre todo, desde que se llega a la conclusión de que lo que hace más distintos estos dos conjuntos de joyas es su destino respectivo. Las de E l Carambolo son joyas masculinas, fabricadas para un rey o un gran sacerdote, como acen- tuada ostentación de riqueza y de poder. Las de Ebora son joyas feme- ninas, destinadas a impresionar por la finura de su labor, y no por la cantidad de oro. Esa distinción que hacemos, parte de un hecho real y funcional: el peso de los brazaletes de E l Carambolo y su diámetro in- terior convienen al brazo de un hombre fornido, y en modo alguno al de una mujer. Casi lo mismo puede decirse del peso y del tamaño de las otras piezas de E l Carambolo. Las esculturas chipriotas que llevan joyas semejantes, incluso y hasta especialmente collares, son masculinas.
En cambio, las piezas de Ebora nos introducen en el pimpante gine- ceo de las figuras de barro de Ebusus, cuajadas de joyas menudas, como collares, colgantes articulados con cadenas y diademas de rosetas. O, si se quiere, en el mundo solemne de las damas levantinas, en piedra, casi enterradas bajo verdaderas cataratas de filigrana.
Admitida esta distinción, por el sexo de sus destinatarios, las joyas de E l Carambolo y de Ebora son mucho menos diferentes de lo que nos han podido parecer a primera vista. Sus diferencias son más de escala que de técnica. Lo que define mejor, industrialmente, el arte de las joyas de Ebora es el uso del granulado, que parece faltar en E l Carambolo.
En realidad no falta, pues lo encontramos en los colgantes en forma de sello del magno collar; aunque empleado con más parsimonia. Del mis- mo modo, las rosetas estampadas, que tanto se prodigan en los brazale- tes, en uno de los pectorales y en ocho placas de E l Carambolo, aparecen
también en Ebora, pero menos repetidas: sólo en los colgantes con cadenas.
Lo que relaciona más a fondo las joyas de ambos tesoros, es la estruc- tura de sus elementos o piezas sueltas, grandes y pequeños. Se trata, siem- pre, de dobles placas de oro, unidas por sus contornos, o de placas sen- cillas, rebordeadas, sobre las que se deposita la decoración, ya directa- mente, ya por medio de placas menudas, soldadas a la principal. Es decir, que el elemento primario lo constituye una especie de bolsa plana, un estuche, que da la silueta general y sirve de base a la ornamentación.
La decoración, a su vez, está realizada, ya por la superposición de piezas moldeadas, ya por el granulado o la filigrana; o sea, mediante granulos menudos de oro, o con hilos lisos, torsos o sogueados. E n cam- bio, el repujado no existe, o es rarísimo. En cuanto a la adición de pie- dras o esmaltes sólo es segura la de algo como un esmalte azul en uno de los colgantes del collar de E l Carambolo, que ha dejado leves vestigios.
Otras posibles cajas o cabujones para recibir piedras finas, en E l Ca- rambolo y en Ebora, son sólo eso, posibles, y es ocioso especular sobre hipótesis.
E l ingrediente más destacado en la decoración de las joyas de Ebora es el granulado. Una remota invención egipcia, al parecer, ampliamente aprovechada por los fenicios, los griegos y los etruscos, y como ahora venimos a reconocer, por los tartesios. E l granulado es una de las mara- villas de la técnica en el mundo antiguo, tanto para la obtención de los minúsculos esferiolos como para su soldadura en una superficie lisa.
E l granulado se empleaba unas veces para dibujar el trazado de la de- coración, que es el caso de Ebora (reforzando o contorneando, en oca- siones, un resalte moldeado o repujado), y otras veces para formar un campo uniforme, de fondo, sobre el que resalta un dibujo en reserva, cosa que no se da en Ebora.
Otro procedimiento decorativo empleado en las joyas de Ebora es el de la filigrana, adorno que se realiza con hilos de oro, soldados y com- binados delicadamente. Hay una filigrana calada, la de la diadema de Jávea, por ejemplo, y una filigrana sobre lámina de oro, que es la que se da en Ebora y en E l Carambolo. La filigrana es, también, uno de los más antiguos procedimientos de la orfebrería, y el predilecto de la es- pañola, que lo ha conservado a través de todos nuestros florecimientos artísticos, hasta nuestros días.
E l moldeado, que repite una misma decoración en relieve, estampada por moldes rígidos sobre laminitas de oro, constituye el procedimiento dominante en E l Carambolo, con sus innumerables rosetas iguales y sus uniformes semiesferas con el polo rehundido. E n Ebora se emplea tam- bién, pero mucho menos que en E l Carambolo; unas veces en combina- ción con el granulado, y otras no.
En resumen, el repertorio de procedimientos técnicos de la orfebrería tartésica es más bien reducido, pero muy selecto y evolucionado. Más reducido y hasta monótono en E l Carambolo; más rico y en composi- ciones más sabias en Ebora. Aquí, el mecanismo articulado de sus joyas refuerza la sensación de riqueza y de singularidad.
4.—DESCRIPCIÓN DE LAS JOYAS : LA GRAN DIADEMA.
La más rica y singular de las joyas de Ebora (y acaso de toda la orfe- brería antigua española) es la gran diadema, cuyo montaje definitivo, al que se hubiera llegado más pronto o más tarde, nos llenó un día de satis- facción y defendemos con toda firmeza y entusiasmo.
Nuestros predecesores en la publicación, que afortunadamente resul- tó parcial, del tesoro de Ebora, disponiendo de uno solo de los extremos triangulares y de muy pocas piezas, se dieron cuenta, como nosotros mis- mos, de que el montaje provisional que hicimos era uno entre tantos posibles. Y Maluquer vaciló sobre si el extremo triangular lo sería de un collar o de una diadema. Los cinco canutillos soldados al reverso podían servir para lo uno y para lo otro.
Nosotros creímos siempre que era el extremo de una diadema, y lo confirmamos cuando tuvimos en la mano el otro extremo. E l parestesco, evidente, con las otras dos diademas de Jávea y de La Aliseda no deja lugar a dudas. Lo que tardamos en reconocer es que teníamos ya todos los tipos de elementos de la diadema; aunque no todos los elementos, pues muchos nos siguen faltando.
La diadema, tal como la hemos armado, está compuesta por cinco clases de piezas o elementos articulados, a saber: siete piezas sensible- mente cuadradas, con dobles articulaciones de un canutillo; siete piezas rectangulares, con bordes ondulados y dobles articulaciones de dos ca- nutillos; seis estuches o piezas decoradas con caras humanas, con ar- ticulaciones de un canutillo por un solo lado; cinco piezas con articulacio- nes de un canutillo por un solo lado y el otro terminado en doble arco;
finalmente, las dos piezas terminales, en forma de triángulos rectángu- los, con cinco canutillos en el dorso de la hipotenusa y una anilla en cada ángulo recto. Suponiendo que la diadema no tuviera más que las tales nueve piezas cuadradas, nos faltarían dos rectangulares y de bor- des ondulados, tres con caras y cuatro terminadas en doble arco. Pero nos faltarán muchos más elementos, si comparamos nuestra diadema con sus dos hermanas de Jávea y de La Aliseda, ambas en el Museo Arqueológico Nacional.
Hicimos esa comparación y vimos juntas las tres diademas el día 27 de octubre de 1960. Fue una experiencia impresionante, por la que guardamos viva gratitud a nuestros amigos del Museo Arqueológico Nacional, que la vivieron con la misma intensidad que nosotros.
Vistas juntas las tres diademas, pudimos apreciar a placer sus se- mejanzas y sus diferencias. La semejanza mayor está en la composición general, a base de una faja continua, cuyos elementos se repiten unifor- memente, terminada en dos triángulos simétricos. La diferencia más ostensible está en el tamaño respectivo: la de Jávea mide 372 mm. de longitud por 82 de anchura; la de La Aliseda, cerca de 195 mm. de larga por algo más de 44 de ancha. Es decir, la de Jávea tiene un tamaño casi el doble que el de su compañera; lo que significa, probablemente, que
la primera se destinaba a una mujer y la segunda a una niña.
Es cosa notable que la proporción entre el largo y el ancho es la misma en ambas diademas: exactamente, 4,39 veces. E n consecuencia, es legítimo imaginar que la diadema de Ebora pudo tener las mismas
proporciones. Su anchura es de 78,6 mm., cifra que multiplicada por 4,39 nos lleva a una longitud, hipotética, de 345 mm. En nuestra montura actual tiene menos de la mitad, 158,5. Como los triángulos terminales de la nuestra son más estrechos (rectángulos) que los de las otras dos (acu- tángulos), la faja seguida compensaría la diferencia, tal vez. Realizados
los cálculos correspondientes venimos a la conclusión de que la diadema de Ebora tendría 27 grupos transversales de a cuatro elementos, en vez de los siete que ahora tiene montados; con un total de 108 piezas articu- ladas, en vez de las 27 que tenemos. Es decir, que se han perdido 81 pie- zas articuladas; si es correcta la hipótesis de que nuestra diadema tuvo las mismas proporciones que las otras dos.
Sobre otros aspectos de la comparación entre las tres diademas in- sistiremos más adelante. Volvamos ahora a nuestra descripción de la de Ebora.
La gran novedad de esta diadema consiste en su estructura de piezas rígidas y articuladas, en el muy bien pensado y muy bien resuelto sis- tema de montaje y articulación. E l cuerpo de la joya está formado por grupos de cuatro tipos de elementos, ensamblados unos con otros me- diante canutillos marginales que encajan perfectamente entre sí. Por el interior de estos canutillos corren los hilos de suspensión, que se ama- rran en las baterías de cinco canutillos soldadas al dorso de los dos trián- gulos terminales, precisamente a lo largo de la línea de hipotenusa.
Ahora bien, estos canutillos finales, con posiciones simétricas en ambos triángulos, están a distancias diferentes unos de otros. E l problema del montaje estuvo resuelto cuando comprobamos que los dos espacios entre los tres canutillos centrales, casi paralelos, tenían la misma lon- gitud que las dos piezas con doble articulación; mientras que los dos
canutillos oblicuos de los ángulos, coincidían con la distancia que en cada serie de piezas mayores (las que tienen caras y las de doble arco), de una sola articulación, separa ésta de la perforación transversal que todas estas piezas tienen. Esta distancia es mayor en los estuches con caras, y menor en los estuches de doble arco. De esta suerte, cada serie y hasta cada pieza encajan perfectamente en su lugar. Y la suspensión es a la vez suave y firmísima.
Todos los estuches de cada una de las cuatro series parecen idénticos, y como si se hubieran obtenido de un mismo troquel, prensando las lá- minas de oro en unos mismos moldes rígidos. E n realidad, presentan al- gunas diferencias que ahora veremos. Sobre ese relieve moldeado, con- torneándolo o trazando un dibujo de din torno, se superponen las líneas de granulado, con una finura y una seguridad de trazo extraordinarias.
También estos dibujos parecen idénticos, y tampoco lo son por completo.
Las piezas más pequeñas, de aspecto cuadrado, con un canutillo de enlace por lados opuestos, son las más diferenciadas entre sí. Por lo pronto, hay dos subseries, que se reparten por mitad, una con orejetas redondas en los lados sin canutillos, y otra sin ellas. Estas orejetas rellenan, animándola, esa separación transversal entre pieza y pieza, que a primera vista parece recta y en realidad es curva, reentrante. Y luego varía el dibujo con granulado, que parece como una reja con cua- tro barrotes verticales: los barrotes marginales unas veces tienen, a la
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mitad y hacia afuera, grupos de tres granulos; otras veces dos grupos de tres granulos, y otras, ningún grupo.
Las otras piezas rectangulares, con lados largos ondulados y dobles canutillos en los lados menores, parecen las más iguales, aunque también tienen pequeñas diferencias. La serie de piezas largas, terminadas en doble arco, con perforación transversal a mitad de la longitud, también parecen más iguales, y no lo son del todo. Hay grupitos de granulos de más o de menos, de unas a otras. E n cuanto a la significación del dibujo, si la tiene, nosotros no la hemos encontrado. Ese dibujo se divide en dos partes, por una entrecalle medial que va sobre la perforación interior.
Es curiosa la asimetría del aspa de la mitad inferior, que parece un so- bre cerrado. La otra mitad, exterior, parece un juego de tablillas, o un díptico. Alguien diría las Tablas de la Ley (¡?). En el ejemplar del dibujo, con un orificio accidental, moderno, una de las tablillas tiene rehundi- das cinco líneas horizontales, como pauta de escritura, o para depositar granulos. Un enigma más.
Pero el enigma más perturbador es el de los otros estuches con caras humanas. Visto lo que ocurre con las piezas terminadas en doble arco, pensamos que la faja medial, sobre la perforación para reforzar el mon- taje, que atraviesa de parte a parte, tal vez no tengan ninguna significa- ción especial, limitándose a acusar el trazado de ese conducto interior.
Nos resistimos a pensar, con Maluquer, que las ondas cuadradas repre- sentan senos, porque son cuadradas y porque la figura es masculina. En las caras existe la diferencia de que cuatro tienen pupilas, que son unos glóbulos mayores, como de repujado, y las otras dos no las tienen. Y las bocas, cinco las tienen marcadas con una línea rehundida y enmar- cadas de líneas de glóbulos, y una sola formada con un trazo de glo- bulitos tan sólo. En cuanto al dibujo de la parte inferior, cintrada, no acertamos a encontrarle una explicación plausible. Alguien nos ha
sugerido que pueden ser elefantes. Acaso sean la estilización de un aderezo. En las caras, las líneas oblicuas de las mejillas pueden indicar la barba.
Estas caras dibujadas con filigrana de estos estuches de la diadema del cortijo de Ebora tienen un paralelo inquietante, que proponemos con todo género de reservas. Es la máscara de Tharsis, representando un hombre barbado y diademado, que estudiamos en nuestro libro inédito Tartessos y El Carambolo, pero que ya está reproducida en los Anales de la Fundación Juan March, I, 1965, página 206. Con todas las diferencias del material y de la técnica, estas dos figuraciones tienen un evidente aire de familia, como si representaran a una misma persona. La nariz más bien corta, los ojos grandes, la ondulación del bigote, la indicación obli- cua de la barba, y, sobre todo, la silueta general, presentan un tremendo parecido.
Luego están las dos piezas triangulares de los extremos, con dibujo simétrico de pares de SS opuestas, parejas de animales, que nos parecen ovejas, y una venera central; todo ello en planchuelas de oro superpues- tas a la lámina de base, que es única, y contorneado de líneas de glóbu- los. E n cada ángulo de extremo, asas de hilo de oro, idénticas a las de la diadema de Jávea.
5.—LOS COLGANTES CON CADENAS Y BARRILETES.
No tan hermosa como la diadema, pero no menos interesante, es otra pieza, doble, del tesoro de Ebora: los dos colgantes, con cadenas anuda- das, rosetas sobre anillas movibles, placas dobles troqueladas y figura- tivas, y, casi seguramente, sendos cilindros cerrados y adornados con filigrana, que son objetos completamente nuevos e inéditos. Tenemos por muy probable que todo ello se enlazara con la gran diadema, por sus anillas terminales de los triángulos, y con todo un sistema de co- llares, para los que los cilindros tienen asitas de enganche, sencillas y dobles. Así quedaría constituido una especie de gran aderezo, de aire profundamente hispánico, con paralelos muy seguros en la escultura.
Es como si tuviéramos en las manos las joyas de la Dama de Elche, y justificadas su abundancia y su barroquismo.
Los elementos esenciales e inseparables de estas joyas son sus cade- nas y sus colgantes. Las cadenas, muy semejantes a las del collar de E l Carambolo, constan de dos tramos, que se enlazan mediante asas ter- minales y recíprocamente cruzadas, que es lo que se llama un nudo de Hércules, ampliamente documentado en el mundo oriental y en el arte griego. Por cierto, un nombre que suena bien en la orfebrería hispánica, y concretamente tartésica. Una de las ramas o tramos de cada cadena se inserta en un cilindrito, decorado en bandas, que termina en una doble anilla; mientras que la otra rama se introduce en un cilindro liso, que es la armadura central del colgante. Este enlace es seguro, aunque se haya roto accidentalmente. En el asa del nudo de Hércules y en el tramo recto de la cadena tenemos rosetas troqueladas e iguales, muy cóncavas y con muchos pétalos, que arrancan de un circulito o bo- tón central.
Los colgantes, idénticos entre sí, son piezas singulares y complejas.
A un tubo central que, por un lado, recibe las cadenas, y por el otro, ter- mina en asa sencilla, vienen a soldarse, lateralmente, dos caras y dos crecientes lunares, repetidos por cada frente. Las cuatro caras de ambas cabezas bifrontes parecen obtenidas en un mismo molde. Tienen ojos y labios grandes y carnosos, y pómulos salientes, lo que les da un aspec- to negroide. Sobre uno de los lados del tubo central, cubriendo también la parte inferior de las caras de ese lado y una parte de los crecientes, hay unas semiesferas rebajadas o casquetes esféricos, rodeados de un cordón, y debajo, dos espacios casi cuadrados, lisos, limitados por finos tabiquitos, que han podido ser campos para piedras finas, esmaltes o pastas vitreas.
Todo este conjunto complejo de las cadenas con nudos de Hércules y los colgantes hace pensar, inevitablemente, en las joyas, también a base de cadenas, que enmarcan el rostro de la Dama de Elche, detrás de las grandes ruedas características. Y mucho más, sobre todo por las rosetas, en la pizpireta y deslumbradora Dama de Ebusus; literalmente cubierta además, hasta en los nudos de las sandalias, de todas las joyas imagi- nables. Pero especialmente recordamos, por su asociación con una ca- dena del mismo tipo que la nuestra, las dos cadenitas, mucho más sim- ples, del tesoro de Jávea, también con una roseta y un colgante de filigrana. Lo que constituye un precioso paralelismo.
A este conjunto de la doble cadena con colgante hay que añadir, en nuestro concepto, otras piezas, también dobles, que debieron estar enla- zadas con ellos. Son un par de primorosos barriletes o cilindros cerra- dos, cubiertos de filigrana, con dobles asas en cada una de las cuatro tapas y otras asas laterales, dos en un ejemplar y una en el otro, que habrá perdido la segunda. Miden 25 mm. de longitud, con las asas, por unos 14 mm. de diámetro. La superficie cilindrica está repartida en fajas lisas resaltadas y otras con espirales planas de hilos menudísimos, soldados, separadas entre sí por otros hilos sogueados. Una especie de cierre sogueado une por un lugar las dos tapas.
Estas sorprendentes joyitas, delicadamente realizadas, en perfecta conservación, creemos que fueron un complemento de los colgantes con las cabezas negroides. Juegan con ellas, en su pequenez, los tubos con asas dobles también, que terminan por el otro lado las cadenas; y el colgante de las cabezas negroides termina, a su vez, en una asita, que en- garzaría entre las dos de los barriletes. Cilindros menudos por el estilo se han empleado como pendientes en el mundo griego, y como colgantes de cadenas en Chipre, según veremos. Pero aquí lo más sorprendente son las otras anillas de enlace, dobles y sencillas, que llevan por el otro extremo y por los lados. Deben significar que con ellas enlazaban estas piezas a otros colgantes y a collares, complicando así hasta lo increíble este aderezo de una dama de Ebora.
6.—LAS CUENTAS Y COLGANTES DEL COLLAR.
La abundancia de collares es una constante de la orfebrería proto- histórica española, tanto en piezas auténticas como en las figuradas de la escultura. E l tesoro de Ebora no lo desmiente; por el contrario, pre- senta un repertorio tan copioso como primoroso de los más bellos ele- mentos de collar. Tenemos, en efecto, cuentas de collar en oro, cuentas de collar en cornalina y estuches o pendientes de collar en oro. Un col- gante de collar en cornalina, en forma de diente de carnívoro, que incor- poramos al collar, no salió en el mismo yacimiento excavado, sino a un centenar de metros, en el cerro detrás del cortijo de Ebora.
Naturalmente, prescindimos de considerar colgantes de collar los estuches con caras humanas y con dípticos que montamos así, de primera intención, y ahora están incorporados a la gran diadema, que es su lugar seguro.
Las cuentas de collar en oro del tesoro de Ebora son de dos tipos.
Las mayores (de 1 cm.) y más ricas tienen forma bicónica, con cada tronco de cono dividido en espacios alternativamente trapeciales y trian- gulares, recuadrados por filas de granulado. Los espacios triangulares
están recorridos por un fino hilo de oro; los trapeciales tienen grupos de globulitos unidos a cada fila marginal, formando pequeñas pirámides, de diez globulitos sobre la base del triángulo, de tres o de seis en los otros tres lados. Semejante decoración resulta idéntica a la de las piezas articuladas de la gran diadema, demostrando la unidad de estilo, de taller y de destino.
E l otro tipo de cuentas de collar en oro, hasta completar el total de 39 piezas, son de una especie bastante distinta. E n vez de la sólida cons-
trucción bicórnea presentan una flexible estructura de laminillas, ahue- cadas en forma de jaula o de farol, con o sin anillo de ecuador. Por su fragilidad están muy deformadas, por lo que no acabamos de saber si se acercaban más a la esfera o al doble cono. Y son de varios tamaños, todos muy pequeños, desde 5 mm. para abajo.
Más abundantes que las cuentas de collar en oro son las de cornalina (aquí 43), que tanto se prodigan en la orfebrería gaditana. Salvo dos cilindricas, de distinto tamaño, una ancha y corta, otra larga y estrecha, todas las demás son esféricas, y de distintos calibres. Parece natural que se montaran como las hemos entregado en el Museo Arqueológico de Sevilla, alternando con las cuentas de collar en oro; pero también pudie- ron estar aparte, organizándose collares de cuentas de cornalina y colla- res sólo con cuentas de oro. Es pieza singular una cuenta de color azul, al parecer de pasta vitrea, que no sabemos hasta qué punto se pueda relacionar con las famosas cuentas azules de abolengo oriental que tanto han dado que decir a nuestros prehistoriadores.
Luego tenemos los colgantes de collar en oro. Son cuatro piezas dife- rentes : una, del primer hallazgo; otra, recuperada después; y dos, obte- nidas en nuestra excavación. Estas últimas son las más pequeñas y más sencillas: dos estuches del tipo más corriente en la orfebrería mediterrá- nea, como bolsitas planas, cerradas, con anilla para la suspensión, tales como las más simples de los collares de La Aliseda. La una, un poco mayor, tiene forma acorazonada y es lisa; la otra, muy pequeña, está moldeada imitando una concha o venera.
La del lote primero, por la que se interesó muy especialmente la se- ñora Blanco, es una linda joya. Está formada por una lámina de oro, vigorosamente moldeada en forma de flor, de silueta triangular, cuyo pedicelo fuera una banda ancha y acanalada, que se incurva para formar el pasador y queda soldada en el dorso. La parte más ancha presenta dos círculos amorcillados, que incluyen aritos de hilos torsos, soldados a la plancha. La señora Blanco los interpreta como las volutas de un capitel proto-jónico, cosa que no nos parece ni imposible ni segura. Debajo que- da un espacio periforme, abierto, delimitado por otro hilo de oro, liso;
y a los lados y en el vértice, otras tres coronitas de hilo retorcido. La se- ñora Blanco piensa que todos estos espacios «debieron alojar piedras».
Los dos circulitos mayores presentan por el dorso un repujado que es más bien razón en contra. Pero todo es posible. En resumen, una pieza muy bella y bien realizada.
Menos perfecta, pero todavía más interesante, resulta la cuarta pieza de colgar, que ahora se publica por primera vez. A diferencia de la ante- rior, es más ancha (25 mm.) que alta, con una silueta general como de ave. La estructura es muy semejante, y el sistema de suspensión idéntico, aunque el ancho vastago soldado por detrás es más corto. También aquí es una plancha de oro, que más que moldeada parece repujada, en cuya cara principal se dibujan con hilitos torsos, soldados debajo del asa, un triángulo y una pera o gota de agua, opuestos por el vértice, y de cada lado una especie de alas desplegadas; en realidad, la famosa palmeta de abolengo oriental, aquí dibujada con hilos lisos. Todos los campos están
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profusamente rayados por el dorso, con trazos paralelos, y es problemá- tico si esto se ha hecho por toda decoración o para que agarre mejor un esmalte. Sobre su interpretación volveremos más adelante.
7.—ARRACADAS, ZARCILLOS, ANILLOS Y TORQUES.
Todavía tenemos otra pareja de piezas selectas del tesoro de Ebora.
Son dos grandes zarcillos o arracadas, de cuerpo amorcillado, hueco, formado por dos láminas casi circulares y abombadas, unidas por sus contornos. Cubriendo las uniones en posición radial, corren por el inte- rior y el exterior de ambas piezas series de pequeños cilindritos, solda- dos sobre cintas, con otros cilindritos minúsculos en los extremos. Cada uno de los ejemplares tiene una de las bandas amorcilladas lisas, pero de ellas cuelgan racimos de nueve roleos de hilos muy finos, soldados horizontalmente. Por los otros lados están decorados: el uno, que con- serva una asita de suspensión, con un hilo desplegado en estrechos y cerrados meandros, y el otro, con una fila de SSS opuestas por sus extre- mos, con granulos en los senos. E n los dos, por estas caras más ricas, los racimos de roleos están casi cubiertos por unas placas triangulares, con rebordes de alambre, que recibirían piedras —como piensa la señora Blanco—, esmaltes o pastas vitreas. Son piezas de copioso abolengo his- pánico y dilatados antecedentes y paralelos orientales, como veremos.
Ahora nos quedan por describir las piezas menos valiosas del tesoro.
Así, una pareja de anillos, toscos, de ancho y plano chatón circular, que tienen grabadas por orlas sendas filas de CCC, y dentro de ellas, cruces;
en un ejemplar, formada por otras CCC, y en el otro, por unos circulitos.
Parecen la obra de un aficionado, en contraste con las maravillas an- teriores.
Luego tenemos un grupo de cinco pares de zarcillos amorcillados, bastante delgados, de los que dos pares tienen sección cuadrada y los otros tres pares sección circular. La pareja mayor (15 mm. de diámetro) termina en cabos muy finos, que se arrollan haciendo de cierre. Son enteramente semejantes a los que se siguen usando en muchas partes de Andalucía con el nombre de abridores, porque son los primeros que se ponen a las niñas al abrirles las orejas.
Para terminar, una pieza anómala, una varilla de oro de sección trian- gular, de unos 24 cm. de longitud, terminada en pequeñas bolas o bello- tas. Parece conformada en arco cerrado, como un torques, pero es dema- siado dúctil y delgada para ser un torques verdadero. Más bien será como una especie de ceñidor o sujetador del cabello. Si no es un collar rígido o la armadura de un collar.
Tales son las piezas que integran hoy por hoy el tesoro de Ebora.
Flota en el aire la pregunta de si estas que tenemos serán todas las que se enterraron junto al actual cortijo de Ebora. Y la segunda pregunta, si lo que se depositó fue un joyero completo, en uso, o simplemente una masa de metal noble. Ya hemos visto que la diadema está incompleta, y hasta muy incompleta. Pero es sorprendente que de todas las otras pie- zas que por naturaleza son dobles tengamos exactamente la pareja; y
hasta cinco parejas, como los abridores. Esto habla en favor de que el tesoro quedara oculto mientras el poblado, cuyas ruinas aparecen tan degradadas, estaba habitado todavía.
8.—PARALELOS Y CRONOLOGÍA.
Si quisiéramos apurar todas las comparaciones, antecedentes y deri- vaciones que pueden alegarse en torno del tesoro de Ebora, necesitaría- mos todo un libro. Nuestro objeto es ya demasiado extenso para que podamos detenernos en un aspecto parcial. Pero son tan acuciantes y atractivos los problemas que suscitan las joyas, que no podemos dejar de considerar algunos paralelos de urgencia.
Empezando por la diadema, como es justo, dada la importancia de esta joya, sus paralelos más inmediatos son las diademas de Jávea y de La Aliseda, con las que ya empezamos a compararla. E l parentesco entre las tres no puede ser más evidente. La organización general es la misma:
esa ancha faja, distribuida en zonas longitudinales de distinta anchura, y esos triángulos de los extremos. Como también la flexibilidad o articu- lación para adaptarse a la forma de la frente, pues no cabe dudar de que son diademas frontales. Hasta el sistema de proporciones es idén- tico, según vimos antes. Y la decoración de los triángulos terminales, con sus SSS afrontadas.
A la vez que estas semejanzas, se dan diferencias de consideración entre las tres diademas. Las de Jávea y L a Aliseda son más parecidas entre sí que cualquiera de ellas con la de Ebora. La diferencia principal consiste en la estructura del cuerpo de la joya, que en la de Ebora está formada por estuches o cartuchos planos, rígidos y articulados, y en las otras dos por bandas flexibles y caladas de filigrana. Los triángulos ter- minales, rectángulos en la de Ebora y acutángulos en las otras dos, en éstas distribuyen su decoración entre una zona inmediata a la banda, con una decoración distinta, de elementos circulares, y la zona final del trián- gulo, que es donde están las SSS afrontadas.
Pero con todas estas diferencias el parentesco se impone, y culmina en detalles de organización interna, como el sistema general de propor- ciones y la diversa anchura de las zonas de la banda general, anchura que en Ebora y en Jávea es decreciente de abajo a arriba, como tenden- cia general; aunque en la de Ebora la zona superior, con la fila de dípti- cos o dobles arcos, vuelve a ser ancha, equivalente a la inferior. Por supuesto, decimos arriba y abajo porque los estuches con las caras es
de rigor que los pongamos verticales y no invertidos.
Con estas tres diademas de un mismo tipo general, que ahora nadie podrá negar que son indígenas, la orfebrería tartésica cuaja un modelo de joya fastuosísimo, en el que la ostentación de la masa de metal, propia de E l Carambolo, se sustituye por un refinamiento de la técnica y del arte, muy de acuerdo también con las tendencias y la madurez del mundo tartésico. Por otra parte, nuestras diademas confirman con ejem- plares reales el gusto por joyas enteramente semejantes, que acredita la escultura levantina y de influencia griega que llamamos ibérica.
Fuera de la Península, en cambio, sólo tenemos paralelos parciales.
Por ejemplo, para los cartuchos con caras, los relieves estampados en
lámina de oro, con el dibujo recorrido por granulaciones, de un gran pendiente de la tumba Regolini-Galassi, ahora en el Museo Gregoriano del Vaticano, que se atribuyen al siglo v n antes de Cristo (1). Hay en ellos un moldeado o repujado'plástico que no aparece en nuestra dia- dema, pero la idea de un friso de figuras iguales y el dibujo con líneas de granulado son muy semejantes.
Esto de dibujar con líneas de granulado lo tenemos también con otras hermosas joyas españolas, como son las dos arracadas y los dos brazaletes de La Aliseda, de una belleza incomparable. Y en las soberbias arracadas de Santiago de la Espada, sobre las que ahora volveremos.
Ya es imposible desconocer el lazo de familia que liga todas estas mag- nas creaciones de nuestra orfebrería protohistórica. Es un círculo que se cierra cada vez más.
Algo de esto vemos también, todavía menos ostensiblemente, en otro grupo de piezas relacionado con el de las diademas. Es el complejo, que restituimos, de los dos colgantes con cadenas de nudos de Hércules, pla- cas con las cabecitas negroides y barriletes. Combinaciones así, y hasta más complicadas, las tenemos en el mundo fenicio y en el área tartésica.
Entre las primeras, baste remitir a las referencias de W. Culican (2), al publicar una joya no muy ajena a las nuestras, procedente acaso de Tharros, en Cerdeña, ahora en el Ashmolean Museum de Oxford. De arri- ba para abajo se enlazan en ella una arracada, dos anillas (que equivalen a la cadena con el nudo de Hércules), un pájaro, otra articulación, un cilindrito con racimos de granulado y un glande o bellota, mayor, con granulados e hilos soldados, todo lo cual constituye un paralelo notable.
En España, el primer antecedente de estas joyas, que estarían pen- dientes de los extremos de la diadema y cubriendo las orejas, son el par de colgantes del mismo tipo que lleva la Dama de Elche, casi cubiertos con las grandes ruedas de filigrana. Cada uno de estos colgantes tiene arriba una pieza rígida y gruesa, con dos roleos superpuestos en el borde, que parece una especie de peineta. De ella arrancan, enfiladas, siete u ocho cadenas colgantes que terminan en las perillas bicónicas, que des- cansan ya en los hombros de la Dama. La sucesión de placas, cadenas y colgantes en estas joyas figuradas nos sugiere otro montaje posible de las nuestras, poniendo arriba las placas con las cabecitas negroides y en 10 más bajo los barriletes. En realidad nos está haciendo falta un estudio sistematizado de tantas joyas como aparecen figuradas en la escultura hispánica. Ayudaría mucho para montar y estudiar las joyas auténticas.
Por lo pronto tenemos dos joyas complejas que parecen muy diferen- tes entre sí, cuando responden a un mismo espíritu. Una es el que A. Blan-
(1) G . B E C A T T I : Oreficerie antiche (Roma, 1955), l á m . L , n ú m s . 238 y 239, p á g . 175 Sobre todo L . P A R E T T I : La tomba Regolini-Galassi del Museo Gregoriano Etrusco
(Cita del Vaticano, 1947).
(2) W . CULICAN : Essay on a phoenician ear-ring (Palestine Exploration Quarterly, 11 de 1958). Otra joya casi i d é n t i c a , que parece copiada algo sumariamente de la anterior, procedente t a m b i é n de Tharros, se conserva en el Museo A r q u e o l ó g i c o Nacional de Cagliari y ha sido publicada por GENNARO PESCE : Sardegna púnica (Ca- gliari, 1961, fig. 129, p á g . 113), donde la fecha en los siglos VII-VI antes de Cristo.
Algo recuerda a estas joyas el extremo del collar de oro de la Valleta del Valeroso («Zephyrus», I, 1950.. p á g . 64); y reproducido por él mismo en Los pueblos de la España ibérica (Historia de España, dirigida por R. M e n é n d e z Pidal, 1-3, Madrid, 1954, figs. 232-234).
co Freijeiro ha llamado amuleto número 5 del Instituto de Valencia de Don Juan (3), ya alegado para el tesoro de E l Carambolo, con su combi- nación de placas decoradas y de cadenas, formando pisos articulados, y los canutillos finales, con ganchos para más piezas complementarias.
Otra es la soberbia pareja de arracadas de Santiago de la Espada (4), en las que aparece el elemento figurativo con las mujeres aladas, en bulto redondo, oferentes de un plato y un ave, y el gran colgante acorazonado, macizo, de una barroca decoración de rosetas, semiesferas, SSS enfiladas y filas y racimos de granulos. Joyas así sólo han podido producirse en un mundo de exultante riqueza, de acumulación de poder, de progreso técnico y de refinamiento como fue la monarquía tartésica.
Si estos paralelos se imponen para el conjunto de nuestros colgantes de Ebora, cada uno de sus elementos se autoriza con otros paralelos particulares. E l nudo de Hércules se encuentra en muchas joyas medite- rráneas y del Asia anterior, generalmente más tardías. Por ejemplo, en una sortija de oro macizo, procedente de Grecia y de fines del siglo iv al n i antes de Cristo, ahora en el Louvre (5). O la fastuosa diadema áurea del Museo Benaki, de Atenas (6), procedente de Tesalia y fechada en el siglo n i antes de Cristo, formada por dos cintas de malla que terminan hacia el centro de la joya en dos como capiteles de pilastra, entre los que se enlaza el nudo de Hércules, toda ella cuajada de esmaltes, gra- nates, cornalinas y filigrana. Acaso este nudo de Hércules tuvo en el mundo antiguo una significación profiláctica, como la higa en nuestra joyería del Renacimiento.
Para nuestras placas con las cabecitas negroides ya alegamos las ca- denas con rosetas y colgantes de Jávea, que deben estar bastante incom- pletas; pero la relación más próxima es con la sortija de oro de La Ali- seda, que lleva por adorno cuatro rostros humanos de pasta vitrea azul, uno de ellos roto. Otro paralelo del área griega es el pendiente en forma de cáliz de flor de muchos pétalos, con dos cabezas dedálicas, dos cabeci- tas de oro y dos moscas, todas de oro, mirando hacia un cabuchón central con un granate. Procede de la isla de Milo y de la antigua colección Luy- nes, se conserva en el Gabinete de Medallas de la Biblioteca Nacional de
París y se fecha hacia el 630 a. de C. (7). Cuando empezaba a reinar Argantonio.
Los barriletes o cilindros cerrados, nuevos en la Arqueología espa- ñola, encuentran términos de comparación en Etruria y en Chipre, como tantas otras cosas tartésicas. Hay un pendiente áureo en forma de baúl, cilindrico, cubierto de fastuosa decoración, en estilo etrusco-jónico, de los siglos vi-v a. de C , que se conserva en el Antiquarium de Mu- nich (8). Y en el Louvre, procedente de la antigua colección Campana,
(3) A . BLANCO FREIJEIRO: Origen y relaciones de la orfebrería castreña («Cuader- nos de Estudios Gallegos», XII, Santiago de Compostela, 1957), l á m . V I L
(4) J . C A B R É : El tesoro de orfebrería de Santiago de la Espada («Archivo Espa- ñ o l de Arqueología», X V I , 1943, p á g s . 343 y ss.); A. BLANCO: Origen..., l á m s . X V - X V I I , p á g i n a s 48-51.
(5) E . C O C H E DE LA F E R T É : Les bijoux antiques ( P a r í s , 1956), l á m . XXII-1, p á g . 117.
(6) G. BECATTI: Oreficerie antiche, l á m . L , n ú m s . 238-239, pág. 175.
(7) C O C H E DE LA F E R T É : Les bijoux..., l á m . XIV-2, pág. 115.
(8) BECATTI: Oreficerie antiche, l á m . H , 9b.
dos zarcillos en forma de barrilete realizados en placas de oro caladas, con filigrana y granulado, arte etrusco del siglo v i a. de C. (9).
En el mundo chipriota, cilindros como colgantes de collares los tene- mos a la vez en la escultura en piedra y como joyas reales. E n uno y otro caso los collares son de cuentas bicónicas, semejantes a las de nuestro collar de Ebora (10). Las esculturas que los llevan, bastante numerosas, son de hacia el año 600 a. de C. E n los ejemplares reales, los cilindros y las cuentas de collar bicónicas llevan decoración de granulado, con lo que se acercan más a nuestro tesoro.
De todas las joyas de Ebora, las que cuentan con un panorama de paralelos más dilatado son los grandes zarcillos o arracadas (el Diccio- nario de la Academia distingue entre zarcillo, «pendiente», y arracada,
«arete con adorno colgante»). Resultan pertenecer a un tipo que ha teni- do la mayor difusión mediterránea y la mejor aceptación española, espe- cialmente andaluza y castreña (11). A las piezas estudiadas por A. Blanco Freijeiro conviene añadir, por haberse publicado después, la arracada del castro de Berducedo (Asturias), con la forma de creciente lunar y la decoración de hilos sogueados, glóbulos y granulado (12). Glóbulos semi- esféricos bordean el contorno exterior.
E l paralelo más inmediato de nuestras piezas son los dos pendientes de Curium (Chipre), en el Museo Metropolitano de Nueva York (13), con su corona radial de glóbulos cabalgando sobre otros mayores, pero sólo hacia afuera, y su decoración de hilos formando SSS afrontadas, con glóbulos en los senos. Becatti los fecha a fines del siglo v a. de Cristo. Pero el paralelo más próximo en el espacio y en el tiempo es el pendiente encontrado en el término de Utrera, en 1952, ahora en el Mu- seo Arqueológico de Sevilla (14), con el mismo apéndice triangular for- mado por nueve espirales de hilo de oro, en parte cubiertas por unos recuadros que tal vez engarzaron piedras de color. Estamos conformes
en que ha de ser indígena, y en su mezcla de elementos de origen griego y de origen fenicio, pero no con que sea necesariamente tardío. Nuestras arracadas de Ebora suministran ahora el paradigma del tema de las espi- rales, llamado a tan gran fortuna.
Debemos examinar los términos de comparación de los elementos de collar. Nuestras cuentas bicónicas, con decoración de granulado, son muy
semejantes a las que vemos en las esculturas en piedra de Chipre, antes citadas, y sobre todo a los ejemplares reales de la misma proceden- cia (15). E n los dos casos las cuentas son más aplastadas, más lenticu- lares que las nuestras; y la decoración de granulado es solamente lineal, radios y contornos, sin los racimos de granulos que enriquecen nuestras
(9) C O C H E DE LA F E R T É : Les bijoux..., l á m . X X X I V 34, p á g . 120.
(10) The Swedish Cyprus Expedition, I I I , l á m s . C L X X X V I y C C V 34.
(11) BLANCO: Origen y relaciones de la orfebrería castreña, p á g s . 48-79.
(12) J . M A N U E L GONZÁLEZ y J . MANZANARES R O D R Í G U E Z : Arracada de oro proce-
dente de un castro de Berducedo ( « A r c h i v o E s p a ñ o l de Arqueología», X X X I I , 1959, p á g i n a s 115-120).
(13) B E C A T T I : Oreficerie antiche, n ú m . 296.
(14) C . FERNÁNDEZ-CHICARRO, en Memorias de los Museos Arqueológicos provin- ciales, X I V , 1953, l á m . X X I I I - 1 , p á g s . 62-64; BLANCO: Origen y relaciones de la orfe- brería castreña, fig. 25, p á g s . 52-53.
(15) The Swedish Cyprus Expedition, I I I , l á m s . C L X X X V I y C C V 34.